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Full text of "Recuerdos de mi vida"

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(OBRA  ILUSTRADA  CON  NUMEROSOS  FOTOGRABADOS) 


MADRID 

IMPRENTA  DE  JUAN  PUEYO 
LUNA,  29.  TELÉF.  14-30 
1923 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


RECUERDOS 
DE  MI  VIDA 

3."  EDICION 


(OBRA  ILUSTRADA  CON  NUMEROSOS  FOTOGRABADOS) 

PRIMERA  PARTE 

1  l 

MI  INFANCIA  Y  JUVENTUD 


.  iS&:_X 


MADRID 

IMPRENTA  DE  JUAN  PUEYO 


ES  PROPIEDAD  DEL  AUTOR 


PRÓLOGO  DE  LA  SEGUNDA  EDICIÓN 


Allá  por  los  años  de  1896  a  1900  se  puso  en  moda  el  género  de  la  autobio¬ 
grafía.  Varios  ingenios,  en  su  mayoría  pertenecientes  a  los  gremios  mili¬ 
tar,  político  y  literario,  iniciaron  esta  moda  literaria  redactando  intere¬ 
santes  y  amenos  Recuerdos,  que  serán  de  seguro  consultados  con  fruto  por  los 
actuales  y  futuros  historiadores. 

Yo  fui  entonces  un  caso  de  contagio  de  la  general  epidemia.  Para  complacer  a 
algunos  amigos  que  deseaban  saber  en  qué  condiciones  se  desarrolló  mi  modesta 
actividad  científica,  resolví  escribir  la  historia  de  una  vida  vulgar,  tan  pobre  de 
peripecias  atrayentes,  como  fértil  en  desilusiones  y  contrariedades. 

Además  de  aportar  el  consabido  documento  humano,  me  proponía  ofrecer  al 
público  un  caso  de  psicología  individual  y  cierta  crítica  razonada  de  nuestro  régi¬ 
men  docente.  En  el  Prólogo  advertencia,  precedía  al  primer  tomo,  decía  con 


leves  variantes: 

«Contendrá  este  libro,  más  que  narración  de  actos,  exposición  de  sentimientos 
e  ideas.  En  él  se  reflejará  sintéticamente  la  serie  de  las  reacciones  mentales,  pro¬ 
vocadas  en  el  autor  por  el  choque  de  la  realidad  del  mundo  y  de  los  hombres. 

»Enseñan  Taine  (entonces  Taine  estaba  a  la  moda)  y  otros  modernos  críticos 
que  el  hombre  es  función  del  medio  físico  y  moral  que  le  rodea.  Referir  las  ideas 
que  le  guiaron  y  los  efectos  que  le  movieron,  es  tanto  como  mostrar  los  efectos 
casi  necesarios  del  ambiente,  las  causas  mecánicas  de  la  obra  realizada;  pero  es 
también  señalar  los  gérmenes  de  error,  de  atraso  o  de  progreso  existentes  en  el 
medio  social;  es  mostrar  los  vicios  de  la  enseñanza  y  de  la  educación,  y  es,  enfín, 
por  lo  que  toca  a  nuestro  caso  particular,  señalar  los  obstáculos  contra  los  cuales 
se  estrella  a  menudo  la  juventud  cuando,  a  impulsos  de  generosa  ambición,  preten¬ 
de,  en  la  modesta  esfera  de  sus  aptitudes,  colaborar  en  la  magna  y  redentora  em- 


’’"!Ta?es^^iust¡BSn  de  la  presente  obrlUa.  Ahí  está  también,  según  yo  pie^ 
so  el  único  y  menguado  interés  que  mi-  autobiografía  puede  inspirar  a  aquellas 
reíslas  steramínte  preocupadas  del  arduo  problenra  de  -a  e~  na^ 

podrá  ver  en  ellas  un  caso  educación  fué  muy  principalmente  obra 

peTs»t“rsigniS  de‘  una  reacción  compensadora  excesiva  contra 


6 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


los  gustos  y  cultura,  harto  utilitarios  y  positivistas,  que  padres  y  maestros  quisie¬ 
ron  imponer  al  autor. 

«Cumplióse  en  mi  cierto  principio  de  mecánica  moral  que  podría  llamarse  ley 
de  la  inversión  de  los  efectos.  Esta  ley,  que  padres  y  maestros  debieran  tener  muy 
presente  para  no  extremar  ciertas  doctrinas  ni  imponer  con  celo  exagerado  deter¬ 
minados  gustos  e  inclinaciones  (con  lo  que  se  evitarían  resultados  contraprodu¬ 
centes),  explica  cómo  las  voluntades  más  rebeldes  y  los  revolucionarios  más  radi¬ 
cales  han  salido  tan  a  menudo  del  seno  de  las  corporaciones  religiosas. 

•Desde  otro  punto  de  vista,  una  biografía  sincera,  aun: referente  a  persona  tan 
vulgar  e  indigna  de  los  honores  de  la  historia  como  yo,  encierra  algún  interés  para 
el  pensador.  La  vida  es,  ante  todo,  lucha.  La  inteligencia  se  adapta  a  las  cosas, 
pero  éstas  se  adaptan  también  a  la  inteligencia.  La  teoría  del  medio  moral  no  lo 
explica  todo;  en  el  resultado  final  de  la  educación  entra  por  mucho  el  carácter 
individual,  es  decir,  la  energía  específica  traída  del  fondo  histórico  de  la  raza.  Es 
para  nosotros  indudable  que  el  hombre  nace  con  un  cerebro  casi  siempre  algo  ori¬ 
ginal  en  su  organización,  porque  la  naturaleza,  preocupada  ante  todo  del  progreso 
de  la  especie,  cuida  de  no  repetirse  demasiado;  y  así,  a  cada  generación  cambia 
sus  tipos,  desarrollando  en  ellos  inclinaciones  diferentes.  Mas  el  medio  social, 
gran  demagogo  de  la  vida,  propende,  en  virtud  de  cierta  contrapresión  deformante, 
a  unificarnos,  achicándonos  o  elevándonos  según  la  energía  mental  nativa,  con 
la  mira  de  transformar  el  carácter  disonante  traído  del  seno  del  protoplasma  huma¬ 
no,  en  un  producto  uniforme,  anodino,  especie  de  diagonal  o  término  medio  entré 
todas  las  tendencias  divergentes. 

»Pero  ni  gobiernos,  ni  familias,  ni  educadores  pueden  crear,  a  pesar  de  las  más 
exquisitas  precauciones,  un  medio  moral  rigurosamente  idéntico  para  todos;  de 
donde  resulta  que  las  discrepancias  y  los  estridores  surgen  por  todas  partes. 
Constreñida  entre  las  mallas  de  la  educación  impuesta,  la  naturaleza  reclama  de 
vez  en  cuando  sus  fueros,  y  asistida  por  esas  desigualdades  irremediables  del 
ambiente  social,  por  el  azar  de  las  impresiones  personales  o  el  choque  de  lecturas 
imprudentes,  hace  surgir  diariamente,  para  preocupación  de  maestros  y  tormento 
de  padres,  espíritus  díscolos,  celosos  de  su  individualidad  y  resueltos  a  defenderse 
de  los  efectos  aplanadores  del  rodillo  igualitario. 

«Faltaría  a  la  sinceridad  que  debo  a  mis  lectores  si  no  confesara  que,  además 
de  las  razones  expuestas,  me  han  impulsado  también  a  componer  este  librito  mó¬ 
viles  egoístas.  Cuando  el  hombre  ha  entrado  en  el  último  cuarto  de  la  vida  y 
siente  ese  molesto  rechinar  de  piezas  desgastadas  por  el  uso  y  aun  por  el  abuso; 
cuando  los  sentidos  pierden  aquella  admirable  precisión  y  congruencia  que  tu¬ 
vieron  en  la  edad  juvenil,  convirtiéndose  en  averiados  instrumentos  de  física... 
gusta  saborear  el  recuerdo  de  los  tiempos  plácidos  y  luminosos  de  la  juventud;  de 
aquella  dichosa  edad  en  que  la  máquina,  pulida  y  rozagante  como  recién  salida  de 
la  fábrica,  podía  funcionar  a  todo  vapor,  derrochando  entusiasmo  y  energías,  al 
parecer  inagotables.  ¡Época  feliz  en  que  la  naturaleza  se  nos  ofrecía  cual  brillante 
espectáculo  cuajado  de  bellezas,  en  que  la  ciencia  se  nos  aparecía  como  esplén¬ 
dida  antorcha  capaz  de  disipar  todos  los  enigmas  del  Cosmos,  y  la  filosofía  como 
el  verbo  infalible  de  la  tradición  y  de  la  experiencia,  destinado  a  mostrarnos,  para 
consuelo  y  tranquilidad  de  la  existencia,  los  gloriosos  títulos  de  nuestra  prosapia 
•y  la  grandeza  de  nuestro  destino! 

«Una  advertencia  antes  de  terminar.  Ha  dicho  Renán  «que  no  es  posible  hacer 
la  propia  biografía  como  se  hace  la  de  los  demás.  Lo  que  de  uno  mismo  se  dice 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


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es  siempre  poesía».  El  gran  Goethe  encabeza  también  su  autobiografía  con  el 
significativo  subtítulo  de  Poesía  y  Realidad.  En  igual  pensamiento  se  han  inspi¬ 
rado  literatos  como  Voltaire,  Heine,  Alfieri  y  d’Azeglio,  artistas  como  Wagner,  filó¬ 
sofos  como  Stuart  Mili,  naturalistas  como  C.  Vogt,  Waldeyer,  Kolliker,  etc.,  y 
entre  nosotros,  dramaturgos  como  Echegaray  y  pensadores  como  Unamuno.  To¬ 
dos  han  formado  el  ramillete  de  sus  recuerdos  con  las  flores  más  bellas  escogidas 
en  las  márgenes,  no  siempre  verdes  y  rientes,  del  accidentado  camino  de  la  vida. 

Y  con  mayor  razón  deberemos  inspirarnos  en  él  las  medianías,  los  grises  y  monó¬ 
tonos  obreros  de  la  ciencia  y  de  la  enseñanza.» 

Hasta  aquí  el  prólogo  de  1901,  de  que  hemos  entresacado  solamente  los  párra¬ 
fos  más  significativos. 

Como  se  ve,  nuestro  propósito  era  escribir  una  autobiografía  con  tendencias 
filosóficas  y  pedagógicas. 

Hoy,  transcurridos  diez  y  ocho  años  (1917),  me  sorprendo  un  poco  de  mis 
arrogancias  de  entonces.  Engolfado  hasta  la  preocupación  en  estudios  de  índole 
analítica,  mi  cultura  psicológica  y  literaria  dejaba  harto  que  desear.  Había  leído 
poco  o  nada  de  los  admirables  educadores  ingleses,  americanos  y  franceses.  Mi 
documentación  era,  pues,  demasiado  deficiente  para  dar  cima  a  la  empresa  aco¬ 
metida.  Si  hoy  debiera  repensar  y  redactar  este  libro,  adoptaría  de  seguro  plan, 
tendencia  y  estilo  diferentes. 

Pero  carezco  del  vagar  necesario  para  refundir  por  completo  el  viejo  texto.  En 
la  edición  actual  me  he  limitado,  por  consiguiente,  a  sanearlo  un  poco,  abreviando 
digresiones,  condensando  o  descartando  desahogos  líricos  y  filosóficos  asaz  in¬ 
oportunos,  y  limando  el  estilo  sin  tocar  esencialmente  a  lo  fundamental  del 
relato. 

En  algunos  capítulos  aparecen  adiciones  introducidas  con  la  doble  intención 
de  hacer  menos  ingrata  la  lectura  y  de  mitigar  en  lo  posible  las  monótonas  des¬ 
cripciones  de  travesuras  estudiantiles,  en  el  fondo  bastante  vulgares,  corrientes  y 
fastidiosas.  Se  han  multiplicado  también  los  grabados. 

A  pesar  de  las  referidas  correcciones  y  adiciones,  el  contenido  del  primer  vo¬ 
lumen  de  los  Recuerdos  dista  mucho  de  ser  comparable,  a  los  fines  educativos, 
con  la  materia  del  segundo.  Poco  me  falta  hoy  para  pensar  que  su  valor  pedagó¬ 
gico  es  francamente  negativo. 

Mas  considerando  que  el  indulgente  lector  ha  agotado  unk  primera  edición, 
sin  contar  las  aparecidas  en  dos  revistas  literarias  (1),  y  los  extractos  suntuosa¬ 
mente  presentados,  debidos  a  tres  literatos  insignes,  me  animo  a  sacar  a  luz  esta 
segunda,  confiando  en  que  el  público  la  acogerá  con  igual  bondadoso  interés  que 
la  anterior. 

Madrid,  junio  de  1917. 


(1)  Aparedó  allá  por  los  años  de  1900  a  1903  en  Nuestro  Tiempo  y  en  la  Revista  de  Aragón. 


PRÓLOGO  DE  LA  TERCERA  EDICIÓN 


De  esta  tercera  edición,  hecha  cuatro  años  después  de  agotada  la  anterior 
poco  tengo  que  decir.  Reproduce  la  segunda  con  abreviaciones  y  correcciones 
impuestas  por  mi  deseo  de  condensar  en  un  tomo  los  dos  volúmenes  de  las  edi¬ 
ciones  precedentes,  y  por  mis  tendencias  de  cada  vez  más  acentuadas  hacia  la 
sencillez  y  claridad  del  estilo.  Sólo  añado  tal  cual  episodio,  no  desprovisto,  en  mi 
sentir,  de  valor  educativo. 


Madrid,  diciembre  de 


PRIMERA  PARTE 

MI  INFANCIA  Y  JUVENTUD 


CAPITULO  PRIMERO 

MIS  PADRES,  EL  LUGAR  DE  MI  NACIMIENTO  Y  MI  PRIMERA  INFANCIA 


Nací  el  1.“  de  mayo  de  1852  en  Petilla  de  Aragón,  humilde  lugar  de  Navarra, 
enclavado  por  singular  capricho  geográfico  en  medio  de  la  provincia  de 
Zaragoza,  no  lejos  de  Sos  (i).  Los  azares  de  la  profesión  médica. llevaron 
a  mi  padre,  Justo  Ramón  Casasús,  aragonés  de  pura  cepa,  y  modesto  cirujano  por 
entonces,  a  la  insignificante  aldea  donde  vi  la  primera  luz,  y  en  la  cual  trascurrie¬ 
ron  los  dos  primeros  años  de  mi  vida. 

Fué  mi  padre  un  carácter  enérgico,  extraordinariamente  laborioso,  lleno  de 
noble  ambición.  Apesadumbrado  en  los  primeros  años  de  su  vida  profesional,  por 
no  haber  logrado,  por  escasez  de  recursos,  acabar  el  ciclo  de  sus  estudios  médi¬ 
cos,  resolvió,  ya  establecido  y  con  familia,  economizar,  a  costa  de  grandes  priva¬ 
ciones,  lo  necesario  para  coronar  su  carrera  académica,'  sustituyendo  el  humilde 
título  de  Cirujano  de  segunda  clase  con  tinamdiníe  diploma  de  Médico-cirujano- 
Sólo  más  adelante,  cuando  yo  frisaba  en  los  seis  años  de  edad,  dió  cima  a  tan 
loable  empeño.  Por  entonces  (corrían  los  años  de  1849  y  1850),  todo  su  anhelo  se 
cifraba  en  llegar  a  ser  cirujano  de  acción  y  operador  de  renombre;  y  alcanzó  su 
propósito,  pues  la  fama  de  sus  curas  extendióse  luego  por  gran  parte  de  la  Nava¬ 
rra  y  del  alto  Aragón,  granjeando  con  ello,  además  de  la  satisfacción  de  la  negra 
honrilla,  crecientes  y  saneadas  utilidades. 

El  partido  médico  de  Petilla  era  de  los  que  los  médicos  llaman  de  espuela;  tenía 
anejos,  y  la  ocasión  de  recorrer  a  diario  los  montes  de  su  término,  poblados  de 
abundante  y  variada  caza,  despertó  en  mi  padre  las  aficiones  cinegéticas,  dándose 
al  cobro  de  liebres,  conejos  y  perdices,  con  la  conciencia  y  obstinación  que  ponía 
en  todas  sus  empresas.  No  tardó,  pues,  en  monopolizar  por  todos  aquellos  con¬ 
tornos  el  bisturí  y  la  escopeta. 

Con  los  ingresos  proporcionados  por  el  uno  y  la  otra,  pudo  ya,  cumplidos  los 
dos  años  de  estada  en  Petilla,  comprar  modesto  ajuar  y  contraer  matrimonio  con 
Cierta  doncella  paisana  suya,  de  quien  hacía  muchos  años  andaba  enamorado. 

Era  mi  madre,  al  decir  de  las  'gentes  que  la  conocieron  de  joven,  hermosa  y 
robusta  montañesa,  nacida  y  criada  en  la  aldea  de  Larrés,  situada  en  las  inmedia¬ 
ciones  de  Jaca,  casi  camino  de  Panticosa.  Habianse  conocido  de  niños  (pues  mi 
padre  era  también  de  Larrés),  simpatizaron  e  intimaron  de  mozos  y  resolvieron 

(1)  En  el  Diccionario  Geográfico  de  Madoz  hallamos  la  expUcacióa  de  esta  cnnosidad  topográfica 

El  pueblo  de  Petilla  perteneció  a  la  Corona  de  Aragón,  pero  en  1209  D.  Pedro  de  Aragón  lo  empeñó. 

como  garanda  de  deudas  contraídas,  a  D.  Sancho  el  Fnerte  de  Navarra,  y  en  1231,  no  pndiendo  pagar  sus 
débitos,  D.  Jaime  I  lo  cedió  definitivamente  a  la  Monarqnía  navarra. 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


formar  hogar  común,  en  cuanto  el  modesto  peculio  de  entrambos,  que  había  de 
crecer  con  el  trabajo  y  la  economía,  lo  consintiese. 

No  poseo,  por  desgracia,  retratos  de  la  época  juvenil,  ni  siquiera  de  la  madurez 
de  mis  progenitores.  Las  fotografías  adjuntas  fueron  hechas  en  plena  senectud 
pasados  ya  los  setenta  años.  ’ 

No  puedo  quejarme  de  la  herencia  biológica  paterna.  Mi  progenitor  disponía  de 
mentalidad  vigorosa,  donde  culminaban  las  más  excelentes  cualidades.  Con  su 
sangre  me  legó  prendas  morales,  a  que  debo  todo  lo  que  soy:  la  religión  de  la 
voluntad  soberana;  la  fe  en  el  trabajo;  la  convicción  de  que  el  esfuerzo  perseve¬ 
rante  y  ahincado  es  capaz  de  modelar  y  organizar  desde  el  músculo  hasta  el  cere¬ 
bro,  supliendo  deficiencias  de  la  Naturaleza  y  domeñando  hasta  la  fatalidad  del 
carácter,  el  fenómeno  más  tenaz  y  recalcitrante  de  la  vida.  De  él  adquirí  también 
la  hermosa  ambición  de  ser  algo  y  la  decisión  de  no  reparar  en  sacrificios  para  el 
logro  de  mis  aspiraciones,  ni  torcer  jamás  mi  trayectoria  por  motivos  segundos  y 
causas  menudas.  De  sus  excelencias  mentales,  faltóme,  empero,  la  más  valiosa 
quizá:  su  extraordinaria  memoria.  Tan  grande  era  que,  cuando  estudiante,  recitaba 
de  coro  libros  de  patología  en  varios  tomos,  y  podía  retener,  déspués  de  rápida 
audición,  listas  con  cientos  de  palabras  nombradas  al  azar.  Con  ser  grande  su  re¬ 
tentiva  natural  u  orgánica,  aumentábala  todavía  a  favor  de  ingeniosas  combina¬ 
ciones  ranemotécnicas  que  recordaban  las  tan  celebradas  y  artificiosas  del  abate 
Moigno. 

Para  juzgar  de  la  energía  de  voluntad  de  mi  padre,  recordaré  en  breves  térmi¬ 
nos  su  historia.  Hijo  de  modestos  labradores  de  Larrés  (Huesca),  con  hermanos 
mayores,  a  los  cuales,  por  fuero  de  la  tierra,  tocaba  heredar  y  cultivar  los  campos 
del  no  muy  crecido  patrimonio,  tuvo  que  abandonar  desde  muy  niño  la  casa  pa¬ 
terna,  entrando  a  servir  de  mancebo  a  cierto  cirujano  dejavierre  de  Latre,  aldea 
ribereña  del  Gállego,  no  muy  lejana  de  Anzánigo. 

Otro  que  no  hubiese  sido  el  autor  de  mis  días,  habría  acaso  considerado  su 
carrera  como  definitivamente  terminada,  o  hubiera  tratado  de  obtener  como  ideal 


y  remate  de  sus  ambiciones  académicas  el  humilde  título  de  ministrante;  pero  sus 
aspiraciones  rayaban  más  alto.  Las  brillantes  curas  hechas  por  su  amo;  la  lectura 
asidua  de  cuantos  libros  de  cirugía  encontraba  (de  que  había  copiosa  colección 
en  la  estantería  del  huésped);  el  cuidado  y  asistencia  de  los  numerosos  enfermos 
de  cirugía  y  medicina  que  su  patrón,  conocedor  de  la  excepcional  aplicación  del 


mancebo,  le  confiaba,  despertaron  en  él  vocación  decidida  por  la  carrera  médica. 

Resuelto,  pues,  a  emanciparse  de  la  modestia  y  estrechez  de  su  situación,  cierto 
día  (frisaba  ya  en  los  veintidós  años)  sorprendió  a  su  amo  con  la  demanda  de  su 
modesta  soldada.  Y  despidiéndose  de  él,  y  en  posesión  de  algunas  pesetas  presta¬ 
das  por  sus  parientes,  emprendió  a  pie  él  viaje  a  Barcelona,  en  donde  halló  por  fin, 
tras  muchos  días  de  priv.ación  y|abandono  (en  Sarriá),  cierta  barbería  cuyo-  maes¬ 
tro  le  consintió  asistir  a  ias  clases  y  emprender  la  carrera  de  cirujano. 

A  costa,  pues,  de  la  más  absoluta  carencia  de  vicios,  y  sometiéndose  a  un  rép- 
men  de  austeridad  inverosímil,  y  sin  más  emolumentos  que  el  salario  y  los  gajes 
de  su  mancebía  de  barbero,  logrú  mi  padre  el  codiciado  diploma  de  cirujano,  con 
nota  de  Sobresaliente  en  todas  las  asignaturas,  y  habiendo  sido  modelo  insupera¬ 
ble  de  aplicación  y  de  formalidad.  Allí,  en  esa  lucha  sórda  y  obscura  por  la  con- 
quista  del  pan  del  cuerpo  y  del  alma,  respirando  esa  atmósfera  de  indiferencia  y 
despego  que  envuelve  al  talento  desvalido,  aprendió  mi  padre  el  terror  de  la  po¬ 
breza  y  el  culto,  un  poco  exclusivo,  de  la  ciencia  práctica,  que  más  tarde,  por  r 


Lámina  III, 


Petilla. 

lita,  destartalada,  arruinada  y  situada  en  el  centro  de  la  calle,  fué  donde  na( 


Mi  niñera,  fotograflada  el  pasado  año  (1892) 

A  LOS  OCHENTA  Y  SIETE  AÑOS  DE  SU  EDAD, 
uzeo  esta  imag-en  como  homenaje  a  la  venerable  anciana,  que  conoció  a  mis 
jóvenes  y  soportó  las  impertinencias  y  antojos  de  un  diablillo  de  pocos  meses 


Lámina  IV. 


Petilla.  Vista  del  lado  Norte. 

Nótese  la  pobreza  del  terreno,  cortado  por  paredoi 
que  sostienen  menguadísimas  e  irregulares  fajas  de  1 


Larrés,  tomado  a  vista  de  pájaro. 

En  la  fotografía  no  aparece  el  Pirineo  nevado,  que  hacia  el  Norte 
cierra  el  horizonte.  Esta  es  la  aldea  donde  nacieron  mis  padres. 
La  vista  está  tomada  desde  muy  lejos  y  resulta  pobre  en  detalles. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


11 


ción  mental  de  los  hijos,  tantos  disgustos  había  de  proporcionarle  y  proporcio¬ 
narnos. 

Años  después,  casado  ya,  padre  de  cuatro  hijos  y  regentando  el  partido  médico 
de  Valpalmas  (provincia  de  Zaragoza),  alcanzó  el  ansiado  ideal,  graduándose  de 
doctor  en  Medicina. 

Cuento  estos  sucesos  de  la  biografía  de  mi  padre  porque,  sobre  ser  honrosísi¬ 
mos  para  él,  constituyen  también  antecedentes  necesarios  de  mi  historia.  Prescin¬ 
diendo  de  la  influencia  hereditaria,  es  innegable, que  las  ideas  y  ejemplos  paternos 
representan  normas  decisivas  de  la  educación  de  los  hijos,  y  causas,  por  tanto, 
principalísimas  de  los  gustos  e  inclinaciones  de  los  mismos. , 

De  mi  pueblo  natal,  así  como  de  los  años  pasados  en  Larrés  y  Luna  (partidos 
médicos  regentados  por  mi  padre  desde  los  años  1850  a  1856),  no  conservo  apenas 
memoria.  Mis  primeros  recuerdos,  harto  vagos  e  imprecisos,  refiérense  al  lugar  de 
Larrés,  al  cual  se  trasladó  mi  progenitor  dos  años  después  de  mi  nacimiento,  hala¬ 
gado  con  la  idea  de  ejercer  la  profesión  en  su  pueblo  natal,  rodeado  de  amigos  y 
parientes.  Esas  brumosas  remembranzas  tienen  por  escenario  el  taller  de  tejedor 
de  mi  abuelo  materno,  a  quien,  barajando  hilos  y  lanzaderas,  di  hartas  desazones* 
Porque  al  decir  de  mis  parientes,  era  yo  entonces  Un  diablillo  inquieto,  voluntarioso 
e  insoportable.  En  Larrés  nació  mi  hermano  P’edro,  actual  catedrático  de  la  Facul¬ 
tad  de  Medicina  de  Zaragoza. 

Cierta  travesura  cometida  cuando  yo  tenía  tres  o  cuatro  años  escasos,  pudo 
atajar  trágicamente  mi  vida.  Era  en  la  villa  de  Luna  (provincia  de  Zaragoza). 

Hallábame  jugando  en  una  era  del  ejido  del  pueblo,  cuando  tuve  la  endiablada 
ocurrencia  de  apalear  a  un  caballo;  el  solípedo,  alg®  loco  y  resabiado,  sacudióme 
formidable  coz,  que  recibí  en  la  frente;  caí  sin  sentido,  bañado  en  sangre,  y  quedé 
tan  malparado,  que  me  dieron  por  muerto.  La  herida  fué  gravísima;  pude,  sin 
embargo,  sanar,  haciendo  pasar  a  mis  padres  días  de  dolorosa  inquietud.  Fué  ésta 
mi  primera  travesura;  luego  veremos  que  no  debía  ser  la  última. 


CAPITULO  II 


EXCURSIÓN  TARDÍA  A  MI  PUEBLO  NATAL.— LA  POBREZA  DE  MIS  PAISANOS.— UN 
PUEBLO  POBRE  Y  AISLADO  QUE  PARECE  SÍMBOLO  DE  ESPAÑA 


Aun  cuando  trunque  y  altere  el  buen  orden  de  la  narración,  diré  ahora  'algo 
de  mi  aldea  natal,  que,  conforme  dejo  apuntado,  abandoné  a  los  dos  años 
de  edad.  De  mi  pueblo,  por  tanto,  no  guardo  recuerdo  alguno.  Además 
mis  relaciones  ulteriores  con  el  nativo  lugar  ;no  han  sido  parte  a  subsanar  esta 
ignorancia,  puesto  que  se  han  reducido  solamente  a  solicitar,  recibir  y  pagar  serie 
inacabable  de  fées  de  bautismo.  Carezco,  pues,  de  patria  chica  bien  precisada  (en 
virtud  de  la  singularidad  ya  mentada  de  pertenecer  Petilla  a  Navarra,  no  obstante 
estar  enclavada  en  Aragón).  Contrariedad  desagradable  de  haberme  dado  el  naipe 
por  la  política;  pero  ventaja  para  mis  sentimientos  patrióticos,  que  han  podido 
correr  más  libremente  por  el  ancho  y  generoso  cauce  de  la  España  plena. 

Así  y  todo,  y  después  de  confesar  que  mi  amor  por  la  patria  grande  supera, 
con  mucho,  al  que  profeso  a  la  patria  chica,  he  sentido  más  de  una  vez  vehemen¬ 
tes  deseos  de  conocer  la  aldehuela  humilde  donde  nací.  Deploro  no  haber  visto  la 
luz  en  una  gran  ciudad,  adornada  de  monumentos  grandiosos  e  Ilustrada  po 
genios;  pero  yo  no  pude  escoger,  y  debí  contentarme  con  mí  villorrio  triste  y  hu¬ 
milde,  el  cual  tendrá  siempre  para  mí  el  supremo  prestigio  de  haber  sido  el  teatro 
de  mis  primeros  vagidos  y  la  decoración  austera  con  que  la  Naturaleza  hirió  mi 
retina  virgen  y  desentumeció  mi  cerebro. 

Impulsado,  pues,  por  tan  naturales  sentimientos,  emprendí,  hace  diez  y  ocho 
años,  cierto  viaje  a  Petilla.  Después  de  determinar  cuidadosamente  su  posición 
geográfica  (que  fué  arduo  trabajo)  y  de  estudiar  el  enrevesado  itinerario  (tan 
escondido  y  fuera  de  mano  está  mi  pueblo),  púseme  en  camino.  Mi  primera  etapa 
fué  Jaca;  la  segunda.  Verdón  y  Tiermas  (villa  ribereña  del  Aragón,  célebre  por  sus 
baños  termales),  y  la  tercera  y  última,  Petilla. 

Hasta  Verdún  y  Tiermas  existe  hermosa  carretera,  que  se  recorre  en  los  coches 
que  hacen  el  trayecto  de  Jaca  a  Pamplona;  pero  la  ruta  de  Tiermas  a  Petilla, 
larga  de  tres  leguas,  es  senda  de  herradura,  flanqueada  por  montes  escarpadísi¬ 
mos,  cortada  y  casi  borrada  del  todo,  en  muchos  parajes,  por  ramblas  y  barrancos. 

Caballero  en  un  mulo,  y  escoltado  por  peatón  conocedor  del  país,  púsome  en 
camino  cierta  mañana  del  mes  de  agosto.  En  ^cuanto  dejamos  atrás  las  relativa¬ 
mente  verdes  riberas  del  Aragón,  aparecióseme  la  típica,  la  desolada,  la  tristísima 
tierra  española.  El  descuaje  sistemático  de  los  bosques  había  dejado  las  monta- 
as  desnudas  de  tierra  vegetal.  Sabido  es  que  en  estas  tristes  comarcas  cada 
aguacero,  en  vez  de  ser  grata  esperanza  del  agricultor,  constituye  trágica  ame- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


13 


naza.  Precisamente  dos  días  antes  ocurrió  tormenta  devastadora.  Campos  antes 
fecundos  aparecían  cubiertos  de  légamo  arcilloso;  y  la  denudación  de  valles  y 
laderas  había  convertido  ríos  y  arroyos  en  barrancos  y  pedregales. 

A  medida  que  me  aproximaba  a  la  aldea  natal,  apoderábase  de  mí  inexplicable 
melancolía,  y  que  llegó  al  colmo  cuando  me  hizo  escuchar  el  guía  el  tañido  de  la 
campana,  tan  extraña  a  mi  oído,  como  si  jamás  lo  hubiera  impresionado. 

No  dejaba,  en  efecto,  de  ser  algo  singular  mi  situación  sentimental;  Al  regresar 
al  pueblo  natal,  todos  los  hombres  saborean  anticipadamente  el  placer  de  abra¬ 
zar  a  camaradas  de  la  infancia: y  adolescencia;  alegra  su  espíritu  el  grato  recuerdo- 
de  comunes  placeres  y  travesuras;  todos,  en  fin,  ansian  recorrer  las  calles,  la  igle¬ 
sia,  la  fuente  y  los  alrededores  del  lugar,  en  los  cuales  cada  árbol  y  cada  piedra 
evoca  una  emoción  o  un  recuerdo  agradable.— Yo  sólo— me  decía — tendré  el  triste 
privilegio  de  hallar  a  mi  llegada  por  único  recibimiento  la  curiosidad,  acaso  algo- 
hostil,  y  la  frialdad  de  los  corazones.  Nadie  me  espera,  porque  nadie  me  conoce, 

Y  sin  embargo,  me  engañaba.  El  cura  y  el  Ayuntamiento  habían  barruntado  mi 
visita  y  me  aguardaban  en  la  plaza  del  pueblo.  Y  hubo  además  un  episodio  con¬ 
movedor.  Al  pie  del  altozano,  coronado  por  la  aldea,  cierta  anciana,  que  no  tenía 
la  menor  noticia  de  mi  excursión,  y  que  se  ocupaba  en  lavar  ropa  a  la  vera  de  un 
arroyo,  volvió  de  pronto  el  rostro,  dejó  su  faena  y,  encarándose  conmigo  y  mirán¬ 
dome  de  hito  en  hito,  exclamé-  —¡Señor!...  si  usted  no  es  don  Justo  en  persona» 
tiene  que  ser  el  hijo  de  don  Justo  Es  milagroso!...  ¡La  misma  cara  del  padre!... 
¡No  me  lo  niegue  usted!  ¿Vive  aún  la  señora  Antonia?  ¡Qué  buena  y  qué  her¬ 
mosa  era!...  (1). 

Felicité  a  la  pobre  anciana  por  su  admirable  memoria  y  excelentes  senti¬ 
mientos,  y  dejando  en  sus  manos  una  moneda,  continué  mi  ascensión  a  Petilla. 

Es  Petilla  uno  de  los  pueblos  más  pobres  y  abandonados  del  alto  Aragón,  sin- 
carreteras  ni  caminos  vecinales  que  Jo  enlacen  con  las  vecinas  villas  aragonesas- 
de  Sos  y  Uncastillo,  ni  con  la  más  lejana  de  Aoiz,  cabeza  del  partido  a  que  perte¬ 
nece.  Sólo  sendas  ásperas  y  angostas  conducen  a  la  humilde  aldehuela,  cuyos  na¬ 
turales  desconocen  el  uso  de  lo  carreta,  ■ 

Álzase  aquel  . casi  en  la  cima  de  enhiesto  cerro,  estribación  de  próxima  y  empi¬ 
nada  sierra,  derivada  a.  su  vez,  según  noticias  recogidas  sobre  el  terreno,  de  la 
cordillera  de  la  Peña  y  de  Gratal, 

El  panorama,  que  hiere  los  ojos  desde  el  pretil  de  la  iglesia  no  puede  ser  más 
romántico  y  a  la  vez  más  triste  y  desolado.  Más  que  asilo  de  rudos  y  alegres  al¬ 
deanos,  parece  uquello  lugar  de  expiación  y  de  castigo.  Según  mostramos  en  el 
adjunto  grabado,  una  gran  montaña,  áspera  y  peñascosa,  de- pendientes  descarna¬ 
das  y  abruptas,  llena  con  su  mole  casi  todo  el  horizonte;  a  los  pies  del  gigante  y 
bordeando  la  estrecha  cañada  y  accidentado  sendero  que  conduce  al  lugar,  corre 
rumoroso  un  arroyo  nacido  en  la  vecina  sierra;  los  estribos  y  laderas  del  monte» 
única  tierra  arable  de  que  disponen  los  petillenses,  aparecen,  como  rayados  por 
infinidad  de  estrechos  campos  dispuestos  en  graderías,  trabajosamente  defendi¬ 
dos  de  los  aluviones  y  lluvias  torrenciales  por  robustos  contrafuertes  y  paredo- 

(1)  Esta  buena  mujer  vive,  probablemente  todavía.  Acaso  sea  la  fotografiada  recientemente  en  Pe- 
tilla  por  la  Comisión  navarra,  formada  por  ilustres  representantes,  de  todas  las  fuerzas  vivas  de  la  región, 
que  con  motivo  de  mi  jubileo  universitario  tuvo  la  gentileza  de  trasladarse  a  mi  pueblo,  poner  una  placa 
conmemorativa  en  la  casa  en  que  nací  y  celebrar  mi  modesta  labor  científica,  en  términos  tan  cariñosos- 
como  extremadamente  encomiásticos.  Adjunto  va  la  efigie  de  mi  niñera,  sólida  anciana  de  ochenta  y  sie~ 
te  años.  ¡Salud  a  la  veterana  que  recuerda  los  años  lloridos  de  mis  padres,  hace  tiempo  fallecidos! 


u 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


nes;  y  allá  en  la  cumbre,  como  defendiendo  la  aldea.del  riguroso  cierzo,  cierran  el 
horizonte  y  surgen  imponentes  colosales  peñas  a  modo  de  tajantes  hoces,  especie 
de  murallas  ciclópeas  Surgidas  alli  a  impulso  de  algún  cataclismo  geológico.  Al 
amparo  de  esta  defensa  natural;  reforzada  todavía  por  castillo  feudal  actual¬ 
mente  en  ruinas,  se  levantan  las  humildes  y^'pobr es  casas  del  lugar,  en  núme¬ 
ro  de  cuarenta  a  sesenta,  cimentadas  sobre  rocas  y  separadas  por  calles  irregula¬ 
res  cuyo  tránsito  dificultan  grietas,  escalones  y  regueros  abiertos  en  la  peña  por 
el  violento  rodat  de. las  aguas'  torrenciales.  Al  contemplar  tan  mezquinas  casu- 
chas,  siéntese  honda  tristeza.  Ni  una  maceta  en  las  ventanas,  ni  el  más  ligero  ador¬ 
no  en  las  fachadas,  nada,  en  fin,  que  denote  álgún  sentido  del  arte,  alguna  aspi¬ 
ración  a  la  comodidad  y  al  cón/orí.  Bien  se  echa  de  ver,  cuando  se  traspasa  el  um¬ 
bral  de  tan  mezquinas  viviendas,  que  los  campesinos  que  las  habitan  gimen  con¬ 
denados  a  una  existencia  dura,  sin  otra  preocupación  que  la  de  procurarse,  a  costa 
de  rudas  fatigas,  el  cotidiano  y  frugalísimo  sustento. 

Desgraciadamente,  no  es  mi  pueblo  una  excepción  de  la  regla;  así  viven  tam¬ 
bién,  con  leves  diferencias,  la  inmensa  mayoría  de  nuestros  aldeanos.  Su  ignoran¬ 
cia  es  fruto  de  su  pobreza.  Para  ellos  no  existen  los  placeres  intelectuales  que  tan 
agradable  hacen  la  vida  y  cuya  brevedad  compensan. 

-  ¡Oh,  los  heroicos  labriegos  de  nuestras  mesetas  esteparias!...  Amémosles  cor¬ 
dialmente.  Ellos  han  hecho  el  milagro  de  poblar  regiones  estériles,  de  las  cuales 
el  orondo  francés  o  el  rubicundo  y  linfático  alemán  huirían  como  de  peste.  Y,  de 
pasada,  rechacemos  indignados  la  brutal  injusticia  con  que  ciertos  escritores  fran¬ 
ceses,  italianos,  ingleses  y  alemanes,  y  en  general  los  felices  habitantes  de  los 
países  de  yerba,  desprecian  o  desdeñan  a  los  amojamados,  cenceños,  tostados, 
pero  enérgicos  pobladores  de  las  austeras  mesetas  castellanas,  extremeña  y  arago¬ 
nesa,  como  si  esos  humildes  labriegos  tuvieran  la  culpa  de  haber  visto  la  luz  bajo 
un  sol  de  fuego  y  bajo  un  cielo  implacablemente  azul  la  mitad  del  año. 

Pero  arrastrado  por  mis  pensamientos,  olvido  hablar  de  la  visita  a  mi  pueblo. 
Diré,  pues,  que  a  mi  llegada  fui  recibido  con  grandes  agasajos  por  el  ecónomo,  a 
quien  el  párroco,  residente  en  otro  lugar  y  sabedor  de  mi  visita,  habíame  reco¬ 
mendado.  Fina  y  generosa  hospitalidad  dispensáronme  también  diversas  personas, 
particularmente  algunos  ancianos  que  se  acordaban  de  mi  padre,  con  quien  me 
encontraban  sorprendente  parecido.  Complacíanse  todos  en  mostrarme  su  buena 
voluntad  y  en  colmarme  de  agasajos  que  yo  agradecí  cordialmente.  Y  para  hacer 
agradable  mi  breve  estancia  allí,  concertáronse  algunas  jiras  campestres.  Recuer¬ 
do  entre  ellas:  la  exploración  de  las  ruinas  del  vetusto  castillo;  la  jira  a  los  secu¬ 
lares  bosques  de  la  vecina  sierra,  y  la  visita  a  modesta  ermita,  situada  a  corta 
distancia  del  pueblo,  tenida  en  gran  devoción,  y  en  cuyas  inmediaciones  se  extien¬ 
de  florido  y  deleitoso  oasis,  donde  hubimos  de  reconfortarnos  con  suculenta  y 
bien  servida  merienda.  Mostráronme,  también,  la  humilde  casa  en  que  nací,  fábri¬ 
ca  ruinosa  casi  abandonada,  albergue  hoy  de  gente  pordiosera  y  trashumante  (1). 
Algunas  ancianas  del  lugar,  que  se  ufanaban  bondadosamente  de  haberme  tenido 
en  sus  ^brazos,  recordáronme  la  robustez  de  mis  primeros  meses,  la  incansable 
laboriosidad  de  mi  madre  y  las  hazañas  quirúrgicas  y  cinegéticas  de  mi  padre 
cuya  fama  de  Nemrod  duraba  todavía. 

Al  despedirme  de  los  rudos  pero  honrados  montañeses,  mis  paisanos,  oprimió- 
seme  el  corazón:  había  satisfecho  un  anhelo  de  mi  alma,  pero  llevábame  una  gran 

(1)  La  casa— me  dicen— ha  sido  recientemente  reparada  y  adecentada. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


15 


tristeza.  Cierta  voz  secreta  me  decia  que  no  volvería  más  por  aquellos  lugares  (1); 
que  aquella  decoración  romántica  que  acarició  mis  ojos  y  mi  cerebro  al  abrirse  por 
primera  vez  al  espectáculo  del  mundo  no  impresionaría  nuevamente  mi  retina; 
que  aquellas  manos  de  ancianos,  enoblecidas  con  los  honrosos  callos  del  trabajo, 
no  volverían  a  ser  estrechadas  con  efusión  entre  las  mías. 

(1)  Y  en  efecto,  no  he  vuelto,  no  obstante  las  simpatías  que  me  inspiran  mis  paisanos,  y  lo  que  es 
peor,  no  puedo  volver.  El  sobretrabajo  debe  pagarse  al  precio  oneroso  de  la  senilidad  prematura  y  de  sus 
consiguientes  achaques.. 


CAPITULO  III 


MI  PRIMERA  INFANCIA,— VOCACIÓN  DOCENTE  DE  MI  PADRE.— MI  CARÁCTER  Y  TEN¬ 
DENCIAS.— ADMIRACIÓN  POR  LA  naturaleza  Y  PASIÓN  POR  LOS  PÁJAROS 


LOS  primeros  años  de  mi  niñez,  salvo  los  dos  pasados  en  Petilla  y  uno  en  La- 
rrés,  transcurrieron,  parte  en  Luna,  villa  populosa  de  la  provincia  de  Zara¬ 
goza,  edificada  no  lejos  del  Monlora,  empinado  cerro  coronado  por  antiguo 
y  ruinoso  monasterio,  y  parte  en  Valpalmas,  pueblo  más  modesto  de  la  misma 
provincia  y  distante  tres  leguas  no  más  del  precedente.  En  este  último  habitó  mi 
familia  cuatro  años,  desde  1856  a  1860;  en  él  nacieron  mi  dos  hermanas  Paula 

y  Jorja- 

Mi  educación  e  instrucción  comenzaron  en  Valpalmas,  cuando  yo  tenía  cuatro 
años  de  edad.  Fué  en  la  modesta  escuela  del  lugar  donde  aprendí  los  primeros 
rudimentos  de  las  letras;  pero  en  realidad  mi  verdadero  maestro  fué  mi  padre,  que 
tomó  sobre  sí  la  tarea  de  enseñarme  a  leer  y  a  escribir,  y  de  inculcarme  nociones 
elementales  de  geografía,  física,  aritmética  y  gramática.  Tan  enojosa  misión  cons¬ 
tituía  para  él,  más  que  obligación  inexcusable,  necesidad  irresistible  de  su  espíri¬ 
tu  inclinado,  por  natural  vocación,  a  la  enseñanza.  Sentía  deleite  incomprensible 
en  despertar  la  curiosidad  infantil  y  acelerar  la  evolución  intelectual,  tan  perezosa 
a  veces  en  ciertos  niños.  De  mi  progenitor  puede  decirse  justamente  lo  que  Sócra¬ 
tes  blasonaba  de  sí;  que  era  excelente  comadrón  de  inteligencias. 

Hay,  realmente,  en  la  función  docente  algo  de  la  satisfacción  altiva  del  doma 
dor  de  potros;  pero  entra  también  la  grata  curiosidad  del  jardinero,  que  espera 
ansioso  la  primavera  para  reconocer  el  matiz  de  la  flor  sembrada  y  comprobar  la 
bondad  de  los  métodos  de  cultivo. 

Tengo  para  mí  que  desenvolver  un  entendimiento  embrionario,  recreándose 
en  sus  adelantos  e  individualizándolo  progresivamente,  es  alcanzar  la  paternidad 
más  alta  y  más  noble;  es  como  corregir  y  perfeccionar  la  obra  de  la  Naturaleza, 
Fabricar  cerebros  originales:  he  aquí  el  gran  triunfo  del  pedagogo. 

Esta  función  docente  ejercitábala  mi  padre  no  solamente  con  sus  hijos,  sino 
con  cualquier  niño  con  quien  topaba;  porque  para  él  la  ignorancia  era  la  mayor 
de  las  desgracias,  y  el  enseñar  el  más  noble  de  los  deberes. 

Recuerdo  bien  el  tesón  que  puso,  no  obstante  mi  corta  edad,  en  enseñarme  el 
francés.  Por  cierto  que  el  estudio  de  este  idioma  tuvo  lugar  en  cierta  renegrida 
cueva  de  pastores,  no  lejana  del  pueblo  (Valpalmas),  donde  solíamos  aislarnos 
para  concentrarnos  en  la  labor  y  evitar  visitas  e  interrupciones.  Por  tan  curiosa 
circunstancia,  en  cuanto  tropiezo  con  un  ejemplar  del  Telémaco  surge  en  mi  me- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA  17 

moría  la  imagen  de  la  citada  caverna,  cuyos  socavones  y  recovecos  veo  ahora, 
transcurridos  cerca  de  sesenta  y  cinco  años,  como  si  los  tuviera  presentes. 

En  resumen:  gracias  a  los  cuidados  de  mi  padre,  adelanté  tanto  y  tan  rápida¬ 
mente,  que  a  los  seis  años  escribía  corrientemente  y  con  pasadera  ortografía,  y  po¬ 
seía  algunas  nociones  de  geografía,  francés  y  aritmética. 

A  causa  de  esta  relativa  precocidad  vine  a  ser  el  amanuense  y  el  secretario  de 
la  casa;  y  así,  cuando  un  año  después  mi  padre  se  trasladó  a  Madrid  para  comple¬ 
tar  su  carrera  y  graduarse  de  doctor  en  Medicina  y  Cirugía,  fui  yo  el  encargado  de 
la  correspondencia  familiar  y  de  enterarle  dé  los  sucesos  del  partido  médico,  re¬ 
gentado  a  la  sazón  por  facultativo  suplente.  Mis  progresos  dieron  ocasión  a  que 
mis  padres,  llenos  de  ese  optimismo  tan  natural  en  todos,  auguraran  para  su  hijo, 
un  poco  a  la  ligera,  como  luego  veremos,  lisonjero  porvenir. 

En  el  orden  de  los  afectos  y  tendencias  del  espíritu,  era  yo,  como  la  mayoría 
de  los  chicos  que  se  crían  en  los  pueblos  pequeños,  entusiasta  dé  la  vida  de  aire 
libre,  incansable  cultivador  de  los  juegos  atléticos  y  de  agilidad,  en  los  cuales  so¬ 
bresalía  ya  entre  mis  iguales.  Entre  mis  inclinaciones  naturales  había  dos  que  pre¬ 
dominaban  sobre  las  demás  y  prestaban  a  mi  fisonomía  moral  aspecto  un  tanto 
extraño.  Eran  el  curioseo  y  contemplación  de  los  fenómenos  naturales,  y  cierta 
antipatía  incomprensible  por  el  trato  social.  Mi  encogimiento  y  cortedad  al  encon¬ 
trarme  entre  personas  mayores  constituía  gran  contrariedad  para  mis  padres. 

Para  decirlo  de  una  vez:  durante  mi  niñez  fui  criatura  díscola,  excesivamente 
misteriosa,  retraída  y  antipática.  Aún  hoy,  consciente  de  mis  defectos,  y  después 
de  haber  trabajado  heroicamente  por  corregirlos,  perdura  en  mí  algo  de  esa  arisca 
insociabilidad  tan  censurada  por  mis  padres  y  amigos. 

Preciso  es  reconocer  que  hay  un  egoísmo  refinado  en  rumiar  las  propias  ideas 
y  en  huir  cobardemente  del  comercio  intelectual  de  las  gentes.  Ello  aporta  cierto 
deleite  morboso.  Lejos  de  los  hombres,  nos  hacemos  la  ilusión  de  ser  completa¬ 
mente  libres.  La  soledad  produce  algo  así  como  una  autoposesión.  En  cuanto  un 
diálogo  se  entabla,  nuestras  palabras  responden  al  ajeno  pensamiento.  Piérdese  la 
iniciativa  mental  y  el  señorío  de  nuestros  actos;  las  asociaciones  de  ideas  sucé- 
dense  en  el  orden  marcado  por  el  interlocutor,  que  viene  a  ser  en  pierio  modo 
dueño  de  nuestro  cerebro  y  de  nuestras  emociones.  No  podremos  evitar  ya  en 
adelante  que  evoque  con  su  cháchara  indiscreta  o  impertinente  recuerdos  doloro¬ 
sos,  que  ponga  en  acción  registros  de  ideas  que  quisiéramos  enterrar  en  las  ne-  ' 
gruras  del  inconsciente. 

¡Qué  de  veces  acudimos  en  busca  de  distracción  al  café  o  a  la  tertulia,  y  sali¬ 
mos  con  un  abatimiento  de  ánimo,  con  una  sedación  de  voluntad,  que  esteriliza  o 
imposibilita,  y  a  veces  por  mucho  tiempo,  la  cuotidiana  labor! 

Pero  atajemos  reflexiones  impertinentes  y  reanudemos  la  narración. 

La  admiración  de  la  Naturaleza  constituía  también,  según  llevo  dicho,  una  de 
las  tendencias  irrefrenables  de  mi  espíritu.  No  me  saciaba  de  contemplar  los  es¬ 
plendores  del  sol,  la  magia  de  los  crepúsculos,  las  alternativas  de  la  vida  vegetal 
con  sus  fastuosas  fiestas  primaverales,  el  misterio  de  la  resurrección  de  los  insec¬ 
tos  y  la  decoración  variada  y  pintoresca  de  las  montañas.  Todas  las  horas  de 
asueto  que  mis  estudios  me  dejaban  pasábalas  correteando  por  los  alrededores 
del  pueblo,  explorando  barrancos,  ramblas,  fuentes,  peñascos  y  colinas,  con  gran 
angustia  de  mi  madre,  que  temía  siempre,  durante  mis  largas  ausencias,  algún  ac-  • 
cidente.  Como  derivación  de  estos  gustos,  sobrevino  luego  en  mí  la  pasión  por  los 
animales,  singularmente  por  los  pájaros,  de  que  hacía  gran  colección.  Complacía- 

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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


me  en  criarlos  de  pequeñuelos,  en  construirles  jaulas  de  mimbre  o  de  cañas,  y  en 
prodigarles  toda  clase  de  mimos  y  cuidados. 

Mi  pasión  por  los  pájaros  y  por  los  nidos  se  extremó  tanto,  que  hubo  prima¬ 
vera  que  llegué  a  saber  más  de  veinte  de  éstos,  pertenecientes  a  diversas  espe¬ 
cies  de  aves.  Esta  instintiva  inclinación  ornitológica  aumentó  todavía  ulterior¬ 
mente  (1).  Recuerdo  que  frisaba  ya  en  los  trece  años,  cuando  di  en  coleccionar 
huevos  de  toda  casta  de  pájaros,  cuidadosamente  clasificados.  Para  facilitar  la 
colecta  (que  mi  padre  veía  con  buenos  ojos),  ofrecí  a  los  muchachos  y  gañanes 
una  cuaderna  por  cada  nido  que  me  enseñasen.  De  este  modo,  la  colección  se  en¬ 
riqueció  rápidamente,  llegando  a  contar  30  ejemplares  diferentes.  Mostrábala  ya 
orgullosamente  a  mis  camaradas  del  pueblo  cual  si  fuera  tesoro  inapreciable. 
Desgraciadamente,  mi  colección— que  guardaba  cuidadosamente  en  una  caja  es¬ 
pecial  de  cartón  dividida  en  compartimientos  rotulados— se  malogró:  los  ardores 
del  mes  de  agosto  dieron  al  traste  con  mi  tesoro,  provocando  la  putrefacción  de 
las  yemas  y  la  rotura  de  las  cáscaras.  ¡Grande  fué  mi  pena  cuando  comprendí  toda 
la  extensión  del  irreparable  daño!  Estaba  inconsolable  al  ver  que  los  huevos  de 
engaña-pastor  (chotacabras),  tordo,  gorrión,  pardillo,  pinzón,  cogullada  (cogujada), 
cudiblanca,  mirlo,  picaraza  (garza),  cardelina  (jilguero),  cuco,  ruiseñor,  codor¬ 
niz,  etc.,  rezumaban  al  través  de  las  cáscaras  entreabiertas  líquido  corrompido  y 
maloliente. 

Tales  aficiones  fomentaron  mis  sentimientos  de  clemencia  hacia  los  animales. 
Gustaba  de  criarlos  para  gozar  de  sus  graciosos  movimientos  y  sorprender  sus 
curiosos  instintos;  pero  jamás  los  torturé  haciéndoles  servir  de  juguetes,  como 
hacen  otros  muchos  niños.  Para  cazarlos  prefería  los  procedimientos  que  permi¬ 
tían  cogerlos  vivos  (desque  o  liga)  llenas  (2)  con  hoyos  hondos,  la  red,  etc.).  Cuan¬ 
do  había  reunido  muchos  y  no  podía  atenderlos  y  cuidarlos  esmeradamente,  los 
soltaba  o  los  devolvía,  todavía  pequeñuelos  e  implumes,  a  sus  nidos  y  a  las 
caricias  maternales.  En  estos  caprichos  no  entraba  para  nada  el  interés  gas¬ 
tronómico  ni  la  vanidad  del  cazador,  sino  el  instinto  del  naturalista.  Bastaba  para 
mi  satisfacción  asiátir  al  maravilloso  proceso  de  la  incubación  y  a  la  eclosión  de 
los  polluelos;  seguir  paso  a  paso  las  metamorfosis  del  recién  nacido,  sorpren¬ 
diendo  primeramente  la  aparición  de  las  plumas  sobre  la  piel  de  los  frioleros  pe¬ 
queñuelos;  luego,  los  tímidos  aleteos  del  pájaro  que  ensaya  sus  fuerzas  y  despe¬ 
reza  las  alas,  y  finalmente,  el  raudo  vuelo  con  que  toma  posesión  de  las  anchuras 
del  espacio. 

(1)  Aludo  a  mi  estancia,  varios  años  después,  en  Siera  de  Luna,  pueblo  ds  la  provincia  de  Zaragoza. 

(2)  Trampas  hechas  con  una  losa  y  ciertos 'palillos  fácilmente  desbaratables  por  el  pájaro  al  picar  el 
cebo.  Perdone  el  lector  las  voces  aragonesas  que  empleo;  algunas  de  ellas  no  figuran  en  el  Diccionario. 


CAPÍTULO  IV 


MI  ESTANCIA  EN  VALPALMAS.— LOS  TRES  ACONTECIMIENTOS  DECISIVOS  DE  MI  NIÑEZ 
LOS  FESTEJOS  DESTINADOS  A  CELEBRAR  NUESTRAS  VICTORIAS  DE  ÁFRICA,  LA 
CAÍDA  DE  UN  RAYO  EN  LA  ESCUELA  Y  EL  ECLIPSE  DE  SOL  DEL  AÑO  60 


DURANTE  los  Últimos  años  pasados  en  Valpalmas  (pueblo  de  la  provincia  de 
Zaragoza,  no  lejos  de  Egea),  ocurrieron  tres  sucesos  que  tuvieron  deci¬ 
siva  influencia  en  mis  ideas  y  sentimientos  ulteriores.  Fueron  éstos:  la 
conmemoración  de  las  gloriosas  victorias  de  Africa;  la  caída  de  un  rayo  en  la  es¬ 
cuela  y  en  la  iglesia  del  pueblo,  y  el  famoso  eclipse  de  sol  del  año  60.  Tendría  yo 
por  entonces  siete  u  ocho  años. 

Los  festejos  acordados  por  el  Ayuntamiento  de  Valpalmas  para  celebrar  los 
triunfos  de  nuestros  bravos  soldados  en  Africa  fueron  rumbosos  y  proporcionados 
al  entusiasmo  patriótico  que  reinaba  entonces  en  toda  España.  «Por  fin — oía  yo 
decir—,  las  lanzas  y  espadas,  a  menudo  esgrimidas  contra  nosotros  mismos,  se 
han  vuelto  contra  los  odiados  enemigos  de  la  raza.»  ¡Hacía  tanto  tiempo  que  la 
gloriosa  bandera  española  no  había  flameada  sobre  los  muros  de  extranjera  ciu¬ 
dad!...  No  cabía  duda;  la  raza  hispana  había  vuelto  en  sí,  readquiríendo  conciencia 
de  su  propio  valer.  Aquéllos  eran  los  mismos  esforzados  infantes  de  Pavía,  San 
Quintín  y  Flandes. 

¡Con  qué  cordial  e  ingenuo  entusiasmo  vitoreábamos  a  los  bravos  soldados  de 
Africa,  y  singularmente  a  los  generales  Prim  y  O’Donnell!  ¡Cuán  orgullosos  estᬠ
bamos  de  la  derrota  de  Muley-el-Abbas  y  de  la  sangrienta  toma  de  Tetuán,  y 
cuán  indignados  también  contra  la  diplomacia  inglesa— la  pérfida  Albión,  como  se 
decía  entonces,  con  olvido  de  los  inestimables  servicios  que  nos  prestara  en  nues¬ 
tra  guerra  contra  tos  franceses—,  por  haber  detenido  con  un  ademán  de  altivez  y 
displicencia  el  avance  triunfal  de  nuestras  tropas!...  No  tenía  yo  entonces  repre¬ 
sentación  muy  clara  del  carácter  de  las  ofensas  recibidas,  de  la  legitimidad  y  ne¬ 
cesidad  de  la  venganza,  ni  de  las  ventajas  morales  y  materiales  que  ,1a  guerra  po¬ 
día  traernos;  pero  al  ver  alegría  y  entusiasmo  en  todo  el  mundo,  me  entusiasmé  y 
alborocé  también,  aceptando  mi  parte  en  los  obsequios  y  finezas  con  que  nuestros 
rudos  pero  patrióticos  ediles  de  Valpalmas  quisieron  exteriorizar  la  gran  satisfac¬ 
ción  y  noble  orgullo  rebosantes  de  todos  los  corazones. 

Entre  los  festejos  preparados  para  celebrar  la  entrada  de  nuestras  tropas  en 
Tetuán,  recuerdo  las  marchas,  pasodobles  y  jotas,  ejecutadas  con  más  fervor  que 
afinación,  por  cierta  murga  traída  de  no  sé  dónde;  y  una  hoguera  formidable  encen¬ 
dida  en  la  plaza  pública,  y  en  cuyas  brasas  se  asaron  y  cocieron,  a  semejanza  de 
lo  contado  por  Cervantes  en  las  bodas  de  Camacho,  muchos  carneros  y  gallinas. 


20 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


'AI  compás  de  la  ruidosa  y  desapacible  orquesta,  circulaban  de  mano  en  mano,  sin 
darse  punto  de  reposo,  botas  rebosantes  de  vino  añejo,  asi  Como  sabrosas  tajadas, 
a  las  cuales,  como  se  comprenderá  bien,  no  hicimos  asco  los  chicos;  antes  bien, 
jubilosos  por  la  fiesta  y  el  jolgorio,  y  entusiasmados  con  esta  especie  de  comu¬ 
nión  patriótica,  nos  pusimos  ahitos  de  carne  y  medio  calamocanos  de  mosto. 

Fué  ésta  la  primera  vez  que  surgieron  en  mi  mente,  con  alguna  clarividencia, 
el  sentimiento  de  la  patria  y  sus  raíces  históricas.  Representa,  pqr  lo  común,  el 
patriotismo  pasión  tardía;  invade  el  espíritu  durante  la  adolescencia,  cuando  pe¬ 
netran  en  el  sensorio  las  primeras  nociones  precisas  acerca  de  la  historia  y  geogra¬ 
fía  nacionales.  Estas  nociones  exceden  y  dilatan  el  mezquino  concepto  de  familia, 
y,  sin  mitigar  la  devoción  al  campanario,  nos  enseñan  que  más  allá  de  ios  térmi¬ 
nos  de  la  región  viven  millones  de  hermanos  nuestros  que  aman,  esperan,  luchan 
y  odian  al  unísono  con  nosotros;  que  hablan,  en  suma,  la  misma  lengua  y  tienen 
iguales  prosapia  y  destino.  Tamaño  sentimiento  de  solidaridad  se  exalta  todavía 
en  el  niño  cuando  lee  el  relato  de  las  hazañas  de  sus  mayores:  tales  lecturas  des¬ 
piertan  en  él  la  admiración  y.  el  culto  fervoroso  hacia  los  héroes  de  la  raza,  defen¬ 
sores  del  territorio  nacional  contra  las  agresiones  de  los  extraños,  y  sugiéranle 
además  el  noble  deseo  de  emular  a  las  grandes  figuras  de  la  historia  y  de  sacrifi¬ 
carse,  si  preciso  fuera,  en  el  altar  sagrado  de  la  patria. 

Harto  sabido  es  que  el  sentimiento  de  patria  es  doble;  entran  en  él  afectos  y 
aversiones.  De  una  parte,  el  amor  aj  terruño  y  el  culto  a  la  raza;  y  de  otra,  el  odio 
a  los  extranjeros  con  quienes  la  nación  hubo  de  contender  en  defensa  de  la  inde¬ 
pendencia.  Por  entonces  reinaban  en  Aragón,  como  en  la  mayor  parte  de  España, 
estas  dos  formas  del  patriotismo,  y  singularmente  la  negativa.  No  me  daba  yo 
cuenta  entonces  de  cuán  instintivo  y  natural  era  en  nosotros  el  aborrecimiento  al 
feroz  marroquí,  enemigo  legendario  del  cristiano,  y  cuán  excusable  la  aversión  al 
francés,  cuyos  incontrastables  poder  y  riquezas  habían  atajado  nuestro  movimien¬ 
to  de  expansión  en  Europa.  Ello,  sin  embargo,  envolvía  una  injusticia  que  más 
adelante  corregí. 

Andando  el  tiempo  y  creciendo  en  luces  y  reflexión,  eché  de  ver  que,  en  punto 
a  agresiones  injustas  y  desapoderadas,  allá  se  vam  todos  los  pueblos.  Todos  he¬ 
mos  hecho  guerras  justas  e  injustas.  Y,  al  fin,  han  prevalecido,  no  los  más  valero¬ 
sos,  sino  los  más  ricos,  industriosos  e  inteligentes.  No  es,  pues,  de  extrañar  que, 
más  adelante,  repudiara  la  inquina  y  antipatía  al  extranjero,  para  no  cultivar  sino 
la  faz  positiva  del  patriotismo,  es  decir,  el  amor  desinteresado  de  la  casta  y  el  fer¬ 
viente  anhelo  de  que  mi  país  desempeñara  en  la  historia  del  mundo  y  en  las  em¬ 
presas  de  la  civilización  europea  lucido  papel. 

De  todos  modos,  y  sin  desconocer  que  en  mi  exaltación  patriótica  han  entra¬ 
do  muchos  y  muy  diversos  factores,  parece  incuestionable  que  tuvo  positiva  in¬ 
fluencia  el  suceso  referido,  muy  adecuado  para  inflamar  las  almas  juveniles  y 
sembrar  gérmenes  de  entusiasmo  fecundo  florecidos  en  la  madurez. 

El  segundo  acontecimiento  a  que  hice  referencia,  es  decir,  el  rayo  caldo  en  la 
escuela,  con  circunstancias  y  efectos  singularmente  dramáticos,  dejó  también 
ancha  estela  en  mi  memoria.  Por  la  primera  vez  aparecióse  ante  mí,  con  toda  su 
imponente  majestad,  esa  fuerza  ciega  e  incontrastable  imperante  en  el  Cosmos, 
fuerza  indiferente  a  la  sensibilidad  y  que  parece  no  distinguir  entre  inocentes  y 
malvados. 

He  aquí  el  trágico  sucesoí  Estábamos  los  niños  reunidos  una  tarde  en  la  es¬ 
cuela  y  entregados,  bajo  la  dirección  de  la  maestra,  a  1§  oración  (el  maestro  guar- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


21 


daba  cama  aquel  día).  Corridas  ya  las  primeras  horas  de  la  tarde,  encapotóse  rᬠ
pidamente  el  cielo  y  retumbaron  violentamente  algunos  truenos,  que  no  nos  inmu- 
taron;|cuando  de  repente,  en  medio  del  íntimo  recogimiento  de  la  plegaria,  vibran¬ 
tes  aún  en  nuestros  labios  aquellas  suplicantes  palabras:  «Señor,  líbranos  de  todo 
mal»,  sonó  formidable  y  horrísono  estampido,  que  sacudió  dejraíz  el  edificú»,  heló 
la  sangre  en  nuestras  venas  y  cortó  brutalmente  la  comenzada  oración.  Polvo 
espesísimo,  mezclado  con  cascotes  y  pedazos  de  yeso,  desprendidos  del  techo, 
anubló  nuestros  ojos,  y  acre  olor  de  azufre  quemado  se  esparció  por  la  estancia, 
en  la  cual,  espantados,  corriendo  como  locos,  medio  ciegos  por  la  polvareda  y  ca¬ 
yendo  unos  sobre  otros  bajo  aquel  chaparrón  de  proyectiles,  buscábamos  ansiosa¬ 
mente,  sin  atinar  en  mucho  rato,  la  salida.  Más  afortunado  o  menos  paralizado  por 
el  terror,  uno  de  los  chicos  acertó  con  la  puerta,  y  en  pos  de  él  nos  precipitamos 
despavoridos  los  démás. 

La  viva  emoción  que  sentíamos  no  nos  permitió  darnos  cuenta  de  lo  ocurrido: 
creíamos  que  había  estallado  una  mina,  que  se  había  hundido  la  casa,  que  la 
iglesia  se  había  desplomado  sobre  la  escuela...,  todo  se  nos  ocurrió,  menos  la 
caída  de  un  rayo. 

Algunas  buenas  mujeres,  que  nos  vieron  correr  desatinados,  socorriéronnos 
inmediatamente;  diéronnos  agua;  limpiáronnos  el  sudor  polvoriento,  que  nos  daba 
aspecto  de  fantasmas,  y  vendaron  provisionalmente  a  los  que  íbamos  heridos. 
Una  voz  salida  de  entre  el  gentío  nos  llamó  la  atención  acerca  de  cierta  figura 
extraña,  negruzca,  colgante  en  el  pretil  del  campanario.  En  efecto,  allí,  bajo  la 
campana,  envuelto  en  denso  humo,  la  cabeza  suspendida  por  fuera  del  muro, 
yacía  exánime  el  pobre  sacerdote,  que  creyó  poder  conjurar  la  formidable  bo¬ 
rrasca  con  el  imprudente  doblar  de  la  campana.  Algunos  hombres  subieron  a 
socorrerle  y  halláronle  las  ropas  ardiendo  y  una  terrible  herida  en  el  cuello,  de 
que  murió  pocos  días  después.  El  rayo  había  pasado  por  él,  mutilándole  horrible¬ 
mente.  En  la  escuela,  la  maestra  yacía  sin  sentido  sobre  el  pupitre,  fulminada 
también,  aunque  sin  heridas  importantes. 

Poco  a  poco  nos  dimos  cuenta  de  lo  ocurrido:  un  rayo  o  centella  había  caído 
en  la  torre,  fundiendo  parcialmente  la  campana  y  electrocutando  al  párroco;  con¬ 
tinuando  después  sus  giros  caprichosos,  penetró  en  la  escuela  por  una  venta¬ 
na,  horadó  el  techo  del  piso  bajo,  donde  los  chicos  estábamos,  derrumbando  buena 
parte  de  la  techumbre;  pasó  por  detrás  de  la  maestra,  a  quien  privó  de  sentido,  y, 
después  de  destrozar  un  cuadro  del  Salvador,  colgante  del  muro,  desapareció  en 
el  suelo  por  un  boquete,  especie  de  madriguera  ratonil,  labrada  junto  a  la  pared. 

Ocioso  fuera  encarecer  el  estupor  que  me  causara  el  trágico  suceso. 

Por  primera  vez  cruzó  por  mi  espíritu,  profundamente  conmovido,  la  idea  del 
desorden  y  de  la  inarmonía.  Sabido  es  que  para  el  niño  la  naturaleza  constituye 
perpetuo  milagro.  La  noción  científica  de /ey  penetra  en  el  cerebro  infantil  muy 
tardíamente,  con  las  revolucionarias  enseñanzas  de  la  física  y  de  la  geografía  as¬ 
tronómica.  No  inquieta,  sin  embargo,  al  niño  ese  caprichoso  ñuir  de  los  fenóme¬ 
nos.  Se  lo  estorba  el  profundo  optimismo  de  toda  vida  que  empieza,  y  sobre  todo 
la  certeza,  adquirida  por  las  enseñanzas  del  catecismo,  de  que  existe  en  las  altu¬ 
ras  un  Dios  bueno  que  vigila  piadosamente  la  marcha  del  gran  artilugio  cósmico 
e  impone  y  sostiene  la  concordia  entre  los  elementos.  Padres  y  maestros  le  han 
revelado  también  que  el  Principio  psicológico  del  Universo  es,  además,  tiernísimo 
padre  y  excelso  artista.  En  su  infinito  poder,  adapta  ingeniosamente  las  vicisitu¬ 
des  de  las  estaciones  a  las  necesidades  de  la  vida,  y  descendiendo  del  empíreo  se 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


digna  componer  y  conservar,  para  edificación  y  deleite  de  la  sensibilidad  humana, 
cuadros  soberbios:  el  cielo  y  sus  celajes  arrebolados;  los  prados  y  campos  verna¬ 
les,  sembrados  de  amapolas  y  cernidos  de  mariposas;  la  negra  noche,  tachonada 
de  estrellas;  los  árboles  y  vides  cuajados  de  frutos... 

Mas  he  aquí  que  de  improviso  tan  hermosa  concepción,  que  yo,  como  todos 
los  niños,  había  adoptado,  se  tambalea.  La  riente  paleta  del  sublime  Artista  se 
entenebrece;  inopinadamente,  el  idilio  se  trueca  en  tragedia.  Mi  espíritu  flotaba 
en  un  mar  de  confusiones,  y  las  interrogaciones  angustiosas  se  sucedían  sin 
hallar  respuesta  satisfactoria. 

Afortunadamente,  la  edad  de  los  ocho  años  no  es  propicia  a  la  filosofía,  ni 
consiente  largas  abstracciones.  En  la  aurora  de  la  vida  es  harto  fugaz  el  senti¬ 
miento  para  que  ningún  suceso,  por  conmovedor  que  sea,  pueda  perturbar,  de 
modo  duradero,  la  serenidad  del  niño,  entregado,  por  irresistible  instinto,  a  mode¬ 
lar  y  robustecer  el  cuerpo  con  el  juego  y  la  gimnasia  espontáneos,  y  a  enriquecer 
y  vigorizar  el  espíritu  con  ese  continuo  curioseo  del  espectáculo  de  la  Naturaleza. 

El  tercer  acontecimiento  que  me  produjo  también  efecto  moral  importante,  fué 
el  eclipsé  de  sol  del  año  60.  Anunciado  por  los  periódicos,  esperábase  ansiosa¬ 
mente  en  el  pueblo,  en  el  cual  muchas  personas,  protegidos  los  ojos  con  cristales 
ahumados,  acudieron  a  cierta  colina  próxima,  desde  la  cual  esperaban  observar 
cómodamente  el  sorprendente  fenómeno.  Mi  padre  me  había  explicado  la  teoría 
de  los  eclipses,  y  yo  la  había  comprendido  bastante  bien.  Quedábame,  empero,  un 
resto  de  desconfianza.  ¿No  olvidará  la  luna  la  ruta  señalada  por  el  cálculo?  ¿Se 
equivocará  la  ciencia?  La  inteligencia  humana,  que  no  pudo  prever  la  caída 
de  un  rayo  en  mi  escuela,  ¿será  capaz,  sin  embargo,  de  predecir  fenómenos  ocu¬ 
rridos  más  allá  de  la  tierra,  a  millones  de  kilómetros?  En  una  palabra:  el  saber 
humano,  incapaz  de  explicar  muchas  cosas  próximas,  tan  íntimas  como  nuestra 
vida  y  nuestro  pensamiento,  ¿gozará  del  singular  privilegio  de  comprender  y  vati¬ 
cinar  lo  lejano,  aquello  que  menos  puede  interesarnos  desde  el  punto  de  vista  de 
la  utilidad  material?  Claro  que  estas  interrogaciones  no  fueron  pensadas  de  esta 
forma;  pero  ellas  traducen  bien,  creo  yo,  mis  sentimientos  de  entonces. 

Es  justo  reconocer  que  la  casta  Diana  acudió  a  la  cita,  cumpliendo  a  concien¬ 
cia  y  con  admirable  exactitud  su  programa.  Parecía  como  que  los  astrónomos, 
además  de  profetas,  habían  sido  un  poco  cómplices,  empujando  la  luna  con  las 
palancas  de  sus  enormes  telescopios  hasta  el  lugar  del  cielo  donde  habían  acor¬ 
dado  ensayar  el  fenómeno.  Durante  el  eclipse,  hízome  notar  mi  padre  esa  especie 
de  asombro  y  de  indefinible  inquietud  que  se  apodera  de  la  naturaleza  entera, 
acostumbrada  a  ser  regulada  en  todos  sus  actos  por  el  acompasado  ritmo  de  luz 
y  de  obscuridad,  de  calor  y  de  frío,  resultante  del  eterno  girar  de  la  tierra.  Para 
animales  y  plantas,  el  eclipse  parece  constituir  un  contrasentida,  algo  así  como 
inexplicable  equivocación  del  mecanismo  cósmico,  distraído  de  los  perennes  inte¬ 
reses  de  la  vida. 

Se  comprenderá  fácilmente  que  el  eclipse  del  60  fuera  para  mi  tierna  inteligen¬ 
cia  luminosa  revelación.  Gaí  en  la  cuenta,  al  fin,  de  que  el  hombre,  desvalido  y 
desarmado  enfrente  del  incontrastable  poder  de  las  fuerzas  cósmicas,  tiene  en  la 
ciencia  redentor  heroico  y  poderoso  y  universal  instrumento  de  previsión  y  de  do¬ 
minio. 


CAPÍTULO  V 


AYERBE.— JUEGOS  Y  TRAVESURAS  DE  LA  INFANCIA.— INSTINTOS  GUERREROS  Y  ARTÍS¬ 
TICOS.— MIS  PRIMERAS  NOCIONES  EXPERIAIENTALES  SOBRE  ÓPTICA,  BALÍSTICA  Y 
EL  ARTE  DE  LA  GUERRA  ‘ 


CUMPLIDOS  mis  ocho  años,  mi  padre  solicitó  y  obtuvo  el  partido  médico  de 
Ayerbe,  villa  cuya  riqueza  y  población  prometíanle  mayores  prestigios 
profesionales  y  más  amplio  escenario  para  sus  proezas  quirúrgicas  que 
Valpalmas,  amén  de  superiores  facilidades  para  lá  educación  de  sus  hijos. 

•  Es  Ayerbe  villa  importante  de  la  provincia  de  Huesca,  y  famosa  por  sus  vinos 
en  todo  el  Somontano.  Está  situada  en  la  carretera  de  dicha  ciudad  a  Jaca  y  Pan- 
ticosa,  no  lejos  de  la  Sierra  de  Gratal,  primera  estribación  del  Pirineo  aragonés. 
Sus  pintorescas  casas  extiéndense  al  pie  de  un  monte  elevado  de  doble  cima,  una 
de  las  cuales  aparece  coronada  por  las  ruinas,  aún  imponentes,  de  vetusto  cas¬ 
tillo  feudal.  En  el  centro  del  pueblo,  dos  grandes  y  regulares  plazas  dan  amplio 
espacio  a  sus  mercados  y  ferias,  famosas  en  toda  la  comarca.  Entre  ambas  plazas 
sirve  de  lindero,  al  par  que  de  adorno,  cierta  opulenta  mansión  señorial,  que  anta¬ 
ño  perteneciera  a  los  marqueses  de  Ayerbe. 

Mi  aparición  en  la  plaza  pública  de  Ayerbe  fué  saludada  por  una  rechifla  gene¬ 
ral  de  los  chicos.  De  las  burlas  pasaron  a  las  veras.  En  cuanto  se  reunían  algunos 
y  creían  asegurada  su  impunidad,  me  insultaban,  me  golpeaban  a  puñetazos  o  me 
acribillaban  a  pedradas.  ¡Qué  bárbaros  éramos  los  chkos  de  Ayerbe! 

¿Por  qué  esta  imbécil  aversión  al  chico  forastero?  Lo  ignoraba  y  aún  hoy  no 
me  lo  explico  bien.  Creo,  empero,  ver  en  ella  un  efecto  de  esa  sorda  inquina,  no 
siempre  traducida  en  actos,  que  el  labrador  pobre  siente  contra  el  burgués  ’y  el 
hombre  de  carrera:  contenida  en  los  hombres  por  la  prudencia,  estalla  violenta¬ 
mente  en  los  rapaces,  en  quienes  las  artes  del  disimulo  no  han  enfrenado  aún  los 
más  salvajes  impulsos.  En  semejante  malquerencia  colaboran,  sin  duda,  la  rusti¬ 
cidad,  la  envidia  y  la  ignorancia.  .  ’ 

Mi  facha,  sin  embargo,  no  podía  inspirar  recelos  a  los  hijos  del  pueblo.  Vestido 
humildemente  -porque  la  estricta  economía  que  reinaba  en  mi  casa  no  consentía 
lujos—,  de  cara  trigueña  y  aspecto  amojamado,  que  a  la  legua  denunciaba  larga 
permanencia  al  sol  y  al  aire,  nadie  me  hubiera  tomado  como  hijo  de  burgués  aco¬ 
modado.  Pero  yo  no  gastaba  calzones  ni  alpargatas,  ni  ceñía  con  pañuelo  mi  cabe¬ 
za,  y  esto  bastó  para  que  entre  aquellos  zafios  pasara  por  señorito. 

Contribuyó  también  algo  a  la  citada  antipatía  la  extrañeza  causada  por  mi 
lenguaje.  Por  entonces  se  hablaba  en  Ayerbe  un  dialecto  extraño,  desconcertante 
revoltijo  de  palabras  y  giros  franceses,  castellanos,  catalanes  y  aragoneses  anti- 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


guos.  Allí  se  decía: /o/aío  por  agujero,  no  pas  por  no,  tiengo  y  en  tiengo  por  tengo 
o  tengo  de  eso,  aivan  por  adelante,  muller  por  mujer,  fierro  y  ferrero  por  hierro  y 
herrero,  chiqué  y  mócete  por  chico  y  mocito,  abrios  por  caballerías,  dámene  por 
dame  de  eso,  en  ta  allá  por  hacia  allá,  m’en  voy  por  me  voy  de  aquí,  y  otras  muchas 
voces  y  locuciones  de  este  jaez,  borradas  hoy  de  mí  memoria  (1). 

En  boca  de  los  ayerbenses  hasta  los  artículos  habían  sufrido  inverosímiles  elip¬ 
sis,  toda  vez  que  el,  la,  lo  se  habían  convertido  en  o,  o  y  o,  respectivamente.  Di¬ 
ríase  que  estábamos  en  Portugal. 

A  los  rapaces  de  Ayerbe  parecióles,  en  cambio,  el  castellano  relativamente 
castizo  que  yo  usaba,  es  decir,  el  hablado  en  Valpalmas  y  Cinco  Villas,  insufrible 
algarabía,  y  hacían  burla  de  mí  llamándome  el  forano  (forastero). 

Poco  a  poco  fuimos,  sin  embargo,  entendiéndonos.  Y  como  no  era  cosa  de  que 
ellos,  que  eran  muchos,  aprendieran  la  lengua  de  uno,  sino  al  reves,  acabé  por 
acomodarme  a  su  estrafalaria  jerigonza,  atiborrando  mi  memoria  de  vocablos  bár¬ 
baros  y  de  solecismos  atroces.' 

He  dicho  más  de  una  vez  que  sentía  particular  inclinación  a  los.  parajes  solita¬ 
rios  y  a  las  excursiones  por  los  alrededores  de  los  pueblos;  pero  en  Ayerbe,  una 
vez  satisfecha  la  curiosidad  inspirada  por  sus  montañas,  por  su  humilde  río,  cor¬ 
tado  por  alto  azud  y  flanqueado  por  frondosos  huertos,  y  sobre  todo  por  su  ruinoso 
y  romántico  castillo,  que  desde  lo  alto  del  monte  parecía  contarnos  heroicas  le¬ 
yendas  y  lejanas  grandezas,  sentí  la  necesidad  de  sumergirme  en  la  vida  social, 
tomando  parte  en  los  juegos  colectivos,  en  las  carreras  y  luchas  de  cuadrilla  a 
cuadrilla,  y  en  toda  clase  de  maleantes  entretenimientos  con  que  los  chicos  de 
pueblo  suelen  solemnizar  las  horas  de  asueto. 

Tienen  los  juegos  de  la  niñez,  y  particularmente  los  juegos  sociales,  en  los  que 
se  combinan,  en  justa  proporción,  los  ejercicios  físicos  con  las  actividades  men¬ 
tales,  gran  virtud  educadora.  En  esos  certámenes  de  la  agilidad  y  de  la  fuerza,  en 
esos  torneos  donde  se  hace  gala  del  valor,  de  la  osadía,  y  de  la  astucia,  se  avaloran 
y  contrastan  las  aptitudes,  se  templa  y  robustece  el  cuerpo  y  se  prepara  el  espí¬ 
ritu  para  la  ruda  concurrencia  vital  de  la  edad  viril.  No  es,  pues,  extraño  que  mu¬ 
chos  educadores  hayan  dicho  que  todo  el  porvenir  de  un  hombre  está  en  su  inian-' 
cia,  y  que  Rod,  Froébel,  Oros,  France,  etc.,  y  en  nuestra  patria  Giner,  Leta- 
mendi.  Castillejo  y  otros  muchos,  hayan  concedido  al  juego  de  los  niños  gran  im¬ 
portancia  para  el  desarrollo  fisiológico  y  para  el  adiestramiento  metódico  de  los 
sentidos  y  la  formación  del  carácter. 

«Jugar— ha  dicho  Thomas— es  aplicar  los  propios  órganos,  séntirse  vivir  y  pro¬ 
curarse  la  ocasión  de  conocer  los  objetos  que  rodean  al  niño,  objetos  que  son  para 
él  un  perpetuo  milagro.»  Por  mi  parte,  siempre  he  creído  que  los  juegos  de  los 
niños  son  preparación  absolutamente  necesaria  para  la  vida;  merced  a  ellos  el  ce¬ 
rebro  infantil  apresura  su  evolución,  recibiendo,  según  los  temas  preferidos  y  las 
diversiones  ejercitadas,  cierto  sello  específico  moral  e  intelectual,  de  que  depen¬ 
derá  en  gran  parte  el  porvenir. 

En  cuanto  amainó  la  mala  voluntad  de  los  muchachos  para  conmigo,  concurrí 
pues,  a  sus  diversiones  y  zalagardas;  tomé  parte  en  los  juegos  del  peón,  del  tejo' 
de  la  espandiella,  del  marro,  sin  olvidar  las  carreras,  luchas  y  saltos  en  competen¬ 
cia;  hallando  en  todas  estos  deportes  la  sana  alegría  asociada  a  la  actividad 
sobrexcitada  de  todos  nuestros  órganos  y  a  la  conciencia  personal  del  acrecenta- 

(1)  Las  cito  aquí  porque  esta  jerga  altoaragonesa  ha  desaparecido  hoy  casi  del  todo,  y  posee 
tanto,  el  interés  filológico  de  .los  dialectos  muertos. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


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miento  de  la  energía  muscular  y  de  la  acuidad  sensorial.  Ya  lo  dijo  Aristóteles  y 
lo  han  repetido  muchos  pedagogos,  singularmente  Bouillier:  «Hay  placer— dice 
este  autor— cuantas  veces  la  actividad  del  alma  se  ejerce  de  acuerdo  con  su  natu¬ 
raleza  y  según  el  sentido  de  la  conservación  y  desenvolvimiento  del  ser.»  ¿Quién 
ignora  que  la  inactividad  constituye  para  el  niño  la  mayor  de  las  torturas?  El 
dolor  mismo  es  preferido  al  reposo.  Además,  hay  positivo  deleite  en  se/zí/r  nuestra 
evolución  física  y  moral  y  en  advertir  cómo,  en  fin,  en  esa  pugna  diaria  de  ardi¬ 
des,  ordinarios  recursos  de  toda  pelea  entre  muchachos,  se  afina  la  atención  vigi¬ 
lante  y  se  fortalece  la  aptitud  para  rechazar  agresiones  inopinadas  e  injustas. 

Pero  los  chicos  de  Ayerbe  no  se  entregaban  solamente  a  juegos  inocentes:  el 
tejo  y  el  marro  alternaban  con  diversiones  harto  más  arriesgadas  y  pecaminosas. 

Las  pedreas,  el  merodeo  y  la  rapiña,  sin  consideración  a  nada  ni  a  nadie,  consti¬ 
tuían  el  estado  natural  de  mis  traviesos  camaradas.  Descalabrarse  mutuamente  a 
pedrada  limpia,  romper  faroles  y  cristales,  asaltar  huertos  y,  en  la  época,  de  la 
vendimia,  hurtar  uvas,  higos  y  melocotones:  tales  eran  las  ocupaciones  favoritas 
de  los  zagalones  del  pueblo,  entre  los  cuales  tuve  pronto  la  honra  poco  envidiable 
de  contarme. 

Muchas  veces  he  procurado  darme  cuenta  de  esa  tendencia  al  merodeo,  a  que  V-x 
con  tanta  fruición  se  entregan  los  chicos,  sin  acertar  a  explicármela  de  modo  satis¬ 
factorio.  A  tan  peligrosa  conducta  debe  contribuir,  sin  duda,  el  ansia  de  las  golo¬ 
sinas  impuesta  al  niño  por  la  naturaleza,  la  cual  exige  el  consumo  diario  de  gran 
cantidad  de  substancias  azucaradas,  indispensables  para  reparar  el  continuo  de¬ 
rroche  de  energía  muscular  (el  azúcar  oxidado  produce  calor  y  energía  motriz); 
pero  esto  no  parece  bastante.  Precisamente  casi  todos  los  chicos  que  tomábamos 
parte  en  la  rebatiña  de'  huertos  y  viñas  teníamos  en  nuestras  casas  la  fruta  a  ca-  '  ' 

nastas.  Además,  y  por  lo  que  a  mí  se  refiere,  mi  familia  poseía  frondoso  huerto  y, 
durante  el  estío  y  otoño,  raro  era  el  día  en  el  que  los  clientes,  agradecidos  a  los 
servicios  médicos  de  mi  padre,  no  aportaran  algún  presente  de  frutas  o  verduras. 

Sin  embargo,  leyendo  los  libros  que  tratan  del  gran  problema  de  la  educación  y  de 
la  psicología  de  los  juegos,  he  creído  hallar  la  clave  principal  del  enigma:  el  ansia  .-í  ' ' 
de  emoción,  la  atracción  irresistible  del  riesgo. 

Con  razón  hacen  notar  los  educadores  que  el  niño,  en  sus  juegos  y  empresas, 
gusta  bordear  constantemente  él  peligro;  y  así,  como  cuando  pasea,  prefiere  al 
;  camino  llano  gatear  por  tapias  y  peñas,  cuando  juega  se  entrega  a  aquellas  diver¬ 
siones  en  que  sólo  merced  a  su  agilidad,  sangre  fría  o  vigor  logra  sortear  un  acci- 
dente. 

Desde  otro  punto  de  vista,  puede  considerarse  el  ñiño  como  representante  de 
aquella  hermosa  edad  de  oro  en  la  cual,  al  decir  de  Cervantes,  se  desconocía  el 
significado  de  las  palabras  tuyo  y  mío.  En  el  fondo  de  cada  cabeza  juvenil  hay  un 
perfecto  anarquista  y  comunista.  Hasta  por  la  forma  de  sus  facciones  y  despro¬ 
porción  de  sus  miembros  se  parece  el  niño  al  salvaje,  conforme  nota  Herbert 
Spencer.  A  semejanza  del  indio  bravo,  el  niño  es  todo  voluntad.  Ejecuta  antes  que 
piensa,  sin  dársele  un  ardite  dé  las  consecuencias.  Ante  su  tiránico  querer,  ante 
su  absorbente  individualismo,  afirmado  constantemente  con  actos  de  pillaje  y  de 
vandalismo,  las  leyes  son  papeles  mojados,  y  la  propiedad,  mera  ficción  sosténida 
por  jueces  y  gobiernos. 

A  los  instintos  anarquistas  del  niño  deben  añadirse  estos  otros  dos:  la  cruel¬ 
dad  y  la  inclinación  al  dominio.  Muy  a  menudo,  a  despecho  de  las  reglas  de  la 
moral  y  de  la  buena  crianza,  complácese  la  infancia  en  abusar  de  sus  fuerzas. 


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maltratando  a  los  débiles  y  sujetándolos  a  su  autocrática  soberanía,  que  ejerce 
sin  más  límites  que  los  trazados  por  el  alcance  de  sus  fuerzas  y  osadía. 

No  diré  yo  con  Rousseau  «que  el  corazón  del  niño  no  siente  nada,  que  es  inac¬ 
cesible  a  la  piedad  y  que  sólo  comprende  la  justicia»;  pero  fuerza  es  confesar  que 
los  sentimientos  de  humanidad,  caridad  y  compasión  hállanse  en  estado  embrio¬ 
nario.  Y  aun  su  anhelo  de  justicia,  es  harto  vago  o  discutible. 

Yo  opuse  al  principio  algunas  resistencias  a  los  juegos  brutales,  así  como  a 
las  poco  recomendables  hazañas  del  escalo  de  huertos  y  rebatiña  de  frutos.  Pero 
el  espíritu  de  imitación  pudo  más  en  mí  que  los  sabios  consejos  de  mis  padres  y 
los  mandamientos  del  Decálogo.  Algo  hubo,  con  todo  eso,  en  que  mi  caballerosi¬ 
dad  nativa  no  transigió  jamás:  fué  el  abuso  de  la  fuerza  con  el  débil,  así  como  la 
agresión  injusta  y  cruel. 

Decía  a  Pablos  su  tío  el  verdugo  de  Segovia:  «Mira,  hijo,  con  lo  que  sabes  de 
latín  y  retórica,  serás  singular  en  el  arte  de  verdugo».  Esta  frase  graciosa  de  Que- 
vedo,  que  parece  una  chuscada,  encierra  un  fondo  de  verdad.  Los  rápidos  progre¬ 
sos  que  yo  hice  en  la  vida  airada  de  pedreas  y  asaltos,  de  ataques  a  la  propiedad 
pública  y  privada,  prueban,  sin  duda,  que  la  geografía,  la  gramática,  la  cosmogra¬ 
fía  y  los  rudimentos  de  física  con  que  mi  padre  había  espabilado  mis  turbias  enten¬ 
dederas,  entraron  por  algo  en  mis  hazañas  de  mozalbete.  Tengo  para  mí  que  dichos 
conocimientos,  tempranamente  adquiridos,  produjeron  cierto  hábito  de  reflexión 
que  me  valió  sobresalir  rápidamente  entre  los  ignorantes  pilliielos  que  me  ro¬ 
deaban,  superando  a  muchos  de  ellos,  así  en  la  maquinación  de  ardides,  picar¬ 
días  y  diabluras,  como  en  el  dominio  de  los  juegos  y  luchas  más  o  menos  brutales. 

Pronto  tuve  camaradas  entusiastas,  compañeros  de  glorias  y  fatigas  que  emu¬ 
laban  mis  flores  y  habilidades;  recuerdo  entre  ellos  a  Tolosana,  Pena,  Fenollo, 
Sanclemente,  Caputillo  y  otros,  a  los  que  vino  a  juntarse  más  adelante  mi  hermano 
Pedro,  dos  años  más  joven  que  yo.  Merced  a  gimnasia  incesante,  mis  músculos 
adquirieron  vigor,  mis  articulaciones  agilidad  y  mi  vista  perspicacia.  Brincaba 
como  un  saltamonte;  trepaba  como  un  mono;  corría  como  un  gamo;  escalaba  una 
tapia  con  la  viveza  de  una  lagartija,  sin  sentir  jamás  el  vértigo  de  las  alturas,  aun 
en  los  aleros  de  los  tejados  y  en  la  copa  de  los  nogales,  y,  en  fin,  manejaba  el 
palo,  la  flecha,  y  sobre  todo  la  honda,  con  singular  tino  y  maestría. 

Tantas  y  tan  provechosas  aptitudes  no  podían  estar  ociosas.  Mi  habilidad  en 
asaltar  tapias  y  en  trepar  a  los  árboles  diéronme  pronto  triste  celebridad.  Como 
el  buscón  de  Quevedo,  cobraba  censos,  diezmos  y  primicias  sobre  habares,  huer¬ 
tos,  viñas  y  olivares.  Para  la  cuadrilla  capitaneada  por  mí  criábanse  los  más  sa¬ 
brosos  albérchígos,  las  más  almibaradas  brevas  y  los  más  suculentos  melocoto¬ 
nes.  De  nuestras  reivindicaciones  comunistas,  inspiradas  en  normas  de  estricta 
equidad,  no  se  libraban  ni  el  huerto  del  cura,  ni  el  cercado  del  alcalde.  Ambas 
potestades,  la  eclesiástica  y  la  civil,  nos  tenían  completamente  sin  cuidado. 

En  conclusión,  yo  me  di  tal  maña  en  asimilarme  y  superar  las  bellaquerías, 
tretas  y  picardías  de  los  chicos  de  Ayerbe,  que  tuve  la  honra  de  figurar  rápida¬ 
mente  en  el  Indice  de  las  malas  compañías,  formado  por  los  timoratos  padres  de 
familia. 

Con  mostrarme  tan  diligente  y  dispuesto  en  todo  género  de  travesuras  y  alga¬ 
radas,  había  algunas,  singularmente  aquellas  en  que  entraba  por  algo  la  mecánica, 

en  que  todos  reconocían  mi  superioridad.  Mi  concurso,  pues,  era  solicitado  por 

muchos  y  no  para  cosa  buena. 

¿Había  que  armar  una  cencerrada  contra  viejo  o  viuda  casadas  en  segundas  o 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


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terceras  nupcias?  Pues  allí  estaba  yo  disponiendo  los  tambores  y  cencerros  y  fabri¬ 
cando  las  flautas  y  chifletes,  que  hacía  de  caña,  con  sus  correspondientes  agujeros, 
lengüetas  y  hasta  llaves.  Una  observación  cuidadosa,  fecundada  por  larga  práctica, 
me  había  revelado  las  distancias  a  que  debían  hacerse  los  agujeros  para  que  resul¬ 
tasen  los  tonos  y  semitonos,  así  como  la  forma  y  dimensiones  de  las  lengüetas. 
Recuerdo  que  algunas  de  mis  flautas,  que  abarcaban  cerca  de  dos  octavas,  sonaban 
con  el  timbre  e  intensidad  del  clarinete.  Ocurrióme  alguna  vez,  ejecutando  de  oído 
algunas  melodías  populares,  ser  tomado  por  músico  ambulante. 

¿Disponíase  una  pedrea  en  las  eras  cercanas  o  camino  de  la  fuente?  Pues  yo 
cargaba  con  el  delicado  cometido  de  fabricar  las  hondas,  que  hacía  de  cáñamo 
y  de  trozos  de  cordobán  traídos  por  los  camaradas.  Más  de  Una  vez  ocurrió  que, 
faltando  el  becerro  viejo,  tuvimos  que  echar  mano  del  material  de  los  borceguíes, 
cuya  altura,  claro  es,  disminuía  progresivamente.  ¡Quién  podrá  contar  la  indigna¬ 
ción  de  nuestros  padres  al  comprobar  aquella  evolución  retrógrada  del  calzado, 
en  cuya  virtud  la  que  fué  flamante  botina  venía  a  parar  en  raquítiea  y  mujeril  za¬ 
patilla! 

¿Jugábase  a  guerreros  antiguos?  Pues  a  mi  industria  se  acudía  para  los  yel¬ 
mos  y  corazas,  que  fabricaba  de  cartón  o  de  latas  viejas,  y  sobre  todo  para  labrar 
las  flechas,  en  cuya  elaboración  adquirí  gran  pericia.  En  efecto,  mis  flechas  no 
sólo  tenían  gran  alcance,  sino  que  marchaban  sin  cabecear  ni  volverse  del  revés- 
El  espíritu  de  observación  desarrollado  con  ocasión  de  estos  juegos,  hízome 
notar  pronto  que  el  asta  o  varilla  de  la  flecha  debe  pesar  menos  que  el  hierro,  y 
ser  perfectamente  lisa  y  recta,  a  fin  de  que  el  proyectil  no  oscile  y  se  desvíe  de  la 
trayectoria  inicial.  De  acuerdo  con  esta  regla  práctica,  fabricaba  el  asta  de  caña  y 
sustituía  los  clavos  o  alfileres  que  otros  usaban  a  guisa  de  punta,  con  el  cuento 
de  las  leznas  rotas, de  zapatero.  Este  cuento  o  espiga  afecta  forma  de  lanza,  pesa 
bastante,  y  convenientemente  aguzado  y  bien  amarrado  al  asta  de  caña  mediante 
bramante  embreado,  constituye  excelente  dardo .  En  cuanto  al  arco,  me  valía  de 
largo  y  robusto  palo  de  boj  verde,  trabajosamente  encorvado,  y  de  cuya  excelen¬ 
cia  en  punto  a  fuerza  y  elasticidad  me  aseguraba,  estudiando  comparativamente 
arcos  fabricados  con  casi  todas  las  maderas  conocidas  en  el  país.  Excusado  es 
decir  que  para  procurarme  la  primera  materia  (las  leznas  rotas),  entablé  rélaciones 
comerciales  con  todos  los  aprendices  de  obra  prima  de  la  población.  Ellos  me 
proporcionaban  también,  a  veces,  corambre  para  las  hondas,  a  cambio  del  regalo 
de  una  de  ellas. 

Comprenderá  el  lector  que  tamañas  flechas,  que  en  mis  luchas  con  camaradas 
solía  embolar,  a  fin  de  no  herir  gravemente,  no  se  empleaban  exclusivamente  en 
vanos  simulacros  de  guerra  antigua;  servían  también  para  menesteres  más  utilita¬ 
rios.  Cazábamos  con  ellas  pájaros  y  gallinas,  sin  desdeñar  los  perros,  gatos  y  cone¬ 
jos,  si  a  tiro  se  presentaban. 

Tan  arriesgadas  empresas  cinegéticas  costáronme  soberbias  palizas,  disgustos 
y  persecuciones  sin  cuento.  Pues  aunque  mi  cuadrilla  entera  colaboraba  en  las 
citadas  fechorías,  no  se  mataba  perdiz  o  reclamo  en  jaula,  ni  conejo  o  gallina  en 
corral,  cuya  responsabilidad  no  se  me  imputara,  bien  en  concepto  de  autor  mate¬ 
rial,  bien  a  título  de  fabricante  del  cuerpo  del  delito,  ora,  en  fin,  como  instiga¬ 
dor  a  su  comisión. 

Merecida  o  exagerada,  mi  fama  de  picaro  y  de  travieso  crecía  de  día  en  día, 
con  harto  dolor  de  mis  padres,  que  estallaban  en  santa  indignación  cada  vez  que 
recibían  quejas  de  los  vecinos  perjudicados.  Las  tundas  domésticas  vinieron  fre- 


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cuentemente  a  reforzar  las  sufridas  de  las  manos,  harto  menos  clementes,  de  los 
querellosos.  Vine  de  esta  suerte  a  pagar,  con  las  propias,  culpas  de  muchos,  con 
gran  complacencia  de  mis  cómplices,  que  esquivaban  el  bulto,  abandonándome 
constantemente  en  la  estacada. 

Y  sin  embargo,  y  a  pesar  de  todo,  yo  era  un  infeliz.  En  mis  desmanes  ponía 
mas  vanagloria  y  condescendencia  que  mala  voluntad.  Y  cuando  causaba  un  daño 
lo  deploraba  con  sincero  arrepentimiento.  Pero  el  ansia  loca  de  sobresalir  y  de 
templar  mi  espíritu  con  fuertes  emociones,  me  obsesionaba.  Y  pasadas  algunas 
semanas  de^  reposo  y  contrición,  las  diabólicas  instigaciones  de  los  amigos  me 
hacían  vp^lyqrja  las  andadas,  bien  seguro  de  que  los  futuros  desmanes  perraane 
cenan  secretos  y  no.  causarían  la  menor  desazón  a  mis  padres.. 


Lámina  VI. 


Para  quienes  psten  de  estas  bagatelas,  reproducimos  aquí  dos  acuarelas  encontra¬ 
das  rebuscando  entre  mis  viejos  papeles.  Fueron  ejecutadas  de  memoria,  cuando 
yo  tema  nueve  o  diez  años,  poco  después  de  la  época  del  desahucio  del  revocador 
Ambas,  sobre  todo  la  primera,  ofrecen  ostensibles  defectos  de  dibujo  y  proporcio¬ 
nes.  Esta  representa  cierto  labriego  de  Ayerbe,  bebiendo  en  la  taberna  Nótese 
una  tendencia  decisiva  hacia  la  caricatura  y  la  ignorancia  de  la  Anatomía,  tenden¬ 
cia  que  hoy  cultivan  sistemáticamente  muchos  pintores  modernistas  y  futuristas 
con  aplauso  ardoroso  de  una  crítica  de  circunstancias. 


Ermita  de  la  Virgen  de  Casbas,  en  los  Anguiles,  cerca  de  Ayerbe. 


Otras  acuarelas  dibujadas  durante  mi  niñez. 


La  segunda  representa  el  castillo  de  Loarre,  situadt 
Este  castillo,  de  que  damos  más  adelante  una  fotc 
obsesiones  artísticas. 


legua  y  media  di 
ifía,  constituía  ui 


CAPÍTULO  VI 

DESARROLLO  DE  MIS  INSTINTOS  ARTÍSTICOS.— DICTAMEN  DE  UN  REVOCADOR  SOBRE 
MIS  APTITUDES.-¡ADIÓS  MIS  SUEÑOS  DE  ARTISTAl-UTILITARISMO  E  IDEALISMO. 
DECIDE  MI  PADRE  HACERME  ESTUDIAR  PARA  MÉDICO  Y  ENVIARME  A  JACA 


POR  entonces,  si  mi  memoria  no  me  es  infiel,  comenzaron,  o  al  menos  cobra¬ 
ron  gran  incremento,  mis  instintos  artísticos.  Tendría  yO  como  ocho  o  nue¬ 
ve  años,  cuando  era  ya  en  mí.  manía  irresistible  manchár  papeles,  trazar 
garambainas  en  los  libros  y  embadurnar  las  tapias,  puertas  y  fachadas  recién  re¬ 
vocadas  del  pueblo,  con  toda  clase  de  garabatos,  escenas  guerreras  y  lances 
del  toreo.  Una  pared  lisa  y  blanca  ejercía  VoFre  mí  irresistible  fascinación.  En 
cnmio  afanaba  una  cuaderna,  compraba  papel  o  lapiceros;  mas  como  no  podía 
dibujar  en  casa,  porque  mis  padres  consideraban  la  pintura  cual  distracción  ne¬ 
fanda,  salíame  al  campo,  y  sentado  en  un  ribazo  lindero  a  la  carretera,  copiaba  ca¬ 
rretas,  caballos,  aldeanos  y  cuantos  accidentes  del  paisaje  me  parecían  interesan¬ 
tes.  De  todo  ello  hacía  gran  colección,  que  guardaba  como  oro  en  paño.  Holgábame 
también  en  embadurnar  mis  diseños  con  colores,  que  me  proporcionaba  raspando 
las  pinturas  de  las  paredes  o  poniendo  a  remojo  el  forro,  carmesí  o  azul  obscuro, 
de  los  librillos  de  fumar  (entonces  las  cubiertas  estaban  pintadas  con  colores  so¬ 
lubles).  Recuerdo  que  adquirí  rara  habilidad  en  la  extracción  del  color  de  los  pa¬ 
peles  pintados,  los  cuales  empleaba  también  a  guisa  de  pinceles,  humedecidos  y 
enrollados  en  forma  de  difumino;  industria  a  que  me  obligaba  la  falta  de  caja  de 
colores  y  la  carencia  de  dinero  para  comprarlos. 

Mis  gustos  artísticos,  de  cada  vez  más  definidos  y  absorbentes,  crearon  en  mí 
hábitos  de  soledad  y  contribuyeron  no  poco  al  carácter  huraño  que  tanto  disgus¬ 
taba  a  mis  padres.  En  realidad  mi  sistemático  arrinconamiento  no  nacía  de  aver¬ 
sión  al  trato  social,  toda  vez  que,  según  dejamos  dicho,  el  de  los  niños  me  con¬ 
tentaba  y  me  satisfacía;  nació  de  la  necesidad  de  sustraerme,  durante  mis  ensayos 
artísticos  y  fabricaciones  clandestinas  de  instrumentos  músicos,  y  guerreros,  a  la 
severa  vigilancia  de  las  personas  mayores. 

Mi  padre,  trabajador  y  estudioso  como  pocos,  adolecía  de  una  laguna  mental: 
carecía  casi  totalmente  de  sentido  artístico  y  repudiaba  o  menospreciaba  toda 
cultura  literaria  y  de  pura  ornamentación  y  recreo.  Se  había  formado  de  la  vida 
un  ideal  extremadamente  ^austero  y  positivo.  Era  lo  que  los  educadores  llaman  un 
puro  intelectaalista.  Consideraba  al  hombre  cual  mero  instrumento  de  conocimien¬ 
to  y  producción  que  había  que  adiestrar  precozmente  para  prevenir  posibles  con¬ 
tingencias  y  reveses  dé  la  vida. 

Tengo  para  mí  que  dicha  tendencia  harto  positivista  de  mi  p'adre  no  fué  ori- 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


ginaria,  sino  adquirida;  constituia  adaptación  excesiva  impuesta  por  el  hosco  am¬ 
biente  moral  que  rodeó  su  juventud.  Ese  sagrado  temor  a  la  pobreza  representa  a 
menudo  el  poso  amargo  que  deja  en  el  corazón  la  áspera  lucha  contra  la  miseria, 
la  injusticia  y  el  abandono. 

En  la  esfera  familiar,  la  citada  concepción  utilitaria  y  un  tanto  pesimista  pro¬ 
dujo  dos  consecuencias:  el  sobretrabajo  y  la  economía  más  austera.  Mi  pobre 
madre,  ya  muy  económica  y  hacendosa  de  suyo,  hacía  increíbles  sacrificios  para 
descartar  todo  gasto  superfino  y  allanarse  a  aquel  régimen  de  exagerada  pre¬ 
visión.  Era  preciso  a  todo  trance  hacer  economías. 

Lejos  de  mí  la  idea  de  censurar  una  conducta  que  permitió  a  mis  padres  adqui¬ 
rir  el  peculio  necesario  para  trasladarse  a  Zaragoza,  dar  carrera  a  los  hijos  y  crear¬ 
se  una  posición,  si  no  brillante  y  fastuosa,  desahogada  y  libre  de  inquietudes;  pero 
es  preciso  reconocer  que  el  espíritu  de  economía  tiene  limites  prudenciales'  que 
es  harto  arriesgado  traspasar .  El  ahorro  excesivo  declina  rápidamente  hacia  la 
tacañería,  cayendo  en  la  exageración  de  reputar  superfino  hasta  lo  necesario;  des- 
tieira  del  hogar  la  alegría  que  brota  comúnmente  de  la  satisfacción  de  mil  inocen¬ 
tes  bagatelas  y  poco  onerosos  caprichos;  impide  las  gratas  expansiones  de  la  no¬ 
vela,  del  teatro,  de  la  pintura  o  de  la  música,  que  no  son  vicios,  sino  necesidades 
instintivas  del  joven,  a  que  debe  atender  toda  discreta  y  perfecta  educación;  y  en 
fin,  relaja  en  la  familia  los  lazos  del  amor,  porque  los  hijos  se  acostumbran  a  mi¬ 
rar  a  sus  padres  como  los  perennes  detentadores  de  la  felicidad  del  presente.  Ni 
es  lícito  olvidar  tampoco  que  cada  edad  tiene  sus  deleites  como  tiene  su  cruz,  y 
que  es  áspera  regla  de  conducta  sacrificar  enteramente  la  dicha  de  la  edad  juve¬ 
nil  a  los  lejanos  y  problemáticos  placeres  de  la  madurez. 

Confío  en  que  el  lector  hallará  natural  que  yo  reaccionase  obstinadamente  con¬ 
tra  un  ideal  tan  triste  de  la  vida,  ideal  que  mataba  en  flor  todas  mis  ilusiones  de 
mozuelo  y  cortaba  bruscamente  los  arranques  de  mi  naciente  fantasía.  Ciertamen¬ 
te,  sin  el  misterioso  atractivo  del  fruto  prohibido,  las  alas  de  la  imaginación  hubie¬ 
ran  crecido,  pero  no  hubieran  llegado  quizás  a  adquirir  el  desarrollo  hipertrófico 
que  alcanzaron.  Descontento  del  mundo  que  me  rodeaba,  refugióme  dentro  de  mí. 
En  el  teatro  de  mi  calenturienta  fantasía,  sustituí  los  seres  vulgares  que  trabajan 
y  economizan  por  hombres  ideales,  sin  otra  ocupación  que  la  serena  contempla¬ 
ción  de  la  verdad  y  de  la  belleza.  Y  traduciendo  mis  ensueños  al  papel,  teniendo 
por  varita  mágica  mi  lápiz,  forjé  un  mundo  a  mi  antojo,  poblado  de  todas  aquellas 
cosas  que  alimentaban  mis  ensueños.  Paisajes  dantescos,  valles  amenos  y  rientes, 
/  guerras  asoladoras,  héroes  griegos  y  romanos,  los  grandes  acontecimientos  de  la 
historia...  todo  desfilaba  por  mi  lápiz  inquieto,  que  se  detenía  poco  en  las  escenas 
de  costumbres,  en  la  copia  del  natural  vulgar  y  en  los  tráfagos  de  la  vida  común. 
Eran  mi  especialidad  los  terribles  episodios  bélicos;  y  asilen  un  santiamén  cubría 
una  pared  de  barcos  echados  a  pique,  de  náufragos  salvados  en  una  tabla,  de 
héroes  antiguos  cubiertos  de  brillantes  arneses  y  defendidos  por  empenachado 
yelmo,  de  catapultas,  muros,  fosos,  caballos  y  jinetes.  Excusado  es  decir  que,  di- 
bujadas  de  memoria,  estas  escenas  no  pasaban  de  la  categoría  de  monigotes  pre¬ 
tensiosos  o  de  reproducciones  estilizadas. 

Pocas  veces  dibujaba  soldados  modernos:  hallábalos  insignificantes,  prosaicos, 
cargados  con  mochila  y  manta  que  les  da  aire  de  faquines,  con  su  feo 'ros,  triste 
parodia  del  caballeresco  y  majestuoso  casco,  y  con  la  corta  y  casi  inofensiva  bayo¬ 
neta,  especie  de  asador  sin  mango,  caricatura  ridicula  de  la  elegante  y  tajante 
espada.  . 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


31 


Además,  la  guerra  moderna,  a  tiro  limpio,  considerábala  antiartística  y  cobar¬ 
de.  Pensaba  yo  que  en  ella  no  puede  vencer  ya  el  guerrero  más  gallardo,  intrépido 
y  arrogante,  sino  acaso  el  más  pusilánime  y  ruin  que  disparó  su  fusil  desde  un  re¬ 
paro  y  a  mansalva.  Antojábaseme  semejante  manera  de  combatir  más  propia  para 
degradar  la  raza  humana  que  para  mejorarla;  una  verdadera  selección  al  revés. 
Sin  duda  que  las  guerras  antiguas  eran  mortíferas,  pero  poseían  el  prestigio  de  la 
elegancia  del  gesto  y  del  indumento.  De  acuerdo  -con  el  principio  evolutivo,  en 
ellas  ceñían  casi  siempre  el  lauro  los  supremos  artistas  de  la  energía,  de  la  forma 
y  del  ritmo.  Hoy  el  plomo  enemigo  diezma  preferentemente  a  los  corpulentos,  va¬ 
lerosos  y  arrojados,  y  respeta  a  los  pequeños,  flojos  y  pusilánimes.  —En  adelan¬ 
te— decía  para  mis  adentros— no  triunfarán  los  griegos,  sino  los  persas;  ej  heroís¬ 
mo  desarmado  será  arrollado  por  la  riqueza  y  el  frío  cálculo;  el  zorro  desarmará  al 
león,  y  aquellos  imponentes  atletas,  lustre  y  prez  de  la  especie  humana,  los  Milo- 
nes  de  Crotona,  cuyos  esforzados  brazos,  endurecidos  en  mil  combates  gloriosos 
fueron  el  escudo  y  el  antemural  de  la  patria,  quedarán  relegados  a  la  triste  y  baja 
condición  de  Hércules  de  feria.  Claro  está  que  en  mi  ignorancia  era  incapaz  de. 
pensar  estas  razones;  pero  ellas  corresponden  esencialmente  al  estado  de  mi  espí¬ 
ritu  durante  aquella  época. 

De  los  asuntos  guerreros  pasaba  al  santoral.  Pero  cuando  pintaba  santos,  pre¬ 
fería  los  de  acción  a  les  contemplativos;  adoraba  a  los  de  caballería,  entre  los  cua¬ 
les,  según  adivinará  fácilmente  el  lector,  gozaba  de  todas  mis  simpatías  el  mío 
es  decir,  Santiago  apóstol,  patrón  de  las  Españas  y  terror  de  la  moj;¡sma.  Gompla-  ■ 
cíame  en  representarlo  tal  como  lo  había  contemplado  en  las  estampas,  o  sea  ga¬ 
lopando  intrépido  sobre  una  parva  dé  cádaveres  de  moros,  la  espada  sangrienta 
en  la  diestra  y  el  escudo  en  la  siniestra.  ¡Con  qué  piadoso  esmero  iluminaba  yo  el 
yelmo  con  un  poco  de  gutagamba  y  pasaba  una  raya  azul  por  la  espada,  y  me  de¬ 
tenía  en  las  negras  barbas,  que  me  salían  largas,  borrascosas,  cual  suponía  yo  que 
debían  ser  las  de  los  apóstoles! 

Una  de  las  copias  del  apóstol  Santiago,  ejecutada  en  papel  e  iluminada  con 
ciertos  colores  que  pude  anjear  en  la  iglesia,  fué  causa  de  grave  disgusto,  y  de 
que  mis  aficiones  artísticas  tuvieran  en  mi  padre,  ya  de  suyo  mal  avenido  con  toda 
clase  de  inclinaciones  estéticas,  enemigo  declarado.  Aburrido  ya,  sin  duda,  de  qui¬ 
tarme  lápices  y  dibujos,  y  viendo  la  ardiente  vocación  demostrada  hacia  la  pin¬ 
tura,  decidió  mi  progenitor  averiguar  si  aquellos  monos  tenían  algún  mérito  y  pro¬ 
metían  para  su  autor  las  glorías  de  un  Velázquez  o  los  fracasos  de  un  Orbaneja. 
Y  como  no  hubiese  nadie  en  el  pueblo  suficientemente  idóneo  en  achaques  de 
dibujo,  recurrió  el  autor  de  mis  días  a  cierto  levocador  y  decorador  forastero, 
llegado  por  aquellos  tiempos  a  Ayerbe,  cuyo  cabildo  le  había  contratado  para 
enjalbegar  y  pintar  las  paredes  de  la  iglesia,  averiadas  y  chamuscadas  por  recien¬ 
te  incendio. 

Llegados  a  presencia  del  Aristarco,  desplegué  tímidamente  mi  estampa  harto 
incorrecta;  miróla  y  remiróla  el  pintor  de  brocha  gorda;  y  después  de  mover  signi¬ 
ficativamente  la  cabeza  y  de  adoptar  actitud  magistral  y  solemne,  exclamó: 

— ¡Vaya  un  mamarracho!  Ni  esto  es  apóstol,  ni  la  figura  tiene  proporciones,  ni 
los  paños  son  propios...  ni  el  chico  será  jamás  un  artista!...  (1). 

Aterrado  quedé  ante  el  categórico  veredicto,  osó  mi  padre  replicar:  —¿Pero  de 
veras  no  tiene  el  chico  aptitudes  para  el  arte? — Ninguna,  amigo  mío — contestó 

(1)  ¡Y  pensar  que  aquellos  monigotes  podrían  pasar  hoy  por  una  de  tantas  manifestaciones  tolera¬ 
bles  de  la  pintura  modernista!  Pero  entonces  imperaba  el  clasicismo  y  se  rendía  culto  fanático  a  la  verdad. 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


inexorable  el  rascaparedes.  Y  dirigiéndose  a  mí,  añadió:— Venga  acá,  señor  pin¬ 
tamonas,  y  repare  usted  en  las  manazas  del  apóstol,  que  parecen  muestras  de 
guantero;  en  la  cortedad  del  cuerpo,  donde  las  ocho  cabezas  prescritas  por  los 
cánones  han  menguado  a  siete  escasas,  y,  en  fin,  fíjese  en  el  caballo,  que  parece 
arrancado  de  un  tío  vivo. 

Aplanado  por  la  emoción,  alegué  algunas  tímidas  excusas;  pero  el  cultivador 
del  almazarrón  y  del  albayalde  hablaba  ex  cathedra  y  me  desahució  definitiva¬ 
mente.  El  silencio  harto  significativo  de  mi  padre  dióme  a  entender  que  todo 
estaba  perdido.  En  efecto,  la  opinión  del  manchaparedes  cayó  en  mi  familia  como 
el  dictamen  de  una  Academia  de  Bellas  Artes.  Decidióse,  por  tanto,  que  yo  renun¬ 
ciara  a  los  devaneos  del  dibujo  y  me  preparara  para  seguir  la  carrera  médica.  En 
consecuencia,  arreció  la  persecución  contra  mis  pobres  lápices,  carbones  y  pape¬ 
les;  y  necesité  emplear  todas  las  artes  del  disimulo  para  ocultarlos  y  ocultarme 
cuando,  arrastrado  por  mi  pasión  favorita,  holgábame  en  la  copia  de  toros,  caba¬ 
llos,  guerreros  y  paisajes.  Todavía  conservo  algunos  de  aquellos  infantiles  ensa¬ 
yos  tan  execrados  por  el  famoso  revocador.  Como  muestra  de  mis  dibujos  de 
entonces  reproduzco  cierta  acuarela  donde  saltan  a  la  vista  graves  defectos  de 
proporción.  Presenta,  harto  grotescamente,  a  un  baturro  en  la  taberna,  empu¬ 
ñando  el  clásico  porrón.  ¿Pero  quién  dibuja  bien,  sin  guía  ni  estudios  metódicos, 
a  los  ocho  años  de  edad?  Y  añado  algún  otro  dibujo  salvado  de  las  injurias  del 
tiempo,  y  copiado  por  el  indulgente  y  admirable  escritor  D.  Luis  Zulueta  (1). 

'  Así  comenzó  entre  mis  progenitores  y  yo  guerra  sorda  entre  el  deber  y  el  que¬ 
rer;  así  surgió  en  mi  padre  la  oposición  obstinadísima  contra  una  vocación  tan 
claramente  afirmada  y  definida;  oposición  que  había  de  prolongarse  aún  diez  o 
doce  años,  y  en  la  cual,  si  no  naufragaron  del  todo  mis  tendencias  artísticas, 
murieron  definitivamente  mis  aspiraciones. 

¡Adiós  ambiciosos  ensueños  de  gloria;  ilusiones  de  futuras  grandezas!  ¡Era 
menester  trocar  la  mágica  paleta  del  pintor  por  la  roñosa  y  prosaica  bolsa  de 
operaciones!  ¡Era  forzoso  cambiar  el  mágico  pincel,  creador  de  la  vida,  por  el 
cruel  bisturí,  que  sortea  la  muerte;  el  tiento  del  pintor,  semejante  a  cetro  de  rey, 
por  el  nudoso  bastón  de  médico  de  aldea! 

Mis  conocimientos  literarios  hacían,  entretanto,  débiles  progresos.  Asistía  a  la 
escuela;  pero  atendía  poco  y  aprendía  menos.  En  realidad,  mi  instrucción  elemen¬ 
tal  era  bastante  buena  gracias  a  las  lecciones  de. mi  padre,  que  me  enviaba  al  aula 
municipal  antes  con  la  mira  de  sujetarme'que  con  la  de  que  me  ilustrara.  Este 
prudente  freno  a  mi  libertad  imponíalo  mi  carácter  díscolo  y  mi  afición  a  hacer 
novillos.  Mi  progenitor  hubiera  querido  vigilarme  y  castigarme  a  la  primera  trans¬ 
gresión;  pero  se  lo  impedía  la  numerosa  clientela  del  pueblo  y,  sobre  todo,  sus 
salidas  frecuentes  a  los  anejos  de  Linas,  Riglos,  Los  Anguiles  y  Fontellas.  El 
seguimiento  de  mis  pasos  y  la  reprensión  de  mis  travesuras  corría,  pues,  a  cargo 
del  maestro  y  de  mi  madre,  que,  harto  atareada  con  la  crianza  de  los  pequeños  y 
el  gobierno  del  hogar,  no  podía  consagrar  a  su  primogénito  toda  la  atención 

deseada.  ,  j- 

No  obstante  las  precauciones  tomadas,  el  diablo  me  tentaba  a  menudo.  En 
cuanto  la  ocasión  se  presentaba,  los  revoltosos  de  clase  hacíamos  pimienta, 
solemnizándola  unas  veces  con  peleas  que  armábamos  en  las  afueras;  otras  explo¬ 
rando  y  escalando  las  ruinas  del  histónco  castillo,  en  donde  nos  complacíamos  en 

rn  .Cuando  yo  era  nifio*.  Manual  de  la  casa  Reus  pormenores  de  mi  puericia  entresacados  de  mis 
Memorias,  por  el  Rustre  escritor  D.  Luis  Zulueta. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


remedar  las  batallas  medioevales;  en  fin,  a  veces,  engolfándonos  en  la  vecina  sarda, 
bosque  secular  de  encinas,  en  donde  pasábamos  largas  horas  disparando  fiecha- 
zos  a  los  pájaros  y  buscando  nidos  de  picaraza  (garza). 

Por  cierto  que  en  este  último  entretenimiento  sufrí  cierta  vez  dolorosa  sorpre¬ 
sa:  encaramado  en  la  copa  de  una  encina,  afanábame  en  explorar  un  nido  de  gar¬ 
za,  cuando,  después  de  tocar  cierta  cosa  peluda  y  blanduja,  saqué  súbitamente  la 
diestra  ensangrentada  y  dolorida  a  puros  mordiscos:  una  familia  de  ratas,  que  ha¬ 
bía  hecho  presa  del  nido  y  devorado  ios  huevos,  revolvióse  furiosamente  contra  el 
intruso  que  venía  a  molestarla  en  la  pacífica  posesión  del  hogar  ajeno. 

En  otra  ocasión,  mi  pasión  por  los  nidos  púsome  en  apretadísimo  trance.  De¬ 
seoso  de  explorar  un  nido  de  águilas,  descendí  como  pude  la  gradería  de  imponen¬ 
te  escarpa  (Sierra  de  Linás);  contemplé  de  cerca  los  aguiluchos  todavía  implumes, 
que  me  miraban  espantados;  pero  no  pude  llegar  hasta  ellos.  Temiendo  la  acome¬ 
tida  de  las  águilas,  cuyos  chillidos  creía  oir,  traté  de  escapar  de  la  cornisa  en  que 
me  había  metido;  pero  al  intentar  la  ascensión  tropecé  con  dificultades  insupera¬ 
bles.  La  especie  de  repisa  en  que,  mediante  temerario  salto,  había  caído  mostraba 
las  paredes  altas  y  casi  lisas;  quedé  cogido  como  en  trampa,  pasando  horas  de  te¬ 
rrible  ansiedad  bajo  un  sol  abrasador  y  con  el  riesgo  de  morir  de  hambre  y  sed, 
pues  nadie  podía  socorrerme  por  aquellas  soledades.  Mi  industria  y  la  navaja  de 
que  iba  siempre  acompañado  salváronme  al  fin.  Gracias  a  la  herramienta  y  a  la  re¬ 
lativa  blandura  de  la  roca  logré  ensanchar  algunas  angostas  grietas  que,  sirvién¬ 
dome  de  peldaños  y  de  agarradero  para  las  manos,  pusiéronme  en  franquía.  ¡Qué 
de  temeridades  como  éstas  podría  contar  si  no.  temiera  abusar  de  la  paciencia  del 
lector! 

A  su  regreso  de  los  pueblos,  mi  padre  se  enteraba  de  las  demasías  y  algaradas 
de  sus  hijos  y,  montando  en  cólera,  nos  gratificaba  con  formidable  paliza,  amén 
de  increpar  a  mi  pobre  madre  (cosa  que  sentíamos  mucho),  por  lo  que  él  llamaba 
sus  descuidos  y  excesivas  blanduras  para  con  nosotros. 

El  anuncio  de  estas  zurras  paternas,  las  cuales,  por  lógica  progresión  y  por 
adaptación  adecuada  al  acorchamiento  de  nuestra  piel,  se  iniciaron  con  vergajos  y 
terminaron  con  trancas  y  tenazas,  infundíanos  verdadero  terror;  y  así  aconteció  en 
alguna  ocasión  que,  por  evitar  la  harto  expresiva  caricia  paternal,  huíamos  de  casa, 
causando  con  ello  honda  pena  a  nuestra  madre,  que  angustiada  nos  buscaba  por 
todo  el  pueblo. 

Recuerdo  que  habiendo  hecho  mi  hermano  y  yo  novillos  cierta  tarde,  y  sabedo-  y' 
res  de  que  alguien  había  llevado  el  soplo  al  severo  autor  de  nuestros  días,  resol-  ■ 
vimos  escaparnos  a  los  montes,  en  donde  permanecimos  media  semana  o  más, 
merodeando  por  los  campos  y  alimentándonos  de  frutas  y  raíces;  hasta  que  una 
noche,  y  cuando  ya  íbamos  tomando  gusto  a  la  vida  salvaje,  mi  padre,  que  nos 
buscaba  por  todos  los  escondrijos  del  vecino  monte,hallóiios:durmiendo'.tranquila- 
mente  en  un  horno  de  cal.  Sacudiónos  de  lo  lindo,  atónos  codo  con  codo,  y  en  tan 
afrentosa  disposición  nos  condujo  al  pueblo,  en  cuyas  calles  tuvimos  que  sopor¬ 
tar  la  chacota  de  chicos  y  mujeres. 

Eran  las  somantas  o  tundas,  según  habrá  colegido  el  lector,  ordinario  término 
de  nuestras  hazañas;  pero,  en  virtud  del  proceso  adaptativo  susodicho,  los  palos 
nos  escocían,  pero  no  nos  escarmentaban.  Mientras  los  cardenales  estaban  frescos 
guardábamonos  muy  bien  de  reincidir;  pero  una  vez  borrados,  olvidábamos  el  pro¬ 
pósito  de  la  enmienda.  Y  es  que  los  impulsos  naturales,  cuando  son  muy  imperio¬ 
sos,  se  deforman  algo,  se  disimulan  siempre,  mas  no  se  anulan  jamás.  Contraria- 

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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


dos  en  nuestros  gustos,  privados  del  placer  de  campar  por  breñas  y  barrancos,  a 
fin  de  ejercitar  el  lápiz  del  dibujante,  la  flecha  del  guerrero  o  la  red  del  naturalista, 
asistíamos  regonzando  a  la  escuela,  sin  corregirnos  ni  formalizarnos.  Todo  se  re¬ 
ducía  a  variar  el  teatro  de  nuestras  diabluras:  los  diseños  del  paisaje  se  convertían 
en  caricaturas  del  maestro;  las  pedreas  al  aire  libre  se  transformaban  en  escara¬ 
muzas  de  banco  a  banco,  en  las  cuales  servían  de  proyectiles  papelitos,  tronchos, 
acerolas,  garbanzos  y  judías;  y  en  fin,  a  falta  de  papel  de  dibujo  servíame  de  las 
anchas  márgenes  delFleury,  que  se  poblaban  de  garambainas,  fantasías  y  muñe¬ 
cos,  alusivos  unos  al  piadoso  texto,  otros  harto  irreverentes  y  profanos. 

En  la  escuela,  mis  caricaturas,  que  corrían  de  mano  en  mano,  y  mi  cháchara 
irrestañable  con  los  camaradas,  indignaban  al  maestro,  que  más  de  una  vez  recu¬ 
rrió,  para  intimidarme,  a  la  pena  del  calabozo,  es  decir,  al  clásico  cuarto  obscuro; 
habitación  casi  subterránea  plagada  de  ratones,  hacia  la  que  sentían  los  chicos 
supersticioso  terror  y  yo  miraba  como  ocasión  de  esparcimiento,  pues  me  procuraba 
la  calma  y  recogimiento  necesarios  para  meditar  mis  travesuras  del  día  siguiente. 

Allí,  en  las  negruras  de  la  cárcel  escolar,  sin  más  luz  que  la  penosamente  cer¬ 
nida  a  través  de  las  grietas  de  ventano  desvencijado,  tuve  la  suerte  de  hacer  un 
descubrimiento  físico  estupendo,  que  en  mi  supina  ignorancia  creía  completamen¬ 
te  nuevo.  Aludo  a  la  cámara  obscura,  mal  llamada  de  Porta,  toda  vez  que  su  ver¬ 
dadero  descubridor  fué  Leonardo  de  Vinci. 

He  aquí  mi  curiosa  observación:  El  ventanillo  cerrado  de  mi  prisión  daba  a  la 
plaza,  bañada  en  sol  y  llena  de  gente.  No  sabiendo  qué  hacer,  me  ocurrió  mirar  al 
techo,  y  advertí  con  sorpresa  que  tenue  filete  de  luz  proyectaba,  cabeza  abajo  y 
con  sus  naturales  colores,  las  personas  y  caballerías  que  discurrían  por  el  exte¬ 
rior.  Ensanché  el  agujero  y  reparé  que  las  figuras  se  hacían  vagas  y  nebulosas, 
achiqué  la  brecha  del  ventano  sirviéndome  de  papeles  pegados  con  saliva,  y  ob¬ 
servé,  lleno  de  satisfacción,  que,  conforme  aquélla  menguaba,  crecía  el  vigor  y  de¬ 
talle  de  las  figuras.  Por  donde  caí  en  la  cuenta  de  que  los  rayos  luminosos,  gracias 
a  su  dirección  rigurosamente  rectilínea,  siempre  que  se  les  obliga  a  pasar  por  an¬ 
gostísimo  orificio,  pintan  la  imagen  del  punto  de  que  provienen.  Naturalmente,  mi 
teoría  carecía  de  precisión,  ignorante  como  estaba  de  los  rudimentos  de  la  óptica. 
En  todo  caso,  aquel  sencillo  y  vulgar  experimento  dióme  altísima  idea  de  la  física, 
que  diputé  desde  luego  como  la  ciencia  de  las  maravillas.  Claro  es  que  no  olvida¬ 
ba  ios  portentos  del  ferrocarril,  de  la  fotografía  (recientemente  inventada  por 
entonces),  la  aerostación,  etc.  Y  mis  entusiasmos,  algo  instintivos,  no  me  engaña¬ 
ban.  Porque  a  la  física  somos  deudores  de  la  gloriosa  civilización  europea.  Silfuera 
posible  restar  del  patrimonio  del  humano  saber  las  leyes  y  aplicaciones  de  dicha 
ciencia,  el  hombre  retrocedería  bruscamente  al  estado  cavernícola. 

Por  entonces,  muy  ajeno  a  las  grandiosas  perspectivas  que  abre  al  espíritu  el 
estudio  de  las  fuerzas  naturales,  propúseme  sacar  partido  de  mi  impensado  des¬ 
cubrimiento.  Y  montado  sobre  una  silla  entreteníame  en  calcar  sobre  papel  aque¬ 
llas  vivas  y  brillantes  imágenes  que  parecían  consolar,  como  una  caricia,  las  sole¬ 
dades  de  mi  cárcel. 

—¿Qué  me  importa— pensaba  yo— carecer  de  libertad?  Se  me  prohíbe  corre¬ 
tear  por  la  plaza,  pero  en  compensación  la  plaza  viene  a  visitarme.  Todos  estos 
fantasmas  luminosos  son  fiel  trasunto  de  la  realidad  y  mejores  que  ella,  porque 
son  inofensivos.  Desde  mi  calabozo  asisto  a  los  juegos  de  los  chicos,  sigo  sus 
pendencias,  sorprendo  sus  gestos,  y  gozo,  en  fin,  lo  mismo  que  si  tomara  parte  en 
sus  diversiones. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


cierrAloAAi  íiT  ?  A  “““““'■  ”'  camaradas  de  en¬ 
no  carédaTeTmírf  que  dicho  fenóme- 

O  carecía  de  importancia,  por  ser  cosa  natural  y  como  juego  que  hace  la  lu7  al 

S  eArr  l"‘eresa!.tefdSe  conve 

tirse  en  descubrimientos  fecundos,  por  haber  creído  sus  primeros  observXes 
qj  eran  cosas  naturales  y  corrientes,  indignas  de  análisis^y  meditación!  ¡Oh  la 

//zadm/rcftiYidad  de  los  igriorantes!  ¡Qué  de  retrasos’ha 
causado  en  el  conocimiento  del  Universo!  ^ 

alimenta  su  fantasía  con  narraciones  de 

P^McZXlZpZZie^^^^^^  annqne  no 


CAPITULO  Vil 


MI  7RASLACtÓN  A  JACA.— LAS  PINTORESCAS  ORILLAS  DEL  GÁLLEGO.— MI  TÍO  JUAN 
Y  EL  RÉGIMEN  VEGETARIANO.-EL  LATÍN  Y  LOS  DÓMINES.-EMPEÑO  VANO  DE 
LOS  FRAILES  EN  DOMARME.— RETORNO  A  LOS  DEVANEOS  ARTÍSTICOS 


CORRÍA  el  año  61.  Hallándome  próximo  a  cumplir  los  diez  de  mi  edad,  deci¬ 
dió  mi  padre  llevarme  a  estudiar  el  bachillerato  a  Jaca,  donde  había  un 
Colegio  de  padres  Escolapios,  que  gozaba  famá  de  enseñar  muy  bien  el 
latín  y  de  educar  y  domar  a  maravilla  a  los  muchachos  díscolos  y  revoltosos.  Tra¬ 
tada  la  cuestión  en  familia,  opuse  algunos  tímidos  reparos:  dije  a  mi  padre  que 
sintiendo  decidida  vocación  por  la  pintura,  prefería  cursar  la  segunda  enseñanza 
en  Huesca  o  en  Zaragoza,  ciudades  que  contaban  con  Escuelas  de  dibujo.  Añadí 
que  no  me  agradaba  la  medicina,  ni  esperaba,  dados  mis  gustos  e  inclinaciones, 
cobrar  afición  al  latín;  de  que  se  seguiría  perder  el  tiempo  y  el  dinero. 

Pero  mi  padre  no  se  avino  a  razones.  Mostróse  escéptico  acerca  de  mi  voca¬ 
ción,  que  tomó  acaso  por  capricho  de  chiquillo  voluntarioso  y  antojadizo. 

Dejo  ya  apuntado  más  atrás  que  mi  padre,  intelectuali  sta  y  practicista  a  ul¬ 
tranza,  estaba  muy  lejos  de  ser  un  sentimental.  Se  lo  estorbaba  cierto  concepto 
equivocado  del  arte,‘considerado’como  profesión  social.  En  su  sentir,  la  pintura, 
la  escultura,  la  música,  hasta  la  literatura,  no  constituían  modos  formales  de  vivir 
sino  ocupaciones  azarosas, ‘irregulares,  propias  de  gandules  y  de  gente  voltaria  y 
trashumante,  y  cuyo  término,  salvo  casos  excepcionales,  no  podía  ser  otro  que  la 
miseria  y  la  desconsideración  social.  En  su  concepto,  la  obsesión  artística  de  al¬ 
gunos  jóvenes  representa  algo  así  como  enfermedad  de  crecimiento,  que  es  preci¬ 
so  combatir  a  todo  trance  con  la  disciplina  del  trabajo  metódico. 

Para  persuadirme  y  traerme  a  lo  que  él  consideraba  el  mejor  camino,  contába¬ 
me  historias  de  conocidos  suyos,  artistas  fracasados,  pintores  de  historia  con  de" 
masiada  historia  y  poco  dinero;  de  literatos  que  se  criaban  para  genios  y  deseen" 
dieron  a  miserables  gacetilleros  o  a  famélicos  secretarios  de  Ayuntamiento  d" 
pueblo;  de  músicos  resueltos  a  emular  a  Beethoven  y  Mozart  que  pararon  e  d  ^ 
rrotados  y  mugrientos  organistas  de  villorrio.  Como  última  razón,  y  a  eu  ”  d ' 
consuelo,  prometíame  que,  cuando  fuera  médico,  es  decir,  a  los  veintiún^  d 
edad,  asegurada  mi  situación  económica,  podría  divagar  cuanto  quisies 
regiones  quiméricas  del  arte;  pero  entretanto  su  deber  era  proporcionarmJ^^^  ^ 
de  vivir  honesto  y  tranquilo,  capaz  de  preservarme  de  la  miseria  ^ 

No  era  mi  progenitor  de  los  que,  tomada  una  resolución  fírnie  vüelupn 
ella,  y  menos  por  las  observaciones  aducidas  por  sus  hijos  Dphí’r,^  ven  sobre 

j  ’  ^cui,  por  tanto,  so- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


37 


meterme  y  prepararme  al  estudio  del  antipático  latín  y  a  trabar  conocimiento  con 
los  frailes. 

En  los  días  siguientes,  que  eran  los  postreros  de  septiembre,  escribió  mi  pa¬ 
dre  a  Jaca,  anunciando  a  unos  parientes,  tan  honrados  como  laboriosos,  la  deci¬ 
sión  tomada  jr  su  deseo  de  que  recibiesen  a  su  hijo,  en  concepto  de  pupilo,  duran¬ 
te  el  tiempo  que  durasen  los  estudios.  La  contestación  fué  afirmativa,  según  era 
de  suponer,  dado  el  parentesco  de  mi  tio  Juan,  y  los  sentimientos  de  afecto  y  grati¬ 
tud  que  le  ligaban  a  mi  familia. 

El  excelente  tío  Juan,  hermano  de  mi  madre,  era  un  hábil  tejedor  de  Jaca,  en:^ 
donde  gozaba  bien  cimentada  fama  de  laborioso  y  de  hombre  cabal.  Pero  su  sitúa- : 
ción  económica,  años  antes  desahogada,  había  sufrido  recientes  reveses,  que  vinie¬ 
ron  todavía  a  agravarse  por  la'  muerte  de  su  mujer  y  la  escapatoria  del  hijo  mayor, 
brazo  derecho  del  taller  y  amparo  del  anciano.  Estas  desgracias  de  familia  obligᬠ
ronle  a  contraer  algunas  deudas,  siendo  mi  padre  el  principal,  aunque  desintere- 
resado,  acreedor. 

Cuento  estos  detalles  para  que  se  comprenda  mejor  mi  especial  situación  en 
casa  de  mi  tío.  Deseoso  mi  padre  de  reintegrarse  lo  prestado,  convino  con  mi  pa¬ 
riente  en  pagarle  un  pequeño  estipendio  mensual  por  el  hospedaje,  destinando 
otra  parte  del  importe  de  éste  a  enjugar  la  deuda. 

Con  tan  singular  procedimiento  de  cobro,  cometióse  grave  error;  porque  si  bien 
la  calidad  del  parentesco  y  la  bondad  de  mis  patrones  alejaba  toda  sospecha  de 
malos  tratos,  era  imposible  que  mi  tío,  escaso  de  recursos,  y  no  muy  bien  de  sa¬ 
lud  para  trabajar,  se  sacrificara  para  procurar  a  su  sobrino,  sin  compensaciones 
pecuniarias  suficientes  e  inníediatas,  alimentación  y  regalo  que  para  sí  deseara. 

Dispuesto  todo  para  la  partida,  despedíme  con  sentimiento.de  mis  amigos, 
compañeros  de  tantas  travesuras  y  desmanes;  dije  adiós  al  maestro,  a  quien  tanto 
había  hecho  rabiar,  y  cierta  hermosa  mañana  de  septiembre  púseme  en  camino 
para  la  ciudad  fronteriza,  en  compañía  de  mi  padre,  que  deseaba  recomendarme 
eficazmente  a  los  Escolapios. 

Sirviónos  de  vehículo  el  carro  del  ordinario;  en  el  cual,  y  cubriendo  el  equipa¬ 
je,  habíase  extendido  mullido  colchón.  Yo  me  instalé  junto  a  las  lanzas  del  carro 
a  fin  de  explorar  cómodamente  el  paisaje. 

Las  dos  primeras  horas  del  viaje  transcurrieron  lentas  y  tristes.  Era  la  primera 
vez  que  abandonaba  el  hogar  y  una  impresión  de  vaga  melancolía  embargaba  mi 
ánimo.  Pensaba  en  los  sollozos  de  mi  madre  al  desgarrarse  de  su  hijo  y  en  los  con¬ 
sejos  con  que  trató  de  persuadirme  del  cariño  y  obediencia  debidos  a  mis  tíos  y 
del  respeto  y  veneración  a  mis  futuros  maestros. 

Paulatinamente  cedió  mi  tristeza,  que  dura  poco  en  los  ñiños.  El  instinto  y  la 
curiosidad  de  lo  pintoresco  se  sobrepusieron  a  mi  languidez  y  abatimiento. 

El  camino,  algo  monótono  desde  Ayerbe  a  Murillo,  tórnase  interesante  desde 
esta  población  hasta  Jaca.  Durante  gran  parte  del  trayecto,  la  carretera  serpentea 
por  las  orillas  del  Gállego,  cuyas  corrientes  marchan  en  unos  puntos  someras  y 
desparramadas,  mientras  que  en  otros  se  concentran  y  precipitan  tumultuosamente 
entre  cantiles  gigantes  o  medio  ocultas  en  angostas  gargantas. 

No  me  cansaba  de  admirar  los  mil  detalles  pintorescos  que  los  recodos  del  ca¬ 
mino  y  cada  altura,  penosamente  ganada,  permitían  descubrir.  Entre  otros  acciden¬ 
tes  del  panorama,  quedaron  profundamente  grabados  en  mi  retina:  los  gigantes 
mallos  de  Riglos,  semejantes  a  columnatas  de  un  palacio  de  titanes;  el  bloque  ro¬ 
coso  de  Lapeña,  que  amenaza  desplomarse  sobre  el  pueblo,  al  pie  del  cual  corre. 


S.  RAMÓN  Y,  CAJAL 


embutido  en  profundísimo  canal,  el  rumoroso  Gállego;  el  elevado  y  sombrío  monte 
Paño,  cuya  formidable  cima  asoma  por  Occidente,  no  lejos  de  Anzánigo;  y  por  úl¬ 
timo,  el  sombrío  y  fantástico  Uruel,  de  roja  cimera,  que  domina  el  valle  de  Jaca,  y 
parece  colosal  esfinge  que  guarda  la  entrada  del  valle  del  Aragón, 

Mi  curiosidad  complacíase  sobremanera  en  presencia  de  tan  hermosos  y  acci¬ 
dentados  paisajes;  y  así  no  cesaba  de  pedir  a  mi  padre,  que  conocía  a  palmos  el 
terreno,  noticias  detalladas  sobre  las  aldeas,  montañas  y  ríos  cerca  de  los  cua¬ 
les  pasábamos.  No  sólo  satisfizo  mi  curiosidad,  sino  que  me  contó  multitud  de 
anécdotas  y  episodios  de  su  juventud  transcurrida  en  aquellos  lugares,  y  algunos 
sucesos  históricos  de  que  las  orillas  del  Gállego  fueron  teatro  durante  la  primera 
guerra  civil. 

Llegados  a  Jaca  e  instalados  en  casa  de  mi  tío,  fué  la  primera  providencia  de 
mi  padre  presentarme  a  los  reverendos  Escolapios,  a  quienes  me  recomendó  enca¬ 
recidamente.  Encargóles  que  vigilaran  severamente  mi  conducta  y  me  castigaran 
sin  contemplaciones  en  cuanto  me  desmandara  en  lo  más  mínimo. 

El  Director  del  Colegio  dió  plena  satisfacción  a  mi  padre  acerca  de  este  punto, 
y  para  tranquilizarle  nos  presentó  al  padre  Jacinto,  profesor  de  primero  de  Latín, 
que  era  por  entonces  el  terrible  desbravador  de  la  Comunidad  y  a  quien,  según 
fama,  no  se  había  resistido  ningún  rebelde.  A  la  verdad,  yo  me  alarmé  algo,  sólo 
un  poco,  al  contemplar  la  estatura  ciclópea,  los  anchísimos  hombros  y  macizos 
puños  del  dómine,  que  parecía  construido  expresamente  para  la  doma  de  potros 
bravios.  Y  me  limité  a  decir  para  mi  capote:  «Allá  veremos». 

Días  después  sufrí  el  examen  de  ingreso.  Tan  lisonjero  fué  el  éxito,  que  rae 
consideraron  los  frailes  como  uno  de  los  alumnos  mejor  preparados  para  la  se¬ 
gunda  enseñanza. 

Tranquilo  mi  padre  por  el  buen  giro  que  tomaban  las  cosas,  y  esperanzado  de 
que  yo  pagaría  con  una  aplicación  ejemplar  los  afanes  y  sacrificios  que  se  impo¬ 
nía,  regresó  a  Ayerbe  y  quedé  entregado  a  mi  santa  voluntad,  que  era  como 
quedar  entregado  al  diablo  mismo. 

Dejo  apuntado  ya  que  mi  tío  era*  muy  anciano  y  estaba  achacoso;  vivía  casi 
solitario,  pues  de  sus  dos  hijos  sólo  el  pequeño,  mi  primo  Timoteo,  a  la  sazón 
aprendiz  en  una  fábrica  de  chocolate,  le  acompañaba.  Absorto  en  su  telar,  cuida¬ 
ba  poco  de  la  casa,  que  abandonaba  al  manejo  de  vieja  criada.  Los  conocimien¬ 
tos  culinarios  de  esta  buena  mujer  no  podían  ser  más  sumarios  ni  mejor  encami¬ 
nados  a  evitar  el  despilfarro  y  la  indigestión. 

Las  coles,  nabos  y  patatas  constituían  los  platos  fundamentales  y  de  resisten¬ 
cia;  de  vez  en  cuando,  comíamos  carne;  pero  en  justa  compensación  abundaban 
las  gachas  de  maíz,  llamadas  allí  farinetas,  que  era  una  bendición.  Nuestro  postre 
habitual  eran  manzanas,  fruta  de  que  se  cultivan  en  Jaca  variedades  excelentes. 

Los  días  de  fiesta  nos  reservaba  la  patrona  grata  sorpresa:  añadía  a  las  plebe¬ 
yas  gachas  suculentos  chicharrones.  ¡Eran  de  ver  los  gestos  de  contrariedad  que 
hacíamos  mi  primo  y  yo  cuando  la  ciega  lotería  del  cucharón  nos  agraciaba  con 
sólo  un  premio,  reservando  la  mayoría  de  los  sabrosos  tropezones  para  otros  co¬ 
mensales! 

Hambre,  sin  embargo,  no  pasábamos.  Cuando  nuestro  estómago  insatisfecho 
exigía  algún  suplemento,  hallábamoslo  en  los  montones  de  las  sabrosas  manzanas 
del  granero  y  en  la  improvisación  de  un  plato  de  patatas  al  natural,  que  preparᬠ
bamos  asando  estos  tubérculos  sobre  el  rescoldo  y  adobando  la  amarilla  miga  con 
algunos  granos  de  sal  y  gotas  de  vinagre. 


BECUERDOS  DE  MI  VIDA 


Merced  al  régimen  de  las  farinetas  y  a  los  ayunos  de  castigo  de  que  más  ade¬ 
lante  hablaré,  quedé  hecho  un  espárrago.  Creo  que  hasta  mis  entendederas,  no 
muy  despiertas,  declinaron  bastante,  Dijérase  que  el  engrudo  de  maiz  se  me  em¬ 
bebió  en  la  cabeza  y  ocupó  el  lugar  de  los  sesos;  pues,  según  veremos  luego,  los 
buenos  de  los  frailes  se  vieron  negros  para  imprimir  en  ellos  algunos  pocos  latines. 

Debo  añadir  que  al  final  de  aquel  año  el  trato  de  mis  patrones  mejoró  muchí¬ 
simo.  Uno  de  mis  primos,  Victoriano  Cajal  (1),  regresado  de  sus  correrías,  se 
estableció  en  el  hogar  de  sus  padres,  contrayendo  poco  después  matrimonio  con 
doncella  sumamente  bondadosa  e  inteligente.  Con  aquel  inesperado  refuerzo,  el 
gobierno  de  la  casa  entró  en  orden  y  el  menú  se  hizo  más  variado  y  suculento. 

No  sabría  decir  yo  si  el  vacío  de  afecciones  y  la  austeridad  de  mis  maestros 
exacerbaron  mis  rebeldías  nativas  y  dieron  al  traste  con  promesas  formales.  Algo 
debieron  influir  quizá;  imagino,  sin  embargo,  que  no  fueron  las  condiciones  pri¬ 
mordiales  de  mis  extravíos.  La  loca  de  la  casa  con  que  mi  padre  no  había  conta¬ 
do  y  que  de  día  en  día  iba  exaltándose,  contribuyó  harto  más  a  mis  crecientes 
desbarros  y  botaratadas. 

Retoñaron,  pues,  vigorosamente  mis  delirios  artísticos.  Cobré  odio  a  la  Gramᬠ
tica  latina,  en  donde  no  veía  sino  un  chaparrón  abrumador  de  reglas  desautoriza¬ 
das  por  infinitas  excepciones,  que  había  que  meter  en  la  cabeza,  quieras  que  no, 
a  martillazo  limpio,  como  clavo  en  pared.  Desazonábame  también  esa  aridez  des¬ 
consoladora  del  estilo  didáctico,  seco  y  enjuto,  cual  carretera  polvorienta  en 
verano. 

Con  la  citada  antipatía  hacia  la  Gramáticaj  inauguróse  en  mí  esa  lucha  sorda 
y  tenaz,  física  y  moral  entre  el  cerebro  y  el  libro,  en  la  cual  lleva  éste  siempre  la 
peor  parte;  porque  de  los  sabios  preceptos  del  texto  pocos  o  ninguno  penetran  en 
el  ánimo;  pero,  en  cambio,  las  divagaciones  y  ensueños  de  la  fantasía  invaden  las 
hojas  del  texto,  cuyas  márgenes  se  cubren  de  vegetaciones  parásitas  de  versos, 
paisajes,  episodios  guerreros  y  regocijadas  caricaturas. 

Mis  textos  latinos— el  Cornelio  Nepote,  el  Arte  poética  de  Horacio,  etc.— ven¬ 
cidos  en  esta  batalla,  transformáronse  rápidamente  en  álbumes  donde  mi  desbor¬ 
dante  imaginación  depositaba  diariamente  sus  estrafalarios  engendros.  Y  como 
las  márgenes  de  los  libros  resultaban  harto  angostas  para  contener  holgadamente 
todas  mis  alegres  «escapadas  al  ideah,  más  de  una  vez  exclamaba:  «¡Lástima  de 
Gramática  que  no  sea  todo  márgenes!» 

Pero  si  mi  Nebrija  no  me  enseñaba  casi  nada,  aprovechaba,  en  cambio,  para 
divertir  a  mis  camaradas.  En  cuanto  llegaba  yo  a  clase,  rodeábanme  los  golosos 
de  las  ilustraciones  del  texto,  que  corría  de  mano  en  mano  y  era  más  zarandeado 
y  sobado  que  rueda  de  barquillero. 

(1)  Mi  primo,  trabajador  infatigable  y  dueño  de  saneada  fortuna,  lieva  actualmente  sus  ochenta  y 
cuatro  años  infinitamente  mejor  que  yo  mis  setenta.  Convertido  en  patriarca  feliz,  sobre  sus  rodillas  jue¬ 
gan  numerosos  biznietos. 


CAPITULO  VIH 


E*.  PADRE  JACINTO,  MI  DÓMINE  DE  LATÍN —CARTAGINESES  Y  ROMANOS —EL  RÉGI¬ 
MEN  DEL  TERROR— MI  AVERSIÓN  AL  ESTUDIO —EXALTACIÓN  DE  MI  FIEBRE 
ARTÍSTICA  Y  ROMÁNTICA.— EL  RÍO  ARAGÓN,  SÍMBOLO  DE  UN  PUEBLO 


NO  trato  de  disculpar  mis  yerros.  Confieso  paladinamente  que  del  mal  éxito 
de  mis  estudios  soy  el  único  responsable.  Mi  cuerpo  ocupaba  un  lugar  en 
las  aulas,  pero  mi  alma  vagaba  continuamente  por  los  espacios  imagina¬ 
rios.  En  vano  los  enérgicos  apostrofes  del  profesor,  acompañados  de  algún  furi¬ 
bundo  correazo,  me  llamaban  a  la  realidad  y  pugnaban  por  arrancarme  a  mis  dis¬ 
tracciones;  los  golpes  sonabaii  en  mi  cabeza  como  aldabonazo  en  casa  desierta. 
Todos  los  bríos  del  padre  Jacinto,  que  hizo  mi  caso  cuestión  de  amor  propio,  fra¬ 
casaron  lastimosamente. 

Hecha  esta  confesión,  séame  lícito  declarar  también  que  en  mi  desdén  por  el 
estudio  entró  por  algo  él  sistema  de  enseñanza  y  el  régimen  de  premios  y  casti¬ 
gos  usados  por  aquellos  padres  Escolapios.  ■ 

Como  único  método  pedagógico,  reinaba  allí  el  memorismo  puro  (1).  Preocupᬠ
banse  de  crear  cabezas  almacenes  en  lugar  de  cabezas  pensantes.  Forjar  una  in¬ 
dividualidad  mental,  consentir  que  el  alumno,  sacrificando  la  letra  al  espíritu,  se 
permitiera  cambiar  la  forma  de  los  enunciados...  eso,  ni  por  pienso.  Allí,  según 
ocurre  todavía  hoy  en  muchas  aulas,  sabia  solamente  la  lección  quien  la  recitaba 
fonográficamente,  es  decir,  disparándola  en  chorro  continuo  y  con  gran  viveza  y 
fidelidad;  la  ignoraba,  y  era,  por  ende,  severamente  castigado,  el  escolar  a  quien  se 
le  paraba  momentáneamente  el  chorro,  o  titubeaba  en  la  expresión,  o  cambiaba  el 
orden  de  los  enunciados. 

A  guisa  de  infalibles  estimulantes  de  las  retentivas  tardas  o  de  las  inteligen¬ 
cias  atrasadas,  empleábanse  el  puntero,  la  correa,  las  disciplinas,  los  encierros, 
los  reyes  de  gallos  y  otros  medios  coercitivos  y  afrentosos. 

Como  se  ve,  el  viejo  adagio  la  letra  con  sangre  entra  reinaba  entre  aquellos 
buenos  padres  sin  oposición;  pero  la  letra  resbalaba  en  mi  cabeza  sin  grabarse  en 
el  cerebro.  En  cambio  penetraba  en  muchos  aversión  decidida  a  la  literatura  lati¬ 
na  y  antipatía  a  los  maestros.  Así  se  perdía  del  todo  esa  intimidad  cordial,  mezcla 
de  amistad  y  de  respeto,  entre  maestro  y  discípulos,  sin  la  cual  la  labor  educado¬ 
ra  constituye  el  mayor  de  los  martirios. 

Cometería  grave  injusticia  si  dijera  que  todos  los  frailes  aplicaban,  con  igual 
rigor,  los  citados  principios  pedagógicos;  teníamos  dómines  excelentes  y  hasta 

(1)  Desgraciadamente,  ocurría  lo  mismo  en  los  Institutos.  El  sistema  era  general...  ¡qué  digo!  lo  es 
todavía. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


41 


cariñosos  y  simpáticos.  Pero  yo  no  tuve  la  dicha  de  alcanzarlos,  porque  explica¬ 
ban  asignaturas  de  los  últimos  cursos  y  vime  forzado,  por  causas  de  que  luego 
hablaré,  a  abandonar  la  escuela  calasancia  en  el  segundo.  Entre  estos  maestros 
simpáticos  recuerdo  al  padre  Juan,  profesor  de  Geografía  y  excelente  pedagogo. 
Este  no  pegaba,  pero  en  cambio  sabía  excitar  la  curiosidad  y  cautivar  la  atención 
de  los  jóvenes. 

Obedeciendo,  sin  duda,  a  la  regla  del  perfecto  amolador,  que  consiste  en  hacer 
la  primera  afiladura  del  cuchillo  con  la  piedra  de  asperón  más  basta,  para  acabar 
de  repasarlo  con  las  más  finas  y  suaves,  el  claustro  de  Jaca  encargó  muy  sabia¬ 
mente  el  desbaste  de  los  alumnos  del  primer  año  al  más  áspero  desbravador  de 
inteligencias.  , 

Tocónos,  en  efecto,  a  los  pobretes  del  primer  curso  de  latín  el  más  severo  de 
todos  lós  frailes,  el  padre  Jacinto,  de  quien  hablé  ya  en  el  anterior  capítulo.  Era  na- 
-tural  de  Egea  y  estaba  en  posesión  de  los  bríos  y  arrestos  de  los  imponentes  moce- 
tones  de  las  Cinco  Villas.  Su  voz  corpulenta  y  estentórea  atronaba  la  clase,  sonan¬ 
do  en  nuestros  oídos  cual  rugido  de  león.  Bajo  el  poder  de  este  Heredes  caímos 
unos  cuarenta  infelices  muchachos,  llegados  de  distintos  pueblos  de  la  montaña,  y 
nostálgicos  aún  de  las  ternuras  maternales.  Alto  sitial  constituía  su  trono;  su  cetro 
era  tlgato  de  siete  colas;  sus  ministros,  dos  alumiios  predilectos  encargados  de  la 
vigilancia.  • 

Dividiónos  en  dos  bandos  o  grupos,  llamados  de  cartagineses  y  romanos,  se¬ 
gún  rezaban  unos  letreros  puestos  en  alto  en  cada  lado  del  aula.  Tocóme  en  suerte 
ser  cartaginés,  y  acredité  bien  pronto  el  nombre  según  lo  que  me  zurraba  Scipión, 
quiero  decir,  el  formidable  dómine,  capaz  él  solo  de  acabar  con  todos  los  cartagi¬ 
neses  y  romanos.  Para  mí,  pues,  todos  los  días  se  tomaba  Cartago,  sin  que  llega¬ 
sen  nunca  los  triunfos  de  Aníbal  y  menos  las  delicias  de  Capua. 

.  Acobardados  por  aquel  régimen  de  terror,  entrábamos  en  clase  temblando,  y 
en  cuánto  comenzaban  las  conferencias,  sentíamos  pavor  tal,  que  no  dábamos  pie 
con  bolo.  ¡Pobre  del  que  se  trabucaba  en  la  conjugación  de  un  verbo  o  deí  que  bal¬ 
buceaba  en  la  declinación  del  quisnam  quaenam,  quodnam  o  del  no’  menos  estra¬ 
falario  quicumque!  Los  correazos  caían  sobre  él  como  torrencial  aguacero,  atur- 
diéndole  de  cada  vez  más  e  inhibiendo  su  débil  retentiva. 

Al  abandonar  el  aula  nuestras  caras  irradiaban  la  alegría  bulliciosa  de  la  libe¬ 
ración;  sin  considerar,  ¡pobretes!,  que  al  día  siguiente  debía  renovarse  el  vapuleo, 
entregando  nuestras  muñecas,  no  bien  deshinchadas  aún  de  las  ronchas  del  día 
anterior,  a  la  terrible  correa  del  dómine. 

El  educador  que  comienza  pronto  a  castigar  corre  el  riesgo  de  no  acabar  ja¬ 
más  de  castigar.  El  empleo  exclusivo  de  la  violencia,  sin  las  prudentes  alternati¬ 
vas  de  la  bondad,  de  la  indulgencia  y  aun  del  halago,  embota  rápidamente  la  sen¬ 
sibilidad,  física  y  moral  y  mata  en  el  niño  todo  resto  de  pundonor  y  de  dignidad 
personal.  A  fuerza  de  oirse  llamar  torpe,  acaba  por  creer  que  lo  es,  e  imagina  que 
su  torpeza  carece  de  remedio.  Tal  me  ocurrió  a  mí  y  a  muchos  de  mis  camaradas. 
Insultados  y  azotados  desde  los  primeros  días,  y  persuadidos  de  que  aquel  trato 
carecía  de  término,  hubimos  de  aceptar  filosóficamente  nuestro  papel  de  pigres  y 
de  víctimas,  buscando  el  remedio  en  la  adaptación  al  castigo.  En  nuestra  inge¬ 
nuidad  creíamos  que  la  mejor  manera  de  vengarnos  era  hacer  lo  contrario  de  lo 
aconsejado  por  el  dómine. 

Aparte  mis  distracciones,  adolecía  yo  de  un  defecto  fatal,  dado  el  régimen  pe¬ 
dagógico  imperante:  mi  retentiva  verbal  era  infiel;  faltóme  siempre— y  de  ello  ha- 


42 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


blaré  más  adelante— esa  vivacidad,  seguridad  y  limpidez  de  palabra,  signos  ca- 
racteristicos  de  los  temperamentos  oratorios.  Y  para  colmo  de  desgracia,  dicha 
premiosidad  exagerábase  enormemente  con  la  emoción.  En  cambio,  mi  memoria 
de  ideas,  sin  ser  notable,  era  pasadera  y  regular  mi  comprensión.  Mi  padre  habia 
ya  reparado  en  ello.  Por  lo  cual  solía  prevenir  a  mis  preceptores,  diciéndoles: 
—Tengan  ustedes  cuidado  con  el  chico.  De  concepto  lo  aprenderá  todo;  pero  no 
le  exijan  ustedes  las  leccioues  al  pie  de  la  letra,  porque  es  corto  y  encogido  de 
expresión.  Discúlpenle  ustedes  si  en  las  definiciones  cambia  palabras  empleando 
voces  poco  propias.  Déjenle  explicarse,  que  él  se  explicará,—  Desgraciadamente, 
pocos  profesores  tuvieron  en  cuenta  tan  prudentes  avisos;  ¡jamás  aguardaron  para 
juzgarme  a  que  me  explicara!... 

El  mal  nace— según  nota  muy  bien  Herbert  Spencer— de  que  el  maestro  de¬ 
biera  ser  exquisito  psicólogo,  cuando,  por  desgracia,  no  es  otra  cosa,  por  punto 
general,  que  recitador  rutinario  de  textos  y  de  fórmulas  tradicionales.  Por  ley  de 
herencia  suele  ejecutar  en  sus  discípulos  la  mala  obra  que  sus  maestros  le  hicie¬ 
ron-  Y  al  hablar  así  aludimos,  no  sólo  a  mis  maestros  de  Jaca,  sino  a  la  mayoría 
de  nuestras  instituciones  de  enseñanza.  Pero  de  este  grave  defecto  hablaré  más 
adelante. 

Consecuencia  de  esta  actitud  docente  es  cierta  equivocada  apreciación  de 
las  aptitudes;  estímanse  como  cualidades  relevantes  y  loables  la  sugestibili¬ 
dad  y  el  automatismo  nervioso;  y  como  defectos  vitandos  dignos  de  corrección  y 
vituperio,  la  espontaneidad  del  pensamiento  y  el  espíritu  crítico,  Norma  común  en 
este  linaje  de  maestros  es  tomar  la  viveza  por  despejo,  la  retentiva  por  talento  y 
la  docilidad  por  virtud. 

No  he  de  negar  yo,  ciertamente,  que  la  agilidad  de  la  palabra  y  la  retentiva  tenaz 
y  pronta  asócianse,  a  menudo,  y  presagian  entendimientos  privilegiados;  es  más, 
estimo  que 'no  hay  talento  superior  que  no  nutra  sus  raíces  en  el  terreno  de  exce¬ 
lente  memoria;  pero,  conforme  acredita  la  experiencia,  es  también  frecuente  hallar 
un  tanto  divorciados  entendimiento  y  retentiva;  circunstancia  que  no  se  escapó  a 
nuestro  Huarte,  el  cual,  en  su  Examen  de  ingenios,  hace  notar  ya  que  los  jóvenes 
dptados  de  gran  capacidad  mnemónica  y  que  aprenden  fácilmente  los  idiomas, 
suelen  gozar  de  mediano  intelecto  para  las  ciencias  y  la  filosofía.  Fácil  sería  re¬ 
cordar  otros  testimonios,  el  de  Locke,  por  ejemplo. 

He  consignado  varias  veces  el  pavor  que  nos  infundía  el  padre  Jacinto.  Aun- 
que  sea  insistiendo  una  vez  más  en  el  tema,  recordaré  cierto  suceso  que  acredita 
cuánta  era  la  fuerza  de  aquel  hombrón  con  sotana.  A  un  infeliz,  llamado  Barba, 
que  amedrentado  y  aturdido  había  contestado  no  sé  qué  desatino,  descargóle  el 
dómine  tan  formidable  trompada,  que  lanzó  al  cuitado,  a  guisa  de  proyectil,  con¬ 
tra  una  pizarra  distante  lo  menos  dos  metros:  la  violencia  del  choque  derribó  el 
encerado,  rompió  el  caballete  que  lo  sostenía,  y  del  rebote  de  aquél  y  del  volar 
de  las  astillas  de  éste  quedaron  malparados  dos  pobres  muchachos  más. 

Semejante  régimen  de  intimidación  y  de  castigos  rigurosos  daba  resultados 
contraproducentes.  Nuestra  conducta  empeoraba  de  día  en  día.  Se  nos  acostum¬ 
braba  demasiado  al  bochorno  y  se  embotaba  el  pundonor.  Caíamos  tan  bajo  que 
perdíamos  la  esperanza  y  hasta  el  deseo  de  elevarnos.  Para  aquellos  educan¬ 
dos  el  educador  no  era  ya  el  guía  paternal,  sino  el  adversario  que  abusaba  de  sus 
fuerzas  y  de  cuya  superioridad  física  sólo  podían  vengarse  con  la  impasibilidad 
y  la  desobediencia.  Digan  lo  que  quieran  los  partidarios  de  la  ortopedia  mo 
ral,  el  empleo  discreto  y  preferente  del  halago  y  de  la  persuasión  con  alegación 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


43 


de  los  motivos  racionales  de  cada  mandato,  y,  sobre  todo,  la  confianza  fingida  o 
real  en  el  talento  potencial  del  niño,  talento  que  sólo  espera  ocasión  propicia  para 
manifestarse,  constituyen  recursos  pedagógicos  muy  superiores  a  los  castigos  cor¬ 
porales. 


Afortunadamente,  hallaba  yo  en  el  cultivo  del  arte  y  en  la  contemplación  de  la 
naturaleza  grandes  cdnsuelos.  En  presencia  de  aquella  decoración  de  ingentes 
montañas  que  rodean  la  histórica  ciudad  del  Aragón,  olvidaba  mis  bochornos,  des¬ 
alientos  y  tristezas. 

Porque  el  panorama  del  valle  de  Jaca  es  uno  de  los  más  bellos  y  variados  que 
nos  ofrece  la  cordillera  pirenaica.  Al  Norte  cierra  el  horizonte,  elevándose  majes¬ 
tuosamente  el  Pirineo,  coronado  de  perpetuas  nieves;  al  Oeste,  apartado  de  la 
ciudad  por  fértil  y  amena  llanura,  asoma  su  robusta  cabeza  el  monte  Paño,  en 
cuya  ladera  occidental,  regada  más  de  una  vez  con  agarena  sangre,  se  abre  la 
cueva  sagrada,  que  fue  antaño  cuna  y  altar  de  la  independencia  aragonesa;  en  el 
lado  oriental  se  columbran  las  montañas  de  Biescas,  por  cima  de  las  cuales  emer¬ 
gen,  cubiertos  de  blanco  sudario,  los  Picos  de  Panticosa  y  Sallent;  y  hacia  el 
Mediodía,  cerrando  el  paso  de  las  tibias  auras  de  la  tierra  llana,  yérguese  hasta 
las  nubes  el  fantástico  Uruel,  mudo  testigo  de  las  legendarias  hazañas  de  la  raza, 
y  cuya  roja  cabeza  parece  mirar  obstinadamente  al  Sur,  como  señalando  al  duro 
almogávar  el  camino  de  las  gloriosas  empresas. 

La  cindad  misma  tenía  para  mí  inefables  encantos.  Gustábame  saborear  las 
bellezas  de  su  vieja  catedral,  encaramarme  en  las  murallas  y  explorar  torreones  y 
almenas.  ¡Cuántas  veces,  sentado  en  lo  alto  de  un  baluarte,  y  explorando  la  llanu¬ 
ra,  a  guisa  de  vigía  medioeval,  por  las  angostas  ballesteras,  daba  rienda  suelta  a 
mis  ensueños  artísticos,  y  me  consolaba  de  mi  soledad  sentimental!...  De  cuando 
en  cuando,  la  aparición  de  una  friolera  lagartija  o  el  vuelo  del  milano  sacábame 
del  ensimismamiento,  despertando  mis  aficiones  de  naturalista.  Para  estas  corre¬ 
rías  de  tejas  arriba,  dábame  grandes  facultades  la  casa  de  mi  patrón,  cuyo  huerto 
lindaba  con  un  torreón  de  la  muralla. 


Gomo  es  natural,  en  Jaca  hallé  también  amigos  y  camaradas  con  quienes  com¬ 
partir  juegos  y  travesuras.  País  extremadamente  frío  el  jaquense,  nuestra  diver¬ 
sión  favorita  consistía,  durante  el  invierno,  en  arrojarnos  a  la  cabeza  bolas  de 
nieve,  en  cuya  diversión  tomaban  parte  hasta  las  señoritas,  que  disparaban  sus 
proyectiles  a  mansalva  desde  ventanas  y  balcones.  Cuando  los  glaciales  cierzos 
del  enero  formaban  grandes  taludes  de  nieve  junto  a  las  murallas,  nuestro  predi¬ 
lecto  deporte  consistía  en  socavar  en  el  espesor  de  aquélla  corredores  y  aposen¬ 
tos.  Otras  veces,  con  nieve  apretada,  construíamos  casas,  roqueros  castillos  y 
cavernas  de  trogloditas.  El  hábito  de  bregar  diariamente  con  nieves  y  carámba¬ 
nos,  bien  pronto  me  hizo  insensible  al  frío,’  endureciendo  mi  piel  y  adaptándome 
perfectamente  al  riguroso  clima  montañés. 

Sin  embargo,  los  juegos  en  cuadrilla  no  me  interesaban  tanto  como  los  paseos 
y  excursiones  solitarias.  Una  de  mis  jiras  predilectas  era  bajar  al  río  Aragón,  corre¬ 
tear  por  los  bordes  de  su  profundo  y  peñascoso  cauce,  remontando  la  corriente 
hasta  que  me  rendía  el  cansancio.  Sentado  en  la  orilla,  embelesábame  contem¬ 
plando  los  cristalinos  raudales  y  atisbando  a  través  del  inquieto  oleaje  los  platea- 


M 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


dos  pececillos  y  los  pintados  guijarros  del  álveo.  Más  de  una  vez,  enfrente  de 
aígún  peñasco  desprendido  de  la  montaña,  intenté,  aunque  en  vano,  copiar  fiel¬ 
mente  en  mi  álbum  ios  cambiantes  fugitivos  de  las  olas  y  las  pintadas  piedras 
que  emérgían  a  trechos,  cubiertas  de  verdes  musgos. 

A  menudo,  tras  largas  horas  de  contemplación,  caia  en  dulce  sopor;  el  suave 
rumor  del  oleaje  y  el  tintineo  de  las  gotas  al  resbalar  sobre  los  guijarros,  paraliza¬ 
ban  mi  lápiz,  anublaban  insensiblemente  mis  ojos  y  creaban  en  mi  cerebro  un 
estado  de  subconciencia  propicio  a  las  fantásticas  evocaciones.  El  murmullo  de  la 
corriente  adquiría  poco  a  poco  el  timbre  de  trompa  guerrera;  y  el  susurro  del 
viento  parecía  traer  de  las  azules  playas  del  pasado  la  voz  de  la  tradición,  hen¬ 
chida  de  heroicas  gestas  y  de  doradas  leyendas... 

^  —Este  es— pensaba  a  mi  modo— el  río  sagrado  del  solar  aragonés;  el  que 
fecundó  las  tierras  conquistadas  por  nuestros  antepasados;  el  que  dió  nombre  a 
un  gran  pueblo  y  hoy  simbolizTa  aún  toda  su  historia.  Nacido  en  los  valles  del 
Pirineo  por  la  fusión  de  neveras  y  la  afluencia  de  frígidos  veneros,  crece  caudaloso* 
por  el  valle  de  Jaca  y  desagua  generosamente  en  el  Ebro.  Así  la  raza  montañesa, 
que  vegetó  humilde,  pero  valerosa  y  libre,  en  los  angostos  valles  pirenaicos,  corrió 
por  el  ancho  cauce  de  la  patria  aragonesa,  a  su  vez  desembocada  también,  a  im¬ 
pulsos  de  altos  móviles  políticos,  en  el  dilatado  mar  de  la  patria  española.  Sus 
frías  corrientes  templaron  el  acero  de  los  héroes  de  la  reconquista:  ellas  son  acaso 
las  que,  circulando  por  nuestras  venas,  templan  el  resorte  de  la  voluntad  obsti¬ 
nada  de  la  raza... 

Mi  aspiración  suprema  era  remontar  el  río  sagrado,  descubrir  sus  fuentes,  e 
ibones  y  escalar  las  cimas  del  Pirineo,  tentación  perenne  a  mi  codicia  de  panora¬ 
mas  nuevos  y  de  horizontes  infinitos.  «¿Qué  habrá  allí— me  preguntaba  a  menu¬ 
do-tras  esos  picos  gigantes,  blancos,  silenciosos  e  inmutables?  ¿Se  verá  Francia 
quizá,  con  sus  verdes  montañas,  sus  fértiles  valles  y  sus  bellísimas  ciudades? 
¡Quién  sabe  si  desde  la  ingente  cumbre  del  C olí  de  Ladrones  o  de  la  cresta  divi¬ 
soria  del  Sumpori  no  aparecerán  lagos  cristalinos  y. serenos  bordeados  por  altísi¬ 
mos  cantiles  de  pintada  roca,  por  cuyos  escalones  se  despeñen  irisadas  cascadas! 
¡Qué  asuntos^más  cautivadores  para  un  lápiz  romántico!»...  Por  desgracia,  carecía 
de  dinero  y  libertad  para  emprender  tan  largas  y  peligrosas  excursiones. 

Con  todo,  tan  resuelto  estaba-a  saciar  mi  frenética  pasión  por  la  montaña,  que 
en  una  ocasión  me  aventuré  por  la  carretera  de  Canfranc  y  llegué,  por  encima  de 
Villanua,  al  pie  del  célebre  Coll  de  Ladrones.  Pero  cercana  la  noche  e  informado 
por  un  pastor  de  que  faltaban  aún  cuatro  horas  lo  menos  para  ganar  la  cima,  tuve 
el  disgusto  de  renunciar  a  la  empresa,  regresando  mustio  y  cariacontecido. 

Otra  vez  me  propuse  trepar  hasta  la  cresta  del  Uruel;  mas  sólo  pude  ganar, 
falto  de  tiempo,  las  primeras  estribaciones  cubiertas  de  selvas  seculares.  En  mi* 
ansia  de  lopas  aventuras,  hubiera  dado  cualquier  ’cosa  por  topar  con  algún  oso  o 
jabalí  descomunales,  o  siquiera  con  inofensivo  corzo;  por  desgracia,  defraudado  en 
mis  esperanzas,  retorné  a  casa  despeado,  sudoroso,  hambriento,  derrotado  de 
ropa  y  zapatos,  y,  lo  que  más  me  desconsolaba,  sin  poder  contar  a  los  amigos  nin¬ 
gún  lance  extraordinario. 

De  alguna  otra  excursión,  harto  más  larga  y  cómoda,  como  por  ejemplo  la 
hecha  a  San  Juan  de  la  Peña,  trataremos  en  más  oportuna  ocasión.  ’ 


CAPÍTULO  IX 


CONTINÚAN  MIS  DISTRACCIONES.-LOS  ENCIERROS  Y  AYUNOS. -EXPEDIENI  ES  USA¬ 
DOS  PARA  ESCAPARME.-MIS  EXÁMENES-RETORNO  A  AYERBE  Y  VUELTA  A  I  AS 
ANDADAS 


Dejo  apuntado  ya  en  otra  parte,  que  no  sentía  la,  menor  afición  por  los  estu¬ 
dios  llamados  clásicos,  y  singularmente  por  el  latín,  la  filología  y  la  gra¬ 
mática.  Vivía  aún  en  esa  dichosa  edad  en  que  el  niño  siente  más  admira¬ 
ción  por  las  obras  de  la  Naturaleza  que  por  las  del  hombre;  época  feliz  cuya  única 
preocupación  es  explorar  y  asimilarse  el  mundo  exterior.  Mucho  tiempo  debía 
transcurrir  aun  antes  de  que  esta  fase  contemplativa  de  mi  evolución  mental  ce¬ 
diera  su  lugar  a  la  reflexiva,  y  pudiera  el  intelecto,  maduro  para  la  comprensión 
de  lo  abstracto  gustar  de  las  excelencias  y  primores  de  la  literatura  clásica,  las 
“m?s^ad:“  tardíamente,  como 

Por  entonces  pues,  más  que  el  insufrible  martilleo  de  las  conjugaciones  y  las 
enrevesadas  reglas  de  la  construcción  latina,  atraíanme,  según  dejo  consignado 
los  pintorescos  alrededores  de  la  ciudad,  cuya  topografía  general  (carreteras,  cai 

ri^fd^edma’ ^  ^  y  ^ 

Hombre  de  tesón  el  padre  Jacinto,  había  dado  palabra  solemne  de  domar  el 
potro  y  se  propuso  cumplirla  a  todo  .trance.  Se]  imponía,  empero,  un  cambio  de 
t™nad  f  los  castigos,  contra  los  cuales  hallLame  perfectLen- 

^  vacunado,  acordaron  los  domines  ensayar  conmigo  la  pena  del  ayuno.  Todas 
mis  faltas  constaban  en  un  libro  especial  llevado  por  uno  de  los  alurínós  mima¬ 
dos,  el  primero  del  bando  cartaginés.  Desgraciadamente,  mis  débitos  crecían  de 

continuo,  y  no,  pudiendo  ser  pagados  sino  a  razón  de  ayuno  por  día,  temióse 
fundadamente  que  el  curso  entero  fuera  insuficiente  para  enjugar  el  déficit.  Al 
objeto,  pues,  de  aligerar  la  deuda,  conmutáronse  algunos  ayunos  por  sendas 
tandas  de  correazos  y  aun  por  exhibiciones  afrentosas;  mas  todos  los  arbitrios 
fueron  vanos.  Estábamos  en  abril  y  mi  deuda  apenas  había  disminuido,  no  obs¬ 
tante  lo  macizo  de  mis  espaldas  y  las  torturas  de  mi  estómago. 

Cada  día,  como  dejo  dicho,  debía  cumplir  mi  condena.  Al  acabar  la  clase  se 
me  encerraba  en  el  aula,  quedándome  sin  comer  hasta  la  noche.  Poco  a  poco  me 
transforme  en  comensal  veinticuatreno.  Al  principio,  mi  estómago  protestó  algo- 
^  piel,  acabó  por  acomodarse.  Enmienda,  ni  pizca' 

iQue  digo.  Ocurrió  todo  lo  contrario.  Discurriendo  con  la  lógica  del  pigre  con- 
s.deré  que,  Legado  al  Itaite  de  la  pena,  Igual  daba  peca,  por  que  pl"  dentó. 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Y  puesto  que  el  fallo  irremediable — el  temible  sus/je/zso  —  teníalo  descontado 
acabé  por  echarme  la  vergüenza  a  la  espalda,  y  díme  con  furia  a  enredar  y  hablar 
en  clase,  a  distraer  a  mis  camaradas  con  caricaturas  grotescas,  y  a  tramar,  en  fin, 
todo  género  de  burlas  y  desafueros. 

Con  todo  eso,  transcurridos  algunos  meses  del  citado  régimen  dietético,  refle¬ 
xioné  si  no  sería  posible  retornar  alguna  vez  al  ritmo  alimenticio  natural,  comien¬ 
do  a  medio  día  como  todo  el  mundo,  y  evitando  así  la  dilatación  estomacal,  obli¬ 
gada  consecuencia  de  concentrar  en  un  solo  envase  y  en  un  solo  plato,  más  o  me¬ 
nos  recalentado,  las  materias  de  dos  yantares  y  de  dos  digestiones.  El  proyecto 
merecía  ensayarse  y  se  ensayó. 

En  efecto,  aprovechando  un  día  la  falta  de  vigilancia  de  los  claustros,  motivada 
por  suculento  banquete  con  que  los  padres  celebraban  no  sé  qué  fiesta,  probé 
mover  el  muelle  de  la  cerraja  de  mi  cárcel  con  diversos  objetos.  Cierto  lapicero 
sirvióme  de  palanca;  cedió  el  muelle,  corrí  prestamente  el  pestillo  y  salíme  de  ron¬ 
dón.  ¡Eureka!...  Había  descubierto  el  secreto  de  comer  diariamente.  Al  presentar¬ 
me  en  casa  sorprendí  mucho  a  mi  patrona,  que  se  había  acostumbrado  ya  a  supri¬ 
mir  mi  parte  de  la  común  refacción. 

Mas  la  alegría  dura  poco  en  casa  de  los  pobres.  A  pesar  de  mi  cautela,  averi¬ 
guáronse  mis  escapadas,  y  castigóseme  rigurosamente,  haciéndome  pasar,  además, 
por  la  afrenta  de  vestirme  de  rey  de  gallos. 

Se  me  atavió  con  grotesca  hopalanda  y  se  me  tocó  con  mitra  descomunal,  or¬ 
nada  de  plumas  multicolores.  Parecía  un  indio  bravo.  Mi  cínica  tranquilidad  al  ser 
paseado  por  entre  los  camaradas  exasperó  al  padre  Jacinto,  que  me  añadió  de 
propina  algunos  cachetes  y  pescozones.  Yo  le  miraba  frío,  iracundo,  sin  pestañear. 
Mi  rencor,  o  si  se  quiere,  mi  dignidad  ultrajada,  no  me  consintió  llorar  y  no  lloré. 
¿Qué  venganza  mejor  podía  tomar  contra  mis  opresores? 

En  los  días  siguientes  cambióse  la  cerraja,  y  arreció  la  vigilancia  de  tal  mane¬ 
ra,  que  todos  mis  arbitrios  quedaron  frustrados. 

Recuerdo  que  un  jueves,  los  buenos  de  los  frailes  se  olvidaron  de  libertarme 
al  anochecer,  y  así  hube  de  pasar  la  noche  en  el  aula,  acostado  en  un  banco,  tiri¬ 
tando  de  frío,  sin  comer  ni  beber  en  treinta  y  dos  horas.  Al  día  siguiente,  acabada 
la  clase,  dejáronme  ir  a  comer,  excusando  el  olvido.  Ocioso  es  decir  cuánto  me 
irritó  la  negligencia  de  mis  guardianes. 

Juré  no  sufrir  nuevamente  trance  semejante;  y  así,  durante  las  horas  del  pró¬ 
ximo  encierro,  díme  a  imaginar  el  modo  de  librarme  de  una  vez  de  mis  cuotidianas 
gazuzas.  El  aula  donde  se  me  encerraba  estaba  en  el  piso  primero  y  tenía  ancho 
ventanal,  que  daba  al  jardín  del  colegio.  Subido  al  estrado,  saqué  la  cabeza  por 
la  ventana  y  exploré  la  topografía  del,  jardín,  la  altura  de  las  tapias  y  la  posición 
de  los  árboles.  Este  rápido  examen  sugirióme  un  plan  osado  y  peligroso,  pero  fac¬ 
tible,  que  debía  poner  en  práctica  al  siguiente  día:  consistía  en  convertir  la  pared 
por  debajo  de  la  ventana,  en  una  especie  de  escalera  de  estacas  y,  de  grietas,  qué 
permitiera  descender  desde  aquélla  hasta  lo  alto  de  un  emparrado  arrimado  al 
muro.  Para  realizar  mi  empresa,  cierta  noche  de  luna  escalé  desde  la  calle  las  ta¬ 
pias  del  cercado,  crucé  los  paseos  del  huerto  y  llegué  hasta  el  pie  del  muro  oué 
soportaba  mi  cárcel,  trepé  en  seguida  hasta  lo  alto  del  emparrado  y  encaramé 
en  sólido  madero,  descarné  en  dos  o  tres  parajes  las  junturas  de  loé  ladrillos  fiia  ° 
do,  para  mayor  seguridad,  dos  cortas  estacas  a  diversas  alturas.  Mi  plaé  sah" 
a  pedir  de  boca.  ° 

Al  siguiente  día,  y  cuando  los  escolapios  yantaban  en  el  refectorio,  escabuUíme 


BECUERDOS  DE  MI  VIDA 


47 


apoyando  los  pies  en  las  grietas  y  estacas  del  muro,  gané  el  jardín,  metíme  en 
cierto  patio  comunicante  con  éste,  y  pude,  en  fin,  reanudar  triunfante  la  salutífera 
costumbre  de  comer  en  casa,  con  gran  sorpresa  de  mi  tío,  que,  teniendo  pésimos 
informes  de  mí,  extrañó  tan  rápido  arrepentimiento.  Para  evitar  sospechas,  una 
vez  saboreado  el  condumio,  y  antes  de  que  mis  profesores  terminaran  las  pláticas 
de  sobremesa,  me  restituía  a  mi  encierro,  donde  a  la  tarde  me  encontraban  con 
aire  plácido  y  resignado. 

Transcurrieron  así  bastantes  días  sin  tropiezo.  Orgulloso  estaba  de  mi  inven¬ 
ción,  por  cuya  virtud  había  regularizado  el  régimen  digestivo.  Pero  el  diablo,  que 
todo  lo  enreda,  hizo  que  algunos  de  pis  camaradas,  casi  tan  torpes  como  yo,  y  a 
quienes  se  condenaba  de  vez  en  cuando  a  la  pena  de  encierro,  averiguasen  mi 
procedimiento  de  evasión,  y  se  propusieran  aprovecharlo,  sin  estudiar  a  fondo  la 
topografía  del  huerto  y  los  accidentes  del  muro.  Anticipada  contra  mis  consejos 
la  hora  de  la  liberación,  se  enredaron  en  el  juego  de  estacas' de:la  pared,  y  cogidos 
in  fraganti,  precisamente  en  el  momento  de  ganar  el  patio,  fueron  severamente 
castigados,  confesando  su  delito  y  el  plan  de  ejecución.  Y  los  ingratos  delataron 
al  inventor  de  la  traza. 

La  indignación  de  los  frailes  contra  mí  fué  enorme;  hablaban  de  expulsarme  y 
de  formarme  consejo  de  disciplina.  Consternado  estaba  yo  al  presumir  las  terri¬ 
bles  represalias.  Al  fin  dejé  de  asistir  a  clase  y  escribí  a  mi  padre  lo  que  pasaba. 

No  hay  que  decir  el  disgusto  de  mi  padre  al  conocer  mi  desaplicación,  y  el  tris¬ 
te  concepto  en  que  mis  preceptores  me  tenían.  Tentado  estuvo  por  abandonarme 
a  la  indignación  de  los  dórnines,  caso  de  que  éstos  consintiesen  en  admitirme  en 
el  colegio.  Sin  embargo,  sus  sentimientos  de  padre  se  sobrepusieron  a  todo,  y  es¬ 
cribió  a  los  escolapios  rogándoles  que  cediesen  algo  en  sus  rigores  para  conmigo, 
-en  consideración  a  mi  salud  gravemente  quebrantada  por  el  régimen  de  los  dia¬ 
rios  ayunos  y  de  las  correcciones  harto  contundentes. 

Al  efecto  moral  de  la  carta  se  juntó  también  la  recomendación  verbal  de  mi 
tío,  que  tenía  alguna  amistad  con  los  'dómines.  Los  citados  ruegos  produjeron 
impresión;  en  todo  caso  cesaron  mis  encierros.  Las  campanas  de  mis  tripas  to¬ 
caron  a  gloria.  Tuve,  pues,  los  últimos  días  del  curso,  la  dicha  de  alimentarme 
como  todo  el  mundo,  aunque  tan  desusado  régimen  cogiera  de  nuevas  a  mi  estó¬ 
mago,  resignado  ya  a  funcionar  por  acumulación  y  a  grandes  intervalos,  cual 
molleja  de  buitre. 

Descontado  estaba,  después  de  lo  dicho,  el  fatal  desenlace.  El  suspenso  parecía 
irremisible.  Mas  a  fin  de  parar  el  golpe,  si  ello  era  posible,  mi  progenitor  buscó 
recomendaciones  para  tos  catedráticos  del  Instituto  de  Huesca,  a  quienes  incum¬ 
bía  la  tarea  de  examinar  en  Jaca.  Precisamente  uno  de  ellos  era  don  Vicente  Ven¬ 
tura,  gran  amigo  suyo.  Este  redentor  mío  estaba  agradecido  y  obligado  a  las  proe¬ 
zas  quirúrgicas  de  don  Justo,  por  haber  sanado  a  su  mujer  de  gravísima  dolencia 
que  exigió  peligrosa  intervención. 

Llegado  el  examen,  propusieron  los  frailes,  según  era  de  prever,  mi  suspensión; 
pero  los  profesores  de  Huesca,  apoyados  en  un  criterio  equitativo,  y  recordando 
que  habían  sido  aprobados  alumnos  tan  pigres  o  más  que  yo,  aunque  bastante 
más  dóciles,  lograron  mi  indulto. 


CAPITULO  X 


MI  REGRESO  A  AYERBE.— NUEVAS  HAZAÑAS  BÉLICAS.— EL  CAÑÓN  DE  MADERA. 
TRES  DÍAS  DE  CÁRCEL.— EL  MOSQUETE  SIMBÓLICO 


CUANDO  regresé  a  Ayerbe  en  las  próximas  vacaciones,  mi  pobre  madre 
apenas  me  reconoció:  tal  me  pusieron  el  régimen  del  terror  y  el  laconis¬ 
mo  alimenticio.  De  mí  podía  contarse  con  verdad  cuanto  Quevedo  dice 
en  su  Gran  Tacaño  de  los  pupilos  del  dómine  Cabra.  Seco,  filamentoso,  poliédrica 
la  cara  y  hundidos  los  ojos,  largas  y  juanetudas  las  zancas,  afilados  la  nariz  y  el 
mentón,  semejaba  tísico  en  tercer  grado.  Gracias  a  los  mimos  de  mi  madre,  a  la 
vida  de  aire  libre  y  a  la  suculenta  alimentación,  recobré  pronto  las  fuerzas.  Y, 
viéndome  otra  vez  lustroso  y  macizo,  volví  a  tomar  parte  en  las  peleas  y  zalagar¬ 
das  de  los  chicuelos  de  Ayerbe. 

En  aquel  verano  mis  juegos  favoritos  fueron  los  guerreros,  y  muy  especial^ 
mente  las  luchas  de  honda,  de  flecha  y  de  boxeo. 

Pronto  las  encontré  sosas  e  infantiles.  Yo  acariciaba  más  altas  hazañas: 
aspiraba  al  cañón  y  a  la  escopeta.  Y  rae  propuse  fabricarlos  fuese  como  fuese. 
Para  dar  cima  a  la  ardua  empresa,  tomé  un  trozo  de  viga  remanente  de  cierta  obra 
de  albañilería  hecha  en  mi  casa,  y  con  ayuda  de  gruesa  barrena  de  carpintero,  y  a 
fuerza  de  trabajo  y  de  paciencia,  labré  en  el  eje  del  tronco  un  tubo,  que  alisé  des¬ 
pués  todo  lo  posible  a  favor  de  una  especie  de  sacatrapos  envuelto  en  lija.  Para 
aumentar  la  resistencia  dél  cañón,  lo  reforcé  exteriormente  con  alambre  y  cuerda 
embreada;  y  a  fin  dé  evitar  que,  al  cebar  la  pólvora,  se  ensanchase  el  oído  y  salie¬ 
se  el  tiro  por  él,  lo  guarnecí  mediante  ajustado  canuto  de  hoja  de  lata  desprendido 
de  vieja  alcuza.  . 

Engreído  y  satisfecho  estaba  con  mi  cañón,  que  encomiaron  extraordinariamen¬ 
te  los  amigos;  todos  ardíamos  en  deseos  de  ensayarlo.  Fué  mi  intención  añadirle 
ruedas  antes  de  la  prueba  oficial;  pero  mis  camaradas  no  lo  consintieron:  tan  viva 
era  la  impaciencia  que  sentían  por  cargarlo  y  admirar  sus  formidables  efectos. 

Después  de  madura  deliberación,  decidimos  izar  el  cañón  por  encima  de  las 
tapias  de  mi  huerto  y  ensayarlo  spbre  la  flamante  puerta  de  vecino  cercado,  puerr 
ta  que  daba  a  cierto  callejón  angosto,  bordeado  de  altas  tapias  y  apenas  fre¬ 
cuentado. 

Cargóse  a  conciencia  la  improvisada  pieza  de  artillería,  metiendo  primero  buen 
puñado  de  pólvora,  embutiendo  después  recio  taco  y  atiborrando,  en  fin,  el  tubo 
de  tachuelas  y  guijarros.  En  el  oído,  relleno  también  de  pólvora,  fué  fijada  larga 
mecha  de  yesca. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


Los  momentos  eran  emocionantes  y  la  expectación  ansiosa.  A  favor  de  un  fós¬ 
foro  puesto  en  un  alambre  prendí  fuego  al  cebo,  hecho  lo  cual  nos  retiramos  to¬ 
dos,  con  el  corazón  palpitante,  a  esperar,  a  prudente  distancia,  la  terrible  ex¬ 
plosión. 

El  estampido  resultó  horrísono  y  ensordecedor;  pero  contra  los  vaticinios  de  los 
pesimistas,  el  cañón  no  reventó;  antes  bien  desempeñó  honrada  y  dócilmente  su 
contundente  función.  Un  ancho  boquete  abierto  en  la  puerta  nueva,  por  el  cual, 
airada  y  amenazadora,  asomó  poco  después  la  cabeza  del  hortelano,  nos  reveló 
los  efectos  materiales  y  morales  del  disparo,  que,  según  presumirá  el  lector,  no 
fué  repetido  aquel  día.  Excusado  es  decir  que  pusimos  pies  en  polvorosa,  aban¬ 
donando  en  la  refriega  el  cuerpo  del  delito.  Gran  suerte  fué  que  la  puerta,  desba¬ 
ratada  y  entorpecida  por  la  lluvia  de  astillas,  no  acertase  a  girar  en  seguida,  no 
obstante  las  furiosas  sacudidas  del  colérico  huertano.  Merced  a  tan  feliz  circuns¬ 
tancia,  le  tomamos  gran  ventaja  en  la  carrera,  aunque'  no  tanta  que  dejaran  de 
trompicarnos  éralas  piernas  algunas  piedras  lanzadas  por  el  energúmeno. 

Mi  travesura  tuvo  para  mí,  de  todos  modos,  consecuencias  desagradables.  El 
bueno  del  labrador  querellóse  amargamente  al  alcalde,  a  quien  mostró  la  pieza 
de  convicción,  o  sea  el  pesado  madero  con  que  fué  ejecutada  la  hazaña. 

El  monterilla,  que  tenia  también  noticias  de  otras  algaradas  mías,  aprovechó  la 
ocasión  que  se  le  ofrecía  para  escarmentarme;  y  viniendo  a  mi  casa  en  compañía 
del  alguacil,  dió  con  mis  huesos  en  la  cárcel  del  lugar.  Esto  ocurrió  con  beneplᬠ
cito  de  mi  padre,  que  vió  en  mi  prisión  excelente  y  enérgico  recurso  para  corre¬ 
girme;  llegó  hasta  ordenar  se  me  privase  de  alimento  durante  toda  ia  duración  del 
encierro. 

Yo  protesté  durante  el  camino  contra  los  muchos  rumores  calumniosos  que 
corrían  sobre  mí.  Casi  todos  los  delitos  que  se  me  imputaban  habíanlos  cometido 
otros  granujas.  No  negué  el  disparo  hecho  sobre  la  puerta;  pero  me  excusé  diciendo 
que  no  creí  jamás  producir  tamaño  destrozo;  y  en  fin,'  alegué  la  falta  de  equidad 
que  resultaba  del  hecho  de  purgar  solamente  yo  faltas  cometidas  entre  varios 
camaradas. 

Pero  no  me  valieron  excusas,  e  incontinenti  diose  cumplimiento  a  la  sentencia 
municipal.  Al  oir  el  rechinamiento  del  cerrojo,  que  me  recluía  quién  sabe  hasta 
cuándo;  al  sentir  el  rumor,  cada  vez  más  lejano,  de  las  pisadas  de  mi  carcelero ; 
quebró  mi  serenidad.  Comprendí  al  fin  que  mi  encierro  constituía  formal  condena. 
De  mi  estupor  sacáronme  luego  los  pasos  de  gente  que  se  acercaba^a  la  cárcel; 
pronto  una  caterva  de  chicos  y  mujeres  se  agolpó  al  pie  de  las  rejas  para  con¬ 
templar  y  burlarse  del  preso.  Esto  no  lo  pude  sufrir  y,  saliendo  de  mi  apatía,  aga¬ 
rré  un  pedrusco  y  amenacé  con  descalabrar  a  cuantos  se  encaramaran  en  la  reja 

Supe  entonces,  y  en  bien  temprana  edad  (once  años),  cuán  exactas  son  aque¬ 
llas  tan  conocidas  expresiones  con  que  Cervantes  encarece  las  molestias  que 
amargan  la  existencia  del  prisionero;  allí,  en  efecto,  «toda  incomodidad  tiene  su 
aliento,  y  todo  triste  ruido  su  natural  habitación». 

Libre  ya  de  la  rechifla  de  curiosos,  parecióme  necesario  explorar  ''el  hediondo 
recinto.  Después  de  asegurarme  de  la  solidez  de  la  puerta  y  de  la  imposibilidad 
de  forzar  los  cerrojos,  noté  con  disgusto  que  mi  lecho  se  reducía  a  jergón  de  paja 
mohosa,  donde  crecían  y  medraban  flora  y  fauna  desbordantes.  Aquel  hervor  de 
vida  hambrienta  puso  pavor  en  mi  ánimo.  Porque  allí  extendía  sus'obscuros  tapi¬ 
ces  el  aspergillus  niger,  y  campaban  por  sus  respetos  la  pulga  brincadora,  la  noc¬ 
támbula  chinche,  el  piojo  vil,  y  hasta  la  friolera  blata  orientalis,  plaga  de  cocinas 


4 


50 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


y  tahonas.  Todos  estos  comensales,  que  esperaban  hacía  meses  el  siempre  apla¬ 
zado  festín,  parecieron  estremecerse  de  gusto  al  olfatear  la  nueva  presa. 

Jungando  demasiada  simpleza  alimentar  con  mi  pellejo  a  tanto  buscón  ham¬ 
briento,  llegada  la  noche,  me  tendí  sobre  las  duras  losas,  en  paraje  relativa¬ 
mente  limpio.  Y  aunque  asombre  mi  tranquilidad,  confesaré  que  dormí  algo,  a 
despecho  del  cosquilleo  sentido  en  el  vacío  estómago  y  de  las  tristes  ideas  que 
cruzaban  por  mi  cabeza. 

Así  transcurrieron  tres  o  cuatro  días.  Lo  del  ayuno,  sin  embargo,  fué  pura  ame¬ 
naza;  y  no  porque  mi  padre  se  arrepintiese  de  la  dura  sentencia  fulminada,  sino 
por  la  conmiseración  de  cierta  buenísima  señora  conocida  nuestra,  doña  Bernar¬ 
dina  de  Normante,  la  cual,  de  acuerdo  sin  duda  con  mi  madre,  forzó  la  severa 
consigna,  enviándome,  desde. el  siguiente  día  del  encierro,  excelentes  guisados  y 
.  apetitosas  frutas.  El  bochorno  de  mi  situación  no  fué  parte  a  desairar  la  cariñosa 
solicitud  de  doña  Bernardina;  a  gloria  me  supieron,  pues,  las  chuletas,  tortas, 
sequillos  y  cascarañas  (1).  Con  ser  muy  sincero  el  remordimiento  que  sentía,  bien 
sabe  Dios  qué  no  me  privó  del  apetito. 

Se  equivoca  de  medio  a  medio  el  paciente  lector  si  presume  que  el  pasado 
percance  me  haría  aborrecer  las  armas  de  fuego;  al  contrario,  sobrexcitó  mi  incli¬ 
nación  a  la  balística.  Redujese  el  escarmiento  a  ser  más  cauteloso  en  ulteriores 
fechorías.  Se  fabricó  otro  cañón,  que  disparamos  contra  una  terrera;  pero  esta  vez, 
cargada  el  arma  hasta  la  boca,  reventó,  como  un  barreno,  sembrando  el  aire  de 
astillas.  Eramos  incorregibles. 

En  fin,  si  no  temiera  aburrir  soberanamente  al  lector,  contaría  detalladamente 
un  lance  de  que  nos  salvamos  milagrosamente.  Para  este  nuevo  experimento 
empleóse  larga  espita  de  bronce  cargada  hasta  la  boca.  Mas  en  vez  de  salir  el  tiro 
por  la  boca,  estalló  el  cañón  en  mil  fragmentos;  y,  a.  pesar  de  las  precauciones 
tomadas,  ambos  hermanos  fuimos  heridos  levemente.  Ignoro  cómo  no  perdí  la 
vista,  pues  una  partícula  metálica  penetró  en  un  ojo,  produjo  seria  inflamación  y 
dejó  en  el  iris  señal  indeleble.  Ni  aun  este  percance  entibió  mi  admiración  por  la 
pólvora.  Sólo  que  en  vez  de  usar  cañones  de  madera,  dimos  en  agenciarnos  esco¬ 
petas  de  verdad. 

Nuestro  gozo  mayor  era  salir  al  campo  armados  de  cierto  escopetón,  que  dispa¬ 
rábamos  contra  los  pájaros,  y  cuando  no  los  había,  sobre  piedras  y  troncos  de 
árboles.  Claro  es  que  mi  padre  tenía  encerrada  su  magnífica  escopeta  de  caza, 
amén  de  las  municiones;  pero  nuestra  industria  lo  suplía  todo.  He  aquí  cómo  nos 
procuramos  el  arma  codiciada. 

Corrían  tiempos  de  represión  política.  Un  Gobierno  suspicaz  y  receloso,  que 
veía  conspiradores  por  todas  partes,  perseguía  y  encarcelaba  a  cuantos  gozaban 
fama  de  liberales  o  eran  sospechosos  de  mantener  inteligencia  con  los  generales 
desterrados.  Operaciones  frecuentes  eran  la  colecta  de  armas  y  requisa  de  caballos. 

.  Escarmentado  mi  padre  por  la  incautación  abusiva  de  cierta  magnífica  esco¬ 
peta,  cándidamente  entregada  a  la  Guardia  civil,  se  proporcionó  un  escopetón 
enorme,  roñoso,  qne  debió  de  ser  de  chispa,  pero  desprovisto  de  portapedernal  y 
por  consiguiente  inútil.  Tal  era  el  arma  que  mi  padre  conservaba  para  las  requi¬ 
sas.  No  hay  que  decir  cuán  fielmente  le  era  siempre  devuelto  el  inofensivo  mos¬ 
quete,  pasadas  las  jaranas. 

*  Este  era  el  fusil  que  nos  propusimos  a  utilizar  mi  hermano  y  yo  en  excursiones 

(l)  Sabrosas  tortas  fabricadas  en  Ayerbe  y  otros  pueblos  del  Alto  Aragón. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


51 


y  cacerías.  Púsele  una  especie  de  llave  de  latón,  portadora  de  yesca  encendida; 
arreglé.Ia  cazoleta,  limpié  el  cañón  y  el  oído,  fabriqué  la  pólvora  necesaria,  hice 
balines  y  perdigones  con  trozos  de  plomo;  y,  una  vez  listos  todos  los  preparativos, 
nos  lanzamos  al  cobro  de.pájaros,  perdices  y  conejos. 

Orgullosos  estábamos  con  nuestra  arcaica  carabina,  que  no  hubiéramos  cam¬ 
biado  por  la  mejor  escopeta  del  mundo;  imaginábamos,  además,  en  nuestro  infan¬ 
til  candor,  que  aquella  arma  formidable  nos  daba  aspecto  terrible.  Recuerdo  que 
una  vez,  en  las  afueras,  cierto  grandullón  me  amenazó  con  una  tercerola;  pero  yo, 
lejos  de  intirnidarme,  le  encañoné  con  mi  imponente  trabuco.  El  efecto  fué  instan¬ 
táneo:  a  la  vista  de  la  anchurosa  boca  del  arma,  que  amenazaba  vomitar  una  nube 
de  metralla,  nuestro  bravo  se  escurrió  prudentemente.  Si  mi  contrario  dispara, 
apurado  me  hubiera  visto  para  contestar. 

Nada  más  cómico  que  nuestro  talante  cuando  nos  descolgábamos  por  las  bar¬ 
das  del  huerto  uncidos  a  nuestro  pesadísimo  escopetón  y  emprendíamos  la  cami¬ 
nata  en  busca  .de  aventuras. 

En  cuanto  columbrábamos'  un  pájaro,  hacíamos  alto;  encendía  yo  la  mecha;  en¬ 
filaba  el  armatoste  hacia  el  ave;  bajaba  gravemente  el  gatillo,  es  decir,  la  porción 
inferior  del  pcrtamechas:  comenzaba  entonces  en  la  cazoleta  cierto  chisporroteo 
de  pólvora  mojada,  y,  finaimente,  transcurrido  medio  minuto  o  más,  y  cuando  ya 
el  pájaro  había  volado,  producíase  la  espantable  detonación,  que  nos  llenaba  de 
admiración  y  de  orgullo. 

¡Hermosa  candidez  de  la  infancia!  ¡Qué  felices  nos  sentíamos  con  aquel  esco¬ 
petón  inofensivo!  Jamás  matamos  nada,  y,  sin  embargo,  habíamos  puesto  en  él  las 
más  gratas  esperanzas  y  el  más  férvido  entusiasmo.  Verdad  es  que,  en  la  edad 
adulta,  ocurre  casi  lo  mismo. 

En  el  fondo  de  mi  afición  a  las  armas  de  fuego  latía,  aparte  el  ansia  de  emo- , 
ción,  admiración  sincera  por  la  ciencia  y  curiosidad  insaciable  por  el  conocimiento 
délas  fuerzas  naturales.  La  energía  misteriosa  de  la  pólvora  causábame  indefinible 
sorpresa.  Cada  estallido  de  un  cohete,  cada  disparo  de  un  arma  de  fuego,  eran 
para  mí  estupendos  milagros.  , 

Falto  de  dinero  para  comprar  pólvora,  procuré  averiguar  cómo  se  fabricaba.  Y, 
al  fín,  a  fuerza  de  probaturas,  salí  con  mi  empeño.  Proporcionábame  el  azufre  en 
la  tienda,  el  nitro  en  la  cueva  de  la  casa  y  el  carbón  en  las  maderas  ligeras  cha- 
.muscadas.  Obtenida  la  mezcla,  graneábala  con  exquisito  cuidado  y  la  secaba  al 
sol;  menos  una  vez  que,  impacientándome  la  excesiva  humedad  de  la  atmósfera, 
puse  el  cacharro  con  los  ingredientes  en  baño  maría,  y  quiso  el  diablo  que  una 
chispa  prendiera  en  la  pólvora,  no  del  todo  seca,  produciendo  grande  llamarada. 
Afortunadamente,  todas  estas  operaciones  de  alquimia  las  hacía  en  el  tejado  de  la 
casa  para  descartar  indiscreciones;  de  ser  ejecutadas  en  las  habitaciones,  ¡Dios 
sabe  lo  que  hubiera  podido  ocurrir!  ♦ 


CAPITULO  XI 


*  CONTINUARAS  ESTUD.OS.-EXPLORA- 

r.-“  E^órAoE^so™^  “~- 


F"enseLTz a  de  SS  <>«1  método  de 

enseMnza  de  ios  frailes,  resolvió,  por  fin,  trasladar  mi  matrícula  al  Instituto 

y  acaso  con  raata  "T.TT  'T  é'  =>utor  de  mis  días  créía- 

Ltin  su  tajo,  alejado  de  los  Escolapios,  no  dominaría  jamás  el 

isSIlspi 

había  enseñado  que  el  prestieio  social  riel  méa-  ^  xpenencia  de  la  vida  le 
Cía,  de  su  „rba„¿ad,  1“  ^rdetL^trsTso»^^^  T' 
general.  Extraña  coincidencia  fuera  que  los  talentos  alimentados  pn’l  cultura 
sTs  ^"os'de  5“"“^  escritoresy  oradores  y.  algunas 

tlon^mutstaTnltLS*  Pot^  ^ías  ges- 

reino  de  Aragón,  donde  me  instaló  en  modesta^  caTfdeW'^ 
quieta,  albergue  y  paradero  habitual  de  sacerdLs  y  seSnaSf  ^  ' 

cerca  de  la  catedral,  en  el  llamado  arco  dci  nh,\r.  ^  seminaristas.  Estaba  situada 
patrona  viuda  muy  re.iglosaTde  ^ 

aferots.t‘Tuerr,  'IrTZrX  <17:'““  ^ 

que  seguía  con  provecho  la  carrera  eclesiástica  v  don  T  ^  muchacho 

Ayerbe,  rebotado  de  cura,  pero  listo  y  bTen  A 

nuestro,  confió  mi  padre  el  cometido  de  tomarme  diariamente  í 
ciarme  en  la  traducción  y  de  no  dejarme  dTla  In^wf  ^ 
des  de  la  concisa  y  expresiva  lengua  de  Horacio  y  de  Virehio^”^'"^’'  dificulta- 
Huelga  decir  con  cuánta  alegría  y  satisfacción  h-,.^  •  x 

antiquísima  Osea,  ilustrada  por  las  hazañas  de  sSertorio  Contr  h  ^  ^ 

te  a  mi  alborozo  la  descripción  encomiástica  que  unos'esrifdi??''? 
hicieron  del  Instituto  y  de  la  ciudad.  Por  ellos  suoe  nu^  i  ^  Ayerbe  me 

se  ocupaban  en  pegar  a  sus  discípulos,  así  soltasen^s  j  ®  de  latín  no 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


53 


que  los  alrededores  de  la  ciudad  eran  sumamente  pintorescos  y  a  propósito  para 
alegres  correrías.  Mucho  me  complació  comprobar  personalmente  las  entusiastas 
narraciones  de  mis  camaradas.  Dados  mis  gustos,  mis  primeras  visitas  fueron, 
naturalmente,  para  las  famosas  eras  de  Cáscaro,  ejido  de  la  ciudad,  y  habitual  pa¬ 
lenque  de  juegos,  luchas  y  algaradas  estudiantiles;  las  frondosas  alamedas  y  sotos 
del  Isuela,  paraíso  de  mariposas  y  pájaros,  entre  los  cuales  brillaba  la  elegante 
oropéndola;  y,  en  fin,  las  vetustas  y  carcomidas  murallas,  teatro  habitual  de  ex¬ 
pansiones  guerreras  de  granujas  y  estudiantes. 

Regresado  mi  padre,  y  dueño  absoluto  de  mi  voluntad  y  de  unos  cuantos  reales, 
fué  mi  primera  providencia  comprar  papel  y  caja  de  colores,  a  fin  de  traducir  a  la 
acuarela  mis  novísimas  impresiones  artísticas. 

A  los  doce  años,  la  brusca  inmersión  en  lá  vida  ciudadana  constituye  revolu¬ 
cionaria  lección  de  cosas  y  fermento  generador  de  nuevos  sentimientos.  Todo  es 
diferente,  cualitativa  y  cuantitativamente,  entre  la  aldea  y  la  urbe:  las  calles  se 
alargan  y  asean;  las  casas  se  elevan  y  adornan;  el  comercio  se  especializa,  tentando 
con  mil  deliciosas  chucherías  al  candoroso  lugareño  y  al  goloso  zagalón;  las  sobrias 
iglesias  románicas  se  transforman  en  suntuosas  catedrales;  en  fin,  por  primera  vez, 
las  librerías  aparecen:  con  ellas  se  abre  uña  amplia  ventana  hacia  el  Universo. 

Ante  el  nuevo  y  variado  espectáculo,  enriquécense,  a  la  par,  la  sensibilidad  y 
el  entendimiento.  A  los'  tipos  del  campesino,  del  cura  y  del  maestro  —  las  solas 
formas  de  humanidad  visibles  en  la  aldea — ,  añádense  ahora  infinidad  de  especies 
y  variedades  profesionales,  antes  ignoradas.  .En  suma:  el  horizonte  intelectual  del 
niño  se  dilata  en  el  espacio,  porque  reclama  su  atención  muchedumbre  de  novísi¬ 
mas  realidades,  y  en  el  tiempo,  porque  toda  ciudad  constituye;  según  es  notorio, 
archivo  de  recuerdos  históricos.  Que  si  la  aldea  es  la  concha  donde  vegeta  el  pro- 
toplasma  de  la  raza,  sólo  en  la  ciudad  anida  el  espíritu. 

Ante  el  torrente  abrumador  de  las  nuevas  impresiones  necesita  el  jovenzuelo 
habilitar  territorios  cerebrales  antes  en  barbecho.  Signo  revelador  de  la  gran  crisis 
mental,  de  esta  lucha  funcional  librada  en  la  mente  entre  las  viejas  y  las  nuevas 
adquisiciones,  es  el  aturdimiento  que  nos  embarga  en  los  primeros  días  de  la  ex¬ 
ploración  de  una  ciudad.  Al  fin,  el  orden  se  establece.  Acabada  la  acomodación 
plástica,  la  organización  cerebral  se  enriquece  y  refina;  se  sabe  más  y  se  Juzga 
mejor.  Por  donde  se  ve  que  no  se  apartan  mucho  de  la  verdad  quienes  relacionan 
la  capacidad  intelectual  de  un  hombre  con  la  dimensión  de  la  ciudad  donde  trans¬ 
currieron  su  niñez  y  mocedad.  La  robustez  de  la  planta  depende  en  buena  parte 
de  la  amplitud  de  la  maceta. 

Muy  lejos  estaba  yo  entonces  de  hacerme  las  precedentes  reflexiones.  Mi  sen¬ 
sibilidad  sobrexcitada  me  arrastraba  irremisiblemente  a  curiosear  las  cosas  más 
que  los  hombres.  Y  guiado  por  mi  nativa  inclinación  romántica,  comencé  mis  ex¬ 
ploraciones  por  los  monumentos  de  la  vieja  ciudad,  para  cuyo  estudio  sirvióme 
de  mucho  la  hermosa  obra  de  Quadrado,  Recuerdos  y  Bellezas  de  España,  infolio 
que  figuraba  en  la  biblioteca  del  Instituto,  y  cuyas  preciosas  descripciones  y  artís¬ 
ticas  litografías  me  tenían  cautivado. 

Sin  llegar  a  la  soberana  majestad  de  los  templos  góticos  de  Burgos,  Salaman¬ 
ca,  León  y  Toledo,  la  catedral  oscense  es  admirable  creación  del  arte  ojival,  digna 
de  atraer  la  mirada  del  artista.  La  elevada  torre  del  reloj,  que  franquea  la  hermosa 
fachada  labrada  en  el  siglo  xiv  por  el  vizcaíno  Juan  de  Olózaga;  la  majestuosa 
puerta  gótica,  guarnecida  por  siete  ojivas  de  amplitud  decreciente,  decoradas 
con  esculturas  de  apóstoles,  profetas  y  mártires,  y  separadas  por  ñoridos  doseles  y 


54 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


pedestales;  el  frontón  triangular,  adornado  por  colosal  rosetón  que  semeja  filigrana 
de  piedra;  la  elevación  inusitada  de  la  nave  central  y  del  crucero;  lo  esbelto  y  atre¬ 
vido  de  las  columnas,  cuyos  capiteles  se  descomponen  hacia  la  bóveda  en  nervia- 
duras  caprichosamente  entrelazadas;  los  arabescos  y  calados  primorosos  de  los 
capiteles  y  rosetones;  y,  sobre  todo,  la  insuperable  creación  del  escultor  Forment, 
o  sea  el  maravilloso  retablo  de  alabastro,  que  se  diría  encaje  sutil  fabricado  por 
hadas,  llenóme  de  ingenua  y  profunda  admiración. 

Impresión  bien  diferente  prodújome  la  visita  a  la  iglesia  de  San  Pedro  el  viejo, 
la  más  antigua  quizá  de  todas  las  oscenses.  Es  tradición  que  sirvió  de  capilla  a 
los  mozárabes  durante  los  luctuosos  tiempos  de  la-conquista  musulmana.  Trátase 
de  antiquísima  fábrica  bizantina,  sobria  de  adornos  y  baja  de  bóvedas,  pero  firme 
y  robusta  cual  la  fe  de  sus  fundadores. 

No  sin  cierto  religioso  recogimiento  me  aventuré  por.  sus  lóbregos  y  misterio¬ 
sos  claustros,,  carcomidos  por  la  humedad  y  medio  enterrados  por  los  escombros. 
A  la  mortecina  luz  de  una  lámpara  contemplé  los  sarcófagos  donde  duermen  su 
sueño  eterno  algunos  reyes  e  infantes  de  Aragón,  entre  ellos  el  rey  monje,  sombrío 
protagonista  de  la  leyenda  de  la  famosa  campana. 

x\llí,  en  medio  de  aquellas  ruinas  emocionantes,  al  reparar  en  lo  borroso  de  las 
inscripciones,  en  el  desgaste  y  desmoronamiento  de  las  marmóreas  lápidas,  hirió , 
quizá  por  primera  vez,  mi  espíritu  el  pensamiento  desconsolador  de  lo  efímero  y 
vano  de  toda  pompa  y  grandeza.  Allí  sorprendí  de  cerca  ese  perpetuo  combate 
entre  el  espíritu  que  aspira  a  la  eternidad  y  los  impulsos  ciegos  y  destructores  de 
los  agentes  naturales. 

En  pos  del  examen  de  los  monumentos  importantes,  vino  la  exploración  de  otros 
edificios  evocadores  de  recuerdos  históricos:  las  antiguas  murallas,  carcomidas  por 
la  humedad  y  engalanadas  de  céspedes,  ortigas  e  higueras  salvajes,  y  desde  cuyoS 
baluartes,  conservados  en  parte,  es  tradición  que  partió  la  agarena  flecha  que  hirió 
mortalmente  a  Sancho  Ramírez  durante  el  asedio  de  la  ciudad;  el  alcázar  de  los 
antiguos  reyes  aragoneses,  convertido  en  Universidad  por  Pedro  IV  y  hoy  trans¬ 
formado  en  Instituto  provincial,  y*en  cuyos  lóbregos  sótanos  se  conserva  todavía 
la  célebre  campana,  donde,  según  la  leyenda,  ordenó  el  rey  monje  el  sacrificio  de 
la  levantisca  nobleza  aragonesa;  las  Casas  Consistoriales,  coronadas  de  altos  to¬ 
rreones,  y  en  cuyas  estancias  dictaba  antaño  sus  fallos  el  Justicia  de  la  ciudad;  la 
románica  iglesia  de  San  Miguel,  que  se  levanta  en  la  margen  derecha  del  Isuela, 
y  en  cuyo  soportal  administraban  justicia,  en  no  muy  alejados  tiempos,  los  jura¬ 
dos;  la  histórica  ermita  de  San  Jorge,  emplazada  en  el  campo  de  batalla  de  Alcaraz, 
conmemorativa  del  triunfo  logrado  por  los  cristianos  sobre  los  agarenos;  la  barroca 
y  grandiosa  iglesia  de  San  Lorenzo,  erigida  en  honor  de  los  santos  mártires;  el 
modesto  santuario  de  Cillas,  situado  no  lejos  de  la  fuente  de  la  Salud,  preferente 
lugar  de  esparcimiento  de  los  oscenses;  y,  en  fin,  el  imponente  castillo  de  Monte- 
Aragón,  frontera  y  baluarte  avanzado  contra  la  morisma  en  los  primeros  años  de 
la  reconquista,  y  cuyos  rojizos  y  arruinados  muros,  rasgados  por  grandes  venta¬ 
nales,  parecen  conservar  todavía  el  calor  del  terrible  incendio  que  dió-  en  tierra 
con  la  grandiosa  fábrica. 

Pero  dando  de  mano  a  estas  vulgares  noticias  y  recuerdos  históricos,  es  ya 
ocasión  de  que  hable  algo  de  .mis  profesores  y  camaradas. 

Don  Antonio  Aquilué,  maestro  profesor  de  latín,  era  todo  lo  contrario  del  terri¬ 
ble  padre  Jacinto.  Laborioso,  pero  muy  anciano,  bondadoso  y  casi  ciego,  carecía 
de  la  indispensable  entereza  para  luchar  con  aquellos  diablillos  de  doce  años.  Allí 


RECUEBDOS  DE  Mi: VIDA 


55 


se  alborotaba,  se  hacían  monos,  se  leían  novelas  y  aleluyas,  se  fumaba,  se  dispa¬ 
raban  papelítos,  se  jugaba  a  las  cartas../ en  fin,  se  hacía  todo  menos  prestar  aten¬ 
ción  a  la  dqcta  y  pausada  disertación  del  maestro,  que  se  desgañitaba  para  dejar¬ 
se  oir  en  medio  de  aquellá  baraúnda.  .  . 

Referir  menudamerite  la  diabluras  que  allí  se  ejecutaban  sería  cuento  de  nunca 
acabar,  y  repetir  además  cosas  harto  sabidas  y  vulgares.  Como  muestra,  referiré 
la  pesada  broma  de  cierto  alumno,  que  soltó  en  clase  una  Caja  llena  de  rátohés, 
cuya  huida  desesperada  sembró  el  desorden  en  el  aula.  Llegado  el  buen  tiempo, 
surcaban  el  aire,  arrojados  por  manos  invisibles,  pájaros  y  hasta  murciélagos. 
Otras  veces,  la  emprendíamos  con  las  antiparras  o  la  chistera  del  dómitie,  las  cua¬ 
les,  prendidas  del  hilo  que  sostenía  un  píllete,  abandonaban  suav'érhente  la  plata¬ 
forma,  pareciendo  asentir,  según  el  capricho  del  desvergonzado  discípulOj  á  las 
razones  del  profesor.  Impelidas  por  arcos  de  goma  volaban  hacia  la  plataforma 
bolitas  de  papel,  que  rebotaban  a  menudo,  ya  en  el  birrete,  ya  en  lá  calva  dél  ve¬ 
nerable  anciano,  quien  más  de  una  vez,  indignado  y  furioso  por  tanta  desconside¬ 
ración  y  cinismo,  echábanos  con  cajas  destempladas  a  la  cálle... 

Distaba  yo  mucho  de  ser  impecable,  pero  no  figuraba  entre  los  más  audaces  e 
insolentes.  Cierta  compasión  hidalga  hacia  aquel  santo  varón,  todo  bondad  y  can¬ 
didez,  enfrenaban  mis  maleantes  iniciativas.  Con  todo  eso,  debí  purgar  más  de 
una  vez,  en  unión  de  camaradas  más  descarados,  faltas  colectivas  en  cierta  cárcel 
escolar,  especie  de  cuadra,  dispuesta  desde  hacía  tiempo  para  encerrar  durante 
veinticuatro  horas  a  los  revoltosos  más  contumaces.  Cuando  esto  ocurría,  lejos  de 
aburrirme,  servíame  el  encierro  para  dar  rienda  suelta  a  mis  delirios  pictóricos 
dibujando  con  tiza  y  carbón  en  las  paredes  batallas  campales  entre  bedeles  y 
alumnos,  en  las  cuales  llevaban  los  primeros,  según  presumirá  el  lector,  la  peor 
parte. 

Por  notable  e  instructivo  contraste,  en  la  cátedra  del  profesor  de  Geografía  no 
chistaba  nadie.  Era  éste  un  señor  rubio,  joven,  de  complexión  recia,  perspicaz  de 
sentidos,  austero  y  grave  en  sus  palabras  y  severísimo  y  justiciero  en  los  exáme¬ 
nes.  Inspirábanos  veneración  y  temor.  El  alumno  que  enredaba  y  se  distraía  cuchi¬ 
cheando  con  sus  camaradas,  era  arrojado  inmediatamente  del  aula.  Nos  refrenaba 
el  saber  que  las  faltas  de  atención  y  de  respeto  eran  registradas  cuidadosamente 
y  que,  a  menudo,  costaban  un  suspenso.  Explicaba  con  llaneza,  claridad  y  método, 
y  sus  lecciones  acabaron  por  interesarnos. 

Aunque  llegaba  yo  preparado  por  las  enseñanzas  paternas,  saqué  mucho  par¬ 
tido  de  las  explicaciones  del  para  lo  cual  favorecióme  sobremanera  mi 

afición  al  dibujo,  pues  el  profesor,  excelente  pedagogo,  nos  hacía  copiar  del  Atlas 
señalado  de  texto  islas  y  continentes,  ríos,  lagos  y  cordilleras.  De  este  modo  se 
fijaba  nuestra  atención  y  se  vigorizaba  la  representación  mental  de  los  objetos. 
Tan  de  mi  gusto  resultó  este  método  de  enseñanza  y  tales  progresos  hice,  que  en 
un  santiamén  cubría  un  papel  con  el  mapa  de  Europa,  trazando  de  memoria  el 
contorno  de  muchas  naciones  con  sus  provincias,  sin  atascarme  siquiera  en  la 
complicada  geografía  de  la  confederación  germánica  ni  en  la  enrevesada  de  las 
Repúblicas  hispanoamericanas.  ' 

El  diverso  comportamiento  de  los  escolares  eii  las  dos  citadas  asignaturas  me 
reveló  dos  hechos,  que  posteriores  observaciones  han  confirmado  plenamente:  Es 
el  primero,  que  el  instructor  de  alumnos  de  diez  a  catorce  años  debe  ser  forzosa¬ 
mente  joven,  enérgico  y  expedito  de  sentidos;  los  ancianos,  por  sabios  que  sean 
resultan  víctimas  lastimosas  de  la  desconsideración  e  insolencia  de  mozalbe- 


56 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


tes,  para  quienes  la  quietud  y  compostura  constituyen  verdadero  suplicio  Es  el 
segundo,  que  los  educandos  demasiado  ¡dvenesImuLlranse  poco  propias  salvo 
Ir  >'  "■ateuráMcal  S61o  elle- 

a”nsorfurd! Ta  evS™  ^  ®  “  'a  muscular  y 

sensorial  de  la  existencia,  a  soportar  a  pie  firme  largas  tiradas  de  verbos  latinos 

rregulares  y  sartas  inacabables  de  binomios  y  polinomios.  Todo  esto  llega  a  inte 
resar,  pero  más  adelante,  desde  los  catorce  o  quince  años  ^ 

recto  enhadoTSsfr’  “'™  excepcionales,  el  mnclracho 

ciencias  capaces  de  anir?'"'*^  estudia  con  placer  solamente  aquellas 

c  ada  en  el  honar  tls  exploración  objetiva  del  mundo,  mi¬ 
de  Coanrogrn/úr.  la  a,ografta  y  algunos  rudimentos 

^  ^  Historia  natural.  ¿Por  qué  los  pedagogos  v  los  promoto¬ 
res  de  planes  de  enseñanza  no  tienen  en  cuenta  esta  verdad*  ''‘“P™"’»*»' 
Las  Lenguas  muertas,  la  aramátíca,  la  Psicología,  la  Lógica  tí  Algebra  la 
Trigonometría  y  la  física  con  fórmulas  enrevesadas,  debieran  S5varse  nar7iós 
Ultimos  cursos,  es  decir,  para  la  época  mediante  entre  los  catorce  y3L  v  si  te 
ajs.  que  es  cuando  comienza  verdaderamente  la  fase  reflex?: Ji?la  evoS 

ventenTesgrarfsimoff?!","  P»--  '‘“'y.  ^Bádense  todavía  los  incou- 

en  que  se  exoone  la  c-  ’  .*”“**’  P”  eomun  seca  y  excesivamente  abstracta, 
corEs  eTmaLl„T-T'  rigor  lógico  de  las  definiciones  y 

sidad  de  las  tiernas  intel''^*  o  /“onudo  una  cosa  importantísima;  excitar  la  curio- 
Ey  e!  Ex  de  áluE'*'’  P“  P""  ^  “P™  “ocente  el  cora- 

la  funXn  ednXE;  SglE  aEa„te.‘’“‘“' “ 


Lámina  VIII. 


Fachada  del  Instituto  de  Huesca. 


Puerta  principal  de  la  Catedral  de  Huesca. 

Fotografías  del  autor. 


Lámina  IX. 


Altar  mayor,  labrado  en  alabastro,  de  la  Catedral  de  Huesca,^obra  de  Forment. 


Una  vista  fotog-ráfíca  del  Castillo  de  Loarre,  objetivo  de  mis  correrías  v  curioseos 
curiosos  monumentos  del  Alto  Aragón. 


CAPITULO  XII 


MIS  NUEVOS  COMPAÑEROS  DE  ALGARADAS.— REYERTAS  ESTUDIANTILES.— GRAVES 
CONSECUENCIAS  DE  LLEVAR  GABÁN  LARGO.— ACCIDENTE  EN  UN  ESTANQUE.— LA 
FASCINACIÓN  DEL  COLOR  Y  EL  DICCIONARIO  CROMÁTICO.— NO  HAY  ROSAS  SIN. 
^  ESPINAS 


A  pesar  de  los  mejores  propósitos,  mis  aficiones  artisticas,  asi  como  el  an¬ 
sia  de  acción  incesante  y  de  emociones  dramáticas,  siguieron  en  crescen¬ 
do,  pues  hallé  en  Huesca  muchos  camaradas  que  compartían  iriis  gustos 
y  secundaban  las  más  descabelladas  travesuras.  El  sentimentalismo  soña¬ 
dor,  un  carácter  altivo,  puntilloso,  que  no  toleraba  fácilmente  agravios  ni  humilla¬ 
ciones,  fueron  causa  de  varios  percances  y  aun  de  verdaderos  peligros,  de  que 
sólo  mi  robusta  naturaleza  pudo  librarme. 

Omito  referir  los  más  de  los  episodios  lastimosos'  de  aquel  año;  si  tal  hiciera, 
mi  relato  resultaría  interminable.  Para  no  poner  demasiado  a  prueba  la  paciencia 
del  lector  y  permanecer  fiel  al  plan  adoptado,  me  limitaré  a  contar  algunos  de  los 
lances  y  peripecias  que  dejaron  más  honda  huella  en  mi  memoria. 

Por  suerte,  en  el  Instituto  de  Huesca  no  se  estilaban  novatadas;  pero  en  cam¬ 
bio  había  algo  tan  deplorable  como  ellas:  el  abuso  irritante  del  fuerte  contra  el 
débil,  y  la  guapeza  y  matonismo  regulando  los  juegos  y  relaciones  entre  mo¬ 
zalbetes. 

Todo  recién  llegado  que  por  su  facha,  indumentaria  o  carácter  desagradaba  a 
los  gallitos  de  los  últimos  cursos,  veíase  obligado,  para  librarse  de  belenes,  o  a  re¬ 
cogerse  prudentemente  en  casita  durante  las  horas  de  asueto,  o  a  implorar  el  am¬ 
paro  de  algún  grandullón  capaz  de  hacer  frente  a  los  insolentes  perdonavidas. 

Yo  tuve  la  desdicha  de  resultar  antipático  a  los  susodichos  caciques,  puesto 
que  sin  causa  justificada,  y  desde  mi  aparición  en  los  patios  del  Instituto,  me 
maltrataron  de  palabra  y  obra,  obligándome  a  meterme  en  trapatiestas  y  camo¬ 
rras,  de  que  salía  casi  siempre  mal  librado.  Entre  los  que  más  abusaban  de  sus 
fuerzas  para  conmigo,  recuerdo  a  un  tal  Azcón,  natural  de  Alcalá  de  Gállego,  pi¬ 
gre  crónico  que  había  interrumpido  varias  veces  sus  estudios.  Frisaría  en  los  diez 
y  ocho  o  diez  y  nueve  años;  su  torso  cuadrado  y  fornido,  su  recio  y  tostado  pes¬ 
cuezo  y  sus  morenos  y  vigorosos  brazos  denunciaban  a  la  legua  al  gañán  que  ha 
endurecido  sus  músculos  guiando  el  arado  y  empuñando  la  azada. 

Este  salvaje  conoció  bien  pronto  el  flaco  de  mi  carácter,  y  dispuesto  siempre 
a  gastar  pullas  y  divertirse  a  mi  costa,  cuantas  veces  topaba  conmigo  en  los  al¬ 
rededores  del  Instituto  llenábame  de  improperios. 

Entre  otros  motes,  que  yo  en  mi  candidez  estimaba  mortificantes,  púsome  los 


58 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


de  italiano  y  carne  de  cabra.  (Este  último  remoquete  dábase  entonces  por  burla  a 
todos  los  ayerbenses.) 

En  cuanto  al  apodo  de  italiano,  exige  una  explicación.  Mi  buena  madre,  extra¬ 
ordinariamente  hacendosa  y  económica,  me  hizo,  con  el  paño  de  cierk)  antiguo  so¬ 
bretodo  del  autor  de  mis  dias,  amplio  gabán  de  abrigo.  Lo  malo  fué  que,  preocupada 
con  mi  rápido  crecimiento  y  anticipándose  un  tanto  a  los  sucesos,  dejó  los  faldo¬ 
nes  del  gambeto  algo  más  largos  de  lo  prescrito  por  la  moda  de  entonces.  ¡For¬ 
zoso  es  reconocerlo!...  Mi  facha  recordaba  bastante  a  la  de  esos  errabundos  sabo- 
yanos  que,  por  aquellos  tiempos,  recorrían  la  Península  tañendo  el  arpa  o  haciendo 
bailar  al  son  del  tambor,  osos  y  monas. 

Entre  aquellos  señoritos  vestidos  d  la  derniére,  la  súbita  aparición  de  mi  ex¬ 
traño  gabán  produjo  regocijada  sorpresa,  Y  una  voz  recia  y  dominante — la  del 
referido  Azcón— tradujo  de  repente  la  idea  imprecisa  que  bullía  en  aquel  coro  de 
zumbones. 

—¡Mirad  al  italiano!... 

—Es  verdad— repitieron  sus  alegres  compinches. 

—  Sólo  le  falta  el  arpa— decía  uno.  —¿Dónde  has  dejado  el  mico?— exclamaba 
otro.  •  , 

.  Y  en  crescendo  siguieran  burlas  y  chirigotas  si  la  cólera  y  el  despecho,  a  duras 
penas  reprimidos  hasta  entonces,  no  me  hubieran  obligado  a  volver  por  los  fueros 
de  la  que  yo  créía  dignidad  ultrajada.  Y,  sin  replicar  palabra,  lancéme  como  un  ti¬ 
gre  sobre  Azcón  y  sus  insolentes  amigos,  repartiendo  a  diestro  y  siniestro  puñe¬ 
tazos  y  puntapiés. 

Otro  muchacho  _ más  avisado  y  cuerdo  habría  adoptado  la  actitud  propia  de 
estos  casos:  callarse  o  tomar  las  cosas  a  broma.  De  este  modo  el  mote  habría  sido 
pronto  olvidado;  pero  yo,  que  ignoraba  el  conocido  consejo:  «para  que  no  te 
echen  en  cara  defectos,  sé  el  primero  en  burlarte  de  ellos»,  tomé  el  asunto  por  lo 
trágico.  Y  el  resultado  fué  que,  repuestos  de  la  sorpresa,  los  agredidos  devolvié¬ 
ronme  con  creces  la  agresión,  propinándome  monumental  paliza.  ¡Bien  se  cobra¬ 
ron  los  indinos!.. ;  porque,  además  de  molerine  a  patadas,  me  arrojaron  al  suelo  y 
culebrearon  buen  rato  sobre  rhis  espaldas,  con  riesgo  de  asfixiarme.  Cuando  se 
cansaron  de  golpearme,  levantóme  como  pude,  recogí  los  restos  de  mis  libros,  lim- 
piéme  el  sudor  y  el  polvo  y,  desencuadernado  y  cojeando,  retiréme  a  casa  jurando 
vengarme  del  atropello. 

Creerá  acaso  el  lector  que,  tras  escarmiento  tan  contundente,  mi  bilis  quedaría 
apaciguada,  adoptando  para  lo  sucesivo  temperamentos  de  tolerancia  y  manse¬ 
dumbre.  Todo  lo  contrario.  Pocos  días  después,  al  salir  de  clase,  enfronté  con  el 
mismo  corro  de  zumbones,  que,  prevalidos  de  la  presencia  de  Azcón,  lanzáronme 
cobardemente  al  rostro  el  consabido  apodo.  Presa  de  ciego  furor,  acometí  temera¬ 
riamente  a  los  insolentes,  que  cerraron  sobre  mí  con  las  mismas  deplorables  con-i 
secuencias  de  la  pasada  vez...  Y  así  sucesivamente  durante  dos  o  tres  meses..- 
Mis  camaradas  no  sabían  qué  admirar  más,  si  la  crueldad  de  Azcón  y  sus  acóli¬ 
tos,  o  la  impetuosidad  y  constancia  con  que  yo  respondía  a  sus  atropellos. 

¡  Cuántas  veces  al  recogerme  en  casa  mohíno  y  cabizbajo,  abollado  el  sombre¬ 
ro,  anhelante  el  pecho  por  la  emoción  y  rojos  y  húmedos  los  ojos  de  corajina  y 
despecho,  me  decía  filosóficamente:  «¡Y  pensar  que  todo  esto  me  pasa  por  cuatro 
dedos  de  tela  que  pudieron  cortarse  a  tiempo!» 

Al  hacerme  tan  triste  reflexión  me  equivocaba  de  medio  a  medio.  Lo  que  a  mí 
rae  sucedía  les  pasaba  también,  aunque  en  menor  escala— gracias  a  su  pruden- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


59 


cia— ,  a  otros  pipiólos  de  los  primeros  años,  no  obstante  vestir  a  la  última  moda. 

El  pretexto  no  faltaba  nuncá.  Precisamente  concurrían  en  mí  dos  circunstancias 
que,  más  temprano  o  más  tarde,  me  habrían  señalado  a  la  animadversión  de  aque¬ 
llos  salvajes;  la  bien  ganada  fama  de  audaz  y  arriscado  traída  de  Ayerbe,  patria 
de  calaveras  y  solar  fecundo  de  guapos  y  matones,  y  la  indignación  que  me  han 
producido  siempre  la  injusticia  y  el  abuso  de  la  fuerza.  : 

Todos  estos  conflictos  infantiles,,  que.  a  muchos  parecerán  puras  chiquilladas, 
tienen  decisiva  importancia,  no  sólo  para  la  formación  del  carácter,  sino  hasta 
para  la  conducta  ulterior  durante  la  edad  viril.  El  estudiante  más  formal  y  pací¬ 
fico,  obligado  a  sufrir  agresiones  inicuas,  acaba  por  adoptar,  según  su  tempera¬ 
mento,  una  de  estas  tres  actitudes:  el  halago  y  la  lisonja  hacia  los  atropelladores, 
la  invocación  a  la  autoridad  de  los  superiores  o,  su  fin,  el  ejercicio  supraintensivo 
de  los  músculos,  combinado  con  la  astucia. 

Este  fué  el  partido^  escogido  por  mí.  Los  dos  primeros  teníalos  por  deshonro¬ 
sos.— Para  tener  a  raya  a  los  fuertes— pensaba— es  preciso  sobrepujarlos  o,  por 
lo  menos,  igualarlos  en  fortaleza. 

Pero  ¿cómo  alcanzar  esa  superioridad,' y  sobre  todo  alcanzarla  pronto?  Mis  in¬ 
solentes  adversarios  se  permitían  tener  más  años  que  yo.  Y  además  ellos  eran 
muchos  y  yo  estaba  solo.— ¡Bah!— me  decía—,  si  yo  logro  triunfar  de  Azcón,  todos 
serán  aliados  míos.— Y  esto  ocurrió,  precisamente. 

c  Afortunadamente,  conocía  yo  bien  los  efectos  eminentemente  tónicos  de  la 
gimnasia  y  del  trabajo  forzado.  Había  observado  cuánta  ventaja  llevan  siempre 
en  las  riñas,  pedreas,  saltos  y  carreras  los  muchachos  recios  y  trigueños  recién 
llegados  de  la  aldea  y  acostumbrados  al  peso  de  la  azada,  a  los  señoritos  altos  y 
pálidos,  de  tórax  angosto,  zancas  largas  y  delgadas,  criados  en  las  abrigadás 
calles  de  la  ciudad  y  al  suave  calor  del  halda  maternal. 

En  consecuencia,  resolví  entregarme  sistemáticamente  a  los  ejercicios  físicos, 
a  cuyo  fin  me  pasaba  solitario,  horas  y  horas,  en  los  . sotos  y  arboledas  del  Isuela, 
ocupado  en  trepar  a  los  árboles,  saltar  acequias,  levantar  a  pulso  pesados  guija¬ 
rros,  ejecutando,  en  fin,  cuantos  actos  creía  conducentes  a  acelerar  mi  desarro¬ 
llo  muscular,  elevándolo  al  vigor  máximo  compatible  con  mis  pocos  años.  Espe¬ 
raba  yo  que,  al  cabo  de  algunos  meses,  lo  más  largo  en  el  próximo  curso,  las 
cosas  cambiarían  radicalmente,  y  que  hasta  los  matones  más  soberbios  ha¬ 
brían  de  guardarme  respeto. 

Esta  consoladora  esperanza — a  primera  vista  ilusoria — se  realizó  en  gran  par¬ 
te  en  los  cursos  próximos . 

Conforme  verá  el  lector  más  adelante,  la  gimnasia  forzada  y  el  amor  propio 
exasperado  hicieron  milagros.  Porque  en  medio  de  mis  graves  defectos,  fui 
siempre  dócil  a  las  enseñanzas  de  la  experiencia,  la  cual,  con  relación  a  éste  y 
a  otros  semejantes  casos,  se  encierra  en  esta  máxima  vulgarísima:  «Si  quieres 
triunfar  en  las  arduas  empresas,  pon  en  ellas  toda  tu  voluntad,  preparándote  con 
más  tiempo  y  trabajo  de  los  manifiestamente  necesarios.»  Que,  al  fin  y  al  cabo,  el 
sobrante  de  esfuerzo  jamás  daña,  antes  bien  halla  adecuado  empleo  en  otra  oca¬ 
sión;  mientras  la  insuficiencia,  aun  exigua,  expone  a  lamentables  fracasas. 

El  fruto  de  mi  entrenamiento,  como  ahora  se  dice,  fué  magnífico.  Desde  el 
tercer  curso,  mis  puños  y  mi  habilidad  en  el  manejo  de  la  honda  y  del  palo  infun¬ 
dieron  respeto  a  los  matones  de  los  últimos  años,  y  hasta  el  atlético  Azcón  tuvo 
que  capitular,  acabando  por  hacerse  amigo  mío.  Ver'dad  es  que  habíale  anunciado 
que,  en  cuanto  se  insolentase  conmigo,  le  incrustaría  en  la  cabeza  una  peladilla 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


de  arroyo.  Y  mi  amenaza  no  le  sonó  a  necia  baladronada,  porque  al  presenciar 
diariamente  mis  proezas  de  hondero,  quedó  persuadido  de  que  podría  ser  cum¬ 
plida  la  oferta.  Huelga  decir  que  el  alias  humillante  cayó  en  olvido. 

Un  suceso  de  muy  distinto  género  de  los  referidos  me  proporcionó  amarga 
enseñanza  acerca  del  egoísmo  de  los  niños  y  del  miedo,  como  innato,  que  en  Es¬ 
paña  se  siente  a  la  justicia. 

Cierto  dia  del  mes  de  enero  nos  divertíamos  varios  amigos  retozando  y  pati¬ 
nando  en  la  balsa  de  un  molino.  El  frió  era  glacial  y  la  capa  de  hielo  del  estanque 
tan  espesa,  que  soportaba  perfectamente  nuestros  cuerpos.  A  poca  distancia  de 
la  orilla,  unos  galopines  se  divertían  arrojando  grandes  piedras  al  hielo,  con  que 
abrieron  anchuroso  agujero,  por  donde  rezumaba  el  agua,  denunciadora  por  su 
matiz  verde  obscuro  de  la  gran  profundidad  del  fondo.  Fiado  en  mi  agilidad,  y 
tentado  por  el  diablo,  propuse  a  mis  camaradas  brincar  por  encima  del  amplio 
boquete,  y  para  animarlos  salté  yo  primeramente.  Dispuso  mi  mala  estrella  que, 
en  uno  de  mis  brincos,  resbalase  en  un  témpano  movedizo  y,  cayendo  de  espaldas, 
me  hundiése  en  el  agua.  Mi  angustia  fué  grande,  pues  aunque  sabía  nadar,  hallᬠ
bame  bajo  recia  costra  de  hielo  y  no  podía  atinar  con  el  boquete  ni,  por  tanto, 
respirar.  Forcejeando  ansiosamente,  acerté  con  la  brecha;  agarréme  a  los  que¬ 
brantados  carámbanos  de  los  bordes,  que  cedían  en  parte  a  la  presión  de  mis 
manos,  y,  en  fin,  tras  un  supremo  esfuerzo  conseguí  sacar  la  cabeza  y  reso¬ 
llar.  Vi  entonces  con  estupor  que  mis  camaradas,  creyéndome,  sin  duda,  ahogado, 
habían  huido.  En  aquella  incómoda  postura,  aterido  y  como  paralizado  por  el  frío, 
no  podía  incorporarme;  para  ello  hubiera  sido  necesario  ejecutar  lo  que  en  el 
argot  de  los  gimnastas  se  llama  la  dominación  doble;  además,  el  suelo  estaba  de¬ 
masiado  hondo  para  afianzar  los  pies.  Por  fortuna,  pataleando  y  tanteando  en 
todas  direcciones,  topé  con  una  estaca  que  me  prestó  el  ansiado  apoyo  y,  sacando, 
por  fin,  el  tronco  del  agujero,  libréme  de  perecer  miserablemente. 

Calado  hasta  los  huesos  y  penetrádo  de  frío  glacial,  póseme  en  marcha;  pronto 
advertí  que  el  agua  del  pantalón  comenzó  a  congelarse,  impidiéndome  andar.  Te¬ 
meroso  de  helarme,  desnudéme  enteramente;  escurrí  lo  posible  el  agua  de  la  ropa, 
que  tendí  a  secar  en  la  margen  de  un  campo  resguardado  del  cierzo.  Mientras 
tanto,  cobijéme  encogido  y  tiritando  en  cierto  pajar,  bañado  por  los  rayos  del  sol 
poniente,  que  apenas  tuvieron  calor  suficiente  para  enjugar  mi  aterida  piel.  Para 
entrar  en  calor,  eché  a  correr  vertiginosamente  por  el  vecino  barbecho  durante 
cerca  de  una  hora,  que  fué  el  tiempo  que  tardó  en  secarse  algo  la  camisa.  Poco 
después  (serían  las  cinco  de  la  tarde)  acabé  de  vestirme;  fuíme  corriendo  a  casa; 
sustituí  la  ropa,  todavía  húmeda,  por  otra,  y  reaccioné  franca  y  saludablemente. 

El  lector  que  haya  seguido  el  relato  precedente,  imaginará,  sin  duda,  que  la 
citada  aventura  polar  tuvo  graves  consecuencias  para  mi  salud,  provocando  algu¬ 
na  de  las  muchas  infiamaciones  a/r/g-ore  catalogadas  y  descritas  minuciosamente 
en  los  libros  de  Patología.  ¡Pues  ni  siquiera  me  constipé!... 

No  hay  torpeza  de  la  cual  no  quepa  extraer  alguna  útil  enseñanza;  y  yo,  del 
tremendo  remojón,  saqué  dos  apotegmas,  uno  fisiológico  y  otro  moral;  1. o  Digan 
lo  que  quieran  los  patólogos,  el  frío,  obrando  exclusivamente,  no  constipa  ni 
causa  pulmonías.  2P  Los  sentimientos  de  filantropía  y  compasión  en  los  jóvenes 
son  tan  frágiles,  que  no  resisten  al  riesgo  de  mojarse  un  poco  los  puños  de  la 
camisa  ni  a  la  molestia  de  tener  que  declarar  ante  el  juez,  en  caso  de  desgracia. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


61 


La  necesidad  de  fortalecerme  para  repeler  las  continuas  agresiones  de  los 
chicos,  no  fué  poderosa  a  hacerme  olvidar  el  culto  de  lo  bello;  antes  bien,  mis  in¬ 
clinaciones  pictóricas  hallaron  pábulo  e  incentivo  en  el  nuevo  género  de  vida. 
Antes  de  la  que  podríamos  llamar  era  mascu/cr  de  mi  existencia,  mis  ensueños 
artísticos  tenían  por  tema  preferente  el  hombre.  Pero  ahora,  con  ocasión  de  mis 
paseos  solitarios  por  los  sotos  y  vergeles  del  Isuela,  comencé  a  admirar  la  sobe¬ 
rana  hermosura  del  reino  de  las  plantas  y  de  los  insectos  y  a  escuchar  los  sordos 
y  misteriosos  rumores  de  la  vida  animal  en  perpetua  renovación. 

Verdad  vulgar  es  que  el  hombre  copia  lo  que  ama.  Y  en  el  mundo  de  la  vida, 
como  en  el  del  espíritu,*  amar  es  reproducir.  Carece  de  fervor  quien,  por  un  acto  de 
inhibición,  no  descarta  de  su  mente  las  imágenes  vulgares  y  antiestéticas,  para  ha¬ 
cer  destacar  vigorosamente  la  representación  favorita,  que  viene  a  ser  algo  nuestro, 
puesto  que  la  hemos  embellecido  con  lo  mejor  de  nuestra  sensibilidad  y  de  nues¬ 
tra  fantasía  constructiva. 

Fiel  a  la  citada  ley  psicológica,  pinté  yo  cuanto  embelesaba  mis  ojos.  Las  pági¬ 
nas  del  álbum  llenáronse  de  diseños  de  rocas  y  árboles,  de  ramilletes  de  flores 
silvestres,  de  mariposas  de  vistosas  libreas,  de  arroyos  deslizados  entre  guijas^ 
juncos  y  nenúfares. 

Mis  dibujos,  empero,  distaban  mucho  de  satisfacerme  desde  el  punto'  de  vista 
técnico.  La  forma  y  el  claro-obscuro  dejábanse  captar  con  relativa  facilidad,  pero 
el  color  se  me  resistía.  La  crudeza  cromática  de  mis  copias  corría  parejas  con  la 
falta  de  perspectiva  aérea, 

“Agobiábame,  sobre  todo,  la  riqueza  inagotable  de  los  matices  de  tierras,  folla¬ 
jes,  flores  y  encarnaciones  humanas.  Al  modo  de  la  mayoría  de  los  aficionados 
neófitos,  discernía  bien  la  nota  fundamental;  pero  desconocía  el  difícil  manejo  del 
gris  e  ignoraba  que  la  Naturaleza  apenas  ofrece  un  color  absolutamente  simple. 
Sabido  es  que  en  la  sensación  cromática  del  paisaje,  como  en  la  acústica,  sólo 
hay  acordes  variados;  al  color  se  mezcla  siempre,  en  varias  proporciones,  el  blanco 
y  el  negro,  que  son  algo  así  como  el  silencio  y  el  ruido  de  la  percepción  sonora. 

En  el  niño,  tales  deficiencias  de  apreciación  son  inevitables.  Sin  apercibirse  de 
ello,  simplifica  y  esquematiza  el  color.  A  la  manera  del  músico  de  oído,  que  sólo 
traduce  la  melodía,  desentendiéndose  de  la  armonía,  el  pintor  en  cierne  copia  ex¬ 
clusivamente  la  tonaUdad  dominante.  ¿Quién  no  recuerda  las  coloraciones  rabiosas 
de  ios  dibujantes  de  plazuela?  Y  en  presencia  de  una  exposición  de  cuadros, 
¿quién  no  descubre  a  la  primera  ojeada,  por  lo  chillón  del  colorido,  la  obra  infeliz 
del  chapucero  o  del  sedicente  modernista,  que  por  snobismo  rinde  culto  al  género 
criará,  regresando  inconscientemente  a  la  fase  infantil  del  arte? 

Yo  incurría,  pues,  por  inexperiencia,  en  todos  los  citados  deplorables  defectos. 
Algo  me  corregí,  sin  embargo,  en  el  curso  de  mis  ensayos,  y  acabé  por  discriminar, 
en  parte,  los  tonos  armónicos.  Por  ejemplo:  en  la  escala  de  los  verdes,  que  yo  pri¬ 
mitivamente  reducía  al  verdé  franco  del  césped,  conseguí  al  fin  diferenciar  el  verde 
azul  del  olivo,  el  verde  amarillo  del  boj,  el  verde  gris  de  la  encina  y  del  pino  y  el 
verde  negro  del  ciprés.  Estos  modestos  progresos  condujéronme  a  refinar  la  obser¬ 
vación  de  los  objetos  naturales  y  a  desconfiar  de  la  memoria,  que  tiende,  indefec¬ 
tiblemente,  a  simplificar  formas  y  tonalidades. 

Por  cierto  que,  con  ocasión  de  los  referidos  estudios  de  color,  concebí  un  pro¬ 
yecto  pueril,  en  que  trabajé  ahincadamente-  algún  tiempo.  Para  ejercitarme,  me 
propuse  reproducir  en  grueso  álbum  todos  los  m  atices  variadísimos  ofrecidos  por 
los  objetos  naturales,  ejecutando  una  especie  de  diccionario  pictórico,  donde,  a 


S.  RAMÓN  Y  CATAL 


falta  de  nombre,  cada  color  complejo  figurase  con  número  de  orden.  A  guisa  de 
ejemplo  añadíale  la  imagen  del  objeto  correspondiente.  Era  algo  así  como  la  cono¬ 
cida  gama  cromática  de  Chevreuil  (que  yo  ignoraba  entonces),  pero  más  completa, 
puesto  que  contenía,  aparte  los  tonos  simples  más  o  menos  saturados,iel  producto 
de  la  mezcla  de  todos  los  colores,  .incluyendo  naturalmente  el  blanco  y  negro. 

La  ejecución  del  citado  álbum  salió  a  pedir  de  boca,  mientras  escogí  para  la 
reproducción  rocas,  insectos  y  flores  silvestres;  mas  en  cuanto  abordé  las  flores 
cultivadas,  choqué  con  imprevistos  inconvenientes.  Los  claveles,  rosas,  jacintos, 
geranios,  zinias,  pensamientos,  alhelíes,  etc.,  no  eran  libres,  tenían  dueño,  y  a  falta 
de  dinero,  había  que  arrancarlos  a  viva  fuerza  de  macetas  y  pensiles. 

Y,  según  era  de  presumir,  ocurriéronme  algunos  lances  desagradables.  Citaré 
sólo  dos,  asociados,  por  ironía  de  la  suerte,  a  la  redacción  del  capítulo  de.las  rosas. 

Cierto  camarada,  confidente  de  mis  gustos  y  empresas,  como  me  viese  contra¬ 
riado  por  carecer  de  ejemplares  de  una  hermosa  rosa  llamada  en  Huesca  de  Ale¬ 
jandría,  flor  tan  notable  por  su  color  como  por  su  fragancia,  propúsome  el  asalto 
de  cierto  jardín  donde  abundaban  esa  y  otrás  flores  admirables.  Acepté  gustoso  la 
proposición,  que  tenía  para  mí  además  el  atractivo  de  peligrosa  aventura,  y  acor¬ 
damos  dar  el  golpe  a  las  nueve  de  la  noche  del  siguiente  día.  Llegada  la  hora,, 
acudió  puntualmente  mi  amigo,  con  dos  compañeros  seducidos  igualmente  por  el 
inocente  y  poético  botín;  nos  aproximamos  sigilosa  y  cautelosamente  a  las  tapias 
del  huerto,  por  encima  de  las  cuales  descollaba  alto  emparrado  y  brillaban  a  tre¬ 
chos  guirnaldas  de  magníficos  rosales  trepadores.  Preciso  era,  antes  de  lanzarnos 
al  escalo,  averiguar  si  los>  dueños,  o  acaso  el  hortelano,  habitaban  la  casa  de 
campo.  Para  salir  de  dudas,  recurrimos  al  candoroso  ardid  de  disparar  dos  o  tres 
piedras  al  tejado.  Nadie  reaccionó  ante  el  estrépito;  ni  una  voz,  ni  un  rumor.  Ani¬ 
mados  por  el  silencio,  nos  acercamos  a  un  punto  accesible  de  la  pared,  trepamos 
rápidamente,  salvamos  las  varillas  del  emparrado  y  saltamos,  no  sin  emoción,  so¬ 
bre  el  paseo  circundante  del  jardín. 

Apenas  habíamos  cogido  algunas  de  las  codiciadas  rosas,  cuando  salieron  de 
la  casa  dos  gañanes  que,  armados  de  sendas  estacas,  vinieron  furiosos  hacia  nos¬ 
otros.  Repuestos  de  la  desagradable  sorpresa,  emprendimos  vertiginosa  carrera 
por  las  , avenidas  del  jardín.  Mas  ¿cómo  escapar?  Cerradas  las  puertas  y  altísimas 
las  bardas  del  cercado,  resultaba  imposible  encaramarse  antes  de  que  los  coléri¬ 
cos  hortelanos  nos  alcanzaran  con  sus  formidables  estacas.  En  tan  angustioso 
trance,  el  instinto  nos  impuso  la  estrategia  de  correr  desalentados  alrededor  del 
huerto,  a  fin  de  cansar  a  los  guardianes,  o  al  menos  de  ganarles  en  la  carrera  tal 
ventaja  que  dispusiéramos  de  los  pocos  segundos  indispensables  al  asalto  de' la 
pared.  Mas  ¡ay!  hacíamos  cuentas  galanas!...  A  decir  verdad,  durante  el  primer 
cuarto  de  hora  las  cosas  no  marcharon  mal  del  todoiia  costumbre  de  correr  y  el 
acicate  del  pavor  nos  permitieron  conservar  sobre  nuestros  enemigos  una  ventaja 
de  más  de  veinte  metros  quizás.  Pero  transcurridos  quince  minutos  la  distancia 
disminuía  progresivamente;  a  los  veinte,  poco  más  o  menos,  era  de  menos  de 
diez.  La  angustia  nos  torturaba.  No  desmayábamos,  sin  embargo,  en  aquella  su¬ 
prema  lucha  por  el  espacio  y  por  el  tiempo.  En  tan  apurado  trance  el  alma  parecía 
haber  emigrado  a  los  músculos,  y  el  corazón,  otro  músculo  también,  trabajaba  a 
toda  presión,  prefiriendo  estallar  a  rendirse... 

Pero,  ¡oh,  dolor!,  la  recia  musculatura  de  nuestros  rústicos  persecutores  no  se 
fatigaba  todavía;  y,  en  cambio,  nuestras  fuerzas  comenzaban  a  flaquear;  el  cora¬ 
zón  palpitaba  vertiginosamente,  y  las  fauces  secas  demandaban  refrigerio  imposi- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


63 


ble.  Y  a  todo  esto  la  distancia  disminuía  terriblemente.  Paralizado  por  el  can¬ 
sancio,  cae  uno  de  los  camaradas;  sus  ayes  y  alaridos  llegan  a  nosotros,  sirvién¬ 
donos  de  supremo  acicate.  La  rendición  del  compañero  sirviónos  de  tregua,  per¬ 
mitiéndonos  respirar  y  cobrar  alguna  ventaja.  Renació  la  esperanza;  pero,  ¡ah!,  para 
desvanecerse  pronto;  porque  nuestros  enemigoSj  furiosos  por  tanta  obstinación 
y  deseosos  de  atraparnos  a  ultranza,  dividieron,  sus  fuerzas:  uno  de  ellos  con¬ 
tinuó  corriendo  en  línea  recta;  el  otro  viró  en  redondo.  ¡Ibamos  a  ser  cogidos 
entre  dos  fuegos! 

No  había  tiempo  que  perder.  Tenía  yo  mi  plan,  madurado  en  los  cortos  instan¬ 
tes  en  que,  al  doblar  las  esquinas,  perdía  de  vista  a  los  persecutores  y  podía 
explorar  a  mi  sabor  las  tapias  y  árboles  del  paseo.  Aprovechando,  pues,  una  de 
esas  pausas,  en  un  supremo  esfuerzo,  salté  a  las  ramas  de  un  manzano,  desde  el 
cual  gané  la  tapia  y  me  puse  en  franquía.  Gran  oportunidad,  porque  segundos 
después  sonaban  gemidos  desgarrádores.  Eran  mis  pobres  compañeros  de  infortu¬ 
nio  que,  atrapados  por  los  feroces  guardianes,  mordían  el  polvo  bajo  lluvia  de  gol¬ 
pes.  Indignado  por  el  abuso,  de  que  juzgaba  víctimas  a  mis  amigos,  tuve  todavía 
la  desfachatez  de  encaramarme  en  la  tapia  y  de  disparar  cuatr'o  o  cinco  grue¬ 
sos  guijarros  sobre  los  sañudos  vapuleadores,  en  los  cuales  debí  hacer  blanco, 
pórque  se  volvieron  airados  hacia  mí.  Tuve,  naturalmente,  la  prudencia  de  es¬ 
currirme. 

Así  acabó  aquella  famosa  aventura  de  las  rosas  de  Alejandría.  El  molimiento 
fué  tal,  que  mis  compañeros  faltaron  a  clase  varios  días:  una  de  las  víctimas, 
si  mal  no  recuerdo,  cayó  enferma  de  cuidado. -A  la  verdad,  la  paliza  fué  formidable 
y  desproporcionada  con  la  insignificancia  del  hurto. 


Más  sabor  cómico  que  drarfiátieo  tuvo  otro  episodio  desarrollado  en  los  jardi¬ 
nes  de  la  estación  del  ferrocarril.  Cultivábanse  allí  unas  preciosas  rosas  de  te, 
cuyas  elegantes  formas  y  suavísima  fragancia  excitaban  diariamente  mi  codicia. 
No  pudjendo  resistir  la  tentación  de  completar  mi  colección  de  dibujos  con  la 
reproducción  de  tan  exquisitos  ejemplares,  cierta  tarde,  aprovechando  la  ausencia 
del  guarda,  salté  el  vallado  y  apoderéme  de  las  rosas.  Quiso  mi  mala  estrella  que, 
traspasada  ya  la  empalizada,  me  sorprendiese  el  guardafreno,  quien,  escopeta  en 
mano  y  en  actitud  resuelta,'  echó  a  correr  en  pos  de  mí.  En  vano  dióme  el  alto 
ordenándome  me  rindiera  a  discreción  para  evitar  una  perdigonada.  No  le  hice  caso 
y  continué  mi  carrera  a  largas  zancadas  y  a  campo  traviesa. 

.  Pocos  minutos  después  me  creía  salvado,  cuando  quiso  mi  desventura  que, 
al  saltar  ancha  acequia  bordeada  por  bancos  de  cieno,  cuya  desecación  superficial 
fingía  a  la  vista  sólida  margen,  cayese  en  la  opuesta  orilla  y  me  hundiese  en  el 
légamo  hasta  medio  cuerpo.  Forcejeé  ansiosamente  por  salir  del  atasco.  Por  des¬ 
gracia,  cada  contorsión  contribuía  a  clavarme  más  en  el  barro,  donde  quedé  cogido 
como  pájaro  en  liga.  Providencialmente  unas  pobres  y  piadosas  mujeres  que  lavaban 
no  lejos  de  allí,  acudieron  en  mi  ayuda.  Sacáronme  del  lodazál  hecho  una  lástima. 
Estaba  absolutamente  impresentable.  Desnudéme,  pues,  para  lavarme  la  ropa;  mas 
no  lo  consintieron  mis  caritativas  salvadoras  que,  apoderándose  de  mis  prendas, 
limpiáronlas  cuidadosamente.  Durante  esta  operación  tuve  que  permanecer  escon¬ 
dido,  acurrucada  y  en  camisa  bajo  una  mata  de  mimbres.  Se.  me  olvidaba  decir 
que  antes  de  esto  llegó  el  furioso  guarda,  quien,  al  verme  de  aquel  talante  y  no 
sabiendo  por  dónde  asirme  sin  detrimento  de  su  limpio  uniforme,  acabó  por  soltar 


64 


S,  RAMÓN  y  CAJAL 


€l  trapo  y  taparse  las  narices.  En  realidad,  mi  coraza  de  pestilente  légamo  hacíame 
invulnerable. 

Los  citados  episodios,  y  otros  que  no  cuento  por  no  ser  demasiado  prolijo, 
parecerán  inverosímiles  en  los  actuales  tiempos.  ¿Qué  mozalbete  o  señorito,  por 
romántico  que  sea,  expondría  hoy  el  pellejo  por  el  placer  de  poseer  una  rosa  v 
de  enriquecer  un  álbum? 

No  sin  motivó  pasaba  yo  entre  mis  cohdiscípulos  por  un  chiflado  o  por  tonto 
de  remate.  Más  de  una  véz  me  oí  calificar  de  «navarro  loco».  Por  tal  debieron 
tenerme  los  más  cuerdos,  estudiosos  y  listos  de  mis  compañeros,  entre  los  cuales 
destacaban  Arizón,  Salillas,  Monreal,  Tobeñas  y  otros  de  que  no  guardo  memoria, 
xcusado  es  decir  que,  aun  siendo  buenos  camaradas,  excusaban  mi  trato.  Y  a  fe 
que  lo  seiitia,  porque  yo  he  rendido  siempre  al  talento  y  a  la  aplicación  el  home¬ 
naje  de  mi  cordial  simpatía . 


CAPITULO  XIII 


LAS  VACACIONES— PINTURAS  FÚNEBRES.— DESCUBRIMIENTO  DE  UNA  BIBLIOTECA 
DE  NOVELAS.— SE  RECRUDECE  MI  FUROR  ROMÁNTICO.— EL  ROBINSÓN  Y  EL  QUI¬ 
JOTE 


SE  ha  dicho  hartas  veces  que  la  felicidad  y  la  monotonia  son  cosas  incompa¬ 
tibles;  la  dicha,  aun  relativa,  exige  cierto  ritmo  de  percepciones  y  emocio¬ 
nes  antagonistas  o  al  menos  ligeramente  diferentes.  La  ley  del  contraste  o 
de  los  colores  complementarios,  que  tanto  contribuye  a  la  belleza  pictórica,  impera 
igualmente  en  la  esfera  intelectual.  Porque  el  reposo  (que  es  el  cero  en  la  escala 
de  la  sensibilidad)  no  constituye  verdadero  placer.  Gozar  es  ejercitar  sin  cor¬ 
tapisas  nuestras  capacidades  sensoriales  y  psicológicas;  del  mismo  modo  que  el 
horizonte  limitado  del  valle  nos  hace  desear  las  amplitudes  del  llano  o  del  mar, 
la  tensión  excesiva  del  estudio  invita  a  expandir  sin  trabas  las  actividades  infe¬ 
riores  del  cerebro. 

Ocúrrenseme  las  precedentes  reflexiones  al  recordar  el  jovial  y  bullicioso  en¬ 
tusiasmo  con  que  solemnicé  el  verano  de  1864,  después  de  los  exámenes  de  ju¬ 
nio,  en  los  que,  si  no  merecí  honrosos  diplomas,  tampoco  tropecé  con  las  temidas 
calabazas. 

A  mi  llegada  a  Ayerbe,  mi  primer  cuidado  fué  ponerme  al  habla  con  mis  vie¬ 
jos  camaradas,  a  quienes  referí  con  vanagloria  mis  aventuras  y  mostré  mis  dibu¬ 
jos  y  monigotes. 

Calmada  mi  sed  de  efusiones  cordiales  y  de  alocadas  correrías  por  el  lugar, 
llamóme  mi  padre  a  capítulo  y  me  comunicó  su  resolución  de  que,  dejándome  de 
fútiles  pasatiempos  y  de  ridículos  desvarios  artísticos,  consagrase  la  canícula 
al  estudio,  repasando  desde  luego  todas  las  asignaturas  recientemente  apro¬ 
badas,  aunque  medianamente  aprendidas,  para  acometer  en  seguida  los  textos 
del  futuro  curso.  En  su  concepto,  este  anticipado  ejercicio  facilitaría  notablemen¬ 
te  las  tareas  del  año  siguiente.  Tamaña  decisión  fué  jarro  de  agua  fría  arrojado 
sobre  mi  cabeza,  enardecida  por  el  ansia  de  dar  rienda  suelta  a  mis  instintos. 

No  tuve  más  remedio  que  allanarme  al  consejo  paterno,  y  aun  creo  que  me 
propuse  sinceramente  cumplirlo;  pero  el  demonio,  nunca  domado,  de  la  indiscipli¬ 
na,  y  mis  tenaces  y  empalagosas  inclinaciones  artísticas  dieron  al  traste  con  tan 
razonables  propósitos. 

Ocurre  muy  a  menudo  a  los  muchachos  voluntariosos,  aimque  buenos  en  el 
fondo,  que  deseosos  de  ahorrar  disgustos  a  los  padres,  transfórmanse  en  redoma¬ 
dos  hipócritas.  A  pretexto  de  que  mis  asiduas  lecturas  exigían  silencio  y  recogi¬ 
miento  absolutos,  imposibles  en  el  gabinete  de  estudio,  solicité  y  obtuve  del  autor 

5  ’ 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


de  mis  días  el  permiso  de  habilitar  como  cuarto  de  trabajo  el  palomar,  habitación 
situada  junto  al  granero,  una  de  cuyas  ventanas  daba  al  tejado  de  vecina  casa. 
Desde  la  puerta  de  mi  retiro  podía* yo  avizorar  cómodamente  a  los  vigilantes  de 
mi  conducta.  El  ardid  salió  a  pedir  de  boca,  conforme  vamos  a  ver. 

Por  refinamiento  de  cautela,  sobre  el  tejado  vecino,  junto  a  una  chimenea, 
sustraída  a  las  miradas  indiscretas,  fabriqué  con  tablazón,  palitroques  y  broza  una 
especie  de  confesonario  u  hornacina,  bajo  cuyo  asiento  escondía  el  contrabando 
de  papel,  lápices,  colores  y  novelas.  De  vez  en  cuando,  y  con  el  fin  de  disimular, 
retornaba  al  palomar  (sobre  todo  cuando  oía  ruido  de  pasos)  y  poníame  muy  se¬ 
riamente  a  traducir  el  Cornelio  Nepote  o  a  estudiar  la  psicología  de  Monlau  y  el 
álgebra  de  Vallín  y  Bustillo. 

Fuera  de  estos  breves  instantes,  mi  retiro  era  la  jaula  del  tejado,  donde  me 
entregaba  al  dibujo,  mi  distracción  favorita.  No  recuerdo  detalladamente  los  te¬ 
mas  profanados  por  mi  pincel  durante  aquel  verano;  sólo  sé  que  por  aquellos 
tiempos  cultivé  de  preferencia  el  registro  lúgubre  y  melancólico. 

Notorio  es  que  en  las  volubles  aficiones  de  los  chicos  desempeñan  papel  im¬ 
portante  la  sugestión  y  la  imitación.  No  sé  quién  (creo  que  fué  en  Huesca)  había¬ 
me  prestado  cierto  cuaderno  de  composiciones  funerarias  y  tétricas,  entre  las 
cuales  recuerdo  los  manoseados  y  chabacanos  versos  atribuidos  gratuitamente  a 
Espronceda,  titulados  La  desesperación,  y  las  famosas  Noches  lúgubres,  de  Ca¬ 
dalso. 

Inducido  por  tan  desesperadas  lecturas,  creí  inexcusable  deber  mío  ponerme  a 
tono  con  el  sombrío  humor  de  los  protagonistas,  afectando  en  mis  palabras  y  en 
mis  dibujos  la  más  negra  melancolía.  Y  así,  mi  pincel,  que  marcaba  las  oscilacio¬ 
nes  de  mi  enfermiza  sensibilidad,  como  la  aguja  del  galvanómetro  señala  la  di¬ 
rección  de  las  corrientes  eléctricas,  se  complacía  morosamente  en  los  paisajes, 
invernales,  en  los  desiertos  desolados,  en  las  congojas  de  los  náufragos  y  en  las 
macabras  escenas  de  cementerio. 


Si  mi  memoria  no  me  traiciona,  al  final  de  aquel  verano  ocurrió  un  suceso  que 
tuvo  decisiva  influencia  en  la  orientación  de  mis  futuros  gustos  literarios  y  ar¬ 
tísticos. 

Dejo  consignado  ya  que  en  mi  casa  no  se  consentían  libros  de  recreo.  Cierta¬ 
mente  mi  padre  poseía  algunas  obras  de  entretenimiento;  pero  recatábalas,  como 
mortal  veneno,  de  nuestra  insana  curiosidad;  en  su  sentir,  durante  el  período  edu¬ 
cativo,  no  debían  los  jóvenes  distraer  la  imaginación  con  lecturas  frívolas.  A  pe¬ 
sar  de  la  prohibición,  mi  madre,  a  hurtadillas  de  la  autoridad  paterna,  nos  con¬ 
sentía  leer  alguna  novelilla  romántica  que  guardaba  en  el  fondo  del  baúl  desde 
sus  tiempos  de  soltera.  Eran,  lo  recuerdo  bien:  El  solitario  del  monte  salvaje,  La 
extranjera.  La  caña  de  Balzac,  Catalina  Howard,  Genoveva  de  Brabante  y  algunas 
otras  cuyos  títulos  y  autores  se  han  borrado  de  mi  memoria.  Ocioso  es  decir  que, 
tanto  mis  hermanos  como  yo,  las  leíamos  entusiasmados  de  un  tirón,  burlando  la 
celosa  vigilancia  del  jefe  del  hogar. 

Fuera  de  las  citadas  novelas,  mis  lecturas  recreativas  habíanse  reducido  hasta 
entonces  a  algunas  poesías  de  Espronceda,  de  quien  era  yo  fogoso  admirador,  y  a 
cierta  colección  de  romances  clásicos  e  historias  de  caballería  andante,  que  por 
aquellos  tiempos  vendían  a  cuatro  cuartos  los  ciegos  y  los  tenderos  de  estampas 
aleluyas  y  ob'etos  de  escritorio.  Por  entonces— lo  he  dicho  ya— era  yo  un  román- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


67 


tico  ignorante  del  romanticismo.  Ningún  libro:  de  Rousseau,  Ghateuabríand,  Víctor 
Hugo,  etc.,  había  llegado  a  mis  manos. 

Mas  el  azar  se  hace  muchas  veces  cómplice  de  nuestros  deseos.  Un  día,  ejqplo- 
rando  a  la  ventura  mis  resbaladizos  dominios  de  tejas  arriba,  me  asomé  a  la  ven¬ 
tana  de  cierto  desván  perteneciente  al  vecino  confitero  (1)  y  contemplé,  ¡oh  gratí¬ 
sima  sorpresa!,  al  lado  de  trastos  viejos  y  de  algunos  cañizos  cubiertos  con  duloes 
y  frutas  secas,  copiosa  y  variadísima|colección  de  novelas,  versos,  historias,  poe¬ 
sías  y  libros  de  viajes.  Allí  se  mostraban,  tentando  mi  ardiente  curiosidad,  el 
tan  celebrado  Conde  de  Montecristo  y  Los  tres  Mosqueteros,  de  Dumas  (padre); 
María  o  la  hija  de  un  jornalero,  de  E.  Sué;  Men  Rodríguez  de  Sanabrla,  de  Fernán¬ 
dez  y  González;  Los  Mártires,  Atala  y  Chactas  y  el  René  de  Chateaubriand;  Gra- 
ziella,  de  Lamartine;  Nuestra  Señora  de  París  y  Noventa  y  tres,  de  Víctor  Hugo; 
Gil  Blas  de  Santillana,  de  Le  Sage;  Historia  de  España,  /por  Mariana;  Las  come¬ 
dias  de  Calderón,  varios  libros  y  poesías  de  Quevedo,  Los  viajes  del  capitán  Cook, 
el  Robinsón  Crusoe,  el  Quijote  e  infinidad  de  libros  de  menor  cuantía  de  que  no 
guardo  recuerdo  puntual.  Bien  se  echaba  de  ver  que  el  confitero  era  hombre  de 
gusto  y  que  no  cifraba  solamente  su  ventura  en  fabricar  caramelos  y  pasteles. 

Ante  tan  fausto  acontecimiento,  la  emoción  me  embargó  durante  algunos  mi¬ 
nutos.  Repuesto  de  la  sorpresa  y  decidido  a  aprovecharme  de  mi  buena  estrella, 
estudié  un  plan  de  explotación  de  aquel  inestimable  tesoro;  forzoso  era  descartar 
del  todo  las  sospechas  del  dueño  y  las  huellas  delatoras  de  mis  pasos  por  el 
desván.  La  más  elemental  prudencia  me  aconsejó  respetar,  por  el  momento,  los 
exquisitos  y  apetecibles  dulces  del  cañizo,  persuadido  de  que,  si  el  pastelero 
echaba  de  menos  sus  peras  y  ciruelas  confitadas,  cerraría  o  enrejaría  la  ventana, 
dejándome  a  la  luna  de  Valencia.  Tras  madura  reflexión,  decidí  dar  el  primer  golpe 
por  la  mañana  temprano,  durante  el  sueño  de  los  inquilinos,  y  coger  los  libros  co¬ 
diciados  de  uno  en  uno,  reponiendo  cada  volumen  en  el  mismo  lugar  de  la  ana¬ 
quelería. 

Gracias  a  tales  precauciones,  saboreé,  libre  de  sobresaltos,  las  obras  más  inte¬ 
resantes  de  la  biblioteca,  sin  que  el  bueno  del  repostero  se  percatara  del  abuso,  y 
sin  que  mis  padres  sorprendieran  mis  escapadas  del  palomar. 

¡Quién  sería  capaz  de  encarecer  lo  que  yo  rae  deleité  con  aquellas  sabrosísi¬ 
mas  lecturas!  Tan  grandes  fueron  mi  entusiasmo  y  alegría,  que  me  olvidaba  de 
lodos  los  vulgares  menesteres  de  la  vida  material. 

¡Cuántas  exquisitas  sensaciones  de  arte  me  trajeron  aquellas  admirables  no¬ 
velas!  ¡Qué  de  interesantes  y  novísimos  tipos  humanos  me  revelaron!  Las  descrip¬ 
ciones  brillantes  de  los  bosques  vírgenes  de  América,  donde  la  vida  vegetal  des¬ 
bordante  parece  ahogarla  insignificancia  del  hombre,  en  Atala;  los  tiernísimos  y 
castos  amores  de  Gimodocea,  en  Los  Mártires;  la  gentil  y  angelical  figura  de  Gra- 
ziella;  la  pasión  exaltada  y  casi  monstruosa  de  Cuasimodo,  en  Nuestra  Señora  de 
París;  la  nobleza,  magnanimidad  y  valor  puntilloso  de  los  inconmensurables  Arta- 
¿nan,  Porthos  y  Aramis,  en  Los  tres  Mosqueteros,  y  en  fin,  la  fría,  inexorable  y  me¬ 
ditada  venganza  del  protagonista  del  Conde  de  Montecristo,  cautiváronme  y  con¬ 
moviéronme  de  modo  extraordinario. 

Al  fin,  atraque  por  medios  ilícitos,  trabé  conocimiento  con  las  grandiosas  crea¬ 
ciones  de  la  fantasía;  seres  soberbios  y  magníficos,  todo  voluntad  y  energía,  de 
corazón  hipertrófico  sacudido  por  pasiones  sobrehumanas.  Verdad  es  que  casi 

(1)  ’  Llamábase  R.  Cnidirras  y  era  persona  culta,  que  educó  perfectamente  a  sus  hijos,  con  quienes 
mantuve  siempre  excelentes  relaciones. 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


todas  las  novelas  devoradas  por  entonces  pertenecían  a  la  escuela  romántica,  ala 
sazón  en  boga,  cuyos  héroes  parecen  forjados  expresamente  para  subyugar  a  la 
juventud,  siempre  sedienta  de  lances  extraordinarios  y  de  aventuras  maravi¬ 
llosas  (1). 

Difícil  me  sería  señalar  hoy,  pasados  tantos  años,  cuáles  fueron  los  libros  que 
me  impresionaron  más  hondamente.  Creo,  empero,  no  apartarme  mucho  de  la  ver¬ 
dad  declarando  que  me  emocionaron  y  cautivaron  sobremanera  las  amenísimas 
novelas  de  peripecias  e  intrigas  de  Dumas  (padre)  y  las  ultra-románticas  de  Víctor 
Hugo,  que  diputé  entonces  superiores  al  Fausto,  al  Gil  Blas  de  Santularia  y  has¬ 
ta— rubor  me  da  confesarlo— al  asombroso  Don  Quijote. 

Hay  cierta  psicologia  de  la  niñez  y  mocedad,  acaso  insuficientemente  estudia¬ 
da  por  los  especialistas  (2).  Si  se  conociera  bien,  nos  extrañarian  menos  ciertas 
aberraciones  del  gusto  de  la  gente  moza,  de  la  cual  se  ha  dicho  con  razón  que  es 
extremosa  en  todo.  El  adolescente  adora  la  hipérbole;  cuando,  pinta,  exagera  el 
color;  si  narra,  amplifica  y  diluye;  admira  en  los  escritores  el  estilo  enfático,  vehe¬ 
mente  y  declamatorio,  y  en  los  políticos  las  tesis  audaces  y  radicales.  Prefiere  lo 
particular  a  lo  general,  lo  ideal  a  lo  real,  la  acción  a  la  palabra,  Sedúcenle  las  ca¬ 
dencias  y  sonoridades  del  verso,  la  pompa  de  las  imágenes  y  el  ruido  de  los  epí¬ 
tetos  explosivos  y  altisonantes.  Y  del  mismo  modo  que  en  el  orden  científico  an¬ 
tepone  las  ciencias  objetivas  a  las  llamadas  disciplinas  abstractas,  en  la  esfera  del 
artehbomina  de  reflexiones  y  moralejas  y  déjanle  frío  los, análisis  sentimentales 
delpsicologismo.  Como  si  contemplara  el  mundo  al  través  de  una  lente  de  aumento, 
todo  lo  Ve  amplificado  y  nimbado  de  irisaciones;  al  revés  de  la  vejez,  que  parece 
mirar  las  cosas  con  una  lente  divergente  que  todo  lo  achica  y  envilece. 

Pero,  antes  de  terminar  este  capítulo,  quisiera  decir  algo  de  la  impresión  que 
me  causaran  el  Robinsón  y  Don  Quijote. 

El  Robinsón  Crusoe  (que  volví  a  leer  más  adelante  eon  verdadera  delectación) 
revelóme  el  soberano  poder  del  hombre  enfrente  de  la  naturaleza.  Pero  lo  que  me 
impresionó  en  grado  máximo  fué  el  noble  orgullo  de  quien,  en  virtud  del  propio 
esfuerzo,  descubre  una  isla  salvaje  llena  de  asechanzas  y  peligros,  susceptible  de 
transformarse,  gracias  a  los  milagros  de  la  voluntad  y  del  esfuerzo  inteligente,  en 
deleitoso  paraíso.  «¡Qué  soberano  triunfo  debe  ser — pensaba— explorar  una  tierra 
virgen,  contemplar  paisajes  inéditos  adornados  de  fauna  y  flora  originales,  que 
parecen  creados  expresamente  para  el  descubridor  como  galardón  al  supremo 
heroísmo!»  ■ 

Aunque  no  estaba  todavía  preparado  para  apreciar  en  todo  su  altísimo  valor 
la  inestimable  joya  de  Cervantes,  mucho  me  solacé  también  con  las  épicas  aven¬ 
turas  de  Don  Quijote  y  con  los  sabrosos  coloquios  de  caballero  y  escudero.  Mas> 
a  fuer  de  ingenuo,  debo  declarar  que  me  désagradó  la  filosofía  que  se  desprende 
de  la  genial  novela.  ¡Cómo  había  de  gustarme  su  sentido  hondamente  realista  si 
venía  a  contrariar  mi  incorregible  idealismo!  Yo  tomaba  por  lo  serio  el  papel  de 

(1)  Sabido  es  que  hoy  se  acusa,  acaso  con  razón,  ^  toda  la  producción  romántica  de  insinceridad, 
de  hinchazón  sentimental  y  verbalista,  y  a  sus  autores  ^de  histriones  hiperbólicos,  de  inteligencia  pre¬ 
caria,  tan  rebosantes  de  palabras  como  pobres  de  ideas,  eá  suma,  de  falseadores  sistemáticos  de  la  na¬ 
turaleza;' pero  convengámos  én  que  las  imaginacionéí  «alénturientas  de  los  jóvenes  de  catorce  a  veinte 
años  preferirán  siempre  .dicha  literatura  a  la  de  todos  los  ecuánimes  narradores  de  emociones  verdade¬ 
ras  o  de  cuadros  fríamente  naturalistas.  . 

'  (2)  ■  Cuando  se  escribía  esto,  mi  culiura  psicológica  era  bastante  deficiente.  Datos  valiosos,  aunque 
no’ siempre  coherénfes,  acerca  de  este  interesante  punto,  se  encuentran  en  los  estudios  de  Stámiey  Hall 

Ribot,  Ferrier,  Dewey,  James,  Hutschinson,  etc. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


Don  Quijote;  y,  así,  llegábame  al  alma  lo  malparado  que  el  esforzado  caballero 
quedaba  en  casi  todos  sus  lances  y  aventuras. 

Además— ¿por  qué  no  decirlo?— aquella  melancólica  derrota  de  Barcelona  a 
manos  del  ramplón  Sansón  Carrasco  prodújome  gran  decepción.  «¡Eso  no!...— ex¬ 
clamaba  en  mis  arrebatos  románticos—;  el  héroe  manchego  no  mereció  ser  venci¬ 
do.  Bueno  que  en  el  mundo  real  triunfen  los  vulgares  campeones  del  sentido  co¬ 
mún;  pero  en  la  obra  de  arte  destinada  a  levantar  el  corazón  y  sublimar  la  virtud, 
el  protagonista  debe  flotar  sobre  las  ruindades  del  ambiente  moral  y  alcanzar 
gloriosa  apoteosis.» 

Claro  está  que,  a  mi  escasa  sindéresis,  escapaba  la  idea  central  de  la  grandio¬ 
sa  concepción  cervantina:  desterrar  las  locuras  y  disparates  de  las  novelas  cabá- 
llerescas  para  fundar  la  obra  artística  sobre  los  sólidos  cimientos  de  la  experien¬ 
cia;  que,  al  fin  y  al  cabo,  sólo  las  narraciones  artísticas  de  sucesos  verosímiles, 
ingeniosamente  tejidas  con  elementos  de  la  vida  real,  alcanzan  el  alto  privilegio 
de  enseñar,  edificar  y  deleitar. 

Por  las  antecedentes  frases,  que  traducen  harto  libremente  mis  emociones  de 
la  adolescencia  y  juventud,  comprenderá  el  lector  que  el  sano  y  fuerte  realismo 
del  Quijote  no  me  hizo  gracia.  Sólo  jnás  tarde,  curado  del  empalagoso  romanticis¬ 
mo  que  padecí,  aprendí  a  gustar  del  espíritü  del  libro,  a  recrearme  con  la  riqueza, 
donosura  y  elegancia  del  estilo,  y  a  apreciar  en  su  valor  exacto  la  maravillosa 
armonía  resultante  del  contraste  entre  los  soberbios  tipos  de  Don  Quijote  y  San¬ 
cho;  personajes  que — según  se  ha  dicho  muchas  veces— con  ser  altamente  ideales, 
vienen  a  ser  los  más  reales  y  universales  concebibles,  porque  simbolizan  y  encari¬ 
ñan  los  dos  modos  antípodas  del  sentir  y  del  pensar  humano. 

Pero  dejémonos  de  reflexiones  ociosas  y  reanudemos  el  hilo  de  la  narración. 


CAPITULO  XIV 


EN  CRESCENDO  MIS  DISTRACCIONES  Y  CALAVERADAS,  MI  PADRE  ME  ACOMODA  DE 
,  APRENDIZ  EN  UNA  BARBERÍA.— MI  HERMANO  PEDRO.— EL  SEÑOR  ACISCLO.— MAJOS 
Y  CONSPIRADORES.— LAS  PEDREAS.— ESCARAMUZA  CON  .LA  FUERZA  PÚBLICA.— EL 
PLACER  DE  LOS  DIOSES.— ALARMA  DEL  PÚBLICO  CON  OCASIÓN  DE  LAS  PEDREAS 


Hay  en  el  cinematógrafo  de  la  memoria  imágenes  borrosas,  y  aun  verdade¬ 
ras  lagunas,  correspondientes  a  épocas  durante  las  cuales  la  atención,, 
como  la  fotografía  instantánea  en  día  nublado,  no  dispuso  de  energía 
bastante  para  impresionar  la  película  cerebral.  Y  si,  mediante  enérgica  evocación, 
surge  algún  suceso  en  el  negro  fondo  del  inconsciente,  muéstrase  aislado,  a  modo 
de  estrella  que  brilla  solitaria  en  cielo  encapotado:  El  hecho  emergido  suele  Situar¬ 
se  bien  en  el  espacio,  pero  difícilmente  en  el  tiempo;  cabe  referirlo  más  o  menos 
vagamente  a  una  época,  mas  no  a  página  determinada  del  almanaque. 

A  esta  categoría  de  remembranzas  discontinuas  y  borrosas  pertenecen  mis  re¬ 
cuerdos  de  los  años  65  y  66.  Tengo,,,empero,  seguridad  de  que  el  65  interrumpí  los 
estudios  por  estimar  el  autor  de  mis  días  que  su  hijo  carecía  de  madurez  o  de 
aptitud  para  el  conocimiento  elemental  de  las  lenguas  y  de  las  ciencias;  y  esti¬ 
mo  probable  que  los  principales,  si  no  todos^los  sucesos  de  que  vamos  a  ocupar¬ 
nos  en  este  capítulo,  acaecieron  el  año  66,  o  sea  durante  mi  tercer  curso  de  bachi¬ 
llerato,  que  abrazaba  entonces  la  historia  general  y  particular  de  España,  el  álge¬ 
bra,  la  trigonometría  y  el  griego,  que  se  introdujo  en  la  segunda  enseñanza  en  vir¬ 
tud  de  una  disposición  transitoria. 

De  lo  que  estoy  más  seguro  es  de  que  el  aludido  tercer  curso  marcó  el  período 
más  agitado  y  azaroso  de  mi  vida  estudiantil.  Recuerdo  también  que  por  entonces 
acompañóme  al  Instituto  oscense  mi  hermano,  que  debía  comenzar  sus  estudios. 
Era  Pedro  muchacho  tan  dócil  y  atento  como  aplicado  y  pundonoroso.  Poseía,  sin 
duda,  inclinaciones  artísticas,  y  pasión  por  los  juegos  guerreros;  pero  estos  gustos 
no  fueron  poderosos  a  extraviarle  del  buen  camino. 

Mi  padre,  que  cifraba  grandes  esperanzas  en  su  formalidad  y  obediencia,  temió 
sin  duda  el  contagio  de  mi  rebeldía,  y,  obrando  con  previsión,  separó  a  los  herma¬ 
nos,  instalándonos  aparte;  Pedro  fué  alojado  decorosamente  en  apacible  casa  de 
huéspedes;lyo,por  castigo  de  mis  calaveradas,  debí  acomodarme  de  mancebo  en  una 
barbería.  Al  adoptar  respecto  de  mí  tan  enérgica  decisión,  perseguía  mi  padre  dos 
fines:  desde  luego  atarme  cortó,  privándome  del  vagar  necesario  para  correrías  y 
algaradas,  y  además  enseñarme  un  oficio  con  que  pudiera’  algún  día  ganarme  el 
sustento,  en  caso  de  ineptitud  irremediable  o  de  orfandad  prematura.  Porque,  pre¬ 
ciso  es  decirlo,  mi  padre,  que  fué  optimista  acerca  de  mi  porvenir  cuando  yo  era 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


71 


niño,  comenzaba  a  creer  en  mi  fundamental  incapacidad  para  las  carreras  literarias. 

No  me  pesa  hoy  la  resolución  de  mi  padre,  que  reiteró  después  en  Zaragoza, 
según  se  verá  en  el  cursó  de  esta  historia.  Ella  me  puso  en  contacto  con  el  alma  del 
pueblo,  a  quien  aprendí  a  conocer  y  a  estimar;  y  domando  el  nativo  orgullo,  des¬ 
envolvió  en  mí  ese  sentimiento  de  humildad  y  modestia  anejo  a  la  pobreza  labo¬ 
riosa. 

Pero  entonces  sentí  mi  esclavitud  como  un  castigo  excesivo.  ¡Y  en  qué  ocasión! 
¡Precisamente  cuando  vibraba  todavía  mi  alma  con  la  honda  sacudida  del  choque 
romántico!...  |Yo  que  soñaba  entonces  con  los  excelsos  protagonistas  de  Dumas, 
Chateaubriand  y  Víctor  Hugo;  que  persuadido  de  mis  talentos  artísticos,  creíame 
capaz  de  emular  las  glorias  del  Ticiano,  de  Rafael  o  de  Velázquez,  verme  forzado 
a  empuñar  la  sucia  y  jabonosa  brocha  barberil!...  ¡Era  para  morirse  de  vergüenza! 

Pero  ¿qué  remedio?  Tuve,  pues,  que  devorar  en  silencio  lo  que  en  mi  necia  va¬ 
nidad  consideraba  humillación  y  rebajamiento  intolerables.  Afortunadamente,  a  los 
catorce  años  la  máquina  humana  es  tan  plástica,  que  a  todo  se  acomoda  pron¬ 
tamente. 

No  era,  sin  embargo,  un  ogro  el  señor  Acisclo  (1) — que  así  se  llamaba  el  amo— a 
¡pesar  de  su  fama  de  gruñón  y  de  la  severidad  y  acritud  que  prometían  sus  facciones 
¡duras  y  su  color  bilioso;  antes  bien,  estuvo  conmigo  considerado  y  afable.  Condolido 
al  ver  mi  cara  de  cuaresma,  trató  de  consolarme  con  estas  o  semejantes  palabras: 
<¡Animo,  muchacho!  Duros  son  todos  los  principios,  pero  te  irás  haciendo.  Déjate 
de  orgullos  y  aplícate  a  remojar  barbas,  que  si,  como  presumo,  te  vas  haciendo  al 
oficio,  dentro  de  poco  ascenderás  a  oficial  y  gozarás  el  momio  de  tres  duros  al 
mes,  amén  de  las  propinas». 

jBonito  porvenir! 

Sobrábale  razón  al  señor  Acisclo.  Acabé  por  acomodarme  a  aquel  nuevo  género 
de  vida,  y  llegué  hasta  encontrar  simpáticos  a  los  amos  y  tolerable  mi  sujeción. 
,Ademá.s,  pocas  semanas  después  intimé  con  el  oficial,  mozo  sanguíneo  y  bonachón, 
gran  tañedor  de  guitarra  y  alegre  requebrador  de  criadas  y  modistas,  el  cual,  en 
^ausencia  del  amo,  me  dispensaba  de  las  prosaicas  obligaciones  anejas  a  mi  cargo, 
^consintiéndome  garrapatear  papeles  y  dibujar  monigotes.  Cobróme  afición  porque 
e  servía  de  amanuense,  escribiendo  en  su  nombre  a  cierta  maritornes  esquelas 
almibaradas  y  versos  cursis.  Y  correspondiendo  a  mis  finezas,  quiso  enseñarme  a 
tocar  la  guitarra;  mas  yo,  que  jamás  sentí  pasión  por  la  música,  no  pasé  de  tañer 
medianamente  la  jota  y  de  pespuntear  sin  soltura  un  par  de  polcas  elementales. 

Harto  conocida  es  la  psicología  del  barbero  para  que  yo  caiga  en  la  tentación 
de  descubrirla  a  mis  lectores.  Nadie  ignora  que  los  legítimos  rapabarbas  son  par¬ 
lanchines,  entrometidos,  aficionados  a  toros,  tañedores  de  guitarra  o  de  bandurria; 
pero  no  es  tan  notorio  que  en  su  mayoría  profesan  ideas  republicanas  y  aun  socia¬ 
listas.  Sin  embargo,  en  mi  amó  quebraba  la  regla,  pues  ni  tocaba  la  guitarra  ni 
era  dicharachero;  en  cambio,  entraba  en  la  grey  común  por  sus  radicalismos  polí¬ 
ticos  y  sus  alardes  revolucionarios.  Adornábale  otra  flor,  no  frecuente  entre  la 
gente  del  oficio:  profesaba  la  religión  de  la  guapeza.  Cuando  acudían  a  afeitarse 
sus  camaradas  de  juergas  y  de  rondas,  no  sé  hablaba  en  la  tienda  sino  de  riñas 
broncas,  punzadas,  jabeques  y  madrugones.  Más  de  uno  de  aquellos  parroquianos 
había  visitado  la  cárcel  y  ostentaba  en  el  pecho  honrosas  cicatrices.de  cuchilladas 
recibidas  cara  a  cara.  Sin  ser  mi  amo  jactancioso  ni  hablador,  cuando  venía  a 

(1)  Fallecido  mi  patrón  hace  muchos  años,  no  tengo  por  qué  disfrazar  su  nónsbre.  Su  esiableci- 
miento,  desaparecido  hoy,  estaba  en  la  calle  de  la  Correría,  no  lejos  de  la  Pláza  de  la  Catedral. 


72 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


cuento  y  estaba  en  vena  de  cunfidencias,  refería  grave  y  complacientemente  las 
trifulcas  y  jaranas  de  que  había  sido  protagonista,  y  en  las  cuales,  obrando  en  de¬ 
fensa  propia  y  siempre  en  buena  lid,  había  dado  buena  cuenta  de  sí.  Lo  que  él 
decía:  «O  ponerse  o  no  ponerse;  no  soy  pendenciero,  pero  el  que  me  busca  me  en¬ 
cuentra  ». 

Sus  compadres  aprobaban  sus  máximas  y  celebraban  sus  bravatas.  Por  las 
muestras  de  veneración  y  respeto  que  le  rendían,  vine  a  conocer  que  el  señor  Acis¬ 
clo  tenía  malas  pulgas.  Era  además  entre  aquellas  gentes  autorizado  definidor  de 
agravios  y  juez  inapelable  en  asuntos  de  honra  y  caballerosidad  callejera. 

La  conversación  entre  maestro  y  parroquianos  giraba  a  menudo  sobre  política 
En  ocasiones,  hablaban  quedo,  comunicándose  no  sé  qué  noticiones .  Nuestra  cu¬ 
riosidad,  empero,  vencía  todo  disimulo.  Tuvimos  noticia  de  las  conspiraciones  de 
Prim,  Moriortes  y  Pierrad,  generales  desterrados  que,  al  decir  de  nuestros  conter¬ 
tulios,  estaban  a  punto  de  cruzar  la  frontera  al  frente  de  nutrida  tropa  de  carabi¬ 
neros  y  de  bravos  montañeses  de  Jaca,  Hecho  y  Ansó,  a  fin  de  proclamar  la  revo¬ 
lución  y  derrocar  las  en  aquellos  tiempos  llamadas  ominosas  Instituciones. 

Aquellos  inofensivos  ojalateros  frotábanse  las  manos  de  gusto,  saboreando  de 
antemano  el  triunfo  irremisible  de  la  soberanía  nacional  y  la  vergonzosa  derrota 
de  serviles  y  moderados. 

Mientras  tanto,  la  infeliz  esposa  del  barbero,  que  no  compartía  las  esperanzas 
de  los  conspiradores,  antes  bien,  recelaba  alguna  vil  delación,  vivía  en  perpetua 
alarma;  temía  que  cualquiera  noche,  según  ocurría  a  menudo  en  aquellos  tiempos» 
registraran  los  polizontes  la  casa  y  se  llevaran  al  marido  desterrado  apernando  Póo, 

A  la  verdad,  yo  no  entendía  jota  de  política,  pero  me  seducían  zaragatas,  jara « 
ñas  y  marimorenas.  Diera  entonces  cualquier  cosa  por  presenciar  un  motín  o  asis¬ 
tir  a  la  construcción  y  defensa  de  una  barricada.  Además,  por  instinto  atraíame  el 
llamado  credo  democrático,  que  casaba  admirablemente  con  mi  exagerado  indivi¬ 
dualismo  y  mi  ingénita  antipatía  hacia  el  principio  de  autoridad.  Como  en  el  cuento 
del  fraile,  me  cargaba  el  prior  sólo  por  ser  prior. 

Para  halagar  a  mi  patrón  y  demostrarle  al  mismo  tiempo  mis  sentimientos  libe¬ 
rales,  di  en  copiar  el  busto  de  los  caudillos  militares  de  conspiradores  de  enton  * 
ces,  singularmente  los  de  Prim  y  de  Pierrad.  Por  cierto  que,  aparte  mi  ingenua  de¬ 
voción  hacia  el  guerrero,  lo  que  más  me  sedujo  en  este  último  caudillo  fueron  sus 
líneas  de  busto  clásico  y  la  hermosa  barba  patriarcal. 

Con  ser  las  citadas  estampas  harto  chapuceras  e  infíeles,  merecí  calurosos 
elogios,  a  que  contribuyó  también  tal  cual  décima  chabacana  dedicada  a  la  liber¬ 
tad,  escrita  al  pie  de  los  retratos.  En  todo  ello  había  por  mi  parte  algo  de  cálculo- 
porqué  mi  patrón,  encantado  de  los  sentimientos  precozmente  revolucionarios  y 
de  los  primores  pictóricos  de  su  aprendiz,  dióle  de  cada  dia  mejor  trato.  Hízole 
merced,  no  sólo  de  las  horas  reglamentarias  de  clase,  sino  de  casi  todas  las  tardes 
de  poco  trabajo.  Por  donde  vino  a  frustrarse  enteramente  el  plan  del  autor  de 
mis  días. 

El  encuentro  casual  de  un  pequeño  tesoro,  hecho  por  ambos  hermanos,  agravó 
todavía  mis  aficiones  guerreras.  Paseando  un  día  por  las  inmediaciones  de  la  Er¬ 
mita  de  los  Mártires,  mi  hermano  Pedro  divisó  en  un  basurero  cierta  cosa  bri¬ 
llante;  nos  aproximamos  a  ella,  la  cogimos  y,  después  de  frotarla  para  quitarle  la 
suciedad,  resultó  ser,  ¡oh  felicísima  sorpresa!,  una  moneda  de  oro  de  cinco  duros 
Entonces  corrían,  por  fortuna,  todavía  las  onzas,  aquellas  famosas  petaconas  con  * 
vertidas  hoy,  desgraciadamente,  en  raras  medallas  de  museo.  Para  asegurarnos 


73 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 

de  la  bueria'ley  del  doblón,  lo  cambiamos  en  éierta  tienda,  y  en  posesión  de  tan 
respetable  suiria,  para  nosotros  inverosímil,  acordamos  por  unanimidad  invertirla 
en  la  compra  de  cierto  pistolóri  imponente,  que  desde  hacía  tiempo  tentaba  diaria¬ 
mente  nuestrá  codicia  en  el  escáparaté  de  vieja  armería.  Hecha  provisión  de  pól¬ 
vora,  balas  y  perdigones,  comenzamos  a  ejercitamos  en  el  ihanejo  del  arma,  que 
resultó  bástante  caprichosa.  A  fuerza  de  práctica,  llegamos,  sin  embargo,  a  afinar 
algo  la  puntería  y  hacer  algunos  bláncós. 

Al  proveernos  de  armamento  tan  impropio  de  muchachos,  era  nuestra  inten¬ 
ción,  además  de  dárnos  aire  de  terribles  revolucionarios,  fomentar  antiguas  e  irre¬ 
sistibles  aficiones  cinegéticas,  saliendo  a  caza  de  tordos,  perdices  y  conejos.  Mas 
conforme  ocurrió  con  el  formidable  mosquete  de  marras,  nunca  cobramos  pieza 
importante;  sólo  al^n  gorrión,  recién  salido  del  nido  e  inexperto  en  el  vuelo,  cayó 
en  nuestras  manos. 

Creo  que  fué  por  aquel  año  dé  1866  cuando  me  hice  temible  entre  los  condis¬ 
cípulos  por  mis  progresos  en  el  manejo  de  la  honda.  Recuerdo  que;  entre  otras 
pruebas  de  rni  habilidad,  podía  atravesar  a  veinte  pasos  de  distancia  un  sombrero 
arrojado  al  aire.  No  me  contenté  sólo  Con  el  tino;  cultivé  también  el  alcance,  y  se¬ 
ñaladamente  la  celeridad  del  disparo,  en  la  cual  aventajé  notablemente  a  mis  riva¬ 
les:  mientras  éstos  disparaban  una  piedra,  lanzaba  yo  cuatro  o  cinco.  Fué  ésta  la 
época  de  la  sumisión  del  insolente  Azcón  y  del  general  reconocimiento  de  mi  su¬ 
premacía  en  los  juegos  guerreros.  Como  es  natural,  fuéme  espontáneamente  ofre¬ 
cida  la  jefatura  de  los  bandos  en  pugna.  Yo  acepté,  según  era  de  presumir,  la  di¬ 
rección  del  bando  democrático,  pues  ya  entonces  los  muchachos  jugábamos  a 
reaccionarios  y  liberales. 

Mi  prestigio  no  se  fundaba  en  la  mera  habilidad  y  en  el  ciego  arrojo  de  quien 
desconoce  el  peligro  y  se  enardece  en  el  fragor  del  combate.  Séame  lícito  confe¬ 
sar,  aunque  padezca  mi  fama  de  bravucón,  que  en  mi  denuedo  había  mucho  de 
teatral  y  algo  de  observación  de  la  psicología  infantiL . 

Durante  mi  larga  experiencia  de  las  trapatiestas  estudiantiles,  había  reparado 
que  la  audacia  y  el  furor  guerreros,  cuando  se  fingen  a  la  perfección,  provocan 
casi  indefectiblemente  el  pánico  del  enemigo.  Además,  yo  avanzaba  siempre. 

No  es  cosa  de  analizar  aquí  el  mecanismo  sugestivo  en  cuya  virtud  el  gesto 
leonino  y  la  osadía  temeraria,  hábilmente  fingidos,  suscitan  el  pavor  en  nuestros 
.adversarios.  Hay  algo  atávico  en  esta  fanfarronería  histriónica,  por  lo  demás  ya 
practicada,  según  es  sabido,  por  los  salvajes  y  hasta  por  los  héroes  de  la  Ilíada. 
Sobre  ello  discurren  muy  doctamente  los  psicólogos  modernos  (1),  los  cuales  ad¬ 
vierten  cuánto  importa  para  comprender  y  reproducir  en  lo  posible  un  estado 
afectivo,  la  imitación  fidelísima  de  los  gestos  y  actitudes  características  de  su  ex¬ 
presión  natural.  Ignoro  si  la  reproducción  fingida  y  como  instintiva  de  los  adema¬ 
nes  del  valor  temerario  creaban  en  mí,  por  ima  suerte  de  autosugestión,  el  estado 
ipasional  correspondiente;  declaro  solamente  que,  en  cuanto  ponía  cara  feroche  y 
avanzaba  impávido  hacia  los  adversarios,  éstos  solían  emprender  la  fuga. 

Corro  riesgo  de  hacerme  pesado  deteniéndome  excesivamente  en  estas  frívo- 
ñas  riñas  de  muchachos.  En  ellas  hay,  sin  embargo,  prescindiendo  de  su  significa- 
vCión  antropológica,  sobre  la  cual  tan  buenas  cosas  han  dicho  los  psicólogos  ingle¬ 
ses,  lecciones  útiles  para  los  hombres.  La  ingenuidad  del  alma  infantil  transpa- 
sienta  admirablemente  los  resortes  y  fines,  a  menudo  inaccesibles,  de  las  luchas 

(1)  Recuérdese  el  ejemplo  clásico  de  Campanella,  citado  por  James:  <para  conocer  el  estado  mental 
tde  alguno,  remedaba  sus  gestosi. 


,74 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


de  los, hombres  y  de  los  pueblos.  Aparte  su  carácter  instintivo,  que  parece  repro¬ 
ducir  estadqs  ancestrales,  las  contiendas  de  los  muchachos  implican  un  senti- 
miepto  loable:  el  amor  a  la  gloria,  es  decir,  el  anhelo  de  la  aprobación  y  admira¬ 
ción  de  los  iguales;  nunca— y  esto  solo  bastaría  para  hacer  simpáticos  a  los 
niños— el  sórdido  interés. 

Otra  enseñanza  arrojan  las  luchas  infantiles.  Revélase  asimismo  en  ellas,  mejor 
aún  que  en  las  competiciones  de  los  hombres,  cuán  principal  y  decisiva  parte 
tienen  en  el  éxito  lisonjero  la  voluntad  enérgica  y  decisión  inquebrantable  de 
yencer.  El  que  toma  las  cosas  a  broma  es  siempre  superado  por  quien  las  toma 
en  serio;  el  mero  aficionado  cede  al  profesional;  quien  no  lleva  al  palenque  sino 
fútiles  satisfacciones  de  vanidad,  se  ve  constantemente  arrollado  por  el  que  pone 
el  alma  entera  en  la  empresa  y  de  antemano  se  preparó  vigorizando  sus  brazos  y 
templando  sus  armas. 

,  Gracias  a  mi  formalidad,  acabé  por  ser  técnico  refinadísimo  en  el  manejo 
de  la  honda.  Mis  observaciones  me  llevaron  a  perfeccionarla;  fabriqué  sus  cuer¬ 
das  de  seda  y  de  cordobán  la  navécula,  y  escogí  como  proyectiles  guijarros  esféri¬ 
cos  y  pesados.  Hasta  llegué  a  redactar,  para  uso  de  mis  amigos,  cierto  cuaderno 
con  estampas,  pretenciosamente  titulado  Estrategia  lapidaria,  donde  se  contenían 
reglas  prácticas  para  hurtar  metódicamente  el  cuerpo  cuando  era  amenazado  por 
varios  proyectiles. 

.  Sin  esfuerzo  imaginará  el  lector  que,  antes  de  alcanzar  tanta  maestría,  ha- 
bríanme  descalabrado  muchas  veces;  y  así  era  la  verdad,  tanto  que  mi  cabeza  está 
sembrada  de  viejas  cicatrices.  Alguna  vez,  al  salir  de  clase  y  encasquetarme  el 
sombrero,  me  encontraba  con  que  éste  no  encajaba  bien,  porque  el  chichón,  casi 
imperceptible  antes  de  entrar  en  el  aula,  había  crecido  durante  la  lección,  libre 
del  freno  de  la  montera. 

Pero  no  insistamos  demasiado  sobre  un  tema  varias  veces  tratado.  Rindamos, 
en  lo  posible,  culto  al  consabido  non. bis  in  idem.  de  los  latinos.  Permitasenos  so¬ 
lamente,  antes  de  abandonar  definitivamente  la  pesada  narración  de  pedreas, 
contar  dos  episodios  relativamente  interesantes. 

Del  primer  lance,  más  cómico  que  dramático,  fué  el  héroe  mi  hermano;  Peleᬠ
bamos  tranquilamente  en  cierto  callejón  próximo  al  Instituto,  ordinario  palenque 
de  nuestras  trifulcas,  cuando,  apenas  cruzados  los  primeros  proyectiles,  noté  con 
extrañeza  que  los  adversarios  habían  levantado  precipitadamente  el  campo.  Re¬ 
celando  una  celada,  acaso  el  ataque  por  retaguardia,  destaqué  dos  números,  para 
que,  dando  un  rodeo,  explorasen  el  terreno  y  me  informaran  de  lo  ocurrido.  Mas 
antes  de  regresar  los;  emisarios,  aclaróse  súbitamente  el  misterio;  en  el  otro  ex¬ 
tremo  de  la  calleja,  momentos  antes  ocupado  por  los  adversarios,  aparecieron 
cuatro  municipales  sable  en  mano,  y  al  grito  de  «¡esperad,  canallasf»,  avanzaron 
amenazadores.  Adiviné  entonces  lo  acontecido:  la  hueste  enemiga,  sorprendida 
por  la  fuerza  pública,  había  huido  a  la  desbandada,  y  perseguida  quizá  por.  los 
guindillas,  había  sufrido  los  consabidos  cintarazos. 

, .  La  situación  era  crítica.  Harto  sabíamos  que  al  fin  tendríamos  que  emprender 
la  fuga;  mas,  al  objeto  de  ganar  tiempo  y  detener  o  desconcertar  un  poco  a  los 
guardias,  di  el  alto  a  mi  gente  y  ordené,  antes  de  tocar  retirada,  una  descarga  ge¬ 
neral.  La  psadía  sirviónos  tina  vez  más.  Los  guindillas,  que  venían  desalados 
sobte  nosotros,  pararon  en,  firme  y  uno  ellos  cayó  en  tierra,  lanzándonos  soeces 
insultos. 

¿Qué  había  pasado?  Mi  piedra,  extraída  del  zurrón  de  las  infalibles,  dió  violen- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA  .7^ 

tamente  en  el  muslo  de  uno  de  los  persecutores,  quien  transido  de  dolor,  dot>lp  la 
rodilla  en  tierra;  otro  guijarro  hizo  blanco  en  el  hombro  del  segundo  municipal; 
mientras  que  el  proyectil  de  mi  hermano,  lanzado  con  gran  impulso,  acertó,  por 
peregrina  casualidad,  en  la  hoja  deí  sable  del  tercer  guardia,  rompiendo  el  acero 
al  ras  del  puño.  El  buen  hombre  quedó  en  la  facha  grotesca  que  es  de  suponer;  es. 
decir,  esgrimiendo  retador  un  mango  de  latón  mondo  y  lirondo.  Sólo  un  adversario, 
se  libró  de  los  proyectiles.  Siguióse,  como  décíamos,  un  instante  de  estupor,  del 
cual  nos  aprovechamos  hábilmente  para  poner  pies  en  polvorosa.  Cuando  los  co- 
léricos  guindillas  invadieron  nuestros  reales,  era  ya  tarde  para  el  alcance;  había¬ 
mos  ganado  las  eras  de  Cáscaro,  salvado  el  viejo  muro,  descendido  por  entre 
sus  sillares  y  traspuesto,  finalmente,  el  río  y  la  alameda. 

Cara  pudo  costamos  la  aventura.  Uno  de  los  guardias  guardó  cama  varios  días, 
según  contaron;  se  nos  buscó  insistentemente  por  todas  partes;  afortunadamente, 
ningún  compañero  nos  delató.  Y  aunque  la  Policía  quiso  hacer  un  escarmiento 
ejemplar  en  los  presumibles  cabecillas  del  atentado  contra  la  autoridad,  no  lo  con¬ 
siguió,  al  menos  en  lo  que  a  mí  respecta;  porque  mi  amo,  sabedor  del  lance  y  acé¬ 
rrimo  enemigo  de  los  guindillas,  con  quienes  tenía  alguna  cuenta  pendiente,  me 
ocultó  por  unos  días  en  casa  de  un  correligionario. 


La  otra  peripecia  dramática  ha  quedado  rotulada  en  mi  memoria  con  el  nombre 
de  paliza  del  montañés.  Batíame  solo,  desde  un  campo  próximo  a  la  carretera, 
contra  ocho  o  diez  estudiantes  parapetados  en  lo  alto  de  la  muralla,  posición  ven¬ 
tajosa  a  que  les  obligaba,  para  igualar  las  condiciones,  mi  notable  puntería  con  la 
honda.  En  lo  más  recio  del  zafarrancho,  y  cuando  acababa  de  hacer  blanco  en  un 
sombrero  enemigo,  veo  avanzar  hacia  mí,  con  aire  nada  tranquilizador  y  enarbo¬ 
lando  formidable  garrote,  a  un  arriero  montañés,  que  momentos  antes  cruzaba  pa¬ 
cíficamente  la  carretera  al  frente  de  su  recua.  Esperábale  yo  entre  confiado  y  esca¬ 
món,  sin  saber  qué  partido  tomar,  hasta  que  por  sus  primeras  palabras  adiviné  lo 
sucedido:  era  que  de  lo  alto  de  la  muralla  le  habían  arrojado  un  cantazo,  y  oyendo 
el  restallido  de  mi  honda  y  sorprendiendo  mi  actitud  ofensiva,  creyóme  autor  de  la 
agresión.  En  vano  alegué  mi  inocencia,  señalándole  la  posición  de  mis  adversarios, 
eclipsados  por  mi  mala  ventura  en  aquellos  críticos  momentos.  Sin  atender  a  ra¬ 
zones,  agarróme  del  cuello  y  me  sacudió  monumental  paliza,.  Desahogado  su  ren¬ 
cor,  incorporóse  a  la  recua  y  yo¿quedé  molido  y  maltrecho. 

Hirviendo  en  ira  juré  vengarme  del  atropello,  para  lo  cual  érame  propicia  la 
disposición  del  terreno.  Renqueando  por  el  dolor,  escalé,  como  Dios  me  dió  a  en¬ 
tender,  el  cercano  muro;  me  remonté  a  las  eras  de  Cáscaro,  deslicéme  a  lo  largo 
de  las  derruidas  almenas  hasta  ponerme  enfrente  del  colérico  montañés,  que 
caminaba  tranquilamente  por  la  carretera,  bien  ajeno  a  la  borrasca  que  le  esperaba. 
En  un  santiamén  reuní  diez  o  doce  gruesos  guijarros  y  los  arrojé  sobre  el  ansotano 
con  vertiginosa  rapidez.  Espantóse  la  recua,  corriendo  a  la  desbandada.  ¡Quién 
podría  contar  la  corajina  del  atlético  gañán  al  verse  alcanzado  por  tres  o  cuatro 
proyectiles  de  grueso  calibre!  El  infeliz,  que  no  podía  escalar  la  muralla,  ni  aban¬ 
donar  las  caballerías,  ni  esquivar  el  cuerpo  tras  de  ningún  reparo,  juraba  y  pa¬ 
teaba  como  un  condenado. 

En  cuanto  llegó  a  la  posada,  denunció  el  hecho  al  alcalde;  pero  las  autoridades 
no  lograron  averiguar  el  nombre  del  agresor  y  el  lance  no  tuvo  las  desagradables 
consecuencias  que  eran  de  temer. 


76 


S.  RAMÓN  Y  CÁJÁl' 


Mi  mala  fámía  hábia  cundido  dé  Ut  modo  en  el  barrio,  qiíe  hasta  las  iliñas, 
<íüandó  salían  dél  Colegio,  se  éscondíari  al  verme,  t'eníerosas  de  alguna  furtiva  pe¬ 
drada.  Por  cierto  que,  entre  las  müchachaá  que  ipe  cobraróii  más  horror,  recuerdo 
a  cierta  rubita  grácil,  de  grándes  OJOS  vérde-mar,  mejillas  y  labios  de  gétanio,  y 
íárgas  trenzas  color  de  miél.  Su  tío  y  padre,  a  quienes  nuestros  diarios  alborotos 
Impedían  dormir  la  siesta,  habíanle  dicho  pestés  de  Sañtiagüé,Q\  chico  del  riiédico 
dé  Ayerbe,  y  lá  pobrecilla,  en  cuanto  topaba  conmigo,  echaba  a  correr  despavorida, 
hasta  meterse  en  su  casa  de  la  calle  del  Hospital. 

iCaprichos  del  azar!...  ¡Aquella  preciosa  niña  asustadiza,  en  que  apenas  reparé 
por  entonces,  resultó,  andando  el  tiempo,  la  madre  de  mis  hijos!... 


CAPITULO  XV 


inquina  de  MICATEDRiTlOO  DE  QRIEOO.-DECIDE  MI  - 

CONVIRTIÉNDOME  EN  aÍÍENDIZ  DE  ZAPATERO.-MIS  PROEZAS  EN  OBRA  PRIMA. 

EL  ATAQUE  DE  LINÁS.-CONSIDERAeiONES  EN  TORNO  DE  LA  MUERTE 


Después  de  lo  expuesto,  huelga  decir  que  mi  instrucción  científica  y  litera- 
rTa  progresó  muy  poco  durante  el  curso  de  1886.  El  latín  y  griego  me 
aburrieroifsoberanamente,  y  la  Historia  universal  y  la  de  España,  con¬ 
sistían  en  retahila  insoportable  de  fechas  y  abrumadora  letanía  de  noinbres  de  re 
yes  y  d"as  ganadas  o  perdidas,  según  el  favor  o  el  enoio  de  la  Providencia, 

no  tuvieron  para  mí  ningún  atractivo.  ,>o4prirátirn  de 

Con  todo  eso,  el  curso  habríase  salvado  sin  contratiempo,  si  el  estico  de 
griego,  un  buen  señor  tan  desabrido  como  suspicaz,  no  me  íf 
blanco  de  su  mal  humor.  Cierto  que  no  extremaba  mi  celo  y  compostura  m 
me  entusiasmaban  grandemente  sus  lecciones  pronunciadas  con  acento  crudainen- 
te  catalán  y  premiosa  y  sibilitante  palabra;  mas  de  su  oieiiza  no  fueron  mis  dis- 
ÍacSnesl'causa  principal,  sino  cierto  defecto  fisiplógico  de  que  nunca  he  lo- 

lamanirade  los  salvaies  yde  las  muieres,  he  adolecido  siempre  de  lamen- 
table  facilidad  para  soltar  la  risa:  una  observación  chocante,  un  gesto  inesperado, 
ctÍaSerchirSota!  bastaban  para  excitar  mi  ruidosa  hilaridad,  sin  que  fueran 
oarte  a  reportarme  lo  grave  del  lugar  y  lo  solemne  de  la  ocasión.  En  mi  huesoso  y 
movedizo  semblánte  estallaba  la  carcajada  como  el  oleaje  f 
"  brisa  Y  era  lo  malo  que,  en  virtud  de  cierto  aspecto  meftstofehco  del  rostro,  mi 
espontánea  sonrisa  de  bobalicón  asombrado  adquiría,  a  los  ojos  de  algunos,  un  no 

sé  qué  de  sarcástico,  irritante  y  provocativo.  ^  ^  aiza  in«  hrihnnes 

Percel  bueno  del  maestro,  que  ignoraba  el  dicho  de  Dumas  f  “““ 
no  se  ríen.,  montaba  en  cólera  cada  vez  que  sorprendía  ™  ^ 

vela,  por  exceso  de  suspicacia,  intención  satírica  y  aviesa.  Ni  ™ 
mar  su  enojo  asegura, le  que  no  me  ireia  de  el,  a  Tumn  ^cemmente  re 
sino  de  las  bromas  y  salidas  de  algunos 

progresivamente  su  irritación,  dió  en  la  mama  de  mortihcarme  diariamente  con 
vulgares  comparaciones  zoológicas  y  comentarios  bmleseos.  teraoéú- 

A1  proceder  de  esta  suerte  mis  maestros  erraban  de  . . 

tica.  En  el  fondo  era'yo  un  infeliz,  un  alma  cándida,  aunque 
intelectuales  y  sensitivas  irrefrenables.  Tanto  mi  padre  como  mis 
hieran  sacado  mejor  partido  de  mí  usando  los  métodos  del  Y  de  la  bo 

en  lugar  de  infligirme  corJ-ecciones  acaso  excesivas  y  siempre  exasperantes. 


78 


S,  RAMÓN  Y  CAJAL 


Pero  volviendo  a  mi  adusto  profesor  de  griego,  diré  que  aquel  régimen  de  pu¬ 
llas  y  alfilerazos,  que  yo  estimaba  injusto,  agotó  mi  paciencia.  Y  considerándome 
perdido,  resolvi  tomar  represalias.  Decidí,  pues,  atormentar  al  pobre  señor  con 
toda  suerte  de  pesadas  bromas,  traspasando  los  límites  de  |la  insolencia.  Para 
herirle  en  lo  más  vivo,  que  eran  sus  profundas  convicciones  ultramontanas, 
hacía  pasar  de  mano  en  mano  grotescas  caricaturas  en  que  aparecía,  ya  con  traje 
de  miliciano  nacional,  colgando  de  sus  labios  letrero  que  decía:  «¡Viva  la  Constitu¬ 
ción!»,  ya  andando  en  cuatro  patas,  tocada  la  testa  con  boina  descomunal— y  ésta 
era  la  más  negra— y  cabalgado  por  Espartero,  que  parecía  cantarle  el  trágala .  al 
■oído.  Tan  grotescos  monigotes  regocijaban  y  desasosegaban  a  los  chicos,  que 
oían  al  iracundo  pedagogo  como  quien  oye  llover.  ^ 

Con  estas  y  otras  pesadas  payasadas  fué  tal  el  odio  que  me  cobró,  que,  a  punto 
de  trasladarse  a  Cataluña,  de  donde  era  natural,  aprovechó  la  ocasión  de  la  plᬠ
tica  de  despedida  para  deplorar  amargamente  deber  ausentarse  sin  haber  tenido 
el  gusto  de  castigar  mis  insolencias.  «A  bien  que  mis  rectos  comprofesores  sabrán 
vengarme»,  añadió.  Yo  estuve  por  contestarle  «¡buen  viaje!»;  me  contuve,  sin  em¬ 
bargo,  por  no  empeorar  mi  ya  desesperada  situación. 


Graves  fueron  de  todos  modos  las  consecuencias  de  mis  imprudencias.  Des¬ 
alentado  por  la  citada  conminación,  recibida  precisamente  en  el  mes  de  mayo,  di 
por  seguro  el  fracaso,  y  no  me  atreví  a  presentarme  a  examen. 

Con  lo  cual,  y  con  haber  obtenido  solamente  notas  de  mediano  en  las  demás 
asignaturas,  púsose  furioso  mi  padre,  amenazándome  con  ejemplar  y  radical  es¬ 
carmiento.  Resuelto  a  arrancar  de  cuajo  mis  chifladuras  artísticas,  meditó  y  puso 
por  obra  cierto  plan  terapéutico  no  exento  de  ingenio  y  eficacia,  que  consistía  en 
la  aplicación  del  sabido  principio  médico:  Contraria  contrariis.  «¿Qué  es— debió 
preguntarse  mi  progenitor— lo  más  diametralmente  opuesto,  en  el  orden  profesio¬ 
nal  y  sentimental,  a  la  dulce  poesía  y  a  las  emociones  y  bellezas  del  arte  pictóri¬ 
co?  Pues  los  bajos  oficios  de  soguero,  deshollinador  o  zapatero  remendón.»  Está 
última  profesión,  sobre  todo,  parecióle  pintiparada  para  abatir  mis  pujos  románti¬ 
cos  y  corregir  definitivamente  mis  rebeldías. 

Pensé  al  principio  que  todo  pararía  en  amenazas,  pero  me  engañé  de  medio  a 
medio.  Antes  de  terminar  el  mes  de  junio— habitábamos  entonces  en  Gurrea  de 
Gállego  (1)— puso  por  obra  su  proyecto,  asentándome  de  aprendiz  con  cierto  za¬ 
patero,  hombre  de  pocas  palabras,  rústico  y  mal  encarado,  el  cual,  en  conniven¬ 
cia  con  mi  padre,  hízome  pasar  las  de  Caín.  Obligóme  a  tragar  un  mal  cocido,  a 
dormir  en  obscuro  y  destartalado  desván  lleno  de  ratones  y  telarañas,  y  encargó¬ 
me  además  de  los  más  bajos  y  sucios  menesteres  de  la  tienda.  Quitáronme  lápi¬ 
ces  y  papel,  y  se  me  prohibió  hasta  emborronar  con  carbón  las  paredes  del 
granero.  Privada  la  fantasía  de  todo  instrumento  expresivo,  vivió  de  sí  misma  y 
alzó  en  la  mente  las  más  brillantes  y  risueñas  construcciones.  Jamás  viví  vida 
más  prosaica  ni  soñé  cosas  más  bellas,  altas  y  consoladoras.  En  cuanto  acababa 
de  cenar,  asaltaba  ansiosamente  mi  cuchitril,  y  antes  de  que  el  sueño  me  rindiera 
ocupábame  en  dar  forma  y  vida  al  caos  de  manchas  de  la  pared  y  a  las  telarañas 


■  (1)  Allá  a  fines  de  1865,  por  disgustos  habidos  coa  el  Ayanfamientb,  dejó  mi  padre  el  partido  de 
Ayerbe,  trasladándose  primero  a  .Sierra  de  Luna  y  luego  a  Gurrea  de  Gállego.  Transcurridos  dos  años 
y  hechas  al  fin  las  paces  con  el  cabildo  ayerbense,  retomó  al  antiguo  partido,  al  cual  le  ligaban  un  eré 
dito  profesional  bien  cimentado  y  hasta  algunos  bienes  raicesi 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


79 


del  techo,  que  transformaba,  a  impulsos  del  pensamiento,  en  los  bastidores  de 
mágico  escenario  por  donde  desfilaba  la  cabalgata  de  mis  quimeras. 

Aquel  régimen  de  aislamiento  moral  y  de  austera  alimentación  hubiera  aca¬ 
bado  por  convertirme  en  místico  ex^tado— como  a  un  amante  del  yermo— si  mi 
madre,  temerosa  de  los  efectos  depauperantes  de  las  berzas  y  del  cocido  incoloro, 
no  me  hubiera  mandado  furtivamente  sabrosas  tortas  y  suculentas  tajadas.  Al 
final  de  aquel  verano  conseguí  también  lápiz  y  papel,  comprados  gracias  a  la  ge¬ 
nerosa  propina  recibida  de  la  hija  de  los  condes  de  Parcent,  gentil  señorita  de 
catorce  abriles  que  se  dignó  un  día  visitar  la  tienda  y  confiar  al  humilde  aprendiz 
el  arreglo  de  elegante  y  diminuta  botina,  descosida  durante  el  trajín  dé  reciente 
cacería/(l). 

Trasladada  nuevamente  mi  familia  a  Ayerbe,  cambié  de  dueño,  entrando  a 
servir  a  un  tal  Pedrín,  de  la  familia  de  los  Coarasas  de  Loarre,  zapatero  campe¬ 
chano,  zaragatero  y  chistoso,  pero  severo  y  duro  con  los  aprendices.  Tenía  yo  en¬ 
tonces  rarezas  alimenticias  extremadas  (tales  como  repugnancia  invencible  hacia 
el  cocido,  la  calabaza,  el  tomate,  la  cebolla,  etc.),  que  desazonaban  sobremanera 
a  mis  padres.  Y  así,  el  autor  de  mis  días  puso  empeño  en  que  Pedrín  curara  radi_ 
cálmente  tan  enfadosos  antojos,  amén  de  tratarme  en  lo  demás  sin  ningún  mira¬ 
miento  y  a  cara  de  perro,  según  el  dicho  vulgar.  Lo  mismo  que  en  Gurrea,  debían 
correr  a  mi  cargo  las  más  antiestéticas  faenas. 

Encantado  estaba  el  señor  Pedrín  (quien,  no  obstante  la  fama  de  mal  genio,  era 
excelente  persona  y  buen  amigo  de  mi  familia)  de  mis  progresos,  así  como  de  la 
paciente  humildad  con  que  soportaba  lo  mismo  las  bajezas  y  prosaísmos  dél 
oficio  que  las  deliberadas  modificaciones  del  menú. 

Un  día  díjole  a  mi  padre:  —Don  Justo,  suxhico  de  usted  es  una  alhaja;  es  ma¬ 
ñoso,  todo  lo  hace  bien.  De  seguir  así,  voy  a  ponerle  pronto  a  hacer  botinás 
nuevas. 

— Y  ¿qué  tal  la  comida? 

—Traga  hasta  las  piedras:  calabaza,  tomate,  nabos,  cocido...  Todo  lo  devora 
sin  hacer  un  visaje. 

—Lo  dudo...;  fíjese  bien,  no  sea  que  el  chico,  que  es  muy  marrullero,  se  la 
pegue  a  usted. 

Algo  escamado  el  maestro,  observóme  disimuladamente  durante  la  cena,  y  no 
tardó  en  sorprender  mis  trazas  y  ardides.  Cuando  el  plato  no  era  de  mi  gusto, 
solapadamente  escondía  yo  las  tajadas,  ya  en  el  bolsillo  del  pantalón,  encerado  a 
este  propósito,  ya  sobre  un  pañuelo  oculto  entre  mis  rodillas.  Afeóme  áspera¬ 
mente  la  desobediencia  y  consideró  cuestión  persona!  democratizarme  el  estóma¬ 
go  y  empapaza/Tne  (empapujar)  hasta  de  las  más  viles  bazofias;  no  lo  consiguió, 
sin  embargo.  Sus  bien  intencionadas  porfías  sólo  sirvieron  para  enflaquecerme  y 
convertirme,^  por  inevitable  compensación  alimenticia,  en  famélico  comedor 
de  pan  (2). 

(1)  Los  condes  de  Parcent  solían  pasar  entonces  los  veranos  en  Gurrea,  centro  de  sus  vastas  pose¬ 
siones  señoriales,  donde  tenían  magnífico  palacio.  Recuerdo  todavía  con  placer  las  soberbias  cacerias 

con  acompañamiento  de  bocinas,  tiendas  de  campaña,  lujosos  trajes  de  caza,  etc.)  efectuadas  en  los 
bosques  próximos,  y  a  las  cuales  era  mi  padre  graciosamente  invitado  a  título  de  primera  escopeta  de 
la  comarca.  Por  cierto  que  el  hermano  del  conde  pintaba  al  óleo  bastante  bien.  Aún  debe  conservarse 
en  mi  casa  cierto  retrato  de  mi  padre,  con  robusto  y  bien  entoirado  colorido,  regalo  del  aristócrata  afi- 
-cionado. 

(2)  El  señor  Pedrín  vivía  aún  en  1917,  y  dirigía  un  acreditado  taller  de  zapatería  en  Huesca,  donde  era 
jnuy  estimado.  Hace  algunos  años,  y  poco  después  de  haberse  hécho  público  cierto  afortunado  triunfo 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Extendidas  por  el  pueblo  nuevas  de  mis  rápidos  avances  zapateriles,  un  taí 
Fenollo,  maestro  de  obra  prima  y  dueño  de  la  mejor  tienda  de  la  población,  pro¬ 
puso  contratarme  por  cierto  número  de  años,  a  condición  de  que  si,  antes  de  la 
primera  añada,  abandonaba  el  oficio,  debía  mi  padre  indemnizarle  a  posteriorí  con 
dos  reales  diarios.  Cerrado  el  trato  e  instalado  en  el  nuevo  obrador  (más  alegre  y 
capaz  que  el  de  Pedrín,  y  emplazado  en  la  hermosa  Plaza  Baja),  puse  a  mal  tiem¬ 
po  buena  cara. 

Poco  tardé  en  intimar  con  el  hijo  del  patrón,  simpático  muchacho  de  mi  edad 
y  gustos,  y  díme  tal  garbo  en  el  manejo  de  la  lezna,  que  a  los  pocos  meses  cosía 
a  todo  ruedo,  haciendo  zapatos  nuevos  de  los  llamados  entonces  abotinados,  re¬ 
cortando  coquetones  tacones  y  dominando  los  calados  y  demás  arrequives  de  las 
punteras  y  todas  las  filigranas  del  oficio.  Mis  prpgresos  fueron  muy  alabados  por 
el  nuevo  amo,  que  me  prometió,  de  continuar  en  la  misma  tesitura,  abonarme  un 
jornal  de  dos  reales  diarios,  amén  de  la  ropa  y  comida.  Entretanto,  para  honrar  y 
enaltecer  mi  habilidad,  confiábame  las  botinas  de  las  señoritas  más  remilgadas  y 
presumidas;  botinas  en  cuyos  altos  y  esbeltos  tacones  labraba  primores  de  orna¬ 
mentación.  ¡Qué  diablos!  ¡De  algo  habían  de  servirme  el  Arte  poética  de  Horacio  y 
mis  aficiones  artísticas! 

Por  aquel  año  (1867)  acaeció  la  famosa  intentona  revolucionaria  de  Moriones 
y  Pierrad,  que  tuvo  sangriento  epílogo  en  el  choque  de  Línás  de  Marcuello.  Gene¬ 
ral  era  el  descontento  contra  el  Gobierno.  El  odio  a  los  moderados,  a  causa  de  las 
deportaciones  y  fusilamientos  de  liberales,  había  ganado  hasta  las  aldeas  más 
apartadas.  Todo  hacía  presagiar  próxima  tormenta,  de  la  cual  el  citado  choqué  de 
Linás  fué  el  primer  relámpago  amenazador. 

Con  júbilo  casi  general  fué  en  Ayerbe  sabida  la  sublevación  de  los  generales,, 
cuyo  triunfo  creíase  inminente.  Muchos  se  aprestaban  a  alistarse  en  las  filas  re¬ 
beldes;  sólo  en  nuestro  pueblo  y  Bolea  había— al  decir  déla  gente— sobre  500 
hombres  comprometidos,  que  esperaban  no  más,  para  incorporarse  a  las  filas  revo¬ 
lucionarias,  recibir  armas  y  equipos.  Cundió,  por  fin,  la  noticia  de  que  las  huestes 
liberales,  formadas  por  carabineros  y  montañeses  del  Alto  Aragón,  habían  per¬ 
noctado  en  Mrillo,  Lapeña  y  Riglos,  desde  cuyos  pueblos  corriéronse  hacia  Linás 
de  Marcuello,  aldea  situada  al  pie  de  la  vecina  sierra  de  Gratal.  Intensa  emoción 
reinaba  en  Ayerbe;  algunos  juzgaban  inminente  la  entrada  triunfal  de  los  insu¬ 
rrectos. 

De  improviso  apareció  en  la  Plaza  Baja  la  columna  del  general  Manso  de  Zú- 
ñiga,  compuesta  de  algunas  fuerzas  de  infantería  y  de  50  soberbios  y  vistosos  co¬ 
raceros  que  entusiasmaron  a  los  muchachos  con  su  aire  marcial  y  brillantes  arma¬ 
duras.  No  me  saciaba  de  admirar  las  bruñidas  corazas  y  empenachados  yelmos, 
defensas  evocadoras  del  recio  arnés  de  los  antiguos  guerreros  y  de  las  épicas 
luchas  de  la  reconquista.  Subyugóme,  sobre  todo,  el  admirable  golpe  de  vista 
ofrecido  por  los  escuadrones  en  correcta  formación.  Al  moverse  los  caballos,  toda 
aquella  masa  de  metal  pulido  rielaba  al  sol  como  el  mar  rizado  por  la  brisa:  de 
las  desnudas  espadas  brotaban  deslumbradores  relámpagos,  y  el  polvo  alzado 
por  el  piafar  de  los  alazanes  parecía  como  dibujar  en  torno  dé  cada  guerrero  . glo¬ 
rioso  nimbo  de  luz. 

Impaciente  por  combatir,  el  general  ordenó  al  alcalde  la  inmediata  traída  de 
bagajes,  y  sin  detenerse  más  que  lo  estrictamente  necesario  para  racionar  a  los 

mío,  salióme  a  recibir  a  la  estación  oscense,  y  sin  poder  contener  las  lágrimas  abrazóme  emocionado 
exclamando;  —¡Y  yo  que  pensaba  que  tenias  aptitudes  excepcionales  para  el  oficio! 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


81 


soldados,  partió  en  dirección  de  Linás,  adonde  debió  llegar  en  las  primeras  horas 
de  la  tarde.  No  transcurrió  mucho  tiempo  sin  que  oyéramos  el  lejano  y  sordo  es-r 
tampido  de  las  descargas,  repercutido  por  las  vecinas  montañas- 

Formáronse  corrillos  en  las  plazas,  a  los  que  nos  agregábamos  los  chicos, 
presa  de  viva  curiosidad.  Y  entre  los  hombres  cambiábanse  en  voz  baja  comenta¬ 
rios  acerca  de  la  batalla  librada  en  aquellos  angustiosos  momentos  entre  la  liber¬ 
tad  y  la  reacción.  Entretanto,  buen  golpe  de  vecinos  comprometidos  en  la  asona¬ 
da  habían  huido  hacia  la  sierra  para  esprerar  el  desenlace  y  evitar  posibles  repre¬ 
salias.  Ardíamos  todos  en  ansiedad  e  impaciencia  por  conocer  lo  ocurrido.  Nues¬ 
tra  comezón  por  saber  algo  fué  tan  grande,  que  varios  chicos  nos  escapamos  al 
lugar  de  combate,  caminando  a  campo  traviesa.  Llegados  a  la  cúspide  de  una 
colina,  que  por  el  Sur  domina  la  aldea  de  Linás,' presenciamos  escena  lastimosa  y 
conmovedora.  Las  tuerzas  leales  replegábanse  en  aquel  instante,  con  visibles 
muestras  de  desaliento,  hacia  Ayerbe;  mientras  los  insurrectos,  que  conservaban 
excelentes  posiciones  en  las  casas  del  pueblo  y  cercados  inmediatos,  comenza¬ 
ban  a  correrse  por  el  pie  de  la  sierra,  desdeñando  perseguir  al  enemigó,  acaso  por 
no  derramar  estérilmente  sangre  española. 

Escalamos  entonces  cierto  alcor  próximo  al  camino  por  donde  la  tropa  cami¬ 
naba.  Grande  fué  nuestra  sorpresa  al  advertir  que  aquellos  coraceros,  horas 
antes  gallardos  e  imponentes,  marchaban  ahora  desordenados  y  silenciosos,  abo¬ 
llados  los  cascos  y  sangrientos  los  uniformes.  Algunos,  perdido  el  caballo  en  la 
refriega,  caminaban  a  pie,  macilentos  y  tristes.  Montados,  o  más  bien  sujetos,  en 
caballerías  y  escoltados  por  bagajeros  y  soldados,  venían  numerosos  heridos, 
cuyos  lastimeros  ayes,  arrancados  a  cada  trompicón  del  áspero  camino,  desgarra¬ 
ban  el  corazón.  Y  en  medio  de  aquel  melancólico  desfile  surgió,  cual  trágica  apa¬ 
rición,  la  pálida  figura  del  general  Manso  de  Zúñiga,  agonizante  o  muerto,  mante¬ 
nido  a  caballo  gracias  a  los  piadosos  brazos  de  un  ayudante.  Profunda  impresión 
sentí  al  contemplar  el  uniforme  manchado  de  polvo  y  sangre,  los  abatidos  y  páli¬ 
dos  rostros  de  la  fúnebre  comitiva,  y,  sobre  todo,  la  faz  intensamente  blanca  del 
infortunado  caudillo,  horas  antes  rebosante  de  energía  y  altiva  resolución. 

Confieso  que  aquella  imagen  brutalmente  realista  de  la  guerra  enfrió  bastante 
mis  bélicos  entusiasmos.  En  ningún  libro  había  leído  que  las  heridas  de  fusil  fuer 
ran  tan  acerbamente  dolorosas,  ni  que  los  lisiados  exhalaran  quejas  tan  lastime¬ 
ras.  Está  visto  que,  o  los  historiadores  no  han  presenciado  batallas,  u  omiten  de¬ 
liberadamente  por  sabida  la  tortura  física  y  moral  de  las  víctimas, 

Al  llegar  al  pueblo,  contaron  los  soldados  pormenores  del  encuentro.  Noticio¬ 
sos  los  insurrectos  (en  número  de  1.600  hombres)  de  la|escasez  de  las  fuerzas  del 
general  Manso,  aguardáronle  apostados  en  excelentes  posiciones  extendidas  por 
las  colinas  inmediatas  a  Linás.  En  cuanto  avistaron  al  enemigo,  las  fuerzas  leales 
hiciéroase  fuertes  en  los  altozanos  próximos  a  la  aldea  y  cruzáronse  los  primeros 
disparos.  Impaciente  el  caudillo  isabelino  por  la  inesperada  resistencia  de  fuerzas, 
que  supuso  indisciplinadas,  ordenó  el  avance  de  sus  tropas,  que  fueron  recibidas 
con  nutridas  descargas.  Debió  ocurrir  un  movimiento  de  vacilación,  motivado 
quizá  por  el  desorden  de  la  caballería,  incapaz  de  maniobrar  dado  lo  angosto 
y  quebrado  del  terreno;  y  entonces  el  bravo  general,  para  dar  ejemplo  a  los 
suyos  y  arrastrado  por  su  intrepidez,  espoleó  reciamente  el  caballo,  adelantándose 
gran  trecho  hacia  el  enemigo.  Cobraron  ánimo  los  leales,  corriendo  a  paso  de 
carga  para  alcanzar  al  bizarro  general;  pero,  desgraciadamente,  antes  de  que  lle¬ 
garan  a  socorrerle,  una  descarga  derribóle  mortalmente  herido.  Cuentan  que  en 

6 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


aquel  momento  trágico,  cierto  colosal  ansotano,  mozo  de  siete  pies  de  estatura  y 
de  diez  y  nueve  años  apenas,  abalanzóse  temerariamente  hacia  el  caído,  al  objeto 
de  desarmarlo  y  hacerlo  prisionero;  perojrustróse  su  intento,  porque  certera  bala 
le  hirió  en  el  corazón,  desplomándolo  junto  al  caudillo.  Perdido  el  general  e  insu¬ 
ficientes  las  fuerzas  isabelinas  para  proseguir  el  ataque,  retiráronse  al  cabo,  des¬ 
pués  de  recoger  los  numerosos  heridos,  que  fueron  asistidos  y  curados  en  el  hos¬ 
pital  de  Ayerbe  (1). 

Según  era  de  presumir,  tocóle  a  mi  padre  aquellos  días  no  poco  que  hacer  con 
la  diaria  curación  de  los  soldados  heridos  en  la  refriega,  y  el  cuidado  sigiloso  de 
otros  pertenecientes  a  las  fuerzas  insurrectas,  refugiados  en  diversas  aldeas  y 
hasta  en  lo  más  fragoso  de  la  vecina  sierra  de  Gratal. 

La  contemplación  al  siguiente  día,  en  los  campos  de  Linás,  de  los  infelices 
que  cayeron  con  ocasión  del  sangriento  combate,  y  el  examen,  poco  tiempo  des¬ 
pués,  de  las  víctimas  de  otra  acción  inesperada  librada  cerca  de  Ayerbe  (2)  entre 
carabineros  y  contrabandistas,  trajeron  por  primera  vez  a  mi  espíritu  la  terrible 
enseñanza  de  la  muerte,  la  más  profunda  y  angustiosa  de  todas  las  realidades  de 
la  vida.  Ciertamente,  antes  de  los  citados  sucesos  había  visto  muertos  y  presen¬ 
ciado  el  espectáculo  desgarrador  de  la  agonía;  pero  mi  emoción,  harto  débil,  ha¬ 
bíase  disipado  como  espuma  en  la  onda. 

En  la  aurora  de  la  vida,  tan  absurda  resulta  la  idea  de  la  muerte,  que  apenas 
suscita  alguna  pasajera  cavilación.  iQuién  piensa  en  morir  cuando  siente  en  su 
corazón  juvenil  batir  con  furia  la  sangre,  y  contempla  delante  de  sí,  en  la  azul  le¬ 
janía  del  tiempo,  serie  inacabable  de  años  de  luminosa  existencia!  Gran  privi¬ 
legio  de  los  niños  es  morir  sin  saber  que  se  mueren. 

La  melancólica  convicción  del  no  ser,  con  todo  su  cortejo  de  pavorosos  y  for¬ 
midables  enigmas,  se  apodera  de  nosotros  en  la  edad  madura,  en  presencia  de  la 
muerte  de  padres  y  amigos,  y  sobre  todo  cuando  penosas  sensaciones  internas, 
inequívocos  signos  del  creciente  desgaste  de  la  máquina  vital,  nos  anuncian, 
para  un  plazo  más  o  menos  dilatado,  el  ineluctable  desenlace . 

Este  temor,  tan  profundamente  humano  (más  felices  que  nosotros,  los  anima¬ 
les  parecen  ignorarlo),  acreciéntase  todavía  para  el  médico  o  el  biólogo.  La  cien¬ 
cia  es  tan  impasible  como  indiscreta.  Por  ella  sabemos  que  nuestra  organización 
es  tan  sutil  y  quebradiza,  que  un  invisible  microbio,  inesperada  ráfaga  de  viento, 
débil  oscilación  térmica,  choque  moral  violento,  pueden  en  pocos  días  arruinar  la 
obra  maestra  de  la  creación,  que  se  asemeja,  por  lo  deleznable  y  compleja,  a  esos 

(1)  No  respondemos  de  la  fidelidad  absoluta  del  precedente  relato.  Trasladamos  aquí  exclusiva¬ 
mente  nuestros  recuerdos  personales,  así  como  la  versión,  descartada  de  anécdotas  y  de  suposiciones 
inverosímiles,  que  por  aquellos  tiempos  corría  en  Ayerbe. 

(2)  Ocurrió  este  choque  cerca  de  Piasencia,  carretera  de  Ayerbe  a  Huesca.  Cierta  cuadrilla  de  con¬ 
trabandistas,  a  quienes,  al  cruzar  el  Pirineo,  habia  sido  arrebatado,  con  muerte  de  algún  paquetero 
prestigioso,  valiosísimo  contrabando,  deseando  vengarse  y  recobrar  el  botín,  siguió  a  corta  distancia  a 
los  carros  portadores  del  apresado  alijo,  recatándose  hábilmente  de  la  escolta  de  carabineros  y 
fuerzas  de  infantería  que  lo  custodiaban.  Llegados  más  allá  de  Ayerbe,  aprovecharon  un  momento  du¬ 
rante  el  cual,  demasiado  adelantada  la  escolta  de  infantería,  no  quedaba  junto  a  los  carros  sino  una 
docena  de  carabineros;  entonces  sorprendieron  a  éstos,  que  marchaban  descuidados;  mataron  a  seis  o 
siete  infelices,  dispersaron  los  demás,  y  cargaron  rápidamente  el  contrabando  en  sus  recuas.  Cuando  la 
compañía  de  infantería,  que  iba  a  la  cabeza  del  convoy,  tuvo  noticia  de  la  audaz  y  sangrienta  acome¬ 
tida,  fué  ya  imposible  alcanzar  a  los  contrabandistas,  que  tomaron,  por  veredas  de  ellos  solamente  co¬ 
nocidas.  la  vuelta  de  Zaragoza.  A  caxgo,de  mi  padre  corrió  le  autopsia  de  los  cadáveres,  y  y  o,  llevado  dé 
mi  curiosidad,  le  acompañé  ayudándole  en  la  fúnebre  tarea.  Según  supe  más  adelante  (en  ígiO-)  oreci 
sámente  por  el  jefe  de  la  partida  (en  Ansó),  los  ansotanos  tuvieron  también  algunos  heridos,  que  escon¬ 
dieron  en  corrales  y  aldeas. 


ÜECUERDOS  DE  MI  VIDA 


Ingeniosísimos  e  intrincados  relojes  que  marcan  las  ñoras,  señalan  los  días  de  la 
semana,  anuncian  los  meses,  las  estaciones,  los  años,  las  salidas  del  sol  y  de  la 
luna,  pero  que,  ¡ay!,  adolecen  tan  sólo  de  un  pequeño  defecto:  pararse  definitiva¬ 
mente  a  la  primera  sacudida  que  reciben. 

Otra  de  las  cosas  que  más  profunda  impresión  me  produjo  fué  la  expresión  de 
calma  beatífica  del  cadáver,  en  contradicción  fiagrante  con  los  espasmos,  luchas  y 
terrores  de  la  agonía.  Acostumbrados  a  asociar  el  gesto  con  un  modo  particular  de 
sentimiento,  nos  cuesta  trabajo  atribuir  al  definitivo  reposo  muscular  la  expresión 
plácida  del  difunto;  antes  bien,  propendemos  a  enlazar  dicha  inmutable  serenidad 
con  un  equivalente  estado  de  conciencia. 

¡Guán  soberanamente  trágico  aparece  ese  abandono  del  espíritu  y  la  dócil  en¬ 
trega  de  nuestros  órganos  a  todas  las  disolventes  injurias  de  las  fuerzas  cósmicasl 
¡Y  qué  desconsoladora  indiferencia  la  de  la  naturaleza  al  arrojar  cual  vil  e:scoria  la 
obra  maestra  de  la  creación,  el  sublime  espejo  cerebral  donde  aquélla  adquiere 
conciencia  de  sí  misma! 


CAPITULO  XVI 


RETORNO  AL  ESTUDIO.— MATRIGÚL02VIE  EN.  DIBUJO.— MIS  PROFESORES  DE  RETÓRICA 
Y  PSICOLOGÍA.— IMPRESIÓN  CAUSADA  POR  LAS  ENSEÑANZAS  FILOSÓFICAS,— UNA 
TRAVESURA  DESDICHADA.— EN  BUSCA  DE  LOCAS  AVENTURAS 


Había  transcurrido  un  año  de  mi  vida  'zapateril  cuando  mi  padre,  satisfe¬ 
cho  del  experimento  educativo,  y  considerándome  curado  de  mis  deli¬ 
rios  artísticos,  dispuso  mi  vuelta  a  los  estudios.  Ofrecíle  sinceramente 
aplicarme,  a  condición  de  que  me  consintiese  matricularme  en  dibujo,  asignatura 
perfectamente  compatible  con  la  cultura  clásica,  y  sobre  todo  con  el  estudio  de 
las  ciencias  físicas  y  naturales.  Accedió,  por  fin,  no  sin  escrúpulo,,  a  mi  ruego,  jr 
para  garantizar  mi  formalidad  en  lo  futuró,  asentóme  de  mancebo  en  la  barbería 
de  un  tal  Borruel,  situada  en  la  plaza  de  Santo  Domingo.  Si  mis  recuerdos  no 
mienten,  tocóme  cursar  aquel  año  Psicología,  Historia  sagrada,  Latín  y  Retórica  y 
Poética. 

Según  adivinará  el  lector,  en  cuanto  empezaron  las  clases  me  entregué  con 
ardor  infatigable  al  dibujo.  Pronto  pasé  de  la  pepitoria  fisonómica  (ojos,  narices,, 
bocas)  a  las  cabezas  completas  y  a  las  figuras  enteras.  Trabajé  con  tan  furiosa 
actividad,  que  antes  de  los  tres  meses  agoté  la  colección  oficial  de  modelos  lito- 
gráficos.  Mi  profesor,  don  León  Abadías,  sorprendido  de  tan  extraño  caso  de  afi¬ 
ción  pictórica,  puso  galantemente  a  mi  disposición  mis  colecciones  privadas  de 
dibujos,  que  me  consentía  llevar  por  turno  a  casa  para  trabajar  durante  las  vela¬ 
das  invernales.  Embeleso  y  deleite  de  mis  sentidos  resultaba  la  citada  labor,  en 
la  cuál  me  pasaba,  infatigable,  los  días  de  turbio  en  turbio,  ocupado  en  copiar 
fervorosamente  las  nobles  líneas  de  los  héroes  griegos  y  la  expresión  beatífica  de 
las  espirituales  madonas  de  Rafael  y  de  Murillo.  Era  la  embriaguez  del  instinto 
estético,  que  sacia  por  fin  su  sed  de  ideal  en  las  puras  corrientes  de  la  belleza 

Con  nada  se  saciaba  mi  lápiz  infatigable.  Habiendo  don  León  agotado  sus  car¬ 
tapacios,  ascendióme  a  copiar  del  yeso  y  del  natural  y,  por  último,  tanteó  mis 
fuerzas  en  la  acuarela.  Quedó  satisfechísimo  de  mis  trabajos,  considerándome— 
según  declaró  más  de  una  vez — como  el  discípulo  más  brillante  de  cuantos  habían 
pasado  por  su  Academia.  Tan  lisonjero  juicio  llenóme  de  noble  orgullo.  Según 
era  de  esperar,  llegados  los  exámenes,  galardonó  mi  laboriosidad  con  la  nota 
de  sobresaliente  y  premio.  Llevado  de  su  altruismo,  mi  excelente  maestro  hizo- 
más:  se  tomó  la  molestia  de  visitar  a  mi  padre  em  Ayerbe,  a  quien  instó  encareci¬ 
damente  para  que,  sin  vacilar  un  momento,  me  consagrara  al  hermoso  arte  de 
Apeles,  en  el  cual  me  esperaban,  en  su  sentir,  triunfos  resonantes..  Arrastrado  poir 


RECOTRDOS  rjE  MI  VIDA 


SU  fervor,  extremó  los  elogios  al  catecúmeno;  pero  todo  fué  en  vano.  Iinposible. 
fué  persuadir,  al  autor  de  mis  dias  de.que  en  las  inclinaciones  artísticas  de  su  re¬ 
toño  había  algo  más  que  pasajero  dilettantismo. 

No  obstante  mi  manía  pictórica,  estudié  también  con  algún  provecho  la  Retón  ;  ^ 
tórica  y  Poética,  asignatura  que  armonizaba  con  mis  gustos  y  tendencias.  El  retó¬ 
rico  don  Cosme  Blasco  (hermano  del  ilustre  escritor  don  Eusebiq),  joven  maestro 
de  palabra  suave  y  atildada,  bajo  la  cual  ocultaba  carácter  enérgico  y  entero,  po¬ 
seía  el  arte  exquisito  de  hacer  agradable  la  asignatura,  y  el  no  menos  recomenda- , 
ble  de;qstimular  la  aplicación  de  sus  discípulos.  Preguntábanos  la  lección  a  todos; . 
tomaba  nota  diaria  de  las  contestaciones,  y  con  arreglo  a  ellas  nos  ordenaba  en 
los  bancos.  Yo  salía  casi  siempre  airoso  de  las  conferencias;  sin  embargo,  a  des¬ 
pecho  de  mis  buenos  deseos,  no  conseguí  pasar  nunca  del  segundo  o  del  tercer 
Iqgar.  El  puesto  de  honor  era  alcanzado  siempre  por  alguno  de  esos  estudiantes  , 
que,  a  la  aplicación  y  despejo  excepcionales,  juntan  obstinada  retentiva  verbal  y 
recitan  de  coro  largos  pasajes  latinos  y  castellanos  (1).  Ese  don  exquisito  que  los 
psicólogos  modernos  llaman  memoria  espontánea  a  orgánica;  osa.  capacidad  de  . 
retener  sartas  inacabables  de  voces  inconexas;  ese  precioso  capital  orgánico, 
archivo  de  la  razón,  descanso  de  la  atención  y  del  juicio,  es  precisamente  la  cuali¬ 
dad  en  que  la  naturaleza  se  ha  mostrado  conmigo  más  avara.  Mi  facultad  de  rete¬ 
ner  corresponde  casi  exclusivamente  a  la  memoria  lógica  o  sistemática,  que  se 
nutre  con  la  atención  y  asociación,  y  opera  solamente  a  condición  de ,  establecer 
concatenación  natural  y  lógica  entre  las  nuevas  y  las  antiguas  adquisiciones.  . 

Compruébase  en  mí,  de  exagerada  manera,  una  nota  o  propiedad  de  la  revi¬ 
viscencia  de  las  ideas,  bien  estudiada  por  Wund,  James  y  otros  psicólogos,  a 
sqber:  que  el  recuerdo  o  imagen  no  es  mera  copia  de  la  percepción,  sino  nuevo 
acontecimiento  mental,  resultado  de  una  síntesis  que  incorpora  elementos  pre¬ 
existentes  más  o  menos  afínes. 

Con  harto  menos  provecho,  por  falta  de  adecuada  disposición  mental  y  por 
mi  repugnancia  invencible  contra  toda  clase  de  dogmatismos,  estudié  la  Psicolo¬ 
gía,  Lógica  y  Etica.  El  profesor  de  esta  asignatura,  don  Vicente  Ventura,  era  , 
maestro  docto  y  celoso,  cuya  voz  ronca  y  nasal  deslucía  un  tanto  la  brillantez  de 
su  oratoria.  Penetrado  de  profundo  sentimiento  religioso  (que  le  impulsaba  a 
postrarse  horas  enteras  en  la  catedral  con  los  brazos  en  cruz  y  el  alma  en  éxtasis), 
sus  palabras  traducían  la  robusta  fe  del  creyente  más  que  la  crítica  razonada  del 
filósofo.  Era,  ante  todo,  panegirista  de  la  religión  y  orador  pomposo,  de  apostrofes 
vibrantes  de  apostólica  indignación  contra  el  error .  materialista  y  la  impiedad 
protestante.  Ferviente  admirador  de  la  escolástica,  para  él  no  habían  existido . 
sino  dos  grandes  genios  filosóficos:  Aristóteles  y  Santo  Tomás.  De  vez  en  cuando¿ 
arrastrado  por  su  fogosidad  tribunicia,  se  exaltaba,  poniendo  como,  chupa  de  dó-  , 
mine  a  Locke,  a  Condiílac,  y  sobre  todo  a  Rousseau  y  a  Voltaire.  Ignorante  yo  de 
la  vida  y  milagros  de  dichos  filósofos,  me  dije  más  de  una  vez;  ¿Qué  le  habrán 
hecho  estos  señores  a  don  Ventura  para  que  les  censure  tan  duramente?  Y  fué  lo  - 
peor,  que,  a  fuerza  de  execrar  a  los  racionalistas,  casi  nos  resultaban  simpáticos. 

Fuera  largo  e  impertinente  analizar  aquí  los  estados  de  conciencia,  no  siempre 
suficientemente  ^precisos  y.  luminosos,  producidos .  por  aquella  iniciación  en  lá:: 
psicología  dogmática  y  metafísica  elemental..  Sólo  diré  que  me  extrañaron  mu- 

(1)  Nnesiro  modelo  de  estudiantes  aplicados  era  Arizón,  que  llegó  y  no  pasó  de  médico  militar. 
Jamás  pudimos  arrancarle  el  número  primero  de  W  clMé.  ¡Cuántos  talentos  se  esterilizan  por  falta  de 
ambición!... 


86 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


chas  cosas:  primera:  que  mientras  en  Geometría,  Algebra  y  Física  toda  verdad  se 
apoyaba  firmemente  sobre  el  razonamiento  o  la  experiencia,  en  Metafísica  y  Psi¬ 
cología  se  miraba  con  recelo  o  se  concedía  secundaria  importancia  a  los  referi¬ 
dos  métodos,  adoptando  con  ciega  confianza  el  principio  de  autoridad  y  las  ale¬ 
gaciones  del  sentimiento:  segunda;  que  verdades  tan  transcendentales  y  decisivas 
como  la  existencia  de  Dios  y  la  inmortalidad  del  alma,  que  debieran  constituir,  al 
modo  de  los  axiomas  matemáticos,  indiscutibles  postulados  de  la  razón,  tuvieran 
que  ser  hábilmente  defendidos  con  argucias  y  recursos  de  abogado;  tercera:  que 
el  mismo  profesor  de  Lógica,  que  tanto  encarecía  la  aplicación  a  los  problemas  de 
la  vida  común  los  criterios  de  certeza,  al  tratar  después  de  los  problemas  de  la 
Metafísica,  se  amparaba  sin  recelo  en  los  dictados,  no  siempre  infalibles,  y  a  veces 
contradictorios,  de  la  tradición,  y  en  las  afirmaciones  dogmáticas  de  la  fe  religio¬ 
sa;  finalmente,  sorprendióme  sobremanera  la  pluralidad  de  las  escuelas  filosóficas, 
pluralidad  reveladora,  o  de  que  las  cabezas  humanas  funcionan  diversamente, 
estimando  las  unas  por  error  lo  que  las  otras  diputan  por  verdad,  o  que  la  esfera 
de  la  religión  y  de  la  filosofía  se  substrae  casi  enteramente  a  la  aprehensión  del 
entendimiento  humano. 

Pero  dejemos  estas  digresiones  (1),  impropias  de  una  autobiografía,  y  reanu¬ 
demos  el  hilo  de  la  narración. 

Avanzaba  el  curso  del  68  y  aproximábanse  los  exámenes,  en  los  cuales  espe- 
r  aba  salir  medianamente  airoso,  cuando  un  suceso  inesperado  malogró  mis  espe¬ 
ranzas. 

Paseábame  cierta  tarde  por  la  carretera  inmediata  a  la  muralla,  no  lejos  de  la 
plaza  de  Santo  Domingo.  De  improvisó  divisé  una  tapia  recién  revocada  y  perfec¬ 
tamente  blanca.  En  aquellos  heroicos  tiempos  de  mi  pictomanía,  una  superficie 
limpia,  lisa  y  virginal,  constituía  tentación  pictórica  irresistible,  atrayéndome 
como  atrae  la  luz  a  las  mariposas  nocturnas.  Ver,  pues,  la  pared  y  mancharla  con 
tiza  y  carboncillo,  fué  cosa  de  breves  instantes.  Pero  aquel  día  quiso  el  diablo 
que  me  propasara  a  retratar,  en  tamaño  natural,  a  algunos  de  mis  profesores,  y 
señaladamente  a  mi  maestro  de  Psicología  y  Lógica,  don  Vicente  Ventura,  cuyos 
rasgos  fisonómicos,  sumamente  acentuados,  prestábanse  admirablemente  a  la  ca¬ 
ricatura.  Con  lápiz  nada  adulador— lo  confieso— hice  resaltar  su  ojo  tuerto,  su 
nariz  algo  roma  y  sus  anchurosas  y  rapadas  mejillas  eclesiásticas,  que  denuncia¬ 
ban  a  la  legua,  en  virtud  de  esa  íntima  correlación  entre  la  idea  y  la  forma,  la  de¬ 
voción  al  tomismo  y  la  lealtad  a  Don  Carlos.  Acabado  el  diseño,  apartóme  de  la 
pared  para  juzgar  del  efecto.  Acertaron  entonces  a  pasar  varios  chicuelos  y  tal 
cual  estudiante,  quienes  contemplando  los  monigotes  y  advirtiendo  en  seguida  el 
parecido,  prorrumpieron  a  coro:  «¡Mirad  al  tuerto  Ventura!»  Y  sin  poder  evitarlo, 
apedrearon  la  caricatura,  acompañando  el  acto  con  toda  suerte  de  pullas  y  dic¬ 
terios. 

Dispuso  mi  mala  estrella  que  precisamente  en  aquellos  momentos  llegara  el 
original  del  dibujo  y  sorprendiera  la  ridicula  escena  del  fusilamiento  en  estampa. 
Sobrecogido  de  pavor  al  advertir  la  fatal  coincidencia,  me  escabullí  como  pude. 

Acérrimo  partidario  del  principio  de  autoridad,  don  Ventura,  al  verse  escarne¬ 
cido  en  efigie,  estalló  en  santa  indignación;  enderezó  a  los  chicos  acre  reprimenda 
y  los  amenazó  con  denunciarlos  a  la  autoridad  si  no  delataban  al  autor  de  la  burla. 

(1)  Omito  en  la  presente  edición,  por  inoportunas,  ciertas  reflexiones  tocantes  a  cuestiones  psico¬ 
lógicas  y  metafísicas  (problema  critico,  criterios  de  certeza,  fronteras  entre  el  j/o  y  el  no  yo,  tipos  inte¬ 
lectuales,  etc.),  que  figuraban  en  la  primera. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


87 


Supo  con  pena  que  el  autor  de  la  caricatura  era  el  chico  del  médico  de  Ayerbe,  es 
decir,  ¡el  hijo  de  uno¡de  sus  amigos  más  estimados!... 

¡Quién  podría  contar  la  exasperación  de  don  Ventura  cuando  al  siguiente  día 
se  encaró  conmigo  en  clase!  Perdida  su  calma  habitual,  se  desató  en  un  chapa¬ 
rrón  de  calificativos  denigrantes. 

Anonadado  quedé  al  escuchar  la  formidable  filípica.  Balbuciente  de  emoción, 
no  acerté  a  formular  excusa  satisfactoria;  intenté,  empero,  con  frase  tímida  expre¬ 
sarle  que  no  había  sido  mi  ánimo  molestarle  en  lo  más  mínimo  con  aquel  desdi¬ 
chado  monigote,  dibujado  sin  intención  y  por  mero  pasatiempo;  y,  sobre  todo,  que 
no  tuve  arte  ni  parte  en  la  descomunal  pedrea.  Todo  en  vano.  Don  Ventura  man¬ 
tuvo  su  actitud  implacable.  La  indignación  le  ahogaba  y,  sin  paciencia  para  escu¬ 
char  mis  disculpas,  arrojóme  violentamente  del  aula. 

Sabedor  mi  padre  de  lo  ocurrido,  escribió  a  don  Ventura  tratando  de  aplacarlo; 
mas  no  salió  con  su  intento.  A  duras  penas  consiguió  que  se  me  admitiese  nueva¬ 
mente  en  clase,  en  donde  se  me  relegó,  no  obstante  mi  sincero  arrepentimiento,  al 
pelotón  de  los  irredimibles. 

No  me  desanimé  a  pesar  de  todo.  Durante  el  mes  de  mayo  entreguéme  al  es¬ 
tudio  con  ahinco,  y  las  eras  de  Cáscaro  y  mis  buenos  amigos— el  hoy  ilustre  Sa¬ 
linas,  entre  otros— fueron  testigos  de  las  largas  horas  pasadas  hojeando  la  Psico¬ 
logía  de  Monlau,  ocupado  en  extraer  el  jugo  oculto  en  los  conceptos  enrevesa¬ 
dos  de  substancia  y  accidente,  esencia  y  existencia,  transcendencia  e  inmanencia. 

Muchas  eran  las  nociones  que  escapaban  a  mi  débil  penetración;  pero  me  pro¬ 
puse  aprenderlas  de  memoria,  según  costumbre  general,  a  fin  de  salir  airoso  del 
examen.  Logré,  de  este  modo,  en  los  últimos  días  de  mayo,  tener  prontas  y  a  punto 
de  ser  quemadas  unas  cuantas  carretillas  de  fuegos  artificiales,  es  decir,  de  casti¬ 
llos  de  palabras  enlazadas  como  los  cohetes  de  traca  valenciana.  Todo  consistía 
en  que  el  examinador  pusiese  el  cebo  en  el  principio  del  artificio  pirotécnico,  y  en 
que  la  emoción  no  me  mojase  la  pólvora...  Desgraciadamente,  la  pólvora  se  mojó. 

Acababa  de  sentarme  en  el  banquillo  de  los  reos,  cuando  don  Ventura,  cuyo 
enojo  no  se  mitigó  en  lo  más  mínimo  por  mi  compostura  y  aplicación  de  los  últi¬ 
mos  meses,  irguióse  olímpicamente  en  el  estrado  y  dirigió  al  público  y  compañeros 
jueces  estas  o  parecidas  expresiones: 

«Señores:  Cediendo  a  inexcusable  deber  de  conciencia,  me  abstengo  de  exa¬ 
minar  al  señor  Ramón.  Llegada  la  hora  de  la  justicia,  deseo  que  no  pueda  acusárse¬ 
me  de  apasionado.  Entrego,  pues,  el  examinando  a  la  probada  rectitud  de  mis  com¬ 
pañeros,  para  que,  libres  de  toda  infiuencia,  califiquen  como  se  merezca  al  alumno 
más  execrable  del  curso,  al  que  en  su  furor  insano  no  reparó  en  mofarse  pública 
e  insolentemente  de  su  maestro,  exponiendo  la  honrosa  toga  del  profesorado  al 
escarnio  de  truhanes  y  a  la  befa  del  populacho . » 

Aterrado  quedé  al  oir  tan  severas  palabras.  Quise  retirarme  del  examen,  y  así 
lo  signifiqué  humildemente  al  Tribunal,  alegando:  «He  estudiedo  atentamente  el 
texto,  pero  en  el  estado  sn  que  me  hallo,  siéntome  falto  de  serenidad  para  con¬ 
testar.  Me  abstengo,  pues,  a  mi  vez,  siguiendo  el  ejemplo  de  don  Ventura,  y  me 
retiro.»— Hace  usted  muy  mal — me  respondió  con  agrio  y  despectivo  ademán  uno 
de  los  jueces— desconfiando  de  la  rectitud  del  Tribunal,  cuya  imparcialidad  e  hidal¬ 
guía  están  muy  por  encima  de  sus  malévolas  insinuaciones.  Siéntese  usted,  y  si 
positivamente  sabe,  será  usted  aprobado,  a  pesar  de  todo.» 

Tuve  la  ingenuidad  de  morder  el  anzuelo.  A  todo  contesté  algo,  según  el  texto, 
y  a  mi  ver,  bastante  más  de  lo  exigido  a  mis  condiscípulos  para  obtener  el  apro- 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


bado,  sobre  todo  teniendo  en  cuenta  la  intensa  emoción  que  me  embargaba;  pero 
los  jueces,  como  obedeciendo  a  una  consigna,  metiéronme  en  honduras  y  tiquis 
miquis  metafísicos.  Y  transcrurida  más  de  media  hora  de  mortal  angustia,  acaba¬ 
ron  por  desconcertarme.  Entonceá  me  despidieron  satisfechos. 

A  qué  seguir...  Quisieron  darme  una  lección,  y  en  efecto,  la  recibí,  la  agradecí 
y  no  la  olvidé  nunca. 

¡Mi  situación  moral  . era  terrible!...  ¿Qué  decir  al  llegar  a  mi  casa?  ¿Cómo  sopor¬ 
tar  la  justa  indignación  de  mis  padres?  Cediendo  al  fin  a  un  sentimiento  de  ver¬ 
güenza  y  desaliento,  resolví  hacdr  una  locura:  marcharme  lejos,' muy  lejos,  huyendo 
de  mi  familia  y  de  mis  maestros...  Deseaba  ardientemente  vegetar  desconocido 
entre  gentes  desconocidas,  ser  juzgado  por  mis  obras  y  no  por  mi  historia. 

Comuniqué  mi  designio  a  varios  compañeros  de  infortunio.  Agradóles  el  pro¬ 
yecto.  Y  reuniendo  por  todo  capital  unos  cuantos  reales,  nos  lanzamos  en  busca 
de  aventuras.  Ya  en  marcha,  varios  fueron  los  proyectos  formados:  quiénes  pre¬ 
tendían  que,  arribado?  a  Zaragoza,  sentáramos  plaza  de  soldados;  quiénes  propo¬ 
nían  que  nos  asentáramos  de  aprendices  en  algún  obrador  o  comercio;  cuáles,  en 
fin,  aconsejaban  imprudentemente  que  nos  entregáramos,  hasta  que  la  casualidad 
o  la  Providencia  proveyeran  a  nuestro  sustento,  al  pillaje  y  merodeo... 

En  estas  pláticas  y  disputas  llegamos  a  Vicien.  Anochecía,  y  como  ^1  hambre 
comenzase  a  dejarse  sentir,  cierto  compañero  llamado  Javierretuvo  la  salvadora 
idea  de  visitar  al  maestro  del  pueblo,  tío  suyo,  hombre  campechano  y  a  carta 
cabal.  Aprobado  el  plan,  entramos  solemnemente  en  la  aldea,  que  encontramos 
ardiendo  en  fiestas,  con  baile  y  algazara  en  la  plaza  y  mayos  en  las  calles.  Satis¬ 
fecho  de  ver  a  su  sobrino,  así  como  a  la  honrada  compañía,  el  buenísimo  del 
maestro  nos  acogió  franca  y  generosamente.  Comimos  de  lo  lindo,  y  de  un  tirón 
dormimos  diez  horas.  ¡Oh,  hermosa  serenidad  de  la  adolescencia! 

Al  siguiente  día,  sosegados  los  ánimos  y  descansadas  las  piernas,  nuestras 
ideas  cambiaron  de  rumbo;  y  entre  los  compañeros  dominó  el  prudente  propósito 
de  retornar  al  abandonado  redil.  El  profundo  sueño  había  disipado  los  románticos 
ensueños;  y  la  excelente  digestión  de  la  cena,  después  del  baile  (a  que  algunos 
camaradas  se  entregaron  la  víspera),  había  creado  en  la  cuadrilla  sano  optimismo 
propicio  al  arrepentimiento. 

Nada  pudieron  contra  aquellas  tornadizas  voluntades  mis  especiosos  sofismas. 
Como  quien  oye  llover  escucharon  mis  supremos  llamamientos  al  honor  de  la 
palabra  empeñada,  y  la  evocación  ardorosa  de  las  hermosas  perspectivas  que  una 
existencia  libre,  fértil  en  aventuras,  nos  prometía.  Todos  prefirieron  la  azotaina 
cierta  a  la  fortuna  quimérica,  el  sombrío  pasado  al  glorioso  porvenir... 

Al  fin  hube  de  ceder.  Y-en  el  crepúsculo  de  un  día  aciago,  que  debió  de  ser  el 
primero  de  éxodo  épico  y  triunfante,  regresé  a  Huesca,  con  la  negra  melancolía  de 
Don  Quijote  vencido,  con  la  decepción  dolorosa  de  Calicrates,  herido  antes  de 
comenzar  la  gloriosa  batalla. 


CAPITULO  XVII  " 

DOS  INVENTOS  QUE  ME  CAUSARON  INDECIBLE  ASOMBRO:  EL  FERROCARRIL'Y  LA  FO¬ 
TOGRAFÍA. -MI  INICIACIÓN  EN  LOS  ESTUDIOS  ANATÓMICOS.— SAQUEO  M ACABRO.— 
LA  MEMORIA  DE  LAS  COSAS  Y  LA  DE  LOS  LIBROS.— LA  AURORA  DEL  AMOR 


NO  deja  de  ser  instructivo  conocer  la  actitud  del  hiñó  en  presencia  de  las 
grandes  invenciones  de  la  ciencia.  Este  choque  moral,  sobre  revelar 
tendencias  intelectuales  congénitas,  pone  de  manifiesto  la  verdade¬ 
ra  vocación. 

Fué  ferrocarril,  entonces  novísimo  en  España,  el  primero  de  mis  asombros. 
Allá  por  los  años  de  1865  a  1866,  debía  yo  trasladarme  a  Huesca,  desde  el  pueblo 
de  Sierra  de  Luna,  donde  habitaba  mi  familia.  Acompañábame  el  abuelo  paterno, 
un  montañés  rubio,  casi  gigante,  de  setenta  y  cinco  años,  admirable  por  su  agili¬ 
dad  y  su  fuerza,''quien,  después  de  visitar  a  sus  nietos,  regresaba  a  Larrés  para 
incorporarse  al  abandonado  pegujal.  Hasta  la  primera  estación  (la  de  Almudévár)  , 
el  trayecto  fué  recorrido  a  caballo.  (Dicho  sea  entre  paréntesis,  yo  era  entonces 
consumado  jiiiéte.) 

Mas  para  comprender  lo  qué  sigue  importa  exponer  un  antecedente.  Meses  an¬ 
tes  ocurrió  en  la  estación  de  Tardienta,  según  creo,  horrible  descarrilamiento,  de 
que  resultaron  muchos  muertos  y  heridos  (1).  Excusado  es  decir  que  el  recuerdo  de; 
la  catástrofe  no  se  apartaba  de  mi  ánimo,  preocupándome  profundamente.  Y  así. 
cuando  apareció  'el  tren,  experimenté  sensación  de  sorpresa  mezclada  de  pavor, 
De  buena  gana  hubiera  retrocedido  al  pueblo.  A  la  verdad,  el  aspecto  del  formida¬ 
ble  artilugio  era  nada  tranquilizador.  Delante  de  mí  avanzabá,  imponente  y  ame¬ 
nazadora,  cierta  mole  negra,  disforme,  compuesta  de  bielas,  palancas,  engranajes, 
ruedas  y  cilindros.  Semejaba  a  un  animal  apocalíptico,  especie  de  ballena  colosál 
forjada  con  metal  y  carbón.  Sus  pulmones  de  titán  despedían  fuego;  sus  costados 
proyectaban  chorros' de  agua  hirviente;  en  shjestómago  pantagruélico  ardían  mon-  . 
tañas  de  hulla;  en  fin,  los  poderosos  resoplidos  y  estridores  del  monstruo  sacudían 
mis  nervios  y  aturdíán  mi  oído.  Al  colmo  llegó  mi  penosa  impresión  cuando  reparé 
sobre  el  ténder  dos  fogoneros,  sudorosos,  negros  y  feos  como  demonios,  ocupados 
en  arrojar  combustible  al  anchuroso  hogar.  Miré  entonces  a  la  vía  y  creció  toda¬ 
vía  mi  alarma  al  reparar  la  desproporción  entre  la  masa  de  la  locomotora  y  los  en¬ 
debles,  roñosos  y  discontinuos  rieles,  debilitados  además  por  remaches  y  reba¬ 
bas.  Cuando  el  tren  los  pisaba  parecían  gemir  dolorosamente,  doblégándóse  al 
peso  de  la  mole  metálica.  El  valor  me  abandonó  por  completo... 

Paralizado.por  el  terror,  dije  a  mi  abuelo: — ¡Yo  no  me  embarco!...  Prefiero'  mar- ' 

(1)  Este  siniestro  acaeció  pieclsamente  el  día  qne  se  inauguró  la  línea  de  Tardienta  a  Huesca. 


90 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


char  a  pie... — Sin  hacerme'caso,  mi  colosal  antepasado,  quieras  que  no,  me  embu¬ 
tió  en  un  vagón.  Entráronme  sudores  de  angustia.  Un  vaho  de  carne  desaseada  y 
maloliente  ofendió  mis  narices.  Encontróme,  barajado  y  como  bloqueado,  entre 
maletas,  cestas,  gallinas,  conejos  y  zafios  labriegos  y  aldeanas. 

Por  fortuna,  a  poco  de  arrancar  el  tren,  fué  disipándose  el  susto:  la  imagen  del 
paisaje  sirvió  como  derivativo  a  la  emoción.  Colgado  a  la  ventanilla,  contemplé 
embebecido  la  cabalgata  interminable  de  aldeas  grises,  de  chopos  raquiticos,  palos 
del  telégrafo,  trajinantes  polvorientos  y  amarillos  rastrojos.  Y  al  fin,  al  ver  cómo 
avanzábamos,  me  di  cuenta  cabal  de  las  ventajas  de  aquel  singular  modo  de  lo¬ 
comoción.  Llegados  a  Vicien,  mi  tranquilidad  era  completa. 

En  el  referido  terror  al  tren,  que  parecerá  acaso  un  poco  extraño,  entraron  dos 
elementos:  de  una  parte,  el  enervador  recuerdo  del  trágico  descarrilamiento  ocu¬ 
rrido  meses  antes;  y  de  otra,  ese  miedo  instintivo  e  irrefrenable  hacia  lo  descono¬ 
cido,  cuando  se  presenta  con  aspecto  terrorífico,  miedo  característico  de  niños  y 
salvajes.  Trátase,  según  dicen  los  psicólogos,  de  un  instinto  humano  primario, 
modificable,  sin  embargo,  a  impulsos  de  la  razón  y  de  la  experiencia. 

Más  adelante,  libre  de  emociones  deprimentesj  admiré  la  admirable  creación  de 
Watt  y  Stephenson,  y  percibí  toda  su  enorme  transcendencia  social. 

La  impresión  producida  por  la  fotografía  ocurrió  más  tarde,  creo  que  en  1868, 
en  la  ciudad  de  Huesca.  Ciertamente,  años  antes  había  topado  con  tal  cual  fotó¬ 
grafo  ambulante,  de  esos  que,  provistos  de  tienda  de  campaña  o  barraca  de  feria, 
cámara  de  cajón  y  objetivo  colosal,  practicaban,  un  poco  a  la  ventura,  el  primitivo 
proceder  de  Daguerre.  Según  es  sabido,  las  copias  se  obtenían  sobre  láminas  de 
plaqué,  y  eran  necesarios  varios  minutos  de  exposición. 

Pero  el  daguerreotipo  se  transformó  rápidamente  en  la  invención  admirable  de 
la  fotografía  al  colodión  húmedo.  En  este  nuevo  método,  las  materias  fotogénicas 
empleadas  eran  el  yoduro  y  bromuro  de  plata,  extendidos  sobre  cristal,  en  delga¬ 
dísima  cutícula.  Bastaban  Veinte  o  treinta  segundos  de  luz  difusa  brillante,  para 
lograr  un  buen  clisé.  El  retrato  era  ya  fácilmente  abordable.  Además,  habíase  con¬ 
seguido  la  inestimable  ventaja  de  la  multiplicación  de  las  pruebas,  ya  que  de  una 
negativa  se  sacaban  en  papel  cuantas  positivas  se  desearan. 

Gracias  a  un  amigo  que  trataba  íntimamente  a  los  fotógrafos,  pude  penetrar  en 
el  augusto  misterio  del  cuarto  obscuro.  Los  operadores  habían  habilitado  como 
galería  las  bóvedas  de  la  ruinosa  iglesia  de  Santa  Teresa,  situada  cerca  de  la  Es¬ 
tación.  Huelga  decir  con  cuán  viva  curiosidad  seguiría  yo  las  manipulaciones  in¬ 
dispensables  a  la  obtención  de  la  capa  fotogénica  y  la  sensibilización  del  papel 
albuminado,  destinado  a  la  imagen  positiva. 

Todas  estas  operaciones  produjéronme  indecible  asombro.  Pero  una  de  ellas, 
la  revelación  de  la  imagen  latente,  mediante  el  ácido  pirogálico,  causóme  verdade¬ 
ra  estupefacción.  La  cosa  me  parecía  sencillamente  absurda.  No  me  explicaba 
cómo  pudo  sospecharse  que  en  la  amarilla  película  de  bromuro  argéntico,-Tecién 
impresionada  en  la  cámara  obscura,  residiera  el  germen  dé  maravilloso  dibujo, 
capaz  de  aparecer  bajo  la  acción  de  un  reductor.  ¡Y  luego  la  exactitud  prodigiosa, 
la  riqueza  de  detallés  del  clisé 'y  ese  como  alarde  analítico  con  que  el  sol  se  com¬ 
place  en  reproducir  las  cosas  más  difíciles  y  complicadas,  desde  la  maraña  inex¬ 
tricable  del  bosque,  hasta  las  más  sencillas  formas  geométricas,  sin  olvidar  hoja, 
brizna,  guijarro  o  cabello!... 

Y,  no  obstante,  aquellos  modestos  fotógrafos  obraban  tamaños  milagros  sin  la 
menor  emoción,  horros  y  limpios  de  toda  curiosidad  intelectual.  De  la  contestación 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


9É 

a  mis  ansiosas  interrogaciones  deduje  que  a  ellos  les  tenia  completamente  sin- 
cuidado  la  teoría  de  la  imagen  latente.  Lo  importante  consistía  en  retratar  mucho 
y  cobrar  más.  Dijéronme  solamente  que  el  prodigio  de  la  revelación  advino  por 
casualidad,  y  que  esta  felicísima  casualidad  sonrió  por  primera  vez  al  célebre- 
Daguerre  (1). 

¡El  azar!...  ¡Todavía  el  azar  como  fuente  de  conocimiento  científico  en  pleno  si¬ 
glo  xix!...  Luego  el  mundo  está  lleno  de  enigmas,  de  cualidades  ocultas,  de  fuer¬ 
zas  desconocidas...  Por  consiguiente, la  ciencia,',  lejos  de  estar  apurada  brinda 
a  todos  con  filones  inagotables.  Puesto  que  vivimos,  por  fortuna,  en  la  aurora' 
del  conocimiento  de  la  naturaleza;  puesto  que  ncs  rodea  aún  nube  tenebrosa,.. 
sólo  a  trechos  rasgada  por  la  humana  curiosidad;  si,  en  fin,  el  descubrimiento 
científico  se  debe  tanto  al  genio  como  al  azar...,  entonces  todos  podemos  ser  in¬ 
ventores.  Para  ello  bastará  jugar  obstinada  e  insistentemente  a  un  solouúmero  de 
esta  lotería  Todo  es  cuestión  de  paciencia  y  perseverancia. 

Al  fantasear  aquí  sobre  la  fotografía,  no  puedo  menos  de  estampar  una  refle¬ 
xión  melancólica.  ¡Lástima  grande  que  hayamos  nacido  demasiado  temprano!  Los 
que  somos  ya  viejos  y  añoramos  los  dorados  días  de  la  niñez  y  adolescencia, 
¿cuánto  daríamos  hoy  por  poseer  fotografías  de  nuestra  edad  pueril  y,  sobre  todo,- 
las  de  nuestros  queridos  progenitores  en  plena  fiorescencia  de  energía  y  juventud? 
¡Qué  dicha  sería  contemplar  ahora  la  lozana  belleza  de  nuestras  madres,  de  quie¬ 
nes  cuantos  pasamos  de  los  sesenta  recordamos  tan  sólo  la  efigie  desfigurada  y 
marchita  por  el  sublime  sacrificio  de  la  maternidad  en  complicidad  con  las  inju¬ 
rias  del  tiempo!... 

El  verano  de  1868  está  asociado  en  mi  memoria  con  mi  iniciación  en  los  estu¬ 
dios  anatómicos. 

Dejo  ya  consignado  en  otro  capítulo  que  mi  padre  había  sido,  durante  su  ca¬ 
rrera,  hábil  disector  y  fervoroso  cultivador  de  la  anatomía  humana.  Solía  decir 
qué  los  éxitos  quirúrgicos  debíanse,  más  que  a  la  lectura  de  los  libros,  a  la  explo¬ 
ración  de  los  cadáveres. 

Importa  recordar,  para  comprender  lo  que  sigue,  que  aquellos  tiempos  eran  la 
edad  de  oro  de  la  cirugía  artística,  de  precisión  y  escamoteo.  Frescos  aún  los 
laureles  conquistados  en  Francia  por  Velpeau  y  Nélaton,  y  en  España  por  Argu- 
mosa  y  Toca,  los  médicos  noveles,  expertos  en  achaques  de  disección,  salían  dei 
aula  resueltos  a  emular,  con  nuevas  audacias  operatorias,  la  gloria  de  tan  altos 
maestros.  Y  fuerza  es  confesar  que  la  empresa  era  entonces  más  ardua  que  hoy. 
Antaño  los  héroes  del  bisturí  triunfaban  solamente  cuando  se  habían  tomado  el 
trabajo  de  escudriñar  el  organismo  hasta  en  sus  más  recónditos  repliegues. 

Porque  en  aquella  época  no  había  nacido  la  microbiología.  Ni  Pasteur  ni  Koch 
habían  dado  a  luz  sus  descubrimientos  memorables,  de  tanto  provecho  para  el 
arte  operatoria.  La  garantía  del  éxito  dependía,  pues,  entonces  casi  enteramente  de^ 
la  pulcritud  y  rapidez  de  la  intervención  y,  sobre  todo,  del  grado  de  diafanidad  con 
que  en  la  mente  del  cirujano  aparecía,  en  el  solemne  momento  de  desflorar  la  vir¬ 
ginidad  de  los  órganos,  la  complicada  máquina  viviente.  El  operador  de  buena 
cepa,  educado  en  el  anfiteatro,  podía  prever  la  marcha  del  bisturí  a  través  del  dé¬ 
dalo  de  músculos,  nervios  y  vasos,  con  la  misma  precisión  con  que  prevé  el  arti¬ 
llero,  al  desarrollen:  sus  ecuaciones,  la  trayectoria  de  un  proyectil. 

(1)  Abrevio  el  texto  poique  algunas  de  las  ideas  acerca  de  la  fotografía,  expuestas  en  la  segunda  ac¬ 
ción  de  estas  Memorias,  encuéntranse  desarrolladas  en  mi  Fotografía  de  los  colores. 


92 


s.  ramón  y  cajal 


Después  de  lo  dicho,  hallará  natural  el  lector  que  mi  padre  decidiera  aficio¬ 
narme  a  la  anatomia  harto  tempranamente.  Fundándose,  sin  duda,  en  el  aforismo 
vulgar  «quien  da  primero  da  dos  veces»,  decidió  inculcar  a  su  hijo,  inmediata  y 
vigorosariiente,  las  nociones  eminentemente  intuitivas  de  la  osteología  humana. 

«Pesado  y  árido  te  parecerá  el  estudio  de  los  huesos — me  decía—;  pero  halla¬ 
rás  en  éli  por  compensación;  introducción  luminosa  al  conocimiento  de  la  medici¬ 
na.  Casi  todos  los  médicos  adocenados  lo  son  por  haber  flaqueado  en  los  comien¬ 
zos.  La  patología  interna  tiene  no  poco  de  ciencia  contemplativa;  al  modo  de  la 
astronomía,:  prevé  eclipses  que  no  sabe  evitar;  mientras  que  la  patología  exter¬ 
na,  como,  ciencia  de  acción  y  de  dominio,  a  todo  se  an  oja,  mudando  y  suspendien¬ 
do  a  capricho  el  curso  de  los  procesos  orgánicos.  Y  quisiera  persuadirte  eficaz¬ 
mente  de  que  tu  provecho  y  conveniencia  se  cifran  en  ser  cirujano  y  no  médico. 
Para  los  efectos  del  premio  existirá  siempre  entre  el  cirujano  y  el  médico  la  mis¬ 
ma  relación  que  entre  el  diplomático  y  el  caudillo.  Quien  persuadiendo  triunfa, 
granjea  opinión,  no  libre  de  envidia;  quien  triunfa  combatiendo,  tiraniza  hasta  la 
envidia  misma.  Tras  éste  corre  desalada  la  gloria;  aquél  suele  perseguirla  sin  al¬ 
canzarla.  ¡Triste  verdad  es  que  el  hombre  sólo  se  humilla  ante  la  gloria  roja!  Un 
poco  de  sangre  realza  el  esplendor  del  éxito,  marcándolo  con  el  cuño  de  la  po¬ 
pularidad»  (1). 

Por  estas  razones,  y  otras  que  se  han  borrado  de  mi  memoria,  fué  demos¬ 
trada  la  supremacía  científica  y  social  de  la  cirugía  sobre  la  medicina,  y  quedó 
justificado  el  empeño  de  iniciar  lo  antes  posible  mi  educación  anatómica,  comen¬ 
zando  por  la  osteología,  base  y  fundamento  de  todo  el  edificio  médico.  Tengo 
para  mí  que  el  futuro  disector  de  Zaragoza,  el  catedrático  de  Anatomía  de  Valencia 
y  el  investigador  modesto,  pero  tenaz  y  activo,  que  vine  á  ser  andando  el  tiempo, 
fueron  el  fruto  de  aquellas  primeras  lecciones  de  osteología  explicadas  en  un 
granero.  Quizás  interese  algo  al  lector  el  saber  cómo  nos  procuramos  el  material 
científico  de  la  nueva  enseñanza.  A  riesgo  de  hacerme  pesado,  entraré  aquí  en  al¬ 
gunos  pormenores.  .  ■  . 

Estudiar  los  huesos  en  el  papel,  es  decir,  teóricamente,  hubiera  sido  crimen 
didáctico,  de  que  mi  maestro  ■  era  incapaz.  Sabía  harto  que  la  naturaleza  sólo  se 
deja  comprender  por  la  contemplación  directa,  y  que  los  libros  no  son  por  lo  ge¬ 
neral  otra  cosa  que  índices  de  nombres  y  clasificaciones  de  hechos. 

Mas  ¿cómo  adquirir  el  precioso  material  anatómico?  Cierta  noche  de  luna, 
maestro  y  discípulo  abandonaron  sigilosamente  el  hogar  y  asaltaron  las  tapias 
del  solitario  camposanto.  En  una  hondonada  del  terreno  vieron  asomar,  en  con¬ 
fusión  revuelta,  medio  enterradas  en  la  hierba,  varias  osamentas  procedentes  sin 
duda  deesas  exhumaciones  o  desahucios  en  masa  que,  de  vez  en  cuando,  so 
pretexto  de  escasez  de  espacio,  imponen  los  vivos  a  los  muertos. 

¡Grande  fué  la  impresión  que  me  causó  el  hallazgo  y  contemplación  de  aque¬ 
llos  restos  humanos!  A  la  mortecina  claror  del  luminar  de  la  noche,  aquellas  cala¬ 
veras  medio  envueltas  en  la  grava,  y  sobre  las  cuales,  trepaban  irreverentes  car¬ 
dos  y  ortigas,  me  parecieron  algo  así  como  el  armazón  rie  un  buque  náufrago  en¬ 
callado  en  la  playa.  Enfrenando  la  emoción,  y  temerosos  de  ser  sorprendidos  en 
la  fúnebre  tarea,  dimos  comienzo,  a  la  colecta,  escogiendo  en  aquel  banco  de  hu¬ 
manas  conchas  los  cráneos,  las  costillas,  las  pelvis  y  fémurés  más  enteros,  naca¬ 
rados  y  rozagantes. 

.  (1)  ■  Traslada  naturalmente,  con  plena  libertad  de  forma,  el  fondo  de  las  reflexiones  de  mi  padre, 

cuyae  palabras,,  ¡después  de  cincuenta  años,  no  puedo  recordar  con  exactitud. 


RECUEBDOS  DE  MI  VIDA 


Al  escalar,  de  retomo,  la  tapia  del  fosal  con  la  fúnebre  carga  a  la  espalda,  el 
pavor  me  hizo  apretar  el  paso.  Pareciame  percibir,  en  el ,  entrechocar  de  las  osa¬ 
mentas,  protestas  e  imprecaciones  de  los  di^ntos:  a  cada  momento  temía  que 
algún  duende  o  alma  en  pena  nos  atajara  el  paso,  castigando  a  los  audaces  profa¬ 
nadores  de  la  muerte. 

Pero  no  pasó  nada.  El  choque  de  lo  maravilloso,  tan  grato  y  al  par  tan  temido 
por  mi  enfermiza  sensibilidad,  faltó  por  completo  en  aquel  episodio  macabro, 
durante  el  cual,  para  que  todo  fuera  vulgar,  ni  siquiera  apareció  el  cárdeno  fulgor 
de  los  fuegos  fatuos. 

Pronto  comenzó  el  inventario  y  estudio  de  aquellos  fúnebres  despojos. 

En  este  éxodo,  a  través  del  rocalloso  desierto  humano,  nuestro  Moisés  fué  el 
libro  monumental  de  Lacaba,  a  que  se  añadió  más  adelante  el  Cruveilhier;  pero 
quien  verdaderamente  me  condujo  a  la  tierra  de  promisión  fué  mi  padre.  Llevado 
de  celo  docente  insuperable,  consagró  todos  sus  ocios  a  hacerme  notar  los  más 
insignificantes  accidentes  de  la  conformación  de  los  huesos,  desarrollando  en  mi, 
de  pasada,  una  cualidad  escasamente  cultivada  por  los  maestros,  es  decir,  la 
sensibilidad  analitica,  o  sea  la  aptitud  de  percibir  accidentes  y  detalles  en  lo  al 
parecer  corriente  y  uniforme.  Nada  esencial  quedó  por  reparar  en  la  morfología 
interior  y  exterior  de  cada  pieza  del  esqueleto. 

Bien  miradas  las  cosas,  mi  fervor  anatómico  constituía  una  de  tantas  manifes¬ 
taciones  de  mis  tendencias;  para  mi  idiosincrasia  artística,  la  osteología  consti¬ 
tuía  un  tema  pictórico  más.  Sediento  de  cosas  objetivas  y  concretas,  acogía  con 
ansia  el  pedazo  de  maciza  realidad  que  se  me  entregaba.  Aridos  y  todo,  aquellos 
datos  me  resultaban  más  positivos  y  patentes  que  la  dialéctica  de  don  Ventura  y 
las  lucubraciones  de  la  metafísica.  Sentía,  además,  especial  delectación  en  ir  des¬ 
montando  y  rehaciendo,  pieza  por  pieza,  el  reloj  orgánico,  y  esperaba  entender 
algún  día  algo  d^  su  intrincado  mecanismo. 

Gran  satisfacción  recibió  mi  padre  al  reconocer  mi  aplicación.  Vió,  al  fin,  que 
su  hijo,  tan  desacreditado  por  sus  maleantes  andanzas  del  Instituto  oscense,  era 
menos  gandul  y  frívolo  de  lo  que  había  creído.  Y  en  los  optimistas  vaticinios  que 
todo  padre  gusta  hacer  sobre  el  porvenir  de  sús  hijos,  pensó  que  su  retoño  no  se 
vería  reducido  a  vegetar|  tristemente  en  una  aldea.  ¡Por  qué  no  había  de  vestir, 
andando  el  tiempo,  la  honrosa  toga  del  maestro! 

Recuerdo  todavía  cuán  grandes  eran  su  placer  y  orgullo— harto  excusables 
dada  su  doble  naturaleza  de  padre  y  de  docente— cuando,  en  presencia  de  algún 
facultativo  amigo,  invitábame  a  lucir  mis  conocimientos  osteológicos,  formulando 
preguntas  del  tenor  siguiente:  ¿Qué  órganos  pasan  por  la  hendidura  esfenoidal  y 
el  agujero  rasgado  posterior?  ¿Con  qué  huesos  se  articula  la  apófisis  orbitaria  del 
palatino?  ¿En  qué  punto  de  la  cara  es  dable,  mediante  punta  de  alfiler,  tocar  cinco 
huesos?  ¿Cuántos  músculos  se  insertan  en  la  cresta  del.  iliaco  y  en  la  linea  áspera 
del  fémur?  Y  otras  mil  cuestiones  de  este  jaez,  que  yo  despachaba  de  carretilla, 
embobando  a  los  circunstantes. 

Extrañó,  sin  duda,  al  autor  de  mis  días,  que  un  muchacho  que  pasaba  pla¬ 
za— y  así  era  la  verdad— de  poco  memorioso,  hubiese  logrado  retener,  en  sólo  dos 
meses  de  trabajo,  tantos  cientos  de  nombres  enrevesados  y  muchísimos  detalles 
descriptivos  tocantes  a  conexiones  de  arterias,  músculos  y  nervios.  «¡Bah! — solía 
exclamar  con  acento  entre  severo  y  acariciador—,  tu  falta  de  memoria  es  la  excusa 
con  que  pretendes  disculpar  tu  haraganería.> 

Y  a  fe  que  ambos  teníamos  sobrada  razón.  Según  dejo  apuntado  ya,  mi 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


retentiva  era  mediocre  para  los  nombres  sueltos,  para  el  polvo  de  los  conceptos 
aislados;  empero  tal  flaqueza  mnerriotécnica  se  atenuaba  mucho  en  cuanto  la  pala¬ 
bra  y  la  idea  se  asociaban  a  alguna  percepción  visual  clara  y  vigorosa.  Por  lo  de¬ 
más,  notoria  y  muy  bien  estudiada  por  los  psicólogos  y  pedagogos  es  la  tenaci¬ 
dad  con  que  se  asocian  símbolos  verbales  y  conceptos  científicos  al  recuerdo  de 
un  objeto  reiterada  y  atentamente  percibido  (1).  Dudosa  parece  la  existencia  de 
excepciones;  y  pienso  que  cuantos  se  quejan  de  retentiva  infiel  equivocaron  el  ca¬ 
mino  de  aprender.  Leyeron  en  los  libros  en  vez  de  leer  en  las  cosas;  pretendieron 
«retener  sin  procurar  asimilar  y  discurrir. 


Para  que  no  sea  todo  referir  monótonas  travesuras  de  chicuelo  o  discurrir  sobre 
áridos  problemas  pedagógicos,  vamos  a  decir  algo,  a  guisa  de  inlermezzo  senti¬ 
mental,  de  lo  que,  con  frase  espiritual,  designó  el  tiernísimo  escritor  d’Amicis  la 
aurora  del  amor,  es  decir,  esa  suave  e  indefinible  emoción  surgida  durante  los  pri¬ 
meros  años  de  la  mocedad  entre  jóvenes  de  sexo  diferente. 

Frisaba  yo  entonces  en  los  diez  y  seis  años  y  vivía  en  Ayerbe.  Mis  hermanas 
Pabla  y  Jorja  tenían  la  costumbre  de  coser  y  bordar  durante  las  interminables  no¬ 
ches  invernales,  juntó  al  hogar,  en  unión  de  algunas  amigas  íntimas.  Una  de  las 
más  asiduas  a  nuestra  tertulia  casera  llamábase  María.  Tenía  catorce  abriles, 
poseía  ojos  negros,  centelleantes,  grandes  y  soñadores,  mejillas  encendidas,  cabe¬ 
llo  castaño  claro,  y  esas  suaves  ondulaciones  del  cuerpo,  acaso  demasiado  acu- 
isadas  para  su  edad  y  prometedoras  de  espléndida  floración  de  mujer. 

Fué  una  progresión  insensible  desde  la  curiosidad  al  afecto,  pasando  por  todos 
los  grados  de  la  amistad.  Pronto  advertí  que  su  trato  me  era  necesario;  que  su 
-conversación  me  complacía;  que  sus  ausencias  me  turbaban  y  contrariaban;  en 
fin,  que  me  enojaba  seriamente  si  la  veía  acompañada  de  algún  mozo  del  pueblo. 
Erame  grato  prodigarla  mil  atenciones  y  menudos  servicios.  Dibujaba  para  ella 
letras  y  adornos,  destinados  a  ser  bordados;  regalábala  dulces  y  estampas;  pres¬ 
tábala,  cuando  podía,  algún  libro  de  poesías  o  novela  sentimental,  y  alababa  sus 
-gustos,  defendiendo  calurosamente  su  parecer  en  las  pequeñas  diferencias  con  sus 
amigas.  Concluida  la  velada,  tenía  a  gala  y  orgullo  acompañarla  a  su  casa. 

Mi  estado  afectivo,  en  suma,  era  un  dulce  embeleso,  cierta  beatitud  tranquila 
e  inefable,  absolutamente  limpia  de  todo  apetito  sensual.  Jamás  cruzó  por  mi 
mente  un  pensamiento  pecaminoso.  Verdad  es  que,  no  obstante  los  diez  y  seis 
años,  mi  sensibilidad  sexual  hallábase  bastante  atrasada,  según  suele  suceder  a 
la  mayoría  de  los  jóvenes  apasionados  de  los  ejercicios  físicos. 

Excusado  es  decir  que  no  llegué  jamás  a  formular  una  declaración  explícita. 
Tampoco  supe  bien  si  logré  interesarla.  Miedo  y  vergüenza  me  daba  averiguarlo. 
•Sabido  es  que  estas  afecciones  nacientes,  esencialmente  platónicas,  se  asustan  de 
las  palabras.  ¡Es  cosa  tan  fuerte  y  seria  formular  un  «Te  amo»!...  Por  nada  de  este  ' 
mundo  hubiera  arriesgado  yo  tan  grave  confidencia.  La  declaración  envuelve  ade¬ 
más  todos  los  riesgos  del  brusco  desenlace;  acaso  guarda  cruel  desengaño.  Prefe¬ 
rible  es  la  reserva  y  la  indecisión,  fomentadoras  de  la  esperanza!... 

(1)  .Más  adelante,  leyendo  los  libros  modernos  de  psicología,  me’ di  cuenta  de  que  yo  soy  lo  que  se 
llama  un  visual.  Lo  que  en  rní  entra  por  el  oído  deja  huella  fugaz;  lo  que  llega  por  los  ojos  se  imprime  muy 
tenazmente.  Acaso  por  eso,  en  el  terreno  del  arte,  he  desdeñado  la  música  y  la  oratoria,  y,  en  cambio 
-fui  siempre  ferviente  admirador  de  las  fiestas  de  la  luz,  de  los  paisajes  pintorescos  y  de  toda  clase  dé 
Tfenómenos  naturales.  ; 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


95 


Pocas  veces  la  aurora  del  amor  se  trueca  en  mediodía  sentimental,  Y  menos 
en  pasión  satisfecha.  Desde  la  pubertad  a  la  juventud  la  mujer  no  es  P^’^turba 

por  ningún  grave  acontecimiento;  tranquila  en  su  hogar,  su 

apenas  implica  sacrificio;  la  vida  femenil  puede,  por  tanto,  ^  . 

plácida  trayectoria.  Lo  contrario  ocurre  en  el  joven:  el  tiempo  transcurrido  des 
los  diez  V  seis  a  los  veintiún  años  se  asocia  a  hondas  crisis  intelectuales  y  afectivas. 
Debe  cambiar  radicalmente  de  ambiente,  trasladarse  a  la  ciudad  para  proseguir  su 
carrera  y  labrarse  un  porvenir;  por  consiguiente,  su  sensibilidad  es  asediada  po 
toda  clase  de  tentaciones  e  incentivos.  iCómo  extrañar  que  distracciones  y  olvidos 
malogren  encariñamientos  tempranamente  iniciados!...  .  ^  .  . . 

Tal  me  ocurrió  a  mí.  Y  no  porque  otros  amores  me  asaltaran,  sino  mas  bien 
por  los  efectos  apagadores  de  la  ausencia.  Progresivamente  la  imagen  de  la  her¬ 
mosa  muchacha  desvanecióse  de  mi  memoria.  Además,  volví  después  pocas  vqces 
a  Ayerbe.  Gustábame  siempre  verla  y  hablarla;  pero  notaba  que  se  había  h 
demasiado  mujer.  Al  fin,  cierto  mocetón  del  pueblo,  menos  tímido  y  reservado  que 
yo,  habló  a  sus  padres  y  se  casó  con  ella.  Hoy  es  madre  feliz  de  muchos  hijos  y 
abuela  de  muchos  nietos. 


CAPITULO  XVIII 


REVOLUCIÓN  DE  SEPTIEMBRE  EN  AYERBE.— RUPTURA  DE  LAS  CAMPANAS. — EL  ODIO 
DEL  PUEBLO  A  LOS  GUARDAS  RURALES.— MIS  PROFESORES  DE  FÍSICA,  MATEMÁ¬ 
TICAS.  ETC.— ULTERIORMENTE,  ME  RECONCILIO  CON  LA  GEOMETRÍA  Y  EL  ÁLGE-  ^ 
BRA,  AUNQUE  DEMASIADO  TARDE.— CONCLUYO  EL  BACHILLERATO 


Al  final  de  aquel  verano  nos  sorprendió  la  famosa  revolución  de  septiem¬ 
bre,  suceso  que  tanta  importancia  había  de  tener  en  la  vida  moral  y  polí¬ 
tica  de  España.  Ayerbe,  villa  de  600  vecinos  y  conocida  en  todo  el  Alto 
Aragón  por  el  liberalismo  de  sus  hijos,  no  podia  permanecer  indiferente  ante  el 
alzamiento  nacional.  Y  así,  en  cuanto  el  telégrafo  trajo  la  nueva  de  la  batalla  de 
Alcolea,  mis  paisanos  se  sublevaron  también,  proclamando  el  credo  progresista  y 
creando,  a  imitación  de  las  capitales,  la  indispensable  Junta  revolucionaría.  ' 
Recuerdo  que  fué  cierta  hermosa  mañana  de  otoño.  Desde  las  primeras  horas 
del  día  la  población  perdió  su  aspecto  pacífico:  una  inquietud  extraña  pareció 
apoderarse  de  los  vecinos,  que,  formando  corros  en  la  plaza,  comentaban  caluro¬ 
samente  las  noticias  llegadas  de  Huesca  y  Zaragoza.  Leíanse  públicamente  incen¬ 
diarias  proclamas  revolucionarias  y  se  oían  vítores  entusiastas  a  Serrano,  Topete, 
y  sobre  todo  a  Prim. 

Sin  comprender  la  significación  de  los  sucesos,  llamóme  la  atención  el  que, 
contra  la  costumbre,  la  Guardia  civil  permaneciese  encuartelada,  sin  meterse  con 
los  alborotadores,  y  que  la  Guardia  rural,  terror  de  los  campesinos,  hubiera  des¬ 
aparecido,  abandonando,  según  dijeron,  equipos  y  uniformes.  Por  escotillón  y  como 
si  obedecieran  a  una  consigna,  surgieron  por  todas  partes  labriegos  armados  con 
todo  linaje  de  arreos  militares  y  hasta  con  hoces  y  puñales.  Ciertos  sujetos,  que 
parecían  estar  en  el  secreto  de  lo  ocurrido,  improvisaron  con  dicho  personal  un 
batallón  de  voluntarios,  de  cuya  fuerza  fué  segregado  un  retén  o  guardia  perma¬ 
nente,  que  se  instaló  en  el  palacio  de  los  marqueses  de  Ayerbe.  En  la  ventana  del 
cuerpo  de  guardia  flameaba  roja  bandera,  sin  emblemas  ni  escudos.  Pelotones  del 
pueblo,  a  los  que  nos  sumamos  los  zagalones  y  muchachos,  recorrían  la  pobla¬ 
ción,  marchando  a  los  acordes  de  la  banda  municipal  y  desahogándonos  con  los 
gritos  de  «¡Viva  la  libertad!  ¡Abajo  los  íBorbones!  ¡Mueran  los  moderados!»  Con 
las  calientes  notas  del  himno  de  Riego,  incansablemente  ejecutado  por  la  citada 
banda,  alternaban  entusiastas  aclamaciones  a  los  caudiUos  de  la  revolución.  Un 
grupo  de  sublevados  arrancó  de  las  escuelas  el  retrato  de  Isabel  II,  quemándola 
en  la  plaza,  entre  las  rechiflas  y  denuestos  de  plebe  alborotada. 

Luego  ocurrió  un  hecho  que  jamás  he  podido  comprender.  En  cumplimiento  de 
cierto  desdichado  bando  de  la  Junta  revolucionaria  provincial,  que  ordenaba  «que 


RECtJERDOS  DE  MI  VIDA 


97 


todas  las  campanas,  menos  las  de  los  relojes,  fueran  descolgadas  y  enviadas  a  la 
Casa  Nacional  de  la  Moneda»,  el  Comité  revolucionario  de  Ayerbe  desmontó  las 
hermosas  campanas  de  la  iglesia  y  las  redujo  a  añicos. 

Confieso  que,  no  obstante  simpatizar  con  el  movimiento  liberal  y  complacerme 
como  el  que  más  en  aquellas  patrióticas  bullangas,  ese  acto  de  inútil  vandalismo 
me  trajo  como  una  sombra  de  remordimiento.  ¿Qué  positivo  beneficio  recibia  el 
pueblo  con  enviar  a  Madrid  sus  campanas  para  acuñar  unos  puñados  de  cuader¬ 
nas?  Ninguno. 

Me  apenaba,  sobre  todo,  la  falta  de  sentido  artístico  del  pueblo.  Los  destruc¬ 
tores  de  aquellas  campanas,  ¿cómo  ijo  sintieron  que  rompían  también  algo  vivo  y 
muy  íntimo,  que  renunciaban  a  recuerdos  queridos,  que  renegaban  de  fechas 
inolvidables?... 

Ignoro  si  ios  pedazos  de  bronce  llegaron  a  Madrid;  pero  recuerdo  bien  que  al 
poco  tiempo  hubo  que  comprar  otras  campanas. 

Algunos  días  después  de  los  sucesos  mentados,  el  batallón  de  milicianos  orga¬ 
nizóse  más  seriamente,  aprovechando  al  efecto  los  pertrechos  de  la  Guardia  rural 
y  bastantes  fusiles  proporcionados  por  ardientes  patriotas.  Alma  de  aquella  mili¬ 
cia  popular  fueron  Pueyo,  Fontana,  Nivela  y  otros  consecuentes  y  antiguos  pro¬ 
gresistas,  cuyos  sentimientos  democráticos  les  habían  valido,  en  los  ominosos 
tiempos  de  González  Brabo,  deportaciones  y  persecuciones  sin  cuento.  A  estos 
beneméritos  patricios,  tan  prudentes  como  desinteresados,  se  debió  el  que  durante 
la  efervescencia  y  desorden^de  los  primeros  días  no  ocurriera  un  solo  desmán:  los 
milicianos  improvisados  desahogaron  sus  odios  a  la  reacción,  entregándose  a  vis¬ 
tosos  escarceos  militares  y  efectuando  guardias,  retenes,  revistas  y  ejercicios. 

Naturalmente,  a  los  chicos  nos  entusiasmaban  aquellas  paradas  y  ejercicios,  y 
muy  señaladamente  las  maniobras  de  la  escuadra  de  gastadores,  en  la  cual  desta¬ 
caba,  por  su  marcialidad  y  gallardía,  cierto  carpintero,  radical  exaltado,  apodado 
Carretillas.  Antiguo  miliciano  nacional,  conservaba  inmaculados,  para  lucirlos  en 
las  formaciones,  flamante  casaca  y  descomunal  morrión.  Su  aspecto  de  veterano 
y  lo  flamante  del  uniforme  eran  objeto  de  general  admiración  y  envidia.  Como  era 
de  esperar,  el  morrión  de  Carretillas  sugestionó  a  los  chicos,  que  decidimos  encas¬ 
quetarse  también  el  venerable  símbolo  progresista;  y  así,  al  poco  tiempo  (e  ignoro 
por  la  iniciativa  de  quién)  la  mayoría  de  los  mozalbetes  aparecimos  encaperuzá- 
dos  con  una  especie  de  ros  alto,  sin  visera,  copa  de  paño  rojo,  escarapela  lateral 
con  los  colores  nacionales  y  cintas  colgantes  en  las  que  campeaba  el  mote:  ¡Viva 
la  libertad! 

En  Ayerbe,  como  en  todas  las  poblaciones  de  España,  las  escasas  personas 
ilustradas  que  dirigieron  el  movimiento  revolucionario  conocían  quizás  el  sentido 
de  éste;  pero  el  pueblo,  y  singularmente  los  proletarios,  no  se  enteraron  ni  poco  ni 
mucho  de  su  tendencia  y  alcance.  Casi  todos  esperaban  de  la  libertad  algo  que 
pudiera  traducirse  en  aumento  y  mejora  de  las  condiciones  materiales  de  la  vida. 
Fácil  sería  recordar  sucesos  y  frases  que  prueban  la  existencia  de  este  anhelo 
comunista,  latente  siempre  en  el  corazón  de  los  desheredados. 

Allá  va  un  cantar  muy  popular  entonces  en  Ayerbe,  y  cuyos  chabacanos  versos 
son  harto  significativos: 

Ya  pensaban  los  rurales 
que  nunca  s’acabaría 
el  cobrar  los  ocho  ríales 
sin  saber  d’ónde  salían. 


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98 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


El  siguiente  dicho  que  me  comunica  un  amigo  de  Ayerbe  (1)  es  también  muy 
elocuente.  A  uno  de  los  más  exaltados  patriotas,  ronco  a  fuerza  de  gritar:  ¡Abajo 
los  Borbones!,  le  preguntaron:  — Pero,  ¿sabes  tú  quiénes  son  los  Barbones?  Y  el 
interrogado  contestó  con  aire  de  profunda  convicción:  —¡Otra  que  diez!...  Pues, 
¿quiénes  han  de  ser  sino...  los  rurales? 

¿Por  qué  esta  aversión  de  los  campesinos  a  los  custodios  de  la  propiedad?  Fᬠ
cil  es  presumirlo.  Se  aborrecía  a  la  Guardia  rural  por  el  exagerado  celo  con  que 
amparaba  los  intereses  de  la  burguesía  territorial.  Por  la  cosa  más  insignificante 
los  citados  guardias  molestaban  y  vejaban  a  los  pobres  aldeanos,  a  quienes  metían 
en  la  cárcel  o  castigaban  con  fuertes  multas,  sin  pararse  a  distinguir  el  ladrón  for¬ 
mal  del  infeliz  que,  aguijado  por  la  miseria,  cogía  en  el  monte  esparto  para  hacer 
un  vencejo,  o  arrancaba  menguada  carga  de  aliagas  y  romeros,  o  apacentaba  una 
vaca  en  las  dudosas  lindes  de  una  propiedad:  pequeños  abusos  consuetudinarios 
tolerados  recíprocamente  por  todos,  como  venerable  resto  de  comunismo  patriar¬ 
cal.  Hasta  los  chicos  sentíamos  esta  inquina  hacia  los  pardos  uniformes.  En  cuan¬ 
to  nos  sorprendían  haciendo  ademán  de  escalar  una  tapia  o  de  trepar  a  un  árbol, 
aunque  fuera  en  invierno,  los  rurales  nos'propinaban  monumental  paliza  o  formu¬ 
laban  una  denuncia  en  regla,  seguida  de  la  multa  correspondiente. 

Pese,  a  los  entusiastas  de  las  llamadas  libertades  modernas  y  a  los  empirrogo- 
tados  y  orondos  paladines  del  individualismo,  empeñados  en  no  ver  el  abismo  psi¬ 
cológico  que  separa  las  clases  intelectuales  de  los  infelices  esclavos  del  trabajo 
manual,  éstos  creerán  siempre  que  libertad  es  sinónima  de  bienestar.  En  vano  se 
le  dirá  al  jornalero  que  estas  dos  palabras  significan  cosas  distintas;  que  la  liber¬ 
tad  sólo  es  un  medio  para  la  conquista^de  la  dicha  material,  la  cual  no  es  patrimo¬ 
nio  exclusivo  de  los  poderosos;  que  si,  a  pesar  del  libre  ejercicio  de  sus  faculta¬ 
des,  vienen  el  paro  forzoso  y  la  miseria,  debe  resignarse  a  su  suerte,  fiándolo  todo 
a  la  Providencia  y  a  la  esperanza  en  una  vida  mejor.  Todas  estas  razones  son  para 
el  pobre  puros  tiqiiis  miquis,  cuando  no  burlas  sangrientas. 


Réstame,  para  dar  término  a  la  narración  de  mis  estudios  de!  bachillerato,  de¬ 
cir  algo  de  mi  actitudfenfrente  de  ciencias  tan  importantes  como  la  Fisica,  las  Ma¬ 
temáticas  (Geometría,  Trigonometría  y  Algebra)  y  la  Historia  natural. 

Sea  que  fatigado  de  distracciones  e  informalidades  comenzara  a  sentar  la  ca¬ 
beza,  sea  que  las  últimas  asignaturas  de  la  segunda  enseñanza  casaran  algo  mejor 
que  el  griego  y  el  latín  con  mis  tendencias  y  gustos,  ello  es  que  les  presté  alguna 
más  atención,  sobre  todo  a  la  Fisica,  la  Química  y  la  Hisotria  natural. 

Explicaba  el  curso  de  Física  y  Química  elementales  don  Serafín  Casas,  amigo 
y  condiscípulo  de  mi  padre.  Gustábanos  su  manera  sencilla  y  clara  de  exponer.  Y 
recuerdo  que,  por  adaptación  a  nuestra  inopia  matemática,  deshuesaba  las  leccio¬ 
nes  de  ecuaciones  e  integrales.  En  cambio,  cada  ley  o  propiedad  esencial  era  com¬ 
probada  mediante  experimentos  concluyentes,  que  venían  a  ser  para  nuestra  in¬ 
genua  curiosidad  juegos  de  manos  de  sublime  taumaturgo.  Con  embeleso  y  aten¬ 
ción  de  cada  vez  más  despierta  mirábamos  colocar  sobre  la  mesa  los  imponentes 
y  extraños  aparatos,  muy  especialmente  las  formidables  máquinas  eléctricas  de 
tensión  entonces^a  la  moda. 

(1)  Muchos  de  estos  datos  los  debo  a  la  amabiUdad  de  mi  estimado  amigo  y  condiscípulo  doctor 
Ricardo  Monreal,  ilustrado  médico  de  Ayerbe.  que  ha  querido  reforzar  mis  borrosas  reminiscencias  con 
l  rico  caudal  de  sus  recuerdos. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


99 


Dejo  apuntado  ya  cuán  interesante  encontré  la  Física,  la  ciencia  de  los  mila¬ 
gros,  La  óptica,  la  electricidad  y  el  magnetismo  (que  entonces  caían  bajo  el  epí¬ 
grafe  general  de  fluidos  imponderables),  con  sus  maravillosos  fenómenos,  tenían¬ 
me  embobado.  Claro  es  que  las  nociones  adquiridas  entonces  fueron  harto  ele¬ 
mentales. 

Arrastrado’por  mis  crecientes  aficiones,  más  adelante  y  ya  terminada  la  carrera 
(1875  a  1877),  emprendida  lectura  de  la  admirable  Fisica  médica  de  Wund  y  de  la 
Optica  fisiológica  del  genial  Helmholtz.  Tales  estudios,  aparte  satisfacer  inclina¬ 
ciones  imperativas  de  mi  espíritu,  éranme  necesarios  para  dominar  las  teorías  de 
la  visión  y  del  microscopio.  Con  excepcional  interés  estudié  en  el  Wund  la  doctri¬ 
na  de  las  ondulaciones  del  éter,  sólido  fundamento  de  la  física  moderna.  Por  cierto 
que  con  tal  motivo  eché  muy  de  menos  conocimientos  matemáticos,  que  debí  ha¬ 
ber  aprendido  oportunamente  en  el  Instituto  oscense. 

Se  me  impuso  entonces  lo  que  a  todos  los  estudiantes  tardíamente  arrepen¬ 
tidos  y  conscientes  de  su  ignorancia.  Lo  no  asimilado  en  sazón  y  despaciosa¬ 
mente,  hubo  de  adquirirse  después  autodidácticamente  y  con  todos  los  incon¬ 
venientes  de  la  precipitación  y  de  la  ausencia  de  guía.  En  mis  febriles  y  porfiadas 
acometidas  a  la  ciencia  de  la  cantidad  llegué  hasta  engolfarme  en  el  Cálculo  dife¬ 
rencial  e  integral.  Y  algo  humillado,  debí  consolidar  los  cimientos  de  mi  saber,  vol¬ 
viendo  sobre  aquellos  modestos  y  resobados  manuales  de  Geomettia  y  Trigono¬ 
metría,  tan  distraídamente  leídos  en  Huesca. 

Por  desgracia,  el  médico,  a  excepción  de  algunos  problemas  de  oculística  y  de 
hidráulica  (estudio  físico  de  la  circulación  de  la  sangre,  determinación  de  las  abe¬ 
rraciones  de  refracción  del  ojo,  etc.),  tiene  poquísimas  ocasiones  de  emplear  el 
cálculo.  Esencialmente  descriptivas,  las  ciencias  biológicas  trabajan  casi  exclusi¬ 
vamente  sobre  la  cualidad,  que  escapa  a  toda  determinación  cuantitativa.  Y  sólo 
se  sabe  bien  lo  que  se  cultiva  asiduamente. 

Pero  no  toda  la  culpa  de  la  ignorancia  matemática  es  achacable  a  la  distrac¬ 
ción  o  a  la  inaptitud  de  los  alumnos  del  Instituto.  Alguna  responsabilidad  alcanza 
a  los  maestros.  Muchos  de  éstos,  arrastrados  por  la  rutina,  parecen  empeña¬ 
dos  en  inculcar  a  los  discípulos  que  las  nociones  geométricas  y  algébricas  repre¬ 
sentan  ociosas  cavilaciones  de  ingenios  ociosos,  sin  más  interés  práctico  que 
algunas  vulgares  aplicaciones  a  la  contabilidad  mercantil,  a  la  agrimensura  y  a  la 
arquitectura.  Faltos  de  fervor,  no  saben  efervorizar  a  sus  oyentes.  De  aquellas 
frías  disertaciones  estaba  siempre  ausente  el  corazón  y  el  entusiasmó. 

Realmente,  hasta  los  veintitrés  o  veinticuatro  años  no  tuve  yo  idea  de  la  enor¬ 
me  transcendencia  de  la  ciencia  del  cálculo.  Recuerdo  bien  cómo  fué  ello.  Dispo¬ 
níame  a  leer  las  celebradas  obras  de  Laplace,  y  deseoso  de  prepararme  para  com¬ 
prenderlas,  decidí,  con  buen  acuerdo,  consultar  algunos  libros  de  vulgarización 
astronómica,  entre  otros,  los  tan  conocidos  y  populares  de  Flammarión  y  algunos 
.  de  }.  Fabre,  el  genial  observador  de  los  insectos. 

Los  libros  de  Flammarión  me  deleitaron  mucho,  pero  no  saciaron  plenamente 
mi  afán  de  comprender.  Campea  en  ellos  lirismo  desbordante,  emoción  comuni¬ 
cativa,  descripciones  pomposas,  pero  pocas  demostraciones.  En  cambio,  el  pe¬ 
queño  Manual  de  Fabre,  titulado  Le  ciel,  fué  para  mí  luminosa  revelación.  Aquí 
florece  también  la  retórica,  usada  con  discreción  y  mesura  (sabido  es  que  el  «prin¬ 
cipe  de  los  insectos»  fué  excelso  poeta);  pero  las  frases  no  ahogan  las  ideas.  Y 
en  todas  las  páginas  del  libro  late  la  preocupación  de  iniciar  al  principiante 
en  el  mecanismo  esencial  de  los  métodos  geométricos,  con  ayuda  de  los  cuales 


100 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


fueron  descubiertas  las  estupendas  verdades  de  la  cosmografía  y  astronomía  (1), 

Allí,  en  aquel  libríto,  que  principia  con  la  definición  de  un  triángulo  y  acaba 
con  la  demostración  de  las  más  sublimes  conquistas  astronómicas,  me  reconcilié 
al  fin  con  la  desdeñada  Geometría  y  con  la  execrada  Trigonometría.  Allí  advertí 
con  asombro  que  la  ciencia  del  espacio,  asistida  de  algunos  instrumentos,  y  tra¬ 
zando  unas  cuantas  líneas  en  el  papel,  había  dado  cima  a  proezas  del  tenor  si¬ 
guiente:  medir  la  dimensión  y  determinar  la  forma  real  de  la  tierra;  fijar  la  distancia 
y  el  tamaño  de  la  luna;  averiguar  el  volumen  y  lejanía  del  sol;  determinar  la  forma 
de  las  órbitas  planetarias,  etc.  Y,  descendiendo  a  más  modestas  empresas:  conocer 
la  elevación  y  anchura  de  una  torre  o  de  una  montaña  sin  remontarlas;  averiguar 
la  amplitud  de  un  río  sin  vadearlo,  fijar  la  posición  de  un  barco  perdido  en  el 
mar,  etc.,  etc. 

En  especial,  la  ingeniosísima  demostración  geométrica  de  la  distancia  del  sol, 
dada  hace  más  de  dos^mil  años  por  Hiparco  de  Samos,  llenóme  de  ingenua  admi¬ 
ración.  Ciertamente,  la  trigonometría  nos  proporciona  hoy  métodos  mucho  más 
exactos  y  elegantes  para  la  resolución  de  éste  y  de  otros  magnos  problemas;  justo 
es  reconocer,  sin  embargo,  que  el  astrónomo  griego,  al  revelarnos  el  sublime  poder 
de  la  geometría,  fué  uno  de  los  que  abrieron  el  camino. 

En  conclusión;  cai  un  poco  tarde  en  la  cuenta  de  que  las  verdades  matemᬠ
ticas  ,  que  rutinarios  y  secos  pedagogos  consideran,  no  sin  cierta  aristocrática 
infatuación,  cual  construcción  deductiva  (cadena  de  verdades  cuyo  primer  eslabón 
brota  en  la  esencia  del  espíritu),  surgida  á  priori,  a  espaldas  y  hasta  con  desdén 
de  la  experiencia,  representan,  por  el  contrario,  imposición  ineluctable  del  mundo 
objetivo,  algo  así  como  la  quinta  esencja  de  los  conceptos  derivados  de  la  percep¬ 
ción  y  escrupulosamente  depurados  de  contingencias,  a  fin  de  que  la  lógica  racio¬ 
nal  pueda  manipularlos  ágil  y  cómodamente.  Y,  sabido  esto,  no  me  sorprendió  ya 
que  los  axiomas  y  fórmulas  de  la  geometría  y  del  álgebra  se  acoplen  tan  estrecha¬ 
mente  a  la  realidad  exterior,  puesto  que,  en  último  análisis,  de  la  realidad  proceden. 

Pero  tan  luminosas  verdades  penetraron — según  dejo  apuntado— harto  tajdía- 
mente  en  mi  espíritu,  cuando  el  fruto  no  podía  ser  ya  copioso  ni  fecundo.  El  Uni- 
verso  entero,  tanto  en  los  dominios  de  lo  infinitamente  grande  como  en  el  arcano 
de  lo  infinito  pequeño,  está  construido  con  arreglo  a  las  fórmulas  de  una  sabía 
geometría  y  de  una  admirable  dinámica.  Pero  esto,  que  es  una  noción  vulgar,  ¿por 
qué  no  me  lo  dijo  ningún  maestro? 

La  Historia  natural  me  gusiólcasi  tanto  como  la  Física;  pero  no  sació,  sino 
muy  imperfectamente,  mis  apetitos  intelectuales.  Yo,  que  me  embelesaba  al  con¬ 
templar  un  nido,  que  me  extasiaba  ante  las  rutilantes  libreas  de  los  coleópteros,  y 
la  policromía  de  las  mariposas  y  de  los  pájaros,  sentí  verdadero  terror  al  oir  la  ex¬ 
traña  e  inacabable  nomenclatura  de  animales  y  plantas,  y  el  chaparrón  abrumador 
de  las  clasificaciones. 

Bastante  más  tarde,  allá  por  los  años  74  ó  75,  llegaron  a  mi  noticia  las  obras 
fundamentales  de  Lamark,  Spencer  y  Darwin,  y  pude  saborear  las  jugosas  y  ele¬ 
gantes,  aunque  frecuentemente  inaceptables  o  exageradas  hipótesis  biogénicas  de 
Haekel,  el  brioso  profesor  de  Jena.  ¡Por  cierto  que  la  primera  refutación  del  famo¬ 
so  libro  del  Origen  de  las  especies,  de  Darwin,  llegada  a  mis  manos,  fué  escrita 


(1)  A  causa  de  la  maravillosa  apütud  de  Fabre  para  iniciar  a  la  juventud  en  el  estudio  de  las 
cias,  el  ministro  Duiuy,  que  le  conocía  bien,  quiso  nombrarle  preceptor  del  principe  imperial-  mas 
consiguid,  porque  el  Soiríarío  rfe  apasionado  de  la  vida  campestre,  odiaba  el  protocolo 

falso  ambiente  cortesano. 


cien- 
nclo 
y  el 


RECUERDOS  DE  MI  VEDA 


101 


por  Cánovas  del  Castillo!...  Tratábase  de  cierto  discurso  de  Ateneo,  tan  elocuen¬ 
temente  escrito  como  flojamente  documentado.  Me  lo  proporcionó  en  Madrid  uno 
de  los  fervientes  admiradores  del  insigne  estadista. 

Para  cerrar  definitivamente  el  azaroso  período  del  bachillerato,  séame  lícito 
trascribir  aquí  algunos  párrafos  de  cierto  artículo  del  Dr.  R.  Salillas,  escrito  con 
ocasión  de  uno  de  mis  modestos  triunfos  académicos.  Dejo  dicho  ya  que  el  pri¬ 
mer  antropólogo  criminalista  de  España  fué  uno  de  mis  amigos  y  condiscípulos. 
Figuraba  en  la  grey  de  los  muchachos  formales  y  aplicados;  empero,  de  vez  en 
cuando,  su  natural  inquieto  y  un  tanto  aventurero,  le  arrastraba  a  tomar  parte  en 
nuestras  zalagardas.  En  las  siguientes  consideraciones,  publicadas  en  El  Liberal 
hace  ya  muchos  años,  apunta,  además,  algún  recuerdo  no  consignado  en  el  pre¬ 
sente  libro: 


«La  isla  de  Cajal.—EX  anuncio  de  la  publicación  de  la  autobiografía  del  insigne 
histólogo,  me  hace  recordar  vivamente  la  época  en  que  lo  conocí. 

Y  la  recuerdo  por  un  detalle  singular. 

El  muchacho  de  entonces,  de  la  época  en  que  cursábamos  el  segundo  año  de 
Humanidades  (como  antiguamente  se  decía)  en  el  Instituto  de  Huesca,  no  era  un 
innominado,  un  desconocido,  una  figura  del  montón.  , 

Tenía  una  personalidad  que,  bien  considerada,  coincide  con  la  que  ya  puede 
llamarse  su  personalidad  histórica. 

Los  panegiristas  de  Cajal,  todos  ellos  ilustres,  reconocen  que  no  ha  tenido 
maestro;  que  se  ha  formado  solo;  que  lo  que  es  constituye  una  manifestación  de 
su  propia  potencia,  de  su  firme  voluntad,  de  su  esclarecido  intelecto. 

No  ha  tenido  maestros...  Ni  los  quiso  tener,  añadiría  yo. 

Aquel  muchacho  de  apariencia  árisca,  no  muy  sociable,  que  se  aislaba  siempre 
que  podía  y  que  por  su  actitud  de  reconcentración  reflexiva  siempre  estaba  aisla¬ 
do,  era  clasificable  entre  los  caracteres  que,  según  Juan  Huarte— otro  escolar  de 
la  Universidad  de  Huesca—,  llaman  los  toscanos  caprichosos  por  su  semejanza 
con  las  cabras,  que  viven  aisladas  en  los  cerros. 

Cajal,  en  la  época  en  que  lo  conocí,  no  fué  discípulo  de  ningún  catedrático...  ¡Y 
así  lo  trataron  ellos  más  de  una  vez! 

El  Instituto  no  lo  atraía  con  ningúnfgénero  de  curiosidad  ni  estímulo.  ' 

Iba,  cuando  iba,  a  la  cátedra,  venciéndose  a  sí  propio. 

Su  nclinación  era  muy  otra. 

Al  dejarse  llevar  de  su  tendencia,  salía  al  campo  libre,  solo  generalmente,  al¬ 
guna  vez  con  muy  pocos  amigos,  que  lo  secundaban  más  bien  que  lo  compren¬ 
dían,  y  en  largas  o  en  pequeñas  expediciones,  sentía  siempre  la  contrariedad  de 
tener  que  volver... 

La  primera  vez  que  merecí  una  confidencia  de  Cajal,  fué  leyéndome  una  novela 
que  escribía  e  ilustraba. 

No  sé  cómo  lo  admiré  más,  si  como  novelista  o  como  dibujante. 

Aquella  novela,  que  entonces  no  la  podía  comparar,  la  clasificaría  ahora  entre 
las  robinsonianas.  Un  naufragio,  la  salvación  en  im  leño,  el  arribo  a  una  isla  de¬ 
sierta  y  la  continuación  de  la  aventura  en  aquel  territorio,  descubriendo  la  flora, 
a  fauna  y  los  salvajes  pobladores. 

Todo  esto  no  tendría  nada  de  particular  en  la  historia  del  autobiografiante,  si 
se  considera  que  el  hacer  versos  o  el  hacer  literatura,  el  fantasear  y  también  el 


102 


S,  RAMÓN  Y  CAJAL 


hacer  monos,  aunque  se  hagan  mucho  mejor  de  lo  generalmente  acostumbrado,  es, 
como  el  mismo  Cajal  ha  dicho,  un  sarampión,  una  fiebre  eruptiva. 

Lo  importante  es  que  la  novela  coincida  con  la  acción  personal,  y  que  esa  ac¬ 
ción,  constantemente  manifestada,  conduzca  a  un  resultado  efectivo. 

Cajal  era  un  novelista  de  acción.  Nos  leía  su  novela  y  la  representamos  juntos 
más  de  una  vez. 

Una  avenida  de  un  modesto  río,  más  modesto  que  el  Manzanares,  caracteriza 
la  escena  del  naufragio. 

En  los  sotillos  del  Isuela,  que  es  el  río  de  que  se  trata,  se  vieron  a  la  hora  del 
baño  algunos  salvajes,  pintados  con  el  lodo  de  la  orilla,  saltando  y  trepando  muy 
bizarramente,  y  manejando  con  cierta  habilidad  sus  arcos  al  disparar  las  flechas. 

No  fué  un  juego,  fué  una  representación. 

Cajal  creía,  y  nos  hizo  creer,  en  la  posibilidad  de  que  la  novela  se  realizara. 

Poco  a  poco  la  novela,  infiltrándose  en  nuestro  espíritu  y  avasallándolo,  fué 
tomando  proporciones  realizables,  y  entonces,  conociendo  con  minuciosidad  los 
peligros  que  habíamos  de  correr,  las  luchas  con  los  elementos,  con  las  fieras  y  con 
los  hombres,  decidimos  emprender  la  aventura,  pero  con  una  condición  niotiva- 
dora:  la  de  salir  suspensos,  la  de  perder  curso. 

Eramos  tres  (1).  Yo  fui  el  único  á  quien  la  condición  no  le  comprometía;  pero 
asistí  lleno  de  inquietudes  a  los  preparativos  de  la  expedición,  los  acompañé  hasta 
la  salida,  los  seguí  con  los  ojos  y  regresé  a  mi  casa  con  tal  pena,  que  no  recuerdo 
una  pena  semejante. 

Sin  poderlo  disimular  ronpí  en  llanto  de  desesperación,  y  alarmados  mis  pa¬ 
dres,  les  tuve  que  decir  entre  sollozos  lo  que  les  ocurría  a  mis  amigos,  riéndose 
entonces  cuantos  me  escuchaban. 

Volvieron,  y  su  vuelta  contribuyó  mucho  a  que  la  novela  en  acción  empezara  a 
nó  tener  éxito. 

Pero  después,  tras  muchos  años  en  que  no  supe  nada  de  mi  compañero  esco¬ 
lar,  cuando  supe  lo  que  hacía,  cuando  lo  ensalzaron  sus  descubrimientos,  volví  a 
creer,  y  a  creer  firmemente,  que  entre  aquella  novela  de  corte  robinsoniano  y  la 
realidad  de  los  descubrimientos  científicos,  no  había  ni  siquiera  variación  de 
asunto. 

Ganivet  ha  dicho  que  lo  que  importa  es  tener  la  fragua  encendida,  y  Cajal  ha 
dicho  que  lo  que  importa  es  tener  una  hipótesis  directriz.  Lo  que  importa  es  creer 
y  poder. 

Cajal  siguió  creyendo  en  su  isla.  Navegó,  se  orientó  y  llegó  victoriosamente. 

jLa  isla  existía! 

En  los  centros  nerviosos,  en  la  médula  y  en  el  cerebro  se  encuentra  efectiva¬ 
mente  la  Isla  de  Cajal.-» 

(1)  Alude  a  la  escapatoria  camino  de  Zaragoza.  En  realidad,  los  expedicionarios  fuimos  cuatro  y, 
naturalmente,  de  lo  paorcito  del  curso. 


CAPITULO  XIX 


COMIENZO  EN  ZARAGOZA  LA  CARRERA  MÉDICA.-EL  EBRO  Y  SUS  ALAMEDAS.-MIS 
PROFESORES  DEL  PREPARATORIO:  BALLARÍN,  GGALLART  Y  SOLANO.  COBRO  AFI¬ 
CIÓN  A  LA  DISECCIÓN  BAJO  LA  DIRECCIÓN  DOCENTE  DE  MI  PADRE 


Aprobadas  las  asignaturas  del  bachillerato  y  hechos  los  ejercicios  del 
grado,  mi  padre,  decidido  más  que  nunca  a  hacer  de  su  hijo  un  Galeno, 
me  acompañó  a  Zaragoza,  matriculándome  en  las  asignaturas  del  ano 
preparatorio.  Y  para  que  no  me  distrajeran  devaneos  y  malas  compañías,  me  aco¬ 
modó  de  mancebo  en  casa  de  don  Mariano  Bailo,  paisano,  amigo  y  condiscipiho 
suyo,  que  gozaba  de  excelente  reputación  como  cirujano  y  era  hombre  a  carta 

^^Ía  alegría  de  verme  en  una  ciudad  nueva,  populosa  y  ennoblecida  por  grandes 
recuerdos  históricos,  fué  pronto  seguida  de  triste  decepción.Mis  amigos  de  Huesca, 
los  regocijados  camaradas  de  glorias  y  fatigas,  recibiéronme  con  la  mayor  indife¬ 
rencia.  Adelantados  uno  o  dos  años  en  su  carrera,  habían  contraído  nuevas  amis¬ 
tades,  V,  a  mis  deseos  de  renovar  el  viejo  trato,  mostraron  un  desdén  que  me  llego 
al  alma.  Fué  el  primer  desengaño  de  la  amistad.  De  semejante  frialdad,  la  cu  pa 
era  enteramente  mia.  No  se  alejaron  ellos  de  mí;  fui  yo  quien  se  alejo  de  ellos  al 

retrasarme  en  la  carrera.  ^ 

Consoléme  entonces,  conforme  suelo  consolarme  siempre,  según  tengo  repeti¬ 
das  veces  expuesto,  bañando  el  alma  en  plena  naturaleza.  El  Ebro  caudaloso  y 
sus  frondosas  y  umbrías  alamedas  estaban  allí,  brindando  un  lenitivo  a  mi  desenga¬ 
ño  y  prometiéndome  reemplazar  con  suaves  deleites  las  vanas  efusiones  del  com¬ 
pañerismo.  ,  u 

Para  los  hombres  capaces  de  saborear  sus  encantos,  es  el  campo  soberano  apa¬ 
gador  de  emociones,  irreemplazable  conmutador  de  pensamientos.  ¿Qué  anade  a 
nuestra  alma-se  ha  dicho  por  alguien-un  cielo  azul  y  una  vegetación  esplen¬ 
dida?  Nada,  en  efecto,  para  el  hombre  orgulloso,  egotista,  que,  alimentado  con  sus 
propias  ideas,  vive  siempre  dentro  de  sí  mismo;  pero  mucho,  muchísimo  para 
quienes  saben  abrir  sus  sentidos  a  las  fiestas  de  la  luz  y  a  las  bellezas  del  paisaje. 
Con  todo  eso,  en  los  tiempos  a  que  aludo,  llevábanme  también  a  las  pintores- 
-  cas  orillas  del  Ebro  mis  Jnclinaciones  artísticas  y  mi  naciente  afición  de  natura¬ 
lista.  Entre  mis  tendencias  irrefrenables,  cuéntase  cierta  afición  estrafalarm  a 
averiguar  el  curso  de  los  ríos  y  a  sorprender  sus  afluentes  y  manantiales.  Y  la 
circunstancia  de  ser  éste  el  primer  río  caudaloso  que  veía,  excitaba  en  alto  grado 
la  citada  curiosidad  hidrológica. 

«¿De  dónde  proviene— pensaba-este  formidable  raudal  de  agua  cuyas  ondas. 


104 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


después  de  lamer  mansa  y  suavemente  los  muros  del  Pilar,  parecen  modular,  al 
estallar  fragorosas  en  el  puente  de  piedra,  himnos  heroicos?» 

Arrastrado  por  la  curiosidad,  remonté  más  de  una  vez  sus  corrientes  hasta 
llegar  a  Alagón;  otras  veces  descendí,  río  abajo,  hasta  cerca  de  Pina.  Estimulába¬ 
me,  además,  en  mis  excursiones  ribereñas  el  deseo  romántico  de  hallar  florestas 
y.vergeles  idílicos  no  profanados  por  planta  humana. 


Pero  no  divaguemos.  Juzgo  al  lector  harto  de  enfadosas  digresiones  y  es  hora 
de  que  digamos  algo  de  mis  profesores.  Eran  éstos  el  veterano  don  Florencio  Ba¬ 
ilarín,  catedrático  de  Historia  Natural;  don  Marcelo  Guallart,  que  explicaba  Físi¬ 
ca,  y  don  Bruno  Solano,  auxiliar  por  entonces  encargado  de  la  ampliación  de 
Química. 

Poco  recuerdo  de  don  Marcelo  Guallart.  Unicamente  puedo  decir  que  sus  lec¬ 
ciones.  sabias  y  modestas,  pecaban  de  monótonas,  y  que  su  clase,  no  muy  fre¬ 
cuentada  (no  hay  que  olvidar  que  estaba  reciente  la  Gloriosa),  sólo  se  llenaba  de 
bote  en  bote  los  días  de  experimentos  aparatosos  y  teatrales. 

Mayor  relieve  y  colorido  tienen  mis  remembranzas  de  Bailarín  y  Solano,  maes¬ 
tros  dignos  por  mil  conceptos  de  ser  recordados  con  fervor. 

El  anciano  don  Florencio  Bailarín,  contemporáneo  de  Fernando  VII,  de  quien 
fué  perseguido  por  liberal  y,  además,  por  irrespetuoso  con  la  augusta  persona  del 
monarca,  era  un  profesor  ilustrado,  dotado  de  imaginación  plástica  y  de  verbo 
cálido.  Fué  el  primero  a  quien  oí  defender  con  leal  convicción  la  necesidad  de  la 
enseñanza  objetiva  y  experimental,  hoy  tan  cacareada  como  poco  practicada. 
Predicaba  con  el  ejemplo:  y  así  sus  lecciones  de  zoología  y  mineralogía  nos  re¬ 
sultaban  altamente  instructivas,  ya  que  se  daban,  respectivamente,  en  el  Museo  y 
en  el  Jardín  Botánico. 

¡Lástima  grande  que  no  hubiéramos  alcanzado  'más  joven  a  don  Florencio, 
cuando  sus  facultades  culminaban!  En  los  tiempos  a  que  aludimos  era  ya  seten¬ 
tón  y  adolecia  de  esa  irritabilidad  y  desigualdad  de  humor,  doloroso  y  casi  inevi¬ 
table  defecto  de  la  senectud.  Recuerdo  que  en  sus  reprensiones  y  castigos  adole¬ 
cía  a  menudo  de  falta  de  ecuanimidad  y  ponderación.  Incorrecciones  de  lenguaje, 
sonrisas  furtivas,  distracciones  momentáneas  bastaban  a  sacarlo  de  sus  casillas; 
presa  de  la  ira,  nos  llenaba  de  improperios. 

Cierto  día  preguntóme  las  arterias  de  los  miembros  superiores.  En  un  len¬ 
guaje  deslavazado  y  tímido  respondí,  entre  otras  cosas,  «que  la  arteria  humeral 
se  extiende  a  lo  largo  del  brazo»...  —Pero,  hombre— me  interrumpió  indignado—, 
¡a  la  largo!...  ¡Cualquiera  diría  que  es  usted  sastre  y  está  tomando  medida  dé 
mangas! 

Una  de  sus  buenas  costumbres  docentes— hoy  casi  enteramente  abandona¬ 
da— consistía  en  señalar  periódicamente  cierto  tema  de  discusión,  de  cuya  defensa 
se  encargaba  un  alumno,  a  quien  sus  camaradas  debían  dirigir  observaciones. 
Tocóme  él  turno  de  objetante  y  dominábame  miedo  cerval.  Tratábase  del  mecanis¬ 
mo  de  la  hematosis.  El  disertante,  mi  buen  amigo  el  doctor  Senac,  hoy  ilustrado 
médico  militar  (1)  y  uno  de  tantos  talentos,  obscurecidos  por  falta  de  ambición, 
hizo  un  bonito  discurso,  pronunciado  con  facilidad  y  desembarazo.  Defendió  la 
tesis,  entonces  muy  en  boga,  de  que  la  sangre  venosa  era  nociva  al  organismo  a 
causa  del  ácido  carbónico  en  ella  acumulado  y  del  cual  debía  desprenderse  en  el 

(1)  Murió  hace  algunos  años  de  una  afección  cardíaca. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


105 


pulmón.  Yo,  que  había  bebido  en  las  mismas  fuentes  (la  Fisiología  de  Beclard),  le 
dije,  o  intenté  decirle,  «que  el  daño  no  estaba  en  el  exceso  de  ácido  carbónico, 
gas  enteramente  inofensivo,  sino  en  la  ausencia  de  oxígeno,  ya  consumido  en  los 
capilares  con  ocasión  de  la  respiración  de  los  tejidos» .  « 

Mas  tan  sencillo  reparo  fué  expuesto  con  frase  tan  desmañada  y  sinuosa  y  con 
voz  tan  entrecortada  y  balbuciente,  que  Bailarín,  no  pudiendo  sufrirme,  ordenóme 
callar  con  cajas  destempladas,  añadiendo  «que  conservaba  todavía  el  peló  dé  la 
dehesa».  Mi  inocencia  era  tal,  que  no  entendí  la  frase  ni,  por  tanto,  la  intención 
mortificante. 

Pero  aparte  las  citadas  destemplanzas.  Bailarín  era  un  maestro  a  quien  respe¬ 
tábamos  y  venerábamos.  Le  estábamos  además  agradecidos  porque,  de  vez- en 
cuando,  nos  concedía  graciosamente  un  día  de  asueto,  y  ciertamente  por  un  moti¬ 
vo  que  el  lector  adivinaría  difícilmente. 

¡Ya  se  sabía!...  En  cuanto  llegaba  a  cátedra  malhumorado,  sumidas  las  quija¬ 
das,  el  aire  de  contrariedad...  y  daba  comienzo  ala  tarea  mascullando  gangosa  e 
ininteligiblemente  la  palabra  «¡Seño...  res!.,.»  todos,  maquinalmente,  requeríamos 
el  sombrero,  y  abandonábamos  el  aula,  con  beneplácito  del  profesor,  que  se  limi¬ 
taba  a  deplorar  la  flaqueza  de  su  memoria.  ¡Era  que  el  bueno  de  don  Florencio  se 
había  dejado  en  casa  la  dentadura!  Este  cómodo  olvido',  tratándose  de  tan  averia¬ 
da  senectud,  ¿era  voluntario  o  involuntario?  He  aquí  un  problema  que  nunca  pu¬ 
dimos  resolver. 

Cosa  sabida  es  que  los  profesores,  aun  ios  más  refractarios  a  la  rutina,  repiten 
fonográficamente  todos  los  cursos  ciertas  frases  y  ejemplos  que  los  alumnos  co¬ 
nocen  y  anuncian  a  plazo  fijo.  Tal  le  ocurría  a  Bailarín.  Entre  los  ejemplos  este¬ 
reotipados  no  hay  condiscípulo  que  haya  olvidado  uno  famoso,  expuesto  invaria¬ 
blemente  al  tratar  de  la  escala  de  dureza  de  los  minerales. 

«Señores— decía— :  el  diamante  ocupa  el  número  7  de  la  escala  de  la  dureza; 
resulta,  pues,  el  cuerpo  más  duro  que  se  conoce;  pero  entendámonos;  la  resisten¬ 
cia  al  rayado  no  implica  refractariedad  a  la  fractura.  Precisamente  el  diamante  es 
deplorablemente  quebradizo.  Ahí  tienen  ustedes— añadía— el  testimonio  irrecusa¬ 
ble  de  esta  lamentable  propiedad.»  Y  en  aquel  momento  alargaba  la  mano  por 
encima  de  la  mesa,  mostrando  flamante  solitario,  afeado  en  su  centro  por  fractura 
estrellada.  Y  a  seguida’refería  que,  durante  cierta  disputa,  no  sé  si  científica  o  po¬ 
lítica,  no  pudiendo  persuadir  al  adversario,  descargóle  en  la  cabeza  formidable 
puñetazo.  Pero  el  cráneo  del  adversario  era  de  los  que  merecían  figurar  con  un  nú¬ 
mero  8  en  la  consabida  escala  de  la  dureza,  ya  que  rompió  en  mil  trozos  el  precio¬ 
so  diamante.  Al  llegar  aquí  era  de  ritual  soltar  carcajada  genera!,  que  no  impa¬ 
cientaba  en  lo  más  mínimo  al  bueno  de  Bailarín. 

Muy  diferente  era  el  temperamento  intelectual  y  docente  de  don  Bruno  Solano 
Elocuente,  fogoso,  afable,  no  exento  de  severidad  en  ocasiones,  su  cátedra  era 
templo  donde  oíamos  embelesados  la  pintoresca  ^e  interesante  narración  de  los 
amores  y  odios  de  los  cuerpos:  las  aventuras  del  oxígeno,  especie  de  Don  Juan 
rijoso  e  irresistible  conquistador  de  la  virginidad  de  los  simples;  las  venganzas 
del  hidrógeno,  amante  celoso  responsable  de  tanta  viudez  molecular,  y  las  intri¬ 
gas  y  tercerías  del  calor  y  electricidad,  dueñas  quintañonas  capaces  de  perturbar  y 
de  divorciar  hasta  los  matrimonios  moleculares  más  unidos  y  estables...  Pero  aparte 
estas  expansiones  poéticas,  de  que  no  abusaba.  Solano  era  un  gran  maestro. 

¡Qué  dicción  más  agradable  y  seráfica  la  suya!  ¡Qué  suprema  habilidad  para 
hacer  comprensivos  y  amenos,  mediante  comparaciones  luminosas,  los  punto 


106 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


más  difíciles  o  las  nociones  más  áridas  y  abstrusas!  Bajo  este  aspecto  se  parecía 
mucho  al  célebre  físico  inglés  Tyndall,  al  genial  Echegaray  y  al  incomparable  di¬ 
vulgador  A.  Fabre. 

Confieso  que  cuando  visito  a  Zaragoza,  una  de  las  cosas  que  más  me  entris¬ 
tece  es  la  ausencia  del  malogrado  compañero  (1).  Sus  pláticas  diarias  en  el  Café 
Suizo,  donde  se  congregaban  sus  íntimos  y  admiradores,  eran  un  regalo  del  es¬ 
píritu.  Su  popularidad  era  tan  grande  como  merecida.  Eso  que  después  se  ha  lla¬ 
mado  extensiónluniversitaría,  fué  una  de  tantas  iniciativas  suyas.  No  reservó  nun¬ 
ca  su  ciencia  para  losjprivilegiados  de  la  matrícula  oficial,  sino  que  la  propagó  al 
gran  público,  creando  lazosjntelectuales  y  afectivos  entre  la  cátedra  y  el  taller 
el  laboratorio  y  la  fábrica.  Estaba  persuadido  de  que  la  ciencia  debe  asociarse  a 
la  vida,  para  inspirarla  y  dirigirla.  Su  exquisita  sensibilidad  de  artista  y  de  pensa¬ 
dor  le  permitían  descubrir,  hasta  en  las  cosas  más  vulgares,  puntos  de  vista  su¬ 
periores.. 

Pero  Solano  era  además  un  soberbio  temperamento  de  escritor.  ¡Un  escritor  que 
no  quiso  apenas  escribir!...  De  sus  brillantes  dotes  literarias  dan  testimonio  esos 
preciosos,  y  por  desgracia  escasísimos,  artículos  científicos  y  de  vulgarización,  in¬ 
sertos  en  los  diarios  zaragozanos,  y  singularmente  el  bellísimo  discurso  de  aper¬ 
tura  universitaria  acerca  de  las  orientaciones  de  la  química  moderna. 

Pero  volviendo  a  mis  estudios,  debo  decir  que,  gracias  a  tan  buenos  maestros, 
aproveché  bastante,  es  decir,  todo  lo  que  mi  juicio,  todavía  en  agraz,  y  mis  conti¬ 
nuas  escapadas  artísticas  consentían.  Sólo  una  vez  regresé  a  mis  viejas  cala¬ 
veradas.. 

Cierto  camarada  de  Huesca  llamado^Herrera,  mozo  despejado  y  algo  camorris¬ 
ta  (tuerto  de  resultas  de  una  travesura),  gran  admirador  de  mi  honda,  rogóme  en¬ 
carecidamente  que,  olvidando  por  un  día  la  Historia  natural,  le  prestase  mi  con¬ 
curso  en  cierto  encuentro  que  debía  efectuarse  en  las  eras  del  barrio  de  la  Magda¬ 
lena,  entre  estudiantes  y  femateros,  o  entre  pijaitos  y  matracos.  Tuve  la  debilidad 
de  escucharle  y  de  caer  en  la  tentación. 

Mi  honda  hizo  de  las  suyas.  Descalabré  unos  cuantos  enemigos  y  contribuí  al 
triunfo  de  los  señoritos,  a  pesar  del  refuerzo  que  a  última  hora  recibieron  los  fe- 
materos  de  sus  congéneres  de  la  parroquia  de  San  Pablo.  Sin  engreirme  con  la 
victoria,  y  ahito  de  chiquilladas,  tuve  la  fortaleza  de  no  reincidir.  Cada  cosa  a  su 
tiempo.  Y  el  de  la  informalidad  había  pasado.  Frisaba  yo  entonces  en  los  diez  y, 
siete  años.  Mi  relativa  aplicación  me  permitió  aprobar  sin  percances  el  preparato¬ 
rio,  y  matricularme  en  el  primer  curso  de  Medicina. 

Por  aquella  época  (creo  que  fué -en  1870)  trasladóse  mi  familia  a  Zaiagoza.  De¬ 
seoso  mi  padre  de  dar  carrera  a  sus  hijos,  vigilarlos  de  cerca  y  sustraerse  definiti¬ 
vamente  a  los  sinsabores  de  la  práctica  médica  'rural,  hizo  ciertas  oposiciones  a 
médicos  de  la  Beneficencia  provincial,  y,  conseguida  upa  plaza,  establecióse  en  la 
capital  aragonesa,  en  donde,  a  poco  de  su  arribo,  el  sabio  clínico  y  condiscípulo 
suyo  don  Genaro  Casas,  a  la  sazón  Decano  de  la  Facultad  de  Medicina,  le  confirió 
el  cargo  de  profesor  interino  de  disección. 

Conocido  el  entusiasmo  de  mí  padre  por  la  anatomía,  y  su  vocación  decidida 
por  la  enseñanza,  adivinará  fácilmente¿el  lector  el  celo  y  ardor  puestos  en  el  des¬ 
empeño  de  su  cometido  y  la  decisión  de  convertir  a  su  hijo  en  hábil  disector. 

Hétenos,  pues,  a  los  dos  metidos  en  harina,  com»  suele  decirse.  ¡Y  con  maes- 

ÍD  Solano  murió  joven  a  consecuencia  de  una  operación  quirúrgica. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


107 


tro  tal,  cualquiera  escurría  el  bulto!  Tres  años  nos  pasamos  en  aquella  humilde 
sala  de  disección,  perdida  en;ia  huerta  del  viejo  Hospital  de  Santa  Engracia,  des¬ 
montando  pieza  a  pieza  la  enrevesada  maquinaria  de  músculos,  nervios  y  vasos,  y 
comprobando  las  lindas  cosas  que  nos  contaban  los  anatómicos.  Ante  la  impo¬ 
nente  losa  anatómica,  protestaron  al  principio  cerebro  y  estómago;  pronto  vmo, 
empero,  la  adaptación.  En  adelante  vi  en  el  cadáver,  no  la  muerte,  con  su  cortejo 
de  tristes  sugestiones,  sino  el  admirable  artificio  de  la  vida. 

Conforme  pide  el  método,  para  no  extraviarnos  en  la  selva  inextricable  de  va¬ 
sos  y  nervios,  trabajábamos  en  presencia  de  los  libros,  guiados  por  el  Cruveilhier 
y  el  Sappey.  Crecía  el  ardor  al  compás  de  las  dificultades,  y,  pródigos  de  tiempo 
(mi  padre  por  entonces  tenía  pocos  enfermos),  consagrábamos  a  la  tarea  todo  el 
vagar  que  nos  dejaban,  a  mi  progenitor  la  clientela  y  a  mí  los  estudios  de  otras 
asignaturas.  Incansable  él,  no  consentían  fatiga  en  torno  suyo. 

Gran  provecho  saqué  de  tal  maestro  y  de  semejante  método  de  aprender;  que 
no  hay  profesor  más  celoso  que  el  que  estudia  para  enseñar.  Mi  lápiz,  antano  res¬ 
ponsable  de  tantos  enojos,  halló  por  fin  gracia  a  los  ojos  de  mi  padre,  que  se  com¬ 
placía  ahora  en  hacerme  copiar  cuanto  mostraban  las  piezas  anatómicas.  ¡Que  sa¬ 
tisfacción  cuando,  a  fuerza  de  paciencia,  conseguíamos  desprender  de  su  ganga 
de  grasa  el  diminuto  ganglio  oftálmico  con  sus  tenues  radículas  nerviosas  o  atis- 
bar  en  su  escondrijo  el  enrevesado  foco  ganglionar  esfeno-palaUno,  o,  en  fm,  per¬ 
seguir  triunfantes,  a  través  de  los  túneles  del  peñasco,  los  sutiles  nervios  petro¬ 
sos!  Con  todo  ello  enriquecía  mis  apuntes  y  daba  base  objetiva  a  mis  conoci¬ 
mientos.  - 

Poco  a  poco  mis  acuarelas  anatómicas  formaron  formidable  cartapacio,  del  que 
se  mostraba  orgulloso  el  autor  de  mis  días.  Su  entusiasmo  llegó  al  purito  de  pro¬ 
yectar  seriamente  la  publicación  de  un  Atlas  anatómico.  Desgraciadamente,  el 
atraso  de  las  artes  gráficas  en  Zaragoza  impidió  la  realización  del  proyecto. 

Para  cerrar  este  capítulo  añadiré  que,  envista  de  mi  laboriosidad  y  relativa  pe¬ 
ricia  en  el  arte  de  disecar,  al  final  del  segundo  año  de  Medicina  se  me  otorgo  una 
plaza  de  ayudante  de  disección.  Este  cargo  oficial,  halagando  mi  amor  propio,  fo¬ 
mentó  todavía  más  mis  aficiones  anatómicas.  Y  me  consintió,  además,  agenciarme 
algunos  gajes,  dando  lecciones  particulares  de  anatomía  práctica. 


CAPÍTULO  XX 


MIS  CATEDRÁTICOS  DE  MEDICINA— DON  MANUEL  DAINA  Y  EL  PREMIO  DE  ANATO¬ 
MÍA  TOPOGRÁFICA.— UN  SINGULAR  PROCEDIMIENTO  DE  EXAMEN.— NUESTRO 
DECANO  DON  GENARO  CASAS.— MIS  PETULANCIAS  POLÉMICAS.— NOTAS  BREVES 
ACERCA  DE  ALGUNOS  PROFESORES  Y  CIERTO^  INCIDENTES  OCURRIDOS  EN  SUS 
CLASES 


A  despecho  de  mis  escapadas  artísticas,  continué  la  carrera  sin  tropiezos 
aunque  sin  permitirme  el  lujo  de  sobresalir  demasiado.  A  decir  verdad 
sólo  estudié  con  esmero  la  Anatomía  y  la  Fisiología;  a  las  demás  asigna¬ 
turas-las  Patologías  médica  y  quirúrgica,  la  Terapéutica,  la  Higiene,  etc.—,  con¬ 
sagré  la  atención  estrictamente  precisa  para  obtener  el  aprobado.  A  lo  que  debió 
quizás  contribuir  algo  cierto  ministro  de  la  Gloriosa,  quien,  por  devoción  al  igua¬ 
litarismo  democrático,  redujo  las  calificaciones  de  exámenes  a  dos:  aprobado  y 
suspenso.  Confieso  que  jamás  he  logrado  comprender  la  ventaja  educativa  de  la 
supresión  de  las  notas.  En  una  edad  en  que  la  pereza  y  la  distracción  hallan  tan¬ 
tas  ocasiones  de  asaltar  la  voluntad,  ¿qué  malhayen  fomentar  la  emulación  y 
hasta  la  vanidad  misma?  Hágase  el  milagro,  y  hágalo  el  diablo.  Si  en  el  corazón 
del  estudiante  queda  un  residuo  de  pasión  malsana,  pronto  se  encargará  la  vida 
de  disiparlo.  Lo  esencial  es  acrecentar  el  patrimonio  científico  adquirido  y  mante¬ 
ner  el  hábito  del  trabajo. 

Se  dirá  que  para  los  alumnos  aficionados  a  las  distinciones  académicas  que¬ 
daba  el  recurso  de  los  premios.  Pero  [no  todos  los  jóvenes  aplicados  poseen  la 
pretensión  y  audacia  necesarias  para  tales  competiciones.  Recuerdo  que  el  temor 
de  parecer  presumidos  u  orgullosos  fué  causa  de  que  la  mayoría  de  los  premios 
de  la  Facultad  quedaran  desiertos.  Y  no  ciertamente  por  ausencia  de  jóvenes 
aventajados.  Excluyéndome  yo,  que  sólo  podía  aspirar  al  diploma  en  las  asignatu¬ 
ras  anatómicas,  figuraban  entre  mis  condiscípulos  mozos  sobresalientes.  Recuerdo 
ahora  a  Pablo  Salinas,  Victorino  Sierra,  Severo  Cenarro,  Simeón  Pastor,  Joaquín 
Gimeno,  Pascual  Senac,  Andrés  Martínez,  José  Rebullida  y  otros.  Por  mi  parte, 
sólo  tenté  fortuna  en  la  Anatomía  topográfica  y  operaciones,  asignatura  de  que  era 
titular  don  Manuel  Daina.  Y  aunque  favorable  el  resultado,  perdí  las  ganas  de 
reincidir.  Mas  el  suceso  merece  contarse,  para  que  se  vea  que,  en  achaques  de 
preparación,  puede  ser  a  veces  contraproducente  estudiar  demasiado. 

Tenía  don  Manuel  Daina  verdadera  debilidad  por  mí.  Arrastrado  por  su  bondad 
excesiva,  me  consideraba  el  mejor  de  sus  alumnos,  y  yo  correspondía  a  tan  lison¬ 
jero  concepto  esmerándome  en  la  ejecución  de  las  preparaciones  anatómicas,  de 
que,  como  Ayudante  disector,  estaba  oficialmente  encargado.  Se  comprenderá, 


RECt-TERDOS  DE  MI  VIDA 


109 


pues,  que  terminado  el  curso,  me  instara  encarecidamente  don  Manuel  a  concur¬ 
sar  el  premio,  y  que  yo,  para  complacerle,  me  preparara  concienzudamente. 

Sabido  es  que  en  todo  programa,  además  de  las  lecciones  corrientes,  figuran 
ciertas  materias  fundamentales  o  simplemente  difíciles,  donde  el  alumno  puede 
lucir  su  áplicación  y  memoria.  Mis  lectores  médicos  recordarán  que,  en  los  domi¬ 
nios  de  la  Anatomía  topográfica,  estos  temas  de  prueba  son  la  región  del  cuello,  la 
inguinal,  la  crural,  la  perineal  y  el  hueco  poplíteo.  Por  arduas  y  complicadas  las 
había  disecado  con  cariño  y  reproducido  más  de  una  vez  en  mis  láminas  anató¬ 
micas. 

Llegó  el  concurso;  quedé  solo;  tocóme  el  anillo  inguinal:  escribí  largo  y  ten¬ 
dido;  decoré  la  descripción  con  varios  esquemas  y  llevé  mi  preocupación  detallista 
hasta  precisar  las  dimensiones  en  milímetros.  Ufano  durante  la  lectura,  esperé 
tranquilo  y  confiado  el  fallo  del  tribunal.  Desde  el  vestíbulo  oía  a  los  jueces  discutir 
acaloradamente.  —¿Qué  pasará?— me  decía  un  tanto  alarmado.  Al  fin  supe  que  el 
Jurado  me  había  adjudicado  el  premio.  Al  salir  Daina  y  su  compañero  me  abraza¬ 
ron,  felicitándome.  Pero  don  Nicolás  Montells  (profesor  de  Patología  quirúrgica) 
se  me  acercó,  diciéndome  con  ademán  desabrido:  «Conste  que  a  mí  no  me  la  pega 
usted.  ¡Eso  está  copiado! >... 

En  vano  intenté  respetuosamente  sacarle  de  su  error.  Para  el  bueno  de  Mon¬ 
tells,  era  imposible  que  un  alumno  recordara  en  milímetros  los  diámetros  del  con¬ 
ducto  inguinal.  Afortunadamente,  mi  maestro  Daina,  que  me  conocía  bien,  defen¬ 
dióme  calurosamente.  Con  su  exquisita  prudencia  previno,  además,  el  estallido  de 
mi  cólera,  pasión  a  la  que  entonces  era  yo  extraordinariamente  propenso.  Todo  se 
arregló,  pero  el  incidente  contribuyó  decisivamente  a  que,  en  lo  sucesivo,  desis¬ 
tiese  de  semejantes  certámenes. 

Merece  don  Manuel  Daina  un  recuerdo  afectuoso.  De  simpática  figura  y  carác¬ 
ter  afable,  gozaba  de  la  reputación  y  estima  que  proporcionan  el  talento  y  la  ecua¬ 
nimidad,  asistidos  de  espléndida  posición  social.  La  misma  sencillez  y  elegancia 
con  que  vestía,  resplandecían  en  su  palabra,  que  era  correcta,  tranquila,  persuasiva 
y  matizada,  a  veces,  con  rasgos  de  fina  ironía.  Era,  acaso,  don  Manuel  el  más 
europeo  de  nuestros  profesores,  quizá  el  único  que  había  ampliado  en  el  Extranjero 
su  educación  profesional  y  científica.  Había  sido  discípulo  de  las  grandes  figuras 
quirúrgicas  de  París.  Nos  embelesaba  cuando  refería  las  hazañas  operatorias  de 
Nélaton  y  Velpeau,  así  como  los  errores  imperdonables  a  que  conducen  la  super¬ 
ficialidad  del  reconocimiento  y  el  criminal  afán  de  inflar  estadísticas  de  interven¬ 
ciones  temerarias.  Mucho  valía  como  operador,  pero  valía  todavía  más  como 
cirujano. 

Por  cierto  que  don  Manuel  Daina  ensayó  en  aquel  curso  cierto  sistema  muy 
original  de  calificar.  La  víspera  de  los  exámenes,  sorprendiónos  a  Cenarro  y  a  mí 
con  el  siguiente  curioso  encargo:  «Persuadido  estoy— nos  dijo— de  que  no  hay 
profesor,  por  atento  que  sea,  que  conozca  tan  bien  a  sus  discípulos  como  ellos  se 
conocen  entre  sí.  En  consecuencia,  he  resuelto  que  ustedes  formulen  las  califica¬ 
ciones.  Ahí  va  la  lista.  Como  fío  mucho  de  la  rectitud  y  formalidad  de  ustedes,  de 
antemano  apruebo  lo  que  hagan.» 

Expusimos  algunas  tímidas  excusas,  pero  acabamos  por  aceptar  el  peligroso 
honor,  prometiendo— según  era  de  rigor — guardar  el  secreto.  Aquella  noche  Cena¬ 
rro  y  yo  cambiamos'  impresiones  acerca  de  los  méritos  de  nuestros  condiscípulos, 
aquilatamos  el  talento,  grado  de  aplicación  y  asistencia  a  clase  de  cada  uno,  y 
resolvimos,  de  perfecto  acuerdo,  las  notas.  Entre  los  indultados — hubo,  natural- 


lio 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


mente,  bastante  manga  ancha-  recuerdo  a  un  tal  Pueyo,  mozo  aplicado  y  pobre, 
que  apenas  asistía  a  clase  por  enfermo  y  a  quien  el  profesor  contaba  entre  los 
irredimibles.  Naturalmente,  Cenarro  y  yo  comenzamos  por  adjudicarnos  sendos 
sobresalientes  (1).  Al  repasar  la  lista  y  notar  la  racha  de  indultos  y  rectificaciones, 
experimentó  don  Manuel  alguna  sorpresa;  pero  sonrió  bondadosamente  y  aprobó 
la  propuesta.  Claro  es  que  después  de  tal  acuerdo  los  exámenes  fueron  pura 
fórmula. 

Otro  de  los  buenos  maestros  de  la  Escuela  de  Medicina  aragonesa  fué  don  Ge¬ 
naro  Casas,  amigo  y  condiscípulo  de  mi  padre  (ambos  cursaron  la  carrera  en  Bar¬ 
celona).  Exiguo  de  estatura,  y  afeado  por  lupia  voluminosa  impl^tada  en  la  fren¬ 
te,  tenía  aspecto  enfermizo  y  deforme,  que  se  desvanecía  en  cuanto  comenzaba  a 
hablar.  Porque  don  Genaro,  Decano  y  casi  creador  de  la  Escuela  de  Medicina 
aragonesa,  además  de  ser  clínico  eminente  y  modelo  de  profesores  celosos,  poseía 
talento  oratorio  de  primera  fuerza.  Pertenecía  a  la  selecta  grey  de  los  médicos  la¬ 
tinos  y  humanistas,  hoy  perdida  casi  enteramente. 

Imperaba  entonces  en  las  escuelas  médicas  el  vitalismo  de  Banhez,  inspirado 
en  el  hipocratismo,  doctrina  de  que  fué  también  ardiente  partidario  el  Dr.  Santero, 
ala  sazón  catedrático  de  Clínica  médica  de  Madrid.  Natural  era  que  los  profeso¬ 
res  de  aquel  tiempo—  que  podíamos  llamar  era  preóacíermna— reaccionaran  con  al¬ 
guna  viveza  contra  las  tendencias  materialistas  u  organieistas  de  la  química,  histo¬ 
logía  y  más  tarde  de  la  bacteriología.  Pero  don  Genaro,  vitalista  convencido,  supo 
siempre  hacer  justicia  a  las  conquistas  positivas  de  estas  ciencias,  cuyos  datos 
interpretaba  muy  hábilmente  en  el  sentido  de  su  espiritualisrno  orgánico.  Aún  re¬ 
cuerdo  la  exposición  magistral  que  nos  hizo  de  la  Paiologia  celular,  de  Virchow, 
libro  esencialmente  revolucionario,  aparecido  por  entonces.  —Naturalmente,  don 
Genaro  aceptaba  los  hechos,  pero  repudiaba  sus  consecuencias.  Se  comprenderá 
fácilmente  que  los  distingos  del  sabio  maestro  no  agradaban  a  todos;  pero  aun  los 
que  pasábamos  por  más  avanzados  y  noveleros,  seguíamosle  con  respeto  en  sus 
loables  esfuerzos  de  conciliación  entre  lo  viejo  y  lo  nuevo.  Todos  le  venerábamos 
y  queríamos,  porque  su  celó  por  la  enseñanza  era  tan  grande  como  su  talento  y  su 
bondad. 

Por  cierto  que  mi  petulancia  puso  un  día  a  prueba  la  inagotable  benevolencia 
del  maestro.  Referiré  el  incidente— que  hoy  recuerdo  con  pena—,  para  que  se  vea 
hasta  qué  punto  llegaba  la  rebeldía  de  mi  carácter  y  la  paternal  tolerancia  de  don 
Genaro.  Había  yo  leído  la  citada  Patología  celular  de  Virchow  y  algunos  otros 
libros  anatomo-patológicos  a  la  moda,  donde,  a'  vueltas  de  un  análisis  objetivo 
insuficiente,  se  hacía  la  apología  de  la  célula,  presentándola  como  un  ser  vivo, 
autónomo,  protagonista  exclusivo  de  los  episodios  patológicos.  Quedaba  de  esta 
suerte  rota  la  unidad  orgánica,  tan  cara  a  vitalistas  y  animistas.  La  enfermedad 
venía  a  ser,  por  consiguiente,  algo  así  como  modesto  incidente  de  fronteras  o  a 
modo  de  motín  de  ciudad,  que  debían  reprimir  de  modo  automático  las  fuerzas 
locales,  con  poca  o  ninguna  intervención  de  la  autoridad  central,  representada  por 
el  sistema  nervioso. 

Petulante  y  ufano  con  lecturas  bastante  mal  digeridas,  contrariábame  ver  cómo 
ñon  Genaro  interpretaba  en  sentido  vitalista  todos  los  procesos  celulares.  Y,  no 
obstante  mi  timidez  y  cortedad,  el  choque  llegó  al  fin.  Cierto  día  de  conferencia 
preguntóme  el  maestro  acerca  de  las  lesiones  de  la  inflamación,  y  después  de  ex- 

(1)  Por  aquel  año  (1872),  otro  ministro  de  la  Revolución  restabieció  las  calificaciones  de  examen. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


111 


poner  los  hechos  descriptivos  corrientes,  tuve,  al  interpretarlos,  la  audacia  de 
oponerme  a  su  doctrina  vitalista.  Con  un  arrojo  de  que  yo  mismo  estaba  asombra¬ 
do,  manifesté  que;  «La  hiperemia  y  la  exudación  no  constituían  actos  defensivos 
del  principio  vital,  sino  meros  efectos  de  la  irritación  y  multiplicación  de  las  célu¬ 
las.  En  mi  concepto— añadía — ,  las  fuerzas  centrales,  caso  de  ser  algo  real,  no  in¬ 
tervienen  para  nada  en  el  proceso,  como  lo  prueba  el  alegato  de  Virchow,  de  exis¬ 
tir  inflamación  en  tejidos  desprovistos  de  vasos  y  nervios  (1).  Ante  mis  arrogan¬ 
cias,  los  condiscípulos  mirábanse  estupefactos. 

No  se  enojó  don  Genaro  por  mi  falta  de  respeto;  antes  mostró  alegrarse  de 
contender  con  un  discípulo.  Y  conformas  suaves  trató  de  persuadirme  de  «que 
el  acto  inflamatorio  representa  siempre  una  reacción  defensiva  contra  los  agentes 
vulnerantes;  hizo  notar  que  aun  en  los  tejidos  exangües  citados  por  mí  (córnea  y 
cartílago)  desarrollábase  hiperemia,  puesto  que  hacia  la  lesión  afluían  jugos  y 
glóbulos  de  pus,  y,  en  fin,  añadió  que  la  indiscutible  finalidad  de  las  citadas  reac¬ 
ciones,  en  orden  a  la  eliminación  de  las  causas  y  reparación  de  sus  estragos,  im¬ 
plicaba  necesariamente  un  principio  inmaterial  capaz  de  regular  y  coordinar  los 
actos  orgánicos.  Este  principio  no  podía  ser  otro  que  la  fuerza  vital,  el  alma  vege¬ 
tativa  de  la  escuela  vitalista. 

Pero  yo,  que  sugestionado  por  lecturas  recientes,  consideraba  el  principio  vi¬ 
tal  de  Barthez  como  un  mito  encubridor  de  nuestra  ignorancia  (y  en|  esto  no  me 
faltaba  razón),  mantuve  tercamente  mis  puntos  de  vista,  y  asiéndome  algo  des¬ 
lealmente  al  sentido  literal  de  las  palabras,  repliqué  que  no  se  me  alcanzaba  cómo 
donde  no  había  vasos  ni  sangre  (el  cartílago  y  la  córnea)  se  desarrollara  la  hi¬ 
peremia. 

En  fin,  que  di  en  clase  un  espectáculo  deplorable,  y  causé  un  disgusto  al  bue- 
nísimo  de  don  Genaro.  El  cual,  al  encontrarse  con  mi  padre  al  siguiente  día,  le 
dijo  estas  palabras,  que  recuerdo  muy  bien:  «Tienes  un  hijo  tan  testarudo,  que 
como  él  crea  tener  razón,  no  callará,  aunque  de  su  silencio  dependiera  la  vida  de 
sus  padres.» 

Lo  más  grave  de  aquella  irreverente  impertinencia  mía  fué  que,  en  el  fondo, 
don  Genaro  tenía  razón.  Por  fortuna,  arrepentido  después  de  mi  falta  de  respeto, 
di  al  maestro  sinceras  satisfacciones.  Y  aquella  salida  de  chiquillo  petulante 
fué  olvidada  por  el  paternal  don  Genaro.  Y  cuando  años  después,  al  transfor¬ 
marse  nuestra  Facultad  de  provincial  en  oficial,  nuestro  veterano  profesor  ganó 
en  honrosa  lid  su  cátedra  de  Clínica  médica,  nadie  se  alegró  más  sinceramente 
que  yo. 

Con  algo  menos  relieve  surgen  en  mi  memoria  las  figuras  prestigiosas  de  otros 
maestros.  Destaca  entre  ellas  don  Pedro  Cerrada,  catedrático  de  Patología  gene¬ 
ral,  concienzudo  clínico  y  reflexivo  docente,  abierto  a  todas  las  novedades  de  la 
ciencia,  y  de  quien  recuerdo  esta  frase  tan  modesta  como  profética;  «Siento  no 
saber  bastante  química;  soy  viejo  para  aprenderla;  a  ustedes  toca  estudiarla,  por¬ 
que  ahí  está  el  secreto  de  muchos  procesos  patológicos.» 

Merecen  también  recuerdo  afectuoso:  el  Dr.  Comín,  profesor  de  Terapéutica, 
cabeza  sólida  y  admirablemente  cultivada,  orador  facilísimo  y  elegante;  don  Ma¬ 
nuel  Fornés,  ya  muy  anciano  entonces,  dotado  de  criterio  clínico  admirable  y 
maestro  venerado  de  Patología  médica;  don  Jacinto  Corralé,  catedrático  de  Ana- 

'  (1)  Comprenderá  el  lector  que,  después  del  tiempo  transcurrido,  no  puedo  precisar  los  términos  exac¬ 

tos  de  la  polémica,  pero  sí  los  argumentos  y  el  espíritu  que  los  animaba. 


112 


3.  RAMÓN  y  CAJAL 


tomía,  algo  rudo  y  candoroso,  pero  puntual  en  el  cumplimiento  de  su  deber  y  bon¬ 
dadoso  con  sus  discipulos;  Eduardo  Fornés,  catedrático  de  Medicina  legal  (hijo 
de  don  Manuel),  estudioso,  simpático  y  tan  caballeroso  como  su  padre,  de  quien 
heredó  el  decoro  y  la  gravedad  de  dicción  y  pensamiento;  a  Ferrer,  profesor  de 
Obstetricia,  algo  arrebatado  y  confuso  al  exponer,  pero  estimable  clínico  y  exce¬ 
lente  persona;  en  fin,  a  Valero,  encargado  de  la  cátedra  de  Fisiología,  dotado  de 
gran  vivacidad  de  palabra  y  de  notables  condiciones  de  pedagogo.  Todos  sembra¬ 
ron  algo  útil  en  mi  espíritu  y  a  todos  estoy  cordialmente  reconocido.  ¡Lástima  que 
la  ausencia  de  Laboratorios  y  el  insuficiente  material  clínico  esterilizaran,  en  par¬ 
te,  sus  desvelosl 

Para  completar  estos  rasgos  descriptivos  de  mis  profesores,  referiré  algunas 
anécdotas  tocantes  a  las  cátedras  de  Valero  y  de  Ferrer. 

Valero,  nuestro  profesor  de  Fisiología,  poseía  el  difícil  arte  de  estimular  a  sus 
discípulos.  Se  empeñó  en  encasquetarnos  a  ultranza  el  libro  de  texto  (la  fisiología 
de  Beclard)  y  se  salió’con  la  suya.  A  tal  propósito  nos  preguntaba  diariamente  a 
todos,  escogiendo  de  preferencia  los  puntos  más  difíciles.  Y  cuando  la  cuestión  se 
le  atragantaba  a  un  alumno,  hacíala  correr  por  toda  la  clase  hasta  topar  con  al¬ 
guien  capaz  de  declarar  la  dificultad.  Entonces  prorrumpía  en  alabanzas  del  afor¬ 
tunado,  que  se  sentía  halagado  y  dichoso.  En  estos  escarceos  y  honrosas  compe¬ 
ticiones  brillaban  Cenarro,  Pastor,  Senac,  Sierra,  Rebullida,  y  particularmente 
Pablo  Salinas,  el  más  aplicado  y  brillante  de  nuestros  condiscípulos.  Y  es  que  el 
pundonor  bien  administrado  hace  milagros.  Naturalmente,  en  aquella  clase  no 
se  efectuaba  ningún  experimento.  Y  así  nuestra  emulación  resultó  infecunda  y 
baldía. 

De  Ferrer,  nuestro  profesor  de  Obstetricia,  guardo  un  recuerdo  jocundo.  Re¬ 
prendióme  cierto  día,  con  razón,  por  mi  escasa  asistencia  a  clase,  rechazando,  in¬ 
dignado,  la  excusa  alegada  por  mí,  de  que  los  trabajos  de  la  sala  de  disección  me 
privaban  del  gusto  de  escucharle  asiduamente.  «Sin  embargo— añadí  infatuado 
y  jactancioso—,  estudio  diariamente  las  lecciones  del  programa  y  creo  estar  algo 
preparado.» 

—Eso  vamos  a  verlo  ahora  mismo— replicó,  amostazado,  el  profesor.  Y,  cre¬ 
yendo  ponerme  en  aprieto,  preguntóme  acerca  de  la  génesis  de  las  membranas  del 
embrión,  tema  que  él  había  desarrollado  con  amor.  Yo  entonces,  cogiendo  la  oca¬ 
sión  por  los  cabellos,  me  aproximé  solemnemente  al  encerado,  y,  sin  azorarme  en 
lo  más  mínimo,  me  pasé  más  de  media  hora  dibujando  esquemas  en  color  tocantes 
a  las  fases  evolutivas  del  blastodermo,  vesícula  umbilical,  alantoides,  etc.,  y  expli¬ 
cando  al  mismo  tiempo  lo  que  aquellas  figuras  representaban.  ¡Estuve  verdadera¬ 
mente  épico!... 

El  bueno  de  Ferrer  me  seguía  embobado.  Creyó  anonadarme,  y  me  proporcionó 
lucimiento  resonante.  La  clase  entera  aplaudió  al  compañero.  Mi  seguridad  y  aplo¬ 
mo  al  disertar  sobre  cuestiones  embriológicas,  que  la  mayoría  de  los  alumnos  de 
Obstetricia  suelen  aprender  bastante  mal,  dióle  tan  alta  idea  de  mi  aplicación, 
que,  después  de  aceptar  mis  anteriores  excusas,  declaró  que  «podía  contar  para 
los  exámenes  con  la  nota  de  sobresaliente,  aunque  no  asistiese  más  a  clase».  «La 
conferencia  que  acaba  usted  de  darnos  vale  esta  nota  y  compensa  sus  negligen¬ 
cias.»  Yo  abusé  cuanto  pude  del  permiso  Sólo  de  vez  en  cuando  me  permitía  pre¬ 
sentarme  en  clase,  como  quien  concede  un  favor. 

Habrá  adivinado  el  lector  que  mi  aparatoso  triunfo  fué  obra  del  azar.  A  causa 
de  mis  aficiones  a  la  Anatomía,  había  yo  estudiado  con  bastante  escrupulosidad  el 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


113 


desarrollo  de  los  órganos,  y,  por  tanto,  la  formació|i  del  embrión.  Si  mi  candoroso 
profesor  me  hubiera  explorado  en  otras  lecciones  del  programa,  habría  advertido 
mi  supina  ignorancia. 

Los  compañeros,  que  me  conocían  bien,  sonreían  de  la  credulidad  del  maestro, 
y  me  hicieron  la  merced  de  guardar  el  secreto.  Por  lo  demás, por  seguro  doy  que, 
a  la  postre,  todos  vinimos  a  quedar  iguales;  porque  en  aquellos  tiempos  la  Facul¬ 
tad  carecía  de  clínica  de  partos.  Y  estudiar  posiciones  y  presentaciones  sin  haber 
asistido  a  un  parto,  es  como  aprender  el  manejo  del  fusil  sin  fusil. 


CAPITULO  XXI 


CONTINÚO  MIS  ESTUDIOS  SIN  GRANDES  TROPIEZOS.— MIS  MANÍAS  LITERARIA,  QIM- 
NÁSIICA  Y  filosófica.  -  PROEZAS  MUSCULARES.  —  LA  VENUS  DE  MILO.  -  UN 
DESAFÍO  A  TROMPADA  LIMPIA.  -  COMPEITCIONES  DE  FAQUÍN.  -  INCOMPRENSI¬ 
BLE  CAPRICHO  DE  UNA  .MUJER 


MIS  tyeas  de  disector,  y  la  mediana  atención  consagrada  a  las  últimas  asig¬ 
naturas  de  la  carrera,  dejábanme  horas  de  asueto,  que  yo  empleaba  en 
satisfacer  mis  aficiones  pictóricas  y  otros  entretenimientos.  Precisa¬ 
mente  por  aquellos  años  (1871  a  73)  surgieron  en  mí  tres  nuevas  manías:  la  [itera¬ 
ría,  la  gimnástica  y  la  filosófica. 

Digamos  algo  de  estas  enfermedades  de  crecimiento . 

Grafomanía.-¥ué  un  ejemplo  típico  de  contagio.  Reinaba  en  España,  durante 
la  época  revolucionaria,  cierta  peste  lírica,  agravada  con  la  persistente  inoculación 
taba'iíín ’ír  cualquier  acontecimiento  político,  bro- 

nnhiP  ^  ir ^  ^  P^'^sistas  escribían  en  estilo  seño- 

P°bre  Bécquer,  a  Donoso  Cortés,  Quadrado 
fpf  ?  ,  ^  ^  componían  estrofas  con  cadencias  y  sonoridades  rausica- 

les  En  la  novela,  nuestro  ídolo  era  Víctor  Hugo;  en  el  género  lírico  EsproL 
ceda  o  Zorrilla,  y  en  la  oratoria,  Castelar.  Débiles  ante  la  avasalladora  sugestión 
del  medio,  muchos  jovenes  fuimos  gravemente  atacados  de  la  enfermedad  a  la 
moda.  Según  era  de  temer,  los  temperamentos  sentimentales  como  el  mío  sufríe- 

racerv“or^^^^^^^  ^  -  la 

hacer  versos,  componer  leyendas  y  hasta  novelas.  Transcurridos  algunos  años 

sobrevino  al  fin  la  convalecencia,  y  con  ella  el  amargo  desengaño  Si  no  estov 
trascordado,  de  entre  mis  condiscípulos  poetas,  sólo  Joaquín  Jimeno  continuó 
escribiendo,  hasta  convertirse  en  director  de  un  diario  político  (1).  Pero  Jimeno 
que  llego  a  ser  después  profesor  de  la  Facultad  de  Medicina  y  polffico  hábil  y^: 

tigioso  (pertenecía  al  partido  posibilista,)  disponía  de  preparación  exceleLe  en 
^  paladar  literarfo,  L  que  yo“ya! 

¿Para  qué  hablar  de  mis  versos?  Eran  imitación  servil  de  Lista,  Arriaza  Béc 
quer,  Zorrilla  y  Espronceda,  sobre  todo  de  este  último,  cuyos  cantos  al  Pirktt  a 


Lámina  X. 


El  autor  a.  los  dieciocho  años,  cuatro  meses  después  de  iniciada  su  manía 
gimnástica.  Desgraciadamente,  el  desarrollo  muscular  casi  monstruoso,  lo¬ 
grado  al  año  de  ejercicios  violentos,  aparece  en  una  fotografía  tan  empali¬ 
decida  que  es  imposible  reproducirla  mediante  el  fotograbado. 


Retrato  del  autor  al  acabar 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


115 


Teresa,  el  Cosaco,  etc.,  considerábamos  los  jóvenes  como  el  supremo  esfuerzo  de 
la  lírica.  Aparte  la  música  cautivadora  del  verso  y  la  pompa  y  la  riqueza  del  len¬ 
guaje,  lo  que  más  nos  seducía  en  la  poesía  del  vate  extremeño  era  su  espirita  de 
audaz  rebeldía,  tan  semejante  a  la  de  Lord  Byron,  conforme  hizo  notar,  con  san¬ 
grienta  intención,  el  conde  de  Toreno.  Gracias  a  los  buenos  oficios  del  amigo  Jime- 
no,  ciertos  periódicos  locales  publicaron  bondadosamente  algunos  de  mis  versos, 
plagados,  según  advertí  después,  de  ripios  y  lugares  comunes.  Recilerdo  que  de 
todos  mis  ensayos,  el  que  más  éxito  alcanzó  entre  mis  condiscípulos  fué  cierta 
oda  humorística  escrita  con  ocasión  de  ruidosa  huelga  estudiantil  (1). 

Mayor  influencia  todavía  ejercieron  en  mis  gustos  las  novelas  científicas  de 
Julio  Verne,  muy  en  boga  por  entonces.  Fué  tanta,  que,  a  imitación  de  las  obras 
De  la  tierra  a  la  luna,  Cinco  semanas  en  globo,  La  vuelta  al  mundo  en  ochenta 
dias,  etc.,  escribí  voluminosa  novela  biológica,  de  carácter  didáctico,  en  que  se 
narraban  las  dramáticas  peripecias  de  cierto  viajero  que,  arribado,  no  se  sabe 
cómo,  al  planeta  Júpiter,  topaba  con  animales  monstruosos,  diez  mil  veces  mayo¬ 
res  que  el  hombre,  aunque  de  estructura  esencialmente  idéntica.  En  parangón  con 
aquellos  colosos  de  la  vida,  nuestro  explorador  tenía  la  talla  de  un  microbio:  era, 
por  tanto,  invisible.  Armado  de  toda  suerte  de  aparatos  científicos,  el  intrépido 
protagonista  inauguraba  su  exploración  colándose  por  una  glándula  cutánea;  inva¬ 
día  después  la  sangre;  navegaba  sobre  un  glóbulo  rojo;  presenciaba  las  épicas 
luchas  entre  leucocitos  y  parásitos;  asistía  a  las  admirables  funciones  visual,  acús¬ 
tica,  muscular,  etc.,  y,  en  fin,  arribado  al  cerebro,  sorprendía— ¡ahí  es  nada!— el 
secreto  del  pensamiento  y  del  impulso  voluntario.  Numerosos  dibujos  en  color, 
tomados  y  arreglados— claro  es— délas  obras  histológicas  de  la  época (Henle, van 
Kerapen,  Kolliker,  Frey,  etc.),  ilustraban  el  texto  y  mostraban  al  vivo  las  conmo¬ 
vedoras  peripecias  del  protagonista,  el  cual,  amenazado  más  de  una  vez  por  los 
viscosos  tentáculos  de  un  leucocito  o  de  un  corpúsculo  vibrátil,  librábase  del  peli¬ 
gro  merced  a  ingeniosos  ardides.  Siento  haber  perdido  este  librito,  porque  acaso 
hubiese  podido  convertirse,  a  la  luz  dé  las  nuevas  revelaciones  de  la  histología  y 
bacteriología,  en  obra  de  amena  vulgarización  científica  (2).  Extravióse  sin  duda 
durante  mis  viajes  de  médico  mihtar. 

Mania  gimndstica.^Cñdiáo  en  los  pueblos  y  endurecido  al  sol  y  al  aire  libre, 
era  yo  a  los  diez  y  ocho  años  un  muchacho  sólido,  ágil  y  harto  más  fuerte  que  los 
señoritos  de  ciudad.  Jactábame  de  ser  el  más  forzudo  de  la  clase,  eii  lo  cual  me 
engañaba  completamente.  Harto,  sin  duda,  de  mis  bravatas,  cierto  condiscípulo  (3) 
de  porte  distinguido,  poco  hablador,  de  mediana  estatura  y  rostro  enjuto,  invitóme 
a  luchar  al  j?ü/so,  ejercicio  muy  a  la  moda  entre  los  jóvenes  de  entonces.  Y,  con 
gran  sorpresa  y  dolor,  sufrí  la  humillación  de  la  derrota.  Quise  averiguar  cómo 
había  adquirido  mi  rival  aquella  fortísima  musculatura,  y  me  confesó  sincera¬ 
mente  que  el  secreto  consistía  en  que,  desde  hacía  años,  cultivaba  fervientemente 
la  gimnasia  y  la  esgrima.  «Si  en  hacer  gimnasia  consiste  el  tener  fuerza— contesté 

(1)  Recientemente,  uno  de  los  pocos  condiscípulos  supervivientes,  el  doctor  Irafieta,  me  ha  mostrado 
la  citada  oda  humorísiica,  escrita  para  celebrar  la  entereza  con  que  los  alumnos  de  Fisiología  del  doctor 
Valero  persistimos  en  nuestra  huelga  hasta  recibir  plena  satisfacción  de  ciertas  frases  molestas  proferidas 
por  el  profesor  en  momentos  de  acaloramiento.  Titulábase  La  Commune  estudiantil,  y  está  escrita  con 
tal  inocencia,  que  no  merece  los  honores  de  la  impresión. 

(2)  Poco  después  publicó  el  brillante  escritor  D.  Amalio  Giraeno,  futuro  catedrático  de  San  Garlos- 
cierta  novela  de  asunto  bastante  semejante,  titulada,  si  mal  no  recuerdo.  Aventuras  de  un  glóbulo  rojo. 

(3)  Mi  contrincante  füé  José  Moñones,  sobrino  del  general  de  este  nombre,  temperamento  caballe, 
resco  y  excelente  camarada.  Ingresó,  como  yo,  en  Sanidad  Militar,  donde  hizo  brillante  carrera. 


116 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


con  arrogancia—,  continúa  preparándote,  porque  antes  de  seis  meses  habrás  sido 
vencido.»  Una  sonrisa  escéptica  acogió  mi  baladronada.  Pero  yo  poseía  para  estos 
sandios  alardes  de  la  energía  física  un  amor  propio  enorme,  y  el  bueno  de  Morlo¬ 
nes  no  sabía  con  quién  trataba. 

Al  día  siguiente,  y  sin  decir  nada  a  mi  padre,  presentóme  en  el  gimnasio  de  Po¬ 
blador,  situado  entonces  en  la  plaza  del  Pilar.  Después  de  algunos  regateos,  con¬ 
vinimos  en  cambiar  lecciones  de  fisiología  muscular  (que  él  deseaba  recibir  para 
dar  a  su  enseñanza  cierto  tono  científico),  por  lecciones  de  desarrollo  físico.  Gra¬ 
cias  a  este  concierto,  mi  padre,  que  no  debía  desembolsar  un  cuarto,  ignoró  que  su 
hijo  se  había  agenciado  una  distracción  más. 

Comencé  la  labor  con  ardor  extraordinario,  trabajando  en  el  gimnasio  dos 
horas  diarias.  Además  de  los  ejercicios  oficiales,  me  impuse  cieito  programa  pro¬ 
gresivo,  ora  añadiendo  cada  día  peso  a  las  bolas,  ora  exagerando  el  número  de  las 
contracciones  en  la  barra  o  en  las  paralelas.  Cultivé  también  con  ardor  los  saltos 
de  profundidad  y  toda  clase  de  volatinerías  en  las  anillas  y  el  trapecio..  Y  soste¬ 
nido  por  una  fuerza  de  voluntad  que  nadie  hubiera  sospechado  en  mí,  no  sólo 
cumplí  mí  promesa  de  triunfar  del  amigo  Morlones,  sino  que  antes  de  finar  el  año 
vine  a  ser  el  campeón  más  fuerte  del  gimnasio.  Poblador  estaba  orgulloso  de  su 
discípulo,  y  yo  entusiasmado  al  reconocer  cuán  fácilmente  habían  respondido  mis 
músculos  al  estímulo  dei  sobretrabajo. 

Mi  aspecto  físico  tenía  poco  del  de  Adonis.  Ancho  de  espaldas,  con  pectorales 
monstruosos,  mi  circunferencia  torácica  excedía  de  112  centímetros.  Al  andar, 
mostraba  esa  inelegancia  y  contoneo  rítmico  característicos  del  Hércules  de  feria. 
A  modo  de  zarpas,  mis  manos  estrujaban  inconscientemente  las  de  los  amigos.  El 
bastón,  transformado  en  paja  a  causa  de  mi  sensibilidad  embotada,  debió  ser  sus¬ 
tituido  por  formidable  barra  de  hierro  (pesaba  16  libras),  que  pinté  al  óleo,  imitan¬ 
do  un  estuche  de  paraguas.  En  suma,  vivía  orgulloso  y  hasta  insolente  con  mi 
ruda  arquitectura  de  faquín,  y  ardía  en  deseos  de  probar  piis  puños  en  cualr 
quiera. 

De  aquella  época  de  necio  y  exagerado  culto  al  bíceps  guardo  dos  enseñanzas, 
provechosas;  Es  la  primera  la  persuasión  de  que  el  excesivo  desarrollo  muscular 
en  ios  jóvenes  conduce  casi  indefectiblemente  a  la  violencia  y  al  matonismo  (1) . 
El  alarde  de  la  fuerza  bruta  se  convierte  en  pasión  y  en  causa  de  necio  engreimien¬ 
to.,  Hace  falta  ser  un  ángel  para  enfrenar  de  continuo  fibras  musculares  hiper¬ 
tróficas  inactivas,  ansiosas,  digámoslo  así,  de  empleo  y  justificación.,  Y  como  no 
es  cosa  de  servirse  de  ellas  cargando  fardos,  se  experimenta  singular  inclinación 
en  utilizarlas  sobre  las  espaldas  del  prójimo.  Con  las  energías  corporales  ocurre  lo 
que  con  los  ejércitos  permanentes:  la  nación  que  ha  forjado  el  mejor  instrumento 
guerrero  acaba  siempre  por  ensayarlo  sobre  las  naciones  más  débiles  o  harto  des¬ 
cuidadas. 

La  segunda  enseñanza  fué  averiguar,  un  poco. tarde,  que  el  ejercicio  físico  en 
los  hombres  consagrados  al  estudio  debe  de  ser  moderado  y  breve,  sin  traspasar 
jamás  la  fase  del  cansancio.  Fenómeno  vulgar,  pero  algo  olvidado  por  los  educa¬ 
dores  a  la  inglesa,  es  que  los  deportes  violentos  disminuyen,  rápidamente  la  apti¬ 
tud  para  el  trabajo  intelectual.  Llegada  la  noche,  el  cerebro,  fatigado  por  el  ex¬ 
ceso  de  las  descargas  motrices— que  parecen  absorber  energías  de  todo  el  en- 

(I)  Esta  observación  no  es  aplicable  a  la  edad  viril.  Sabido  es  que  no  hay  gente  más  pacífica  en  su 
trato  social  que  gimnastas,  pugiiistas  y  boxeadores. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


117 


céfalo  - ,  cae  sobre  los  libros  con  la  inercia  de  un  pisapapeles.  En  tales  condicio¬ 
nes,  parece  suspenderse  o  retardarse  la  diferenciación  estructural  del  sistema 
nervioso  central;  diriase  que  las  regiones  más  nobles  de  la  substancia  gris  (  las  es¬ 
feras  de  asociación)  son  comprimidas  y  corno  ahogadas  por  las  regiones  motrices 
(centros  de  proyección).  Tales  procesos  compensadores  explican  por  qué  la  mayo¬ 
ría  de  los  jóvenes  sobresalientes  en  los  deportes  y  demás  ejercicios  físicos  (hay 
excepciones)  son  poco  habladores  y  poseen  pobre  y  rudo  intelecto. 

Yo  estuve  a  punto  de  ser  víctima  irremediable  del  embrutecimiento  atlético. 
Por  fortuna,  las  enfermedades  adquiridas  más  tarde  en  Cuba,  debilitando  mi  san¬ 
gre  y  eliminando  sobrantes  musculares,  trajéronme  a  una  apreciación  más  noble  y 
cuerda  del  valor  de  la  fuerza. 

El  prurito  de  lucir  el  esfuerzo  de  mi  brazo  me  arrastró  más  de  una  vez,  contra 
mi  temperamento  nativamente  bonachón,  a  parecer  camorrista  y  hasta  agresivo. 
Deseo  referir  una  aventura  típica,  que  retrata  bien,  aparte  los  efectos  mentales 
de  mi  manía  acrobática  y  pugilista,  el  estado  de  espíritu  de  aquella  generación 
candorosamente  romántica  y  quijotesca. 

Vivía  en  la  calle  del  Cinco  de  Marzo  cierta  bellísima  señorita  de  rostro  prima¬ 
veral,  realzado  por  grandes  ojos  azules.  A  causa  dél  clasicismo  impecable  de  sus 
líneas  y  de  la  pompa  discreta  de  sus  formas,  llamárnosla  la  Venus  de  Mito.  Varios 
estudiantes  rondábamos  su  calle  y  mirábamos  stí  balcón,  sin  que  la  candorosa 
niña  se  percatara,  al  parecer,  del  culto  platónico  de  que  era  objeto. 

Más  que  amor  verdadero,  sentía  yo  hacia  ella  devoción  y  entusiasmo  de  artis¬ 
ta.  Era  el  arquetipo,  la  hermosura  ideal,  el  excelso  modelo  de  diosa  que,  de  ser 
posible,  hubiera  trasladado  al  lienzo,  con  veneración  y  recogimiento  casi  religio¬ 
sos.  Mis  sentimientos  fueron  tan  respetuosos  y  platónicos,  que  jamás  osé  escri¬ 
birla.  Mi  pasión — si  tal  puede  llamarse  aquel  singular  estado  sentimental— se 
satisfacía  plenamente  mirándola  en  el  balcón  o  en  la  calle,  o  contemplando  cierta 
fotografía  que,  mediante  soborno,  me  procuró  un  aprendiz  del  establecimiento  fo¬ 
tográfico  de  Júdez.  Sólo  una  vez  la  hablé,  y  no  a  cara  descubierta,  sino  disfrazado 
por  Carnaval,  y  aprovechando  cierta  fiesta  celebrada  en  la  plaza  de  toros.  Pare¬ 
cióme  joven  discreta  y  de  bastante  instrucción.  Habiéndole  oído  celebrar  las  be¬ 
llezas  del  Monasterio  de  Piedra,  le  remití  por  correo  un  precioso  álbum  de  foto¬ 
grafías  de  aquel  admirable  lugar,  álbum  que  yo  guardaba  cual  tesoro  inestimable. 
Ni  siquiera  tuve  el  valor  de  dedicarle  el  obsequio. 

Cierta  noche  paseaba  yo,  como  de  costumbre,  por  la  referida  calle  del  Cinco  de 
Marzo,  haciendo  sonar  ruidosamente  en  las  aceras  mi  formidable  garrote,  cuando 
vino  a  mi  encuentro  un  joven  de  mi  edad,  macizo,  cuadrado  y  robusto.  Sin  an¬ 
darse  con  presentaciones  ni  andróminas,  el  tal  sujeto  prohibióme  terminantemente 
pasear  la  calle  donde  vivía  la  señora  de  nuestros  coincidentes  pensamientos,  so 
pena  de  propinarme  monumental  paliza.  Ante  tanta  audacia,  mi  dignidad  de  per¬ 
donavidas  quedó  asombrada.  No  conocía  a  mi  rival;  pero  al  notar  sus  arrestos,  caí 
en  la  cuenta  de  que  debía  ser  un  tal  M.,  alumno  de  la  carrera  de  Ingenieros,  el 
cual,  a  fuerza  de  repartir  garrotazos,  había  llegado  a  ser  dueño  casi  exclusivo  del 
cotarro. 

De  acceder  a  tan  descortés  y  humillante  invitación,  hubieran  protestado,  ade¬ 
más  de  la  negra  honrilla,  los  millones  de  fibras  musculares  inactivas  que  desea¬ 
ban  lucirse  a  poca  costa.  Quedó,  pues,  concertado  un  lance  a  estacazo  limpio, 
que  había  de  efectuarse  aquella  misma  noche  en  los  sotos  del  Huerva.  Por 
cierto  que  las  frases  altivas  cambiadas  entre  ambos  campeones,  mientras  ca- 


118 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


minaban  río  arriba,  en  dirección  del  campo.del  honor,  fueron  tan  fanfarronas  como 
risibles. 

—¿Qué  carrera  cursu  usted?— interrogó  mi  adversario. 

—Estudio  la  de  Medicina  y  pienso  graduarme  el  próximo  año. 

—¡Lástima  que  esté  usted  tan  adelantado!.;. 

—¿Y  usted?— pregunté  yo  a  mi  vez  un  tanto  escamado. 

—Me  preparo  para  la  de  ingenieros  de  Caminos,  y  pienso  ingresar  en  este 
mismo  curso. 

— Menos  mal— repliqué  yo,  devolviéndole  la  pulla. 

En  estas  y  otras  arrogancias,  llegamos  al  terreno.  Nos  despojamos  de  los  abri¬ 
gos.  En  vista  de  la  desigualdad  de  los  garrotes  (he  dicho  que  el  mío  era  una 
barra),  convinimos  en  acometernos  a  puñetazo  limpio,  debiendo  considerarse  ven¬ 
cido  quien  primeramente  fuera'derribado.  Era  una  especie  de  lucha  greco-romana, 
según  se  estila  ahora,  aunque  sin  tantos  requilorios.  Nos  cuadramos,  y  acor¬ 
dándome  yo  sin  duda  de  los  ingleses  al  comenzar  la  batalla  de  Fontenoy,  excla¬ 
mé:  «Pegad  primero,  caballero  M.» 

Ni  corto  ni  perezoso,  mi  contrincante  me  asestó  en  la  cabeza  tres  o  cuatro  pu¬ 
ñetazos  estupefacientes  que  levantaron  ronchas  y  me  impidieron  después  encas¬ 
quetarme  el  sombrero.  Por  dicha,  disfrutaba  yo  entonces  de  un  cráneo  a  prueba 
de  trompadas  y  soporté  impertérrito  la  formidable  embestida.  Llegado  mi  turno, 
tras  algún  envión  de  castigo,  cerré  sobre  mi  rival,  levantóle  en  vilo  y  rodeándole 
con  mis  brazos  de  oso  iracundo,  esperé  unos  instantes  los  efectos  quirúrgicos  del 
abrazo.  No  se  hicieron  esperar:  la  faz  de  mi  adversario  tornóse  lívida,  crujieron 
sus  huesos  y,  perdido  el  sentido,  cayó- al  suelo  cual  masa  inerte.  Al  contemplar 
los  efectos  de  mi  barbarie  sufrí  susto  terrible;  sospeché  que  lo  había  asfixiado  o 
que,  por  lo  menos,  le  había  producido  alguna  grave  fractura. 

No  fué  así,  afortunadísimamente.  Movido  a  compasión  y  arrepentido  de  mi 
brutalidad,  socorríle  solícito  y  tuve  la  alegría  de  verle  salir  de  su  aturdimiento  y 
recobrar  el  resuello.  Ayudóle  a  levantar  y  vestir;  limpié  su  ropa,  manchada  coa  la 
arena  húmeda  del  Huerya,  y  sus  labios,  enrojecidos  por  la  sangre;  y  en  vista  de 
que  caminaba  difícilmente,  ofrecíle  mi  brazo  y  le  acompañé  hasta  su  casa. 

Antes  de  entrar  en  ella,  mi  rival  balbuceó  con  acento  de  triste  resignación: 

— Puesto  que  me  ha  vencido  usted,  renuncio  a  mis  pretensiones  y  queda  usted 
dueño  del  campo. 

—No  hay  tal— repliqué,  haciendo  alarde  de  generosidad  y  nobleza—.  Disputa¬ 
mos  sobre  la  posesión  de  algo  que  carece  de  realidad.  Ni  usted  ni  yo  nos  hemos 
declarado  al  objeto  de  nuestras  ansias.  Escribámosle  sendas  cartas.  Que  ella  de¬ 
cida  entre  ios  dos,  si  desea  decidirse. 

Al  verme  tan  razonable  y  desinteresado,  lamentó  anteriores  arrogancias,  coafe- 
sándome  que  aquella  mujer  le  tenía  sorbido  el  seso.  Estaba  decidido  a  casarse 
con  ella  en  cuanto  acabara  la  carrera. 

Días  después  M.,  repuesto  ya  delj  lance,  volvió  a  la  calle,  saludóme  afectuoso 
y  me  dijo  con  aire  de  profunda  amargura: 

—He  sabido  una  cosa  tremenda,  que  me  ha  contrariado  extraordinariameate: 
la  señorita  X,  a  quien  creíamos  pobre,  posee  una  dote  de  50.000  duros.  Desisto, 
pues,  con  hondísima  pena,  de  mis  galanteos.  Si  la  escribo  y  acepta  mi  pretensión, 
¿no  pensarán  todos  que  le  hago  la  corte  por  codicia? 

—Tiene  usted  razón— respondí,  consternado-.  Abandonemos  una  empresa 
imposible. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


119 


Y,  en  efecto,  no  volvimos'a  pensar  en  la  famosa  Venus  de  Milo  (1). 

¡Así  éramos  entonces!...  Entre  los  jóvenes  de  hoy,  ¿habrá  alguno  que  no  en¬ 
cuentre  ridículo  o  imbécil  nuestro  candor? 

M.  y  yo  acabamos  por  ser  excelentes  camaradas.  Gran  celebrador  de  mis 
músculos,  quiso  conocer  el  secreto  de  su  fuerza.  Y  cuando  le  señalé  el  gimnasio 
de  Poblador,  acudió  a  él  lleno  de  entusiasmo.  Mi  rival  de  un  día  transformóse  a 
su  vez  en  formidable  atleta.  Algo  taciturno,  sumamente  formal  y  discreto,  fer¬ 
viente  cultivador  de  las  matemáticas,  M.  acabó  brillantemente  su  carrera  de  in¬ 
geniero  (2). 

A  riesgo  de  incurrir  en  pesadez,  paso  a  referir  brevemente  otros  dos  pequeños 
éxitos  de  vanidad  muscular.  Sírvame  de  disculpa  la  devoción,  hoy  muy  a  la  moda, 
hacia  la  llamada  cuitara  física  y  el  creciente  culto  por  los  juegos  ingleses.  . 

Ocurrió  el  primer  lance  en  el  pueblo  de  Valpalmas,  que  visité  a  los  veinte 
años,  encargado  por  mi  padre  de  cobrar  algunos  créditos  atrasados.  Alojéme  en 
casa  de  antiguo  amigo  de  mi  familia,  el  señor  Choliz,  comerciante  rumboso  que  me 
colmó  de  atenciones  y  agasajos.  Cumplida  en  parte  la  comisión,  fui  invitado  a 
presenciar  las  fiestas,  que  se  inauguraban  dos  días  después.  Conforme  a  la  usanza 
general  en  Aragón,  los  festejos  proyectados  consistían  en  carreras  a  pie  y  en 
sacos,  cucañas,  funciones  de  piculines  (saltimbanquis),  juegos  de  la  barra  y  de 
pelota,  etc. 

Mi  afición  a  los  deportes  me  llevó  cierta  mañana  a  presenciar  el  airoso  y  viril 
juego  de  la. barra,  celebrado  al  socaire  del  alto  muro  de  la  iglesia;  y  cuando  más 
embebido  estaba  en  el  espectáculo,  uno  de  mis  acompañantes  me  dijo  con  sorna: 

—Estos  no  son  juegos  pa  señoritos...  Pa  ustedes  eP  dominó,  el  billar,  ¡y 
gracias!... 

—Está  usted  equivocado — le  respondí—.  Hay  señoritos  aficionados  a  los  ejer¬ 
cicios  de  fuerza,  y  que  podrían,  con  algo  de  práctica,  luchar  dignamente  con  us¬ 
tedes  . 

—¡Bah!— continuó  el  socarrón—.  Pa  manejar  la  barra  son  menester  manos  me¬ 
nos  finas  que  las  de  su  mercé.  La  juerza  se  tiene  manejando  la  azada  y  dándole  a 
la  dalla. 

Y  cogiendo  el  pesado  hierro,  me  lo  puso  en  las  manos;  diciendo:  ¡Amos  a  ver 
qué  tal  se  porta  el  pijaito!... 

Picado  en  lo  más  vivo,  empuñé  enérgicamente  la  poderosa  barra,  me  puse  en 
postura,  y  haciendo  supremo  esfuerzo,  lancé  el  proyectil  al  espacio.  ¡Sorpresa 
general  de  los  matracos!:  contra  lo  que  se  esperaba,  mi  tiro  sobrepujó  a  los  más 
largos . 

—¡Caray  con  el  señorito  y  qué  nervios  tiene!...— exclamó  un  mirón. 

Pero  mi  guasón,  mozo  fornido  y  cuadrado,  no  dió  su  brazo  a  torcer;  antes 
bien,  haciendo  una  mueca  desdeñosa,  añadió: 

—¡Bah!...  Esto  es  custión  d’habilidá...  Probemos  algo  que  se  pegue  al  riñón.  ¿A 
que  no  se  carga  usted  tan  siquiera  una  talega  de  trigo?  (cuatro  fanegas). 

Al  llegar  a  este  punto,  mi  orgullo  de  atleta,  contenido  hasta  entonces  por  con- 

(1)  A  mi  vuelta  de  América,  supe  con  sorpresa  que  la  Venus  de  Mño,  tan  admirada  y  solicitada  por 
su  milagrosa  hermosura,  no  llegó  a  casarse,  aunque  tuvo  ventajosísimos  pretendientes.  Una  tisis  galo¬ 
pante  la  arrebató  en  la  flor  de  la  edad.  ¡Ella,  que  e-a  un  modelo  de  sana  y  robusta  belleza  y  cautivadora 
euritmia!...  jConvengamcs  en  que  los  microbios  saben  escoger. 

(2>  Mi  amigo  llamado  Alejandro  Mendizábal,  ya  fallecido ,  figuró  entre  los  jefes  más  prestigiosos  dei 
Cuerpo  de  Ingenieros  de  Caminos.  Si  leyó  estas  líneas,  ¡cuánto  debió  reírse  de  aquellas  chiquilladas! 


120 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


sideración  al  huésped  y  ,a  los  acompañantes,  se  sublevó  del  todo.  Y  a  mi  vez  ©sé 
interrogarle: 

—Y  usted  que  presume  de  bríos,  ¿cuánto  peso  carga  usted? 

—Pus  estando  descansad  no  me  afligen  siete  fanegas.  Pero  los  más  forzudos 
del  pueblo  pueden  con  el  cahiz  (ocho  fanegas). 

— Venga,  pues,  ese  cahiz  de  trigo  y  veamos  quién  de  los  dos  puede  con  él. 

Formóse  corro,  acudió  el  alcalde,  y  de  común  acuerdo,  nos  trasladamos  a  casa 
de  cierto  tratante,  en  cuyo  patio  (portal)  yacían  muchos  sacos  de  trigo.  Encogióse 
una  saca  de  grandes  dimensiones;  se  midieron  a  conciencia  las  ocho  fanegas,  afe¬ 
rré  con  ambos  brazos  la  imponente  mole,  y  merced  a  poderoso  impulso,  el  señorito 
de  cara  pálida  y  huesosa  cargó  con  el  cahiz.  ¡Me  porté,  pues,  como  un  hombre!... 
En  cambio,  mi  zumbón  no  pasó  de  las  siete  consabidas  fanegas. 

El  asombro  de  los  matracos  llegó  al  colmo.  A  los  ojos  de  aquellos  labriegos» 
adoradores  de  la  fuerza  bruta,  adquirí  de  repente  soberano  prestigio.  Y  el  triunfo 
sobre  mi  contrincante  se  celebró  alegremente  con  baile  y  Ufara  (alifara)  al  aire 
libre.  Por  cierto  que  en  la  clásica  jota  tomaron  parte  mozas  arrogantes  con  quie¬ 
nes  de  niño  había  yo  correteado  y  jugado  a  los  pitos.  Algunas  de  ellas  me  dirigían 
miradas  que  parecían  caricias. 

La  otra  hazaña  gimnástica  tuvo  carácter  acrobático.  Cierta  noche  en  que  toda 
mi  familia  regresaba  tarde  del  teatro,  advirtió  que,  por  extravío  de  •  la  llave  del 
portal,  no  podía  entrar  en  casa.  Era  domingo,  la  una  de  la  madrugada  y  deses¬ 
perábamos  de  encontrar  cerrajero.  En  un  santiamén  trepé  a  los  balcones  del  pri¬ 
mer  piso,  afianzándome  en  las  rejas  del  entresuelo;  me  deslicé  temerario  por  las 
cornisas  de  la  fachada;  abrí  después  un  balcón;  penetré  en  la  habitación,  y,  ea 
n,  abrí  la  puerta  por  dentro.  Mi  arrojo  y  serenidad  hallaron  aquella  noche  gra¬ 
cia  a  los  ojos  de  mis  padres,  que  veían  recelosamente  mi  creciente  ardor  por  la 
gimnasia. 

El  culto  a  los  ejercicios  físicos,  como  saben  bien  los  educadores  ingleses,  re¬ 
trasa  notablemente  en  los  jóvenes  la  explosión  de  los  instintos  sexuales.  Por  I® 
que  a  mí  respecta,  en  aquella  dichosa  época  de  los  diez  y  nueve  a  los  veintiún 
años,  las  muchachas  más  agraciadas  no  pasaban  de  ser  bonitas  estampas  o  admi¬ 
rables  esculturas.  Además,  las  adorables  adolescentes  de  antaño,  como  las  de 
hoy,  faltas  acaso  de  instrucción  artística,  no  suelen  distinguir  entre  un  torso  ro¬ 
busto  y  esbelto,  coronado  por  anchos  hombros  y  recia  cerviz,  y  un  pecho  grácil  de 
delgaducho  señorito.  Para  ellas,  la  belleza  del  hombre  se  cifra  en  el  rostro  y  cuan¬ 
do  más  en  la  estatura  aventajada  y  en  la  distinción  de  los  modales.  Lo  demás  im¬ 
porta  poco. 

Se  da,  sin  embargo,  tal  cual  excepción,  casi  siempre  explicable  por  sugestio¬ 
nes  literarias.  Contaré  un  caso  típico,  y  para  mí  único,  de  estas  influencias.  Con 
él  cerraré  el  enfadoso  relato  de  mis  alardes  musculares. 

En  compañía  de  un  amigo,  paseábame  cierto  día  festivo  por  los  porches  del 
paseo  de  Santa  Engracia,  cuando  advertí  que  una  señorita  muy  bella  nos  miraba 
obstinadamente.  Sus  ojos  grandes,  negros  y  centelleantes,  su  color  blanco  rosa¬ 
do,  su  talle  esbelto,  suntuosamente  modelado  a  la  moda  de  entonces,  llamaron 
también  la  atención  de  mi  compañero,  que  era,  por  cierto,  un  guapísimo  y  rubio 
mozo  de  veinte  años.  Ni  por  asomos  se  me  ocurrió  sospechar  que  aquellas  miradas 
incendiarias  e  insistentes  se  dirigían  a  mi  desgarbado  y  macizo  corpanchón.  Pero 
«li  amigo,  un  poco  humillado,  sacóme  del  error. 

—Es  a  ti  a  quien  mira— dijo  con  aire  de  profunda  convicción. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


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Te  equivocas— repliqué— ,  debe  ser  a  ti;  tu  gallarda  figura  ha  hecho  un 
estrago  más. 

Pero,  después  de  varias  vueltas  por  los  porches  y  de  cruzarnos  con  nuestra 
insinuante  protagonista  y  sus  amigas,  no  tuve  más  remedio  que  rendirme  a  la  evi¬ 
dencia.  Seguíla  casi  maquinalmente  por  el  Coso  hasta  llegar  a  su  morada,  en 
cuyo  umbral  se  despidió  de  sus  acompañantas,  no  sin  dirigirme  antes  una  mirada 
fulgurante  y  asaz  animadora. 

Entabladas  relaciones  callejeras,  meses  después  tuve  la  curiosidad  de  averi¬ 
guar  por  qué,  entre  mi  simpático  adlátere  y  mi  vulgar  y  hercúlea  persona,  había 
sido  yo  el  preferido.  Y  oí  esta  respuesta,  lanzada  con  ingenuidad  deliciosa: 

—Porque  a  causa  de  su  robustez  atlética  y  la  anchura  de  sus  hombros,  parece 
usted  uno  de  ■'aquellos  famosos  e  invencibles  caballeros  de  la  Edad  Media.  Ade¬ 
más,  su  nariz  reproduce  casi  exactamente  la  de  Alfonso  XII. 

¡De  modo— peñsé  para  mi  capote— que  si  Don  Alfonso  hubiera  sido  algo  chato 
y  mi  tórax  menos  amplio,  me  quedo  sin  noviazgo!  ¡Oh,  el  enigmático  capricho  de 
la  mujer!... 

Corno  se  ve,  el  sarampión  romántico  se  habia  propagado  hasta  el  corazón  de 
algunas  señoritas  de  buena  familia.  He  aquí— dicho  sea  de  pasada— la  única  con¬ 
quista  que  debo  a  mis  músculos,  aunque  en  colaboración— justo  es  reconocerlo— 
con  el  folletín  caballeresco  y  la  nariz  de  un  monarca.  Pero  no  debo  atribuirme 
el  papel  de  conquistador,  pues  en  realidad  el  conquistado  fui  yo,  si  es  que  tan 
graves  palabras  pueden  emplearse  para  calificar  los  fugaces  amoríos  de  un  mo¬ 
zalbete. 

Manía  filosófica.— Después  de  la  chifladura  gimnástica  caí,  por  reacción  com¬ 
pensadora,  en  la  locura  filosófica.  Diríase  que  las  pobres  células  cerebrales  de 
asociación,  postergadas  por  el  cultivo  excesivo  de  las  motrices,  invocaban  a  gritos 
su  derecho  a  la  vida.  Amainé,  pues,  poco  a  poco  en  mi  necia  vanidad  atlética, 
echando  de  ver,  al  fin,  que  había  cosas  harto  más  respetables  y  apetecibles  que  la 
«stentación  de  la  fuerza  bruta.  Aun  en  el  terreno  de  la  competición  personal,  acabé 
por  encontrar  más  meritorio  reducir  a  un  adversario  con  razones  que  con  trompa¬ 
das.  Volví,  pues,  a  mis  abandonados  libros  de  Filosofía.  A  los  volteos  acrobáticos 
sucedieron  las  piruetas  dialécticas.  En  mi  afán  de  saber  cuanto  acerca  de  Dios,  el 
alma,  la  substancia,  el  conocimiento,  el  mundo  y  la  vida  habían  averiguado  los 
pensadores  más  preclaros,  leí  casi  todas  las  obras  metafísicas  existentes  en  la 
biblioteca  de  la  Universidad  y  algunas  más  proporcionadas  por  los  amigos.  A 
decir  verdad,  esta  manía  razonadora  no  era  nueva  en  mí,  según  consla  en  capítu¬ 
los  anteriores:  asomó  ya  durante  mis  estudios  del  Instituto;  pero  después  de  la 
Revolución  (años  de  1871  a  75)  tuvo  peligroso  recrudecimiento. 

Paréceme  que  por  aquel  tiempo  esta  afición  no  era  del  todo  sincera;  lo  fué,  sin 
duda,  más  adelante.  Pero  entonces,  antes  que  meditar  honradamente  sobre  tan 
altos  asuntos,  deseaba  apropiarme  los  ardides  de  la  sofística  para  asombrar  a  los 
amigos.  Con  este  espíritu  de  frívola  curiosidad  fueron  leidas,  y  no  siempre  enten¬ 
didas,  las  obras  de  Berkeley,  Hume,  Fichte,  Kant  y  Balmes.  Por  fortuna,  las  obras 
de  Hegel,  Krause  y  Sanz  del  Río  no  figuraban  en  la  bibliqteca  universitaria.  Yo  me 
perecía  por  las  tesis  radicales  y  categóricas.  Adopté,  por  consiguiente,  el  idealis¬ 
mo  absoluto.  A  la  verdad,  el  gallardo  idealismo  de  Berkeley  y  Fichte  teníanme 
cautivado.  Ni  se  ha  de  olvidar  que,  por  aquella  época,  era  yo  ferviente  y  exagera¬ 
do  espiritualista. 

Con  un  ardor  digno  de  mejor  causa,  pretendía  refutar,  ante  mis  camaradas  un 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


poco  desconcertados,  la  existencia  del  mundo  exterior,  el  noumenon  misterioso  de 
Kant,  afirmando  resueltamente  que  el  yo,  o  por  mejor  decir,  mi  propio  yo,  era  la 
única  realidad  absoluta  y  positiva.  Como  es  natural,  los  amigos  Cenarro,  Pastor, 
Senac,  Sierra  y  otros,  a  quienes  mortificaba  a  diario  con  mis  latas,  se  resistían  a 
ser  considerados  como  meros  fenómenos  o  creaciones  de  mi  autocrático  yo,  y  pro¬ 
testaban  enérgicamente  contra  mis  sofismas  de  guardarropía.  En  el  fondo,  estaba 
tan  seguro  como  ellos  de  la  objetividad  del  mundo;  pero  me  seducían  las  parado¬ 
jas  y  los  malabarismos  dialécticos. 

Excusado  será  advertir  que  tan  pueril  juglarisrao  de  leguleyo  contribuyó  muy 
poco  a  mi  formación  espiritual,  a  menos  que  se  consideren  como  ganancias  posi¬ 
tivas  cierta  agilidad  de  pensamiento  y  algo  de  sano  escepticismo.  Sin  embargo, 
la  citada  afición  a  los  estudios  filosóficos,  que  adquirió  años  después  caracteres 
de  mayor  seriedad,  sin  transformarme  precisamente  en  pensador,  contribuyó  a 
producir  en  mí  cierto  estado  de  espíritu  bastante  propicio  a  la  investigación  cien¬ 
tífica.  De  ello  trataremos  oportunamente. 


CAPITULO  XXII 


RECIÉN  LICENCIADO  EN  MEDICINA,  INGRESO  EN  EL  CUERPO  DE  SANIDAD  MILI¬ 
TAR. — MI  INCORPORACIÓN  AL  EJÉRCITO  DE  OPERACIONES  CONTRA  LOS  CARLIS- 
TAS.  —  EL  ESPAÑOLISMO  DE  LOS  CATALANES.  —  MI  TRASLACIÓN  AL  EJÉRCITO 
EXPEDICIONARIO  DE  CUBA.  —  COLOQUIO  ENTRE  DOS  CAMARADAS  iviDOS  DE 
^  AVENTURAS  EXÓTICAS.— MI  EMBARQUE  EN  CÁDIZ  CON  RUMBO  A  LA  HABANA 


En  junio  de  1873,  y  a  la  edad  de  veintiún  años,  obtuve  el  título  de  Licenciado 
en  Medicina.  Deseaba  mi  padre  conservarme  algún  tiempo  a  su  lado,  para 
estudiar  a  conciencia  la  Anatomía  descriptiva  y  general,  con  el  objeto  de 
tomar  parte  en  las  primeras  oposiciones  a  cátedras  de  esta  asignatura;  pero  la 
llamada  quinta  de  Castelar,  es  decir,  el  servicio  militar  obligatorio  ordenado  por 
el  célebre  tribuno  para  hacer  frente  a  la  gravedad  de  las  circunstancias  políticas, 
malogró  el  programa  paterno.  Como  todos  los  mozos  útiles  de  aquel  reemplazo, 
fui,  pues,  declarado  soldado.  Vime  obligado  a  dormir  en  el  cuartel,  a  comer  rancho 
y  hacer  el  ejercicio.  • 

No  duró  mucho  mi  vida  de  recluta.  Anunciáronse  por  entonces  oposiciones  a 
médicos  segundos  de  Sanidad  Militar,  y  decidí  acudir  a  ellas.  Si  me  sonreía  la 
suerte  y  conseguía  plaza,  en  vez  de  servir  a  la  República  de  soldado  raso,  la  ser¬ 
viría  de  oficial,  con  graduación  de  teniente. 

Con  estas  esperanzas  solicité  y  obtuve  de  mis  jefes  permiso  para  trasladarme 
a  Madrid  y  tomar  parte  en  el  certamen.  Estudié  de  firme  un  par  de  meses,  y  tuve 
la  satisfacción  de  ganar  plaza,  dando  con  ello  grata  sorpresa  a  la  familia.  En  los 
ejercicios  de  oposición,  sin  rayar  a  gran  altura,  no  debí  portarme  del  todo  mal,  ya 
que  entre  100  candidatos  (para  32  plazas)  se  me  adjudicó  el  número  6.  A  la  ver¬ 
dad,  lo  que  me  prestó  cierto  lucimiento  fué  el  acto  de  la  operación,  con  ocasión 
de  la  cual  describí  minuciosa  y  metódicamente  la  anatomía  de  la  pierna  (tratábase 
de  una  amputación).  En  cambio,  en  los  demás  ejercicios  no  traspasé  los  límites 
de  la  mediocridad. 

Por  cierto  que  el  sobretrabajo— a  costa  del  sueño— estuvo  a  punto  de  costarme 
la  eliminación.  A  causa  del  exceso  de  lectura,  se  me  pegaron  las  sábanas  el  día 
de  actuar  en  el  ejercicio  escrito;  y  llegué  al  Hospital  Militar  (situado  entonces  en 
la  calle  de  la  Princesa)  a  las  ocho  de  la  mañana,  es  decir,  una  hora  después  de 
comenzado  el  acto.  En  vista  de  mi  ausencia,  el  tribunal  me  había  excluido.  Gran 
triunfo  fué  conseguir  la  entrada  en  ^1  local.  A  fuerza  de  ruegos  logré  al  fin  enter¬ 
necer  al  bondadoso  doctor  Losada,  jurado  del  tribunal.  Ya  en  el  salón,  trans¬ 
currieron  más  de  quince  minutos  sin  que  nadie  me  atendiese,  ni  lograra  que  los 
opositores,  absortos  en  su  trabajo,  me  dejaran  espacio  para  sentarme  y  escribir. 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Devorado  por  la  impaciencia,  y  resuelto  a  todo,  gané  un  trozo  de  mesa  a  fuerza  de 
apretujones,  arrebaté  al  más  próximo  unas  cuartillas,  y  comencé  a  disertar  sobre 
la  Etiología  del  cólera  morbo,  tema  que  nos  habla  tocado. 

Llevaba  apenas  escritas  dos  o  tres  planas,  cuando,  agotado  el  tiempo,  dióse  • 
por  concluso  el  ejercicio.  Naturalmente,  mi  pobre  disertación  debió  alcanzar  pocos 
o  acaso  ningún  punto. 

Incidentes  de  este  género  me  han  ocurrido  más  de  una  vez  en  oposiciones, 
porque  entre  mis  defectos,  acaso  el  más  grave  fué  siempre  la  falta  absoluta  de 
método  y  de  mesura  en  el  trabajo. 

Después  de  pavonearme  en  Zaragoza  con  mi  nombramiento  de  médico  segundo 
de  Sanidad  Militar,  y  de  lucir  ante  los  camaradas  envidiosos  el  flamante  uniforme, 
recibí  orden  de  incorporarme  al  regimiento  de  Burgos,  de  operaciones  en  la  pro¬ 
vincia  de  Lérida  (1).  Esta  fuerza,  en  unión  de  Un  batallón  de  cazadores,  un  escua¬ 
drón  de  coraceros  y  algunas  baterías  de  artillería  de  campaña,  componían  1.400 
ó  1.600  hombres,  a  las  órdenes  del  simpático  y  caballeroso  coronel  Tomasetti. 

Los  lectores  contemporáneos  de  aquellos  amenos  y  tumultuosos  tiempos  déla 
Revolución,  donde  la  historia  se  fabricaba  al  minuto,  recordarán  que,  tras  la  abdi¬ 
cación  de  Don  Amadeo  de  Saboya  y  del  desenfreno  y  anarquía  de  la  República 
radical,  subió  Castelar  al  Poder.  Con  un  sentido  gubernamental  ausente  en  sus 
predecesores,  restableció  severamente  la  disciplina  militar,  nutrió  las  filas  del 
desorganizado  ejército  con  su  célebre  leva  general,  y  restauró,  en  fin,  el  extinguido 
Cuerpo  de  Artillería. 

Todo  auguraba  el  comienzo  de  una  era  de  orden  y  de  relativa  tranquilidad, 
precursora  de  paz  duradera.  Pero  antes  había  que  vencer  la  insurrección  cubana 
y  reducir  al  carlismo,  cada  día  más  pujante  y  amenazador  en  las  provincias 
del  Norte. 

A  decir  verdad,  a  mi  llegada  a  Cataluña  alg'o  habían  mejorado  las  cosas.  Ya  no 
se  oía  el  vergonzoso  ¡que  baile!...  con  que  los  soldaoos  indisciplinados  insultaban 
al  oficial:  ahora  los  jefes  eran  obedecidos,  y  reinaba  en  las  tropas  el  mejor  espí¬ 
ritu.  Las  partidas  de  Savalls,  de  Tristany  y  de  otros  cabecillas,  meses  atrás  entre¬ 
gadas  a  toda  suerte  de  exacciones  y  desafueros,  batíanse  en  retirada  o  evitaban 
cuidadosamente  el  contacto  con  nuestras  tropas. 

Muchas  poblaciones  liberales  secundaban  la  acción  de  las  columnas  volantes, 
organizando  milicias  locales  y  escarmentando  más  de  una  vez,  como  ocurrió  en 
Vimbodí,  a  las  huestes  carlistas.  Precisamente  nuestra  brigada  tenía  por  principal 
misión  evitar  el  saqueo  de  las  ricas  villas  del  llano  de  Urgel  y  regiones  fronterizas 
de  la  provincia  de  Tarragona.  Por  donde  se  justificaban  las  continuas  marchas  y 
contramarchas  desde  Lérida,  nuestro  cuartel  general,  a  Balaguer  y  Tremp;  de  Lé¬ 
rida  a  Tárrega;  de  Tárrega  a  Cervera;  de  Cervera  a  Vertíú  o  a  Igualada;  de  Tá- 
rrega  a  Borjas  y  Vimbodí,  etc. 

En  estas  idas  y  venidas  nos  pasamos  cerca  de  ocho  meses  sin  sorprender  una 
sola  vez  al  enemigo,  no  obstante  perseguirle  incesantemente.  Extrañábame  la 
exactitud  cronométrica  con  que  nuestra  vanguardia  llegaba  a  las  aldeas  ocupadas 
por  los  facciosos  doce  horas  justas  después  de  haberse  éstos  retirado.  Parecía 
aquello  el  juego  de  la  gallina  ciega.  Claro  que,  en  concepto  de  médico  y  soldado, 
no  podía  quejarme.  En  ocho  meses  de  guerra— vamos  al  decir— no  tuve  ocasióií 
de  oir  el  silbido  de  las  balas  ni  de  ciurar  un  herido.  Los  efectos  de  alguna  caída  de 

(1)  Mi  pasaporte  para  incorporarme  al  ejército  de  Cata; uña  data  del  3  de  septiembre  de  1873.  * 


RECUERDOS  DE.  MI  VIDA 


12r) 

caballo,  tal  cual  indigestión  y  algún  regalo  de  la  Venus  atropellada  y  barata...  y 
pare  usted  de  contar  (1). 

Dejo  a  los  técnicos  el  juicio  de  aquella  campaña.  Tengo  por  indudable  que,  evi¬ 
tando  las  depredaciones  carlistas  en  las  prósperas  ciudades  catalanas,  satisfacía¬ 
mos  primordial  necesidad.  Pero  mi  espíritu,  ávido  de  emociones  fuertes  y  de  peri¬ 
pecias  bélicas,  deploraba  la  placidez  parsimoniosa  de  la  guerra. 

Hoy  esta  parsimonia,  rail  veces  reproducida  en  nuestras  guerras  civiles,  cáusa- 
me  menos  sorpresa.  Constituye  síntoma  de  una  enfermedad  constitucional  irreme¬ 
diable  y  característica  de  la  raza  hispana.  Gracián  decía;  «Los  españoles  son  va¬ 
lientes,  pero  lentos».  Por  algo  la  reconquista  se  prolongó  siete  siglos,  y  nuestras 
guerras  civiles  duraron  siempre  seis  o  siete  años.  ¡Felices  los  países  en  que  la  di¬ 
ligencia  es  una  délas  formas  de  la  honradez  patriótica!  Para  cada  gtn&x&l dinámi¬ 
co,  a  lo  Espartero,  Córdoba  o  Martínez  Campos,  hemos  contado  por  docenas  los 
tardígrados  con  fajín.  ¡Oh  santa  pereza,  musa  de  nuestros  políticos  y  soldados!... 
¡Si  al  menos  hubiéramos  logrado  propagar  nuestra  enfermedad  del  sueño  a  los  ex¬ 
tranjeros!...  Pero  volvamos  al  asunto  (2) . 

Nada  interesante  puedo  referir  de  lo  ocurrido  durante  mí  estancia  en  Cataluña.. 
Aquellos  paseos  militares  consolidaron  admirablemente  mi  educación  física,  y  me 
permitieron  estudiar  a  fondo  el  alma  del  honrado  payés  catalán. 

Aunque  el  médico  militar  era  entonces  plaza  montada,  con  derecho,  por  tanto, 
a  bagaje— de  no  poseer  caballo  propio—,  yo  prefería  hacer  las  etapas  a  pie,  con¬ 
versando  con  los  oficiales.  En  los  grandes  trayectos,  aprovechábamos  la  acémila 
para  conducir  el  equipaje  y  sobre  todo  las  provisiones  reunidas  por  el  asistente  y 
practicante;  los  cuales,  dicho  sea  de  pasada,  ejercían  sobre  mí  irresistible  tiranía. 
Ellos  me  ad.ministfaban  la  paga  y  me  guiaban  paternalmente  en  los  mil  incidentes 
y  tropiezos  de  la  vida  militar.  El  asistente,  simpático  muchacho  alicantino,  era  ún 
zahori  para  husmear  provisiones.  Hasta  en  aldeas  recién  saqueadas  por  los  faccio¬ 
sos,  sabía  afanar  un  pollo  oculto  o  sonsacar  algún  trozo  de  butifarra.  Y  como  mis 
dos  acólitos  tenían  novia  en  casi  todos  los  pueblos,  participaba  a  menudo  de  los 
finos  agasajos  (tortas,  dulces,  pañuelos,  calcetines,  etc.)  con  que  las  pobres  mucha¬ 
chas  creían  asegurarse  la  volandera  afición  de  sus  galanes.  ¡Oh  juventud,  y  cómo 
hermoseas  a  los  ojos  del  viejo  hasta  el  recuerdo  de  los  más  triviales  sucesos!... 

(1)  Y  a  propósito  de  Venus,  vaya  un  sucedido  que  pudo  costarme  .un  disgusto: 

Cierto  capitán,  casado  y  con  familia  en  Lérida,  preseatóseme  un  día  al  reconocimiento  con  síntomas 
inequívocos  de  enfermedad  venérea  recientemente  adquirida.  Como  el  hecho  era  bastante  corriente  en 
aquella  azarosa  vida  de  cámpaña,  no  me  pareció  indiscreto  designar  las  cosas  por  sus  nombres. 

Pero,  con  asombro  mío,  el  oficial  inmutóse  súbitamente  y  rojo  de  cólera  exclamó; — ¡Cuidado,  doc¬ 
tor!. ...Vengo  de  Lérida,  y  ni  ahora  ni  desde  hace  muchos  años  he  faltado  a  la  fidelidad  conyugal...  ¡Si 
fueraverdad!...  ¡La  infame!... 

Comprendí  al  momento  lo  sucedido.  Y  buscando  la  manera  de  reparar  o  de  atenuar  la  plancha,  con- 
festé:— Entonces  debe  ser  otra  cosa.  Veamos;  ¿abusa  usted  de  la  cerveza? 

— Muchísimo;  es  mi  bebida  favori  la.  • 

—Entonces  las  cosas  cambian  de  aspecto.  Trátase  de  simple  catarro  uretral  piovoaáo  por  la  elimi. 
nación  del  lúpulo,  en  combinación  por  la  acción  del  frío.  La  indisposición  carece  de  importancia . . . 

Y  cuando  le  dejé  tranquilo  y  dispuesto  a  seguir  un  tratamiento  enérgico,  respiré  a  pleno  pulmón.  Con 
mi  estratagema  (entonces  corría  como  válido  el  efecto  irritante  de  la  cerveza)  había  evitado  quizás  drama 
sangriento;  porque  el  tal  capitán  poseía  carácter  violentísimo  y  estaba  celoso  de  su  mujer,  cuya  reputa- 

ión,  dicho  sea.de  pasada,  era  bastante  equívoca. 

(2)  Mientras  reviso  esta  tercera  edición  (diciembre  de  1922),  España  lamenta  una  vez  más  la  desespe 
rante  lentitud  de  nuestra  acción  mihtar.  Somos  incorregibles.  Desde  hace  año  y  medio  combatimos  en 
Melillapara  recobrar,  y  no  enteramente,  lo  que  se  perdió  en  quince  días  de  inexplicables  torpezas  y  de 
inconcebibles  imprevisiones.  ¡Y  queda  para  rato!... 


126 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


En  cierta  ocasión,  creí  firmemente  satisfacer  mi  deseo  de  emociones  dramáti¬ 
cas,  presenciando,  al  fin,  un  hecho  bélico  formal.  Pero  se  malogró  mi  esperan¬ 
za,  aunque  la  operación  emprendida  resultó  singularmente  penosa  aun  para  mis 
excepcionales  facultades  de  peatón.  He  aquí  el  suceso; 

Pernoctábamos  plácidamente  en  Tárrega,  deleitosa  Capua  del  regimiento  de 
Burgos,  cuando  cierto  día,  antes  del  alba,  sonó  la  diana.  Pusímonos  en  pie,  cre¬ 
yendo  que,  según  costumbre,  tomaríamos  la  vuelta  de  Agramunt  o  de  Verdú. 
¡Buen  chasco  nos  llevamos!  La  jornada  fué  de  prueba,  ya  que  se  prolongó  más  de 
catorce  leguas.  Parece  que  nuestro  coronel  había  recibido,  durante  la  noche,  un 
parte  del  capitán  general  de  Cataluña,  ordenándole  que,  lo  más  diligentemente 
posible,  sé  pusiese  en  marcha  para  el  Bruch,  donde  debía  escoltar  cierto  convoy 
salido  de  Barcelona  con  dirección  a  Berga,  a  la  sazón  estrechamente  asediada  por 
los  carlistas.  Hubimos  pues,  de  caminar,  de  Tárrega  a  Cervera,  de  Cervera  a  Ca- 
laf,  de  Calaf  a  Igualada,  y  de  Igualada  al  Bruch.  Tras  breves  horas  de  descanso  en 
esta  última  población,  e  incorporados  al  convoy,  pernoctamos,  llegada  la  media  no¬ 
che,  en  Manresa.  Los  soldados  hallábanse  atrozmente  fatigados:  nuestra  impedi¬ 
menta  de  enfermos, y  rezagados  era  imponente. 

En  cuanto  a  mí,  no  obstante  la  fatiga  y  los  efectos  dolorosos  de  unas  malditas 
botas  recién  estrenadas,  tuve  aún  humor  para  admirar  desde  el  Bruch  las  ingentes 
y  rojizas  moles  del  Montserrat,  y  de  fantasear  con  los  oficiales  acerca  de  la  famo¬ 
sa  derrota  de  los  franceses  en  la  heroica  villa.  En  fin,  al  siguiente  día  juntáronse- 
nos  nuevas  fuerzas,  y  continuamos  la  marcha  por  Sallent,  donde  dormimos, 
hasta  las  inmediaciones  de  Berga,  donde  asentamos  nuestras  tiendas.  Durante  el 
itinerario  adoptáronse  muchas  precauciones,  pues  temíamos  que  los  carlistas  pre¬ 
pararan  una  emboscada  o  nos  acometieran  en  las  gargantas  del  Llobregat.  Pero 
defraudando  mis  esperanzas,  los  facciosos,  sabedores  quizás  de  las  considerables 
fuerzas  que  escoltaban  el  convoy,  levantaron  el  sitio  de  la  plaza.  No  experimen¬ 
té,  pues,  más  sensación  guerrera  que  la  impresión  agridulce  de  una  noche  de  cam¬ 
pamento  en  las  montañas  que  rodean  a  Berga,  sin  contar  un  fuerte  catarro  produ¬ 
cido  por  el  relente.  Días  después  regresábamos  a  nuestros  reales  de  Tárrega. 

Durante  estas  andanzas  militares  tuve  ocasión  de  conocer  de  cerca  el  carácter 
catalán.  De  las  gentes  que  traté  guardo  grato  e  imborrable  recuerdo.  En  Tárrega, 
en  Cervera,  en  Balaguer,  etc.,  se  nos  recibía  con  agrado,  más  aún,  con  muestras 
de  cordial  simpatía. 

Innecesario  resultaba  a  nuestra  llegada  el  reparto  de  boletas  de  alojamiento: 
cada  cual  entraba  en  la  casa  donde  se  había  albergado  otras  veces,  porque  sabía 
que  el  huésped  le  acogería  amigablemente.  Aún  tengo  presente  a  mi  buenísimo 
patrón  de  Tárrega,  honrado  comerciante  de  paños,  padre  de  varios  excelentes  y 
laboriosos  hijos,  el  cual  me  cobró  tal  afición,  que  me  convidaba  a  su  mesa,  me  re¬ 
galaba  caza  y  golosinas  y  me  adelantaba  dinero  cuando  se  atrasaban  las  pagas 
Caído  una  vez  enfermo  y  no  pudiendo  incorporarme  a  la  columna,  cuidóme  solíci¬ 
tamente,  y  llegada  la  convalecencia,  tuvo  conmigo  la  atención  generosa  de  facili¬ 
tarme  numerario  y  un  traje  de  paisano  a  fin  de  emprender  rápida  jira  a  Zarago¬ 
za  (1)  y  visitar  a  la  familia,  en  tanto  regresaba  mi  regimiento. 

En  las  casas  donde  se  celebraban  reuniones,  y  hasta  en  las  familias  más  mo¬ 
destas,  las  señoritas  tenían  a  gala  hablar  castellano,  y  se  desvivían  por  hacer  agra- 

(1)  El  disfraz  de  paisano  era  necesario,  porque  los  carlistas  registraban  a  menudo  el  tren  que  hacia  ei 
recorrido  de  Barcelona  a  Zaragoza  y  prendían  y  aun  fusilaban  a  los  oficiales. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


127 


dable  nuestra  estancia.  Consideraban  el  catalán  cual  dialecto  casero,  adecuado  no 
más  a  la  expresión  de  los  afectos  y  emociones  del  hogar.  Y  este  sentimiento  de 
adhesión  al  ejército  y  de  cariño  a  España  no  era  privativo  de  las  modestas  villas 
del  llano  de  Urgel  y  del  Priorato,  agradecidas  a  nuestra  protección;  surgía  espon¬ 
táneamente  en  todas  las  provincias  catalanas. 

Siempre  recordaré  con  gratitud  la  acogida  generosa  de  mi  patrón  de  Sallent, 
cierto  médico  veterano,  padre  de  numerosa  prole.  Al  verme  calado  por  la  lluvia 
fatigado  por  varias  horas  de  marcha  y  aterido  de  frío,  la  familia  del  huésped  me 
recibió  afablemente,  colmándome  de  delicadas  atenciones.  Encendieron  lumbre^ 
no  obstante  lo  avanzado  de  la  noche;  prepararon  suculenta  cena  y  abrigáronme 
con  ropa  enjuta  mientras  se  secaba  a  la  llama  el  uniforme.  Por  cierto  que  una  de 
las  hijas  del  médico,  esbelta  y  rubia  como  una  Gretchen,  causóme  viva  impresión. 
Si  en  vez  de  pasar  una  noche  en  aquel  hogar  apacible  prolongo  la  estancia  una 
semana,  me  enamoro  perdidamente.  En  suma;  la  amable  señora  e  hijas  de  mi  pa¬ 
trón  diéronme,  con  sus  impagables  finezas  y  atenciones,  la  impresión  que  debe 
sentir  el  hijo  aventurero  reintegrado  al  seno  de  la  familia. 

¡Entonces  los  laboriosos  catalanes  amaban  a  España  y  a  sus  soldados!...  Des¬ 
pués...  no  quiero  saber  por  culpa  de  quiénes,  las  cosas  parecen  haber  cambiado. 

Mientras  discurríamos  por  la  tierra  catalana  en  persecución  de  los  invisibles  e 
incoercibles  carlistas,  ocurrió  un  suceso  decisivo  para  mi  porvenir. 

En  abril  del  año  1874  recibí  la  orden  de  trasladarme  al  ejército  expedicionario 
áe  Cuba.  Por  aquel  tiempo  recrudecióse  la  guérra  separatista  en  la  Gran  Antilla, 
motivando  en  la  Sanidad  Militar  de  la  Península  nuevos  sorteos  de  personal  para 
cubrir  bajas  de  Ultramar.  Yo  fui  uno  de  los  designados  por  la  suerte.  El  paso  a 
Cuba  implicaba  el  ascenso  al  empleo  inmediato,  es  decir,  la  graduación  de  capitán 
(primer  ayudante  médico). 

Me  despedí,  pues,  con  pena  de  mis  paternales  patrones  de  Tárrega  y  Cervera, 
a  quienes  ya  no  debía  volver  a  ver,  así  como  del  regimiento  de  Burgos,  en  que 
dejaba  inolvidables  amigos,  entre  los  cuales  incluyo  a  mis  practicante  y  asistente. 

Satisfaciendo  deseos  largamente  incubados,  hice  después  rápida  escapada  de 
turista  a  Barcelona  para  admirar  el  mar,  que  no  conocía  (y  en  el  cual  iba  a  nave¬ 
gar  diez  y  ocho  días  seguidos),  curiosear  los  barcos  del  puerto  y»  subir  al  Castillo 
de  Montjuich.  Desde'  allí  contemplé,  embelesado,  el  soberbio  panorama  de  la  ciu¬ 
dad,  la  llanura  salpicada  de  fábricas  y  casas  de  campo  y  el  famoso  Tibidabo,  co¬ 
ronado  de  pinos.  Satisfecha  mi  curiosidad,  regresé  a  Zaragoza. 

En  vez  de  lamentar  el  resultado  del  sorteo,  sentí  íntima  satisfacción:  iba  a  cru¬ 
zar  el  Atlántico,  como  los  famosos  y  heroicos  descubridores  del  Nuevo  Mundo. 

Mi  afán  de  ver  tierras  y  abandonar  la  Península  contrarió  mucho  a  mi  padre. 
Trató,  pues,  de  disuadirme  del  viaje,  aconsejándome  la  petición  de  la  licencia 
absoluta.  Pintóme  con  los  más  negros  colores  la  insalubridad  de  la  isla  y  el  peli¬ 
gro  de  una  campaña,  en  la  cual  me  exponía  a  perecer  obscuramente;  me  recordó 
que  mi  porvenir  estaba  en  el  profesorado  y  no  en  la  milicia;  apuntó,  en  fin,  el  te¬ 
mor  de  que,  a  mi  regreso  de  Cuba,  naufragaran  mis  conocimientos  anatómicos 
tan  laboriosamente  adquiridos,  dando  además  al  olvido  generosas  aspiraciones. 

Tenaz  siempre  en  mis  propósitos,  atajé  sus  razones,  diciéndole  que  considera¬ 
ba  vergonzoso  desertar  de  mi  deber  solicitando  la  separación  del  servicio.  «Cuan¬ 
do  termine  la  campaña  será  ocasión  de  seguir  sus  consejos;  por  ahora,  mi  digni- 


128 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


dad  me  ordena  compartir  la  suerte  de  mis  compañeros  de  carrera  y  satisfacer  mi 
deuda  de  sangre  co;i  la  patria.» 

A  fuer  de  sincero  declaro  hoy  que,  además  del  austero  sentimiento  del  deber, 
arrastráronme  a  Ultramar  las  visiones  luminosas  de  las  novelas  leídas,  el  afán 
irrefrenable  de  aventuras  peregrinas,  el  ansia  de  contemplar,  en  fin,  costumbres  y 
tipos  exóticos... 

En  esta  ansia  romántica— muy  vieja  en  mí,  como  sabe  el  lector— acompañᬠ
banme  también  algunos  condiscípulos  y,  por  de  contado,  mi  hermano  Pedro,  dos 
años  más  joven  que  yo;  el  cual,  dicho  sea  entre  paréntesis,  se  lanzó  a  una  aven¬ 
tura  verdaderamente  épica.  Mostrando  resolución  increíble  en  un  muchacho  de 
diez  y  siete  a  diez  y  ocho  años,  ahorcó  sus  hábitos  de  estudiante  y  se  fugó  de  casa, 
en  compañía  de  cierto  aventurero  seductor.  Después  de  embarcarse  en  Burdeos» 
dió  con  sus  huesos  en  el  Uruguay,  donde  le  ocurrieron  las  más  sorprendentes  peri¬ 
pecias  y  peligrosos  lances  (1).  ¡Contra  todas  las  previsiones  de  mi  padre,  el  hijo 
formal,  el  impecable,  sumiso  y  obediente,  sobrepujó  de  un  salto  todas  las  decanta¬ 
das  audacias  del  primogénito!...  Yo  quedé  como  humillado  por  no  haber  sabido 
hacer  otro  tanto. 

Entre  mis  condiscípulos  y  amigos,  el  que  con  más  entusiasmo  compartía  mi 
afán  de  contemplar  tierras  extrañas  era  Cenarro.  Recuerdo  que,  recién  acabada  la 
carrera,  paseábamos  ambos  cierto  día  por  el  paseo  de  los  Ruiseñores;  hablábamos 
del  porvenir,  y,  en  vena  de  confidencias,  nos  comunicábamos  nuestros  más  ínti¬ 
mos  anhelos.  He  aquí  la  esencia,  si  no  la  forma  de  nuestros  coloquios: 

— A  mí  me  entusiasma  extraordinariamente— decíame  Cenarro— el  Ejército,  y 
sobre  todo  la  Sanidad  Militar.  Sólo  esta  carrera  es  capaz  de  satisfacer  el  anhelo 
más  vivo  de  mi  alma,  que  consiste  en  cambiar  diariamente  de  escenario  y  presen¬ 
ciar  espectáculos  exóticos  y  pintorescos.  Un  destino  en  Puerto  Rico,  Cuba,  Africa 
o  Filipinas  me  haría  el  más  dichoso  de  los'  hombres... 

—Coincido— contesté— en  absoluto  con  tus  opiniones.  También  yo  estoy  as¬ 
queado  de  la  monotonía  y  acompasamiento  de  la  vida  vulgar.  Me  devora  la  sed 
insaciable  de  libertad  y  de  emociones  novísimas.  Mi  ideal  es  América,  y  singular¬ 
mente  la  América  tropical,  ¡esa  tierra  de  maravillas,  tan  celebrada  por  novelistas 
y  poetas!...  Sólo  allí  alcanza  la  vida  su  plena  expansión  y  florecimiento.  En  nues¬ 
tros  climas  hasta  las  plantas  parecen  raquíticas  y  como  temerosas  del  inevitable 
letargo  invernal.  Orgía  suntuosa  de  formas  y  colores,  la  fauna  de  los  trópicos  pa¬ 
rece  imaginada  por  artista  genial,  preocupado  en  superarse  a  sí  mismo.  ¡Cuánto 
daría  yo  por  abandonar  este  desierto  y  sumergirme  en  la  manigua  inextricable!... 

Los  dos  amigos  satisficimos  al  fin  nuestra  ardiente  curiosidad.  Pocos  años 
después  del  precedente  diálogo,  Cenarro,  convertido  en  médico  militar,  vivía  en 
Tánger,  agregado  a  la  Embajada  española.  Allí  pudo  estudiar  a  su  sabor  costum¬ 
bres  exóticas  y  razas  diversas.  En  cuanto  a  mí,  transcurridos  menos  de  dos  años, 
encontrábame  bloqueado  en  aquella  tan  admirada  manigua  antillana;  en  aquellas 
selvas  sombrías,  tan  tristes  y  dolorosas  en  la  realidad  como  seductoras  y  alucinan - 

(1)  Allí  desempeñó  los  más  variados  oficios:  fué  soldado,  héroe  de  la  pampa,  le  hirieron  en  diversas 
escaramuzas  y  llegó  a  secretario  particular  de  cierto  cabecilla  indio  que  no  sabía  escribir,  pero  que,  en 
cambio,  acometía  bravamente  lanza  en  ristre.  El  hijo  pródigo  regresó  ocho  o  diez  años  después  al  hogar, 
y,  arrepentido  de  su  conducta,  se  formalizó  en  el  trabajo  y  acabó  honrosamente  los  estudios  médicos! 
Convertido  hoy  en  clínico  reputado,  figura  entre  los  profesores  de  la  Facultad  de  Medicina  de  Zaragoza. 
A  su  tiempo  haremos  mención  de  sus  interesantes  y  fecundas  investigaciones  sobre  la  Histología  com¬ 
parada  del  sistema  nervioso. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


129 


tes  enlas  afectadas  descripciones  de  Bernardino  de  Saint  Fierre.  Los  encomiado- 
res  de  la  flora  tropical  sólo  hablan  olvidado  un  pequeño  detalle:  que  aquel  paraíso 
encantador  es  sencillamente  inhabitable  para  el  europeo... 

Pero  volvamos  al  asunto.  Persuadido  mi  padre  de  que  la  resolución  de  su 
primogénito  era  inquebrantable,  trató  de  dulcificar  en  lo  posible  mi  futuro  desti¬ 
no  en  las  Antillas.  Al  efecto,  procuróme  cartas  de  recomendacióri  para  el  capitán 
general  y  otros  personajes  de  la  isla  de  Cuba.  Confiaba  en  que,  merced  a  ellas, 
se  me  destinaría  a. un  puesto  relativamente  salubre,  por  ejemplo,  a  una  guarnición 
en  Puerto  Príncipe,  Santiago  o  la  Habana. 

Provisto,  pues,  de  mis  cartas  y  recibida  la  paga  de  embarque,  me  trasladé  a 
Cádiz,  donde  debía  zarpar  el  vapor  España  con  rumbo  a  Puerto  Rico  y  Cuba.  Allí 
nos  juntamos  varios  compañeros,  entre  ellos  A.  Sánchez  Herrero  (1),  a  quien 
acompañaba  su  señora,  y  Joaquín  Vela,  simpático  paisano  y  casi  condiscípulo 
mío,  pues  había  terminado  la  carrera  un  año  antes  que  yo. 

La  impresión  que  me  produjo  la  tacita  de  plata,  con  sus  casas  blancas,  sus  ca¬ 
lles  aseadas,  rectas,  cruzadas  en  ángulo  recto  y  oreadas  por  la  brisa  del  mar,  fué 
excelente.  No  fué  tan  grata  la  causada  por  los  gaditanos-.  Acaso  por  mi  aire  de 
doctrino,  que  convidaba  a  la  burla,  o  por  el  hábito  consuetudinario  de  explotar 
sin  conciencia  al  forastero,  ello  es  que,  en  los  dos  o  tres  días  pasados  en  la  ciu¬ 
dad  andaluza,  sólo  tuve  desazones. 

Ya,  al  salir  de  la  estación,  topé  con  una  caterva  de  faquines  y  granujas  que, 
sin  hacer  caso  de  mis  protestas,  repartióse  instantáneamente  mis  efectos;  y  al  lle¬ 
gar  al  hotel  (recuerdo  que  era  el  Hotel  del  Telégrafo),  se  armó  formidable  trapaties¬ 
ta  sobre  si  éste  llevó  un  paraguas,  esotro  una  maleta,  aquél,  un  bastón  y  el  de  más 
allá  creyó  oir  la  orden  de  cargar  con  el  baúl,  adelantándosele  un  compañero... 
Poco  menos  que  a  empellones  tuve  que  sosegar  a  aquella  chusma,  amén  de  repar¬ 
tir  buen  puñado  de  pesetas;  y  eso  ante  las  barbas  de  los  representantes  de  la 
autoridad,  que  lo  tomaban  todo  a  chacota. 

Llegado  el  siguiente  día,  visité  algunos  comercios.  Sorprendióme  el  escandalo¬ 
so  precio  de  las  prendas  de  uso  común:  por  un  sombrero  que  en  Madrid  costaba 
veinticuatro  reales,  pedíanme  en  todas  las  tiendas  cincuenta.  Un  compañero  más 
avisado  que  yo  me  aclaró  el  enigma,  informándome  que  los  marchantes  gaditanos 
estaban  confabulados  para  saquear  metódica  y  despiadadamente  al  forastero,  sin¬ 
gularmente  al  indiano,  encareciendo  hasta  el  doble  el  costo  de  las  ropas,  sombre¬ 
ros  y  artículos  de  viaje  (2).  En  las  calles,  resultaba  oneroso  preguntar  a  un  mirón 
o  a  un  mozo  de  cuerda,  porque  a  seguida  alargaba  la  mano  para  cobrarse  el  ser¬ 
vicio.  Tan  en  las  entrañas  de  aquella  gente  estaba  la  explotación  inconsiderada 
del  extraño,  que  hasta  los  mozos  del  hotel  cobraban  un  tanto  por  ciento  por  cada 
viajero  conducido  a  tiendas,  cafés  o  casas  de  recreo.  A  las  cuales  me  abstuve  de 
asistir,  recordando  los  regalo^  con  que  las  gaditanas  obsequiaron  a  Alfieri. 

Para  terminar  con  estas  enfadosas  socaliñas,  referiré  lo  que  me  ocurrió  al  em¬ 
barcarme.  Ajusté  un  bote  en  el  puerto  para  abordar  el  vapor,  y  hacia  el  comedio 
de  la  travesía,  se  me  plantó  en  seco  el  patrón.  Y  dejando  los  remos,  me  dijo  «que 
por  reinar  furioso  levante  debía  yo,  según  tarifa,  abonarle  el  doble  por  adelanta- 

(1)  D.  Abdón  Sánchez  Herrero  abandonó  en  Cuba  la  carrera  militar  y  llegó,  por  su  aplicación  y  ta¬ 
lento,  a  catedrático  de  Patología  médica  en  la  Universidad  de  Valladolid.  Después  regentó  esta  misma 
cátedra  en  Madrid,  donde  murió  prematuramente. 

(2)  Si  no  recuerdo  mal,  en  la  Jerga  de  la  ciudad  llamaban  a  los  comerciantes  confabulados  la  socie¬ 
dad  de  los  guiris.  Excusado  es  decir  que  de  sus  redes  escapaban  los  vecinos  de  la  ciudad. 


130 


S,  RAMÓN  Y  CAJAL 


do».  A  todo  esto  faltaba  medía  hora  escasa  para  la  salida  del  trasatlántim  p 

HSISSSSÍSSS 

íS=siSS5sis 

merdaTym\rmTdeC?dth\TL  co¬ 
rnos  los  barcos  nacional  y  "" 

a  cí,  y  exiranjeros  que  hacían  escala  en  aquella  ciudad. 

para  L.  Más  adelante  malquerencia  hacia  una  ciudad  desconocida 

de  asiento,  resulta  delicioL  La  co  te£~ 

«ujeres.  son  incomparables.  No  me  litíafif  las 

que  el  doctor  Federico  Rubio  tributó,  tiemposdesniié^  ,>t,  rendimiento,  amor  y  admiración 

t„  s.a„c.o,.s  h,|„  d,  e.d„,  .S;-í.b..I.l«=  libro  L.  . 

pagana.  '  el  ornato  y  la  gracia  de  la  Roma 


CAPITULO  XXIII 


LLEGADA  A  LA  HABANA.— SOY  DESTINADO  AL  HOSPITAL  DE  CAMPAÑA  DE  «VISTA  HER¬ 
MOSA».— ENFERMO,  AL  POCO  TIEMPO,  DE  PALUDISMO.— APROVECHO  MI  FORZADA 
QUIETUD  para  APRENDER  EL  INGLÉS. — MI  DOLENCIA  SE  AGRAVA  Y  SE  ME  CONCE¬ 
DE  LICENCIA  PARA  CONVALECER  EN  PUERIO  PRÍNCIPE.— INICIADA  MI  MEJORÍA, 
SOY  destinado  a  LA  ENFERMERÍA  DE  SAN  ISIDRO  EN  LA  «TROCHA  DEL  ESTE».— 
LA  VIDA  EN  La  TROCHA.— MIS  CÁNDIDOS  QUIJOTISMOS  ME  IMPULSAN  A  CORRE¬ 
GIR  ABUSOS  ADMINISTRATIVOS,  Y  SÓLO  CONSIGO  QUE  ME  EMPAPELE  ÉL  JEFE  DE 
LA  FUERZA 


La  travesía  hasta  Puerto  Pico  y  Cuba  hizose  con  mar  bella  y  excelente  hu¬ 
mor.  Por  entonces  la  Compañía  Trasatlántica  de  Comillas  daba  buen  tra¬ 
to,  y  no  faltaban  a  bordo  distracciones,  sin  contar  el  juego  y  la  murmura¬ 
ción,  socorrido  recurso  de  todos  los  pasajes.  Pero  a  mí  me  han  interesado  siempre 
muy  poco  las  chinchorrerías  y  comadrees.  De  día  concentraba  la  atención  en  el 
magnífico  espectáculo  del  mar:  el  vuelo  de  las  gaviotas,  la  persecución  de  los  ti¬ 
burones,  el  salto  de  los  peces  voladores  y  esas  como  flores  flotantes,  de  aspecto  ge¬ 
latinoso  y  delicado,  que  se  llaman  medusas,  sifonóf oros  ¿ote.,  etc.  Llegada  la  noche, 
me  abismaba  en  la  contemplación  de  aquel  cielo,  cuyas  constelaciones  se  renova¬ 
ban  conforme  nos  aproximábamos  al  Ecuador.  Hasta  en  el  negro  oleaje  (el  negro 
mar  de  Homero,  frase  que  sirvió  a  Magnus  para  negar  que  los  griegos  conocieran 
el  color  azul)  encontraba  sopresas  cautivadoras.  En  noches  de  calma  no  se  limita¬ 
ba  a  copiar  pasivamente  las  luces  del  firmamento,  sino  qüe  irradiaba  profundos  y 
misteriosos  fulgores.  Y  mi  curiosidad  infantil  se  embelesaba  persiguiendo  la  este¬ 
la  fosforescente  producida  por  enjambres  de  noctilucos,  excitados  por  la  formida¬ 
ble  sacudida  de  la  hélice.  Como  se  ve,  la  sensación  de  flotar  entre  dos  infinitos  no 
me  causó  pavor.  Frescas  las  lecturas  de  los  evolucionistas,  que  consideran  el  mar 
como  la  cuna  de  la  vida,  el  ritmo  de  las  olas  evocaba  en  mí  el  latido  anhelante 
del  corazón  de  la  madre  que  estrecha  amorosamente  a  sus  hijos.  Verdad  es  que 
no  había  sorprendido  aún  a  la  diosa  Tetis  en  sus  arrebatos  homicidas. 

Hacia  el  día  decimosexto  de  la  navegación  surgió  qiuy  de  mañana  la  ciudad  de 
San  Juan  de  Puerto  Rico,  con  su  imponente  fortaleza  militar  y  su  blanco  caserío, 
dispuesto  en  pintorescas  graderías.  Impaciente  por  pisar  la  tierra  descubierta  por 
Colón,  aproveché  el  alto  del  vapor  para  corretear  la  ciudad  y  la  campiña  inmedia¬ 
ta,  donde  observé  sorprendido  algunas  muestras  de  la  flora  tropical.  En  fin,  re¬ 
anudado  el  viaje,  dos  días  después  arribamos  a  la  Habana. 

Maravilloso  e  inolvidable  es  el  panorama  de  la  populosa  capital  cubana  vista 
desde  lejos.  A  la  izquierda,  conforme  se  entra  en  la  bahía,  se  impone,  con  su  mole 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


formidable,  el  castillo  del  Morro,  erizado  de  cañones  y  comparable  por  su  figura  y 
posición  al  de  Montjuich;  y,  a  la  derecha,  dilatándose,  en  serie  interminable,  se  ven 
casas,  palacios  y  quintas  entrecortados  por  bellísimos  jardines  donde  descuellan 
elegantes  palmeras.  En  fin,  ya  dentro  de  la  bahía,  especie  de  hoz  recortada  por 
innumerables  calas  y  promontorios,  se  descubre  el  puerto,  frontero  del  barrio  co¬ 
mercial;  mientras  que  hacia  el  fondo  álzanse  varias  colinas  verdes  cuyas  faldas 
salpican  pintorescos  arrabales. 

Fuera  inoportuno  detenerme  a  describir  las  harto  conocidas  bellezas  de  la  Ha¬ 
bana  y  de  su  fértil  campiña.  Tampoco  entra  en  mis  cálculos  referir  menudamente 
mis  impresiones  de  viajero.  Me  concretaré  solamente  a  declarar  que  la  primera 
gran  ciudad  americana  visitada  por  mí  parecióme  mera  continuación  de  Andalu¬ 
cía.  En  efecto,  andaluza  es  el  habla,  dulzona  y  matizada  con  graciosos  ceceos; 
andaluzas  las  casas  (formadas  de  planta  baja  y  principal),  con  sus  encantadores 
patios  y  jardines,  y  andaluz  el  espíritu  fino  y  soñador,  pero  lánguido  y.-tperezoso, 
del  criollo. 

Quizás  fué  grave  mal  para  la  prosperidad  económica  de  la  América  española  el 
no  haber,  desde  el  principio,  aprovechado  preferentemente  para  la  empresa  colo¬ 
nizadora  nuestras  fuertes  razas  del  Norte,  laboriosas,  económicas  y  desbordantes 
de  natalidad,  en  lugar  de  recurrir  predilectamente  a  la  gente  andaluza  y  extre¬ 
meña,  inteligente,  generosa  y  capaz  de  todos  los  heroísmos,  según  acredita  la  his¬ 
toria,  pero  de  inferior  aptitud  para  las  fecundas  luchas  del  comercio  y  de  la 
industria. 

Acerca  de  mis  emociones  de  turista  en  la  capital  de  las  Antillas,  concretaréme 
a  decir  que  todo  atraía  mi  curiosidad  y  en  todo  hallaba  motivo  de  asombro  y  ense  • 
ñanza.  La  extraña  mezcla  de  razas  circulantes  por  las  calles;  la  suntuosidad  de 
los  parques,  donde  además  de  flores  peregrinas  y  de  pitas  gigantes,  crecía  la 
altísima  palmera  real;  los  sabrosos  frutos  del  país,  como  el  plátano,  el  coco,  el 
mango  y  la  piña;  los  árboles  frondosísimos  de  hoja  perenne,  entretejidos  de  beju¬ 
cos  o  lianas  trepadoras;  un  cielo  tan  pronto  azul  como  gris,  pronto  a  desatarse  en 
furiosos  aguaceros;  y  por  encima  de  aquella  naturaleza  desbordante,  que  parecía 
cantar  un  himno  á  la  alegría  de  vivir,  el  padre  sol  cayendo  a  plomo,  y  como  plomo 
derretido  sobre  nuestras  cabezas... 

Cuando  se  codicia  ardientemente  algo,  la  realidad  suele  burlar  la  ,  esperanza. 
Mas  yo  no  experimenté  decepción.  Ante  la  realidad  palpitante,  las  imágenes  de  los 
libros  conservaron  sus  prestigios .  Vivía  como  soñando  o  como  sumergido  en  una 
especie  de  encantamiento. 

En  algunas  cosas,' no  obstánte,  sufrí  desilusión;  por  ejemplo;  en  las  famosas 
selvas  vírgenes,  tan  celebradas  por  los  poetas  románticos.  Ante  mis  interrogacio¬ 
nes  reiteradas,  las  gentes  del  país  me  señalaron  la  manigua.  Pero  la  impresión 
causada  por  ésta  fué  insignificante.  En  vez  del  bosque  milenario,  no  profanado  por 
planta  humana,  me  encontré  con  vulgar  matorral  sembrado  de  arbustos  y  peque¬ 
ños  cedros  y  caobos  creciendo  en  desorden.  Consoléme  hasta  cierto  punto,  consi¬ 
derando  que  las  necesidades  de  la  colonización  habían  impuesto  el  descuaje  de  la 
primitiva  selva.  ¡Lástima  no  haber  arribado  cuatro  siglos  antes,  cuando  los  com¬ 
pañeros  de  Colón  hollaron  tantas  excelsas  virginidades!... 

De  la  fáuna  quedé  también  mediocremente  satisfecho.  Escaseaban  los  anima¬ 
les  indígenas,  y  los  que  veía  resultaban  poco  imponentes.  Ni  un  jaguar,  ¡ni  siquiera 
una  triste  serpiente  de  cascabel!...  En  mis  correrías  por  los  alrededores  de  la  ciu¬ 
dad,  sólo  pude  sorprender  el  vulgarísimo  gorrión  cosmopolita,  pájaro  importado  de 


RECUERDOS  DE  Mt  VIDA 


133 


España;  algunos  cuervos  y  tordos,  y  cierta  avecilla  menuda  y  nada  vistosa,  llamada 
por  los  guajiros  vigirita.  (Aludiendo  sin  duda  a  la  flojedad  y  delicadeza  de  este 
pajarillo,  nuestros  soldados  designaban  vigiritas  a  los  criollos,  y  particularmente  a 
los  mambises  o  insurrectos;  en  cambio,  los  peninsulares  éramos  llamados  gorrio¬ 
nes  y  patones).  Solamente  enjaulados,  admiré  aí  policromo  papagayo  y  algunos 
preciosos  ejemplares  del  colibrí  del  Perú. 

Contrarióme  asimismo  la  total  extinción  de  la  raza  indígena,  de  la  cual  quizás 
quedan  reliquias  en  el  actual  guajiro.  En  su  lugar,  y  entregada  a  las  más  rudas 
faenas,  se  mostraba  la  raza  negra  y  sus  variados  mestizajes,  de  que  los  cargadores 
del  muelle  constituían  arrogantes  ejemplares.  En  cuanto  al  criollo,  mé  hizo  la 
impresión  de  pálida  planta  de  estufa,  vegetando  muelle  y  parásitamente  a  expen¬ 
sas  de  la  savia  del  africano  o  del  mulato.  Alguna  vez,  sin  embargo,  encontré  entre 
los  criollos  tipos  activos  y  robustos;  mas  por  lo  común,  y  salvadas  algunas  excep¬ 
cionales  complexiones,  la  raza  blanca  parecióme  incapaz  de  resistir  los  ardores  y 
peligros  del  clima  tropical.  El  blanco  degenera  allí  rápidamente.  Aludo,  natural-, 
mente,  al  europeo  ocupado  en  las  faenas  agrícolas  y  expuesto,  por  tanto,  a  muche¬ 
dumbre  de  parásitos,  de  que  son,  a  menudo,  portadores  los  mosquitos  (paludismo, 
fiebre  amarilla,  etc.).  Claro  es  que  el  cubano  o  el  peninsular,  confinados  en  las 
urbes;  entregados  al  comercio  o  a  profesiones  ajenas  al  esfuerzo  muscular  y  al  rigor 
del  aire  libre,  resisten  mucho  mejor  los  efectos  enervadores  del  clima;  así  y  todo, 
su  vigor  sólo  se  mantiene  a  costa  de  reiteradas  inoculaciones  de  sangre  europea. 

En  virtud  de  esta  exquisita  acomodación  a  la  vida  sedentaria,  la  mujer  cubana 
no  sólo  ha  conservado  mejor  que  el  hombre  el  tipo  de  la  raza,  sino  que  ha  afinado 
su  delicada  femenidad,  adquiriendo,  así  en  lo  espiritual  como  en  lo  físico,  dulzu¬ 
ras  y  suavidades  excepcionales  o  desconocidas  en  las  bellezas  de  Europa.  Al 
hablar  gorjean  y  al  mirar  acarician.  Esto  explica  por  qué  la  mayoría  de  nuestros 
jefes  y  generales  ultramarinos  cayeron  en  las  redes  de  aquellas  lánguidas  y  fasci¬ 
nadoras  hermosuras. 

En  tales  exploraciones  y  novelerías  transcurrió  cerca  de  un  mes.  Terminado  e 
período  de  aclimatación,  hízose  necesario  distribuir  el  personal  médico  recién  ve¬ 
nido  de  la  Península.  A  tal  propósito,  fuimos  cierto  día  convocados  en  la  Inspec- . 
ción  de  Sanidad;  allí  se  nos  informó  de  las  plazas  vacantes.  Las  había  de  médicos 
de  regimiento  en  las  columnas  de  operaciones;  de  profesores  de  guardia  en  los 
hospitales  urbanos  y,  en  fin,  de  directores  de  enfermerías  de  campaña. 

Si  el  lector  tiene  presente  el  carácter  sandiamente  quijotesco  del  autor  de  este 
libro,  deducirá  fácilmente  que  me  sería  adjudicado  uno  de  los  peores  destinos.  Y 
así  fué,  en  efecto.  Inspirado  en  sentimientos  de  equidad  y  abnegación,  por  nadie 
agradecidos,  me  abstuve  de  presentar  las  cartas  de  recomendación.  Quise  correr 
mi  suerte  o,  mejor  dicho,  la  suerte  que  no  quisieron  correr. mis  compañeros;  los 
cuales,  harto  más  prácticos  y  ajenos  a  mis  escrúpulos,  removieron  cielo  y  tierra 
para  asegurarse  los  plazas  de  hospital,  verdaderas  sinecuras,  o,  en  su  defecto,  las 
de  médico  de  batallón.  Para  los  tontos  o  desvalidos  quedaron  reservadas  las  en¬ 
fermerías  de  la  manigua  y  de  las  trochas,  estaciones  aisladas,  de  difícil  aprovisio¬ 
namiento  y  extraordinariamente  insalubres. 

Claro  es  que  también  el  médico  de  batallón  en  campaña  corría  serios  peligros; 
pero  tenía  al  menos  la  ventaja  de  cobrar  puntualmente.  Sabía,  además,  que,  tras 
algunos  días  de  excursión  por  la  manigua,  podría  regresar  a  la  capital  del  distrito 
para  restaurar  fuerzas,  remendar  alifafes  y  participar  de  las  satisfacciones  de  la 
vida  social. 


134 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Adivinará  fácilmente  el  lector  que  la  enfermería  que  yo  debía  regentar  era  de 
las  más  peligrosas  y  aisladas:  la  de  Vista  Hermosa,  perdida  en  plena  manigua, 
dentro  del  distrito  de  Puerto  Príncipe,  en  medio  de  un  país  asolado  y  despoblado 
por  la  guerra. 

Días  después  del  reparto  de  plazas,  aarpó  el  vapor  que  debía  conducirnos  a 
Nuevitas;  en  él  nos  embarcamos  algunos  médicos  destinados  al  Departamento 
central,  con  buen  golpe  de  tropas  de  refresco  para  cubrir  bajas.  Un  tren  blindado 
nos  trasladó  en  pocas  horas  desde  Nuevitas,  al  través  del  manigual  desierto,  a  la 
capital  del  Camagü.ey.  Alojéme  en  la  famosa  Fonda  del  Caballo  Blanco,  donde  se 
hospedaron  también  mis  camaradas  Vela  y  Sánchez  Herrero.  En  fin,  transcurri¬ 
dos  algunos  días  de  descanso,  incorporéme  a  mi  destino,  aprovechando  la  mar¬ 
cha  de  una  columna  volante,  encargada  de  racionar  la  citada  enfermería  de  Vista 
Hermosa.  - 

Por  cierto  que  ya  en  marcha,  durante  un  alto  de  la  columna,  y  bajo  el  techo  de 
estancia  abandonada,  tuve  por  primera  vez  noticia  del  próximo  advenimiento  de 
la  monarquía  borbónica.  Invitado  a  tomar  café  con  algunos  jefes  y  oficiales,  cierto 
comandante  aragonés  sorprendióme  con  esta  pregunta,  disparada  a  quemarropa: 

—Usted,  que  acaba  de  llegar  de  España,  ¿qué  me  cuenta  de  la  conspiración 
que  debe  proclamar  a  Don  Alfonso? 

—Creo— murmuré— que  la  República  conservadora  de  Castelar  merece  la  con¬ 
fianza  del  Ejército. 

— Bien  veo,  paisano,  que  vive  usted  en  el  limbo.  ¡Cómo!...  ¿Ignora  usted  que 
todo  el  Ejército,  sin  excepción,  es  alfonsino,  y  que  cualquier  día,  pese  a  la  resis¬ 
tencia  de  los  politicastros,  caerá  la  República?... 

Lleno  de  estupor  dirijo  una  mirada  interrogativa  al  coronel,  jefe  de  la  fuerza, 
para  leer  en  sus  gestos  alguna  señal  de  reprobación,  o  al  menos  de  contrariedad... 
Todo  lo  contrario.  Pronto  comprendí  que  lo  expresado  por  mi  paisano  era  diaria 
comidilla  de  la  oficialidad,  y  que  el  ejército  de  Cuba,  como  el  de  la  Península,  se 
había  pasado  en  masa  al  campo  alfonsino. 

En  vano  Castelar,  con  su  prudencia  política  y  espíritu  sagazmente  conser¬ 
vador,  trabajaba  por  consolidar  definitivamente  la  República,  ideal  de  la  Revolu¬ 
ción:  el  recuerdo  de  la  indisciplina  militar  y  de  las  vergonzosas  escenas  de  Carta¬ 
gena,  habían  desterrado  enteramente  del  corazón  del  Ejército  y  de  la  clase 
media  el  ideal  republicano.  El  golpe  de  Estado  de  Pavía  se  avecinaba. 

Entonces  acudieron  a  mi  memoria  ciertos  hechos  presenciados  en  Cataluña, 
acerca  de  cuya  significación  no  había  parado  mientes.  Cuando  nuestra  columna 
pernoctaba  en  alguna  villa  importante,  los  oficiales  tertulianos  del  café  o  del  ca¬ 
sino  se  escindían  en  dos  bandos:  la  masa  principal,  con  el  coronel  a  la  cabeza 
agrupábase  en  una  o  varias  mesas  próximas,  cuchicheando  a  hurtadillas  de  los 
demás;  mientras  que  cierto  pequeño  contingente,  constituido  por  oficiales  o  jefes 
de  procedencia  republicana,  formaba  rancho  aparte.  Dábase,  pues,  el  caso  singu¬ 
lar  de  que,  en  plena  República,  los  oficiales  republicanos  (cuyo  número  disminuía 
incesantemente)  vivían  como  avergonzados  de  su  origen,  y  eran  tratados  desde¬ 
ñosamente  y  casi  con  hostilidad  por  sus  camaradas  monárquicos. 

Los  sucesos  hicieron  pronto  buenas  las  profecías  del  comandante  Sabido  es 
que  poco  después  (29  de  diciembre  de  1874)  sobrevino  la  sublevación  de  Saíx,,ntr> 
y  la  proclamación  de  Don  Alfonso  XII.  ^ 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


135 


El  campamento  de  Vista  Hermosa  constituía  un  pequeño  poblado  extendido  por 
las  faldas  de  suave  altozano,  rodeado  de  extensos  maniguales.  En  la  eminencia  más 
prominente  alzábase  sólido  fortín  cuadrado,  construido  con  gruesos  troncos  de 
árbol  y  surcado  de  aspilleras.  En  él  se  alojaba  una  compañía  (harto  mermada  por 
las  enfermedades)  a  las  órdenes  de  un  capitán.  A  corta  distancia  estaba  emplaza¬ 
do  el  hospital,  enorme  barracón  de  madera,  con  techo  de  palma  y  capaz  para 
unas  200  camas.  En  los  ángulos,  orientados  hacia  la  manigua,  destacábanse  dos 
robustos  torreones,  reforzados  por  parapeto  de  troncos.  Al  abrigo  del  fuerte  y  de 
la  enfermería,  únicos  edificios  de  alguna  importancia,  extendíanse  los  almacenes 
y  algunas  pobres  rancherías  de  chinos  y  negros.  En  los  alrededores  veíase  un  des¬ 
campado,  limpio  de  bosque,  cuya  maleza  exuberante  había  que  segar  con  frecuen¬ 
cia  para  que  no  invadiera  los  barracones  con  su  pujante  crecimiento,  ni  facilitara, 
por  tanto,  las  sorpresas  del  enemigo. 

Cada  mes  nos  enviaban  desde  Puerto  Príncipe  las  raciones  necesarias  para  el 
hospital  y  guarnición,  aprovechando  al  efecto  el  tránsito  de  columnas  de  opera¬ 
ciones.  En  el  intervalo  quedábamos  absolutamente  incomunicados  con  el  mundo, 
siendo  peligrosísimo  aventurarse  en  el  bosque  más  de  un  kilómetro,  pues  los 
mambises  nos  espiaban.  Casi  todos  los  días  había  tiroteo  entre  ellos  y  los  cen¬ 
tinelas. 

Por  aquella  época' la  enfermería  puesta  a  mi  cuidado  albergaba  más  de  200 
enfermos,  casi  todos  palúdicos  o  disentéricos,  procedentes  de  las  columnas  vo¬ 
lantes  de  operaciones  en  el  Camagüey. 

Dormía  yo  junto  a  mis  pacientes,  dentro  de  la  gran  barraca,  en  un  cuartito  se¬ 
parado  del  resto  por  tabique  de  tablas.  Además  de  cama  y  mesa,  contenía  mi  de¬ 
partamento,  en  pintoresca  mezcolanza,  fusiles  de  los  soldados  muertos,  cartuche¬ 
ras  y  fornituras  de  todas  clases,  cajas  de  galletas  y  azúcar,  botes  de  medicamen¬ 
tos,  singularmente  del  sulfato  de  quinina.  Providencia  del  palúdico  en  los  países 
tropicales.  Con  cajones  y  latas  vacías  dispuse  en  un  rinconcito  un  laboratorio  fo¬ 
tográfico  y  construí  el  estante  destinado  a  mi  exigua  biblioteca. 

Al  principio,  no  obstante  la  fatiga  y  las  emociones  inherentes  al  cuidado  de 
tantos  enfermos,  lo  pasé  bastante  bien,  amenizando  mis  ocios  con  la  lectura,  el 
dibujo  y  la  fotografía.  Por  fortuna,  conforme  dejo  apuntado,  he  soportado  bastante 
bien  la  ausencia  .de  vida  social,  gracias  al  noble  vició  pictórico  y  a  mi  afición  por 
la  lectura. 

Pero  contra  los  microbios  nada  valen  las  seducciones  del  arte  ni  las  expansio¬ 
nes  de  la  imaginación.  El  espíritu  se  mantenía  bien,  pero  entretanto  el  cuerpo  de¬ 
caía.  Ni  la  ración  alimenticia,  compuesta  de  pan,  galletas,  arroz  y  café,  era  la  más 
adecuada  para  criar  buena  sangre.  En  vano  pretendía  entonar  el  organismo  agre¬ 
gando  al  menú,  de  tarde  en  tarde,  tal  plátano  o  coco,  arrebatados  eventualmente 
por  algún  negro  merodeador  de  ingenios  abandonados. 

Al  fin  flaqueó  mi  resistencia  y  enfermé  de  paludismo.  Nubes  de  mosquitos  nos 
rodeaban:  además  del  Anopheles  claviger,  ordinario  portador  del  protozoario  de  la 
malaria,  nos  mortificaban  el  casi  invisible  gegén,  amén  de  ejército  innumerable  de 
pulgas,  cucarachas  y  hormigas.  La  ola  de  la  vida  parásita  se  encaramaba  a  nues¬ 
tros  lechos,  saqueaba  las  provisiones  y  nos  envolvía  por  todas  partes. 

¡Cuán  terrible  es  la  ignorancia!  Si  por  aquella  época  hubiéramos  sabido  que  el 
vehículo  exclusivo  de  la  malaria  es  el  mosquito,  España  habría  salvado  miles  de 
infelices  soldados,  arrebatados  por  la  caquexia  palúdica  en  Cuba  o  en  la  Penínsu¬ 
la.  ¿Quién  podía  sospecharlo?...  Para  evitar  o  limitar  notablemente  la  hecatombe. 


136 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


habría  bastado  proteger  nuestros  camastros  con  simples  mosquiteros  o  limpiar  de 
larvas  de  Anopheles  las  vecinas  charcas. 

Poco  remediaba  el  tomar  dosis  heroicas  de  sulfato  de  quinina.  Por  de  pronto 
se  mejoraba;  mas,  transcurridos  algunos  días,  volvía  la  accesión.  Esta  vino  a  ser 
en  mí  diaria,  a  causa,  sin  duda,  de  reinoculaciones  muy  próximas  del  plasmodium. 
Entretanto  había  perdido  el  apetito  y  las  fuerzas;  el  bazo  se  hipertrofiaba;  la  color 
tornóse  amarillenta;  andaba  premiosamente,  y  la  anemia,  ¡la  terrible  anemia  palú¬ 
dica!,  se  iniciaba  con  todo  su  cortejo  de’  síntomas  alarmantes.  Al  fin  quedé  pos¬ 
trado,  siéndome  imposible  atender  a  los  enfermos.  Un  practicante  estulto  me  su¬ 
lla;  todo  iba  manga  por  hombro.  Para  colmo  de  desdicha,  ¡al  paludismo  se  agregó 
la  disentería!... 

¡Oh  el  admirable  optimismo  de  la  juventud!...  Mi  vida  estaba  tan  seriamente 
amenazada  como  la  de  los  infelices  soldados  disentéricos,  tuberculosos  y  palúdi¬ 
cos  que  morían  en  torno  mío;  y,  con  todo  eso,  abrigaba  tal  confianza  en  la  forta' 
leza  de  mi  constitución,  que,  en  cuanto  abonanzaban  los  síntomas,  aprovechaba 
mi  forzoso  reposo  en  aprender  el  inglés,  a  cuyo  fin  habíame  procurado  en  la 
Habana  buen  golpe  de  libros  e  ilustraciones  yanquis,  amén  del  indispensable 
Ollendorff.  Creía  firmemente  que,  en  cuanto  pudiera  sustraerme  a  la  influencia  de 
aquellos  miasmas  (entonces  se  creía  en  los  miasmas  de  los  pantanos  como  causa 
de  paludismo),  recobraría  rápidamente  la  salud.  Por  seguro  tengo  que  mi  ingenua 
confianza  en  la  vis  medicairix  me  salvó.  . 

Por  aquellos  meses  hubo  en  Vista  Hermosa  "cierta  alarma  que  nos  reveló  la 
entereza  y  decisión  de  mis  enfermos.  Sería  la  del  alba  cuando  nos  sorprendió 
tumulto  de  voces  y  descargas.  Arrojóme  de  la  cama,  vestíme  sumariamente,  y  me 
informaron  de  que  cierta  partida  enemiga,  emboscada  en'el  vecino  manigual,  tra¬ 
taba  de  sorprendernos.  En  efecto,  vislumbrábase  entre  los  árboles  agitación  de 
jinetes  y  peones,  la  mayoría  negros  y  mulatos.  Apercibido  a  tiempo  el  jefe  de  nues¬ 
tro  poblado,  tomó  rápidamente  medidas  defensivas,  y,  lleno  de  interés  hacia  mí, 
me  ofreció  amparo  en  la  fortaleza. 

—No  tenga  usted  cuidado— le  dije—.  Si  los  mambises  atacan  el  hospital, 
sabremos  defendernos;  en  todo  caso,  mi  deber  es  permanecer  al  lado  de  los 
enfermos. 

Todo  esto  ocurrió  en  un  santiamén.  Habíame  acometido  la  accesión  febril,  y 
hallábame  en  un  estado  de  exaltación  casi  delirante.  No  obstante,  empuñé  un 
fusil,  me  proveí  de  cartuchos  y  recorrí  las  camas,  invitando  a  los  enfermos  menos 
graves  a  la  común  defensa.  La  mayoría  de  ellos,  aun  los  postrados  por  la  calen¬ 
tura,  incorporáronse  en  el  lecho  y  descolgaron  el  Remington.  Los  que  podían  te¬ 
nerse  de  pie  se  concentraron  en  los  bastiones  del  barracón;  los  imposibilitados 
arrodilláronse  en  la  cama,  y  desde  ella  y  sacando  el  fusil  por  las  ventanas,  apun¬ 
taban  al  enemigo.  Una  descarga  respondió  al  tiroteo  de  los  mambises. 

Los  insurrectos,  al  encontrarnos  tan  apercibidos,  retiráronse  sin  intentar 
repetir  la  hazaña  de  Cascorro,  otro  poblado  como  el  nuestro,  donde  semanas  antes 
habían  sorprendido  y  níacheteado  a  la  guarnición  y  a  los  enfermos. 

Una  vez  más  se  frustraba,  por  fortuna,  mi  loco  anhelo  de  bélicas  contiendas 
En  mi  entusiasmo  olvidaba  a  menudo  que  mi  cometido  no  era  batirme,  sino  curar 
dolientes.  Bien  se  advierte  que  el  ansia  necia  de  notoriedad,  de  vanagloria  me  per¬ 
seguía  hasta  en  el  lecho  del  dolor.. .  »  p 

Mi  enfermedad,  como  dejo  apuntado,  marchaba  de  mal  en  peor.  En  vista  de  lo 
cual,  solicité  del  inspector  de  Sanidad  de  Puerto  Príncipe  un  mes  de  licencia.  Aun- 


Lámina  XII. 


Retrato  de  médico  militar  hecho  al  embarcar  para  Cuba. 

La  fotografía,  muy  inexperta  entonces,  deja  mucho  que  desear. 


Un  fortín  de  la  enfermería  de  San  Isidro,  en  la  trocha  del  Este. 

La  fotografía,  tomada  por  mí  al  colodión,  presenta  en  primer  término 
la  locomotora,  de  tipo  americano,  con  enorme  chimenea  de  embudo. 


Lámina  XIII. 


DESPUÉS  DE 


Fotografía  hecha  eh  Puerto  Príncipe 
CONVALECER  OEL  PALUDISMO  CONTRAÍDO  EN  V,STA-„er„„sa. 


El  autor  (1877), 


caquexia  palúdica.. 


RECUERDOS  DE  Mi  VIDA. 


137 


que  con  dificultades  y  regateos  de  tiempo  (faltaba  personal  para  reemplazarme), 
se  me  otorgó  al  fin.  Arribado  a  la  capital  del  Camagüey,  un  tratamiento  racional,  y 
mas  que  nada  la  cesación  de  nuevas  infecciones,  xne  aliviaron  mucho.  La  fotogra¬ 
fía  aquí  reproducida  no  da  suficiente  idea  del  aspecto  chupado  y  anguloso  de  mi 
rostro,  aun.  en  la  . época  del  máximo  alivio.  En  realidad,  había  caído  en  ese  estado 
de  decadencia  orgánica  conocido  con  el  nombre  de  caquexia  palúdica,  que  debía 
prolongarse  muchos  años,  y  de  cuyas  lejanas  repercusiones  morbosas  soy  todavía 
víctima. 

En  vista  de  mi  relativa  convalecencia,  el  jefe  de  Sanidad,  doctor  Grau,  agre¬ 
góme  al  Cuerpo  de  médicos  de  guardia  del  Hospital  Militar  de  Puerto  Príncipe, 
donde  alterné  con  algunos  amigos  de  la  Península,  y  tuve  el  gusto  de  conocer  al 
doctor  Ledesma  (i),  que  sobresalía  ya  como  operador  habilísimo. 

Mes  y  medio  permanecí  en  la  ciudad.  Fué  la  época  más  agradable  de  mi  estan¬ 
cia  en  Cuba.  Todas  las  tardes  concurrían  al  Café  del  Caballo  Blanco,  entre  otros 
camaradas,  Joaquín  Vela  y  Martín  Visié,  excelente  amigo  y  condiscípulo.  No  obs¬ 
tante  mis  andanzas  por  cafés,  casinos  y  tertulias  caseras,  tuve  la  entereza  de  re- 
sirtir  a  los  cuatro  grandes  vicios  de  nuestra  oficialidad:  el  tabaco,  la  ginebra,  el 
juego  y  la  venus.  Verdad  que  no  estaba  yo  para  trotes. 

El  alcoholismo,  sobre  todo,  hacía  estragos  en  el  ejército.  Del  coñac  y  de  la 
ginebra,  mejor  aún  que  del  vómito,  podía  decirse  que  eran  los  mejores  aliados  del 
mambís.  Fumando  de  lo  más  caro,  y  bebiendo  ginebra  y  ron  a  todo  pasto,  no  era 
extraño  que  muchos  jefes  y  oficiales  decayeran  física  y  moralraente.  Además,  re¬ 
tenidas  las  pagas,  pasaban  apuros  económicos. 

También  yo  luché  con  dificultades  de  este  género,  aunque  por  causas  indepen¬ 
dientes  de  mi  voluntad.. Durante  mis  cuatro  meses  de  permanencia  en  la  isla  no 
había  recibido  sino  la  primera  paga  de  capitán  (125  pesos  oro).  En  vano  remitía 
mensualmente  a  la  Habana  los  justificantes  de  mis  haberes.  La  penuria  económica 
de  los  médicos  de  enfermerías  no  obedecía  sólo  al  clásico  desbarajuste  de  la  adr 
ministración  española;  debióse  también  al  desfalco  de  un  tal  Villaluenga,  farma¬ 
céutico  del  Hospital  Militar  de  la  Habana  y  habilitado  general  del  Cuerpo  de  Sani¬ 
dad,  el  cual  se  fugó,  a  los  Estados  Unidos  en  compañía  de  90.000  pesos  y  de  una 
pelandusca. 

Tocante  al  cobro  de  las  pagas  reinaba  desigualdad  irritante.  Los  médicos  mili¬ 
tares  de  servicio  en  las  'capitalesTperciWan  puntualmente  sus  haberes;  para  los 
médicos  de  batallón  solían  retrasarse  algo,  si  bien  disponían  del  recurso  de  perci¬ 
bir  anticipos  de  ía  caja  del  regimiento  o  de  empeñar  pagas  devengadas  en  casas 
de  comercio;  pero  los  pobretes  que  prestábamos  servicios  en  trochas  o  en  enfer¬ 
merías  de  campaña,  dependíamos  en  lo  económico  de  la  Habilitación  general  de  la 
Habana,  y,  sin  relaciones  de  amistad  con  el  comercio  de  las  ciudades,  quedába- 
■  mos  frecuentemente  desamparados. 

Tal  me  ocurrió  a  mí.  Habiendo  expuesto  al  doctor  Grau  mi  precaria  situación , 
tuvo  la  bondad  de  gestionar  entre  los  compañeros  un  préstamo  (125  pesos)  a  rein¬ 
tegrar  como  era  justo,  de  mis  haberes  atrasados.  En  aqueUas  desdichadas  cir 
cunstáncias,  mi  demanda  era  inexcusable.  Supe,  sin  embargo,  con  sorpresa,  gracias 
al  amigo  Visié,  que  aquel  guante  en  favor  de  un  compañero  había  desagradado 
profundamente.  «¿Qué  hombre  es  éste-decían-que,  a  poco  de  estar  en  la  isla 

(n  El  doctor  Ledesma,  ¡efe  prestigioso  del  Cuerpo  de  Sanidad  Militar,  llegó,  como  es  sabido,  por 
sus  méritos  prcfesionaies,  a  médico  de  ia  Real  Cámara. 


138 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


demanda  una  limosna  para  vivir?...  Apele,  como  los  demás,  al  crédito:  que  se  espa¬ 
bile  y  mire  por  sí,  abandonando  escrúpulos  de  monja  (1). 

En  efecto;  yo  fui  siempre  poco  espabilado,  pero  en  aquella  ocasión  mis  compa¬ 
ñeros  deslucieron  una  buena  acción  con  una  injusticia.  ¡Olvidaban  que  había  pa¬ 
sado  cuatro  meses  en  un  desierto,  y  de  ellos  tres  gravemente  enfermo!  ¡Mi  crédi¬ 
to!...  ¿Pero  qué  mercader  de  Puerto  Príncipe  hubiera  prestado  su  dinero  a  un  po¬ 
bre  diablo  desconocido,  de  figura  espectral  y  condenado,  verosímilmente,  a  morir 
en  breve  plazo  en  cualquier  rincón  de  las  trochas?  Esa  conmiseración  despectiva 
fué  dura  pero  necesaria  lección,  jamás  olvidada.  Juré  entonces  que  en  lo  sucesivo 
no  pediría  prestado  un  céntimo  a  nadie,  y  hasta  hoy  he  cumplido  fiel  y  estric¬ 
tamente  mi  resolución. 

El  fallecimiento  del  médico-director  de  la.enfermería  de  San  Isidro  en  la  trocha 
del  Este,  puso  fin  a  mi  situación  provisional  de  profesor  de  guardia  en  Puerto 
Príncipe.  Sin  considerar  que  había  en  disponibilidad  otros  ayudantes  médicos  más 
modernos  que  yo,  ni  fijarse  en  que  mi  salud  distaba  mucho  de  estar  consolidada, 
el  doctor  Grau  designóme  para  reemplazar  al  compañero  fallecido,  quien  por  cier¬ 
to  había  sustituido  a  su  vez  a  otro  médico  caído  también  en  el  cumplimiento  del 
deber. 

Acepté  dócilmente  el  nuevo  cargo,  aunque,  a  la  verdad,  hízome  poca  gracia 
entrar  en  fila  macabra  con  mis  desdichados  antecesores. 

La  enfermeria  de  San  Isidro  era  uno  de  los  varios  hospitales  de  campaña  ane¬ 
jos  a  la  trocha  militar  del  Este,  la  cual  comenzaba  en  Bagá,  pequeña  población  de 
la  amplia  bahía  de  Nuevitas.  Emplazada  en  terreno  bajo  y  pantanoso,  ofrecía,  si 
cabe,  mayor  insalubridad  que  Vista  Hermosa,  a  la  que  llevaba  solamente  la  ven¬ 
taja  de  superior  facilidad  en  comunicaciones  y  aprovisionamientos.  Porque  entre 
San  Isidro  y  San  Miguel  de  Nuevitas,  la  principal  ciudad  de  la  trocha,  no  lejos  de 
Bagá,  circulaba  diariamente  cierto  tren  militar  o  plataforma,  como  nosotros  lo 
llamábamos.  Para  proteger  el  hospital  de  campaña,  vasto  cobertizo  capaz  para 
300  enfermos,  alzábase  recio  fortín,  cuadrado,  destinado  a  la  guarnición.  Algunos 
pobres  bohíos,  habitados  por  lavanderas  y  obreros  negros,  completaban  el  exiguo 
poblado,  que  dependía  en  absoluto  de  San  Miguel,  para  los  suministros  de  víve¬ 
res  y  demás  operaciones  comerciales. 

Adversa  se  mostró  mi  suerte  al  regentar  el  nuevo  destino.  De  las  deficiencias 
higiénicas  de  San  Isidro  certificaban,  de  una  parte,  la  guarnición,  casi  siempre 
enferma  en  sus  dos  tercios,  y  de  otra,  el  hecho  singular  de  haber  sido  escogido 
dicho  paraje— vasta  sabana  cruzada  por  ciénagas— como  lugar  de  corrección  de 
oficiales  borrachos  y  calaveras.  Uno  o  dos  meses  de  destierro  en  San  Isidro  con¬ 
siderábase  recurso  heroico  capaz  de  domar  las  más  inveteradas  rebeldías.  Se  de¬ 
cía,  y  no  a  humo  de  pajas,  que,  acabada  la  suave  condena,  los  oficiales  levantis- 

(1)  Los  había  tan  largos  y  vivos  que  cobraban  tres  o  cuatro  veces  una  misma  paga  en  diversos 
comercios.  Pero  más  vale  no  hablar  de. ciertas  combinaciones  financieras...  Justo  es  recordar,  en  disculpa 
de  los  hóbífes,  que  el  desorden  de  la  administración  llegó  por  entonces  al  colmo,  justificando  en  cierto 
modo  incorrecciones  que  en  época  normal  habrían  parecido  intolerables  y  justificado  medidas  de  rigor. 

Para  que  se  forme  idea  de  cómo  se  extendía  la  corrupción  administrativa,  transcribipios  estas  pala¬ 
bras  del  informe  del  general  Jovellar  al  ministro  de  Ultramar  (13  de  enero  de  1874):  “La  inmoralidad 
en  todos  los  ramos  de  la  Administración,  sin  exceptuar  la  de  Justicia,  es  la  más  corrompida  del  mundo.. . 
Sería  necesario  separar  las  tres  cuartas  partes,  por  lo  menos,  de  los  magistrados,  jueces  y  empleados  de 
la  Administración  civil  y  militar  concusionarios." 

Y  si  hemos  de  creer  a  conocedores  de  las  causas  profundas  del  reciente  desastre  de  Annual  (19211, 
nuestro  desbarajuste  administrativo  sigue  igual.  Está  visto  que  no  aprendemos  nunca. 


KECUERDOS  DE  MI  VIDA 


139 


eos  gozaban  la  más  dulce  de  las  tranquilidades:  los  unos,  por  haber  muerto;  los 
otros,  por  yacer  impotentes  en  el  lecho  del  dolor... 

A  poco  de  mi  llegada,  pude  ya  comprobar  la  eficacia  de  aquel  lugar  de 
expiación.  Acababa  precisamente  de  fallecer  cierto  capitán  borracho  y  pendencie¬ 
ro,  y  se  preparaban  a  embarcar  en  la  plataforma  liberadora,  con  paso  débil  y  mi¬ 
rada  desfalleciente,  dos  oficiales  recién  cumplidos.  Para  reemplazarlos  llegaron,  a 
los  pocos  días,  cierto  capitán  dé  Administración  Militar  medio  loco,  pero  muy 
listo,  y  con  quien  por  cierto  mantuve  ruidosas  polémicas  filosóficas,  y  tres  oficia¬ 
les  de  diversas  Armas,  acusados  de  promover  escándalos  y  cometer  intolerables 
excesos  en  cafés  y  demás  centros  de  recreo.  Eran  gente  alegre  y  dicharachera. 
Oyendo  sus  proezas  se  pasaban  muy  buenos  ratos.  ¡Qué  de  novelescas  conquis¬ 
tas  amorosas!...  ¡Cuántos  ingeniosos  recursos  para  burlar  la  antipática  vigilancia 
de  maridos  y  papás!  ¡Qué  de  infalibles  ardides  contra  la  bolsa  de  los  usureros!... 

Lo  malo  fué  que  tan  amenas  pláticas  se  acabaron  pronto.  Una  o  dos  semanas 
después  casi  todos  aquellos  arrogantes  Lovelaces  cayeron  en  cama  con  calentu¬ 
ra.  Y  cuando  sonó  la  hora  de  la  ansiada  emancipación,  arrojáronse  del  lecho,  re¬ 
sueltos  a  no  permanecer  en  San  Isidro  ni  un  minuto  más.  Dos  de  ellos  fueron 
transportados  al  tren  en  camilla.  Recuerdo  que,  al  decirme  adiós,  miráronme  con 
esa  conmiseración  con  que  el  rescatado  de  Argel  debía  contemplar  al  cautivo  sin 
esperanza. 

Tal  fué  el  salubre  y  apacible  retiro  con  que  me  obsequió  el  doctor  Grau,  en 
cumplimiento  de  atribuciones  indiscutibles.  No  me  quejé  y  no  me  quejo  hoy.  Al 
fin  y  al  cabo,  alguno  había  de  cargar  con  el  mochuelo. 

No  estará  de  más  informar  brevemente  al  lector  de  la  significación  del  sistema 
defensivo  de  las  trochas  militares. 

Las  trochas  de  Cuba  eran  caminos  bordeados  por  fuerte  empalizada,  con  o  sin 
alambradas  de  refuerzo,  y  defendidos  cada  500  metros  por  blockaas,  donde  vigila¬ 
ban  pequeños  destacamentos  de  soldados.  Cada  1.000  o  más  metros  alzábase  un 
fortín  de  madera,  guarnecido  por  una  compañía  o  fracción  de  ella.  De  distancia 
en  distancia  alzábanse  algunos  poblados;  en  ellos  la  línea  militar  era  custodiada 
por  retenes  militares  de  cierta  importancia,  a  cuya  égida  'protectora  se  ampara¬ 
ban  enfermerías  y  almacenes. 

La  llamada  trocha  del  Este  o  del  Bagá,  aunque  no  terminada,  extendíase  de 
Norte  a  Sur  unos  52  kilómetros;  comprendía  tres  o  cuatro  hospitales  de  campaña, 
y  secuestraba,  en  una  inmovilidad  enervante,  varios  miles  de  soldados.  La  trocha 
de  Jácaro  a  Morón,  mucho  más- larga,  inmovilizaba  ocho  o  diez  mil,  que  había  que 
renovar  cada  tres  o  cuatro  meses.  Epocas  hubo  en  San  Isidro  durante  las  cuales 
las  tres  cuartas  partes  de  las  guarniciones  de  la  línea  militar  eran  baja,  atestando 
las  enfermerías,  por  donde  quedaban  blockaas  y  fortines  casi  abandonados  y 
merced  del  enemigo. 

En  teoría,  el  plan — un  tanto  pueril — parecía  bien  pergeñado.  Nuestros  técnicos 
militares  debieron  quizá  discurrir  así:  Afecta  la  gran  Antilla  figura  de  salchicha, 
con  dos  estrangulaciones  centrales,  divisoras  del  territorio  en  tres  principales  de¬ 
partamentos:  el  de  las  Villas  y  Occidental,  rico  y  floreciente,  y  cuya  tranquilidad 
importaba  mucho  asegurar;  el  Central  o  del  Camagüey,  donde  la  insurrección  tuvo 
siempre  tenaces  partidarios,  y,  en  fin,  el  Oriental  (Bayamo,  Holguía,  Santiago,  etc.), 
donde  la  rebelión  alcanzaba  todo  su  auge.  «Si  cortamos  la  isla  de  Norte  a  Sur  — 


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S..  RAMÓN  Y  CAJAL 


debieron  pensar  nuestros  consumados  estrategas— por  las  susodichas  escotadu¬ 
ras,  mediante  empalizadas  y  series  de  fortines,  quedarán  convertidas  aquellas  re¬ 
giones  en  perfectos  compartimentos  estancos.  Y  una  vez  acabadas,  las  trochas 
preservarán  del  contagio  revolucionario  al  próspero  departamento  de  las  Villas, 
fuente  de  valiosos  recursos;  de  esta  suerte,  un  ejército  relativamente  pequeño  po¬ 
día  limpiar,  sucesiva  y  metódicamente,  de  insurrectos  cada  compartimento  estan- 
co.>  Ni  por  pienso  se  preocuparon  aquellos  generales  de  la  insalubridad  del  terre¬ 
no  y  de  los  efectos  deprimentes  de  la  inacción. 

Los  repetidos  reveses  de  la  campaña  probaron  que  las  trochas  constituyeron 
gravísimo  error  higiénico  y  militar.  Acaso  la  de  Júcaro  a  Morón  orestó  al  princi¬ 
pio,  cuando  las  partidas  revolucionarias  alcanzaban  exiguos  contingentes  o  cons¬ 
taban  de  ,  soldados  poco  aguerridos,  servicios  positivos;  pero  ulteriormente,  los 
inconvenientes  superaron  con  mucho  a  los  harto  discutibles  beneficios.  Todo  el 
mundo  pudo  ver,  y  ello  consta  en  las  manifestaciones  del  general  Portillo  y  en  las 
representaciones  al  Gobierno  del  capitán  general  Concha,  que  aquellas  inexpugr 
nables  murallas  de  la  China  eran  tácticamente  ineficaces.  Atravesábanlas  impune¬ 
mente  los  insurrectos  (recuérdese,  entre  otros  cruces  célebres,  el  de  la  trocha  del 
Júcaro  realizado  por  Máximo  Gómez  en  Í874,  para  propagar  el  fuego  de  la  rebelión 
a  las  Villas);  inmovilizaban  sin  fruto  copioso  ejército  que  habría  sido  eficacísimo  ; 
en  operaciones  de  persecución  activa;  aumentaban  en  grado  indecible,  particular¬ 
mente  durante  la  época  de  las  lluvias,  las  bajas  por  enfermedad  (¡muchos  fortines 
se  alzaban  en  marismas  y  pantanos!...);  y,  en  fin,  consumieron  en  trabajos  de  ex¬ 
planación,  fortalezas,  construcción  de  estacadas,  entretenimiento  de  hospitales  y 
depósitos  de  víveres  y  medicamentos,  sumas  fabulosas.  Y  esto  precisamente 
cuando  los  apuros  económicos  de  la  metrópoli,  casi  huérfana  de  crédito  y  desan¬ 
grada  por  dos  tremendas  guerras'  peninsulares,  eran  aterradores. 

Cuando  más  tarde,  aleccionados  por  dolorosa  experiencia,  abandonamos  las 
trochas,  éstas  habían  causado  más  de  20.000  víctimas  (1). 

¡Asombra  e  indigna  reconocer  la  ofuscación  y  terquedad  de  nuestos  generales 
y  gobernantes,  y  la  increíble  insensibilidad  con  que  en  todas  épocas  se  ha  derro¬ 
chado  la  sangre  del  pueblo!  ¡Qué  pena  da  pensar  en  la  absoluta  irresponsabilidad 
de  que  gozaron  nuestros  ineptos  generales  y  nuestros  egoístas  ministros! 

Al  referir  aquellos  sucesos,  después  de  ocurrida  la  catástrofe  colonial,  es  difí¬ 
cil  resistir  a  la  tentación  de  indagar  las  causas  de  tantos  reveses  y  de  recordar  los 
grandes  desaciertos  de  nuestra  politica  ultramarina.  Es  triste  reconocer  que  la 
característica  de  los  estadistas  españoles  consistió  siempre  en  rechazar  obstina- 
mente  las  lecciones  de  la  historia.  Nuestros  políticos  vivieron  siempre  al  día,  aten¬ 
tos  al  conflicto  presente,  sin  preocuparse  lo  más  mínimo  del  porvenir.  Ni  las  trᬠ
gicas  lecciones  de  la  emancipación  de  América,  ni  dos  agotadoras  campañas  en 
Cuba,  ni  el  consejo  de  los  pocos  políticos  clarividentes  que  hemos  tenido,  como 
Aranda,  Prim  y  Pi  y  Margall,  hicieron  mella  en  el  cerril  egoísmo  de  nuestras  oli- 
garqiúas  turnantes. 

Con  una  falta  de  cordura  incomprensible  en  preclaros  talentos,  hombres  como 

(1)  De  las  estadísticas,  harto  incompletas,  publicadas  acerca  de  aquella  campana,  se  deduce  que  sólo 
por  enfermedad  murieron  cerca  de  58.000  soldados  y  oficiales.  Juntando  a  esta  cifra  la  de  16.000  a  que 
ascendiéronlos  soldados  devueltos  a  la  Península  por  inutilizados  en  campaña  (y  de  los  cuales  buena 
parte  sucumbió  en  sus  pueblos  o  en  los  hospitales  de  la  Península),  se  obtiene  la  suma  de  74  000  bajas 
por  enfermedad,  muertos  casi  todos.  Y  no  contamos  aquí  los  caídos  en  el  campo  de  batalla  ni  los  prisio¬ 
neros  y  extraviados,  que  se  cuentan  por  miles. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


141 


Gastelar  y  Cánovas  pensaban  que  Cuba — ^esa  Cuba  que  nos  aborrecía  y  cuya  in¬ 
dependencia,  deseada  por  América  entera,  era  inevitable — valia  la  pena  de  sacri¬ 
ficarle  España.  La  frase  efectista  del  célebre  estadista  conservador  «hasta  el  últi¬ 
mo  hombre  y  la  última  peseta^,  ha  pasado  a  la  historia  cual  testimonio  elocuente 
de  cómo  en  España  puede  llegarse  al  pináculo  del  Poder  sin  conocer  de  cerca  las 
causas  de  nuestras  discordias  (que  yo  sepa,  ningún  gobernante  español  de  enton¬ 
ces  visitó  Cuba  ni  América  del  Norte)  ni  poseer  la  prudencia  y  previsión  necesa¬ 
rias  para  salvaguardar  los  primordiales  intereses  del  país.  Harto  más  hábiles  fueron, 
en  conflictos  semejantes,  otras  naciones.  Recuérdese  a  Portugal  y  Holanda  conser¬ 
vando  sus  colonias,  no  obstante  las  codicias  de  naciones  poderosas.  ¡Cuánto 
desconsuela  reconocer  que  la  rectificación  a  tiempo  de  nuestras  normas  políticas 
■  en  orden  al  régimen  de  las  posesiones  de  Asia  y  América,  hubiera  mantenido  sin 
mermas  el  glorioso  patrimonio  de  nuestros  mayores!... 

Al  rectificar  nuestra  conducta,  nada  teníamos  que  inventar.  Bastaba  con  imi¬ 
tar  a  Inglaterra,  la  maestra  insuperable  en  las  artes  de  la  política,  siempre  atenta 
a  las  enseñanzas  de  la  realidad.  De  la  guerra  separatista  de  los  Estados  Unidos 
sacó  el  gran  principio  de  la  autonomía,  gracias  a  cuya  leal  y  generosa  aplicación 
cesó  el  movimiento  emancipador  de  sus  colonias,  que,  diversificadas  en  lo  políti- 
tico,  vemos  hoy  de  cada  vez  más  compenetradas  en  espíritu  y  sentimiento  con  la 
metrópoli  (1).  Mientras  tanto,  nuestra  evolución  política  en  punto  al  gobierno  co¬ 
lonial,  consistió  en  pasar  del  régimen  tutorial  al  régimen  asimilista.  Y  cuando, 
apremiados  por  las  circunstancias,  pensamos  en  dictar  reformas  para  Cuba,  sólo 
se  nos  ocurrió  planear  incoloro  simulacro  de  autonomía  administrativa  y  política, 
es  decir,  una  de  esas  medias  medidas,  exentas  de  generosidad  y  magnanimidad, 
por  igual  odiosa  a  criollos  y  peninsulares,  y  que  los  temperamentos  resueltos,  en 
su  odio  a  la  metrópoli,  rechazan  siempre  como  burlas  intolerables.  Sabido  es  que 
los  cubanos,  al  conocer  la  insignificancia  de  la  reforma  proyectada,  iniciaron  la 
rebelión. 

Si  al  menos,  al  terminar  la  primera  guerra  de  Cuba— que,  como  todas  las  con¬ 
tiendas  civiles,  acabó  en  pacto— hubiéramos  cumplido  lealmente  solemnes  compro¬ 
misos;  si  en  vez  de  llevar  a  las  Cortes  fórmulas  hábiles  hubieran  nuestros  Gobier¬ 
nos  convertido  en  ley,  como  ofreció  Martínez  Campos,  las  condiciones  de  la  paz 
del  Zanjón,  habríamos  quizás  evitado  la  segunda  guerra  separatista,  y  con  ella  el 
desastroso  choque  con  los  Estados  Unidos!  Caímos  porque  no  supimos  ser  ge¬ 
nerosos  ni  justos. 


Pero  con  estas  dolorosas  digresiones  pierdo  de  vista  el  asunto  y  falto  además 
a  formales  promesas.  Volvamos,  pues,  a  San  Isidro. 

Mi  labor  médica  en  San  Isidro  era  abrumadora,  pues  pasaban  de  300  los  en¬ 
fermos. 

Por  suerte,  la  patología  resultaba  poco  variada  y  difícil;  viruela  (que  hacía 
estragos  en  los  negros),  úlceras  crónicas,  disentería  y  paludismo. 

Pero  sf  el  servicio  profesional,  aunque  pesado,  no  ocasionaba  grandes  que¬ 
braderos  de  cabeza,  en  cambio  los  daba  y  grandes  el  saneamiento  administrativo 

(1)  Mientras  escribíamos  estas  líneas,  en  1916,  el  Canadá,  la  India,  la  Australia,  el  Africa  del  Sur,  et¬ 
cétera,  sentían  como  suya  la  guerra  entre  Inglaterra  y  Alemania,  y,  alardeando  de  un  admirable  patrio¬ 
tismo  de  raza,  enviaban  contingentes  militares  al  teatro  de  la  lucha.  ¡He  aquí  el  fruto  de  la  generosidad 
política, que  no  es,  en  suma,  sino  altísima  y  clarividente  habilidad!...  (Nota  de  la  2.®  edición.) 


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S.  RA.MÓN  Y  CAJAL 


del  hospital.  En  San  Isidro  (1)  buena  parte  de  los  empleados  estafaban  al  Estado, 
desde  el  jefe  de  la  guarnición  hasta  los  practicantes  y  cocineros.  Conforme  era  de 
presumir,  el  Quijote  que  yo  llevaba  en  el  cuerpo  se  me  alborotó  al  tener  noticia 
de  tan  innobles  abusos,  y  me  lancé  resuelto  a  la  pelea,  precisamente  cuando  mi 
salud  volvió  a  quebrantarse  seriamente. 

He  aqui  la  técnica  empleada  por  los  defraudadores  para  vivir  parásitamente  a 
expensas  de  la  administración; 

En  dos  o  tres  ocasiones  habianseme  quejado  los  enfermos  sujetos  a  ración  de 
gallina  de  la  insipidez  y  aspecto  estropajoso  de  las  raciones  servidas.  Extrañado 
de  la  queja,  me  propuse  averiguar  a  todo  trance  por  qué  las  aves  de  corral  habian 
perdido  de  pronto  su  exquisito]  sabor.  El  azar  llevóme  cierto  día  a  pasear  por  los 
alrededores  del  poblado,  donde  sorprendí  un  bien  repuesto  gallinero,  perteneciente 
al  cocinero  del  hospital.  Este  encuentro  fué  para  mí  un  rayo  de  luz.  Y  enlazando 
los  hechos  y  olfateando  las  pistas,  vine  a  resolver  al  fin  el  problema,  amén  de  ave¬ 
riguar  otros  muchos  abusos  cometidos,  con  la  complicidad  del  cocinero  y  practi¬ 
cantes,  a  beneficio  del  jefe  y  oficiales  de  la  guarnición. 

El  escamoteo  de  las  gallinas  verificábase  de  dos  maneras:  1.^  De  acuerdo  con 
el  cocinero,  recibían  los  enfermos  como  buenas  raciones  de  gallina  trozos  de  ésta 
de  que  se  había  extraído  previamente  el  caldo,  y  despojados,  por  tanto,  de  subs¬ 
tancia.  2.^  Los  practicantes  cargaban  en  la  libreta  de  prescripciones  y  régimen, 
firmada  diariamente  por  raí,  cierto  número  suplementario  de  raciones.  Merced  a 
tan  burda  invención,  practicantes  y  oficiales  comían  pollo  a  todo  pasto  y  aun 
quedaba  algo  para  poblar  el  corral  del  cocinero,  un  negrazo  tan  bellaco  como  in¬ 
solente. 

La  confrontación,  hecha  de  memoria  para  no  inspirar  recelos,  de  las  libretas  del 
régimen,  antes  y  después  de  ser  enviadas  a  San  Miguel  por  el  practicante,  co¬ 
rroboró  la  realidad  del  abuso  y  me  reveló  además  que,  apelando  al  socorrido  pro¬ 
cedimiento  de  las  adiciones,  casi  toda  la  carne,  huevos,  jerez  y  cerveza  consumi¬ 
dos  por  los  oficiales  y  practicantes  salía  del  presupuesto  del  hospital. 

Al  encararme,  indignado,  con  el  cocinero  y  practicantes,  autores  materiales  de 
la  defraudación,  se  desarrolló  la  escena  consiguiente,  que  ellos  afrontaron  con 
sorprendente  cinismo,  como  quien  tiene  bien  guardadas  las  espaldas.  Ante  mis  in¬ 
terrogaciones  apremiantes,  declararon  que  el  chanchullo,  si  así  podía  llamarse  tan 
venial  irregularidad,  constituía  régimen  consuetudinario  de  la  enfermería;  que, 
gracias  a  su  prudente  tolerancia,  consiguió  mi  antecesor  vivir  en  paz  con  los  ofi¬ 
ciales,  amén  de  economizar  casi  enteramente  su  sueldo;  y,  en  fin,  que  yo  debía 
dejarme  de  chismes  y  tonterías  y  allanarme  a  las  clásicas  prácticas  administrati¬ 
vas.  ¡Y  esto  sucedía  cuando  yo,  atacado  nuevamente  de  paludismo,  para  no  acu¬ 
dir  a  la  cocina  del  hospital,  gastaba  parsimoniosamente  mis  últimos  centavos  y 
entablaba  tratos  con  cierto  almacenista  de  San  Miguel  para  pignorar  una  paga 
atrasada! 

Todavía  si  la  mencionada  distracción  hubiera  obedecido  a  la  necesidad,  ha¬ 
bría  acallado  mis  escrúpulos;  mas  constábame,  al  contrario,  que  jefes  y  oficíales 
cobraban  puntualmente  sus  haberes.  En  cuanto  al  cocinero  y  practicantes,  hacían 
con  lo  defraudado  tráfico  vituperable. 

■De  este  modo  resultó  inevitable  el  choque  con  el  comandante.  En  conferencia 

(1)  Tengo  motivos  para  pensar  que  ocurría  lo  mismo  en  otros  muchos  hospitales,  y  que  a  ello  no  se 
daba  ninguna  imporiancia. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


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reservada  censuré  su  proceder  incorrecto;  le  expresé  que  era  para  mí  caso  de  con¬ 
ciencia  evitar  tales  irregularidades,  ya  que  pesaba  sobre  raí  la  responsabilidad 
administrativa  dél  hospital;  añadí,  en  fin,  que  estaba  dispuesto  a  corregir  radical¬ 
mente  los  abusos. 

Mi  interlocutor  se  enojó  rpucho,  reprochándome  y  hasta  burlándose  de  lo  que  él 
llamaba  chinchorrerías;  pero  no  echó  las  cosas  a  barato.  Acaso  me  creyera  inca¬ 
paz  de  poner  orden  en  la  administración  del  hospital.  Sin  embargo,  cuando  días 
después  se  encontraron  jefes  y  oficiales  sin  víveres  de  guagua  y  advirtieron  que 
las  libretas  de  pedidos  para  la  enfermería  se  comprobaban  a  diario,  reaccionaron 
vivamente.  Comenzó  entonces  contra  mí  una  guerra  de  alfilerazos  y  de  pequeñas 
insidias;  se  me  condenó  al  aislamiento;  se  hizo  lo  posible,  en  suma,  para  agotar 
las  fuerzas  morales  de  un  enfermo...  Excusado  es  decir  que  cocinero  y  practican¬ 
tes  veían,  no  sin  alegría,  cómo  la  enfermedad  minaba  rápidamente  mi  organismo. 
Otra  persona  más  cavilosa  que  yo  habría  temido  un  envenenamiento.  Afortuna¬ 
damente,  conservaba  incurable  optimismo. 

Entre  las  impertinencias  con  que  el  comandante  trató  de  molestarme,  hubo  una 
que  estuvo  a  punto  de  provocar  grave  cuestión  personal.  En  las  noches  de 
alarma  (no  raras  en  San  Isidro),  el  comandante  pretendía  encerrar  dos  caballos 
suyos  en  el  hospital,  al  lado  de  los  enfermos,  a  fin  de  protegerlos  contra  los  me¬ 
rodeadores;  en  justificación  del  capricho  alegaba  que  no  cabían  en  ei  fortín  de  su 
residencia  y  que  la  enfermería  era  el  sitio  más  seguro  para  guardarlos.  Yó  me 
opuse  en  varías  ocasiones  a  tan  antihigiénica  pretensión,  varias  veces  renovada, 
y  el  jefe,  aunque  refunfuñándo,  acababa  por  desistir.  Perdida  ahora  la  cordialidad, 
pensó,  sin  duda,  que  no  debía  respetar  mis  escrúpulos.  Y  cierta  noche,  en  que  yo 
me  hallaba  acostado  con  fiebre  alta,  oí  que  traían  los  caballos  a  la  sala,  percibién¬ 
dose  olor  de  cuadra  insoportable.  Vestime  de  prisa  y  salí  casi  tambaleándome  al 
encuentro  de  los  palafreneros,  a  quienes  rechacé  a  empellones,  obligándoles  a  re¬ 
tirar  el  ganado.  Noticioso  entretanto  el  jefe  de  lo  ocurrido,  vino  furioso  hacia  mí, 
exciamando  con  voz  alterada  por  la  cólera: 

—¿Quién  es  usted  para  desobedecerme?  ¡Aquí  represento  la  suprema  autori¬ 
dad  y  usted  tiene  el  deber  de  acatar  ciegamente  mis  órdenes!... 

—Dispense  usted — repliqué—;  dentro  de  este  recinto  no  hay  más  autoridad 
que  la  mía.  Pesa  sobre  mí  la  responsabilidad  del  tratamiento  y  cuidado  de  .los  en¬ 
fermos,  y,  en  conciencia,  no  puedo  consentir  que  por  capricho  de  usted  se  con¬ 
vierta  la  sala  en  cuadra  inmunda... 

Ciego  por  la  ira,  y  sin  reparar  en  que  estaba  delante  de  un  enfermo,  se  aba  -  ‘ 
lanzó  en  ademán  de  agredirme.  Yo  me  puse  a  la  defensiva,  dispuesto  a  devolver 
golpe  por  golpe.  La  fiebre  abrasaba  mi  cabeza,  y  hubo  un  momento  en  que  todo  lo 
vi  rojo.  Afortunadamente,  los  oficiales,  harto  más  discretos  que  el  comandante, 
comprendieron  lo  absurdo  de  la  situación  y  nos  separaron  y  apaciguaron. 

Conforme  era  de  esperar,  el  jefe  me  instruyó  sumaria  por  insubordinación  y 
amenazas  a  la  autoridad.  Comenzaron,  pues,  las  actuaciones.  Los  folios  crecían 
como  espuma.  Mi  superior  jerárquico  propaló  la  especie  de  que  no  había  de  parar 
hasta  mandarme  a  presidio.  Para  hacer  buenas  sus  amenazas,  confiaba  mucho  en 
cierto  tío  suyo,  el  brigadier  X,  habitante  a  la  sazón  en  Santiago  y  personaje  muy 
influyente  en  la  Capitanía  general.  Mas  al  fin  ocurrió  lo  que  era  de  esperar.  En 
cuanto,  por  mis  declaraciones  y  denuncias,  conocieron  las  autoridades  de  Puerto 
Príncipe  las  escandalosas  filtraciones  y  los  abusos  de  autoridad  consentidos  o  co¬ 
metidos  por  el  jefe  militar  de  San  Isidro,  todos,  incluso  el  famoso  general  de  quien 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


tanto  fiaba  su  sobrino,  apresuráronse  a  echar  tierra  al  asunto.  De  mi  proceso 
pues,  nadie  volvio  a  acordarse.  Y  un  oportuno  relevo  del  comandante,  fundado  en’ 
motivos  de  salud-alli  todos  estábamos  más  o  menos  enfermos-,  restableció  de 
fimtivamente  la  paz  en  San  Isidro.  icbiaoiecio  de- 

De  todos  modos,  yo  sali  con  mi  empeño  de  purificar,  en  lo  posible  la  admini<; 

y  hasta  proceres  politices  siguen  entregados  al  saqueo  del  Estado^  v’es  qL  para 
muchos  españoles  el  Estado  es  pura  entelequia,  vacuo  ente  de  razón  Ltafarle 

equivale  a  no  estafar  a  nadie.  ¡Singular  paradoja,  creer  que  no  se  roba  a“ 
cuando  se  roba  a  todos!...  Perdido  el  sentimiento  religioso,  que  antaño  contuvo 

substituirlo  con  el  patriotismo  la 

religión  fuerte  y  moralizadora  de  las  naciones  poderosas.  ’ 


CAPITULO  XXIV 


MIS  DISTRACCIONES  EN  SAN  ISIDRO— LA  DANZA  DE  NEGROS  Y  EL  ARPA  DEL  SABOYA- 
NO.— SE  AGRAVA  MI  ENFERMEDAD  Y  SE  DENEGA  MI  SOLICITUD  DE  ABANDONAR 
TEMPORALMENTE  LA  TROCHA— PIDO  MI  LICENCIA  ABSOLUTA.— GRACIAS  A  LA 
SUPRESIÓN  DE  LA  TROCHA  LOGRO  ABANDONAR  MI  DESTINO.— UN  MES  EN  EL  HOS¬ 
PITAL  DE  SAN  MIGUEL 


La  temporada  transcurrida  en  San  Isidro  aparéceseme  hoy  borrosa  y  gris 
como  mirada  al  través  de  espesa  niebla.  Mi  situación  era  por  cada  día  más 
lastimosa.  La  mayoría  de  mis  horas  consumíanse  en  el  lecho,  sin  más  con¬ 
suelo  y  asistencia— varaos  al  decir— que  los  prodigados  por  un  practicante  (el  de 
los  chanchullos)  que  me  detestaba  cordialmente.  No  obstante  la  quinina,  el  tanino 
y  opio  (para  la  disentería),  mis  alivios  eran  fugaces,  episódicos;  la  ansiada  mejoría 
parecía  alejarse  indefinidamente,  burlando  mis  esperanzas.  Por  primera  vez  co¬ 
mencé  a  dudar  de  los  recursos  defensivos  de  mi  organismo.  En  las  horas  melancó¬ 
licas  en  que,  arrastrándome  del  lecho,  podía  respirar  el  aire  libre  y  presenciar  el 
ajetreo  de  las  gentes,  ¡con  cuánta  envidia  miraba  la  robusta  salud  de  los  negros, 
los  inconscientes  obreros  de  la  Trocha!...  A  ratos,  aquella  ola  de  vida  y  alegría  des¬ 
bordantes  parecíame ‘algo  así  como  una  insolencia. 

Aquellos  africanos  traídos  a  Cuba  por  buques  negreros,  nos  daban  lección  de 
paciencia  y  resignación.  Lejos  de  sentir  nostalgia  por  la  patria  lejana,  celebraban 
regocijada  y  ruidosamente  sus  fiestas,  entregándose  a  zambras  alegres  y  cánticos 
salvajes.  Verdad  es  que  el  negro  es  casi  inmune  a  la  malaria. 

Era  la  danza  de,  las  negradas  espectáculo  singular  y  atrayente.  Mientras  ciertas 
parejas,  medio  desnudas,  bailaban  incesantemente  bajo  un  sol  de  fuego,  otros 
morenos  cimarrones  marcaban  el  compás,  golpeando  sobre  largos  tambores  labra¬ 
dos  en  troncos  de  árbol.  De  vez  en  cuando,  una  voz  chillona  y  selvática  entonaba 
sencillo  estribillo,  traducción  acaso  de  algún  viejo  canto  aprendido  en  los  bosques 
africanos.  Por  su  repetición,  grabóse  indeleblemente  en  mi  memoria  el  siguiente: 

«Yo  fui  quien  maté  el  caimán. 

Caimán... 

Caimán... 

Yo  fui  quien  maté  el  caimán». 

Y  así  sucesivamente  durante  ocho  o  diez  horas.  Un  coro  de  gritos  salvajes  sa¬ 
ludaba  al  cantante  al  terminar  cada  estrofa. 

Aquellos  danzantes  africanos  poseían  músculos  de  acero.  El  sudor  corría  a  rau¬ 
dales  por  su  piel  de  ébano  y  el  sol  arrancaba  a  sus  relieves  musculares  reflejos 

10 


146 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


metálicos.  Lejos  de  amansar  su  fogosidad,  tan  formidable  ajetreo  parecía  estimu¬ 
larlos.  En  algunas  parejas,  el  crescendo  de  piruetas,  cotítorsiones  y  gestos  eróticos 
llegaba  al  frenesí.  De  seguro  que  ningún  europeo  habría  resistido  la  mitad  de  aquel 
violentísimo  ejercicio. 

Entre  nuestras  distracciones  de  San  Isidro  figuraban  'también  conciertos  de 
arpa.  Mas  esto  exige  volver  atrás,  consignando  un  antecedente. 

Por  aquella  época,  la  Isla  de  Cuba  era  sima  aterradora  de  soldados.  Y  como  la 
recluta  voluntaria  para  Ultramar  resultaba  de  cada  vez  más  deficiente,  apelaron  los 
banderines  de  enganche  de  la  Península  a  todo  linaje  de  ardides,  aun  los  más  re¬ 
pulsivos  y  vituperables.  A  tal  propósito,  agentes  reclutadores  sin  escrúpulos  fre¬ 
cuentaban  garitos  y  tabernas,  y  comprometían,  previa  la  correspondiente  embria¬ 
guez,  no  sólo  a  todos  los  vagos  y  viciosos,  sino  a  cuantos  extranjeros  jóvenes  caían 
en  sus  redes.  Así  fueron  a  Cuba  algunos  saboyanos,  infelices  artistas,  que  por  la 
citada  época  recorrían  España  cantando,  al  son  del  arpa,  el  himno  de  Garibaldi. 

Uno  de  estos  desventurados  italianos  dió  con  sus  huesos  en  la  enfermería  de 
San  Isidro.  Padecía  de  hepatitis  e  hidropesía,  y  en  su  rostro  ictérico  mostraba, 
además,  el  indeleble  sello  del  paludismo  crónico.  Ignoro  cómo,  durante  su  azaro¬ 
sa  peregrinación  al  través  de  la  Isla,  había  logrado  conservar  el  precioso  instru¬ 
mento  musical,  junto  al  cual  solía  dormir  en  la  enfermería,  receloso  de  que  se  lo 
arrebataran.  Este  soldado  músico  era  mozo  servicial  y  afable,  y  cuando  le  dejaba 
la  fiebre,  nos  obsequiaba  con  conciertos  al  aire  libre.  Al  complacernos,  además 
de  nuestra  gratitud,  granjeaba  algunos  pesos  que  economizaba  para  la  ansiada 
repatriación. 

Aún  parece  que  le  veo  a  la  luz  de  la  luna,  amarilla  la  faz,  abatida  y  triste  la 
mirada,  con  el  vientre  hidrópico,  rasgo  morboso  que  le  daba  aspecto  trágicamente 
grotesco.  Puesto  en  el  centro  del  corro,  y  apoyando  su  cuerpo  en  el  tronco  de  un 
árbol,  lanzaba  al  aire  con  afinación  y  sentimiento,  que  nuestra  hambre  musical 
convertía  en  sublimes,  romanzas  de  Rossini  y  Donizetti,  canciones  napolitanas  y 
aires  saboyanos  impregnados  de  suave  melancolía. 

Dejo  apuntado  más  atrás  que  mi  dolencia  tendía  a  empeorar.  En  los  seis  o 
siete  meses  pasados  en  San  Isidro  gocé  solamente  fugacísimos  alivios.  El  hígado 
y  el  bazo  mostraban  tumefacción  alarmante,  y  la  temible  hidropesía  se  iniciaba. 
En  vano  suplicaba  a  mi  jefe  técnico  el  doctor  Grau  una  licencia  temporal.  «Carez¬ 
co  de  personal,  contestaba  siempre.  Resista  usted  cuanto  pueda;  en  cuanto  dis¬ 
ponga  de  médicos  de  refresco,  haré  un  esfuerzo  por  reemplazarle.» 

Mis  esperanzas  empezaban  a  nublarse  ante  aquella  resistencia  pasiva  que  te¬ 
nía  todo  el  aspecto  de  abandono  despiadado.  Y  acabé  por  pensar  que  para  salvar¬ 
me  era  de  todo  punto  preciso  sustraerme  lo  antes  posible  a  los  efectos  de  aquella 
atmósfera  deletérea. 

Pero  ¿cómo?...  En  mi  situación  desesperada,  sólo  percibí  un  remedio:  pedir  la 
licencia  absoluta  por  enfermo,  es  decir,  renunciar  a  la  carrera  militar  y  reinte¬ 
grarme  a  la  Península.  Elevé,  pues,  una  instancia  al  Capitán  general,  por  conduc¬ 
to  de  las  autoridades  sanitarias  de  Puerto  Príncipe;  y  cuando  esperaba  ansiosa¬ 
mente  el  resultado,  informóme  un  amigo  de  que  en  la  capital  del  Camagüey  se  ne¬ 
gaban  a  tramitar  la  solicitud.  Mi  inhumano  jefe  el  doctor  Grau  creyó,  sin  duda, 
que  mi  decaído  organismo  podría  tirar  unos  meses  más... 

Debo  la  vida  a  cierto  caballeroso  brigadier,  de  cuyo  nombre,  ¡oh  inconsciente 
ingratitud!,  no  puedo  hacer  memoria.  Dejo  expuesto  ya  que  las  trochas  como  re¬ 
curso  defensivo  habían  caído  en  descrédito,  aunque  nadie  quería  cargar  con  la  res- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


147 


ponsabilidad  de  suprimirlas.  Por  iniciativa  del  Capitán  general,  efectuóse  al  fin  una 
jira  de  inspección  a  diehas  líneas  militares.  Y  el  citado  brigadier,  a  quien  tocó  visi¬ 
tar  la  del  Bagá  o  del  Este,  donde  yo  me  encontraba,  impresionóse  tan  vivamente  al 
reconocer  el  mal  estado  de  los  soldados  y  la  muchedumbre  de  enfermos  definitiva¬ 
mente  inutilizados  para  la  campaña,  que  ordenó  desmontar  inmediatamente  los 
fortines  y  retirar  las  guarniciones.  Compadecido  de  mi  estado,  y  noticioso  de  que 
mi  solicitud  de  licencia  habíase  atascado,  quizás  intencionadamente,  en  la  capital 
del  distrito,  tomó  sobre  sí  el  encargo  de  cursarla  personalmente,  prometí éndomCj 
además,  acelerar  todo  lo  posible  la  resolución  del  Capitán  general. 

Disuelta  la  trocha  del  Bagá,  fueron  los  enfermos  concentrados  en  diversos  hos¬ 
pitales,  singularmente  en  el  de  San  Miguel,  adonde  fui  yo  a  parar,  esta  vez  no 
como  médico  director,  sino  como  uno  de  tantos  casos  clínicos. 

Allí,  en  un  destartalado  pabellón  destinado  a  los  oficiales  enfermos,  pude  una 
vez  más  comprobar  la  irremediable  ineficacia  de  la  caridad  oficial.  Aun  en  los  es¬ 
tablecimientos  benéficos  mejor  organizados,  el  doliente  siéntese  a  menudo  algo  , 
abandonado;  fáltale  siempre  esa  tierna  y  vigilante  solicitud  de  que  sólo  la  madre 
o  la  esposa  poseen  el  secreto.  Claro  es  que  no  faltaban  hermanas  de  la  caridad 
ni  enfermeros;  masa  causa  del  hábito,  estas  personas  beneméritas  ad  uieren 
pronto,  ante  el  dolor  ajeno,  desconsoladora  insensibilidad.  Además,  el  paciente 
ansia  privilegios;  quisiera  ser  foco  de  la  general  preocupación;  hallar,  en  fin^ 
impresionabilidades  y  afectos  vírgenes,  no  embotados  aún  por  la  diaria  batalla 
contra  el  dolor.  Pero  ello  es  casi  imposible,  como  lo  es  también  que  las  angustio¬ 
sas  peripecias  de  la  enfermedad  se  ajusten  a  los  horarios  administrativos. 

Por  mi  parte,  acostumbrado  a  ser  bastante  mal  atendido  en  San  Isidro,  sopor¬ 
taba  con  relativa  resignación  mi  soledad  sentimental.  No  así  mis  vecinos  inmedia¬ 
tos,  entre  ellos  cierto  teniente  coronel,  de  carácter  violento,  el  cual  juraba  y  se 
exasperaba  cuando  las  hijas  de  la  caridad  no  acudían  inmediatamente  a  sus  congo¬ 
josos  llamamientos.  En  su  irritación,  dicho  jefe— enfermo  de  tuberculosis  grave  y 
de  otras  cosas— dió  en  la  manía  de  llamar  a  tiros  de  revólver...  Por  cierto  que  al  oir 
la  primera  vez  el  estampido,  creimos  todos  que  se  había  suicidado  o  que  había 
herido  a  algún  enfermero  demasiado  olvidadizo  o  gandul.  Yo  procuraba  calmarle 
y,  en  la  medida  de  mis  posibilidades  físicas,  acudía  a  su  lecho  para  apagar  su  sed 
devoradora  y  administrarle  medicinas. 

Transcurridas  algunas  semanas,  mejoré  lo  bastante  para  abandonar  el  Hospi¬ 
tal  y  trasladarme  a  Puerto  Príncipe.  Gracias  a  mi  brigadier  bienhechor,  la  nueva 
instancia  había  surtido  efecto.  Mas  para  obtener  la  licencia  absoluta,  a  título  de 
inutilizado  en  campaña,  era  requisito  inexcusable  sufrir  reconocimiento  facultati¬ 
vo.  Efectuóse,  pues,  en  Puerto  Príncipe,  dando  por  resultado  el  diagnóstico  de 
caquexia  palúdica  grave,  incompatible  con  todo  servicio. 

Cumplida  tal  formalidad,  y  noticioso  de  que  el  Capitán  general  accedía  al  ade¬ 
lanto  de  la  licencia  (1),  tomé  la  vuelta  de  la  Habana,  donde  debía  cobrar  mis  atra¬ 
sos,  obtener  el  pasaporte  y  esperar  el  vapor. 

Como  inutilizado  en  campaña  tenía  derecho  a  pasaje  gratuito.  Pero  mis  apuros 
económicos  eran  grandes.  Se  me  debían  ocho  o  nueve  pagas.  A  causa  de  la  orgía 
administrativa  reinante,  corría  riesgo  de  pasar  en  la  Habana  rm  par  de  meses, 

(1)  La  orden  de  anticipo  de  la  Ucencia  absoluta  se  expidió  con  fecha  de  15  de  mayo  de  1875.  El  pa¬ 
saporte  es  de  21  de  mayo  de  1875;  en-  él  se  hace  constar  que.  hallándome  enfermo,  mi  traslado  a  la 
Península  corre  a  cargo  de  la  Administración  militar. 


148 


S.'  RAMÓN  Y  CAJAL 


ocupado  en  la  liquidación  de  mis  haberes,  cuando  precisamente  mi'éstado  exigía 
la  más  rápida  repatriación. 

A  fin  de  prevenir  tan  grave  contratiempo,  un  mes  antes  tuve  la  previsión  de 
escribir  a  mi  padre.  En  la  carta  pintábale  sinceramente  mi  aflictiva  situación  y  le 
rogaba  el  envío  de  dinero.  Llegada  la  letra,  y  ya  más  tranquilo,  consagróme  a  ges¬ 
tionar  del  Habilitado  el  cobro  de  mis  atrasos.  Al  pronto  rehusó  pagarme,  a  pretex¬ 
to  de  que  la  consignación  del  último  trimestre  no  había  sido  hecha  efectiva;  pero, 
a  fuerza  de  súplicas  y  porfías,  conseguí  liquidar  mis  haberes,  no  sin  dejar  en  las 
garras  del  aprovechado  funcionario  un  40  y  hasta  un  50  por  100  del  importe  de 
aquéllos.  Así  y  todo  junté,  sin  contar  con  el  dinero  de  mi  padre,  cerca  de  600  pesos, 
con  que  enjugué  pequeñas  deudas^  adquirí  lo  necesario  para  el  regreso.  ¡Oh  nues¬ 
tros  inveterados  abusos  administrativos  y  cuán  caros  los  ha  pagado  la  pobre  Es¬ 
paña,  siempre  esquilmada,  siempre  sangrante  y  siempre  perdonando  y  olvidando!... 


CAPITULO  XXV 


ME  TRASLADO  A  LA  HABANA,  DONDE  RECAIGO  DE  MI  DOLENCIA,— MI  REGRESO  EN  EL 
VAPOR  «ESPAÑA».— CADÁVERES  DE  SOLDADOS  ARROJADOS  AL  MAR.  -TAHURES 
TRASATLÁNTICOS.— EL  AMOR  Y  EL  PALUDISMO.— VUELTA  AL  ESTUDIO  DE  LA 
ANATOMÍA 


Días  antes  de  zarpar  el  vapor,  y  cuando  obraban  en  mi  poder  el  pasaporte 
y  el  billete  para  el  viaje,  sufrí  un  ataque  de  disentería  aguda.  ¡El  nau¬ 
fragio  a  la  vista  del  puerto!...  ¡Qué  angustias  devoré  al  verme  nuevamen¬ 
te  postrado  en  el  lechOj  sin  amigos  que  me  atendieran  y  precisamente  en  el  an¬ 
siado  momento  de  la  liberación! 

Por  fin,  la  Providencia  apiadóse  de  mí.  Y  aprovechando,  impaciente,  cierta  dé-^., 
bil  mejoría,  embarquéme  precipitadamente  en  el  vapor  España,  que  zarpaba 
con  rumbo  a  Santander.  Conmigo  abandonaron  la  isla  también  muchos  soldados 
inutilizados  en  campaña.  Los  desventurádos  estaban  enfermos  como  yo;  pero, 
menos  atendidos,  viajaban  en  tercera,  hacinados  en  montón  y  sometidos  a  régi¬ 
men  alimenticio  insuficiente  o  poco  reparador.  Yo  me  complacía  en  cuidarlos, 
procurándoles  medicamentos  y  alentando  sus  esperanzas.  Algunos  de  aquellos 
infelices  fallecieron  durante  la  travesía.  ¡Qué  desgarrador  espectáculo  contemplar 
a  la  alborada  el  lanzamiento  de  los  cadáveres  al  mar!...  En  cambio,  otros  enfermos 
más  afortunados  mejoraban  a  ojos  vistas.  Al  alivio  cooperaban  la  pureza  del  aire 
y  la  ausencia  de  nuevas  infecciones;  pero  obraban  con  superior  eficacia  estos  dos 
supremos  tónicos  espirituales:  la  esperanza  de  ver  pronto  el  patrio  terruño  y  la 
alegría  de  incorporarse  al  seno  del  hogar. 

Yo  fui  uno  de  los  rápidamente  aliviados  por  el  ambiente  puro  del  mar.  A  mi 
arribo  a  Santander  era  otro  hombre:  comía  con  apetito,  estaba  sin  fiebre  y  podía 
corretear  por  la  ciudad  montañesa.  ¡Me  habia  salvado!...  Quedábame  sólo  cierta 
demacración  alarmante  y  la  palidez  pajiza  de  la  anemia. 

Después  de  pintar  un  cuadro  de  tristeza  desgarradora,  bien  será  dar  una  nota 
amena.  Fué  siempre  nuestro  país  el  fecundo  solar  del  hampa  y  de  la  picaresca. 
Quevedo  podría  escribir  hoy,  si  resucitara,  sus  más  graciosas  jácaras.  En  esto  no 
hemos  degenerado  todavía.  El  lector  adivinará  fácilmente  que  en  un  trasatlán¬ 
tico  español,  donde  se  dan  cita  todas  las  clases  sociales,  no  podían  faltar,  además 
de  hembras  de  vida  alegre  y  ejemplares  típicos  de  pet^distas  de  oficio  y  emplea¬ 
dos  concusionarios,  algunos  genuinos  representantes  de  aquella  castiza  fullería 
tan  perfectamente  retratada  por  nuestros  escritores  del  siglo  de  oro.  Tocóme  pre¬ 
cisamente  ser  compañero  de  camarote  de  uno  de  estos  jugadores  de  ventaja,  el 
cual  no  tenía  más  ocupación  ni  granjeria  que  ir  y  venir  continuamente  de  España 


150 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


a  Cuba,  a  fin  de  limpiar,  en  unión  de  otros  compinches  y  con  los  mejores  modos 
posibles,  la  bolsa  de  los  /nd/anos. opulentos,  de  los  comerciantes  con  abonáis  y  de 
los  jefes  y  generales  con  suculenta  pacotilla. 

Nuestro  elegante  tahúr  viajaba  siempre  en  primera,  lucía  en  sus  dedos  enor¬ 
mes  solitarios,  colgaba  el  reloj  de  aparatosa  leontina  y  vestía  con  esa  fastuosidad 
presuntuosa  y  cursi  característica  del  plebeyo  enriquecido.  Desde  el  primer  día 
fingió  compadecerse  de  mi  desgracia;  y  deseando  protegerme  y  proporcionarme 
distracciones  adecuadas  a  mi  estado,  invitóme  amablemente  a  una  partida  de 
banca,  en  la  cual,  gracias  a  las  habilidades  de  mi  generoso  protector,  debía  yo 
ganar  infaliblemente. 

—Yo  no  tallo  nunca— decíame  alardeando  modestia—;  limitóme  no  más  a 
apuntar  a  una  carta  pequeñas  cantidades.  Sólo  cuando  a  las  cuatro  o  cinco  ma¬ 
nos  conozco,  por  las  señales  del  dorso,  unos  cuantos  naipes— y  éste  es  mi  secre¬ 
to—,  hago  puestas  de  importancia,  ganando  siempre. 

Y,  como  yo  moviera  la  cabeza  en  señal  de  incredulidad,  añadió; 

— ¡No  sea  usted  criatura!...  En  cuanto  me  vea  usted  cargar  de  firme  a  una  car¬ 
ta,  acompáñeme  con  todo  lo  que  tenga.  De  seguro  que  en  una  sesión  se  gana  us¬ 
ted  tres  o  cuatro  mil  pesos. 

Excusado  es  decir  que  mi  ladino  consejero  perdía  lastimosamente  el  tiempo^ 
Aparte  el  recelo  que  siempre  he  sentido  hacia  las  personas  deseosas  de  proteger¬ 
me,  sin  saber  a  punto  fijo  si  merezco  su  protección,  jamás  he  tenido  la  supersti¬ 
ción  de  la  suerte.  Ni  sentí  nunca  eso  que  Virgilio  calificaba  con  la  tan  sobada  ex¬ 
presión:  auri  sacra  fames.  En  mi  sentir,  los  negocios  de  la  vida  marchan  y  se  des¬ 
enlazan  con  arreglo  a  una  lógica  inexorable  y  absolutamente  limpia  de  toda  in¬ 
fluencia  mística. 

Pensaba,  y  pienso  además,  que  sólo  existe  una  fuente  racional  y  segura  de 
prosperidad  económica:  el  trabajo  intenso,  fecundado  por  la  cultura  intelectual. 
Lejos  de  compadecer  al  perdidoso  en  el  juego,  le  considero  como  estafador  frus¬ 
trado,  o  cual  gandul  codicioso.  Su  honradez  acaba  casi  siempre  al  perder  el  último 
centavo. 

Pronto  me  felicité  de  mi  desconfianza.  Varios  comerciantes  ricos,  invitados 
como  yo  a  coincidir  en  las  puestas  con  el  citado  gancho,  quedaron  desplumados. 
Los  infelices  habían  liquidado  en  pocas  sesiones  de  timba  veinte  años  de  trabajo 
honrado  y  de  austeras  economía  A  uno  de  ellos  tuvimos  que  costearle  hasta  el 
bote  que  le  condujo  al  muelle.  El  pobrete  perdió  15  ó  20.000  duros,  caudal  con  que 
pensaba  establecerse  en  su  pueblo  y  hacer  ía  felicidad  de  la  familia. 

Mi  llegada  a  Santander  debió  ocurrir  hacia  el  16  de  junio  de  1875.  Un  enjam¬ 
bre  de  mujeres  desarrapadas  nos  rodeó,  disputándose  nuestros  equipajes.  Impre¬ 
sionóme  muy  agradablemente  el  paisaje  de  la  Montaña,  cuya  frondosa  vegetación 
sólo  hallé  comparable  con  la  de  Cuba,  Por  referencia  de  varias  personas  supe  con 
profunda  desilusión  qne  España  sólo  poseía  una  estrecha  faja  de  clima  franca¬ 
mente  europeo;  desde  el  litoral  cantábrico  hasta  la  cordillera  limitante  de  las  altas 
mesetas  castellanas.  Eljresto— alta  y  calcinada  meseta  durante  cinco  meses  del 
año— es  un  lugar  de  expiación  donde  sólo  pueden  habitar  labriegos  endurecidos 
por  el  sobretrabajo  y  la  miseria  alimenticia  (1). 

(1)  Más  adelante  (creo  que  en  1876)  hice  breve  excursión  al  Mediodía  de  Francia  en  compañía  de 
antiguo  camarada  ihijo  del  Sr.  Choliz.  de  Valpalmas),  que  se  educaba  en  Oloron  para  el  comercio.  Pe¬ 
netramos  en  el  territorio  galo  por  Sumport  y  visitamos  Pierrefitte,  Oloron  y  Pau.  La  sorpresa  recibida 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


151 


De  paso  para  Madrid,  visité  Burgos,  admirando  su  maravillosa  catedral  y  sus 
interesantes  monasterios  de  las  Huelgas  y  de  la  Cartuja.  Y  después  de  descansar 
un  par  de  días  en  la  Corte,  tuve  al  fin  la  indecible  felicidad  de  regresar  a  Zarago¬ 
za  y  de  abrazar  a  mis  padres  y  hermanos.  Halláronme  amarillo,  demacrado,  con 
un  aspecto  doliente  que  daba  pena.  ¿Qué  hubieran  dicho  si  me  hubieran  contem¬ 
plado  dos  meses  antes? 

Aunque  no  recobré  la  antigua  pujanza  ni  logré  sacudir  enteramente  la  anemia 
palúdica,  repusiéronme  mucho  el  aire  de  la  tierra,  alimentación  suculenta  y  los 
irreemplazables  cuidados  maternales.  De  tarde  en  tarde,  recidivaba  la  fiebre;  pero 
ahora  la  quinina  mostrábase  más  eficaz. 

Mejorado,  pues,  en  lo  posible,  había  que  pensar  en  el  porvenir.  Debía  rehacer 
mi  vida,  derivándola  otra  vez  hacia  el  viejo  cauce.  Mi  padre,  enérgico  siempre 
conmigo,  continuaba  señalándome  el  rumbo  del  profesorado  como  el  ideal  más 
conforme  con  mis  estudios  y  aficiones,  ya  que  mis  disposiciones  para  la  clínica 
dejaban  harto  que  desear.  Ni  mi  salud,  harto  achacosa,  consentía  el  esfuerzo  físico 
que  supone  el  servicio  de  la  clientela^  urbana,  donde  el  joven  doctor  debe  entre¬ 
narse  precisamente  con  clientes  de'cuarto  piso  o  de  guardilla. 


A  propósito  de  mi  aspecto  enfermizo  y  a  guisa  de  entreacto  agridulce,  voy  a 
contar  el  primero  de  mis  desengaños  amorosos. 

Poco  antes  de  ingresar  en  el  Ejército,  entablé  relaciones  con  cierta  señorita 
huérfana,  agradable  y  bien  educada.  Sus  cartas  recibidas  durante  las  campañas  de 
Cataluña  y  Cuba  con.«tituían  para  mí  dulce  consuelo. 

Regresado  a  España,  visité  inmediatamente  a  mi  novia,  que  vivía  al  lado  de  su 
tía,  único  pariente  que  le  quedaba.  Recibióme  bien,  pero  sin  la  efusión  y  alborozo 
esperados  por  mí  después  de  cerca  de  tres  años  de  relaciones  y  de  tan  prolonga¬ 
da  ausencia.  Y,  en  las  sucesivas  entrevistas,  su  reserva  y  frialdad  acentuáronse 
de  un  modo  inquietante. 

Naturalmente,  dada  mi  situación  de  enfermo  y  de  médico  sin  clientes,  distaba 
yo  bastante  de  ser  lo  que  se  llama  un  buen  partido.  Con  mi  malhadado  viaje  a 
Ultramar  había  perdido  la  salud  y  mi  carrera.  Érame,  pues,  forzoso  abrirme  de 
nuevo  un  camino  en  la  vida.  Y  ello  iba  para  largo. 

Asaltáronme,  por  consiguiente,  dudas  atormentadoras  acerca  del  verdadero 
estado  sentimental  de  mi  novia.  ¿Era  aversión,  indiferencia  o  afecto  real,  aunque 
contenido  por  ios  mandatos  de  la  buena  educación?  ¿Tendría  acaso  otro  preten¬ 
diente? 

Para  disipar  de  una  vez  mi  in  certidumbre,  resolví  hacer  un  experimento  deci¬ 
sivo.  Las  palabras  fingen,  pero  los  gestos  dicen  siempre  la  verdad.  Mi  plan  era  irre¬ 
verente  y  desconsiderado.  Consistía  en  averiguar  la  reacción  de  mi  prometida  ante 


al  contemplar  la  excepcional  fecundidad  del  suelo  francés  fué  indescriptible.  Al  observar  aquellos  frondo¬ 
sos  trigales,  donde  podía  ocultarse  un  hombre  puesto  de  pie;  las  praderas,  verdes  y  jugosas  hasta  en 
agosto;  los  frutales  y  hortalizas  prosperando  sin  riego;  la  holgura  y  bienestar  del  campesino,  cuyas  aseadas 
y  cómodas  viviendas  tanto  contrastan  con  la  ruindad  y  pobreza  de  las  habitadas  por  nuestros  labriegos; 
la  proximidad  y  riqueza  de  villas  y  ciudades  populosas,  etc.,  tuve  por  primera  vez  la  melancólica  visión 
de  las  causas  físicas  de  la  secular  debilidad  de  España.  Sólo  entonces  empecé  a  comprender  su  acciden¬ 
tada  historia,  sus  innumerables  infortunios,  y  a  explicarme  su  radical  impotencia  para  luchar,  tanto  en 
el  terreno  de  las  armas  como  en  el  de  la  concurrencia  científica,  industrial  y  comercial,  con  la  riquísima 
y  pobladisima  Francia  y  demás  naciones  europeas,  que  gozan  de  geografía  y  meteorología  felicísimas. 


152 


S.  RAMÓN  Y  'CAJAL 


la  impresión  de  un  ósculo  furtivo.  Conocida  su  excesiva  pudibundez,  la  prueba  re¬ 
vestía  caracteres  de  extrema  gravedad. 

Reconozo  que  el  beso  deja  bastante  que  desear  como  reactivo  del  amor.  Y  más 
tratándose  de  ósculos  improvisados,  y  puramente  epidérmicos,  estampados  en  las 
mejillas.  A  propósito  de  lo  cual  recuerdo  ahora  la  ingeniosa  clasificación  anatómi¬ 
ca  dada  por  cierto  médico  francés,  que  apreciaba  el  valor  sentimental  del  beso 
conforme  a  la  siguiente  graduación:  besos  catáneo-catáneos,  besos  mucoso-cutá- 
neos  y  besos  mucosq-mucosos.  Yo  no  juzgué  prudente  comenzar  por  el  núm.  3.°  de 
la  escala,  sino  por  el  l.°  Así  y  todo,  practiqué  la  prueba  con  indecibles  cortedad  y 
timidez.  ¡Como  que  era  el  primer  beso  dado  por  mí  a  una  mujer,  no  obstante  mis 
veinticuatro  años  cumplidos!... 

Cierto  día,  pues,  tras  coloquio  lánguido  y  anodino,  llegó  el  trágico  momento.  Al 
despedirme,  reuní  todo  mi  valor;  me  acerqué  a  mi  siempre  severa  novia  y  estampé 
bruscamente  en  su  faz  el  ósculo  proyectado... 

Mi  prometida  palideció  súbitamente;  lanzó  un  grito  de  indignación  y  retiró  rᬠ
pidamente  el  rostro.  El  pudor  ofendido  coloreó  sus  mejillas,  y  (lo  que  fuépara  mí 
altamente  significativo)  hip  gestos  de  instintiva  repugnancia,  casi  de  asco.  Y  con 
voz  alterada  exclamó:  «Jamás  creí  que  me  ofendiera  usted  de  este  modo.  Mi  educa¬ 
ción  y  mis  creencias  me  impiden  tolerar  tan  pecaminosas  audacias;  y  aunque  no 
me  lo  prohibieran,  me  lo  prohibiría  la  prudencia,  porque  hay  hombres  tan  mal  ca¬ 
balleros  que  son  capaces  de  contar  en  los  corrillos  del  café  las  debilidades  y  com¬ 
placencias  de  sus  novias...» 

Anonadado  quedé  al  escuchar  tan  crueles  palabras.  Formulé  algunas  balbu¬ 
cientes  excusas;  le  di  automáticamente  la  mano;  dirigí  melancólica  mirada  a  aque¬ 
lla  estancia  donde  habían  transcurrido  tantas  horas  felices;  tomé  la  puerta  y  no 
volví  más.  ¡Para  qué!.. . 

La  prueba  resultó  concluyente.  Para  aquella  mujer  yo  era  un  pobre  enfermo  y 
además,  ¡quién  lo  pensara!,  un  felón.  Considero  justificado  y  loable  que  señorita 
virtuosa  y  bien  educada  repudie  expansiones  harto  expresivas  de  amante  atolon¬ 
drado.  Pero  lo  que  más  me  hirió  fué  que  una  dama  me  juzgara  tal  mal  caballero. 
Ciertas  villanías  sólo  pueden  sospecharse  cuando  la  imagen  del  amante  apenas 
ocupa  lugar  en  el  corazón  femenino.  Además,  una  doncella  discreta  y  enamorada 
hubiera  encontrado  razones  más  suaves  e  indulgentes  para  corregir  las  demasías 
de  un  novio  sobrado  impetuoso.  Más  adelante  supe  por  tercera  persona  que  mi 
novia  estaba  completamente  desilusionada.  La  compasión  más  que  el  amor  la 
ligaban  a  su  prometido.  Disgustábale  mi  carácter,  y  desconfiaba  de  mi  salud,  har¬ 
to  quebrantada.  Convengamos  en  que  la  perspectiva  de  viudez  prematura  en  ple¬ 
na  pobreza  tiene  poco'  de  agradable.  Y  la  mujer,  cuando  se  inspira  en  el  genio  de 
la  especie,  tiene  siempre  razón. 

Véase,  pues,  cómo  el  protozoarío  del  paludismo  contraído  en  servicio  de  mi 
patria  dejóme  primero  sin  sangre,  y  después  sin  novia.  Afortunadamente,  no  to¬ 
das  las  mujeres  son  tan  cuerdas  y  previsoras.  Hay  también  criaturas  angelicales 
con  vocación  de  Hermanas  de  la  Caridad,  que,  antes  de  rechazar  un  rostro  pálido 
y  unos  ojos  hundidos,  se  preguntan  si  no  sería  posible  y  hasta  éticamente  bello 
restaurar,  a  fuerza  de  ternura  y  maternales  cuidados,  una  salud  quebrantada  y 
devolver  un  hombre  a  la  sociedad.  Y  frecuentemente  lo  consiguen. 

El  desengaño  fué  grande,  pero  no  incurable,  por  fortuna.  Pronto  caí  en  la  cuen¬ 
ta  de  que  no  estaba  yo  para  noviazgos.  Mi  problema,  como  el  problema  de  Espa¬ 
ña,  según  Costa,  era  de  escuela  y  despensa.  Y  de  botica,  en  mi  caso.  Importaba, 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


153 


ante  todo,  restaurar  energías  físicas  perdidas;  estudiar  de  firme  y  labrarme  un  por¬ 
venir.  Y  esto  sólo  podría  conseguirse  siguiendo  el  camino  trazado  por  mi  padre. 
Lo  demás  se  me  daría  por  añadidura. 

Frecuenté,  pues,  nuevamente  el  anfiteatro;  reconciliéme  con  los  abandonados 
libros  de  Anatomía  e  Histología  y  comencé  mí  preparación  para  oposiciones  a  cᬠ
tedras. 

Mientras  tanto,  y  gracias  a  la  buena  amistad  del  doctor  don  Jenaro  Casas,  se 
me  nombró  por  la  Comisión  mixta  de  estudios  médicos  ayudante  interino  de  Anato¬ 
mía,  con  1.000  pesetas  de  haber  anual  (1).  Dos  años  después  (28  de  abril  de  1877), 
cuando  la  Facultad  de  Medicina  de  Zaragoza  adquirió  carácter  oficial,  recibí  el 
nombramiento  de  Profesor  auxiliar  interino,  cargo  que  durante  aquellos  tiempos 
(la  Facultad  hallábase  en  vías  de  renovación)  daba  mucho  que  hacer  por  las  nu¬ 
merosas  cátedras  vacantes.  Ocasiones  hubo  en  que  tuve  que  explicar  tres  leccio¬ 
nes  diarias.  Con  esos  cargos  y  el  producto  de  algunos  repasos  privados  de  Ana¬ 
tomía  ganaba  lo  bastante  para  no  ser  enteramente  gravoso  a  la  familia. 

Acariciaba  yo  nobles  ambiciones.  Aunque  luchando  con  un  carácter  excesiva¬ 
mente  apocado  y  retraído,  aspiraba  a  ser  algo,  a  emerger  briosamente  del  plano 
de  la  mediocridad,  a  colaborar,  si  mis  fuerzas  lo  consentían,  en  la  obra  magna  del 
conocimiento  científico.  Y  firme  en  este  anhelo  patriótico— que  todos  mis  compa¬ 
ñeros  estimaban  pura  vesania,  cuando  no  pretensión  petulante  — ,  trabajé  por  al¬ 
canzar  el  modesto  pasar  y  el  ocio  tranquilo  indispensable ,  para  mis  amados  pro¬ 
yectos.  Esta  aarea  mediocritas  cifrábase  entonces  para  mí  en  la  honrosa  toga  del 
maestro. 

(1)  Por  entonces  la  Facultad  de  Medicina  de  Zaragoza,  que  no  era  todavía  oficial,  estaba  sosteni¬ 
da  conjuntamente  por  la  Diputación  y  el  Ayuntamiento.  Una  Comisión  de  concejales  y  diputados  pro¬ 
vinciales  regía  los  estadios  y  expedía  las  credenciales.  Mi  nombramiento  lleva  la  fecha  de  10  de  noviem¬ 
bre  de  i875. 


CAPITULO  XXVI 


DECIDIDO  A  SEGUIR  LA  CARRERA  DEL  PROFESORADO,  ME  GRADÚO  DE  DOCTOR  Y  ME 
PREPARO  PARA  OPOSICIONES  A  CA I EDRAS.— INICIACIÓN  EN  LOS  ESTUDIOS  MICRO- 
GRÁFICOS.— FRACASO  PREVISTO  DE  MIS  PRIMERAS  OPOSICIONES.— LOS  VICIOS  DE 
MI  EDUCACIÓN  INTELECTUAL  Y  SOCIAL. — CORREGIDOS  EN  PARTE,  TRIUNFO  AL  FIN, 
OBTENIENDO  LA  CÁTEDRA  DE  ANATOMÍA  DESCRIPTIVA  DE  LA  UNIVERSIDAD  DE 
VALENCIA  (1). 


Nada  digno  de  contarse  ocurrió  durante  los  años  1876  y  1877.  Continué  en 
Zaragoza  estudiando  Anatomía  y  Embriología,  y  en  los  ratos  libres  ayu¬ 
daba  a  mi  padre  en  el  penoso  servicio  del  Hospital, '  supliéndole  en  las 
guardias  y  encargándome  tie  las  curas  de  algunos  de  sus  enfermos  particulares  de 
cirugía. 

Mis  aspiraciones  al  Magisterio  (más  que  sentidas  espontáneamente,  sugeridas 
de  continuo  por  mi  padre)  me  obligaron  a  graduarme  de  doctor.  Táctica  excelente 
hubiera  sido  haber  cursado  oficialmente  en  Madrid  las  tres  asignaturas  cuya  apro¬ 
bación  era  entonces  obligatoria  para  alcanzar  la  codiciada  borla  doctoral  (Historia 
de  la  Medicina,  Análisis  quimica  e  Histologia  normal  y  patológica).  Mi  estancia 
durante  un  año  en  la  Corte  habríame  reportado  positivas  e' inapreciables  ventajas: 
hubiera  conocido  personalmente  a  algunos  de  mis  futuros  jueces;  asistido  a  ejer¬ 
cicios  de  oposición,  a  fin  de  dominar  el  aspecto  técnico  y  polémico  de  semejantes 
certámenes;  y  aprendido,  en  fin,  en  cuanto  mi  natural,  un  tanto  brusco  y  arisco, 
consintiese,  ese  barniz  de  simpático  despejo  y  de  urbana  cortesía  que  tanto  real¬ 
zan  al  mérito  positivo.  Pero  mi  padre,  temeroso  sin  duda  de  que,  lejos  de  su  vigi¬ 
lancia,  reincidiese  en  mis  devaneos  artísticos -y  quizás  tenía  razón-resolvió 
matricularme  libremente  en  las  citadas  asignaturas,  reteniéndome  en  Zaragoza 
Para  el  estudio  de  la  Química  analítica  confióme  a  la  dirección  de  don  Ramón 
Ríos,  farmacéutico  muy  ilustrado  y  a  la  sazón  encargado  de  una  fábrica  muy  acre¬ 
ditada  de  productos  químicos.  En  cuanto  a  la  Historia  de  la  Medicina  y  a  la  Histo¬ 
logía  normal  y  patológica,  debía  asimilármelas  autodidácticamente,  por  la  lectura 
de  los  libros  de  texto,  pues  no  había  en  la  capital  aragonesa  quien  pudiera  ense¬ 
ñármelas. 

Cuando,  llegado  el  mes  de  junio,  me  disponía  en  Madrid  a  sufrir  la  prueba  del 
curso,  experimenté  dos  sorpresas  desagradables:  Todo  el  caudal  de  conocimientos 
analíticos  laboriosamente  acopiado  en  el  Laboratorio  del  doctor  Ríos  vino  a  ser 


(1)  A  partir  de  este  capítulo,  el  texto  fué  escrito  mucho  después  que  el  anterior 
1916  y  1917,  durante  la  horrenda  guerra  europea.  ’ 


'sea  allá  por  los  años 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


155 


inútil;  porque,  según  recordarán  cuantos  estudiaron  por  aquellos  tiempos,  el  bue¬ 
no  de  Rioz,  titular  de  la  citada  asignatura  en  la  Facultad  de  Farmacia,  sólo  exigía 
a  los  médicos,  con  una  piedad  que  tenía  mucho  de  desdén,  un  programa  minúscu¬ 
lo  de  cuatro  o  cinco  preguntas,  en  cada  una  délas  cuales  incluía  tan  sólo  algunos 
cuadros  analíticos  de  aguas  minerales,  composición  de  la  orina,  leche,  sangre; 
cuadros  sinópticos  que  todo  el  mundo  se  sabía  de  coro  para  salir  del  paso.  Traba¬ 
jo  perdido  resultó  también  el  estudio  asiduo  de  la  Historia  de  la  Medicina,  según 
cierto  libro  francés  declarado  de  texto.  Mis  condiscípulos  de  Madrid,  que  estaban 
en  el  secreto,  me  desilusionaron  profundamente  al  informarme  de  que  la  susodi¬ 
cha  obra  no  servía  de  nada,  puesto  que  el  doctor  Santero  exigía  casi  exclusiva- 
men  é  la  doctrina  de  cierto  librito,  desconocido  para  mí,  titulado  Prolegómenos 
clínicos,  en  cuyas  páginas  el  afamado  profesor  de  San  Carlos  desarrollaba  elo¬ 
cuentemente  un  curso  de  filosofía  médica  y  daba  rienda  suelta  a  su  pasión  fervo¬ 
rosa  por  Hipócrates  y  el  hipocratismo.  Sólo  el  doctor  Maestre  de  San  Juan,  profe¬ 
sor  de  Histología,  ateníase  fielmente  al  enunciado  de  su  asignatura,  examinando 
con  arreglo  al  texto  y  programas  oficiales. 

No  tuve,  por  consiguiente,  más  remedio  que  encasquetarme,  en  tres  o  cuatro 
días  de  trabajo  febril,  los  amenos  cuadros  analíticos  del  doctor  Rioz  y  los  briosos 
y  entusiastas  alegatos  vitalistas  del  doctor  Santero.  Gran  suerte  fué  salir  del  apre¬ 
tado  lance  sin  más  consecuencias  que  una  horrible  cefalalgia  y  cierta  aversión  en¬ 
conada  a  la  mal  llamada  libertad  de  enseñanza;  merced  a  la  cual  se  da  con  fre¬ 
cuencia  el  caso— hoy  como  entonces— de  que  el  alumno  libre,  fiado  en  la  promesa 
del  programa  oficial,  ignore  la  materia  explicada  por  el  catedrático,  y  de  que  éste 
prescinda,  a  veces,  con  admirable  desenvoltura,  de  la  ciencia  que,  reglamentaria¬ 
mente,  viene  obligado  a  explicar. 

Sugestionado  por  algunas  bellas  preparaciones  micrográficas  que  el  doctor 
Maestre  de  San  Juan  y  sus  ayudantes  (el  doctor  López  García  entre  otros)  tuvie¬ 
ron  la  bondad  de  mostrarme,  y  deseoso  por  otra  parte  de  aprender  lo  mejor  posible 
'  la  Anatomía  g-enera/,  complemento  indispensable  de  la  descriptiva,  resolví,  a  mi 
regreso  a  Zaragoza,  crearme  un  Laboratorio  micrográfico.  Contando  con  la  bondad 
inagotable  de  don  Aureliano  Maestre,  aprobé  fácilmente  la  Histología;  pero  no  ha¬ 
bía  visto  preparar,  ni  era  capaz  de  efectuar  el  más  sencillo  análisis  micrográfico. 
Y  fué  lo  peor  que,  a  la  sazón,  .no  había  en  Zaragoza  persona  capaz  de  orientarme 
en  los  dominios  de  lo  infinitamente  pequeño.  Además,  la  Facultad  de  Medicina,  de 
que  era  yo  ayudante  y  auxiliar,  andaba  muy  escasa  de  medios  prácticos.  Sólo  en 
el  Laboratorio  de  Fisiología  existía  un  microscopio  bastante  bueno.  Con  este  ve¬ 
terano  instrumento,  y  gracias  a  la  buena  amistad  con  que  me  distinguía  el  doctor 
Borao  (1),  por  entonces  ayudante  de  Fisiología,  admiré  por  primera  vez  el  sor¬ 
prendente  espectáculo  de  la  circulación  de  la  sangre.  De  tan  sugerente  demostra¬ 
ción  he  hablado  ya  en  otro  lugar  (2),  Aquí  expresaré  tan  sólo  que  ella  contribuyó 
sobremanera  a  desarrollar  en  mí  la  añción  a  los  estudios  micrográficos. 

Escogido  un  desván  como  obrador  de  mis  ensayos  prácticos,  y  reunidos  algu¬ 
nos  reactivos,  sólo  me  faltaba  un  buen  modelo  de  microscopio.  Las  menguadas 
reliquias  de  mis  alcances  de  Cuba  no  daban  para  tanto.  Por  fortuna,  durante  mi 

(1)  Este  simpático  condiscipulo,  hijo  del  Rector  de  la  Universidad  de  Zaragoza,  don  Jerónimo  Bo¬ 
rao,  murió  muy  joven. 

(2)  Caíal;  Reglas  y  conejos  sobre  investigacián  biológica,  5.*  edición  muy  aumentada,  páginas 
105  y  106. 


156 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Última  jira  a  la  Corte,  me  enteré  de  que  en  la  calle  del  León,  núm.  25,  principal 
(¡no  lo  he  olvidado  todavía!),  habitaba  cierto  almacenista  de  instrumentos  médicos, 
don  Francisco  Chenel,  quien  proporcionaba,  a  plazos,  excelentes  microscopios  de 
Nachet  y  Verick,  marcas  francesas  entonces  muy  en  boga.  Entablé,  pues,  corres¬ 
pondencia  con  dicho  comerciante  y  ajustamos  lás  condiciones;  consistían  en  abo¬ 
narle  en  cuatro  plazos  140  duros,  importe  de  un  buen  modelo  Verick,  con  todos 
sus  accesorios.  La  amplificación  de  las  lentes  (entre  ellas  figuraba  un  objetivo  de 
inmersión  al  agua)  pasaba  de  800  veces.  Poco  después  me  proporcioné,  de  la  mis¬ 
ma  casa,  un  microfomo  de  Ranvier,  una  tournette  o  rueda  giratoria  y  otros  muchos 
útiles  de  micrografía.  A  todo  subvinieron  mi  paga  modesta  de  auxiliar  y  las  flacas 
ganancias  proporcionadas  por  los  repasos  de  Anatomía;  pero  las  bases  financie¬ 
ras  del  Laboratorio  y  Biblioteca  fueron  mis  economías  de  Cuba.  Véase  cómo  las 
enfermedades  adquiridas  en  la  gran  Antilla  resultaron  a  la  postre  provechosas. 
Por  seguro  tengo  que,  sin  ellas,  no  habría  ahorrado  un  céntimo  durante  mi  estan¬ 
cia  en  Ultramar,  ni  contado,  por  consiguiente,  para  mi  educación  ciéntífica  con  los 
recursos  indispensables. 

Menester  era,  además,  adquirir  libros  y  revistas  micrográficos.  Escaso  andaba 
de  los  primeros,  a  causa  de  no  traducir  el  alemán,  idioma  en  que  corrían  impresos 
los  mejores  Tratados  de  Anatomía  e  Histología.  Solamente  en  versiones  francesas 
conseguí  leer  la  Anatomía  general,  de  Henle,  y  el  Tratado  clásico  de  Histología  e 
Histoquimia,  de  Frey,  El  Van  Kempen  y  el  Robín,  excelentes  libros  franceses,  sir¬ 
viéronme  igualmente  de  guías.  Para  los  trabajos  prácticos  pude  consultar  el  Mi¬ 
croscopio,  en  Medicina,  de  Beale,  su  Protoplasma  y  vida  y  el  conocido  Manual  téc¬ 
nico,  de  Latteux.  En  cuanto  a  revistas  científicas,  la  escasez  de  mi  peculio  me 
obligó  a  circunscribirme  al  abono  de  unos  Archivos  ingleses  (The  Quarterly  mi- 
croscopical  Science)  y  a  una  revista  mensual  francesa,  dirigida  por  E.  Pelletan 
(Journal  de  micrographie).  De  obras  españolas  disponía  de  la  del  doctor  Maestre 
de  San  Juan,  muy  copiosa  en  datos,  aunque  de  lectura  un  tanto  difícil. 

Como  se  ve  por  lo  expuesto,  empecé  a  trabajar  en  la  soledad,  sin  maestros,  y 
con  no  muy  sobrados  medios;  mas  a  todo  suplía  mi  ingenuo  entusiasmo  y  mi  fuer¬ 
za  de  voluntad.  Lo  esencial  para  mí  era  modelar  mi  cerebro,  reorganizarlo  con 
vistas  a  la  especialización,  adaptarlo,  en  fin,  rigurosamente  a  las  tareas  del  La¬ 
boratorio. 

Claro  es  que,  durante  la  luna  de  miel  del  microscopio,  no  hacía  sino  curiosear 
s  n  método  y  desflorar  asuntos.  Se  me  ofrecía  un  campo  maravilloso  de  explora¬ 
ciones,  lleno  de  gratísimas  sorpresas.  Con  este  espíritu  de  espectador  embobad  o 
examiné  los  glóbulos  de  la  sangre,  las  células  epiteliales,  los  corpúsculos  muscu¬ 
lares,  los  nerviosos,  etc.,  deteniéndome  acá  y  allá  para  dibujar  o  fotografiar  las  es¬ 
cenas  más  cautivadoras  de  la  vida  de  los  infinitamente  pequeños. 

Dada  la  facilidad  de  las  demostraciones,  sorprendíame  sobremanera  la  ausen¬ 
cia  casi  absoluta  de  curiosidad  objetiva  de  nuestros  Profesores,  los  cuales  se  pa¬ 
saban  el  tiempo  hablándonos  prolijamente  de  células  sanas  y  enfermas,  sin  hacer 
el  menor  esfuerzo  por  conocer  de  vista  a  esos  transcendentales  y  misteriosos  pro¬ 
tagonistas  de  la  vida  y  del  dolor.  ¡Qué  digo!...  ¡Muchos,  quizás  la  mayoría  de  los 
Profesores  de  aquellos  tiempos,  menospreciaban  el  microscopio,  juzgándolo  hasta 
perjudicial  para  el  progreso  de  la  Biología!...  A  juicio  de  nuestros  misoneístas  del 
magisterio,  las  maravillosas  descripciones  de  células  y  de  parásitos  invisibles 
constituían  pura  fantasía.  Recuerdo  que,  por  aquella  época,  cierto  catedrático  de 
Madrid,  que  jamás  quiso  asomarse  al  ocular  de  un  instrumento  amplificante,  cali- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


157 


ficaba  de  Anatomía  celestial  a  la  Anatomía  microscópica.  La  frase,  que  hizo  fortu¬ 
na,  retrata  bien  el  estado  de  espíritu  de  aquella  generación  de  Profesores. 

Sin  duda,  contábanse  honrosas  excepciones.  De  cualquier  modo,  importa  notar 
que,  aun  los  escasos  maestros  cultivadores  del  instrumento  de  Jansen  y  creyentes 
en  sus  revelaciones,  carecían  de  esa  f,e  robusta  y  de  esa  inquietud  intelectual  que 
inducen  a  comprobar  personal  y  diligentemente  las  descripciones  de  los  sabios. 
Acaso  diputaban  la  técnica  histológica  cual  disciplina  dificilísima.  De  semejante 
dejadez  y  falta  de  entusiasmo  tocante  a  investigaciones  que  han  revolucionado  des¬ 
pués  la  ciencia  y  descubierto  horizontes  inmensos  a  la  fisiología  y  a  la  patología» 
da  también  testimonio  un  curioso  relato  de  A.  Kolliker  (1),  célebre  histólogo  ale¬ 
mán  que  visitó  Madrid  allá  por  el  año  de  1849. 

Comenzaba,  según  decía,  a  deletrear  con  delectación  el  admirable  libro  de  la 
organización  íntima  y  microscópica  del  cuerpo  humano,  cuando  se  anunció  en  la 
Gaceta  la  vacante  de  las  cátedras  de  Anatomía  descriptiva  y  general  de  Granada  y 
Zaragoza.  Contrarióme  la  noticia,  porque  distaba  mucho  de  estar  preparado  para 
tomar  parte  en  el  arduo  torneo  de  la  oposición.  Según  dejo  apuntado  en  párrafos 
anteriores,  antes  de  entrar  en  liza,  hubiera  deseado  presenciar  este  linaje  de  con¬ 
tiendas,  conocer  los  gustos  del  público  y  de  los  jueces,  adquirir,  en  suma,  el  cri¬ 
terio  con  que  se  aprecian  los  valores  positivos  cotizables  en  el  mercado  universita¬ 
rio.  Pero  el  autor  de  mis  días,  que,  como  todo  padre,  se  hacía  hartas  ilusiones  acer¬ 
ca  de  los  méritos  y  capacidades  de  su  hijo,  mostróse  irreductible.  No  hubo,  pues, 
más  remedio  que  obedecerle.  Y  así,  desesperanzado,  y  haciendo,'  como  suele  de¬ 
cirse,  de  tripas  corazón,  concurrí  a  aquellas  oposiciones,  en  las  cuales,  para  tres 
plazas,  lucharon  encarnizadamente  nueve  o  diez  opositores,  algunos  verdadera¬ 
mente  brillantes. 

Durante  los  ejercicios,  mis  fundados  recelos  quedaron  plenamente  confirma¬ 
dos.  Pusieron  aquéllos  de  manifiesto,  según  yo  presumía,  que  en  la  Anatomía 
descriptiva  clásica  y  prácticas  de  disec^ón  rayaba  yo  tan  alto  como  el  que  más. 
Pero  la  imparcialidad  me  obliga  a  reconocer  que,  bajo  ciertos  aspectos,  mostré 
también  deplorables  deficiencias:  desdén  hacia  normas  interpretativas  sacadas  de 
la  anatomía  comparada,  la  ontogenia  o  la  filogenia;  desconocimiento  de  ciertas 
minucias  y  perfiles  de  técnica  histológica  puestos  en  moda  por  el  Dr.  Maestre 
de  San  Juan  y  el  reciente  libro  de  Ranvier,^para  mí  desconocido;  en  fin,  desvío  hacia 
todas  esas  especulaciones  de  carácter  ornamental,  preciadas  flores  de  pensamien¬ 
to  que  ennoblecen  las  áridas  cuestiones  anatómicas  y  elevan  y  amenizan  la  dis¬ 
cusión. 

Pero  no  fué  esto  sólo.  En  aquella’ocasión  revelé,  además,  lagunas  de  educa¬ 
ción  intelectual  y  social  no  sospechadas  por  mi  padre.  Perjudicóme,  en  efecto 

(1)  A.  Kólliker:  Erinnerungen  aus  meinem  Lében.  Leipzig,  1892.  En  una  carta  a  su  familia,  incluida 
en  este  libro,  describe  el  Museo  de  ciencias  naturales,  instalado  por  entonces  (1849)  en  la  Casa  de  Adua¬ 
nas  (actual  Ministerio  de  Hacienda),  y  añade:  «Del  Director  Graelis  debo  contaros  una  anécdota.  Luce 
en  su  Laboratorio  un  magnífico  microscopio  francés,  y  como  yo  le  pregnntara  sí  había  investigado  algo 
con  él,  contestóme  que  no  había  tenido  todavía  ocasión  de  aplicarlo  a  sus  trabajos  dentíficos  por  desco¬ 
nocer  su  manejo.  Rogóme  que  hiciera  alguna  demostradón  con  .dicho  instrumento.  Entonces  procedí, 
en  unión  de  un  amigo  (M.  Witich).  a  mostrarle  los  glóbulos  de  la  sangre  humana  y  la  fibra  muscular 
estriada,  ante  cuyo  espectáculo  reveló  al  egria  infantil  y  nos  dió  gradas  calurosas». 

Sí  el  ilustre  sabio  alemán  hubiera  visitado  veinte  años  después  nuestras  Facultades  de  Medicina  y 
Ciencias,  habría  podido  comprobar  igual  abandono  y  apatía.  Los  imponentes  modelos  de  microscopios 
de  Ross  o  de  Hartnak,  continuaban  inmaculados  en  sus  cajas  de  caoba,  sin  otro  fin  que  ezdtar  en  vano 
la  curiosidad  de  los  alumnos  o  la  ingenua  admiradón  de  los  papanatas. 


158 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


sobremanera,  mi  ignorancia  de  las  f  ormas  de  la  cortesía  al  uso  en  los  torneos 
académicos;  me  deslució  una  emotividad  exagerada,  achacable  sin  duda  a  mi  nati¬ 
va  timidez,  pero  sobre  todo  a  la  falta  de  costumbre  de  hablar  ante  públicos  selec¬ 
tos  y  exigentes;  hízome,  en  fin,  fracasar  la  llanezá  y  sencillez  del  estilo  y  hasta,  a 
lo  que  yo  pienso,  la  única  de  mis  buenas  cualidades:  la  total  ausencia  de  pedan¬ 
tismo  y  solemnidad  expositiva.  Entre  aquellos  jóvenes  almibarados,  educados  en 
el  retoricismo  clásico  de  nuestros  Ateneos,  mi  franqueza  de  pensamiento  y  sen¬ 
cillez  de  expresión  sonaban  a  rusticidad  y  bajeza.  En  mi  candor  provinciano 
asombrábame  el  garbo  y  gallardía  con  que  algunos  opositores  de  la  clase  de  fa¬ 
cundos  hacían  excursiones  de  placer  por  el  dilatado  campo  del  evolucionismo  o 
del  vitalismo,  o,  cambiando  de  registro,  proclamaban,  sin  venir  a  cuento  y  llenos 
de  evangélica  unción,  la  existencia  de  Dios  y  del  alma,  con  ocasión  de  referir  la 
forma  del  calcáneo  o  del  apéndice  ileocecal. 

Pero,  volviendo  a  mi  derrota,  añado  que  sólo  en  dos  cosas  atraje  un  tanto. la 
curiosidad  del  público  y  del  Jurado:  por  mis  dibujos  de  color  en  la  pizarra  el  día 
de  lá  lección,  y  por  los  copiosos  detalles  con  que  adorné  las  pocas  preguntas  de 
anatomía  descriptiva  que  me  tocaron  en  el  primer  ejercicio  (la  mayoría  de  los 
temas  se  referían  a  técnica  histológica  y  a  cuestiones  generales,  en  que  yo  flojea¬ 
ba).  En  cuanto  al  ejercicio  práctico,  en  que  tantas  esperanzas  cifrara  el  autor  de 
mis  días,  constituyó,  como  de  costumbre,  pura  comedia.  Escogióse  al  efecto  una 
disección  llanísima:  la  preparación  de  algunos  ligamentos  articulares.  De  esta 
suerte  todos  quedamos  iguales. 

En  mi  fracaso,  que  sentía  sobretodo  por  el  disgusto  y  decepción  que  iba  a  oca¬ 
sionar  a  mi  progenitor  y  maestro,  me  consoló  algo  el  saber  que  se  me  adjudicó  un 
voto  para  una  de  las  cátedras,  y  que  este  voto  lo  debí  a  un  profesor  tan  sabio, 
recto,  austero  y  concienzudo  como  el  Dr.  Martínez  y  Molina,  con  razón  llamado  la 
perla  de  San  Carlos  {\). 

Transcurrido  más  de  un  año  (1879),  se  anunció  a  oposición  la  vacante  de  la  cᬠ
tedra  de  Granada.  Conocedor  de  mis  defectos,  había  procurado  corregirlos  en  la 
medida  de  lo  posible.  Perfeccionóme  en  la  técnica  histológica,  sirviéndome  de  guía 
el  admirable  libro  titulado  Manuel  technique  d’histologie,  escrito  por  Ranvier,  ilus¬ 
tre  profesor  del  Colegio  de  Francia;  aprendí  a  traducir  el  alemán  científico;  adquirí 
y  estudié  a  conciencia  diversas  obras  tudescas  de  Anatomía  descriptiva,  general 
y  comparada;  me  impuse  en  las  modernas  teorías  tocantes  a  la  evolución,  de  que 
por  entonces  eran  portaestai  dartes  ilustres  Daiwin,  Háckel  y  Huxley;  amplié 
bastante  mis  noticias  embriológicas;  adornóme,  en  fin,  con  algunos  de  aquellos 
primores  especulativos  que,  según  pude  ver,  seducían,  acaso  más  de  la  cuenta,  a 
públicos  y  tribunales.  Por  primera  vez  en  mi  vida  decidí,  pues,  ser  algo  hábil  y  sa¬ 
crificar  a  las  gracias. 

Tranquilo  y  esperanzado  estaba,  dando  los  últimos  toques  a  mi  intensa  pre¬ 
paración  anatómica,  cuando  cierto  día  me  detiene  un  amigo,  espetándome  a  que¬ 
marropa: 

—Deseo  darte  un  consejo.  No  te  presentes  en  las  próximas  oposiciones  a  la 
cátedra  de  Granada. 

(Ij  Tiempo  después  me  dijeron  que  el  Dr.  Martínez  y  Molina,  único  juez  que  descubrió  algún  mé¬ 
rito  en  el  humilde  y  desconocido  provinciano,  consenso  mucho  tiempo,  a  los  fines  de  la  demostración 
«n  cátedra,  mis  representaciones  en  color  del  tejido  óseo  y  del  proceso  de  la  osificación.  Tan  tímido  y 
huraño  era  yo  entonces,  que  ni  siquiera  me  atreví  a  visitarle  para  agradecerle  su  honrosa  y  toni- 
ficadora  atención. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


159 


—¿Por  qué? 

—Porque  no  te  toca  todavía:  déjalo  para  más  adelante  y  todo  saldrá  a  pedir 
de  boca. 

— Pero... 

—Advierte,  criatura,  que  el  tribunal  de  oposiciones  que  acaba  de  nombrarse 
ha  sido  forjado  expresamente  para  hacer  catedrático  a  Aramendia,  por  cuyos  ta¬ 
lentos  el  doctor  Calleja,  el  inevitable  arreglador  de  jurados  médicos,  siente  gran 
admiración  (1). 

—¡Pero  si  Aramendia  se  ha  preparado  siempre  para  oposiciones  a  Patología 
médica  y  jamás  se  ocupó  de  Anatomía!... 

—Cierto;  mas  no  es  cosa  de  esperar  varios  años  una  vacante  de  Patología. 
Sus  poderosos  protectores  desean  hacerlo  catedrático  sobre  la  marcha;  y  puesto 
que,  por  ahora,  la  única  puerta  abierta  es  la  Anatomía  descriptiva,  a  ella  se  atie¬ 
nen.  ¡Vamos!...  sé  por  una  vez  siquiera  sumiso  y  razonable,  y  evita  el  aumentar, 
con  tus  imprudencias,  el  número  de  tus  enemigos.  Cediendo,  te  congraciarás  con 
personajes  omnipotentes,  de  cuya  buena  voluntad  depende  tu  porvenir... 

—Agradezco  tus  consejos,  pero  no  puedo  seguirlos.  Desertando  de  las  oposi¬ 
ciones,  mi  padre  se  pondría  furioso,  y  yo  no  tendría  más  remedio  que  arrinconar-  • 
me  en  un  pueblo.  Además,  después  de  varios  años  de  asidua  preparación  anató¬ 
mica,  ¿no  sería  bochornoso  desaprovechar  la  primera  ocasión  que  se  me  presenta 
para  justificar  mis  pretensiones?  Por  importante  que  sea  alcanzar  la  anhelada 
prebenda,  lo  es  todavía  más  demostrar  a  mis  jueces  y  al  público  que  he  aumenta¬ 
do  mis  conocimientos  y  que,  penetrado  de  mis  defectos,  he  sabido,  si  no  corre¬ 
girlos  del  todo,  atenuarlos  algo,  triunfando  de  mí  mismo, 

—¡Pues  no  serás  nunca  catedrático  o  lo  serás  muy  tarde,  cuando  peines 
canas!... 

—Al  precio  de  la  cobardía  y  de  la  abdicación  no  lo  seré  nunca... 

Pronto  tuve  ocasión  de  comprobar  la  exactitud  de  la  noticia.  En  efecto,  el  tri¬ 
bunal,  salvo  alguna  excepción,  constaba  de  amigos  y  clientes  del  que  por  entonces 
ejercía  omnímoda  e  irresistible  influencia  en  la  provisión  de  cátedras  de  Medici¬ 
na.  En  descargo  del  aludido  personaje,  debo,  sin  embargo,  declarar  que  Aramen¬ 
dia  había  sido  un  brillante  discípulo  suyo,  que  adornaban  a  éste  prendas  relevan¬ 
tes  de  carácter  y  talento,  y  además  que  en  asegurar  el  triunfo  del  novel  anatómico 
puso  todo  su  empeño  eí  doctor  Fernández  de  la  Vega,  catedrático  de  Anatomía  de 
Zaragoza,  pariente  del  ilustre  presidente  del  tribunal  y  condiscípulo  y  fraternal 
amigo  del  referido  competidor. 

^  A  su  tiempo  (2),  efectuáronse  las  oposiciones.  En  ellas  tuve  la  suerte  de  paten¬ 
tizar  los  progresos  de  mi  aplicación.  Mis  conocimientós  histológicos  proporcionᬠ
ronme  ocasiones  de  lucimiento;  y  la  lectura  de  las  revistas  y  libros  alemanes,  ig¬ 
norados  de  mis  adversarios,  ninguno  de  los  cuales  traducía  el  tudesco,  prestaron  a 
mi  labor  un  colorido  de  erudición  y  modernismo  sumamente  simpático. 

Sólo  había  un  contrincante  que  contrarrestaba  y  soslayaba  habilísimamente 
mis  asaltos,  si  no  por  la  superioridad  de  su  preparación  anatómica  (que  era  nada 
vulgar),  por  la  claridad  y  agudeza  de  su  entendimiento  y  la  hermosura  incompara- 

(1)  Maertos  Race  años  los  personajes  citados  y  no  debiéndoles  siuo  justicia  estricta,  expresada  con 
toda  clase  de  respetos,  prescindo  y  prescindiré  en  adelante  de  las  alusiones  anónimas  de  la  primera  edi¬ 
ción  de  este  libro. 

(2)  Efectuáronse  en  1880. 


160 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


ble  de  su  palabra.  Aludo  al  malogrado  e  ilustre  maestro  don  Federico  Olóriz,  quien, 
estrenándose  en  aquella  contienda,  dió  ya  la  medida  de  todo  lo  que  valía  y  podía 
esperarse  del  futuro  catedrático  de  la  Facultad  de  Medicina  de  Madrid. 

Entonces,  don  Federico,  que  figuraba  en  mi  trinca,  atacábame  reciamente, 
persuadido  quizás  de  que  yo  era  el  único  adversario  serio  con  quien  tenía  que  ha¬ 
bérselas.  Y  cuando,  platicando  campechanamente  en  los  pasillos  de  San  Carlos, 
le  saqué  de  su  error,  pronunciando  el  nombre  del  afortunado  candidato  oficial, 
reíase  de  lo  que  llamaba  mis  pesadas  bromas  aragonesas. 

—¡Pero  si  no  pasa  de  ser  un  joven  discreto  que  denuncia  a  la  legua  al  novicio 
en  los  estudios  anatómicos  y  en  el  arte  de  la  disección! 

—Pues  ese  anatómico  improvisado  será  catedrático  de  Granada,  y  usted,  con 
todo  su  saber  y  talento,  tendrá  que  resignarse  al  humilde  papel  de  ayudante  suyo, 
a  menos  de  cambiar  definitivamente  de  rumbo!... 

—¡Absurdo!... 

Pero  el  absurdo  se  convirtió  en  realidad.  Los  amigos  del  presidente  dieron  una 
vez  más  pruebas  de  su  inquebrantable  disciplina,  y  el  pobre  Olóriz,  asombro  del 
público  y  de  los  jueces,  tuvo  que  contentarse  con  un  tercer  lugar  en  terna  (yo  ob¬ 
tuve  el  segundo). 

Con  todo  lo  cual  no  quiero  expresar  que  el  candidato  preferido  fuera  un  mal 
catedrático.  El  dictador  de  San  Carlos  no  solía  poner  sus  ojos  en  tohtos.  Dejo 
consignado  ya  que  Aramendia  era  un  joven  de  mucho  despejo  y  aplicación  y  que, 
si  se  lo  hubiera  propuesto  de  veras,  habría  llegado  a  ser  un  excelente  maestro  de 
Anatomía.  En  aquella  contienda  faltáronle  preparación  teórica  suficiente  y  voca¬ 
ción  por  el  escalpelo.  Así,  en  cuanto  se  le  proporcionó  ocasión,  trasladóse  a  una 
cátedra  de  Patología  médica  de  Zaragoza,  donde  resultó,  según  era  de  presumir, 
un  buen  maestro  de  Clínica  médica.  Más  adelante,  con  aplauso  de  muchos— in¬ 
cluyendo  el  mío  muy  sincero—,  ascendió,  por  concurso,  a  una  cátedra  de  Patolo¬ 
gía  médica  de  San  Carlos. 

Creo  que  fué  en  marzo  de  1879  cuando  se  me  nombró,  en  virtud  de  oposición. 
Director  de  Museos  anatómicos  de  la  Facultad  de  Medicina  de  Zaragoza.  De  aque¬ 
llos  ejercicios,  a  que  concurrió,  entre  otros  jóvenes,  cierto  discípulo  muy  brillante 
de  la  Escuela  de  Valencia— por  cierto  apasionadísimo  de  Darwin  y  de  Háckel— , 
sólo  quiero  recoger  un  dato  revelador  de  las  grandes  simpatías  con  que  me  distin¬ 
guían  mis  paisanos  y  maestros.  Acabado  el  último  ejercicio,  los  dos  catedráticos 
zaragozanos  votaron  sin  vacilar  al  opositor  valenciano;  y  precisamente  los  tres 
profesores  forasteros,  que  acababan  de  ganar  por  oposición  sus  cátedras,  y  eran, 
por  tanto,  ajenos  a  las  ruines  rencillas  de  campanario,  me  otorgaron  sus  sufragios. 
Uno  de  estos  varones  rectos,  a  quienes  debo  eterno  agradecimiento,  fué  don  Fran¬ 
cisco  Criado  y  Aguilar,  que  fué  después  profesor  de  la  Facultad  de  Medicina  de 
Madrid  (1).  Y  es  que,  entre  otros  muchos  graves  defectos,  he  tenido  siempre  una 
incapacidad  radical  para  adular  a  los  poderosos. 

Transcurridos  cuatro  años  (1883)  publicáronse  dos  nuevas  vacantes  a  proveer 
en  turno  de  oposición:  la  de  Madrid,  producida  por  el  fallecimiento  del  caballero- 

(1)  Aquel  resultado  fué  decisivo  para  mi  carrera.  Si  cualquiera  de  los  jueces  forasteros  que  tuvieron 
la  bondad  de  apoyarme  hubiera  atendido  las  voces  rencorosas  de  ciertos  profesores  aragoneses,  mi  vida 
hubiera  corrido  por  cauce  diferente.  Poique  mi  padre,  algo  desilusionado  a  causa  de  mi  derrota  en  Ma¬ 
drid,  había  resuelto,  en  caso  de  nuevo  fracaso,  convertirme  en  médico  de  partido.  Y  de  seguro  lo  hubie¬ 
ra  conseguido,  aunque  no  el  que  yo  abandonase  mis  aficiones  predilectas  hacia  la  investigación  micro 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


161 


SO  y  buenísimo  doctor  Martínez  Molina,  y  la  de  Valencia,  debida  a  la  muerte  del 
doctor  Navarro.  Modesto  y  apocado  como  siempre  en  mis  aspiraciones,  firmé  ex¬ 
clusivamente  las  oposiciones  de  Valencia;  con  mejor  acuerdo,  Olóriz  solicitó  am¬ 
bas  plazas. 

En  aquella  ocasión  demostróse  una  vez  más  el  adagio  vulgar:  «del  exceso  del 
mal  viene  el  remedio».  El  escándalo  provocado  por  la  injusticia  cometida  con 
Olóriz  o  conmigo  en  las  precedentes  oposiciones  a  la  cátedra  de  Granada  (1880), 
repercutió  desde  la  Universidad  al  Gobierno.  Y  ocurrió  que  el  Sr.  Gamazo,  a  la 
sazón  ministro  de  Fomento,  resuelto  a  evitar  nuevos  abusos,  designó,  o  influyó 
para  que  se  designase,  un  Tribunal  cuyo  saber  e  independencia  estuvieran  al  abri¬ 
go  de  toda  sospecha.  La  presidencia  del  nuevo  Jurado  fué  otorgada  al  doctor 
Encinas,  quien,  con  la  ruda  franqueza  habitual  en  él,  expresó  al  ministro: 

—Donde  yo  esté  no  valdrán  chanchullos.  A  fuer  de  caballero,  prometo  desde 
ahora  que,  o  no  habrá  catedrático,  o  lo  será  por  unanimidad.  Y  eso  lo  mismo  en  la 
cátedra  de  Madrid  que  en  la  de  Valencia. 

Y  así  acaeció. 

Gracias  a  la  imparcialidad  de  este  Tribunal,  donde,  según  tengo  entendido,  no 
figuraba  ningún  juez  de  los  anteriores,  Olóriz  y  yo,  infelices  provincianos  despro¬ 
vistos  de  valedores,  conseguimos  al  fin  honrarnos  con  la  toga  del  magisterio  uni¬ 
versitario.  Como  teníamos  descontado,  el  brillante  discípulo  de  la  Escuela  de  Gra¬ 
nada  triunfó  sobre  sus  contrincantes  por  voto  unánime  de  los  jueces.  Y  el  mismo 
Tribunal,  salvo  el  presidente,  que,  por  motivos  de  salud,  fué  sustituido  por  el  gran 
Letamendi,  tuvo  también  la  bondad  de  proponerme,  nemine  discrepante,  para  la 
cátedra  de  Anatomía  de  la  Facultad  de  Medicina  de  Valencia.  Yo  rendí  siempre  al 
genialísimo  maestro  catalán  culto^  fervoroso;  pero  desde  entonces,  a  la  ingenua 
admiración  intelectual,  juntáronse  las  cálidas  y  leales  ofrendas  del  afecto  y  la  gra¬ 
titud  (1). 

(1)  Pasadas  aquellas  oposiciones,  trabé  intimidad  con  el  eximio  catedrático  de  Patología  general  de 
San  Carlos,  acudiendo  casi  diariamente  a  su  casa,  donde  había  instalado  un  Laboratorio  de  mícrografía 
y  bacteriología.  Letamendi  tenía  empeño  en  ilustrar  su  obra,  en  vías  de  ejecución,  Curso  de  Patología, 
general,  con  microfotografías,  y  yo  me  presté  a  ejecutar  algunas  pruebas  y  a  enseñar  a  los  ayudantes  del 
maestro  la  fabricación  de  las  placas  ultra-rápidas  al  gelatino-bromuro,  entonces  poco  o  nada  conocidas. 
¡Qué  ratos  deliciosos  pasaba  junto  a  aquel  hombre  cuyo  ingenio,  vibrante  de  gracia  y  de  agudeza,  proyec¬ 
taba  vivísima  luz  sobre  las  cuestiones  más  abstrusas  y  que,  cuando  no  convencía  (era,  por  desgracia,  un 
extraordinario  paradojista),  sabía  al  menos  hacer  pensar!... 


CAPITULO  XXVII 


CAIGO  ENFERMO  CON  UNA  AFECCIÓN  PULMONAR  GRAVEl— ABATI  MIENTO  Y  DESESPE¬ 
RANZA  DURANTE  MI  CURA  EN  PANTICOSA.— RESTABLECIMIENTO  DE  MI  SALUD  EN 
SAN  JUAN  DE  LA  PEÑA.— LA  FOTOGRAFÍA  COMO  ALIMENTO  DE  MIS  GUSTOS  ARTÍS¬ 
TICOS  CONTRARIADOS.  — CONTRAIGO  MATRIMONIO  Y  COMIENZAN  LAS  PREOCUPA¬ 
CIONES  DE  LA  FAMILIA,  QUE  EN  NADA  MENOSCABAN  EL  PROGRESO  DE  AlIS  ESTU¬ 
DIOSE-VATICINIOS  FALLIDOS  DE  MIS  PADRES  Y  AMIGOS  CON  OCASIÓN  DE  MI 
BODA.— MIS  PRIMEROS  ENSAYOS  CIENTÍFICOS 


El  deseo  de  juntar  en  un  solo  capítulo  cuanto  se  refiere  a  ihis  fracasos  y  éxi¬ 
tos  como  opositor,  me  han  llevado  a  alterar  el  orden  cronológico  de  la  na¬ 
rración.  Ñecesito,  pues,  remontar  ahora  en  la  corriente  de  mis  recuerdos  y 
referir  algunos  hechos  ocurridos  en  el  lapso  de  tiempo  mediante  entre  1878  y  1883, 
fecha  de  mi  toma  de  posesión  de  la  cátedra  de  Anatomía  de  Valencia. 

Allá  por  el  año  de.  1878,  hallábame  cierta  noche  en  el  jardín  del  café  de  la  Ibe¬ 
ria,  en  compañía  de  mi  querido  amigo  D.  Francisco  Ledesma— abogado  de  talento 
y  a  la  sazón  capitán  del  Cuerpo  de  Administración  Militar—,  jugando  empeñada 
partida  de  ajedrez.  Cuando  más  absorto  estaba  meditando  una  jugada,  me  acome¬ 
tió  de  pronto  una  hemoptisis.  Disimulé  lo  mejor  que  pude  el  accidente,  para  no 
alarmar  al  amigo,  y  continué  la  partida  hasta  su  término.  Con  la  preocupación 
consiguiente,  retiróme  a  casa.  En  el  camino  cesó  casi  del  todo  la  hemorragia.  Nada 
dije  a  la  familia;  cené  poco;  rehuí  toda  conversación  de  sobremesa  y  acostóme  en 
seguida.  Al  poco  rato  me  asaltó  formidable  hemoptisis:  la  sangre,  roja  y  espumosa, 
ascendía  a  borbotones  del  pulmón  a  la  boca,  amenazándome  con  la  asfixia.  Avisé 
a  mi  padre,  que  se  alarmó  visiblemente,  prescribiéndome  el  tratamiento  habitual 
en  casos  tales. 

La  palidez  y  emaciación  progresivas  que  había  notado  en  su  hijo  desde  algu¬ 
nos  meses  atrás,  en  complicidad  con  los  efectos  del  paludismo,  jamás  completa¬ 
mente  extirpados,  le  habían  conducido  a  formular  grave  diagnóstico.  Natural¬ 
mente,  mi  padre  tuvo  la  cautela  de  ocultar  sus  fatídicos  pronósticos;  pero  yo 
los  adiviné  fácilmente,  al  través  de  su,  minucioso  interrogatorio  y  de  sus  frases 
artificiosamente  alentadoras. 

Además,  un  médico  rara  vez  se  hace  ilusiones  sobre  su  estado.  Estaban  de¬ 
masiado  frescos  en  mi  memoria  los  síntomas  del  terrible  mal  aprendidos  en  los 
libros,  así  como  las  tristes  imágenes  de  infelices  soldados  que,  después  de  su  re¬ 
patriación,  morían  en  los  hospitales  o  en  el  seno  de  sus  familias,  víctimas  de  la 
tisis  traidoraraente  preparada  por  el  paludismo.  Por  otra  parte,  mi  hábito  exterior 
no  engañaba  a  nadie:  la  fiebre  alta  consecutiva  ai  accidente  hemorrágico,  la  dis- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


nea,  la  tos  pertinaz,  los  sudores,  la  demacración...,  todos  los  rasgos  de  mi  dolen¬ 
cia  coincidian  punto  por  punto  con  aquellas  deplorablemente  exactas  descripcio¬ 
nes  de  las  obras  patológicas.  ¡Cuánto  hubiera  yo  dado  entonces  por  borrar  las  no¬ 
ciones  científicas  aprendidas!  ¡Qué  pena  ser  médico  y  enfermo  a  la  vez!... 

Ello  es  que  caí  en  un  abatimiento  y  desesperanza  que  no  había  conocido  ni  en 
los  más  graves  episodios  morbosos  de  mi  estancia  en  Cuba.  Contribuyó  también, 
sin  duda,  a  mi  desaliento  el  recuerdo,  harto  vivo  y  punzante,  de  mi  vencimiento 
en  Madrid. 

Me  era  imposible  desterrar  de  mi  espíritu  la  angustiosa  idea  de  la  muerte.  Afe¬ 
rrábase  a  mi  sensibilidad  exasperada  con  una  obstinación  que  rechazaba,  á  priori, 
los  planes  terapéuticos  e  higiénicos  mejor  encaminados.  Consideraba  fenecida  mi 
carrera,  frustrado  mi  destino,  pura  quimerá  el  ideal  de  contribuir  con  algo  al  acer¬ 
vo  común  de  la  cultura  patria. 

Reconocí,  lleno  de  amargura,  que  el  disparatado  romanticismo  adquirido  du¬ 
rante  mi  adolescencia  con  las  imbéciles  lecturas  de  Chateaubriand,  Lamartine, 
Víctor  Hugo,  Lord  Byron  y  Espronceda,  me  había  envenenado.  A  causa  de  ell  as 
había  consumido  sandiamente  todo  el  rico  patrimonio  de  energía  fisiológica  here¬ 
dado  de  mis  mayores.  En  mi  desesperación,  volvíme  misántropo  y  llegué  a  menos¬ 
preciar  las  cosas  más  santas  y  venerables!... 

Dos  meses  después  pude,  sin  embargo,  abandonar  el  lecho,  pero  sin  alegría  y 
sin  ilusiones.  «Esto  es  una  tregua— me  decía—,  no  una  resurrección.  Volverán 
nuevos  ataques  y  con  ellos  el  ineluctable  desenlace!. .» 

Sólo  la  religión  me  hubiera  consolado.  Por  desgracia,  mi  fe  había  sufrido  honda 
crisis  con  la  lectura  de  los  libros  de  filosofía  Ciertamente,  del  naufragio  se  habían 
salvado  dos  altos  principios;  la  existencia  del  alma  inmortal  y  la  de  un  ser  supre¬ 
mo  rector  del  mundo  y  de  la  vida.  Pero  la  especie  de  estoicismo  a  lo  Epicteto  y 
Marco  Aurelio,  que  yo  profesaba  entonces  (si  verdaderamente  profesaba  alguna 
filosofía),  no  transcendía  del  mundo  del  pensamiento  a  la  esfera  de  la  voluntad.  El 
instinto  vital,  esencialmente  egoísta,  se  rebelaba  contra  las  consecuencias  prácti¬ 
cas  de  una  concepción  filosófica  que  pone  la  dicha  en  la  serena  resignación  al 
destino  y  en  la  ciega  obediencia  a  las  leyes  naturales. 

«Admito— me  decía— que  el  viejo,  y  más  si  es  filósofo,  muera  impasible  y  re¬ 
signado;  la  muerte  llega  en  sazón,  cumplido  el  fin  primordial  de  la  vida,  labrado  un 
modesto  sillar  en  el  luminoso  templo  del  espíritu.»  Por  lo  cual  comprendía  bien 
que  Epicuro,  anciano,  atormentado  por  el  mal  de  piedra,  y  sobreponiéndose  a  sus 
torturas,  escribiera  a  su  amigo  Idomeneo  estas  palabras,  donde  resplandece  noble 
y  consolador  orgullo:  «Hallándome  en  el  feliz  y  último  día  de  mi  vida,  y  aun  ya 
muriendo,  os  escribimos  así:  tanto  es  el  dolor  que  nos  causan  la  estrangurria  y  la 
disentería,  que  parece  no  puede  ser  ya  mayor  su  vehemencia.  No  obstante,  se 
compensa  de  algún  modo  con  la  recordación  de  nuestros  inventos  y  racio¬ 
cinios»  (1). 

¿Dónde  estaban  mis  invenciones  para  consolarme?  ¿Cómo  aceptará  resignado 
la  muerte  quien,  por  no  haber  en  realidad  vivido,  no  deja  rastro  de  sí  ni  en  los  li¬ 
bros  ni  en  las  almas?  Esta  idea  de  la  irremediable  inutilidad  de  mi  existencia  su¬ 
mergíame  en  angustiosa  zozobra. 

Más  sereno  y  alentado  que  yo,  mi  padre  concibió  esperanzas  de  curación,  al 
advertir  en  mi  dolencia  los  primeros  tenues  signos  de  alivio.  Para  consolidarlo 


(1)  Diógenes  Laercio:  Traducción  de  Ortiz  y  Sauz,  1887. 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


;l6í. 

y  acrecentarlo  me  envió,  llegado  el  verano,  a  los  tan  acreditados  baños  de  Pantico- 
sa.  Deseaba  que,  una  vez  tomadas  las  aguas,  permaneciera  yo  un  mes  o  dos,  en 
compañía  de  mi  hermana,  oreándome  y  fortaleciéndome  en  la  cima ,  del  famoso 
Monte  Paño,  es  decir,  en  San  Juan  de  la  Peña,  donde  existe  un  convento  semi- 
arruinado,  habitado  por  pastores  y  rodeado  de  bosque  seculares.  El  programa, 
como  vamos  a  ver,  cumplióse  en  todas  sus  partes. 

En  Pan  ticosa  comencé  a  reaccionar  algo  contra  mi  desaliento.  Sin  embargo,  de 
vez  en  cuando,  sufría  crisis  de  sombría  tristeza  a  lo  Leopardi.  El  sentimentalismo 
de  mi  adolescencia  tuvo  por  aquel  tiempo  peligrosos  retoñamientos.  Unas  veces, 
escribía  versos  henchidos  de  necios  e  impíos  apóstrofos;  otras,  inspirado  en  ideas 
casi  suicidas,  ascendía  renqueando  y  febril  a  los  picachos  próximos  al  balneario, 
y  me  abismaba  en  la  contemplación  de  aquel  cielo  azul,  casi  negro  en  fuerza  de  la 
pureza  del  aire,  y  en  donde  en  breve— pensaba  yo  —habría  de  perderse  para  siem¬ 
pre  mi  alma  errante.  Recuerdo  que  una  tarde,  presa  de  un  rapto  de  negra  melan¬ 
colía,  escalé  cima  elevada,  a  la  que  llegué  sin  resuello  y  casi  desfalleciente;  y  tutñ- 
bado  sobre  una  peña,  concebí  el  propósito  de  dejarme  morir  de  cara  a  las  estre¬ 
llas,  lejos  de  los  hombres,  sin  más  testigos  que  las  águilas,  ni  más  sudario  que  la 
próxima  nevada  otoñal.  ¡Qué  delirios!... 

Pero  aquella  muerte  poética  y  romántica  que  yo  apetecía  (o  fingía  apetecer, 
por  puro  diletantismo  morboso,,  porque  realmente  de  aquellos  nebulosos  estados 
de  conciencia  no  me  doy  cuenta  ahora  claramente)  no  acababa  de  llegar.  Y,  cosa 
singular,  cuantas  más  atrocidades  cometía  menos  grave  me  encontraba.  Mi  plan 
curativo  consistía  en  hacer  todo  lo  contrario  de  lo  aconsejado  por  los  médicos.  Y, 
sin  embargo,  y  contra  mis  esperanzas,  semanas  después,  cesaron  las  hemoptisis; 
disminuía  la  fiebre;  abonanzaba  el  estado  general;  en  fin,  mis  pulmones  y  múscu¬ 
los, sometidos  a  pruebas  bárbaras,  funcionaban  de  cada  vez  mejor.  Estaba  visto 
que  no  se  muere  cuando  se  piensa.  A  lo  mejor,  el  caballo  que  creíamos  apocado  y 
débil  resulta  más  animoso  que  el  jinete,  a  quien  suele  dar  elocuentes  lecciones  de 
discreción  y  cordura.  Poco  a  poco,  la  convicción  de  la  vida  se  abrió  paso  en  mi 
corazón  y  en  mi  espíritu. 

Aparte  la  incuestionable  mejoría,  contribuyó  no  poco  a  darme  ánimos  el  suges¬ 
tivo  y  admirable  espectáculo  de  la  tranquilidad  de  los  tuberculosos.  Sabido  es 
que  el  valqr  yla  alegría  son  esencialmente  contagiosos.  Ninguno  de  aquellos  tísi¬ 
cos,  la  mayoría  jóvenes  como  yo,  confesaba  su  mal;  antes  bien,  afirmaban,  imper¬ 
térritos,  ser  simples  catarrosos  o  padecer  del  estómago.  Algunos  decían  acudir  al 
balneario  sin  necesidad,  por  puro  agradecimiento  a  las  milagrosas  aguas;  palabras 
'  de  seguridad  que  resultaban  amargamente  irónicas  al  contemplar  el  amoratado 
círculo  de  los  hundidos  ojos  y  las  febriles  rosetas  de  las  mejillas.  Aun  los  postra¬ 
dos  en  el  lecho,  mostrábanse  en  su  mayoría  satisfechos,  pareciendo  abrigar  la  fir¬ 
me  creencia  en  próxima  curación.  ¡Verdad  es  que  no  eran  médicos!... 

Recuerdo  a  este  propósito  la  respuesta  de  una  señorita  muy  discreta  de  Cer- 
vera,  a  quien  conocía  por  haber  sido,  durante  mi  estancia  en  Cataluña,  varias 
veces  alojado  en  su  casa.  Sorprendido  al  contemplar  los  estragos  que  la  traidora 
enfermedad  había  causado  en  su  hermoso  rostro,  le  pregunté,  harto  indiscretamen¬ 
te,  cómo  iba  de  salud. 

—Yo,  muy  bien,  gracias  a  Dios— contestó— .  Por  fortuna  no  tengo  nada.  Si 
vengo  a  estas  aguas  es  por  acompañar  a  mi  padre,  que  padece  un  catarro  crónico. 
Tan  aliviada  me  encuentro,  que  dentro  de  dos  meses  pienso  casarme  con  L.  (un 
propietario  muy  honorable  de  la  localidad). 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


165 


Meses  después  supe  que  la  valerosa  doncella,  cuya  boda  creía  tan  próxima 
había  fallecido  por  consunción.  Y  es  que  la  mujer  tiene  para  la  enfermedad  una 
entereza  de  que  carecemos  los  hombres.  El  instinto  le  da  increíble  fortaleza.  Sabe 
o  adivina  que  la  belleza  es  el  resplandor  de  la  salud,  y  oculta  con  exquisito  pu¬ 
dor,  y  a  veces  con  sutilísimos  ardides,  sus  íntimas  dolencias. 

La  afabilidad  de  los  tuberculosos  y,  sobre  todo,  el  tranquilo  valor  de  la  tísica 
de  Cervera,  acabaron  por  avergonzarme.  Resolví  desde  entonces  no  estar  enfer¬ 
mo.  Sobreponiéndose  autocráticamente  a  mis  pulmones,  mi  cerebro  decretó  que 
todo  era  aprensión  injustificada.  Se  acabaron  para  mí  las  meticulosidades  del  ré¬ 
gimen,  las  prescripciones  de  la  higiene  y  de  la  farmacopea.  En  mi  desprecio  por 
la  terapéutica,  suspendí  definitivamente  la  bebida  de  la  famosa  agua  nitrogenada, 
e  hice  vida  absolutamente  normal.  Ciertamente,  mis  pulmones  refunfuñaban  algo 
y  mi  corazón  se  obstinaba  en  latir  más  de  la  cuenta;  pero  yo  juré  ño  hacerles 
caso.  ¡Allá  ellos!  Y  me  entregué  al  dibujo,  a  la  fotografía,  a  la  conversación  y  al 
paseo,  como  si  tuviera  ante  mí  un  programa  de  vida  y  de  acción  inacabable. 

Cuando,  de  regreso  del  balneario,  pasé  por  Jaca  y  me  instalé  con  mi  hermana 
en  el  monasterio  nuevo  de  San  Juan  de  la  Peña,  hallábame  sumamente  animado  y 
con  todos  los  signos  de  una  franca  convalecencia.  Lo  apacible  y  pintoresco  del  lu¬ 
gar;  una  alimentación  suculenta  formada  de  carne  y  leche;  jiras  diarias  por  los 
bosques  circundantes;  interesantes  visitas  al  viejo  monasterio  de  la  Cueva,  donde 
duermen  su  eterno  sueño  los  antiguos  monarcas  de  Aragón;  excursiones  fotogrᬠ
ficas  a  los  alrededores  de  la  montaña  y  a  la  cercana  aldea  de  Santa  Cruz  de  la  Se-, 
rós,  etc...,  acabaron  por  traerme,  con  la  seguridad  del  vivir,  el  vigor  del  cuerpo  y  la 
serenidad  del  espíritu.  Héteme,  pues,  reintegrado  al  cauce  de  la  existencia,  con 
sus  inquietudes  y  batallas.  ¡Aún  no  era  tiempo!... 

Grandes  médicos  son  el  sol,  el  aire,  el  silencio  y  el  arte.  Los  dos  primeros  to¬ 
nifican  el  cuerpo;  los  dos  últimos  apagan  las  vibraciones  del  dolor,  nos  libran  de 
nuestras  ideas,  a  veces  más  virulentas  que  el  peor  de  los  microbios,  y  derivan 
nuestra  sensibilidad  hacia  el  mundo,  fuente  de  los  goces  más  puros  y  vivificantes. 
Además,  volviendo  a  mi  caso,  mi  hermana  Paula  resultó  una  enfermera  ideal. 

Considero  que  la  fotografía,  de  que  era  yo  entonces  ferviente  aficionado,  co¬ 
operó  muy  eficazmente  a  distraerme  y  tranquilizarme.  Ella  me  obligaba  a  conti¬ 
nuado  ejercicio,  y,  proponiéndome  a  diario  la  ejecución  de  temas  artísticos,  sazo¬ 
naba  la  monotonía  de  mi  retiro  con  el  placer  de  la  dificultad  vencida  y  con  la 
contemplación  de  los  bellos  cuadros  de  una  naturaleza  variada  y  pintoresca. 

Estas  aficiones  al  arte  de  Daguerre  habían  nacido  años  antes,  según  dejo 
apuntado  más  atrás,  en  la  época  del  colodion  heroico,  y  su  cultivo  vino  a  ser  como 
una  compensación  feliz,  destinada  a  satisfacer  tendencias  pictóricas  definitiva¬ 
mente  defraudadas  por  consecuencia  de  mi  cambio  de  rumbo  profesional.  Porque 
sólo  el  objetivo  fotográfico  puede  saciar  el  -  hambre  de  belleza  plástica  de  quie¬ 
nes  no  gozaron  del  vagar  necesario  para  ejercitar  metódicamente  el  pincel  y  la 
paleta. 

Más  tarde,  casado  ya,  llevé  mi  culto  por  el  arte  fotográfico  hasta  convertirme 
en  fabricante  de  placas  al  gelatino -bromuro,  y  me  pasaba  las  noches  en  un  grane¬ 
ro  vaciando  emulsiones  sensibles,  entre  los  rojos  fulgores  de  la  linterna  y  ante  el 
asombro  de  la  vecindad  curiosa,  que  me  tomaba  por  duende  o  nigromántico.  Esta 
nueva  ocupación,  tan  distante  de  mi  devoción  hacia  la  Anatomía,  fué  consecuen¬ 
cia  de  las  insistentes  demandas  de  los  profesionales  de  la  fotografía.  Descono¬ 
cíanse  por  aquella  época  en  España  las  placas  ultrarrápidas  al  gelatino  bromuro 


166 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


fabricadas  a  la  sazón  por  la  casa  Monckoven,  y  que  costaban,  por  cierto,  suma¬ 
mente  caras.  Habia  yo  leido  en  un  libro  moderno  la  fórmula  de  la  emulsión  argén¬ 
tica  sensible,  y  me  propuse  elaborarla  para  satisfacer  mis  aficiones  a  la  fotografía 
instantánea,  empresa  inabordable  con  el  engorroso  proceder  del  colodión  húmedo. 
Tuve  la  suerte  de  atinar  pronto  con  las  manipulaciones  esenciales  y  aun  de  mejo¬ 
rar  la  fórmula  de  la  emulsión;  y  mis  afortunadas  instantáneas  de  lances  del  toreo, 
y  singularmente  una,  tomada  del  palco  presidencial  cuajado  de  hermosas  señori¬ 
tas  (tratábase  de  cierta  corrida  de  beneficencia,  patrocinada  y  presidida  por  la 
aristocracia  aragonesa),  hicieron  furor,  corriendo  por  los  estudios  fotográficos  y 
alborotando  a  los  aficionados.  Mis  placas  rápidas  gustaron  tanto,  que  muchos  de¬ 
seaban  ensayarlas. 

Sin  quererlo,  pues,  me  vi  obligado  a  fabricar  emulsiones  para  los  fotógrafos  de 
dentro  y  fuera  de  la  capital,  instalando  apresuradamente  un  obrador  en  el  granero 
de  mi  casa  y  convirtiendo  a  mi  mujer  en  ayudante.  Si  en  aquelia  ocasión  hubiera 
yo  topado  con  un  socio  inteligente  y  en  posesión  de  algún  capital,  habriase  crea¬ 
do  en  España  una  industria  importantísima  y  perfectamente  viable.  Porque,  en 
mis  probaturas,  había  dado  yo,  casualmente,  con  un  proceder  de  emulsión  más 
sensible  que  los  conocidos  hasta  entonces,  y  por  tanto,  de  facilísima  defensa  con¬ 
tra  la  inevitable  concurrencia  extranjera.  Por  desgracia,  absorbido  por  mis  traba¬ 
jos  anatómicos  y  con  la  preparación  de  mis  oposiciones,  abandoné  aquel  rico  filón 
que  inopinadamente  se  me  presentaba. 

Pidiendo  perdón  al  lector  por  la  precedente  digresión  fotográfica,  concluiré  el 
relato  de  mi  enfermedad,  añadiendo  que  retorné  por  octubre  a  Zaragoza  con  salud 
casi  floreciente  y  me  consagré  más  entusiasmado  que  nunca  al  anfiteatro  anatómi¬ 
co  y  a  los  estudios  histológicos. 

Allá  a  fines  del  79,  cuando,  olvidado  de  mis  achaques,  acababa  de  obtener  la 
plaza  de  Director  del  Maseo  Anatómico,  tomé  la  resolución  de  casarme,  contra  la 
opinión  de  mis  padres  y  de  los  amigos,  que  presagiaban  un  desastre.  Para  un  so¬ 
ñador  impenitente,  despreciador  del  vil  metal  y  de  todos  los  prejuicios  sociales, 
claro  es  que  mi  matrimonio  debía  indefectiblemente  ser  un  enlace  de  amor. 

He  aquí  cómo  conocí  a  mi  futura;  De  vuelta  de  un  paseo  por  Torrero,  encontré 
cierta  tarde  a  una  joven  de  apariencia  modesta,  acompañada  de  su  madre.  Su  ros¬ 
tro,  sonrosado  y  primaveral,  asemejábase  al  de  las  madonas  de  Rafael,  y  aún  me¬ 
jor,  a  cierto  cromo-grabado  alemán  que  yo  había  admirado  mucho  y  que  represen¬ 
taba  la  Margarita  del  Fausto.  Me  atrajeron,  sin  duda,  la  dulzura  y  suavidad  de  sus 
facciones,  la  esbeltez  de  su  talle,  sus  grandes  ojos  verdes  encuadrados  de  largas 
pestañas  y  la  frondosidad  de  sus  rubios  cabellos;  pero  me  sedujo  más  que  nada 
cierto  aire  de  infantil  inocencia  y  de. melancólica  resignación  emanados  de  toda  su 
persona.  Seguí  a  la  gentil  desconocida  hasta  su  domicilio;  averigüé  que  era  huér¬ 
fana  de  padre— un  modesto  empleado—,  y  que  se  trataba  de  una  muchacha  hon¬ 
rada,  modesta  y  hacendosa.  Y  entablé  relaciones  con  ella.  Tiempo  después,  sin  que 
los  consejos  de  la  familia  fueran  poderosos  a  disuadirme,  me  casé,  no  sin  estudiar 
a  fondo  la  psicología  de  mi  novia,  que  resultó  ser,  según  yo  deseaba,  comple¬ 
mentaria  de  la  mía. 

Mi  resolución,  comentada  por  los  camaradas  en  tertulias  y  cafés,  fué  unánime¬ 
mente  calificada  de  locura.  Ciertamente,  mirado  el  acto  desde  el  punto  de  vista 
económico,  podía  conducir  a  la  ruina.  Valor  se  necesitaba,  en  efecto,  para  fun¬ 
dar  una  familia  cuando  todo  mi  haber  se  reducía  al  sueldo  de  25  duros  al  mes,  y  a 
los  ocho  o  diez  más,  a  lo  sumo,  granjeados  por  mis  repasos  de  Anatomía  e  Histo- 


Lámina  XIV. 


Monasterio  viejo  de  San  Juan  de  la  Peña,  donde  se  hallan 
LOS  sepulcros  de  los  antiguos  reyes  de  Aragón. 


Lámina  XV. 


Retrato  de  mi  novia  un  año  antes  de  ser  mi  mujer. 

La  adjunta  fotografía,  alterada  por  el  tiempo,  apenas  da  idea  de 
los  rasgos  fisionómicos  del  original.  Aun  incurriendo  en  pecado  de 
grave  indiscreción,  la  reproduzco  aquí  (entonces  no  se  conocía  el 
exótico  y  horrible  sombrero  femenino),  porque  mi  compañera,  con  su 
abnegación  y  modestia,  su  amor  al  esposo  y  a  sus  hijos  y  su  espíritu 
de  heroica  economía,  hizo  posible  la  obstinada  y  obscura  labor  del 
que  escribe  estas  líneas. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


167 


logia.  Así  es  que  la  boda  se  celebró  casi  en  secreto;  no  quise  molestar  a  parientes 
ni  amigos  con  andanzas  que  sólo  interesaban  a  mi  persona. 

Recuerdo  que  cierto  compañero,  extrañado  de  verme  entrar  con  tanta  incons¬ 
ciencia  e  intrepidez  en  el  gremio  de  los  padres  de  familia,  exclamó:  «¡El  pobre 
Ramón  se  ha  perdido  definitivamente!  ¡Adiós  estudio,  ciencia  y  ambiciones  gene¬ 
rosas!» 

Fatídicos  eran  los  presagios:  mi  padre  vaticinaba  mi  muerte  en  bteve  plazo;  los 
amigos  me  daban  por  definitivamente  fracasado. 

Y  en  principio,  mis  censores  tenían  razón.  Es  incuestionable  que,  en  la  mayo¬ 
ría  de  los  casos,  la  vanidad  femenil,  junto  con  las  necesidades  y  afanes  del  hogar, 
acaparan  financieramente  toda  la  actividad  mental  del  esposo,  a  quien  se  impone, 
con  todo  su  desolador  prosaísmo,  el  conocido  primum  v/i;ere...Mas  en  esta  clase  de 
asuntos  es  preciso,  para  acertar,  fijarse,  más  que  en  las  enseñanzas  de  la  expe¬ 
riencia  general,  en  las  condiciones  individuales,  en  las  tendencias  y  sentimientos 
íntimos.  Además,  olvidamos  a  menudo  que,  en  la  sociedad  conyugal,  al  lado  de 
factores  económicos,  actúan  también  resortes  éticos  y  sentimentales  decisivos,  a 
cuyo  influjo  prodúcense  impensadas  y  casi  siempre  felices  metamorfosis  de  la 
personalidad  física  y  moral  de  los  esposos.  En  virtud  de  estos  cambios,  y  de  la 
consiguiente  integración  ide  actividades,  la  sociedad  conyugal  constituye  una  en¬ 
tidad  superior,  capaz  de  crear  valores  mentales  y  económicos  enteramente  nuevos 
o  apenas  latentes  en  los  sumandos. 

Por  no  haber  tenido  en  cuenta  estos  factores,  fallaron  de  medio  a  medio  las 
profecías  de  los  amigos.  Físicamente,  mejoré  a  ojos  vistas,  reconociendo  todos 
que,  desde  mi  regreso  de  Cuba,  jamás  fué  mi  estado  tan  satisfactorio.  Mi  mujer, 
con  una  abnegación  y  una  ternura  más  que  maternales,  se  desvelaba  por  cuidar¬ 
me  y  consolidar  mi  salud.  En  cuanto  al  tan  cacareado  abandono  del  estudio  y  de 
toda  ambición  elevada,  bastará  hacer  notar  que  años  siguientes,  y  cuando  ya  tenía 
dos  hijos,  publiqué  mis  primeros  trabajos  científicos  y  gané  por  oposición  la  cáte¬ 
dra  de  Anatomía  de  Valencia. 

La  armonía  y  la  paz  del  matrimonio  tienen  por  condición  inexcusable  el  que  la 
mujer  acepte  de  buen  grado  el  ideal  de  vida  perseguido  por  el  esposo.  Malógran- 
se,  por  tanto,  la  dicha  del  hogar  y  las  más  nobles  ambiciones  cuando  la  compañe¬ 
ra  se  erige,  según  vemos  a  menudo,  en  director  espiritual  de  la  familia,  y  organiza 
por  sí  el  programa  de  las  actividades  y  aspiraciones  de  su  cónyuge.  Bajo  este  as¬ 
pecto,  debo  confesar  que  jamás  tuve  motivo  de  disgusto. 

Lejos  de  lamentar,  según  les  ha  ocurrido  a  muchos  aficionados  a  la  ciencia  o 
al  arte  en  España  (1),  ésa  derivación  casi  exclusiva  de  los  ingresos  hacia  las  disi¬ 
paciones  y  vanidades  de  la  indumentaria,  del  teatro  o  del  lujo  doméstico,  sólo 
hallé  en  mi  compañera  facilidades  para  costear  y  satisfacer  mis  aficiones  y  conti¬ 
nuar  mi  carrera.  No  hubo,  pues,  dinero  para  perifollos,  teatros,  coches  y  veraneos, 
pero  sí  para  libros,  revistas  y  objetos  de  Laboratorio.  Y  aunque  estos  elogios  pa¬ 
rezcan  extraños  y  aun  inconvenientes  en  mi  pluma  (2),  complázcomé  en  declarar 
que,  no  obstante  una  belleza  que  parecía  invitarla  a  brillar  y  ostentarse  en  visitas, 
paseos  y  recepciones,  mi  esposa  se  condenó  alegremente  a  la  obscuridad,  perma- 

(1)  A  esto  aludo  particularmente  en  mi  IVaro  Reglas  y  consejos  sobre  la  investigación  biológica 
.5.a  edición,  pág.  154  y  siguientes. 

(2)  Sería  yo  injusto  si  por  una  mal  entendida  discreción  callara  que,  durante  mis  primeros  años  de 
proíesor,  sólo  la  insuperable  abnegación  de  mi  esposa  hizo  posibles  mis  trabajos  cientificos.  Por  algo 
cierta  dama  de  mucho  talento  solía  decir:  «La  mitad  de  Cajal  es  su  mujer.» 


168 


S.  RAMÓN  Y  GAJAL 


neciendo  sencilla  en  sus  gustos,  y  sin  más  aspiraciones  qiíe  la  dicha  tranquila  el 
buen  orden  en  la  administración  del  hogar  y  la  felicidad  del  marido  y  de  sus  hijos 
Que,  dados  mi  carácter  y  tendencias,  mi  elección  fué  un  acierto,  reconociérS 
pronto  mis  progenitores,  singularmente  mi  madre,  que  acabó  po  querer  s  nTÍ 


SEGUNDA  PARTE 

HISTORIA  DE  MI  LABOR  CIENTIFICA 


PARTE  SEGUNDA 


CAPITULO  PRIMERO 

MIS  ENSAYOS  DE  INVESTIGACIÓN.— MONOGRAFÍAS  SOBRE  LA  INFLAMACIÓN  Y  LAS 
TERMINACIONES  NERVIOSAS.— CONOCIMIENTO  DE  MÍ  MISMO  Y  QE  LOS  SABIOS.— 
COBRO  confianza  EN  MIS  MODESTAS  APTITUDES 


SIN  descartar  enteramente  la  narración  de  sucesos  ajenos  a  mi  labor  científica 
(me  hago  cargo  de  que  no  escribo  exfclusivamente  para  especialistas,  sino 
para  un  público  culto  de  aficiones  diversas)  la  Segunda  Parte  de  este  libro 
será  la  historia  de  mis  trabajos  de  Laboratorio.  Estimo  no  desprovisto  de  interés 
pedagógico  referir  cómo  surgió  y  se  realizó  el  pensamiento,  un  poco  quimérico,  de 
fabricar  Histología  española,  a  despecho  de  la  indiferencia,  cuando  no  de  la  hosti¬ 
lidad,  del  medio  intelectual. 

Creo  haber  apuntado  ya  que  en  los  últimos  años  de  'mi  estancia  en  Zaragoza, 
cuando  era  director  del  Museo  Anatómico  y  había  contraído  matrimonio,  instalé 
en  mi  propia  casa  un  modesto  Laboratorio  micrográfico,  con  la  doble  mira  de  dar 
lecciones  a  los  alumnos  del  doctorado  y  de  adiestrarme  en  el  manejo  de  la  técni¬ 
ca  histológica.  Allí,  en  mezquino  inmueble  de  la  calle  del  Hospital,  comencé  a 
tantear  mis  fuerzas  inquisitivas,  inspirándome,  sobre  todo,  en  los  sabios  consejos 
del  Tratado  de  Técnica  Histológica  de  Ranvier; 

Según  es  de  presumir,  mis  primeros  ensayos  (en  número  de  dos,  publicados  en 
Zaragoza  en  folleto  aparte)  fueron  bastante  flojos. 

El  primero  de  ellos,  intitulado:  Investigaciones  experimentales  sobre  la  inflama¬ 
ción  en  el  mesenterio,  la  córnea  y  el  cartílago,  apareció  en  1880,  ilustrado  con  algu¬ 
nos  grabados  litográficos  que  ejecuté  yo  mismo  (1),  falto  de  recursos  para  pagar 
el  trabajo  de  un  artista.  Discutíase  entonces  con  calor  entre  los  anatomopatólo¬ 
gos  la  cuestión  del  mecanismo  íntimo  de  la  inflamación,  y  singularmente  el  inte- 

(1)  A  fin  de  ilustrar  económicamente  mis  folletos,  estudié  prácticamente  el  manejo  del  láp:z  y  buril 
litográficos.  Todas  mis  publicaciones  de  .Zaragoza  y  Barcelona  (1880  a  1890)  llevan  anejos  grabados 
litográficos  de  mi  cosecha.  Tan  aficionado  era  a  este  proceder  de  reproducción,  que  llegué  a  aplicar  la 
fotografía  al  arte  litográfico,  obteniendo  resultados  aceptables-  Los  zaragozanos  contemporáneos  míos 
acaso  recuerden  una  hoja  periodística  extraordinaria,  conmemorativa  de  la  concesión  del  ferrocarril  de 
Zaragoza  a  Canfranc,  algunos  de  cuyos  dibujos,  hechos  a  pluma  y  debidos  a  Pradilla  y  otros  insignes 
attistas  aragoneses,  fueron  reproducidos  fotolitográficamente  por  mí.  Fué,  según  creo,  la  primera  aplica¬ 
ción  de  la  fotografía  al  grabado  efectuada  en  España. 


170 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


resante  problema  del  origen  de  los  glóbulos  de  pus.  Deseando  formar  opinión 
personal  sobre  el  asunto,  examiné  experimentalmente  el  tema  debatido,  reprodu¬ 
ciendo  y  analizando  esmeradamente  los  famosos  experimentos  de  Cohnheim  en 
el  mesenterio  inflamado  de  la  rana  curarizada.  Por  desgracia,  estaba  yo  entonces 
harto  influido  por  las  ideas  de  Duval,  Hayem  y  otros  histólogos  franceses  (que  ne¬ 
gaban  la  diapedesis  de  los  glóbulos  blancos)  y  fui  arrastrado  a  una  solución  sin¬ 
crética  o  de  transacción,  errónea  conforme  suelen  ser  en  ciencia  casi  todas  las 
opiniones  diagonales. 

Prescindiendo  de  las  conclusiones,  contiene  este  folleto  bastantes  detalles 
nuevos  acerca  de  las  modificaciones  de  las  células  de  los  tejidos  inflamados  (cór¬ 
nea,  cartílago,  mesenterio);  se  señala  en  él  por  primera  vez  la  capacidad  fagocítica 
de  las  plaquetas  de  la  sangre;  se  estudian  prolijamente  las  alteraciones  del  ce¬ 
mento  Ínter-epitelial  del  peritoneo  y  de  los  capilares,  etc.;  pequeñas  novedades 
que,  al  igual  de  todo  lo  que  di  a  la  estampa  por  aquellos  tiempos,  pasaron  abso¬ 
lutamente  inadvertidas  de  los  sabios.  Ni  podía  ocurrir  otra  cosa  escribiendo  en 
español,  lengua  desconocida  de  los  investigadores,  y  haciendo  tímidas  ediciones 
de  100  ejemplares,  que  se  agotaban  rápidamente  en.  regalos  a  personas  ajenas  a 
mis  aficiones.  De  todos  modos,  con  el  olvido  de  estas  menudas  aportaciones,  no 
se  perdió  cosa  mayor.  Por  cierto  que  con  ocasión  de  estos  tímidos  ensayos  de 
investigador,  llegó  a  mis  oídos'  una  frase  desalentadora  de  algunos  profesores: 
¡Quién  es  Cajal  para  juzgar  a  los  sabios  extranjeros!...  ¡Tan  en  la  entraña  de  nues¬ 
tra  raza  había  arraigado  la  convicción  de  nuestra  triste  y  radical  incapacidad  para 
el  cultivo  de  la  ciencia! 

De  más  enjundia  y  de  índole  más  estrictamente  objetiva,  fué  mi  segundo  tra¬ 
bajo,  aparecido  también  en  Zaragoza  bajo  el  título  de  Observaciones  microscópi-^ 
cas  sobre  las  terminaciones  nerviosas  en  los  músculos  voluntarios,  e  ilustrado  con 
dos  láminas  litografiadas  iluminadas  a  mano.  En  esta  monografía  se  explora,  con 
los  métodos  entonces  en  boga  (el  del  cloruro  de  oro  y  el  del  nitrato  de  plata  ordi¬ 
nario),  el  modo  de  terminar  las  fibras  nerviosas  sobre  los  músculos  estriados  de 
los  batracitís,  confirmando  en  principio  las  descripciones,  entonces  muy  discuti¬ 
das,  de  Krause  y  Ranvier  (1).  Como  positiva  contribución  al  conocimiento  del 
tema,  descríbense  en  dicho  folleto  algunos  tipos  nuevos  de  arborización  nerviosa 
terminal  (cuatro  variedades);  se  expone  un  interesante  perfeccionamiento  del  mé¬ 
todo  de  Cohnheim  al  nitrato  de  plata  (tratámiento  previo  de  los  músculos  por  ei 
agua  acetificada);  se  sugiere  el  empleo  del  virado  al  oro  para  reforzar  las  imágenes 
argénticas  (2)  y  se  aplica,  en  fin,  por  primera  vez,  al  teñido- del  sistema  nervioso 
periférico  el  nitrato  argéntico  amoniacal,  reactivo  que,  andando  el  tiempo  y  en  las 
manos  de  Fajersztajn  y  otros,  había  de  ser  fundamento  de  valiosos  métodos  de 
impregnación  de  las  fibras  y  células  nerviosas. 

No  obstante  la  mediocridad  de  los  resultados,  dichos  ensayos  de  labor  inquisi- 

(1)  Estos  tipos  fueron  más  tarde  considerados  como  fruto  de  propias  investigaciones  por  Dogiel. 
profesor  de  San  Petersburgo,  que,  naturalmente,  desconocia  nuestro  trabajo.  Véase: 

Dogiel:  Methylenblauünction  der  motorischen  Nervenendigungen  in  den  Muskel  der  Amphibien 
nnd  Reptilien,  Arch.  für  micros.  Anat.,  Bd.  'XXXV,  1890. 

También  Cuccati  confirma  inconscientemente  algunas  de  nuestras  descripciones:  Intern.  Monatsch. 
f.  Anat,  u.  PJiysiol.,  Bd.  X,  1888. 

(2)  El  refuerzo  y  virado  mediante  el  cloruro  de  oro  es  hoy  corrientemente  empleado  en  las  impreg¬ 
naciones  argénticas  (método  de  Bielschowsky  y  sus  variantes),  nitrato  de  plata  reducido,  procederes  de 
Achúcarro.  Río  Hortega,  de  Da  Fano,  etc.).  Todo  el  mundo  ignora  quién  fué  el  primero  en  aconsejar  este 
perfeccionamiento  tintorial. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


171 


tiva  fueron  para  mí  muy  educadores.  Me  trajeron  el  conocimiento  de  mí  mismo  v 
el  conocimiento  de  la  psicología  de  los  sabios. 

Claro  es  que  yo  me  adjudicaba,  á  priori,  con  mucha  petulancia  y  presun¬ 
ción,  algunas  aptitudes  para  la  investigación  científica.  Sírvame  de  excusa  mi  ju¬ 
ventud  y,  sobre  todo,  el  hecho  psicológico  de  que,  sin  cierta  inmodestia,  nadie  aco¬ 
mete  empresa  de  importancia.  De  todas  suertes,  en  cuanto  me  aventuré  en  el  exa¬ 
men  objetivo  de  los  problemas  biológicos,  creció  la  fe  en  mí  mismo,  porque  me 
pareció  que  se  confirmaban  d  posteriori  las  cualidades  presupuestas,  entre  las 
cuales  (todas,  naturalmente,  de  orden  secundario,  pero  adecuadas  para  la  labor  em¬ 
prendida)  descollaban:  paciencia  rayana  en  la  obstinación  para  el  adueñamiento 
de  los  métodos  histológicos;  destreza  y  maña  para  reemplazar  disposiciones  expe¬ 
rimentales  costosas  con  sencillos  e  improvisados  artilugios;  continuidad  y  celo  in¬ 
fatigables  para  la  observación  de  los  hechos,  y,  en  fin,  la  mejor  de  todas,  flexibili¬ 
dad  para  cambiar  bruscamente  de  opinión  y  corregir  errores  y  ligerezas.  Además 
en  aquella  labor  que  mis  colegas  y  amigos  estimaban  aburrida,  hallaba  yo  la  más 
atrayente  de  las  distracciones.  Asomado  ansiosamente  al  ocular,  transcurrían  rᬠ
pidas  las  veladas  invernales,  sin  echar  de  menos  teatros  y  tertulias.  Recuerdo  que 
una  vez  me  pasé  sobre  el  microscopio  veinte  horas  seguidas,  avizorando  los  ges¬ 
tos  de  un  leucocito  moroso,  en  sus  laboriosos  forcejeos  para  evadirse  de  un  capi-  . 
lar  sanguíneo. 

Pero,  como  antes  decía,  no  sólo  trabé  conocimiento  conmigo  mismo,  sino  tam¬ 
bién  con  los  sabios;  porque  nada  permite  calar  más  hondo  en  el  espíritu  de  los 
demás  investigadores  que  confrontar  severamente  su  interpretación  personal  con 
la  realidad  misma,  siguiendo  de  cerca  la  táctica  y  esgrima  empleadas  por  aquéllos 


para  dominar  los  obstáculos  e  insidias  con  que  la  naturaleza  parece  defenderse  de 
la  humana  curiosidad.  En  este  cotejo  entre  el  modelo  y  la  copia,  se  hacen  paten¬ 
tes  la  lucidez  intelectual,  la  sólida  cultura,  los  ardides  metodológicos,  a  veces  los 
atisbos  geniales;  pero  se  reconocen  también  los  prejuicios,  descuidos  y  equivoca¬ 
ciones  del  hombre  de  ciencia. Una  vez  demostrados,  estos  pequeños  errores  resul¬ 
tan  Utilísimos,  ya  que  poseen  la  virtud  de  sacudir  el  apocamiento  y  la  inercia  del 
principiante.  De  la  compulsa  general  efectuada  entre  los  libros  y  las  cosas,  saqué 
entonces  la  conclusión  de  que  los  sabios— exceptuadas  las  escasas  cabezas  genia¬ 
les-son  hombres  como  todos  los  demás,  sin  otra  ventaja  que  el  haberse  prepara¬ 
do  adecuadamente  para  la  investigación  al  lado  de  maestros  ilustres  y  en  el  tibio 
invernáculo  de  las  escuelas  científicas . 


Pero  el  fruto  más  preciado  obtenido  de  los  consabidos  ensayos  experimenta¬ 
les,  fué  la  profunda  convicción  de  que  la  naturaleza  viva,  lejos  de  estar  agotada  y 
apurada,  nos  reserva  a  todos,  grandes  y  chicos,  extensiones  inconmensurables  de 
tierras  ignotas;  y  que,  aun  en  los  dominios  al  parecer  más  trillados,  quedan  toda¬ 
vía  muchas  incógnitas  por  despejar. 

No  llegaba,  empero,  mi  optimismo  hasta  el  punto  de  olvidar  las  dificultades  de 
la  empresa  y  desconocer  mi  escasa  preparación  para  acometerla.  A  pesar  de  mi 
juvenil  presunción,  reconocí  pronto  alguno  de  mis  defectos:  urgía  ampliar  y  mo¬ 
dernizar  mis  conocimientos  en  física  y  otras  ciencias  naturales;  evitar  seducciones 
teóricas  y  encariñamientos  hacia,  las  propias  hipótesis;  refrenar  la  natural  propen¬ 
sión  a  publicar  prematuramente,  interpretando  precipitadamente  los  hechos,  sin 
apurar  antes  y  discutir  rigurosamente  todas  las  posibilidades;  y,  sobre  todo,  acre¬ 
centar  suficientemente  mi  caudal  bibliográfico,  para  descartar  la  amarga  decep¬ 
ción  de  tomar  cual  propia  cosecha  el  fruto  del  ajeno  trabajo. 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


A  corregir  está  última  deficiencia,' que  me  preocupaba  realmente— faltas  conto 
estaban  y  están  todavía  las  Universidades  españolas.de  colecciones  de  revistas 
extranjeras—,  respondieron  nuevos  sacrificios  pecuniarios.  Aumenté  la  lista  de 
mis  suscripciones  con  dos  más:  la  del  Journal  de  l’Anatomie  et  de  la  Physiologie, 
publicado  en  París  por  el  profesor  Robín,  que  resumía  las  conquistas  micrográfi- 
cas  de  la  ciencia  francesa,  y  la  del  Archi]^  für  mikroskopische  Anatomie  and  Ent- 
wikelunggesischte,  publicación  lujosa,  adornada  con  admirables  cromolitografías 
dirigida  por  el  ilustre  W.  Waldeyer,  de  Berlín,  [y  donde  veían  la  luz  las  más  va¬ 
liosas  contribuciones  de  los  histólogos  y  embriólogos  alemanes,  rusos  y  escan¬ 
dinavos. 

Comprendí  también  que,  a  más  de  libros  de  texto  extranjeros,  debía  adquirir 
esas  monumentales  monografías,  realzadas  por  moderna  y  puntual  bibliografía, 
escritas  por  sabios  afamados  o  por  una  pléyade  de  investigadores  eméritos.  El 
modelo,  por  entonces,  de  esta  clase  de  extensos  Tratados,  preciosos  para  el  devo¬ 
to  del  Laboratorio,  era  el  Handbuch  der  Lehre  den  Geweben,  del  profesor  Sfricker; 
cada  uno  de  sus  capítulos  corría  a  cargo  de  un  [especialista  renombrado.  A  dicha 
categoría  de  extensas  monografías  pertenecían  también  los  excelentes  libros  de 
Ranvier,  titulados  ILeQons  sur  le  Systéme  nerveux  (dos  tomos)  (1)  y  sus  LeQons 
d’ Anatomie  générale  (2),  así  como  los  bien  documentados  7ra:tados  de  Schwalbe 
acerca  del  sistema  nervioso  (Lehrbuch  der  Neurolsgie)  y  los  órganos  de  los  sen¬ 
tidos  (Anatomie  der  Sinnesorgane). 

Cuando  a  fines  del  año  1883  me  disponía  a  trasladarme  a  Valencia,  mi  familia ' 
había  aumentado  con  dos  hijos  y  estaba  a  punto  de  nacerme  otro.  Véase  cómo, 
contra  el  parecer  de  mis  amigos,  los  hijos  de  la  carne  no  ahogaron  los  hijos  del 
espíritu.  Si  cada  recién  nacido  trae  bajo  el  brazo,  según  dicho  vulgar,  una  hogaza, 
cada  monografía  publicada  aportaba,  con  las  nobles  satisfacciones  del  ánimo,  el 
pan  material  de  la  existencia.  Ellas  me  dieren  reputación  de  trabajador  y  estu¬ 
dioso— Ún  icos  méritos  no  regateados  porque  no  causan  envidia— y  contribuyeron 
a  sustentar  y  elevar  el  crédito  de  mi  modesta  Academia  de  Anatomía  e  Histología. 
Ellas,  en  fin,  con  mis  libros  posteriores,  me  granjearen  después  en  Madrid  valio¬ 
sas  simpatías  y  aprobaciones. 

(1)  Ranvier.-  Lecons  sur  l’Mstologie  du  systeme  nervevx.  Deux  voluires,  recueiniées  par  Weter.  pa¬ 
rís,  r878. 

(2)  Ranvier;  Lecons  d’ Anatomie  générale  faites  au  Collége  deFrance,  année  1878-1879. 

Idem;  Terminaisons  nerveuses  sensitites.  Cornée.  Legor  s  iccueilliées  par  Weber,  1883. 

Idem;  Appareils  nerveux  terminaux  des  m  úseles  déla  vie  erge  ñique,  eXc.  I.efcns  recueilüées  par 
Weber  et  Lataste.  París,  1880. 

Idem:  Lefons  sur  le  systeme  mu sculaire,  recueilliées  par  Renaut. 

Cito  menudamente  los  libros  monográficos  del  ilustre  bisíólogo  francés,  poique  fueren,  junto  con  ti 
admirable  Traitétechnigue  de  Eistologie,  ya  mencionado  más  atrás,  ¡as  obias  que  más  influyeron  en  mi 
educación  micrográfica. 


CAPITULO  II 


MI  TRASLACIÓN  A  VALENCIA.— MIS  JIRAS  POR  LA  CIUDAD  Y  SUS  ALREDEDORES.— LOS 
ORADORES  DEL  ATENEO  VALENCIANO. —  EPIDEMIA  COLÉRICA  DE  1885  E  INOCULA¬ 
CIONES  PROFILÁCTICAS  DEL  DOCTOR  FERRÁN.— ENCARO ..^DO  POR  LA  DIPUTACIÓN 
DE  ZARAGOZA  DEL  ESTUDIO  DE  LA  VACUNACIÓ.N  ANTICOLÉRICA,  DOY  UNA  CON¬ 
FERENCIA  EN  LA  CAPITAL,  ARAGONESA  Y  LA  DIPUTACIÓN  RECO.VIPENSA  MI  LABOR 
PUBLICANDO  MIS  ESTUDIOS  Y  REGALÁNDOME  MAGNÍFICO  MICROSCOPIO.— RESUL¬ 
TADOS  DE  MIS  INVESTIGACIONES  SOBRE  EL  CÓ  .ERA.— PUBLICO  UN  LIBRO  DE  HIS¬ 
TOLOGÍA.— LAS  MARAVILLAS  DE  ESTA  CIENCIA  Y  MIS  TRASPORTES  DE  LIRISMO 
CIENTÍFICO 


Allá  por  los  primeros  días  de  enero  de  1884  me  trasladé  a  Valencia,  tomando . 
posesión  de  la  Cátedra  de  Anatomía.  Me  hospedé  provisionalmente  con 
mi  familia  en  una  fonda  situada  en  la  Plaza  del  Mercado,  cerca  de  la 
famosa  Lonja  de  la  Seda.  Comprados  los  muebles  necesarios,  nos  instalamos  des¬ 
pués  en  modesta’casa  de  la  calle  de  las  Avellanas,  donde  disponía  de  sala  holgada 
y  capaz  para  laboratorio.^Días  después  me  nacía  una  hija. 

Fiel  a  mi  pensamiento  de  que  las  cosas  son.  más  interesantes  que  los  hombres 
consagré  algunos  días  a  explorar  las  curiosidades  de  la  ciudad.  Visité  la  magnífica 
Catedral;  subí  al  Miguelete  para  admirar  la  frondosidad  y  extensión  de  la  huerta 
y  la  cinta  de  plata  del  lejano  mar  latino;  escudriñé  los  alrededores  de  la  ciudad  y 
los  encantadores- pueblecillos  del  Cabañal,  Godella,  Burjasot,  etc.  Visité  el  puerto 
del  Grao,  ordinario  paseo  deljpueblo  valenciano  en  días  de  asueto,  y  asalté,  en  fin, 
henchido  de  voracidad  artística  y  arqueológica,  las  ruinas  del  teatro  romano  :de 
Sagunto. 

Me  encontraba  en  un  país  nuevo  para  mí,  de  suavísima  temperatura,  en  cuyos 
campos  florecían  la  pita  y  el  naranjo,  y  en  cuyos  espíritus  anidaban  la  cortesía,  la 
cultura  y  el  ingenio.  Por  algo  se  llama  a  Valencia  la  Atenas  española. 

Fui  cordialmente  acogido ]en  la  Facultad  de  Medicina.  Era  rector  “entonces  e 
notable  cirujano  Ferrer  Viñerta,  temperamento  brusco,  vehemente  y  autoritario, 
pero  bonachón  y  cariñoso  en  el  fondo.  Brillaban  en  el  elenco  docente  maestros  tan 
prestigiosos  como  Campá,  Gimeno,*  Ferrer  y  Julve,  Peregrín  Casanova,  Gómez 
Reig,  Ofts,  Magraner,  Machi,  Crous  y  Casellas,  Moliner,  etc.  Caí  bien  en  aquelln 
piña  de  excelentes  compañeros.  Con  su  viveza  meridional  se  dieron  pronto  cuenta 
de  que  el  nuevo  colega  no  venía  a  quitar  moños  a  nadie,  ni  en  la  esfera  académica 
ni  en  la  arena  del  ejercicio  profesional,  sino  a  vivir  modesta  pero  independiente¬ 
mente,  entregado  a  sus  favoritos  estudios. 

A  fin  de  despolarizarme  algo  de  las  tareas  micrográficas  que  absorbían  y. cuasi 


174 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


deformaban,  por  exclusivismo  funcional,  todas  mis  facultades,  me  hice  socio  del 
Casino  de  la  Agricultura,  centro  de  la  gente  de  buen  tono,  donde  encontré  una 
piña  de  personas  cultas  y  agradabilísimas .  Entre  ellas  recuerdo  al  simpático  y 
culto  profesor  de  Historia  Natural,  Arévalo  Vaca;  a  Guillén,  médico  y  naturalista 
distinguido;  al  farmacéutico  Narciso  Loras,  amigo  buenísimo;  a  Villafañe,  catedrᬠ
tico  de  Matemáticas  de  la  Universidad,  polemista  ardoroso  y  atrabiliario,  pero 
inocente  en  el  fondo;  a  Peset,  joven  brillante  entonces  y  actual  profesor  de 
Terapéutica  de  Valencia;  a  don  Prudencio  Solís,  catedrático  de  la  Escuela  normal 
espíritu  culto,  equilibrado  y  de  bellísimos  sentimientos,  etc.  De  vez  en  cuando,  y 
para  descansar  de  pláticas  y  polémicas,  me  entregaba  al  noble  juego  del  ajedrez, 
teniendo  la  honra  de  contender  con  el  campeón  valenciano  Sr.  Roselló.  Fué  este 
mi  único  vicio  (yo  no  he  bebido  ni  fumaüo).  Más  adelante  contaré  cómo  me  des¬ 
prendí  de  un  juego  que  absorbía  con  exceso  mis  modestas  fuerzas  mentales.  En  él 
no  se  apuesta  dinero,  como  dicen  sus  panegiristas,  pero  se  apuesta  algo  más:  el 
Píopio  cerebro,  el  más  grande  de  nuestros  capitales. 

Con  igual  propósito  ingresé  en  el  Ateneo  Valenciano,  centro  científico-litera- 
rio,  similar  del  de  Madrid,  donde  se  congregaba  por  aquella  época  lo  más  selecto 
y  brillante  de  la  juventud  intelectual  de  la  región  levantina.  Allí,  en  aquel  modesto 
local  de  la  plaza  de  Mirasol,  tuve  ocasión  de  conocer  y  aplaudir,  entre  otras  per¬ 
sonas  de  renombre,  al  joven  entonces,  y  ya  clarísimo  orador  y  maestro,  Amalio 
Gimeno;  a  Segura,  consumado  dialéctico  y  culto  expositor  de  las  cuestiones  so¬ 
ciales;  a  Luis  Morote,  que  acababa  de  leer  a  Flaubert,  los  Goncourt  y  Zola,  y  cri¬ 
ticaba,  amena  y  espirilualmente,  las  tendencias  del  naturalismo  literario;  a  mi 
paisano  M.  Zabala,  recién  llegado  de  Zaragoza,  que  sobresalía  por  la  sobriedad  y 
la  intención  de  su  oratoria,  y  por  su  particular  competencia  en  las  ciencias  histó¬ 
ricas;  a  M.  Mas,  cirujano  humanista,  que  esgrimía  con  igual  desembarazo  la  len¬ 
gua  y  el  bisturí,  y  que  era  en  aquella  casa  intérprete  elocuente  y  autorizado  del 
libre  examen  y  de  los  credos  políticos  ultra-radicales;  al  afamado  profesor  Pérez 
Pujol,  peritísimo  en  la  historia  de  la  Edad  Media  y  en  las  ciencias  sociales,  y 
cuyo  verbo  fluía,  puro  y  armonioso,  como  raudal  sonoro  de  artística  fontana. 
Allí,  en  aquella  incubadora  de  artistas  de  la  palabra  o  de  la  pluma,  y  con  motivo 
de  no  sé  qué  inauguración  solemne,  admiré  también  por  vez  primera  la  elocuencia 
soberana  de  Moret,  quien  disertó  acerca  del  progreso  social,  y  cuya  palabra,  colo¬ 
rista  y  jugosa,  pintaba  cuadros  tan  plásticos  y  reales,  que  al  evocar  entonces,  por 
contraposición  con  la  moderna  civilización,  basada  en  la  libertad,  la  civilización 
antigua,  fundada  en  la  esclavitud,  nos  parecía  contemplar  al  suavísimo  Platón 
filosofando  con  sus  discípulos  en  el  jardín  de  Academo,  entre  calles  de  mirtos  y 
adelfas,  y  a  la  sombra  de  plátanos  seculares;  mientras  los  esclavos  labraban  peno¬ 
samente  la  tierra  o.  gemían  fatigados  en  el  obrador  del  artífice  para  que,  cual  flor 
del  espíritu,  resplandecieran  gloriosos  la  ciencia  y  el  arte  griegos...  En  aquella  casa, 
en  fin,  admiré,  tiempos  después,  al  asombroso  y  malogrado  aragonés  don  Joaquín 
Arnau,  talento  tan  vasto  y  completo,  que  ganó  simultáneamente  por  oposición 
tres  cátedras  de  asignaturas  diferentes,  y  a  quien  la  Universidad  de  Valencia, 
fértilísima  en  oradores,  escogió  para  dar,  en  nombre  del  Claustro,  la  bienvenida 
al  gran  Castelar,  con  ocasión  de  una  visita  del  célebre  tribuno  a  la  Atenas  le¬ 
vantina. 

Este  oreo  literario  y  político  hízome  mucho  bien,  evitando  a  mi  cerebro  esas 
temibles  atrofias  compensadoras  del  especialismo  profesional,  en  virtud  de  las 
cuales  vemos  con  pena  todos  los  días  a  matemáticos,  físicos,  químicos  y  natura- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


175 


listas  insignes,  discurrir  sin  cordura  y  a  la  buena  de  Dios  en  cuanto  se  les  saca 
de  sus  habituales  estudios,  obligándoles  a  platicar  de  filosofía,  de  arte  o  de 
ciencias  sociales. 

Dejo  apuntado  algo  acerca  de  lo  modesto  de  mi  domicilio.  Añadiré  ahora  que 
me  confiné,  conscientemente  y  por  sistema,  en  la  mediocridad  económica,  a  fin 
de  disponer  a  mi  talante  de  todo  el  tiempo  que  me  dejaba  libre  la  enseñanza  ofi¬ 
cial.  Penetrado  de  que  un  presupuesto  equilibrado  es  condición  inexcusable  de  la 
paz  del  hogar  y  de  la  tranquilidad  de  espíritu  indispensable  a  la  actividad  cientí¬ 
fica,  decidí  vivir  con  los  52  duros  de  paga  mensual  a  que  ascendía  mi  haber  de 
catedrático  (3.500  pesetas  al  año).  Pero  como  un  Laboratorio  en  plena  actividad 
consume  casi  tanto  como  la  familia,  hube  de  buscar,  según  costumbre,  ingresos 
complementarios,  no  en  el  ejercicio  médico,  según  hábito  general,  sino  en  la  ex¬ 
tensión  de  la  función  pedagógica.  Organicé,  por  tanto,  en  Valencia,  con  mejor 
éxito  todavía  que  en  Zaragoza,  un  curso  práctico  de  Histología  normal  y  patoló¬ 
gica,  al  cual  acudieron  bastantes  médicos  que  cursaban  libremente  el  doctorado, 
y  algunos  doctores  deseosos  de  ampliar  sus  conocimientos  en  Histología  y  Bacte¬ 
riología;  ciencia  esta  última  que  entonces  alboreaba  prometedora  en  el  horizonte, 
a  impulsos  de  los  geniales  descubrimientos  de  Pasteur  y  de  Koch.  Por  cierto  que 
uno  de  mis  discípulos  fué  el  fogoso,  culto  y  activo  jesuíta  P.  Vicent,  el  cual,  se¬ 
gún  ocurre  en  la  mayoría  de  los  eclesiásticos  polemistas,  no  buscaba  erigía  cien¬ 
cia  sino  argumentos  decivos  en  pro  de  sus  arraigadas  creencias. 

Uno  de  los  jóvenes  más  asiduamente  asistentes  a  mis  fecCiones  fué  el  doctor 
Bartual,  talento  sólido  y  armónico  (actualmente  catedrático  de  Histología  de  Va¬ 
lencia),  y  cuyo  alejamiento  del  Laboratorio,  por  imposición  del  enervante  medio 
social,  deploramos  cuantos  conocimos  de  cerca  sus  excepcionales  aptitudes  y  su 
adecuada  y  concienzuda  preparación  para  la  investigación  científica;  otro  discí¬ 
pulo,  frustrado  igualmente  para  la  ciencia  por  falta  de  ambiente,  fué  el  doctor 
E.  Aiabern,  a  quien  faltó  resolución  para  desertar  oportunamente  del  Cuerpo  de 
Aduanas  y  consagrarse  a  la  carrera  del  profesorado.  Pero  la  lista  de  los  buenos, 
extraviados  en  el  desierto,  seria  interminable.,. 

Con  los  nuevos  ingresos,  no  sólo  evité  el  temible  déficit,  sino  que  alimenté 
holgadamente  mi  Laboratorio,  procurándome  además  útilísimos  aparatos  científi¬ 
cos;  por  ejemplo:  un  microíomo  automático  de  Reichert,que  me  prestó  inestimables 
servicios.  Porque  hasta  entonces  no  había  usado  más  microíomo  que  la  vulgar 
navaja  barbera  (el  rudimentario  microtomo  de  Ranvier  que  poseía  ofrecía  más 
inconvenientes  que  ventajas),  para  el  manejo  de  la  cual  había  adquirido,  cierta¬ 
mente,  bastante  habilidad,  mas  con  cuyo  auxilio  resultaba  imposible  conseguir 
regularmente  cortes  finos  de  alguna  extensión. 


El  cólera  de  1885,  que  hizo  tantos  estragos  en  Valencia  y  su  comarca,  me  obli¬ 
gó  temporalmente  a  abandonar  las  células  y  fijar  mi  atención  en  el  bacillus  comma, 
el  insidioso  protagonista  (recién  descubierto  por  Koch  en  la  India)  de  la  asoladora 
epidemia.  Decía  en  páginas  anteriores  que  en  el  horizonte  científico  surgía  un 
nuevo  mundo,  la  microbiologia,  consagrada  al  estudio  de  los  microbios  o  bacte¬ 
rias  (hongos  archimicroscópicos,  agentes  de  las  infecciones)  y  al  mecanismo  de 
su  acción  patógena  sobre  el  hombre  y  los  animales.  Las  novísimas  y  sorprenden¬ 
tes  conquistas  de  Pasteur  y  Chaveau,  en  Francia,  y  de  Koch,  Cohn,  Loffier,  etc., 
en  Alemania,  atrajeron  vivamente  la  atención  de  los  micrógrafos,  muchos  de  los 


176 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


cuales  desertaron  del. viejo  solar  histológico,  fundado  por  Schwann  y  Virchow, 
para  plantar  sus  tiendas  en  el  terreno  casi  virgen  de  los  invisibles  enemigos  de 
la  vida.  Yo  sufrí  también  el  deslumbramiento  del  nuevo  astro  científico,  que  ilu¬ 
minaba  con  inesperadas  claridades  los  tenebrosos  problemas  de  la  Medicina.  Y 
cedí  durante  algunos  meses  a  las  seducciones  del  mundo  de  los  seres  infinita¬ 
mente  pequeños.  Fabriqué  caldos,  teñí  microbios  y  mandé  construir  estufas  y  es- 
terilizadoras  para  cultivarlos.  Ya  práctico  en  estas  manipulaciones,  busqué  y  cap¬ 
turé  en  los  hospitales  de  coléricos  el  famoso  vírgula  de  Koch,  y  díme  a  compro¬ 
bar  la  forma  de  sus  colonias  en  gelatina  y  agar-agar,  con  las  demás  propiedades 
biológicas,  ricas  en  valor  diagnóstico,  señaladas  por  el  ilustre  bacteriólogo 
alemán. 

Eran  días  de  intensa  emoción.  La  población,  diezmada  por  el  azote,  vivía  en 
la  zozobra,  aunque  no  perdió  nunca  (dicho  sea  en  honor  de  Valencia)  la  serenidad; 
los  hospitales,  singularmente  el  de  San  Pablo,  rebosaban  de  coléricos.  Recuerdo 
que,  en  mi  propio  domicilio  (calle  de  Colón)  murieron  varios  atacados.  En  mi  fami¬ 
lia,  por  fortuna,  no  hizo  presa  el  microbio,  no  obstante  visitar  algún  colérico  y 
hacer  uso  de  agua  de  pozo,  probablemente  contaminada. 

Como  de  costumbre,  reinaban  entre  los  médicos  la  contradicción  y  la  duda 
Los  viejos  galenos,  recelosos  de  toda  novedad,  ateníanse,  en  teoría,  a  la  doctrina 
clásica  de  los  miasmas,  y,  en  el  orden  práctico,  al  inevitable  láudano  de  Syden- 
ham.  Los  creyentes  en  el  microbio,  jóvenes  en  su  mayoría,  recomendaban  hemr 
el  agua  potable  y  no  ingerir  alimento  ni  bebida  que  no  hubiera  sufrido  cocción 
preliminar.  Atribuyo  al  uso  del  agua  hervida  y  demás  precauciones  higiénicas  la 
citada  inmunidad  de  mi  familia,  no  obstante  conservar  en  mi  Laboratorio  casero 
deyecciones  de  colérico  y  cultivos  del  germen  en  gelatinas  y  caldos. 

Por  cierto  que  por  aquellos  días  (2  de  julio  de  1885),  período  culminante  de  la 
epidemia,  me  nació  mi  cuarto  hijo. 

En  medio  de  la  preocupación  general  apareció  en  Valencia  el  doctor  Ferrán,  cé¬ 
lebre  médico  tortosino,  predicando  por  boca  de  elocuentes  amigos  y  admiradores 
la  buena  nueva  de  la  vacuna  anticolérica.  Después  de  algunos  experimentos  de 
Laboratorio  practicados  en  conejos  de  Indias,  y  de  ciertas  audaces  y  abnegadas 
auto-inoculaciones,  creyó  haber  encontrado  un  cultivo  del  vírgula  que,  inoculado 
en  el  hombre,  le  inmunizaba  seguramente  contra  el  microbio  virulento  arribado 
por  la  vía  bucal. 

La  clase  médica,  conmovida  por  el  anuncio  de  la  citada  vacuna,  discutió  ve¬ 
hementemente  el  tema  en  Academias  y  Ateneos,  Revistas  profesionales  y  hasta  en 
periódicos  políticos.  Como  siempre,  mostróse  en  el  debate  ese  dualismo  irreduc¬ 
tible  de  viejos  y  jóvenes,  de  misoneístas  y  filoneístas.  Para  los  primeros,  la  vacuna 
constituía  deplorable  error  científico,  cuando  no  industrial  negocio  de  mal  género; 
los  segundos  se  entusiasmaron  con  la  iniciativa  del  médico  tortosino,  cuyos  talen¬ 
tos  y  laboriosidad  pusieron  en  las  nubes.  En  fin,  ciertos  devotos  fervientes  de  Fe¬ 
rrán  lleváron  su  celo  higiénico  hasta  organizar  un  comité  o  sociedad  encargada  de 
hacer  propaganda,  fabricar  en  grande  escala  la  vacuna,  gestionar  del  Gobierno  y 
de  las  autoridades  autorización  para  ensayar  la  nueva  inmunización,  y,  en  fin,  una 
vez  logrado  el  permiso,  efectuarla  sistemáticamente  en  todas  las  provincias  ata¬ 
cadas. 

Invitado  insistentemente  por  el  citado  comité,  yo  decliné  humildemente  la  hon¬ 
ra  de  colaborar  en  la  obra  común;  deseaba  conservar  mi  independencia  de  juicio  y 
quedar  inmune  de  toda  sospecha  crematística. 


recuerdos  de  mi  vida 


177 


Pocos  conservamos,  durante  aquella  efervescencia  pasional,  donde  los  intere¬ 
ses  luchaban  con  más  encarnizamiento  que  las  ideas,  la  serenidad  de  espíritu  ne¬ 
cesaria  para  juzgar.  No  me  envanecen  mis  aciertos  de  entonces;  nada  hay  más  fᬠ
cil  que  hallar  el  buen  camino  cuando  nuestro  pensamiento  recibe  su  inspiración 
en  las  cumbres  serenas  del  patriotismo,  y  la  voluntad  se  mantiene  ajena  a  toda 
bastarda  concupiscencia.  Y  el  mejor  galardón  de  mi  conducta  lo  recibo  hoy  al  ver 
que,  no  obstante  los  años  transcurridos,  puedo  mantener,  mutatis  mutandis,  en  lo 
científico  y  en  lo  moral  mis  puntos  de  vista  de  entonces. 

La  circunstancia  de  vivir  yo  en  Valencia  y  ser  aficionado  a  la  micrografía,  me 
valió  ser  designado  por  la  Diputación  provincial  de  Zaragoza,  en  unión  del  doctor 
Lite,  delegado  oficial,  para  estudiar  la  enfermedad  epidémica  reinante  en  la  región 
levantina  (todavía  se  discutía  si  era  o  no  cólera)  y  emitir  dictamen  sobre  el  valor 
real  de  la  profilaxis. 

Allegados  los  datos  necesarios,  aquel  verano  me  trasladé  a  Zaragoza  (julio 
de  1885),  ante  cuya  Diputación  y  en  presencia  de  numeroso  público  expuse  el  re¬ 
sultado  de  mis  estudios  y  experimentos.  Mis  conclusiones  afirmaban  resuelta¬ 
mente  el  carácter  colérico  de  la  epidemia,  que  se  había  propagado  entonces  por 
gran  parte  de  España;  atribuían,  como  cosa  muy  verosímil,  al  vírgula  de  Koch  la 
responsabilidad  de  la  infección;  ponían  en  duda  el  pretendido  cólera  experimenta 
en  los  conejos  y  cobayas,  animales  en  quienes  sólo  se  producían,  por  inyección 
del  microbio,  fenómenos  inflamatorios  locales  o  septicémicos  harto  diferentes  dél 
síndrome  colérico  del  hombre;  y  en  lo  tocante  al  punto  principal,  o  sea  la  profila¬ 
xis,  rae  declaré  poco  favorable  al  procedimiento  Ferrán,  aunque  admitiendo  su 
práctica  a  título  de  investigación  científica  (los  cultivos  puros  del  vírgula  inyec¬ 
tados  bajo  la  piel  resultan  inofensivos)  y  sin  forjarme  grandes  ilusiones  sobre  su 
eficacia. 

Mis  ensayos  de  profilaxis  en  los  animales  reveláronme  que  el  problema  de  la 
inmunización  era  harto  más  arduo  délo  que  se  creía.  Conseguíase,  en  efecto,  se¬ 
gún  anunciaba  Ferrán,  a  favor  de  inyecciones  subcutáneas  de  cultivos  del  vírguia, 
cierta  resistencia  del  cobaya  enfrente  de  ulteriores  y  más  fuertes  dosis  del  micro¬ 
bio  virulento,  inoculado  por  idéntica  vía;  mas,  careciendo  el  comma  de  Koch  de 
acción  patógena  en  el  intestino  de  dicho  roedor,  resultaba  imposible  aportar  prue¬ 
ba  decisiva  y  concluyente  sobre  la  eficacia  de  la  inyección.  Para  alcanzar  esta 
demostración,  fuera  preciso  hallar  un  mamífero  colerizable  por  la  vía  bucal  y  sus¬ 
ceptible  de  hacerse  refractario  a  la  infección  intestinal,  mediante  previa  inocula¬ 
ción  subcutánea  de  cultivos  puros  del  vírgula  virulento  o  atenuado.  Por  desgra¬ 
cia,  este  animal,  a  propósito  para  la  dilucidación  del  problema  profiláctico,  se  des¬ 
conocía  entonces. 

A  fines  de  septiembre  de  aquel  año,  según  prometí  a  la  Diputación  provincial 
zaragozana,  redacté  extensa  monografía,  bajo  el  título  de  tstiidios  sobre  el  micro¬ 
bio  virgula  del  cólera  y  las  inoculaciones  profilácticas.  Zaragoza,  1885.  El  libri- 
to,  que  se  imprimió  por  cuenta  (de  dicha  Corporación  (1),  apareció  ilustrado  por 

(1)  La  Diputación  me  comunicó  los  acuerdos  siguientes,  excesivamente  honrosos  y  halagadores 
para  mí: 

cPrimero.  Pasar  a  don  Santiago  Ramón  un  oficio  de  aplauso  por  la  notable  conferencia  que  ante  la 
misma  dió  en  la  mañana  del  domingo  19  de  julio,  acreditando  con  su  vasta  erudición  que  no  en  vano 
goza  fama  de  eminente  micrógrafo.» 

«Segundo.  Publicar  por  cuenta  de  la  Diputación  la  Memoria  que  él  mismo  ha  de  presentar  en  su  día 
sobre  estudios  micrográficos  del  microbio  del  cólera.»— El  vicepresidente,  Faustino  Sancho  y  Gil. 

12 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


ocho  grabados  litográficos  ejecutados  por  mí  y  algunos  de  ellos  tirados  en  color. 

Excusado  es  advertir  que  semejante  monografía,  redactada  con  ocasión  de  una 
misión  oficial,  y  sin  los  medios  de  trabajo  necesarios,  no  contiene  ningún  hecho 
nuevo  importante.  Representaba,  ante  todo,  el  fruto  de  una  labor  de  confirmación 
y  contraste  de  los  memorables  y  entonces  novísimos  descubrimientos  de  Koch  y 
de  las  estimables  contribuciones  de  Hueppe,  van  Ermergen,  Nicati  y  Riesch,  Fe- 
rrán,  etc.  Con  todo  eso,  según  suele  acontecer  en  todo  estudio  minucioso  y  esme¬ 
rado,  sus  páginas  encierran  algunos  detalles  descriptivos  originales  y  tal  cual 
apreciación  teórica  no  exenta  de  valor. 

Entre  otras  menudencias  originales,  figuraban,  en  el  orden  técnico,  un  proce¬ 
der  práctico  y  sencillo  para  teñir  el  badilas  comma,  y  otro  encaminado  a  conser¬ 
var,  colorear  y  montar  definitivamente  sus  colonias  en  gelatina  y  agar,  etc.  (Cita¬ 
do  y  confirmado  más  adelante  por  van  Ermergen.) 

En  el  orden  científico,  añadíamos:  a,  un  análisis  comparativo  minucioso  de  los 
microbios  de  las  aguas  y  deyecciones,  dotados,  a  semejanza  del  vírgula,  de  la  pro¬ 
piedad  de  liquidar  la  gelatina;  b,  la  demostración  (independientemente  de  Pfeiffer) 
de  que  el  microbio  de  Koch,  poco  patógeno  en  inyección  subcutánea,  resulta  su¬ 
mamente  virulento  en  el  peritoneo  del  cobaya;  c,  y  sobre  todo,  la  prueba  experi¬ 
mental  de  la  vacuna  química,  es  decir,  de  la  posibilidad  de  preservar  a  los  anima¬ 
les  de  los  efectos  tóxicos  del  vírgula  más  virulento,  inyectándoles  de  antemano, 
por  la  vía  hipodérraica,  cierta  cantidad  de  cultivos  muertos  por  el  calor  (1). 

En  el  orden  teórico,  contenía  mi  Memoria  algunos  puntos  de  vista  dignos  de 
atención,  puesto  que'han  sido  repetidos  después  por  eximios  bacteriólogos  al  jus¬ 
tipreciar  los  fundamentos  teóricos  y  valor  práctico  de  las  vacunas  de  Ferrán, 
Haffkine,  Kólle  y  otros.  «Difícil  parece  admitir— decíamos -que  la  mera  inocula¬ 
ción  hipodérniica  en  el  hombre  de  un  cultivo  puro  de  vírgulas#  incapaces  de  emi¬ 
grar  hasta  el  intestino,  ni  de  provocar,  por  consiguiente,  trastorno  alguno  análogo 
al  cólera,  sea  poderosa  a  esterilizar  completamente  el  tubo  digestivo,  órgano  en 
continuación  del  mundo  exterior  y  exclusivo  terreno  donde  prospera  y  desarrolla 
su  formidable  poder  patógeno  el  germen  de  dicha  enfermedad.»  Parecida  opinión 
expuso  muchos  años  después  Metchinikoff,  el  gran  investigador  del  Instituto  Pas¬ 
tear,  de  París.  Y  no  menciono  aquí,  a  causa  de  su  carácter  meramente  crítico  y 
circunstancial,  los  experimentos  y  observaciones  probatorios  de  que  los  famosos 
cuerpos  muriformes  de  Ferrán,  por  los  cuales  ascendía  el  vírgula  a  la  categoría  bo¬ 
tánica  de  las  peronospóras,  representaban,  con  otras  formas  aliadas,  simples  cris¬ 
tales  precipitados  en  los  caldos,  y  de  que  los  oogonos,  aparatos  de  reproducción 
señalados  en  el  vírgula  por  el  mismo  autor,  constituían  formas  monstruosas  o  de¬ 
generativas  aparecidas  en  los  terrenos  esquilmados. 

Acerca  de  este  último  punto,  es  decir,  tocante  a  los  procesos  regresivos  obser¬ 
vables  en  el  protoplasma  del  badilas  comrna  senil,  o  que  se  cría  en  medios  pobres 
en  substancias  nutritivas,  publiqué  ulteriormente  una  comunicación  en  La  Crónica 

(1)  Casi  todos  los  autores  atribuyen  a  dos  bacteriólogos  americanos,  MM.  Salmón  y  Smith  rOw  a 
new  method  ofproducing  inmunity  from  contagions  diseases.  Proceed.  of  the  Biol.  Soc.  of  Washing- 
ídn,  22  febrero  1886)  el  honor  de  haber  probado  la  posibilidad  de  vacunar  a  los  animales  mediante  la 
inoculación  de  cultivos  muertos.  Séanos  lícito  recordar  que  tal  demostración  fué  aportada  primeramente 
por  nosotros  en  septiembre  de  1886.  Por  entonces  también  anunciaron  Ferrán  y  Pauli  haber  resuelto  el 
mismo  problema;  mas  como  no  declararon  en  1885  en  que  consistía  el  modo  de  fabricación  de  su  vacu¬ 
na,  que  sólo  divulgaron  más  tarde  en  los  Compt.  rend.  de  la  Acad.  de  Sciences  (sesión  del  18  de  enero 
de  1886),  mi  prioridad  no  puede  ofrecer  la  menor  duda. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


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Médica,  de  Valencia  (Contribución  al  estudio  de  lasforrnas  molutivas  y  monstruo¬ 
sas  del  coma-bacilo  de  Koch,  20  diciembre  de  1885),  en  donde  se  demostraba  el 
carácter  francamente  degenerativo,  no  sólo  de  los  oogonos  de*  Ferrán,  sino  de  los 
‘  pretendidos  esporos  de  Hueppe,  Ceci,  etc.  (1), 

Excusado  es  decir  que  todas  estas  modestas  contribuciones  teórico-experi- 
mentales  pasaron  inadvertidas  por  los  bacteriólogos.  Eran  aqueUos  tiempos  harto 
difíciles  para  los  españoles  aficionados  a  la  investigación.  Debíamos  luchar  con  el 
prejuicio  univarsal  de  nuestra  incultura  y  de  nuestra  radical  indiferencia  hacia  los 
grandes  problemas  biológicos.  Admitíase  que  España  produjera  algún  artista  ge¬ 
nial,  tal  cual  poeta  melenudo,  y  gesticulantes  danzarines  de  ambos  sexos;  pero  se 
reputaba  absurda  la  hipótesis  de  que  surgiera  en  ella  un  verdadero  hombre  de 
ciencia.  Acaso  contribuyeron  algo  al  desdén  con  que  entonces  nos  trataban  los 
sabios  la  inhábil  cuanto  interesada  actitud  adoptada  por  Ferrán  con  los  delegados 
extranjeros  en  el  asunto  de  la  profilaxis  colérica  (recuérdese  su  empeño  tenaz  en 
mantener  secreta  la  elaboración  de  su  vacuna)  y  los  candorosos  errores  del  médi¬ 
co  tortosino  en  punto  a  la  morfología  y  multiplicación  del  vírgula  de  Koch. 

Con  todo,  si  mi  labor  careció  de  eco  en  los  Laboratorios  de  París  y  Berlín— y 
con  ello  no  se  perdió  cosa  mayor— ,  valióme,  en  cambio,  un  galardón  material  y 
espiritual  de  gran  transcendencia  para  mi  carrera.  Agradecida  la  piputación  de 
Zaragoza  al  celo  y  desinterés  con  que  trabajé  por  servirla,  decidió  recompensar 
mis  desvelos,  regalándome  un  magnífico  microscopio  Zeiss.  Al  recibir  aquel  im¬ 
pensado  obsequio,  no  cabía  en  mí  de  satisfacción  y  alegría.  Al  lado  de  tan  esplén¬ 
dido  Statif,  con  profusión  de  objetivos,  entre  otros  el  famoso  1,18  de  inmersión 
homogénea,  última  palabra  entonces  de  la  óptica  amplificante,  mi  pobre  microsco¬ 
pio  Verick  parecía  desvencijado  cerrojo.  Me  complazco  en  reconocer  que,  gracias 
a  tan  espiritual  agasajo,  la  culta  Corporación  aragonesa  cooperó  eficacísimamente 
a  mi  futura  labor  científica,  pues  me  equiparó  técnicamente  con  los  micrógrafus 
extranjeros  mejor  instalados,  perráitiéndome  abordar,  sin  recelos  y  con  la  debida 
eficiencia,  los  delicados  problemas  de  la  estructura  de  las  células  y  del  mecanismo 
de  su  multiplicación. 

Dejo  apuntado  ya  que  la  referida  investigación  sobré  el  cólera  me  trajo  el  gus¬ 
to  por  la  bacteriología  y  por  el  estudio  de  los  problemas  patológicos.  Muchas  ve¬ 
ces  me  he  preguntado  si  no  hubiera  sido  mejor  para  mi  porvenir  moral  y  económi¬ 
co  haber  cedido  al  imperio  de  la  moda,  abandonando  definitivamente,  a  ejemplo 
de  muchos,  la  célula  por  el  microbio.  Ciertamente,  no  faltaban  incentivos  y  razo¬ 
nes  para  justificar  un  cambio  defrente.  El  camino  histológico  me  condenaba  sin 
remisión  a  la  pobreza,  en  compensación  de  la  cual  sólo  brindaba,  si  lo  recorría  con 
fortuna,  el  frío  elogio  o  la  tibia  y  razonada  estima  de  dos  o  tres  docenas  de  sa¬ 
bios,  harto  más  inclinados  a  la  emulación  que  al  panegírico;  mientras  que  el  ca¬ 
mino  de  la  bacteriología,  menos  trillado  entonces  y  bordeado  de  tierras  casi  vírge¬ 
nes,  prometía  al  investigador  afortunado  inagotables  veneros  económicos,  popula¬ 
ridad  ruidosa,  y  acaso  gloriosa  epifanía.  Ahí  estaban  como  ejemplos  vivos  y  emu¬ 
laciones  soberanas  esos  bienhechores  de  la  humanidad,  que  antaño  se  llamaban 
Pasteur,  Koch,  Lister,  y  que  hoy  se  llaman  Behring,  Roux,  Ehrlich,  Lofler,  Schau- 
din,  Grassi,  Metchnikoff,  etc. 

(1;  Eatre  los  varios  autores  que,  inconscientemente,  confirmaron  estos  estudios,  citaremos  por  ejem¬ 
plo  a  Podwyssowsky  (^Centrálblattfúr  pafhol.  Anat.,  etc.,  Bd.  1893),  quien  describe  y  dibuja  exaclamen 
te  ocho  años  después  que  nosotros,  las  mismas  degeneraciones  del  protoplasma  bacteriano,  así  como 
a'i  formas  esféricas  del  microbio,  adoptando  enteramente  nuestra  interpretación. 


180 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Sin  embargo,  movido  por  mis  tendencias,  y  sobre  todo  por  motivos  de  índole 
económica,  escogí  al  fin  la  discreta  senda  histológica,  la  de  los  goces  tranquilos. 
Sabía  bien  que  por  angosta  jamás  podría  recorrerla  en  carroza;  pero  me  sentiría 
dichoso  contemplando  en  mi  rincón  olvidado  el  espectáculo  cautivador  de  la  vida 
íntima,  y  escucharido  embelesado,  desde  el  ocular  del  microscopio,  los  rumores  de 
la  bulliciosa  colmena  que  todos  llevamos  dentro.  En  cuanto  a  la  razón  económica 
aludida,  no  es  otra  que  lo  oneroso  de  los  trabajos  bacteriológicos. 

La  Histología  es  ciencia  modesta  y  barata.  Adquirido  el  microscopio,  redúcese 
el  gasto  a  reponer  algunos  reactivos  poco  dispendiosos, fy  a  procurarse,  de  vez  en 
cuando,  tal  cual  rana,  salamandra  o  conejo.  Pero  la  Bacteriología  es  ciencia  de 
lujo.  Su  culto  requiere  toda  una  "Arca  de  Noé  de  víctimas  propiciatorias.  Cada  ex¬ 
perimento  encaminado  a  fijar  el  ooder  patógeno  de  un  germen,  o  la  acción  de  to¬ 
xinas  y  vacunas,  exige  una  hecatombe  de  conejos,  conejillos  de  Indias,  a- veces  de 
carneros  y  caballos.  Súmese  a  esto  el  dineral  que  cuesta  la  cría  y  reposición  de 
tantos  animales  de  experimentación,  amén  del  gasto  de  gas  indispensable  al  régi¬ 
men  de  autoclaves  y  estufas  de  esterilización  e  incubación. 

Tal  fué  la  consideración,  harto  prosaica  y  terrena,  que  me  obligó  a  guardar 
fidelidad  a  la  religión  de  la  célula  y  a  despedirme  con  pena  del  microbio,  al  cual 
sólo  de  tarde  en  tarde,  con  ocasión  de,  análisis  periciales  o  de  investigaciones 
comprobatorias,  me  digné  saludar,  penetrado  de  ese  afecto  respetuoso,  no  exento 
de  envidia,  con  que  saludamos  al  amigo  millonario,  de  quien  nuestra  inopia  nos 
aleja  irremediablemente. 

Regresado,  pues,  a  Valencia  en  Octubre  de  1885,  continué  entregándome  corr 
pasión  al  análisis  de  los  tejidos  vivos.  Fruto  de  aquella  labor,  que  se  prolongó  dos 
o  tres  años  (de  1883  a  1888)  fueron  varias  comunicaciones  de  Histología  compara¬ 
da  concernientes;  ala  estructura  del  cartílago,  de  la  lente  del  cristalino,  y,  sobre 
todo,  de  la  fibra  muscular  de  los  insectos  y  de  algunos  vertebrados.  Pecaría  de  in¬ 
grato  y  olvidadizo  si  no  consignara  ahora  que  en  la  nomenclatura  y  sistemática  de 
los  insectos  y  demás  animales  estudiados  (batracios,  reptiles,  etc.),  prestáronme 
inestimable  concurso  el  ilustre  naturalista  Boscá,  a  la  sazón  director  del  Jardín 
botánico  de  Valencia;  mi  excelente  amigo  Arévalo  Vaca,  catedrático  de  Historia 
natural,  y  el  Dr.  Guillén,  distinguido  médico  naturalista  (1). 

Ocupábame  también  par  entonces  en  la  publicación  de  una  obra  extensa  de 
Histología  y  técnica  micrográflca,  que  apareció  por  cuadernos.  Su  impresión  corría 
a  cargo  del  activo  editor  valenciano  D.  Pascual  Aguilar,  quien  sin  escatimar  gas¬ 
tos  había  lanzado  ya  el  primer  fascículo  (comprensivo  déla  Técnica  micrográflca  y 
Elementología),  en  mayo  de  1884  (2). 

Sosteníanme  en  esta  empresa  varios  motivos:  eí  deseo  de  reunir  en  haz  todas 
las  observaciones  más  o  menos  originales  recolectadas  a  campo  traviesa  en  los 
dominios  histológicos;  la  conveniencia  de  disciplinar  mi  desbordante  curiosidad, 
acomodándola  el  rígido  cuadro  de  un  programa  fijado  de  antemano;  y,  sobre  todoi 
el  patriótico  anhela  de  que  viera  la  luz  en  nuestro  país  un  tratado  anatómico  que,, 
en  vez  de  concretarse  a  reflejar  modestamente  la  ciencia  europea,  desarrollara  en 

(1)  Aludo  a  las  memorias  siguientes:  Fibras  musculares  de  las  alas  de  los  insectos.  Boletín  Médi¬ 

co  valenciano.  Julio  de  im.— Músculos  de  las  patas  de  los  insectos.  Idem.  Agosto  de  im.— Textura 
de  la  fibra  muscular  de  los  ntamiferos .  Junio  de  .—Sobre  los  conductos  plasmáticos  de 

cartilago  Malino  Crónica  Médica  de  Valencia.  20  de  abril  de  1887 . 

(2)  Ca¡kv.  Manual  de  Histología  normal  y  técnica  micrográfica.'Ia.X&ncis.  Editor:  Pascual  Agui¬ 
ar,  1884-1888. 


181 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 

lo  posible  doctrina  propia,  basada  en  personal  investigación.  Sentiame  avergonza¬ 
do  y  dolorido  al  comprobar  que  los  pocos  libros  anatómicos  e  histológicos,  no  tra¬ 
ducidos,  publicados  hasta  entonces  en  España,  carecian  de  grabados  originales  y 
ofrecían  exclusivamente  descripciones  servilmente  copiadas  de  las  obras  ex¬ 
tranjeras. 

A  la  citada  obra  estuve  ahincadamente  consagrado  desde  1884  a  1888.  Al  aca¬ 
barse,  comprendía  203  grabados  en  madera,  copiados  de  mis  preparaciones,  ■  y 
ejecutados  por  un  excelente  artista  valenciano,  y  contaba  con  692  páginas,  de 
letra  menuda.  Agotada  pronto  la  primera  edición,  contra  mis  previsiones,  hubo  de 
imprimirse  la  segunda  en  li93,  cuando  yo  me  había  trasladado  a  la  Universidad 
de  Barcelona.  El  editor  Aguilar  hizo,  según  noticias,  un  bonito  negocio. 

En  vena  de  confidencias  acerca  de  mis  publicaciones  de  aquellos  tiempos,  no 
debo  omitir  ciertos  artículos  de  popularización  histológica  que,  bajo  el  título  de 
Las  maravillas  de  la  Histología,  aparecieron  en  La  Clínica  (1),  semanario  profe¬ 
sional  de  Zaragoza,  dirigido  por  mi  condiscípulo  y  amigo  don  Joaquín  Gimeno 
Vizarra.  Algunos  de  estos  artículos,  desbordantes  de  fantasía  y  de  ingenuo  liris¬ 
mo,  fueron  reproducidos  y  ampliados  después  en  la  Crónica  de  Ciencias  Médicas 
de  Valencia.  Firmábalos  el  doctor  Bacteria,  pseudónimo  terrible,  que  yo  usaba  para 
mis  temeridades  filosófico-científicas  y  las  críticas  joco-serias.  Dejando  aparte  el 
estilo,  inspirado  en  la  manera  frondosa  y  bejucal  del  gran  Castelar— ¡estilo  Caste- 
lar  sin  Castelar! — ,  alentaba  en  dichos  trabajitos  el  buen  propósito  de  llamarla 
atención  de  los  médicos  curiosos  sobre,  el  encanto  inefable  del  mundo,  casi  ignoto, 
de  células  y  microbios,  y  de  la  importancia  excepcional  de  su  estudio  objetivo  y 
directo. 

Al  emborronar  estas  cuartillas  tengo  ante  mí  los  precitados  artículos:  Perdone 
el  lector  mi  vanidad  senil  si  declaro  que  ahora,  pasados  treinta  y  nueve  años,  hallo 
algún  solaz  en  leer  estas  fogosas  expansiones  científico-literarias.  Dejando  a  un 
lado  exageraciones  de  pensamiento  e  incorrecciones  de  forma,  transciende  de 
ellas  algo  como  un  aroma  confortador  de  confianza  juvenil  y  de  fe  robusta  en  el 
progreso  social  y  científico.  Hallo  también  atrayente  cierto  sentimiento  de  curio¬ 
sidad  frescamente  satisfecha,  y  un  fervor  de  pasión  hacia  el  estudio  de  los  arcanos 
de  la  vida,  que  en  vaho  buscaríamos  hoy  en  los  escritos  primerizos  de  la  ponde¬ 
rada,  ecuánime,  circunspecta  y  financiera  juventud  intelectual. 

Como  muestra  de  mi  estilo  de  entonces  y  de  las  ideas  filosófico-biológicas  que 
me  seducían,  voy  a  transcribir  aquí  algunos  párrafos  de  los  consabidos  artículos 
fie  La  Clínica. 

Entre  los  espectáculos  cautivadores  que  nos  ofrece  el  microscopio,  enumeraba; 

«La  contracción  amiboidea  o  protoplásmica,  que  permite  al  leucocito  errante 
abrir  brecha  en  la  pared  vascular  desertando  de  la  sangre  a  las  comarcas  conjun¬ 
tivas,  a  la  manera  del  preso  que  lima  las  rejas  de  su  cárcel;  los  campos  traqueales 
y  laríngeos,  sembrados  de  pestañas  vibrátiles  que,  por  virtud  de  secretos  impulsos, 
ondean,  cual  campo  de  espigas  al  soplo  de  brisa  invernal;  el  incansable  latigueo 
del  zoospermo,  corriendo  desalentado  hacia  el  óvulo,  imán  de  sus  amores;  la  célula 
nerviosa,  la  más  noble  casta  de  elementos  orgánicos,  extendiendo  sus  brazos  de 
gigante,  a  modo  de  los  tentáculos  de  un  pulpo,  hasta  las  provincias  fronterizas  del 
mundo  exterior,  para  vigilar  las  constantes  asechanzas  de  las  fuerzas  fisico-quí- 
micas;  el  óvulo,  con  su  sencilla  y  se  vera  arquitectura,  guardando  el  secreto  de  las 

(1)  Xa  C/ííuVa  (Zaragoza).  Número  del  22  de  jnüo  de  1883  y  siguientes.  , 


182 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


formas  orgánicas  y  cuyo  protoplasma  sé  asemeja  a  la  nebulosa  donde  bullen  en 
germen  mundos  innumerables,  que  se  desprenderán  en  futuros  anilles;  la  geomé¬ 
trica  arquitectura  de  la  fibra  muscular  (especie  de  complicadísima  pila  de  Volta),. 
donde,  a  semejanza  de  la  locomotora,  el  calor  se  transforma  en  fuerza  mecánica; 
la  célula  glandular,  que,  por  sencilla  manera,  fabrica  los  fermentos  de  la  química 
viviente,  consumiendo  generosamente  su  propia  villa  en  provecho  de  los  demás 
elementos  sus  hermanos;  las  células  adiposas,  modelo  de  economía  doméstica,, 
quienes  en  previsión  de  futuras  escaseces,  reservan  los  alimentos  sobrantes  del 
festín  de  la  vida  para  utilizarlos  en  las  huelgas  orgánicas  y  en  los  grandes  conflic¬ 
tos  nutritivos...  Todos  estos  fenómenos,  tan  varios,  tan  maravillosamente  coordi¬ 
nados,  atraen  con  seducción  irresistible,  y  su  contemplación  inunda  nuestro  espíritu 
de  satisfacciones  purísimas  y  elevadas.» 

Para  ver  de  cerca  e  intimar  efusivamente  con  los  protagonistas  de  tan  sorpren¬ 
dentes  fenómenos,  añadíamos;  «Venid  con  nosotros  al  laboratorio  del  mlcrógrafo. 
Allí,  sobre  la  platina  del  microscopio,  desgarrad  el  pétalo  de  una  flor,  sin  conside¬ 
ración  a  su  hermosura  ni  a  su  aroma;  arrancad  después  una  parcela  de  los  tejidos 
animales;  disociadla  sin  piedad,  aunque  las  fibras  contráctiles  palpiten  y  se  estre¬ 
mezcan  al  contacto  de  las  agujas.  Asomaos  después  a  la  ventana  del  ocular,  y... 
cosa  notable,  resultado  estupendo,  la  hoja  del  vegetal  cómo  el  tejido  del  animal 
os  revelarán  por  todas  partes  una  construcción  idéntica:  especie  de  colmena  for¬ 
mada  por  celdillas  y  más  celdillas,  separadas  por  una  argamasa  intersticial  poco 
abundante,  y  albergando  en  sus  cavidades,  no  la  miel  de  la  abeja,  sino  la  miel  de 
la  vida,  bajo  la  forma  de  una  materia  alburninoide,  semisólida,  granulosa,  cuyo 
seno  encierra  un  pequeño  corpúsculo:  el  núcleo.»  * 

«Examinad  ahora  una  gota  de  saliva,  un  poco  del  epitelio  que  cubre  vuestra 
lengua,  una'gota  de  vuestra  sangre,  el  moho  de  las  materias  orgánicas  en  descom¬ 
posición,  etc...  y  sirapre  la  misma  referida  arquitectura:  células  y  más  células,  más 
o  menos  transformadas,  repitiéndose  Con  monotonía  y  uniformidad  abrumadoras.» 

«Esta  tenacidad  de  composición  de  los  tejidos  orgánicos,  en  el  líquido  como 
en  el  sólido,  así  en  el  músculo  como  en  el  nervio,  en  el  tallo  como  en  la  flor;  esta 
repetición  fastidiosa  del  mismo  tema  melódico  constituye  la  verdad  primordial  de 
la  histología;  el  hecho  básico  sobre  que  se  funda  lá  grandiosa  y  transcendental 
teoría  celular  de  Schwann  y  de  Virchow.» 

Expongo  después  el  aspecto  fisiológico  de  tan  soberana  concepción,  y  dándo¬ 
me  cuenta  del  riesgo  en  que  tales  hechos  ponen  la  unidad  personal,  me  pregunto: 
«¿Será  posible  que  dentro  de  nuestro  edificio  orgánico  habiten  innumerables  in¬ 
quilinos  que  se  agitan  febriles,  a  impulsos  de  espontánea  actividad,  sin  que  nos 
percatemos  de  ello?  ¿Y  nuestra  tan  decantada  unidad  psicológica?  ¿En  qué  han 
venido  a  parar  el  pensamiento  y  la  conciencia  con  esta  audaz  transformación  del 
hombre  en  un  polipero?...  Cierto  que  pueblan  nuestro  cuerpo  millones  de  organis¬ 
mos  autónomos,  eternos  y  fieles  compañeros  de  glorias  y  fatigas,  cuyas  alegrías 
y  tristezas  son  las  nuestras;  y  cierto  que  tan  próximas  existencias  pasan  desaper¬ 
cibidas  del  yo;  pero  este  fenómeno  tiene  fácil  y  llana  explicación  si  consideramos 
que  el  hombre  siente  y  piensa  por  sus  células  nerviosas,  y  que  el  no  yo,  el  verda¬ 
dero  mundo  exterior  comienza  ya  para  él  en  las  fronteras  de  las  circunvoluciones 
cerebrales»  (1).  (Aquí  late  en  germen  y  obscuramente  la  hipótesis  formulada  des- 

(1)  Naturalmente,  tales  consideraciones,  harto  temerarias,  no  esclarecen  en  lo  más  mínimo  el  arcano- 
de  la  unidad  de  conciencia.  Y  lo  más  grave  es  que,  no  obstante  los  esfuerzos  de  la  fisiología,  de  la 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


183 


pues  por  Durand  de  Gross  y  Forel  acerca  de  la  existencia  de  conciencias  medula¬ 
res  y  ganglionares  múltiples,  ignoradas  del  yo,  el  cual  representaría  la  conciencia 
privilegiada  y  autocrática  de  las  células  cerebrales.) 

Harto  influido  por  las  ideas  de  Haeckel  y  Huxiey  y  por  la  poco  afortunada  teo¬ 
ría  del  plason,  de  Claudio  Bernard,  me  declaraba  partidario,  en  principio,  de  la 
generación  espontánea,  pese  a  los  experimentos  de  Pasteur,  que  hallaba  conclu¬ 
yentes  solamente  por  lo  que  toca  al  origen  de  la  vida  actual. 

En  otro  artículo  señalo,  acaso  por  primera  vez,  un  concepto  que  ha  tenido 
después  en  Alemania  sabios  y  autorizados  intérpretes:  el  de  la  concurrencia  y 
lucha  intercelular  dentro  del  organismo . 

«¿Quién  osará  negar  que  existe  una  severa  competencia  de  carreristas  en  los 
zoospermos,  que,  para  dar  cima  al  acto  supremo  de  la  fecundación,  vuelan  en 
denso  enjambre  hacia  el  óvulo?  Sólo  uno  de  ellos,  el  más  fuerte,  o  el  más  afortu¬ 
nado,  sobrevivirá  a  la  destrucción  irrevocable  para  sus  compañeros  más  perezo¬ 
sos.  No  más  él  rasgará  el  misterioso  velo  de  la  membrana  vitelina,  y  se  unirá  al  fin, 
despojado  de  su  cola  degradante  y  en  conjugación  sublime,  con  el  núcleo  feme¬ 
nino.  De  este  ósculo  de  amor  brotará  la  innumerable  progenie  de  células  del  or¬ 
ganismo.  Pero  sólo  aquel  zoospermo  privilegiado  alcanzará  el  supremo  galardón 
de  perpetuar  la  raza  y  de  conservar  y  transmitir,  cual  nueva  vestal,  el  fuego  sa¬ 
grado  de  la  vida...» 

Señalábamos  después  la  rigurosa  ¡concurrencia  nutritiva  de  las  células  de  un 
mismo  tejido,  las  luchas  homéricas  libradas  entre  los  elementos  semiasfixiados 
de  los  territorios  inflamados,  o  de  ios  elementos  amenazados  por  la  invasión  de  los 
tumores.  Y,  en  fin,  independientemente  (y  muchos  años  antes)  de  Metchnikoff,  ha¬ 
blábamos  «de  las  reacciones  de  las  células  contra  los  gérmenes  animales  o  vege¬ 
tales  que  pululan  por  la  atmósfera  y  penetran  en  el  organismo;  de  la  guerra  ince¬ 
sante  librada  entre  lo  pequeño  y  lo  grande;  entre  lo  visible  y  lo  invisible,  etc.» 

Mas  para  atenuar  la  crudeza  de  esta  desconsoladora  verdad  (ia  lucha  univer¬ 
sal),  añadimos  que  «así  como  en  toda  nación  civilizada  la  concurrencia  vital  se 
extingue  o  se  atenúa  en  gran  parte  por  la  división  del  trabajo,  que  hace  a  los  ciu¬ 
dadanos  solidarios  en  sus  intereses  y  aspiraciones,  también  en  el  estado  orgáni¬ 
co,  gracias  a  la  previsión  de  las  células  nerviosas  y.  al  citado  reparto  profesional 
y,  en  fin,  a  la  supresión  del  ocio  y  de  la  excesiva  libertad  individual,  etc.,  la  lucha 
desaparece  o  se  dulcificá,  mostrándose  no  más  cuando  la  alimentación  comunal 
(de  órganos  o  células)  se  compromete  gravemente  por  causas  interiores  o  exte¬ 
riores»  . 

En  otro  pasaje  hacía  notar,  en  coincidencia  con  muchos  biólogos  y  filósofos  a 
quienes  no  había  leído,  que  la  naturaleza  sólo  se  preocupa  de  la  vida  de  la  espe¬ 
cie.  «Una  existencia,  por  grande  que  sea,  aun  ennoblecida  por  los  fulgores  del 
genio,  nada  significa  a  los  ojos  de  la  Naturaleza.  Que  todo  un  pueblo  sucumba; 
que  razas  enteras  sean  aniquiladas  en  la  lucha  por  la  vida;  que  especies  zooló¬ 
gicas  antes  pujantes  sean  inmoladas  eñ  la  bárbara  batalla,  poco  importa  al  princi¬ 
pio  director  del  mundo  orgánico...  Lo  esencial  es  ganar  la  contienda,  tocar  la  meta 
final  objeto  de  la  evolución  orgánica.» 

¿Cuál  es  esta  finalidad,  caso  de  existir?  ¡Profundo  misterio! 

En  otro  artículo  nos  consolábamos  de  la  inescrutabilidad  del  tremendo  arcano 

psicofísica,  de  la  psicología  comparada  y  de  la  filosofía  clásica,  el  muro  continúa  y  continuará  siempre 
impenetrable. 


184 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


y  de  lá  sanción  inexorable  de  la  muerte  individual,  proclamando  la  eternidad  y 
continuidad  del  protoplasma,  es  decir,  de  lo  que,  después  de  nosotros  y  con  gran 
lujo  de  pormenores,  llamó  Weismann  plasma  germinativo. 

«Consolémonos  considerando  que  si  la  célula  y  el  individuo  sucumben,  la  es¬ 
pecie  humana  y,  sobre  todo,  el  protoplasma,  son  imperecederos.  El  accidente 
muere,  pero  la  esencia,  o  sea  la  vida,  subsiste.  Estimando  el  tnundo  orgánico 
como  un  árbol  cuyo  tronco  fué  el  primer  protoplasma,  cuyas  ramas  y  hojas  for¬ 
man  todas  las  especies  nacidas  después  por  diferenciación  y  perfeccionamiento, 
¡qué  importa  que  algunas  ramitas  se  desgajen  a  impulsos  del  vendaval,  si  el 
tronco  y  la  matriz  protoplasmática  subsisten  vigorosos,  prometiendo  retoños  de 
cada  vez  más  hermosos  y  lozanos!...  No  hay,  pensándolo  bien,  organismos  proge¬ 
nitores  y  producidos,  ni  individuos  independientes,  ni  vivos  ni  muertos,  sino  una 
sola  substancia,  el  protoplasma,  que  llena  el  mundo  con  sus  creaciones,  que  crece, 
se  ramifica,  se  moldea  temporalmente  en  individuos  efímeros,  pero  que  nunca 
sucumbe.  En  nuestro  ser  se  agita  aún  aquel  viejo  protoplasma  del  archiplason 
(es  decir,  la  primera  célula  aparecida  en  el  cosmos),  punto  de  partida  quizás  de 
toda  la  evolución  orgánica.»  ¡Triste  consuelo  fenecer  en  holocausto  a  la  especie! 

(Es  curiosa  la  coincidencia  de  esta  doctrina  pseudopanteista  con  algunas  lu¬ 
cubraciones  posteriores  de  Weissmann,  Dantec  y  otros.) 

«Este  protoplasma  llenó  con  sus  creaciones  el  espacio  y  el  tiempo;  él  se  arras¬ 
tró  en  el  gusano,  vistióse  de  irisados  colores  en  el  vegetal,  adornóse  con  la  ra¬ 
diante  corona  del  espíritu  en  el  mamífero.  Comenzó  inconsciente  y  terminó  cons¬ 
ciente.  Fué  esclavo  y  juguete  de  las  fuerzas  cósmicas  y  acabó  por  ser  el  látigo  de 
la  naturaleza  y  el  autócrata  déla  creación.»  (Adviértanse  también  singulares  con¬ 
cordancias  con  las  conocidas  ideas  de  Schopenhauer  y  Hartmann,  Spencer,  etc.,  a 
quienes  no  había  leído  todavía.  ¿Es  que  llegó  hasta  mí  algún  resumen  de  la  filo¬ 
sofía  de  lo  Inconsciente  ya  entonces  publicada?  No  lo  recuerdo.) 

¿Adónde  va  la  vida?,  nos  preguntamos  en  otro  pasaje  del  mismo  atrevido' 
artículo.  ¡Cualquiera  lo  sabe!...  Pero  entonces  creíamos  probable  que  la  evolución 
tiende  a  producir  formas  de  cada  vez  más  perfectas,  más  progresivas,  siquiera 
no  viéramos  muy  claro  el  concepto  de  perfección. 

«¿Ha  llegado  a  la  meta  y  agotado  su  fecundidad  en  el  organismo  humano  o 
guarda  en  cartera  proyectos  de  más  elevados  organismos,  de  seres  infinitamente 
más  espirituales  y  clarividentes,  destinados  a  descorrer  el  velo  que  cubre  las  cau¬ 
sas  primeras,  y  acabando  con  todas  las  empeñadas  polémicas  de  sabios  y  filóso¬ 
fos?»  (  ¿Quién  no  ve  aquí  en  esbozo  la  teoría  del  superhombre,  defendida  posterior¬ 
mente  por  Nietzsche?) 

«¡Quién  sabe!...— continuábamos— .  ¡Acaso  ese  protoplasma  semidiós  fenecerá 
también,  en  aquel  triste  día  apocalíptico  en  que  la  antorcha  solar  se  apague,  el 
rescoldo  central  de  nuestro  globo  se  enfríe  y  no  queden  sobre  su  corteza  sino 
fúnebres  despojos  e  infecundas  cenizas!...  ¡Día  horrendo,  soledad  angustiosa,  no¬ 
che  obscurísima  aquella  en  la  cual  se  extinga  con  la  luz  del  Universo  la  luz  del 
pensamiento!  ¡Pero  no...  esto  es  imposible!...  Cuando  nuestro  miserable  planeta  se 
fatigue  y  la  fría  vejez  haya  consumido  el  fuego  de  su  corazón,  y  la  tierra  se  torne 
glacial  e  infecundo  páramo,  y  el  sol  enrojecido  y  rauriente  amenace  sumirnos  en 
tinieblas  eternas...  el  protoplasma  orgánico  habrá  tocado  la  perfección  de  su  obra. 
Entonces  el  rey  de  la  Creación  abandonará  para  siempre  la  humilde  cuna  que 
meció  su  infancia,  asaltará  audazmente  otros  mundos  y  tomará  solemne  posesión 
d  el  Universo!...» 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


185 


¡  Bien  se  ve  que  no  había  leído  a  Clausius  ni  conocía  las  fatídicas  predicciones 
de  la  termo-dinámica!...  ¡Ante  mi  optimismo  candoroso  quédase  en  mantillas  el  de 
Metchnikoff,  quien  en  libro  'posterior  (Estudios  sobre  la  naturaleza  humana)  sólo 
promete  a  la  especie  humana,  para  cuando  las  neuronas  aprendan  a  defenderse 
mejor  de  los  fagocitos  y  toxinas  intestinales,  una  senectud  tranquila,  plácida  y 
exquisitamente  adaptada  a  la  idea  de  la  muerte!...  Adelantándome  en  muchos 
años  a  las  tan  decantadas  fantasías  de  Wells,  daba  yo  por  misión  fundamental  de 
la  evolución,  la  eternidad  de  la  vida  y  la  invasión  y  conquista  de  los  astros  madu¬ 
ros  para  alojar  dignamente  al  semidivino  superhombre...  Excusezdú  peu!... 

Afortunadamente,  no  tardé  en  curarme  de  estos  empalagosos  lirismos  en  los 
que  late,  sin  embargo,  de  vez  en  cuando  algún  pensamiento  que,  adecuadamente 
desarrollado  y  documentado,  y  limpio  de  hojarascas  retóricas,  hubiera  podido 
constituir  el  germen  de  algún  libro  serio  de  filosofía  natural. 


CAPITULO  III 


DECIDO  PUBLICAR  MIS  TRABAJOS  EN  EL  EXTRANJERO. -INVITACIÓN  DEL  PROFESOR - 
W.  KRAUSE,  DE  GO  TINGA,  DE  COLABORAR  EN  SU  REVISTA. -TRABAJOS  SOBRE  LOS 
epitelios  y  fibra -muscular.— mis  PRIMERAS  EXPLORACIONES  SOBRE  EL  SIS¬ 
TEMA  NERVIOSO.— DIFICULTADES  ENCONTRADAS.— EXCELENCIAS  DEL  MÉTODO' 
DE  GOLÜI  Y  EXCESIVO  NACIONALISMO  DE  LOS  SABIOS.— MIS  DISTRACCIONES  EN 
VALENCIA:  LAS  EXCURISONES  DEL  GASTER-CLUB  Y  LAS  MARAVILLAS  DE  LA  SU¬ 
GESTIÓN  Y  DEL  HIPNOTISMO 


Aunque  el  fruto  de  mis  pesquisas  había  sido  hasta  entonces  harto  mez¬ 
quino,  me  acometió  la  comezón  de  exportarlo  al  mercado  extranjero.  Tal 
^  propósito  parecióme  hasta  indispensable  a  los  fines  de  mi  educación  ciea- 
tifica.  Sólo  luchando  con  los  fuertes  se  llega  a  ser  fuerte.  Con  las  células  nerviosas 
ocurre  lo  que  con  las  tropas:  instruidas  exclusivamente  para  las  luchas  civiles  o 
en  previsión  de  motines  callejeros,  difícilmente  harán  frente  a  un  ejército  extran¬ 
jero  organizado  técnica  y  moralmente  para  la  guerra  grande,  es  decir,  para  los 
conflictos  internacionales.  Sobre  que  la  crítica  severa  de  los  extraños  no  es  abso¬ 
lutamente  necesaria;  hiere  la  carne  ruda  y  ásperamente,  cual  cincel  sobre  el  már¬ 
mol,  pero  modela  y  embellece  la  estatua  intelectual.  Y  al  reflejar  sin  piedad  nues¬ 
tros  defectos,  nos  trae  también  el  conocimiento  positivo  de  nuestras  fuerzas. 

Penetrado  de  estas  verdades,  aproveché  la  primera  ocasión  que  se  me  presen¬ 
to  de  colaborar  en  revistas  alemanas,  entonces,  como  hoy,  las  más  leídas  y  auto¬ 
rizadas.  Un  histólogo  célebre  de  la  Universidad  de  Gottingen,  M.  W.  Krause,  fué 
mi  introductor  en  el  mundo  sabio.  Con  el  título  de  International  Monatschrift  für 
AnatomiemdPhysiologie,  publicaba,  dicho  profesor  cierta  revista  mensual  donde 
figuraban  comunicaciones  en  francés,  inglés,  italiano  y  alemán.  Había  leído  algún 
trabajillo  mío,  andaba  no  muy  sobrado  de  origina!  y  solicitó  benévolamente  mi 
concurso,  ofreciéndome  costear  todas  las  cromolitografías  necesarias  y  regalarme 
una  tirada  de  50  ejemplares.  Encantado  de  la  invitación,  me  apresuré  a  satisfacer 
sus  deseos,  enviándole  desde  Valencia,  y  con  intervalo  de  dos  años,  dos  monogra¬ 
fías  redactadas  en  un  francés  mediocre  e  ilustradas  con  profusión  de  dibujos  ^ 
Pecaría  de  ingrato  si  no  recordara  aquí  que  el  doctor  Krause,  profesor  enton¬ 
ces  de  Histología  en  Gotinga  y  actualmente  en  Berlín,  me  animó  mucho  con  sus 
consejos  y  me  instruyó  con  sus  cartas  llenas  de  preciosas  indicaciones  bibliográ 
ficas.  En  sus  buenos  oficios,  llegó  hasta  prestarme  o  regalarme  folletos  antiguos- 
de  difícil  o  imposible  adquisición  en  el  mercado  alemán.  Aprovecho  esta  ocasión 
para  testimoniar  al  viejo  maestro  y  generoso  mentor  la  expresión  de  mi  cordial 


RECUERBOS  BE  MI  VIDA 


187 


gratitud  y  sincero  afecto.  Más  adelante,  con  ocasión  de  un  viaje  a  Alemania,  ten¬ 
dré  ocasión  de  hablar  del  insigne  investigador  (1). 

Volviendo  a  las  mentadas  comunicaciones,  diré  que  la  primera  llevaba  por  tí¬ 
tulo  Contribution  á  l'étude  des  cellules  anastomosées  des  épithéliums  pavimen- 
tettx  (2).  En  ella  analizaba  yo  la  estructura  íntima  de  las  células  epiteliales  de  al¬ 
gunas  mucosas  (corneal,  palpebral,  lingual)  y  del  bulbo  piloso.  Después  de  reco¬ 
nocer  y  describir  el  retículo  intraprotoplásmico  y  filamentos  comunicantes  intra- 
celulares,  señalados  años  antes  por  Bizzozero  y  Ranvier  en  el  epidermis  de  la  piel, 
confirmaba 'estas  mismas  disposiciones  en  la  córnea  (epitelio  anterior'  y  en  las 
vainas  del  bulbo  piloso,  órganos  en  que  no  se  habían  observado;  y  añadía  la  exis¬ 
tencia,  en  los  referidos  hilos  de  unión,  de  una  envoltura  o  forro  en  continuación,  al 
parecer,  con  la  membrana  celular.  Semejante  pormenor  estructural  fué  ulterior-- 
mente  comprobado,  con  alguna  variante  de  apreciación,  por  Ide,  Kromayer  y,  años . 
después,  por  Unna,  de  Hamburgo. 

La  segunda  comunicación,  que  apareció  en  1888  con  el  título  de  Observations 
sur  la  textare  desfibres  musculaires  des  paites  et  des  alies  des  insecies  (3),  fué  de 
más  fuste  y  harto  más  rica  era  detalles  descriptivos  nuevos.  Versaba  principal¬ 
mente  sobre  la  textura  de  la  fibra  muscular  de  los  insectos,  campo  de  observación 
preferido  por  los  histólogos,  a  causa  del  gran  tamaño  que,  en  dichos  articulados,  _ 
poseen  las  bandas  o  rayas  transversales  de  la  materia  contráctil,  y  de  ia  comodi¬ 
dad  de  observarlas  en  vivo  sobre  la  platina  del  microscopio.  La  colecta  y  prepara- - 
ción  del  niaterial  necesario  para  la  redacción  de  esta  extensa  monografía  (que  lle¬ 
vaba  anejas  cuatro  grandes  láminas  litografiadas),  costóme  unos  dos  años,  duran- - 
te  los  cuales  exploré  numerosos  órdenes  y  especies  de  insectos.  Contenía  mi  co¬ 
municación  bastantes  observaciones  originales  de  histología  comparada,  algunas; 
de  las  cuales  fuetdn  posteriormente  comprobadas  por  los  histólogos.  Por  desgra¬ 
cia,  si  demostré  celo  y  laboriosidad  en  la  observación  y  descripción  de  los  hechos,, 
no  fui  igualmente  afoitunado,  en  su  interpretación. 

Reinaba  entonces  en  histología  una  de  esas  concepciones  esquemáticas  que 
fascinan  temporalmente  los  espíritus  e  influyen  decisivamente  en  las  pesquisas  y 
Opiniones  de  la  juventud.  Aludo  a  la  teoría  reticular  de  Heitzmann  y  Carnoy,  apli¬ 
cada  muy  ingeniosamente  a  la  constitución  de  la  materia  estriada  de  los  músculos, 
por  el  mismo  Carnoy,  autor  de  la  célebre  BiAogia  celular  (4),  y  después  por  el  in¬ 
glés  Melland  y  el  belga  van  Gehuchten.  Y  yo,  fascinado  por  el  talento  de  es¬ 
tos  sabios  y  el  prestigio  de  la  teoría,  incurrí  en  la  debilidad  de  considerar,  como 
ellos,  lo  substancia  contráctil  como  una  rejilla  de  fibrillas  sutiles  (las  bebías  pre¬ 
existentes  aparecidas  en  los  preparados  de  los  ácidos  y  del  cloruro  de  oro)  unidas 
transversalmente  por  la  red  emplazada  al  nivel  de  la  línea  de  Krause.  En  cuanto  a 
\sls  fibrillas  primitivas  serían  resultado  de  coagulación  post-mortem.  Más  adelante 
volví  sobre  esta  opinión,  criticada  vivamente  por  Rollet,  Kólliker  y  otros,  los  cua¬ 
les  alegaban  con  razón  que  los  pretendidos  artefactos  eran  observables  hasta  en 
los  músculos  vivos  de  ciertos  insectos. 

Insisto  en  estos  detalles,  porque  deseo  prevenir  a  la  juventud  contra  la  inven¬ 
cible  atracción  de  las  teorías  simplistas  y  seductoramente  unificadoras.  Subyuga- 


(1)  Ha  muerto,  como  muchos  sabios  ancianos,  durante  los  luctuosos  años  de  la  horrenda  guerra. 
(2?  Caial:  International  Monatachrift  f.  Anat.  u.  Physiol.  Bd.  Til,  Hélf.  7, 1886. 

(3)  Cajal:  International  MonatscTiriftf.  Anat.  u.  Physiol. 

(4)  Carnoy:  La  biologie  ceUulaire.  fase.  I.  1884. 


188 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


dos  por  la- teoría,  los  principiantes  histólogos  veíamos  entonces  redes  por  todas  par¬ 
tes.  Lo  que  especialmente  nos  cautivaba  era  que  dicha  especulación  identificaba  el 
complejo  sübtractum  estructural  de  la  fibra  estriada  con  el  sencillo  retículo  o  ar¬ 
mazón  fibriilar  de  todo  protoplasma.  Cualquiera  que  fuera  la  célula,  amibo  o  cor¬ 
púsculo  contráctil,  el  protagonista  fisiológico,  o  sea  el  factor  activo,  estaba  siem¬ 
pre  representado  por  la  redecilla  o  esqueleto  elemental. 

De  estas  ilusiones  ningún  histólogo  está  libre,  máxime  si  es  debutante.  Cae¬ 
mos  tanto  mejor  en  el  lazo  cuanto  que  los  esquemas  sencillos  estimulan  y  hala¬ 
gan  tendencias  profundamente  arraigadas  en  el  espíritu:  la  inclinación  nativa  al 
ahorro  de  esfuerzo  mental  y  la  propensión,  casi  irresistible,  a  tomar  como  verda¬ 
dero  lo  que  satisface  a  nuestro  sentido  estético,  por  exhibirse  bajo  formas  arqui¬ 
tectónicas  agradables  y  armoniosas.  Como  siempre,  la  razón  calla  ante  la  belleza. 
El  caso  de  Friné  se  repite  constantemente.  Sin  embargo,  no  hay  equivocación  inútil 
como  nos  asista  el  sincero  propósito  de  la  enmienda.  Y  yo,  persuadido  de  que  Ja 
fama  duradera  sólo  acompaña  a  la  verdad,  deseaba  acertar  a  todo  trance.  En  ade¬ 
lante,  pues,  reaccioné  vivamente  contra  esas  concepciones  teóiicas,  bajo  las  cuales 
la  realidad  desaparece  o  se  deforma. 

En  mis  exploraciones  sistemáticas  por  los  dominios  de  la  anatomía  microscó¬ 
pica  llegó  el  turno  del  sistema  nervioso,  esa  obra  maestra  de  la  vida.  Lo  examiné 
febrilmente  en  los  animales,  teniendo  por  guias  los  libros  de  Meynert,  Hugenin, 
Luys,  Schwalbe  y,  sobre  todo,  los  incomparables  de  Ranvitr,  de  cuya  ingeniosa 
técnica  me  serví  con  tesón  escrupuloso. 

Importa  recordar  que  los  recursos  analíticos  de  aquellos  tiemipos  eran  asaz  in¬ 
suficientes  para  abordar  eficazmente  el  magno  y  atrayente  problema.  Descono¬ 
cíanse  todavía  agentes  tintóreos  capaces  de  teñir  selectivamente  las  expansiones 
de:las  células  nerviosas  y  que  [consintieran  perseguirlas  con  alguna  seguridad,  al 
iravés  de  la  formidable  maraña  de  la  substancia  gris. 

Ciertamente,  desde  la  época  de  Meynert  se  practicaba  con  algún  éxito  el  méto¬ 
do  de  los  cortes  finos  seriados,  impregnados  en  carmín  o  hematoxilina,Ua  que  se 
añadió  por  entonces  el  método  de  Weigert  para  el  teñido  de  las  fibras  meduladas; 
mas,  por  desgracia,  los  mejores  preparados  no  revelaban  sino  el  cuerpo  protoplás- 
mico  de  las  células  nerviosas  con  sus  núcleos,  y  algo,  muy  poco,  del  arranque  o 
trayecto  inicial  de  los  apéndices  dendríticos  y  nerviosos. 

Algo  más  expresivo,  a  los  efectos  de  la  revelación  de  la  morfología  celular,  re¬ 
sultaba  el  proceder  de  la  disociación  mecánica,  puesto  en  boga  por  Deiters,  Schül- 
zey  Ranvier.  Este  aislamiento  elemental  efectuábase,  de  ordinario,  a  favor  de  las 
agujas,  sobre  el  porta-objetos,  previa  maceración  de  la  trama  nerviosa  en  disolu¬ 
ciones  débiles  de  bicromato  de  potasa.  Tratándose  de  nervios,  semejante  recurso 
proporcionaba  muy  claras  imágenes,  máxime  si  se  le  combinaba,  a  ejemplo  de 
Ranvier,  Schiefferdecker,  Segall,  etc.,  con  la  acción  impregnadora— subsiguiente  o 
preliminar  según  los  casos— del  nitrato  de  plata  o  del  ácido  ósmico.  Pero  aplicada 
al  análisis  de  los  ganglios,  de  la  retina,  de  la  médula  espinal  o  del  cerebro,  la  de¬ 
licada  operación  de  desprender  las  células  de  su  ganga  de  cemento  y  de  desenre¬ 
dar  y  extender  con  las  agujas  sus  brazos  ramificados,  constituía  empresa  de  be¬ 
nedictino. 

¡Qué  dicha  cuando,  a  fuerza  de  paciencia,  lográbamos  aislar  por  completo  u 
'  elemento  de  neuroglia,  con  su  forma  típica  en  araña,  o  una  neurona  motriz  colosal 
de  la  médula,  bien  destacados  y  libres  sus  robustos  cilindro-eje  y  dendritas!  ¡Qué 
"Triunfo  sorprender  en  afortunadas  disociaciones,  de  los  ganglios  raquídeos  la  bifur- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


189- 


cación  de  la  expansión  única,  o  desbrozar  de  su  zarzal  neuróglico  la  pirámide  ce¬ 
rebral,  es  decir,  la  noble  y  enigmática  célula  del  peiísamiento!  Estos  modestos 
éxitos  de  manipulador  nos  llenaban  de  ingenua  vanidad  y  de  íntima  delectación., 
Lo  malo  era  que  semejante  alarde,  un  poco  pueril,  de  virtuosidad  técnica,  era  in¬ 
capaz  de  satisfacer  nuestra  ansia  de  dilucidar  el  insondable  arcano  de  la  organi¬ 
zación  cerebral.  A  nuestra  febril  curiosidad  se  sustraía  cuanto  se  refiere  a  la  ardua 
cuestión  del  origen  y  terminación  de  las  fibras  nerviosas  dentro  de  los  centros,  y  . 
a  la  no  menos  fundamental  y  apremiante  de  las  íntimas  conexiones  intercelulares. 
Nadie  podía  contestar  a  esta  sencilla  interrogación;  ¿Cómo  se  transmite  la  corrien- 
te  nerviosa  desde  una  fibra  sensitiva  a  una  motora?  Ciertamente,  no  faltaban  hi¬ 
pótesis;  pero  todas  ellas  carecían  de  base  objetiva  suficiente. 

Y,  sin  embargo,  a  despecho  de  la  impotencia  del  análisis,  el  problema  nos 
atraía  irresistiblemente.  Adivinábamos  el  supremo  interés  que,  para  la  construcción 
de  una  psicología  racional,  ofrecía  el  conocimiento  exacto  de  la  textura  del  cerebro.- 
Conocer  el  cerebro  -nos  decíamos— equivale  a  averiguar  el  cauce  material  del 
pensamiento  y  de  la  voluntad,  sorprender  la  historia  íntima  de  la  vida  en  su  per¬ 
petuo  duelo  con  las  energías  exteriores;  historia  resumida,  y  en  cierto  modo  es¬ 
culpida,  en  esas  coordinaciones  neuronales  defensivas  del  reflejo,  del  instinto  y  de 
la  asociación  de  las  ideas. 

Por  desgracia,  faltábanos  el  arma  poderosa  con  que  descuajar  la  selva  im¬ 
penetrable  de  la  substancia  gris,  deh  esa  constelación  de  incógnitas,  como,  en  su 
lenguaje  brillante,  la  llamaba  Letamendi. 

Y  con  todo  eso,  mi  pesimismo  era  exagerado,  según  hemos  de  ver.  Claro  es 
que  el  aludido  desiderátum  era  y  es  aún  hoy  ideal  inaccesible.  Pero  algo  se  podía 
avanzar  hacia  él  aprovechando  la  técnica  de  entonces.  En  realidad,  el  instrumento 
revelador  existía;  sólo  que  ni  yo,  aislado  en  mi  rincón,  lo  conocía,  ni  se  había  di¬ 
vulgado  apenas  entre  los  sabios,  no  obstante  haber  visto  la  luz  por  los  años  de  1880 
y  1885.  Fué  descubierto  por  C.  Golgi,  eximio  histólogo  de  Pavía,  favorecido  por 
la  casualidad,  musa  inspiradora  de  los  grandes  hallazgos.  En  sus  probaturas  tin- 
toriales,  notójeste  sabio  que  el  protoplasma  de  las  células  nerviosas,  tan  rebelde 
a  las  coloraciones  artificiales,  posee  el  precioso  atributo  de  atraer  vivamente  el 
precipitado  de  cromato  de  plata,  cuando  este  precipitado  se  produce  en  el  espesor 
mismo  de  las  piezas.  El  modas  operandi,  sencillísimo,  redúcese  a  indurar  por  va¬ 
rios  días  trozos  de  substancia  gris  en  soluciones  de  bicromato  de  potasa  (o  e 
líquido  de  Mülier),  o  mejor  aún,  en  mezcla  de  bicromato  y  de  solución  al  1  por  100 
de  ácido  ósmico,  para  tratarlos  después  mediante  soluciones  diluidas  (al  0,75)  de 
nitrato  de  plata  cristalizado.  Genérase  de  este  modo  un  depósito  de  bicromato  ar¬ 
géntico,  el  cual,  por  dichosa  singularidad  que  no  se  ha  explicado  todavía,  selec¬ 
ciona  ciertas  células  nérviosas  con  exclusión  absoluta  de  otras.  Al  examinar  la 
preparación,  los  corpúsculos  de  la  substancia  gris  muéstranse  teñidos  de  negro 
marrón  hasta  en  sus  más  finos  ramúsculos,  que  destacan  con  insuperable  claridad,, 
sobre  un  fondo  amarillo  transparente,  formado  por  los  elementos  no  impregnados . 
Gracias  atan  valiosa  reacción,  consiguió  Golgi,  durante  varios  años  de  labor,  es¬ 
clarecer  no  pocos  puntos  importantes  de  la  morfología  de  las  células  y  apéndices 
nerviosos.  Pero,  según  dejo  apuntado,  el  admirable  método  de  Golgi  era  por  en¬ 
tonces  (1887-1838)  desconocido  por  la  inmensa  mayoría  de  los  neurólogos  o  deses¬ 
timado  de  los  pocos  que  tuvieron  noticia  precisa  de  él.  El  libro  de  Ranvier,  -  mi  bi¬ 
blia  técnica  de  entonces,  le  consagraba  [solamente  unas  cuantas  líneas  informati¬ 
vas  escritas  displicentemente.  Veíase  a  la  legua  que  el  sabio  francés  no  lo  había. 


190 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


ensayado.  Naturalmente,  los  lectores  de  Ranvier  pensábamos  que  el  susodicho 
método  no  valía  la  pena.  Igual  desdén  mostraban  los  alemanes. 

Debo  a  L.  Simarro,  el  atamado  psichiatra  y  neurólogo  de  Valencia,  el  inolvida¬ 
ble  favor  de  haberme  mostrado  las  primeras  buenas  preparaciones  efectuadas  con 
el  proceder  del  cromato  de  plata,  y  de  haber  llamado  mi  atención  sobre  la  excep¬ 
cional  importancia  del  libro  del  sabio  italiano,  consagrado  a  la  inquisición  de  la 
íntima  estructura  de  la  substancia  gris  (1).  Merece  contarse  el  hecho,  porque  so¬ 
bre  haber  tenido  importancia  decisiva  etí  mi  carrera,  demuestra  una  vez  más  la 
potencia  vivificante  y  dinamógena  de  las  cosas  vistas,  es  decir,  de  la  percepción 
directa  del  objeto,  enfrente  de  la  débilísima  y  por  no  decir  nula  influencia  de  es¬ 
tas  mismas  cosas,  cuando  a  la  mente  llegan  por  las  frías  y  desvaídas  descripcio¬ 
nes  de  los  libros. 

Allá  por  el  año  de  1887  fui  nombrado  juez  de  oposiciones  a  cátedras  de  Ana¬ 
tomía  descriptiva.  Deseoso  de  aprovechar  mi  estancia  en  Madrid  para  informarme 
de  las  novedades  científicas,  páseme  en  comunicación  con  cuantos  en  la  Corte 
cultivaban  los  estudios  micrográficos.  Entre  otras  visitas  instructivas,  mencionaré: 
la  girada  al  Museo  de  Historia  Natural,  donde  conocí  al  modestísimo  cuanto  sabio 
naturalista  D.  Ignacio  Bolívar;  la  consagrada  al  Laboratorio  de  Histología  de 
San  Carlos,  dirigido  por  el  benemérito  Dr.  Maestre,  y  cuyo  ayudante,  el  doctor 
López  García,  mostróme  las  últimas  novedades  técnicas  de  Ranvier,  de  quien 
había  sido  devotísimo  y  aprovechado  discípulo;  la  efectuada  a  cierto  Instituto  bio- 
■  lógico  no  oficial,  instalado  en  la  calle  de  la  Gorgnera,  en  el  cual  trabajaban  varios 
jóvenes  médicos,  entre  ellos  el  Dr.  D.  Federico  Rubio,  y  sobre  todo  D.  Luis 
Simarro,  recién  llegado  de  París  y  entregado  al  noble  empeño  de  promover  entre 
nosotros  el  gusto  hacia  la  investigación;  y,  en  fin,  la  realizada  al  laboratorio  pri¬ 
vado  del  prestigioso  neurólogo  valenciano,  quien,  por  cultivar  la  especialidad 
profesional  de  las  enfermedades  mentales,  se  ocupaba  en  el  análisis  de  las  altera¬ 
ciones  del  sistema  nervioso  (asistido,  por  cierto,  de  copiosísima  biblioteca  neuro- 
lógica),  ensayando  paciente  y  esmeradamente  cuantas  novedades  técnicas  apare¬ 
cían  en  el  extranjero. 

Fué  precisaniente  en  casa  del  Dr.  Simarro,  situada  en  la  calle  del  Arco  de 
Santa  María,  41,  donde  por  primera  vez  tuve  ocasión  de  admirar  excelentes  pre¬ 
paraciones  del  método  de  Weigert-Pal,  y  singularmente,  según  dejo  apuntado 
aquellos  cortes  famosos  del  cerebro,  impregnados  mediante  el  proceder  argénti¬ 
co  del  sabio  de.  Pavía. 

Expresaba  en  párrafos  anteriores  la  sorpresa  sentida  al  conocer  de  visa  la  ma¬ 
ravillosa  potencia  reveladora  de  la  reacción  cromo-argéntica  y  la  ninguna  emo¬ 
ción  provocada  en  el  mundo  científico  por  su  hallazgo.  ¿Cómo  explicar  tan  extra¬ 
ña  indiferencia?  Hoy,  que  conozco  mejor  la  psicología  de  los  sabios,  hallo  la  cosa 
muy  natural.  En  Francia,  como  en  Alemania,  y  más  en  ésta  que  en  aquélla,  reina 
una  severa  disciplina  de  escuela.  Por  respeto  al  maestro,  ningún  discípulo  suele 
emplear  métodos  de  investigación  qne  no  se  deban  a  aquél.  En  cuanto  a  los  gran¬ 
des  investigadores,  creeríanse  deshonrados  trabajando  con  métodos  ajenos.  Las 
dos  grandes  pasiones  del  hombre  de  ciencia  son  el  orgullo  y  el  patriotismo.  Tra¬ 
bajan,  sin  duda,  por  amor  a  la  verdad,  pero  laboran  aún  más  en  pro  de  su  presti¬ 
gio  personal  o  de  la  soberanía  intelectual  de  su  país.  Soldado  del  espíritu,  el  in¬ 
vestigador  defiende  a  su  patria  con  el  microscopio,  la  balanza,  la  retorta  o  el  te- 

(1)  OoLOi:  Sulla  fina  Anatomía  degli  organi  centrali  del  sistema  nervoso.  AUlano,  1885. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


191 


lescopio.  Por  donde,  lejos  de  acoger  con  agrado  y  curiosidad  la  conquista  realiza¬ 
da  en  extrañas  tierras,  la  recibe  receloso,  como  si  le  trajera  insufrible  humillación. 
A  menos  que  el  invento  sea  de  tal  magnitud  y  transcendencia  industrial  que  igno¬ 
rarlo  constituyera  pecado  de  leso  patriotismo.  ¡Cuántas  veces,  en  mi  ya  larga  ca¬ 
rrera,  he  padecido  los  desalentadores  efectos  de  tales  miserias!...  Más  adelante, 
empero,  tendré  ocasión  de  elogiar  a  sabios  que,  por  honrosa  excepción,  sienten 
placer  en  realzar,  con  trabajos  de  confirmación  y  ampliación,  el  mérito  forastero 
preterido  o  ignorado.  ¡Pero  qué  raros  tan  nobles  caracteres!... 

A  mi  regreso  a  Valencia  decidí  emplear  en  grande  escala  el  método  de  Golgi  y 
estudiarlo  con  toda  la  paciencia  de  que  soy  capaz.  Innumerables  probaturas,  he¬ 
chas  por  Bartual  y  por  mí,  en  muchos  centros  nerviosos  y  especies  animales,  nos 
convencieron  de  que  el  nuevo  recurso  analítico  tenía  ante  sí  brillante  porvenir, 
sobre  todo  si  se  encontraba  manera  de  corregirlo  de  su  carácter  un  tanto  capri¬ 
choso  y  aleatorio  (1 ).  El  logro  de  una  buena  preparación  constituía  sorpresa  agra¬ 
dable  y  motivo  de  jubilosas  esperanzas. 

Hasta  entonces,  nuestras  preparaciones  del  cerebro,  cerebelo,  médula  espi¬ 
nal,  etc.,  confirmaban  plenamente  los  descubrimientos  del  célebre  histólogo  de 
Pavía;  pero  ningún  hecho  nuevo  de  importancia  surgía  de  ellas.  No  me  abandonó 
por  eso  la  fe  en  el  método.  Estaba  plenamente  persuadido  de  que,  para  avanzar 
seriamente  en  el  conocimiento  estructural  de  los  centros  nerviosos,  era  de  todo 
punto  preciso  servirse  de  procederes  capaces  de  mostrar,  vigorosa  y  selectiva¬ 
mente  teñidas  sobre  fondo  claro,  las  más  tenues  raicillas  nerviosas.  Sabido  es  que 
la  substancia  gris  representa  algo  así  como  fieltro  apretadísimo  de  hebras  ultra- 
sutiles;  para  perseguir  estos  filamentos  nada  valen  los  cortes  delgados  ni  las  co¬ 
loraciones  completas.  Requiérense  al  efecto  reacciones  intensísimas  que  consien¬ 
tan  el  empleo  de  cortes  muy  gruesos,  casi  macroscópicos  (las  expansiones  de  las 
células  nerviosas  tienen  a  veces  muchos  milímetros  y  aun  centímetros  de  longi¬ 
tud),  y  cuya  transparencia,  no  obstante  el  insólito  espesor,  sea  posible,  gracias  a 
la  exclusiva  coloración  de  algunas  pocas  células  o  fibras  que  destaquen  en  medio 
de  extensas  masas  celulares  incoloras.  Sólo  así  resulta  empresa  factible  seguir  un 
conductor  nervioso  desde  su  origen  hasta  su  terminación. 

De  cualquier  modo,  estábamos  ya  en  posesión  del  instrumento  requerido.  Fal¬ 
taba  solamente  determinar  escrupulosamente  las  condiciones  de  la  reacción  cro¬ 
mo-argéntica,  disciplinarla  para  adaptarla  a  cada  caso  particular.  Y  si  el  encé¬ 
falo  y  demás  órganos  centrales  adultos  del  hombre  y  vertebrados  son  demasiado 
complejos  para  permitir  escrutar,  mediante  dicho  recurso,  su  plan  estructural, 
¿por  qué  no  aplicar  sistemáticamente  el  método  a  los  animales  inferiores  o  a  las 
fases  tempranas  de  la  evolución  ontogénica,  en  las  cuales  el  sistema  nervioso 
debe  ofrecer  organización  sencilla  y,  por  decirlo  así,  esquemática? 

Tal  era  el  programa  de  trabajo  que  nos  impusimos.  Iniciado  en  Valencia,  sólo 
•cuando  me  trasladé  a  Barcelona  fué  cumplido  con  una  perseverancia,  un  entu¬ 
siasmo  y  un  éxito  que  superaron  mis  esperanzas.  Pero  de  esto  trataremos  opor¬ 
tunamente. 

(1)  A  estas  veleidades  de  la  impregnación  cromo-argéntica  se  debió,  sin  duda,  el  que  Simarro,  in¬ 
troductor  en  España  de  los  métodos  y  descubrimientos  de  Golgi,  abandonara  desalentado  sus  ensayos. 
En  carta  suya  de  1889  me  decía;  cRecibI  su  última  publicación  sobre, la  estructura  de  la  médula  espinal, 
que  me  parece  un  trabajo  notable,  mas  nó  convineenie,  a  causa  del  método  de  Golgi.  que  aun  en  sus 
manos  de  u'ted,  que  tanto  lo  ha  perfeccionado,  es,  más  que  demostrativo,  un  método  sugestivo.»  Des- 
^aciadamenfe,  Simarro.  dotado  de  un  gran.talento,  carecía  de  la  perseverancia,  la  virtud  de  los  modestos. 


192 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


No  todo  fué,  durante  mi  estancia  en  la  capital  valenciana  (años  de  1884  a  1887), 
austera  y  febril  labor  de  laboratorio.  Tuvieron  también  su  correspondiente  laboreo 
los  barbechos  artísticos  y  filosóficos  del  cerebro.  Forzoso  era  proporcionar  a  cada 
célula  su  ración  y  a  cada  instinto  honesto  ocasión  propicia  de  ejercitarse.  A  guisa 
de  desentumecedores  de  neuronas  en  riesgo  de  anquilosis,  desarrollé  dos  órde¬ 
nes  de  distracciones:  las  excursiones  pintorescas  y  el  estudio  experimental  del 
hipnotismo,  ciencia  naciente  que  por  entonces  atraía  la  curiosidad  pública  y  apa¬ 
sionaba  los  espíritus. 

Poco  hablaré  de  las  excursiones,  cuyo  relato  sólo  puede  ser  interesante  para 
los  escasos  supervivientes  de  aquellas  agradables  e  higiénicas  expansiones.  Re¬ 
cordaré  no  más  que  varios  contertulios  del  Casino  de  la  Agricultura  (Arévalo 
Vaca,  Dr.  Guillén,  el  farmacéutico  Dr.  Chiarri,  Dr.  Narciso  Loras,  don  Prudencio 
Solis,  Marsal,  Soto,  Rodrigo,  E.  Alabern,  F.  Peset,  Gaspar,  Nogueroles,  Cas¬ 
tro,  etc.),  organizamos  una  Sociedad  gastronómico-deportiva,  rotulada  humorísti¬ 
camente  el  Gaster-Club  (1).  Los  fines  de  esta  reunión  de  gente  de  buen  humor  re¬ 
ducíanse  a  girar  visitas  domingueras  a  los  parajes  más  atrayentes  y  pintorescos 
del  reino  de  Valencia;  tomar  fotografías  de  escenas  y  paisajes  interesantes;  dar  de 
vez  en  cuando  juego  supraintensivo  a  músculos  y  pulmones,  caminando  entre  al¬ 
garrobos,  palmitos,  pinos  y  adelfas,  y,  en  fin,  saborear  la  tan  suculenta  y  acredi¬ 
tada  paella  valenciana.  El  reglamento,  redactado  por  mí,  excluía  como  cosa  ne¬ 
fanda  y  abominable  cuanto  oliera  a  política,  religión  o  filosofía,  con  sus  inevita¬ 
bles  derivaciones,  las  controversias  acaloradas,  perturbadoras  de  la  digestión  y 
enervadoras  de  la  cordial  amistad.  Sólo  de  ciencia  y  arte  estaba  permitido  discu¬ 
rrir,  y  eso  en  términos  llanos  y  fácilmente  comprensibles.  Habíamos  declarado 
guerra  sin  cuartel  al  énfasis  y  a  la  declamación. 

Y  así,  de  paella  en  paella,  y  siempre  en  amena  y  agradable  compañía,  visitamos 
todos  los  rincones'atrayentes  de  la  comarca  levantina:  Sagunfo,  Castellón,  Játiba, 
Sueca,  Callera,  el  Desierto  de  las  Palmas,  Burjasot,  La  Albufera,  Gandía,  las  sie¬ 
rras  del  Monduber  Espadan,  etc.,  desfilaron  sucesivamente  por  el  objetivo  de  mi 
Kodak,  cuajando  en  pruebas  que  guardamos  piadosamente,  como  recuerdos  de 
añorada  juventud,  los  pocos  supervivientes  de  aquella  generación. 

En  cuanto  a  la  otra  distracción  aludida,  tuvo  sabor  más  cientíñco,  y  consistió 
en  la  confirmación  experimental  y  en  grande  escala  de  los  celebérrimos  estudios 
acerca  del  sonambulismo  artificial  y  fenómenos  de  sugestión,  efectuádos  en  Fran¬ 
cia  por  Charcot,  Liébeault,  Bernheim,  Beaunis,  etc.  Estas  investigaciones  de  psi¬ 
cología  mórbida,  emprendidas  en  el  extranjero  por  sabios  famosos  habituados  a 
las  observaciones  exactas,  tuvieron  inmensa  resonancia.  Merced  a  ellas,  recibie¬ 
ron  al  fin  carta  de  naturaleza  en  la  ciencia  muchos  de  los  estupendos  milagros 
narrados  por  Mesmer  y  exhibidos  aparatosamente  por  los  magnetizadores  de  tea¬ 
tro.  Una  ciencia  nueva,  heredera  directa  de  la  hechicería  medioeval,  había  apare¬ 
cido. 

Preciso  es  convenir  que,  a  despecho  de  tres  siglos  de  ciencia  positiva,  la 
afición  a  lo  maravilloso  posee  todavía  honda  raigambre  en  el  espíritu  humano. 
Somos  aún  demasiado  supersticiosos.  Miles  de  años  de  fe  ciega  en  lo  sobrenatu¬ 
ral,  parecen  haber  creado  en  el  cerebro  algo  así  como  un  ganglio  religioso.  Des- 

(1)  Muchos  han  fallecido  (1922)  con  excepción  de  Alabern,  José  Noguerales,  alto  empleado  de  feiro. 
carril,  y  el  doctor  Rodrigo  Pertegas,  a  quien  debo  un  recuerdo  cariñoso  publicado  hace  pocos  meses 
(1922)  en  un  periódico  de  Valencia.  . 


193 


RECOTRDOS  DE  MI  VIDA 

.aparecido  casi  enteramente  en  algunas  personas,  y  caído  en  atrofia  en  otras,  per¬ 
siste  pujante  eñ  las  más.  Por  espritfort  que  se  sea,  ¿quién  no  ha  oído  sonar  algu¬ 
na  vez  aquellas  mística  campanas  de  Is  de  que  habla  Renán,  o  sentido  rebrotar 
ozana  la  creencia  en  genios,  duendes  y  aparecidos? 

Por  esta  vez,  sin  embargo,  no  se  trataba  de  manifestaciones  sobrenaturales, 
.sino  de  sorprendentes  y  harto  descuidadas  actividades,  o  si  se  quiere  r  comalias 
deljdinamismo  celebral,  , 

Para  estudiarlas  metódicamente,  varios  amigos,  algunos  de  ellos  tertulianos 
del  Casino  de  la  Agricultura,  organizamos  un  Comité  de  investigaciones  psicológi- 
cas.  E  inauguramos  nuestras  pesquisas  con  la  busca  y  captura  de  sujetos  idóneos. 
Por  mi  casa,  convertida  al  efecto  en  domicilio  social,  desfilaron  especies  notabilí¬ 
simas  de  histéricas,  neurasténicos,  maníacos  y  hasta  de  acreditados  médiums  es¬ 
piritistas.  En  breve  tiempo  recogimos  copiosa  colección  de  interesantes  documen¬ 
tos.  Llenos  de  asombro,  hubimos  a  confirmar  casi  todos  los  estupendos  fenóme¬ 
nos  descritos  por  los  sabios,  singularmente  los  señalados  por  Bernheim,  de  Nan- 
cy.  Ocioso  fuera  citar  menudamente  los  resultados,  obtenidos.  Carecen  de  nove¬ 
dad  e  interés,  y  inás  hoy,  después  de  la  publicación  de  tantos  Tratados  magistra¬ 
les  relativos  a  este  orden  de  estudios. 

Mencionaré,  solamente,  los  experimentos  de  hipnosis  producidos  en  las  persO' 
jias  sanas  y  al  parecer  limpias  de  toda  t^ra  neurótica  (algunos  de  , ellos,  abogados, 
médicos,  etc.).  Sobrevenido  el  grado  de  sopor  y  de  pasibilidad  indispensables,  pro¬ 
ducíanse,  a  la  orden  del  hipnotizador,  y  tanto  durante  el  sueño  como  después  de 
despertarse,  la  catalepsia  cérea  y  la  analgesia;  congestiones  y  hemorragias  pox  su¬ 
gestión;  a/üc/onaemes  positijas  y  negativas  de  todo  linaje  (visuales,  acústicas, 
táctiles);  amnesia  total  o  parcial;  evocación  de  imágenes  olvidadas  o  casi  olvidadas; 
desdoblamiento  de  la  personalidad;  eclipse  o  inversión  de  los  sentimientos  más 
arraigados;  y  en  fin,  abolición  total  del  libre  albedrío,  es  decir,  de  la  facultad  críti¬ 
ca  y  de  la  selección  consciente  de  las  reacciones  motrices.  Hasta  los  actos  más  re¬ 
pugnantes  al  carácter  o  los  más  contrarios  a  la  moral  y  a  la  decencia,  eran  fatal  y 
necesariamente  ejecutados.  Sujeto  hubo  que  ajustó  estrictamente  su  vida,  duran¬ 
te  una  semana,  a  un  programa  especial  lleno  de  acciones  extravagantes  e  ilógicas, 
sugerido  durante  el  estado  somnambúlico. 

Y  llevando  la  sugestión  al  terreno  terapéutico,  conseguí  realizar  prodigios  que 
'envidiaría  el  más  hábil  de  los  taumaturgos.  Mencionaré:  la  transformación  radical 
del  estado  emocional  de  ios  enfermos  (paso  casi  instantáneo  de  la  tristeza  a  la 
alegría);  la  restauración  del  apetito  en  histeroepilépticas  inapetentes  y  emaciadí- 
simas;  la  curación,  por  simple  mandato,  de  diversas  especies  de  parálisis  crónicas 
de  naturaleza  histérica;  la  cesación  brusca  de  ataques  de  histerismo  con  pérdida 
del  conocimiento;  el  olvido  radical  de  acontecimientos  dolorosos  y  atormentado¬ 
res;  la  abolición  completa  délos  dolores  del  parto  en  mujeres  normales  (1);  en  fin, 
la  ánestesia  quirúrgica,  etc. 

La  fama  de  ciertas  curas  milagrosas  recaídas  en  histéricas  y  neurasténicos, 
divulgóse  rápidamente  por  la  ciudad.  A  mi  consulta  acudían  enjambres  de  des¬ 
equilibrados  y  hasta  de  locos  de  atar.  Ocasión  propicia  hubiera  sido  aquéUa  para 
crearme  pingüe  clientela,  si  mi  carácier  y  mis  gustos  lo  hubieran  consentido.  Pero, 
satisfecha  mi  curiosidad,  licencié  a  mis  enfermos,  a  quienes,  natmalmente,  no  so- 

(1)  Un  caso  de  este  género  fué  publicado  después  en  Barcelona  en  la  Gaceta  Médica  Catalana,  nú¬ 
mero  del  15  de  agosto  de  1888. 


13 


S,  RAMÓN  y  CAJAL 


Í94 

lía  pasar  la  riota  de  Honorarios:  harto  pagado  quedaba  con  que  sé  prestaran  dócil¬ 
mente  á  mis  experimentos. 

Durante  aquellas  épicas  pesquisas  sobre  la  psicología  morbosa,  sólo  se  me  re¬ 
sistieron  tenazmente  esos  fenómenos  extraordinarios,  confinantes  con  el  espifitís- 
mo,  a  saber:  la  visión  a  través  de  cuerpos  opacos,  la  transposición  sensorial,  la 
sugestión  mental,  la  telepatía,  etc.,  estupendos  milagros  afirmados  muy  forínal- 
mente  por  Ochorowicz,  Lombroso,  Rochas,  Zollner,  Richet,  P.  Gibier,  Flammarión, 
MyerSj-etc.  ;  '  ^  ^ 

-  ¿Fracasaron  quizás  por  imposibles?  Tal  creo  hoy.  Los  secuaces  de  Alian  Kar- 
dek  y  los  partidarios  de  la  fuerza  cerebral  radiante,  dirán  acaso  que  no  tuve  suer¬ 
te.  Sin  embargo,  puse  en  mis  observaciones  la  mejor  voluntad  y  no  escatimé  gas¬ 
to  ni  diligencia  para  procurarme  los  sujetos  dotados  de  virtudes  más  transcenden¬ 
tales.  Pero-bastába  con  que  yo  asistiera  a  una  sesión  de  adivinación,  sugestión 
mental,  doble  vista,  comunicación  coh  los  espíritus,  posesión  demoniaca,  etc.,  para 
que,  a  la  luz  de  la  más  sencilla  crítica,  se  disiparan  cual  humo  todas  las  propieda¬ 
des  maravillosas  de  los  med/ams  o  de  las  histéricas  zahones.  Lo  admirable  en 
aquellas  sesiones  no  eran  los  sujetos,  sino  la  increíble  ingenuidad  dé  los  asistentes, 
que  tomaban  cual  manifestaciones  sobrenaturales  ciertos  fenómenos  nerviosos 
(autosugestión  sobre  todo)  délos  medmms,o  la  mera  coincidencia  de  hechos,  o 
los  efectos  del  hábito  mental,  o,  en  fin,  los  fáciles  y  conocidos  ardides  del  cü/n- 
©cr/únd/smó,  tan  exhibido  después  en  los  teatros. 

■  Én  suma,  y  prescindiendo  aquí  de  los  milagros  increíbles  atribuidos  a  ciertos 
Sujetos,  declaro  que  los  consabidos  experimentos  de  sugestión  causáronme  un 
doble  sentimiento  de  estupor  y  desilusión:  estupor  al  reconocer  la  realidad  de  fe¬ 
nómenos  de  automatismo  cerebral  estimados  hasta  entonces  como  farsas  y  tram¬ 
pantojos  de  magnetizadores  de  circo;  y  decepción  dolorosa  al  considerar  que  el 
tan  decantado  cerebro  humano,  la  «obra  maestra  de  la  creación>,  adolece  del 
enorme  defecto  de  la  sugestibilidad;  defecto  en  cuya  virtud,  hasta  la  más  excelsa 
inteligencia  puede,  en  ocasiones,  convertirse  por  ministerio  de  hábiles  sugestio- 
nadores,  conscientes  o  inconscientes  (oradores,  políticos,  guerreros,  apósto¬ 
les,  etc.),  en  humilde  y  pasivo  instrumento  de  delirios,  ambiciones  o  codicias  (1): 

(1)  No  obstante  el  aparato  científico  con  que  fueron  observados,  tenemos  por  sospechosos  los  ten ó- 
mencís  sobrenaturales  relatados  por  W.  Crookes,  Zollner,  Flammarión,  Lombroso,  W.  James,  Lucianí, 
etcétera,  engañados  por  Eusepia  Paladino  y  oüos  mediums  no  menos  ladinos.  Estas  caídas  de  mentali¬ 
dades  que,  en  los  dominios  de  la  ciencia,  demostraron  poseer  facultades  críticas  de  primer  orden,  ense¬ 
ñan  cuán  peligroso  es  abordar  el  estudio  de  los  fenómenos  medianímicos — tan  propicios  alfraude  y 
superchería— con  el  prejuicio  de  la  comunicabilidad  de  los  muertos  con  los  vivos.  Siempre  queseme- 
járité'éstedo  efe 'cr¿e?icia  falta,  las  artimañas  ingeniosas  de  los  mfidrawís  son  sorprendidas  hasta  por  los 
Observadores  menos  sagaces.  De  ello  pudiéramos  citar  ejemplos  elocuentísimos.  Más  adelante  citaré  urr 
fasd  típico,  obse.ryado  en  Madrid,  con.  todas  Jas  garantías  del  más  severo  análisis  científico . 


Alberto  Kollikei 


CAPITULO  IV 


MI  TRASLACIÓN  A  LA  CÁTEDRA  DE  HISTOLOGÍA  DE  BARCELONA.— LOS  NUEVOS  COM¬ 
PAÑEROS  DE  FACULTAD.— LA  PEÑA  DEL  CAFÉ  DE  PELAYO _ MIS  INVESTIGACIO¬ 

NES  SOBRE  EL  SISTEMA  NERVIOSO  CONDUCEN  A  RESULTADOS  INTERESANTES.— 
MI  EXCESIVA  FECUNDIDAD  CIENTÍFICA  DURANTE  1888  ME  OBLIGA  A  PUBLICAR 
UNA  REVISTA  MICROGRÁFICA. — LAS  LEYES  DE  LA  MORFOLOGÍA  Y  CONEXIÓN  DE 
LAS  CÉLULAS  NERVIOSAS.— ME  CURO  DEFINITIVAMENTE  DEL  VICIO  DEL  AJEDREZ 


PROMEDIADO  el  año  de  1887,  fué  reformado  el  plan  de  enseñanza  médica.  La 
asignatura  de  Histología  normal  y  patológica,  que  figuraba  en  el  docto¬ 
rado  y  explicaba  el  Dr.  Maestre  de  San  Juan,  quedó  incorporada  al  perío¬ 
do  de  la  licenciatura.  Dadas  mis  aficiones,  natural  parecía  que  yo  aprovechase  la 
reforma,  concursando  alguna  de  las  nuevas  cátedras  creadas,  cosa  fácil  después 
de  todo,  porque  las  nuevas  disposiciones  legales  consideraban  la  Anatomía  como 
disciplina  análoga,  a  los  efectos  de  traslaciones  y  concursos,  de  la  asignatura 
recién  creada. 

Habiendo  tocado  a  turno  de  concurso  las  vacantes  de  Barcelona  y  Zaragoza, 
vacilé  algún  tiempo  en  mi  elección.  Mi  primer  pensamiento  fué  trasladarme  a  la 
capital  aragonesa.  Hacia  ella  me  arrastraban  el  amor  de  la  tierra,  los  recuerdos  de 
la  juventud  y  el  afecto  a  la  familia.  Pero  enfrente  de  estos  sentimientos  prevale¬ 
cieron  consideraciones  de  orden  honestamente  utilitario.  Para  el  hombre  votado  a 
una  idea  y  resuelto  a  ofrendarle  toda  su  actividad,  las  ciudades  grandes,  son  pre¬ 
feribles  a  las  pequeñas.  En  éstas,  las  gentes  se  conocen  demasiado.  El  animal 
humano  nos  amenaza  muy  de  cerca  para  vivir  en  santa  calma,  Y  las  rencillas  y 
aun  los  conflictos  estallan  a  diario.  Y  el  tiempo  se  va  en  halagar  a  los  amigos  y 
combatir  a  los  adversarios.  Importa  notar,  además,  que  por  aquellos  tiempos  el 
claustro  de  mi  venerada  Alma  mater,  a  causa  de  dos  o  tres  desequilibrados,  ardía 
en  resquemores  y  antagonismos  impropios  del  decoro  de  la  toga.  No  faltan,  por 
desgracia,  temperamentos  malévolos  en  las  grandes  poblaciones  universitarias; 
pero  aquí  las  toxinas  humanas,  diluidas  por  la  distancia,  pierden  o  atenúan  nota¬ 
blemente  sus  efectos. 

,  Temeroso,  pues,  de  que  mis  fuerzas  se  disiparan  en  rudas  y  dolorosas  frota¬ 
ciones,  resolví  al  fin,  contra  el  consejo  de  mi  familia,  trasladarme  a  la  Ciudad 
Condal.  Y  acerté  en  mis  presunciones,  porque  en  Barcelona  encontré  no  sólo  el 
sereno  ambiente  indispensable  a  mis  trabajos,  sino  facilidades  imposibles  en  Za¬ 
ragoza  para  organizar  un  bien  provisto  laboratorio  y  publicar  folletos  ilustrados 
con  litografías  y  grabados.  Precisamente,  durante  los  primeros  años  pasados  en 


196 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


la  Ciudad  Condal  aparecieron  las  más  importantes  de  mis  comunicaciones  cien¬ 
tíficas. 

Preocupado,  eomo  siempre,  de  no  turbar  la  ecuación  entre  los  gastos  y  los  in¬ 
gresos,  me  instalé  modestamente  en  una  casa  barata  de  la  calle  de  la  Riera  Alta, 
próxima  al  Hospital  de  Santa  Cruz,  donde,  por  entonces,  estaba  la  Facultad  de 
Medicina.  Ulteriormente,  y  contando  ya  con  otros  emolumentos  (los  proporciona¬ 
dos  por  algunos  médicos  deseosos  de  ampliar  en  mi  laboratorio  sus  conocimien¬ 
tos  histológicos  y  bacteriológicos),  rae  trasladé  a  la  calle  del  Bruch,  a  cierta  casa 
nueva  y  relativamente  lujosa.  En  ella  dispuse  de  una  hermosa  sala  donde  instalar 
el  laboratorio  y  de  un  jardín  anejo,  muy  apropiado  para  conservar  los  animales  en 
curso  de  experimentación. 

Allí  recibieron  enseñanza  micrográfica,  entre  otros  jóvenes  de  mérito,  Duran  y 
Ventosa,  hijo  del  ex  ministro  Durán  y  Bas;  Pi  y  Gilbert,  que  hizo  brillantes  oposi¬ 
ciones  a  cátedras  de  Histología  y  publicó  algún  trabajo  en  mi  Revista;  el  malogra¬ 
do  Gil  Saltor  (1),  futuro  profesor  de  Histología  en  Zaragoza  y  de  Patología  ex¬ 
terna  en  Barcelona;  Bofill,  que  llegó  a  ser,  andando  el  tiempo,  excelente  natura¬ 
lista;  Sala  Pons,  que  publicó  años  después  algunas  investigaciones  interesantes 
sobre  la  estructura  del  cerebro  de  las  aves  y  la  médula  espinal  de  los  batra¬ 
cios,  etc. 

Dada  la  proverbial  cortesía  catalana,  huelga  decir  que  en  mis  compañeros  de 
Facultad  hallé  sentimientos  de  consideración  y  respeto.  Pasa  el  catalán  por  ser 
un  tanto  brusco  y  excesivamente  reservado  cOn  los  forasteros;  pero  le  adornan 
dos  cualidades  preciosas;  siente  y  practica  fervorosamente  la  doble  virtud  del  tra¬ 
bajo  y  de  la  economía;  y  acaso  por  esto  mismo,  evita  rencillas  y  cominerías  y  res¬ 
peta  religiosamente  el  tiempo  de  los  demás. 

Entre  los  comprofesores  con  quienes  me  ligaron  lazos  de  afecto  sincero,  re¬ 
cuerdo  a  nuestro  excelente  decano  el  Dr.  Juan  Rull,  profesor  de  Obstetricia;  al 
simpático  doctor  Campá,  que  acababa  de  trasladarse  desde  la  Universidad  de 
Valencia;  a  Batlles,  catedrático  de  Anatomía,  orador  colorista  y  afluentísimo;  al 
anciano  y  benemérito  Silóniz,  un  andaluz  a  quien  treinta  años  de  permanencia  en 
Barcelona  no  habían  quitado  el  gracioso  acento  gaditano;  a  Coll  y  Pujol,  enclen¬ 
que  y  valetudinario  entonces,  pero  que  ha  alcanzado  los  setenta  sin  jubilarse;  a 
Pi,  maestro  de  Patología  general,  una  de  las  cabezas  más  reflexivas  y  equilibradas 
de  la  Facultad;  a  Giné  y  Partagás,  orador  brioso  y  publicista  fecundo  y  agudo;  a 
Valentí,  profesor  de  Medicina  legal,  expositor  sutil,  pero  algo  desconcertante  y 
paradójico;  alDr.  Morales,  prestigioso  cirujano  andaluz,  a  quien  los  barceloneses 
llamaban  el  moro  triste,  por  su  aspecto  de  Boabdil  destronado;  a  Robert,  clínico 
eminente,  luchador  de  palabra  precisa  e  intencionada,  que  andando  el  tiempo, 
debía  sorprendernos  a  todos  dirigiendo  el  nacionalismo  catalán  y  proclamando 
urbi  et  orbi,  un  poco  a  la  ligera  (no  era  antropólogo  ni  había  leído  a  Olóriz  y  Aran- 
zadi),  la  tesis  de  la  superioridad  del  cráneo  catalán  sobre  el  castellano;  opinión 
desinteresada,  pues  además  de  gozar  de  un  cráneo  exiguo,  aunque  bien  amuebla¬ 
do,  había  nacido  en  Méjico  y  ostentaba  un  apellido  francés;  en  fin,  al  simpático 
Bonet,  quien,  gracias  a  su  viveza  y  habilísima  política,  llegó  a  rector  de  la  Univer¬ 
sidad,  a  senador  y  hasta  a  barón  de  Bonet,  etc.,  etc. 

¡Lástima  que  tan  lucido  elenco  de  maestros  desarrollara  sus  funciones  en  el 
vetusto  y  ruinoso  Hospital  de  Santa  Cruz,  en  donde  si  no  faltaban  enfermos  y  fa¬ 
cí)  Murió  pocos  años  después  de  tomar  posesión  de  la  cátedra  de  Cirugía  de  Barcelona. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


197 


cilidades,  por  tanto,  para  la  enseñanza  clínica,  se  carecía  del  indispensable  local 
para  cátedras  y  laboratorios.  Por  lo  que  a  mí  respecta,  hízose  lo  posible  para  orga¬ 
nizar  la  enseñanza  micrográfica.  Gracias  a  la  benevolencia  del  Dr.  Rull,  conseguí 
una  sala,  relativamente  capaz,  destinada  a  las  manipulaciones  y  demostraciones 
de  Histología  y  Bacteriología,  amén  de  un  buen  microscopio  Zeiss  y  de  algunas 
estufas  de  esterilización  y  vegetación.  Contando  con  alumnos  poco  numerosos, 
pero  muy  aplicados  y  formales,  pude,  no  obstante  la  pequeñez  del  laboratorio, 
dar  una  enseñanza  práctica  harto  más  eficaz  que  la  actualmente  dada  en  Madrid, 
donde  la  masa  trepidante  de  cuatrocientos  alumnos  turba  el  buen  orden  del  aula 
y  esteriliza  las  iniciativas  pedagógicas  mejor  encaminadas. 

Novato  todavía  en  los”  estudios  de  Anatomía  patológica,  tomé  a  empeño  ad¬ 
quirir  conocimientos  positivos  en  esta  rama  de  la  Medicina,  practicando  autop¬ 
sias  e  iniciándome  en  los  secretos  de  la  patología  experimental.  Por  fortuna,  los 
cadáveres  abundaban  en  el  Hospital  de  Santa  Cruz.  Pasábame  diariamente  algu¬ 
nas  horas  en  la  sala  de  disección;  recogía  tumores,  exploraba  infecciones  y  culti¬ 
vaba  microbios.  Casi  todas  las  figuras  relativas  a  la  inflamación,  degeneraciones, 
tumores  e  infecciones,  incluidos  en  la  primera  edición  de  mi  Manual  de  Anatomía 
patológica  general  (1),  son  copias  de  preparaciones  efectuadas  con  aquel  rico  ma¬ 
terial  necrópsico,  al  que  se  añadieron  algunos  tumores  e  infecciones  proporcio  - 
nados  por  Profesores  de  otros  hospitales  o  por  los  veterinarios  municipales.  La 
ejecución  de  estos  trabajos  y  la  redacción  del  citado  libro  fueron  la  principal 
tarea  del  año  1887  y  comienzos  del  88. 

Dejo  expresado  en  otro  lugar  que  el  hombre  de  laboratorio,  ajeno  a  la  política 
y  al  ejercicio  profesional,  nada  frecuentador  de  casinos  y  teatros,  necesita,  para  no 
llegar  al  enquistamiento  intelectual  o  caer  en  la  estrafalariez,  del  oreo  conforta¬ 
dor  de  la  tertulia.  Es  preciso  que  llegue  hasta  él,  simplificado  y  elaborado  por  el 
ajeno  ingenio,  algo  de  lo  que  en  el  mundo  pasa.  Ocioso  es  notar  que  en  tales 
reuniones,  para  ser  amenas  y  educadoras,  deben  figurar  temperamentos  men¬ 
tales  diversos  y  especialistas  diferentes.  Sólo  los  ricos,  es  decir,  los  escuetamente 
capitalistas,  y  las  malas  personas  serán  cuidadosamente  eliminados;  porque  si  los 
últimos  causan  disgustos,  los  primeros  desimantan  con  sus  groseros  argumentos 
a  ras  de  tierra  a  los  inspirados  en  altos  ideales.  La  buena  peña  supone  atinado  re¬ 
parto  de  papeles.  Un  comensal  tratará  de  política;  otro  de  negocios;  aquél  comen¬ 
tará,  leve  y  graciosamente,  los  sucesos  locales  o  nacionales;  el  de  más  allá  se  en¬ 
tusiasmará  con  la  literatura  o  con  él  arte;  alguien  cultivará  la  nota  cómica;  hasta 
la  voz  grave  de  un  defensor  celoso  del  orden  social,  y  del  consabido  consorcio 
entre  el  altar  y  el  trono,  se  oirá  con  gusto  de  vez  en  cuando;  mas  para  el  hombre 
de  laboratorio,  los  más  útiles  y  sugestivos  contertulios  serán  sus  colegas  de  otras 
Facultades,  los  capaces  de  comentar  sin  pedantería  las  últimas  revelaciones  de 
las  respectivas  ciencias. 

Sin  responder  enteramente  a  este  ideal,  la  tertulia  del  Café  de  Pelayo  (trasla¬ 
dada  después  a  la  Pajarera  de  la  Plaza  de  Cataluña),  donde  fui  presentado  en  los 
primeros  meses  de  1887,  me  resultó  singularmente  grata  y  provechosa.  Preponde¬ 
raban,  y  ello  era  bueno,  los  Catedráticos  de  la  Facultad  de  Ciencias;  pero  figura¬ 
ban  también  políticos,  literatos,  médicos  y  hombres  de  negocios.  Recuerdo,  entre 
otros,  al  amigo  Lozano,  Catedrático  de  Física;  a  Castro  Pulido,  Profesor  de  Cos¬ 
mografía  y  pulcro  y  fácil  conversador;  a  Villafañé  (recién  llegado  de  Valencia), 

(1)  Cajal;  Manual  de  Anatomía  patológica  gehieral,  1.®  edición.  Barcelona,  1889-1890. 


198 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


carácter  atrabiliario,  defensor  de  una  estrafalaria  teoría  filosófica  sobre  el  átomo 
pensante,  con  que  nos  dió  tremendas  tabarras;  a  V-  García  de  la  Cruz,  Profesor  de 
Química,  bonísima  persona  y  talento  clarísimo,  del  cual  hablaré  luego;  a  Soriano, 
Catedrático  de  latín  y  activo  periodista;  a  Schwarz,  Profesor  de  Historia  (enton¬ 
ces  auxiliar),  orador  fogoso,  prototipo  del  vir  bonus  dicendi  pmYas,  que  llegó  a 
concejal,  alcalde  y  no  sé  si  a  diputado  a  Cortes;  a  Sedó  (yerno),  fabricante  de  te¬ 
jidos,  persona  lista  y  diestra  en  negocios;  a  Pablo  Calven,  abogado  con  fábrica, 
dotado  de  finísimo  ingenio  satírico,  fértil  en  ocurrencias  agudas  y  oportunísi¬ 
mas  (1),  etc.  A  esta  peña  agregáronse  más  adelante  mi  paisano  Odón  de  Buen» 
naturalista  de  mucho  mérito  y  entonces  exaltado  republicano,  librepensador  mi¬ 
litante,  y  en  fin,  otras  muchas  personas  borradas  de  mi  memoria. 

Juzgo  excesivamente  egoísta  aquel  dicho  antiguo,  desaprobado  por  Cicerón, 
«que  se  debe  amar  como  quien  ha  de  aborrecer»;  pero  estimo  prudente,  para  sal¬ 
vaguardar  la  santa  libertad,  no  extremar  el  trato  amistoso  hasta  esa  pegajosa  in¬ 
timidad  que  merma  nuestro  tiempo,  se  entromete  en  caseros  asuntos  y  coarta 
gustos  e  iniciativas.  De  esta  discreta  reserva  hice,  sin  embargo,  excepción  en  fa¬ 
vor  de  Victorino  García  de  la  Cruz,  uno  de  los  más  asiduos  y  agradables  comen¬ 
sales  de  la  referida  peña.  De  ideas  filosóficas  no  siempre  armónicas  con  las  mías, 
coincidíamos  en  muchos  gustos  y  tendencias;  igual  despreocupación  del  dinero; 
el  mismo  culto  hacia  el  arte  y,  en  su  defecto,  hacia  la  fotografía;  igual  entusiasmo, 
en  fin,  por  la  investigación  original  y  el  renacimiento  intelectual  de  España. 

Durante  varios  años  de  íntimo  trato  fué  Victorino  el  único  confidente  de  mis 
proyectos.  Comunicábale  a  diario  el  estado  de  mis  trabajos,  los  obstáculos  que 
me  detenían,  así  como  mis  caras  ilusiones  y  esperanzas.  Al  principio  me  oía  con 
extrañeza,,casi  con  incredulidad.  Patriota  sincero,  la  desesperanza  había  ganado 
su  espíritu  y  paralizado  sus  fuerzas.  Mas  al  fin  mis  predicaciones  obraron  en  él 
una  especie  de  contagio.  Y  siguiendo  mi  ejemplo,  acabó  por  escoger  en  el  domi¬ 
nio  de  la  física,  que  cultivó  siempre  con  amor,  algunos  temas  de  estudio,  baratos, 
es  decir,  accesibles  a  los  mezquinos  medios  con  que  contaba.  Años  después,  re¬ 
cordando  mis  alentadoras  exhortaciones,  solía  decir  que  sin  mi  estímulo  no  hu¬ 
bieran  aparecido  nunca  sus  interesantes  descubrimientos  sobre  Las  leyes  de  los 
líquidos  turbios  y  gases  nebulosos,  y  otras  conquistas  científicas  de  positivo  valor. 
En  el  curso  de  estas  memorias  hemos  de  ver  a  menudo  acreditado  el  dicho  de 
Cisneros:  «Fray  Ejemplo  es  el  mejor  predicador.» 

¡Pobre  Victorino!  Era  un  talento  reflexivo  y  penetrante,  un  trabajador  infatiga¬ 
ble  y  probo.  Murió,  joven  aún,  años  después,  cuando,  trasladado  a  la  Corte,  había 
conseguido  por  sus  indiscutibles  méritos  un  sillón  en  la  Real  Academia  de  Cien¬ 
cias  y  alcanzado  bien  cimentada  notoriedad. 

Volviendo  al  relato  de  mis  trabajos,  consignaré  que,  adelantada  mi  labor  pre¬ 
paratoria  en  Anatomía  patológica,  proseguí  con  inusitado  ardor  las  investigacio- 

(1)  Del  saladísimo  Pablo  Calvell  podría  referir  muchos  dichos  graciosos.  Citaré  sólo  la  siguiente  an¬ 
daluzada,  la  mayor  que  he  oído  en  mi  vida: 

Despedían  en  la  estación  al  travieso  Romero  Robledo  varios  acompañantes,  entre  ellos  el  diputado 
Sol  y  Ortega  y  Pablo  Calvell.  Llegado  el  apretón  de  manos,  el  famoso  leader  republicano  fingió  sacar 
una  tarjeta;  De  pronto  exclamó:  — ¡Callal...  No  llevo  ninguna.  No  importa...  Dada  mi  popularidad,  cuan¬ 
do  necesite  usted  algo  de  mí,  le  bastará  escribir  en  el  sobre:  Sol,  en  Barcelona.  Y  llega  la  carta. 

Entonces  el  socarrón  de  su  compañero,  a  qiiien  había  molestado  la  prosopopeya  de  Sol  y  Ortega,  re¬ 
produjo  el  mismo  gesto  y  exclamó:  —¡Qué  casualidad!  ¡Tampoco  llevo  tarjetas!...  Afortunadamente  soy 
también  un  personaje.  Si  alguna  vez  me  honra  escribiéndome,  he  aquí  mis  señas:  Pau.  Via  Láctea.  ¡Y 
llega  la  carta! 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


199 


nes  acerca  del  sistema  nervioso.  El  método  de  Golgi  comenzaba  a  ser  fecundo  en 
mis  manos. 

Y  llegó  el  año  1888,  mi  año  cumbre,  mi  año  de  fortuna.  Porque  durante  este 
año,  que  se  levanta  en  mi  memoria  con  arreboles  de  aurora,  surgieron  al  fin  aque¬ 
llos  descubrimientos  interesantes,  ansiosamente  esperados  y  apetecidos.  Sin  ellos, 
habría  yo  vegetado  tristemente  en  una  Universidad  provinciana,  sin  pasar,  en  el 
orden  ,  científico,  de  la  categoría  de  jornalero  detallista,  más  o  menos  estimable. 
Por  ellos,  llegué  a  sentir  el  acre  halago  de  la  celebridad;  mi  humilde  apellido,  pro¬ 
nunciado  a  la  alemana  (Cayal),  traspasó  las  fronteras;  en  fin,  mis  ideas,  divulga¬ 
das  entre  los  sabios,  discutiéronse  con  calor.  Desde  entonces,  el  tajo  de  la  ciencia 
contó  con  un  obrero  más. 

¿Cómo  fué  ello?  Perdonará  el  lector  si,  a  un  acontecimiento  tan  decisivo  para 
mi  carrera,  consagro  aquí  algunas  noticias  y  amplificaciones.  Declaro  desde  luego 
que  la  nueva  verdad,  laboriosamente  buscada  y  tan  esquiva  durante  dos  años  de 
vanos  tanteos,  surgió  de  repente  en  mi  espíritu  como  una  revelación.  Las  leyes 
que  rigen  la  morfología  y  las  conexiones  de  las  células  nerviosas  en  la  substancia 
gris,  patentes  primeramente  en  mis  estudios  del  cerebelo,  confirmáronse  en  todos 
los  órganos  sucesivamente  explorados.  Séarae  lícito  formularlas  desde  luego: 

1. ^  Las  ramificaciones  colaterales  y  terminales  de  todo  cilindro  eje  acaban  en 
la  substancia  gris,  no  mediante  red  difusa,  según  defendían  Gerlach  y  Golgi  con 
a  mayoría  de  los  neurólogos,  sino  mediante  arborizaciones  libres,  dispuestas  en 
variedad  de  formas  (cestas  o  nidos  pericelulares,  ramas  trepadoras,  etc.). 

2. ^  Estas  ramificaciones  se  aplican  íntimamente  al  cuerpo  y  dendritas  de  las 
células  nerviosas,  estableciéndose  un  contacto  o  articulación  entre  el  protoplasma 
receptor  y  los  últimos  ramúsculos  axónicos. 

De  las  referidas  leyes  anatómicas  despréndense  dos  corolarios  fisiológicos: 

3. ^  Puesto  que  el  cuerpo  y  dendritas  de  las  neuronas  se  aplican  estrechamen¬ 
te  las  últimas  raicillas  de  los  cilindros-ejes,  es  preciso  admitir  que  el  soma  y  las 
expansiones  protoplásraicas  participan  en  la  cadena  de  conducción,  es  decir,  que 
reciben  y  propagan  el  impulso  nervioso,  contrariamente  a  la  opinión  de  Golgi,  para 
quien  dichos  segmentos  celulares  desempeñarían  un  papel  meramente  nutritivo 

4. ^  Excluida  la  continuidad  substancial  entre  célula  y  célula,  se  impone  la 
opinión  de  que  el  impulso  nervioso  se  trasmite  por  contacto,  como  en  las  articu¬ 
laciones  de  los  conductores  eléctricos,  o  por  una  suerte  de  inducción,  como  en  los 
carretes  de  igual  nombre. 

Las  referidas  leyes,  puro  resultado  inductivo  del  análisis  estructural  del  cere¬ 
belo,  fueron  confirmadas  después  en  todos  los  órganos  nerviosos  explorados  (re¬ 
tina,  bulbo  olfatorio,  ganglios  sensitivos  y  simpáticos,  cerebro,  médula  espinal, 
bulbo  raquídeo,  etc.).  Ulteriores  trabajos  nuestros  y  ajenos  (de  KoUiker,  Retzius,  ■ 
Van  Gehuchten,  His,  Edinger,  v.  Lenhossék,  Athias,  Lugaro,  P.  Ramón,  Cl.  Sala, 
etcétera),  revelaron  que  las  referidas  normas  estructurales  y  fisiológicas  se  aplica¬ 
ban,  también,  sin  violencia,  al  sistema  nervioso  de  vertebrados  e  invertebrados. 
Según  ocurre  con  todas  las  concepciones  legítimas,  la  mía  fué  consolidándose  y 
ganando  progresivamente  en  dignidad  conforme  se  acrecía  el  círculo  de  la  explo¬ 
ración  comprobatoria.  ‘ 

Pero  en  mi  afán  de  condensar  en  breves  proposiciones  lo  esencial  de  los  resul¬ 
tados  obtenidos,  no  he  contestado  aún  a  la  interrogación  formulada  en  párrafos 
anteriores. 

¿Cómo  fueron  las  referidas  leyes  descubiertas?  ¿Por  qué  mi  labor,  atenidá  du- 


2Ó0 


S.  RAMÓN  í  CAJAL 


rante  dos  años  a  la  modesta  confirmación  de  las  conquistas  de  Deiters,  Ranvier, 
Krause,  Kolliker  y,  sobre  todo,  de  Golgi,  adquirió  de  repente  vuelo  y  originalidad 
sorprendentes? 

Quiero  ser  franco  con  el  lector.  A  mis  éxitos  dé  entonces  contribuyeron,  sin 
duda,  algunos  perfeccionamientos  del  método  cromo-argéntico,  singularmente  la 
modificación  designada  proceder  de  doblé  impregnación  (1);  pero  el  resorte  princi¬ 
pal,  la  Causa  verdaderamente  eficiente,  consistió— ¡quién  lo  dijera!— en  habér  apli¬ 
cado  a  la  resolución  del  problema  de  la  substancia  gris  los  dictados  del  más  vulgar 
sentido  común.  En  vez  de  atacar  al  toro  por  las  astas,  según  la  frase  vulgar,  yo  me 
permití  algunos  rodeos  estratégicos.  Esto  exige  una  amplificación. 

Dejo  consignado  en  el  capítulo  anterior,  y  repetido  hace  un  momento,  que  el 
gran  enigma  de  la  organización'  del  cerebro  se  cifra  en  averiguar  el  modo  de  ter¬ 
minarse  las  ramificaciones  nerviosas  y  de  enlazarse  recíprocamente  las  neuronas, 
Reproduciendo  un  símil  ya  mencionado,  tratábase  de  inquirir  cómo  rematan  las 
raíces  y  las  ramas  de  esos  árboles  de  la  substancia  gris,  de  esa  selva  tan  densa 
que,  por  refinamiento  de  complicación,  carece  de  vacíos,  de  suerte  que  los  tron¬ 
cos,  ramas  y  hojas  se  tocan  por  todas  partes. 

Dos  médios  ocurren  para  indagar  adecuadamente  la  forma  real  de  los  elemen¬ 
tos  de  este  bosque  inextricable.  El  más  natural  y  sencillo  al  parecer,  pero  en  rea¬ 
lidad  el  más  difícil,  consiste  en  explorar  intrépidamente  la  selva  adulta,  limpiando 
el  terreno  de  arbustos  y  plantas  parásitas,  y  aislándo,  en  fin,  cada  especie  arbórea, 
tanto  de  sus  parásitos  como  de  sus  congéneres.  Tal  es  el  recurso  aplicado  en 
Neurología  por  la  mayoría  de  los  autores,  desde  la  época  de  Stilling,  Deiters  y 
Schültze  (disociación  mecánica  y  química)  hasta  la  de  Weigert  y  Golgi,  en  que  el 
aislamiento  de  cada  forma  celular  o  de  cada  fibra  se  conseguía  ópticamente,  es 
decir,  por  desaparición  o  incoloración  de  la  mayoría  de  los  factores  integrantes  de 
la  substancia  gris.  Mas  semejante  táctica,  a  la  que  Golgi  y  Weigert  debieron  nota¬ 
bles  descubrimientos,  resulta  poco  apropiada  a  la  dilucidación  del  problema  pro¬ 
puesto,  a  causa  de  la  enorme  longitud  y  extraordinaria  frondosidad  del  ramaje 
nervioso,  que  inevitablemente  aparece  mutilado  y  casi  indescifrable  en  cada  corte. 

El  segundo  camino  ofrecido  a  la  razón  constituye  lo  que,  en  términos  biológi¬ 
cos,  se  designa  método  ontogénico  o  embriológico.  Puesto  que  la  selva  adulta  re¬ 
sulta  impenetrable  e  indefinible,  ¿por  qué  no  recurrir  al  estudio  del  bosque  joven, 
como  si  dijéramos,  en  estado  de  vivero?  Tal  fué  la  sencillísima  idea. inspiradora  de 
mis  reiterados  ensayos  del  método  argéntico  en  ios  embriones  de  ave  y  de  mamí¬ 
fero.  Escogiendo  bien  la  fase  evolutiva,  o  más  claro,  aplicando  el  método  antes  de 
la  aparición  de  la  vaina  medular  de  los  axones  (obstáculo  casi  infranqueable  a  la 
reacción),  las  células  nerviosas,  relativamente  pequeñas,  destacan  íntegras  dentro 
de  cada  corte;  las  ramificaciones  terminales  del  cilindro-eje  dibújanse  clarísimas 
y  perfectamente  libres;  los  nidos  pericelulares,  esto  es,  las  articulaciones  interneu- 
ronales,  aparecen  sencillas,  adquiriendo  gradualmente  intrincamiento  y  extensión; 

(1)  Consiste  en  someter  las  piezas,  una  vez  extraídas  del  nitrato  de  plata,  a  un  nuevo  tratamiento 
por  el  baño  osmio-bicrómico  y  a  otra  impregnación  argéntica.  Las  modiflcaciones  en  las  proporciones  del 
ácido  ósmico,  bicromato,  tiempo  de  acción,  etc.,  tienen  menos  importancia.  Merced  al  método  doble, 
fúé  posible  lograr  en  los  ganglios,  retina  y  otros  órganos  difíciles.  Impregnaciones  excelentes  y  casi  cons¬ 
tantes.  Pudo  también  contribuir  al  éxito  el  haber  observado  que,  cuanto  más  joven  es  un  embrión,  me¬ 
nos  tiempo  de  induración  en  la  mezcla  osmio-bicrómica  se  requiere  para  conseguir  una  buena  colora¬ 
ción.  Asi,  mientras  Golgi  y  sus  discípulos  fijaban  las  piezas  durante  cinco  o  más  dias,  yo  no  solía  pasar 
de  uno. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


201 


en  suma,  surge  ante  nuestros  ojos,  con  admirable  claridad  y  precisión,  el  plan  fun¬ 
damental  de  la  composición  histológica  de  la  substancia  gris.  Para  colmo  de  fOr- 
tima,  la  reacción  cromo- argéntieaj  incompleta  y  azarosa  en  el  adulto,  proporciona 
en  los  embriones  coloraciones  espléndidas,  singularmente  extensas  y  constantes. 

¿Cómo --se  dirá — tratándose  de  cosa  tan  vulgar,  no  dieron  en  ella  los  sabios? 
Ciertamente,  la .  idea  debió  ocurrir  a  muchos.  Años  después  tuve  noticia  de  que 
el  mismo  Golgi  habia  ya  aplicado  su  método  a  los  embriones  y  animales  jóvenes 
y  obtenido  algún  resultado,  excelente;  pero  no  insistió  en  sus  probaturas,  ni  pre¬ 
sumió  quizás  que,  por  semejante  camino,  pudiera  adelantarse  en  la  dilucidación 
del  problema  estructural  de  los  centros.  Tan  poca  importancia  debió  concederá 
tales  ensayos  que,  en  su  obra  magna  antes  citada,  las  observaciones  consignadas 
reñérense  exclusivamente  al  sistema  nervioso  adulto  del  hombre  y  mamíferos.  De 
cualquier  modo,  mi  fácil  éxito  comprueba  una  vez  más  que  las  ideas  no  se  mues¬ 
tran  fecundas  con  quien  las  sugiere  o  las  aplica  por  primera  vez,  sino  con  los  te¬ 
naces  que  las  sienten  con  vehemencia  y  en  cuya  virtualidad  ponen,  toda  su  fe  y 
todo  su  amor.  Bajo  este  aspecto,  bien  puede  afirmarse  que  las  conquistas  cientí¬ 
ficas  son  creaciones  de  la  voluntad  y  ofrendas  de  la  pasión.  , 

Consciente  de  haber  encontrado  una  dirección  fecunda,  procuré  aprovecharme, 
de  ella,  consagrándome  al  trabajo,  no  ya  con  ahinco,  sino  con  furia.  Al  compás  de 
los  nuevos  hechos  aparecidos  en  mis  preparaciones,  las  ideas  bullían  y  se  atrope¬ 
llaban  en  mi  espíritu.  Una  fiebre  de  publicidad  me  devoraba.  A  fin  de  exteriorizar 
mis  pensamientos,  servíme  al  principio  de  cierta  Revista  médica  profesional,  la 
Gaceta  Médica  Catalana.  Pero  en  rápido  crescendo  la  marea  ideal  y  la  impaciencia 
por  publicar,  este  cauce  me  resultaba  estrecho.  Contrariábame  mucho  la  lentitud 
de  la  imprenta  y  el  atraso  de  las  fechas.  Para  sacudir  de  una  vez  tales  trabas,  de¬ 
cidí  publicar  por  mi  cuenta  una  nueva  Revista,  la  Revista  trimestral  de  Histología 
normal  y  patológica.  El  primer  cuaderno  vió  la  luz  en  mayo  de  1888  y  el  segundo 
apareció  en  el  mes  de  agosto  del  mismo  año.  Naturalmente,  todos  los  artículos, 
en  número  de  seis,  brotaron  de  mi  pluma.  De  mis  manos  salieron  también  las  seis 
tablas  litográficas  anejas.  Razones  económicas  obligáronme  a  no  tirar,  por  enton¬ 
ces,  en  junto,  mas  de  60  ejemplares,  destinados  casi  enteramente  a  los  sabios  ex¬ 
tranjeros. 

Excusado  es  decir  que  la  vorágine  de  publicidad  absorbió  enteramente  mis  in¬ 
gresos  ordinarios  y  extraordinarios.  Ante  aquella  racha  asoladora  de  gastos,  mi 
pobre  mujer,  atareada  con  la  cría  y  vigilancia  de  cinco  diablillos  (durante  elprimer 
año  de  mí  estancia  en  Barcelona  me  nació  un  hijo  más),  resolvió  pasarse  sin  sir¬ 
vienta.  Adivinaba,  sin  duda,  en  mi  cerebro,  la  gestación  de  algo  insólito  y  decisivo 
para  el  porvenir  de  la  familia,  y  evitó,  discreta  y  abnegadamente,  todo  conato  de 
rivalidad  y  competencia  entre  los  hijos  de  la  carne  y  las  criaturas  del  espíritu. 

Para  distraer  un  poco  al  lector,  a  quien  juzgo  empachado  conl  as  anteriores  lu¬ 
cubraciones,  deseo  contar  aquí  cómo  me  libré  de  un  vicio  tenaz  e  inveterado,  el 
ajedrez,  que  amenazaba  seriamente  mis  veladas. 

Conocedores  de  mi  afición  al  noble  juego  de  Ruy  López  y  Philidor,  varios  con¬ 
tertulios  del  Casino  Militar  me  invitaron  a  hacerme  socio. 

Tuve  la  flaqueza  de  acceder;  me  estrené  con  varia  fortuna  midiéndome  con  afi¬ 
cionados  de  alguna  talla;  creció  un  tanto  mi  destreza  y  con  ella  el  afán  morboso 
de  sobrepujar  a  mis  adversarios.  En  mi  necia  vanidad,  llegué  a  jugar  cuatro  parti¬ 
das  simultáneas,  defendidas  por  sendos  campeones,  amén  de  numerosos  mirones 
que  discutían  prolijamente  las  consecuencias  de  cada  jugada.  Partida  hubo  que 


202 


S.  RAMÓN  Y  CAÍAL 


duró  dos  o  tres  días.  En  mi  empeño  de  lucirme  a  toda  costa  y  confiando  en  mi  pa¬ 
sadera  memoria  visual,  llegué  a  jugar  sin  mirar  al  tablero. 

Excusado  es  decir  que  adquirí  cuantos  libros  del  áristocrático  recreo  llegaron 
a  mis  manos  y  hasta  caí  en  la  inocencia  de  enviar  a  las  ilustraciones  extranjeras 
soluciones  de  problemas.  Arrastrado  por  la  creciente  pasión,  mis  sueños  eran  in¬ 
terrumpidos  por  ensueños  y  pesadillas,  en  las  cuales  armaban  frenética  zarabanda 
peones,  caballos,  reinas  y  alfiles.  Derrotado  la  víspera  en  una  o  varias  partidas, 
ocurríame  a  menudo,  despertarme  sobresaltado  durante  las  primeras  horas  mati¬ 
nales,  con  el  cerebro  enardecido  y  vibrante,  prorrumpiendo  en  frases  de  irritación 
y  despecho.  «¡Torpe  de  mí!— exclamaba— ;  había  un  jaque  mate  a  la  cuarta  jugada  y 
no  supe  verlo.»  Y,  en  efecto,  puesto  el  tablero  sobre  lá  mesa,  comprobaba  apenado 
la  tardía  clarividencia  de  mi  inconsciente  que  había  laborado  por  mí  durante  las 
escasas  horas  de  reposo. 

Esto  no  podía  continuar.  La  fatiga  y  la  congestión  cerebral  casi  permanentes 
me  enervaban.  Si  en  el  juego  del  ajedrez  no  se  pierde  dinero,  se  pierde  tiempo  y 
cerebro,  que  valen  infinitamente  más.  Y  se  despolariza  nuestra  voluntad,  que  corre 
por  cauces  extraviados.  En  mi  sentir,  lejos  de  ejercitar  la  inteligencia,  como  se  há 
dicho  por  muchos,  el  ajedrez  la  descentra  y  la  gasta.  Consciente  del  peligro  de  mi 
situación,  temblaba  ante  la  desconsoladora  perspectiva  de  convertirme  en  uno  dé 
esos  tipos  amorfos,  sedentarios  y  ventripotentes  que  envejecen  infecunda  e  in¬ 
sensiblemente  en  torno  de  una  mesa  de  tresillo  o  de  ajedrez,  sin  suscitar  un  afec¬ 
to  sincero,  ni  provocar,  cuando  llega  la  inevitable  apoplejía  o  la  terrible  uremia, 
más  que  un  sentimiento  de  fría  y  ritual  conmiseración.— ¡Lástima  de  Pérez!...  ¡Era 
un  buen  punto!  Habrá  que  pensar  en  reemplazarlo—.  Porque  el  jugador  de  Club  o 
de  Casino  ;no  es  más  que  un  pie  de  mesa,  algo  así  como  el  cuadro  vulgar  que  ocu^ 
pa  un  lugar  en  la  sala,  para  hacer  pendant  con  los  demás. 

—Pero  ¿cómo  curarme  radicalmente?  Sintiéndome  incapaz  del  inexorable  «no 
juego  más»,  patrimonio  de  las  férreas. voluntades;  acuciado  constantemente  por  el 
ansia  de  desquite— el  genio  maléfico  de  todo  jugador— ,  sólo  se  me  ocurrió  como 
recurso  supremo  un  remedo  del  similia  similibus  de  los  homeópatas:  estudiar  a 
fondo  los  tratados  de  ajedrez,  y  reproducir  las  más  célebres  partidas;  y  además, 
disciplinar  mis  nervios  harto  impresionables,  aumentando  al  sumo  la  tensión  ima¬ 
ginativa  y  reflexiva.  Era  inexcusable  también  abandonar  mi  estilo  de  juego,  con¬ 
sistente  en  ataques  románticos  y  audaces,  para  atenerme  a  las  normas  de  la  más 
cautelosa  prudencia. 

De  esta  suerte  y  gastando  en  mi  empeño  toda  mi  capacidad  de  inhibición,  al¬ 
cancé  al  fin  mi  codiciado  propósito.  El  cual  consistía— lo  habrá  adivinado  el  lec¬ 
tor — eh  lisonjear  y  adormecer  mi  insaciable  amor  propio  con  la  derrota,  durante 
una  semana,  de  mis  hábiles  y  ladinos  competidores.  Demostrada,  eventual  o  ca¬ 
sualmente,  mi  superioridad,  el  diablillo  del  orgullo  sonrió  satisfecho.  Y  temeroso 
de  reincidir,  díme  de  baja  ea  el  Casino,  no  volviendo  a  mover  un  peón  durante  más 
de  veinticinco  años.  Gracias  a  mi  ardid  psicológico,  emancipé  mi  modesto  inte¬ 
lecto,  secue&trado  por  tan  rudas  y  estériles  porfías,  y  pude  consagrarle,  plena  y  se¬ 
renamente,  al  noble  culto  de  la  ciencia. 


CAPITULO  V 

ALGUNOS  DETALLES  TOCANTES  A  MIS  TRABAJOS  DE  1888,— LAS  «CESTAS>  DEL  CERE¬ 
BELO,  EL  AXON  DE  LOS  «GRANOS»  Y  LAS  «FIBRAS  MUSGOSAS»  Y  «TREPADORAS»,— 
VALOR  DECISIVO  DE  ESI  OS  ENCUENTROS  PARA  LA  RESOLUCIÓN  DEL  PROBLE^ 
MA  DE  LA  CONEXIÓN  INTERCELULAR.— «TEORÍA  RETICULAR»  DE  GERLACH  Y  DE 
GOLGL— LOS  ASTISBOS  GENIALES  DE  HIS  Y  FOREL.— CONFIRMACIÓN  EN  LA  RE¬ 
TINA  Y  LÓBULO  ÓPTICO  DE  LAS  «LEYES  CONECTIVAS»  INDUCIDAS  DEL  ANÁLISIS 
DEL  CEREBELO,— PLAN  ESTRUCTURAL  DE  LA  MÉDULA  ESPINAL. -AVERIGUACIÓN 
DEL  MODO  DE  TERMINAR  EN  LOS  CENTROS  LOS  NERVIOS  SENSITIVOS  Y  SENSORIA¬ 
LES.— OTROS  TRABAJOS  MENOS  IMPORTANTES 


Gonsignadas  en  el  capítulo  precedente,  en  síntesis  abreviada,  las  conclu¬ 
siones  más  generales  de  mis  estudios  en  los  centros  nerviosos  durante 
los  años  1888-1889,  séame  lícito  entrar  ahora  en  la  exposición  somera,  y 
lo  más  clara  posible,  de  los^ hallazgos  más  interesantes.  Estos  hallazgos  reflérense 
al  cerebelo  de  las  aves  y  mamíferos,  a  la  retina,  di  la  médula  espinal  y  el  lóbulo  óp¬ 
tico  de  las  aves. 

Cerebelo.— Mis  estudios  sobre  la  estructura  de  este  centro  nervioso  iniciᬠ
ronse  en  las  aves  jóvenes  y  adultas;  siguieron  luego  los  referentes  al  cerebelo  de 
los  mamíferos.  Dos  Memorias,  amén  de  algunas  comunicaciones  preventivas,  con¬ 
sagramos,  desde  1888  a  1889,  a  este  fecundo  tema. 

En  la  primera,  publicada  en  mayo  de  1888  (1),  constan  ya  los  principales  he-r 
chos  sobre  que  se  fundan  las  leyes  anatomo-físiológicas  enunciadas  en  el  capítulo 
precedente.  En  efecto;  con  ocasión  del  análisis  del  axon  de  las  células  estrelladas 
pequeñas  de  la  capa  molecular  del  cerebelo,  se  describe  por  primera  vez  el  modo 
real  de  terminación  dé  las  fibras  nerviosas  en  la  substancia  gris,  problema  sobre  el 
cual  sólo  poseíamos  soluciones  hipotéticas.  De  esta  interesante  observación,  com¬ 
probada  después  por  numerosos  autores  (Kolliker,  van  Gehuchten,  Retzius,  Edin- 
ger,  V.  Lenhossék,  Athias,  etc.),  damos  copia  en  la  figura  1,  G,  correspondiente  al 
cerebelo  de  los  mamíferos.  Nótese  cómo  el  cilindro-eje  de  las  referidas  células  es¬ 
trelladas  pequeñas  marcha  desde  luego  en  dirección  transversal  a  la  circunvolu¬ 
ción  cerebelosa,  describiendo  un  curso  arciforme,  y  emitiendo  numerosas  ramas 
colaterales,  caracterizadas  por  la  propiedad  de  espesarse  progresivamente.  En  fin, 
tanto  el  remate  de  la  expansión  funcional  como  sus  numerosas  proyecciones  des¬ 
cendentes,  se  resuelven  en  ciertos  flecos  o  borlas  terminales,  íntimamente  aplica- 

(1)  Cajai:  Estructura  de  los  pentrps  nerviosos  de  las.avps.  JRevista  trimestral  de  Histología  nomtal 
y  patológica,  núm.  1, 1.®  de  mayo  de  1888. 


204 


S.  RAMÓN  Y  C.AJAI 


das  al  cuerpo  de  las  células  de  Purkinje,  en  torno  de  las  cuales  generan  a  modo- 
de  nido  o  cesta  complicados. 

Digno  de  mención  es  también,  por  su  valer  teórico,  el  encuentro  en  la  capa  de 
/os  de  un  tipo  especial  de  fibra  centrípeta,  bautizada  con  el  nombre  de 

fibra  musgosa,  la  cual  exhibe,  tanto  en  su  cabo  final  como  en  sus  ramas  colatera  - 
les  (fig.  2,  a),  ciertas  eflorescencias  o  rosáceas,  de  apéndices  cortos,  tuberosos^ 
libremente  terminados.  Ulteriores  observaciones  nuestras  pusieron  de  manifiesto 
que  semejantes  excrecencias  entran  en  estrecha  articulación  con  las  arborizacio- 
nes  digitiformes  de  los  granos,  arborizacionés  descritas  también  por  primera  vez, 
dicho  sea  de  pasada,  en  la  comunicación  aludida. 

En  fin,  én  el  citado  trabajo  se  llama  asimismo  la  atención  de  los  sabios  acerca 
de  la  existencia  en  derredor  de  las  dendritas  de  los  corpúsculos  de  Purkinje  y,  en 
general,  de  toda  prolongación  protoplásmica,  de  una  especie  de  vello  de  finísimos 
y  cortos  apéndices  (espinas  per/dendr/í/casj,  confirmadas  y  estudiadas  después  por 
numerosos  autores. 

La  segunda  comunicación  relativa  al  cerebelo,  publicada  en  agosto  de  1888  (1), 
contiene  dos  hechos  capitales: 

a)  El  descubrimiento  del  axon  delicadísimo  de  los  granos  (células  pequeñísi¬ 
mas  de  la  zona  segunda  de  la  corteza  cerebelosa)  (2) ,  el  cual,  según  mostramos 
en  la  figura  2,  d,  c,  asciende  a  la  capa  molecular,  donde,  a  diversas  alturas  para 
cada  célula,  se  divide  en  ángulo  recto,  produciendo  dos  sutilísimas  ramas  orienta¬ 
das  en  opuesto  sentido  (fig.  é).  Estas  larguísimas  proyecciones,  que  designé 
fibras  paralelas,  a  causa  de  marcharcparalélamente  en  el  sentido  de  la  circunvolu¬ 
ción  cerebelosa,  y  por  tanto,  en  dirección  normal  al  ramaje  de  las  células  de  Pur¬ 
kinje,  aparecen  en  cantidad  formidable,  rellenan  todos  los  intersticios  de  la'  zona 
molecular  y,  tras  largo  e  indiviso  trayecto,  acaban  en  los  extremos  de  cada  lámi¬ 
na.  Tan  general  es  su  existencia  y  uniforme  su  disposición,  que  se  las  encuentra 
casi  Con  los  mismos  caracteres  en  toda  la  serie  de  los  vertebrados,  desde  el  pez 
hasta  el  hombre.  Constituyen,  pues,  un  factor  importante  del  centro  cerebeloso. 

-b)  El  ¿tro  afortunado  encuentro  es  el  de  las  fibras  trepadoras  (fig.  3,  c).  Estos 
robustos  conductores  emanan  de  los  ganglios  de  la  protuberancia;  invaden  el  eje 
blanco  central  de  las  láminas  cerebelósas;  cruzan,  sin  ramificarse,  la  capa  de  los 
granos;  asáltah  después  el  plano  de  las  células  de  Purkinje,  y  costean,  en  fin,  el 
soma  y  tallo  principal  de  estos  elementos,  a  los  cuales  se  adaptan  estrechamente. 
Arribadas  al  nivel  de  los  primeros  brazos  del  citado  tronco  dendrítico,  descompó- 
nense  en  plexos  paralelos  serpenteantes  que  ascienden  a  lo  largo  de  las  ramas 
protoplásmieas,  a  cuyo  contorno  se  aplican,  al  modo  de  la  hiedra  o  de  las  lianas 
al  tallo  de  los  árboles  (fig.  ‘di  a). 

Tan  afortunado  hallazgo,  uno  de  los  más  bellos  que  me  dispensó  el  azar  en 
aquella  época  fecunda,  significaba  la  prueba  terminante  de  la  transmisión  de  los 
impulsos  nerviosos  por  contacto:  Así  lo  reconocieron  sabios  insignes  ai  comprobar, 
años  después,  mi  descripción  de  las  fibras  musgosas  y  trepadoras. 

Al  dar  cuenta  de  la  labor  del  trienio  de  1891  a  1894,  añadiré  otros  encuentros  de 
menos  importancia  concernientes  a  la  corteza  cerebelosa.  Para  alivio  del  lector 

<1)  Cajal:  Sobre  las  fibras  nerviosas  de  la  capa  molecular  del  cerebelo.  Revista  trimestral  de  His¬ 
tología  normal  y  patológica,  agosto  de  1888. 

(2)  Golgi  acertó  ya  a  diferenciar  entre  las  expansiones  de  los  granos  una  fibra  más  fina  o  axon,  pero 
no  logró  teñirla  más  que  en  su  porción  inicial,  creyendo  que  se  resolvía  inmediátamente  en  una  red 
intersticial  difusa. 


recuerdos  .de  mi  vida 


205 


poco  familiarizado  con  estas  materias,  reproducimos  aquí  una  figura  donde  se  pre¬ 
senta,  de  modo  esquemático,  el  estado  de  nuestros  conocimientos  sobre  el  cere¬ 
belo  después  de  mis  observaciones  de  1888  y  1889.  Este  esquema  (fig.  4)  ,fué  com¬ 
puesto  para  ilustrar  unas  conferencias  pronunciadas  más  tarde  (1894)  ante  la  Aca¬ 
demia  de  Ciencias  Médicas  de  Cataluña.  Del  éxito  inesperado  de  estas  lecciones, 
que  se  tradujeron  inmediatamente  al  francés,  inglés  y  alemán,  diré  algo  más 
adelante. 

Las  conclusiones  de  mis  investigaciones  acerca  del  cerebelo  contradecían  ru¬ 
damente  las  ideas,  a  la  sazón  reinantes,  sobre  la  fina  anatomía  de  la  substancia 
gris.  Claro  es  que  mis  puntos  de  vista  eran  harto  revolucionarios  para  ser  fácil¬ 
mente  admitidos.  Mas  por  esta  vez  abrigaba  la  certidumbre  de  no  haberme  equi- 
•vocado;  porque,  en  reaUdad,  las  leyes  enunciadas  venían  a  ser  la  expresión  inge¬ 
nua  de  los  hechos,  sin  mezcla  alguna  de  subjetivismo.  No  se  trataba  ahora  de  una 
hipótesis  más,  sino  de  una  inducción  legítima  con  tódaS  las  garantías  de  certeza 
apetecibles,  según  reconocieron  más  tarde  insignes  histólogos  y  neurólogos.  Es¬ 
taba  yo  demasiado  escarmentado  por  el  error  cometido  al  interpretar  temeraria¬ 
mente  la  estructura  del  tejido  muscular,  para  proceder  de  ligero  o  dejarme  seducir 
por  una  mera  concepción  teórica,  propia  o  ajena. 

A  fin  de  que  el  lector  siga  fácilmente  el  curso  de  mis  trabajos  y  excuse  el  tono 
polémico  de  algunos  de  mis  futuros  escritos,  conviene  exponer  aquí,  en  breves 
términos,  las  opiniones  reinantes  por  entonces  entre  los  sabios  sobre  la  constitu¬ 
ción  íntima  de  la  substancia  gris. 

Dos,hipótesis  principales  se  disputaban  el  campo  de  la  ciencia:  la  del  retículo, 
defendida  por  casi  todos  los  neurólogos;  la  de  la  libre  terminación,  insinuada  tími¬ 
damente  por  dos  solitarios,  His  y  Forel,  sin  eco  en  las  escuelas. 

La  hipótesis  de  la  red  era  el  formidable  enemigo.  Note  el  lector  que  también 
aquí,  a  semejanza  de  lo  ocurrido  en  la  fibra  muscular  estriada,  nos  salía  al  paso  el 
prejuicio  del  retículo;  sin  embargo,  en  esta  ocasión  la  supuesta  rejilla  difusa  no  era 
intracelular,  sino  intercelular.  Creada  por  Gerlach,  sostenida  después  por  Meynert 
y  otros  neurólogos  célebres,  durante  una  época  en  que  la  penuria  metodológica 
excusaba  las  aventuras  de  la  fantasía,  la  teoría  reticular  recibió,  al  fin,  de  Golgi 
una  forma  arquitectónica  nueva  y  atrayente,  y  hasta  cierta  apariencia  de  apoyo  en 
los  hechos  de  observación. 

Para  el  sabio  de  Pavía,  la  substancia  gris  constituye  el  punto  de  encuentro  y 
fusión  de  todas  las  fibras  aferentes  y  eferentes  délos  centros  nerviosos,  así  como 
de  los  axones  de  los  elementos  autóctonos.  A  este  retículo,  continuo  y  de  formi¬ 
dable  riqueza  fibrilar,  concurrirían  los  siguientes  factores:  l.°,  las  ramificaciones 
terminales  de  los  cilindros-ejes  sensitivos  o  simplemente  aferentes  de  otros  cen¬ 
tros  nerviosos;  2.°,  las  ramas  colaterales  del  axon  de  ciertos  elementos  grandes, 
designados  por  Golgi  célulüs  motrices  (grandes  pirámides  cerebrales,  células  de 
Purkinje  del  cerebelo,  etc.)  y  que  yo  bauticé,  para  no  prejuzgar  su  fisiologismo, 
elementos  de  axon  largo;  y  3.°,  ¡las  arborizaciones  terminales  del  cilindro-eje  de 
otras  células  nerviosas,  consideradas  arbitrariamente  como  sensitivas  (Golgi)  y 
que  yo  califiqué  células  de  axon  corto. 

A  diferencia  de  Gerlach,  según  el  cual  cooperarían  también  en  la  construcción 
del  retículo  difuso  las  últimas  proyecciones  del  ramaje  protoplásmico  neuronal, 
Golgi  redujo  los  componentes  del  mismo  a  las  ramificaciones  nerviosas.  Para  que 
el  lector,  ajeno  a  esta  clase  de  asuntos,  pueda  comprender  fácilmente  las  hipóte¬ 
sis  reticulares  de  Gerlach  y  de  Golgi,  reproducimos  esquemáticamente  la  manera 


206 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


según  la  cual  los  referidos  sabios  concebían  las  comunicaciones  anatomo-fisioló- 
gicas  entre  las  raíces  motrices  y  sensitivas  de  la  médula  espinal  (fig,  5,  C,  y  figu¬ 
ra  9, 1). 

Dejamos  expresado  que  la  capacidad  sugestiva  de  ciertas  fórmulas,  extrema¬ 
damente  esquemáticas,  depende  de  su  comodidad.  Admitido  el  supuesto  de  la 
red,  nada  más  fácil  que  el  estudio  objetivo  de  un  grupo  de  neuronas  o  del  compor¬ 
tamiento  terminal  de  un  manojo  de  conductores;  redúcese  todo  a  dar  por  averi¬ 
guado  que  las  últimas  raicillas  nerviosas,  previas  algunas  dicotomías,  se  pierden 
y  desvanecen  en  la  consabida  red  intersticial;  en  esa  especie  de  piélago  fisiológi¬ 
co  insondable,  en  el  cual,  por  un  lado,  desembocarían  las  corrientes  arribadas  de 
los  órganos  sensoriales,  y  de  donde  brotarían,  por  otro,  a  modo  de  ríos  surgidos 
de  alpinos  lagos,  los  conductores  motores  o  centrífugos.  Comodín  admirable,  por¬ 
que  dispensa  de  todo  esfuerzo  analítico  encaminado  a  determinar  en  cada  caso  el 
itinerario  seguido  al  través  de  la  substancia  gris  por  el  impulso  nervioso.  Con 
razón  se  ha  dicho  que  la  hipótesis  reticular,  en  fuerza  de  pretender  explicarlo 
todo  llana  y  sencillamente,  no  explica  absolutamente  nada;  y  lo  que  es  más  grave, 
embaraza  y  casi  hace  superfluas  las  futuras  pesquisas  tocantes  a  la  organización 
íntima  de  los  centros.  Sólo  a  fuerza  de  habilidades,  de  inconsecuencias,  de  subter¬ 
fugios,  podía  la  susodicha  concepción  (por  lo  demás,  defendida  casi  exclusiva¬ 
mente  por  Golgi  y  sus  discípulos  inmediatos)  adaptarse  a  las  exigencias  de  la 
fisiología,  cuya  doctrina  de  los  reflejos,  actos  instintivos,  localizaciones  funcionales 
del  cerebro,  etc.,  demandan  imperiosamente  el  señalamiento  de  vías  o  cauces  de 
conducción,  perfectamente  circunscritos,  al  través  del  eje  cerebro-raquídeo. 

Enfrente  de  la  teoría  dé  las  redes  militaban  solamente,  según  dejamos  dicho, 

.  dos  observadores  de  gran  mérito,  His  y  Forel,  quienes,  con  reservas  y  prudencias 
excusables  por  la  carencia  de  hechos  precisos  de  observación,  anunciaron  (1887) 
la  posibilidad  de  que  las  expansfenes  de  las  células  nerviosas  se  terminaran 
libremente  en  la  substancia  gris.  Consecuencia  natural  de  tal  modo  de  ver  era  la 
transmisión  por  contacto  de  los  impulsos  nerviosos.  Así,  Forel,  vista  la  imposibi¬ 
lidad  de  sorprender  anastomosis  evidentes  en  el  seno  de  la  substancia  gris,  daba 
por  probable  que  las  expansiones  neuronales  se  tocaban  entre  sí,  a  semejanza  de 
las  frondas  o  copas  en  el  bosque.  En  cuanto  al  ilustre  profesor  de  Leipzig,  proce¬ 
diendo  por  generalización  (1886),  conjeturaba  que,  pues  las  arborizaciones  nervio¬ 
sas  (entonces  bien  conocidas)  de  la  placa  motriz  acaban  libremente,  según  es  no¬ 
torio,  entrando  en  contacto  con  la  materia  estriada,  estimaba  lógico  admitir  igual 
disposición  terminal  para  los  conductores  distribuidos  y  ramificados  en  los  cen¬ 
tros  cerebro-raquídeos. 

Mas  al  discurrir  de  esta  suerte,  His  y  Forel  no  abandonaban  la  esfera  de  las 
hipótesis.  Imposible  resultaba,  sin  descender  al  terreno  del  análisis  estructural, 
refutar  a  Golgi,  quien,  a  las  tímidas  alegaciones  teóricas  de  aquellos  sabios,  con¬ 
traponía  aparatoso  alegato  de  observaciones  concienzudas.  Para  resolver  definiti¬ 
vamente  la  cuestión,  precisaba  presentar  neta,  exacta  e  indiscutiblemente  las  últi¬ 
mas  ramificaciones  de  los  cilindros-ejes  centrales,  no  vistas  por  nadie,  y  determi¬ 
nar  además  entre  qué  factores  celulares  se  efectúa  el  imaginado  contacto.  Porque 
admitir  vagamente  el  hecho  de  la  transmisión  mediata  o  articulación  ínter n  euro- 
nal,  sin  señalar  con  precisión  entre  qué  apéndices  celulares  se  produce,  resulta 
casi  tan  cómodamente  peligroso  como  la  socorrida  teoría  reticular.  Supongamos, 
por  ejemplo,  según  parece  deducirse  de  las  manifestaciones  de  Forel,  que  el  suso¬ 
dicho  contacto  afecta  carácter  difuso,  verificándose  entre  dendritas  pertenecien- 


RECtlERDOS  BK  MI  VIDA 


207 


tes  a  vecinas  neuronas,:  o  entre  ramificaciones  axónicas  de  diverso-  origen,  ó,  ea 
fin,  entre  apéndices  protoplásmicos  y  raicillas  nerviosas  terminales.  La  conse¬ 
cuencia  fatal,  indeclinable  de  tal  supuesto  será  la  indeterminación  de  los  cauces 
de  la  vibración  nerviosa,  y,  en  el  fondo,  la  reedición,  bajo  nueva  forma,  de  la  teo¬ 
ría  reticular,  de  esa  espécie  de  paníeísma  protopldsmico,  tan  grato  a  los  desdeño¬ 
sos  de  la  observación  como  contrario  a  los  postulados  de  la  neurogenia,  de  la 
fisiología  y  de  la  anatomía  patológica.  Afirmar  que  indo  se  comunica  con  todo, 
vale  tanto  como  declarar  la  absoluta  incognoscibilidad  del  órgano  del  alma. 

Nuestra  obra  consistió  precisamente  en  prestar  base  objetiva  a  los  geniales 
pero  vagos  atisbos  de  His  y  Forel.  Con  el  encuentro  afortunado  délas  cestas  ter¬ 
minales  y  de  las  ñhras  trepadoras,  demostramos  que  el  contacto  no  se  verifica 
entre  dendritas  solas,  ni  entre  arborizaciones  nerviosas,  sino  entre  éstas,  de  una 
parte,  y  el  soma  y  prolongaciones  prútoplásmicas  neuronales,  de  otra;  que,  en  fin, 
una  célula  contrae  a  menudo  conexiones  con  arborizaciones  nerviosas  de  diversa 
procedencia,  y  que,  recíprocamente,  cada  axon  admite  contacto,  mediante  cola¬ 
terales  y  ramas  terminales,  con  diferentes  tipos  de  neuronas;  no  obstante  lo  cual, 
quedan  reservadas  en  la  substancia  gris  vías  bien  deslindadas  de  conducción,  de 
acuerdo  con  las  exigencias  de  la  fisiología  y  la  patología  nerviosas. 

Dejamos  dicho  que  las  concepciones  legítimas  se  reconocen  en  que,  en  vez  de 
perder,  ganan  y  se  robustecen  ante  las  nuevas  observaciones.  Tal  le  ocurrió  a  la 
ley  de  la  transmisión  por  contacto,  sometida  al  contraste  del  análisis  estructural 
de  la  retina  y  centros  ópticos. 

Retina.— Fué  en  la  retina  de  las  aves  donde  iniciamos  esta  labor  de  contraste. 
Ocioso  e  inoportuno  fuera,  después  de  las  consideraciones  precedentes,  entrar 
aquí  en  detalles  descriptivos.  Bástenos  señalar  sucintamente  los  nuevos  hechos 
contenidos  en  la  aludida  cómunicación  (1). 

a)  Demostración  de  que  los  conos  y  bastones  se  terminan  libremente  al  nivel 
de  la  capa  plexiforme  externa,  articulándose  xon  él  penacho  exterior  de  las  células 
bipolares  (fig.  6). 

b)  :  Descubrimiento,  debajo  de  la  capa  plexiforme  externa,  de  unos  elementos 
especiales  en  forma  de  brocha  y  provistos  de  dendritas  ascendentes  repartidas  en 
dicha  zona  (fig.  6,  ñ). 

c)  Hallazgo  de  las  fibras  centrifugas  de  la  retina,  es  decir,  de  una  categoría  es¬ 
pecial  de  fibras  del  neryio  óptico  que,  después  de  cruzar  la  zona  plexiforme  in¬ 
terna,  acaban  por  una  arborización  varicosa  y  libre  entre  los  espongioblastos.  Este 
hecho  interesante,  que  ha  servido  de  base,  entre  otras  concepciones  fecundas,  a 
la  teoría  de  los  nervo-nervorum  de  Duval,  fué  confirmado  por  Dógiel,  quien  lo  ha¬ 
bía  negado  en  un  principio  (fig.  8,  b,  c,d,e). 

d)  Descubrimiento,  simultáneamente  con  Dogiel  (Anastomichen  Anzeiger, 
mayo  de  1888),  de  la  maza  de  Landolt,  en  las  células  bipolares  de  las  aves  y  de 
las  colaterales  de  las  expansiones  descendentes  da  éstas  (fig.  7,  A). 

e)  Descripción  de  muchos  tipos  morfológicos  nuevos  de  espongioblastos  (cé¬ 
lulas  nerviosas  exentas  de  axon). 

f)  Demostración  dé  varios  pisos  de  arborización  nerviosa  en  la  zona  plexifor¬ 
me  interna,  revelando  que,  a  estos  niveles,  las  dendritas  de  las  células  gangliona- 
res  se  relacionan,  por  contacto,  con  la  ramificación,  descendente  y  ramos  colate¬ 
rales  de  las  bipolares,  y  no  mediante  red  difusa,  según  había  descrito  Tartuferi  en 
la  retina  de  los  mamíferos  (fig.  7,  A,  B)., 

g)  Exposición  dé  muchos  detalles  morfológicos  de  las  fibras  de  Müllér  de 
las  aves. 


(1).  Cajal:  Estructura  de  la  retiña  de  las  aves.  Revista  trimestral  de  Hislolb^á  normal  y  patológi¬ 
ca,  números  l  y  2,  mzyo  y  agosto  áé  ISSS.  ■  .  ■  •  ■  ■ 


¿08 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


'  pn  las  figuras  6,  7  jD  8  mostramos  esquemáticamente  lo  más  esencial  de  mis 
Villazgos  en  la  retina.  Nótese,  sobre  todo,  cómo  las  tres  series  de  neuronas  (có- 

y  bastonesy  bipolares  y  gangliánicas)  se.  2íi^\cxAz.\\,  sQgim  dos  planos  concén^- 

■tríeos,  ^  ■  :  ■  .  '  <  .  ^  ■ 

Husos  MUSCULARES.— De  cierto  alcance  para  la  fisiología  muscular  resulta 
rtambién  un  pequeño  trabajo  aparecido  en  el  mismo  número  dela  J?ev/sto  de  His'~ 
tblógia,  y  titulado  Terminacionrs  nerviosas  en  los  husos  musculares  de  la  rana  (1]|: 

En,  esta  comunicación,  basada  en  las  revelaciones  del  método  de  Ehrlichal 
¿azul  de  metileno,  se  hece  notar: 

; :  d)  La  existencia  en  los  husos  de  Khiine  de  los  batracios  y  reptiles  (fibras  mus¬ 
culares  pequéñas  portadoras  de  un  órgano  nervioso  terminal  específico  y,  al  pa¬ 
recer,  sensitivo,  pero  de  significación  dudosa  por  entonces)  de  dos  clases  de  ar- 
borizaciones  nerviosas:  una,  la  ya  conocida  por  los  autores,  continuada  con  fibras 
^gruesas;  otra  u  otras,  no  descritas,  más  finas,  situadas  en  las  regiones  alejadas  de 
la  tumefacción  fusiforme. 

b)  En  vista  de  que  una  de  las  terminaciones  es  enteramente  idéntica  a  la  de 
las  placas  motrices  ordinarias,  y  que  la  otra  posee  caracteres  en  un  todo  seme¬ 
jantes  a  los  observados  en  los  órganos  músculo-tendinosos  de  Golgi,  califícase  la 
arborización  pequeña  de  motriz,  y  la  extensa  o  específica  de  sensitiva.  La  excita¬ 
ción  de  este  último  aparato  terminal,  durante  la  contracción  de  los  músculos,  sus¬ 
citaría,  al  llegar  al  cerebro,  la  percepción  del  estádo  de  contracción  de  los  múscu¬ 
los  (sentido  muscular  de  que  hablan  los  fisiólogos). 

Parecidos  hechos  fueron  posteriormente  comunicados  por  Ruffini,  Hubert  y  de 
Witt,  Dogiel,  Sherrington,  etc.,  quienes  adoptaron  también,  aunque  sin  conocerla, 
nuestra  interpretación  fisiológica.  Opinión  semejante  defendió  asimismo,  en  igual 
fecha  que  nosotros,  Kerschner  (Anat.  Anzeiger,  \.°  de  mayo  de  1888),  pero  sin 
precisar  detalles  ni  dar  figuras  de  la  doble  terminación. 

En  fin,  para  poner  remate  a  esta  pesada  reseña  acerca  de  la  labor  de  1888,  ci¬ 
temos  aún  dos  artículos  de  menos  enjundia  que  los  precedentes. 

El  primero,  concerniente  a  la  textura  de  la  fibra  muscular  del  corazón  (2),  con¬ 
tenía,  entre  otros  hechos,  los  siguientes: 

a)  Demostración,  en  tomo  de  las  fibras  cardíacas,  de  un  verdadero  sarco - 
lema,  más  fino  que  el  de  las  células  estriadas  comunes.  (Confirmado  muchos  años 
después  por  Hoche,  Ebner,  Heidenhain,  Marceau,  etc.)| 

b)  Indicación  de  que  las  llamadas  placas  o  escaleras  de  cemento  intercalar  de 
las  células  cardíacas  corresponden  a  las  lineas  de  Krause,  y  ofrecen  una  situación 
infrasarcolemática . 

El  segundo  artículo  versaba  sobre  las  células  y  tubos  nerviosos  del  lóbulo  ce¬ 
rebral  eléctrico  del  torpedo  (3),  donde  el  tamaño  colosal  de  los  elementos  presta 
singulares  facilidades  al  análisis.  A  favor  de  la  disociación  y  del  método  dé  Bo- 
veri  (mezcla  de  ácido  ósmico  y  nitrato  de  plata),  se  pusieron  ,  de.  manifiesto  los 
siguientes  hechos: 

d)  Existencia  de  positivas  estrangulaciones  en  los  tubos  conductores  de  un 
centro  nervioso,  las  cuales  habían  sido  negadas  por  Ranvier  y  sólo  mencionadas 
en  lá  substancia  blanca  de  la  médula  espinal  por  Tourneaux  y  Le  Goff. 

(1)  Cajal:  Terminaciones  nerviosas  en  los  husos  musculares  de  la  rana.  Revista  trimestral  de  His- 
iólogia  normal  y  ¿otológica,  o  áe  meya  ÁeXSS&J 

(2)  Cajal:  Textura  de  la  fibra  muscular  del  corazón.  Revista  trimestral  de  Histología  normal  y  pa¬ 
tológica,  l.°  de  mayo  de  1888,  con  una  lámina  litografiada. 

(3)  Cajal:  Nota  sobre  la  estructura  de  los  tubos  nervipsos  del  órgano  cerebral  eléctrico  del  torpedo. 
Revista  trimestral  ele  Histologia  normal  y  patológica,  agosto  de  IñSS. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


209 


b)  Presencia  de  un  anillo  de  cemento  en  el  punto  del  axon  en  que  se  inicia  la 
anielina,  y  de  dos  anillos  al  nivel  de  las  estrangulaciones  del  tubo  medular. 

c)  Ausencia  de  anastomosis  de  las  ramificaciones  protoplásmicas  de  las  célu¬ 
las,  disposición  que  confirmaba  los  resultados  del  método  de  Golgi. 

d)  Aparición,  en  torno  del  cuerpo  de  las  neuronas,  de  una  fina  cubierta.  Esta 
particularidad  sólo  muchos  años  después  fué  ratificada  por  los  autores. 

Hasta  aquí  lo  publicado  en  1888. 

Médula  espinal.— Durante  el  año  1889,  mi  actividad  continuó  vigorosa  y  des¬ 
pierta,  aplicándose  a  diversos  temas  neurológicos;  sin  embargo,  concentróse  es¬ 
pecialmente  en  el  estudio  de  la  médula  espinal  de  aves  y  mamíferos. 

Al  abordar  este  asunto,  cuya  obscuridad  conocía  bien  por  haberla  padecido 
^muchas  veces  al  explicar,  como  profesor  de  Anatomía,  la  organización  del  eje 
-raquídeo,  movióme,  en  primer  término,  el  propósito  de  dilucidar  en  lo  posible  el 
arduo  problema  de  la  terminación  de  las  raíces  posteriores  o  sensitivas.  Y  aun¬ 
que,  después-de  mis  exploraciones  acerca  del  cerebelo,  resultaba  presumible  que 
Bemejantes  arborizaciones  siguieran  también  la  ley  del  contacto  pericelular,  era 
indispensable  confirmar  de  visa  esta  concordancia,  averiguar  con  precisión  el  iti¬ 
nerario  real  de  las  fibras  sensitivas  al  través  de  la  substancia  gris,  y  señalar,  en 
fin,  las  neuronas  con  ellas  relacionadas. 

, Antes  de  puntualizar  mis  observaciones,  no  estará  de  más  recordar  brevemente 
al  lector  el  estado  de  nuestros  conocimientos  acerca  de  la  organización  a  la  mé¬ 
dula  espinal  allá  por  los  años  de  1880  a  1889.  ^ 

Ciertamente,  los  experimentos  de  la  fisiología  y  los  datos  recolectados  por  la 
.anatomía  patológica  humana  y  comparada,  asistida  del  método  de  las  degenera- 
aciones  secundarias  (Waller,  Türk,  Charcot,  Bouchard,  Lowenthal,  Münzer)  o  del 
..de  las  atrofias  de  Gudden  y  Forel,  habían  logrado  fijar  el  carácter  motor  o  sensi¬ 
tivo  de  muchos  nervios,  localizar  grosso  modo  el  núcleo  de  origen  de  los  centrí¬ 
fugos  y  de  terminación  de  los  centrípetos,  y  diferenciar,  en  fin,  en  el  espesor  de 
los  cordones,  vías  o  categorías  separadas  de  fibras  de  idéntica  conducción  ('v/á 
piramidal  o  de  los  movimientos  voluntarios,  vía  cerebelosa  ascendente,  cordón  de 
Goll  formado  por  fibras  sensitivas  centrales,  etc.).  Por  su  parte,  el  análisis  macro- 
microscópico  había  alcanzado  algunos  éxitos  positivos,  deslindando  en  la  subs¬ 
tancia  gris,  aparte  esas  grandes  provincias  llamadas  astas  anterior  y  posterior, 
.ciertos  territorios  de  peculiar  estructura,  tales  como:  las  pléyades  celulares  motri¬ 
ces  del  asta  ventral,  la  substancia  gris  central,  la  columna  vesiculosa  de  Clarke,  la 
.  substancia  de  Rolando,  las  comisuras  Manea  o  anterior  y  gris  o  posterior,  etc.  Se 
sabía  igualmente,  o  más  bien  se  adivinaba— porque  demostración  fehaciente  del 
hecho  no  existía— que  los  tubos  de  la  substancia  blanca  están  en  continuación 
.  con  axones  de  neuronas  emplazadas  en  la  substancia  gris,  los  cuales,  después  de 
un  curso  longitudinal  más  o  menos  largo,  retornaban  al  territorio  de  las  astas, 
al  través  de  las  cuales  forman  haces  de  varia  dirección,  para  dispersarse  al  fin  en 
plexo  difuso  y  enmarañado. 

Pero  acerca  de  los  puntos  principales  de  la  histología  del  eje  medular  raquídeo, 
esto  es,  sobre  el  problema  del  origen  y  terminación  de  las  fibras  arribadas  de  los 
cordones,  la  génesis  de  las  comisuras  y,  en  suma,  la  disposición  final  de  las  fibras 
..exógenas  o  sensitivas,  los  neurólogos  sólo  exponían  conjeturas  frecuentemente 
confusas,  a  veces  contradictorias  y  en  todo  caso  incomprobables.  En  realidad,  la 
histología  de  dicho  centro  nervioso  ofrecía  sólo  un  dato  importante,  sólidamente 
-Cimentado:  el  origen  real  de  las  ralees  anteriores.  En  efecto,  desde  la  época,  enton- 

14 


2Í0 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


ces  remota,  de  Deiters,  Clarke,  Kólliker,  quedó  patentizado  que  las  gigantes  neu^- 
roñas  multipolares  del  asta  anterior  proyectaban  hacia  adelante  robusto  cilindro 
del  eje,  que,  cruzando  el  cordón  antero-latera!,  emerge  de  la  médula,  constitu¬ 
yendo  las  raíces  anteriores,  para  distribuirse  en  definitiva  en  los  músculos  volun¬ 
tarios. 

De  tal  pobreza  de  noticias  anatómicas  exactas  eran  responsables— ocioso  es 
declararlo— los  métodos  de  investigación,  harto  insuficientes  para  abordar  con 
éxito  el  árduo  problema.  Por  ejemplo,  el  método  de  las  degeneraciones  secundarias 
ya  citado,  o  el  de  las  atrofias  de  Gudden  y  Forel,  si  permitían  señalar  la  situación 
y  curso  de  ciertas  vías  nerviosas  de  la  substancia  blanca,  mostrábanse  incapaces 
de  puntualizar  su  origen  y  terminación  en  la  gris;  y  en  cuanto  a  los  procederes  his¬ 
tológicos  de  Weigert  o  del  ácido  ósmico,  susceptibles,  según  es  notorio,  de  presen¬ 
tar  intensa  y  selectivamente  teñidos  los  tubos  modulados,  estrellábanse  contra  la 
fatalidad  de  que,  justamente,  los  segmentos  más  interesantes  de  las  fibras  nervio¬ 
sas,  es  decir,  el  segmento  próximo  a  la  célula  y  la  ramificación  terminal  de  las  mis¬ 
mas,  carecen  de  forro  de  mielina  (que  es  lo  que  fija  el  color)  y  resultan,  por  ende, 
inaccesibles. 

La  empresa  sólo  podía  ser  acometida,  con  alguna  esperanza  de  éxito,  me¬ 
diante  el  método  de  Golgi,  que  tiñe  precisamente  los  segmentos  amedulados  del 
protoplasma  nervioso.  Sólo  del  excepcional  poder  revelador  de  la  reacción  cromo- 
argéntica  cabía  esperar  un  poco  de  luz  en  aquel  caos  de  opiniones  contradic¬ 
torias.  Mas,  según  dejo  apuntado,  tan  valioso  recurso,  o  no  se  aplicaba  por  nin¬ 
gún  histólogo,  o  se  aplicaba  en  la  médula  adulta,  donde  la  reacción  negra  es  - 
eventualísima  y  en  donde,  además,  la  enormidad  de  las  distancias  recorridas  por 
los  apéndices  celulares  y  la  complicación  estructural  de  la  substancia  gris  hacen 
estéril  todo  esfuerzo  analítico. 

En  la  figura  5,  tomada  de  los  textos  neurológicos  más  autorizados  de  la  épo-  - 
ca,  reproducimos  un  esquema  de  la  estructura  medular.  En  el  seno  de  la  subs¬ 
tancia  gris  se  observa  una  red  difusa  (C,  g),  donde  vendrán  a  fundirse,  según  Ger- 
lach,  las  extremidades  de  las  dendritas  y  las  arborizaciones  nerviosas  de  las  raí¬ 
ces  posteriores  o  sensitivas.  Para  Golgi— lo  hemos  dicho  ya— (véase  la  fig.  9, 1), 
la  red  constaría  exclusivamente  de  proyecciones  nerviosas. 

Repárese  que  los  axones  de  las  neuronas  medulares  más  gruesas  se  suponen»  ■' 
por  conjetura,  en  continuación  con  las  fibras  de  la  substancia  blanca  (fig.  5,  g-); 
pero  como  tales  conductores  son  escasísimos,  con  relación  al  formidable  número 
de  fibras  gruesas  y  finas  que  el  método  de  Weigert  descubre  en  el  espesor  de  la 
substancia  gris,  quedan  sin  vinculación  conocida  la  mayoría  de  los  tubos  nervio¬ 
sos  procedentes  de  la  substancia  blanca. 

.Al  nivel  de  la  raíz  anterior  se  reconoce  la  entrada  en  ella  del  axon  de  las  célu¬ 
las  gigantes  del  asta  anterior;  pero  se  comete  el  error  de  admitir  la  existencia  de 
cilindros-ejes  motores  cruzados  (fig.  5,  a). 

En  la  región  de  la  columna  de  Clarke,  la  citada  figura  5  ofrece,  en  consonancia 
con  un  parecer  muy  generalizado  (Freud,  Edinger,  Schiéfferdecker,  Lenhossék,  . 
etcétera^  ciertos  corpúsculos  esféricos  o  fusiformes,  exentos  de  dendritas  y  pro¬ 
vistos  de  dos  prolongaciones  nerviosas,  una  en  continuación  con  las  raíces  poste¬ 
riores,  y  otra,  dirigida  hacia  el  cordón  lateral,,  donde  constituiría  la  vía  cerebelosa 
ascendente  (fig.  6,  G  y  C). 

La  substancia  gelatinosa  de  Rolando  sólo  ‘contendría  neuroglia  con  más  o  me¬ 
nos  cantidad  de  fibras  nerviosas. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


211 


En  fin,  las  fibras  de  la  raíz  posterior  arribadas  de  los  ganglios  sensitivos,  se 
comportarían  de  muy  diversas  maneras:  un  haz  de  fibras  emanaría,  según  dejamos 
dicho,  de  las  células  de  la  columna  de  Clarke;  otro,  el  más  importante,  se  ramifi¬ 
caría,  perdiéndose  en  el  espesor  del  asta  posterior  e  ingresando  en  la  red  continua 
de  Gerlach  o  de  Golgi  (fig.  5,  B);  otro  fascículo,  sin  ramificarse  en  la  substancia 
gris,  se  doblaría  en  codo  para  tornarse  ascendente  en  el  cordón  de  Burdach  (d) 
algunas  fibras,  en  fin,  ganarían  las  comisuras  y  el  espesor  del  asta  anterior. 

Esta,  repetimos,  era  una  de  tantas  interpretaciones,  acaso  la  más  sencilla.  Por¬ 
que  la  fórmula  estructural  variaba  bajo  la  pluma  de  cada  escritor.  De  mí  sé  decir 
que  allá  por  el  decenio  de  1877  a  1887,  prodújome  muchos  quebraderos  de  cabeza 
el  esfuerzo  por  sacar  algo  en  limpio  de  las  descripciones  de  los  sabios,  en  punto  a 
la  composición  e  itinerario  de  las  raíces  sensitivas.  Conservo  todavía  un  cuaderno 
de  apuntes,  datado  del  año  1877,  en  donde  tengo  registrados  y  dibujados  en  varie¬ 
dad  de  colores  (para  alivio  del  trance  de  mis  oposiciones  a  cátedras)  tres  esque¬ 
mas  perfectamente  inconciliables,  tomados  de  los  textos  neurológicos  en  boga. 
Desconcertado  y  perdido  en  aquel  mare  magnum  de  fibras  y  de  células,  desesperé 
a  menudo  de  mis  modestas  entendederas...  ¡Caprichos  de  la  suerte!  ¡Quién  me  di¬ 
jera  entonces  que,  andando  el  tiempo,  había  yo  de  contribuir  a  desenmarañar  un 
poco  la  madeja  medular! 

Ello  se  debió  simplemente— déjolo  ya  consignado— a  la  feliz  ocurrencia  de 
aplicar  el  método  de  Golgi  al  estudio  de  la  médula  espinal  de  los  embriones  de 
ave  y  de  mamífero.  Holgaría,  después  de  lo  expuesto,  entrar  en  pormenores  de  mis 
trábajos,  que  el  lector  curioso  hallará  en  el  texto  de  mis  libros  y  monografías  so¬ 
bre  el  asunto.  Aquí  me  limitaré  a  enumerar  las  más  importantes  conclusiones  de 
mis  comunicaciones  de  1889  y  1890  (1): 

1. ^  Se  describe  detalladamente  un  factor  característico  importante  de  la  subs¬ 
tancia  gris,  escapado  a  la  sagacidad  de  los  cultivadores  de  los  métodos  de  colora- 

•  ción  de  la  mielina:  las  colaterales  de  la  substancia  blanca.  Ciertamente,  tales  fibras 
habían  sido  percibidas  en  buena  parte  de  su  trayecto  por  los  neurólogos  que  hi¬ 
cieron  uso  de  los  métodos  comunes  o  del  de  Weigert  (Schiefferdecker,  Flechsig, 
Koiliker,  Lenhossék,  etc.);  pero  desconocieron  su  origen  y  terminación,  conside¬ 
rándolas  hipotéticamente  axones  directos  cordonales  o  sensitivos.  Las  aludidas 
ramas  nacen  en  ángulo  recto  de  las  fibras  longitudinales  de  todos  los  cordones, 
penetran  horizontalmente  en  el  territorio  de  las  astas,  donde  se  terminan  a  favor 
de  ramificaciones  libres,  espesadas,  varicosas,  aplicadas  íntimamente  al  contorno 
del  cuerpo  y  dendritas  de  las  neuronas.  Cada  célula  yace  en  un  nido  o  maleza  de 
ramúsculos  pertenecientes  a  diversos  conductores  de  la  substancia  blanca  (figu¬ 
ra  10,  e,f,  y  fig.  11,  H). 

2. a  Se  esclarece  la  composición  de  las  comisuras,  demostrando  que  la  dorsal 
resulta  del  cruce  de  colaterales  del  cordón  posterior  y  lateral,  y  que  en  la  anterior 
entran  tres  sistemas  de  conductores:  colaterales  del  cordón  antero-lateral,  axones 
de  células  del  tipo  comisural  y,  en  algunos  casos,  expansiones  protoplásmicas  de 
neuronas  motoras  {comisura  protoplásmica)  (fíg.  10,  /,  i,  a). 

3. a  Atendiendo  al  paradero  del  axon,  se  establece  una  clasificación  racional 
de  las  neuronas  de  la  substancia  gris,  a  saber:  células  motrices  o  radiculares,  cé¬ 
lulas  funiculares  o  cordonales  y  células  comisurales,  según  que  su  respectiva  ex- 

(1)  Cajal;  Contribución  al  estudio  de  la  estructura  de  la  médula  espinal.  Revista  trimestral  de  His- 
tológia  normal  y  patológica,  marzo  1889-  Con  cuatro  cincografías  y  dos  láminas  litografiadas. 

—  Nota  preventiva  sobre  la  estructura  de  la  médula  embrionaria.  Gaceta  Médica  Catalana,  -g 
31  de  marzo  de  1889. 

—  Nuevas  observaciones  sobre  la  estructura  de  la  médula  espinal  de  los  mamíferos.  Barcelona  1 . ° 
de  abril  de  1890.  Con  siete  grabados.  ' 


212  S.  RAMÓN  Y  CAJAL 

pansión  funcional  salga  de  la  médula,  ingrese  en  los  cordones  de  su  lado  o  cruce 
la  linea  media  para  incorporarse  a  los  cordones  del  opuesto  (fig.  10,  y,  m,  n). 

4. ®  Además  de  la  continuación,  por  simple  acodamiento,  de  los  axones  fu¬ 
niculares  y  comisurales  con  tubos  longitudinales  de  la  substancia  blanca,  se  ex¬ 
pone  la  existencia  de  bifurcaciones  en  t  o  y>  en  cuya  virtud  se  producen  dos 
fibras  cordonales,  una  ascendente  y  otra  descendente  (fig.  12,  /). 

5. ^  Se  comunica,  además,  la  presencia  de  cilindros-ejes  pluri-cordonales,  quie¬ 
ro  decir  progenitores  de  varios  tubos  ascendentes  y  descendentes  incorporados 
a  cordones  diversos.  A  este  hecho,  hecho  desconocido  de  los  sabios,  habia  va¬ 
gamente  aludido  Golgi  en  una  comunicación  publicada  en  un  periódico  médico  de 
Pavía.  Pero  yo  tuve  que  redescubrirlo  y  precisarlo  para  que  adquiriera  carta  de 
naturaleza  en  la  ciencia. 

6. ^  Se  prueba  que  la  substancia  de  Rotando  consta,  además  de  fibras  nervio¬ 
sas  y  de  células  de  neuroglia,  de  numerosísimas  y  diminutas  neuronas,  cuyo  axon 
sutilísimo  dirígese  al  cordón  posterior  y  singularmente  a  la  región  limítrofe  del 
lateral,  para  regenerar  vías  cortas  ascendentes  y  descendentes  (fig.  13). 

7. ^  Se  señala,  tanto  en  las  aves  como  en  los  mamíferos,  la  verdadera  dispo¬ 
sición  terminal  de  las  tan  discutidas  raíces  sensitivas.  Según  mostramos  en  el  es¬ 
quema  de  las  figuras  9  y  12,  A,  cada  fibra  llegada  del  ganglio  raquídeo  correspon¬ 
diente  se  bifurca  en  rama  ascendente  y  descendente.  La  primera  constituye  de 
ordinario  la  vía  central,  prolongándose  hasta  el  bulbo;  la  segunda  acaba  a  distan¬ 
cias  variables,  arqueándose  y  ramificándose  en  la  substancia  gris.  Del  curso  del 
tallo,  pero  sobre  todo  del  itinerario  longitudinal  de  ambas  ramas,  ascendente  y 
descendente,  brotan  en  ángulo  recto  infinidad  de  ramas  colaterales  penetrantes 
en  la  substancia  de  Rolando  y  centro  del  asta  dorsal  (fig.  9,  d,  e,  y  fig.  i2,  a,  b). 

Prescindiendo  aquí  de  subdivisiones  de  haces  y  pormenores  de  conexión,  im¬ 
porta  notar  que  las  referidas  ramas  forman  dos  grandes  corrientes:  una  át  fibras 
cortas,  arborizadas  en  torno  del  soma  de  las  neuronas  cordonales  y  comisurales 
(asta  posterior,  anterior,  substancia  de  Rolando,  columna  de  C/cr/ire,  etc.);  otra  de 
fibras  largas  que,  disponiéndose  en  haz  postero-anterior,  cruza  casi  toda  la  subs¬ 
tancia  gris  para  terminar  al  fin  en  los  nidos  envolventes  de  las  células  motrices. 

Según  puede  apreciarse  en  la  figura  11,  H,  estas  colaterales  sensitivas  largas 
tienen  por  misión  propagar  el  impulso  centrípeto,  llegado  de  la  piel  y  otros  órga¬ 
nos  sensibles,  a  las  neuronas  motoras;  representan,  pues,  una  vía  refleja  sens/f/vo- 
motriz  (refiejo-motriz  de  Kólliker).  De  ella  hizo  después  Lenhossek  en  los  mamífe¬ 
ros  un  estudio  magistral. 

8. ^  Por  lo  que  toca  a  la  neuroglia,  se  sanciona  definitivamente  una  opinión 
hipotética,  sugerida  por  Vignal,  His  y  otros,  a  saber:  que  las  células  en  araña 
(corpúsculos  neuróglicos  adultos)  no  son  otra  cosa  que  elementos  epiteliales  emi¬ 
grados  de  su  yacimiento  originario,  el  muro  ependimal,  y  los  cuales,  por  atrofia 
de  sus  apéndices  polares,  se  han  hecho  estrellados.  Véase  la  figura  14,  e,  g,  donde 
mostramos  las  transiciones  entre  ambas  gradaciones  evolutivas. 

9. ^  En  fin,  acerca  de  los  ganglios  raquídeos  o  sensitivos,  origen  de  las  raíces 
posteriores,  se  comprueba  en  las  aves  y  mamíferos  una  suposición  muy  discutida 
de  His,  el  célebre  embriólogo  de  Leipzig,  según  la  cual,  las  células  monopolares 
sensitivas  afectan,  durante  las  fases  más  tempranas  de  su  evolución,  la  figura  bi¬ 
polar  con  una  expansión  gruesa  dirigida  hacia  la  periferia  (superficies  sensibles 
del  organismo)  y  otra  continuada  con  las  raíces  posteriores.  Conforme  mostramos 
en  la  figura  15,  h,  i,  j,  el  paso  de  la  forma  en  huso  a  la  piriforme  o  monopolar  re¬ 
sulta  de  la  sucesiva  aproximación  de  los  polos  anterior  y  posterior  del  soiiia  neu- 
roñal,  hasta  modelarse  un  tallo  común. 

Acerca  de  la  interpretación  de  este  hecho  interesante,  en  cuya  virtud  repítense 
en  la  ontogenia  de  aves  y  mamíferos  fases  adultas  de  los  corpúsculos  sensitivos 
de  invertebrados  y  vertebrados  inferiores,  trataremos  más  adelante. 

Prescindiendo  de  su  virtualidad  constructiva,  las  precedentes  observaciones 
relativas  ala  médula  espinal  revisten  cierto  alcance  crítico.  Valen  por  lo  que  afir¬ 
man,  pero  valen  también  por  lo  que  niegan.  Cuando,  disipada  la  prevención  hacia 
el  método  ds  Golgi,  gracias  a  las  predicaciones  de  Kólliker  y  nuestras,  varios  in¬ 
vestigadores,  entre  ellos  el  mismo  Kólliker,  van  Gehuchten,  Edinger,  V.  Lenhos- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


213 


sek,  Azoulay,  Lugaro,  etc.,  exploraron  dicho  órgano  nervioso  en  los  embriones  y 
animales  jóvenes,  se  convino  unánimemente  en  rechazar  definitivamente  determi¬ 
nados  supuestos  basados  en  observaciones  incompletas.  Tales  son:  las  radicula¬ 
res  motrices  cruzadas  (fig.  5,  a),  las  fibras  sensitivas  continuadas  con  neuronas  de  la 
columna  de  Clarke  (fig.  5,  G),  las  radiculares  posteriores  exentas  de  divisiones  ^ 
continuadas  con  fibras  del  cordón  de  Burdach  (fig.  5,  íí)>  etc. 

Lóbulo  ÓPTICO  DE  las  aves.— Acabamos  de  ver  cómo  se  efectúa  en  la  médu¬ 
la  espinal  la  terminación  de  las  fibras  nerviosas  sensitivas.  ¿Compórtanse  de  igual 
manera  las  fibras  conírípetas  sensoriales,,  es  decir,  las  llegadas  de  la  retina,  bulbo 
olfatorio,  nervio  acústico,  etc.?  La  cuestión  entrañaba  interés  teórico  de  primer 
orden.  Se  imponía,  pues,  la  exploración  de  los  centros  ópticos,  a  fin  de  ver  si  tam¬ 
bién  en  ellos  se  cumple  la  ley  del  contacto  mediante  arborizaciones  libres  perice- 
lulares. 

De  todos,  los  centros  sensoriales  el  más  adecuado  para  esta  investigación,  por 
ser  singularmente- propicio  a  las  revelaciones  de  la  reacción  cromoargéntica,  es 
el  lóbulo  óptico  de  los  embriones  de  ave  y  de  aves  de  pocos  días  (embrión  de 
pollo  desde  el  diez  y  seis  día  en  adelante,  pájaros  recién  nacidos,  etc.) .  La  posi¬ 
ción  dentro  de  este  órgano  de  las  fibras  ópticas  o  conductores  arribados  de  la  re¬ 
tina,  era  bastante  bien  conocida,  gracias  a  los  estudios  de  Stieda,  Bellonci  y  oíros 
autores.  Tales  fibras  constituyen  una  zona  superficial,  por  debajo  de  la  cual  gene¬ 
ran  un  plexo  concéntrico,  en  cuyas  mallas  aparecen  las  neuronás  receptoras.' 

Aparte  la  demostración  del  modo  de  terminación  de  las  fibras  ópticas,  la  citada 
monografía  contiene  numerosos  datos  morfológicos  y  estructurales  de  positivo  va¬ 
lor.  No  hemos  de  refer'rlos  aquí  todos.  El  lector  aficionado  a  tales  asuntos  deberá 
consultar  nuestra  Memoria  de  1889  (1)  o  la  traducción  publicada  dos  años  des¬ 
pués  en  el  International  Monatschrift  (2)  del  Dr.  Krause.  Citemos  tan  sólo  los  he¬ 
chos  que  revisten  algún  alcance  fisiológico. 

a)  Demostración  de  que  las  fibras  del  nervio  óptico  se  terminan  en  las  zonas 
más  periféricas  del  lóbulo,  a  favor  de  arborizaciones  complicadas,  varicosas  y  li¬ 
bres,  las  cuales  se  enlazan  por  contacto  con  los  penachos  protopíásmicos  de  nu¬ 
merosos  corpúsculos  gangliónicos  situados  en  las  zonas  profundas  del  órgano. 

b)  Descubrimiento  de  un  gran  número  de  tipos  morfológicos  de  neuronas, 
entre  ellos  uno  caracterizado  por  ofrecer  un  axon  singular,  de  forma  recurrente  y 
nacido  del  trayecto  de  la  dendrita  radial,  a  gran  distancia  del  soma.  Tales  elemen¬ 
tos,  llamados  corpúsculos  de  axon  en  cayado,  son  muy  interesantes  para  la  teo¬ 
ría,  pues  prueban  perentoriamente  la  conducción  axipeta  de  las  dendritas,  etc. 
(figura  17,  A). 

Sobre  la  anatomía  del  lóbulo  óptico  de  las  aves  aportaron  después  valiosas 
contribuciones  Kolliker,  Van  Gehuchten  y,  sobre  todo,  mi  hermano,  que  consagró 
al  argumento,  según  haremos  notar  en  su  día,  varias  importantes  comunicacio¬ 
nes  (3).  En  resumen,  tales  trabajos  confirmaron  la  conclusión  fundamental  despren¬ 
dida  de  mis  observaciones,  a  saber:  que  también  en  los  centros  sensoriales  los  im- 

(1)  Cajal:  Estructura  del  lóbulo  óptico  de  las  aves  y  origen  de  los  nervios  ópticos.  Revista  trimes¬ 
tral  de  Histología  normal  y  patológica,  l.o  tn2r20  1889  (nútns.  3  y  4).  Barcelona.  Con  dos  litografías. 

(2)  Cajal;  Sur  la  fine  structure  du  lobe  optique  des  oiseaux  et  sur  l’origine  réelle  des  nerfs  optiques. 
Journ.  intern.  d’Anat.  et  de  PTiysiol.,  tomo  VIII,  fase.  9,  1891.  Con  dos  litografías. 

(3)  Mi  hermano  Pedro  Ramón  y  Cajal  confirmó  el  modo  de  terminación  de  las  fibras  ópticas  en  las 
aves,  reptiles,  batracios  y  peces,  aportando  importantísimos  hechos  nuevos  peculiares  de  los  vertebrados 
inferiores.  En  este  punto  su  obra  no  ha  sido  igualada  por  nadie. 


214 


S.  RAMÓN  Y.CAJAL 


pulsos  aferentes  se  propagan  por  contacto  desde  las  fibras  centrípetas  o  retinianas  a 
los  penachos protoplásmlcos  y  cuerpo  celular  de  las  neuronas  centrales. 

La  intensa  labor  de  mi  laboratorio  en  1889  permitió  cosechar  además  tal  cual 
interesante  adquisición  en  otros  órganos  sensoriales  y  hasta  en  tejidos  no  ner¬ 
viosos. 

Entre  estas  escapadas  fuera  de  mis  predilectos  dominios,  merece  consignarse 
la  rotulada:  Nuevas  aplicaciones  del  método  de  coloración  de  Golgi  (1).  Prescindien¬ 
do  de  cosas  menudas,  resaltan  en  este  trabajillo  los  siguientes  hechos: 

a)  Demostración  de  la  continuación  individual  de  la  expansión  profunda  de 
las  bipolares  olfatorias  (corpúsculos  situados  en  la  mucosa  de  este  nombre),  con 
una  sola  fibrilla  axónica  de  los  nervios  de  la  olfacipn  (fig.  18,',  refutándose,  por 
ende,  las  pretendidas  rarnificaciones  mencionadas  en  estas  fibras  por  Ranvier  y 
Castronuovo  (confirmado  después  por  v.  Gehuchten,  Retzius,  Brun,  etc.). 

b)  Se  prueba  la  existencia,  dentro  del  protoplasma  de  las  células  glandulares 
salivales,  de  ramificaciones  delicadas  continuadas  con  los  conductos  secretorios 
(confirmado  y  ampliado  notablemente  por  Retzius,  Müller  y  otros). 

c)  Se  describen,  independientemente  de  Kupffer,  y  mediante  el  cromato  de  pla¬ 
ta,  los  capilares  biliares  del  hígado  de  diversos  vertebrados. 

d)  Se  prueba  que  las  fibras  nerviosas  simpáticas  acaban  libremente  sobre  las 
células  glandulares. 

Otra  de  las  modestas  comunicaciones  aludidas  vió  la  luz  en  una  Revista  profe¬ 
sional,  La  -Medicina  Práctica  (2).  Contiene  un  ensayo  de  interpretación  teórica  de 
la  totalidad  de  ios  hechos  morfológicos  recolectados  en  monografías  anteriores. 
Entre  otros  conceptos,  juzgamos  dignos  de  ser  recordados  los  siguientes: 

a)  Se  repudia  la  nomenclatura  fisiológica  de  las  neuronas  expuesta  por  Golgi. 
Sabido  es  que  este  sabio,  apoyándose  en  observaciones  insuficientes,  agrupó  las 
células  nerviosas  en  dos  grandes  clases:  células  motrices  o  del  tipo  I,  caracteriza¬ 
das  por  exhibir  talla  considerable  y  ofrecer  un  axon  que  conserva  su  individuali¬ 
dad  y  que  se  continúa  con  las  fibras  de. la  substancia  blanca  o  con  las  raíces  mo¬ 
trices;  y  células  sensitivas  o  del  tipo  II,  caracterizadas  por  afectar  de  ordinario  me¬ 
nor  volumen  y  mostrar  un  axon  que,  a  poco  de  su  origen,  pierde  su  individualidad, 
descomponiéndose  en  plena  substancia  gris  en'una  arborización  continuada  con 
la  supuesta  red  difusa  intersticial. 

Habiendo  encontrado  nosotros  ambos  tipos  celulares  de  Golgi  en  la  retina  y  en 
la  mayoría  de  los  centros  nerviosos,  lo  mismo  sensitivos  que  motores,  para  no  pre¬ 
juzgar  mterpretaciones  fisiológicas,  sustituimos  la  citada  nomenclatura  por  esta 
otxSi:  células  de  axon  largo,  esto  es,  participante  en  la  formación  de  los  nervios  y 
de  la  substancia  blanca;  y  células  de  'axon  corto,  arborizado  libremente  en  el  seno 
de  la  substancia  gris. 

b)  Se  hace  de  la  ce7uia  sensorial  o  ú/poZar  una  - categoría  especial  de  neuro¬ 
nas,  estimando  su  expansión  periférica  o  receptora  (bipolar  olfativa,  retiniana,  gan- 
glionar  raquídea)  como  una  rama  dendrítica  o  protoplásmica,  cuya  misión  es  reco¬ 
ger  corrientes  (movimiento  celulípeto),  estableciendo  así  las  bases  de  la  teoría  de 
la  polarización  dinámica,  creada,  ulteriormente,  por  van  Gehuchten  y  nosotros, 
sustituida  más  tarde  por  la  teoría  de  la  polarización  axipeta  hoy  generalmente 
aceptada. 

c)  Se  cita  el  oficio  receptor  de  las  dendritas  de  las  células  mitrales  del  bulbo 
olfatorio,  del  ramaje  protoplásmico  de  las  células  de  Purkinje,  del  de  los  corpúscu¬ 
los  gangliónicos  retiñíanos,  etc. 

d)  Se  formula  la  hipótesis  de  que  la  morfología  y  modo  de  ramificación  del 
axon  guarda  relación  con  el  número  y  forma  de  los  elementos  con  quienes  esta¬ 
blece  contactos,  etc.,  etc. 

(1)  Cajal;  Nuevas  aplicaciones  del  método  de  coloración  de  Golgi.  Gaceta  Médica  Catalana,  1889. 
Con  cuatro  grabados. 

(2)  Cajal;  Conexión  general  de  los  elementos  nerviosos.  La  Medicina  Práctica.  Madrid,  2  de  octu¬ 
bre  de  1889. 


capítulo  Vi 


SXCESIVA  RESERVA  DE  LOS  SABIOS  ACERCA  DE  MIS  TRABAJOS.— PARA  PREVENIR  DES¬ 
CONFIANZAS  DECIDO  mostrar  MIS  PREPARACIONES  AN  i  E  LA  SOCIEDAD  ANATÓ¬ 
MICA  alemana.— EN  BERLÍN  CONTRAIGO  RELACIONES  PERSONALES  CON  LOS 
CÉLEBRES  HISTÓLOGOS  ALBERTO  KOLLIKER,  HIS,  WAlDEYER  Y  OTROS  SABIOS  TU¬ 
DESCOS.— MI  VISITA  AL  LABORATORIO  DE  HISTOLOGÍA  DE  W.  KRAÜSE  EN  GOTTIN- 
GEN.— BREVE  JIRA  P,OR  EL  NORTE  DE  ITALIA.— IMPRESIÓN  PERSONAL  ACERCA  DE 
;  LOS  SABIOS  ALEMANES 


Natural  es  que  todo  autor  aspire  a  la  aprobación,  y  si  es  posible  al  aplau¬ 
so,  de  su  público.  Y  el  mío,  formado  por  limitado  número  de  especialis¬ 
tas,  se  hallaba  en  el  extranjero,  desparramado  por  unas  cuantas  Univer- 
-sidades  alemanas,  francesas,  italianas,  suizas,  inglesas  y  escandinavas.  Para  sentir 
.esa  interior  satisfacción  de  que  hablan  nuestras  ordenanzas  y  seguir  trabajando^ 
con  entusiasmo,  érame  forzoso  persuadir  a  los  sabios  de  buena  voluntad  y  de 
.claro  entendimiento.  Quimérico  fuera  esperar  la  unanimidad  del  aplauso.  ¿Cómo 
iba  yo  a  convencer  a  investigadores  de  antiguo  comprometidos  en  la  defensa  de 
.hechos  erróneos  o  de  hipótesis  gratuitas?  Descontado  tenía  que  mis  ideas  habían 
4e  contrariar  a  los  reticularisias,  y  singularmente  a  la  escuela  de  Golgi.  Y  aunque 
mis  trabajos  de  entonces  contribuyeron  poderosamente  a  divulgar  los  métodos  y 
las  conquistas  positivas  del  profesor  de  Pavía,  la  voluntad  de  los  . sabios  suele  ser 
rtan  paradójica,  que  agradece  más  la  defensa  de  un  error  palmario  generalmente 
difundido  que  la  comprobación  de  un  hecho  nuevo. 

En  el  dominio  del  espíritu  como  en  el  de  la  materia,  la  ley  de  inercia  es  el  gran 
obstáculo  que  es  preciso  superar. 

•Mientras  tanto,  vivía  intranquilo  y  receloso.  Me  alarmaba  un  poco  el  silencio 
aguardado  por  los  autores,  a  quienes  hice  obsequio  de  los  números  de  mi  Revista, 
durante  la  última  mitad  del  año  1888  y  la  primera  de  1889.  Varios  trabajos  recibi¬ 
dos  este  último  año  acerca  de  la  estructura  del  sistema  nervioso,  o  no  me  citaban 
o  lo  hacían  desdeñosamente,  como  de  pasada,  y  sin  conceder  beligerancia  a  mis 
opiniones  (1).  De  la  consulta  de  las  Revistas  alemanas  saqué  la  impresión  de  que 
la  mayoría  de  los  histólogos  ni  me  había  leído.  Verdad  que  el  español  es  una 
lengua  desconocida  de  los  sabios. 

(1)  Aun  en  1890,  M.  von  Lenhossék,  Profesor  de  Basilea,  con  ocasión  de  una  Memoria  consagrada  al 
raíces  posteriores  de  la  médula  espinal,  hacía  acerca  de  mis  conclusiones  las  siguientes 
reservas;  “Resulta  muy  sorprendente— alude  a  la  bifurcación  de  las  raíces  sensitivas— que  hecho  tan  car¬ 
dinal  no  haya  sido  sorprendido  por  nadie,  no  obstante  haber  sido  la  .médula  explorada  desde  hace  cin- 
.cuenta  años  en  todas  direcciones  y  con  todos  los  métodos.  Cuando,  según  ocurre  en  los  ganglios  raqui- 


216 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Pero  yo  deseaba  persuadir  a  todo  trance.  Me  sublevaba  ante  la  idea  de  pasar 
por  iluso  o  por  farsante,  A  dos  recursos  apelé  para  ganar  la  confianza  de  los  auto¬ 
res  imparciales;  Fué  el  primero  traducir  mis  principales  monografías  neurológicas 
al  francés,  publicándolas  en  las  Revistas  alemanas  más  autorizadas;  consistió  el 
segundo  en  mostrar  personalmente  a  los  sabios  m^s  mejores  preparaciones  y  core 
ellas  asentar  la  legitimidad  de  mis  juicios. 

Las  traducciones  se  iniciaron  en  1889  y  continuaron  el  90  y  siguientes.  La  Re-' 
vista  mensual  internacional  de  mi  amigo  el  Dr,  W.  Krause  insertó  dos  Memorias: 
una  consagrada  a  la  organización  del  cerebelo  (1),  y  otra  al  estudio  del  lóbulo  ópti¬ 
co  de  las  aves  (2).  En  ambas  se  contienen  algunos  hechos  nuevos,  además  de  los 
aparecidos  en  la  Revista  trimestral;  porque  yo  suelo  continuar  trabajando  en  ef 
Laboratorio  aun  durante  la  corrección  de  las  pruebas.  El  profesor  Carlos  Bardele- 
ben,  de  Jena,  con  quien  entablé  correspondencia,  otorgó  también  cordial  horpita- 
lidad  en  su  entonces  recién  creado  Anatomischer  Anzeiger,  a  las  comunicaciones 
relativas  a  la  retina  de  las  aves  (3)  y  a  la  fina  estructura  de  la  médula  espinal  (4). 

Las  referidas  traducciones  dieron  a  conocer  lo  más  esencial  de  mis  aportacio¬ 
nes  científicas;  empero  ellas  por  sí,  aun  ilustradas  con  láminas  escrupulosamente 
copiadas  del  natural,  no  me  hubieran  granjeado  muchos  secuaces.  Estos  vinie¬ 
ron  gracias  al  empleo  del  segundo  recurso  citado:  la  demostración  objetiva 
directa.  Nada  convence  como  los  hechos  vistes,  sobre  todo  cuando  son  claros  y 
categóricos. 

A  este  propósito  solicité  formar  parte  de  la  Sociedad  anatómica  alemana,  donde- 
figuraban  anatómicos,  histólogos  y  embriólogos  de  muchas  naciones,  singular¬ 
mente  de  la  Confederación  germánica  y  de  Austria-Hungría.  Dicha  Corporación  se- 
congregaba  cada  año  en  una  ciudad  universitaria  diferente.  Durante  las  sesiones^ 
los  congresistas  debatían  problemas  anatómicos  de  actualidad;  mostraban,  en- 
apoyo  de  sus  doctrinas,  las  preparaciones  macromicroscópicas  obtenidas;  se  co-' 
municaban  los  detalles  de  los  métodos  usados;  en  suma,  señalábanse  a  los  apa¬ 
sionados  de  la  investigación  las  direcciones  fecundas  y  los  filones  recién  abiertos- 
ala  explotación  científica.  En  fin,  paralelamente  a  las  tareas  del  Congreso,  Ios- 
fabricantes  exponían  las  recientes  creaciones  de  instrumentos  de  observación  y 
experimentación. 

Mucho  se  ha  abusado  después  de  los  congresos  científicos  internacionales. 
Con  todo,  las  reuniones  de  especialistas  ofrecen  ventajas  incontestables  a  los 
amantes  del  Laboratorio.  En  ellas  se  exhiben  los  métodos,  y  se  conocen  los  sabios. 

déos,  existe  positivamente  una  división  en  Y  de  las  fibras  nerviosas,  el  hecho  resulta  perfectamente  com¬ 
probable,  conforme  establecieron  las  observaciones  de  Ranvier,  Stannius,  Kuttner,  etc.“ 

Poco  tiempo  después,  Lenhossék  se  rindió  a  la  evidencia,  viniendo  a  ser  un  adepto  convencido  de 
mis  ideaa,  que  ilustró  con  interesantes  hallazgos  en  diferentes  provincias  del  sistema  nervioso.  Pero  sa¬ 
bios  de  la  nobleza  de  carácter  del  neurólogo  húngaro  no  abundan,  por  desgracia.  Véase  Lenhossék 
ñinterwurzel  und  Rinterstrange.  Mitheilung  aus  dem  Anatomisch.  Institut.  im  Vesalianum,  zu- 
Basel,  1890. 

(1)  Cajal:  Sur  1  origine  et  la  direction  des  prolongations  nerveuses  de  la  conche  moléculaire  du  cer- 
velet.  Intern.  Monatschrift.  f.  Anat.  u.  Phys.  Bd.  VI,  Heft.  4u.  5, 1889.  Con  3  planchas  litografladas,. 
que  contienen  muchas  figuras. 

(2)  Cajal:  Sur  la  fine  strncture  da  lobe  optique  des  oiseaux  et  sur  l’origine  réeUe  des  nerfs  optiques. 
Journ  intem.  d’Anat,  et  de  Physiol.  Volumen  VH,  fase.  9, 1891.  Con  dos  láminas  litografiadas. 

(3)  Cajal;  Sur  la  morphologie  et  les  connexions  des  élements  de  la  rénne  des  oiseaux.  Anatontiacher 
Anseiger,  núm.  4, 1889.  Con  4  figuras. 

(4)  Cajal:  Sur  l’origine  et  les  ramificatíons  des  fibres  nerveuses  de  la  moelle  embryonnaire.  Anato- 
miscTier  Anzeiger.  núm.  3,  1890.  Con  8  figuras. 


RECtTERDOS  DE  ?vll  VID4 


217 


Mucho  es  comprobar  de  visu  el  rendimiento  analítico  máximo  de  un  proceder  en 
manos  de  su  inventor;  pero  vale  aún  más  intimar  espiritual  y  cordialmente  con  loS- 
inventores.  Excelente  táctica  resulta  cultivar  la  amistad  y  asegurarse  la  benevo¬ 
lencia  de  aquellos  con  quienes,  por  afinidad  de  gustos,  se  habrá  de  dialogar  f 
acaso  contender  en  noble  y  amistosa  controversia.  Sólo  el  trato  modera  y  suavizar 
las  actitudes  ariscas  del  chauvinismo-,  merced  a  él,  émulos  y  rivales  pertenecien^ 
tes  a  países  diversos,  acaban  por  comprenderse  y  estimarse,  adquiriendo  al  fin 
plena  conciencia  de  que  son  colaboradores  y  camaradas  en  obra  magna  y  común; 
llena  de  dificultades  y  de  tenebrosos  arcanos. 

La  referida  Sociedad  anatómica  celebraba  aquel  año  de  1889  sus  sesiones  en  la^ 
Universidad  de  Berlín,  durante  la  primera  quincena  de  octubre.  Obtenido  el  per¬ 
miso  del  Rector  (26  de  septiembre  de  1889)  para  tomar  parte  en  las  tareas  del 
susodicho  Congreso,  reuní  ai  efecto  todos  mis  escasos  ahorros,  y  rae  encaminé,-. 
lleno  de  esperanzas,  a  la  capital  del  Imperio  germánico.  En  el  camino  giré  algunas 
instructivas  visitas  a  las  ciudades  universitarias  de  Lyon  y  Ginebra  y  a  la  de- 
Francfort,  sobre  el  Mein,  población  desprovista  de  Universidad,  pero  próvida  en 
sabios  de  primer  orden.  En  ella  conocí  al  célebre  neurólogo  C.  Weigert,  autor  de 
valiosos  métodos  de  teñido  del  tejido  nervioso;  a  Edinger,  la  mayor  autoridad  en 
neurología  comparada,  y,  en  fin,  a  Ehrlich,  inventor  del  proceder  tintóreo  de  su 
nombre,  y  que,  andando  el  tiempo,  había  de  obtener  el  premio  Nobel  como  galar¬ 
dón  de  sus  grandes  descubrimientos  en  los  dominios  de  la  Bacteriología  y  Sero- 
terapia. 

Excusado  es  decir  que  mis  colegas  del  Congreso  anatómico  me  dispensaron' 
acogida  ccrtés.  Había  en  ella  algo  de  sorpresa  y  de  curiosidad  expectante.  Les 
chocaba,  sin  duda,  encontrar  un  español  aficionado  a  la  ciencia  y  espontánea¬ 
mente  entregado  a  las  andanzas  de  la  investigación.  Acabadas  las  lecciones  ora¬ 
les,  a  que  consagré,  a  causa  de  mi  impaciencia,  poca  atención,  vinieron  las  demos¬ 
traciones. 

Desde  muy  temprano  me  instalé  en  la  sala  laboratorio  ad  hoc,  donde  en  largas- 
mesas  y  enfrente  de  amplios  ventanales,  brillaban  numerosos  microscopios.  Des¬ 
embalé  mis  preparaciones;  requerí  dos  o  tres  instrumentos  amplificantes,  además 
de  mi  excelente  modelo  Zeiss,  traído  por  precaución;  enfoqué  los  cortes  más 
expresivos  concernientes  a  la  estructura  del  cerebelo,  retina  y  médula  espinal,  y, 
en  fin,  comencé  a  explicar,  en  mal  francés,  ante  los  curiosos,  el  contenido  de  mis- 
preparaciones.  Algunos  histólogos  me  rodearon;  pocos,  porque,  según  ocurre  en 
tales  certámenes,  cada  congresista  atiende  a  lo  suyo;  después  de  todo,  natural  es 
que  se  prefiera  enseñar  lo  propio  a  examinar  lo  ajeno  (1). 

Entre  los  que  más  interés  mostraron  por  mis  demostraciones,  debo  citar  a  His 

(1)  Acaso  interese  al  lector  la  transcripción  de  algunos  párrafos  alusivos  a  mis  demostraciones  de- 
Berlín,  tomados  del  discurso  del  célebre  neurólogo  van  Gehuchten,  discurso  leído  en  1913  con  ocasión  de  - 
la  solemne  fiesta  celebrada  en  Lovaina  en  conmemoración  del  25  año  de  profesorado  de  dicho  sabio. 

«Los  hechos  descritos  por  Cajal  en  sus  primeras  publicaciones  resultaban  tan  extraños,  que  los  histó¬ 
logos  de  la  época— no  pertenecimos  felizmente  a  este  número— los  acogieron  con  el  mayor  escepticismo. 
La  desconfianza  era  tal,  que  en  el  Congreso  de  Anatómicos  celebrado  en  Berlín  en  1889,  Cajal,  que  llegó' 
a  ser  después  el  gran  histólogo  de  Madrid,  enéontrábase  solo,  no  suscitando  en  torno  suyo  sino  sonrisas- 
incrédulas.  Todavía  creo  verlo  tomar  aparte  a  Kólliker,  entonces  maestro  incontestable  de  la  Histología- 
alemana,  y  arrastrarlo  a  un  rincón  de  la  sala  de  demostraciones,  para  mostrarle  en  el  microscopio  sus  • 
admirables  preparaciones  y  convencerle  al  mismo  tiempo  de  la  realidad  de  los  hechos  que  pretendía 
haber  descubierto.  La  demostración  fué  tan  decisiva  que,  algunos  meses  más  tarde,  el  histólogo  de  Würz' 
burgo  confirmaba  todos  los  hechos  afirmados  por  Caja!.»  Véase:  LeNeuraxe;  Livre  Jubilaire,  vol.  XIV ' 
y  XV,  1913. 


:218  s.  RAMÓN  Y  CAJAL 

Schwalbe,  Retzius,  Waldeyer,  y.  singularmente  a  Kólliker.  Según  era  de  presumir, 
estos  sabios,  entonces  celebridades  mundiales,  iniciaron  su  examen  con  más 
escepticismo  que  curiosidad.  Sin  duda  esperaban  un  fiasco.  Mas  cuando  hubieron 
desfilado  ante  sus  ojos,  en  cortejo  de  imágenes  clarísimas  e  irreprochables,  el 
axún  de  los  granos  del  cerebelo,  las  cestas  pericelulares,  las  fibras  musgosas  y  tre¬ 
padoras,  las  bifurcaciones  y  ramas  ascendente  y  descendente  de  las  raíces  sensiti¬ 
vas,  las  colaterales  largas  y  cortas  de  los  cordones  de  substancia  blanca,  las  termi¬ 
naciones  de  las  fibras  retinianas  en  el  lóbulo  óptico,  etc.,  los  ceños  se  desfruncie¬ 
ron.  Al  fin,  desvanecida  la  prevención  hacia  el  modesto  anatómico  español,  las 
felicitaciones  estallaron  calurosas  y  sinceras. 

Me  asediaban  a  preguntas  acerca  de  las  condiciones  técnicas  en  cuya  virtud 
semejantes  preparados  habían  sido  obtenidos.  «Nosotros  hemos  ensayado  reite¬ 
radamente— me  decían— el  método  de  Golgi  y  sólo  hemos  conseguido  decepciones 
y  fracasos.»  Entonces  Ies  expuse,  en  un  francés  chabacano,  menuda  y  paciente¬ 
mente,  todos  los  pequeños  secretos  de  manipulación  de  la  reacción  cromo- argén¬ 
tica;  señalé  las  edades  y  condiciones  de  los  embriones  y  animales  más  favorables 
al  logro  de  buenos  preparados,  e  indiqué  las  reglas  prácticas  encaminadas  a  ami¬ 
norar  en  lo  posible  el  carácter  aleatorio  del  método,  etc. 

El  más  interesado  de  mis  oyentes  fué  A.  Kólliker,  el  venerable  patriarca  de  la 
Histología  alemana.  Al  final  de  la  sesión,  condújome  en  carruaje  al  lujoso  hotel  en 
que  se  alojaba;  me  convidó  a  comer;  presentóme  después  a  los  histólogos  y  em¬ 
briólogos  más  notables  de  Alemania,  y  en  fin,  se  desvivió  por  hacerme  agradable  la 
-estancia  en  la  capital  prusiana. 

—Los  resultados  obtenidos  por  usted  son  tan  bellos— me  dijo—,  que  pienso 
emprender  inmediatamente,  ajustándome  a  la  técnica  de  usted,  una  serie  de  tra¬ 
bajos  de  confirmación.  Le  he  ífescaó/erío  a  usted,  y  deseo  divulgar  en  Alemania 
mi  descubrimiento  (1). 

Y,  en  efecto,  durante  los  años  de  1890  y  siguientes,  aparecieron  en  diversos 
Archivos  alemanes,  y  singularmente  en  el  Zeitschrift.  f.  wissenschafliche  Zoologie— 
de  que  el  Dr.  Kólliker  era  director— una  serie  de  magníficas  monografías  sobre  el 
cerebelo  (2),  la  médula  espinal  (3),  el  bulbo  (4),  el  lóbulo  óptico,  etc.  En  ellas  no 
sólo  se  confirmaban,  según  había  prometido,  mis  modestas  conquistas  científicas, 
sino  que  se  ampliaban  y  perfeccionaban  notablemente,  exornándolas  además  con 
ingeniosas  interpretaciones  fisiológicas. 

Yo  estoy  vivamente  agradecido  al  insigne  maestro  de  Würzburgo.  Sin  duda 
que  la  verdad  se  habría  abierto  al  fin  camino.  Mas  a  la  gran  autoridad  de  Kólliker 
se  debió  el  que  mis  ideas  fueran  rápidamente  difundidas  y  apreciadas  por  el  mun¬ 
do  sabio.  Por  honrosa  excepción  entre  los  grandes  investigadores,  juntaba  Kólli¬ 
ker,  a  un  gran  talento  de  observación  asistido  de  infatigable  laboriosidad,  modes¬ 
tia  encantadora  y  rectitud  y  serenidad  de  juicio  excepcionales.  Al  insigne  maestro 
bávaro  aludía  yo,  especialmente,  cuando,  en  capítulos  anteriores,  al  deplorar  el 

(1)  En  carta  recibida  poco  después  de  mi  regreso  a  Barcelona,  repite  KSIlikerla  promesa: 

aVous  avez  un  grand  merite— me  decía— d’avoir  employé  le  procédé  du  chromate  d’argent  rapide 
dans  les  jeunes  animaux  et  dans  les  embiyons.  Ainsi  ne  manquerais-je  de  faire  ressortir  vos  admirables 
travaux,  en  me  réjuissant  que  le  premier  hislologue  que  l’Espagae  a  produit  soit  un  homme  aussi  distin- 
^ué  que  vous  et  tout  á  fait  á  l’hauteur  dé  la  Science.— (Würzburgo,  16  de  noviembre  de  1889).ii 

(2)  Kolljeer;  Ziir  feineren  Anatomie  dea  centrálen  Nervensystema.  Ersters  Beitrag:  Das  EleinTiirn. 
Zeitsch.  f.  wissenschaff,  Zoologie.  Bd.  49,  H.  IV,  1890. 

(3)  Ibid.:  Das  Rückenmarlc  Zeitsch.  f.  wiss.  Zool.  Bd.  51,  H.  I,  1890. 

,  (4)  Ibid.:  Der  feinere  Bau  des  verlángerten  Marques.  Anat.  Anzeiger.  Bd.  VI,  núms.  14  y  15, 1891. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


219 


^egotismo  y  engreimiento  intolerables  de  ciertos  hombres  de  ciencia,  declaraba  que 
los  había  también  sapientísimos,  al  par  que  rectos,  impai  ciales  y  honrados. 

Sacrificaba  tan  poco  en  el  altar  de  la  altiva  consecuencia,  que,  habiendo 
sido  partidario  de  la  teoría  reticular,  la  abandonó  radicalmente,  adaptándose  con 
flexibilidad  juvenil  a  las  nuevas  concepciones  del  contacto  y  de  la  independencia 
morfológica  de  las  neuronas.  En  su  afecto  hacia  mí,  llevó  la  benevolencia  hasta 
aprender  el  español  para  leer  mis  primeras  comunicaciones.  Más  tarde  culminó  su 
noble  modestia,  traduciendo  personalmente  para  su  Zeitschrift  f.  wissensch.  Zool. 
el  texto  de  un  trabajo  mío  sobre  el  Asía  de  Ammon,  etc.  Por  todo  ello  y  por  otras 
muchas  pruebas  de  afecto,  testimoniadas  en  cartas  y  publicaciones,  conservo  del- 
. glorioso  maestro  recuerdo  imborrable  y  gratitud  profunda. 

En  el’  Congreso  de  Berlín  tuve  también  el  honor  de  tratar  al  ilustre  Gustavo 
Retzius,  profesor  de  Anatomía  de  Stokolmo,  uno  de  los  investigadores  más  saga¬ 
ces,  laboriosos  y  concienzudos  que  he  conocido;  a  W.  His,  el  gran  embriólogo  de 
Leipzig,  de  quien  ya  hice  memoriá  en  el  capítulo  anterior;  a  Waldeyer,  el  maestro 
venerado  de  la  Anatomía  e  Histología  alemanas,  catedrático  en  la  Universidad  de 
Berlín;  a  van  Gehuchten,  joven  y  ya  brillante  profesor  de  la  Universidad  de  Lo- 
vaina,  con  el  cual  había  mantenido  ya  correspondencia  con  ocasión  de  nuestros 
trabajos  sobre  la  fibra  muscular,  y,  en  fin,  a  Schwalbe,  C.  Bardeleben  y  otros  ana¬ 
tómicos- renombrados.  De  algunos  de  ellos,  convertidos  luego  en  benévolos  patro¬ 
cinadores  de  mis  ideas,  me  ocuparé  en  el  próximo  capítulo. 

De  regreso  de  Berlín,  hice  escala  en  la  pequeña  ciudad  de  Gotinga,  donde  tuve 
el  gusto  de  abrazar  a  mi  amigo  el  Dr.  W.  Krause.  En  su  compañía  pasé  tres  o  cuatro 
días  deliciosos.  Mostróme  lo  más  importante  de  la  ciudad,  sobre  todo  ios  museos 
y  laboratorios  de  la  Universidad;  me  presentó  a  un  colega  suyo,  gran  colecciona¬ 
dor  de  cuadros  y  admirador  de  la  pintura  española  (estaba  encantado  de  un  Veláz- 
^quez  harto  dudoso  que  pretendía  poseer),  el  cual  nos  agasajó  con  suntuoso  ban¬ 
quete;  y,  en  fin,  me  acompañó  a  su  laboratorio  oficial,  instalado  por  cierto  en 
modesta  casa  de  vecindad,  y  enciende  trabajaban  algunos  pocos  discípulos  en 
medio  de  un  material  e  instrumental  nada  lujoso,  pero  suficiente.  Excusado  es 
decir  que  rae  apresuré  a  mostrar  al  Dr.  Krause  mis  preparaciones,  y  aun  le  regalé 
■  algunas;  las  referentes  a  la  retina,  tema  en  que  predilectamente  se  ocupaba,  le 
interesaron  vivamente. 

En  nuestras  conversaciones  de  sobremesa  cambiamos  noticias  .  acerca  de  la 
•organización  de  nuestras  respectivas  Universidades.  Llenóme  de  asombro  el  saber 
que  los  profesores  eran  escogidos  casi  libremente,  sin  oposición  ni  concurso.  Me 
chocó  también  la  ausencia  de  plan  uniforme  de  enseñanza,  y  algo  así  como  el 
abandono  sistemático  de  ese  espíritu  de  unidad  y  centralización,  tan  gratos  en 
España,  por  imitación  servil  de  la  organización  universitaria  francesa.  Cada  cien¬ 
cia  tenía  su  hogar  propio,  que  recibía  el  nombre  del  Instituto,  comprensivo  de  la 
cátedra,  laboratorio  para  el  profesor  y  sus  discípulos,  la  biblioteca,  etc.  Nada  de 
exámenes,  si  no  es  al  final  de  la  carrera.  En  fin,  los  profesores,  distinguidos  en 
categorías  de  docente  privado,  profesor  extraordinario  y  profesor  numerario,  en 
vez  de  ajustarse  a  nómina  equitativa,  eran  remunerados  por  el  Estado  y  la  ciu¬ 
dad,  según  sus  méritos,  amén  de  recibir  también  honorarios  de  sus  alumnos. 

¡Supresión  de  exámenes,  autonomía  universitaria,  retribución  por  los  alumnos, 
ingreso  sin  oposición  y  sin  concurso  y,  frecuentemente,  por  una  especie  de  con¬ 
trata!...  He  aquí  un  conjunto  de  reformas  que,  aplicadas  a  España,  país  clásico  de 
3a  rutina  y  del  favoritismo,  nos  harían  retroceder  antes  de  diez  años  al  estado 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


salvaje.  Por  algo  ha  dicho  Paulsen  que  cada  país  posee  el  régimen  universitario- 
que  necesita,  es  decir,  el  mejor  posible,  dado  el  estado  de  la  ética  sociaj. 

Después  de  este  descanso  en  una  apacible  y  pequeña  Universidad  alemana, 
tan  fértil  en  grandes  sabios  como  limpia  de  intrigas  y  ambiciones,  proseguí  lab 
viaje  de  regreso.  Visité  rápidamente  la  pintoresca  Lucerna  y  el  poético  lago  de 
los  Cuatro  Cantones;  crucé  los  Alpes  por  el  San  Gotárdo,  sintiendo  en  el  alma  que 
la  escasez  de  mis  recursos  no  me  permitiera  detenerme  en  la  contemplación  de 
aquellos  incomparables  panoramas,  y  en  fin,  recorrí  el  Norte  de  Italia,  particular¬ 
mente  Turín,  Pavía  y  Génova,  famosas  ciudades  universitarias. 

En  Turín  tuve  el  gusto  de  conocer  personalmente  al  insigne  histólogo  italiano 
Julio  Bizzozero  y  al  no  menos  célebre  profesor  Angelo  Mosso.  Recuerdo  que  sus 
sendas  cátedras  y  laboratorios  estaban  instalados  en  un  viejo  convento,  en  loca¬ 
les  poco  apropiados.  Quise  averiguar  cuáles  eran  los  recursos  de  la  Universidad 
y  los  sueldos  de  los  Profesores,  y  me  encontré  con  dos  sorpresas;  la  primera,  que 
el  profesorado  italiano,  con  valer  mucho,  ganaba,  poco  más  que  el  nuestro  (el* 
sueldo  límite  para  los  más  antiguos  era  de  10.000  liras),  con  un  rendimiento  do¬ 
cente  y  científico  infinitamente  superior;  la  segunda,  que,  inspirándose  en  altos 
móviles  de  patriotismo  y  de  amor  a  la  ciencia,  las  Corporaciones  populares  (como 
si  dijéramos  el  Ayuntamiento  y  la  Diputación  provincial)  y  personajes  opulentos, 
añadían,  ai  modesto  crédito  consignado  para  material  en  los  presupuestos  del 
Estado,  donativos  cuantiosos  destinadas  a  experimentos  científicos.  Una  Junta 
mixta  de  próceres  y  de  autoridades  administraba  estos  fondos  supletorios,  según 
las  necesidades  de  cada  Cátedra  y  de  cada  Profesor. 

He  aquí  una  conducta  que  causará  estupor  a  nuestros  Municipios  y  Diputacio¬ 
nes,  tan  bien  hallados  con  el  cerril  y  antipatriótico  cantonalismo  corporativo. 
Aparte  los  altos  fines  educativos  y  culturales,  la  Universidad  y.  demás  Institucio¬ 
nes  oficiaíes  representan  para  la  ciudad,  al  par  que  un  gran  prestigio,  un  no- 
despreciable  provecho.  Ya  que  no  por  solidaridad  y  amor  a  la  ciencia,  por  egoísmo- 
y  emulación  bien  entendidos,  deberían  las  citadas  Corporaciones  acudir  en  ayuda 
del  Estado,  costeando  nuevas  enseñanzas,  mejorando  las  existentes  y  fomentando, . 
en  fin,  el  espíritu  de  investigación.  Pero  estas  verdades  tan  claras  y  sencillas^ 
¿podrían  penetrar  siquiera  en  las  compactas  cabezas  de  nuestros  ediles  o  en  los 
cerebros  no  menos  ebúrneos  de,  nuestros  potentados? 

En  Pavía  no  tuve  el  gusto  de  encontrar  al  ilustre  profesor  Camilo  Golgi.  Estaba 
en  Roma,  adonde  le  llevaban  en  ciertas  épocas  del  año  sus  iniciativas  de  senador. 
Notemos  de  pasada  que  en  Italia  los  sabios  más  renombrados  suelen  recibir, 
entre  otras  recompensas,  la  investidura  de  miembros  de  la  Alta  Cámara.  Contra¬ 
rióme  mucho  la  ausencia  del  maestro.  Doy  por  seguro  que,  de  haber  podido  mos¬ 
trarle  mis  preparaciones  y  rendirle  al  mismo  tiempo  mis  sentimientos  de  admira¬ 
ción,  hubiéranse  evitado,  para  lo  futuro,  polémicas  y  equívocos  enfadosos. 

En  fin,  tras  una  visita  rápida  a  Génova,  donde  fui  muy  bien  recibido  por  eh 
profesor  de  Anatomía,  tomé  la  vuelta  de  Marsella  y  regresé  a  Barcelona. 


De  esta  rápida  excursión  por  las  Universidades  extranjeras  saqué  la  convic¬ 
ción  profunda  de  que  la  superioridad  cultural  de  Alemania,  Francia  e  Italia  no 
estriba  en  las  Instituciones  docentes,  sino  en  los  hombres.  Lo  he  dicho  ya:  ios  re¬ 
cursos  materiales  de  que  disponían  sabios  insignes,  pareciéronme  poco  superiores 
a  los  nuestros,  y  en  algún  caso,  notoriamente  inferiores.  Encuéntranse  a  menudo- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


221 


•en  Alemania  Privat  docent,  ilustrado  con  grandes  descubrimientos,  y,  sin  embar- 
.^0,  atenido  durante  muchos  años  a  retribuciones  que  desdeñarían  nuestros  auxi¬ 
liares.  Pero  hay  otro  hecho  todavía  más  significativo:  Con  relativa  frecuencia  (este 
fenómeno  se  da  también  en  Inglaterra),  la  Universidad  llama  a  su  seno  a  investi¬ 
gadores  geniales,  que  se  formaron  solos,  en  localidades  apartadas,  teniendo  por 
laboratorio  un  desván  y  sin  más  recursos  que  las  modestas  economías  del  médico 
de  aldea. 

Bien  se  ve,  pues,  que  en  los  países  del  Norte,  aparte  las  formas  de  la  organi¬ 
zación  docente,  existe  una'causa  general  y  profunda  de  florecimiento  cultural.  El 
vaso  parece  a  veces  de  tosco  barro;  pero  la  esencia  suele  ser  exquisita. 

¿Cuál  es  esta  esencia?  Fuera  inoportuno  estudiar  aquí  de  pasada  las  condicio¬ 
nes  complejas  de  la  grandeza  científica  alemana.  Y  además,  nada  nuevo  podríamos 
•decir.  Limitémonos  a  consignar  no  más  mis  impresiones  de  entonces. 

La  cultura  superior  parecióme  fruto  complejo  de  la  educación  individual  y  so¬ 
cial.  En  la  Universidad  se  enseña  a  trabajar;  pero  el  ambiente  social,  obra  del  Es- 
dado,  enseña  algo  mejor:  el  respeto  y  la  admiración  hacia  el  hombre  de  ciencia.  De 
nada  servirá  que  el  universitario  reciba  una  cultura  técnica  eficiente  y  con  ella  el 
ansia  noble  y  patriótica  de  colaborar  en  la  obra  común  de  la  civilización,  si,  al 
mismo  tiempo,  no  contempla  en  torno  suyo  menospreciada  la  pereza,  aborrecidas 
la  farsa  y  la  intriga,  galardonado  el  mérito  superior  y  reverenciado  el  genio. 

¡Educación  y  justicia,  en  fin!...  He  aquí  el  secreto. 


CAPITULO  Vil 


MI  ACTIVIDAD  CONTINÚA  EN  AUMENTO.— ALGUNOS  ESTUDIOS  SOBRE  EL  DESARRO 
LLO  DEL  SISTEMA  NERVIOSO  (MÉDULA  Y  CEREBELO).-CURIOSa  DISPOSICIÓN  EN 
LAS  FIBRAS  MUSCULARES  DE  LOS  INSECTOS.-MIS  EXPLORACIONES  EN  EL  BULBO 
OLFATORIO  JUSTIFICAN  PLENAMENTE  LA  DOCTRINA  DEL  CONTACTO  —RAI  LAZOOS 
CEREBRAL  DE  LOS  MAMÍFEROS.-MOvÍmIENTO 
BIBLIOGRÁFICO  SUSCIfADO  POR  MIS  INVESTIGACIONES.-SABIOS  INSIGNES  QUE 
IDEAS.-ALGUNOS  CONTRATIEMPOS  Y' 


Fueron  los  años  de  1890  y  1891  períodos  de  inten.sa  labor  y  de  gratísimas  sa- 

halladoTfin  ^olliker  y  persuadido  de  haber 

^  ^  \  camino,  entreguéme  al  trabajo  con  verdadero  furor  No 

pa  ece  smo  que  deseaba  convencer  con  la  masa  aplastante  de  mis  comunTcacfo- 
me  monografías,  sin  contar  las  traducciones  Hov 

nadnreTT^  f  devoradora,  que  desconcertaba  hasta  a  los  investi¬ 

gadores  alemanes,  los  mas  laboriosos  y  pacientes  del  orbe.  Mi  tarea  comenzaba  a 
as  nueve  de  la  manana  y  solía  prolongarse  hasta  cerca  de  media  noche  Y  lo  más 

cas  incomparables.  En  él  hallaron,  al  fin,  mis  instintos  estéticos  plena  satisfac 
Clon.  iComo  el  entomólogo  a  caza  de  mariposas  de  vistosos  matices  mi  atención 
perseguía,  en  el  vergel  de  la  substancia  gris,  células  de  formas  deÜcadTs  v  e“gán- 
tes,  laS  misteriosas  mariposas  del  alma,  cuyo  batir  de  alas  nuién  caho  ^  f 
cerá  algún  día  el  secreto  de  la  vida  mentaíír  ^ 

De  cualquier  modo,  la  admiración  ingenua  de  la  forma  rpluiar  ^ 

de  mis  solaces  más  gratos.  Porque,  aun  desde  el  puntoTvistfe^ 
el  tejido  nervioso  cautivadores  atractivos  ;Hav  en  nuestmc  r» 
más  elegante  y  frondoso  que  el  corpúsculo  de  Purkinje  del^ceTbdo^lT^ 
psíquica,  es  decir,  la  famosa  pirámide  cerebraP  Los  esn ^  l 
forzosamente  fragmentarios,  donde  parecen  resne^^^  figuras  4  y  8, 

tectura  del  cerebelo  y  la  de  la  retina  apegas 

y  la  elegante  variedad  de  la  floresta  nerviosa^  suprema  belleza 

¡Y  luego  es  tan  dulce,  tan  confortadora  la  emoción  óp  m  ,  r.  , 
suavemente  acariciador  para  la  vanidad  o  el  orgullo  (debilidades  humfníst nías 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


223 


cuales  debe  contarse  siempre)  el  sentimiento  un  poco  egolátrico  de  descubrir  islas 
recónditas  o  formas  virginales  que  parecen  esperar,  desde  el  principio  del  mundo, 
un  digno  contemplador  de  su  belleza! 

¡Cuántas  veces,  durante  aquellos  años  de  fiebre  investigadora,  me  desveló  la- 
emoción  del  hecho  recién  descubierto!  ¡Cuán  a  menudo,  tras  una  tarea  agotante  y 
un  letargo  profundo,  de  esos  que,  liquidando  atrasos  fisiológicos,  limpian  de  nu¬ 
bes  la  pizarra  cerebral,  surgió  con  la  aurora,  como  escrita  por  invisible  mano,  la 
solución  a  un  problema  de  morfología  o  de  conexión  ansiosamente  perseguido!... 
Hoy  no  me  explico  bien  cómo  aquella  tensión  continua  del  intelecto  y  aquella  dia¬ 
ria  inquietud  espiritual  no  trastornaron  mi  salud.  Sin  duda  la  satisfacción  sobera¬ 
na  de  hacer  algo  útil  constituye  tónico  dinámico  de  primer  orden. 

No  quisiera  mortificar  al  lector  hablándole  menudamente  de  mis  trabajos.  Que 
si  el  narrar  es  placer,  el  escuchar  es  paciencia,  y  a  veces  molestia  y  desabrimien¬ 
to,  Brevemente,  pues,  y  en  estilo  casi  telegráfico,  daré  cuenta  de  la  labor  cum¬ 
plida  en  1890 . 

En  mi  fuero  interno,  estimo  como  lo  mejor  de  mi  labor  dé  entonces  las  obser¬ 
vaciones  consagradas  a  la  neurogenia,  es  decir,  al  desarrollo  embrionario  del  sis¬ 
tema  nervioso.  Perdóneseme  si,  a  pesar  de  mi  promesa  de  laconismo,  señalo  aquí 
algunos  antecedentes. 

«Puesto  que  el  cromato  de  plata  proporciona  en  los  embriones  imágenes  más 
instructivas  y  constantes  que  en  el  adulto,  ¿por  qué  no  explorar— me  decía— cómo 
se  modela  y  complica  sucesivamente  la  célula  nerviosa,  desde  su  fase  germinal, 
exenta  de  expansiones,  según  demostró  His,  hasta  su  estado  adulto  y  definitivo? 
En  esta  trayectoria  evolutiva,  ¿no  se  revelará  quizás  algo  así  como  un  eco  o  reca¬ 
pitulación  de  la  historia  dramática  vivida  por  la  neurona  en  sus  milenarias  andan¬ 
zas  al  través  de  la  serie  animal?» 

Con  este  espíritu  puse  manos  a  la  obra,  primero  en  los  embriones  de  pollo 
después  en  los  de  mamífero.  Y  tuve  la  satisfacción  de  sorprender  las  primeras- 
mutaciones  de  la  neurona,  desde  los  tímidos  ensayos  de  creación  de  expansiones 
frecuentemente  rectificadas  y  hasta  reabsorbidas,  hasta  la  organización  definitiva 
del  áxon  y  dendritas.  Y,  en  armonía  con  el  principio  biogenético  fundamental  de 
Haeckel,  hallé  que  la  célula  nerviosa  repite  en  su  evolución  individual,  con  algu¬ 
nas  simplificaciones  y  omisiones,  las  formas  permanentes  descubiertas  por  Ret- 
zius  y  Lenliossék  en  los  ganglios  de  ios  invertebrados. 

Excusado  es  decir  que  si  el  problema  de  la  morfología  neuronal  aparecía  obs-- 
curo  antes  de  la  publicación  de  los  memorables  trabajos  de  Golgi,  el  de  la  onto¬ 
genia  presentábase  todavía  más  tenebroso.  A  guisa  de  soluciones  provisionales, 
conían  las  especulaciones  más  arbitrarias.  El  punto  más  urgente  a  esclarecer  con¬ 
sistía  en  averiguar  cómo  se  forman  los  nervios  y  en  virtud  de  qué  mecanismo  los 
apéndices  axónicos  se  enlazan,  sin  errores  ni  extravíos,  con  sus  aparatos  termi¬ 
nales  (placas  motrices,  órganos  sensitivos  cutáneos,  etc.).  No  obstante  la  abundan¬ 
cia  de  conjeturas,  dos  teorías  se  disputaban  la  mayoría  de  los  sufragios. 

Para  Küpffer,  Hís  y  Kolliker,  el  neuroblasto  o  célula  nerviosa  primitiva  genera 
los  nervios,  mediante  la  emisión  de  un  brote  o.  apéndice,  el  axon,  que  crecería 
libremente  al  través  de  los  demás  tejidos  para  abordar  los  aparatos  terminales, 
donde  acabaría  mediante  ramificaciones  independientes.  En  cambio,  Hensen  y  sus 
adeptos  negaban  categóricamente  semejante  crecimiento  libre,  admitiendo  (al  ob¬ 
jeto  de  explicar  la  perfecta  adecuación  y  congruencia  existentes  entre  las  estacio¬ 
nes  centrales  y  los  aparatos  sensitivos  y  sensoriales  periféricos)  que  el  neuro- 


;224 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


i)lasto  sufre  desde  el  principio  una  serie  de  particiones  incompletas  (1).  Primera¬ 
mente,  y  tras  la  división  nuclear,  se  producirían  el  soma  central  y  el  órgano  recep¬ 
tor  periférico;  luego  ocurriría  la  emigración  de  los  núcleos,  pero  con  mantenimiento 
del  protoplasma  intermediario,  es  decir,  que  media  célula  con  su  núcleo  perma¬ 
necería,  ab  initio,  en  la  piel  u  órgano  sensorial  periférico,  mientras  que  la  otra 
media  yacería  en  los  centros  nerviosos  embrionarios  (fig,  19,  A).  En  consecuencia, 
el  crecimiento  del  nervio  se  verificaría,  no  por  incremento  continuo  de  un  cabo 
libre,  sino  mediante  estiramiento  progresivo  del  puente  protoplásmico  intermedia¬ 
rio.  En  fin,  nuevas  proliferaciones,  exclusivamente  recaídas  en  los  núcleos,  pro¬ 
veerían  de  estos  órganos  la  larguísima  cadena  de  los  nervios  periféricos. 

Como  variante  de  esta  concepción  hipotética  de  Hensen,  puede  estimarse 
cierta  teoría  defendida  desde  antiguo  y  renovada  hasta  hace  pocos  años  por 
Beard,  Dohrn,  Durante,  Cornil,  Bethe,  etc.,  para  quienes  los  axones,  y  por  tanto 
los  nervios,  resultarían  de  la  diferenciación  y  fusión  de  larga  cadena  de  neuroblas- 
tos  emigrados  de  los  centros  o  de  la  membrana  ectodérmica  (fig.  20).  En  sentir  de 
estos  sabios,  el  cilindro  eje  embrionario,  lejos  de  significar  el  retoño,  en  vías  de 
crecimiento,  del  protoplasma  de  una  célula  nerviosa,  representaría  la  obra  común 
histogenética  de  muchos  corpúsculos  ectodérmicos.  En  las  figuras  19  y  20  mos- 
Iramos  esquemáticamente  los  rasgos  principales  de  estas  dos  hipótesis  en  pugna. 

Mis  investigaciones,  confirmadas  inmediatamente  por  Lenhossék  y  Retzius, 
contribuyeron  a  esclarecer  el  tema  debatido,  sancionando  definitivamente  la  con¬ 
cepción  hipotética  de  Küpfíer  e  His,  y  asentando,  en  fin,  sobre  bases  inconmovi¬ 
bles  la  doctrina  (ya  muy  probable  después  de  los  recientes  descubrimientos  mor¬ 
fológicos)  de  la  unidad  genética  de  las  fibras  nerviosas  y  de  los  apéndices  proto- 
plásmicos.  En  efecto,  las  preparaciones  obtenidas  por  mí  durante  las  fases  más 
tempranas  del  embrión  de  pollo  (del  segundo  al  cuarto  día  de  la  incubación),  re¬ 
velaron  clarísiraamente  que,  pasado  el  estado  germinal  o  indiferente,  la  célula 
nerviosa  emite  primeramente  el  axon  o  expansión  primordial,  según  había  adivi¬ 
nado  His,  y  sólo  en  época  ulterior  produce  las  prolongaciones  protoplásmicas  y 
-colaterales  nerviosas.  Todos  estos  apéndices  aparecen  continuos  con  el  soma,  y 
crecen  sucesivamente,  manteniendo  su  individualidad  hasta  alcanzar  la  longitud 
adulta  y  salir  al  encuentro  de  los  elementos  extraños  (musculares,  epiteliales  o 
nerviosos)  con  quiene^s  deben  mantener  comercio  fisiológico  (2). 

Ciertamente,  ya  el  ilustre  His  había  observado  el  axon  de  los  neuroblastos  más 
tempranos.  Pero  los  métodos  utilizados  por  el  neurólogo  de  Leipzig  no  le  permi¬ 
tieron  sorprender  la  forma  de  crecimiento  de  dicha  expansión  ni  espiar  el  momento 
de  aparición  de  las  dendritas.  Además,  no  vió  ni  podía  ver,  dada  la  precaria  técnica 
de  entonces,  el  cabo  final  de  la  expansión  nerviosa  en  vías  de  crecimiento.  Y  mien¬ 
tras  tal  observación  no  se  realizara,  la  severa  objeción  de  Hensen  madie  ha  visto 
en  el  embrión  el  cabo  libre  de  un  nervio  en  vias  de  crecimiento^  conservaba  toda 
^u  fuerza . 

Yo  tuve  la  fortuna  de  contemplar  por  primera  vez  ese  fantástico  cabo  del  axon 

(1)  Hensek:  Die  Entwickelung  der  Nervensysetins.  VircTiow’s  Archiv.  Bd.  XXX  1864  Véase  también- 

^eitscTirift  f.  Anat.  u.  Entwickelung.  Bd.  1,  1876.  .  .  ac  lamoien. 

(2)  Mi  trabajo  de  1S90  tocante  a  la  evolución  ontogénica  de  la  médula  espinal,  lleva  por  ü'tulo-  «So 
bre  la  aparición  délas  expansiones  celulares  de  la  médula  embrionaria..  GacetaSanitariadeBarce- 

/onn.  10  de  agosto  de  1890.  De  esta  monografía,  ademada  con  muchos  dibujos,  se  hiao  una  traducción 

-con  importantes  adiciones,  para  el  Aruito>nischcr  Anzeiger,  números  21  y  22,  1890,  bajo  el  título-  A  guelle 
Apoque  apparaissent  les  expansions  des  cellules  nerveuses  de  la  moeUe  épiniére  du  pouUfí 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


225 


■en  crecimiento  (1).  En  mis  cortes  de  la  médula  espinal  del  embrión  de  pollo  de  tres 
días,  mostrábase  este  cabo  a  mpdo  de  conglomerado  protoplásmico  de  forma 
•cónica,  dotado  de  movimientos  amiboides.  Pudiera  compararse  a  ariete  vivo, 
blando  y  maleable,  que  avanza,  empujando  mecánicamente  los  obstáculos  halládos 
en  su  camino,  hasta  asaltar  su  distrito  de  terminación  periférica.  Esta  curiosa 
maza  terminal  fué  bautizada  por  mí:  cono  de  crecimiento.  Confirmado  por  Lenhos- 
5ék  (2),  Retzius,  Kolliker  y  Athias,  y  en  tiempos  más  posteriores  por  Held,  Harris- 
-son,  etc.,  constituye  hoy  hecho  vulgar  de  la  ontogenia  nerviosa  (fig.  21,  a). 

En  mis  preparaciones  de  entonces  aparecían  también  los  primeros  conatos  pro¬ 
ductores  de  las  dendritas,  que  nacen  de  la  porción  originaria  del  axon  (repetición 
•de  lo  ocurrido  en  los  invertebrados);  las  ramificaciones  sucesivas  de  estas  expan¬ 
siones;  las  fases'iniciales  de  las  colaterales  nerviosas;  el  modelamiento  de  la  arbo- 
rización  terminal  del  axon;  el  mecanismo  productivo  de  la  substancia  blanca,  y  en 
fin,  las  fases  primordiales  de  las  raíces  posteriores  con  su  típica  bifurcación,  etc. 
'Diversas  leyes  neurogenéticas,  tales  como:  la  de  prelación  evolutiva  de  las  colate¬ 
rales  del  cordón  anterior;  la  de  las  neuronas  motrices  sobre  las  funiculares;  la  de 
las  colaterales  de  la  substancia  blanca  sóbrelas  brotadas  en  la  substancia  gris 
<colaterales  nacidas  del  trayecto  horizontal  de  los  axones,  etc.),  y  otros  muchos 
hechos  que  fuera  inoportuno  enumerar,  quedaron  definitivamente  establecidos. 

Con  igual  ardor  y  fortuna  acometí  después  la  evolución  ontogénica  de  las  célu¬ 
las  y  fibras  de  la  corteza  cerebelosa  (3).  En  tan  sugestivo  dominio,  varios  intere¬ 
santes  problemas  esperaban  urgente  solución.  ¿Cómo  crecen  las  fibras  aferentes 
y  se  organizan  las  conexiones  por  contigüidad  entre  las  trepadoras,  por  ejemplo,  y 
el  tallo  de  los  corpúsculos  de  Purkinje?  Durante  la  ontogenia  cerebelosa,  la  expre¬ 
sión  metafórica  arborizaciórí trepadora,  ¿no  implica,  quizás,  una  acción  real  y  efec¬ 
tiva  de  trepar? 

Los  hechos  recolectados  en  el  cerebelo  de  los  animales  recién  nacidos  contes¬ 
taron  afirmativamente.  Conforme  advertirá  el  lector  que  pase  la  vista  por  la  figu¬ 
ra  22,  los  axones  de  los  mencionados  conductores,  arribados  de  centros  lejanos, 
olfatean,  digámoslo  así,  el  soma  de  los  elementos  de  Purkinje,  al  cual  abrazan,  me¬ 
diante  nidos  varicosos,  rudimento  de  la  futura  árborización.  Una  vez  sobre  él,  las 
camas  del  nido  nervioso  trepan  positivamente,  a  lo  largo  del  tallo  principal  y  den¬ 
dritas,  hasta  generar,  por  fin,  el  plexo  complicado  característico  de  los  conductÓ- 
ces  adultos.  Excusado  es  decir  que  este  fenómeno,  tan  significativo  para  la  doc¬ 
trina  neuronal,  fué  comprobado  después  por  los  autores  (Retzius,  Kolliker,  Van 
Oehuchten,  Athias,  C.  Calleja,  Azoulay,  etc.). 

<1)  El  profesor  His  quedó  encantado  cen  mi  encuentro  del  cono  de  crecimiento,  según  me  expresaba 
•en  una  de  sus  cartas.  Su  satisfacción  se  justificaba  recordando  que,  merced  a-este  hallazgo,  quedaron  refu¬ 
tadas  las  objeciones  de  Hensen  y  vin  o  a  ser  sólidamente  cimentada  la  concepción  mono-celular  del  creci¬ 
miento  continuo  del  axon  y  demás  expansiones  neuronales. 

(2)  Justo  es  consignar  que,  a  excepción  del  cono  de  crecimiento,  casi  todos  estos  descubrimientos 
■¡fueron  también  independientemente  efectuados  por  Lenhossék,  aunque  mi  comunicación  viera iá  luz 
.  antes  que  la  suya.  Véase  Lenhossek;  Zur  Kenntniss  der  ersten  Entshéhung  der  Nervenzellen  und  Nerven- 
fasern  beim  Vqgelembryo.  Verhandl.  der  X  ínter,  mediz.  Kongresses  Bd.  ll,  pág.  114.  Berlín,  1890. 

(3)  Mis  trabajos  sobre  este  punto  son  los  siguientes; 

Cajal:  Sobre  ciertos  elementos  bipolares  del  cerebelo  y  algunos  detalles  sobre  el  crecimiento  y  evo- 
-tlución  de  las  fibras  cerebelosas.  Gaceta  Sanitaria  de  Barcelona,  10  de  febrero  de  1890.  Con  seis  grabados. 

Idem:  Sobre  las  fibras  nerviosas  de  la  capa  granulosa  áe\  cercXieXQ .  Revista  trimestral  de  Histología 
normal  y  patológica,  marzo,  1889. 

De  los  precitados  trabajos  hiciéronse  traducciones  publicadas  en  el  Monatacrift  f  Anat.  u.  Phi/aiol. 
■del  Dr.  Krause.  Véase;  el  Bd.  Vil,  Helf.  1,  1890,  y  el  Bd.  Vil,  Helf.  11,  1890. 


15 


226 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Me. atraía  también  la  cuestión  de  saber  cómo  un  nearoblasio  piriforme,  desnu¬ 
do  de  expansiones,  se  convierte  en  el  árbol  prodigioso,  especie  de  seto  vivo,  de  la 
célula  de  Purkinje.  Mi  curiosidad  quedó  plenamente  satisfecha  con  el  encuentro 
de  las  fases  primordiales  de  esta  evolución,  de  que  damos  copia  en  la  figura  23- 
Por  cierto  que,  de  pasada,  topamos  con  un  hecho  biológico  interesante.  Echamos 
de  ver  que  todo  ramaje  protoplásmico  o  nervioso  en  vías  de  formación  atraviesa 
un  periodo,  por  decirlo  así,  caótico,  de  tanteo,  durante  el  cual  son  proyectadas  al 
azar  vías  de  ensayo,  destinadas  en  gran  parte  a  desaparecer  (fig.  23,  a).  A  seme¬ 
janza  del  minero,  que  cava  a  ciegas  en  busca  del  filón  desaparecido,  los  brotes- 
protoplásmicos  ensayan  diversos  caminos  hasta  atinar  con  el  acertado.  Más  ade¬ 
lante,  llegadas  ya  las  fibras  nerviosas  aferentes,  o  cuando  se  modelan  y  alcanzan 
plena  sazón  las  neuronas  funcionalmente  solidarias,  subsisten,  consolidándose,  las 
expansiones  útiles  y  se  reabsorben  las  inútiles  o  exploradoras.  En  este  caso,  la 
naturaleza  procede  como  el  jardinero  que  endereza  y  favorece  los  retoños  bien  di¬ 
rigidos  y  poda  los  viciosos  o  superfinos.  Porque  la  vida  repugna  lo  redundante  y 
se  muestra  singularmente  avara  de  protoplasma  y  de  espacio. 

Otro  curioso  fenómeno  de  emigración  y  metamorfosis,  en  virtud  de  irresisti¬ 
bles  impulsos  y  a  pesar  de  los  mayores  obstáculos,  ofreciéronme  los  granos  jóve¬ 
nes  o  indiferencíados  del  cerebelo  de  los  mamíferos  recién  nacidos. 

En  la  figura  24  reproducimos  esquemáticamente  algunas  de  estas  curiosas 
contradanzas  de  los  granos.  Se  sabía  desde  hacía  mucho  tiempo  que  el  grano  jo¬ 
ven  o  indiferenciado  (fase  germinal)  conjuntamente  con  otras  células  nerviosas  en 
esbozo,  habita  la  zona  superficial  del  cerebelo  (fig.  24,  A)  (granos periféricos),  afec¬ 
tando  forma  poliédrica  irregular.  Pero  nada  se  conocía  de  sus  ulteriores  evolucio¬ 
nes.  Mis  observaciones  revelaron  que  el  grano  sale  de  este  estado  indiferente, 
tornándose  primeramente  bipolar  horizontal,  es  decir,  emitiendo  dos  largas  expan¬ 
siones  contrapuestas  (4)  que  marchan  en  la  dirección  de  las  láminas  cerebelosas; 
después,  del  lado  profundo  del  soma,  proyecta  cierta  expansión  descendente,  que 
atráyendo  hacia  sí  buena  parte  del  protoplasma,  incluyendo  el  núcleo,  transforma, 
la  célula  de  bipolar  horizontal  en  bipolar  radial  o  vertical  (figura  2^,  5  y  6).  En  fin, 
con  el  arribo  laborioso  del  soma  a  las  regiones  profundas,  coincide  la  aparición- 
de  las  finas  dendritas  y  el  modelamiento  definitivo  del  grano  cerebeloso  (9,  10). 

Todas  estas  sorprendentes  evoluciones  parecen  encaminadas  a  fijar  desde  lue¬ 
go,  sobre  las  partes  correspondientes  de  las  dendritas  de  Purkinje,  la  posición  de 
las  fibrillas  paralelas.  Nótese,  en  efecto,  que  las  primeras  expansiones-dei  grano  en. 
fase  bipolar  tangencial,  no  son  otra  cosa  que  las  delicadas  ramas  terminales  del 
futuro  cilindro-eje  (fibrillas  paralelas).  Por  donde  se  ve  que  las  ramas  nerviosas 
se  diferencian  antes  que  el  axon  que  las  sustenta,  del  mismo  modo  que  éste  pre¬ 
cede  a  las  dendritas. 

Las  referidas  metamorfosis  del  grano  (confirmadas  después  por  Lugaro,  Ret- 
zius,  Athias  y  otros  sabios),  si  denuncian  algunos  resortes  intimos  del  mecanismo- 
ontogénico  de  las  neuronas,  plantean  también  arduos  y  transcendentales  proble¬ 
mas.  ¿Qué  misteriosas  fuerzas  presiden  la  aparición  de  las  expansiones,  promue¬ 
ven  su  crecimiento  y  ramificación,  provocan  la  emigración  congruente  de  células 
y  fibras,  según  direcciones  prefijadas  y  como  obedeciendo  a  sabio  plan  arquitec¬ 
tónico,  y  establecen,  en  fin,  esos  ósculos  protoplásmicos,  las  articulaciones  inter¬ 
celulares,  que  parecen  constituir  el  éxtasis  final  de  una  épica  historia  de  amor?... 

He  aquí  im  enigma  insondable,  acerca  del  cual  expondremos,  empero,  más  ade¬ 
lante,  cierta  hipótesis— /c  teoría  neurotropica—,  acogida  simpáticamente  por  mu- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


22T 


ches  neurólogos,  aunque  prematura  e  insuficiente,  como  todas  las  que  pretenden 
escrutar  el  tenebroso  abismo  de  las  causas  intimas  de  la  evolución. 

No  quiero  abusar  más  de  la  paciencia  del  lector,  puntualizando  aquí  el  conte¬ 
nido  y  alcance  de  otras  comunicaciones  de  1890.  Limi taróme  a  transcribir  algunos 
párrafos  tomados  de  la  lista  de  mis  trabajos  científicos.  Las  investigaciones  aludi¬ 
das  versan  sobre  el  tejido  muscular  de  los  insectos,  las  fibras  nerviosás  del  corazón,. 
la  estructura  de  las  circunvoluciones  cerebrales,  el  origen  y  terminación  de  las  fibras 
olfatorias,  la  estructura  de  los  ganglios  nerviosos,  etc.,  etc. 

1.  ESTRUCiURÁ  DE  LOS  MÚSCULOS  ESTRIADOS  (1).— Aplicando  el  cromato  dé 
plata  al  estudio  de  los  músculos  de  las  patas  y  de  las  alas  de  los  insectos,  pusi¬ 
mos  de  manifiesto  las  siguientes  particularidades: 

a)  La  existencia  en  torno  de  los  haces  musculares  de  las  alas  de  un  sistema 
especial  de  células  nerviosas  estrelladas,  cuyos  apéndices  parecen  entrar  en -con¬ 
tacto  con  la  materia  contráctil. 

‘  b)  La  presencia  en  torno  de  cada  fibrilla  primitiva  del  haz  muscular  de  ciertas 
redes  transversales  de  extraordinaria  delicadeza,  totalmente  invisibles  por  otros 
métodos,  y  situadas  al  nivel  de  las  bandas  obscuras.  Este  retículo,  queipa- 
rece  enlazarse  con  las  últimas  proyecciones  de  las  tráqueas,  varía  algo  en  número, 
y  posición,  según  las  especies  de  insectos,  prefiriendo  de  ordinario  la  altura  de  las 
bandas  obscuras.  Semejante  encuentro  fué  confirmado  varios  años  después  por 
Fusari  en  los  vertebrados  e  invertebrados.  Los  posteriores  estudios  de  Veratti  y 
ÍHíOinigrem  acerca  de  las  citadas  redes,  sugieren  el  pensamiento  de  que  se  trata  del 
aparato  reticular  de  Golgi  del  tejido  muscular  (véase  más  adelante),  el  cual  exhi¬ 
biría  aquí  caracteres  espt-cialisiraos.  Sin  percatarnos  de  su  importancia,  habíamos 
pues,  descubierto  un  nuevo  órgano  celular  destinado  a  adquirir  enorme  transcen¬ 
dencia  cuando  la  escuela  de  Golgi,  la  de  Kopsch  y  Ilalgremd  lo  confirmaron  pri¬ 
mero  en  las  células  nerviosas  y  después  en  casi  todos  los  elementos. 

Terminaciones  nerviosas  en  el  corazón  (2).— Se  demuestra  en  este  opúscu¬ 
lo  que  las  fibras  nerviosas  simpáticas  del  corazón  de  los  batracios  y  reptiles  se 
terminan  por  arborizaciones  pálidas  pericelulares,  análogas  a  las  descritas  en  los 
músculos  lisos,  confirmándose  de  esta  suerte  la  opinión  de  Arstein,  fundada  en  las 
revelaciones  del  método  de  Ehrlich. 

Cerebro  de  los  mamíferos  (3).— En  un  primer  trabajo  sobre  el  tema  se  hacen 
constar  estos  tres  hechos  interesantes: 

aj  Descubrimiento,  en  la  primera  capa  cerebral  de  los  mamíferos,  de  unos 
corpúsculos  nerviosos  especiales,  cuyas  dendritas,  larguísimas  y  horizontales,  co¬ 
rren  sobre  extensión  enorme  de  la  superficie  cortical. 

bj  Hallazgo  en  la  misma  zona  de  varios  pequeños  corpúsculos  de  axon  corto,, 
desconocidos  de  los  autores. 

cj  Descripción  sucinta  de  la  arborización  final,  en  la  zona  molecular,  del  tallo 
radial  de  las  células  piramidales,  es  decir,  de  una  fronda  o  copa  terminal,  que  ha¬ 
bía  escapado  a  la  sagacidad  de  Golgi  y  sus  discípulos. 


(1)  Cajal;  Sobre  la  terminación  de  los  nervios  y  tráqueas  en  los  músculos  de  las  alas  de  los  insectos* 
Barcelona,  1.»  de  abril  de  1890.  Con  dos  grabados. 

Cajal:  Sobre  las  finas  redes  terminales  de  las  patas  y  alas  de  los  insectos .  Gaceta  Sanitaria  de  Bar- 
eelona,  10  de  octubre  de  1890.  Con  cuatro  figuras. 

Estos  trabajos  fueron  resumidos  en  el  Zeitakrift  f.  icisaenschaflche  Mikroscopie,  etc.  Bd.  VII,  1890'. 
Con  una  lámina  litográfica  y  tres  grabados. 

(2)  Cajal:  Sobre  las  terminaciones  nerviosas  del  corazón  de  los  batracios  y  reptiles.  Gaceta  Sanita¬ 
ria  de  Barcelona,  agosto  1890- 

(3)  Cajal;  Sobre  la  existencia  de  las  células  nerviosas  especiales  en  la  primera  capa  de  las  circunvo- 
1  aciones  cerebrales.  Gaceta  Médica  Catalana,  15  de  diciembre  de  1890. 


S28 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


Estas  adquisiciones  fueron  primeramente  confirmadas  por  Retzius,  que  desig¬ 
nó  las  células  especiales  de  la  zona  primera  (células  que  él  estudió  minuciosa¬ 
mente  en  el  cerebro  humano)  células  de  Cajal.  Kólliker,  van  Gehuchten,  Schaffer, 
Veratti,  etc.,  las  han  confirmado  también,  añadiendo,  naturalmente,  nuevos  he¬ 
chos  morfológicos. 

De  un  trabajo  fundamental  sobre  el  cerebro,  aparecido  en  1892,  nos  ocupare¬ 
mos  oportunamente. 

En  una  segunda  comunicación  mucho  más  extensa  (1)  se  adicionan  a  la  prece¬ 
dente  relación  de  lá  estructura  de  la  corteza  gris  del  cerebro  los  siguientes  datos: 

a)  Se  prueba  que  el  axon  de  las  medianas  y  grandes  pirámides,  así  como  el  de 
las  células  polimorfas,  penetra  en  la  substancia  blanca,  donde  a  veces  se  bifurca. 

ój  Se  mencionan  las  espinas  del  tallo  y  penacho  terminal  de  las  pirámides. 

c)  Se  consigna  que  el  cuerpo  calloso  consta  de  tubos  directos  y  de  colateral 
les  de  axonés  de  pirámides  de  proyección  o  asociación. 

d)  Se  descubren  colaterales  y  bifurcaciones  en  las  fibras  del  cuerpo  calloso. 

e)  Se  confirma  la  existencia  en  los  embriones  y  mamíferos  jóvenes  de  células 
epitélicas,  extendidas  desde  los  ventrículos  a  la  superficie  cerebral,  y  se  refutan 
los  errores  de  Magini  acerca  de  la  composición  de  estas  fibras. 

f)  Se  establece  que  en  el  cerebro,  como  en  la  médula,  muchas  células  neuró-^ 
glicas  son  elementos  epiteliales  dislocados  y  emigrados. 

g)  Se  sorprenden,  con  el  método  de  Weigert,  las  estrangulaciones  de  los  tubos 
nerviosos  cerebrales,  negadas  por  muchos,  etc.,  etc. 

Bulbo  olfatorio.— De  mucho  más  valor  teórico  fué  el  trabajo  consagrado  al 
análisis  de  las  vías  olfatorias  (2).  Gracias  a  la  arquitectura  regular  y  relativamen¬ 
te  accesible  de  este  centro,  por  varios  conceptos  comparable  al  cerebelo  y  a  la  re'- 
tina,  logramos  contrastar  una  vez  más  el  papel  transmisor  de  las  dendritas  y  la 
propagación  nerviosa  por  contacto.  Aparte  de  su  vaior  crítico  y  teórico,  contiene 
dicha  comunicación  algunos  datos  objetivos  de  valor,  tales  como: 

a)  La  demostración  del  curso  total  de  las  fibras  nerviosas  olfatorias,  desde  lá 
mucosa  hasta  su  arribo  al  glomérulo  del  bulbo,  en  donde  se  terminan,  no  por 
redes  como  pensaba  Golgi,  sino  por  arborizaciones  libres  varicosas.  (Confirmado 
por  Retzius,  Lenhossék,  van  Gehuchten  y  Martin,  Pedro  Ramón,  Calleja,  Bla- 
nes,  etc.j  (figura  26,  D). 

b)  La  existencia  de  células  nerviosas  diminutas  situadas  dentro  de  los  glo- 
mérulos.  (Confirmadas  por  Bíanes,  etc.) 

cj  La  emergencia  de  colaterales  en  los  axones  de  las  células  raitrales,  colate¬ 
rales  que  se  ramifican  en  la  capa  molecular.  (Confirmadas  por  Pedro  Ramón  en  las 
aves,  por  van  Gehuchten,  etc.) 

d)  El  hallazgo  en  la  zona  de  los  granos  de  ciertas  células  estrelladas  grandes', 
cuyo  axon  corto  se  arboriza  on  la  capa  molecular.  (Confirmado  por  van  Gehuch¬ 
ten,  etc.) 

e)  En  fin,  se  traza  el  esquema  dinámico  del  bulbo,  llamando  la  atención  de 
los  sabios  sobre  la  necesidad  de  otorgar  significación  nerviosa,  y  por  consiguien¬ 
te,  oficio  conductor  a  los  brazos  protoplásmicos  de  las  mitrales  y  células  empe¬ 
nachadas,  únicas  partes  celulares  penetrantes  en  los  glomérulos  y  en  contacto 
íntimo  con  las  fibrillas  olfatorias;  puesto  que,  contra  la  aserción  de  Golgi,  estas 
últimas  fibras  no  salen  jamás  del  territorio  glomerular  ni  en  él  entran  axones  de 


(1)  Cajal:  Textura  de  las  circunvoluciones  cerebrales  de  los  mamíferos  inferiores.  Barcelona,  octu¬ 
bre  de  189  0.  Con  dos  grabados. 

(2)  ’Cajal:  Origen  y  terminación  de  las  fibras  nerviosas  olfatorias.  Barcelona,  ll  de  octubre  de  1S90. 
Con  seis  grabados. 


RECUERDOS  DE,  MI  VIDA 


229 


origen  central.  (Aceptado  por  Retzius,  van  Gehuchten,  Kolliker,  Waldeyer,  Luga- 
ro,  Calleja,  Blanes,  etc.) 

El  esquema  de  la  figura  26  hará  patente  la  marcha  de  las  corrientes  en  los  cen' 
tros  olfativos. 

La  historia  de  la  interpretación  fisiológica  de  la  estructura  del  bulbo  olfatorio 
ofrece  un  caso  típico  de  la  influencia  paralizante  de  los  prejuicios  teóricos.  Ya 
Golgi  había  descubierto  antes  que  nosotros  ios  hechos  más  importantes  •  de  la 
citada  estructura,  singularmente  el  valiosísimo  de  la'  concurrencia,  dentro  de  los 
glomémlos,  de  las  fibras-olfativas,  por  un  lado,  y  del  penacho  dendrítico  de  las  cé¬ 
lulas  mitrales  (fig.  26,  a),  por  otro;  pero  su  concepción  rígida  de  la  red  nerviosa 
difusa  no  le  permitió  reconocer  el  gran  alcance  fisiológico  de ,  semejante  dispo¬ 
sición. 

De  menos  valor  son  algunos  artículos  relativos  a  las  células  gigantes  de  la 
lepra  (1)  y  a  la  estructura  de  los  ganglios  nerviosos  raquídeos  (2).  Por  ahora  no 
haremos  sino  citarlos.  Acerca  de  mis  encuentros  en  los  ganglios,  trataremos  ex 
profeso  más  adelante. 

Dejo  ya  dicho  qué  los  años  de  1890  y  1891  fueron  mi  Domingo  de  Ramos.  La 
generosa  acogida  que  mis  ideas  obtuvieron  de  sabios  insignes,  motivó  una  franca 
confianza  en  las  revelaciones  del  método  de  Golgi  y  en  la  exactitud  de  mis  des¬ 
cripciones.  En  consecuencia,  se  desarrolló  un  movimiento  bibliográfico  considera¬ 
ble.  Todos  deseaban  contribuir  con  algo  al  enriquecimiento  de  la  nueva  doctrina 
neurológica,  patrocinada  en  Alemania  por  maestros  de  la  talla  de  His,  Waldeyer, 
Kolliker  y  Edinger.  Los  sabios  de  las  naciones  latinas  y  escandinavas  siguieron 
después!,  En  Italia  adoptaron  las  nuevas  ideas,  no  obstante  la  autoridad  arrollado¬ 
ra  de  Golgi,  Lugaro  y  Tanzi;  en  Bélgica,  van  Gehuchten;  en  Suiza,  von  Lenhos- 
sék  (3);  en  Suecia,  Retzius;  en  Francia,  Azoulay,  Dejerine  y  sobre  todo  el  célébre 
profesor  de  la  Universidad  de  París,  el  simpático  Matías  Duval. 

Largo  y  enfadoso  fuera  citar  todos  los  discursos,  artículos  de  propaganda  o 
trabajos  de  confirmación  con  que  preclaras  autoridadés  neurológicas  ampararon 
la  modestia  de  mi  pabellón  científico.' Mencionarémo  más  algunos  de  ellos,  casi 
todos  aparecidos  en  Í891. 

Uno  de  los  primeros  sabios  convertidos  a  mis  ideas  fué  el  profesor  de  Lovaina 
A.  van  Gehuchten,  renombrado  citólogo  de  la  Escuela  de  Carnoy,  transformado 
entonces,  por  una  especie  de  inducción,  en  ardoroso  cultivador  de  la  neurología- 
Permítasenos  copiar  aquí  algunos  párrafos  de  su  famoso  discurso  de  Jubileo  (4), 
en  donde  el  sabio  belga  cuenta  sus  primeros  pasos  de  catecúmeno; 

«Era  la  época— dice  van  Gehuchten— en  que  el  método  de  Golgi  encontró  al  fin 
aplicación  práctica.  Los  hechos  nuevos  revelados  por  este  proceder  iban  a  revolu¬ 
cionar  la  anatomía  del  sistema  nervioso.  Los  laboratorios  de  Anatomía  hallábanse 

(1)  Cajal;  Sobre  las  células  gigantes  de  la  lepra  y  sus  relaciones  con  las  colonias  del  bacilo  leproso. 
Gaceta  Sanitaria,  de  Barcelona,  10  de  julio  de  1890,  núm.  11.  Con  tres  grabados.  (Descripción  de  las 
células  gigaiites  de  esta  enfermedad  y  de  sus  relaciones  con  las  colonias  bacilares  colosales,  que  estimé 
siempre  intraprotopl  ásmi  cas. ) 

(2)  Cajal;  Sobre  la  existencia  de  terminaciones  nerviosas  pericelulares  en  los  ganglios  nerviosos  ra¬ 
quidianos.  Pegueñas  comunicaciones  anatómicas.  Barcelona,  20  de  diciembre  de  1890.  Con  dos  gra' 
bados. 

(3)  Célebre  histólogo  húngaro,  actualmente  profesor  de  la  Universidad  de  Budapest  y  uno  de  los 
pocos  sabios  supervivientes  Í\92S)  de  aquella  generación  de  investigadores.  A  él  hemos  aludido  en  ca¬ 
pítulos  anteriores. 

(4)  Le  Neuraxe,  1913. 


230 


S.  BAMÓN  Y  CAJAL 


-en  ebullición.  Todos  queríamos  aportar  nuestra  piedra  al  edificio  nuevo  que,  bajo 
la  impulsión  genial  de  Cajal,  resultaba  grandioso.  No  sólo  la  técnica  del  método 
se  había  simplificado,  sino  que  los  resultados  aportados  vinieron  a  ser  más  cons¬ 
tantes  y  decisivos»... 

«Mé  pregunta  el  Comité  organizador  de  esta  fiesta  cómo  me  ocurrió  la  idea, 
hace  veinticinco  años,  de  dirigir  mi  actividad  científica  hacia  los  estudios  del  sis¬ 
tema  nervioso.  Deseoso  de  contestaros,  he  procurado  revivir  con  el  pensamiento 
los  primeros  años  de  mi  enseñanza  universitaria.  Era  en  1888.  Estaba  yo  en  co¬ 
rrespondencia  con  Cajal,  con  ocasión  de  trabajos  respectivamente  publicados 
sobre  la  estructura  íntima  de  la  célula  muscular.  Cierto  día  me  escribe,  manifes¬ 
tándome  que  abandona  sus  investigaciones  sobre  los  músculos,  para  ocuparse  de' 
los  centros  nerviosos,  motivando  su  decisión  en  el  hecho  de  haber  obtenido  resul¬ 
tados  notables  aplicando  sobre  los  embriones  una  de  las  fórmulas  del  método  de 
Golgi  creado  desde  1875.  Yo  comprobé  sus  afirmaciones,  persuadiéndome  de  que 
tenía  razón... El  primer  paso  estaba  dado,  después  otros  siguiéronme  naturalmente.» 

En  efecto,  la  obra  cumplida  por  van  Gehuchten  a  partir  de  aquella  sugestión 
íué  importantísima,  recayendo  sobre  gran  parte  del  sistema  nervioso,  y  especial¬ 
mente  sobre  los  vertebrados  inferiores.  Ciñéndonos  a  los  trabajos  de  confirmación 
publicados  entonces  por  el  sabio  belga,  mencionaremos  unas  elocuentes  confe¬ 
rencias  de  divulgación  pronunciadas  ante  la  Sociedad  Belga  de  Microscopía  (1)  y 
cierta  extensa  monografía  consagrada  al  estudio  de  la  médula  y  del  cerebelo,  don¬ 
de  el  autor,  además  de  corroborar  los  hechos  descubiertos  por  mí  y  por  Kolliker, 
añade  detalles  descriptivos  nuevos  e  interpretaciones  importantes. 

Al  insigne  sabio  belga  debí  yo  ser  rápidamente  conocido  en  los  países  de  len¬ 
gua  francesa.  En  páginas  ulteriores  he  de  volver  a  tratar  de  las  iniciativas  cientí¬ 
ficas  del  malogrado  maestro  (2),  ya  que  en  los  siguientes  años  nuestras  activida¬ 
des  corrieron  a  menudo  paralelas,  acometiendo  los  mismos  temas  y  contribuyendo 
a  elaborar  los  mismos  conceptos. 

Continuaron  esta  labor  dé  difusión  y  popularización  dos  insignes  investigado¬ 
res  alemanes:  Wandeyer  e  His.  El  primero  publicó,  en  un  semanario  médico  de 
Berlín  (3),  metódica  y  clarísima  exposición  de  las  nuevas  ideas,  que  ilustró  con 
profusión  de  gráficos  esquemas.  Suya  es  la  palabra  neurona  (anidad  nerviosa), 
con  que  resumió  la  noción  de  la  individualidad  morfológica,  fisiológica  y  genética 
del  corpúsculo  ganglionar  defendida  por  His  y  nosotros. 

También  His  (4),  el  renombrado  embriólogo  de  Leipzig,  de  quien  hemos  habla- 

(1)  Van  Gehuchten:  Les  découvertes  récenles  dans  l’Anatomie  et  l’Histologie  du  systéme  nerveux 
central.  Annal.  de  la  Societé  Belge  de  3licroscopie,  tomo  XV,  1891. 

■  Idem:  La  structure  des  centres  nerveux;  la  moelle  épiniére  et  le  cervelet.  La  Cellula,  tomo  VIH,  fas¬ 
cículo  l.“,  1891. 

(2)  Todavía  joven  y  en  plena  loxanía  de  espíritu,  el  profesor  van  Gehuchten  murió  en  Camhridge 
(septiembre  de  1914),  en  cuyos  célebres  colegios  universitarios  fueron  cordialmente  acogidos  varios  sa¬ 
bios  belgas  emigrados.  El  llorado  maestro  fué  una  de  tantas  víctimas  de  la  horrenda  guerra  que  devastó 
a  la  culta  Europa  desde  1914  a  1918.  El  incendio  de  Lovaina  le  había  arruinado  material  y  moralmente. 
1:  estraída  la  Universidad,  abrasada  la  biblioteca,  en  pavesas  su  magnífica  colección  de  preparaciones  y 
aparatos  científicos,  y  errante,  en  fin,  íuera  de  su  patria,  cayó  van  Gehuchten  en  un  estado  de  melanco¬ 
lía  y  abatimiento  profundos.  Según  noticias  que  me  comunica  el  profesor  Havet  (otro  emigrado  belga), 
una  pequeña  operación  (la  de  la  apendicitis),  que,  en  condiciones  ordinarias,  habría  sido  soportada'per- 
fectamente,  motivó  un  incidente  cardiaco  seguido  de  muerte. 

(3)  W.  Waedeyer:  Ueber  eifiige  neuere  Forschungen  im  Gebiete  der  Anat.  des  Centralennervensys- 
tem.  Vortrage  in  der  Berliner  Med.  Gesen^chaft.  BeuUcher  Med.  Wochenscrift,  1891. 

(i)  His-  Ueber  der  Aufbau  unseres  Ner\-ensystems.  Leipzig,  1891. 


RECUERIJOS  DE  MI  VIDA 


231 


-do  ya  con  merecido  encomio  en  páginas  anteriores,  resumió  el  nuevo  concepto  de 
la  fina  estructura  de  los  centros  en  sugerente  folleto,  ilustrado  con  numerosos  es¬ 
quemas.  Como  es  natural,  al  exponer  los  hechos  morfológicos  señalados  por  mi  y 
por  Kolliker,  recordaba  que  en  los  embriones  más  tempranos  los  neuroblastos  sé 
comportan  como  elementos  independientes,  se  desarrollan  por  vía  de  crecimiento 
y  son  capaces  de  emigración. 

Interesante  asimismo  como  obra  de  propaganda  fué  el  estudio  consagrado  al 
tema  por  Kupffer  (I),  uno  de  los  anatómicos  y  embriólogos  más  célebres  de  Ale¬ 
mania,  promotor,  según  dejamos  dicho,  del  concepto  de  la  unidad  genética  de  los 
nervios.  Aunque  publicado  en  fecha  posterior  (1894),  lo  citamos  aquí  por  repre¬ 
sentar  un  trabajo  divulgador  de  las  nuevas  concepciones  neurológicas. 

La  labor  del  concienzudo  Retzius  (2)  fué  extraordinariamente  importante.  Este 
sabio  acogió  con  tanto  más  agrado  la  idea  de  la  transmisión  por  contacto,  cuanto 
que,  en  sus  Memorias  antiguas  sobre  la  estructura  de  los  órganos  de  los  sentidos, 
habíase  mostrado  muy  reacio  en  afiliarse  a  la  teoría  reticular.  Además,  había 
-aplicado  por  entonces  el  método  de  Ehrlich  (azul  de  metileno)  al  sistema  nervioso 
-de  los  invertebrados  (crustáceos,  gusanos,  moluscos,  etc.)  y  hallado,  en  perfecta 
concordancia  con  mi  manera  de  ver,  que  la  arborización  terminal  de  las  fibras 
nerviosas  en  los  ganglios  no  constituye  jamás  red,  sino  que  aparece  perfectamente 
libre,  entrando  en  contacto  íntimo,  en  la  Punktsubstanz,  con  las  proyecciones 
dendríticas  de  oirás  neuronas.  Ulteriormente,  habiendo  usado  el  cromato  de  plata 
con  arreglo  a  mis  indicaciones,  confirmó  y  amplió  en  una  serie  de  magníficas 
monografías  casi  todos  los  hechos  señalados  por  nosotros  en  la  evolución  onto¬ 
génica  y  estructura  adulta  de  los  centros  nerviosos  (3).  Particularmente  intere- 
resante  es  la  síntesis  de  la  concepción  neuronal  con  relación  a  la  estructura  de 
los  sentidos,  expuesta  por  dicho  sabio  en  1892  (4).  Al  recordar  su  precioso  apoyo 
de  entonces,  fuera  ingrato  no  mencionar  que,  por  iniciativa  del  maestro  sueco» 
obtuvieron  mis  trabajos  la  primera  distinción  académica,  la  de  miembro  de  la  Real 
Academia  de  Medicina  de  Stokolmo,  ante  la  cual  pronunció  varias  conferencias 
resumiendo  mis  investigaciones,  así  como  las  de  Golgi  y  Kolliker  (5). 

(1)  Kupffer;  Die  Neuronenlehre  in  der  Anat.  der  Netvensystems.  Medizinische  Woclienscli,  Bd.  41. 
Marz  1894. 

(2)  Retzius:  Zur  Keontnis  der  Nervensystems  der  Crustaceen.  Biol.  Unten.  Neue  Folge.  Bd.  I. 
Stcckholm,  1890.  £1  gran  maestro  y  entrañable  amigo,  ha  fallecido  hace  cuatro  años  en  plena  actividad 
científica  (1919).  Como  muchos  creyentes  en  la  perfectibilidad  humana,  Retzius  fue  víctima  indirecta  de 
la  guerra  europea,  es  decir,  de  ese  espectáculo  angustioso  de  una  civilización  que  se  derrumba,  falta  de 
resorte  moral  y  de  altos  ideales.  Aun  recuerdo  la  frase  desgarradora  con  que  cerraba  su  última  carta  es¬ 
crita  en  su  lecho  de  muerte;  «muero  desesperado  porque  he  perdido  la  fe  en  los  destinos  de  la  humanidad». 

Ibem;  Zur  Kenntnis  der  Nervensystems  der  Würmer.  Biol.  Unteos.  N.  F.  Bd.  II,  1891. 

Idem;  Das  Nervensystems  der  Lumbicinea.  Biol.  Unten.  N.  F.  Bd.III,  1892. 

(3)  Idem;  Die  nervósen  Elemente  der  Kleinhirnrinde.  Biol.  Unten.  N.  F.  Bd.  III,  1892. 

Idem:  Die  Endigungsweise  der  mechnerven.  Biol.  Unten.  N.  F.' Bd  III. 

(4)  Retzius:  Ueber  der  neuen  Prinzipien  in  der  Gebiete  der  Nervenhistologie.  Biol.  Unters.  Bd. 

IV,  1892. 

Idem;  Die  Cajai’schen  Zellen  der  Grosshirnrinde  beim  Menschen  und  bei  Sáugethieren.  Biol.  Unters. 
Bd.  y,  1893. 

Idem;  Zur  Kenníniss  der  ersten  Entwickelung  der  nervósen  Elemente  im  Rückenmarke  der  Hühns- 
chens.  Biol.  Unters.  Bd.  V,  1893. 

Idem:  Die  nervósen  Elemente  im  Rückenmarke  der  Knochenfische,  etc.  Biol.  Unters.  N.  F.  Bd. 

V,  1893.  . 

(5)  Así  me  lo  comunicó  en  amable  carta  del  25  de  ¡linio  de  1891.  «He  expuesto— me  dice— a  menudo 
en  nuestras  sociedades  científicas  y  académicas  sus  bellos  descubrimientos,  y  últimamente  ha  sido  usted 
proclamado  miembro  de  nues'ra  Academia  de  Medicina,  etc.. 


232 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Poco  después  intervino  Lenhossék,  el  profesor  de  Basilea,  tan  reservado  aF 
principio.  Aparte  un  trabajo  fundamental  sobre  el  sistema  nervioso  de  la  lombriz 
de  tierra  (1),  en  que,  a  semejanza  de  Retzius,  se  corroboraba  en  los  invertebrados 
la  ley  del  contacto,  dicho  sabio  publicó  un  soberbio  libro  sobre  la  médula  espinal 
dé  los  mamíferos  (2).  En  esta  obra,  de  que  se  hicieron  rápidamente  dos  ediciones,^ 
sancionó  Lenhossék  cuanto  yo  había  afirmado  acerca  de  la  disposición  terminal 
de  las  raíces  posteriores,  estructura  de  la  substancia  gris,  origen  y  terminación  dé¬ 
las  fibras  nerviosas,  y  enriqueció  nuestro  conocimiento  sobre  las  colaterales  sen¬ 
sitivas,  composición  de  las  raíces  posteriores  (halló  en  ellas  fibras  motricesfi 
elementos  nerviosos  y  neuróglicos  de  la  substancia  gris,  etc.,  con  valiosas  con¬ 
tribuciones  (3). 

En  Francia  tuve  la  suerte  de  ganar  para  mi  causa  ai  Dr.  L.  Azoulay,  joven  de 
mucho  talento,  que  confirmó  no  pocas  de  mis  conclusiones  acerca  de  la  estruc¬ 
tura  del  cerebelo,  cerebro  y  médula  espinal,  y  llegó  a  ser  con  el  tiempo  el  gene¬ 
roso  traductor  francés  de  mis  libros  y  el  mejor  de  mis  amigos;  y  al  ilustre  Matías 
Duval,  profesor  de  Histología  de  la  Facultad  de  Medicina  de  París,  que  llevó  su 
adhesión  a  mis  ideas  hasta  mandar  reproducir,  en  grandes  cuadros  murales  desti¬ 
nados  a  la  enseñanza,  los  esquemas  de  mis  publicaciones  neurológicas.  Los  que 
oyeron  por  aquella  época  sus  elocuentísimas  lecciones  (Duval  era  un  expositor 
científico  de  primer  orden),  contaban  que,  una  de  sus  frases  favoritas  al  inaugurar 
sus  conferencias  acerca  del  sistema  nervioso,  era:  «Por  esta  vez  la  luz  nos  llega 
del  Mediodía,  de  la  noble  España,  país  del  sol... >  Parecidas  afectuosas  palabras 
repitió  más  tarde  en  el  prólogo  con  que  apadrinó,  ante  el  público  francés,  la  tra¬ 
ducción  de  mis  conferencias  de  Barcelona. 

Aunque  dados  a  ía  estampa  en  fechas  ulteriores  (1893),  citaremos  aún,  para 
ser  completos,  un  artículo  de  vulgarización  publicado  en  Francia  por  Dagonet  (4); 
la  elocuente  exposición  doctrinal  de  Tanzi,  profesor  de  la  Facultad  de  Medicina 
de  Florencia  (5);  el  resumen  de  Bergonzini  (6),  y,  en  fin,  la  presentación  benévola 
de  mis  ideas,  hecha  por  el  célebre  Edinger  en  su  clásico  libro  sobre  la  estructura 
comparativa  del  sistema  jiervioso  (7). 

(1)  Lenhossék:  Die  sensibeln  Nerven  des  Regenwurms.  VerlSuf.  Mittheilung.  Basel.  Octover,  1891 . 

Idem;  Ursprung,  Verlauf  und  Endigung  der  sensibeln  Nervenfasern  béim  Lumbricus.  Arch.  f.  Milíro& 

Jlwaí.Bd.  XXXIX,  1892. 

Idem;  Neuere  Forchungen  ueber  den  feineren  Bau  der  Nervensystems.  Corregpondeyizhlatt  f.  Schweizer- 
Arzte.  Jahrg.  21, 1891. 

(2)  Idem;  Der  feinere  Bau  der  Nervensystems  im  Lichte  aeuester  Forschungen.  Fortschrift.  d.  Mecl.- 
Bd.  X,  1892.  En  fascículo  separado  apareció  en  1893.  La  edición  de  1894  es  mucho  más  extensa  e  im¬ 
portante. 

(3)  Es  altamente  consolador  el  ver  cómo  saben  cambiar  de  opinión  ciertos  nobles  y  honrados  carac-- 
teres.  El  insigne  v.  Lenhossék,  tan  circunspecto  y  perplejo  al  principio,  escribióme  en  1890  frases  que, 
aun  descontadas  las  usuales  exageraciones  de  la  cortesía,  resultáronme  muy  gratas  y  alentadoras.  “Sus, 
reiterados  y  sobresalientes  descubrimientos — me  decía  en  carta  que  conservo— prodúcenme  gran  admira- 
ción  por  su  genio.  Considero  sus  hallazgos  como  las  conquistas  más  importantes  realizadas  desde  hace- 
diez  años  en  el  dominio  do  la  Anatomía  microscópica.  También  los  profesores  His  y  Kólliker,  con  quienes 
he  conversado  largamente  hace  poco  en  Basilea,  y  otros  varios  colegas  participan  de  este  juicio  mío. 
Siento  en  el  alma  no  haber  comprendido  antes  toda  la  importancia  de  los  trabajos  de  usted,  y  haber  ■ 
mostrado  ace^'ca  de  ellos  un  escepticismo  injustificado,  que  espero  habrá  usUd sabido  olvidar.-  Por  des-  - 
gracia— lo  he  dicho  ya— los  hombres  de  este  temple  moral  abundan  poco  entre  los  sabios. 

(4)  Dagonet:  La  Medecine  Scientifique,  1893. 

(5)  Tanzi;  I  fatü  e  le  induzione  nell  odiema  istologia  del  sistema  nervoso .  Reggio-Emilia,  1893. 

(6)  Bergonzini:  Le  scoperte  recenü  sulla  istologia  dei  centri  nervosi.  La  Rásegna  di’  ScUíicé  Medi-  . 
che.  Annol893. 

(7)  Edinger:  Vorlesungen  ueber  den  Bau  der  nervósen  Centralorgane,  4  Aüfl.  1893. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


233,  • 


No  todo  fueron  venturas  y  satisfacciones  durante  el  año  de  1890  y  siguiente.: 
Tuve  también  inesperados  contratiempos. 

Uno  de  ellos  fué,  en  el  orden  científico,  mi  polémica  con  el  profesor  Camilo, 
Golgi,  que,  en  artículo  publicado  en  el  Anatomíscher  Anzeiger  (1),  reclamó  la, 
prioridad  del  hallazgo  de  las  fibras  colaterales  la  médula  esp  inal.  En  dicho 
escrito,  harto  desabrido  y  de  tono  poco  amistoso,  el  maestro  de  Pavía  exhumaba, 
cierta  breve  comunicación  publicada  en  1880.  en  un  periódico,  local  de  Reggio, 
Emilia  (Italia),  absolutamente  desconocida  de  los  sabios.  En  este  artículo  -  plvi^, 
dado  al  parecer  por  el  mismo  Golgi,  puesto  que  no  alude  a  él  en  su  obra  líiagna, 
del  sistema  nervioso  (1885)— figura  un  párrafo  de  tres  líneas  en  que  se  mencionan,, 
en  efecto,  las  famosas  ramas  transversales  brotadas  de  los  tubos  délos  cordones. 
Todavía,  a  pesar  de  mis  diligencias,  no  he  podido  proporcionarme  el  modesto  y 
desconocido  Boletín  médico  local  donde  se  consigna  dicho  descubrimiento. 

En  términos  comedidos  (2)  contesté,  y  o,  concediéndole  de  buen  grado  la  priori¬ 
dad  del  descubrimiento,  aunque  lamentando  que  un  hecho  de  tamaña  importancia, 
hubiera  visto  solamente  la  luz  en  Revista  médica  regional  ignorada  de  los  sabios..,- 
Y,  aprovechando  la  ocasión,  redacté  un  resumen  de  las  conclusiones  más  importan- , 
tes  deducidas  de  mis  trabajos  e  hice  una  crítica  severa  de  las  especulaciones  teó¬ 
ricas  del  sabio  de  Pavía  (papel  meramente  nutritivo  de  las  dendritas?  red  nerviosa 
difusa  intersticial,  significación  funcional  de  los  dos  tipos  neuronales,  oficio  vege¬ 
tativo  de  la  neuroglia,  etc.). 

La  justificada  reclamación  de  Golgi  disminuyó,  naturalmente,  mi  caudal  de  ha¬ 
llazgos  en  la  médula  espinal.  El  saldo  en  mi  favor  fué,  sin  embargo,  suficiente  para, 
consolar  mi  amor  propio^,  un  tanto  decepcionado.  Considerando  sólo  el  capitulo 
de  las  colaterales,  figuran  todavía  en  mi  haber  personal;  la  descripción  del  modo 
de  terminación  de  dichas  fibras  en  la  substancia  gris;  sus  conexiones,  mediante 
nidos,  con  las  neuronas  motrices  y  funiculares;  su  disposición  variada  en  los  di¬ 
versos  cordones,  y,  en  fin,  su  participación  en  la  constitución  de  las  comisuras 
blanca  y  gris. 

De  estos  percances  ningún  observador,  ni  aun  los  mejores  conocedores  de  la 
bibliografía,  se  verá  jamás  enteramente  libre.  ¿Cómo  evitar,  en  efecto,  que,  por 
negligencia,  comodidad  de  redacción,  acaso  por  asegurarse  Una  fecha  temprana, 
un  sabio  publique  o  ení/erre  (¡se  dan  casos!)  por  varios  años,  en  obscuro  óo/ef/n 
local,  o  en  las  Actas  de  modesta  Academia  provinciana,  un  hecho  interesante 
recién  descubierto?  Ciertamente,  los  cultivadores  de  la  ciencia  venimos  obligados 
a  publicar  nuestros  trabajos  en  Revistas  o  Archivos  umversalmente  conocidos,, 
para  facilitar  la  pesquisa  bibliográfica  y  evitar  sorpresas  desagradables;  pera 
¿quién  no  ha  incurrido  alguna  vez  en  este  pecado  de  pereza? 


Las  demás  pesadumbres  pertenecen  al  orden  familiar  y  no  interesan  al  lector. 
Mi  hijo  mayor,  que  prometía  ser  mozo  de  entendimiento,  cayó  gravemente  enfer¬ 
mo  con  una  fiebre  tifoidea,  de  cuyas  resultas,  además  de  paralizarse  bastante  su 
desarrollo  mental,  brotaron  los  gérmenes  de  la  enfermedad  cardíaca  que  le  llevó, 
tres  lustros  después,  al  sepulcro.  Y  una  de  mis  hijas,  la  primera  nacida  en  Barce- 


(1)  C.  Golgi:  Ueber  den  feineren  Bau  der  Rückenmarkes.  Anat.  Anzeiger,  Bd .  V,  1890. 

(2)  Cajal:  Reponse  k  M.  Golgi  á'propos  des  fibrilles  collatérales  de  la  moelle  épiniére  et  de  la  struc- 
ture  de  la  substance  grise.  Anat. Anzeiger,  Bd.  V,  1890., 


234 


S;  RAMÓN  Y  CAJAL 


lona,  fué  víctima  de  la  inexorable  meningitis,  contraída  durante  la  convalecencia 
del  sarampión.  Porque  en  las  grandes  y  húmedas  urbes  toda  debilidad  resulta  peli¬ 
grosa,  a  causa  del  perpetuo  acecho  del  bacilo  de  la  tuberculosis,  suspendido  en  el 
polvo  y  en  profusión  sembrado  por  industriales  desaprensivos  en  leches  y  carnes. 

¡Pobre  Enriqueta!...  Su  imagen  pálida  y  doliente  vive  en  mi  memoria,  asociada, 
por  singular  y  amargo  contraste,  a  uno  de  mis  descubrimientos  más  bellos;  el  cilin¬ 
dro-eje  de  los  granos  del  cerebelo  y  su  continuación  con  las  fibrillas  paralelas  de  la 
■  capa  molecular.  Acaso  en  tan  triste  ocasión  fué  la  angustia  despertador  soberano. 
Continuamente  desvelado,  y  rendido  de  fatiga  y  de  pena,  di  en  la  manía  de  em¬ 
briagarme,  durante  las  altas  horas  de  la  noche,  con  la  luz  del  microscopio,  a  fin  de 
adormecer  mis  crueles  torturas.  Y  cierta  noche  aciaga,  cuando  las  tinieblas 
comenzaban  a  abatirse  sobre  un  ser  inocente,  brilló  de  repente  en  mi  espíritu  el 
resplandor  de  una  nueva  verdad...  Pero,  no  renovemos  melancólicos  recuerdos. 
Además,  ¿a  quién  importan  estas  cosas?...  Hombres  somos,  y  por  tanto  el  dolor 
físico  y  moral  nos  acecha  de  continuo.  Sin  contar  con  el  tiempo,  el  terrible  e  inexo¬ 
rable  enemigo  de  la  vida. 


CAPITULO  vm 


TRABAJOS  DE  1891-— CON  LA  COLABORACIÓN  DE  VAN  GEHUCHTEN,  FORMULO  EL 
PRINCIPIO  DE  LA  polarización  dinámica  de  las  neuronas.— completo  mis 
ANTERIORES  OBSERVACIONES  SOBRE  EL  CEREBRO  Y  LA  RETINA  Y  ACOMETO  EL 
ANÁLISIS  DE  LOS  GANGLIOS  SIMPÁl  ICOS.— INESPERADA  FORTUNA  DE  MIS  CONFE¬ 
RENCIAS  POPULARES  ACERCA  DE  LA  ESTRUCTURA  FUNDAMENTAL  DEL  SISTEMA 
NERVIOSO.  —  OPOSICIONES  A  LA  CÁTEDRA  DE  HISTOLOGÍA,  DE  MADRID.— MI 
TRASLACIÓN  A  LA  CORTE  EN  1892 


La  fiebre  de  trabajo  y  la  tensión  de  espíritu  remitieron  algo  durante  el  año 
de  1891;  sin  embargo,  la  cosecha  de  observaciones  alcanzó  aún  cierta  im¬ 
portancia.  Como  veremos  luego,  el  descenso*  de  mi  actividad  debióse  al 
tiempo  invertido  en  la  preparación  intensa  de  mis  oposiciones  a  la  cátedra  de 
Madrid. 

Dos  cosas  hay  que  distinguir  en  mi  labor  de  1891:  la  elaboración  teórica  y  el 
acarreo  de  datos. 

En  el  orden  teórico  considero  como  la  más  afortunada  de  mis  concepciones  el 
principio  de  la  polarización  dinámica,  contenida  ya  en  germen  en  los  ensayos 
especulativos  de  1889  (1).  Complázcome  en  reconocer  que  en  la  elaboración  y  for¬ 
mulación  de  este  concepto  tuvo  el  profesor  v.  Gehuchten  participación  impor¬ 
tante. 

Permítame  el  lector  un  poco  de  historia. 

No  hay  histólogo  o  fisiólogo  que,  al  contemplar  la  morfología  complicada  de  la 
célula  nerviosa  con  sus  dos  clases  de  expansiones,  las  protoplásmicas  o  cortas  y 
la  nerviosa  o  larga,  no  se  haya  hecho  las  siguientes  interrogaciones:  ¿Cuál  es  la 
dirección  del  impulso  nervioso  dentro  de  la  neurona?  ¿Propágase  como  el  sonido 
o  como  la  luz  en  todas  direcciones,  o  marcha  constantemente  en  un  solo  sentido 
a  la  manera  del  agua  de  la  aceña? 

Ciertamente,  los  fisiólogos  habían  aportado  ya,  con  relación  a  este  problema, 
un  dato  valioso:  que  en  los  axones  motores  la  descarga  nerviosa  provocada  por 
las|células  del  asta  anterior  de  la  médula  espinal,  transmítese  exclusivamente  en 
sentido  celulifugo,  esto  es,  desde  el  soma  a  la  placa  motriz  o  terminación  nerviosa 
periférica;  y  generalizando  el  supuesto  un  poco  arbitrariamente,  ciertos  neurólo¬ 
gos — Gowers,  Bechterew,  Kolliker,  Waldeyer,  etc.  —  atribuyeron  a  todos  los  cilin¬ 
dros-ejes  esta  misma  especie  de  conducción. 

En  cuanto  al  modo  de  conducción  de  las  expansiones  protoplásmicas,  no  exis¬ 
tía  opinión  formada.  Muchos  autores  dudaban  hasta  de  su  capacidad  de  transmi- 

(1)  R.  Cajal;  Conexión  general  de  los  elementos  nerviosos,  1889. 


236 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


tir  corrientes  (recuérdese  la  concepción  de  Golgi  sobre  el  papel  puramente  nutri¬ 
tivo  dé  las  dendritas).  Sólo  el  fisiólogo  Gad  supuso,  aunque  sin  base  objetiva 
suficiente,  que  las  dendritas  podrian  acaso  propagar  el  impulso  nervioso  en  senti¬ 
do  celulípeto,  es  decir,  desde  los  cabos  de  estas  expansiones  al  cuerpo  celular. 

La  aparición  en  1889  y  1890  de  mis  trabajos  sobre  la  retina,  bulbo  olfatorio,  , 
cerebelo  y  médula  espinal  cambió  la  faz  del  problema,  haciéndolo  abordable  por 
la  via  histológica.  Dos  adquisiciones,  una  objetiva  y  otra  teórica,  facilitaron  la 
tarea.  Fué  la  primera  la  demostración  rigurosa  de  la  capacidad  conductriz  de  las 
dendritas;  consistió  la  otra  en  la  homología  imaginada  por  mí  (1889),  sóbrela 
base  de  comparaciones  morfológicas,  de  las  gruesas  expansiones  periféricas  de  los., 
corpúsculos  sensoriales  con  ¡as  prolongaciones  proíoplásmicas  de  las  neuronas 
centrales. 

Notemos,  en  efecto,  pasando  la  vista  por  las  figuras  27  y  28,  que  en  la  membra¬ 
na  visual  (células  bipolares,  conos  y  bastones  y  corpúsculos  ganglionares),  y  ea- 
el  aparato  olfativo  (fig.  28),  la  expansión  o  expansiones  celulares  gruesas,  en  un 
todo  comparables  con  las  dendritas,  miran  constantemente  al  mundo  exterior  y 
poseen  conducción  evidentemente  celulípeta,  mientras  que  el  axon  o  prolonga¬ 
ción  celulífuga  se  orienta  hacia  los  centros  nerviosos.  Procediendo  por  inducción,., 
era  natural  atribuir  iguales  propiedades  dinámicas  a  las  dendritas  de  las  neuronas 
multipolares  dél  cerebro,  cerebelo  y -médula  espinal.  Así  lo  expresé  yo,  aunque 
con  cierta  timidez,  en  1889,  en  mi  citado  trabajo  de  La  medicina  práctica  (1).  En 
la  figura  29  mostramos  la  dirección  que  el  impulso  nervioso  seguiría  en  un  órgano 
nervioso  central,  el  cerebelo,  caso  de  que  la  referida  ley  posea  valor  general. 

Faltóme  entonces  audacia  para  elevar  la  fórmula  a  la  categoría  de  ley  general. . 
Es  preciso  convenir  en  que,  no  obstante  los  progresos  hechos  en  el  conocimiento 
estructural  de  las  vías  sensoriales,  gracias  a  las  investigaciones  de  Golgi,  las 
nuestras  y  las  de  Kolliker,  Tartuferi,  Retzius  y  Lenhossék,  etc.,  semejante  genera¬ 
lización  resultaba  prematura. 

Parecióme,  además,  que  algunos  hechos  eran  francamente  contrarios  a  la  su¬ 
puesta  conducción  exclusivamente  celulípeta  de  las  dendritas  y  ceíulífuga  del 
axon.  Uno  de  ellos  era  la  existencia  en  diversos  centros  nerviosos  de  los  verte¬ 
brados,  y  particularmente  en  el  lóbulo  óptico  (aves  y  reptiles),  de  zonas  concén¬ 
tricas,  donde  concurren  exclusivamente  apéndices  protoplásmicos.  En  tales  casos 
era  forzoso  admitir  el  contacto  entre  dendritas  de  origen  diverso,  y  por  tanto,  una 
conducción  indiferentemente  celulípeta  o  celulífuga. 

La  otra  grave  dificultad  estribaba  en  las  células  de  los  ganglios  sensitivos  o 
raquídeos,  donde  la  rama  periférica  de  conducción,  indiscutiblemente  celulípeta, 
afecta,  por  excepción,  en  el  adulto  todos  los  caracteres  estructurales  y  morfológi¬ 
cos  del  cilindro-eje. 

Descorazonado  ante  tales  escollos,  abandoné  la  cuestión,  que  estimé  prematu¬ 
ramente  planteada,  y  acaso  insoluble,  con  ayuda  de  los  métodos  histológicos. 

Transcurridos  dos  años,  es  decir,  en  1891,  apareció  un  interesante  trabajo 
de  Van  Gehuchten  (2),  donde  se  criticaba  incidentalmente  y  en  una  nota  rni- 

(1)  *E1  papel  receptor  o  colector  de  corrientes— decíamos— délas  dendritas  es  indudable  por  lo  me¬ 
nos  en  dos  casos:  en  los  glomémlos  olfativos,  donde  las  fibras  nerviosas  llegadas  de  la  mucosa  nasal  en¬ 
tran  en  relación  con  el  penacho  dendrítico  de  las  células  mitrales,  y  en  las  células  de  Purkinje  del  cere¬ 
belo,  cuyas  frondas  protoplásmicas  se  ponen  en  contacto  con  fibrillas  paralelas  de  los  granos.»  La  merfi- 
cina  práctica,  1889. 

(2)  A.  Van  Gehuchten:  La  moeUe  epiniére  et  le  cervelet.  La  Cellule,  tomo  VII,  1891. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


237 


atrevida  identificación  de  las  dendritas  con  las  expansiones  receptoras  de  los 
•corpúsculos  sensoriales,  asi  como  las  consecuencias  fisiológicas  de  semejante  su¬ 
puesto. 

«Nos  parece  difícil— dice  este  sabio  -  admitir  la  hipótesis,  por  otra  parte  muy 
ingeniosa,  de  Cajal,  según  la  cual  la  prolongación  periférica  de  las  células  gan- 
.glionares  sensitivas  (alude  también  a  las  bipolares  olfativas,  retinianas,  etc.)  sería 
una  prolongación  protoplásmica,  mientras  que  la  expansión  central  representaría 
un  verdadero  axon.  Ramón  y  Cajal  ha  llegado  a  esta  hipótesis  comparando,  por 
■ejemplo,  los  elementos  bipolares  de  la  mucosa  olfativa  con  los  elementos  de  los 
ganglios  espinales. 

»La  idea  de  considerar  la  prolongación  periférica  .  como  protoplásmica  es  in- 
■geniosa  en  el  sentido  de  que  establece  fácilmente  una  diferencia  funcional  entre 
las  expansiones  protoplásmicas  y  nerviosas.  Las  prolongaciones  protoplásmicas 
tendrían  conducción  celulipeta  y  servirían  para  transmitir  al  cuerpo  celular  las 
conmociones  nerviosas  llegadas  de  los  vecinos  elementos;  mientras  que  el  cilin- 
-dro-eje  ofrecería  una  conducción  celiilífuga,  destinada  a  poner  el  elemento  ner¬ 
vioso  de  que  proviene  en  relación  con  ios  otros. 

»Mas  para  admitir  esta  hipótesis  fuera  necesario  modificar  completarñente  la 
idea  que  tenemos  de  las  prolongaciones  protoplásmicas,  y  admitir  que  una  de 
estas  prolongaciones  puede  llegar  a  ser  el  cilindro-eje  de  un  corpúsculo  nervioso. 
Jo  que  nos  parece  difícil  de  aceptar»  (1). 

La  lectura  de  esta  crítica  incidental  del  sabio  de  Lovaina  atrajo  mi  atención  y 
me  llevó  a  meditar  nuevamente  sobre  el  tema.  Con  razón  afirman  los  psicólogos 
«que  enfrente  de  una  idea,  repetidamente  apercibida  o  pensada,  nuestros  sucesi¬ 
vos  estados  de  conciencia  son  siempre  diferentes.  Entre  la  primera  y  la  últi¬ 
ma  aprehensión  del  concepto,  el  espíritu  ha  ganado  en  adquisiciones;  ciertas 
objeciones  pierden  su  fuerza;  dificultades,  al  parecer  insuperables,  se  des¬ 
vanecen;  fórjanse,  en  fin,  nuevas  asociaciones  de  ideas.  Tal  me  ocurrió  en  aquella 
ocasión.  La  precisión  con  que  dicho  sabio  planteó  el  problema  modificó  el  curso 
de  mis  pensamientos,  y  las  dudas  y  críticas  por  él  expresadas,  en  vez  de  detenerr 
me  y  disuadirme,  produjeron  el  efecto  contrario.  La  obsesión  del  téma  me  perse¬ 
guía,  y  lleno  de  esperanzas  y  alientos  me  dije:  ¿Por  qué  dicha  fórmula  no  ha  de 
ser  verdad?  ¿No  es  plausible  pensar  que  a  cualidades  morfológicas  diferentes  co¬ 
rrespondan  funciones  algo  diversas?  Y  esta  diversidad,  nacida  por  adaptación 
-fisiológica,  ¿no  podría  ser  para  las  dendritas  la  conducción  exclusivamente  celali- 
,peta  y  para  el  axon  la  celulifuga?  Probemos  otra  vez. 

Y  sometí  los  hechos  adversos  a  un  estudio  inucho  más  detenido  y  reflexivo.  El 
.primer  obstáculo— la  existencia  de  zonas  donde  exclusivamente  concurrían  las 
dendritas— desvanecióse  enteramente  al  examinar  ciertas  preparaciones  del  lóbulo 
óptico  y  cerebro  de  reptiles,  aves  y  batracios,  ejecutadas  por  mi  hermano,  por 
■entonces  consagrado  ahincadamente  al  análisis  de  los  centros  de  los  vertebrados 

(1)  Y  sin  embargo,  cuando  yo,  gradas  a  mis  trabajos  y  reflexiones,  convencí,  más  adelante,  a  todos  los 
sabios  de  la  realidad  de  la  polarización,  rechazada  por  Van  Gehuchten,  este  sabio,  que  ni  había  apor¬ 
tado  hechos  en  apoyo  de  dicha  concepción  ni  consagrado  su  esfuerzo  a  descartar  los  obstáculos  que  se 
oponían  a  ella,  reclamó  más  tarde  la  prioridad  del  descubrimiento  como  si  yo — y  ello  consta  de  sus  mis¬ 
mas  palabras — no  hubiera  colaborado  en  la  solución  del  arduo  problema.  Y  bastantes  carneros  de 
Pauurgo,  que  nunca  faltan  en  los  laboratorios,  siguiéronle  inconscientemente.  ¡Tan  cierto  es  que  a  vaces 
•el  orgullo  o  la  vanidad  anubla  las  más  lúcidas  inteligendas  ,y  eclipsa  la  nobleza  de  los  ihás  nobles 
Caracteres!... 


238 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


inferiores  (í).  Alli,  donde  años  antes  yo  no  encontraba  sino  dendritas,  los  referi¬ 
dos  cortes  mostraban  ricos  plexos  nerviosos  terminales. 

El  segundo  obstáculo  (carácter  axónico  de  la  expansión  externa  o  celulipeta  de 
las  células  ganglionares  raquídeas)  fué  salvado  mediante  una  interpretación  ra¬ 
cional,  fundada  en  hechos  bien  establecidos  de  la  ontogenia  y  filogenia.  Cierta¬ 
mente,  en  los  vertebrados  superiores,  la  expansión  externa  de  las  células  sensiti¬ 
vas  posee  carácter  de  cilindro-eje;  pero  si  descendemos  en  la  escala  animal  (ver¬ 
mes,  moluscos,  crustáceos,  etc.  (fig.  30,  A,  B),  según  probaron  las  investigaciones 
de  Retzius  y  Lenhossék)  o  nos  remontamos  a  las  primeras  fases  de  la  época  em¬ 
brionaria,  reconoceremos  fácilmente  que  la  célula  ganglionar  o  sensitiva  adopta, 
no  el  tipo  monopolar,  característico  de  los  vertebrados  superiores  (mamíferos, 
reptiles  y  batracios),  sino  el  bipolar,  a  la  manera  de  los  elementos  de  la  mucosa 
olfatoria,  o  los  de  la  membrana  visual;  ofreciendo,  por  consiguiente,  cierta  expan¬ 
sión  externa  gruesa,  colectora  de  corrientes  aferentes,  exenta  de  forro  medular  y 
con  todos  los  rasgos  distintivos  de  las  dendritas;  y  una  expansión  interna,  fina,  di¬ 
rigida  a  los  centros  y  en  posesión  de  los  atributos  del  cilindro-eje  legítimo.  Por 
donde  se  infiere  que,  en  el  curso  de  la  evolución  ontogénica  y  filogénica,  una  ex¬ 
pansión  primitiva,  legítimamente  dendrítica  en  su  doble  aspecto  dinámico  y  mor¬ 
fológico,  puede  adquirir,  por  adaptación  progresiva,  los  caracteres  estructurales,, 
pero  no  los  dinámicos,  del  cilindro-eje.  O  en  otros  términos;  las  propiedades  anató¬ 
micas  de  las  expansiones  neuronales  no  representan  hechos  primitivos  impuestos 
fatalmente  por  ley  de  evolución,  sino  disposiciones  secundarias  de  carácter  adap- 
tativo,  y  en  relación,  sobre  todo,  con  la  longitud  del  conductor.  Por  ejemplo:  la 
posesión  de  una  vaina  medular  aisladora  en  las  dendritas  (célula  sensitiva  de  ios 
ganglios)  relaciónase,  más  que  con  la  dirección  del  movimiento  nervioso,  con  la 
longitud  considerable  del  conductor.  En  la  figura  30  mostramos  la  evolución  mor¬ 
fológica  y  de  situación  del  cuerpo  celular  que  ha  experimentado  la  célula  sensiti¬ 
va  durante  su  desarrollo  fílogénico.  Se  ve  que,  conforme  progresa  la  evolución, 
dicho  cuerpo  abandona  sucesivamente  la  piel,  confinándose  en  órganos  profun¬ 
dos,  y  cuando  yace  cerca  de  la  médula  espinal  (reptiles,  batracios,  aves  y  ma¬ 
míferos)  comienza  otra  emigración,  en  cuya  virtud  el  núcleo  interealado  entre 
las  dos  expansiones,  central  y  periférica,  huye  hacia  la  corteza  del  ganglio,  bro¬ 
tando  aquéllas  en  lo  sucesivo  de  su  pedículo  inicial  con  atributos  anatómicos  de- 
axon  (2). 

Esta  evolución  morfológica  de  las  neuronas  sensitivas  se  reproduce  durante  eí- 
desarrollo  embrionario  de  los  mamíferos  y  aves,  según  mostramos  en  la  figura  31. 

Salvadas  estas  dificultades  y  previo  un. análisis  histológico  más  preciso  del 
efectuado  hasta  entonces  acerca  del  plan  estructural  de  las  vías  sensoriales  y  sen¬ 
sitivas,  fuimos  conducidos  al  siguiente  enunciado  (3),  que  fué  acogido  simpática- 


(1)  •  Oportunamente  hablaré  de  las  importantes  invesügaciones  de  mi  hermano,  relativas  a  la  histo¬ 
logía  comparada  del  sistema  nervioso.  Los  trabajos  de  este  autor,  donde  encontré  entonces  datos  precio¬ 
sos  para  fundamentar  el  principio  de  la  polarización  dinámica,  llevan  por  titulo:  Investigaciones  de  his¬ 
tología  comparada  en  los  centros  ópticos  de  los  vertebrados.  Tesis.  Madrid,  1890.  y  El  encéfalo  de  Ios- 

reptiles.  Zaragoza,  1S91. 

(2)  Este  curioso  desplazamiento  del  soma,  es  decir,  del  núcleo  que  parece  huir  del  cauce  principal 
del  impulso  nervioso  como  facilitando  la  creación  de  caminos  directos,  fué  más  adelante  explicado  des¬ 
de  el  punto  de  vista  ntilitario,  mediante  las  leyes  de  economía,  de  espacio  y  tiempo  de  conducción 

(3)  Cajal:  Significación  fisiológica  de  las  expansiones  protoplásmlcas  y  nerviosas  de  la  substancia 

gris.  Congreso  médico  valenciano,  sesión:  da  2i  de  )umo  de  18S1.  Se  publicó  también  en  la  Revista  de- 
Ciencias  médicas  de  Barcelona,  nums.  22  y  23. 18-1. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


mente  por  muchos  neurólogos  y  hasta  por  el  mismo  van  Gehuchten  (1):  La  trans¬ 
misión  del  movimiento  nervioso  se  produce  siempre  desde  las  ramas  protoplasmáti- 
casy  cuerpo  celular  al  axon  o  expansión  funcional.  Toda  neurona  posee,  pues,  un 
aparato  de  recepción,  el  soma  y  las  prolongaciones  proloplásmicas,  un  aparato  de  - 
emisión,  el  axon,  y  un  aparato  de  distribución,  la  arborización  nerviosa  terminal 
Y  como  esta  marcha  del  impulso  nervioso  al  través  del  protoplasma  implica  cierta  . 
©rientación  constante,  algo  así  como  una  polarización  de  las  ondas  nerviosas,  de¬ 
signamos  la  tesis  precedente;  teoría  de  la  polarización  dinámica. 

Pero  en  tan  difíciles  dominios  la  verdad  completa  rara  vez  surge  de  golpe.  Se 
forja  poco  a  poco,  tras  muchos  tanteos  y  rectificaciones.  A  pesar  de  su  amplitud, . 
el  referido  principio  no  resultaba  aplicable  a  todos  los  casos  conocidos  de  la  mor¬ 
fología  neuronal.  De  su  dominio  escapaban  muchas  neuronas  de  los  invertebrados  . 
y  algunos  elementos  de  los  vertebrados,  singularmente  ciertas  células  nerviosas 
de  axon  arciforme,  nacido  lejos  del  soma,  descubierto  por  mí  y  por  mi  hermano  en 
el  lóbulo  óptico  de  los  vertebrados  inferiores.  Sólo  más  adelante,  en  1897  (2),  caí 
en  la  cuenta  de  que,  contra  el  sentir  general,  el  soma  o  cuerpo  celular  no  Ínter- 
viene  siempre  en  la  conducción  de  los  impulsos  nerviosos  recibidos.  La  onda  afe¬ 
rente  se  propaga  a  veces  directamente  desde  las  dendritas  al  axon.  Hube,  pues, . 
de  sustituir  la  fórmula  incorrecta  precedente  con  esta  otra,  que  designé  Teoría  de 
la  polarización  axipeta:  El  soma  y  las  dendritas  poseen  conducción  axipeta,  es  de¬ 
cir,  transmiten  las  ondds  nerviosas  hacia  el  axon.  Inversamente,  el  axon  o  cilindro- 
eje  goza  de  conducción  somatófuga  o  dendrífuga,  propagando  los  impulsos  recibi¬ 
dos  por  el  sorna  o  por  las  dendritas,  hacia  las  arborizaciones  terminales  rierviosas. 
Por  consiguiente,  las  corrientes  afluentes  al  axon  no  pasan  por  el  soma  sino  cuan¬ 
do  éste  se  interpone  entre  los  aparatos  dendrítico  y  axónico. 

Esta  fórmula  se  aplica  a  todos  los  casos  sin  excepción,  tanto  de  los  vertebra¬ 
dos  como  de  los  invertebrados,  lo  mismo  en  el  adulto  que  en  el  embrión.  Gracias  . 
a  su  absoluta  generalidad,  constituye  una  preciosa  clave  interpretativa  de  la  mar¬ 
cha  de  las  corrientes  en  las  neuronas  de  los  centros.  Así  lo  han  reconocido  sabios 
insignes  que  me  han  hecho  la  honra  de  aceptarla  sin  reservas. 

Acerca  de  sus  ventajas  trataré,  empero,  más  adelante.  Limitaréme  por  ahora  a 
copiar  aquí  dos  figuras  esquemáticas  (32  y  33),  donde  el  lector  podrá  reconocer 
fácilmente  cómo,  en  efecto,  dicha  fórmula  se  aplica  lo  mismo  a  los  casos  difíciles  . 
(neuronas  cuyas  dendritas  brotan  del  segmento  inicial  del  axon,  cual  ocurre  en  los 
invertebrados,  células  con  cilindro-eje  en  cayado,  células  ganglionares  raquídeas  : 
nda/fas,  etc.),  que  a  los  tipos  neuronales  corrientes  del  encéfalo  de  los  mamífe-  - 
ros  (figuras  28  y  29).  Las  flechas  marcan  el  sentido  de  las  corrientes. 


Perdone  el  lector  si  me  he  detenido  demasiado  en  referirlas  etapas  de  mis. 
reflexiones  acerca  del  dinamismo  neuronal.  He  querido  mostrar,  con  un  ejemplo 
típico,  la  marcha  seguida  durante  la  elaboración  teórica;  narrar  cómo  los  obstácu¬ 
los,  al  parecer  insuperables,  que  cierran  el  paso  a  una  concepción  racional,  pue¬ 
den  salvarse,  volviendo  reiteradamente  sobre  el  tema,  eliminando  errores  y  ana- 


(1)  Van  Gehuchten:  No uvelles  recherches  sus  les  ganglions  cérébro-spinaux.  La  Cellule  tomo  Víir 

fase.  2,  1892,  etc.  .  umu  viu, 

(2)  Cajal;  Las  leyes  de  la  morfología  y  dinamismo  de  las  células  nerviosas.  Bevista  tritn  microa 
número  1, 189/. 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


-m 


lizando  a  fondo  los  hechos  contradictorios;  y  cómo,  en  fin,  el  primer  esbozo  teó- 
‘rico  se  afina  y  depura  por  la  reflexión,  ganando  progresivamente  en  generalidad 
hasta  abarcar  todos  los  casos. 

En  el  terreno  de  los  hechos  concretos,  considero  como  lo  mejor  de  mi  labor 
de  1891  los  recolectados  en  la  retina,  cerebro  y  gran  simpático. 

La  retina  mostróse  siempre  conmigo  generosa.  Cada  tentativa  analítica  marcó 
un  progreso  más  o  menos  importante  en  el  conocimiento  de  esta  membrana,  no 
obstante  la  formidable  concurrencia  que  me  hacia  Dogiel,  el  gran  histólogo  ruso, 
•  que  por  aquel  tiempo  aplicaba  con  fortuna  al  mismo  tema  el  método  de  Ehrlich 
al  azul  de  metileno.  No  es  cosa  de  referir  aquí  todos  los  menudos  datos  morfoló¬ 
gicos  y  de  conexión  recogidos  durante  aquella  campaña  en  la  membrana  visual 
de  peces,  batracios,  reptiles  y  mamíferos  (1).  Para  no  molestar  demasiado  al 
lector,  escogeré  solamente  uno  de  los  hechos  más  interesantes  desde  el  punto  de 
'  vista  fisiológico.  Aludo  a  la  existencia  de  un  doble  tipo  de  célula  bipolar  en  rela- 
'ción  con  las  dos  variedades  conocidas  de  corpúsculos  visuales  receptores. 

'  Sabido  es  que,  desde  la  época  de  J.  Müller  y  M.  Schültze,  los  fisiólogos  y  ana¬ 
tómicos  admiten  en  la  retina  de  los  vertebrados  dos  órdenes  de  células  recepto¬ 
ras:  él  cono,  destinado  a  la  visión  diurna  o  cromática,  y  el  basiónciio,  destinado  a 
la  visión  crepuscular  o  incolora.  La  excitación  de  estas  últimas  células  produce 
tina  imagen  poco  detallada  y  comparable  en  principio  a  una  fotografía  común  des¬ 
enfocada  (los  bastones  no  existen  en  la  foseta  central,  re^ón  de  la  máxima  acui¬ 
dad  visual);  mientras  que  la  impresión  délos  conos,  elementos  particularmente 
concentrados  en  la /ovea  centralis,  da  copias  coloreadas,  finas  y  brillantes,  seme¬ 
jantes  a  una  cromofotografía  en  placas  autocromas.  En  los  peces,  las  aves  diur¬ 
nas,  el  ratón,  etc.,  dominan  los  bastones;  en  otros  animales,  preponderan  los 
«  'conos  (aves  diurnas,  reptiles,  etc.).  Por  singular  privilegio,  reúne  el  hombre  la 
■  visión  cromática  del  águila  y  la  crepuscular  del  pez. 

Ahora  bien;  mis  observaciones,  rectificando  las  ideas  expuestas  por  Tartuferi  y 
Dogiel,  habían  demostrado  que  por  su  cabo  inferior,  extendido  hasta  la  zona  ple-^ 

.  xíforme  (véase  la  fig.  34,  d,  c),  los  bastoncitos  y  conos  se  terminan,. no  mediante 
redes,  según  anunciaron  dichos  sabios,  sino  libremente  y,  de  modo  diverso:  las 
prolongaciones  descendentes  de  los  primeros  rematan  a  favor:  de  una  esférula 
líbre;  mientras  que  la  expansión  espesa  de  los  segundos  acaba  en  todos  los  ver¬ 
tebrados  mediante  una  brocha  de  raicillas  horizontales  ramificadas  (fig.  34,  z). 

Fijado  este  punto  importante,  me  planteé  una  cuestión  muy  sencilla.  Puesto 
■que  la  impresión  recibida  por  el  bastoncito  es  diferente  de  la  recolectada  por  el 
cono,  precisa  de  todo  punto  que  cada  una  de  estas  impresiones  específicas  se 
propague  al  través  de  la  retina  por  cauce  separado. 

De  ser  válidas  las  conclusiones  de  Tartuferi  y  Dogiel,  según  las  cuales  el  se¬ 
gundo  anillo  de  la  cadena  visual  estaría  representado  por  un  solo  tipo  de  bipolar, 
en  continuación  conjunta  y  substancial,  hacia  afuera,  con  los  segmentos  termina¬ 
les  de  conos  y  bastones,  y,  hacia  adentro,  con  las  frondas  de  las  células  ganglió- 
-nicas  (capa  plextforme  interna),  quedaría  completamente  frustrado  el  ingenioso 


(I)  Cajal:  Estructura  de  la  retina  de  los  repüies  y  batracios,  con  12  grabados.  2Ó  de  agoste 
Notas  preventivas  sobre  la  reüna  y  gran  simpáüco  de  los  mamíferos.  Gaceta  Sanitaria  de 
con  7  grabados.  10  de  diciembre  de  1891.— La  retina  de  los  teleósteos  y  algunas  observación 
de  los  vertebrados  superiores.  Anales  de  la  Sociedad  de  Historia  natural,  de  Madrid  ser 
tomo  I.  Sesión  de  diciembre  de  1892.  (Este-último  trabajo  se  publicó  meses  después  que’  los 
..  cuando  acababa  de  trasladarme  a  Madrid.) 


)  de  1891.— 
Barcelona, 
es  sobre  la 
jun.da  serie 
anteriores, 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


241 


arbitrio  con  que  la  naturaleza  ha  organizado  dos  órdenes  de  células  foto-recepto¬ 
ras  específicas;  ya  que  desde  la  segunda  neurona  visual  en  adelante  ambas  im¬ 
presiones,  la  del  color  y  la  del  blanco  y  negro,  habrían  de  confundirse  corriendo 
juntas  por  los  mismos  cauces. 

Cuando  se  discurre  con  sentido  común  y  alzamos  el  mazo  resueltos  a  una 
acción  vigorosa,  la  naturaleza  acaba  por  oirnos.  Consciente  de  lo  que  buscaba, 
díme  a  explorar  acuciosa  y  reiteradamente  la  retina  de  peces  y  mamíferos  (aniriia- 
les  donde  la  diferenciación  entre  conos  y  bastones  llega  al  sumo);  y  al  fin,  como 
premio  a  mi  fe,,  dignáronse  aparecer  clarísimos  y  resplandecientes  aquellos  dos 
tipos  de  corpúsculos  bipolares  exigidos  por  la  teoría  y  adivinados  por  la  razón. 
En  la  figura  34,  e,  f,  presentamos  esquemáticamente  los  sendos  cauces  del  bas- 
toncito  y  del  cono  al  través  de  la  retina.  Nótese  cómo  una  variedad  de  bipolar  se 
pone  en  contacto,  mediante  su  penacho  protoplásmico  ascendente,  con  un  grupo 
de  esférulas  terminales  de  los  bastoncitos;  mientras  que  la  expansión  axónica  o 
profunda  de  dicha  célula,  acabada  en  pie  verrugoso,  se  articula  interiormente  con 
el  cuerpo  de  cierta  neurona  ganglionar  gigante.  Repárese  también  cómo  la  célula 
bipolar  para  cono  entra  en  conexión  individual,  a  favor  de  su  penacho  externo,  con 
el  pie  ramificado  de  un  cono;  en  tanto  que,  mediante  su  axon  profundo,  extendido 
en  fronda  horizontal,  se  yuxtapone  al  ramaje  terminal  de  los  medianos  y  pequeños 
corpúsculos  gangliónicos  (fig.  34,  g,  h,  j,  y  fig.  27,  b). 

imposible  sería  consignar  aquí,  ni  aun  en  forma  sucinta,  todos  los  demás  en¬ 
cuentros  afortunados  logrados  en  la  retina  de  peces,  batracios,  reptiles,  aves  y 
mamíferos.  Me  limitaré  solamente  a  recordar  el  hallazgo  del  axon.  y  arborización 
nerviosa  terminal  de  los  diversos  tipos  de  corpúsculos  horizontales  (fig.  35,  d,  e) 
(elementos  situados  por  debajo  de  la  capa  plexiforme  interna);  la  descripción 
de  muchas  variedades  morfológicas  de  amacrinas  y  elementos  gangliónicos 
(g,  h,  m,  n),  el  análisis  de  las  células  neuróglicas  o  de  Mulleren  la  serie  de  los  ver¬ 
tebrados,  etc.,  etc.  En  la  figura  35,  r,  p,  o,  n,  f,  a,  mostramos  esquemáticamente 
algunos  de  estos  hallazgos. 


Otro  de  los  trabajos  en  que  puse  más  entusiasmo  y  esfuerzo  analítico,  fué  el 
consagrado  a  la  corteza  cerebral  de  reptiles,  batracios  y  mamíferos.  A  la  verdad,  el 
tema  rae  atraía  con  singular  energía.  El  culto  al  cerebro,  enigma  entre  los  enig¬ 
mas,  era  viejo  en  mí,  según  dejo  expuesto  en  capítulos  anteriores.  Pero  yo  desea¬ 
ba  internarme  más  en  aquel  dominio  y  determinar  en  lo  posible  su  plan  funda¬ 
mental,  o  al  menos  llevar  a  cabo  una  pesquisa  semejante  a  la  efectuada  años  .an¬ 
tes  en  el  cerebelo.  Mas  ¡ay!,  mis  optimismos  rae  engañaban.  Porque  el  artificio 
soberano  de  la  substancia  gris  es  tan  intrincado,  que  desafía  y  desafiará  por  mu¬ 
chos  siglos  la  porfiada  curiosidad  de  los  investigadores.  Ese  desorden  aparente  de 
la  maraña  cerebral,  tan  alejada  de  la  regularidad  y  simetría  de  la  médula  espinal 
y  cerebelo,  oculta  un  orden  profundo,  sutilísimo,  actualmente  inaccesible.  No  ya 
el  monumental  encéfalo  del  homo  sapiens,  pero  hasta  el  más  modesto  del  reptil  y 
del  batracio,  ¡qué  digo!,  hasta  el  tan  desdeñado  y  diminuto  ganglio  cerebroide  del 
insecto,  al  parecer  mera  máquina  refleja,  oponen  al  análisis  obstáculos  insupe¬ 
rables. 

En  la  enrevesada  urdimbre  cerebral,  sólo  paso  a  paso  cabe  avanzar,  y  aun 
así,,  para  ser  afortunado,  los  zapadores  deben  llamarse  Meynert,  Golgi,  Edkiger, 
Flechsig,  Kólliker,  Forel,  etc. 

1<5 


S.  RAMÓN  ¥  CA3AL 


Pero  mi  juventud  de  entonces,  harto  confiada  y  acaso  algo  presuntuosa,  igno¬ 
raba  el  saludable  miedo  al  error;  y  me  lancé  a  la  empresa  confiado  en  que  en 
aquella  selva  tenebrosa,  donde  tantos  exploradores  se  hablan  perdido.  Seríame 
permitido  cobrar,  si  no  tigres  y  leones,  algunas  modestas  piezas  desdeñadas  por 
los  grandes  cazadores. 

He  aquí,  brevemente  enumerados,  algunos  de  mis  hallazgos  de  aquella  época: 


1. °  Uno  de  los  hechos  mejor  apreciados  entonces  íué  la  revelación  de  la  exis¬ 
tencia  constante  en  la  corteza  cerebral  de  batracios,  reptiles,  aves  y  mamíferos, 
del  corpúsculo  piramidal,  que  osé  llamar,  corl  audacia  de  lenguaje  de  que  hoy  me 
avergüenzo  un  tanto,  la  célula  psíquica  (i).  Sus  características  son:  forma  alarga¬ 
da,  más  o  menos  cónica  o  piramidal;  orientación  radial;  ostentar  constantemente 
un  penacho  dendrítico  extendido  por  la  capa  molecular  o  tangencial  del  cerebro,  y 
un  axun  o  expansión  nerviosa  dirigida  a  las  regiones  profundas,  donde  constituye 
vías  de  asociación  intercortical  o  córtico-medular. 

La  figura  36  me  dispensa  de  entrar  en  pormenores  acerca  de  la  citada  célula 
psíquica,  que  íué  objeto  más  adelante,  parparte  de  mi  hermano,  de  análisis  ago¬ 
tantes  en  reptiles  y  batracios,  y,  por  iniciativa  de  mi  discípulo  Cl.  Sala,  de  un 
buen  estudio  en  las  aves. 

2. °  Encuentro  en  la  capa  molecular  del  cerebro  de  los  mamíferos  (donde  se 
suponían  existir  solamente  corpúsculos  neuróglicos  y  fibras  nerviosas),  de  nume¬ 
rosas  neuronas  de  cxon  corío,  terminado  en  el  espesor  mismo  de  dicha  zona,  y 
clasificables  en  dos  variedades  principales  (fig.  37  a,  b). 

3. °  Descripción  de  numerosas  neuronas  fusiformes  habitantes  en  todos  los 
estratos  de  la  corteza  cerebral  y  caracterizadas  porque  su  axon,  de  orientación 
ascendente,  se  arboriza  en  las  zonas  de  las  pequeñas,  medianas  y  grandes  pirámi¬ 
des  ifig.  37,  c,  é). 

4. °  Persecución,  por  vez  primera,  del  curso  de  las  fibras  de  proyección  hasta 
el  cuerpo  estriado,  y  señalamiento  de  sus  colaterales  para  este  cuerpo  y  para  la 
comisura  callosa  (fig.  37,  g). 

5. °  Descubrimiento  de  ciertas  fibras  gruesas  llegadas  del  cuerpo  estriado  y 
ramificadas  libremente  en  las  zonas  de  las  pirámides  (/).  Tales  fibras,  confirmadas 
por  Kólliker,  que  las  llamó  fibras  de  Cajal,  representan  probablemente  la  termina¬ 
ción  de  la  vía  sensitiva  central. 

6°  Demostración  de  la.terminación  libre  de  las  colaterales  de  los  axohes  de 
las  pirámides  y  de  las  ramillas  nerviosas  de  los  elementos  de  axon  corto 
(fig.  37,  D). 

7.0  Observación  de  que  las  células  de  Martinotti,  o  de  axon  ascendente  ra¬ 
mificado  en  la  capa  molecular,  no  viven  sólo  cerca  de  ésta,  sino  en  todas  las  ca¬ 
pas  de  la  corteza  (fig.  37,  d). 

8.0  Nuevas  observaciones  sobre  la  evolución  embrionaria  de  las  células  pira¬ 
midales  y  de  los  elementos  de  neuroglia,  etc. 

Algunas  de  estas  observaciones  y  otras  que,  en  obsequio  a  la  brevedad,  no 
menciono,  divulgáronse  rápidamente,  gracias  a  mi  precaución  de  publicarlas  en 
francés,  aprovechando  cierta  revista  histológica  belga.  La  Cellula  (2). 

Poco  después,  Retzius,  Kólliker,  mi  hermano,  Edinger,  Scháffer,  etc.,  confirma* 
ban  y  ampliaban  en  algunos  puntos  los  precedentes  resultados. 

La  última  de  mis  pesquisas  de  1891  versó  sobre  la  estructura  del  gran  simpᬠ
tico.  Fué  esta  indagación,  harto  más  floja  que  las  anteriores,  prueba  palmaria  del 
enorme  influjo  de  lo  moral  sobre  lo  intelectual.  Por  entonces  hallábame  preocupa¬ 
do  con  las  oposiciones  a  la  cátedra  de  Histología  de  Madrid.  La  preparación  añ¬ 
il)  Cajal:  Eslructura  de  la  corteza  cerebral  de  batracios,  reptiles  y  aves.  Agosto  de  1891. 

(2)  CAjAL-.Surlastructuredel’écorcecérébrale  de  quelques  mammiféres.  La  Ceaa/e  ’tomo  vil  1» 

fascicule,  1891.  Con  tres  grandes  láminas  litografiadas.  ’  ’ 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


243 


■siosa  de  los  ejercicios,  las  suspensiones  que  éstos  sufrieron,  el  ajetreo  de  mis  re¬ 
petidos  viajes  a  la  Corte,  interrumpieron  la  continuidad  de  mi  esfuerzo  analítico, 
arrebatándome  esa  tranquilidad  de  espíritu  sin  la  cual  toda  obra  humana  suele 
resultar  pobre,  contradictoria  y  desprovista  de  claridad  y  enjundia  (1). 

La  citada  indagación  llegaba,  sin  embargo,  a  su  hora.  Ignorábase  por  aquel 
iempo  la  verdadera  morfología  de  las  neuronas  simpáticas.  Diversos  histólogos 
<Remak,  Ranvier,  Kolliker,  etc.)  habían  reconocido  en  ellas  expansiones  dicotomi- 
zadas;  pero  reinaba  la  mayor  incertidumbre  acerca  del  carácter  y  paradero  de  las 
mismas.  El  corpúsculo  simpático,  cuya  naturaleza  motriz  parecía  indudable,  ¿po- 
-seía,  en  concordancia  con  el  patrón  morfológico  común,  legítimas  dendritas  y 
axon,  o  más  bien,  según  sospechaban  ciertos  neurólogos,  todas  sus  prolongacio¬ 
nes  celulares  poseían  significación  nerviosa,  arborizándose  en  las  fibras  muscu¬ 
lares  lisas?  ¿O  constaba,  más  bien,  según  parecer  algo  indeciso  de  Kolliker  (1890)> 
de  un  grupo  de  axonesy'de  un  juego  de  dendritas?  > 

Impaciente  por  llegar  a  la  meta  antes  que  nadie,  exploré  febrilmente  los  gan- 
^•glios  simpáticos  de  los  embriones  de  ave,  consiguiendo  por  lo  pronto  establecer 
en  sus  neuronas  la  existencia  de  prolongaciones  protoplásmicas  genuinas,  acaba¬ 
das  libremente  en  el  seno  de  la  trama  ganglionar  (2).  Pero  ofuscado  por  las  apa¬ 
riencias,  atribuí  a  cada  célula  dos  o  más  axones  (en  armonía  con  una  opinión  re¬ 
ciente  de  Kolliker),  cuando  positivamente  sólo  emite  uno.  Poco  tiempo  después, 
en  trabajo  especial  recaído  en  los  mamíferos,  rectifiqué  espontáneamente  mi  equi- 
■  vocación  y  formulé  la  verdadera  disposición  de  los  corpúsculos  simpáticos  (3) 
Mas  esta  rectificación  tardía  deslució  mucho  mi  labor.  Y  aunque  mi  nueva  con¬ 
cepción  morfológica  vió  la  luz  antes  de  la  aparición  de  las  observaciones  de  van 
'  Gehuchten,  Luigi  Sala,  discípulo  de  Golgi,  y  de  G.  Retzius,  a  quienes  había  yo 
sugerido  la  fórmula  metodológica  apropiada  (proceder  de  doble  impregnación  al 
‘  cromato  de  plata),  no  pude  evitar  que  se  me  reprocharan,  con  razón,  mis  titubeos  y 
contradicciones,  y  se  adjudicara  a  van  Gehuchten  el  mérito  de  haber  resuelto  defi¬ 
nitivamente  el  problema.  Algo  quedó,  naturalmente,  en  mi  activo:  la  existencia  de 
las  colaterales  de  las  fibras  llegadas  de  la  médula  espinal  (fibras  motrices  de  primer 
orden  de  los  autores  y  cordones  de  unión  longitudinal  de  los  ganglios);  los  nidos 
.  nerviosos  pericelulares  de  origen  dendrítico;  la  determinación  de  varias  modalida¬ 
des  neuronales,  etc.  Sírvame  la  figura  38,  reproducción  de  un  grabado  anejo  al 
-  trabajo  de  1891,  para  suplir  detalles  descriptivos  que  aquí  resultarían  inoportunos. 

En  fin,  para  cerrar  la  lista  de  las  publicaciones  de  1891,  me  limitaré  a  citar  bre¬ 
vemente  un  trabajo  en  colaboración  de  mi  discípulo  Cl.  Sala  (4),  donde  se  precisa 
la  verdadera  forma  de  los  conductos  glandulares  del  páncreas,  así  como  el  modo 
de  terminación  de  los  nervios  simpáticos;  otra  breve  comunicación  en  que  se  des¬ 
criben  las  terminaciones  nerviosas  del  corazón  de  los  mamíferos  (5),  probando 

(1)  Una  de  las  causas  de  estas  vacilaciones  filé  el  haber  trabajado  en  pichones  y  embriones  de  pa¬ 
loma,  donde  es  imposible  seguir  el  curso  entero  de  las  dendritas.  ¡Cuántos  fracasos  o  semiéxitos  se  de¬ 
ben  a  un  mal  objeto  de  estudio!... 

(2)  Cajal:  Estructura  y  conexiones  de  los  ganglios  simpáticos  {Pequeñas  contribuciones  al  conoci¬ 
miento  del  sistema  nervioso).  Agosto  de  1891.  Con  12  grabados. 

(3)  Cajal;  Notas  preventivas  sobre  la  retina  y  gran  simpático  de  los  mamíferos.  Gaceta  Sanitaria  de 
^.Barcelona,  10  de  diciembre  de  1831.  Con  siete  grabados. 

(4)  S.  R.  Cajal  y  Cl.  Sala;  Terminaciones  de  los  nervios  y  tubos  glandulares  del  páncreas  de  los 
'■  vertebrados.  28  diciembre  de  1891.  Con  cinco  grabados. 

(5)  Terminaciones  nerviosas  en  el  corazón  de  los  mamíferos.  Gaceta  Sanitaria  de  Barcelona.  10  de 
-abril  de  1891. 


24,4 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


que  en  las  fibras  musculares  cardíacas  no  existe  la  placa  motriz,  ni  la  singular  dis-- 
posición  referida  por  Ranvier,  sino  plexos  nerviosos  difusos  semejantes  a  los  des¬ 
critos  en  los  músculos  de  fibra  lisa;  cierta  nota  (1)  donde,  a  semejanza  de  las  raí¬ 
ces  posteriores  de  la  médula  espinal,  se  reconocen  típicas  bifurcaciones  en  los 
nervios  sensitivos,  bulbares  y  craneales  (trigémino,  nervio  vestibular,  coclear  o- 
acústico,  etc.);  un  estudio. sobre  la  médula  de  los  reptiles,  en  que  se  comprueban 
muchos  detalles  hallados  anteriormente  en  la  de  las  aves  y  mamíferos;  y,  en  fin, . 
un  apnnte  descriptivo  de  la  substancia  de  Rolando  de  la  médula  espinal  de  los 
mamíferos  (2). 


Al  final  de  1891,  el  conjunto  de  mi  labor  práctica  y  la  suma  de  las  inducciones 
teóricas  obtenida  habían  alcanzado  suficiente  riqueza  y  densidad  para  form-ar  la 
materia  de  un  libro.  Algunos  discípulos  y  médicos  de  Barcelona  que  conocían  mis 
ideas,  me  invitaron  a  exponerlas  ante  la  Academia  de  Ciencias  Médicas  de  Catalu¬ 
ña.  Deferí  gustoso  a  sus  ruegos,  ejecutando  para  mis  conferencias  grandes  cua¬ 
dros  murales  policromados,  representativos,  bajo  forma  esquemática,  del  plan  es¬ 
tructural  de  los  centros  nerviosos  y  órganos  sensoriales.  Oyóseme  con  agrado,  y 
algunos  discípulos  entusiastas  tuvieron  la  amabilidad  de  recoger  mis  explicacio¬ 
nes  y  copiar  mis  dibujos,  publicando  en  la  Revista  de  Ciencias  Médicas  de  dicha 
ciudad  una  serie  de  artículos,  atentamente  revisados  y  retocados  por  mí. 

Los  tales  artículos,  que  vieron  la  luz  en  1892  (3),  tuvieren  un  éxito  que  me  llenó  • 
de  sorpresa,  sobrepujando,  no  sólo  mis  esperanzas,  sino  mis  ilusiones.  Ignoro 
cómo  se  enteraron  en  el  extranjero  de  dichas  conferencias;  ello  íué  que  en  poco 
tiempo  vieron  la  luz  traducciones  o  extensas  relaciones  en  varios  idiomas.  Hasta 
el  gran  W.  His,  profesor  de  Leipzig,  de  cuya  buena  amistad  hice  mérito  en  capí¬ 
tulos'  anteriores,  propúsome  traducirlas  al  alemán.  La  versión  tudesca  aparecida 
en  1893  (4)  corrió  a  cargo  nada  menos  que  del  Dr.  K.  Held,  a  la  sazón  ayudante 
del  maestro  (a  quien  sucedió  en  la  cátedra)  y  actualmente  una  de  las  mayores 
ilustraciones  de  la  Histología  alemana.  En  cuanto  a  la  edición  francesa,  fué  hecha 
por  el  Dr.  Azoulay,  que  tradujo  a  conciencia  un  texto  especialmente  revisado  y 
ampliado  por  mí.  El  pequeño  libro,  intitulado  Les  nouvelles  idées  sur  la  fine  ana- 
tomie  de  centres  nerveux  (Reinwald,  París),  y  autorizado  con  un  prólogo  afectuoso 
del  ilustre  profesor  Matías  Duval,  de  París,  hizo  furor:  en  menos  de  tres  meses 
agotáronse  dos  copiosas  ediciones.  Tan  inesperado  favor  del  público  sugirióme  el 
propósito,  que  acometí  años  después,  de  escribir  un  libro  extenso  donde  se  estu¬ 
diara  sistemática  y  minuciosamente  la  textura  del  sistema  nervioso  de  todos  los 
vertebrados  y  se  diera  cuenta,  con  los  necesarios  desarrollos,  de  la  totalidad  de 
mi  obra  científica.  Acerca  de  este  formidable  trabajo  de  benedictino,  en  que  me 
ocupé  ahincadamente  durante  diez  años,  trataré  oportunamente. 

(1)  Sobre  la  existencia  de  bifurcaciones  y  colaterales  en  los  nervios  sensitivos  craneales  y  substancia 
blanca  del  cerebro.  Gaceta  Sanitaria  de  Barcelona.  10  de  abril  de  1891. 

(2)  Cajal:  Estos  dos  estudios  aparecieron  con  otros  varios  en  un  extenso  folleto  titulado  Pequeñas 
contribuciones  al  estudio  del  sistema  nervioso.  Agosto  de  1891. 

(3)  Cajal:  Nuevo  concepto  de  la  histología  de  los  centros  nerviosos.  Revista  de  Ciencias  Médicas  de 
Barcelona,  números  16,  20. 22  y  23  de  1892,  tomo  XVIII,  La  tirada  aparte  de  todos  estos  artículos  data  . 
del  comienzo  de  1893. 

(4)  Cajal;  Neue  Darstellung  vom  histologisclien  Bau  des  Centralnervensystems.  Traducción  del 
Dr  H.  Held.  Arch.  f.  Anat.  u.  PJiysiol.  Anat.  Abíheilung,  1893.  Como  proemio  de  esta  versión  hace 
notar  el  profesor  His  que  la  edición  alemana  ha  sido  cuidada  por  él  y  encargada  a  su  ayudante,  experto 
conocelor  del  asunto.  Desgraciadamente,  elDr.  Held  no  dominaba  suficientemente  el  español,  y  su  ver¬ 
sión  está  llena  de  errores  e  incomprensiones. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


245 


En  abril  de  1892  ocurrió  mi  traslación  a  Madrid.  Tras  ejercicios  de  oposición 
«que  duraron  varios  meses  e  interrumpieron  numerosos  incidentes,- tuve  la  fortuna 
de  ser  propuesto  unánimemente  para  la  cátedra  de  Histología  normal  y  Anatomía 
patológica,  vacante  por  defunción  del  inolvidable  y  benemérito  Dr.  Maestre  de 
San  Juan  (1).  En  el  Tribunal,  presidido  por  el  Dr.  D.  Julián  Calleja,  figuraban  jue¬ 
ces  tan  prestigiosos  como  el  Dr.  Alejandro  San  Martín,  Dr.  Federico  Olóriz,  el 
marqués  del  Busto,  D.  Antonio  Mendoza  y  los  profesores  de  la  asignatura  docto¬ 
res  Cerrada  y  Gil  Saltor. 

Mi  triunfo  no  fué  fácil,  pues  contendía  con  rivales  de  mucho  mérito,  singular¬ 
mente  uno  de  ellos,  a  cuyos  talentos  y  cultura  siempre  rendí  ingenua  admiración 
y  cordial  estima. 

Como  no  he  consentido  jamás  a  mi  amor  propio  el  menor  conato  de  vanidad 
ni  engreimiento,  declaro  ahora  que  mi  victoria,  tan  sonada  por  aquellos  tiem¬ 
pos  entre  la  clase  médica  de  la  Corte,  debióse  exclusivamente  a  dos  motivos,  en 
cierto  modo  impersonales  y  circunstanciales;  desde  luego,  a  la  eficaz  preparación 
lograda,  explicando  durante  cuatro  años  consecutivos  las  asignaturas  objeto  de 
la  oposición;  y,  después,  al  crédito  y  favor  que  mis  modestos  pero  numerosos  tra¬ 
bajos  científicos  (pasaban  ya  entonces  de  60)  habían  granjeado  entre  los  sabios 
■extranjeros. 

Yo  deploré  mucho  haber  debido  recurrir,  para  llegar  a  la  Universidad  Central, 
ideal  de  todo  catedrático  de  provincias,  a  la  pugna,  cruel  y  enconada  siempre,  de 
la  oposición.  Por  cultas  y  corteses  que  sean  las  armas  esgrimidas  en  semejantes 
lides,  dejan  Siempre  en  pos  rencillas  y  resquemores  lamentables,  enfrían  amista¬ 
des  cimentadas  a  veces  en  afinidades  de  gustos  y  tendencias,  e  impiden  colabo-r 
íaciones  que  podrían  ser  provechosas  para  la  ciencia  nacional. 

Porque,  para  mí,  ser  catedrático  de  la  Central  constituía  entonces  la  única  es¬ 
peranza  de  satisfacer,  con  cierta  holgura  mis  aficiones  hacia  la  investigación  y 
de  aumentar  mis  recursos,  harto  mermados  con  los  incesantes  gastos  de  labora- 
“torio  y  de  suscripciones  a  revistas,  amén  del  sostén  de  numerosa  familia.  Ricos  y 
prestigiosos  eran  mis  rivales;  cultivaban  pingües  y  bien  merecidas  clientelas,  y 
podían  esperar.  Pero  yo,  engolfado  en  mis  trabajos,  había  perdido  casi  del  todo 
las  aptitudes  clínicas;  estaba,  por  consiguiente,  inhabilitado  para  la  labor  profe¬ 
sional,  única  ocupación  que  puede  conducir  al  médico  a  la  holgura  económica. 
Sólo  en  la  decorosa  industria  del  libro  de  texto,  tan  fructuosa  para  los  catedráti¬ 
cos  de  la  Corte  cuanto  precaria  para  los  de  provincias— industria  sandiamente  mo¬ 
tejada  por  quienes  no  conocen  sino  sus  vituperables  abusos—,  entreveía  yo  el 
aurea  mediocritas  capaz  de  garantizarme,  con  la  preciosa  conquista  de  mi  tiempo^ 
«1  bien  supremo  de  la  independencia  de  espíritu. 

(1)  El  buenísimo  de  D.  Aureliano,  a  quien  tanto  venerábamos  sus  discípulos,  sucumbió  de  las  resultas 
■de  un  accidente  de  laboratorio.  Una  salpicadura  de  sosa  cáustica,  producida  por  la  ruptura  de  un  frasco., 
determinó  la  pérdida  da  la  vista,  a  que  siguió  una  pasión  de  ánimo  tan  grande,  que  arrebató  en  pocos 
sneses  al  maestro.  Fué  el  Dr.  Maestre  un  excelente  profesor  que  sabía  comunicar  sus  entusiasmos  a  quie¬ 
nes  le  rodeaban.  Yo  le  debo  favores  inolvidables.  Tras  haberme  apadrinado  en  la  ceremonia  de  la  in- 
•vestidura  de  doctor,  me  animó  insistentemente  durante  mis  ensayos  de.investigador,  fortaleciendo  mi 
■confianáa  en  las  propias  fuerzas.  Las  cartas  con  que  acusaba  recibo  de  mis  publicaciones  constituían 
para  mí  tónico  moral  de  primer  orden . 


CAPITULO  IX 


M3  TRASLACIÓN  A  LA  CORTE.— ME  DOMICILIO  EN  LA  CALLE  DE  ATOCHA,  CERCA  DE 
SAN  CARLOS.— SEMBLANZAS  DE  ALGUNOS  DE  MIS  AMIGOS  Y  COLEGAS  DE  FACUL¬ 
TAD,  HOY  DESAPARECIDOS:  CALLEJA,  OLÓRIZ,  HERNANDO,  LETAMENDI,  SAN¬ 
MARTÍN,  ETC. 


CUANDO,  de  retorno  de  las  oposiciones,  me  incorporé  a  la  familia,  la  encon¬ 
tré  aumentada  con  un  hijo  más.  Ello  fué  motivo  de  júbilo,  aunque  la  apa¬ 
rición  de  un  sexto  retoño  no  suela  despertar  iguales  entusiasmos  que 
el  primero. 

Entre  mis  comprofesores  de  Barcelona  produjo  la  noticia  de  mi  triunfo  agrada¬ 
ble  sorpresa,  mezclada  acaso  con  algo  de  contrariedad.  Parecióme  advertir  en 
algunos  excelentes  colegas  cierto  descontento  por  no  haber  desarrollado  oportu¬ 
namente  alguna  iniciativa  encaminada  a  retenerme  indefinidamente  en  la  capital 
catalana  (1).  Estos  sentimientos  de  consideración  y  estima,  tan  honrosos  para  mí,, 
tuvieron  expresión  amable  y  entusiasta  en  cierto  banquete  de  homenaje  con  que  la 
Academia  de  Ciencias  Médicas  de  Cataluña  y  mis  colegas  de  claustró  obsequiaron, 
al  que,  durante  cerca  de  cinco  años,  tuvo  la  honra  de  ser  su  compañero  y  colabo¬ 
rador.  Al  acto  asistieron  también  varios  profesores  de  la  Facultad  de  Ciencias  y 
los  simpáticos  contertulios  de  la  peña  del  café. 

Con  verdadera  pena  hube  de  abandonar  a  tan  excelentes  .amigos,  y  con  ellos  a 
una  ciudad  donde  encontré  ambiente  singularmente  favorable  para  la  ejecución  y 
publicación  de  mis  trabajos  científicos.  Con  no  menos  tristeza  despedíme  de 
aquella  tertulia  célebre  de  la  Pajarera,  donde,  en  compañía  de  García  de  la  Cruz, 
Schwarz,  Soriano,  Villafañé,  Castro  Pulido,  Castell,  Odón  de  Buen,  etc.,  había  pa¬ 
sado  ratos  inolvidables. 

El  eco  de  mis  éxitos  de  opositor  repercutió  también  en  Zaragoza,  entusias¬ 
mando,  según  era  natural,  a  mis  amigos  y  paisanos.  Allí,  en  el  seno  del  hogar, 
donde  descansé  algunos  días  camino  de  la  Corte,  gocé  una  de  las  m-ás  puras  y  no¬ 
bles  satisfacciones  que  es  dable  experimentar:  la  contemplación  del  gozo  y  del 
orgullo  de  los  ancianos  padres,  de  aquellos  padres  a  quienes  tantos  disgustos 
causaran  en  otro  tiempo  los  devaneos  artísticos  y  rebeldías  de  su  hijo...  Fué  aque¬ 
lla  alegría  hermosa  compensación  de  sus  desvelos  y  gran  consuelo  para  mí.  ¡Cuán- 

(1)  Eué  acaso  mi  esümado  amigo  BaÜles  y  Beltrán  de  Lis  quien  mostróse  más  disgustado  con  mi  tras¬ 
lado  a  la  Corte,  pues  tenía  empeño  en  crear  para  mí,  en  el  Laboratorio  MuniciíJai.  una  plaza  de  micró- 
grafo,  decorosamente  remunerada.  La  caída  del  partido  liberal,  en  cuyas  filas  militaba,  y  el  consiguiente 
trasiego  de  concejales,  dieron  al  traste  con  los  buenos  proposites  de  BaUles,  a  cuyas  generosas  gesüones 
viviré  siempre  agradecido. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


247 


to  hubiera  dado  yo  por  que  la  vida  de  mis  progenitores  se  hubiera  prolongado 
hasta  1908,  fecha  del  más  sonado  de  mis  triunfos!  Pero  la  ley  de  la  vida  es  inexo¬ 
rable;  a  pocos  padres  es  dado  ser  testigos  de  la  culminación  de  la  carrera  filial. 

También  mis  excelentes  profesores  de  Zaragoza  celebraron  mi  elevación  a  la 
Universidad  de  Madrid.  Con  alguna  excepción,  mostráronse  ufanos  de  su  antiguo 
discípulo,  y  éste  se  consideró  dichoso  por  haber  dado  pretexto  a  la  satisfacción  de 
sus  maestros.  A  ruego  de  aquéllos,  y  para  corresponder  a  tantos  afectuosos  plᬠ
cemes,  expuse,  en  dos  largas  conferencias,  ilustradas  con  numerosas  figuras,  los 
más  importantes  resultados  de  mis  trabajos  de  laboratorio.  Grande  fué  la  sorpresa 
de  mis  maestros  de  antaño  al  saber  que,  indiscutibles  autoridades  científicas  del 
extranjero,  habían  confirmado  mis  modestos  hallazgos  y  adoptado  mis  interpre¬ 
taciones. 

Ofreciéronme,  naturalmente,  el  agasajo  ya  entonces  a  la  moda,  es  decir,  el  ban¬ 
quete  de  honor,  con  Jos  inevitables  brindis,  tan  impregnados  de  afecto  cuanto  de 
alentadoras  y  patrióticas  esperanzas  acerca  del  porvenir  de  la  naciente  ciencia  es¬ 
pañola.  Recuerdo  que  uno  de  los  brindis  más  cariñosos  y  efusivos  fué  el  del  doc¬ 
tor  Fornés,  a  quien  suponía  yo,  gratuitamente,  algo  molesto  conmigo. 


Llegué,  por  fin,  a  la  capital  de  la  Monarquía  en  abril  de  1892,  a  los  cuarenta 
años  de  edad,  ansioso  de  trabajar  y  con  la  cartera  repleta  de  proyectos  científicos. 
Según  costumbre  míá,  instaléme  modestamente  (1),  cual  cumple  al  obrero  de  la 
ciencia  que  siente  el  santo  horror  del  déficit,  como  decía  Echegaray,  y  sabe  que 
las  ideas,  a  semejanza  del  nenúfar,  florecen  solamente  en  las  aguas  tranquilas 
Pagaba  de  alquiler  diez  y  seis  duros  al  mes.  Semejante  modestia,  que  algunos  ta¬ 
chaban  de  excesiva  e  impropia  de  un  principe  de  la  toga  académica,  según  frase 
de  cierto  hinchado  y  orgulloso  catedrático,  parecíame  necesaria  mientras  tanteaba 
el  terreno  y  trataba  de  allegar  los  recursos  indispensables  para  educar  la  familia 
y  desarrollar  cumplidamente  mis  trabajos.  Porque  yo  siempre  diputé  peligrosa  y 
contraproducente  la  conducta  de  esos  profesores  que,  recién  llegados  del  rincón 
provinciano,  instálanse  en  la  Corte  á  lo  dentista  americano,  gastando  sus  modes¬ 
tos  ahorros  en  costearse  coche,  habitación  y  mueblaje,  en  espera  de  una  clientela 
opulenta  que  no  se  digna  comparecer. 

Las  costumbres  de  mis  nuevos  colegas  casaban  admirablemente  con  mi  ma¬ 
nera  de  ser.  Con  íntimo  regocijo  advertí  que  en  la  Facultad  de  Medicina,  como  en 
la  Universidad,  nadie  hacía  caso  de  nadie.  «Vivimos  sin  conocernos  y  morimos  sin 
amarnos»,  solía  decir  don  Félix  Guzmán,  profesor  de  Higiene,  a  quien  chocaba 
mucho  ese  hosco  alejamiento  espiritual  entre  los  colaboradores  de  una,  misma 
obra.  Parecidas  sentidas  lamentaciones  oí  a  don  Federico  Olóriz,  recién  traslada¬ 
do  a  Madrid  desde  el  tibio  y  efusivo  hogar  granadino. 

Fuerza  es  desengañarse.  La  Corte  no  puede  ser  para  el  hombre  laborioso  y  mo¬ 
desto  que  gusta  de  las  dulzuras  del  trato  social,  la  soñada  «tierra  de  amigos»  del 
poeta.  Dura  y  febril  es  la  existencia  en  las  grandes  urbes:  lo  enorme  de  las  distan¬ 
cias  y  la  carestía  de  la  vida  imponen,  con  el  trabajo  forzado,  el  avaro  aprovecha¬ 
miento  de  todos  los  instantes.  Cultivar  relaciones  mundanas  resulta  un  lujo  que 
sólo  pueden  permitirse  los  ricos  y  los  ociosos.  Pero,  repito,  esa  relativa  soledad 
sentimental  que  tanto  contristaba  a  Olóriz,  fué  siempre  mi  felicidad.  Frialdades  y 

(1)  En  el  núm.  131  duplic2do  de  la  calle  de  Atocha. 


248 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


desvíos  paiecen  enojos,  cuando  son  en  realidad  libertad  y  respeto,  «Cierto  que 
nadie  piensa  en  mí— me  decía  al  verme  al  principio  perdido  y  solitario  en  el  piéla¬ 
go  de  la  Corte—;  pero,  en  cambio,  ¡cuánta  libertad  de  pensamiento  y  de  tra¬ 
bajo!  ¡Excelso  privilegio  conducir  sin  rozamientos  nuestras  actividades  por  el 
cauce  de  los  gustos! 

No  obstante  mi  relativo  retraimento,  tuve  la  fortuna  de  encontrar  y  cultivar  en 
la  Corte  algunas,  aunque  poquísimas,  valiosas  amistades.  Prescindiendo,  por  aho¬ 
ra,  de  los  camaradas  ajenos  al  gremio  docente  (de  ellos  trataré  en  otro  lugar), 
citaré  a  Olóriz,  Hernando,  Letamendi,  San  Martín,  Gómez  Ocaña,  García  de  la 
Cruz,  etc.  Notemos  que,  a  excepción  de  San  Martín,  todos  estos  amigos  pertene¬ 
cieron  a  la  modesta  y  arrinconada  grey  de  profesores  'teóricos,  ajenos  de  esa  em¬ 
briagadora  codicia  inseparable  de  la  mayoría  de  los  prestigios  clínicos.  Puesto 
que,  a  excepción  de  Gómez  Ocaña  (1),  los  mencionados. compañeros  murieron  ya, 
paréceme  justo  y  ’  plausible  estampar  aquí  algunas  frases  de  elogio,  á  guisa  de 
semblanza  breve,  de  algunos  de  ellos,  y  como  tributo  y  recuerdo  de  un  afecto  sin 
eclipses.  A  la  citada  lista  agregaré  todavía  los  nombres  de  don  Julián  Calleja  y  del 
Marqués  del  Busto.  No  tuve  la  suerte  de  tratar  en  lá  intimidad  a  eStas  dos  pres¬ 
tigiosas  figuras  de  San  Carlos;  pero  merecen  aquí  un  recuerdo  afectuoso,  porque 
les  debí  apoyos  y  protecciones  oficiales  inolvidables. 


Comencemos  por  nuestro  decano  el  benemérito  don  Julián  Calleja.  Ocioso 
fuera  insistir  en  su  semblanza.  Casi  todos  mis  lectores  médicos  le  conocieron,  ya 
que  por  sus  merecimientos  indiscutibles,  exquisito  don  de  gentes  y  el  imperio  de 
una  voluntad  sugestiónadora,  alcanzó  los  más  altos  puestos  profesionales  y  algu¬ 
nos  cargos  políticos  importantes.  Adolecía,  naturalmente,  de  algunas  debilidades, 
conforme  suelen  tenerlas  cuantos  figurando  en  los  partidos  de  turno  y  cultivando 
legítimas  ambiciones,  resisten  difícilmente  las  caricias  de  la  adulación  o  las  intro¬ 
misiones  del  caciquismo;  pero  adornábanle  también  cualidades  intelectuales  y  mo¬ 
rales  nada  comunes. 

Yo  debo  agradecerle  la  construcción  y  organización  del  Laboratorio  de  Micro- 
grafía,  uno  de  los  mejores  y,  por  de  contado,  el  más  capaz  e  importante  de  San 
Carlos.  La  creación  de  este  centro  de  estudios  era  apremiante,  porque  a  mi  llega¬ 
da  a  la  Corte  encontré  por  todo  Laboratorio  cierto  pasillo  angosto,  pobrísimo  de 
material  e  instrumental,  sin  libros  ni  biblioteca  de  revistas.  Quimérico  resultaba 
dar,  en  tan  deficiente  local,  mediana  enseñanza  práctica  a  más  de  doscientos 
alumnos  oficiales,  amén  de  los  libres. 

Requerido  por  mí,  don  Julián  tomó  sobre  sí  la  reforma,  gestionándola  con 
extraordinario  interés.  Y  haciendo  gala  de  su  maravillosa  actividad,  consiguió  en 
pocos  meses  la  consignación  en  presupuesto  de  los  créditos  necesarios  y  la 
ejecución  de  la  obra.  El  nuevo  Laboratorio  de  Histología,  capaz  para  trescientos 
alumnos,  se  eleva  frontero  a  la  calle  de  Santa  Isabel,  encima  de  la  grandiosa  sala 
de  disección;  encierra  gabinete  de  trabajo  para  profesores  y  ayudantes,  gran  salón 
de  prácticas  para  los  alumnos,  departamentos  de  Bacteriología,  de  Microfoto- 
grafía,  etc. 

Construido  el  local,  siguiéronse  los  naturales  complementos;  la  compra  de 

(1)  Cuando  estas  líneas  se  escriben  (febrero  de  1923),  el  Dr.  Gómez  Ocaña  ha  desaparecido  también, 
Fué  un  talento  muy  claro,  un  escritor  castizo  y  fácil  y  un  entusiasta  del  Laboratorio. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


249 


■libros  y  revistas,  adquisición  de  estufas  de  esterilización  y  vegetación,  así  como 
de  número  suficienfe  de  microscopios.  Al  viejo  e  imponente  Ross,  el  cañón  áéi 
Laboratorio,  menguadamente  acompañado  de  un  par  de  antiguos  modelos  de  Ve- 
rick  y  Nachet,  añadiéronse,  en  épocas  sucesivas,  dos  magníficos  Zeiss  y  40  mi¬ 
croscopios  y  microtomos  de  Reichert,  destinados  a  los  alumnos.  ]Era  el  ideal  co¬ 
diciado,  la  suprema  aspiración  de  una  vida!...  Y  todo  ello  se  llevó  a  cabo  por  don 
Julián  espontáneamente,  sin  halagos  ni  adulaciones,  inspirado  en  el  noble  entu¬ 
siasmo  que  nuestro  decano  vitalicio  sintió  siempre  por  la  función  docente. 

Ignoro  si  el  venerable  don  Julián,  actuando  en  funciones  de  cacique  universita¬ 
rio,  pecó  algo,  conforme  dieron  en  decir  muchos  censores;  pero  a  todos  consta 
•que  amó  también  mucho  cosas  tan  santas  como  la  ciencia  y  la  enséñanza,  y  que 
a  causa  de  pasión  tan  hermosa,  debemos  perdonárselo  todo. 


Del  ilustre  Olóriz  me  ocupé  ya  en  anteriores  páginas,  con  ocasión  de  relatar 
comunes  andanzas  de  opositores  a  cátedras.  Séame  permitido  añadir  aquí,  en  me¬ 
moria  del  malogrado  compañero,  algunas  frases  encomiásticas. 

Era  don  Federico,  como  le  llamábamos  amigos  y  admiradores,  el  maestro  por 
excelencia.  Lo  que  en  muchos  es  oficio,  constituía  en  él  vocación  irresistible. 
Asiduo,  formal  y  concienzudo,  cumplía  con  insuperable  celo  su  ministerio  docen¬ 
te.  De  un  exterior  algo  vulgar,  encerraba  un  espíritu  refinadamente  aristocrático- 
Escribía  tan  maravillosamente  como  hablaba,,  y  era  dueño  de  palabra  fácil,  ele¬ 
gante,  agilísima,  puesta  al  servicio  de  clarísimo  entendimiento.  No  se  prodigaba, 
sin  embargo.  Replegado  en  su  modestia,  limpio  de  todo  estímulo  vanidoso,  rehuyó 
siempre  la  popularidad,  como  desdeñó  la  política,  campo  donde  sus  dotes  de  for¬ 
midable  polemista  hubiéranle  proporcionado  triunfos  resonantes. 

Hacia  la  época  de  mi  traslación  a  Madrid  vivía  el  maestro  algo  retraído,  refu¬ 
giado  en  la  cátedra  y  en  el  hogar,  consagrando  todos  sus  escasos  vagares  a  los  es¬ 
tudios  antropológicos,  en  que  llegó  a  ser  autoridad  indiscutible.  Más  adelante 
.creóse  para  él  en  el  Ministerio  de  Gracia  y  Justicia  una  cátedra  de  Antropología 
criminal,  donde  aplicó  por  primera  vez  el  sistema  de  identificación  del  Dr.  Berti- 
llon  y  asentó  las  bases  de  un  ingenioso  proceder  de  clasificación  y  reconocimiento 
de  la  s  impresiones  digitales.  Su  voluminosa  obra  acerca  del  Indice  cefálico  en  Es- 
j}añay  diversos  folletos  antropológicos  dan  elocuente  testimonio  del  ardor  y 
acierto  con  que  el  malogrado  maestro  emprendió  la  empresa  de  diferenciar  y  cla- 
:sificar  los  tipos  antropológicos  existentes  en  las  diversas  provincias  españolas. 


Otra  de  las  personas  con  quienes  mantuve  trato  asiduo  desde  mi  llegada  a 
Madrid,  fué  don  Benito  Hernando,  catedrático  de  Terapéutica,  pocos  años  antes 
trasladado  de  Grariada.  Modestia  excesiva,  austeridad  de  costumbres,  desprecio 
del  lucro  y  de  los  vanos  honores,  devoción  y  afecto  desinteresado  hacia  los  ami¬ 
gos,  eran  sus  más  salientes  prendas.  No  valía  menos  en  el  orden  intelectual.  Era 
Doctor  en  Ciencias  y  Medicina,  carreras  que  estudió  paralela  y  concienzudamen¬ 
te.  Educado  por  un  tío  sacerdote,  creía  firmemente  en  Dios,  pero  creía  también 
en  la  ciencia.  Añoraba  las  grandezas  de  nuestro  siglo  de  oro;  veneraba  a  Cisneros 
y  a  Cervantes  y  rendía  culto  fervoroso  a  la  música  y  al  arte  cristianos.  El  amor  a 
la  tradición  no  le  impedía— repetimos — cultivar  las  Ciencias  naturales.  Sabido  es 
que  durante  cierta  época  de  su  vida  frecuentó  con  igual  entusiasmo  y  asiduidad 


250 


S,  RAMÓN  Y  CAJAL 


los  templos  que  los  laboratorios.  De  aquellos  sus  tiempos  juveniles  data  su  rnejor 
obra,  titulada  La  lepra  en  Granada,  concienzuda  labor  de  Anatomía  patológica  y 
de  Clínica,  menos  conocida  y  encomiada  de  lo  merecido. 

Era  don  Benito  archivo  inagotable  de  anécdotas  y  sucedidos,  de  frases  y  ocu¬ 
rrencias  ingeniosas,  que  solia  traer  muy  a  cuento.  Acaso  abusaba  algo  de  su  ex¬ 
traordinaria  retentiva  y  del  gracejo  y  agudeza  de  su  conversación.  Hablaba  como 
quien  se  huelga  hablando  y  sabe  que  olace  a  sus  oyentes.  ¡Es  tan  difícil,  aun  a  los 
más  discretos,  contener  y  reservar  el  talento! 

Conmigo  y  mi  familia  se  condujo  con  una  generosidad  y  abnegación  que  ja¬ 
más  agradeceré  bastante.  Recién  llegados  a  Madrid,  ofrecióme  espontáneamente 
sus  buenos  oficios;  deshizose  cerca  de  otras  personas  en  elogios  de  mis  modestos 
méritos;  presentóme  a  varios  personajes  del  mundo  literario  y  artístico,  entre 
otros,  al  sabio  don  Facundo  Riaño,  de  cuyo  trato  agradabilísimo  conservo  imborra¬ 
bles  recuerdos;  diórae  antecedentes  de  muchos  hombres  y  sucesos  actuales  y  pre¬ 
téritos;  en  fin,  vino  a  ser  para  mí  el  amigo  asiduo  y  constante;  más  aún:  el  confi¬ 
dente  y  consejero  íntimo. 


Otro  de  los  compañeros  cuya  amistad  cultivé,  fué  el  asombroso  LetamendL 
Hallóle  bastante  envejecido.  No  era  ya  decano  de  la  Facultad  y  asistía  poco  a 
•  clase.  Por  aquella  época  hallábase  atacado  de  la  torturante  enfermedad  vesical 
que  le  obligaba  frecuentemente  a  recluirse  y  suspender  sus  recepciones,  aquellas- 
famosas  tertulias  de  «secano»,  como  las  llamaba  él,  en  que  se  leían  versos,  se 
conversaba  deliciosamente  y  lucía  el  maestro  sus  portentosas  facultades  de  cau¬ 
sear  ingenioso,  de  músico  y  de  poet^  humorístico.  De  cuando  en  cuando  recobra¬ 
ba  el  buen  humor  y  trabajaba;  pero  sus  palabras  y  escritos  irradiaban  a  menudo 
esa  tristeza  filosófica  con  que  se  contempla  el  mundo  y  los  hombres  cuando  se 
acerca  la  trágica  despedida.  «Escribo  a  hurtadillas  del  dolor» — decía  melancólica¬ 
mente  en  un  admirable  discurso  acerca  de  los  juegos  higiénicos,  leído  por  Moret 
en  el  Ateneo. 

Su  voz  era  algo  nasal  y  sus  frases  salían  con  ritmo  pausado,  como  de  quien  me¬ 
dita  antes  de  hablar  y  desea  ser  bien  comprendido.  Platicando  resultaba  infatiga¬ 
ble.  Su  palabra  surgía  espontánea,  vistosa  e  irisada,  cual  surtidor  en  fontana.  Eran 
aguas  profundas,  y,  por  tanto,  límpidas  y  calientes:  límpidas,  por  lo  impecable  de 
la  forma;  calientes,  por  la  emoción  que  les  comunicaba.  Todos  le  oíamos  embele¬ 
sados,  sin  osar  la  irreverencia  de  convertir  en  diálogo  el  monólogo.  ¿Cómo  inte¬ 
rrumpir  o  desviar  con  un  comentario  vulgar  o  inoportuno  aquella  catarata  de  imᬠ
genes  brillantes,  de  frases  agudas,  de  pensamientos  originalísimos? 

Durante  esos  pocos  días  en  que  el  dolor  le  olvidaba  y  podía  pasear,  holgába¬ 
me  yo  de  acompañarle  por  el  Retiro,  el  Prado  o  las  calles  céntricas.  Bastaba  la 
visión  instantánea  de  una  persona,  de  un  objeto  cualquiera,  para  sugerirle  en  el 
acto  comparaciones  tan  ingeniosas  como  gráficas.  Viendo  un  sujeto  muy  alto  que 
caminaba  torpemente,  exclamaba:  «Ese  hombre  va  mareado  de  verse  tan  alto.» 
Topábamos  con  un  modesto  industrial  ambulante  que  exhibía  un  fonógrafo,  y  de¬ 
cía:  «Ahí  viene  el  conejo  de  Indias  parlante»  (aludía  a  la  voz  chillona  y  menuda 
del  viejo  fonógrafo  de  Edisson).  Aproximábase  a  nosotros  una  jamona  exuberante 
y  esbelta:  «¡Cuidado  con  chocar  con  estos  jarrones  de  carne;  a  nuestra  edad  los 
quebrados  seríamos  nosotros!»  Al  pasar'una  vez  por  delante  del  Ministerio  de  la 
Gobernación,  párase  de  pronto  y  dice:  «Esta  es  la  única  Escuela  de  Geografía  de- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


251 


nuestros  gobernadores;  aquí  averiguan  hacia  dónde  cae  su  provincia  y  aprenden  el 
camino  gracias  a  la  dirección  del  puntapié  con  que  los  despide  el  ministro.»  De 
pronto,  una  ráfaga  del  Guadarrama  nos  obliga  a  embozarnos,  y  Letaraendi  co¬ 
menta:  «Para  estos  fríos  el  mejor  abrigo  es  la  piel  de  mujer»,  etc.,  etc. 

Aventurado  resulta  juzgar  de  intenciones  no  realizadas,  de  proyectos  agosta¬ 
dos  en  flor  por  el  rigor  de  adversas  circunstancias.  Séame  lícito,  empero,  declarar 
que  se  equivocaban  tanto  el  candoroso  Ceferino  González,  al  afirmar  que  «la  filo¬ 
sofía  de  Letamendi,  no  obstante  su  originalidad,  no  salía  de  la  corriente  cristia¬ 
na»,  como  quienes,  atenidos  al  cortés  exoterismo  de  los  libros  y  conferencias  de 
don  José,  diputábanle  católico  a  macha  martillo.  Harto  sabíamos  sus  íntimos  que,, 
en  el  fondo,  su  concepciórí  filosófica  era  profunda  y  radicalmente  agnóstica. 

Sin  duda  que  el  sistema  filosófico  de  Letamendi  no  hubiera  sido  en  principio- 
más  verdadero  que  los  conocidos.  ¿Existe,  por  ventura,  alguna  interpretación  del 
mundo  o  de  la  vida  que  sea  algo  más  que  noble  y  ambicioso  ensueño?  Pero  la 
novela  forjada  por  don  José  habría  sido  un  libro  primoroso,  ingeniosísimo,  lleno  de 
sorpresas  y  sugerente  quizás  de  otros  libros  igualmente  agradables.  Con  los  prin¬ 
cipios,  nociones  y  categorías  de  la  razón  habría  tejido  un  nuevo  manto,  singular¬ 
mente  artístico  y  fastuoso,  tendido  piadosamente  sobre  los  insondables  abismos 
de  la  muerte  y  de  lo  incognoscible.  Y  nos  habría  hecho  sentir  y  pensar...  ¿Qué 
filósofo  hizo  más? 

Rémora  para  la  publicación  del  libro  que  preparaba  con  el  título  de  El  positi¬ 
vismo  absoluto,  fueron  sus  progresivos  achaques  y  la  falta  de  esas  placidez  y  ale¬ 
gría  que  sólo  da  la  clara  visión  de  un  largo  camino  delante  de  sí.  En  respuesta  a 
mis  excitaciones  para  que  publicara  lo  antes  posible  su  concepción  filosófica,  ex¬ 
clamaba:  «¡Ah!  ¡Si  yo  viviera  en  Francia  o  en  Inglaterra!...  Poco  me  quiere  usted 
cuando  desea  verme,  en  las  postrimerías  de  la  vida  y  atormentado  por  cruel  en¬ 
fermedad,  a  vueltas  con  -anatemas  y  excomuniones  episcopales.» 

Para  los  trabajadores  metódicos  y  de  pan  llevar,  entre  los  cuales  tengo  la  hu¬ 
mildad  de  c&ntarme,  don  José  adolecía  de  un  defecto  indisculpable:  la  manía  enci¬ 
clopédica.  Su  atención  hacía  escala  en  todos  los  asuntos,  sin  anclarse  definitiva¬ 
mente  en  ninguno.  Harto  conocía  él  su  debilidad  cuando,  reaccionando  contra 
Cariñosas  reprensiones,  disculpaba  sus  «aficiones  rotatorias»  satirizando  donosa¬ 
mente  a  los  especialistas  científicos. 

Hombres  como  Letamendi,  cuando  llegan  a  la  madurez,  renuévanse  difícil¬ 
mente.  Cerebros  en  plena  efervescencia,  desbordantes  de  ideas,  sólo  saben  espe¬ 
cular.  Arrastrados  por  el  gusto  y  el  poder  de  la  creación,  siguen  de  mala  gana  las 
lucubraciones  de  los  otros.  A  la  manera  de  la  larva,  hilan  casi  exclusivamente  el 
capullo  de  la  invención  con  lo  asimilado  en  la  primera  juventud.  Entristece  pen¬ 
sar  que,  a  eiería  edad,  el  mecanismo  pensante  está  definitivamente  construido. 
Ya  no  enseñan  ni  educan  las  nuevas  lecturas;  actúan  a  lo  más  como  conmutado¬ 
ras  de  pensamiento  y  sugerentes  de  temas  retóricos.  Segregamos  sin  absorber. 
Fatigan  las  descripciones,  embaraza  la  copiosidad  de  los  hechos,  molestan  los 
detalles.  Y,  sin  embargo,  los  hechos  son  necesarios.  Como  en  el  mito  de  Anteo,, 
sólo  recobramos  la  fuerza  al  afianzar  nuestros  pies  sobre  la  tierra. 

¡Suerte  aciaga  la  de  España!  Casi  todos  sus  hijos  geniales  se  malogran  o  rin¬ 
den  fruto  inferior  a  sus  potencialidades.  Fáltales,  unas  veces,  la  placidez  y  sere¬ 
nidad  de  espíritu,  gajes  inestimables  de  la  salud  física  y  moral;,  otras,  el  valor  y 
la  entereza  para  desafiar  sentimientos  y  prejuicios  del  ambiente;  casi  siempre,  en 
fin,  el  trabajo  metódico  y  disciplinado. 


252 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Con  don  Alejandro  San  Martín,  el  afamado  cirujano,  uniéronme  estrechos  lazos 
de  afecto  y  de  grata  intimidad.  Nos  veíamos  casi  diariamente  en  la  famosa  peña 
del  Suizo  (de  olla  hablaré  más  adelante),  cuya  presidencia  ocupaba  por  el  doble 
fuero  de  la  antigüedad  y  del  talento. 

•  Fué  San  Martín  uno  de  los  hombues  más  cultos,  simpáticos  y  mejor  educados 
que  he  conocido.  Yo  aprendí  mucho  con  su  conversación.  Acaso  por  el  contraste 
de  nuestros  caracteres  hicimos  siempre  buenas  migas.  A  la  ruda  franqueza  de  mis 
juicios,  oponía  San  Martín  la  ironía,  el  eufemismo  y  la  táctica  diplomática.  «Me 
encantan  los  métodos  jesuíticos»,  decíame  una  vez  ex  abundaniia  cordis.  En  su 
léxico  faltaban  vocablos  tan  corrientes,  y  a  veces  tan  necesarios,  como  «ignorante, 
grosero,  pedante,  etc.»  Juzgando  la  picardía  política  o  la'farsa  científica,  extremaba 
a  veces  tanto,  acaso  irónicamente,  el  suaviter  in  modo...;  ponía  en  sus  comentarios 
personales  tales  distingos  y  atenuaciones,  que  me  impacientaba  y  casi  me  irritaba. 

Pero  si  en  nuestras  amistosas  discusiones  salía  yo  perdiendo,  en  el  intercambio 
de  ideas  y  sentimientos  ganaba  siempre.  Merced  a  sus  consejos,  y  sobre  todo  a 
la  habilidad  y  discreción  de  su  conducta,  conseguí  atenuar  un  tanto  esa  desagra¬ 
dable  e  incivil  inclinación  a  decir  toda  la  verdad  y  a  indignarme  oemasíado  contra 
la  injusticia.  Confieso  que  en  este  punto,  y  no  obstante  las  lecciones  de  la  expe¬ 
riencia,  hállome  todavía  muy  lejos  de  la  perfección. 

Temperamento  reflexivo  y  laborioso,  San  Martín  fué  toda  su  vida  infatigable 
estudiante.  Como  decía  su  condiscípulo  el  Dr.  Cortezo,  «don  Alejandro  no  fué 
nunca  joven».  En  su  lenguaje  algo  paradójico,  lo  reconocía  él  mismo,  ai  decirnos; 
«Yo  tuve  la  desgracia  de  sei  modelo  de  alumnos  sumisos  y  aplicados;  no  puede 
pedírseme,  pues,  nada  extraordinario.»  ' 

Las  vacilaciones  del  cirujano  de  San  Carlos  como  filósofo  (en  el  fondo  era 
kantiano  y  algo  escéptico),  como  político  y  hasta  como  científico,  fueron  objeto 
de  censuras  entre  compañeros  poco  dados  a  estudiar  caracteres  complejos.  A  mí, 
las  fluctuaciones  de  don  Alejandro  me  lo  hacían  particularmente  simpático.  Reve¬ 
laban  estudio  reflexivo  y  honradez  de  pensamiento.  No  duda  el  que  quiere,  sino 
el  que  puede.  Sólo  las  cabezas  sencillas,  o  las  ayunas  de  curiosidad  filosófica  o 
científica,  gozan  del  reposo  y  la  fe.  Al  modo  del  aire  en  las  cordilleras,  en  los  es¬ 
píritus  elevados  el  pensamiento  está  en  perpetua  inquietud.  Sabido  es  que,  cuan¬ 
do  se  medita  demasiado,  la  acción  se  vuelve  ,  tarda  y  premiosa;  porque,  antes  de 
resolver,  la  razón  debe  recorrer  largas  vías  asociativas,  dar  audiencia,  según  la 
írase  de  Bismarck,  a  numerosos  pensamientos. 

Como  Letamendi,  y  en  más  recientes  tiempos  el  asombroso  Unamuno,  don 
Alejandro  gustaba  mucho  de  la  paradoja,  una  de  las  características  del  talento 
vasco,  según  Sánchez  Moguel.  Lejos  estoy  de  censurar  esta  tendencia  de  ciertos 
espíritus  selectos.  Prescindiendo  de  su  contenido  ideal  y  ciñéndonos  a  sus  efec¬ 
tos  inmediatos,  la  paradoja  representa  un  despertador  mental  de  primer  orden. 
Al  choque  de  lo  insólito,  de  lo  inopinado,  el  sentido  crítico,  adormecido  por  las 
rutinas  de  la  diaria  labor,  reacciona  vivamente.  Y  revélase  en  cada  contradictor 
lo  más  íntimo,  vivo  y  personal  de  la  máquina  nerviosa:  la  imaginación  construc- 
-tiva.  Y  el  hombre  pensante  aparece.  Porque,  en  realidad,  los  hombres  sólo  se  nos 
revelan  plenamente  cuando  los  constreñimos  a  forjar  bien  o  mal  una  idea  nueva  o 
un  juicio  improvisado;  cuando,  sorprendidos  por  la  violencia  anárquica  de  la  para¬ 
doja,  se  ven  desamparados  de  los  andadores  del  sentido  común  y  del  comodín  de 
las  opiniones  hechas,  y  deben  forjar  en  caliente  y  sobre  la  marcha  una  hipótesis 
personal. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


253. 


Por  lo  demás,  San  Martín  fué  un  catedrático  eminente  y  celoso,  que  ha  dejado 
aventajados  discípulos.  De  sus  admirables  dotes  de  investigador  y  maestro  que¬ 
dan  testimonios  elocuentes  en  numerosas  monógraíías  y  folletos,  amén  de  varios 
libros  de  texto.  Entre  sus  trabajos  de  laboratorio  descuellan,  por  la  elegante  origi¬ 
nalidad  del  pensamiento,  los  experimentos  de  anastomosis  arterio-venosa,  enca¬ 
minados  a  restaurar  la  circulación  interrumpida  en  casos  de  aneurisma,  trombus  o 
ateroma.  Sentía  verdadera  pasión  por  nuestro  renacimiento  intelectual,  y,  por  en¬ 
cima  de  todo,  vibraba  en  él  un  patriotismo  ardiente  y  de  bonísima  ley.  Su  conoci¬ 
miento  de  varias  lenguas  europeas  permitíale  renovarse  de  continuo,  a  cuyo  fin, 
durante  las  vacaciones,  visitaba  los  grandes  focos  científicos  del  extranjero. 


Merecen  también  recuerdo  de  gratitud  en  estas  páginas  otros  dos  compañeros, 
con  quienes,  a  causa  de  la  diferencia  de  edades  y  de  rumbo  social,  no  llegué  a 
tener  intimidad.  Aludo  al  caballeroso  marqués  del  Busto,  profesor  de  Obstetricia,, 
quien,  deseando  proteger  el  Laboratorio  de  Histología  de  San  Carlos,  le  cedió 
durante  muchos  años,  y  hasta  su  muerte,  sus  emolumentos  de  director  de  Clíni¬ 
cas;  y  al  benemérito  doctor  Calvo  y  Martín,  catedrático  de  Operaciones,  quien. 
entusiasmado  por  mis  modestos  éxitos  de  investigador,  y  deseando  serme  útil, 
ofrecióme  generosamente,  con  carácter  vitalicio,  habitación  en  una  de  sus  casas, 
honrándome  además  con  otras  atenciones.  No  pude,  sin  embargo,  aceptar  el  aga¬ 
sajo  de  mi  simpático  paisano,  a  causa  de  mi  deseo  de  vivir  cerca^  de  la  Facultad 
de  Medicina  (la  casa  ofrecida  estaba  en  la  calle  de  Isabel  la  Católica)  (1). 

Tales  fueron,  en  suma,  entre  los  compañeros  ya  desaparecidos  para^siempre,. 
los  que  más  influyeron  en  mí,  ora  con  su  apoyo  oficial,  ora  con  sus  enseñanzas,  y 
siempre  con  sus  consejos  y  estimación. 

(1)  A  esta  lista  de  profesores  ilustres  fallecidos  habría  que  añadir  ea  la  presente  edición  otros  mu 
chos,  singularmente  al  doctor  Sañudo,  uno  de  los  más  sabios  profesores  de  San  Carlos.  En  él  se  daban 
por  caso  peregrino,  el  fervor  del  católico  con  la  más  bondadosa  tolerancia  y  la  más  acendrada  caba¬ 
llerosidad. 


CAPITULO  X 


PELIGROS  DE  MADRID  PARA  EL  HOMBRE  DE  LABORATORIO.  —  TENTACIONES  DEL 
DILETANTTISMO  CIENTÍFICO,  LITERARIO  Y  ARTÍSTICO.— MIS  OREOS  ESPIRITUALES; 
PASEOS  POR  LOS  ALREDEDORES  DE  MADRID  Y  LA  PEÑA  DEL  CAFÉ  SUIZU.— NUE¬ 
VAS  INVESTIGACIONES  SOBRE  LA  ESTRUCTURA  DEL  CEREBRO.— COMIENZO  LA 
publicación  de  mi  OBRa  de  CONJUNTO  SOBRE  LA  TEXTURA  DEL  SISTEMA  NER¬ 
VIOSO  DE  LOS  VERTEBRADOS 


Madrid  es  ciudad  peligrosísima  para  el  provinciano  laborioso  y  ávido  de 
ensanchar  los  horizontes  de  su  inteligencia.  La  facilidad  y  agrado  del 
trato  social,  la  abundancia  del  talento,  el  atractivo  de  las  sociedades, 
•cenáculos  y  tertulias,  donde  ofician  de  continuo  los  grandes  prestigios  de  la  polí¬ 
tica,  de  la  literatura  y  del  arte;  los  variados  espectáculos  teatrales  y  otras  mil  dis¬ 
tracciones  seducen  y  cautivan  al  forastero,  que  se  encuentra  de  repente  como 
desimantado  y  aturdido.  En  su  vida  base  operado  radical  metamorfosis:  la  abeja 
se  ha  convertido  en  mariposa,  cuando  no  en  zángano.  La  filosofía,  el  arte,  la  lite- 
¡ratura,  hasta  la  política  y  los  deportes,  tiran  del  alma  con  mil  hilos  rígidos  e  invisi¬ 
bles.  Ai  obrero  atareado  ha  sucedido  el  ameno  sibarita  intelectual. 

Además,  el  instrumento  cerebral  forjado  durante  muchos  años  de  soledad  y 
recogimiento,  se  desdiferencia  y  embota  cual  herramienta  mordida  por  el  orín:  la  es¬ 
pecial  mentalidad,  traída  del  rincón  provinciano,  va  poco  a  poco  igualándose  con  la 
mentalidad  de  todo  el  mundo.  Los  callos  se  pierden  y  las  manos  se  enguantan. 
T  el  tiempo  se  va  en  admirar  e  imitar. 

En  vano  pretendemos  hacer  alto  en  la  pendiente,-  abandonar  resueltamente  el 
camino  de  Síbaris  o  de  Corinto,  retroceder,  en  fin,  a  los  severos  hábitos  de  antaño: 
aguijados  por  el  pundonor  llegamos  hasta  planear  hermosos  programas  de  acción. 
Desgraciadamente,  todo  se  malogra...  ¡No  queda  tiempo  para  nada!— exclamamos 
con  amargura. 

Sin  embargo,  yo  me  propuse  a  todo  trance  cerrar  los  oídos  al  cántico  de  la  sire¬ 
na  cortesana  y  defender  mi  tiempo,  trabajando  tanto  como  en  provincias.  Y  lo 
•conseguí  por  fin,  no  sin  provocar  frialdades,  ni  impedir  que  se  me  aplicasen  los 
epítetos  de  huraño,  estrafalario  y  orgulloso. 

Estoy  muy  lejos  de  pretender -lo  he  dicho  ya  varias  veces— que  el  hombre  de 
cieijcia  sea  un  cartujo;  antes  bien,  estimo  necesarios  los  pasatiempos,  las  excursio¬ 
nes,  el  teatro,  el  Ateneo,  la  literatura,  las  tertulias,  etc.  Mas  todo  a  su  hora,  con 
medida  y  como  quien  toma  un  reconstituyente;  cuando  lo  pida  el  ánimo,  en  fin,  y 
no  cuando  lo  deseen  los  demás.  Puro,  pero  santo  egoísmo,  porque  sin  él  no  hay 
(labor  sena  posible. 


HECUERDOS  DE  MI  VIDA 


255 


Precisamente,  y  por  compensación  de  la  excesiva  concentración  de  la  vida  de 
"Laboratorio,  he  cultivado  siempre  en  Madrid  dos  distracciones:  los  paseos  al  aire 
libre  por  los  alrededores  de  la  villa,  y  las  tertulias  de  café. 

¡Los  alrededores  de  Madrid!  No  es  cosa  que  yo  los  descubra  ahora,  vindicando 
una  vez  más  al  calumniado  Manzanares  y  a  la  austera  meseta  castellana.  Menes- 
er  es  tener  sentido  cromático  de  oruga  para  echar  siempre  de  menos  el  verde 
mojado  y  uniforme  de  los  países  del  Norte,  y  menospreciar  la  poesía  penetrante 
del  gris,  del  amarillo,  del  pardo  y  del  azul.  Ni  es  cierto  tampoco  que,  en  el  paisaje 
<de  la  Corte,  falte  la  jugosa  nota  del  verde.  Lejos  de  ser  páramos  y  eriales,  los  alre¬ 
dedores  de  Madrid — el  Retiro,  la  Moncloa,  la  Casa  de  Campo,  Amaniel,  la  Dehesa 
de  la  Villa,  El  Pardo,  etc.— son  de  lo  más  frondoso  y  pintoresco  que  poseemos  en 
España.  Vivimos  en  las  faldas  de  una  sierra,  cuyo  elegante  perfil  embellece  nuestro 
horizonte  y  cuyas  auras  purifican  nuestro  ambiente.  Y  en  la  primavera  y  otoño  la 
llanura  castellana  se  ofrece  cubierta  de  césped  y  salpicada  de  flores.  En  ninguna 
parte  posee  el  paisaje  contrastes  más  variados,  según  las  estaciones.  Cualquiera 
que  sea  la  preocupación  del  espíritu,  siempre  hallaremos  un  rincón  solitario  cuya 
apacible  belleza  apague  las  vibraciones  del  dolor  y  abra  nuevo  cauce  al  pensa¬ 
miento.  ¡Cuántos  pequeños  descubrimientos  asócianse  en  mi  memoria  a  tal  sen¬ 
dero  solitario  de  la  Moncloa,  o  a  un  fresno  ribereño  del  Manzanares,  o  alguna  co¬ 
lina  de  Amaniel  o  de  la  Dehesa  de  la  Villa,  espléndidos  miradores  desde  los  cua¬ 
les  ostenta  el  Guadarrama,  asomado  entre  pinos,  toda  su  augusta  majestad! 

Pero  además  dél  paisaje  físico,  conviene  también  al  hombre  de  laboratorio  el 
paisaje  moral,  la  amena  tertulia,  donde,  al  calor  de  la  amistad  y  de  la  confianza, 
broten,  variadas  y  espontáneas,  las  flores  del  ingenio . 

A  la  verdad,  en  mis  primeras  tentativas  exploratorias  por  las  tertulias  matri¬ 
tenses,  fui  poco  afortunado.  Hallé  desde  luego,  en  el  Café  de  Levante,  una  peña 
de  antiguos  camaradas,  en  su  mayoría  médicos  militares,  que  yo  había  conocido 
durante  la  campaña  cubana  Entre  estos  simpáticos  compañeros  reinaba  franque¬ 
za  fraternal,  y  a  ratos  su  conversación  era  viva,  chispeante  e  instructiva.  Pero  un 
hado  adverso  nos  perseguía:  casi  todos  los  días,  fatal,  irremediablemente,  los  co¬ 
mentarios  derivaban  hacia  la  murmuración  contra  los  superiores  jerárquicos  o  íja- 
•cia  el  escalafón  de  Sanidad  Militar;  ese  escalafón  maldito,  destructor  de  todo  es¬ 
tímulo  noble  y  de  toda  ambición  generosa,  rémora  de  la  justicia,  asilo  de  la  gan¬ 
dulería  y  una  de  las  mayores  caiamioaoes  que  padecemos  en  España. 

¡El  mal  carecía  de  remedio!  Aquellos  beneméritos  compañeros,  no  exentos 
ciertamente  de  talento,  aunoue  oetrificados  por  la  ociosa  vida  de  campamentos^ 
cuarteles  y  casinos,  sólo  leían  la  Gaceta  y  el  Boletín  de  Sanidad. 

Con  pena  abandoné  el  trato  de  camaradas  que  evocaban  en  mi  inemoria  tran¬ 
ces  de  guerra  y  juveniles  aventuras  transatlánticas,  y  busqué  otra  tertulia  donde 
esparcir  el  ánimo  y  vivificar  las  ociosas  barbecheras  cerebrales. 

Creo  que  fué  San  Martín  quien  me  presentó  a  la  peña  del  Café  Suizo  reunión 
de  rancio  y  glorioso  abolengo,  pues  en  ella  habían  figurado  políticos,  literatos  y 
hasta  financieros  insignes. 

Aunque  desde  el  aspecto  político  y  literario  la  citada  peña  había  venido  a  rae¬ 
mos,  gozaba  todavía  por  aquel  tiempo  de  justificado  renombre.  De  allí  salieron 
según  es  notorio,  senadores  universitarios,  catedráticos,  rectores,  consejeros  y 
hasta  ministros...  Tan  famosas  y  comentadas  llegaron  a  ser  las  discusiones  de  la 
peña,  que  ocurrió  a  menudo,  y  con  grave  riesgo  de  indiscreción,  el  hecho  de  for¬ 
marse,  en  las  inmediatas  mesas,  tertulias  parásitas,  o  de  oyentes,  las  cuales,  por 


256 


S,  RAMÓN  y  CAJAL 


el  módico  precio  del  café,  adquirían  el  derecho  de  conocer  nuestras  expansiones- 
más  o  menos  extravagantes  y  murmurar  a  mansalva. 

Entre  los  comensales,  dominaban  naturalmente  los  galenos,  a  la  cabeza  de  los 
cuales  figuraba  don  Alejandro;  mas  colaboraban  también  abogados,  propietariosr 
catedráticos  de  Universidad  y,  en  fin,  personas  de  toda  laya  y  condición.  Todo  el 
mundo  era  admitido  con  tal  de  ser  presentado  por  un  socio  formal,  y  a  condición 

de  someterse  a  las  tres  normas  siguientes:  1.^  guardar  al  discutir  el  debido  res¬ 
peto  a  las  personas;.  2  A,  dis.curr¡r  de  lo  que  no  se  entiende  o  se  entiende  poco 
(tratábase  de  evitar  las  latas  pedantes  y  académicas),  y  3.^,  olvidar  a  la  salida  to¬ 
dos  los  desatinos  e  incoherencias  provocados  por  el  estímulo  del  café  o  por  los 
horrores  de  la  digestión.  Porque  importa  notar  que  nuestra  reunión  se  celebraba 
en  las  primeras  horas  de  la  tarde,  y  pocas  veces  duraba  más  de  una.  De  esta 
suerte,  al  levantarse  la  sesión,  los  cerebros  hallábanse  caldeados,  pero  ágiles  to¬ 
davía  para  la  cuotidiana  labor.  Bueno  es  divagar  algo  todos  los  días;  fuera,  em¬ 
pero,  peligroso  prolongar  el  diástole  de  la  mente  a  expensas  del  sístole  del  trabajo» 

Con  pena  recuerdo  ahora  las  renovaciones  que  el  tiempo  y  la  muerte  impusie¬ 
ron  a  nuestra  querida  peña  del  Suizo.  Estas  tertulias  son  cuerpos  vivos  con  ju¬ 
ventud,  madurez  y  decadencia;  y,  a  semejanza  de  todo  organismo,  se  nutren,  cre¬ 
cen,  asimilan  y  desasímilan.  Nuevas  células  se  incorporan,  mientras  que  otras  lay! 
perecen  o  se  extravían...  ¡Y  los  muertos  son  ya  legión!... 

A  guisa  de  homenaje  a  los  simpáticos  camaradas  desaparecidos,  con  quienes- 
durante  tantos  años  comulgamos  diariamente  «en  espíritu  y  en  verdad»,  desearía 
yo  estampar  aquí  sus  nombres,  con  los  títulos  morales  e  intelectuales  que  les  gran¬ 
jearon  afecto  y  estima  perdurables. 

Pero  fueron  tantos,  que,  dada  mi  mala  memoria,  resulta  imposible  enumerar¬ 
los  todos.  Citaré,  sin  embargo,  a  los  más  asiduos  y  constantes:  a  Félix  Rubio, 
abogado  y  propietario,  dotado  de  excelente  criterio,  «caballero  sin  tacha  y  sin 
miedo»,  que  debió  haber  sido  militar,  y  que,  no  obstante  su  devoción  por  Silvela 
y  sus  ideas  enérgicamente  conservadoras,  renunció  a  toda  aspiración  política, 
asqueado  por  la  corrupción  del  sufragio  y  los  desórdenes  de  la  administración;  al 
veterano  Alderete,  prototipo  del  castizo  miliciano  nacional,  algo  farolero  y  cando¬ 
roso,  pero  de  tan  buenos  sentimientos  que  había  salvado  en  diversos  siniestros 
urbanos  y  ferroviarios  a  numerosas  personas,  mereciendo  varias  cruces  de  Bene¬ 
ficencia,  ostentadas  arrogantemente  en  las  procesiones  cívicas  del  Dos  de  Mayo;  a 
F.  Aner,  farmacéutico  injertado  en  burócrata,  espíritu  rectilíneo,  irreductible  y 
apasionado  en  las  polémicas,  fervoroso  de  Proudhon  y  de  Marx,  tan  austero  que, 
habiendo  podido  ser  rico,  vivió  y  murió  pobre  (1),  y  tan  optimista  que,  para  él, 
la  humanidad  formaba  un  coro  de  ángeles,  convertidos  en  demonios  a  causa  de  la 
nefasta  intervención  de  reyes,  magistrados  y  sacerdotes;  al  doctor  Carlos  de  Vi¬ 
cente,  carlista  librepensador,  algo  misántropo,  agudísimo  y  ocurrente,  y  que,  edu¬ 
cado  en  París,  lucía  un  esprit  franjáis  de  la  más  fina  especie;  al  doctor  López 
Silva,  médico  y  naturalista  notable,  llamado  por  antonomasia  «la  gran  persona  o 
la  persona»  a  causa  de  su  bondad  angelical,  el  cual  tenía  la  costumbre  de  retra¬ 
tar  a  todas  las  gentes  de  que  se  hablaba,  caracterizándolas  con  rasgos  típicos 
tomados  de  la  Zoología;  al  sabio  profesor  de  Literatura  don  A.  Sánchez  Moguel, 
archivo  inagotable  de  dichos  y  anécdotas  tocantes  a  personajes  políticos  y  litera¬ 
rios,  referidos  con  viveza  y  gracejo  insuperables,  y  cuyo  trato  resultaba  a  veces 

(1)  Filé  diputado  provincial  durante  la  República  y  gozó  de  gr.n  predicamento  ent;e  los  demócratas. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


257 


algo  difícil  por  consecuencia  de  una  vanidad  vidriosa  e  irritable,  impropia  de  ta¬ 
lento  tan  sólido  y  brillante;  al  célebre  poeta  Marcos  Zapata,  poco  asiduo  a  la 
mesa,  y  cuyas  águdezas  y  oportunidades,  amén  del  relato  de  sus  aventuras  de 
bohemio,  constitüian  el  deleite  de  la  reunión;  al  doctor  B.  Escribano,  el  último  de 
los  contertulios  desaparecidos,  sobrio  y  austero  conversador,  cuyas  caldas  ines¬ 
peradas  desconcertaban  a  los  más  afluentes  parlanchines,  etc. 

La  peña  del  Suizo  continúa  hoy  completamente  renovada,  aunque  algo  decaí¬ 
da,  después  de  la  muerte  del  inolvidable  San  Martín.  Buenas  cosas  dijera  de  los 
actuales  contertulios,  mucho§  de  ellos  catedráticos,  si  la  discreción  más  eleraeii- 
tal  no  me  impusiera  el  silencio.  Concretaréme  a  citar  a  don  Joaquín  Decref,  a 
Castro  y  Pulido,  a  Ambrosio  Rodríguez,  al  doctor  Isla,  a  Perico  Valls,  a  Blas  Ca¬ 
brera,  a  Odón  de  Buen,  a  F.  Martí,  a  Antonio  Vela,  a  J.  Ramírez  Ramos,  a  Clodo¬ 
miro  Andrés,  etc.  (1) 

Yo  debo  raücho  a  la .  sabrosa  tertulia  del  Suizo.  Aparte  ratos  inolvidables  de 
esparcimiento  y  buen  humor,  en  ella  aprendí  muchas  cosas  y  me  corregí  de  algu¬ 
nos  defectos.  Allí  elevamos  un  poco  el  espíritu,  exponiendo  y  discutiendo  con 
calor  las  doctrinas  de  filósofos  antiguos  y  modernos,  desde  Platón  y  Epicuro  a 
Schopenhauer  y  Herbert-Spencer;  y  rendimos  generación  y  entusiasmo  hacia  el 
evolucionismo  y  sus  pontífices,  Darwin  y  Haeckel,  y  abominamos  de  la  soberbia 
satánica  dé  Nietzsche.  En  él  terreno  literario,  nuestra  mesa  proclamó  el  natura¬ 
lismo  contra  el  romanticismo,  y  al  revés,  según  los  oradorés  de  turno  y  el  humor 
del  momento.  En  torno  de  ella,  Pepe  Botella  y  San  Martín,  los  más  filarmónicos 
de  la  reunión,  riñeron  descomunales  batallas  en  favor  de  Wagner,  cuando  en  Es- 
peña  apenas  había  más  wagneristas  que  el  regocijado  Peña  y  Goñi. 

Burla  burlando,  también  nuestra  peña  hizo  un  poco  de  política.  Sin  afiliarse 
abiertamente  a  ningún  partido  turnante,  la  mesa  del  Suizo  tuvo  siempre  espíritu 
político,  en  el  mejor  sentido  del  vocablo.  Ella  comentó,  acaso  con  pasión  y  vehe¬ 
mencia,  pero  inspirada  siempre  en  el  más  acendrado  patriotismo,  todos  los  gran¬ 
des  sucesos  de  la  vida  nacional;  prorrumpió  en  gritos  de  indignación  contra  las 
arbitrariedades  e  injusticias  del  caciquismo,  y  lloró  con  lágrimas  de  rabia  las  in¬ 
consciencias  e  insensateces  que  prepararon  las  ignominias  de  1898.  Allí,  natural¬ 
mente,  repercutió  clamorosamente  la  literatura  de  la  regeneración;  se  recogieron 
firmas  para  el  célebre  manifiesto  de  Costa  y  encontró  alientos  para  su  noble  cam¬ 
paña  el  malogrado  apóstol  de  la  europeización  española.  Persuadidos  con  el  ^so¬ 
litario  de  Graus»  de  que  la  prosperidad  patria  ha  de  fundarse  én  la  i-escuela  y  la 
despensa»,  expusimos  y  contrastamos  reiteradamente  los  métodos  de  la  pedagogía 
científica  y  las  medidas  políticas  encaminadas  a  desterrar,  o  a  limitar  al  menos,  la 
incultura  de  nuestras  tierras  y  de  nuestros  cerebros.  Allí,  en  fecha  no  muy  lejana, 
nos  sobrecogió  dé  horror  y  de  abominación,  borrando  las  últimas  reliquias  del  opti¬ 
mismo  juvenil,  la  monstruosa  guerra  europea,  que  no  fué,  como  se  complacen  en 
propalar  espíritus  candorosos  tocados  de  abogadismo  incurable,  el  conflicto  por 
los  mercados  ni  la  pugna  entre  dos  concepciones  antitéticas  del  Estado,  sino  muy 
principalmente  el  fruto  amargo  del  orgullo  nacional,  el  choque  inevitable  entre 
oligarquías  militares  todopoderosas,  desvanecidas  por  la  soberbia  y  codiciosas  de 
gloria  y  de  dominio.  Allí,  en  suma,  si  a  veces  nos  dejamos  cautivar  por  el  frívolo 
placer  de  la  divagación  o  de  la  chismografía,  supimos  también  elevarnos  a  menu¬ 
do  sobre  las  pequeñas  miserias,  de  la  vida,  sentirnos  cada  vez  más  humanos  y 

(1)  Esta  tertulia  ha  desaparecido  o  se  ha  diseminado  con  la  demolición  del  café  Suizo  (1920). 

17 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


más  patriotas,  y  avanzar  algunos  pasos  pojr  senderos  de  paz  y  de  amor  hacia  lu¬ 
minosos  ideales... 

Hora  es  ya  de  terminar  esta  larga  digresión  (que  acaso  habrá  aliviado  al  lector 
de  la  fastidiosa  pero  obligada  narración  de  mis  iniciativas  cientificas  de  Barcelo¬ 
na)  y  de  señalar  brevemente  la  labor  de  laboratorio  efectuada  en  la  Corte  durante 
los  años  1892  y  1893. 

¿Qué  temas  científicos  me  solicitaron?  Fueron,  entre  otros  menos  apremiantes, 
la  estructura  de  la  retina  de  los  peces  y  aves,  singularmente  de  la  fósela  central;  la 
organización  del  Asta  de  Ammon  y  corteza  occipital  del  cerebro,  y,  en  fin,  la  dispo¬ 
sición  áeXgran  simpático  viscerdl.  Cediendo  a  un  hábito  inveterado  en  mí,  tales  ma¬ 
terias  fueron  investigadas  casi  simultáneamente.  En  general,  semejante  promiscui¬ 
dad  es  poc®  recomendable.  Sin  embargo,  en  las  ciencias  naturales  resulta,  en  oca¬ 
siones,  útil  concentrar  alternativamente  la  atención  en  dos  o  más  campos  de 
estudio:  se  aprovecha  mejor  el  material  de  trabajo  y  rinden  los  métodos  más 
rica  cosecha.  Aunque  parezca  paradójico,  dos  o  tres  temas  de  estudio  cansan  me¬ 
nos  que  uno  solo.  Teclear  insistentemente  la  misma  cuerda,  acaba  por  ser  dolo¬ 
roso.  Además,  durante  la  fiebre  sagrada,  cuando  se  siente  uno  en  vena  de  pro¬ 
ducir,  conviene  forzar  la  suerte,  acaparandOj  a  ser  posible,  todos  los  billetes  de  la 
lotería. 

No  tema  el  lector  una  exposición  circunstanciada  de  mis  trabajos  de  1892 
'  y  1893  sobre  las  citadas  materias.  Concretaréme  a  citar  solamente  las  adquisicio¬ 
nes  científicas  más  salientes. 

1.  Comencemos  por  la  retina.  Según  recordará  el  lector,  mis  exploraciones  en 
tan  cautivador  dominio  comenzaron  en  Barcelona.  Mas  deseaba  yo  completar  y 
consolidar  mis  hallazgos  anteriores,  abarcando  con  mis  observaciones  toda  la  se¬ 
rie  de  los  vertebrados;  anhelaba,  sobre  todo,  atacar  el  problema  estructural  de  la 
/ovea  cenfraZ/s,  paraje  retiniano  de  la  máxima  sensibilidad  al  color  y  de  la  suma 
acuidad  visual.  Por  fortuna,  en  Madrid  no  faltaba  abundante  material  de  trabajo. 
Al  efecto,  entablé  tratos  con  un  alimañero  profesional,  que  me  proveyó  de  cule¬ 
bras,  lagartos,  mochuelos,  cornejas,  lechuzas,  gallipatos,  salamandras,  percas,  tru^ 
chas,  etc.,  vivos.  Y  un  buen  amigo  de  Cádiz  tuvo  la  amabilidad  de  enviarme  va¬ 
rios  ejemplares  del  interesantísimo  camaleón,  la  joya  de  los  reptiles,  habitador 
constante  de  las  dunas  gaditanas.  Con  este  copioso  material  mi  cartapacio  llenó¬ 
se  de  dibujos  interesantes,  y  mis  notas  rebosaron  de  pormenores  descriptivos. 
Tan  rica  mies  movióme  a  adelantar  una  comunicación  sobre  la  retina  de  los  peces, 
que  se  publicó,  gracias  a  la  bondad  del  sabio  D.  Ignacio  Bolívar,  en  los  Anales  de 
la  Sociedad  de  Historia  Natural  (1),  y  a  redactar  ulteriormente  voluminosa  mo¬ 
nografía,  aparecida  en  La  Celulla  (2),  reputada  revista  biológica  belga,  ya  citada 
en  otro  lugar.  Esta  última  Memoria,  una  de  las  más  importantes  brotadas  de  mi 
pluma,  resultó  voluminoso  libro  que  mereció,  años  después,  los  honores  de  una 
traducción  alemana  (3). 

Cumpliendo  mi  promesa  de  evitar  prolijidades,  sólo  citaré,  de  entre  los  hechos 
nuevos  contenidos  en  la  citada  obra,  aquellos  que  hoy,  leyendo  en  frío  y  teniendo 
presente  la  copiosa  bibliografía  aparecida  después,  halagan  más  agradablemente 
mi  vanidad  de  hombre  de  laboratorio. 

(1)  Cajal;  La  retina  de  los  teleósteos  y  algunas  observaciones  sobre  la  de  los  vertebrados  inferiores. 
Anales  de  la  Sociedad  Española  de  Historia  Natural,  tomo  II,  junio  de  1892. 

(2)  Cajal:  La  Réline  des  vertébrés.  La  Cellula,  tomo  IX,  1892. 

(3)  Cajal:  Die  Retina  der  Wirbelthieren.  Traducción  alemana  del  Dr.  R.  Greef.  Wiesbaden,  1894. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


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a)  Confirmación  en  la  serie  de  los  vertebrados,  y  muy  singularmente  en  los 
ipeces,  cuyo  modo  de  visión  aseméjase  mucho  a  la  de  los  mamíferos,  de  aquellos 
<dos  tipos  de  células  bipolares  hallados  un  año  antes  en  la  membrana  visual  de  los 
mamíferos,  esto  es:  la  célula  colosal  de  ramaje  exterior  articulado  con  los  basto- 
mes,  y  la  célula  pequeña  de  dendritas  discretas  conexionadas  con  los  conos.  En  la 
figura  39,  que  copia  una  sección  de  la  retina  de  los  peces  teleósteos,  destacan  cla¬ 
ramente  ambos  tipos  de  bipolares.  En  ella  aparecen  también  otros  hallazgos  me¬ 
nos  importantes.  Ejemplo:  el  de  un  tipo  celular  especial  de  la  capa  de  los  granos 
internos  (1)  y  el  del  axon  de  diversas  clases  de  células  horizontales  (a,  G,  H). 

by  Desentrañamiento  de  la  estructura  de  la  f oseta  central  de  la  retina  de  los 
reptiles  y  aves.  Semejante  estructura,  poco  conocida  hasta  entonces  a  causa  del 
limitado  poder  revelador  de  los  preparados  comunes  (cortes  teñidos  de  hematoxi- 
lina,  soluciones  de  anilinas,  etc.),  surge  clarísima  en  los  cortes  bien  impregnados 
por  los  métodos  de  Golgi  y  Ehrlich,  a  condición,  naturalmente,  de  utilizar,  en  vez 
del  mono  o  el  hombre  (únicos  mamíferos  dotados  de  fosetá),  los  pájaros  y  aves  de 
rapiña  (jilguero,  golondrina,  cuervo,  halcón,  etc.)  o  el  camaleón,  animales  donde 
los  citados  recursos  analíticos  muéstranse,  por  fortuna,  singularmente  propicios. 

Esta  estructura  especial  aparece  reproducida  esquemáticamente  en  la  figura  40, 
F.  Aparte  la  delgadez  e  inclinación  notables  de  su  expansión  central  (disposición 
de  antiguo  conocida),  nótese  cómo  cada  píe  de  estos  corpúsculos  visuales  contrae 
articulación  individual  con  un  solo  minúsculo  penacho  ascendente  de  célula  bipo¬ 
lar  (b).  Tan  exquisita,  máeptndeacia  áe  los  cauces  visuales  mantiénese  también 
en  la  zona  plexiforme  interna,  donde  se  advierte  que  cada  arborización  inferior  del 
bipolar  de  cono  entra  exclusivamente  en  contacto  con  el  doble  ramaje  de  un  cor¬ 
púsculo  gangliónico  (tercera  neurona  visual)  (C).  Para  facilitar  la  comparación,  a 
la  izquierda  de  la  misma  figura  reproducimos  los  cauces  visuales  de  las  regiones 
periféricas  de  la  retina.  Obsérvese  cómo  en  esta  región  las  articulaciones  de  los 
conos  con  las  bipolares  no  son  individuales,  sino  colectivas  y  bastante  difusas  y 
extensas  (c);  lo  que  explica  perfectamente  la  indistinción  y  vaguedad  de  las  imᬠ
genes  recogidas  por  dicho  territorio  retiniano.  A  mayor  abündamiento,  cada  gan- 
glionar  (C-)  recoge  las  impresiones  transmitidas  por  varias  bipolares  (/).  Si,  por 
ventura,  las  tres  empalizadas  neuronales  de  la/ovcnhubiéranse  organizado  según 
este  plan,  habríanse  frustrado  enteramente  los  beneficios  de  la  longitud  y  finura 
de  los  conos'  condiciones  anatómicas  decisivas,  según  es  notorio,  del  exquisito 
poder  diferenciador  de  la  f oseta.  He  aquí  una  nueva  demostración  de  que  la  natu- 
iraleza  procede  siempre  en  sus  creaciones  con  arreglo  a  la  economía  más  estricta 
_y  a  la  más  severa  lógica. 

c)  Confirmación  en  la  retina  embrionaria  de  la  evolución  de  los  neuroblastos, 
señalada  por  His,  nosotros  y  v.  Lenhossek  en  la  médula  espinal,  y  exposición  de 
funa  hipótesis  encaminada  a  explicar,  o  al  menos  a  hacer  imaginable,  el  estableci- 
niiento  en  el  adulto  de  conexiones  interneuronales  específicas.  De  esta  concep¬ 
ción,  llamada  teoría  quimiotáctica  o  nenro/rop/cn,  trataré  oportunamente.  Consignaré 
ahora  solamente  que,  según  la  referida  hipótesis,  se  asigna  al  cono  de  creci¬ 
miento  del  axon  embrionario  la  misma  propiedad  amiboidea  atribuida  a  los  leuco¬ 
citos.  A  semejanza  de  estos  elementos,  que  avanzan  hacia  los  microbios  orien¬ 
tándose  en  la  dirección  de  las  corrientes  de  difusión  de  las  toxinas,  el  cono  de 
crecimiento,  impresionado  por  ciertas  substancias  estimulantes  derramadas  en  el 
plasma  intersticial,  marcha  también,  crece  y  se  orienta  hacia  los  elementos  pro¬ 
ductores  de  las  mismas  .(corpúsculos  musculares,  neuronas  situadas  en  planos 
distintos  de  los  centros,  etc.),  acabando  por  establecer  con  ellos  conexiones  ínti¬ 
mas  y  estables.  Admitida  la  diversidad  y  especificidad  de  las  fuentes  de  materias 
reclamos  o  quimiotácticas  positivas,  esclarécese  no  sólo  el  automatismo  de  la  aso¬ 
ciación  interneuronal  y  entre  neuronas  y  elementos  extranerviosos  (por  ejemplo, 
con  las  ./zóras  musculares),  sino  el  hecho  sorprendente  de  que  semejantes  alianzas 
-dinámicas  se  establezcan  sin  errores,  no  dándose  jamás  el  caso  de  que  un  cor¬ 
púsculo  muscular, por  ejemplo,  carezca  de  terminación  nerviosa  adecuada  ni  de  que 
una  arborización  terminal  axónica  esté  privada  de  conexión  celular  específica. 

2.  Otro  de  los  temas  en  cuya  elucidación  puse  toda  mi  afán,  fué  la  es¬ 
tructura  del  a&ta  de  Ammon,  el  centro  asociativo  más  antiguo  del  cerebro,  el  alma- 


S.  RAMÓN  ,Y  CAJAL. 


cén  de  los  recuerdos  olfativos  y  de  las  reacciones  motrices  correspondientes- •  , 

Ha  dicho  B.  Croce  «que  toda  obra  cientifica  es  también  una  obra  de  arte»,  afir¬ 
mación  afine  del  pensamiento,  tantas  veces  repetido,  de  que  «la  naturaleza  es  la- 
obra  de  un  artista  divino*.  Y  esta  hermosura  no  toca  solamente  al  orden  intelec^ 
tual,  a  la  exquisita  adecuación  entre  los  medios  y  los  fines;  en  las  ciencias  natu¬ 
rales  reviste  a  menudo  formas  plásticas  admirables,  según  dejamos  notado  en  ca-- 
pítulos  anteriores.  De  donde  resulta  que,  por  pobre  e  incompleta  que  sea  la  visión 
objetiva  del  científico,  siempre  conservará  un  reflejo  de  la  belleza  natural.  Y  aún 
podría  afirmarse  que  los  elementos  ilógicos  y  antiestéticos  contenidos  en  la  con¬ 
cepción  científica  de  un  fenómeno  implican  necesariamente  error  o  incomprensión- ■ 
ideal  del  investigador. 

Mas,  dejando  a  un  lado  este  linaje  de  consideraciones,  recordaré  que  uno  dé¬ 
los  estímulos  que  me  llevaron  a  escudriñar  el  asta  de  Ammony  füsciadentata,i\xé 
la  elegante  arquitectura  ofrecida  por  las  células  y  estratos  de  estos  centros,  reve¬ 
lada  por  el  ilustre  Golgi  en  su  obra  magistral  (1).  Adornan,  en  efecto,  al  asta  de 
Ammony  cuerpo  abollonado  muchos  rasgos  de  la  sencilla  belleza  de  la  corteza 
cerebelosa.  Sus  células  piram  idales,  comparables  a  plantas  de  jardín— algo  así., 
como  seríes  de  jacintos— ,  alíneanse  en  setos  vivos  que  dibujan  curvas  graciosas... 

El  examen  de  la  figura  41  dará  alguna  idea  de  esta  graciosa  estratificación  de  las 
neuronas  ammónicas.  Inútil  es  notar  que,  aprovechando  el  privilegio  de  primer' 
ocupante,  el  célebre  investigador  de  Pavía  hubo  de  recoger  los  datos  anatómicos -- 
más  valiosos  atinentes  a  la  forma  y  disposición  celulares  de  los  mencionados  drᬠ
ganos  nerviosos.  Y  la  obra  del  maestro  fué  completada  en  algunos  puntos  por  sus 
discípulos  Sala  y  Lugaro,  así  como  por  Scháffer,  histólogo  húngaro. 

Sin  embargo,  quedaba  aún  mucho  filón  virgen  para  los  trabajadores  de  refres^ 
co.  Era,  sobre  todo,  indispensable  explorar  los  corpúsculos  de  axon  corto,  insufi-- 
cientemente  estudiados  por  los  susodichos  sabios,  y  urgía  además  abordar  el  pro¬ 
blema  de  las  conexiones  ínter neuronales,  estableciendo  en  lo  posible  las  vias  reco¬ 
rridas  por  los  impulsos  sensoriales  o  aferentes,. tarea  interesante  apenas  desflora-  - 
da  por  los  sabios  de  la  escuela  italiana. 

Tales  fueron  los  objetivos  perseguidos  por  mí  durante  el  año  1892,  creo  que  . 
con  alguna  fortuna.  Los  resultados  obtenidos  niotivaroñ  la  redacción  de  extensa 
monografía,  publicada  primeramente  en  los  Anales  de  la  Sociedad  Española  de  ■ 
Historia  Natural  (2).  En  el  mismo  año  mi  trabajo  mereció  la  honra  inestimable  de 
ser  traducido  al  alemán  por  el  ilustre  Kólliker,  para  su  reputada  revista  Zeitschrift ' 
f.  wissensch.  Zoologie  (3). 

Como  hechos  interesantes,  fruto  de  propias  pesquisas,  mencionamos  los  si- • 
guientes: 

1 .«?  Demostración  de  que  el  axon  de  los  granos  de  la  fascia  dentata  emite,  du¬ 
rante  todo  su  trayecto  por  la  zona  de  las  pirámides  grandes,  un  sistema  de  rosá- 
ceas  o  de  excrecencias  colaterales  que  se  articulan  con  ciertos  golfos  y  desigual- 
dades  características  del  tallo  radial  de  las  citadas  células.  En  la  figura  42  B  raos- 
tramos  muy  esquemáticamente  (se  ha  prescindido  de  casi  todos  los  elementos) 
esta  interesante  conexión  entre  los  granos  y  lus  pirámides  gigantes. 

(1)  C.  Golgi:  Sulla  minuta  anatomía  degli  organi  centrali  del  sistema  nervoso.  Milano,  1886. 

(2)  S.  Ramón  y  Cajal;  Estructura  del , asta  de  Ammon  y.  fascia  dentata,.  Anales  de  la  Socieda. 
pañola  de  Historia  Natural,  lomo 

(3)  Esta  traducción  lleva  por  título:  «Beitráge  zur  feineren  Auatomie  der  Grossen  Hinrns.  I.  Ueber 
diefeinere  Struktur  des  Ammonshornes.  Zeitsclvriftf.  wissenscT},.  Zoologie.  B.d.  LVI,  1893.  Más  ade  ¡ant  e 
e  histólogo  de  Wazsburgq  confirmó  en  trabaj-o  pspecial-casi  todos  nuestros  hallazgos. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


261 


7°  Hallazgo  por  debajo  de  la  zona  de  los  granos  (fascia  dentafa)  de  varios 
•^lipos  de  corpúsculos  piramidales  cuyo  axon  corto  ascendente  constituye,  ramifi¬ 
cándose,  elegantes  y  tupidas  cestas  envolventes  del  soma  y  tallos  de  los  granos 
í(véase  la  fig.  43,  B,  C,  donde  aparece  también  otro  elemento,  cuyo  axon  se  ramifi¬ 
ca  en  el  espesor  de  la  capa  molecular)  (A). 

3. “  Encuentro  en  el  asta  de  Ammon  (región  superior  del  stratam  oriens)  de 
multitud  de  neuronas  de  axon  corto,  cuyas  ramas  nerviosas  generan  también  ni¬ 
dos  complicados  en  torno  del  soma  de  las  pirámides.  En  la  figura  44,  A,  B,  C,  D, 
mostramos  las  dos  principales  variedades  de  corpúsculos  de  esta  clase. 

4. °  Señalamiento  por  primera  vez  de  las  ramas  colaterales  de  la  substancia 
blanca  y  de  las  fibras  terminales  llegadas  del  Alveus,  o  conductores  arborizados 
1  en  las  zonas  plexiformes  del  asta  de  Ammon  y  fascia  deníata  (fig.  44,  b). 

5°  Encuentro  en  el  stratam  radíatum  de  numerosas  células  de  axon  corto 
vr(fig.  44,  F  G),  asi  como  algunas  pirámides  dislocadas  (fig.  44,  H  J). 

6. °  Determinacióji  de  las  variantes  morfológicas  que  separan  las  pirámides  de 
4a  región  inferior  de  la  constitutiva  de  la  superior  del  asta  de  Ammon.  Caracterí- 
.:2anse  estas  últimas  por  exhibir  tallo  liso;  mientras  qué  las  primeras  muéstranlo 
erizado  de  excrecencias  verrugosas  para  conexionarse  con  las  rosáceas  del  axon 
de  los  granos. 

7. °  Descripción  de  la  neuroglia  de  dichos  órganos. 

8. °  Análisis  detallado  de  los  plexos  nerviosos  de  los  mismos  y,  en  fin,  estudio 
•estructural  del  subicalum,  etc. 

El  citado  folleto  contiene,  además,  un  estudio  de  la  fina  anatomía  de  la  corteza 
^esfenoidal  del  cerebro  de  los  pequeños  mamíferos. 

3.  Nuestra  exploración  acerca  del  gran  simpático  intestinal  tuvo  menos  im¬ 
portancia  (1).  Encierra,  sin  embargo,  bastantes  hechos  nuevos,  entre  ios  cuales 
..citaremos: 

a)  El  hallazgo,  en  los  ganglios  de  Meissner  y  Auerbach,  de  ciertas  células  es¬ 
trelladas  de  largas  expansiones,  las  cuales  ingresan  en  los  haces  del  plexo  de  igual 
mombre  (confirmado  por  Dogiel,  Lavilla  y  Kólliker). 

b)  Descubrimiento  de  una  variedad  especial  de  células  estrelladas  pequeñas, 
yacentes  en  las  mallas  de  dichos  plexos  y  entre  las  capas  de  fibras  musculares 
>(eonfirmado  por  Dogiel,  Lavilla  y  Kólliker)  y  caracterizadas  por  su  carencia  de 
«cilindro-eje  (fig.  45).  Estos  elementos  fueron  también  demostrados  en  la  rana  por 
el  método  de  Ehrlich  (2). 

c)  La  presencia  de  colaterales  nacidas  de  las  fibras  de  paso  de  los  ganglios 
y  terminadas  por  arborizaciones  libres  en  torno  de  las  células  de  éstos  (confirma- 
•do  por  Dogiel). 

d)  La  existencia  de  corpúsculos  nerviosos  especiales  entre  las  glándulas  y  en 
.el  espesor  de  las  vellosidades,  etc.,  etc.  (fig.  46). 

e)  Análisis  de  las  terminaciones  nerviosas  en  las  fibras  lisas. 

f)  Impregnación  de  las  glándulas  intestinales  y  de  las  fibrillas  nerviosas  de 
«las  vellosidades,  etc.,  etc. 

En  el  año  de  18S3  publicamos  todavía  otros  trabajos  de  menor  cuantía  referen- 
■tes  a  la  corteza  cerebral  occipital  de  los  pequeños  mamíferos  (3),  y  a  los  tumores 
.malignos  del; hígado  (4).  En  fin,  dimos  ala  estampa  nuevas  observaciones  sóbrela 
estructura  de  la  médula  espinal  y  gran  simpático  (5). 

(1)  Cajal:  Los  ganglios  y  plexos  nerviosos  del  intestino  de  los  mamiferos,  etc.,  con  13  grabados,  Ma- 
«ririd,  noviembre  de  1893. 

■  (2)  Cajal:  Nota  sobre  el  plexo  de  Aaerbach  de  la  rana.  Barcelona,  febrero  de  1892. 

(3)  Cajal:  Estructura  de  la  corteza  occipital  de  los  pequeños  mamíferos.  Analés  de  la  Sociedad  Es- 
,pañola  de  Histoña  Natural,  tomo  II,  1893,  con  cuatro  grabados. 

Cajal:  Adenoma  primitivo  del  hígado.  Revista  de  Ciencias  Médicas  de  Barcelona,  10  de  mayo 

de  1893. 

(5)  Cajal:  Pequeñas  adiciones  a  nuestros  trabajos  sobre  la  médula  y  gran  simpático  general.  Madrid 
■noviembre  de  1893.  ’ 


CAPITULO  XI 


LA  «SOCSEDAD  REAL*  DE  LONDRES  ME  ENCARGA  LA  «CROpNlAN  LECTURE».-  MI  CON- 

FE;RENGÍA  Ante  DICHA  SOCIEDAD.— BANQUETES  oficiales  Y  OTROS  AGASAJOS. 

VISITA  A  LOS  INSTITUTOS  CIENTÍFICOS  DE  LONDRES  Y  JIRA  A  LAS  UNIVERSIDADES 
DE  CAMBRIDGE  Y  OXFORD.— SE  ME  NOMBRA  DOCIOR  EN  CIENCIAS,  «HONORIB 
CAUSA».— IMPRESIÓN  PERSONAL  ACERCA  DE  LA  CIENCIA  INGLESA  Y  LA  ORGANI¬ 
ZACIÓN  DE  SUS  CENTROS  DOCENTES 


Allá  por  febrero  de  1894  llegó  a  mis  manos  una  comunicación  del  Dn  Fors- 
ter,  secretario  de  la  Sociedad  Real  de  Londres,  invitándome,  por  acuerdo- 
de  tan  ilustre  Corporación,  a  pronunciar  el  discurso  llamado  ,  Crooniart 
Lectare.  Tratábase  de  una  conferencia  sobre  asuntos  biológicos,  remunerada  con 
50  libras  esterlinas,  e  instituida  por  cierto  sabio  inglés  con  la  mira  de  traer  a  Lon¬ 
dres  a  un  investigador  nacional  o  extranjero,  autor  de  algún  descubrimiento  seña¬ 
lado.  Prácticas  en  todo,  las  Corporaciones  científicas  inglesas  no  se  satisfacen 
con  estimular  de  lejos  la  investigación  personal,  adjudicando  al  conquistador  de¬ 
una  nueva  verdad  el  diploma  honorífico  de  rúbrica;  desean,  además,  conocer  al 
autor,  oir  de  sus  labios  la  exposición  de  sus  trabajos  y,  sobre  todo,  examinar  y 
comprobar  de  visa  los  métodos  de  indagación  con  ayuda  de  los  cuales  el  hecho 
nuevo  fué  descubierto.  Respondiendo  a  finalidad  tan  hábilmente  utilitaria,  las 
Academias  inglesas  han  creado  muchos  premios,  todas  debidos  a  iniciativa  par¬ 
ticular.  ; 

El  acuerdo  de  la  referida  Sociedad  Real  cogióme  de  sorpresa.  Estaba  en  reali¬ 
dad  confundido  y  avergonzado  por  la  lisonjera  invitación,  dudando  entre  aceptarla 
de  plano  o  declinarla  cortésmente,  temeroso,  de  no  corresponder  dé  modo  decoro¬ 
so  a  la  honra  que  se  me  dispensaba.  En  disculpa  de  mis  vacilaciones,  importa,  no¬ 
tar  que  la  Real  Sociedad  de  Londres  constituye  la  Institución  científica  más  impor¬ 
tante  de  la  Gran  Bretaña  y  acaso  de  todo  el  mundo.  A  ella  han  pertenecido  los 
sabios  y  pensadores  más  ilustres  de  Inglaterra.  Para  un  profesor  francés  o  alemán 
merecer  el  título  de  Fellov  de  tan  prestigiosa  Institución,  poder  añadir  en  las  tarje¬ 
tas  las  codiciadas  iniciales  E.  R.  S,,  representa  suprema  aspiración,  por  muy  pocos 
satisfecha.  Además,  la  Croonian  Lecture  había  sido  siempre  encomendada  a  inves¬ 
tigadores  de  primera  fuerza,  entre  los  cuales  recuerdo  ahora  al  ilustre  Kolliker  (1)  > 

(1)  Por  carta  del  profesor  de  Vürzburgo,  se  me  informaba  amablemente  del  carácter  de  la  ceremonia, 
y  se  me  aconsejaba  imprimir  a  mi  oración  un  giro  esenciaimente  fisiológico.  El  ilustre  Kólliker  había 
dronuiiciado  la  Croonian  Lecture  en  mayo  de  1862;  en  ella  disertó  acerca  de  las  “Terminaciones  nervio¬ 
sas  en  los  músculos". 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


263 


y  al  admirable  Retzius.  En  fin,  para  colmo  de  contrariedad,  una  de  mis  hijas  cayó, 
por  aquellos  días,  enferma  de  bastante  cuidado.  Mi  instinto  paternal  se  inquie¬ 
taba,  resistiéndose  a  abandonar  a  la  paciente,  no  obstante  los  alentadores  vatici¬ 
nios  que,  para  tranquilizarme,  hácía  el  Dr.  Hernando,  médico  de  cabecera  y  amigó 
generoso  de  mi  familia,  según  dejo  dicho  páginas  atrás. 

Las  piadosas  seguridades  del  compañero,  la  entereza  de  mi  mujer,  que  me  acon¬ 
sejaba  aceptar  a  todo  trance  la  invitación,  una  carta  sumamente  agradable  de  ■ 
M,  Forster  y  otra  no  menos  halagadora  del  profesor  Ch.  Sherrington,  acabaron  por 
decidirme.:  Este  último  reclamaba  amablemente,  a  título  de  neturólogo,  el  derecho 
de  hospedarme  en  su  casa.  Actualmente  mi  huésped,  jóven  entonces,  puede  con¬ 
siderarse  como  el  primer  fisiólogo  de  Inglaterra. 

Comencé,  pues,  en  medio  de  mis  inquietudes,  a  redactar  en  francés  la  Confe¬ 
rencia,  pues  no  dominaba  el  inglés  lo  bastante  para  expresarme  decorosamente 
en  este  idioma;  reuní  después  mis  mejores  preparaciones  del  cerebelo,  médula  es¬ 
pinal,  retina,  cerebro,  bulbo  olfatorio,  etc.,  y  previa  licencia  de  mis  superiores  je¬ 
rárquicos,  emprendí  el  viaje  a  Inglaterra.  Al  pasar  por  París,  saludé  cordialmente 
a  mi  ilustre  amigo  Mr.  Matías  Duval  y  tuve  el  gusto  de  conocer  personalmente  a 
mi  traductor,  el  Dr.  León  Azoulay,  quien,  lleno  de  bondad,  revisó  y  corrigió  el  du¬ 
doso  francés  de  mis  cuartillas.  En  fin,  arribado  a  Londres,  púseme  a  disposición 
de  la  Sociedad  Real, 

Como  me  anunció  ya  el  simpático  Secretario  de  dicha  Academia,  la  hospitali¬ 
dad  que  merecí  de  Ch.  Sherrington  y  de  su  admirable  compañera  fué  agradabilísi¬ 
ma  y  colmada  .de  atenciones  y  finezas.  No  fué  menos  benévola  y  cordial  la  acogida 
dispensada  al  modesto  investigador  español  por  Mr.  Forster  y  otros  ilustres  miem¬ 
bros  de  la  consabida  Sociedad,  entre  los  cuales  recuerdo  a  Mr.  Scháfer,  a  M.  Klein, 
a  Bourdon-Sanderson,  a  Horsley,  a  Mott  y,  en  fin,  al  eximio  Presidente  Sir  W. 
Thomson  .(Lord  Kelviri),  descubridor,  según  es  notorio,  de  la  telegrafía  trasatlánti-r 
ca,  y  uno  de  los  sabios  más  campechanos,  sencillos  y  modestos  que  he  conocir 
do.  A  la.  verdad,  la  llaneza  y  cordialidad  de  trato  de  aquéllos  sabios,  los  más 
eminentes  de  Inglaterra;  su  total  ausencia  de  empaque  y  de  orgullo  profesional; 
la  placidez  y  alegría  de  sus  pláticas  privadas,  en  contraste  con  la  elevación  y  pro¬ 
fundidad  de  su  obra  científica,  cautiváronme  profundamente. 

En  su  hidalga  generosidad,  Mr.  Sherrington,  a  la  sazón  profesor  de  Fisiología 
en  una.de  las  Facultades  de  Medicina  de  Londres  (creo  que  en  el  Bartholomew’s 
Hospital),  tuvo  empeño,  no  solamente  en  agasajarme  y  guiarme  al  través  de; la 
formidable  Babel  inglesa,  sino  en  prestarme  eficaz  y  directo  concurso  en  la  prepa- ) 
ración  de  mi  Conferencia.  A  este  propósito,  efectuó  con  los  preparados,  más  de¬ 
mostrativos  de  mi  colección  soberbias  microfotografias,  destinadas  a  la  proyec¬ 
ción,  amén  de  proporcionarme  todo  lo  necesario  para  dibujar  en  colores  varios 
esquemas  de  gran  tamaño.  - 

Con  tales  elementos  deniostrativos,  la  lección  resultó,  a  despecho  de  ini  emo, 
ción,  bastante  clara  y  persuasiva.  Si  no  falla  mi  memoria,  fué  pronunciada  el  8  de 
marzo,  en  el  palacio  llamado  Bourlington  House,  casa  social  de  la  Sociedad  Real. 
Comprendió  mi  discurso  lo  más  fundamental  de  mis  pesquisas  en  orden  a  la  mor¬ 
fología  y  conexión  de  las  células  nerviosas  de  la  médula  espinal,  ganglios,  cere¬ 
belo,  retina,  bulbo  olfatorio,  etc.  Y  para  ponerme  a  tono  con  el  auditorio,  donde 
predominaban  fisiólogos  y  médicos,  y  satisfacer  al  mismo  tiempo  el  gusto  in¬ 
glés,  que  exige  a  cada  cosa  un  valor  práctico  o  doctrinal,  terminé  mi  oración 
desprendiendo  de  los  hechos  expuestos  algunas  interpretaciones  fisiológicas  y 


S.,  RAMÓN  Y  CAJAL 


2U 

aun  psicológicas  más  o  menos  verosímiles  (1).  De  ellas  trataré  en  otro  lugar. 

Mencionemos  un  detalle  no  exento  de  valor.  Para  no  perder  la  ilación  del  dis¬ 
curso,  cada  oyente  tenía  en  las  manos,  según  costumbre  inglesa,  un  resumen  im¬ 
preso  de  lo  más  importante  de  aquél.  Ni  debo  olvidar  otra  particularidad  revela¬ 
dora  de  la  exquisita  cortesía  anglo-sajona:  sobre  el  estrado  presidencial,  ocupado 
por  Lord  Kelvin  y  varias  autoridades  académicas,  flameaban  entrelazadas  las  ban¬ 
deras  inglesa  y  española. 

Terminado  el  acto,  fui  calurosamente  felicitado.  Entre  los  que  estrecharon 
efusivamente  mi  mano,  reconocí  con  satisfacción  al  ministro  de  España,  don  Ci¬ 
priano  del  Mazo,  acompañado  de  su  Secretario,  el  simpático  hijo  de  don  Facundo 
Riaño,  agregado  entonces  de  Embajada,  y  de  algunos  más  representantes  distin¬ 
guidos  de  la  colonia  española.  Fué  un  día  de  -grata  y  noble  emoción,  de  los  que 
perduran  en  la  memoria  asociados  al  dulce  sentimiento  de  la  patria. 

Sucediéronse  luego  en  serie  ininterrumpida  numerosos  agasajos,  donde  se  puso 
de  realce  la  afectuosa  esplendidez  de  la  hospitalidad  anglo-sajona.  Imposible  fuera 
recordar  todas  las  invitaciones  recibidas  y  los  banquetes  celebrados. 

Mención  particular  merece,  sin  embargo,  el  banquete  de  la  Sociedad  Real,  al 
cual  asistieron  muchos  invitados  llegados  de  Cambridge  y  Oxford.  A  la  hora  del 
champagne,  brindóse  calurosamente  en  honor  de  las  ciencias  inglesa  y  española, 
y  se  hicieron  votos  por  la  confraternidad  cordial  e  intelectual  de  ambas  naciones. 
Recuerdo  todavía  parte  del  elocuente  discurso  de  Mr.  Forster,  orador  agudo  y 
ocurrente,  que  decoraba  sus  ideas  con  esa  fina  sal  del  humour  anglo-sajón, 
casi  desconocida  entre  nosotros.  Dijo,  entre  otras  cosas  halagadoras  para  Es¬ 
paña  y  para  mí,  «que  gracias  a  mis  trabajos,  el  bosque  impenetrable  del  sis¬ 
tema  nervioso  se  había  convertido  en  parque  regular  y  deleitoso,  y  que  mis 
investigaciones  habían  establecido  colaterales  de  conexión  y  placas  motrices  entre 
las  almas  de  España  y  de  Inglaterra,  antes  apartadas  por  siglos  de  incomprensión 
y  desvío». 

Más  íntimo  y  menos  solemne  fué  el  banquete  celebrado  en  casa  del  Dr.  Paget, 
donde  tuve  el  gusto  de  conocer  a  los  neurólogos  y  médicos  más  famosos  de  la  ca¬ 
pital  inglesa. 

Recuerdo  asimismo  la  deliciosa  jira  al  cottage  de  mi  amigo  el  Dr.  Scháfer,  pro¬ 
fesor  de  Fisiología  e  Histología  de  una  de  las  Facultades  médicas  de  Londres,  En 
esta  quinta,  rodeada  de  praderas  y  bosquecillos,  que  animaban  el  juego  de  los  ni¬ 
ños  y  la  voz  autoritaria  de  las  nurses,  tuve  la  primera  visión  de  la  holgura,  como¬ 
didad  y  elegancia  del  home  inglés,  así  como  del  decoro  con  que  en  la  opulenta 
Albión  viven  los  sabios  y  educan  a  sus  hijos. 

Ingrato  fuera  en  este  momento  omitir  la  fiesta  familiar  y  el  espléndido  banquete 
celebrados  en  la  Embajada  española,  con  asistencia  de  lo  más  distinguido  de  la 
colonia  (figuraba  entre  los  invitados  el  sabio  y- venerable  Gayángos).  Llegada  la 
hora  de  los  brindis,  el  anfitrión,  don  Cipriano  del  Mazo,  después  de  encomiar  hasta 
la  paradoja  mis  escasos  merecimientos,  entonó  un  cántico  elocuentisimo  a  la  cien¬ 
cia  y  filosofía  hispanas.  Sus  vibrantes  y  sentidas  palabras  nos  conmovieron  a  to- 


(1)  Esta  conferencia  fué  publicada  con  el  título  de  *La  fine  structore  des  centres  nerveux»  en  Procce- 
dingsoftheRoyalSociety,vo\.55,  18fi4.  Contiene  muchos  grabados,  copias  de  los  esquemas  utilizado  s. 
para  la  lección  dada  ante  la  Sociedad  Real.  La  Prensa  inglesa  dió  también  cuenta  de  ella,  publicando 
extractos  bastante  precisos.  El  lector  curioso  podrá  consultar,  entre  otras  Revistas,  Tht  Ilusirated  Lon 
don  Nenia  de  7  de  abril  de  1894. 


RECTTERDOS  DE  MI  VIDA 


265 


dos,  y  a  mí  especialmente,  que  apenas  tuve  la  serenidad  suficiente  para  agrade¬ 
cer  sus  elogios  (1). 

Claro  es  que,  terminados  recepciones  y  banquetes,  dediqué  algunos  días  a  ad¬ 
mirar  las  curiosidades  y  bellezas  de  la  estupenda  capital  inglesa;  sus  suntuosos  y 
artísticos  monumentos,  el  puerto  y  los  muelles  del  Támesis,  el  Museo  británico,  la 
Ciudad  de  CristalAos  parques  incomparables,  etc.  Ño  sin  viva  emoción  contemplé 
en  Westminster  la  estatua  de  Newton  y  el  sepulcro  de  Darwin. 

Excusado  es  decir  que,  aprovechando  los  buenos  oficios  de  mi  huésped,  que 
se  desvivía  por  complacerme,  giré  también  visitas  instructivas  a  las  principales 
Instituciones  docentes  de  la  ciudad,  entre  otras,  al  King’s-College  Hospital, 
Bartholomew’s  Hospital,  el  London  Hospital,  centros  todos  de  enseñanza  médica, 
al  Royal  College  of  Surgeons,  en  fin,  a  la  Royal  Medical  and  Ckirurgical  Society. 
Sin  embargo,  k»  que  más  atrajo  mi  atención  fueron  los  laboratorios.  En  ellos  tuve 
la  fortuna  de  presenciar  experimentos  fisiológicos  de  Ferrier,  de  Horsley  y  de 
Mott,  y  de  examinar  las  preparaciones  histológicas  de  Schafer  y  de  Sherrington. 

A  este  propósito  no  holgará  dar  algunos  detalles; 

En  los  laboratorios  ingleses  estaba  entonces  muy  en  boga  aplicar  el  método 
de  las  degeneraciones  secundarias,  asociado  a  la  llamada  coloración  de  Marchi 
(teñido  de,  las  piezas  nerviosas  en  ácido  ósmico,  etc.).  Este  proceder,  que  emplea¬ 
ban  con  la  mira  de  precisar  el  origen  y  curso  de  las  principales  vías  que  asocian 
el  cerebro  jr  cerebelo  con  él  bulbo  y  médula  espinal,  exige,  según  es  sabido,  como 
condición  previa,  la  ejecución  de  arriesgadas  y  difíciles  vivisecciones  en  monos  o 
perros.  Una  de  las  practicadas  por  el  profesor  Ferrier  en  el  macaco,  impresionó¬ 
me  profundamente,  así  por  la  maestría  de  la  manipulación  como  por  la  brillantez 
del  resultado;  tratábase  de  la  extirpación  total  de  ambos  lóbulos  occipitales  del 
cerebro.  Gracias  a  la  habilidad  incomparable  del  operador  y  a  las  exquisitas  asep¬ 
sia  y  hemostasia  logradas,  el  animal  sobrevivió  a  tan  radical  mutilación  y  fué  po¬ 
sible  explorar,  en  su  día,  las  degeneraciones  secundarias  sobrevenidas.  Verdad  es 
que  los  fisiólogos  ingleses  y  particularmente  Ferrier,  el  sabio  eminente  que  com¬ 
parte  con  Hirtzig  y  Munk  el  descubrimiento  de  las  localizaciones  cerebrales,  son 
prodigiosos  experimentadores. 

Cuando  un  profesor  extranjero  de  cierta  notoriedad  viaja  por  Inglaterra  y  se 
pone  al  habla  con  sus  sabios,  es  de  rigor  convidarle  a  visitar  las  prestigiosas  e 
históricas  Universidades  de  Cambridge  y  Oxford,  donde,  según  es  notorio,  se  adoc¬ 
trinan  la  juventud  intelectual  y  la  aristocracia  más  linajuda  de  la  raza  anglo-sajona. 
Y  si  el  forastero  distinguido  ha  sido  designado  además  para  la  Croonian  Lecture 
o  ha  sido  agraciado  con  alguna  otra  merced  académica,  entonces  suele  conferír¬ 
sele,  en  Oxford  o  en  Cambridge,  según  los  estudios  del  candidato,  el  grado  de 
doctor  en  Ciencias,  honoris  causa,  ceremonia  académica  celebrada  con  gran 
solemnidad  y  concurrencia  de  estudiantes. 

Tal  me  ocurrió  a  mi.  Ya  desde  los  primeros  días  de  mi  estancia  en  Londres 
recibí  atentas  misivas  del  Vice  chancellar  de  la  Universidad  de  Cambridge  y  del 
infatigable  secretario  M.  Forster  (que  pértenecía  al  Claustro  de  dicho  Centro),  re- 
quiriéndome  amablemente  para  que  aceptase  honor  tan  señalado. 

(1)  Entre  otras  frases,  hiperbólicamente  corteses,  recuerdo  ruboroso  la  siguiente:  «En  mis  repetidos 
viajes  por  el  mundo,  tres  veces  he  sido  vivamente  impresionado;  una,  en  presencia  de  las  cataratas  del 
Niágara;  otra,  en  Roma,  contemplando  el  Coliseo,  y  otra,  oyendo  la  conferencia  de  Cajal  ante  la  Socie¬ 
dad  Real" . 


266 


,S.  RAMÓN  Y.CAJAL 


A  este  propósito,  varios  profesores,  entre  ellos  el  citado  secretario  de  la  Soc/e-- 
dad  Real,  me  condujeron  a  la  histórica  ciudad  del  Cam,  alojándome  en  un  esplén¬ 
dido  pabellón  del  King's  College.  Y  después  de  descansar  un  día  visitando  y  ad¬ 
mirando  la  preciosa  capilla  gótica  del  colegio,  sus  excelentes  laboratorios,  am^ 
plias  aulas,  riquísimas  colecciones,  extensos  campos  de  juego  dilatados  por  am¬ 
bas  márgenes  del  río,  etc.,  etc.,  llegó  la  hora  de  la  solemne  fiesta  académica. 

Celebróse,  si  mal  no  recuerdo,  el  5  de  marzo,  días  antes  de  mi  conferencia  de 
la  Sociedad  Real,  en  el  magnífico  salón  de  actos  del  Senate  House.  Conocida  la 
devoción  inglesa  por  la  tradición,  ocioso  parece  advertir  que  la  ceremonia  se  des¬ 
arrolló  con  arreglo  a  los  más  rancios  cánones.  A  ella  asistieron  el  V.  Canciller,  las 
autoridades  locales  y  académicas,  el  claustro  de  doctores  y  muchos  internos  de 
los  colegios  aristocráticos  adscritos  a  la  Universidad.  Maestros  y  alumnos  vistie-; 
ren  los  tradicionales  trajes  de  doctor,  consistentes  én  una  especie  de  toga  u  ho¬ 
palanda  Toja  y  un  birrete  especial,  en  cuya- cúspide  sobresale  apéndice  piramidal 
de  base  cuadrada. 

Rindiendo  a  su  vez  homenaje  a  la  costumbre,  el  candidato,  un  poco  azorado,, 
vistió  también  la  original  indumentaria.  Hubo  música  de  Beethoven  y  discurso 
latino  del  orator,  a  estilo  medioeval(l).  Acabada  la  oración  de  ritual,  el  vicecan¬ 
ciller,  dirigiéndose  al  candidato,  declaró  que,  atendiendo  a  sus  merecimientos,  la. 
Universidad  le  otorgaba  grado  de  doctor  en  Ciencias.  Durante  el  acto  hube  de 
estampar  mi  firma— con  pluma  de  ave,  para  no  romper  ni  aun  en  cosa  nimia  los 
usos  tradicionales— ten  el  gran  libro  de  honor  donde  figuraban  los  nombres  de 
todos  los  graduados  íZíí  úo/zoram.  Y,  en  fin,  acabada  la  solemnidad  académica,  ce¬ 
lebróse  un  gran  banquete  en  el  King‘s  College,  seguido  un  día  después  de  una 

(1)  He  aquí  la  curiosa  oración  del  orator  oficial,  que  se  repartió  impresa  durante  la  ceremonia. 
Contiene  algunos  datos  biográficos  que  hube  de  iacilitar  yo  mismo  a  este  propósito. 

Hodie  iaudis  genus  novum  libenter  auspicati,  Hispanae  gentis  civem  nunc  primum  salutamus.  Salu- 
tamus  virum  de  physioiogiae  scientia  optime  meriturn,  qui  Ínter  flumen  Hiberum  montesque  Pyrenaeos 
dúo  et  quadraginta  abhinc  anoos  natus  et  iluminis  eiusdem  in  ripa  Caesaraugustae  educatus,  primum 
ibidem,  deinde  Valentiae,  deinceps  Barcelonae  muñere  Académico  iunctus,  tot  honorum  spatio  feliciter 
decurso,  nunc  denique  in  urbe,  quod  gentis  totius  caput  est,  histologiae  scientiam  praeclare  profitetur. 
Fere  decem  abhinc  anuos  professoris  munus  Valentiae  auspicatus,  fore  auguratus  est,  ut  intra  annoa 
decem  studiorum  suorum  in  honorera  etiam  Ínter  exteras  gentes  nomem  suum  notesceret.  Non  fefellit 
augurium;  etenim  nuper  etiam  nostras  ad  oras  a  Societate  Regia  Londinensi  honoris  causa  vocatus.  mu-- 
neri  oratorio,  virorum  insignium  nominíbUs  iarapridera  ornato,  in  hunc  annum  destinatus  est.  Omitió 
opera  eius  maiora  de  histología  et  de  anatomía  conscrita;  praetereo  etiam  opuscula  eiusdem  quadraginta 
intra  lustra  duoin  lucem  missa,  haecenim  omnia  ad  ipsascientiaepenetralia  pertinent.  Quid  vero  djca ni 
de  artificio  pulcherrimo  quo  primum  auri,  deinde  argenti  ope,  incorpore  humano  fiia  quaedam  tenuissi- 
ma  sensibu?  moribusque  ministrantia  per  ambages  suas  inextricabiles  aiiquatenus  explorari  poterant? 
In  artificio  illo  argenti  usum,  ínter  Italos  ólim  inventum,  Ínter  Hispanos  ab  hoc  viro  in  melius  mutatum 
et  ad.exitum  felicioremperductum  esseéonstat.  Si  poeta  quídam  Romanos  regione  in  eadem  peni  tus,  sí 
Valerius  Martialis  inquam,  qui  expertus  didicit  fere  nihil  in  vita  sine  argento  posseperfici.  hodie.ipse- 
adesset,  procul  dubio  popularem,  suum  verbis  suis  paululum  muta'tis  non  síne  superbia  apellaret:—  ‘ 

“Vir  Celtiberis  non  tacende  geht'ibus 
Nostra.équeTaiis  Hispaniae,.; 

Te  ?iosír¿  JíibeKrtpa  gloriabitur,  , 

Nec  me  tacebit  Biibiiis»  (*), 

Duco  ad  vos  virum  et  in  Híspanla  et  ínter  exteras  gentes  iaudem  meritu  adeptum,  histoiogiae  pro- 
fessorem  insignem,  Santiago  Ramón  Y  C AJAL. 

(•)  Martial,  i49,l-2;61,  11— 12. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


267 


comida  íntima  y  familiar  en  el  precioso  hotel  que  extramuros  de  la  villa  poseía  el 
doctor  Foster.  , 

De  mi  visita  a  Oxford,  la  admirable  ciudad  gótica,  inestimable  Joya  medioeval^ 
donde  cada  casa  es  un  relicario  histórico  y  cada  colegio  compite  en  riqueza  y 
grandiosidad  con  una  mansión  real,  sólo  diré  que,  ante  tantas  maravillas,  estaba 
como  embelesado.  ¡Qué  bibliotecas,  qué  museos,  qué  capillas  góticas,  qué  ampli¬ 
tud,  riqueza  y  comodidad  en  las  habitaciones  destinadas  ,a  los  colegiales!  En  pa¬ 
rangón  del  King’s  College,  filigrana  del  renacimiento,  del  Ballol  College,  del  Cor¬ 
pus  Chisti  College  y  áelMagdalien  College,  exquisitos  modelos  del  estilo  gótico,,, 
o  del  grandioso  Johrís  College,  mtáio  oculto  entre  cortinas  de  hiedra,  etc.,  el  mejor 
de  nuestros  edificios  docentes  oficiales  semeja  destartalado  y  sórdido  caserón, 
Huelga  expresar  que  fui  muy  festejado  por  los  profesores,  y  singularmente  por  el 
sabio  Bourdon-Sanderson.  Acerca  de  este  maestro,  me  es  grato  expresar  que  tan 
encantado  quedé  de  la  actividad  y  sabia  organización  de  su  laboratorio  de  Fisio¬ 
logía  como  de  sus  talentos  y  demás  prendas  personales. 

Paraovitar  enfadosas  prolijidades,  omito  la  narración  de  otras  muchas  cosas 
que,  tanto  en  Oxford  como  en  Cambridge,  excitaron  mi  admiración  o  despertaron, 
mí  interés.  Mencionaré  no  más  dos  fiestas  de  carácter  docente,  de  que  guarde 
grato,  recuerdo.  . 

Como  obsequio  a  los  profesores  de  Fisiología  forasteros  congregados  en  Cam¬ 
bridge,  con  ocasión  de  la  citada  solemnidad,  el  sabio  Langley,  que  ha  ilustrado  su 
nombre  con  importantes  descubrimientos  relativos  a  la  actividad  del  gran  simpᬠ
tico,  invitónos  a  presenciar  uno  de  sus  favoritos  experimentos.  Tratábase  de  un 
gato  envenenado  con  nicotina,  en  el  cual,  con  insuperable  habilidad,  había  dicho 
profesor  puesto  al  descubierto  casi  todos  los  ganglios  de  la  cadena  simpática  de 
un  lado.  Estos  ganglios,  rio  obstante  su  pequeñez,  mostrábanse  clarísimos,  lim¬ 
pios  de  sangre  y  libres  de  las  visceras  torácicas  y  abdominales,  que  habían  sido 
pulcramente,  y  sin  daño  de  su  integridad,  apartadas  lateralmente  y  sujetas  con 
pinzas  y  cordones  asépticos.  El  cómo,  después  de  tan  formidable  traumatismo, 
iatía  todavía  el  corazón  y  se  conservaban  casi  íntegras  todas  las  funciones  vitales 
del  animal,  constituye  para  mí  misterio  impenetrable.  Aplicó  a  seguida  la  excita¬ 
ción  farádica  a  los  ganglios  (lo  que  equivale  prácticamente  a  estimular  aislada¬ 
mente  las  fibras  simpáticas,  porque  la  cocaína  paraliza  el  cuerpo  de  las  células 
nerviosas),  y  la  contracción  de  los  músculos  lisos  de  los  pelos  {arrectores  pili)  des¬ 
arrollada  en  fajas  cutáneas  o  anillos  regulares  y  sucesivos,  demostró  elegante¬ 
mente,  no  sólo  que  nada  ganglio  inerva  un  área,  especial  periférica,  sino  que  esta 
zona  cutánea  tiene  significación  metaraérica,  a  semejanza  de  las  áreas  de  distri¬ 
bución  de  los  ganglios  sensitivos. 

A  la  otra  fiesta,  igualmente  instructiva,  aunque  de  índole  mundana  y  social, 
asistí  por  feliz  casualidad.  Acertó  por  aquellos  días  a  celebrarse  en  Cambridge  lo 
que  allí  se  llama  una  conversación  cientifica,  especie  de  tertulia  interuniversitaria, 
destinada  a  la  exposición  popular  de  los  descubrimientos  efectuados  por  los  pro¬ 
fesores  ingleses  y  a  promover  entre  ellos  ese  espíritu  de  solidaridad  intelectual 
que  tanto  se  echa  de  menos  entre  los  investigadores  de  las  naciones  latinas.  A 
este  propósito,  congregáronse  en  un  gran  salón  del  King's  College  profesores  lle¬ 
gados  de  todos  los  centros  científicos  del  Reino  Unido,  acompañados  de  sus  fa¬ 
milias  y  de  numerosos  invitados.  Antes  de  la  sesión,  cada  investigador  dispuso 
en  una  mesa  el  instrumental  necesario  para  sus  demostraciones.  Los  histólogos 
y  embriólogos  aportaron  sus  preparaciones  microscópicas;  los  físicos,  sus  recien- 


:263 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


tes  invenciones  cientifícas;  los  químicos,  muestras  de  las  substancias  descubier^ 
tas  y  esquemas  del  mecanismo  de  su  producción;  los  bacteriólogos,  cultivos  de 
las  nuevas  especies  microbianas  y  preparaciones  de  los  gérmenes  patógenos;  los 
astrónomos,  dibujos  y  fotografías— singularmente  espectrales— de  los  astros,  etc. 
De  esta  suerte,  los  sabios,  además  de  conocerse  personalmente,  participan  de  las 
inquietudes  espirituales  de  sus  colegas  y  ayúdanse  recíprocamente  en  la  resolu¬ 
ción  de  los  problemas  de  actualidad.  Y  además  el  público  lego,  así  como  a  los 
alumnos,  reciben  el  inestimable  beneficio  de  una  ciencia  fresca,  viva,  variada  y 
doblemente  sugerente,  por  llevar'  consigo  el  incentivo  de  la  novedad  y  ser  declara¬ 
da  por  la  palabra  autorizada,  cálida  y  entusiasta  de  su  creador.  Añadamos  toda¬ 
vía  que,  terminadas  las  demostraciones  científicas,  hízose  un  poco  de  música, 
acabando  la  sesión  a  beneficio  de  la  gente  moza,  que  se  entregó  a  las  delicias  del 
baile. 

Aunque  el  tema  es  harto  conocido  y  sobre  él  se  han  escrito  muchos  y  buenos 
libros,  quisiera  decir  algo  acerca  de  las  Instituciones  universitarias  inglesas  y  de 
sus  frutos  docentes.  A  la  verdad,  un  mes  de  estudios  apresurados.y  superficiales, 
durante  cuyo  iiempo  vime  obligado,  por  imperio  de  las  circunstancias,  a  poner 
más  atención  en  la  exposición  de  trabajos  propios  que  en  la  apreciación  de  la  obra 
ajena,  no  me  permiten  formular  un  juicio  firme  y  documentado.  Me  limitaré  a 
mera  impresión  personal,  basada  parte  en  lo  que  vi  y  parte  en  las  manifestacio¬ 
nes  de  profesores  conocedores  del  problema  de  la  enseñanza  superior. 

Mi  opinión  podría  sintetizarse  en  esta  frase:  en  Inglaterra  las  Instituciones  do¬ 
centes  hállanse  admirablemente  organizadas  para  fabricar  hombres,  pero  no  para 
iorjar  sabios.  Y,  sin  embargo,  el  sabio  abunda  y  alcanza  a  menudo  las  más  altas 
ciihas  de  la  originalidad  genial.  Pero  en  dicha  nación,  los  científicos  y  pensadores 
más  eminentes  deben  p«'CO  a  la  Universidad:  son  temperamentos  privilegiados  que 
se  abren  camino,  a  pesar  de  la  deficiente  e  incompleta  organización  de  los  Centros 
docentes.  Porque  el  investigador  no  representa  allí,  como  en  Alemania,  el  pro¬ 
ducto  directo  de  la  Escuela,  sino  el  fruto  indirecto  del  cultivo  de  la  personalidad  y 
del  robustecimiento  de  todas  las  energías  del  espíritu.  Con  algunas  restricciones, 
cabria  afirmar  que  en  el  país  teutón  la  organización  docente  suple  al  hombre, 
mientras  que  en  Inglaterra  el  hombre  suple  a  la  organización.  Falta  saber  si,  tra¬ 
tándose  de  una  raza  tan  admirablemente  dotada  como  la  inglesa,  no  rendiría  aún 
mejores  frutos  el  método  alemán  de  instruir  mucho  educando  poco,  que  el  método 
anglo-sajón  de  educar  mucho  y  de  instruir  sobriamente.  Acaso  está  el  ideal,  como 
muchos  piensan,  en  un  perfecto  equilibrio  entre  ambos  criterios  pedagógicos. 

Que  las  Universidades  y  Colegios  mayores  ingleses,  con  su  carácter  de  Insti¬ 
tuciones  privadas,  su  plena  libertad  de  programas,  su  potestad  de  escoger  maes¬ 
tros  hasta  entre  los  desprovistos  de  título  profesional,  y  su  estrecha  sujeción  a  las 
demandas  esencialmente  utilitarias  déla  clientela,  etc.,  dejan  algo  que  desear  én 
punto  a  la  función  de  formar  investigadores,  confiésanlo  paladinamente  los  mis¬ 
mos  maestros  ingleses,  muchos  de  los  cuales  debieron  refinar  su  formción  téc¬ 
nica  y  su  instrucción  teórica  en  las  más  rensmbradas  Escuelas  oficiales  alemanas. 
.Algunos  de  ellos  hiciéronme  notar  chocantes  deficiencias.  En  efecto,  al  hojear  los 
programas  de  estudios  de  algunas  Facultades  médicas,  noté  con  sorpresa  que  en 
la  mayoría  de  ellas  toda  la  labor  docente  se  inspira  en  el  practicismo  y  el  profesio¬ 
nalismo,  hasta  el  punto  de  que  importantes  disciplinas  teóricas  incluidas  en  el 
-tplan  de  estudios  de  las  Universidades  francesas,  alemanas,  italianas  y  hasta  espa¬ 
ñolas,  faltan  por  completo  o  se  les  consagra  insignificante  atención.  A  esta  causa 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


lay  que  atribuir  la  escasez  relativa  de  histólogos,  anatomo-patólogos,  embriólo¬ 
gos  y  bacteriólogos  de  Inglaterra  por  comparación  con  Alemania  o  Francia.  Seme¬ 
jante  estado  de  cosas  tiende,  sin  embargo,  a  desaparecer.  Nos  consta  que,  duran¬ 
te  los  liltimos  años,  se  han  colmado  muchas  lagunas  en  los  cuadros  de  enseñanza,, 
muy  particularmente  en  la  organización  de  las  Universidades  de  tipo  moderno, 
creadas  en  Londres,  Liverpool,  Manchester,  etc.,  costeadas  casi  enteramente  por 
el  Estado  e  inspeccionadas  directamente  por  él.  En  estas  novísimas  escuelas,  sin 
descuidar  la  adaptación  al  mejor  rendimiento  profesional,  se  ha  concedido  ya  a  la 
ciencia  pura  o  teórica — que  en  el  fondo  es  la  más.  exquisitamente  práctica  de  to¬ 
das,  ya  que  encierra  los  gérmenes  de  toda  futura  aplicación  a  los  fines  de  la 
vida— el  debido  desarrollo,  a  imitación  de  los  programas  de  los  Centros  doeentes- 
similares  de  Alemania. 


Terminada  la  misión  que  me  condujo  a  las  islas  británicas  y  satisfecha  mi  cu-- 
riosidad  científica  y  artística,  dispuse  el  viaje  de  regreso,  no  sin  reiterar  antes  a 
mis  generosos  huéspedes  el  Dr.  Sherrington,  al  Dr.  Forster  y  a  otros  profesores 
que  me  colmaron  de  atenciones,  la  ofrenda  de  mi  cordial  gratitud. 

¡Qué  desencanto  al  llegar  a  nuestro  Madrid,  donde,  por  incomprensible  con¬ 
traste,  se  ofrecen  la  máxima  cultura  española  con  los  peores  edificios  docentes  L 
Habituada  la  retina  a  la  imagen  de  tantos  esplendores  y  grandezas,  causábame 
de  tristeza  pensar  en  nuestra  ruin  y  antiartística  Universidad,  en  el  vetusto  y  anti¬ 
higiénico  Colegio  de  San  Carlos,  en  las  lobregueces  peligrosas  del  Hospital  Clíni¬ 
co,  en  el  liliputiense  Jardín  Botánico  del  Paseo  de  Trajineros  y  en  el  Museo  de 
Historia  Natural,  siempre  errante  y  fugitivo  ante  el  desahucio  de  la  Adminstración.^ 

.  Impresionóme  también  penosamente  el  ver  a  nuestros  estudiantes  aislados,  sin 
espíritu  corporativo,  desperdigados  en  ruines,  insalubles  y  sórdidas  casas  de  hués¬ 
pedes,  y  entregados  a  una  libertad  muy  parecida  al  abandono;  y  a  los  profesores  - 
mismos,  encastillados  en  sus  Cátedras  como  lechuzas  en  campanario,  desconocién¬ 
dose  entre  sí  y  ajenos  par  completo  a  los  nobles  anhelos  de  una  colaboración  orgᬠ
nica,  como  si  no  formaran  parte  de  un  mismo  cuerpo  ni  conspiraran  al  mismo  fin!..„- 

Al  pisar  el  umbral’ de  mi  casa,  latíame  tumultuosamente  el  corazón.  Por  ínci-  , 
dentes  imprevistos,  no  pude  avisar  mi  llegada.^  ¿Cómo  encontraría  a  mi  hija?  EL 
optimismo  de  las  cartas  maternas,  ¿no  sería  quizá  piadoso  ardid  encaminado  a 
animarme  y.  confortarme  ante  mi  arriesgada  misión?...  Por  fortuna,  los  vaticinios  de  - 
Hernando  se  habían  confirmado.  Aunque  muy  débil  y  quebrantada,  la  enferma  en¬ 
traba  ya  en  franca  convalecencia. 

Cuando  al  siguiente  día,  rodeado  de  la  alegría  y  bullicio  de  los  niños,  desem-: 
balé  los  regalos  comprados  en  Londres,  advertí  con  sorpresa  que  se  me  habían  ' 
adelantado  en  el  obsequio:  La  señora  de  don  Facundo  Riaño,  la  hija  del  sabio  ara-- 
bista  P.  Gayangos,  con  una  delicadeza  de  sentimientos  que  nunca  olvidaré,  había, . 
durante  la  ausencia  del  padre,  consolado  a  los  pequeños  obsequiándoles  con  pre¬ 
ciosos  juguetes.  También  prodigó  a  mi  esposa— fatigada  y  doliente  por  un  mes  de 
insomnios— atenciones  y  solicitudes  inestimables.  ¡Bienhaya  aquella  santa  mujer,., 
hija  y  esposa  de  sabios,  cuyas  virtudes  le  granjearon  la.  estima  y  veneración  de 
cuantos  tuvieron  la  dicha. de  tratarla!...  . 


CAPITULO  XII 

MIS  TRABAJOS  DURANTE  LOS  AÑOS  1894,  1895  Y  1896.^D1SP0SICI0NES  NUEVAS  OB¬ 
SERVADAS  EN  LA  ESTRUCTURA  DEL  «BULBO  RAQUÍDEO,  PROTUBERANCIA,  TÁLAMO 
ÓPTICO,  CUERPO  ESTRIADO,  GLÁNDULA  PINEAL,  CUERPO  PITUITARIO,  RETINA, 
GANGLIOS»,  ETC— algunas  OBSERVACIONES  SOBRE  LA  TEXTURA  DEL  «PROTO- 
PLASMA  y  NÚCLEO».— para  ELIMINAR  POSIBLES  OBJECIONES,  CONSIGO  COMPRO¬ 
BAR,  CON  EL  MÉTODO.  DE  EHRLICH,  AL  AZUL  DE  METILENO,  LOS  HECHOS  MÁS  IM¬ 
PORTANTES  RECOGIDOS  CON  AYUDA  DEL  CROMATO  DE  PLATA. 


Temo  fatigar  y  aun  mortificar  al  lector  con  la  relación  de  mis  investigacio¬ 
nes  durante  el  trienio  de  1894,  1895  y  1896.  Y,  sin  embargo,  algo  he  de 
decir  de  ellas,  aunque  sea  muy  lacónicamente,  a  menos  de  ser  infiel  al  plan 
expositivo  que  vengo  siguiendo . 

Hasta  aquí  fué  tarea  fácil,  mediante  descripciones  simplificadas  y  figuras  es- 
efuemáticas,  dar  al  lector  idea  de  mis  hallazgos  anatómicos  más  culminantes.  A 
«ello  se  prestaba  la  regularidad  arquitectónica  y  relativa  sencillez  de  los  órganos 
estudiados.  Mas  ahora  trátase  de  pesquisas  efectuadas  en  centros  nerviosos  de 
textura  singularmente  intrincada,  tales  como;  el  bulbo  raquídeo,  la  protuberancia, 
el  tálamo  óptico,  los  tubérculos  cuadrigéminos,  etc.,  órganos  mirados  con  razón  por 
el  estudiante  y  aun  por  el  maestro  como  los  laberintos  de  la  Neurología.  En  seme¬ 
jante  materia  se  impone,  para  no  perderse  en  un  dédalo  de  senderos  entrecruzados, 
consultar  muy  de  antemano,  y  con  grandísima  atención,  esas  cartas  topogrᬠ
ficas  basadas  en  la  comparación  de  series  regulares  de  cortes  transversales,  tra¬ 
zadas  por  la  paciencia  de  Meynert,  Schviralbe,  Obersteiner,  Flechsig,  Cramer, 
Edinger,  van  Gehuchten  y  otros  muchos.  Mas,  por  razones  fácilmente  presumi¬ 
bles,  me  es  imposible  ahora  reproducir  estos  guías  autorizados  sin  desnaturalizar 
completamente  la  índole  de  este  librito.  No  abusaré,  pues,  de  la  paciencia  del  lec¬ 
tor,  ajeno  o  poco  aficionado  a  los  estudios  neurológicos,  y  me  limitaré  a  dar  una 
lista  bibliográfica,  con  la  escueta  enumeración  de  los  hallazgos  más  interesantes. 
Algnnas  figuras  suplirán  en  lo  posible  el  árido  laconismo  del  texto. 

'  La  principal  exploración  verificada  durante  el  mencionado  trienio  tuvo  por  ob¬ 
jeto  el  conocimiento  del  bulbo  raquídeo,  el  laberinto  tedioso  a  que  antes  aludía.  Sin 
eríibargo,  no  hay  paramera,  por  adusta  que  sea,  que  no  ofrezca  al  botánico  alguna 
flor  modesta^  pero  de  exquisita  fragancia.  Con  la  esperanza  de  hallarla  me  aven¬ 
turó  ett  este  difícil  dominio,  no  sin  escudriñarlo  antes,  macroscópicamente,  en  se¬ 
ries  regulares  de  secciones  microtómicas,  efectuadas  en  el  hombre,  perro,  gato 
conejo,  ratón.  Y,  como  de  ordinario,  demandé  también  al  método  de  Golgi,  apli- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


271 


-€ado  en  los  embriones  y  animales  jóvenes,  sus  valiosísimas  y  terminantes  revela¬ 
ciones.- 

Como  resultado  general,  las  citadas  pesquisas  aportaron  la  prueba  de  que,  en 
bulbo,  protuberancia,  tálamo,  etc.,  imperan  también,  tanto  la  ley  anatómica  del 
contacto  entre  somas  y  arborizaciones  nérviosas,  como  la  ley  fisiológica  de  la  po¬ 
larización  dinámica.  A  semejanza  de  la  médula  espinal,  las  raíces  sensitivas  o  afe¬ 
rentes  de  los  nervios  craneales  trigémino,  vestibular,  acústico,  etc,  ofrecen  la  clási¬ 
ca  bifurcación  en  rama  ascendente  y  descendente  (salvo  las  raíces  sensitivas  del 
_glosofaringeo  y  pneumogástrico,  que  sólo  poseen  rama  descesdente);  y  asimismo 
contraen,  a  favor  de  ramas  colaterales  y  terminales,  íntima  conexión  con  el  soma  y 
dendritas  de  las  neuronas  motrices  (focos  átl  facial,  motor  del  trigémino,  de  los  mo¬ 
tores  oculares,  etc.),  constituyendo  el  cauce  automático  de  los  movimientos  reflejos. 

De  igual  manera,  descúbrense  en  el  bulbo  y  protuberancia  numerosas  células 
de  asociación  (fascículo  longitudinal  posterior,  fibras  de  la  substancia  reticu¬ 
lar,  etc.). 

El  conocido  adagio  filosófico  «todo  es  uno  y  lo  mismo»  aplícase  singularmente 
al  plan  estructural  de  los  centros  nerviosos.  Inspirada  en  móviles  exquisitamente 
económicos,  la  naturaleza  gusta  repetirse.  Gracias  a  estas  providenciales  ruti¬ 
nas  de  la  vida,  es  posible  la  ciencia.  Reconfórtase  el  espíritu  lógico,  ansioso  de 
■sencillez  y  de  unidad,  al  reconocer  que  el  principio  organizador  adopta  los  mis¬ 
mos  medios  para  iguales  fines.  «Unidad  de  plan  con  infinita  variedad  de  formas» 
parece  ser  la  enseña  de  la  vida.  Al  modo  del  arquitecto,  ajústase  en  las  línea3  ge¬ 
nerales  a  un  cierto  estilo,  pero  reservándose  el  derecho  de  variar  hasta  la  proli- 
gidad  los  motivos  ornamentales.  A  causa  de  esta  inagotable  variedad  de  recursos? 
evítase  la  monotonía  y  el  cansancio  en  la  obra  del  investigador.  Porque  precisa¬ 
mente,  esas  inesperadas  e  ingeniosas  adaptaciones  con  que  la  naturaleza  modi¬ 
fica  sus  creaciones  en  cada  caso  particular,  sin  violar  las  normas  esenciales,  es  lo 
que  alimenta  la  curiosidad  y  mantiene  vivo  el  fuego  sagrado  del  hombre  de  Labo¬ 
ratorio. 

Por  desgracia,  yo  llegaba  al  filón  un  poco  tarde  para  alcanzar  grandes  sorpre¬ 
sas  y  descubrimientos  de  primera  fuerza.  Edinger,  van  Gehuchten,  y  particular¬ 
mente  Kolliker  y  Held,  se  me  habían  adelantado  en  la  aplicación  afortunada  del 
método  de  Golgi  al  análisis  estructural  de  los  focos  bulbares  y  protuberanciales, , 
Debía,  por  tanto,  espigar  en  campo  segado.  Algo,  empero,  pude  recolectar:  fué 
■tarea  paciente  y  modesta  de  perfeccionamientos,  de  ampliaciones,  de  cominerías 
descriptivas,  harto  más  trabajosa  que  brillante.  Relatemos  brevemente  algunas 
•de  mis  principales  aportaciones. 

Comenzaré  por  recordar  la  publicación  de  una  extensa  monografía  (1)  inserta 
en  los  Anales  de  la  Sociedad  Española  de  Historia  Natural.  En  ella  se  tocan  di¬ 
versos  temas  neurológicos:  estructura  del  puente  de  Varolio,  de  la  hipófisis,  del 
■cuerpo  estriado,  de  los  focos  acústicos,  etc. 

He  aquí  una  lista  de  los  datos  más  salientes: 

Con  relación  al  puente  de  Varolio  &).—a)  La  demostración  de  que  las  células 
de  la  protuberancia  envían  su  axon  a  los  pedúnculos  cerebelosos  medios  (figu¬ 
ra  47,  b,  c),  (Confirmado  por  Pusateri  y  van  Gehuchten). 

(1)  Cajal;  Algunas  contribuciones  al  conocimiento  de  los  ganglios  del  encélalo.  .ána/<ís  de  la  So- 
.oiedad  Española  de  lligtoria  Natural,  tomo  XXIII,  1894.  Con  12  grabados’ 

(2)  Una  traducción  con  algunas  adiciones,  de  la  parte  de  este  folleto  correspondiente  al  cuerpo  es¬ 
triado,  publicóse  en  la  Bibliographie  anatomique,  núm.  6,  1894,  con  el  titulo  de  Le  Pont  de  Varóle. 


272 


S.  RAMÓN  Y  GAJAL 


b)  El  hallazgo  de  las  colaterales  poníales  de  la  via  piramidal,  importante  via 
de  unión  de  la  corteza  cerebral  con  el  cerebelo  (vía  cortico-ponto-cerebelosa)  figu¬ 
ra  48,  a  e).  Confirmado  por  Pusateri  y  otros  sabios.  .  .  j 

Con  relación  a  la  hipófisis.— a)  Demostración  en  el  espesor  de  la  hipófisis  de 
un  plexo  nervioso  tupido  y  delicadísimo,  continuado  con  tubos  llegados  con  el 
pedículo  de  este  órgano  (fig.  47,  P).  .  x 

b)  Hallazgo  de  terminaciones  nerviosas  intercelulares  en  el  revesumient» 
epitelial  de  la  cavidad  del  órgano.  (Confirmado  y  ampliado  por  diversos  autores, 
singularmente  por  Tello)  (fig.  47,  /,  E). 

Con  relación  al  origen  del  nervio  acústico  en  las  aves.— Encuentro  de  numero¬ 
sos  detalles  de  estructura  de  los  focos  acústicos  de  las  aves,  observación  de  la. 
bifurcación  final  del  nervio  coclear  y  de  ciertas  notables  arborizaciones  ofrecidas 
por  éste  en  el  tubérculo  acústico  y  ganglios  vecinos.' 

Con  relación  al  cuerpo  estriado.- a)  Descubrimiento  en  este  ganglio  de  célu¬ 
las  de  axon  largo  descerídénte  y  penetrante  en  el  pedúnculo  cerebral  (fig.  49,  A). 

b)  Hallazgo  de  arborizaciones  libres  emanadas  de  tubos  ascendentes  (figu¬ 
ra  49,  C).  ... 

c)  Descripción  detallada  de  los  dos  tipos  celulares  que  forman  los  focos  gri¬ 
ses  de  dicho  cuerpo,  es  decir,  neuronas  de  axon  largo  y  neuronas  de  axon  cor¬ 
to  (fig.  49,  B).  Este  trabajo  vino  a  comprobar  en  los  mamíferos  algunas  ideas  de 
Edinger  sobre  la  constitución  del  Stamganglion  de  los  vertebrados  inferiores  y 
acerca  del  modo  de  origen  de  la  vía  cerebral  fundamental  o  descendente.  ■ 

Versó  ¡otra  de  nuestras  investigaciones  de  1894  sobre  una  región  especial 
del  tálamo  óptico,  áesi^Siáo  ganglio  de  /a  Aaúa/zü/a  (l),  -centro  del  que,  por  lo 
que  toca  a  los  mamíferos,  apenas  si  se  tenían  más  que  datos  groseros  de 
anatomía  macroscópica.  Yo  lo, exploré  en  el  ratón,  conejo,  gato,  etc.,  con  ayuda 
de  los  métodos  de  Weigert,  Nissl  y  Golgi.  Además  de  confirmar  en  los  mamíferos, 
álgunos  datos  importantes  obtenidos  por  van  Gehuchten  en  el  ganglio  de  la  ha’ 
bénula  de  los  peces,  Contie:ne  dicho  trabajo: 

a)  La  prueba  histológica  de  la  existencia  en  dicho  ganglio  de  dos  focos  ner¬ 
viosos  bien  deslindados:  el  interno  y  el  externo  (fig.  50,  A,  B). 

b)  El  descubrimiento  de  la  especial  morfología  de  las  neuronas  integrantes  dé¬ 
los  focos  habenulares  (A)  y  de  la  incorporación  de  sus  finísimos  axones  a  la  vía 
nerviosa  designada /asc/cu/o  Pe,  Meynerí. 

c)  Encuentro  en  el  foco  interno  de  ciertos  nidos  o  arborizaciones  pericelula- 
res  sumamente  tupidas,  producidas  por  el  ramaje  final  de  los  axones  llegados  dé¬ 
la  Siria  medullaris,  vía  importante  perteneciente  al  sistema  olfativo  (fig.  51,  c). 

Más  copioso  todavía  en  pormenores  descriptivos  y  hallazgos  anatómicos,  fué: 
el  estudio  consagrado  al  bulbo  raquídeo,  cerebelo  y  origen  de  los  nervios  encefáli¬ 
cos  (21,  publicado  en  1895,  y  que  forma  casi  un  íibro. 

He  aquí  los  resultados 'más  valiosos: 


a)  Demostración  de  la  existencia  de  la  rama  ascendente  de  bifurcación  déla. 
raiz  sensitiva  del  trigémino  con  sus  colaterales  y  terminales  (fig.  53,  A). 


<í)  Cajál;.  Estructura  del  ganglio  de  la  habénula  de  los  mamíferos.  Anales  de  la  Sociedad  Españo-^ 
la  de  Historia  Natural,  tomo  XXIII,  1894.  Con  4  grabados. 

(2)  Cajal:  Apuntes  para  el  estudio  del  bulbo  raquídeo,  cerebelo  y  origen  de  los  nervios  encefálicos. 
Anales  de  la  Sociedad  Española  de  Historia  Natural.  Febrero  de  1895.  Con  31  grabados. 

De  este  folleto'apareció  una  versión  alemana  del  Dr.  Bresster,  con  un  prólogo  del  ilustre  profesor 
M.  Mendel,  de  Berlín  (Beitrage  ziir  Studium  der  Medulla  oblongata,  etc.  Leipzig.  Ambrosios  Barth, 
1896).  La  referida  traducción  encierra  algunas  descripciones  nuevas  tocantes  al  niicl.eo  de  Deüers  (nidos- 
pericelulares),  foco  ventral  del  acústico,  terminaciones  del  coclear,  etc. 


JlECUiaiDOS  DE  MI  VIDA 


273 


b)  Determinación  de  la  morfología  de  las  células  del  foco  terminal  sensitivo 
de  este  nervio,  y  de  la  posición  de  la  via  central  engendrada  por  ellas. 

c)  Detalles  nuevos  relativos  a  la  estructura  áelfoco  motor  masticador.  (Cola¬ 
terales  motrices  del  foco  descendente  motor,  etc.). 

d)  Descubrimiento  de  un  pequeño  haz  nervioso  descendente,  nacido,  mediante 
colaterales,  del  pedúnculo  cerebeloso  superior  (fig.  53,  D). 

e)  Demostración  de  que  el  pedúnculo  cerebeloso  superior  nace  de  las  células 
«de  la  oliva  cerebelosa  (fig.  53,  O,  C). 

f)  Descubrimiento  de  las  arborizaciones  terminales  del  nervio  óptico  en  el  tu¬ 
bérculo  cuadrigémino  anterior,  así  como  de  las  colaterales  descendentes  de  la- 
fibras  ópticas  (fig.  52,  A,  Di. 

g)  Descripción  de  las  terminaciones  á^Xfasciculo  de  Meynert  an  el  ganglio  in- 
terpeduncular  y  de  las  singulares  células  que  en  éste  residen. 

h)  Prueba  objetiva  de  que  las  fibras  nacidas  en  la  oliva  bulbar  marchan  al- ce¬ 
rebelo,  y  revelación  de  que  las  arborizaciones  terminales  de  dicha  oliva  emanan 
<le  colaterales  del  resto  del  cordon  anterolateral. 

i)  Encuentro,  en  el  dominio  de  las  terminaciones  del  vago  y  gloso-faríngeo, 
de  un  ganglio  medio  impar  llamado  comisural,  a  cuyo  nivel  se  entrecruzan  y  en 
parte  se  terminan  las  fibras  del  cordón  solitario  (fig.  54.  A). 

j)  Descripción  detallada  de  las  colaterales  sensitivas  destinadas  a  los  focos 
de  los  nervios  hipogloso,  w.otor  ocular  externo,  masticador,  facial,  etc.  (fig.  54,  /,  g). 

k)  Señalamiento  de  la  existencia,  en  el  fascículo  longitudinal  pústeríar,  de  nu¬ 
merosas  fibras  ascendentes  procedentes  de  los  focos  sensitivos  del  bulbo  y  sin- 
.gularmente  del  núcleo  térmihal  del  vestibular. 

l)  Descubrimiento  de  que  las  ramas  ascendentes  del  nervio  vestibular  pene¬ 
tran  en  el  cerebelo,  constituyendo,  verosímilmente,  la  vía  porta  cual  las  impresio¬ 
nes  de  los  conductos  semicirculares  se  propagan  a  dicho  centro  (fig.  53,  g). 

m)  Estudio  detallado  de  Iss  células  de  los  focos  del  vestibular  y  de  las  vías 
•centrales  en  ellas  nacidas. 

n)  Encuentro  de  dos  focos  acústicos  nuevos  en  la  región  del  puente  ( focos 
¡preolivares  interno  y  externo),  y  detalles  de  la  morfología  de  las  células  de  los  gan¬ 
glios  terminales  del  coclear  y  de  los  asociados  al  cuerpo'  trapezoide,  etc. 

fí)  Descubrimiento,  en  el  tátamo  de  los  roedores  y  carnívoros,  del  origen  de 
los  haces  nerviosos  designados  por  los  diutores  fascículo  de  la  calata  y  cordón  de 
Vicq  d’Azyr,  los  cuales  no  son  sino  ramas  de  bifurcación  de  un  cordón  compacto 
brotado  de  las  células  nerviosas  del  cuerpo  mamJlar  interno.  ^Confirmado  inme¬ 
diatamente  por  Koliiker).  Era  entonces  creencia  general  la  total  independeneia  de 
ambas  vías  (véase  la  fig.  53,  B,  C,  V). 


Con  el  designio  de  completar  el  precedente  trabajo  sobre  el  bulbo,  dimos  tam¬ 
bién  a  la  estampa,  años  después  (en  1897),  otra  comunicación,  donde  se  registran 
las  siguientes  adquisiciones  complementarias: 

a)  La  revelación,  con  el  método  de  Golgi,  de  la  morfología  y  colaterales  ner¬ 
viosas  de  las  células  del  foco  medular  del  espinal,  así  como  del  enlace  de  estos 
-elementos  con  las  colaterales  sensitivas. 

b)  La  diferenciación  de  un  foco  especial  del  cordón  lateral  del  bulbo,  foco  re¬ 
lacionado  con  colaterales  de  la  vía  cerebelosa  ascendente. 

c)  Descripción  detallada  de  la  morfología  de  las  células  de  los  focos  de  Goll 
y  de  Burdach. 

d)  Estudio  del  remate  superior  en  el  bulbo  del  fascículo  reflejomotor  de  las 
vaíces  posteriores. 

e)  Detalles  de  las  terminaciones  sensitivas  en  los  focos  de  Goll  y  de  Burdach, 
y  demostración  de  que  una  parte  del  cordón  de  Burdach  se  hace  profundo  en  el 
bulbo,  situándose  longitudinalmente  por  delante  de  la  substancia  de  Rolando. 

f)  Se  describe  un  haz  del  vago-gloso-faríngeo  que  se  asocia  a  las  fibras  bul- 
iares  longitudinales  del  5.®  par. 

g)  Se  demuestra  la  existencia  de  uua  porción  cruzada  del  nervio  vestibular. 

ti)  Se  detalla  la  estructura  del  foco  de  Roller,  etc.,  etc. 


18 


274 


S.  RAMÓN  y  CAJAL. 


De  otras  comunicaciones  aparecidas  en  1895  sólo  mencionaré  el  argumento:, 
una  versó  sobre  la  estructura  de  los  ganglios  centrales  del  cerebelo  (1)  (oliva  cere^ 
bélosa,  ganglio  del  techo,  etc.);  otra,  de  carácter  iconográfico,  pero  con  bastantes 
pormenores  descriptivos  nuevos,  recayó  sobre  la  médula  espinal  (2).  Lo  más  inte¬ 
resante  de  este  último  trabajo  fué  la  ejecución  de  grandes  láminas  en  colores,  co¬ 
pia  de  mis  mejores  preparaciones. 

Durante  el  año  1896  mi  actividad  alcanzó  otro  máximo  comparable  al  deb 
año  90,  corriendo  febril  por  varios  y  divergentes  cauces  y  desparramándose  algu¬ 
na  vez  sobre  temas  anteriormente  tratados.  En  uno  de  estos  ritornellos  ataqué. 
con  nuevos  brios  la  retina,  el  más  antiguo  y  pertinaz  de  mis  amores  de  Laborato¬ 
rio.  Fué  la  nueva  contribución  (3)  de  Índole  polémica,  enderezándose  particular¬ 
mente  a  refutar  las  teorías  de  ciertos  autores  (jKallius,.Renaut  y  Dogiel)  que  prer 
tendían  resucitar,  bajo  formas  especiales,  la  vieja  y  siempre  retoñante  teoría  de 
las  redes  interneurortaíes.  Fiel  a  mi  costumbre  de  no  escribir  artículos  de  pura- 
controversia,  acudí  al  palenque,  armado,  más  que  con  los  arreos  de  la  dialéctica} 
con  observaciones  nuevas  dotadas  de  alguna  fuerza  persuasiva.  Así,  después  de 
probar  que  los  rarísimos  casos  de  fusión  anastomctica  entre  dendritas,  o  entre¬ 
ramas  nerviosas  y  dendritas,  alegados  por  dichos  sabios  son  meras  apariencias 
ópticas  o  productos  artificiales  de  los  reactivos,  señalé  nuevas  y  clarísimas  dis¬ 
posiciones  de  contacto  frecuentes  en  la  retina  de  las  aves.. 

He  aquí  algunas  particularmente  significativas: - 

a)  Descubrimiento  en  las  aves  de  un  tipo  singular  de  espongioblasto  (copC' 
de  los  granos  miarnos),,  el  cual,  además  de  exhibir  algunas  dendritas  cortas  (véase^ 
la  fig.  58,  b),  poseen  cierto  axon  robusto,  dirigido  horizontaimente  por  la  frontera 
de  la  capa  plexiforme  interna  para  descomponerse  en  extensa  y  complicada  arbo- 
rización  horizontal  en  contacto  quizá  con  el  tallo  descendente  de  las  células  ama- 
crinaSf  Este  singular  elemento  fué  hautizaúo' espongioblasto  de  asociación, 

b)  Adición  de  nuevos  detalles  a  nuestras  ya  antiguas  observaciones  sobre  las 
fibras  centrifugas  retinianas,  con  la  prueba  de  que  lo  principal  de  las  proyecciones 
finales  varicosas  de  tales  conductores  construye  nido  apretado  dispuesto  en  tor¬ 
no  del  soma  y  groseras  dendritas  de  los  espongioblastos  de  asociación  (véase  la- 
figura  56,  d). 

c)  Exposición  de  nuevos  hechos  relativos  a  la  evolución  ontogénica  de  los 
bastones,  conos  y  demás  elementos  de  la  retina. 

d)  Descripción  de  un  tipo  original  dé  la  célula  nerviosa,  hallado  en  la  copa 
de  los  granos  internos  de  las  aves,  modalidad  análoga  a  cierta  variedad  asterifor- 
me  referida  ya  con  ocasión  de  la  retina  de  los  peces  (fig.  68,/). 

La  estructura  del  protoplasma  nervioso- y  la  organización  del  núcleo  neuronal 
fue  también  objeto  de  algunas  exploraciones  durante  1896.  Estas  cuestiones  pal¬ 
pitaban  entonces  en  todos  los  laboratorios.  Averiguada  exactamente  la  morfolo¬ 
gía  general  de  la  neurona,  urgía  escudriñar  su  textura,  precisar  la  urdimbre  de. 
que  brota  y  por  donde  circula  el  impulso  nervioso.  Nissl,  Dogiel,  Levi,  Lenhos- 
sek,  Marinesco,  Held,  Lugaro,  Holmgrem,  van  Gehuchten,  etc.,  etc.,. habían  reali¬ 
zado  interesantes  hallazgos,  empleando  la  técnica  de  las  anilinas  básicas,  previa. 

(1)  Cajal;  Ganglíons  cérébélleux.  Bibliographie  anatomique,  .número  1.»  Enero  de  1895. 

(2)  Cajal;  L’Anatomie  fine  de  la  moelle  epiniére.  Atla»  der  pathologische  Histologie  dea  Nervens'- 
ystems  (con  8  grandes  láminas  cromolitográficas).  Berlín,  1895. 

(3)  Cajal:  Nouvelles  contributions  á  l’étude  histologique  de  la  rétine  et  á  la  question  des  anasto- 
moses  des  prolongements  protoplasmiques.  Journal  de  l’Anatomie  et  de  ia  PAj/ííoí.,  12  nov.  1896j. 
Ave  4  planchas  litographiques. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


275 


fijación  en  alcohol  (proceder  de  Nissl),  o  la  combinación  de  las  anilinas  ácidas  con 
las  básicas,  o,  en  fin,  variantes  del  antigo  método  de  Altmann,  etc.  Poco  pude  re¬ 
coger  en  este  dominio,  metódicamente  explotado  y  casi  agotado  por  mis  ante¬ 
cesores. 

En  la  investigación  aludida  (1)  se  consignan,  empero,  algunas  pequeñas  con¬ 
tribuciones  ai  conocimiento  de  la  estructura  neuronal: 

d)  Demostración  de  la  organización  esponjosa  de  los  grumos  cromáticos  áo: 
Nissl,  y  de  la  continuación  de  esta  esponja  con  el  retículo  o  armazón  real  o  apa¬ 
rente  revelado  en  el  resto  del  protopiasma  por  las  anilinas  básicas  (fig.  57). 

b)  Demostración  apremiante  de  la  membrana  de  las  células  nerviosas  de  los 
vertebrados,  órgano  que.  había  sido  sistemáticamente  negado  por  los  autores  (figu¬ 
ra  58,  a),  (Confirmado  ulteriormente  por  algunos  sabios,  singularmente  por  Achu- 
carro.) 

c)  Análisis  minucioso  de  la  disposición  de  la  substancia  basiófila  en  diversos 
tipos  de  núícleos,  tanto  nerviosos  como  neuróglicos. 

(i)  Exploración  comparativa  de  la  cromatina  protoplásmica  {gramos  de  Nissl) 
en  las  neuronas  de  vertebrados  e  invertebrados. 

Mis  funciones  de  profesor  de  Anatomía  patológica,  encargado  de  los  análisis 
oficiales  de  las  Clínicas  y  del  material  de  las  autopsias,  condujéronme  a  menudo - 
a  la  exploración  y  determinación  específica  de  los  tumores  o  neoplasias.  Los  mé¬ 
todos  de  coloración  entonces  usados,  valiosos  por  muchos  conceptos,  no  me  pa¬ 
recían  suficientemente  eficaces  y  precisos  para  la  enseñanza.  Entreguéme,  pues,  a 
reiterados  ensayos  de  tintorería  histológica,  fruto  de  los  Cuales  fueron  varias  fór¬ 
mulas  de  teñido  tricrómico  (amarillo,  azul  y  rojo)  susceptibles  de  presentar  con 
matiz  diferente  los  diversos  factores  histológicos  integrantes  de  los  tumores  (2). 
Una  de  las  fórmulas  que  tuvo  más  aceptación  entre  los  sabios  fué  la  llamada  pro¬ 
ceder  tricrómico  a  base  de  fuchina  básica,  ácido  picrico  y  carmin  de  índigo.  Con 
ella  colóranse,  en  rojo,  los  núcleos;  en  azul  puro  o  ligeramente  verdoso,  los  haces 
colágenos,  y,  de  verde  claro,  o  matices  amarillentos  o  anaranjados,  según  los  ca¬ 
sos,  las  formaciones  epiteliales,  etc. 

En  posesión  de  procederes  tintóreos  singularmente  expresivos,  me  engolfé  en 
el  estudio  de  algunos  tumores,  particularmente  en  el  análisis  del  carcinoma,  sar¬ 
coma,  epitelioma,  etc.  Dos  trabajos  acerca  de  este  argumento  aparecieron  en  1896; 
uno  especialmente  consagrado  al  estudio  estructural  de  los  tumores  epiteliales  (3), 
y  otro,  destinado  a  mostrar  las  defensas  locales  desarrolladas  por  el  organismo 
contra  la  invasión  del  carcinoma  y  epitelioma. 

El  primero  encierra  las  siguientes  contribuciones: 

a)  Se  exponen  detalles  nuevos  de  estructura  del  estroma  del  carcinoma  y  epi¬ 
telioma  (existencia  de  fibras  de  elacina,  células  conectivas  gigantes,  corpúsculos 
cianófilos,  etc.). 

b)  Se  describe  la  repartición  en  los  tumores  de  las  células  cebadas  de  Ehrlich, 
se  descubren  sus  atmósferas  secretorias  y  se  puntualizan  sus  fases  de  secreción 
y  excreción.  Senálanse  además  mitosis. 

c)  Se  consigna  que  las  células  cianófílas  (células  plasmáticas  de  Unna)  no  son 

(1)  Cajal;  Escructura  del  protopiasma  nervioso.  Revista  trimestral  micrográfiea,  l.o  marzo  1896. 
Con  seis  figuras. 

(■2)  Cajal;  Métodos  de  coloración  de  las  neoplasias.  Revista  de  Ciencias  Médicas  de  Barcelona- 
10  de  marzo  de  1896. 

(3)  Cajal:  Estadios  histológicos  sobre  los  tumores  epiteliales.  Revista  trimestral  micrográfiea,  nú¬ 
mero  2,  junio  de  1898.  Con  tres  figuras. 


276 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


verosímilmente  leucocitos  emigrados  sino  corpúsculos  del  tejido  conectivo,  q 
pasarían  por  dos  fases:  la  embrionaria,  casi  incolorable  y  pequeña,  y  la  adulta,  fuer¬ 
temente  basiófila  (fig.  a,b,c).  ,  .  . ,  ^  ^  j 

(Las  células  clanófilas,  que  tanta  importancia  han  adquirido  después,  siendo 
objeto  de  numerosísimas  observaciones  anatomo-patológicas,  fueron  descubiertas 
por  mí  en  1890,  con  ocasión  del  estudio  de  la  estructura  del  sifiloma  y  otras  neo- 
plasias  (1),  y  por  Unna  en  1891,  que  las  señaló  también,  sin  conocimiento  de  mis 
investigaciones.) 

d)  En  fin,  se  consignan  nuevas  observaciones  sobre  los  cuerpos  fuchinOfilos  de 
Russel  (inclusiones  basiófilas  enormes  en  ciertas  células  conectivas  de  los  tumo¬ 
res,  singularmente  del  papiloma),  refutándose  la  opinión  de  este  autor  y  de  otros, 
que  las  diputaban  por  parásitos,  cúando  no  son  otra  cosa  que  granos  de  las  célu¬ 
las  cebadas  de  Ehrlich,  patológicamente  hipertrofiados  y  alterados  en  sus  apeten¬ 
cias  tintoriales. 

En  el  segundo  trabajo  se  hace  un  análisis  minucioso  de  la  obra  destructora  de 
los  leucocitos  contra  las  células  epiteliales  del  carcinoma  y  epitelioma  (2),  así 
como  del  mecanismo  formativo  de  los  globos  epidérmicos,  los  cuales  derivan  de 
la  acción  inductora  de  los  leucocitos.  La  llegada  al  tejido  epitelial  de  los  leucoci¬ 
tos  sería  motivada  por  la  diseminación  en  el  plasma  ambiente  de  materias  quimio- 
tácticas  elaboradas  por  el  epitelio. 

De  estos  glóbulos  blancos  o  céluias  amiboides  de  las  neoplasias,  han  hecho 
muchos  años  después  estudios  interesantes  Río  Hortega  y  Jiménez  Asúa,  apoyán¬ 
dose  en  un  nuevo  método  de  coloración. 

En  este  mismo  año  publiqué  una  pequeña  nota,  donde  se  demuestra  por  pri¬ 
mera  vez  la  capacidad  fagocitósica  de  las  plaquetas  de  los  vertebrados  inferio¬ 
res  (3).  En  determinadas  condiciones,  estos  corpúsculos  sanguíneos  son  suscep¬ 
tibles  de  englobar  partículas  de  carmín,  microbios,  etc. 

Y,  en  fin,  para  terminar  esta  fastidiosa  relación  de  trabajos,  haré  mención  to¬ 
davía  de  otra  comunicación  (4),  donde  se  inquieren  las  conexiones  establecidas 
entre  los  elementos  nerviosos  y  neuróglicos  (pléyades  o  coronas  de  células  de  la 
glia,  dispuestos  alrededor  del  soma  neuronal)  y  se  aportan  algunas  observaciones 
originales. 


Mi  furia  inquisitiva  durante  el  susodicho  año  de  1-896  no  se  sació  todavía  con 
el  estudio  de  los  temas  referidos.  En  los  últimos  meses  de  aquél,  volví  a  menudo 
con  nuevo  ardor  sobre  asuntos  anteriormeute  tratados;  pero  esta  vez  me  serví  de 
preferencia  del  valioso  métodó  de  Ehrlich,  al  cual  tantos  y  tan  bellos  descubri¬ 
mientos  debieron  Retzius,  Dogier  y  sus  discípulos.  Según  es  notorio,  posee  este 
proceder  la  inestimable  ventaja  de  teñir  en  vivo,  o  apenas  ocurrida  la  muerte,  las 
fibras  y  células  nerviosas,  que  aparecen  vigorosamente  seleccionadas  de  un  color 
azul  enérgico.  Por  desgracia,  la  reacción  vital  de  Ehrlich  es  tan  efímera  y  delicada, 
que  casi  todos  los  agentes  fijadores,  y  desde  luego  el  alcohol,  la  decoloran. 

Ciertamente,  el  empleo  del  nuevo  fijador  al  molihdato  amónico,  introducido  en 
la  técnica  por  A.  Bethe,  hacía  posible,  aunque  con  hartos  inconvenientes,  las  ma¬ 
nipulaciones  microtómicas;  pero  exceptuados  algunos  ensayos  interesantes  de 

(1)  Cajal;  Manual  de  Anatomía  patológica  general,  l.“  edición.  Barcelona,  1890. 

(2)  Cajal;  Las  defensas  orgánicas  en  el  epitelioma.  BoUtín  Oficial  del  Colegio  de  Médicos  de  Aía- 
<fríd,  núm.  1,  1896. 

(3)  Cajal:  La  fagocitosis  de  las  plaquetas.  Revista  trimestral  micrográflca,  núm,  4,  marzo  de  1896. 
Con  dos  figuras. 

(4)  Cajal:  Sobre  las  relaciones  de  las  células  nerviosas  con  las  neuróglicas.  Revista  trimestral  mi~ 
crográfica,  núm,  1,  marzo  de  1896.  Con  tres  figuras. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


277 


Dogiel  recaídos  en  el  cerebelo  de  las  aves,  nadie  había  logrado  ni  por  el  proceder 
de  los  cortes  ni  por  el  del  examen  de  trozos  disociados,  preparaciones  demostra¬ 
tivas  de  los  órganos  centrales  (cerebelo,  cerebro,  médula  espinal,  etc.),  de  los 
mamíferos. 

Yo  me  propuse  a  todo  trance  escudriñar,  mediante  el  azul  de  metileno,  la  es¬ 
tructura  de  la  médula  espinal,  cerebelo,  cerebro,  asta  de  Ammon,  etc.,  no  sólo  de 
los  pequeños  vertebrados,  sino  de  los  mamíferos.  Y,  en  efecto,  a  vueltas  de  algu¬ 
nas  tentativas,  que  me  llevaron  a  modificar  el  proceder  de  fijación  de  Bethe  (1), 
conseguí  corrientemente  cortes  bastante  demostrativos  de  la  organización  de  di¬ 
chos  centros. 

No  fué  solamente  el  estímulo  de  la  curiosidad  científica  lo  que  me  movió  a  es¬ 
tudiar  a  fondo  la  técnica  de  Ehrlich.  Entró  por  mucho  en  mi  resolución  el  anhelo, 
diré  más,  la  apremiante  necesidad  de  contrarrestar,  mediante  las  indiscutibles 
revelaciones  de  un  método  que  impregna  las  células  y  fibras  casi  en  vivo,  las  imᬠ
genes  clarísimas  y  terminantes,  pero  algo  caprichosas,  del  proceder  de  Golgi. 
Porque  aunque  la  mayoría  de  los  sabios  aceptaban  con  plena  confianza  las  imᬠ
genes  clarísimas  del  crom-ato  de  plata,  no  faltaban  escépticos  que  insinuaban  la  po¬ 
sibilidad  de  que  algunas  disposiciones  fueran  artefactos,  es  decir,  depósitos  metᬠ
licos  no  correspondientes  a  texturas  preexistentes. 

Era,  pues,  absolutamente  preciso  mostrar  a  todo  el  mundo  imágenes  claras  y 
terminantes,  tanto  de  las  espinas  dendríticas  como  de  otras  disposiciones  morfo¬ 
lógicas  descubiertas  por  mí,  empleando  al  efecto  recursos  técnicos  radicalmente 
diferentes  del  de  Golgi. 

A  este  propósito  respondió  principalmente  mi  campaña  tenaz  de  fines  de  1896 
y 'de  casi  todo  el  año  1897,  durante  cuyo  tiempo  servíme  casi  exclusivamente  del 
método  de  Ehrlich  al  azul  de  metileno.  Mis  ensayos,  coronados  del  mejor  éxito, 
fueron  varios,  versando,  uno,  sobre  las  controvertidas  espinas  colaterales,- otro  so¬ 
bre  la  estructura  de  los  ganglios  craneales,  otro  acerca  de  las  neuronas  de  la  capa 
molecular  del  cerebro,  en  fin,  el  más  extenso  e  importante  abarcó  el  cerebelo,  cor¬ 
teza  cerebral,  asta  de  Ammon,  médula  espinal,  etc. 

En  la  primera  comunicación  (2),  publicada  en  junio  de  1896,  demuéstrase  pe¬ 
rentoriamente,  mediante  el  método  de  Ehrlich  modificado,  la  existencia  de  las 
susodichas  espinas  en  el  tallo  y  penacho  terminal  de  las  pirámides  del  cerebro 
(conejo  y  gato),  donde  se  exhiben  teñidas  de  azul  claro,  y  provistas  de  cierto  abul- 
taraiento  final,  intensamente  impregnado  (las  tumefacciones  piriformes,  ulterior¬ 
mente  estudiadas  por  Demoor,  Stefanowska,  Manoumelian,  Deyber,  etc.)  (figu¬ 
ra  60,  b,  d). 

En  el  trabajo  más  extenso  y  comprensivo,  consagrado  a  la  organización  del 
cerebelo,  cerebro,  médula  espinal,  asta  de  Ammon,  etc.,  y  adornado  con  algunas  fo¬ 
totipias  (3),  logré  consolidar,  sin  la  menor  duda  posible,  la  preexistencia  en  el 

(1)  La  modificación  consistía  en  indurar  las  piezas  fijadas  en  molibdato,  no  en  alcohol  frío,  según 
recomendara  Bethe,  sino  en  formol  adicionado  de  cloruro  platínico.  Las  secciones  hacíanse,  ora  en  el 
microtomo  de  congelación,  ora  con  el  microtomo  ordinario,  previo  endurecimiento  rápido  en  alcohol 
saturado  de  la  combinación  azul-molíbdica. 

(2)  Cajal;  Las  espinas  colaterales  de  las  células  del  cerebro  teñidas  con  el  azul  de  metileno.  Revista 
trimestral  micrográflca,  número  2,  junio  de  1896.  Con  tres  grabados. 

(3)  Cajal:  El  azul  de  metileno  en^os  centros  nerviosos.  Revista  trimestral  micrográflca.  núme¬ 
ros  3  y  4, 1896.  Con  cuatro  láminas  fototípicas  y  15  grabados  intercalados  en  el  texto. 


278 


S.  RAMÓN  Y  CAI  AL 


adulto  (conejo,  gato,  perro,  rana,  etc.)  de  las  más  importantes  disposiciones  reve¬ 
ladas  en  los  embriones  y  animales  jóvenes  por  el  método  de  Golgi  (colaterales  de 
la  substancia  blanca  con  sus  arborizaciones  libres  (fig.  61,  6),  nidos  nerviosos  del 
cerebelo  y  bulbo,  morfología  de  los  granos  cerebelosos,  fibras  trepadoras  y  mus¬ 
gosas,  etc.),  refutando  así  irrevocablemente  a  los  escépticos. 

Además  de  estos  resultados  generales,  de  incuestionable  valor  crítico,  la  cita¬ 
da  monografía  encerraba  algunas  observaciones  nuevas: 

a)  La  comprobación  de  la  división  en  rama  ascendente  y  descendente  de  las 
radiculares  posteriores  (médula  espinal)  de  los  batracios  (1),  reptiles,  aves  y  ma¬ 
míferos,  con  la  demostración  de  que  tales  bifurcaciones  se  producen  al  nivel  de 
las  estrangulaciones,  paraje  en  donde  el  axon  ofrece  un  verdadero  anillo  o  man¬ 
guito  de  cemento  (fig.  62,  a).  Demuéstranse,  asimismo,  las  estrangulaciones  de  los 
tubos  nerviosos  en  la  substancia  blanca  y  gris  del  cerebro  y  cerebelo  (fig.  63,  a,  b), 
donde  presentan  caracteres  algo  especiales. 

b)  Descubrimiento  en  el  espesor  del  cordón  posterior  de  radiculares  sensiti¬ 
vas  trifurcadas  (gato).  La  rama  intermedia  representaría  una  colateral  sensitiva- 
motriz  robusta,  nacida  anticipadamente. 

c)  Confirmación  en  diversos  vertebrados  de  las  colaterales  de  la  substancia 
blanca  y  de  su  continuidad  con  arborizaciones  pericelulares.  El  azul  de  metileno 
les  presta  aspecto  varicoso  y  permite  reconocer  que  brotan  también  de  un  estre- 
chamienlo  de  los  tubos  nerviosos  (fig.  62,  B). 

d)  Coloración  de  los  granos  del  cerebelo,  con  su  axon  en  T,  de  los  cor¬ 
púsculos  de  cesta  o  estrellados  de  la  capa  molecular,  etc.,  de  las  arborizaciones 
finales  de  las  fibras  musgosas.  Sobre  estas  rosáceas  se  hace  un  estudio  especial, 
probando  que  se  relacionan,  según  había  yo  sospechado  en  1894,  mediante  una 
especie  de  engranaje,  con  las  dendritas  de  los  granos  (confirmado  por  Held,  que 
trabajó  sin  conocer  mis  investigaciones). 

e)  Impregnación  de  los  cálices  de  Held  del  cuerpo  trapezoide  (una  forma  es¬ 
pecial  de  nido  pericelular)  y  revelación  de  sus  proyecciones  divergentes  finas,  de¬ 
mostradas  tanto  en  las  preparaciones  de  Ehrlich  como  en  las  de  Golgi. 

f)  En  fin,  teñido  de  numerosas  células  y  fibras  del  asta  de  Ammon,  fascia 
dentata,  corteza  cerebral,  etc.,  etc.  (fig.  64,  A). 

La  tercera  monografía,  basada  en  las  revelaciones  del  azul  de  metileno,  recayó 
en  la  corteza  cerebral  de  los  pequeños  mamíferos  (gato,  conejo,  etc.),  ilustrando 
predilectamente  la  estructura  de  la  capa  primera  o  plexiforme,  en  la  cual,  además 
de  confirmar  plenamente  los  resultados  del  método  de  Golgi,  descríbense  nume¬ 
rosos  tipos  nuevos  de  células  de  axon  corto  (2),  por  ejemplo: 

a)  Células  pequeñas  de  axon  cortísimo  y  prontamente  ramificado. 

b)  Células  de  axon  corto  horizontal  distribuido  sobre  mayor  extensión  dentro 
de  la  zona  primera  (fig.  65,  A). 

c)  Células  grandes,  de  largas  dendritas,  provistas  de  un  axon  horizontal  lar¬ 
guísimo,  cuyo  paradero  no  puede  sorprenderse. 

d)  Corpúsculo  de  axon  descendente,  arborizado  en  la  zona  2A  y  3.^ 

•  e)  Se  prueba  que  las  células  especiales  de  la  capa  primera  (células  de  Cajal, 
según  Retzius)  poseen  verdaderas  dendritas,  que  se  reconocen  por  sus  varicosida¬ 
des  en  presencia  del  azul  de  metileno. 


(1)  Sobre  el  tema  especial  de  las  bifurcaciones  y  colaterales  de  las  raíces  posteriores  de  la  médula 
espinal  de  batracios  y  reptiles,  publicamos,  además,  cierta  nota  en  una  Revista  profesional.  Véase:  Las 
colaterales  y  bifurcaciones  de  las  raíces  posteriores  de  la  médula  espinal  demostradas  con  el  azul  de  me¬ 
tileno.  Revista  de  Clínica,  de  Terapéutica  y  Farmacia,  10  de  octubre  de  1896.  TomoX. 

-  (2)  Cajal;  Las  células  de  cilindro-eje  corto  de  la  capa  molecular  del  cerebro.  Revista  trimestral  mi- 
crográflca.  Junio  1897.  Con  siete  figuras. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


279 


f)  Se  descubren  larguísimas  fibras  meduladas  horizontales  en  la  capa  mole¬ 
cular,  las  cuales  se  dicotomizan  a  menudo. 

g)  5e  expone  la  conjetura  de  que  los  corpúsculos  de  Golgi  o  de  axon  corto 
ison  generadores  de  alguna  modalidad  de  energía  nerviosa,  etc ,  etc. 

h)  Se  señala  en  torno  de  las  células  nerviosas  de  axon  corto  una  red  especial 
no  nerviosa,  que,  mejor  investigada  más  adelante  por  Golgi,  Donagio,  Held, 
Bethe,  etc.,  fué  punto  de  partida  de  grandes  controversias.  Tal  es  el  retículo  peri- 
celular,  llamado  de  Golgi,  por  haber  sido  descrito  exacta  y  minuciosamente  por 
este  sabio  en  1898  (fig.  66,  A,  a).  Tanto  este  investigador  como  sus  sucesores  pa- 
:recen  ignorar  el  verdadero  autor  del  descubrimiento. 

En  fin,  el  último  tema  estudiado  con  el  método  de  Ehrlich  fué  la  estructura  en 
^el  adulto  de  los  ganglios  sensitivos  raquídeos  y  craneales  (2j.  En  esta  investigación 
prestóme  su  concurso,  a  título  de  preparador,  mi  ayudante  de  entonces  don  Fede¬ 
rico  Oióriz  Ortega,  hijo  del  prestigioso  maestro  de  Anatomía,  de  quien  con  mere¬ 
cido  encomio  he  hablado  en  anteriores  capítulos.  La  mencionada  monografía, 
ap.arte  de  comprobar  en  los  ganglios  craneales  algunos  descubrimientos  de  Dogiel 
rsobre  la  morfología  de  las  células  monopolores  de  los  ganglios  raquídeos,  con¬ 
tiene: 

a)  El  descubrimiento  de  ciertas  células  estrelladas  intracapsulares,  colorea- 
bles  por  el  azul  de  metileno.  de  naturaleza  enigmática,  y  las  cuales  designamos 
provisionalmente  células  satélites  perigangliónicas  (fig.  67,  A,  B). 

Semejantes  elementos,  que  desempeñan  importante  papel  en  los  procesos  pa¬ 
tológicos  de  la  neurona  sensitiva,  han  sido  confirmados  por  numerosos  autores 
(Nageotte,  Marinesco.  Rossi,  v.  Lenhossék,  Dogiel,  etc.) 

b)  Reconocimiento  de  que  el  glomérulo  inicial  del  axon  de  las  células  sensiti¬ 
vas  carece  de  mielina,  iniciándose  de  ordinario  por  fuera  de  la  cápsula  pericelular. 

c)  Descripción  de  ciertas  arborizaciones  nerviosas  de  origen  exógeno  distri¬ 
buidas  en  torno  de  las  revueltas  del  glomérulo  inicial  de  la  expansión  nerviosa, 
.:así  como  de  otras  ramificaciones  terminales  mixtas  más  complicadas,  porque  son 
a  la  vez  pericelulares  y  periglomerulares,  etc.  (fig.  68,  a,  ó).  (Conviene  no  confun¬ 
dir  estas  fibras  con  los  ovillos  de  Dogiel). 

Estos  curiosos  sistemas  de  nidos  y  de  fibras  espiroideas  encuéntrase  también 
en  el  hombre,  según  demostramos  años  después  (1905)  con  ayuda  de  un  método 
especial.  Las  singulares  variaciones  morfológica'^  y  las  sorprendentes  diferencias 
de  distribución  en  cada  especie  animal  de  los  referidos  nidos  nerviosos  constitu¬ 
yen  hoy,  gracias  a  los  trabajos  anato mo-p atol ógicos  de  Nageotte,  Marinesco.  Lu- 
garo,  Rossi,  Pacheco,  Schaffer,'  Expósito,  Bielschovysky,  Minea,  Dustin,  Cas¬ 
tro,  etc.,  y  a  los  de  histología  comparada  de  Dogiel  y  Levis,  Huber,  Ranson,  urio 
de  los  capítulos  más  interesantes  de  la  biología  ganglionar.  Acerca  de  su  posible 
significación  hablaremos  ulteriormente. 


(1)  Cajal  y  Olóriz  Ortega;  Los  gangHos  sensitivos  craneales  de  los  mamíferos.  Bevista  trimestral 
miicrográflca,  tomo  II,  1897. 


CAPÍTULO  Xlir 


SEMBLANZA.  DE  ALGUNAS  NOTABILIDADES  NACIONALES;.  GASTELA»,  SALMERÓN', . 
GINER  DE  LOS  RÍOS,  MORAYTa,  ETC.. 


PARA  romper  la  relación  monótona  e  insufrible  de  mis  trabaios  (no  ignora 
que  escribo  para  dos  públicos  diferentes),  voy  a  comunicar  a  mis  lectores 
las  impresiones,  un  poco  fugaces  y  superficiales,  recogidas  de  algunas  nota¬ 
bilidades  de  la  Corte,  allá  por  los  años  de  1892  a  96.  Comprenderá  el  lector  que, 
en  un  apasionado  de  las  obras  y  discursos  de  Castelar  (casi  todos  lo  éramos  du- 
ranté^y  después  de  la  Gloriosa),  el  primero  de  mis  anhelos  fué  conocer  de  visu  al 
gran  tribuno  de  la  Revolución. 

Satisfacción  indecible  fué  para  mí  ser  presentado  en  la  tertulia  del  gran  pa¬ 
triota  por  un  condiscípulo  mío,  J.  Gimeno  Vizarra,  a  la  sazón  catedrático  de  la 
Universidad  de  Zaragoza  y  director  de  un  diario  posibilista  (Diario  de  Avisos).  Al 
pronto,  contemplando  al  grande  hombre  en  su  tertulia  íntima,  no  me  produjo  la 
impresión  de  un  tribuno  de  la  plebe,  sino  más  bien  la  de  un  aristócrata  altivo  y 
refinado.  Una  ojeada  por  el  salón  ratificó  este  primer  juicio.  Colgaban  de  las  pare¬ 
des  numerosas  placas  honoríficas,  áureas  coronas  y  cuadros  de  gran  precio,  ofren¬ 
das  de  reverentes  admiradores  o  de  Corporaciones  agradecidas.  Multitud  de  obje¬ 
tos  de  arte  dispersos  acá  y  allá,  testimoniaban  el  gusto  acendrado  y  señoril  del 
dueño,  y  la  veneración  y  generosidad  de  sus  adeptos. 

Como  casi  todos  los  grandes  talentos,  Castelar  era  exiguo  de  estatura.  Mos¬ 
traba  obesidad  de  gourmet,  esférica  y  calva  la  cabeza,  morena  la  color,  grandes  y 
dominadores  los  ojos,  tonsurada  la  faz,  salvo  imponente  mostacho  a  lo  Víctor 
Manuel,  voz  robusta  y  atiplada;  mas  al  hablar  se  transfiguraba,  adquiriendo  in¬ 
sospechada  elegancia  y  distinción.  Conforme  recordarán  cuantos  le  oyeron.  Cas- 
telar  no  era  sólo  el  orador  artista,  solemne  y  algo  teatral  de  los  grandes  debates 
parlamentarios;  era  tambiént^onversador  facilísimo,  delicioso  y  pintoresco.  Podría 
no  convencer,  pero  fascinaba  o  embelesaba  siempre.  Sus  correligionarios  le  oíam 
embobados  y,  al  parecer,  plenamente  convencidos.  Es  que  la  elocuencia  tiene 
siempre  razón.  Arrullado  por  sus  trinos,  el  canario  español,  como  le  llamaba  des¬ 
deñosamente  Taine,  inhibía  todo  conato  crítico  y  casi  hasta  la  facultad  de 
pensar. 

Yo  me  extasiaba  también  ante  aquel  torrente  de  palabras  sonoras  que  a  veces,., 
al  entrechocarse  y  combinarse  en  síntesis,  comparaciones  y  antítesis,  despedían 
resplandores  inesperados.  Por  aquella  cabeza  rebosante  de  imágenes,  habíaiu 
pasado  las  grandes  figuras  de  la  historia  y  de  la  literatura;  pero  habían  pasado 


RECinRDOS  DE  MI  VIDA 


281. 


también,  dejando  imborrable  huella,  el  aliento  romántico  de  Chateaubriand,  Vic- 
tor  Hugo,  Lamartine  y  Michelet. 

Presentóme  Gimeno  cual  ferviente  aficionado  al  estudio  de  las  células  del  . 
mundo,  casi  insondable,  de  lo  infinitamente  pequeño,  y  como  un  idólatra  más  de 
sus  grandes  talentos  de  literato  y  estadista. 

—Hace  usted  bien— me  dijo— ;  la  vida  es  un  arcano  y  la  célula  merece  tanto 
más  nuestra  atención,  cuanto  que  la  llevamos  dentro  e  influye  a  menudo  en  nues¬ 
tros  actos. 

Blasonaba  yo  entonces,  no  sin  cierta  petulancia,  de  materialista  irreductible; . 
mas  adivinando  el  sincero  espiritualismo  de  Castelar,  guardóme  bien  de  expresar 
una  observación  irreverente  que  me  bullía  en  la  cabeza.  «No— hubiera  yo  repues-- 
to  al  incomparable  orador,  si  el  respeto  y  la  veneración  no  me  cerraran  los  la¬ 
bios—;  esas  diminutas  células  que  en  su  pequeñez  guardan  esquivas  el  misterio 
de  la  vida,  son  todo  el  hombre,  en  su  doble  aspecto  de  racional  y  fisiológico.  Ellas, 
solidarizadas  por  la  división  del  trabajo,  reaccionan  contra  los  estímulos  del  am¬ 
biente,  nos  dan  la  ilusión  del  libre  albedrío,  y  ejecutan,  en  fin,  la  totalidad  de 
nuestros  actos.» 

Generalizóse  después  la  plática.  Castelar,  que  se  deleitaba  conversando,  reco-  - 
rría  los  grupos  de  sus  incondicionales,  daba  a  cada  cual  consejos  y  alientos,  tenía 
en  fin,  para  todos  la  promesa  anhelada  y  la  advertencia  leal.  Pero,  a  veces,  des¬ 
cendiendo  de  su  cátedra  augusta,  bromeaba  y  satirizaba,  no  sin  gracejo,  y  hasta 
personalizaba  acremente.  ¡Con  qué  pena  le  oí  criticar  acerbamente  a  Salmerón, 
una  de  mis  admiraciones  de  entonces!  Tengo  aún  estereotipadas  en  mi  memoria 
sus  palabras,  entre  las  cuales  ha  quedado  una  comparación,  acaso  poco  respe¬ 
tuosa  para  el  íntegro  ex  presidente  de  esa  República,  pero  harto  expresiva  e  inten-  - 
cionada. 

—Supongan  ustedes— dijo— que  pongo  veneno  en  esta  copa:  mientras  esté  allí 
no  corremos  peligro;  pero  cuidado  con  ingerir  el  tóxico,  porque  sobrevendrá  la 
catástrofe.  Ahora  bien;  Salmerón,  el  incorregible  doctrinario,  representa  el  tósigo 
mortal  del  banquete  republicano.  En  tanto  permanezca  alejado  de  nuestro  partido, . 
el  riesgo  es  nulo;  pero  como  tengamos  la  debilidad  de  acogerlo,  despidámonos  del 
advenimiento  de  la  nueva  República,  de  esa  República  de  orden  que  todos  codi¬ 
ciamos  . 

Confieso  que,  a  despecho  de  mi  ingenua  veneración  por  Castelar,  el  encono, 
revelado  contra  Salmerón  me  decepcionó  bastante. 

Al  abandonar  la  tertulia,  acompañado  de  mi  amigo,  exterioricé  la  admiración 
que  sentía  por  el  mago  de  la  palabra  y  el  insuperaj^le  patriota,  a  quien  conside¬ 
raba  también  como  un  carácter  superior,  depurado,  salvo  alguna  pasioncilla  per¬ 
sonal,  de  miserias  e  incorrecciones.  Mas  Gimeno,  después  de  sonreírse  socarro¬ 
namente,  atajóme  con  esta  observación  descorazonadora: 

—Amigo  Ramón:  comparto  tus  ardorosos  entusiasmos  por  el  político  y  el  pa¬ 
triota.  Todos  le  reverenciamos  y  todos  confiam  os  en  que,  con  su  habilísima  táctica  . 
para  atraerse  las  simpatías  del  Ejército  y  de  las  clases  conservadoras,  lograremos 
en  breve  el  advenimiento  de  una  República  seria  y  estable.  En  cuanto  a  lo  de¬ 
más...  no  te  hagas  ilusiones.  Aquí  nadie  juega  completamente  limpio,  ni  siquiera 
nuestro  jefe,  que,  por; vivir  de  su  trabajo,  pasa  por  ser  délos  menos  contaminados 
por  las  flaquezas  del  compadrazgo  y  del  favoritismo.  Castelar — duéleme  recono¬ 
cerlo — es  derrochador  irrestañable,  vive  roído  de  deudas  y  asediado  por  gentes  - 
sin  escrúprJos.  Hace!  poco,  para  cancelar  un  fuerte  débito,  interpuso  su  valiosa  . 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL  . 


i-influencia,  cerca  de  las  autoridades,  para  que  cierto  acreedor,  dueño  de  suculenta 
chirlata  y  acusado  de  homicidio,  pudiera  fugarse  impunemente  al  extranjero  (1). 
Y  callo  otrás  cosas,  por  no  desalentarte  por  completo. 

Estupefacto  quedé  al  conocer  tales  miserias.  No  acertaba  a  comprender  cómo 
un  hombre  cuyos  libros  se  pagaban  espléndidamente  y  cuyos  correligionarios  le 
colmaban  la  casa  de  regalos  de  toda  especie,  que  carecia  de  familia  (vivia,  solte¬ 
ro,  en  compañía  de  una  hermana),  aceptara  las  dádivas  o  préstamos,  más  o  menos 
interesados,  de  un  vividor  sin  escrúpulos. 


Al  político-filósofo  Salmerón,  a  quien  no  tuve  el  gusto  de  ser  presentado,  le 
-conocí  solamente  en  su  cátedra.  Era  alto,  enjuto,  cenceño,  un  poco  cargado  de 
■  espaldas,  de  nobles  facciones,  con  ojos  ardientes  y  escrutadores,  que  parecían 
mirar  hacia  adentro;  su  cráneo  abovedado  y  capaz  carecía  de  cabello,  como  si  el 
fuego  de  las  ideas  hubiera  calcinado  los  bulbos  pilosos.  Y  en  toda  su  persona 
resplandecía  cierta  ingenuidad  atrayente  y  una  bondad  y  rectitud  a  prueba  de 
tentaciones. 

En  su  cátedra,  a  la  que  asistí  cerca  de  un  mes,  disertaba  «con  elocuencia  so¬ 
berana»,  (según  el  dicho  de  Castelar,  que  hacía  gala  en  el  Congreso  de  exquisita 
cortesía  hasta  para  sus  mayores  adversarios).  Empleaba  con  sus  discípulos  el 
método  socrático.  Nada  de  erguirse  sobre  el  estrado  con  ademán  dogmático;  nada 
tampoco  de  latiguillos  oratorios. 

Cada  día  dilucidaba  sencilla  y  paternalmente,  con  sus  alumnos,  un  tema  de 
Lógica,  de  Etica  o  de  Metafísica.  Parecía  preocuparle  singularmente  la  teoría  del 
conocimiento  y  el  problema  crítico.  Pero  en  estos  diálogos,  el  principal  disertante 
solía  ser  el  auditorio.  Por  lo  común,  limitábase  el  maestro  a  oponer  objeciones,  o 
a  disipar  equívocos  y  obscuridades.  El  propósito  deliberado  del  profesor,  a  lo  que 
yo  pude  entender,  se  encaminaba  a  constreñir  a  sus  discípulos  a  discurrir  por 
cuenta  propia.  Por  donde,  más  que  un  curso  de  metafísica,  la  enseñanza  adquiría 
el  c-arácter  de  una  esgrima  dialéctica,  y,  sobre  todo,  de  una  incitación  apremiante 
a  meditar  ahincadamente  sobre  los  grandes  problemas  del  espíritu  y  de  la  natura¬ 
leza.  Cuando  un  alumno  sobrado  ingenuo  o  algo  presuntuoso  defendía  calurosa¬ 
mente  alguna  proposición  discutible,  le  recordaba  bondadosamente  las  soludo- 
-nes  más  o  menos  probables,  propuestas  sobre  el  tema  por  las  diversas  escuelas 
fllosóficas.  Oíanle  todos  con  profundo  respeto;  más  aún,  con  unción  casi  religio¬ 
sa.  Recogíanse  por  escrito  las  idéas  escapadas  al  pensador  durante  sus  elocuen¬ 
tes  improvisaciones,  con  tanto  más  motivo  cuanto  que  no  había  libro  de  texto  ni 
programa  concreto. 

¿Cuál  era  la  filosofía  de  Salmerón?  Confieso  que,  en  un  mes  de  oyente,  no 
pude  averiguarlo;  es  más:  tampoco  lo  sabían  de  fijo  muchos  de  sus  discípulos.  Con 
todo,  después  de  conferenciar  en  los  pasillos  con  uno  de  los  más  despejados  y 
juiciosos,  vine  a  sacar  en  limpio  que  el  antiguo  krausista,  el  de  las  enrevesadas  y 
laberínticas  definiciones  a  lo  Sanz  del  Río,  se  había  hecho  positivista  o  acaso  ag¬ 
nóstico.  Los  libros  de  Compte,  Littré,  Huxley,  Darwin,  Haeckel,  Herbert  Spencer 
y,  sobre  todo,  las  vivificadoras  lecciones  recibidas  directamente  de  Claudio  Ber- 

(1)  No  garantizo  la  exactitud  de  este  suceso,  cuyo  relato,  por  lo  demás,  corría  de  boca  en  boca. 
Acaso  fuera  un  rumor  calumnioso  recogido  inocentemente  por  Gimeno,  engañado  por  algunos  ma- 
•  ici  osos. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


283 


•  nard,  durante  su  estancia  en  París,  habían  operado  tan  increíble  revolución.  El 
Tesplandor  de  la  ciencia  había  disipado  las  nebulosidades  de  la  metafísica,  que  en 
-el  magisterio  de  Salmerón  me  pareció  contraerse  a  mera  historia  crítica  del  pensa¬ 
miento  humano. 

Esta  vez  el  hombre  valía  lo  que  el  orador  y  el  pensador.  ¡Lástima  grande  que 
-Salmerón  no  escribiera  ningún  libro!  Los  que  le  queríamos  y  venerábamos,  podría¬ 
mos  justificar  con  sus  obras — séame  lícito  presumii  lo— la  sabiduría  y  la  profundi¬ 
dad  del  maestro.  Para  mí,  aparte  otros  méritos,  poseía  el  privilegio  de  todos  los 
probos  talentos:  cambiar  desinteresadamente  de  opinión.  Evolucionar  y  depu¬ 
rarse:  he  aquí  la  piedra  de  toque  de  los  elevados  caracteres  y  de  los  magnos  y 
-iionradps  entendimientos. 

Excelente  impresión  produjéronme  asimismo  las  sabias  lecciones  de  Giner  de 
los  Ríos,  el  gran  pedadogo,  cuyo  talento  sólo  competía  con  su  modestia.  Explica¬ 
ba  Filosofía  del  Derecho.  Era  tan  iníelectualmente  escrupuloso  y  vivía  tan  alejado 
de  la  presunción  pueril  de  esos  profesores  para  quienes  no  más  la  asignatura  que 
explican  tiene  capital  importancia,  que  todavía  al  m^es  de  curso  discutía  con  sus 
■discípulos  si  era  legítima  y  aceptable  la  concepción  de  una  Filosofía  de  las  leyes. 

Como  prueba  de  su  extensa  cultura,  vaya  un  recuerdo:  Entremezclado  en  la 
numerosa  escolta  de  sus  admiradores  que  después  de  salir  de  clase  seguían  oyén¬ 
dole,  osé  yo  tratar  incidentalmente  del  insondable  problema  de  la  herencia  y  de 
las  causas  biológicas  de  la  muerte  en  la  serie  animal.  Quien  esto  escribe,  había 
leído  recientemente  a  Gotte  y  Weissmann,  sin  contar  los  tan  sugerentes  libros  de 
Darwin,  Herbert  Spencer,  cuyos  principios  de  Biología  me  sedujeron;  y  natural¬ 
mente,  quise  lucirme  en  el  corro,  defendiendo  la  tesis  de  que  la  muerte  natural, 
fenómeno  desconocido  en  los  protozoarios  y  microbios,  constituía  en  los  meta- 
jzoarios  y  vertebrados  progreso  soberano,  condicionado  por  la  federación  de  las 
-unidades  vivientes,  la  división  del  trabajo  y  la  separación  del  soma  o  conjunto  de 
-las  células  de  tejido,  del  corpúsculo  germen,  virtualmente  imperecedero  y  portador 
de  los  earacteres  de  la  especie. 

Esta  concepción,  hoy  muy  vulgar,  pero  novísima  entonces,  expuesta  ante  abo¬ 
gados,  ofrecía  todo  el  picante  sabor  de  las  paradojas  científicas.  Según  era  de  pre¬ 
sumir,  mis  condiscípulos  de  ocasión  oyéronme  con  asombro.  Parecían  decirse  con 
la  mirada:  «¿quién  será  este  audaz  que  se  atreve  a  desarrollar  ante  el  maestro 
proposiciones  tan  absurdas  o  aventuradas?»  Pero  Giner,  no  obstante  desconocer 
■al  presuntuoso  entrometido,  con  una  calma  y  discreción  admirables,  defendióme 
de  mis  recelosos  y  hoscos  camaradas,  y  expuso  en  forma  nítida  y  atrayente  las 
atrevidas  concepciones  de  Weissmann,  ilustrándolas  con  datos  frescos  y  de  prime¬ 
ra  mano.  En  suma:  saqué  la  impresión  de  que  de  todos  los  grandes  problemas  de 
la  herencia,  de  la  vida  y  la  muerte,  el  anciano  profesor  había  leído  mucho  más 
que  yo. 

En  la  cátedra  del  insigne  educador,  presencié  cierto  día  el  acto  de  modestia  y 
de  sinceridad  intelectual  más  notable  de  que  tengo  noticia. 

Trataba  Giner  de  no  sé  qué  asunto.  La  profusión  de  opiniones  expuestas  y  el 
orden  y  la  clarividencia  expositivas  (no  hay  que  olvidar  que  Giner  era  gran  ora¬ 
dor,  pero  de  la  madera,  rara  entre  nosotros,  de  los  oradores  sobrios,  precisos  y 
lógicos)  mostraban  bien  a  las  claras  que  el  maestro  había  preparado  concienzuda¬ 
mente  la  lección.  Transcurrido  un  cuarto  de  hora,  echamos  de  ver  con  extrañeza 


284 


S.  RAMÓN  Y  CAJAI,. 


que  su  palabra  diáfana  y  siempre  dócil  al  pensamiento,  se  tornaba  poco  a  poco- 
premiosa,  y  que  las  ideas  perdían  vigor  y  claridad.  Hubo  un  momento  en  que  sus 
admiradores  temimos  que,  presa  acaso  de  algún  estado  patológico,  el  profesor 
cayera  en  la  incoherencia.  Consciente  de  su  estado,  Giner,  sin  inmutarse  en  lo 
más  mínimo,  interrumpió  su  lección  con  este  comentario  que  a  mí,  acostumbrado 
a  las  frondosas  e  inextinguibles  peroratas  de  algunos  catedráticos,  llenóme  de 
asombro: 

—Me  es  imposible  continuar  la  conferencia.  Existe,  señores,  una  casi  incom¬ 
patibilidad  entre  el  acopio  excesivo  de  datos,  abrumador  de  la  memoria,  y  la  ex¬ 
pedición  y  justeza  de  la  expresión.  Nunca  hablamos  mejor  que  cuando  hemos  es¬ 
tudiado  poco,  ni  peor  que  cuando  hemos  consagrado  muchas  horas  matinales  a. 
preparar  escrupulosamente  una  lección.  Dejemos,  pues,  el  asunto  para  otro  día... 

Los  que,  durante  muchos  años,  hemos  vivido  amarrados  como  galeotes  al 
remo  de  la  lección  cuotidiana,  sabemos  hasta  qué  punto  es  exacta  la  precedente 
observación.  De  mí  sé  decir  que  jamás  estoy  más  afluente  y  verboso  que  cuando, 
tras  sueño  prolongado  y  reparador,  improviso  una  lección  sin  haber  consultado  un 
texto  ni  conversado  con  nadie.  Naturalmente,  los  insomnios  tenaces  y  la  prolija  y 
concentrada  lectura  provocan  el  efecto  contrario.  Sólo  que  casi  todos  los  profe¬ 
sores  nos  consideraríamos  deshonrados  si  diésemos  el  espectáculo  de  nuestra  in¬ 
capacidad  para  colmar  con  creces  la  hora  reglamentaria,  aunque  el  conseguirlo 
nos  obligara  a  perprar  a  tontas  y  a  locas,  desoyendo  el  clamor  doloroso  de  un  ce¬ 
rebro  fatigado,  que  repite  giros  y  expresiones  vulgares,  o  salta  a  campo  traviesa» 
sobre  ios  asuntos  más  interesantes. 

De  mis  excursiones  por  otras  cátedras  guardo  recuerdos  menos  precisos. 

Rememoraré  solamente  a  Menéndez  Pelayo,  tartajoso  como  Cervantes,  pero 
tan  erudito  y  elocuente  que  sus  alumnos  olvidaban  su  tartamudez  para  recoger, 
la  rica  miel  de  sus  concienzudos  y  vastísimos  estudios  literarios;  y  a  Morayta, 
profesor  de  Historia,  que  sin  alcanzar  la  riqueza  de  léxico  y  de  imaginación  de 
Menéndez  Pelayo,  exponía  con  claridad  y  método  la  historia  de  Grecia,  fulminan¬ 
do  anatemas  contra  los  aristocráticos,  engreídos  y  antipáticos  ladecemonios  y  en¬ 
tonando  cánticos  fervorosos  en  loor  de  la  democrática  Atenas,  foco  donde  se 
concentró  la  cultura  antigua  y  cuyos  rayos  iluminan  'todavía  la  civilización 
europea  (1). 

En  todas  las  precedentes  excursiones  al  través  de  la  Universidad,  del  Ateneo 
y  de  algún  Círculo  político  y  literario,  conseguí  algo  precioso  e  inestimable:  la 
medida  del  talento  y  las  normas  del  buen  método  expositivo.  Comprenderá  fácil¬ 
mente  el  lector  que,  educado  yo  en  un  rincón  provinciano  y  sin  grandes  aptitudes 
para  el  arte  del  buen  decir,  dicha  medida,  sin  transformarme  ni  mejorarme  esen¬ 
cialmente,  fué  bastante  provechosa  para  mis  ulteriores  tareas  de  profesor. 

(1)  En  las  precedentes  descripciones  he  procurado  revivir  las  impresiones  recibidas  en  mis  primeros- 
años  en  Madrid,  sin  añadir  ninguna  apreciación  actual.  Claro  es  que  hoy,  transcurridos  treinta  y  un  años 
(escribo  en  1923),  tendría  que  modificar  algún  juicio  y  aun  poner  sordina  a  algunos  entusiasmos. 


CAPITULO  XIV 


CAS  TEORÍAS  y  LOS  HECHOS.— FIRMEZA  V  CONSTANCIA  DE  LOS  HECHOS  HISTOLÓGI¬ 
COS.— CARÁCTER  instrumental  de  la  hipótesis.— conviene  de  CUANDO  EN 
CUANDO  CULTIVARLAS,  PERO  SIN  FIARSE  MUCHO  DE  ELLAS.— INDUCCIONES  FISIO¬ 
LÓGICAS  SACADAS  DE  LA  MORFOLOGÍA  NEURONAL.— EXPLICACIÓN  HISTOLÓGICA 
DEL  HÁBirO,  DEL  PROGRESO  MENTAL  EN  LA  ESCALA  ZOOLÓGICA,  DEL  TALENTO  Y 
DEL  GENIO.— CONJETURAS  SOBRE  EL  MECANISMO  DEL  SUEÑO,  ATENCIÓN  Y  ASO¬ 
CIACIÓN.— EXQUISITA  ECONOMÍA  REINANTE  EN  LAS  CREACIONES  DE  LA  VIDA;  LE¬ 
YES  DE  AHORRO,  DE  ESPACIO,  DE  MATERIA  Y  DE  TIEMPO  DE  CONDUCCIÓN. 


CUANTOS  cultivan,  con  más  o  menos  fortuna,  la  histología,  o  sus  ramas  afi¬ 
nes,  la  bacteriología  y  la  embriología,  habrán  oído  alguna  vez,  atajando 
entusiasmos  expositivos,  comentarios  tan  desalentadores  como  los  si- 

,guientes: 

«¡Magnífica  lucubración!  Pero,  ¿será  verdad  tanta  belleza?  Eso  afirma  la  histo¬ 
logía  de  hoy;  ¿lo  mantendrá  también  la  histología  de  mañana?  En  plena  evolución 
la  biología,  ¿quién  se  acordará,  dentro  de  un  siglo,  de  las  actuales  doctrinas  his¬ 
tológicas?» 

Respondamos  con  franqueza.  Quienes  profieren  tales  frases,  además  de  mos¬ 
trar  supina  ignorancia  acerca  del  carácter  esencialmente  objetivo  de  las  ciencias 
micrográficas,  confunden  lastimosamente  el  hecho  de  observación,  noción  fija  y 
perenne,  con  la  interpretación  teórica,  esencialmente  mudable  y  acomodaticia. 

Desconfiar  de  la  realidad  de  las  adquisiciones  histológicas  vale  tanto  como 
suponer  que  la  especie  nueva  descubierta  por  el  naturalista  corre  riesgo  de  inme¬ 
diata  desaparición;  que  el  ganglio,  la  glándula  o  el  vaso  discernidos  por  el  anató¬ 
mico,  están  en  trance  de  evaporarse;  o  que,  en  fin,  el  astro  sorprendido  por  el 
astrónomo,  hállase  amenazado  de  súbita  extinción.  La  naturaleza  del  instrumento 
de  observación,  ¿puede  cambiar  la  realidad  de  los  hechos? 

Se  argüirá  acaso  que,  a  pesar  de  todo,  en  las  ciencias  histológicas  los  hechos 
se  discuten  alguna  vez.  Ciertamente,  Ja  actitud  revisionista  y  un  poco  escéptica 
-hallábase  plenamente  justificada  hace  cincuenta  o  sesenta  años,  cuando  la  fina 
autonomía,  aún  en  ciernes,  carecía  de  métodos  de  coloración  precisos  y  terminan¬ 
tes.  Mas  hoy,  por  fortuna,  las  cosas  han  mejorado  radicalmente.  Sobre  que  la  crí¬ 
tica  científica  se  ha  hecho  más  exigente  y  escrupulosa,  no  concediendo  su  exe¬ 
quátur  sino  a  los  datos  estructurales  conjunta  y  concordantemente  revelados 
por  técnicas  muy  diferentes,  los  métodos  actuales  de  coloración,  los  llamados 
métodos  selectivos,  proporcionan  imágenes  tan  claras,  nítidas  y  enérgicamente  con- 


286 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


trastadas  con  el  fondo  incoloro,  que  fuera  absurdo  abrigar  la  menor  duda  acerca  ¬ 
do  su  preexistencia. 

Naturalmente,  andando  el  tiempo,  podrá  variar  su  perspectiva,  asi  como  el 
alcance  fisiológico  de  los  mismos,  pero  sin  menoscabo  de  su  objetivismo.  A  la. 
hora  presente  discútense  de  preferencia  (y  se  discutirán  mientras  la  ciencia  déla, 
vida  no  alcance  la  plenitud  ideal  de  sus  datos  ni  se  remonte  a  la  esfera  de  las  cau¬ 
sas  eficientes)  las  hipótesis  fisiológicas  y  las  teorías  biológicas  generales  (meca¬ 
nismo  de  la  herencia,  de  la  adaptación  y  variación,  de  la  sexualidad,  del  pape- 
fisiológico  de  los  órganos  y  tejidos,  etc.).  Pero,  repito,  el  dato  histológico  de  pri¬ 
mera  mano,  bien  descrito  y  presentado,  constituye  algo  fijo  y  absolutamente  esta¬ 
ble,  contra  lo  cual  ni  el  tiempo  ni  los  hombres  podrán  nada. 

Para  dejar  bien  sentada  esta  doctrina,  citaré  un  ejemplo  concreto  tomado  de  - 
mis  modestas  investigaciones  neurológicas.  Aludo  a  la  concepción  neuronal  defen¬ 
dida  actualmente  por  la  gran  mayoría  de  los  histólogos. 

Imagine.mos  que  se  descubre  un  método  de  coloración  exquisitamente  selec-  - 
tivo,  en  cuya  virtud  aparece  tendido  entre  mis  nidos,  fibras  trepadoras  o  musgosas, 
de  una  parte,  y  el  cuerpo  y  dendritas  neuroñales,  de  otra,  un  sistema  sutilísima  de 
hebras  anastomóticas  absolutamente  invisibles  con  los  procederes  actuales.  En  tal 
supuesto,  las  hojas  no  representarían  las  últimas  proyecciones  del  árbol;  las  arbo- 
rizaciones  nerviosas  y  espinas  dendríticas  señaladas  por  mí  resultarían,  en  vez  de 
terminales,  preterminales, 

¿Habríase  perdido  algo  con  este  transcendental  progreso?  ¿Convertiríanse  en 
entes  de  razón  por  eso  los  nidos,  las  plácalas  y  cálices  finales,  las  ramificaciones 
de  los  axones,  las  espinas  de  las  dendritas  y  otras  muchas  disposiciones  de  con¬ 
tacto?  De  ninguna  manera.  Dichas  formas  conservarían  íntegramente  su  valor 
objetivo  y  su  carácter  de  hechos  anatómicos  generares.  Sólo  una  cosa  debería  sen 
corregida:  la  interpretac  ión  fisiológica.  Desde  el  punto  de  vista  utilitario,  tales 
disposiciones  no  podrían  justificarse  ya  por  la  necesidad  de  asegurar  el  paso  de - 
las  corrientes,  multiplicando  las  superficies  de  contacto.  Por  consiguiente,  la  hipó¬ 
tesis  de  la  transmisión  por  contigüidad  sería  reemplazada  por  otra:  la  de  la  pro¬ 
pagación  por  continuidad.  Y  se  impondría  la  averiguación,  siguiendo  otros  derro¬ 
teros,  de  la  significación  dinámica  de  las  susodichas  estructuras.  Una  vez  más< 
haríase  patente  el  carácter  provisorio  de  nuestras  interpretaciones  teóricas  y  la 
necesidad  inexcusable  de  renovarlas  y  períeecionarias  al  compás  de  los  nuevos - 
descubrimientos. 

Precisamente  por  temor  a  estas  posibles  decepciones  (la  historia  de  la  biología 
está  llena  de  ellas),  soy  adepto  ferviente  de  la  religión  de  los  hechos.  Se  ha  dicho  - 
infinitas  veces,  y  nosotros  lo  hemos  repetido  también  (1),  que  »los  hechos  quedan  , 
y  las  teorías  pasan»;  que  todo  investigador  que,  confiando  harto  en  la  solidez  y 
excelencia  de  las  concepciones  generales,  desdeña  la  contemplación  directa  de  la . 
realidad,  corre  riesgo  de  no  dejar  huella  permanente  de  su  actividad;  que  los  he¬ 
chos  constituyen  exclusivamente  nuestro  haber  positivo,  nuestros  bienes  raíces  y 
nuestra  mejor  ejecutoria;  que,  en  fin,  en  la  eterna  mudanza  de  las  cosas,  ellos  sólo  .• 
se  salvarán— y  con  ellos  acaso  una  parte,  la  mejor,  de  nuestra  propia  personali¬ 
dad— de  los  ultrajes  del  tiempo  y  de  la  indiferencia  o  de  la  injusticiade  los  hombres.  .. 

Todo  esto  es  evidente;  pero  también  es  cierto  que,  sin  teorías  e  hipótesis,  nues-- 

(1)  Cajal;  Reglas  y  consejos  sobre  la  investigación. biológica.  Discurso  de  recepción  de  la  Acaderaiai.», 
<je  Ciencias,  ISQÍ. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


287 


tro  caudal  de  hechos  positivos  resultaría  harto  mezquino,  acrecentándose  muy  len-  - 
tamente.  La  hipótesis  y  el  dato  objetivo  están  ligados  por  estrecha  relación  etioló- 
gica.  Aparte  su  valor  conceptual  o  explicativo,  entraña  la  teoría  valor  instrumen¬ 
tal.  Observar  sin  pensar  es  tan  peligroso  como  pensar  sin  observar.  Ella  es  núes-  - 
tra  mejor  herramienta  intelectual;  herramienta,  como  todas,  susceptible  de  me¬ 
llarse  y  de  enmohecerse,  necesitada  de  continuas  reparaciones  y  sustituciones,... 
pero  sin  la  cual  fuera  casi  imposible  labrar  honda  brecha  en  el  duro  bloque  de 
lo  real. 

Para  el  anatómico,  el  histólogo  y  el  embriólogo,  amarrados  al  duro  banco  det 
análisis,  la  elaboración  doctrinal  obedece  además  a  tendencias  lógicas  y  sentí-  - 
mentales  casi  irrefrenables.  Dificilísimo  es  contrarrestar  el  impulso  de  la  imagina¬ 
ción  postergada,  que  reclama  a  gritos  su  turno  de  acción.  Nos  la  impone  además 
el  juego  mismo  de  nuestro  mecanismo  pensante,  esencialmente  práctico  y  finalista, .. 
el  cual  nos  plantea  a  diario  el  problema  de  las  causas  mecánicas  y  de  los  móviles 
utilitarios.  Reconocida  una  disposición  estructural  o  morfológica,  surge  invariable¬ 
mente  en  nuestra  mente  esta  interrogación:  ¿Qué  servicio  fisiológico  o  psicológico 
presta  al  organismo?  En  vano  el  buen  sentido,  en  pugna  con  las  citadas  tenden¬ 
cias,  ataja  nuestra  curiosidad,  advirtiéndonos  que  el  problema  ha  sido  planteado 
prematuramente,  mucho  antes  de  allegados  todcs  los  datos  indispensables.  Tan 
discreta  reflexión,  si  nos  vuelve  acaso  más  circunspectos,  no  paraliza,  empero,  el  • 
proceso  teórico.  Sigue  impertérrita  la  fantasía,  construyendo  sobre  arena,  como  si 
ignorase  lá  irremediable  caducidad  de  su  obra.  Y  no  vale  afirmar,  con  Goethe  y 
muchos  pensadores  modernos,  que  la  indagación  de  las  causas  finales  carece  de  - 
sentido;  que  nuestra  tarea  consiste  en  resolver  el  cómo  y  no  el  porqué.  Nuestro 
espíritu,  que  durante  millares  y  acaso  millones  de  años,  sólo  ha  interrogado  a  la 
naturaleza  con  fines  utilitarios  y  egoístas,  no  puede  cambiar  de  repente  su  modo  - 
de  considerar  el  mundo.  Ni  debemos  olvidar  que  en  las  ciencias  biológicas,  para 
llegar  al  CÓ/7IO,  esto  es,  al  proceso  físico-químico  modelador  délas  disposiciones  : 
orgánicas,  es  preciso  pasar  por  el  preliminar  para  qué  de  la  curiosidad  inexperta  . 
e  insaciada. 

Todo  esto  es  notoriamente  contradictorio,  pero  es  fatalmente  humano.  Nunca  ., 
fueron  buenos  amigos  la  razón  y  el  sentimiento.  Quienes  sienten  tales  anhelos 
especulativos,  conocen  de  sobra  cuán  efímera  suele  ser,  en  biología,  la  obra  de  ; 
los  grandes  sistematizadores  finalistas.  Y  no  obstante... 


Todo  el  precedente  preámbulo,  del  cual  pido  perdón  al  lector,  se  encamina  a 
disculpar,  en  lo  posible,  mis  escarceos  especulativos— pocos  por  fortuna— y  expli-  - 
car  el  cómo  un  fanático  irreductible  de  la  religión  de  los  hechos,  cayó,  de  vez  en 
cuando,  en  la  debilidad  de  sacrificar  al  ídolo  de  la  teoría  deslumbrante  y  fascina-  - 
dora,  no  obstante  hallarse  intimamente  persuadido  de  su  irreparable  fugacidad,  y 
a  despecho  de  haber  declarado  repetidamente  «que,  si  por  impulsos  incoercibles  . 
forjamos  hipótesis,  procuremos  al  menos  no  creer  demasiado  en  ellas».  Nada  de  . 
embriagarnos  con  el  vino  propio  o  ajeno. 

Desahogada  un  poco  mi  conciencia  con  esta  espontánea  confesión,  pasaré  bre¬ 
vemente  a  relatar  algunas  dé  las  lucubraciones  imaginadas  durante  el  trienio 
susodicho.  Y  vaya  por  delante  la  declaración  de  que  entre  las  conjeturas  e  hipó¬ 
tesis  de  mi  cosecha  las  hay  que  me  parecen  estimables,  y  cómodamente  defendi¬ 
bles  aún  hoy,  después  de  veinticinco  años  de  progresos  incesantes;  y  las  hay,  en  .. 


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S.  RAMÓN  Y  CA3AL 


■  cambio,  francamente  inverosímiles,  temerarias  e  inaceptables.  Sobre  las  primeras 
-insistiré,  naturalmente,  más  que  sobre  las  segundas,  merecedoras  sólo  de  olvido. 

En  fin,  algunas  pocas  pertenecientes  a  la  primera  categoría  entran,  a  juicio  mío, 
en  la  jerarquía  de  leyes  empíricas  sólidamente  fundadas. 

Mi  primer  trabajo  de  tendencia  teórica  fué  el  que,  con  el  título  de  Considera¬ 
ciones  generales  sobre  la  morfología  de  la  célula  nerviosa,  fué  enviado  al  Congreso 
internacional  de  Medicina,  celebrado  en  Roma  (1894). 

Tratábase,  sobre  todo,  en  esta  comunicación,  de  indagar  las  leyes  de  la  evolu¬ 
ción  del  sistema  nervioso  en  la  serie  animal,  y  de  marcar,  en  lo  posible,  cuáles 

■  centros,  durante  los  innúmeros  incidentes  del  desarrollo,  han  conservado  poten¬ 
cialmente  la  prístina  plasticidad,  siendo  capaces  de  adaptarse  estructuralmente  a 
las  de  cada  vez  más  variadas  y  complejas  condiciones  del  Cosmos,  y  cuáles  son  los 

•  centros,  propiamente  animales,  como  anquilosados  por  un  automatismo  milenario 
y  que,  rebeldes  a  toda  acomodación,  cancelaron  casi  definitivamente  su  historia. 

En  obsequio  a  la  brevedad  enumeremos  rápidamente  las  principales  conclu- 
:  siones  de  esta  comunicación  (1). 

a)  La  ontogenia  del  tejido  nervioso  reproduce,  de  modo  abreviado,  con  algu¬ 
nas  simplificaciones  y  saltos,  la  filogenia  del  mismo,  y  eso  tanto  con  relación  a  la 

:  reuroglia  como  a  la  célula  nerviosa. 

b)  Desde  el  punto  de  vista  del  desarrollo  filogénico,  se  advierte  en  todo  ver¬ 
tebrado  la  presencia  simultánea  de  dos  sistemas  nerviosos:  el  sensorial  y  sensitivo 
(ganglios  periféricos,  retina,  bulbo  olfatorio,  médula  espinal,  cerebelo,  tálamo, 
cuerpo  estriado,  etc.),  que  ha  terminado  su  desarrollo  por  diferenciación,  progre¬ 
sando  sólo  por  extensión;  y  el  sistema  nervioso  cerebro-cortical  (corteza  gris  y  cir¬ 
cunvoluciones  cerebrales),  que  continúa  perfeccionándose  en  la  serie  animal, 
tanto  por  extensión  como  por  diferenciación  estructural  y  morfológica  de  sus 

•elementos. 

.  c)  La  ley  del  progreso  morfológico,  asociada  a  creciente  adaptación  funcio¬ 
nal,  se  traduce  en  las  neuronas  por  la  creación  y  estiramiento  de  nuevos  apéndi¬ 
ces,  y,  por  consiguiente,  por  la  multiplicación  y  diversificación  de  las  conexiones 
intercelulares. 

d)  Afirmación,  sobre  la  base  de  numerosas  observaciones  comparativas,  de 
que  la  dimensión  del  cuerpo  de  la  célula  nerviosa  y  el  diámetro  del  axon  no  guar¬ 
dan  relación  con  la  especialización  fisiológica,  sino  que  son  proporcionales  a  la 
riqueza  y  extensión  de  la  arborización  nerviosa  terminal,  y  por  consiguiente,  a  la 
amplitud  y  diversidad  de  las  conexiones. 

e)  Comparatido  la  morfología  y  la  abundancia  relativa  de  colaterales  nervio¬ 
sas  y  protoplásmicas  de  las  pirámides  cerebrales  en  la  escala  de  los  vertebrados, 
llégase  a  este  resultado:  la  excelencia  intelectual,  y  sus  más  nobles  expresiones, 
el  genio  y  el  talento,  no  dependen  de  la  talla  o  del  caudal  de  las  neuronas  cere¬ 
brales,  sino  de  la  copiosidad  de  sus  apéndices  de  conexión,  o  en  otros  términos, 
de  la  complejidad  de  las  vías  de  asociación  a  cortas  y  a  largas  distancias.  Que  la 
abundancia  de  la  substancia  blanca  denota  riqueza  de  conexión  y,  por  tanto,  su¬ 
perior  jerarquía  intelectual,  fué  tesis  defendida  ya  hace  tiempo  por  Meynert  y 
Flechsig,  quienes,  naturalmente,  no  pudieron  fundarla,  en  ausencia  de  métodos 
selectivos  de  las  expansiones  celulares,  sino  en  la  grosera  estructura  de  la  subs¬ 
tancia  gris  y  blanca,  mostrada  por  procederes  poco  eficaces  (métodos  al  carmín, 
hematoxilina,  el  de  Weigert,  etc.). 

f)  Explicación  de  la  adaptación  y  destreza  profesional,  o  sea  del  perfecciona¬ 
miento  funcional  acarreado  por  el  ejercicio  (educación  física,  operaciones  de  hablar, 
escribir,  tocar  el  pianOj  maestría  en  la  esgrima,  etc.),  tanto  por  el  robustecimiento 

(1)  Cajal:  Consideraciones  generales  sobre  la  morfología  de  la  célula  nerviosa.  Comunicación  en¬ 
viada  al  Congreso  médico  internacional  ceiebrádo  en  Roma  en.  1894.  Publicado  en  las  Actas  del  Congre¬ 
so  y  ea  la  Veterinaria  española,  núm.  S,  2  de  junio  de  1894. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


progresivo  de  las  vías  nerviosas  (conjetura  sugerida  por  Tanzi  y  Lugaro)  excitadas 
por  el  paso  de  la  onda,  como  por  la  creación  de  nuevos  apéndices  celulares  (cre¬ 
cimiento  de  nuevas  dendritas  y  alargamiento  y  ramificación  de  colaterales  nervio¬ 
sas,  no  congénitas),  susceptibles  de  mejorar  el  ajuste  y  la  extensión  de  los  cori- 
íactos,  y  aun  de  organizar  relaciones  absolutamente  nuevas  entre  neuronas  primi¬ 
tivamente  inconexas. 

Esta  última  hipótesis,  bastante  verosímil,  y  que  se  presta,  según  adivinará  el 
•lector,  a  desenvolvimientos  retóricos  y  psicológicos  interesantes,  fué  también 
enunciada,  y  decorada  con  algunos  ejemplos  y  comparaciones,  en  nuestra  confe¬ 
rencia  de  Londres  del  mismo  año  (1). 

Naturalmente,  al  interpretar  psicológicamente  los  rasgos  de  la  morfología 
celular,  no  excluíamos,  ni  mucho  menos,  la  parte  que,  andando  el  tiempo,  habría  de 
ser  atribuida,  a  los  efectos  de  explicar  histológicamente  el  hábito,  el  talento  y  el 
genio  a  la  sutilísima  urdimbre  del  protoplasma  nervioso,  cuya  complejidad,  siem¬ 
pre  en  aumento,  no  había  llegado  aún  a  la  suprema  culminación  de  hoy.  (Ignorá- 
tianse  entonces  las  neurofibrlllas,  el  aparato  endocelular  de  Golgi,  y  estaba  muy 
iresco  todavía  el  descubrimiento  de  los  grumos  de  Nissl.) 

Animado  de  igual  espíritu,  lancé  en  1897  a  la  publicidad  otro  trabajo  sintético, 
•encaminado  a  inquirir  los  postulados  de  carácter  utilitario  que  parecen  regir  las 
infinitas  variantes  de  forma,  tamaño,  posición  y  dirección  de  las  neuronas  y  de 
las  fibras  conductrices.  Digarños  de  pasada  que  sobre  el  mismo  asunto  tuve  la 
honra  de  pronunciar  una  conferencia  en  el  Ateneo  de  Madrid  (2). 

El  trabajo  aludido  (3),  que  lleva  por  título:  Leyes  de  la  morfología  y  dinamismo 
de  las  células  nerviosas,  contiene,  además  de  la  nueva  fórmula  de  la  polarización 
dinámica,  de  que  hemos  tratado  ya  en  el  capítulo  IX,  una  indagación  acerca  del 
porqué  utilitario  de  esas  curiosas  variantes,  al  parecer  caprichosas,  del  punto  de 
'emergencia  del  axon  (recuérdese  que  éste  brota,  en  ocasiones,  de  una  dendrita,  a 
más  o  menos  distancia  del  soma).  En  sus  páginas  procúranse  también  dilucidar 
los  móviles  utilitarios  perseguidos  por  el  organismo  con  la  dislocación  o  emigra¬ 
ción  del  soma,  durante  la  ontogenia  y  la  filogenia.  Sabido  es  que,  al  estudiar  com¬ 
parativamente  un  tipo  celular  en  la  serie  animal,  sorpréndense,  no  sólo  variaciones 
•de  conformación,  dependientes  de  la  diversa  riqueza  de  sus  conexiones,  sino  no¬ 
tables  mudanzas  de  posición  estratigráfica  (dislocación  de  las  células  gangliona- 
res  raquídeas,  emigración  hacia  adelante  o  hacia  atrás  de  los  elementos  bipolares, 
amacrinos  y  gangliónicos  de  la  retina;  alteraciones  topográficas  de  ciertos  cor¬ 
púsculos  de  la  corteza  cerebelosa,  del  bulbo  olfatorio,  etc.).  A  excepción  de  la  si¬ 
tuación  de  arabos  factores  de  la  articulación  interneuronal  (dendritas  y  arboriza- 
iCión  nerviosa  final),  que  representa  algo  fijo  y  constante,  cabe  afirmar  que  todo 
•es  variable  y  acomodaticio  en  la  actitud  y  topografía  de  las  células  nerviosas. 

Ahora  bien;  todas  las  referidas  libraciones  de  situación  y  morfología,  y  hasta  la 
fórmula  misma  de  la  polarización  axipeta,  parecen  ser  regidas,  desde  el  punto  de 
vista  teleológico,  por  estos  tres  postulados  económicos: 

(1)  Cajal;  Croonian  Lectura,  1894. 

(2)  Por  cierto  que,  como  premio  a  esta  disertación,  así  como  a  un  curso  completo  explicado  en 
1897  y  1898,  sobre  mis  modestas  investigaciones  científicas,  el  ilustre  Presidente  del  Ateneo,  don  Segis¬ 
mundo  Moret,  que  siempre  me  distinguió  con  sus  bondades,  y  la  Junta  directiva,  celosa  en  estimular  y 
honrar  a  todo  entusiasta  cultivador  de  la  ciencia  o  del  arte,  otorgáronme  el  título  de  socio  de  mérito. 

(3)  Cajal:  Leyes  de  la  morfología  y  dinamismo  de  las  células  nerviosas.  Revista  trimestral  micro, 
gráfica,  núm.  1,  marzo  de  1897.  Con  14  grabados. 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


a)  Ahorío  de  materia  (construcción  de  la  via  más  corta  entre  dos  territorios 
asociados). 

b)  Ahorro  de  tiempo  de  conducción  (consecuencia  dinámina  de  la  ley  an¬ 
terior). 

c)  Economía  de  espacio.  Evítanse  todos  los  huecos  inútiles,  situándose  eí 
núcleo  y,  por  tanto,  el  soma  neuronal,  allí  donde  hay  escasez  de  arborizaciones 
protoplásmicas  o  nerviosas. 

Con  ayuda  de  estos  principios  compréndense  también  muchas  singularidades 
de  la  posición  y  dirección  de  las  vías  nerviosas  (diversa  topografía  de  la  substan¬ 
cia  blanca  en  la  médula  y  cerebro,  forma  y  orientación  de  las  bifurcaciones  axóni- 
cas,  marcha  de  las  colaterales,  etc.).  Excusado  es  decir  que,  lejos  de  excluirse,  los 
precedentes  postulados  combínanse  entre  sí.  He  aquí  el  problema  arquitectónico' 
que  parece  haberse  planteado  el  organismo:  construir,  con  el  mínimo  de  materia  y 
el  menor  espacio  posible,  la  máquina  nerviosa  más  ricamente  diferenciada  y  de  re¬ 
acciones  más  súbitas,  enérgicas  y  eficaces:  caso  particular,  en  suma,  de  la  ley  física 
tan  conocida,  del  efecto  máximo  con  el  esfuerzo  mínimo. 

En  los  trabajos  anteriores,  la  elaboración  especulativa  sigue  muy  de  cerca  af 
hecho  de  observación.  Los  mencionados  conceptos  generales  (ley  del  progreso 
morfológico  neuronal,  hipótesis  acerca  de  la  adaptación  funcional,  normas  econó¬ 
micas  reguladoras  de  la  disposición  del  soma,  etc.),  representan  legítimas  indüC' 
ciones  o  hipótesis  plausibles.  Todas  ellas  son  susceptibles  de  corroborarse  a  pos- 
teriori,  confrontándolas  con  la  infinita  variedad  de  las  formas  neuronales. 

Esta  severa  y  saludable  adaptación  al  dato  empírico  no  resplandece,  por  des¬ 
gracia,  en  otra  comunicación  publicada  en  1895  acerca  del  mecanismo  histológica 
de  la  asociación,  ideación  y  atención  (1).  Salvo  algún  concepto  que  considero  ati¬ 
nado,  en  toda  esta  aventuradísima  lucubración  campea ,  muy  a  su  sabor  y  talante, - 
la  loca  de  la  casa. 

Las  ideas  aprovechables  son:  la  noción  de  unidad  de  impresión  y  muy  particu¬ 
larmente  la  ley  del  alud  nervioso,  que  se  formula  así:  toda  impresión  periférica, 
recogida  por  la  arborización  protoplásmica  (sensitiva  o  sensorial)  de  una  sola 
célula,  propágase  en  avalancha  hacia  los  centros;  o,  en  otros  términos,  el  número 
de  neuronas  interesadas  en  la  conducción  crece,  progresivamente  desde  la  perife¬ 
ria  hasta  el  cerebro,  en  cuyas  circunvoluciones  (focos  sensoriales  terciarios)  xtsiá&- 
la  base  del  cono  de  afluencia  general  y  el  arranque  de  nuevas  vías  de  conexión. 
De  esta  ley  anatomo-fisiológica,  basada  en  numerosas  investigaciones  sobre  la 
organización  de  las  vías  visual,  acústica,  olfativa,  etc.,  sacaron  excelente  partido 
Tanzi  y  Lugaro  para  esclarecer  el  mecanismo  probable  de  la  alucinación,  asocia¬ 
ción  de  ideas  y  otros  procesos  psicológicos  importantes. 

Por  lo  contrario,  estimo  hoy,  de  acuerdo  con  el  juicio  de  muchos  autores  de 
antaño,  como  conjetura  francamente  inadmisible  la  pretendida  participación  de  la 
neiiroglia  en  los  actos  mentales  de  la  atención  y  asociación  de  ideas  (en  la  faz- 
fisiológica  o  somática,  naturalmente,  de  estos  procesos). 

Para  admitir  esto  fuera  necesario  que  las  células  de  la  glía  recibieran  termi¬ 
naciones  nerviosas  por  nadie  observadas  aún.  Además,  los  procesos  de  la  aten  ción* 
asociación  de  ideas,  emoción,  fenómenos  intelectuales,  etc.,  son  tan  enormem  ente- 
complejos  y  tan  enigmáticos  hoy,  desde  el  punto  de  vista  histológico,  histoquí- 

(1)  Cajal:  Algunas  conjeturas  sobre  el  mecanismo  anatómico  de  ia  asociación,  ideación  y  atenc  ión. 
Revista  de  Medicina  y  Cirugía  prácticas.  Madrid,  1895. 

Se  trata  de  probar  en  este  opúsculo  la  posibilidad  de  explicar,  por  cambios  morfológicos  de  las  célu¬ 
las  neuróglicas,  el  mecanismo  (en  lo  orgánico)  de  algunos  actos  mentales. 

Se  expone,  además,  la  teoría  del  alud  nervioso  y  la  de  la  unidad  de  senaactón. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


291 


mico  y  energético,  que  toda  indagación  conducida  en  este  sentido  nos  parece 
hoy  pura  temeridad.  Pasarán  siglos,  y  acaso  millares  de  años,  antes  que  el  hom¬ 
bre  pueda  entrever  algo  del  insondable  arcano  del  mecanismo  no  sólo  de  nuestra 
psicología,  sino  hasta  de  la  más  sencilla  de  un  insecto. 

Tales  concepciones  caen  rápidamente  en  merecido  olvido,  porque  la  ciencia 
sólo  se  interesa  por  las  ideas  susceptibles  de  contraste  experimental  y  sugerentes 
de  acción. 

Para  cerrar  este  capítulo,  mencionaré  dos  sucesos  fecundos  en  consecuencias 
para  el  estímulo  y  prosecución  de  mi  obra  científica. 

Fué  el  primero  la  creación,  a  costa  de  no  pocos  sacrificios  pecuniarios,  de  mi 
Revista  trimestral  micrográfica  (1),  al  objeto  de  publicar  rápidamente,  ly  sin  hacer 
antesala  en  las  Redacciones  de  las  revistas  nacionales  y  extranjeras,  los  trabajos 
micrográficos  del  Laboratorio  de  la  Facultad  de  Medicina,  y  de  estimular  al  mis¬ 
mo  tiempo  los  ensayos  de  mis  discípulos.  En  dicha  publicación  vieron  la  luz  varias 
de  las  comunicaciones  enumeradas  en  el  presente  capítulo  y  casi  todas  las  apare¬ 
cidas  después,  fiasta  1901,  fecha  en  que,  con  recursos  oficiales,  fundé  el  Anuario 
titulado  Trabajos  del  Laboratorio  de  investigaciones  biológicas. 

Los  primeros  fascículos  de  dicha  Revista  fueron  casi  exclusivamente  redacta¬ 
dos  por  su  director.  Poco  después,  creado  un  germen  de  escuela,  ayudáronme  efi¬ 
cazmente,  entre  otros  discípulos  entusiastas,  mi  hermano  Pedro  Ramón  Cajal,  a 
la  sazón  catedrático  de  Histología  de  Cádiz,  que  contribuyó  nada  menos  que  con 
ocho  extensas  monografías,  recaídas  sobre  variados  temas  de  neurología  compa¬ 
rada  (peces,  reptiles,  aves  y  batracios);  el  malogrado  alumno  interno  R.  Terra¬ 
zas  (2),  con  sus  interesantes  estudios  de  neurogénesis  cerebelosa  y  los  referentes 
al  tejido  cartilaginoso;  el  joven  mallorquín  Blanes  Víale,  alumno  aventajadísimo 
(muerto  también  en  flor,  antes  del  término  de  la  carrera),  con  cierta  concienzuda 
indagación  acerca  del  bulbo  olfatorio;  Sala  Pons,  antiguo  discípulo  de  Barcelona 
con  sus  estudios  relativos  a  la  corteza  cerebral  de  las  a\es  y  médula  espinal  de  los 
batracios;  Olóriz  Aguilera,  cuya  colaboración  en  mis  indagaciones  sobre  la  estruc¬ 
tura  ganglionar  ya  consignada;  Carlos  Calleja,  por  entonces  ayudante  de  la 
Facultad,  y  autor  de  valiosa  comunicación  acerca  de  la  corteza  cerebral  olfativa; 
y,  en  fin,  Isidoro  Lavilla,  actual  catedrático  de  Valladolid,  que  aportó  dos  estu¬ 
dios  importantes:  uno  sobre  el  gran  simpático  intestinal  y  otro  concerniente  a  los 
focos  acústicos  de  los  mamíferos. 

El  segundo  acontecimiento,  muy  lisonjero  para  mí,  fué  mi  elección  espontánea 
de  miembro  de  la  Real  Academia  de  Ciencias,  de  Madrid.  Esta  designación  Tiene 
su  anécdota,  que  referiré,  porque  honra  mucho  al  patriotismo  e  independencia  de 
la  sabia  Corporación. 

Uno  de  los  más  conspicuos  académicos,  a  la  sazón  recién  llegado  de  Berlín 
contó  a  sus  compañeros  que  el  gran  Virchow,  entonces  en  todo  el  esplendor  de 
su  gloria,  habíale  sorprendido  con  una  pregunta  a  que  no  pudo  responder:  «¿En 
qué  se  ocupa  ahora  Cajal?  ¿Continúa  sus  interesantes  trabajos?» 

Confuso  y  algo  avergonzado  nuestro  prócer  académico  de  que  en  Berlín  ins- 

(1)  El  primer  fascículo  vio  la  luz  en  marzo  de  1897. 

(2)  Este  brillante  discípulo  murió,  apenas  graduado  de  doctor,  a  consecuencia  de  una  fiebre  tifoi¬ 
dea  contraída  en  el  primer  partido  de  que  fué  médico  titular. 


292 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


pirara  interés  la  labor  de  un  español  de  quien  él  no  sabía  palabra,  procuró,  de 
regreso  a  la  Península,  satisfacer  su  curiosidad.  Y  de  sus  conversaciones  con  el 
sabio  astrónomo  D.  Miguel  Merino,  el  inolvidable  secretario  perpetuo,  surgió  el 
acuerdo  de  iniciar  y  defender  mi  candidatura  para  cierta  vacante,  a  la  sazón  en 
litigio.  Tengo,  pues,  el  singular  privilegio  de  ser  académico  a  propuesta  de  R.  Vir- 
chow  y  de  D.  Miguel  Merino. 

La  redacción  del  discurso  de  ingreso,  ocurrida  en  1857  (1),  dióme  ocasión  de 
exponer,  ex  abundantia  coráis,  algunas  reglas  y  consejos  destinados  a  despertar 
en  nuestra  distraída  juventud  docente  el  gusto  y  la  pasión  hacia  la  investigación 
científica.  Puse  especial  empeño  en  hacer  amables  y  atractivas  las  tareas  del  labo¬ 
ratorio,  y  para  lograrlo  empleé  un  lenguaje  llano,  sincero  y  rebosante  de  entusias¬ 
mo  comunicativo  y  de  ferviente  patriotismo.  Y  el  éxito  superó  a  mis  esperanzas. 
Tan  lisonjera  acogida  halló  mi  fogosa  arenga  en  el  público  universitario  y  en  la 
prensa,  que,  agotada  rápidamente  la  tirada  oficial  del  discurso,  mi  excelente  ami¬ 
go  el  Dr.  Lluria,  supliendo  mi  dejadez,  estimó  necesario  reeditarla  por  su  cuenta, 
destinando  generosamente  Ja  nueva  y  copiosísima  tirada  a  ser  gratuitamente  dis¬ 
tribuida  entre  los  estudiantes  y  diversos  centros  de  enseñanza. 

Ya  en  vena  de  enumerar  distinciones  y  honores,  recordaré  también  que  en  1897 
fui  elegido  numerario  de  la  Real  Academia  de  Medicina,  de  Madrid;  que  esta  mis¬ 
ma  ilustre  Corporación  me  galardonó,  meses  antes,  con  el  premio  Rubio  (1.000  pe¬ 
setas),  a  causa  de  la  publicación  de  una  obra  de  texto,  entonces  reciente,  Elemen¬ 
tos  de  Histología;  que  en  1896  la  Société  de  Biologie,  de  París,  recompensó  espon¬ 
táneamente  mis  trabajos,  adjudicándome  el  premio  Fauvelle  (1.000  francos);  que 
por  la  misma  época,  la  famosa  Universidad  de  Würzburgo  (2),  con  ocasión  de  la 
inauguración  del  nuevo  Palacio  Universitario,  me  otorgó,  en  compañía  de  algunos 
profesores  ilustres,  el  grado  de  doctor  honoris  causa;  que  años  antes  (1895),  la 
Sociedad  Fisico-Médica  de  la  misma  ciudad  bávara,  por  iniciativa,  sin  duda,  de  mi 
ilustre  amigo  el  Dr.  A.  Kolliker,  nombróme  miembro  corresponsal;  que,  en  fin,  con 
igual  distinción  honráronme,  por  entonces,  la  Academia  de  Medicina  de  Berlín,  la 
Sociedad  de  Psichatria  de  Viena,  la  Sociedad  de  Biología  de  París,  la.  Sociedad 
Frenática  Italiana,  la  Academia  de  Ciencias  de  Lisboa,  etc. 

(1)  Cajal;  Reglas  y  consejos  sóbrela  investigación  biológica.  Discurso  d«  era  la  Real  Aca¬ 

demia  de  Ciencias,  etc.,  5  de  diciembre  de  1897.  Este  discurso  incluye  la  contestación  del  doctor  Calleja, 
decano  de  la  Facultad  de  Medicina,  quien,  aparte  elogios  exagerados  y  amables  de  ritual  acerca  de  mi 
obra  científica,  expone  en  brillante  forma  algunas  atinadas  y  prudentes  reflexiones  sobre  el  tema.  Por  lo 
demás,  mi  discurso,  convertido  en  libro,  ha  alcanzado  la  5.»  edición,  En  él  se  han  introducido  nume¬ 
rosos  capítulos  nuevos,  entre  los  cuales  merecen  citarse  los  tocantes  a  las  causas  de  nuestro  atraso  cul¬ 
tural  y  la  terapéutica  adecuada  para  remediarlo. 

(2)  Según  registra  la  Nene  Würzburger  ¡íeítung,  diario  que  dió  cuenta  detallada  de  la  fiesta,  la  cere¬ 
monia  de  la  inauguración  del  suntuoso  edificio  del  Alma  Julia  fué  muy  solemne.  Asistieron  varios  mi¬ 
nistros  de  la  Corona,  el  rector,  los  decanos  de  las  cuatro  Facultades  y  representantes  de  todas  las  Uni¬ 
versidades  alemanas.  Pronunciáronse  muchos  discursos,  entre  ellos  uno  muy  elocuente  del  rector,  pro- 

.  fesor  von  Léube.  Al  final  del  acto,  fueron  proclamados  los  doctores  honorarios,  compartiendo  conmigo 
esta  honra,  por  la  Facultad  de  Medicina,  el  ilustre  maestro  de  Estocolmo  Dr.  G.  Reízius  y  el  gran  reno¬ 
vador  de  la  Química  orgánica  Dr.  Fischer,  de  Leipzig. 


CAPITULO  XV 


MI  PRODUCCIÓN  EN  1896  Y  1899.— ABATIDO  POR  EL  DESASTRE  COLONIAL,  AMENGUA 
MI  FUERZA  PRODUCTIVA.— literatura  DE  LA  REGENERACIÓN:  SU  INFECUNDIDAD 
EN  LA  CORRECCIÓN  DE  LOS  VICIOS  NACIONALES.— TEORÍA  DE  LOS  ENTRECRUZA- 
MIENTOS  NERVIOSOS  Y  ESTRUCTURA  DEL  «KIASMA  ÓPTICO»  EN  LA  SERIE  ANI¬ 
MAL.— OTROS  TRABAJOS  MENOS  IMPORTANTES 


MI  obra  científica  durante  el  año  de  1898  fué  bastante  parca  y  pobre  en 
hechos  nuevos.  Compréndese  fácilmente:  Fué  el  año  de  la  funesta  y  ve¬ 
sánica  guerra  con  los  Estados  Unidos;  guerra  preparada  por  la  codicia 
de  nuestros  industriales  exportadores,  la  rapacidad  de  nuestros  empleados  ultra¬ 
marinos  y  el  orgull  o  y  cerril  egoísmo  de  nuestros  políticos.  A  ella  dieron  ocasión 
sin  duda,  defectos  hereditarios  del  carácter  nacional,  entre  otros,  un  errado  sen¬ 
timiento  del  honor  y  cierta  puntillosidad  caballeresca,  excusable  en  los  individuos, 
absurda  y  antinacional  en  los  pueblos;  pero  más  que  nada  nos  arrastró  a  la  catás¬ 
trofe  la  vergonzosa  ignorancia  en  que  vivían  nuestros  partidos  de  turno  de  la  mag¬ 
nitud  y  eficiencia  reales  de  las  propias  y  de  las  ajenas  fuerzas.  Porque,  aunque 
parezca  absurdo,  por  entonces,  diputados,  periodistas,  militares,  etc.,  creían  de 
buena  fe  que  nuestros  instrumentos  bélicos  en  Cuba  y  Filipinas— buques  de  ma¬ 
dera  y  ejército  de  enfermos— podían  medirse  ventajosamente  con  los  formidables 
de  que  disponía  el  enemigo.  Que  lo  malo  de  un  país  no  consiste  en  su  debilidad, 
sino  en  que  ésta  sea  ignorada  de  quienes  tienen  inexcusable  obligación  de  co¬ 
nocerla. 

Justo,  sin  embargo,  es  reconocer  que  tan  peligroso  desconocimiento  de  la  rea¬ 
lidad  internacional  tuvo  excepciones.  Prescindiendo  del  pueblo— quien,  por  haber 
vertido  estérilmente  su  sangre  en  dos  cruelísimas  campañas,  anhelaba  la  paz  a 
todo  trance— existían,  hasta  en  el  Ministerio,  hombres,  como  Sagasta  y  Moret, 
que  vieron  el  abismo  a  que  la  concupiscencia  ciega  de  los  plutócratas  y  la  in¬ 
consciencia  de  las  autoridades  militares  nos  conducían.  Y,  sin  embargo... 

¡Pena  da  recordar  cómo  a  políticos  tan  perspicaces  y  cultos  como  Moret,  Sa¬ 
gasta  y  Canalejas,  penetrados  de  la  salvadora  verdad  (1),  faltóles  en  la  hora  supre¬ 
ma  el  valor  cívico  necesario  para  proclamarla,  imponiéndose  enérgicamente  a  las 

(1)  El  tan  elocuente  como  malogrado  estadista  D.  José  Canalejas  acababa  por  entonces  de  regre¬ 
sar  de  un  viaje  de  estudio  por  los  Estados  Unidos,  de  cuyos  increíbles  progresos,  asombroso  poder  y 
prosperidad  industrial  y  financiera,  Jiablaba  en  privado  como  de  algo  insuperable  y  monstruoso;  y,  sin 
embargo,  llegada  la  hora  del  conflicto,  inspirándose  acaso  en  los  escrúpulos  de  Moret,  reservó  juicios  y 
avisos  que,  proclamados  viril  y  solemnemente  en  la  prensa,'  hubieran  quizás  logrado  modificar  los 
extraviados  sentimientos  de  la  opinión. 


294 


S.  BAMÓN  Y  CAJAL 


opiniones  y  sentimientos  de  la  Corona,  del  Ejército  y  de  la  Prensa!  ¡Tan  peligroso 
y  arduo  resultaba  patentizar  a  los  ojos  del  pueblo,  como  lo  hizo  austeramente  Pí 
y  Margal!,  que  una  nación  de  90  millones  de  habitantes,  con  riquezas  inmensas, 
recursos  industriales  y  aprestos  bélicos  inagotables,  habla  de  aplastar  irremedia¬ 
blemente  a  un  país  pobrísimo,  de  17  millones  de  almas,  y  anemiado,  además,  por 
cuatro  asoladoras  guerras  civiles! 

Pero  no  renovemos  tristes  memorias  y  volvamos  a  nuestro  asunto. 

El  recuerdo  del  desastre  colonial  hállase  vinculado  en  mi  memoria,  por  asocia¬ 
ción  cronológica,  con  la  redacción  de  un  trabajo  de  tendencias  filosóficas  acerca 
de  la  organización  fundamental  de  las  vías  ópticas  y  la  probable  significación  de 
los  entrecruzamientos  nerviosos  (1),  una  de  las  disposiciones  anatómicas  más  sin¬ 
gulares  y  enigmáticas  de  los  vertebrados. 

Estábamos  a  la  sazón  veraneando  en  compañía  del  inolvidable  Olóriz,  en  el 
pintoresco  pueblo  de  Miraflores  de  la  Sierra.  Vecinos  eran  los  pequeños  hoteles 
en  que  nos  albergábamos,  y  así,  nuestras  familias  formaban  como  una  sola.  A  me¬ 
nudo,  fatigados  de  paliquear  o  de  leer,  nos  entregábamos  al  juego  del  ajedrez,  al 
que  D.  Federico  era  muy  aficionado.  (En  recuerdo  del  llorado  maestro,  inserto 
aquí  una  fotografía  íntima,  sacada  por  uno  de  mis  hijos  durante  una  partida  em¬ 
peñadísima)  (fig.  69).  Al  atardecer,  ahitos  de  lecturas  o  vibrantes  con  las  peripe¬ 
cias  del  juego,  solíamos  descongestionar  el  cerebro  paseando  por  la  carretera  que, 
serpenteando  al  pie  de  la  Najarra,  remóntase  a  la  Marcuera,  para  morir  en  el  ma¬ 
ravilloso  Monasterio  del  Paular.  Durante  tan  saludables  correrías,  placíame  comu¬ 
nicar  a  mi  compañero  el  fruto  de  mis  meditaciones.  Y  alentado  y  autorizado  con 
la  aprobación  del  amigo,  estaba  a  punto  de  terminar  la  redacción  de  mi  trabajo, 
cuando  en  nuestro  apacible  retiro  cayó  como  una  bomba  la  nueva  horrenda  y 
angustiosa  de  la  destrucción  de  la  escuadra  de  Cervera  y  de  la  inminente  rendi¬ 
ción  de  Santiago  de  Cuba. 

La  trágica  noticia  interrumpió  bruscamente  mi  labor,  despertándome  a  la 
amarga  realidad.  Caí  en  profundo  desaliento.  ¿Cómo  filosofar  cuando  la  patria 
está  en  trance  de  morir?...  Y  mi  flamante  teoría  de  los  entrecruzamientos  ópticos 
quedó  aplazada  slne  die. 

Aquel  desfallecimiento  de  la  voluntad— que  fué  general  entre  las  clases  cultas 
de  la  nación— sacóme  del  laboratorio,  llevándome  meses  después,  cnando  la  con¬ 
ciencia  nacional  sacudió  su  estupor,  a  la  palestra  política.  La  prensa  solicitaba 
apremiantemente  la  opinión  de  todos,  grandes  y  chicos,  acerca  de  las  causas  pro¬ 
ductoras  de  la  dolorosa  caída,  con  la  panacea  de  nuestros  males.  Y  yo,  al  igual  de 
muchos,  jóvenes  entonces,  escuché  la  voz  de  la  sirena  periodística .  Y  contribuí 
modestamente  a  la  vibrante  y  fogosa  literatura  de  la  regeneración,  cuyos  elocuen¬ 
tes  apóstoles  fueron,  según  es  notorio,  el  gran  Costa,  Maclas  Picavea,  Paraíso  y 
Alba .  Más  adelante  sumáronse  a  la  falange  de  los  veteranos  algunos  literatos 
brillantes:  Maetzu,  Baroja,  Bueno,  Valle  Inclán,  Azorin,  etc. 

Creo  sinceramente  que  mis  declaraciones  de  El  Liberal,  Vida  Nueva  y  de  otros 
diarios  (2),  contenían  algunas  censuras  justas  y  apuntaban  tal  cual  remedio  ati- 

(1)  Cajal;  Estructura  del  quiasma  óptico  y  teoría  general  de  los  entrecruzamientos  nerviosos.  Re¬ 
vista  trimestral  micr ográfica,  tomo  III,  1898,  con  13  grabados. 

(2)  Como  remedios  morales  apuntábamos:  renunciar  al  matonismo  internacional,  a  la  ilusión  de 
tomar  por  progreso  real  lo  que  no  es  más  que  reflejo  pálido  de  la  civilización  extranjera  ;  desterrar  el 
empleo  de  adjetivos  hiperbólicos,  de  que  tan  pródigos  fuimos  siempre  con  nuestras  medianias;  y,  en  fin, 
crear  a  todo  trance  cultura  original.  En  el  orden  pedagógico,  proponíamos:  el  pensionado  de  profesores 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


295 


jiádo.  Sin  embargo,  hoy,  a  la  distancia  de  diez  y  ocho  años,  no  puedo  releer  aque¬ 
llas  ardientes  soflamas  sin  sentir  algún  rubor.  Me  disgustan  algunas  recriminacio¬ 
nes  exageradas  o  injustas,  el  tono  general  declamatorio  y  cierto  aire  patriarcal  y 
autoritario  impropio  de  un  humilde  obrero  de  la  ciencia.  ¿Qué  autoridad  tenia  un 
pobre  profesor,  ajeno  a  los  problemas  sociales  y  políticos,  para  censurar  y  corregir? 

Fuera  de  que  la  retórica  no  detuvo  nunca  la  decadencia  de  un  país.  Los  rege¬ 
neradores  del  98  sólo  fuimos  leídos  por  nosotros  mismos:  al  modo  de  los  sermo¬ 
nes,  las  austeras  predicaciones  políticas  edifican  tan  sólo  a  los  convencidos.  La 
masa  permanece  inerte.  ¡Triste  es  reconocer  que  la  verdad  no  llega  a  los  ignoran¬ 
tes  porque  no  leen  ni  sienten,  y  deja  fríos,  cuando  no  irritados,  a  los  vividores  y 
logreros ! 

Advierto  que  recaigo  en  enfadosas  digresiones.  Anudando  el  hilo  de  mi  narra¬ 
ción,  repito  que  el  desenlace  de  la  tragedia  colonial  interrumpió  mis  meditaciones 
sobre  la  significación  del  kiasma  de  los  vertebrados.  Mas,  al  fin,  las  aguas  volvie¬ 
ron  a  su  cauce.  Y  recobrando  el  equilibrio  me  incorporé  al  tajo  con  el  antiguo  ardor. 
Humillado  mi  patriotismo  de  español,  quedó  vivo  y  pujante,  y  aun  diré  que  exal¬ 
tado,  mi  patriotismo  de  raza.  Y  di  cima,  al  fin,  al  aludido  trabajo,  sin  perjuicio  de 
planear  nuevas  labores  para  lo  futuro. 

Encierra  la  susodicha  Memoria  sobre  el  kiasma  dos  partes:  la  primera,  exclusi¬ 
vamente  anatómica,  conservará  siempre  su  valor;  la  otra,  de  tendencias  psicoló¬ 
gicas,  sustenta  concepciones  que  fueron  blanco,  y  lo  son  aún,  de  vivas  discusiones. 

La  indagación  anatómica  fué  motivada  por  dos  Memorias,  radicalmente  revo¬ 
lucionarias,  entonces  recientes,  de  Michel  y  de  Kólliker.  Prodúcese  a  veces  entre 
los  científicos  algo  así  como  cansancio  de  la  verdad  consagrada.  El  furor  icono- 
<:lasta  y  revisionista  gana  hasta  a  los  viejos.  ¡Es  tan  tentador  para  el  amor  propio 
dejar  mentirosas  varias  generaciones  de  sabios!...  Algo  de  esto  debió  pasar  por  el 
espíritu  de  Michel  cuando  proclamó,  contra  lo  que  desde  la  época  de  Newton  era 
general  creencia,  e  imponen  además-postulados  fisiológicos  indeclinables,  que  el 
kiasma  óptico  del  hombre  y  vertebrados  superiores  (visión  binocular  de  campo 
común)  consta  exclusivamente  de  fibras  ópticas  entrecruzadas;  en  consecuencia,  el 
clásico  cordón  óptico  homolateral,  que  junta  cada  ojo  con  el  hemisferio  cerebral 
de  su  mismo  lado ,  sería  una  mera  ilusión  anatómica  (1). 

A  pesar  del  aparato  de  pruebas  histológicas  con  que  el  citado  sabio  autorizó 
sus  osadas  afirmaciones,  la  tesis  de  Michel  causó  general  estupefacción.  Pero  lo 
más  grave  fué  que  algunos  investigadores  de  renc^bre,  y  sobre  todo  el  venerable 
Kolliker  (2),  la  ampararon  con  su  prestigio  y  hasta  procuraron  fortalecerla  con  nue¬ 
vas  demostraciones  anatómicas. , Los  dibujos  del  maestro  de  Würzburgo,  calcados 
sobre  irreprochables  preparaciones  del  método  de  Weigert,  parecían  concluyentes. 
De  prevalecer  esta  hipótesis,  quedábamos,  pues,  cuantos  creíamos  en  la  doble  vía 
óptica,  indeclinable  postulado  fisiológico,  incapacitados  para  explicar  cómo,  reci¬ 
biendo  el  cerebro  dos  imágenes  visuales  casi  idénticas  (exigencia  de  la  visión  del 
relieve),  sólo  percibimos  una. 

Ocupado  yo  entonces  en  el  análisis  de  los  centros  visuales  de  los  mamíferos, 
tan  insólita  conclusión  prodújome  invencible  repugnancia.  Ello  no  podía  ser,  no 

y  doctores  aventajados  en  el  extranjero;  la  incorporación  a  nuestros  claustros  de  investigadores  de 
renombre  mundial;  el  abandono  del  régimen  enervador  del  escalafón,  sustituido  por  el  sistema  alemán 
de  reclutamiento  del  profesorado,  etc.,  etc. 

(1)  Michel:  Lehrbuch  der  Augenheilkun  de  2  Auf.,  1890. 

(2)  A,  Kolliker:  Handbuch  der  Gewebelehre  des  Menschen.  Bd.  II,  1896. 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


debía  ser;  a  menos  que  la  naturaleza,  divorciada  de  toda  ley  de  superior  armonía,, 
se  complazca  en  lo  superíluo  o  en  lo  absurdo.  Y,  acudiendo  a  la  observación, 
me  propuse  estudiar  a  fondo  el  asunto,  abordándolo  con  los  métodos  más  apro¬ 
piados;  cuanto  más,  que  por  entonces  me  rondaban  por  la  imaginación  algunas- 
conjeturas  encaminadas  a  esclarecer  el  enigma  de  los  entrecruzamientos  nervio¬ 
sos.  Claro  es  que  antes  de  hilvanar  mi  teoría  necesitaba  saber,  a  punto  fijo,  si 
existían  o  no  en  el  kiasma  del  hombre  y  primates  fibras  homolaterales. 

Puse,  pues,  manos  a  la  obra,  auxiliándome  de  copioso  material  de  estudio  (pe¬ 
ces,  batracios,  reptiles,  aves  y  mamíferos).  Y,  en  sustitución  del  método  de  Wei- 
gert  usado  por  Kólliker  (cortes  finos  seriados  en  donde  las  fibras  aparecen  trunca¬ 
das  y  difícilmente  perseguibles),  me  serví  del  de  Ehrlich,  al  azul  de  metiléno,  y  def 
de  Marchi  (degeneraciones  secundarias  tras  la  ablación  de  un  ojo). 

El  resuítado  de  tales  pesquisas  fué  absolutamente  conforme  con  la  doctrina 
tradicional.  Entrambos  recursos  demostraron  en  los  mamíferos  de  visión  binocu¬ 
lar  la  existencia  de  robustísima  vía  óptica  homolateral;  en  los  animales  donde- se 
indica  apenas  dicho  campo  visual  común  (conejo,  cavia,  ratón,  etc.),  la  presencia 
de  algunas  fibras  homolaterales,  predominando  enormemente  las  cruzadas;  y,  en 
fin,  en  los  vertebrados  de  campo  visual  diferente  (peces,  batracios,  reptiles  y  aves, 
doiide  la  visión  es  panorámica),  la  existencia  de  un  entrecruzamiento  total.  El 
error  de  Michel  y  de  Kólliker  nació,  como  nacen  siempre  los  errores  histológicos, 
de  haber  exigido  del  método  (el  de  Weigert)  más  de  lo  que  buenamente  podía  dar, 
completando  lo  truncado  de  sus  revelaciones  con  interpretaciones  aventuradísi¬ 
mas.  Exactos  eran  ios  dibujos,  pero  erradas  las  conclusiones. 

De  pasada  y  para  hacer  bueno  el  adagio  de  que  en  las  ciencias  experimentales 
cuando  se  busca  con  fe  y  perseverancia  siempre  se  encuentra  algo  fuera  de  pro¬ 
grama,  tropecé  con  un  hecho  interesante.  El  kiasma  de  algunos  roedores  (conejo, 
por  ejemplo)  encierra,  además  de  los  conocidos  conductores  cruzados  y  directos, 
ciertos  tubos  bifurcados,  esto  es,  fibras  que,  brotadas  en  la  retina  (células  gan- 
gliónicas),  divídense  en  dos  ramas  (fig.  70),  destinadas  a  entrambas  cintas  ópticas. 
Para  Kólliker  (que  en  vista  de  mi  trabajo  rectificó  después  noblemente  su  opinión) 
y  para  otros  autores  que  trataron  de  interpretar  fisiológicamente  el  inesperado 
hallazgo,  la  citadas  fibras  bifurcadas  provendrían  de  la  región  retiniana  llamada 
mácula  lútea,  territorio  correspondiente  a  la  f oseta  central  del  hombre  y  primates. 
Por  lo  demás,  tales  dicotomías  fueron  confirmadas  ulteriormente  en  el  gato  y  cier¬ 
tos  animales  por  el  maestro  bávaro. 

Fijado  ya  el  primer  punto  importante,  o  sea  la  realidad  indiscutible  de  cruce 
parcial  de  las  vías  ópticas  primarias,  era  llegada  la  hora  de  ver  cuál  de  las  conje¬ 
turas  imaginadas  acerca  de  la  significación  de  los  entrecruzamientos  cuadraba  me¬ 
jor  con  las  variantes  de  organización  del  kiasma  y  retina  en  la  serie  animal,  y  con 
los  datos  y  postulados  de  la  fisiología  de  la  visión. 

Planteemos  el  problema  tal  como  lo  planteaba  entonces  mi  curiosidad.  Note¬ 
mos  de  pasada  que  para  la  ciencia  anatómica  de  entonces— cerrada  de  horizontes 
y  atenida  a  la  mera  descripción  morfológica—,  no  había  tal  problema.  El  anatómi¬ 
co  puro,  como  el  zoologista  descriptivo,  es  ajeno  a  toda  inquietud  filosófica.  Con 
proclamar  que  el  cruzamiento  óptico  constituye  ley  anatómica  de  los  vertebrados 
queda  plenamente  satisfecho.  Inercia  mental  incomprensible,  porque  si  la  anato¬ 
mía  y  la  histología  deben  aspirar  a  la  jerarquía  de  verdaderas  ciencias,  es  fuerza 
que,  al  modo  de  la  Química  o  de  la  Astronomía,  se  preocupen  de  la  evolución  de 
los  fenómenos  y  se  tornen  de  cada  vez  más  dinámicas  y  más  causales. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


297 


Por  sentir  yo  de  esta  suerte  pude  abandonar  esa  conformidad  pasiva  y  como 
beatifica,  obra  del  hábito  y  apagadora  de  toda  curiosidad  etiológica.  Sorprendíme 
profundamente  de  una  cosa  de  que  nadie  se  mostraba  al  parecer  sorprendido.  Y 
el  kiasma  óptico  se  me  presentó  como  algo  absurdo  o  inútil,  que  agravia  nuestro 
sentido  de  la  simetría  y  del  ahorro,  puesto  que  merced  a  aquél  los  conductores 
ópticos  alargan  inútilmente  su  trayecto  y  crean  en  los  centros  infinitas  complica¬ 
ciones  compensadoras. 

«¿No  fuera  más  sencillo— me  preguntaba— que  cada  cordón  óptico  desemboca¬ 
ra  directamente  en  los  centros  cerebrales  de  su  lado,  ya  que  la  impresión  recibida 
por  cada  retina  provoca  predilectamente  reacciones  motrices  en  ias  regiones  co¬ 
rrespondientes  de  la  cabeza,  tronco  y  extremidad  superior?» 

Pero  las  incongruencias  aparentes  continúan  en  el  encéfalo  y  bulbo.  También 
la  Via  pitamidal  del  cerebro  o  de  los  movimientos  voluntarios,  los  cordones  sensi¬ 
tivos  llegados  de  la  médula  y  del  bulbo,  los  manojos  centrífugos  nacidos  en  el  ce^ 
rebelo,  se  entrecruzan  total  o  casi  totalmente. 

¡Y  luego,  la  absoluta  generalidad,  la  irreductible  pertinacia  de  tales  decusacio- 
nes,  iniciadas  en  los  peces  y  proseguidas  tenazmente  hasta  el  hombre!...  En  reali¬ 
dad,  no  faltan  en  ningún  animal  de  visión  lenticular,  es  decir,  provisto  de  ojos  sen¬ 
cillos,  en  los  cuales  la  imagen  sintética  es  proyectada  por  una  lente  convergente. 
Recientemente,  hemos  reconocido  dicho  cruce,  aunque  con  asiento  diferente,  en 
los  insectos  y  cefalópodos,  cuyo  ojo  obedece  también  a  la  norma  estructural  del 
vertebrado. 

«Quizás— me  decía— el  cruce  fundamental  de  las  vías  ópticas  está  fatalmente 
ligado  al  mecanismo  físico  de  la  visión.  Busquemos,  pues,  en  este  mecanismo  la 
razón  lógica  de  tal  organización.  Una  vez  averiguada,  nada  será  más  fácil  que  ex¬ 
plicar,  a  título  de  disposiciones  compensadoras  y  correctoras,  las  decusaciones 
primordiales  de  las  vías  motrices  y  sensitivas.» 

Y  dando  de  mano  a  otras  conjeturas,  se  apoderó  de  mí,  obsesionante,  el  si¬ 
guiente  pensamiento:  Todo  tendría  llana  explicación,  admitiendo  que  la  percepción 
correcta  de  un  objeto  implica  la  congruencia  de  las  superficies  cerebrales  de  pro¬ 
yección  o  representativas  de  cada  punto  del  espacio.  Por  tanto,  para  que  la  percep¬ 
ción  mental  se  unifique  y  concuerde  exactamente  con  la  realidad  exterior,  o,  en 
otros  términos,  para  que  la  imagen  aportada  por  el  ojo  derecho  se  continúe  con  la 
aportada  por  el  ojo  izquierdo,  es  de  todo  punto  necesario  el  entrecruzamiento  la¬ 
teral  de  las  vías  ópticas;  cruce  íoto/ en  los  animales  de  visión  panorámica;  cruce 
parcial  en  los  animales  dotados  de  campo  visivo  común. 

Los  siguientes  esquemas  explican  claramente  la  precedente  teoría. 

El  primer  esquema  (fig.  71)  muestra  la  forma  y  dirección  de  la  imagen  óptica 
mental,  en  el  supuesto  de  que  no  hubiese  cruzamiento  de  los  nervios  ópticos.  La 
incongruencia  de  ambas  imágenes  salta  a  la  vista:  la  proyectada  por  el  ojo  dere¬ 
cho  no  conviene  con  la  del  izquierdo,  y  sería  imposible  que  el  animal  pudiera  sin¬ 
tetizar  ambas  imágenes  en  una  representación  continua.  El  horizonte  se  le  presen¬ 
taría  como  una  vista  panorámica  formada  con  dos  fotografías:  derecha  e  izquierda, 
invertidas  lateralmente. 

Exaihinemos  ahora  la  imagen  mental  resultante  del  entrecruzamiento  de  los: 
nervios  ópticos,  entrecruzamiento  adoptado  por  la  naturaleza  en  los  ojos  lenticu¬ 
lares.  La  figura  72,  C  revela  con  la  mayor  evidencia  que,  gracias  a: dicho  cruce, 
ambas  imágenes,  derecha  e  izquierda,  se  corresponden,  componiendo  un  panora¬ 
ma  continuo  y  desapareciendo  la  inversión  lateral. 

Las  cosas  pasan  algo  diversamente  en  los.  mamíferos,  en  donde  la  doble  pro-_ 


298 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


yección  visual  copia  la  misma  región  del  espacio.  En  dichos  animales  existe,  se¬ 
gún  es  sabido,  el  cordón  homolateral  (fig.  73,  d).  A  causa  de  esta  via  óptica,  la 
íiuplicidad  de  la  sensación  visiva,  inevitable  á  priori  dado  el  campo  visual  común, 
ha  sido  ingeniosamente  eludida,  gracias  a  la  concurrencia  en  el  mismo  grupo  de 
pirámides  cerebrales,  de  aquellas  fibras  ópticas  homolaterales  y  oposito-laterales, 
correspondientes  a  puntos  homólogos  de  ambas  retinas,  y  portadoras,  por  consi¬ 
guiente,  del  mismo  detalle  de  la  imagen. 

En  todo  caso,  según  aparece  en  la  figura  73,  la  aparición  del  haz  directo  no  su¬ 
pone  abandono  de  los  beneficios  del  entrecruzamiento;  éstos  subsisten,  porque 
decusada  la  vía  óptica  principal,  siempre  resulta  que  la  imagen  proyectada  en  el 
cerebro  derecho  se  continúa  con  la  dibujada  en  el  izquierdo  (Rv). 

En  fin,  en  la  figura  72,  M  mostramos  que  el  reparto  en  ambos  cerebros  de  la 
representación  visiva  mental  (el  izquierdo  donde  se  proyectan  los  objetos  situa¬ 
dos  a  nuestra  derecha,  y  el  derecho  donde  se  pintan  los  de  la  izquierda),  ha  moti¬ 
vado  correlativamente  el  entrecruzamiento  de  la  vía  motriz  principal  voluntaria, 
así  como  el  de  las  vías  sensitivas  y  sensoriales  primarias  de  la  médula  y  bulbo  (S). 

En  la  aludida  Memoria  sobre  el  kiasma  óptico  se  desarrollan  también,  por  inci¬ 
dencia,  algunas  consideraciones  sobre  ciertas  condiciones  de  la  percepción  del 
relieve;  y  a  título  de  aplicación  de  las  mismas,  descríbense  algunas  pequeñas  in¬ 
venciones  estereoscópicas,  tales  como;  cierto  aparato  destinado  a  contemplar  a 
distancia  el  relieve  de  la  doble  imagen  proyectada  por  la  linterna  (aparato  fundado 
en  el  principio  de  los  prismas  de  Nicol  y  de  la  polarización  por  reflexión);  y  deter¬ 
minada  disposición  mecánica,  con  igual  fin  concebida,  y  destinada  a  producir 
eclipses  alternativos  de  la  imagen  estereoscópica,  proyectada  en  un  telón. 

Mis  ideas  sobre  el  móvil  utilitario  de  los  entrecruzamientos  alcanzaron  éxito 
lisonjero  de  publicidad.  Extractadas  o  reproducidas  íntegramente  por  muchas  re¬ 
vistas  extranjeras,  merecieron  además  la  honra  de  una  buena  traducción  alemana, 
bajo  la  forma  de  libro,  del  Dr.  Bressler;  versión  amablemente  prologada  por  el  cé¬ 
lebre  profesor  Pablo  Flechsig,  de  Leipzig.  No  obstante  sus  defectos,  que  no  des¬ 
conozco  (1),  mi  teoría  sugirió  interesantes  trabajos.  Entre  otras  investigaciones, 
provocó  la  ya  mentada  de  Kólliker  (2)^  rectificadora  de  anteriores  errores;  la  de 
Havet  (3),  francamente  confirmatoria,  recaída  en  el  kiasma  de  los  crustáceos,  y  la 
muy  interesante  del  Dr.  Márquez  (4),  donde  los  postulados  de  mi  concepción  fue¬ 
ron  ingeniosa  y  afortunadamente  aplicados  al  esclarecimiento  de  los  cruces  de 
algunos  nervios  motores  del  globo  ocular. 

Conforme  era  de  presumir,  los  hechos  positivos  consignados  en  mi  trabajo 
acogiéronse  con  aplauso  y  apreciáronse  en  todo  su  valor  por  los  sabios  especia¬ 
listas.  Mas  en  cuanto  a  la  teoría  propiamente  dicha,  los  dictámenes  discreparon. 
Lugaro  y  otros  sabios  opusieron  algunas  objeciones  ingeniosas  y  propuesto  otras 
explicaciones  histológicas.  Creemos  sin  jactancia  que  ninguno  de  mis  impugnado¬ 
res  antiguos  o  modernos  ha  logrado  imaginar  explicación  utilitaria  más  sencilla  y 
natural  del  cruce  fundamental  de  las  vías  ópticas  en  los  vertebrados  inferiores  y 
del  cruce  parcial  de  las  mismas  en  el  hombre  y  mamíferos. 

(1)  La  slticeridad  me  obliga  a  confesar  que  en  mi  trabajo  se  contienen  doctrinas  de  valor  muy  des¬ 
igual.  Hoy,  a  la  distancia  de  veinticinco  afios  y  aparecidas  numerosas  investigaciones  sobre  el  tema, 
estimo  como  concepción  bastante  fundada  la  explicación  del  cruce  fundamental  de  los  nervios  ópti¬ 
cos;  probable  y  plausible  nada  más  el  corolario  relativo  a  la  decusación  compensadora  de  las  vías  mo¬ 
trices  y  sensoriales,  y  francamente  aventurados  ciertos  análisis  y  conclusiones  tocantes  a  las  condiciones 
histológicas  de  la  percepción  del  relieve,  etc. 

(2)  Kólliker:  Neue  Beobachtungen  zur  Anatomie  des  Chiaama  vpticum.  Würzburg,  1899. 

(3)  Havet:  Revista  trimestral  micrográflca,  tomo  IV,  1899. 

(4)  Márquez:  Nuevas  consideraciones  acerca  de  los  entrecruzamientos  motores  del  aparato  de  la  vi¬ 
sión.  Revista  trimestral  micrográflca,  tomo  X,  1900. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


299 


Algunos  autores  modernos  critican  esta  teoría  por  excesivamente  finalista. 
Para  ellos,  el  esclarecimiento  del  cruce  óptico  no  implica  ningún  designio  o  inten- 
cióri  utilitarios,  sino  que  depende  de  las  condiciones  mecánicas  del  desarrollo  onto¬ 
génico  y  filogénico.  Los  que  así  discurren  no  me  han  entendido.  En  ninguno  de 
inis  escritos  afirmo  yo  que  dichos  cruces  sean  la  encarnación  de  una  idea  utilita¬ 
ria  impuesta  por  un  principio  rector  orgánico  inmanente  o  trascendente;  antes 
bien,  de  acuerdo  con  los  postulados  del  evolucionismo, doy  a  entender  que,  habién¬ 
dose  aquéllos  originado  por  causas  físico-químicas,  han  prevalecido  y  se  han  per¬ 
petuado  hereditariamente,  precisamente  por  ser  provechosos.  Si  no  lo  fueran,  care¬ 
cerían  de  constancia  (hay  cfuzamientos  ópticos  hasta  en  los  cefalópodos,  insectos 
y  crustáceos)  o  hubieran  desaparecido  en  los  animales  superiores.  Importa  no 
confundir  el  concepto  de  utilidad,  innegable  en  la  inmensa  mayoría  de  nuestros 
órganos  y  tejidos,  con  el  de  finalidad,  concepción  puramente  metafísica,  sobre 
cuya  realidad  el  biólogo  no  tiene  para  qué  ocuparse.  Por  lo  demás,  sobre  este 
como  sobre  otros  muchos  problemas  dificilísimos,  la  ciencia  no  ha  dicho  todavía 
la  última  palabra. 

De  los  demás  trabajos  del  año  1898,  me  contentaré  con  exponer  los  títulos  y 
las  conclusiones: 

Algunos  detalles  más  sobre  la  anatomía  del  puente  de  Varolio  (1).  -  Contiene 
nuevos  pormenores  sobre  las  colaterales  y  bifurcaciones  pontales  de  la  via  pirami¬ 
dal,  y  cierta  teoría  poco  feliz  acerca  del  modo  de  acción  de  este  sistema  vector  de 
los  movimientds  voluntarios. 

La  estructura  del  cono  terminal  de  la  médula  espinal  (2)  encierra  multitud  de 
detalles  descriptivos  nuevos  tocantes  al  comportamiento  de  la  substancia  blanca, 
raíces  posteriores,  substancia  gris,  etc.,  al  nivel  del  extremo  caudal  del  eje  cerebro- 
raquídeo  de  los  mamíferos,  detalles  en  cuya  exposición  no  podemos  entrar. 

La  red  superficial  de  las  células  nerviosas  centrales  (3)  confirma  en  los  mamífe¬ 
ros  a  favor  del  método  de  Ehrlich  modificado,  el  encuentro  de  Golgi,  reivindicando 
de  pasada  la  prioridad  esencial  del  hecho  y  añadiendo  algunas  minucias  descrip¬ 
tivas,  etc. 

(1)  Algunos  detalles  más  sobre  la  anatomía  del  puente  de  Varolio  y  consideraciones  acerca  de  la  do¬ 
ble  vía  motriz.  Revista  trimestral  mierográfica,  núm.  2,  Junio  de  1898.  Con  una  figura. 

(2)  Estructura  fina  del  cono  terminal  de  la  médula  espinal.  Revista  trimestral  micrográflea,  sep¬ 
tiembre  de  1898.  Con  tres  grabados, 

(3)  La  red  superficiai  de  las  células  nerviosas  centrales.  Revista  trimestral  micrográ-flca.  Con  un 
grabado. 


CAPITULO  XVI 


MI  LABOR  DURANTE  LOS  AÑOS  1899  Y  1900.— NUEVOS  ESTUDIOS  SOBRE  LA  COR¬ 
TEZA  CEREBRAL,  EN  LOS  CUALES  SE  ABORDA  EL  ENCÉFALO  HUMANO.  ELE¬ 
MENTOS  CARACTERÍSTICOS  DEL  ENCÉFALO  DEL  HOMBRE.  —  ESTRUCTURA  DE  LA 
REGIÓN  VISUAL.— ESTUDIOS  SOBRE  LA  CORTEZA  ACÚSTICA,  TÁCTIL  Y  OLFA¬ 
TIVA.  —  CREACIÓN  POR  EL  DR.  CORTEZO  DEL  INSTITUTO  NACIONAL  DE  HIGIENE,  DE 
QUE  SOY  NOMBRADO  DIRECTOR. 


Dejo  mencionados,  en  anteriores  capítulos,  algunos  análisis  afortunados  de 
la  corteza  cerebral  de  los  mamíferos  inferiores.  Marchando  por  este  cami¬ 
no,  natural  era  que,  tarde  o  temprano,  abordase  la  fina  anatomía  del  ce¬ 
rebro  humano,  con  razón  considerado  como  la  obra  maestra  de  la  vida. 

Sentía  yo  entonces  vivísima  curiosidad — algo  novelesca— por  la  enigmática 
organización  del  órgano  del  alma.  «Reina  el  hombre— me  decía — sobre  la  Natura¬ 
leza  por  la  excelencia  arquitectónica  de  su  cerebro.  Tal  es  su  ejecutoria,  su  indis¬ 
cutible  título  de  nobleza  y  de  dominio  sobre  los  demás  animales.  Y  si  mamífero 
tan  ruin  como  el  roedor — el  ratón,  por  ejemplo— ostenta  corteza  cerebral  de  fino 
y  complicadísimo  artificio,  ¿qué  imponderable  estructura,  qué  asombroso  meca¬ 
nismo  no  deben  de  ofrecer  las  circunvoluciones  del  encéfalo  humano,  singular¬ 
mente  en  las  razas  civilizadas?» 

En  mis  pesquisas  guiábame  también  cierta  hipótesis  directriz.  Parecíame  im¬ 
probable,  y  hasta  un  poco  atentatoria  a  la  dignidad  humana,  la  opinióii  general¬ 
mente  aceptada  por  entonces  de  que  entre  el  cerebro  de  los  mamíferos  (gato, 
perro,  mono,  etc.)  y  el  del  hombre  medien  solamente  diferencias  cuantitativas. 

En  tal  supuesto,  la  excelencia  del  encéfalo  humano  consistiría  exclusivamente 
en  el  mayor  número  de  pirámides  y  en  la  superior  copiosidad  de  fibras  asociativas. 
Pero  el  lenguaje  articulado,  la  capacidad  de  abstracción,  la  aptitud  de  forjar  con¬ 
ceptos  y,  en  fin,  el  arte  de  inventar  instrumentos  ingeniosos,  especie  de  prolonga¬ 
ción  de  la  mano  y  de  los  aparatos  sensoriales,  ¿no  parecen  anunciar,  aun  admi¬ 
tiendo  coincidencias  fundamentales  de  estructura  con  los  animales,  la  existencia 
de  resortes  originales,  de  algo,  en  fin,  cualitativamente  nuevo  y  justificativo  de  la 
nobleza  psicológica  del  homo  sapiens? 

Microscopio  en  ristre  lancéme,  pues,  con  mi  habitual  ardor  a  la  conquista  de 
la  pretendida  característica  anatómica  del  rey  de  la  Creación,  a  la  revelación  de 
esas  enigmáticas  neuronas  estrictamente  humanas,  sobre  que  se  funda  nuestra 
superioridad  zoológica. 

A  decir  verdad,  y  dada  la  insuficiencia  de  los  métodos  en  boga,  la  empresa  se 
presentaba  árdua  y  difícil,  aun  poniendo  en  ella  paciencia  y  perseverancia  infati- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


301 


gables.  Además,  era  preciso  vencer  o  burlar  prejuicios  morales  y  sociales,  harto 
difundidos  y  arraigados. 

Sabido  es  que  los  métodos  de  coloración  más  exquisitamente  selectivos,  como 
.  el  proceder  de  Ehrlich  y  el  de  Golgi,  rinden  solamente  buenos  resultados  cuando 
se  aplican  sobre  piezas  nerviosas  fresquisimas,  casi  palpitantes.  Y  por  exigencias 
de  la  ley,  consagradora  de  añejos  infundados  temores,  el  cadáver  humano  no 
entra  en  la  jurisdicción  del  anatomista  sino  veinticuatro  horas  después  de  la  muerte 
cuando  las  delicadísimas  y  susceptibles  neuronas  y  células  neuróglicas  han  su¬ 
frido  graves  alteraciones  y  perdido,  por  ende,  su  preciosa  apetencia  por  los  citados 
reactivos  (azul  de  metileno  y  cromato  de  plata). 

A  pesar  de  todo,  recordará  el  lector  que  el  método  de  la  coloración  negra  había 
sido  ya  aplicado  con  éxito  en  el  hombre  por  Golgi  y  sus  discípulos.  Es  fuerza  con¬ 
venir,  sin  embargo,  que  tales  ensayos,  si  acrecieron  singularmente  nuestro  patri¬ 
monio  neurológico,  no  fueron  poderosos,  acaso  en  virtud  de  las  consabidas  limi¬ 
taciones,  a  esclarecer  los  rodajes  más  importantes  déla  máquina  cerebral  humana, 
a  saber:  la  determinación  de  sus  tipos  celulares  específicos  en  cada  provincia 
encefálica,  la  forma  general  de  las  conexiones  interneuronales  y,  en  fin,  el  modo 
.  de  terminar  de  los  conductores  sensitivos  y  sensoriales  arribados  de  la  periferia, 
.  etcétera. 

Mas  por  aquellos  tiempos  arredrábanme  poco  los  obstáculos.  Decidido  a  supe¬ 
rarlos  busqué  material  para  mis  trabajos  en  la  Inclusa  y  Casa  de  Maternidad, 
dominios  donde,  por  razones  obvias,  la  tiranía  de  la  ley  y  las  preocupaciones  de 
las  familias  actúan  muy  laxamente.  Gracias  a  los  buenos  oficios  del  Cuerpo  facul¬ 
tativo  de  los  citados  Establecimientos  benéficos,  y  sobre  todo  al  decidido  con¬ 
curso  del  Dr.  Figueroa  (médico  eminente,  arrebatado  prematuramente  a  la  ciencia), 
amén  de  la  complacencia  con  que  me  favorecieron  las  buenísimas  hermanas  de  la 
Caridad  (quienes  llevaron  su  amabilidad  hasta  convertirse  en  ayudantes  de  autop- 
sia),  mis  investigaciones  marcharon  como  sobre  ruedas.  Puedo  afirmar  que  durante 
una  labor  de  dos  años  dispuse  libremente  de  cientos  de  fetos  y  de  niños  de  diver¬ 
sas  edades,  que  disecaba  dos  o  tres  horas  después  de  la  muerte  y  hasta  en  caliente. 

Mi  tesón  alcanzó  al  fin  su  premio,  y  a  despecho  de  ios  muchos  fracasos  técni¬ 
cos  (determinadas  infecciones  impiden  la  reacción  del  cromato  argéntico),  la 
colecta  de  hechos  nuevos  fué  exuberante.  Ante  mi  insistente  curiosidad,  el  cere¬ 
bro  humano  comenzaba  a  balbucear  algunos  de  sus  secretos.  Por  desgracia,  estas 
confidencias. resultaban  todavía  harto  fragmentarias.  Mas  por  algo  se  empieza. 

Sólo  a  grandes  rasgos  haré  el  balance  de  mis  ganancias  dé  entonces.  Citaré, 
entre  otros  hechos  de  carácter  general,  el  encuentro  de  varios  tipos  nuevos  de 
neuronas  de  axon  corto,  característicos  del  cerebro  humano;  la  averiguación,  según 
yo  deseaba,  de  las  arborizacíones  terminales  de  los  conductores  sensitivos  y  sen- 
'  soriales;  el  hallazgo  de  cestas  pericel  ulares  legítimas  comparables  a  los  elegantes 
nidos  del  cerebelo  y  asta  de  Ammon;  la  discriminación  de  las  varias  especies 
neuronales  de  la  capa  molecular,  etc.  Pero  mi  principal  objetivo  consistió  en  des¬ 
entrañar  la  estructura,  de  los  centros  perceptivos  o  sensoriales  (centros  áe  proyec¬ 
ción  de  Flechsig).  En  cada  uno  de  ellos,  mis  preparaciones  mostraron,  con  clari¬ 
dad  absoluta,  una  urdimbre  específica  y  absolutamente  inconfundible,  quedando 
así  asentada  sobre  bases  histológicas  inconmovibles  la  doctrina,  a  la  sazón  muy 
discutida,  de  las  localizaciones  cerebrales. 

Claro  es  que  el  análisis  de  los  citados  centros  efectuóse  por  etapas.  Era  labor 
de  muchos  años,  la  cual  resultó  muy  incompleta,  a  pesar  de  mi  perseverancia. 


302 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Primeramente  exploré  la  anatomía  de  las  circunvoluciones  visuales  (1)  (fisura  cal- 
carina  y  iemtoúos  vecinos  del  lóbulo  occipital),  parajes  cerebrales  donde  son 
proyectadas  las  imágenes  recogidas  por  la  retina.  Tiempo  después,  escudriñé  las 
esferas  auditiva  (1),  motriz  (3)  y  olfativa  (4).  Y  por  causas  que  expondré  oportu¬ 
namente,  sólo  puse  el  pie  en  el  umbral  de  las  esferas  conmemorativas  (centros  de 
asociación  de  Flechsig),  no  obstante  mi  ardiente  curiosidad  alimentada  y  sobre¬ 
excitada  por  el  éxito. 

En  la  figura  75  presento  los  tipos  neuronales  específicos  recogidos  por  mí  en 
casi  todas  las  provincias  cerebrales  del  hombre.  Estos  son:  a,  cierto  corpúsculo 
diminuto  (A),  bipenachado,  cuyo  axon  se  descompone  en  plexos  apretados  de 
sentido  radial,  compuestos  de  hebras  finísimas;  b,  un  elemento  enano,  también  de 
axon  corto,  de  brevísimas  y  delicadas  dendritas,  y  cuya  arborización  nerviosa 
apenas  perceptible  a  causa  de  su  extrema  sutilidad,  construye  urdimbre  tupidísi¬ 
ma  (B,  B‘);  c,  otra  célula  (C),  provista  de  soma  más  robusto,  y  cuyo  cilindro-eje 
genera  cestas  que  rodean  el  soma  de  las  pirámides;  d,  cierta  pequeña  pirámide  (E), 
caracterizada  por  exhibir  un  axon  consumido  casi  del  todo  en  generar  larguísimas 
colaterales  arciformes  y  recurrentes;  e,  determinado  corpúsculo  de  talla  exigua, 
cuyo  axon  ascendente  se  arboriza  como  en  zarzal  en  los  confines  de  la  zona  mo¬ 
lecular;  f,  en  fin,  numerosas  variedades  neuronales  relativamente  robustas,  de  ex¬ 
pansión  funcional  ascendente,  generadoras,  en  diversos  pisos  de  la  corteza,  de 
larguísimas  ramas  horizontales  (F). 

Los  referidos  elementos,  singularmente  el  primero,  segundo,  cuarto  y  sexto, 
son  sumamente  numerosos  y  pueden  estimarse  privativos  del  cerebro  del  hombre. 
Con  lo  cual  no  excluyo  en  absoluto  la  posibilidad  de  que  algunos  de  ellos  inicien 
ya  su  aparición,  aunque  afectando  formas  y  tamaños  más  groseros,  en  la  corteza 
de  los  mamíferos  superiores,  singularmente  en  la  del  perro  y  del  mono.  En  todo 
caso,  mis  investigaciones  demostraron  que  la  excelencia  funcional  del  encéfalo 
humano  está  Intimamente  ligada  a  la  prodigiosa  abundancia  e  inusitado  lujo  de 
formas  de  las  llamadas  neuronas  de  axon  corto. 

Para  los  técnicos  a  quienes  interesen  algo  estas  cosas,  referiré  brevemente  al¬ 
gunos  de  mis  hallazgos  más  importantes  en  los  centros  perceptivos,  ilustrándolos 
con  esquemas. 

Esfera  visual.— a)  Descubrimiento  de  las  arborizaciones  terminales  de  las 
fibras  de  la  vía  óptica  central  (las  llegadas  del  cuerpo  geniculado  externo).  En  la 
figura  76,  b,  d,  mostramos  una  representación  del  conjunto  del  plexo  terminal. 

b)  Hallazgo,  en  la  zona  en  que  acaban  dichas  fibras,  de  unas  células  especia¬ 
les,  desprovistas  de  tallo  radial  y  con  figura  estrellada.  El  axon  de  tales  elemen¬ 
tos  va  a  la  substancia  blanca  después  de  suministrar  robustas  colaterales  ascen¬ 
dentes  (fig.  76,  C). 

c)  Encuentro,  en  las  zonas  profundas  de  la  corteza  visual,  de  ciertas  diminu¬ 
tas  células  (granos  profundos),  cuyo  axon  descendente  recoda  bruscamente,  for¬ 
mando  arco,  para  distribuirse  en  las  zonas  superpuestas  (figs.  76,  F,  y  75,  E). 

d)  Descubrimiento  de  un  tipo  menudísimo  de  célula  de  axon  corto  (células 

(1)  Cajal;  Estudios  sobre  la  corteza  cerebral  humana.  I.  Región  visual.  Revista  trimestral  micro- 
gráfica,  tomo  IV,  1899.  Con  23  grabados. 

(2)  Cajal;  II.  Estructura  de  la  corteza  acústica  y  circunvoluciones  de  la  Insula.  Rov.  trim.  mic.. 
tomo  V,  1900.  Con  12 figuras. 

(3)  Caial:  III.  /íeáfiííre  moíWs  del  hombre  y  mamíferos  superiores.  Rev.  trim.  mic.,  tomo  ÍV,  18QQ, 

Con  31  grabados.  ’ 

(4)  Cajal:  IV.  La  corteza  olfativa.  Rev.  trim.  mic.,  tomo  V,  1899.  Véase  el  trabajo  más  extenso  ea 
Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  tomo  I,  1901. 


RErX’ERDOS  DE  MI  VIDA  . 


303 


bipenachadas),  cuya  expansión  funcional,  delicadísima,  se  descompone  en  haceci¬ 
llos  radiales  de  hebras  que  se  aplican  al  tallo  y  cuerpo  de  las  pirámides  (figu¬ 
ras  76,  e,  y  75,  A). 

Continuación  de  la  anterior  fué  la  siguiente  monografía,  donde  se  persigue  más 
de  cerca  la  resolución  del  problema  estructural  de  la  corteza  visual,  añadiendo: 

a)  Una  nomenclatura  y  división  racionales  de  las  capas  de  la  substancia  gris 
cerebral. 

b)  El  estudio  detallado  de  las  células  horizontales  ( Cajalche  zellen  de  Retzius) 
de  la  zona  plexiforme  (fig.  76,  A). 

c)  Demostración  de  la  existencia  en  esta  capa  de  numerosos  elementos  de 
axon  corto. 

d)  Hallazgo  en  las  zonas  segunda  y  tercera  de  varios  tipos  de  corpúsculos  de 
axon  corto,  peculiares  del  cerebro  humano  (células  de  asociación  vertical,  hori¬ 
zontal  a  pequeñas  distancias,  etc.).  De  ellos  damos  esquemas  en  la  figura  75. 

e)  Señalamiento  de  ciertas  células  cuyo  axon  fino  y  ascendente  genera  plexos 
tupidísimos  pericelulares  en  la  zona  segunda. 

f)  Análisis  detallado  de  ¡a  estría  de  Gennarí  y  capa  de  las  células  estrelladas^ 
y  demostración  de  que  en  esta  zona  habitan  varios  tipos  celulares  de  axon  largo 
y  de  axon  corto.  {Subzona  externa  o  de  las  células  estrelladas  gigantes;  subzona 
interna  o  de  los  corpúsculos  estrellados  enanos;  células  de  axon  corto  ascendente; 
células  de  axon  resuelto  en  arborizaciones  próximas  y  delicadísimas,  etc.,  etc.) 

g)  Descubrimiento  de  arborizaciones  pericelulares  o  de  cestas  semejantes  a 
las  que  rodean  las  células  de  Purkinje  del  cerebelo,  en  los  cuerpos  de  pirámides 
de  la  corteza  motriz  y  visual. 

h)  Análisis  detallado  del  compartimiento  de  las  fibras  componentes  del  plexo  a 
estria  de  Gennari,  en  cuya  formación  participan:  a)  un  plexo  en  donde  se  patentiza 
la  existencia  de  varias  especies  de  fibras  terminales  o  fibras  ópticas;  b)  axones  de 
los  granos  de  la  zona  de  las  células  estrelladas  pequeñas;  c)  axones  ascendentes 
de  los  elementos  de  cayado  de  las  capas  subyacentes,  etc. 

De  esta  Memoria  hay  una  buena  traducción  alemana,  en  forma  de  folleto,  del 
Dr.  Bressier  (1). 

El  trabajo  sobre  la  corteza  motriz  encierra: 

a)  Un  análisis  detallado,  a  favor  del  método  de  Nissl,  de  las  circunvoluciones 
centrales  con  determinación  de  sus  analogías  y  diferencias  y  exposición  de  una 
nomenclatura  racional  de  sus  capas.  Se  demuestra,  contra  el  sentir  general,  que 
la  circunvolución  parietal  ascendente  carece  de  función  motriz,  perteneciendo  es- 
tructuralmente  al  sistema  de  asociación  (dictamen  confirmado  por  todos  los  auto¬ 
res  modernos)  (fig.  78). 

b)  La  afirmación  de  que  las  gruesas' fibras  tangenciales  meduladas  represen¬ 
tan  axones  de  células  horizontales. 

c)  Demostración  de  los  fenómenos  de  atrofia  acaecidos  en  las  dendritas  as¬ 
cendentes  de  estas  últimas  células  después  del  nacimiento. 

d)  Hallazgo  de  diversos  tipos  de  corpúsculos  de  axon  corto,  habitantes  tanto 
en  la  capa  plexiforme  como  en  las  zonas  segunda  y  tercera,  y  descripción  de  un 
elemento  nervioso  menudísimo,  parecido  a  las  células  de  neuroglia,  de  las  cuales 
se  distingue  por  exhibir  un  axon  delicadísimo  y  arborizado  a  cortísima  distancia, 

e)  Demostración  de  que  todas  las  pirámides  y  células  de  tallo  radial,  aunque 
residan  en  las  zonas  más  profundas,  envían  un  penacho  o  fibra  protoplásmicos  a 
la  zona  plexiforme. 

f)  Hallazgo  de  varias  células,  cuyo  axon  forma,  en  torno  de  las  pirámides,  ni¬ 
dos  nerviosos  terminales. 

(1)  Cajal:  Studien  über  die  Hirnrinde  des  Menschen.  Ubersetzt.  von  Dr.  J.  Bressier,  Leipzig.  Ver- 
lag  von  A.  Barth,  1900. 


304 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


P-)  Descripción  detallada  de  la  morfología  de  las  pirámides  gigantes. 

%  Encuentro  en  la  corteza  rnotriz  de  granos  o  elementos  pequeños  semejan¬ 
tes  a  los  propios  de  la  región  visual.  _ 

i)  Descubrimiento  de  las  fibras  sensitivas  terminales,  cuyas  arborizaciones 
forman  un  plexo  tupidísimo  alojado  en  la  zona  de  las  medianas  pirámides  (fig.  77). 

i)  Señalamiento  de  estas  mismas  fibras  terminales  en  la  corteza  de  los  ma¬ 
míferos  de  pequeñatalla  y  demostración  de  su  continuidad  con  tubos  perforantes 
del  cuerpo  estriado.'  . ^  . 

k)  Adopción  de  un  nuevo  criterio  para  la  determinación  de  las  esferas  senso¬ 
riales  de  la  corteza:  la  característica  de  éstas  no  sería,  como  se  ha  considerado 
tiasta  aquí,  la  presencia  de  fibras  de  proyección,  sino  la  existencia  de  plexos  cons¬ 
tituidos  por  fibras  exógenas,  llegadas  del  cuerpo  estriado  y  continuadas  con  Jas 
vías  sensoriales  de  segundo  orden. 

l)  Se  hace  una  crítica  de  la  conocida  clasificación  de  las  circunvoluciones  en 
centros  de  asociación  y  de  proyección,  y  se  defiende  también  para  los  pequeños  ma¬ 
míferos  la  existencia  de  regiones  de  asociación  o  conmemorativas. 

De  este  trabajo  existe  una  traducción  alemana  del  Dr.  J.  Bressler. 

En  otra  comunicación,  aparecida  en  Marzo  de  1900  (1),  prosigo  mis  exploracio¬ 
nes  sobre  la  corteza  motriz  del  hombre  y  mamíferos  superiores,  y  añado  algunos 
datos  relativos  a  las  fibras  callosas,  de  asociación  y  proyección,  etc. 

Después  abordé  la  corteza  acústica  y  las  circunvoluciones  de  la  Ínsula  de 
i?e//(2). 

Como  rasgos  peculiares  de  la  corteza  acústica  señalamos  aparte  la  existencia 
de  pormenores  estructurales  imposible  de  resumir:  a,  la  presencia  constante  de 
ciertas  células  gigantes  estrelladas  de  axon  largo  (fíg.  79),  y  b,  la  íorma  específica 
de  las  pirámides  (fusiformes,  bipenachadas,  etc.)  (fig.  80). 

Séame  permitido  completar  esta  serie  sistemática  de  trabajos  mencionando , 
todavía,  no  obstante  haber  sido  publicadas  en  1900  y  1901  (3),  dos  extensas  mo¬ 
nografías  concernientes  a  la  corteza  olfativa  del  hombre  y  mamíferos.  Citemos  los 
hechos  esenciales  en  ellas  contenidos: 

1. °  Confirmación  y  ampliación  de  algunos  hallazgos  hechos  antes  en  la  cor¬ 
teza  olfativa  frontal  (región  subyacente  a  la  raiz  externa  del  nervio  olfatorio),  sin¬ 
gularmente  en  lo  tocante  a  la  manera  de  terminar  las  fibras  olfativas  de  segundo 
orden  dentro  de  la  zona  molecular  del  cerebro.  En  la  figura  83,  A,  que  reproduce 
un  corte  de  la  ra/z  olfativa  externa  átl  g&io  y  á&\di  substancia  gris  subyacente, 
aparece  este  interesante  plexo  terminal,  en  contacto  con  el  penacho  periférico  de 
las  células  piramidales  (fig.  83,  D). 

2. °  Demostración  de  la  existencia  de  tipos  piramidales  característicos  (pro¬ 
vistos  de  penacho  o  borla  descendente)  en  la  circunvolución  del  hipocampo  y 
lóbulo  piriforme  del  hombre  (fig.  81,  G),  y  señalamiento  en  otras  regiones  de  la 
citada  circunvolución  de  variedades  rieuronales  específicas,  así  como  de  sistemas 
peculiares  de  agrupación  de  pirámides  enanas,  alternando  con  elementos  asteri- 
formes  gigantes  (fig.  82  A). 

3. °  Descubrimiento,  en  lo  alto  del  lóbulo  olfativo  o  piriforme  de  los  mamífe¬ 
ros  leiencéfalos  y  girencéfalos,  de  un  foco  especial  (fig.  84),  de  textura  singular,  al 

(1)  Cajal:  Estudios  sobre  la  corteza  cerebral  humana.  II.  Corteza  motriz.  Revista  trimestral  micro- 
grá^ca,  tomo  V,  marzo  de  1900. 

(2)  Estructura  de  la  corteza  acústica,  etc.  Revista  trimestral  micrográflca,  tomo  V,  núm.  2.°  y  3.o, 
septiembre  de  1900, 

(3)  Cajal:  Estructura  de  la  corteza  olfativa  del  hombre  y  de  las  mamíferos  superiores.  Revista  tri¬ 
mestral  micrográfica,  núm.  A,  diciembre  de  1900.  A  esta  monografía  siguió,  eti  1901,  otra  complemen¬ 
taria,  aparecida  en  mi  nueva  revista  Trabajos  del  Laboratorio  de  Investigaciones  biológicas,  tomo  I. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


305 


.Cual  viene  a  parar  importante  vía  olfativa,  y  del  cual  emana  la  corriente  principal 
de  fibras  exógenas  destinada  al  asta  de  Ammon.  En  virtud  de  este  hallazgo,  quedó 
.establecida  la  existencia  de  tres  focos  olfativos  escalonados;  el  foco  olfativo  pri¬ 
mario  o  corteza  esfenoidal  inferior  (fig.  83,  A),  donde  se  terminan  las  fibras  de  la 
,raiz  externa  del  bulbo  olfatorio;  el  foco  olfativo  secundario  (que  hemos  llamado 
angular  o  esfeno-occipitat),  donde  acaban  fibras  nacidas  en  el  núcleo  precedente; 
y  el  foco  olfativo  terciario,  representado  por  el  asta  de  Ammon  y  fascia  dentata, 
¡punto  de  arborización  final  de  las  fibras  emanadas  del  citado  núcleo  angular. 

4  °  Se  reconoce  que  la  corriente  importante  brotada  de  este  último  foco  y 
desembocada  en  el  asta  de  Ammon,  consta  de  varias  vías,  y  principalmente  de 
estas  dos: 

a)  Haz  esfeno-amónico  cruzado  o  psalterio  dorsal  de  los  autores,  el  cual,  diri¬ 
giéndose  al  rafe  por  debajo  del  cuerpo  calloso,  se  arboriza  en  el  asta  de  Ammon  y 
fascia  dentata  del  lado  opuesto,  después  de  suministrar  nb  pocas  fibras  al  pre- 
'  sublculo. 

b)  El  haz  esfeno-amónico  directo  o  via  perforante,  cuyos  axones  distribuidos 
en  hacecillos  escalonados  de  arriba  abajo,  cruzan  el  subículo  y  se  reparten  por  las 
capas  moleculares  del  asta  de  Ammon  y /flsac  dentata  del  mismo  lado,  ponién¬ 
dose,  respectivamente,  en  contacto  con  el  penacho  de  las  pirámides  y  granos  de 
■estos  centros.  En  la  figura  85  mostramos  un  corte  transversal  del  foco  esfeno- 
occipital  o  angular  {k)  y  déla  región  contigua  del  asta  de  Ammon  y  subículo. 
Adviértase  en  B,  D,  E  la  importantísima  corriente  de  fibras  que  enlaza  aquel  gan¬ 
glio  con  la  capa  molecnlar  del  asta  de  Ammon  y  la  de  la  fascia  dentada. 

5. °  Diferenciación  de  varias  regiones  de  la  corteza  esfenoidal  dotadas  de 
peculiar  estructura  y  en  conexión  con  particulares  sistemas  de  fibras .  Tales  son 
el /oco  presuúícü/cr,  situado  por  fuera  del  svLhícvi\o,\a  región  esfenoidal  central  o 
principal  y  la  región  esfenoidal  externa. 

6. °  Descripción  en  cada  uno  de  estos  focos  de  numerosísimos  tipos  de  neur 
íTonas,  y  examen  de  sus  plexós  específicos  y  vías  aferentes  y  eferentes.  Muchos 
de  estos  estudios  se  refieren  al  hombre,  habiendo  sido  utilizados  al  efecto  los  mé¬ 
todos  de  Nissl,  Golgi  y  Weigert 

,  7.°  Descripción  de  la  textura  de  la  corteza  interhemisféripa  o  región  próxima 

al  cuerpo  calloso,  esfera  cortical  cuya  textura  contrasta  con  la  del  resto  de  la  re¬ 
gión  fisural. 

8. ®  Determinación  precisa  del  origen  y  terminación  de  las  fibras  del  ángulo, 
vía  de  proyección  anteroposterior,  provista  de  colaterales  de  asociación. 

9. °  En  fin,  análisis  estructural  de  las  estrías  longitudinales  y  supra-callosas, 
-de  los  nervios  de  Lancisio  y  áelfornix  longus  de  Forel,  con  muchos  detalles  nue¬ 
vos  referentes  al  origen  y  marcha  de  las  fibras. 

La  reunión  de  las  citadas  monografías  constituyó  un  libro  que  tradujo  al  ale- 
imán  el  Dr.  Bressler,  y  que  me  valió  halagüeños  elogios  de  las  grandes  autorida¬ 
des  de  la  neurología. 

Quien  desee  conocer  los  detalles  descriptivos,  abrumadores  por  lo  prolijos  y 
-variados,  recogidos  pacientemente  por  mí  en  él  dominio  de  la  corteza  cerebral 
durante  los  años  1899,  1900  y  .1901,  debe  consultar  dicha  traducción  alemana,  o, 
.mejor  aún,  mi  Tratado  en  tres  gruesos  volúmenes;  Textura  del  sistema  nervioso 
del  hombre  y  de  los  vertebrados,  en  cuyo  tercer  tomo  expongo  más  ceñida  y  orde¬ 
nadamente  y  con  esquemas  y  figuras  aclaratorias  no  contenidas  en  las  memorias 
-correspondientes,  mis  ideas  y  hallazgos  sobre  el  plan  estructural  del  encéfalo  del 
hombre  y  mamíferos  afines.  Pero  de  este  extenso  libro— la  obra  de  mi  vida— co¬ 
menzado  en  1899  y  terminado  en  1904,  me  ocuparé  oportunamente. 

Allá  por  el  año  1900,  don  Garlos  M.^  Cortezo,  cuyas  iniciativas  en  la  Dirección 
.  de  Sanidad  nunca  serán  bastante  encomiadas,  fundó  el  Instituto  nacional  de  Hi¬ 
giene  de  Alfonso  XIII.  Y  tuvo  conmigo  la  gentileza  y  la  generosidad  de  nombrarme 
Director.  No  le  arredró  lo  modesto  de  la  cantidad  consignada  en  presupuestos 
rpara  la  magna  empresa,  ni. la  ausencia  de  local  apropiado,  ni  siquiera  la  penuria 

20 


306 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


de  especialistas  españoles  coasagrados  a  los  estudios  bacteriológicos  y  seroterá- 
picos.  Pensó,  quizás,  que  creada  la  función  surgirian  los  órganos  adecuados.  Y  no- 
se  equivocó  en  sus  previsiones. 

Mi  primera  intención  fué  dimitir  el  honroso  nombramiento.  Mas  por  entonces,., 
la  peste  asolaba  Portugal  y  podia  invadir  España.  En  tales  circunstancias  pare¬ 
cióme  pusilanimidad  antipatriótica  declinar  un  cargo  que  me  imponía  graves  res¬ 
ponsabilidades,  y  celo  y  actividad  perseverantes.  Debía,  además,  organizar  a  toda* 
prisa  las  diversas  secciones  del  Instituto,  elaborar  un  reglamento  y,  sobre,  todo,^ 
arrostrar  el  delicado  cometido  de  nombrar  los  jefes  de  sección,  aun  a  sabiendas  de¬ 
que,  por  el  momento,  y  a  despecho  de  la  excelente  voluntad  del  insigne  Dr.  Cor- 
tezo,  no  podía  ofrecérseles  remuneración  com  pensadora  de  sus  tareas.  Acepté,.. 
pues,  el  arduo  cometido. 

Cuando  se  procede  de  buena  fe  y  se  prescinde  de  amistades  y  favoritismos,, 
hay  mucho  adelantado  para  acertar.  Inspirándome,  pues,  en  la  conocida  máxima- 
de  que  «los  cargos  deben  adjudicarse  a  las  aptitudes  y  capacidades  demostradas 
por  anteriores  trabajos»,  puse  al  frente  de  \z.  Sección  ae  Seroierapia  al  Dr.  Murillo^. 
persona  para  mí  desconocida,  pero  de  quien  me  constaba  sU  competencia  en  ios 
problemas  de  la  inmunización,  por  haber  trabajado  en  Alemania  al  lado  de  sabios 
ilustres.  Con  igual  anhelo  de  acertar  y  de  corresponder  dignamente  a  la  confianza-* 
depositada  en  mí  por  mi  admirado  amigo  el  Dr.  Cortezo,  propuse,  respectivamen¬ 
te,  para  las  jefaturas  de  las  Secciones  de  Bacterio  logia,  de  Análisis  químico  peri¬ 
cial  y  de  Veterinaria,  al  Dr.  Mendoza,  encargado  del  laboratorio  del  Hospital 
provincial;  al  Dr.  Gómez  Pamo,  catedrático  de  Farmacia,  y  al  señor  García  Izcara- 
profesor  de  Veterinaria;  personas  todas  de  competencia  notoria,  con  quienes  ni 
tenía  el  menor  trato  ni  me  ligaban,  por  tanto,  sentimientos  de  amistad,  tan  incom¬ 
patibles  a  menudo  con  la  justicia.  A  estas  secciones  quedó  incorporado  el  antiguo 
Instituto  de  vacunación,  dirigido  a  la  sazón  por  el  Dr.  Serret. 

Andando  el  tiempo,  y  gracias  al  apoyo  decidido  de  los  Gobiernos  y  al  celo  y 
las  gestiones  perseverantes  de  los  directores  de  Sanidad,  (el  entusiasta  higienista- 
Dr.  Pulido,  el  benemérito  Dr.  Cortejarena  y,  más  modernamente;  el  fervoroso,  culto 
y  bien  orientado  Inspector  general  Dr.  Martín  Salazar)  la  naciente  Institución  sa¬ 
nitaria  creció  notablemente  en  importancia  científica  y  en  eficacia  social.  Muchos 
años  después— pasada  la  inevitable  fase  de  penuria  económica— organizáronse 
tres  nuevas  secciones:  la  de  Epidemiología,  la  de  Parasitología  y  la  del  Parque-, 
sanitario,  a  cargo  de  sendos  y  bien  preparados  especialistas. 

Hoy  (1923),  tanto  por  su  acertada  organización  como  por  la  multiplicidad  y 
eficiencia  de  sus  servrcios  sanitarios,  puede  afirmarse  que  el  Instituto  nacional  de.- 
Higiene  honra  a  la  nación  y  puede  parangonarse  con  los  mejores  del  extranjero. 
Mas  en  la  apreciación  de  las  colaboraciones  hay  que  evitar  olvidos  e  injusticias.  La- 
referida  Institución  no  habría  nacido  sin  la  iniciativa  audaz  y  clarividente  del  doc¬ 
tor  Cortezo,  ni  alcanzado  el  esplendor  actual  si  un  ministro  de  la  Corona,  don  Juanu. 
de  la  Cierva,  con  la  energía  y  decisión  que  suele  poner  en  toda  empresa  patriótica,-, 
no  hubiera  consignado  de  una  vez  en  el  presupuesto  la  cantidad  necesaria  para 
construir  el  suntuoso  edificio  de  la  Moncloa. 

En  cuanto  a  mí,  sólo  puse  las  interminables  y  enfadosas  gestiones  oficiales,  mi  - 
buena  voluntad,  y  el  designio  irrevocable  de  que  la  actuación  del  Instituto  se  des¬ 
envolviera  en  un  ambiente  de  probidad  científica  y  de  austeridad  económica.  Y 
cuando  muchos  años  después  (1920),  fatigado  y  enfermo,  advertí  con  satisfacción, 
que  la  obra  común  tenía  raigambre  en  la  opinión  pública,  y  había  alcanzado  vigor* 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


307 


y  estabilidad,  dimití,  entregando  a  un  sucesor  joven,  competente  y  capaz,  y  a  unas 
manos  fuertes  y  expertas,  la  Dirección  de  un  Instituto  al  que,  si  podía  aún  rendir 
el  amor  y  el  entusiasmo  de  otras  veces,  no  me  era  ya  dable  atenderlo  como  en 
mas  felices  tiempos.  Que  es  máxima  discreta,  según  decía  Gracián,  atener  un  buen 
de]o^  es  decir,  abandonar  los  cargos  antes  que  los  cargos  nos  abandonen. 

uue  para  mi  un  placer  y  un  consuelo  el  que  dicha  dirección  pasara,  en  virtud 

V  dkertn  dp'i^  discípulos  y  el  más  capacitado 

y  diserto  de  les  bacteriólogos  españoles. 


CAPITULO  XVII 


CON  OCASIÓN  DE  CONMEMORAR  EL  DECENARIO  DE  SU  FUNDACIÓN  LA  UNIVERSIDAD 
DE  CLA5K  (ESTADOS  UNIDOS),  CENTRO  DE  ESTUDIOS  SUPERIORES,  SOY  INViTADO» 
tontamente  CON  OTROS  PROFESORES  EUROPEOS,  A  DAR  ALGUNAS  CONFEREN¬ 
CIAS-TÓRRIDO  CALOR  DE  NUEVA  YORK— MI  VIAJE  A  BOSTON  Y  WORCESTER 
(MASS.),  donde  SE  CELEBRÓ  LA  FIESTA  UNIVERSITARIA.-EL  PATRIOTISMO  ANGLO¬ 
SAJÓN.— ALGUNAS  CAUSAS  MORALES  DE  LA  GUERRA  SUSCITADA  ENTRE  LOS  ESTA¬ 
DOS  UNIDOS  Y  ESPAÑA. -LAS  INSTITUCIONES  DOCENTES  DE  BOSTON  Y  DE  NUE¬ 
VA  YORK 


Hallábame,  allá  por  junio  de  1899,  enfrascado  en  las  antedichas  explora¬ 
ciones  del  cerebro  humano,  cuando  llegó  a  mis  manos  una  cortés  invita¬ 
ción  de  la  Universidad  americana  de  Worcester  (Clark  University),Ctráxo 
de  investigaciones  superiores,  comparable  con  el  Colegio  de  Francia,  para  dar  va¬ 
rias  conferencias  acerca  de  mis  investigaciones  sobre  la  corteza  cerebral.Tratábase 
de  celebrar  cierta  fiesta  académica  solemne,  con  asistencia  de  muchos  sabios  ame¬ 
ricanos  y  europeos,  al  objeto  de  conmemorar  el  X  año  de  la  fundación  de  la  citada 
Universidad,  obra  de  la  generosidad  privada,  como  suelen  serlo  entre  los  yanquis 
las  escuelas  profesionales  y  los  Establecimientos  de  alta  cultura.  Para  costear 
, gastos  de  viaje,  el  oficio  de  invitación  incluía  un  cheque  de  600  dólares. 

Profundamente  sorprendido  y  perplejo  quedé  al  recibir  semejante  mensaje.  No 
me  explicaba  cómo  en  los  Estados  Unidos  habíanse  acordado  de  un  humilde  inves¬ 
tigador  español,  de  un  profesor  perteneciente  a  la  raza  vencida  y  humillada. 

Asaltóme  una  duda.  ¿Podía  yo,  razonablemente,  pocos  meses  después  de  la 
guerra,  vibrantes  todavía  en  España  la  indignación  y  el  encono  por  el  inicuo  des¬ 
pojo  colonial,  aceptar  tan  comprometida  misión? 

Consulté  el  caso  con  el  ministro  de  Fomento,  Marqués  de  Pidal,  y  con  algunas 
personas  cuyas  advertencias  tenía  en  mucho;  y  contra  lo  presumible,  el  Gobierno, 
ios  amigos  y  hasta  la  Prensa  política  (que  comentó  el  suceso  con  palabras  iríuy 
halagadoras  para  mí),  aconsejáronme  unánimemente  la  aceptación  del  delicado  y 
difícil  cometido. 

De  buena  gana  lo  habría  declinado.  Cuanto  más  que  mi  salud  distaba  mucho 
de  ser  por  aquella  fecha  floreciente.  De  resultas  de  gripe  tenaz  o  acaso  por  con¬ 
secuencia  de  las  emociones  excesivas  del  laboratorio  (cada  descubrimiento  inte¬ 
resante,  o  que  me  lo  parece,  cuéstame  noches  de  insomnio),  padecía  de  palpita¬ 
ciones  y  arritmias  cardiacas,  con  las  consiguientes  preocupaciones  e  inquietudes. 
Dócil,  sin  embargo,  a  los  ruegos  de  los  amigos  y  alentado  por  el  ministro,  que  me 
señaló  decoroso  viático,  póseme  en  camino,  acompañado  dé  mi  esposa,  para  que 
cuidase  de  mis  achaques. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


Después  de  pasar  por  París,  donde  tuve  el  gusto  de  saludar  a  los  profesores 
M.  Duval  y  M.  Dejerine,  y  de  abrazar  a  mis  buenos  amigos  M.  Azoulay  y  M.  Na- 
geotte,  nos  embarcamos  en  el  Havre  con  dirección  a  Nueva  York,  en  un  buque  de 
la  Compañía  Transatlántica  francesa.  A  bordo  tuve  la  grata  sorpresa  de  encontrar 
al  ilustre  Dr.  A.  Mosso,  profesor  de  Fisiología  de  Turín;  ai  gran  matemático  fran¬ 
cés  M.  E.  Picard,  profesor  del  Colegio  de  Francia,  y  al  famoso  Dr.  A.  Forel,  con¬ 
sagrado  por  entonces  a  interesantes  estudios  sobre  la  psicología  de  las  hormigas. 
Todos  estos  sabios  habían  sido  invitados  como  yo  para  la  Clark  Celebration. 

Excusado  es  decir  que,  en  tan  selecta  compañía,  se  nos  hicieron  brevísimos 
los  doce  días  de  travesía.  Los  profesores  Mosso  y  Forel,  con  quienes  intimé  mucho 
durante  el  viaje,  se  me  revelaron  como  personas  agradabilísimas,  al  par  que  con¬ 
versadores  deliciosos.  En  riuestros  gratos  coloquios  de  a  bordo  discurrimos  sobre 
todo  lo  divino  y  lo  humano:  filosofía,  ciencia,  artes,  política,  etc. 

Mediado  el  mes  de  julio,  arribábamos  a  Nueva  York,  la  estupenda  ciudad  de 
los  rasca-cielos,  de  los  multimillonarios,  de  los  trusts  avasalladores  y  del  calor 
sofocante.  Esto  último  fué  para  mí  desagradable  sorpresa.  Creía  que  los  países  de 
hierba  y  las  ciudades  marítimas  poseen  el  privilegio  de  gozar  durante  la  canícula 
de  moderada  temperatura.  Y  yo,  que  en  nuestro  Madrid,  la  típica  ciudad  del  sol  y 
del  cielo  azul,  siéntome  enervado  cuando  el  termómetro  marca  en  las  habitacio¬ 
nes  27°  y  35°  en  la  calle,  tuve,  mal  de  mi  agrado,  que  soportar  32°  ó  33°  centí¬ 
grados  en  el  hotel  y  45°  ó  46°  en  las  rúas. 

Y  no  obstante,  los  yanquis  lo  soportan  como  si  tal  cosa.  Aunque  sudando  la 
gota  gorda,  veíanse  por  las  calles  trajinar  afanosamente  faquines  y  albañiles.  ¡Oh, 
la  fibra  acerada  de  la  raza  anglo-sajona!... 

Con  aquel  sol  de  fuego  y  con  la  profusión  de  instalaciones  domésticas  de  gas 
y  electricidad,  compréndese  que  los  incendios  sean  allí  el  pan  nuestro  de  cada 
día.  Mal  de  mi  grado,  hube  de  presenciar  uno  de  estos  terribles  siniestros. 

Cierto  día,  y  a  deshora,  inicióse  el  fuego  en  el  cuarto  de  un  huésped  del  prin-  . 
cipal.  Cundió  súbitamente  la  alarma  erí  los  hombres  y  la'  nerviosidad  y  el  terror 
en  las  mujeres.  Algunos  huían  despavoridos  hacia  la  escalera  principal,  intercep¬ 
tada  por  densa  y  asfixiante  humareda.  Otros,  más  avisados,  nos  dirigimos  a  los 
balcones,  donde  la  previsión  americana,  aleccionada  por  trágica  experiencia,  ha 
dispuesto  ciertas  grandes  escaleras  de  salvamento.  Pero  ¿quién  hace  bajar  a  una 
señora  tímida  y  nerviosa,  como  buena  española,  por  aquellos  aéreos  peldaños?  Por 
suerte,  los  bomberos  acudieron  a  tiempo,  sofocando  rápidamente  el  incendio. 

Pasado  el  susto,  consideré  los  curiosos  incidentes  provocados  por  el  terror. 
Desde  el  punto  de  vista  de  la  psicología  individual,  nada  hay  más  instructivo  que 
un  siniestro.  Al  huir,  cada  cual  abraza  a  su  ídolo:  las  madres  a  sus  hijos,  los  re¬ 
cién  casados  a  sus  esposas,  las  cómicas  a  sus  joyas  y  preseas,  los  comerciantes  y 
banqueros  a  sus  carteras  y  maletines.  No  hay  como  el  espanto  para  denunciar  el 
verdadero  carácter  y  valorar  rápidamente  los  bienes  de  la  vida. 

No  caeré  en  la  tentación  de  describir  la  gran  metrópoli  americana.  Me  limitare 
a  expresar  que  admiré  la  famosa  estatua  de  la  Libertad  de  Bartholdi,  el  barrio  co¬ 
mercial  de  Brooklyn,  el  puente  audaz  sobre  el  East  River,  los  suntuosos  palacios 
de  la  V  Avenida,  la  famosa  catedral  de  San  Patricio,  de  que  tomé  por  cierto  exce¬ 
lentes  fotografías,  los  colosales  buildings  albergadores  de  fábricas,  sociedades  in¬ 
dustriales  y  grandes  rotativos,  las  deliciosas  playas  de  Brighton  y  de  Manhatan» 
el  incomparable  parque  central  salpicado  de  alcores  coronados  de  rocas  y  cubierto 
de  magníficos  árboles,  y,  en  fin,  los  espléndidos  comercios  donde  todo  se  sirve  a 


310 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


máquina  y  en  los  cuales,  a  favor  de  ingeniosos  artificios,  la  mercancía  demandada 
circula  por  carriles  aéreos,  al  través  de  inacabables  corredores  y  pisos,  llegando 
en  pocos  segundos,  convenientemente  empaquetada,  a  las  manos  del  cliente.  En 
la  figura  adjunta  copio  una  fotografía  que  da  idea  de  lo  enorme  de  las  construc¬ 
ciones  de  muchos  pisos. 

Por  cierto  que,  con  ocasión  de  estos  curioseos  por  los  grandes  almacenes, 
hube  de  comprobar,  con  pena,  cierta  sospecha  que  yo  tenía  sobre  los  sentimien¬ 
tos  instigadores  de  la  agresión  de  los  Estados  Unidos  a  España.  Por  consecuencia 
de  la  cruel,  impolítica  y  contraproducente  medida  de  concentrar  en  campamentos 
toda  la  población  rural  de  la  Gran  Antilla,  los  cubanos  supervivientes  que,  por 
falta  de  ánimos,  no  engrosaron  las  huestes  de  Maceo,  huyeron  en  masa  a  los  Es¬ 
tados  Unidos  (Cabo  Hueso,  Tampa,  Nueva  Orleans,  Nueva  York,  etc.),  buscando 
trabajo  en  campos,  fábricas  y  comercios.  Algunos  de  estos  desventurados,  hem¬ 
bras  en  su  mayoría,  con  quienes  conversamos  en  los  obradores  y  tiendas  de 
Nueva  York,  nos  refirieron  miserias  y  crueldades  desgarradoras.  Huelga  notar  que 
las  lamentaciones  de  tantos  millares  de  prófugos,  pregonando  y  agravando  hasta 
lo  inverosímil  la  vieja  leyenda  anglosajona  de  la  crueldad  española,  crearon  en  los 
Estados  Unidos  un  estado  emocional,  que  fué  hábilmente  explotado  por  los  labo¬ 
rantes  cubanos  y  por  el  partido  imperialista  o  intervencionista  (1). 

Aproximábase  la  fecha  de  la  fiesta  académica  de  Worcester.  Di,  pues,  de  mano 
a  mis  callejeos  y  visitas  a  Institutos  científicos  y  Museos— algo  inferiores  enton¬ 
ces  a  los  similares  de  Inglaterra  y  Alemania— y  póseme  en  camino  para  Boston, 
ciudad  no  lejana  del  término  del  viaje.  Durante  todo  el  trayecto,  hecho  en  tren 
expreso,  me  acompañó  el  nysmo  sofocante  calor  de  Nueva  York.  Dicho  sea  en 
alabanza  de  la  cultura  yanqui,  las  empresas  de  ferrocarriles  hacen  lo  posible  para 
mitigar  las  molestias  del  viajero.  A  este  propósito,  y  entre  otras  comodidades,  cada 
coche  dispone  de  un  gran  depósito  de  agua  helada,  servida  gratuitamente  a  los 
pasajeros,  por  camareros  negros,  muy  amables  y  solícitos. 

A  nuestro  arribo  a  Worcester  la  ola  de  calor,  lejos  de  ceder,  habíase  hecho  in¬ 
tolerable.  El  hálito  abrasador  de  la  atmósfera,  apenas  mitigado  durante  la  noche, 
según  ocurre  en  los  climas  muy  húmedos,  no  dejaba  respirar.  Yo  estaba  febricitan¬ 
te  y  semi  congestionado.  Por  tal  motivo  y  por  haber  llegado  a  deshora,  no  osé 
avisar  al  rector.  Y  así  pasé  la  noche— toledana,  en  verdad— tratando  de  aliviar  mi 
angustiosa  cefalalgia  con  compresas  de  agua  fría. 

Para  colmo  de  contrariedad,  celebrábase  aquel  día  la  Fiesta  de  la  Independen¬ 
cia,  y  un  estruendo  ensordecedor  subía  de  las  calles.  Oíanse  himnos  patrióticos, 
vivas  estentóreos,  estallido  de  cohetes  y,  sobre  todo,  tiros,  ya  sueltos,  ya  en  des¬ 
carga  cerrada.  Asomadas  a  las  ventanas  y  azoteas,  descubrí  muchas  personas 
como  frenéticas,  disparando  al  aire  sus  rifles.  En  la  calle,  hasta  las  mujeres  enar¬ 
bolaban  banderas  y  gritaban  desaforadamente.  Dulces  expansiones  monjiles  son 
nuestras  castizas  broncas  de  la  Plaza  de  Toros,  comparadas  con  la  frenética  y 

(1)  En  descargó  de  esta  inhábil  conducca  de  las  autoridades  cubanas,  se  ha  dicho  que  también  fué 
empleada  por  la  cultísima  Inglaterra  en  su  contienda  con  los  boets.  Pero  sobre  que  una  crueldad  no  se 
justifica  jamás  con  otra  crueldad  precedente  y  eficaz,  quienes  así  discurren  parecen  olvidar  que  sólo 
las  naciones  fuertes  pueden  cometer  impunemente  ciertos  excesos .  Nuestro  Gobierno,  autorizando  en 
Cuba  las  referidas  medidas,  procedió  como  si  España  viviera  sola  en  el  planeta,  o  como  si  las  naciones 
poderosas  y  dominantes,  vecinas  de  los  Estados  débiles,  no  hubieran  en  todo  tiempo  invocado  para  sus 
expoliaciones  pretextos  de  humanidad  y  civilización.  Que  ya  entonces  era  notorio  el  imperialismo  yanqui 
y  su  anhelo  de  anexionarse  los  países  limítrofes.  En  cnanto  a  la  catástrofe  del  Maine,  fiié  un  pretexto 
más,  habilísima  y  pérfidamente  aprovechado. 


-RECUERnoS  DE  MI  VIDA 


311 


t)ullanga  del  pueblo  americano  durante  el  famoso  Independence  day,  en  el  cual,  di- 
,cho  sea  de  pasada,  ocurren  siempre  lamentables  desgracias.  ¡Triste  cosa  es  que  los 
Jhombres  sólo  acierten  a  mostrar  su  júbilo  haciendo  estruendo!  A  propósito  de  lo 
cual,  cabria  preguntar:  ¿Alborota  el  pueblo  porque  está  alegre,  o  alborota  para  ale¬ 
grarse?  Lo  segundo  paréceme  más  cierto  que  lo  primero.  Porque,  dígase  lo  que  se 
jquiera,  el  trabajador  manual— y  aún  más  el  intelectual— son  en  el  fondo  animales 
tristes  y  soberanamente  aburridos.  Pero  descartemos  reflexiones  impertinentes. 

Con  el  alba  pasó,  al  fin,  aquella  racha  de  locura  y  desenfreno.  Ya  entrada  la 
imañana,  y  aliviado  un  tanto  de  los  efectos  del  insomnio,  participé  mi  llegada  al 
honorable  rector  de  la  Clai^k  University,  el  ilustre  psicólogo  y  educador  G.  Stam- 
ley  Hale.  Poco  después  vino  a  saludarme  y  a  ponerse  a  mis  órdenes  el  simpático 
secretario  y  profesor  de  la  Universidad,  mozo  de  tanta  cultura  como  bríos,  según 
demuestra  el  suceso  siguiente: 

Encargada  la  busca  de  un  carruaje  y  avisado  el  cochero  para  que,  conforme  a 
usanza  americana,  transladára  el  equipaje  al  vehículo,  atajóme  cortésmente  el 
«legante  secretario  con  estas  inesperadas  frases: 

— ¡No  vale  la  pena  de  molestar  al  cochero!...  Aquí  estoy  yo  para  cargar  con 
«1  baúl. 

y  sin  oir  nuestros  ruegos,  el  flamante  funcionario  ladeó  garbosamente  su  in¬ 
maculada  chistera,  y  haciendo  alarde  de  vigor  y  agilidad  insospechables,  bajó  en 
un  santiamén  el  baúl-mundo  y  la  maleta  (en  junto  pesaban  cerca  de  90  kilos)  y  los 
acomodó  diestramente  en  el  coche. 

Azorada  quedó  mi  mujer  al  contemplar  las  manchas  de  polvo  y  los  inelegantes 
pliegues  que  tan  precipitada  y  ruda  faena  habían  producido  en  la  irreprochable 
levita  académica.  Y  exclamó: 

— ¿Por  qué  se  ha  molestado  usted?  Eso  es  cosa  del  camarero... 

—No— replicó  el  atildado  gentleman—-,  esto  es  obligación  de  todos.  Vivimos 
«n  América,  patria  de  la  democracia,  donde  nadie  toma  a  bochorno  o  a  deshonra 
«1  trabajo  manual.  Aquí  sólo  reconocemos  la  nobleza  del  talento  y  del  saber... 

He  aquí  una  excelente  lección  de  legítima  y  sana  democracia.  Convengamos, 
•empero,  en  que  tan  persuasiva  propaganda  no  está  al  alcance  de  todo  el  mundo. 
No  basta  abandonar  aristocráticos  humos  y  señoriles  melindres;  hacen  falta  tam¬ 
bién  músculos  de  acero. 

Guiados  por  el  secretario,  el  carruaje  nos  condujo  a  casa  del  huésped,  opulen¬ 
to  prócer,  entusiasta  protector  de  la  Universidad  y  prototipo  de  esa  especie  de 
filántropos  patriotas  de  que  solamente  en  Inglaterra  y  en  los  Estados  Unidos  se 
dan  perfectos  ejemplares,  quiero  decir  limpios  de  egoísmo  confesional  y  de  secta¬ 
rismo  político. 

Nuestro  patrón,  M.  Stephen  Salisbury,  vivía  casi  modestamente,  si  se  tiene  en 
■cuenta  su  gran  fortuna,  que  consagraba  a  obras  de  civismo,  cultura  y  beneficen¬ 
cia.  Inspirándose  en  sentimientos  de  tolerancia  y  altruismo  que  sorprenderían  a 
nuestros  orondos  y  fanáticos  ricachos,  fundó  dos  hospitales  con  sendas  iglesias: 
uno  para  protestantes  (él  profesaba  la  religión  reformada)  y  otro  para  católicos. 
Además,  para  deleite  y  enseñanza  de  sus  conciudadanos,  erigió  un  suntuoso  Mu¬ 
seo  de  Arte,  cuyo  palacio,  así  como  la  mayoría  de  los  cuadros,  regaló  al  Municipio; 
donó  también  al  pueblo  cierto  parque  valuado  en  millones,  y,  además,  pasaba  por 
ser,  según  dejo  dicho,  rmo  de  los  más  devotos  y  generosos  protectores  de  la  Clark 
University,  donde  costeaba  cátedras  e  instituía  premios.  ¡Qué  hombres!... 

El  benemérito  Mr.  Salisbury  descendía  de  im  noble  inglés  arribado  a  América 


312 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


con  los  primeros  conquistadores,  y  moraba  en  cómoda  villa,  donde,  ocioso  es  de-- 
cirlo,  nos  alojó  y  trató  a  cuerpo  de  rey.  Frisaba  nuestro  huésped  en  los  sesenta  y 
cinco,  y  permanecía  soltero,  por  horror,  nos  decia,  a  la  mujer  americana,  cuyas 
tendencias  varoniles  y  excesiva  libertad  de  movimientos  (la  locura  feminista  cul¬ 
minaba  entonces)  repugnábanle  invenciblemente. 

Había  viajado  por  España  y  chapurreaba  algo  el  español.  Por  cierto,  que  al  re¬ 
cordar  las  picantes  aventuras  de  sus  viajes  por  Andalucía  y  encarecer  la  gracia  y- 
donaire  délas  hembras  de  Cádiz,  Sevilla  y  Granada,  solía  decirnos  que  en  España 
«sólo  las  mujeres  tienen  talento».  A  sus  ojos,  nuestros  hombres  eran  deplorable¬ 
mente  ineptos  e  insignificantes. 

—Me  complazco— exclamaba  a  veces— en  alojar  en  mi  casa  a  un  español  do¬ 
tado  de  sentido  común...  (1). 

En  el  adjunto  grabado  (fig.  85)  reproduzco  la  fotografía  de  Mr.  Salisbury  y  de¬ 
sús  dos  huéspedes  españoles,  hecha  por  un  ayuda  de  cámara  aficionado  al  arte 
de  Daguerre. 

En  su  afán  de  sernos  agradable  y  de  que  mi  esposa  pudiera  penetrar  en  la 
grata  intimidad  del  home  americano,  Mr.  Salisbury  tuvo  la  bondad  de  presentar¬ 
nos  a  una  de  sus  amigas,  Mistress  Lawton,  señora  viuda  (uno  de  sus  hijos  se  ha¬ 
bía  batido  en  Cavite  contra  España),  dotada  de.  positivos  talentos  musicales.  Co¬ 
nocía  algo  el  español,  y  para  poder  intimar  con  mi  mujer,  reforzó  aquellos  días  su;. 
escaso  léxico  merced  a  trabajo  suprainíensivo.  Juntas  y  convertidas  en  cordiales 
amigas,  visitaron  asilos,  iglesias  católicas  y  hospitales  (a  uno  de  los  cuales  la  ma-- 
dre  de  Mrs.  Lawton,  con  ese  noble  altruismo  tan  general  en  América,  había  legado 
la  renta  necesaria  para  costear  una  sala),  el  Club  de  las  señoras,  con  magníficos 
salones  de  conversación  y  lectura,  ios  grandes  bazares  de  la  ciudad,  etc.  Como 
muestra  de  los  deliciosos  y  cómodos  hoteles  habitados  por  la  clase  media  ameri¬ 
cana,  reproduzco  en  la  fig.  86  la  mansión  de  la  citada  señora. 

Yo  encontré  también  para  mis  correrías  artísticas  y  pintorescas  mentor  muy 
amable  y  solícito  en  cierto  ruso  profesor  de  matemáticas,  algo  estrafalario,  que 
lucía  espléndida  melena  rubia  tendida  hasta  la  cintura.  Enamorado  de  España,  se 
perecía  por  hablar  nuestra  lengua,  de  la  que  hacía  calurosos  elogios.  Su  facilidad 
para  los  idiomas  era  portentosa.  Con  sólo  dos  meses  de  estancia  en  Granada,  había 
aprendido  el  español  sin  olvidar  el  francés,  el  ruso,  el  polaco,  el  alemán  y  el  italiano, 
que  hablaba  a  la  perfección.  Su  indumentaria,  algo  estrambótica,  corría  parejas  con 
su  fluvial  y  romántica  melena;  pero  en  aquel  ambiente  de  amable  tolerancia  nada- 
chocaba.  Le  amparaba,  además,  su  gran  competencia  en  la  teoríade  los  números- 

(í)  Por  desgracia,  este  juicio  despectivo  hacia  ios  españoles  no  puede  considera  rse  como  chuscada 
de  comensal  amable  y  chancero.  Traduce  un  sentimiento  real,  sumamente  generalizado  entre  los  pue¬ 
blos  anglosajones,  sobre  el  cual  debieran  meditar  muchos  peninsulares  e  hispano- americanos.  De  mis- 
conversaciones  con  yanquis,  ingleses  y  alemanes,  he  sacado  la  convicción — no  descubro  ningún  secre¬ 
to— de  que,  a  juicio  de  los  enérgicos  y  laboriosos  hijos  del  Norte,  las  naciones  mediterráneas,  y  singular¬ 
mente  la  portuguesa  y  la  española,  están  formadas  por  razas  decadentes,  degeneradas  moral  y  iisica- 
mente,  a  quienes  debe  tratarse  sin  ninguna  contemplación.  «Hacia  los  americanos  del  Sud  no  sentimos 
ninguna  especie  de  simpatía»,  decíame  confidencialmente  cierto  profesor  yanqui,  poniendo  en  su  pensa¬ 
miento  velos  de  eufemismo. 

Creo  sinceramente  que  somos  calumniados;  pero  creo  también  que  españoles,  portugueses  e  hispano- 
americanes,  con  nuestras  grotescas  asonadas  y  pronunciamientos,  nuestro  desdén  por  la  ciencia  y  las 
glandes  iniciativas  industriales— qué  sólo  prosperan  cuando  se  apoyan  en  descubrimientos  científicos 
originales—,  nuestra  secular  ausencia  de  solidaridad  política  (rodeados  de  naciones  de  fuerza  poderosí¬ 
sima  y  unificadas  vivimos  fragmentados  en  21  estaditos  que  se  miran  con  recelo  o  se  odian  cordialmente) 
hacemos  cuanto  es  posible  para  justificar  el  desprecio  y  la  codicia  de  las  grandes  nacionalidades. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


31B' 

Los  días  4  de  julio  y  siguientes  hasta  el  10,  fueron  consagrados  a  las  fiestas  de^ 
la  Decennial  Celebration.  Consistieron  en  recepciones  oficiales,  banquetes,  jiras  a 
los  Establecimientos  docentes  y  a  los  alrededores  pintorescos  de  la  ciudad  y,  en 
fin,  en  las  Conferencias  científicas  a  cargo  de  profesores  americanos  y  extranje¬ 
ros.  Un  público  selecto,  llegado  de  todos  los  Estados  de  la  Unión,  congregóse  en 
la  Clark  Uníversity,  asistiendo  asiduamente  a  las  lecciones. 

Las  mías,  en  número  de  tres,  versaron  sobre  la  Estructura  de  la  corteza  cerebral 
del  hombre  y  mamíferos  superiores,  tema  que,  según  dejo  apuntado,  había  sido  ob¬ 
jeto  de  mis  investigaciones  durante  los  años  1898  y  1899.  En  mi  público  figuraban 
principalmente  médicos,  naturalistas  y  psicólogos.  Deseando  demostrar  gráfica-- 
mente  mis  recientes  hallazgos  en  tan  difícil  dominio,  ayudóme,  según  costumbre 
de  grandes  cuadros  murales  policromados.  Paira  los  iniciados  en  la  técnica  neuro- 
lógica,  reservé  algunas  sesiones  de  exhibición  de  preparaciones  micrográficas^ 
Creo  que  acerté  a-satisfacer  la  expectación  de  mis  oyentes;  en  todo  caso,  fui  bas¬ 
tante  aplaudido. 

El  texto  de  las  citadas  Conferencias,  reunido  con  el  de  todas  las  pronunciadas  ■ 
durante  las  fiestas,  imprimióse  a  exjiensas  de  la  Universidad,  en  lujosísimo  volu¬ 
men,  primorosamente  encuadernado  (1).  Al  frente  de  cada  serie  de  lecciones  figu-- 
raba  el  retrato  del  profesor. 

La  Sesión  de  clausura,  celebrada  el  10  de  julio,  fué  muy  solemne.  Leyéronse  en 
ella  expresivas  cartas  de  congratulación  del  Presidente  de  la  República,  Mr.'  Mac 
Kinley,  de  varios  conspicuos  miembros  del  Senado  y,  en  fin,  de  muchos  sabios 
ilustres  nacionales  y  extranjeros;  pronunció  el  rector,  G.  Stanley  Hale,  elocuente 
oración,  en  la  cual,  después  de  narrar  la  historia  de  la  Universidad,  enumeró  Ios- 
trabajos  científicos  realizados  y  trazó  el  programa  de  las  futuras  investigaciones. 
Siguió  luego  una  especie  de  sermón  de  tonos  elevados,  pronunciado  por  el  reve¬ 
rendo  Dr.  De  Vinton;  y,  por  último,  previos  los  sendos  encomios  de  ritual,  fuimos 
los  cinco  profesores  extranjeros  investidos  ceremoniosamente  del  grado  de  doctor 
honoris  causa  (doctor  en  Derecho,  según  re  za  el  diploma),  acabando  el  acto  con 
breves  discursos  de  gracias. 

El  papel  de  huésped,  más  o  menos  ilustre,  resulta  en  América  singularmente 
comprometido.  Los  yanquis'no  se  contentan  con  aprender  del  forastero;  desean 
además  ser  juzgados  por  él.  Velis  nolis,  no  tuvimos  más  remedio  que  improvisar 
respuestas  a  las  siguientes  delicadas  interrogaciones: 

¿Qué  defectos  halla  usted  en  nuestras  Instituciones  docentes?  ¿Tendría  usted 
la  bondad  de  señalar  las  reformas  urgentes  o  las  medidas  encaminadas  a  perfec¬ 
cionar  la  obra  de  nuestra  Universidad? 

Claro  es  que,  rindiendo  culto  a  la  cortesía  y  a  impulsos  de  la  gratitud,  nuestros 
juicios  fueron  incondicionalmente  encomiásticos;  sin  embargo,  al  través  del  folla¬ 
je  retórico,  apuntaban  también  algunas  reformas  útiles.  Yo  propuse  para  el  cua¬ 
dro  de  enseñanza  de  la  Universidad  dos  novedades:  la  creación  de  un  laboratoria 
de  Investigaciones  bacteriológicas  y  la  de  otro  de  Histología  y  Patología  experi¬ 
mentales. 

Mas  en  esto  de  las  encuestas  tuve  peor  suerte  que  mis  compañeros.  Mi  cali¬ 
dad  de  español  me  convertía  en  blanco  preferente  de  los  reporteros  políticos.  LaS' 
periodistas,  sobre  todo,  me  asediaban  día  y  noche.  Querían  saber  de  mí— ¡ahí  es 

(1)  Clark  University,  ISSa-lS-Sg.  Decenial  Celebration.  Worcester  Mass.  Printed  for  the  Uaiver 
®Uy,  1899. 


■s.  BAMÓN  y  CAJAL 


5-Í4 

iiada!--los  inconvenientes  o  las  ventajas  que  para  los  Estados  Unidos  podríau 
derivarse  de  la  anexión  de  Cuba,  Puerto  Rico  y  Filipinas.  ¡Era  como  mentarla 
soga  en  casa  del  ahorcado! 

Salí  del  paso  como  pude  de  tan  inoportunos  entrometimientos,  no  sin  incurrir, 
ja  causa  quizás  del  mal  humor,  en  bastantes  ligerezas.  ¡Espantado  quedé  al  leer 
en  los  periódicos  locales  mis  declaraciones  politicas!... 

Y  menos  mal  que  conseguí  evitar  a  mi  esposa  los  asaltos  de  aquellas  implaca¬ 
bles  reporteras  (solteronas  típicas  y  genuinos  representantes  de  lo  que  Perrero 
llamó  el  íercer sexo),  resueltas  a  sonsacar  a  ultranza  la  opinión  de  Mistress  Cajal, 
tanto  sobre  el  feminismo  teórico,  como  sobre  el  estado  en  que  se  encontraba  en 
nuestra  patria  la  campaña  de  la  emancipación  de  la  mujer. 

— En  nuestro  país— les  respondí— vivimos  por  desgracia  tan  atrasados,  que 
Jas  mujeres  se  contentan  todavía  con  str  femeninas  y  no  feministas.  Y  al  parecer, 
ello  les  basta  para  su  felicidad  y  la  dicha  del  hogar. 

Por  no  abusar  de  la  paciencia  del  lector,  omitiré  los  festejos,  recepciones,  fes¬ 
tines  y  agasajos  de  todo  género  de  que  fuimos  objeto,  tanto  los  huéspedes  ex¬ 
tranjeros  como  los  representantes  de  las  Universidades  americanas,  de  parte  del 
ilustre  rector  y  de  los  simpáticos  profesores  de  la  Ctor/r  í/uívers/fy.  Por  lo  que  a 
mí  toca,  fuera,  empero,  ingratitud  no  consignar  las  atenciones  y  delicadezas  que 
merecí  a  Mr.  A.  Gordon  Webster,  ilustrado  profesor  de  Física,  en  cuya  casa  tuve 
el  honor  de  conocer  a  la  genuina  mujer  americana,  culta,  fuerte,  hacendosa  y  exen¬ 
ta  de  enfadosos  feminismos;  y  al  Dr.  A.  Mayer,  ferviente  admirador  y  compatriota 
de  A.  Forel,  en  compañía  del  cual  gusté  el  placer  de  visitar  los  principales  esta¬ 
blecimientos  de  beneficencia,  y  particularmente  un  magnífico  Hospital  consagrado 
al  tratamiento  de  las  enfermedades  nerviosas  y  mentales;  Hospital  donde,  por 
cierto,  pude  apreciar  los  inestimables  servicios  prestados  por  las  señoritas  enfer- 
rrieras,  jóvenes  bien  educadas,  instruidas  en  los  elementos  de  la  medicina,  y  que 
sustituyen  allí  ventajosamente  a  nuestras  hermanas  de  la  Caridad. 

Mi  despedida  de  Worcester  fué  precedida  de  un  episodio,  vulgar  sin  duda  en 
toda  fiesta  celebrada  por  jóvenes  en  tierras  anglosajonas,  pero  que  a  mí  me  pro¬ 
dujo  profunda  impresión. 

Habíamos  pasado  un  día  en  el  campo,  a  la  orilla  de  un  lago  pintoresco  que 
sirve  de  depósito  a  las  aguas  potables  de  la  ciudad;  y  al  final  de  un  banquete,  a 
que  asistieron  profesores  y  estudiantes,  para  poner  remate  a  los  brindis  entusias¬ 
tas,  todos  los  comensales  ingleses  y  americanos— pasaban  de  100— pusiéronse  de 
pie  y,  con  voz  robusta  y  vibrante,  entonaron  acordes,  primero  el  himno  americano 
y  después  el  inglés  God  save  ihe  Quen.  En  el  silencio  y  la  obscuridad  de  la  noche, 
.aquellas  estrofas  alzadas  briosamenre  de  todas  las  gargantas,  sonáronme  a  subli¬ 
me  cántico  religioso.  ¡Profundamente  conmovido,  mi  corazón  latía  con  violencia, 
un  calofrío  sacudió  mi  piel  y  mis  lágrimas  estuvieron  a  punto  de  correr!... 

El  espectáculo  era  tan  emocionante  como  instructivo.  Aquellos  mismos  hombres 
-que  momentos  antes  charlaban  y  reían  con  esa  plácida  alegría,  inequívoco  signo 
-de  fortaleza  y  optimismo,  acordáronse  todos,  antes  de  separarse,  de  que  eran  hijos 
de  una  misma  madre,  la  noble  Albión,  y  de  que  debían,  por  tanto,  sentirse  herma¬ 
nos  en  espíritu  y  corazón...  ¿Quién  conoce  el  himno  patriótico  de  la  raza  hispana? 

Entonces  comprendí  muchas  cosas.  Y  mejor  que  en  el  decantado  libro  de  Des 
Moulins,  advertí  en  qué  consiste  la  decantada  superioridad  del  pueblo  anglosajón. 
Artífices  de  su  grandeza  son,  ciertamente,  la  robusta  mentalidad  y  la  rectitud  y 
-energía  de  carácter.  Considero,  sin  embargo,  como  principales  resortes  dos  cosas 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


315 


totalmente  descuidadas  en  España  y  en  los  países  de  nuestra  estirpe:  la  educación 
del  patriotismo  y  la  inoculación  intensiva  del  espíritu  de  solidaridad. 

Ciencia,  cultura  superior,  austeridad  administrativa,  orgullo  ciudadano,  heroís¬ 
mo  militar,  etc.,  representan  transformaciones  de  una  misma  energía  primordial: 
-el  amor  de  la  raza.  En  los  felices  países  de  lengua  inglesa  aparece  el  patriotismo 
como  algo  espontáneo,  profundamente  místico,  como  un  fanatismo  inconstrastable 
inoculado  en  la  niñez  y  fortalecido  después  por  la  educación  política. 


Antes  de  mi  regreso  a  España  visité  algunas  ciudades  americanas,  e  hice  tam¬ 
bién,  a  título  de  turista  y  de  cultivador  del  Kodak,  la  inevitable  excursión  a  las 
maravillosas  cataratas  del  Niágara.  Narradas,  encomiadas  y  fotografiadas  hasta  la 
saciedad,  fuera  ahora  imperdonable  detenerme  a  describirlas. 

Para  amenizar  y  adornar  el  texto,  doy  aquí  dos  de  las  instantáneas  de  mi  co¬ 
piosa  colección  (figs.  90  y  91). 

Entre  las  grandes  urbes  visitadas  durante  mi  estancia  en  América,  guardo, 
sobre  todo,  vivo  recuerdo  de  Boston,  capital  del  Estado  de  Massachusets,  la  región 
más  poblada  y  exquisitamente  culta  de  los  Estados  Unidos. 

Sincera  admiración  y  noble  envidia  prodújome  la  visita  a  la  Harvard  University. 

Cautiváronme  sus  maestros,  alguno  tan  preclaro  como  el  profesor  S.  Minot,  de 
■renombre  mundial  y  de  quien,  dicho  sea  de  pasada,  tuve  el  honor  de  ser  guiado  al 
través  del  inacabable  dédalo  de  los  palacios  universitarios.  Estos  espléndidos 
edificios  ocupan  área  enorme  de  la  populosa  barriada  de  Boston,  llamada,  en 
recuerdo  de  la  célebre  Universidad  inglesa,  barrio  de  Cambridge. 

Imposible  describir  aquí  estas  admirables  Instituciones,  casi  todas  fundadas  y 
sostenidas  por  los  donativos  de  hijos  preclaros  de  la  ciudad  o  de  discípulos  agra¬ 
decidos  a  las  enseñanzas  del  Alma  maten  Me  limitaré  a  citar:  la  magnífica  Facul¬ 
tad  de  Medicina  con  sus  ricas  colecciones  anatomo-patológicas  ( Warren  Anat. 
Museum)  y  sus  excelentes  Laboratorios  de  investigación;  la  Facultad  de  Ciencias, 
con  el  bien  organizado  Jefferson  Pkysical  Laboratory;  el  Museo  de  la  Universidad, 
enorme  construcción  que  contiene  las  colecciones  donadas  por  los  célebres  natu¬ 
ralistas  Agassiz,  padre  e  hijo;  el  Peabody  Museum,  inestimable  colección  arqueo¬ 
lógica;  el  Hemenway  Gymnasium,  suntuosa  construcción  regalada  a  los  estudian¬ 
tes  por  un  acaudalado  ciudadano  de  Boston;  la  Biblioteca  de  la  Universidad  (Uni¬ 
versity  Library),  palacio  grandioso  donde  estudiantes  y  profesores  se  reúnen  para 
consultar  no  sólo  los  libros  científicos,  sino  ¡as  revistas  más  importantes  publica- 
-das  en  el  mundo;  los  numerosos  y  suntuosos  Colegios  (pasan  de  70),  donde,  a 
usanza  inglesa,  moran  los  estudiantes,  vigilados  por  profesores  e  instructores 
■especiales;  los  extensos  campos  de  instrucción  militar,  de  juegos  de  tennis,  de 
balompié,  etc.,  destinados  no  tanto  a  la  formación  física  de  los  colegiales,  cuanto 
a  la  educación  de  la  energía.  Y,  en  fin,  para  acabar  la  lista  (completa  ocuparía 
varias  páginas),  citemos  el  soberbio  Memorial  Hall,  artístico  y  monumental  pala¬ 
cio  cuajado  -de  estatuas  de  hombres  célebres,  adornado  con  retratos  de  bienhe¬ 
chores  de  la  Universidad  y  de  inscripciones  clásicas  griegas,  latinas  e  inglesas, 
edificado  en  memoria  de  los  estudiantes  muertos  en  la  terrible  guerra  de  Sece¬ 
sión:  en  sus  dilatadas  salas  celébranse  ias  Juntas  de  estudiantes,  adquieren  éstos 
por  módico  precio  sus  refrigerios  y  reciben — y  esto  es  lo  más  delicadamente  espi¬ 
ritual — con  la  contemplación  de  los  héroes  legendarios  de  la  raza  y  la  meditación 
de  sus  dichos  y  máximas,  lección  permanente  de  elevado  y  confortador  patriotismo. 


316 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


Particularmente  instructiva  fué  también  mi  visita  a  la  Biblioteca  de  la  ciudad' 
de  Boston,  acaso  la  más  copiosa  y  mejor  organizada  del  mundo.  A  pesar  del  dédalo 
inacabable  de  salas,  corredores,  ferrocarriles  aéreos  por  donde  circulan  los  librosj. 
no  obstante  la  legión  de  empleados,  linotipistas,  impresores  y  encuadernadores, 
etcétera;  a  despecho,  en  fin,  del  ímprobo  trabajo  que  supone  disponer,  clasificar 
y  catalogar  varios  millones  de  libros,  folletos  y  periódicos,  el  servicio  resulta  tan 
rápido  y  bien  ordenado,  que  pocos  minutos  después  de  haber  hecho  un  pedido,- 
llega  el  volumen  a  las  manos  del  lector.  A  ruegos  de  mi  acompañante  hice  la  prue¬ 
ba,  demandando  cierto  ejemplar  de  las  primeras  ediciones  del  Quijote,  conservado 
allí  cual  joya  inestimable.  Transcurridos  apenas  tres  minutos,  entregáronme  el 
precioso  ejemplar.  Advertí  también,  contia  mis  presunciones,  que  dicha  Biblioteca^ 
es  muy  rica  en  libros  españoles,  antiguos  y  modernos,  conservándose  hasta  colec¬ 
ciones  de  nuestros  principales  periódicos. 

Y  a  propósito  de  la  Prensa  española,  y  aunque  amargue  algo  el  recuerdo,  apun¬ 
taré  cierta  observación  del  amable  Bibliotecario ,  por  cierto  persona  cultísima.,, 
conocedora  del  español  y  del  tesoro  de  nuestros  clásicos  (había  estado  dos  años 
pensionado  en  Madrid,  escudriñando  nuestros  archivos  y  bibliotecas),  que  tuvo  la 
bondad  de  mostrarme  todas  las  dependencias  del  famoso  Establecimiento. 

Llegados  a  la  sala  de  los  periódicos  extranjeros,  detúvose  de  pronto,  y  haciendo 
una  mueca  de  disgusto,  señalóme  dos  diarios  españoles  de  gran  circulación  y 
cierto  periódico  satírico,  extendidos  sobre  una  mesa. 

-  ¡Esos  periódicos— exclamó— son  responsables  de  la  mitad  de  la  culpa  de  la 
pasada  guerra!  ¡Nos  provocaron  imprudentemente,  calificándonos  de  mercachifles, 
choriceros  y  cobardes!...  ¡Telegrafiados,  traducidos  y  comentados  tan  soeces  insul¬ 
tos  por  nuestra  Prensa,  causaron  profunda  indignación  hasta  en  los  amigos  y 
admiradores  de  España,  entre  los  cuales  tenia  yo  la  honra  de  contarme!... 

¡Qué  pena  oir  tales  censuras  y  tener  que  reconocer  su  justicia!... 

Terminadas  mis  excursiones,  tomé  la  vuelta  de  Nueva  York,  a  fin  de  disponer 
el  viaje  de  regreso.  Debiendo  aguardar  algunos  días  la  llegada  del  vapor,  procuré 
aprovecharlos,  estudiando  mejor  las  Instituciones  docentes  y  curioseando  las  no¬ 
vedades  y  atracciones  industriales  de  la  grandiosa  urbe  neoyorquina. 

Mi  primera  visita  fué  para  la  Columbia  University,  enorme  agrupación  de  mag¬ 
níficas  y  amplias  construcciones  donde,  aparte  los  edificios  destinados  a  la  ense¬ 
ñanza,  figuran;  copiosa  biblioteca,  situada  en  el  centro,  según  aparece  en  el  dibujo 
adjunto;  la  capilla,  el  gimnasio,  el  teatro  académico,  salones  de  lectura,  colegios 
Museo  de  Historia  natural,  campos  de  juegos,  etc.  En  otras  barriadas  de  la  ciudad 
álzanse  la  Facultad  de  Medicina  y  la  de  Farmacia,  con  admirables  Laboratorios, 
bibliotecas,  colegios,  y,  en  fin,  la  Universidad  de  Nueva  York  o  University  Heights,. 
como  allí  la  llaman,  ilustrada  por  el  célebre  profesor  Morse,  inventor  del  telégrafo 
de  su  nombre.  Fuera  interminable  describir  estas  admirables  fundaciones,  debidas, 
como  la  mayoría  de  las  Instituciones  docentes  americanas,  a  la  munificencia 
particular. 

Objetos  de  mi  atención  fueron  también  los  pintorescos  alrededores  de  Nueva 
York,  y  muy  singularmente  la  famosa  Escuela  militar  de  West  Point,  edificada  en 
una  altura,  con  espléndido  panorama  sobre  el  Hudson.  En  esta  Academia  modelo, 
aislada  y  alejada  de  las  distraceiones  y  vicios  de  la  ciudad,  llevan  los  cadetes 
austera  vida  conventual,  de  estudio  intensivo  y  de  recia  vigorización  muscular;, 
austeridad  mitigada  por  la  visita  de  sus  familias  y  las  de  muchas  personas  de  la 
bueña  sociedad  neoyorquina,  que,  en  determinados  días  del  mes,  toman  parte  en 


nF, CUERDOS  DE  MI  VIDA 


317 


fiestas  íntimas  de  la  Escuela,  conversan  amablemente  con  los  jóvenes  oficia¬ 
les  y  les  dan  la  impresión  halagadora  de  que  son  los  hijos  predilectos  de  la  patria 
y  la  esperanza  de  su  futuro  engrandecimiento. 

Quise  conocer  también  las  nuevas  invenciones  industriales  del  pueblo  más 
genialmente  dotado  para  el  cultivo  de  la  mecánica,  y  comprobar  de  paso  los  nue¬ 
vos  perfeccionamientos  át\  fonógrafo  y  grafófono,  con  las  mejoras  introducidas 
en  el  genial  invento  de  Edisson  por  el  italiano  Bettini.  Según  se  verá,  mi  curiosi¬ 
dad  en  este  punto  envolvía  algún  interés  personal.  Aunque  ello'  parezca  extraño, 
quien  esto  escribe  incubaba  también,  por  entonces,  cierto  perfeccionamiento  de 
la  máquina  parlante.  Según  achaque  de  todos  los  inventores,  seres  radicalmente 
•egoístas,  deseaba  yo  que  el  instrumento  se  mantuviera  invariado  e  inmóvil  sobre 
los  principios  propuestos  por  el  célebre  mago  de  Mungo-Park. 

Mas  para  justificarme,  necesito  retroceder  en  mi  relato  y  hacer  una  digresión 
que  sabrá  dispensarme  el  l'ector  en  gracia  déla  moraleja  que  encierra.  Allá  por  los 
años  1895  y  1896,  el  fonógrafo  de  Edisson  y  sus  variantes  (el  grafófono  de  cierta 
casa  de  Washington  y  los  famosos  diafragmas  amplificadores  de  Bettini),  hacían 
furor  en  Madrid.  Gracias  a  la  propaganda  activa  del  francés  M.  Hugens,  y  sobre 
todo  a  las  facilidades  de  venta  de  la  casa  Aramburo,  que  era  como  el  casino  de 
los  cultivadores  del  cilindro,  la  afición,  a  la  fonografía  cundió  cual  epidem.ia,  ata¬ 
cando  aun  a  los  que,  como  yo,  fueron  siempre  refractarios  a  los  encantos  de  la 
música.  El  invento  dé  Edisson  nos  proporcionó,  sin  duda,  deliciosas  veladas  in¬ 
vernales;  pero  nos  llevó  también  a  cometer  muchos  abusos.  Sin  la  menor  apren¬ 
sión  acometíamos  a  los  artistas  eminentes^  cuya  bondad  poníamos  a  prueba  obli- 
-gándoles  a  impresionar  romanzas,  canciones  y  parlamentos  cómicos.  Recuerdo 
que  en  compañía  del  simpático  Pepe  Zahonero— un  águila  en  el  arte  de  seducir 
cómicos,  poetas  y  parlamentarios — ,  llevamos  nuestra  impertinencia  hasta  abordar 
al  famoso  Romero  Robledo,  quien  lleno  de  bondad  honró  nuestra  bocina  decla¬ 
mando  trozos  de  sus  discursos,  entre  otros,  uno  pronunciado  en  defensa  de  la 
Duquesa  de  Castro-Enríquez,  considerado  por  él  como  el  mejor  de  sus  éxitos  par¬ 
lamentarios  (1). 

Pero  las  máquinas  parlantes  de  entonces  adolecían  de  un  grave  defecto.  Los 
aficionados  al  fonógrafo  recordarán  que,  cuando  se  imprésionaba  débilmente  la 
cera  del  cilindro  receptor,  la  voz  se  reproducía  con  timbre  y  modulación  casi  natu¬ 
rales,  pero  con  gran  tenuidad  de  volumen,  justificándose  la  frase  de  Letamendi, 
que  llamaba  al  fonógrafo  el  conejo  parlante.  Si,  . por  el  contrario,  deseando  intensi¬ 
ficar  la  impresión,  se  cantaba  o  hablaba  cerca  de  la  bocina,  la  voz  resultaba  chi¬ 
rriante,  estridente  e  insoportable  para  todo  oído  delicado. 

Previo  análisis  minucioso  de  las  condiciones  físicas  de  tan  desagradable  de¬ 
fecto  (2),  ocurrióserae  la  idea  de  que  si.  el  zafiro  grabador,  en  vez  de  inscribir  la 
ondulación  sonora  en  el  se  ntido  de  la  profundidad,  pudiera  desarrollarla  en  plano 

(1)  Por  cierto  que  habiendo  cierto  médico  iorenre  oído  en  mi  casa  este  elocuente  alegato,  exclamó: ; 

— ¡Así  se  escribe  la  historia!...  •  ‘ 

—  ¿Cómo?.... ¿Soy>echa  usted  acaso  que  la  Duquesa  maltrató  realmente  a  la  infeliz  niña? 

— De  ello  tengo  absoluta  certidumbre.  Hice  el  examen  de  la  victima,  cuya  piel  estaba  salpicada  de 
-cardenales  y  contusiones  En  un  rapto  de  cólera  la  tal  Duquesa  la  golpeó  y  pateó  horriblemente. 

¡Vaya  con  los  políticos  desaprensivos!...  jPor  a'gc  decía  Homero  que  el  tal  discurso,  por  cuya  virtud 
quedó  la  Duquesa  absuelta  y  limpia  de  toda  sospecha  de  sevicia,  fué  el  más  resonante  de  sus  triuníos! 

(2)  La  causa  del  estridor  es,  según  es  sabido,  puramente  mecánica.  Conforme  revela  la  más  somera 
exploración  microscópica  de  los  surcos,  depende  de  que  el  estilete  grabador,  en  vez  de  labrar  en  la  Ccra 
a:anal  continuo,  ondulado  en  el  sentido  de  la  profundidad,  esculpe  fosetas  aisladas  y  profundas,  separa-  , 


318 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


trazando  sobre  placa  de  cristal  o  metal  raya  continua  o  sinuosa,  seria  dable  inten¬ 
sificar  poderosamente  el  sonido,  mejorar  la  pureza  del  timbre  y,  en  fin,  descartar 
o  aminorar  al  menos  el  desapacible  estridor. 

Entusiasmado  con  la  idea,  encargué  a  un  maquinista  inhábil  (a  falta  de  mecᬠ
nico  de  precisión)  la  construcción  de  mi  fonógrafo  de  disco,  mientras  ensayaba, 
métodos  prácticos  dé  moldear  en  gelatina,  cera  o  celuloide.  Por  desgracia,  el  apa¬ 
rato,  si  confirmó  plenamente  el  nuevo  principio  de  inscripción  y  las  ventajas  pre¬ 
supuestas,  funcionaba  deplorablemente.  Y  soHcitado  por  más  apremiantes  ocupa¬ 
ciones,  olvidé  el  desdichado  artefacto,  que  arrumbé  en  el  d  esván  en  espera  de  uti 
mecánico  capaz  de  comprenderme  (1). 

Pues  bien;  el  aparato  imaginado  por  mi,  y  en  parte  construido  durante  los 
años  1895  y  1896,  me  lo  encontré  flamante  y  recién  lanzado  al  público  con  el  nom¬ 
bre  de  gramófono  en  cierto  comercio  de  Nueva  Yoik.  Divulgado  después  por  e^ 
mundo  entero  y  explotado  por  la  Sociedad  Americana  del  Gramophone  y  sus  hijue¬ 
las  de  Europa,  dicho  aparato  sirvió  de  base  a  un  negocio  espléndido,  cifrado  ea 
muchisimos  millones. 

No  por  vanidad  pueril  refiero  estas  cosas,  sino  para  que  mis  lectores  biólogos» 
médicos  o  naturalistas,  aprendan  a  mi  costa  a  no  malgastar  el  tiempo  persiguiendo- 
invenciones  fuera  del  círculo  de  los  propios  dominios.  Al  abandonar  el  tajo  ha¬ 
bitual  chocamos  siempre  con  el  escollo  de  ignorar  o  de  conocer  somera  o  incom¬ 
pletamente  los  antecedentes  bibliográficos  e  industriales  (patentes  de  invencióa 
registradas,  etc.)  del  asunto,  así  como  la  labor  intensa  y  sigilosa  desarrollada  por 
hábiles  ingenieros  a  sueldo  de  los  grandes  establecimientos  industriales  de  Europa, 
y  de  América. 

En  condiciones  tales — agravadas  todavía  en  nuestro  país  por  la  casi  imposibi¬ 
lidad  de  hallar  talleres  donde  se  construyan  instrumentos  delicados  y  de  gran  pre¬ 
cisión — ,  el  invento  acariciado,  caso  de  realizarse  plenamente,  suele  llegar  al 
mercado  con  deplorable  retraso,  y  siempre  con  mengua  de  nuestras  energías  e 
intereses. 

das  mediante  espacios  limpios  de  toda  impresión.  De  dcnde  se  infiere  que  el  diafragma,  durante  su  enér¬ 
gico  vaivén,  graba  exclusivamente  la  mitad,  y  a  veces  menos,  de  la  ondulación  sonora,  sin  las  curvas  se¬ 
cundarias  de  las  notas  armónicas  indispensables  a  la  buena  traducción  del  timbre.  Y  tal  defecto  resulta- 
irremediable  a  causa  de  la  dureza  del  material  de  inscripción.  El  empleo  de  amplio  cilindro  atenúa  algo, 
pero  no  corrige,  el  referido  defecto. 

(1)  Sólo  en  disposiciones  cinemáticas  accesorias  y  en  el  material  usado  para  el  moldeamiento  de  Ios- 
discos  (ebonita)  difería  mi  aparato  del  lanzado  por  la  Gramophone  Company.  Yo  comenzaba  por  grabar 
sobre  metal  o  cristal  recubiprtos  por  capa  de  cera,  y  procedía  después-a  obtener  un  galvano  del  que  to¬ 
maba  copias  en  gelatina  o  celoidina.  El  movimiento  del  diafragma  reproductor,  inclinado  naturalmente 
en  ángulo  recto  sobre  el  disco  impresionado,  era  movido,  no  por  el  disco  mismo  según  ocurre  en  el  gra¬ 
mófono  de  aguja,  sino  mediante  mecanismo  de  relojería;  disposición  sin  duda  menos  elegante  y  sen¬ 
cilla,  pero  que  tiene  la  ventaja  de  conservar  mejor  los  finos  trazos  de  la  inscripción. 

Posteriormente,  imaginé  otro  invento  fonográfico  más  complicado  y  de  difícil  ejecución,  ol  fotofonó- 
grafo  amplificador,  cuya  descripción  podrá  ver  el  lector  curioso  en  La  Naturaleza,  año  1903.  El  registro 
de  la  ondulación  del  sonido  hacíase  sobre  placa  fotográfica  merced  a  doble  espejo  fijo  en  membrana  vi' 
brante.  Y  de  esta  especie  de  prueba  negativa  se  sacaba  una  positiva  sobre  cristal  gelatinado  y  sensibili" 
zado,  siguiendo  el  proceder  clásico  de  Poitevin  para  la  obtención  de  pruebas  al  carbón  dotadas  de  relie¬ 
ve.  La  sensibilidad  del  diafragma  era  tal  (el  rayo  de  luz  hacía  veces  de  palanca),  que  podían  registrarse 
a  distancia  normal  discursos  y  obras  musicales. 

Disponíame  ya  a  ejecutar  este  nuevo  aparato,  cuando  llegó  a  mi  noticia  que  el  mismo  Edisson  habla 
obtenido  patente,  poco  tiempo  antes,  para  un  invento,  si  no  igual,  fundado  también  en  el  mismo  prin¬ 
cipio.  Mi  mala  estrella,  o  por  mejor  decir,  mi  crasa  ignorancia  de  las  patentes  fonográficas  registradas 
durante  los  últimas  años,  me  arrebataron,  sin  remedió, 'el  mérito  de  la  prioridad. 


REClirRDOS  DE  MI  VlDí- 


319* 


Por  otra  parte,  conviene  desconfiar  mucho  de  las  invenciones  dé  sentido  co-^ 
mún.  ¡La  lógica  es  don  tan  corriente,  tan  generosamente  repartido!  Y  aunque  sea^ 
humillante  para  el  orgullo  del  investigador,  fuerza  es  confesar  que  sólo  los  hallaz¬ 
gos  casuales  son  completa  y  absolutamente  nuestros^  ¡Precisamente  aquellos  en 
que  menos  paite  hemos  tomado!... 

¡Oh,  el  azar  venturoso,  la  musa  de  los  perseverantes  y  pacientes!...  ¡Cuánto® 
que  pasan  por  genios  te  deben  sus  mejores  conquista®  y  eli  halago  embriagador 
<ie  la  notoriedad!... 


CAPITULO  XVIII 


,JiQUEJADO  DE  UNA  CRISIS  CARDÍACA,  RESUELVO  VIVIR  EN  EL  CAMPO,  DONDE  ORGA¬ 
NIZO  MI  LABORATORIO.— EN  MI  CASITA  DE  AMANIEL  SORPRÉNDEME  LA  NOTICIA 
DELA  CONCESIÓN  DtL  «PREMIO  INTERNACIONAL»  LLAMADO  «DE  MOSCOU». — 
;  FELICITACIONES  CALUROSAS  DE  LOS  AMIGOS  Y  COMPAÑEROS,  HOMENAJES  ENTU¬ 
SIASTAS  DE  LOS  DISCÍPULOS  Y  FIESTA  CONMEMORATIVA  EN  LA  UNIVERSIDAD.— 
m  DISCURSO  A  LA  JUVENTUD  EN  LA  SOLEMNIDAD  ACADÉMICA.— POR  INICIATIVAS 
DE  LA  PRENSA,  EL  GOBIERNO  ACUERDA  CREAR  UN  LABORATORIO  DE  INVESTIGA¬ 
CIONES  biológicas.— algunos  trabajos  EMPRENDIDOS  DURANTE  EL  BIENIO 
DE  1900  Y  1901 


El  año  de  1900  ocurrió  un  suceso  que  tuvo  capital  influencia  en  mi  porvenir 
científico.  El  Congreso  internacional  de  Medicina,  reunido  en  París,  tuvo  la 
bondad  de  adjudicarme  el  importante  y  codiciado  premio  internacional  {6. QDii 
írancos).  Instituido  por  la  ciudad  de  Moscou  para  conmemorar  el  Congreso  médi¬ 
co  celebrado  pocos  años  antes  en  tal  ciudad,  dicho  galardón  debía  otorgarse  al 
trabajo  médico  o  biológico  más  importante  publicado  en  el  mundo  entero,  durante 
cada  trienio  o  intervalo  entre  dos  Asambleas  médicas.  Y  a  propuesta  del  doctor 
Albrecht,  de  Viena,  y  con  el  voto  unánime  de  los  miembros  del  Comité  directivo, 
.reconvino  en  galardonar  con  él  mis  modestas  investigaciones.  En  la  misma  se¬ 
sión  acordóse  también  celebrar  en  Madrid  el  siguiente  Congreso  de  1903. 

Según  refirieron  testigos  presenciales,  el  entusiasmo  de  los  delegados  y  congre 
sistas  de  los  países  latinos  fué  grande  y  sincero.  Los  plácemes  a  nuestros  repre¬ 
sentantes  Oiiciales  y  los  vivas  a  España  atronaban  la  sala.  En  nombre  de  nuestro 
país  y  de  la  ciencia  española,  el  Dr.  Calleja,  balbuciente  de  emoción,  pronunció 
elocuente  y  sentidísimo  discurso  de  gracias.  Fué  casi-permítaseme  lo  excesivo 
.del  comentario-una  fiesta  cordial  de  la  raza  hispana;  porque  del  inesperado 
triunfo  se  congratularon,  con  noble  y  profunda  emoción,  todos  los  congresistas  de 
España  y  de  las  Repúblicas  híspano-americanas. 

Cuando,  allá  por  el  mes  de  agosto  de  dicho  año,  sucedía  esto  en  París,  hallába¬ 
me  yo  veraneando  en  mi  recién  construida  casita  de  los  Cuatro  Caminos,  prosi¬ 
guiendo  tranquilamente  mis  atrayentes  exploraciones  sobre  la  estructura  cerebral. 

Aunque  el  hecho  carezca  de  importancia,  permítaseme  explicar  por  qué  escogí 
para  la  edificación  de  mi  casa  de  campo  un  barrio  pobre,  habitado  casi  exclusiva¬ 
mente  por  obreros. 

Durante  el  otoño  e  invierno  de  1899,  mi  salud  dejaba  harto  que  desear.  Inva- 
.diome  la  neurastenia,  acompañada  de  palpitaciones,  arritmias  cardíacas,  insom¬ 
nios,  etc.,  con  el  consiguiente  abatimiento  de  ánimo.  Semejantes  crisis  cardíacas 


Lámina  XX. 


Fig.  1.  — Corte  transversal  de  una  lámina  cerebelosa.  Figura  semiesquemática.— A  y  B,  cé¬ 
lulas  estrelladas  de  la  capa  molecular  (células  de  cesta),  cuyo  axon  (a)  genera  nidos  terminales  en 
torno  de  las  células  de  Purklnje  (C);  b,  axon  de  estos  últimos  corpúsculos, 


las  c^I 


mgitudinal  de  una  circunvolución  cerebelosa.  —  A 
ije;  C,  capa  de  los  granos;  D,  substancia  blanca;  a,  i 
células  de  Purkinje;  c,  fibrillas  paralelas;  d,  grai 
ton.  (Figura  semiesquemática.) 


,  capa  molecular;  B,  ( 
rosáceas  de  las  fibras 


capa  de 
mufgo- 
mdente 


Lámina  XXL 


Ws  Jmiios-  C  cérulas®de  Purkinje;  a,  arborización  trepadora;  6,  ‘axon  de  Purkinje;  c,  cilindro-eje 
Ifegid  "de  la  substancia  blanca  y  ramificado  sobre  las  dendritas  de  las  células  de  Purkinje. 


Fig.  4.  —  Corte  transversal  semi-esquemático  de  una  circunvolución  cerebelosa  de  mamífero. 
A.  zona  molecular;  B,  zona  de  los  granos;  C,  zona  de  la  substancia  blanca;  a,  célula  de  Purkinje 
vista  de  plano;  ó,  células  estrelladas  pequeñas  de  la  zona  molecular;  d,  arborizaclones  finales  des¬ 
cendentes  que  rodean  tas  células  de  Purkinje;  p,  células  estrelladas  superficiales;  g,  granos  con  sus 
cilindros-ejes  ascendentes  bifurcados  en  i;  h,  fibras  musgosas;  J,  célula  neuróglica  de  penacho; 
n,  fibras  trepadoras;  m,  célula  neuróglica  de  la  zona  de  los  granos;  f,  células  estrelladas  grandes 
de  la  zona  de  los  granos. 


Lámina  XXII. 


Fig.  5.  —  Esquema  de  la  estructura  de  la  substancia  gris  de  la  médula  espinal,  según  los  auto¬ 
res  de  la  época  pregolgiana.  -  A,  raíces  anteriores;  B,  raíz  posterior;  C,  red  intersticial  déla  substancia 
gris;  D,  surco  anterior  de  la  médula;  E,  cordón  de  Goll;  F,  cordón  de  Burdach;  H,  célula  motriz; 
I,  Via  piramidal  cruzada;  Q,  columna  de  Clarke;  J,  ganglio  sensitivo. 


7.  — Esquema  donde  se  muestran  las  conexiones  entre  las  diversas  neuronas  de  la  retina  de 
las  aves  y  la  marcha  del  impulso  nervioso.  —  A,  células  bipolares. 


Lámina  XXIII. 


Fig.  9.  —  Esquemas  destinados  a  comparar  la  concepción  de  Qolgi  acerca  de  las  comunicaciones 
sensitivo- motrices  de  la  médula  espinal  (I)  con  el  resultado  de  mis  investigaciones  (II).  —  A,  raíces 
anteriores:  B.  raíces  posteriores:  a.  colateral  de  las  radiculares  motrices:  b,  células  de  axon  corto  que 
intervendrían,  según  Qolgi,  en  la  formación  de  la  red:  c.  red  difusa  intersticial:  d,  nuestras  colatera¬ 
les  largas  en  contacto  con  las  células  motrices:  e,  colaterales  cortas. 


Lámina  XXIV. 


Fig.  10.  -  Esquema  de  la  disposición  de  las  células  nerviosas  de  la  médula  espinal  y  fibras  cola¬ 
terales"  dé  la  substancia  blanca;  a,  colateral  cruzada  de  la  comisura  posterior;  b,  colateral  del  asta 
posterior;  c,  colateral  larga  del  cordón  posterior;/,  fibra  radicular  motriz;  r,  radicular  sensitiva; «,  co¬ 
lumna  de  Clarke;  f,  colaterales  de  la  comisura  anterior;  m,  célula  comisural;  n,  célula  cardonal;  k,  cé¬ 
lula  motriz.  (Esta  figura  es  copia  de  una  de  las  tablas  murales  que  sirvió  para  mis  conferencias 
de  1894.) 


B  B 


Fig.  11.  —  Aspecto  generas  de  las  colaterales  en  un  corte  transversal  de  la  médula  espinal. _ 

A,  surco  anterior;  B,  plexo  (íe  colaterales  del  asta  anterior,  C,  comisura  anterior  de  colaterales; 
G,  colaterales  para  el  asta  poaerior;  H,  colaterales  largas  o  sensitivo-motrices;  J,  plexo  de  colatera¬ 
les  de  la  columna  de  Clarke;,  E,  colaterales  cruzadas  de  la  comisura  posterior.  (Todas  estas  fibras 
eran  consideradas  como  axones  terminales  antes  de  aparecer  nuestros  trabajos,  y  además  se  igno¬ 
raba  la  existencia  de  la  arboiización  final  de  las  mismas.) 


Lámina  XXV. 


Fig.  12.  —  Corte  longitudinal  de  los  cordones  posterior  y  lateral  de  la  médula  espinal,  a  fin  de 
mostrar  el  comportamiento  de  las  ralees  posteriores  y  el  origen  de  las  colaterales.  —  A,  radiculares 
sensitivas.  (Adviértase  la  bifurcación  d,e  las  ralees  posteriores  o  sensitivas,  desconocida  délos  sabios  ) 


Fig.  13.  —  Diminutas  células  nerviosas  de  la  substancia  de  Rolando  (A,  B,  F,  etc.).  —  J,  región 
del  cordón  lateral  adonde  van  los  finísimos  axones.  (Estos  corpúsculos  pequeñísimos,  antes  de  nues¬ 
tras  investigaciones,  considerábanse  como  neuróglicos.) 


Lámina  XXVI. 


Fig.  14.  —  Evolución  de  las  células  neuróglicas  de  la  médula  espinal  del  embrión  ;de  pollo.  — 
A ,  epéndimo;  ay  b,  células  epiteliales  de  los  surcos  anterior  y  posterior;  g,  célula  neuróglica  produ¬ 
cida  por  emigración  y  transformación  de  una  célula  epitelial. 


Fig.  15.  —  Corte  donde  aparecen  un  trozo  de  médula  (A),  un  ganglio  raquídeq  (P)  y  otro  simpᬠ
tico  del  embrión  de  pollo.  —  B,  raiz  anterior  de  la  médula  espinal;  h,  i,j,  gradaciones  entre  la  forma 
bipolar  y  monopolar;  C,  raiz  posterior;  E,  nervio  raquideo;  F,  adviértase  cóma  los  elementos  simpᬠ
ticos  poseen  dendritas  y  axon  (a),  éste  incorporado  al  nervio  raquideo. 


Lámina  XXVII. 


Fig.  17.  —  Esquema  donde  apare¬ 
ce  el  enlace  entre  las  arborizaciones 
de  las  fibras  ópticas  y  cierto  elemen¬ 
to  de  axon  arciforme.  (Lóbulo  ópti¬ 
co  del  pájaro  de  pocos  dias.)  Las  fle¬ 
chas  señalan  la  marcha  del  impulso 
nervioso. 


Fig.  18.  —  Morfología  de  las  células  nervio¬ 
sas  bipolares  de  la  mucosa  olfativa  del  ratón 
de  pocos  dias.  —  a,  axon;  d,  nerviecitos  que 
cruzan  el  dermis  de  la  mucosa  y  van  al  bul¬ 
bo  olfatorio. 


Lámina  XXVIII. 


Fig.  19.  —  Hipótesis  de  Hensen 
acerca  del  desarrollo  de  las  fibras 
nerviosas  y  aparatos  sensitivos  pe¬ 
riféricos. — A,  neuroblasto  en  vias  de 
estiramiento;  B,  cadena  de  núcleos 
unidos  por  puentes  protoplásmicos; 
a,  célula  central;  b,  célula  periférica. 


Fig.  20.  —  Hipótesis  catenaria  defendi¬ 
da  por  Beard.  Dohrn,  etc.  —  C,  serie  de 
neuroblastos  independientes;  D,  los  neu- 
roblastos  elaborarían  trozos  de  axon 
nervioso  que  acaban  por  juntarse  entre 
sí  y  con  la  célula  central  (a);  b,  ele¬ 
mentos  constructores  de  la  ramificación 
periférica. 


A  Jí":  "*•  ~  P'íf.'tiva  de  la  fibra  nerviosa,  según  las  observaciones  de  His  y  nuestras  - 

A,  célula  germm^;  b.  fase  bipolar  con  iniciación  de  la  maza  de  crecimiento;  C.  fase  de  neuroblasto 
propiamente  dicho;  D,  apanoon  de  las  dendritas:  E.  modelamiento  de  éstas  y  formación  délas  ra- 
y  terminales.  (Nótese  la  maza  o  cono  de  crecimiento  (¿T descubierto  por 


Lámina  XXIX. 


Desarrollo  de  las  arborizaciones  trepadoras  a  lo  largo  del  tallo  y  ramaje  del  corpirsculo 
de  Purkinje, 


Fases  de  la  sucesiva  complicación  del  ramaje  de  la  célula  de  Purkinje.  —  a,  dendritas  pro 
visionales:  c,  colaterales  nerviosas  exuberantes. 


Lámina  XXX. 


Fig.  24.  —  Emigración  y  transformación  sucesiva  de  los  granos  del  cerebelo.  —  1,  célula  germi¬ 
nal;  2  y  3,  aparición  de  expansiones  polares;  4,  formación  de  la  bipolar  horizontal;  5  y  6,  aparición  de 
una  expansión  descendente;  7  y  8,  fase  de  la  bipolaridad  vertical;  9  y  10,  creación  de  dendritas  pro¬ 
visionales  o  de  tanteo;  11  y  12,  modelamiento  de  las  expansiones  definitivas. 


Fig.  25.  —  A,  redes  intersticiales  situadas  en 
el  sarcoplasma  de  las  fibras  musculares  de  las 
alas  de  los  insectos;  B,  dobles  redes  horizontales 
en  los  músculos  de  las  patas;  d,  linea  de  Krause; 
a,  tráqueas;  c,  hilos  de  la  red.  (Investigaciones 
posteriores  de  Veratti  y  Fusari  han  probado  que 
estas  redes  constituí  en  el  retículo  de  Golgi,  de 
la  fibra  muscular,  hallado  varios  años  después 
por  Golgi  en  la  célula  ner-.’iosa.) 


Fig.  26.  —  Figura'semiesquemática  destinada  a 
mostrar  las  articulaciones  interneuronales  en  el  bul¬ 
bo  olfatorio  de  los  mamiferos.  —  A,  mucosa  olfati¬ 
va;  B,  lámina  cribosa  del  etmoides;  D,  fibra  olfativa; 
C,  célula  mitral;  a,  glomérulo  o  territorio  de  encuen¬ 
tro  de  las  arborizaciones  de  las  fibras  olfativas  y  del 
penacho  dendritíco  de  las  células  mitrales;  /,  célula 
bipolar  olfativa;  d,  axon  dirigido  a  la  región  esfe- 
noidal  del  cerebro. 


Lámina  XXXI, 


Fig.  27. —Esquema  destinado  a  mostrar 
la  dirección  dei  impulso  nervioso  en  la  reti¬ 
na  de  los  vertebrados.  —  A,  retina;  B,  cuerpo 
geniculado  externo:  a,  célula  bipolar  para 
bastones;  b,  célula  bipolar  para  conos; 
e,  d,  células  gangliónicas;  e,  cono;  f,  bas¬ 
toneaos. 


Fig.  28.  —  Esquema  destinado  a  mostrar  la 
dirección  de  la  onda  nerviosa  en  la  mucosa 
y  centros  olfativos.  —  A,  mucosa  olfativa; 
B,  bulbo  olfatorio  del  cerebro;  C,  lóbulo  es- 
fenoidal  del  cerebro,  donde  acaban  las  vias 
nacidas  del  bulbo. 


Fig.  29.  —  Esquema  destinado  a 
mostrar  la  marcha  de  las  corrientes 
en  el  cerebelo,  en  el  supuesto  de  que 
la  ley  de  polarización  dinámica  ten¬ 
ga  carácter  general.  —  a,  grano;  b,  fi¬ 
bra  musgosa;  c,  corpúsculo  de  Pur- 
kinje;  d,  fibra  paralela. 


B 

6 

Fig  30.  — Esquema  destinado  a  mostrar  los  cambios  de 
Situación  y  morfología  sufridos  por  las  células  sensitivas 
en  la  serie  animal.  —  A,  células  sensitivas  de  la  lombriz  de 
tierra  (el  cuerpo  celular,  como  demostró  Lenhossék.  reside 
en  el  epidermis);  B,  células  sensitivas  de  los  moluscos  (según 
Retzius);  C,  células  sensitivas  de  los  peces  inferiores;  D,  cé¬ 
lulas  sensitivas  de  los  mamíferos,  aves,  reptiles  y  batracios. 


Lámina  XXXII. 


Fig.  32.  —  Esquema  de  la  marcha  de 
las  corrientes  en  las  vías  sensitivo-mo- 
trices.  Admitiendo  la  fórmula  de  la  po¬ 
larización  axípeta,  evitamos  la  suposi¬ 
ción,  contrmia  a  la  teoría,  de  que  el  pe¬ 
dículo  de  la  célula  sensitiva  posea  con¬ 
ducción  celulipeta  y  celuUfuga  a  la  vez. 
A,  piel;  B,  ganglio  raquídeo;  C,  médula 
espinal. 


Fig.  33.  —  Esquema  destinado  a  mos¬ 
trar  la  marcha  de  las  corrientes  en  las 
células  de  cayado  del  lóbulo  óptico  de 
peces,  batracios  y  reptiles,  donde  el  axon 
surge  de  una  dendrita  a  gran  distancia 
del  cuerpo  celular.  Esto  se  explica  bien 
por  la  teoría  de  la  polarización  axípeta. 


Lámina  XXXIII. 


Fig.  34.  —  Esquema  destinado  a  mostrar  los  cauces  separados  al  través  de  la  retina  del  impulso 
recogido  por  los  conos  y  bastoncitos  de  los  mamíferos.  -  a,  bastoncitos;  b,  conos;  é,  células  bipola¬ 
res  para  bastón;  f,  células  bipolares  para  conos;  r,  h,  g,  z,  células  gangliónicas.  ^ 


Lámina  XXXIV. 


Fig.  36.  —  Doble  esquema  donde  mostramos  la  evolución  filogénica  y  ontogénica  de  la  célula 
psíquica  o  pirámide  cerebral.  —  A,  célula  piramidal  de  un  batracio;  B,  de  un  reptil;  C,  del  conejo; 
D,  del  hombre;  a,  b,  c,  d,  fases  evolutivas  de  la  célula  psíquica  en  el  embrión  de  los  mamíferos. 


Fig.  37.  —  Esquema  de  una  sección  de  la  corteza  cerebral  de  un  mamífero  de  pequeña  talla  (co¬ 
nejo,  ratón,  etc.).  En  esta  figura  se  han  reunido  algunos  de  mis  hallazgos  de  1890  y  1891.  —  a,  células 
estrelladas  pequeñas  de  la  capa  plexiforme  o  superficial;  b,  corpúsculos  fusiformes  horizontales; 
c,  elemento  de  axon  ascendente  arborizado  en  la  zona  de  las  medianas  pirámides;  d,  neurona  situa¬ 
da  en  la  capa  de  corpúsculos  polimorfos,  cuyo  axon  se  arboriza  en  la  capa  molecular;  h,  colaterales 
de  la  substancia  blanca;  f,  ramificación  terminal  de  las  fibras  sensitivas;  g,  colaterales  de  los  axones 
de  las  pirámides  destinadas  al  cuerpo  estriado;  A,  zona  plexiforme;  B,  de  las  pequeñas  pirámidef ; 
C,  de  las  medianas  pirámides;  D,  de  las  pirámides  gigantes;  E,  de  los  corpúsculos  polimorfos;  F,  subs¬ 
tancia  blanca;  Q,  cuerpo  estriado. 


Lámina  XXXV. 


-  Varias  células  del  gran  simpático  del  perro.  El  axon  único  ma 
de  ramiHcaciones;  A,  B,  D,  F,  G,  diversos  tipos  morfológicos  de : 


„  .  .39.  —  Corte  de  la  retina  de  la  perca.  Figura  semiesaue- 

ííSttScionM^'^^A  R  P^ncipales  resultados  de  mis  in¬ 

vestigaciones.  —  A,  B,  C,  cauces  específicos  de  la  impresión  reco¬ 
gida  por  los  bastoncitos;  D,  E,  F,  cáuces  de  la  excitación°eco\ec- 
ts  H.  morfología  de  las  células  hoSta: 

les,  a,  i,  elementos  especiales  de  la  retina  de  los  peces. 


Fig.  39  bis.  —  Para  comparar 
reproducimos  aquí  la  doble  vía 
visual  de  la  retina  de  los  mami- 
feros;  a,  bastoncitos;  d,  e.  r,  ca¬ 
mino  recorrido  por  la  excita¬ 
ción  visual. 


Lámina  XXXVI. 


Fig.  40.  —  Esquema  de  los  cauces  de  conducción  de  la  impresión  cromática  en  la  retina  de  los 
pájaros.  A  la  derecha  aparecen  las  vías  de  la  loseta  central,  y  a  la  izquierda,  las  homónimas  del 
resto  de  la  retina.  A,  conos;  B,  célula  bipolar  para  cono;'C,  corpúsculo  ganglionar;  a,  células  ama- 
crinas;  b,  articulación  entre  el  cono  y  bipolar  en  la  foseta;  c,  articulación  entre  el  cono  y  las  bipola¬ 
res  en  los  territorios  periféricos  de  la  retina;  d,  f,  articulación  entre  una  célula  gangliónica  y  varias 
bipolares. 


Fig.  41.  —  Esquema  de  la  arquitectura  del  asta  de  Ammon  y  fascia  denfafa,  tal  como  aparece 
en  los  cortes  transversales;  en  esta  figura  se  han  reproducido  los  principales  tipos  neuronales  descri¬ 
tos  por  Qolgi  y  Sala.  —  A,  asta  de  Ammon;  B,  cuerpo  abollonado  o  fascia  denfafa;  D,  subiculo- 
C,  fimbria;  a,  pirámide  superior;  b,  pirámide  de  la  región  inferior.  ’ 


Lámina  XXXVII. 


Fig.  42.  —  Esquema  encaminado  a  presentar  la  conexión  establecida  entre  el  axon  de  los  éranos 
de  la  fascia  dentata  y  las  gruesas  pirámides  del  asta  de  Ammon  (región  inferior  de  ésta)  -  A  cana 
inolecular  de  la  fascia  dentata;  B,  axon  de  los  granos;  C,  pirámides  grandes;  D,  fimbria;  c  b  fibras 
aferentes  llegadas  de  los  centros  olfativos  secundarlos;  a,  axon.  Las  flechas  señalan  la  dirección  de 


)S  principales  hallazgos  en  la 
uyo  axon  (a)  se  termina,  me- 
molecular;  F,  capa  de  los  gra- 


fascia 

diante 


Fig.  44.  —  Mis  principales  hallazgos  en  el  asta  de  Ammon  (región  superior), 
mostrados  esquemáticamente.  —  A,  B,  neuronas  cuyo  axon  ascendente  se  des¬ 
compone  en  ramas  arciformes,  formadoras  de  nidos  para  los  somas  más  profun¬ 
dos  de  la  capa  de  las  pirámides;  D,  C,  neuronas  de  axon  tangencial  construc¬ 
tores  de  nidos  destinados  a  ios  cuerpos  de  las  neuronas  piramidales  más  superfi¬ 
ciales:  E,  célula  de  axon  ascendente  (a);  F,  K,  G,  células  de  axon  corto  distribuido 
por  ei  stmtum  radiatiim;  J,  H,  pirámides  disiocadas  cortas.  La  figura  actuai 
corresponde  al  cuadrado  grande  del  esquema  41. 


Fig.  45. —  Tipo  especial  de  neurona  multipolar  exenta  de  cilindro-eje,  que 
habita  en  torno  de  los  ganglios  de  Auérbach  y  Meissner,  entre  las  capas  de  fi¬ 
bras  musculares  y  circulares  del  intestino,  en  la  túnica  externa  de  las  arterias,  y, 
en  fin,  alli  donde  existe  tejido  muscular  de  fibra  lisa. 


Lámina  XXXVIII. 


Lámina  XXXIX. 


Fig.  46.  —  Conjunto  de  neuronas  asteriformes.  generadoras  de  plexos  en  la  zona  glandular  del  in¬ 
testino  (B)  y  en  el  interior  de  las  vellosidades  (A). 


Fig.  47.  —  Trozo  de  n 
los  cerebelosos  medios, 
pófisis. 


in  corte  de  protuberancia  de 
—  A,  vía  motriz;  C,  células 


ratón,  donde  aparece  el  origen  de  los  pedúncu- 
protuberanciales;  E,  porción  epitelial  de  la  hi- 


Lámina  XL. 


Fig.  48.  —  Corte  longitudinal  de  la  vía  piramidal  (gato)  al  cruzar  la  protuberancia  donde  apare¬ 
cen  las  ramas  colaterales  que  dicha  vía  envía  a  las  neuronas  protuberanciales,  con  las  cuales  entran 
en  íntimo  contacto. 


e  axon  largo 
en  el  curso 


Fig.  49.  —  Corte  longitudinal  del  cuerpo  estriado  del  ratón.  —  A,  células  nerviosas  d- 
descendente;  B,  células  de  axon  corto;  D,  colaterales  para  el  cuerpo  estriado,  nacidas 
de  fibras  motrices  bajadas  de  la  corteza  cerebral.  Representación  semiesquemática 


Lámina  XLII. 


Fig.  52  —  Arborizaciones  terminales  (A)  de  las  fibras  ópticas  (fibras  llegadas  de  la  retina)  en  la 
corteza  del  tubérculo  cuadrigémino  anterior.  —  B,  plano  de  las  fibras  ópticas;  C,  D,  arborizaciones 
visuales  profundas.  (Gato  de  pocos  dias.) 


Fig.  53.  —  Corte  longitudinal  y  lateral  de  la  protuberancia  y  bulbo  raquídeo  del  ratón.  —  A  raiz 
sensitiva  del  trigémino;  a,  conjunto  de  sus  ramas  ascendentes;  b,  ramas  descendentes;  O,  oliva ’cere- 
belosa;  C,  pedúnculo  cerebeloso  superion  c,  colaterales  descendentes  nacidas  de  este  pedúnculo- 
B,  nervio  vestibular  con  su  bifurcación.  ’ 


Lámina  XLIII. 


Fig.  54.—  Corte  transversal  déla  porción  posterior  subventricular  del  bulbo  raquídeo  del  ra¬ 
tón.  —  A,  foco  comisural,  a  cuyo  nivel  se  cruzan  las  fibras  de  ambos  fascículos  solitarios;  B,  núcleo 
del  hipogloso  con  las  colaterales  sensitivas  ramificadas  en  él;  D,  fascículo  solitario,  es  decir,  la  por¬ 
ción  descendente  de  las  raíces  sensitivas  del  vago  y  glosofaringeo. 


Lámina  XLIV. 


Fig.  56.  —  Algunos  elementos  de  la  retina  de  las  aves  con  la  marcha  probable  de  las  corrientes. 
a,  fibra  centrifuga  llegada  de  los  centros  nerviosos;  b,  céiula  amacrina  o  espongioblasto  de  asocia¬ 
ción;  c,  axon  horizontal  de  estos  elementos,  relacionado,  mediante  extensa  arborización,  con  el  tallo 
de  las  células  amacrinas  comunes. 


Lámina  XLV. 


Fig.  59.  —  Células  cianófilas  de  los  tumores  con  sus  fases  de  multiplicación.  (Confirmadas  por  Unna 
y  numerosos  autores,  que  las  designan  células  del  plasma.) 


Fig.  60.  —  Espinas  colaterales  de  las  den¬ 
dritas  (b)  tenidas  por  una  modificación  del 
método  de  Ehrlich.  —  a,  pirámides  cerebra¬ 
les  del  conejo. 


Fig.  61.  —  Nidos  formados  en  torno  de  las 
grandes  células  del  asta  posterior  por  las  co¬ 
laterales  sensitivas.  (Método  de  Ehrlich.) 


Lámina  XLVL 


Fig.  63.  — Presentación  en  la  substancia  blanca  del  cerebro,  cerebelo,  etc,  de  las  estraneulacion 
de  la  mieUna  y  detalles  de  la  forma  variable  del  forro  de  cemento.  (Método  de  E^uíh  ) 


Lámina  XLVII. 


Fig.  64.  —  Pirámides  grandes  del  asta  de  Ammon  (método  de  Ehrlich).  —  e,  axon;  6,  .colaterales 
viosas  recurrentes.  (La  morfología  coincide  exactamente  con  la  mostrada  por  el  cromato  de 


Fig.  65.  —  Tipos  de  células  de 


corto  de  la  capa  molecular  del  cerebro. 


Lámina  XLVIII. 


Fig.  66.  —  Células  de  axon  corto  de  la  corteza 
cerebral.  —  a,  red  superficial  situada  sobre  la 
membrana  protoplásmica  (azul  de  metileno  de 
Ehrlich). 


Fig,  67.  -  Corpúsculos  satélites 
dispuestos  alrededor  de  las  célu¬ 
las  ganglionares  sensitivas  del 
gato.  (Método  de  Ehrlich.) 


Fig.  68.  —  Arborizaciones  periglomerulares  de  las  células  ganglióidcas  del  gato.  (Método  de  Ehrlich.) 


Lámina  XLIX. 


Fig.  69.  —  El  Dr.  Olóriz  y  el 
juego  del  ajedrez  (verano  de  189 
fesor. 


jue  escribe  estas  líneas,  distrayendo 
3).  Publico  esta  figura  en  memoria  del 


sus  ocios  'veraniegos  con  [el 
admirable  y  malogrado  pro- 


Lámina  L. 


Fig.  72.  —  Esquema  destinado  a  mostrar  el  efecto  del  entrecruzamiento  total  de  los  nervios  óp¬ 
ticos  en  un  vertebrado  inferior  (pez,  anfibio,  reptil,  ave  o  mamífero  de  visión  panorámica).  Ob¬ 
sérvese  que,  gracias  a  este  cruzamiento,  las  dos  imágenes  mentales  forman  un  todo  continuo.  — 
O,  nervios  ópticos  cruzados;  C,  centros  ópticos  primarios  y  secundarios;  M,  vía  motriz  cruzada; 
S,  Via  sensitiva  central  cruzada;  R,  raíces  motrices  de  la  médula  espinal;  G,  ganglios  raquídeos  y 
raíces  sensitivas. 


Fig.  73.  —  Esquema  destinado  a  mostrar  en  el  hombre  y  mamíferos  de  campo  visual  común  la 
imagen  mental,  formada  por  síntesis  de  Jas  dos  representaciones  del  objeto,  transmitidas  por  ambos 
nervios  ópticos.—  d,  fascículo  óptico  homolateral;  e,  fascículo  cruzado;  g,  ganglio  geniculado  exter¬ 
no  y  pulvinar;  Ru,  región  visual  del  cerebro,  con  la  forma  de  la  proyección  mental. 


Lámina  LI. 


Lámina  LII. 


Fig.  77. —  Conjunto  de  las  atborizaciones 
terminales  de  la  vía  sensitiva  en  la  corteza 
motriz  del  gato. 


S' 


ii'-ílL 


i'víy 

‘-h'y- 

v.rrá 


sura  de  Rolando.  Adviértase  que  mien¬ 
tras  la  figura  de  la  derecha,  correspon¬ 
diente  a  la  corteza  frontal  ascendente, 
posee  tipo  motor,  la  de  la  izquierda,  co¬ 
rrespondiente  a  la  circunvolución  parie¬ 
tal  ascendente,  afecta  estructura  y  estra¬ 
tigrafía  de  corteza  conmemorativa  o 
asociativa. 


Fig  79.  —  Células  estrelladas  gigantes  con 
axoii- serpenteante  dirigido  a  la  substancia  blan¬ 
ca,  situadas  exclusivamente  en  el  centro  acústi¬ 
co  del  cerebro.  —  a,  axon. 


Lámina  LUI. 


Fig.  80.  —  Tipos  de  células  pitamidales  características  de  la  ínsula  de  Reil,  territorio  que  pasa  por 
acústico. 


corteza  olfativa  del  hombre,  residen¬ 
tes  en  el  lobulo  piriforme  y  en  la  circunvolución  del  hipocampo. 


Lámina  LIV. 


Fig.  82.  —  Trozo  de  un  corte  de  la  región  olfativa  central  o  principal  de  la  circunvolución  del 
hipocampo  humano.  Repárense  islotes  de  células  menudas  separadas  por  fajas  de  neuronas  gigantes. 


Lámina  LV. 


Fig.  84.  —  Corte  del  fo¬ 
co  esfeno- occipital  del 
gato.  Coloración  de 
Nissl.  (Descrito  muchos 
años  después  por  Brod- 
mann,  Rose  y  otros  des¬ 
conocedores  de  nuestros- 
trabajos.) 


Fig.  85. —  Corte  horizontal  del  asta  de  Ammon  y  corteza  esfenoidal 
vecina  -  A,  núcleo  esfeno-occipital  o  angular;  R,  subiculo;  J,  asta  de 
Ammón;  F,  capá  molecular  de  la  fascia  dentata;  B,  sección  de  la  vía 
esfeno-amónica  cruzada;  vía  esfeno-amónica  directa. 


Fig.  86.  —  Algunos  rasca-cielos  de  la  calle  ancha  o  Broadwau,  de  Nueva  York 
(De  mi  visita  a  los  Estados  Unidos.) 


87.  Mr.  Stephen  Salisbury  y 


Lámina  LVII 


■ig.  90.  -  Las  cataratas  del  Niágara  vistas  desde  la  orilla  yanqui. 


El  brazo  principal  de  la  catarata  contemplado  desde  la  orilla  canadiense 


Fig.  89.  —  Edificio  central 


)s  del  gato.  ■ 


Lámina  LXI. 


Fig.  99.  —  Sección  en  el  cavia  del  lóbulo  olfativo  accesorio.  —  D,  cordón  especial  destinado  a  este 
núcleo;  a,  arborizaciones-  de  estas.flbras  olfativas;  6  y  e,  células  especiales  de  dicha  región  del  bulbo 


SiS  taiamo-corUcal  o 


Lámina  LXII. 


del  .tálamo.  — A,  foco  mamilar  ¿femó-  B  conexiones  de  algunos  foc( 

E,  cuerpo  mterpeduncular;  f.  haz  de  Vicq  d’’Aror.  «  S^ngEo  de  l?habénul 

mamilar;  h,  fascículo  de  la  ¿alota  de  Quddei^sVwn  ‘Í?  «.  Pedúnculo*  del  cueri 

uuuen,  i,  stria  thalami;  F,  núcleo  segmental  dorsal 


Lámina  LXIII. 


~  células  de  la  médula  espinal  del  conejo  de  pocos  dias.  Adviértanse  en  a  v  6  in- 
.ntoproloplásmlcos  y  legltto.s  disposiciones  L^ted. 


nenro^bril^s  defe“repm«\^édiüa  neur¿Sa^motri  *  ‘’a  Jdlídvecnaclón  en  las 

por  el  frió;  B,  la  misma  céiula  después  de  la  excitación  tomada  del  lagarto  entorpecido 

TeUo.  efectuadas  con  el  método  del  nitrato  de  píite  (Preparaciones..de 


Lámina  LXIV. 


Fig.  105  -  Efectos  de  la  temperatura  en  la  disposición  del  retículo  de  las  células  nerviosas  (mé¬ 
dula  espinal)  del  conejo  de  pocos  dias.  —  A,  temperatura  de  25»;  C,  temperatura  de  10°  mantenida 
algunas  horas;  B,  temperatura  de  15° 


Ies  libres  reveladas  ¿n  el  cerebelo”  oHa  nuev^  técnic”  aruéntír®  las  arborizaciones  termina- 

molecular;B,  cestas  pericelulares;  D  e  fibras  '  estrellada  de  la  capa 

Purkmje.  (Repárese  cómo  se  confirman  con  el  colaterales  de  los  axones  de 

Qolgi  y  Ehrlich.)  i-umirman  con  el  nuevo  método  los  hallazgos  de  los  procederes  de 


Lámina  LXV. 


K-aíif 


Lámina  LXVIII. 


_Fig.  117.  —  Cabo  central  y  comienzo  de  la 
cicatriz  intermediaria  del  nervio  ciático  sec¬ 
cionado  y  examinado  tres  días  después  de  la 
operación,  uato  de  pocos  días.  —  F,  fibra 
del  cabo  central;  a,  rama  terminal  nacida 
del  axon  preexistente: . 


[!  Fig.  lis.  —  Cabo  central  del  nervio  ciᬠ
tico  del  gato,  donde  aparecen  los  restos 
del  axon  necrosado,  recubiertos  por  ra¬ 
mas  nacidas  de  la  porción  vivaz  del 
axon;  estas  ramas  no  aciertan,  a  veces,  a 
emerger  rápidamente  hacia  la  cicatriz  y 
generan  ovillos  complicados  (B,  C.) 


Lámina  LXIX. 


,  Fig-  llp-  —  Trozo  de  cicatriz  y  cabo  periférico  del  gato  joven,  cuyo  nervio  ciático  fué  seccionado 
setenta  y  dos  días  antes.  Adviértase  cómo  los  retoños  llegados  a  dicho  cabo  no  forma^cldena"  oe- 
netrando  ya  entre,  ya  dentro  de  los  estuches  del  segmento  periférico  (vainas  viejas  de  SchwaM?  a 
lo  largo  dejas  cuales  crecen  rápidamente  <f).- a,  b^Hbras  neoformadS  que  caKn  pm  la  c^^ 

S  52  ;juS 


a  causf  de°íos  ^*s?áculos  quL°p¿l  destL’bocM  f  central  o  dentro  de  éste 

tos  siguen  trayectos  retróg%do*f  trazIndS  esolms  retoños.  Muchos  de  és- 

membranadeSchwann,fxhibiendorS=1obXnf¿Trev"^^^^^^^^^ 


Lámina  LXX. 


Fig.  121.  —  Fenómenos  de  reteaiamiento  abortado  de  los  axones  del  cabo  central.  Gato  de  va¬ 
nas  semanas,  siete  días  después  de  la  operación.  —  A,  tubo  con  brotes  abortados;  B,  axon  varicoso 
con  bola  Iinal;  G,  tubo  dentro  del  cual  los  retoños  han  producido  haces  y  ovillos  complicados. 


riférico  de  un  nervio  cortado.  Nótese  en 
la  zona  próxima  a  la  herida  fenómenos 
de  supervivencia  y  regeneración  de  las 
neurofibrillas  (C,  D).  (Gato,  cuarenta  y 
ocho  horas  después  de  la  operación.) 


Fig.  123.  —  Fenómenos  de  retoñamien- 
to  mtraaxónico  de  las  neurofibrillas  en 
axones  mortificados  por  la  presión  de 
as  pinzas  (a,  b  d.  c).  -  D.  porción  cen¬ 
tral  de  un  axon  de  que  emanan  retoños, 
en  ef  gato^)  ^  operación 


Lámina  LXXI. 


Fig.  124.  - 
los  axones  soi 
anterior;  6,  d. 


páresíenm  auSncfa  de  ca^denas'^celularM*— ^hoWn^H®  al  través  del  mesodermo.  Re¬ 
pollo  a  los  tres  días  y  medio  de  la  incubación.)  ’  crecimiento;  b.  bifurcación.  (Embrión  de 


Lámina  LXXII. 


Fig.  126.  —  Anverso  de  la  gran  medalla  de  Helmholtz. 


Fig.  127.  Reverso  con  el  nombre  del  recipiendario. 


Lámina  LXXIV. 


Fig.  131.  —  Trozo  de  médula  espinal  primitiva  (A)  y  de  tejido  mesodérmico  vecino,  tomado  de 
un  embrión  de  pato  de  tres  dias.  Nótese  cómo  en  los  neuroblastos  más  jóvenes  los  conos  de  cre¬ 
cimiento  marchan  siempre  entre  las  células,  tanto  dentro  como  fuera  de  la  médula.— E,  F,  conos 
que  cruzan  libremente  el  espacio  perimedular;  D,  f,  conos  cuya  posición  libre  en  el  mesodermo  es 


Lámina  LXXV. 


Fig.  133.  —Corte  de  la  retina  del  embrión  de  pollo  de  cuatro  días.  Se  demuestra  en  esta  fisura 
que  la  primera  forma  del  neuroblasto  es  frecuentemente  bipolar  (C,  B)  y  no  siempre  monopolar  - 
a,  b  conos  de  crecimiento  cuya  posición  intercelular  es  indiscutible  y  que  antes  de  correr  tansén- 
cialmente  chocan  con  la  membrana  interna  de  la  retina.  .  .  ® 


Fig.  134.  —  Corte  de  la  retina  d 
conejo  adulto,  cuyo  nervio  óptii 
rae  cortado.  Nótese  un  robusto  ret 
ño  (A)  que,  extraviado,  atravie 
por  propio  impulso  y  sin  vainas  c 
lulares,  todo  el  espesor  de  la  mer 
brMa,  desde  la  capa  de  las  fibr 
del  nervio  óptico. 


esDirmi  ®  Penetración  en  la  médula 

i  sensitivas  (C);  D,  ganglio  raquídeo, 

os  refutan  la  teoría  de  Hild,  según  el  cual, 

estabíec^dos™^"^*^^^*^*^”  dentro  de  conductos  celulares  pre- 


Lámina  LXXVI. 


Fig.  que  el  retículo  neurofibrill^  de  las  células  refinianas  del  / 

j  loiaimente  independiente,  sin  constituir  jamas  puentes  intercelulares. 


Lámina  LXXVIII. 


_  Fíg.  135.  —  Detalles  del  modo  de  conexión,  por  cóntacto,  del  nervio  vestibular  con  las  células 


-Foco  intersticial  de  las  aves,  Sus  axones  espesos  marchan 
en  el  fascículo  longitudinal  posterior. 


aescendentes  e 


Lámina  LXXXI. 


Fig.  139.  —  Esquema  de  las  estaciones  y  vías  acústicas  del  bulbo  de  las  aves.  —  A,  foco  angular; 
B,  núcleo  de  gruesas  células;  D,  foco  laminar;  C,  nervio  coclear  o  acústico;  V,  nervio  vestibular; 
T,  ganglio  tangencial;  E,  cuerpo  trapezoide  o  via  acústica  secundaria;  F,  oliva  superior;  VI.  motor 
ocular  externo.  ^ 


desdiente  dtí  wKno  °  al  fascículo  solitario  (G);  I,  via 


Lámina  LXXXII. 


Fig.  141.  -  Esquema  de  la  estructura  del 
núcleo  de  las  neuronas.  —  a,  nucléolo  con 
sus  esferas  argentófilas;  b,  cuerpo  accesorio; 
c,  casquete  cromático;  e,  grumo  hialino; 
f,  granitos  basiófilos;  g,  armazón  fibrilar. 


cerebra- 
j,  nucléo¬ 
lo;  c,  grumos  hialinos.  Nótese  que,  usando  cier¬ 
tos  fijadores,  el  proceder  argéntico  tiñe  exclusi¬ 
vamente  el  cuerpo  accesorio. 


Fig.  143.  —  Formas  celulares  retoñantes,  halladas  en 
dias  y  embebido  en  el  líquido  cefalorraquídeo.  — 


un  ganglio  puesto  en  estufa  durante  dos 
a,  axon;  e,  f,  g,  ramas  recién  formadas. 


Lámina  LXXXIII. 


Fig.  144.  —  Trozo  del  cordón  posterior  de  la  médula  espinal  de  gato  joven,  cuyas  meninges  su¬ 
frieron  un  traumatismo  seguido  de  producción  cicatricial  exuberante.  —  A,  cicatriz  embrionaria; 
B,  retoño  penetrado  en>lla;  D,  fibras  longitudinales  de  la  substancia  blanca  en  fase  de  irritación 
productiva. 


Fig.  145.  —  Corte  longitudinal  del  cordon  antero  lateral  del  gato  de  pocos  dias,  en  que  se  seccio 
no  la  niedula  lumbar.  —  A,  borde  de  la  herida  del  cordón  antero-lateral;  B,  C,  raíces  anteriores  de 
generadas  e  medidas  por  ramas  cardonales  neoformadas;  a,  b,  fibras  funiculares  que  daban  rama 


Lámina  LXXXIV. 


Lámina  LXXXV 


Lámina  LXXXVI. 


Fig.  150.  —  Trozo  del  cabo  central  de  la  herida  medular  del  gato  joven,  tres  dias  después  de  la 
operación.  —  A,  colaterales  espesadas  que  se  transformarán  en  terminales;  a,  b,  c,  trozo  longitudinal 
de  los  axones  destinados  a  desaparecer;  B,  mazas  de  retracción. 


desp^ul  deVtraumatíFmf  Purkmje  del  cerebelo  del  gato  de  veinte  dias.  dos  dias 


Lámina  LXXXVII. 


Fig.  152.  —  Corte|del  cerebro  motor  del  gato  de  veinticinco  días,  sacrificado  veinticuatro  horas 
después  de  la  operación.  —  A,  D,  pirámides  medianas  con  coiaterales  arciformes  hipertróficas  y  cabo 
axónico  fino  y  atrófico  (a,  b);  C,  F,  G,  pirámides  arciformes  cuyo  trozo  axónico  periférico  ha  des¬ 
aparecido;  8,  pirámide  cuyo  axon  se  resuelve  en  dos  arcos  recurrentes;  H,  herida. 


Fig.  153.  —  Cerebro  de  perro.  Retoños  brotados  de  las  varicosidades  del  cabo  central  de  las  pirámides 
cerebrales. 


Lámina  LXXXVIII. 


Fie  154  -  Cerebro  de  perro.  Axones  del  cabo  central  con  segmentos  necrosados  (bj,  dentro  de  los 
que  penetran  bouqaets  de  neurofibrillas  retoñantes  (a).. 


Fig.  155.  —  Cerebelo  del  gato  de  pocos  días. 
Células  de  Purkinje,  excitadas  por  el  trauma¬ 
tismo,  de  cuyo  soma  surgen  brotes  descenden¬ 
tes  (a). 


Fig.  156.  —  Pirámides  cerebrales  del 
perro.  Cerca  de  la  herida"  los  axones  in¬ 
terrumpidos  (cabo  central)  muestran  ro¬ 
sarios  de  bolas  (B,  C);  D,  bolas  sueltas 
cerca  de  la  herida. 


Lámina  LXXXIX. 


Fig.  157.  Fenómenos  de  metamorfosis  neurof  ¡brillar  en  las  mazas  terminales  de  axones  cere- 
la?n“ur«L^  y  de  sus^á^^^^^  ‘‘^muestra  la  supervivencia  temporal  de 


Fig.  158.  Ocho  días  después  de  la  lesión,  los  axones  de  las  células  de  Purkinje  (cerebelo  del  conejo 
adulto)  presentan  bolas  de  retracción  (B).  ^ 


metamorfosi'?  neurofibrillar 
ofibrillas  perinucleares  vivac 
,  estado  fusiforme. 


Fig.  162.  - 


Lámina  XCII. 


_  Fig.  163.  —  Intercalación  de  un  trozo  ner¬ 
vioso  en  la  herida  del  ciático.  Nótese  cómo 
los  retoños  del  cabo  central  son  atraídos  por 
los  dos  extremos  del  injerto  (B),  dentro  del 
cual  caminan  superficiales.  —  A,  cabo  cen¬ 
tral;  C,  cabo  periférico;  d,  fibras  que,  des¬ 
pués  de  recorrer  el  injerto,  ¡penetran  en  di¬ 
cho  cabo  degenerado. 


Fig.  163  bis.  —  Demostración  de  que  un  injerto 
muerto  de  nervio.  (B)  no  atrae  los  retoños  (C)  del 
cabo  central,  circulantes  por  la  cicatriz. 


Lámina  XCIIl. 


Fig.  164.  —  Cabo  periférico  de  un  nervio  cortado. 
En  dicho  cabo,  y  no  lejos  de  la  herida,  se  hizo  una 
ligadura  apretada  para  impedir  el  paso  de  ios  reto¬ 
ños  invasores.  —  A,  cicatriz  internerviosa;  B,  ligadu¬ 
ra;  a,  c,  retoños  insinuados  en  el  cabo  periférico  de¬ 
generado;  C,  porción  situada  debajo  de  la  ligadura, 
con  axones  agónicos  (d)  en  vias  de  degeneración; 
b,  bola  atascada  de  que  brota  una  proyección  explo¬ 
radora.  (Figura  sémiesquemática.) 


Fig.  165.  —  Nervio  ciático  mul- 
tiseccionado .  —  A,  cicatriz  princi¬ 
pal,  frontera  del  cabo  vivaz  o  cen¬ 
tral;  B,  C,  hemisecciones  nerviosas 
destinadas  a  crear  estrechas  fajas 
cicatriciales;  a,  b,  c,  ramificaciones 
de  los  retoños  al  nivel  de  las  cicatri¬ 
ces.  (Figura  semiesquemática.) 


Lámina  XCIV. 


Fig.  166.  — jTubos  nerviosos  del  conejo  joven.  —  A,  B,  C,  aparato  reticular  de  Golgi,  teñido  por  el 
método  urano-plata;  a,  cisura  de  Lantermann;  trabéculos  del  retículo. 


Lámina  XCV, 


168.  -  Variedades  morfológicas  y  cuantitativas  del  retículo  de  Goigi  de  las  células  motrices  de 
la  médula  espinal,  dependientes,  con  toda  probabilidad,  de  estados  fisiológicos  diferentes. 


Fig.  169.  —  Tubos  del  cabo  central  deTciá- 
tico  del  conejo,  tres  dias  después  de  la. sec¬ 
ción.  —  A,  región  normal)  alejada  de  la 
herida. 


Fig.  169  bis.  —  Cabo  periférico  de  un  ner- 
0  cortado.  Degeneración  del  aparato  re- 
ular  de  la  célula  de  Schwann.  —  E,  D,  re- 
ulos  atrofiados  y  pulverizados.  (Región 


Lámina  XCVI. 


Fig.  169  tripl.  —  Algunas  vesículas  tomadas  de  la  glándula 
submaxilar  de  un  conejo  de  pocos  días  envenenado  por  la  pilo- 
carpina.  —  A,  B,  células  con  aparatos  de  Qolgi  esponjosos  y  gra¬ 
nulosos;  C,  células  cuyos  retículos  parecen  resueltos  en  gru¬ 
mos  (a);  D,  vesículas  donde  se  han  teñido  exclusivamente  los 
granos  de  secreción. 


Fig.  169  cuadrupl. — Vesícula  del  pán¬ 
creas  donde  aparecen  teñidos  a  la  vez 
los  condrocontes  y  el  aparato  de  Qolgi. 
(Método  del  urano-formol). 


vesícula  ocular  y  rudimento  de  un  embrión  de  pollo  de  las  cua- 
D  cristalino;  B,  piel;  C,  retina;  F,  capa  pigmentaria  de  ésta; 

D,  ganglio  oftálmico.  Adviértase  que  los  aparatos  de  Gol|i  mir¿n  al  mimdo  Lterior. 


Lámina  XCVII. 


_ _ ^  ^ _ méduIaFrnn  sus  rnnpvin- 

nes  con  los  demás  factores  protoplásmicos.  —  A,  contenido  del  aparato  reticular;  B,  tubos  de 
Holmgrem;  D,  grumos  de  Nissl;  C,  neurofibrillas. 


Lámina  XCVIII, 


Fig.  171  A.  —  Células  neuróglicas  del  cerebro  del  perro  teñidas  por  el  método  del  formol-urano. 
A,  corpúsculo  que  muestra  el  aspecto  de  los  teñidos  por  el  cromato  de  plata;  B,  pareja  neuróglica, 
cuyas  expansiones  exhiben  ciertos  granos  glandulares  (gliosomas). 


.  del  nervio  ciático  (gato  adulto).  Impregnación  argénticEft. — 

r  Xecma  del  núcleo;  D,  tubo  grueso  almivel  de  una  estrangulación; 

I  lon^tudmal  notablemente  aumentada;  a,  aros  al  nivel  de  las  cisuras  de 

arranque  de  los  filamentos  transversales  del  velo  tubular;  e,  gran 
vacuola;  e,  núcleo;  t,  trabecula  longitudinal. 


Lámina  XCIX. 


Lámina  C. 


Fig.  172  bis.  —  Corte  de  la  capa  molecular  y  zona  de  las  pequeñas  pirámides  del - 

gato  de  quince  días.  —  A,  zona  molecular;  B,  de  las  pequeñas  pirámides;  C,  espacio  plasmático  peri- 


Fig.  173.  —  Trozo  de  un  corte  de  la  substancia  gris  del  cerebro  de  un  hombre  a 
por  el  cloruro  de  oro.  —  A,  tipo  neuróglico  grande;  B,  tipo  neuróglico  más  pequeí 
en  un  capilar;  D,  pirámide  cerebral;  a,  capilar  sanguíneo;  b,  pequeiios  pedicuh 
d,  células  satélites  no  neuróglicas. 


Fig.  174.  —  Células  adendriticas  de  la  subs¬ 
tancia  gris  del  cerebro  del  perro  (tercer  ele- 
rnento  de  los  centros).— A,  astrocito  ordina¬ 
rio;  a,  b,  e,  d,  etc.,  diversas  formas  de  la 
célula  adendritica;  J,  aparato  de  Golgi  de 
estos  elementos. 


Fig.  175.  —  Substancia  blanca  del  ce¬ 
rebro  humano.  Método  del  sublimado 
oro.  —  A,  corpúsculo  adendritico;  B,  cé¬ 
lula  neuróglica  ordinaria,  intensamente 
tenida  en  violado  purpúreo. 


Lámina  CII. 


Fig.  176.  —  Células  satélites  neuróglicas  en  torno  _de  gruesas  pitárnides.  Cerebro  motor  del  gato 
adulto.  —  A,  B,  astrocitos  laterales;  C,  astrocito  fusiforme  apoyado  sobre  el  origen  de  la  expansión 
radial;  D,  astrocito  basal;  a,  b,  corpúsculos  satélites  adendríticos. 


a  substancia  gris  próxima  al  rafe  posterior  y  cordón  sensitivo.  Gato  de 

epiteliales  dislocadas  en  fase  de  división;  C,  a,  colaterales  creadas  en  el 
^  dirigidas  a,  un  capilar;  F,  rafe;  Q,  células  epiteliales  exentas  todavía  de  aparato 

chupador  y  cuya  expansión  radial  es  delgada.  ’  ’ 


Lámina  CIII. 


-  Fig.  177  bis.  —  Trozo  de  la  substancia  gris  del  asta  anterior  del  gato  de  ocho  dias.  —  A,  células 
en  que  casi  todas  las  expansiones  son  granulosas,  menos  una  (d),  donde  aparece  la  fibra;  B,  C,  as- 
trocitos  provistos  de  robusta  fibra  cortical;  D,  otro  con  varias  fibras  diferenciadas;  F,  células  de  que 
emanan  expansiones  rudimentarias;  H,  elementos  adendriticos;  a,  expansiones  granulosas;  b,  ex- 
pansiones  fibrosas;  c,  fibras  helicoidales.  (Esta  figura  tiene  por  objeto  mostrar  cómo  se  inicia  en  la 
gha  de  la  substancia  gris  y  blanca  de  la  médula,  la  formación  de  las  fibrillas  de  Weigert  (b,  D),  como 
una  diferenciación  intraprotoplásmica.) 


Lámina  CIV. 


Fig.  178.  —  Esquema  de  la  retina  de  la  mosca  azul.  —  I,  retina  periiérica;  II,  retina  intermediaria; 
in,  retina  profunda;  IV,  Lóbulo  óptico.  Este  esquema  y  el  siguiente  han  sido  hechos  por  D.  Domin¬ 
go  Sánchez  combinando  mis  dibujos  de  la  memoria  origina). 

Nota.  —  Por  errata  se  señala  en  el  texto  esta  figura  (pág.  399)  con  el  núm.1173,  debiendo  ser  178. 


Lámina  CV. 


T<^m' 


nes;  Tcm,  su  terminación  en  la  retina  profunda;  Cg,  terce?a^neu^ona 


Lámina  CVI. 


''  Fig.  179  bis.  —  Esquema  cuyo  objeto  es  comparar  las  neuronas  homologas  de  la  retina  de  los 
mamíferos  (figura  de  la  derecha),  insectos  (figura  de  la  izquierda)  y  cefalópodos  (figura  del  centro). 
A,  bastones  con  sus  núcleos  (B);  C,  articulación  de  los  bastones  con  las  bipolares  (D);  G,  tercera 
neurona  o  neurona  ganglionar;  E,  células  amacrinas. 


corrientes:  tipos  morfológicos  de  la  retina  de  los  insectos,  con  la  mancha  de  las 

cada-  Ri  ■tr' R2  ^  neuronas  con  una  sola  arborización;  C,  neurona  de  espansión  bifur- 

y  ,  enronas  con  dos  arborizaciones,  una  superior  o  axipeta,  y  otra  terminal. 


Lámina  CVIII. 


Fig.  181.  —  Esquema  de  la  estructura  y  de  las  conexiones  probables  de  las  células  de  la  retina  de 
los  cefalópodos.  —  A,  retina  con  los  bastones;  B,  cordón  kiasmático;  C,  retina  profunda;  D,  ganglio 
Optico;  E,  granos  externos;  F,  granos  internos;  a,  bastón  o  primera  neurona  visual;  ó,  célula  bipolar 
o  segunda  neurona  visual;  c,  célula  gangliónica  o  tercera  neurona  visual;  h,  corpúsculo  del  ganglio 
Optico  (cuarta  neurona  visual);  e,  fibra  centrífuga  cuya  arborización  concurre  en  el  pie  de  los  basto¬ 
nes  y  penacho  de  las  amacrinas;  g,  centrífuga  para  los  elementos  colosales  de  axon  ascendente  (f). 


Fig.  183.  —  Interpretación  probable  de  la  forma  y  significación  fisiológica  del  kiasma  retinianc 
del  calamar.  —  A,  ojo;  B,  kiasma;  C,  lóbulo  óptico;  D,  pedúnculo  visual.  Las  flechas  marcan  la  dife^ 
rencia  de  orientación  entre  la  imagen  pintada  en  la  retina  y  la  proyectada  en  el  lóbulo  óptico. 


Fig.  182.  —  Cor 
esouemática.  —  A, 
trapuesto;  C,  via 
radiante  destinada 
F,  corteza  del 


algunas  semanas.  Figura  semi- 
dón  en  el  foco  peduncular  con- 
lúcleo  peduncular;  D,  manojo  de  la  corona  óptica 
cerebroide;  E,  cordón  destinado  al  lóbulo  medio; 


Lámina  CXI. 


Lámina  CXIL 


Lámina  CXIII. 


Fig.  189.  —  Células  horizontales  de  la  retina  del  ratón  blanco  recién  nacido.  —  a,  a^,  a^,a%  tipos  bi¬ 
polares;  b,  b,  tipos  de  grueso  tallo  dendritico  ascendente,  ramificado. 


Fig.  190.  —  Corte  de  la  retina  de  ratón  recién  nacido.  Proximidad  de  la  ora  serrata  —  A  célu¬ 
las  pigmentarias;  a,  nivel  donde  abundan  las  células  horizontales;  B,  amacrinas;  C,  pléxiforme  in- 
terna; p,  células  gangliónicas;  E,  fibras  del  nervio  óptico;  ñ,  f,  neuronas  horizontales  dislocadas  o  en 
Mansito  emigratorio;  g,  h,  i,  amacrinas  bipolares;  m,  n,  axones  extraviados  de  la  capa  de  fibras  óp¬ 
ticas;  p,  una  que  parece  incorporarse  a  su  destino. 


Lámina  CXIV. 


Fis  191  -  Corte  déla  retina  del  ratón  de  seis  días.  -  a,  b.  c,  células  horizontales  embriona¬ 
rias;  n,  axones  con  arcos  de  rectificación;  e,  células  amacrinas;  f,  amacrinas  con  expansiones  ascen¬ 
dentes;  C,  zona  plexiforme  externa. 


Fig.  19?.  — Las  células  horizontales  comienzan  a  orientarse  formando  un  plano  por  debajo  de 
la  zona  de  los  granos  externos.  Algunos  como  b  y  a,  poseen  todavía  axones  extraviados.  Se  ve  que 
el  modelamiento  de  aquellas  células  es  función  de  la  previa  diferenciación  de  las  prolongaciones 
inferiores  de  conos  y  bastones.  Ratón  de  doce  dias. 


Lámina  CXV. 


Fig.  193.  — Un  trozo  de  la  pared  epitelial  del  epéridimo  del  gato  de  mes  y  medio.— A,  célula 
pluriflagelada  con  retículo  perinuclear  tupido;  D,  otra  con  retículo  flojo;  B,  célula  ependimal  mono- 
flagelada,  provista  de  cordón  lateral  de  sostén;  c,  fibra  radial  nacida  del  retículo;  C,  célula  cuya  red 
de  epitelio-fibrillas  carece  al  parecer  de  filamento  radial;  a,  flagelos  nadando  en  el  líquido  céfalo-ra- 
quideo;  b,  pincel  de  flagelos  de  un  corpúsculo  pluriflagelado;  e,  cordon  fibrilar  radial  de  un  cor¬ 
púsculo  de  esta  misma  especie. 


Fig.  194.  —  El  segundo  tipo  de  células  ependimales  de  la  médula  espinal  del  gato  (A),  que  está  des¬ 
provisto  de  retículo  perinuclear  y  posee  un  haz  lateral  de  gliofibrillas. 


Lámina  CXVII. 


Fig.  197.  —  Corte  de  la  vesícula  acústica  del  embrión  de  pollo  del  tercer  día  de  incubación.  — 
A,  interior  de  la  vesícula;  B,  rudimento  del  ganglio  de  Scarpa;  C,  haces  cortados  de.través  por  de¬ 
bajo  del  epitelio.  Ninguna  fibra  ha  penetrado  en  el  epitelio. 


Fig.  198.  —  Corte  de  una  cresta  de  un  conducto  semicircular.  Embrión  de  pollo  del  quinto  día  de 
la  incubación.  —  A,  fascículos  del  nervio  vestibular;  B,  epitelio  de  la  cresta;  o,  fibra  que  llegaba  a  la 
superficie;  b,  fibra  que  retrocedía  formando  arco.  Las  fibras  son  atraídas  por  el  epitelio;  mas  no  es¬ 
tando  diferenciadas  las  células  ciliadas,  la  arborización  terminal  no  está  formada  aún. 


Lámina  CXVIII. 


SSSSn  3.t  n-olélalse  .i  cWa  tamm.l. 


aparato  nervioso  en  el  embrión  de'gato  de  28  mili- 
lermo:  C,  plexo  nervioso  expectante;  B,  robusto  cor- 


Lámina  CXIX. 


Fia.  200  bis.  —  Corte  longitudinal  del  epitelio  germinal  de  la  vaina  externa  de  la  raíz  del  pelo. 

A  pelo  táctil  del  ratón  de  ocho  dias;  B,  pelo  táctil  del  ratón  de  cuatro  días;  a.  fibras  nerviosas  que 
Ominan  sobre  la  vitrea;  b,  c,  colaterales  acabadas  en  la  región  de  las  células  germinales;  d,e,f,  fa¬ 
ses  de  la  evolución  del  menisco  terminal. 


Fig.  200  trip.  — 

A,  cubierta  conectiv 

donde  se  formarán  los  tuturos  meniscos  lacmcs. 


del  pelo  táctil  en  el  ratón  de  dos  dias. 
colaterales  penetrantes  en  el  epitelio 


Lámina  CXX. 


Lámina  CXXIL 


atón  recién  nacido.  —  A,  haces  prima- 
C,  bulbos  pilosos  embrionarios;  a,  b  c. 


Fig.  202  bis.  —  Corte  del  labio  inferior  (borde  interno)  del 
5;  B,  fascículos  secundarios  sepáranos  en  ángulo  casi  recte 
las  intra- epidérmicas. 


Fig.  203.  —  Células  neuróglicas  heíerotipicas  halladas  eventualmente  en  la  substancia  blanca. 
Cerebro  de  hombre  adulto.  —  a.  célula  grande  pálida;f),  e,  f,  corpúsculos  enanos  con  núcleo  al  pare¬ 
cer  atrófico.  (Estas  células  corresponden  a  las  que,  posteriormente,  describió  Río  Hortegaconsu 
método  especial  del  carbonato  de  plata  amoniacal). 


Lámina  CXXIII. 


Fig.  204.  —  Microglía  o  mesoglia  del  cerebelo  (capa  molecular),  a,  b,  c,  etc,  corpúsculos  mesoglla- 
les.  Proceder  de  Blelschowsky  modificado. 


Fig.  205.  —  Microglía  de  la  substancia  gris  de  la  médula  espinal.  Método  de  Bielschowky,  modi¬ 
ficado.  —  a,  b,  c,  d,  microglía:  B,  célula  neuróglica  ordiiíaria;  C,  corpúsculo  nervioso  con  los  gru¬ 
mos  de  Nissl. 


Lámina  CXXIV. 


Fig.  20o.  —  Microglía  de  la  corteza  cerebral  del  hombre  normal.  —  A,  satélites  enanas  globulo¬ 
sas;  a,  b,  o,  r,  s,  tipos  enanos  esteroidales  incoloreables  por  la  plata;  E,  microglia  bacilar;  G,  D,  mi- 
croglia  satélite;  F,  P,  H,  G,  m,  variedades  microgliales  triangulares  y  de  otras  formas;  n,  microglia 
perivascular.  (Método  de  Bielschowsky  con  mordiente  al  acetato  de  cobre,  conforme  a  la  práctica 
de  Achúcarro  que  tiñó  esporádicamente  estas  células  en  el  asta  de  Ammon. 


Lámina  CXXV. 


Lámina  CXXVI. 


Lámina  CXXVII. 


Fig.  211.  —  Corte  déla  corteza  visual  del  gato.  Ala  izquierda  aparecen  las  capas  teñidas  por 
método  de  Nissl;  a  ia  derecha,  ias  revelaciones  del  proceder  de  Golgi.  —  A,  zona  plexiforme;  B,  zo 
de  las  pequeñas  pirámides;  C,  zona  de  las  grandes  pirámides  superficiales;  D  y  E,  capas  de  ’los  gi 
nos  o  células  estrelladas  con  sus  dos  subzonas;  F,  capa  de  las  grandes  pirámides  solitarias;  Q,  zo 
de  ios  grandes  corpúsculos  polimorfos;  H,  zona  de  los  elementos  fusiformes;  I,  substancia  blanca. 


111.  Repáres 


Lámina  CXXIX. 


Fig.  214.  —  Coloración  de  la  corteza  retro-esplenial  por  el  nitrato  de  plata  reducido  Nótense  los 
plexos  superficial  A,  y  profundo  CS  excepcionalmente  ricos  en  fibras  meduladas  v  ameduladas.  - 
A,  capa  plexiforme;  B.  de  las  células  estrelladas  grandes;  C,  de  las  neuronas  fusiformes-  C^,  del  plexo 
intermediario;  E,  de  las  pirámides  medianas  y  grandes. 


Fie  215. -Detalles  de  las  capas  I,II,  III  ylV  de  la  corteza  reír 
axones. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


321 


atacan  frecuentemente  a  las  personas  nerviosas  fatigadas,  sobre  todo  durante  esa 
fase  de  la  vida  en  que  declina  la  madurez  y  asoman  los  primeros  desfallecimien¬ 
tos  precursores  de  la  vejez. 

Naturalmente,  mis  dolencias  agriaron  aún  mi  natural  triste  e  hipocondríaco.  Y, 
por  reacción  fisiológica  y  moral,  acometióme  violenta  pasión  por  el  campo.  Todo 
mi  afán  cifrábase  en  disponer  de  quinta  modesta  y  solitaria,  rodeada  de  jardín,  y 
de  cuyas  ventanas  se  descubrieran,  de  día,  las  ingentes  cimas  del  Guadarrama,  y 
de  noche,  sector  celeste  dilatadísimo,  no  mermado  por  aleros  ni  empanado  por 
chimeneas.  Aparte  la  ansiada  ración  de  infinito,  deseaba  oponer  a  mi  spleen,  a 
guisa  de  contraste  sentimental,  la  oleada  de  bulliciosa  alegría  que  se  desborda 
los  domingos  y  tardes  soleadas  desde  las  guardillas  de  Madrid  hasta  los  demo¬ 
cráticos  merenderos  de  Amaniel.  Allí,  lejos  del  tumulto  cortesano,  trabajaría  a  mi 
sabor  durante  los  meses  estivales,  rodeado  de  árboles  y  flores  y  en  medio  de  un 
vivero  de  animales  de  laboratorio.  Allí,  en  fin,  sumergido  en  aquella  calma  sedan¬ 
te,  aplacaríanse  mis  nervios  y  tejería  en  paz  la  tela  de  mis  ideas. 

Poco  hay  que  escoger  en  los  alrededores  de  Madrid  para  nido  de  un  espíritu 
romántico,  enamorado  de  cuadros  pintorescos.  Sólo  las  frondosas  hondonadas  y 
las  vertientes  vecinas  del  puente  de  Amaniel,  con  espléndidas  vistas  a  la  Mon- 
cloa,  al  Guadarrama  y  a  El  Escorial,  prometían  adecuado  marco  a  mi  casita. 

Compré,  pues,  en  dicha  barriada  de  los  Cuatro  Caminos  huerta  no  muy  exten¬ 
sa,  y  mandé  construir  modesta  quinta,  circundada  de  jardín,  emparrado  e  inverna¬ 
dero  liliputienses,  escalonados  en  cuesta  y  expuestos  al  sol  del  Mediodía.  Y  pro¬ 
cediendo  a  lo  temerario,  puse  todos  mis  ahorros  en  la  obra. 

Mi  curación  honró  poco  a  la  Farmacopea.  Una  vez  más  triunfó  el  mejor  de  los 
médicos:  el  instinto,  es  decir,  la  profunda  vis  medicatrix.  Porque  luego  de  insta¬ 
lado  con  la  familia  en  la  campestre  residencia,  mi  salud  mejoró  notablemente.  Al 
fin  alboreó  en  mi  espíritu,  con  la  nueva  savia,  hecha  de  sol,  oxígeno  y  aromas  sil¬ 
vestres,  alentador  optimismo.  Y,  por  añadidura,  llovieron  sobre  mí  impensadas 
satisfacciones  y  venturas. 

Fué,  pues,  como  decía  antes,  en  mi  modesto  cigarral  de  Amaniel,  situado  en  la 
calle  de  Almansa  y  frontero  del  canalillo,  donde  me  sorprendieron  el  sentido  tele¬ 
grama  de  felicitación  del  doctor  Calleja  y  las  benévolas  y  generosas  ampliaciones 
noticieriles  de  la  Prensa. 

Grande  fué  mi  alegría  al  recibir  la  fausta  nueva,  y  más  al  advertir  que  la  hon¬ 
ra  venía  acompañada  de  algunos  miles  de  francos,  dádiva  no  despreciable  para  un 
bolsillo  exhausto.  Y  quedaran  colmadas  las  medidas  del  deseo,  si  deberes  ele¬ 
mentales  de  cortesía  no  me  hubieran  obligado  a  contestar  a  miles  de  telegramas 
de  felicitación,  tarjetas  postales  y  cartas  congratulatorias.  Aquel  chaparrón  de 
plácemes  —cordialmente  agradecidos,  naturalmente— duró  más  de  un  raes,  obli¬ 
gándome  a  aplazar  sine  die  mis  favoritas  ocupaciones  y  a  exprimir  mi  pobre  ma¬ 
gín — casi  vacío  de  fórmulas  corteses— en  aderezar,  variar  y  matizar  en  lo  posible 
las  obligadas  expresiones  de  agradecimiento  y  los  inevitables  alardes  de  mo¬ 
destia. 

Entre  las  felicitaciones,  debo  recordar,  por  la  calidad  de  sus  autores,  el  sentido 
telegrama  de  S.  M.  la  Reina  Cristina;  la  carta  afectuosa  del  Presidente  del  Conse¬ 
jo  de  Ministros,  D.  Francisco  Silvela;  la  no  menos  cariñosa  del  Aiinistro  de  Fo¬ 
mento,  el  Mensaje  del  Ainintamiento  de  Zaragoza,  etc.,  etc.  Ni  es  licito  pasar  por 
alto  los  artículos  encomiásticos  de  la  Prensa  política  y  profesional.  En  mi  memoria 
viven,  con  rasgos  indelebles,  la  elocuente  biografía  escrita  para  el  Heraldo  por  mi 

21 


322 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


eminente  compañero  el  Dr.  Amaño  Gimeno;  la  primorosa  crónica  de  El  Imparcial 
ofrendada  por  Mariano  de  Cavia,  el  maestro  del  buen  decir  y  del  patriótico  pensar; 
los  artículos  laudatorios  de  El  Liberal,  La  Epoca  y  La  Correspondencia,  etc.;  y,  en 
fin,  cierto  panegírico,  tan  entusiasta  como  cariñoso,  inserto  por  mi  amigo  el  doctor 
Márquez  en  un  pertódico  médico. 

Y  om-ito  la  visita  de  Comisiones,  los  banquetes  oficiales,  los  homenajes  priva¬ 
dos  (1),  los  ágapes  de  los  amigos. 

Aun  pecando  de  prolijo,  séame  permitido  mencionar  todavía  algunas  distincio¬ 
nes  y  consagraciones  oficiales. 

S.  M.  la  Reina  me  agració,  por  iniciativa  del  Gobierno,  con  la  Gran  Cruz  de 
Isabel  la  Católica,  cuyas  insignias  costearon  generosos  los  estudiantes  de  la  Fa¬ 
cultad  de  Medicina,  en  la  cual,  dicho  sea  de  pasada,  se  celebró  solemne  sesión 
conmemorativa.  Meses  después  se  me  concedía  la  Gran  Cruz  de  Alfonso  XII  y  se 
me  nombraba  Consejero  de  Instrucción  pública. 

Pero  el  homenaje  de  que  guardo  más  profundo  agradecimiento  fué  la  fiesta 
académica  celebrada,  meses  después,  en  el  paraninfo  de  la  Universidad,  con  asis¬ 
tencia  de  los  profesores  y  alummos.  En  ella  pronunciaron  elocuentes  y  sentidísi¬ 
mos  discursos  el  Ministro  de  Fomento,  que  se  dignó  honrar  el  acto  con  su  presen¬ 
cia;  el  Rector,  Sr.  Fernández  y  González;  y,  en  fin,  D.  Julián  Calleja  y  D.  Alejandro 
San  Martin. 

.  Mi  ingénita  cortedad  sufrió  entonces  durísima  prueba.  Aquel  chaparrón  de 
elogios  exagerados,  en  cuyo  fondo  latía  noble  sentimiento  de  patriótico  regocijo, 
me  emocionó  profundamente.  Previendo  que,  en  tan  arduo  trance,  mi  corazón  ha¬ 
bría  de  paralizar  mi  pobre  palabra,  di  las  gracias  en  discurso  escrito,  que  fué  bas¬ 
tante  celebrado  y  mereció  la  honra  de  ser  reproducido,  acompañado  de  agradables 
coi^ntarios,  por  la  Prensa  política  y  profesional. 

m  aquí  los  principales  párrafos  de  esta  oración,  que  reproduzco  porque,  ade¬ 
más  dVcontener  algunos  datos  autobiográficos  (motivos  de  mi  actuación  cientí¬ 
fica,  etc.\  reflejan  con  bastante  fidelidad  los  anhelos  fervientes  de  resurgimiento 
intelectual  que  el  reciente  infortunio  nacional  había  despertado  en  la  juventud 
universitaria  española: 

«Señores:  El  homenaje  tan  cariñoso  como  sincero  que  el  Claustro  de  la  ilustre 
Universidad  de  Madrid,  presidido  por  el  jefe  supremo  de  la  enseñanza  y  dignísimo 
representante  del  Gobierno  de  S.  M.,  ha  querido  rendirme  en  el  día  de  hoy  me  co¬ 
loca  en  un  trance  apuradísimo,.  La  más  elemental  cortesía  me  obliga  a  mostrarme 
agradecido  a  la  inusitada  honra  que  me  dispensáis;  pero  me  impone  también,  con 
la  obligación  de  contestaros,  un  sosiego  de  espíritu  y  una  quietud  del  corazón,  de 
todo  punto  incompatibles  con  la  solemnidad  del  acto  y  su  extraordinaria  signifi¬ 
cación  en  mi  vida  profesional.  Permitidme,  pues,  que  en  esta  ocasión,  rompiendo 
con  la  costumbre,  para  evitar  la  emoción  paralizante  de  la  palabra  hablada,  recu¬ 
rra  a  la  palabra  escrita.  El  cerebro  turbado  por  la  emoción  es  como  el  lago  agitado 
por  la  tormenta:  éste  no  refleja  bien  las  estrellas  del  cielo  y  los  árboles  ribe¬ 
reños;  aquél  no  acierta  a  traducir  las  ideas  y  los  sentimientos  surgidos  en  la 
mente.  Existen,  sin  duda,  ánimos  de  tal  temple,  que  saben  sentir  y  pensar  a  un 
tiempo;  yo  tengo,  desgraciadamente,  el  cerebro  esclavo  del  corazón,  y  sólo  me 
permito  pensar  a  hurtadillas  de  éste. 

(1)  No  quisiera  dejarme  en  el  tintero  el  delicado  y  tiernís'mo  rasgo  de  los  esposos  Tolosa  Latour, 
ángeles  tutelares  de  la  infancia,  quienes,  después  de  consultar  los  gustos  de  mis  hijos,  obsequiáronles 
con  lindos  juguetes  y  hasta  con  objetos  de  valor  (un  hodak,  las  obras  de  Campoamor,  caja  de  música 
etcétera),  para  que  asociaran  en  su  memoria  el  recuerdo  del  impensado  triunfo  del  padre  con  las  dulzu¬ 
ras  de  un  deseo  satisfecho. 


P.ECX'ERDOS  DE  MI  VIDA 


323 


Sírvanme,  pues,  estas  cuartillas  de  antifaz  que  oculta  semblante  demudado  o 
-descompuesto.  Parapetado  tras  de  ellas,  os  diré  sin  más  preámbulos,  que  vues¬ 
tros  sinceros  y  entusiastas  plácemes  me  llegan  a  lo  más  vivo  e  íntimo  del  alma,  y 
-que  los  inusitados  testimonios  de  consideración  y  simpatía  con  que  os  habéis 
..complacido  en  enaltecerme  y  confundirme,  quedarán  grabados  perennemente  en 
mi  memoria,  en  el  archivo  de  los  recuerdos  sagrados,  junto  a  las  placenteras  me¬ 
morias  de  la  edad  juvenil,  y  entretejidos  con  la  imagen  adorada  de  mi  madre., 

...  Exageráis  sin  duda  el  alcance  de  mis  trabajos  y  la  fortuna  de  mi  obra  cien¬ 
tífica.  No  rayan  tan  alto  ni  van  tan  lejos  como  vuestra  benevolencia  imagina. 
Aunque  bien  se  me  alcanza  que  lo  extremado  de  vuestros  encomios  encaminase  a 
-fin  más  alto:  al  premiar  al  modesto  investigador  de  hoy,  habéis  querido,  sobre 
todo,  estimular  la  investigación  científica  del  mañana.  Con  patriótica  previsión  os 
proponéis,  sin  duda,  lo  que  podríamos  llamar  la  ejemplarídad  del  aplauso. 

Habéis- cariñosamente  aludido  a  lo  singular  de  mis  facultades  y  a  lo  peregrino 
.  de  mis  aptitudes  para  el  cultivo  de  la  Ciencia;  y  en  todo  ello  habéis  mostrado  más 
bondad  que  justicia.  No  soy,  en  realidad,  un  sabio,  sino  un  patriota;  tengo  más  de 
obrero  infatigable  que  de  arquitecto  calculador...  La  historia  de  mis  méritos  es 
muy  sencilla;  es  la  vulgarísima  historia  de  una  voluntad  indomable  resuelta  a 
triunfar  a  toda  costa.  Al  considerar  melancólicamente,  allá  en  mis  mocedades, 
cuánto  habían  decaído  la  Anatomía  y  Biología  en  España  y  cuán  escasos  habían 
sido  los  compatriotas  que  habían  pasado  a  la  historia  de  la  Medicina  científica, 
formé  el  firme  propósito  de  abandonar  para  siempre  mis  ambiciones  artísticas, 
dorado  ensueño  de'  mi  juventud,  y  lanzarme  osadamente  al  palenque  internacional 
.de  la  investigación  biológica.  Mi  fuerza  fué  el  sentimiento  patriótico;  mi  norte,  el 
enaltecimiento  de  la  toga  universitaria;  mi  ideal,  aumentar  el  caudal  de  ideas 
españolas  circulantes  por  el  mundo,  granjeando  respeto  y  simpatía  para  nuestra 
Ciencia,  colaborando,  en  fin,  en  la  grandiosa  empresa  de  descubrir  la  Naturaleza, 
que  es  tanto  como  descubrirnos  a  nosotros  mismos . 

...  Harto  modestos  son  los  lauros  conquistados;  mas  si  en  algo  los  estimáis, 
brindólos  de  todo  corazón  a  la  Universidad  española,  como  ofrenda  del  discípulo 
reverente  al  alma  matar,  y  con  ese  noble  orgullo  con  que  el  soldado  consagra  a  la 
Virgen,  que  le  amparó  en  trances  difíciles,  el  humilde  trofeo  ganado  en  playas, 
remotas. 

Y  bien  miradas  las  cosas,  os  devuelvo  lo  que  en  justicia  os  pertenece.  Hijo  soy 
de  la  Universidad;  a  ella  le  debo  lo  que  sé  y  todo  lo  que  valgo;  ella  me  enseñó  a 
amar  la  Ciencia  y  a  reverenciar  a  sus  cultivadores;  ella  me  guió  y  alentó  en  mis 
primeros  ensayos  experimentales,  ofreciéndome  generosamente,  eñ  la  medida  de 
sus  pobres  recursos,  los  medios  materiales  para  mis  trabajos;  ella,  en  fin,  al  mos- 
•  trarme  un  pasado  espléndido  y  glorioso  al  través  de  un  presente  poco  consolador, 
sugirióme  la  inquebrantable  resolución  de  consagrar  mi  vida  a  las  tareas  redento¬ 
ras  del  Laboratorio,  para  reanudar,  en  suma,  hasta  donde  mis  fuerzas  alcanzaran, 
la  casi  olvidada  tradición  de  originalidad  de  la  Medicina  patria. 

Afortunadamente,  la  Universidad  española  de  hoy  siente  ya  ansias  de  vida  y  de 
renovación,  y  desea  caminar  resueltamente  por  la  via  del  progreso.  Revélase  en 
algunos  de  sus  maestros,  atenidos  antes  a  su  misión  meramente  docente,  loable 
.  emulación  por  sacudir  la  tutela  intelectual  extranjera,  y  por  cooperar,  con  propio . 
y  personal  esfuerzo,  a  la  conquista  pacifica  de  la  naturaleza  y  del  arte.  Por  fortu- 
-  qa,  nuestras  aulas,  calificadas  más  de  una  vez  de  fortalezas  de  la  tiranía  de  los 
textos  y  de  la  rutina  del  pensamiento,  se  han  abierto  ya  al  oreo  vivificador  del 
espíritu  crítico  y  del  pensar  universal,  y  en  ellas  brilla  con  luz  propia  lucida  plé- 
■  yade  de  estadistas,  científicos,  humanistas  y  literatos  ilustres. 

Prosigamos  todos  con  ardor  creciente  en  esta  tarea  salvadora;  trabaiemos  para 
que  la  Universidad  sea  lo  que  debe  ser:  tanto  fábrica  de  ideas  como  foco  de  edu- 
.  cación  y  cultura  nacionales. 

Hoy  más  que  nunca  urge  este  supremo  llamamiento  al  heroísmo  del  pensar  hon¬ 
do  y  del  esfuerzo  viril.  Me  dirijo  a  vosotros,  los  jóvenes,  los  hombres  del  mañana. 
En  estos  últimos  luctuosos  tiempos  la  patria  se  ha  achicado;  pero  vosotros  debéis 
.  decir:  «A  patria  chica,  alma  grande».  El  territorio  de  España  ha  menguado;  jure¬ 
mos  todos  dilatar  su  geografía  moral  e  intelectual.  Combatamos  al  extranjero  con 
meas,  con  hechos  nuevos,  con  invenciones  originales  y  útiles.  Y  cuando  los  hom- 
i.bres  de  las  naciones  más  civilizadas  no  puedan  discurrir  ni  hablar  en  materias 


324 


s.  ramón  y  CAJAL- 


filosóficas,  científicas,  literarias  o  industriales,  sin  tropezar  a  cada  paso  con  ex- 
presiones  o  conceptos  españoles,  la  defensa  de  la  patria  llegará  a  ser  cosa  super- 
flua;  su  honor,  su  poderío  y  su  prestigio  estarán  firmemente  garantidos,  porque- 
nadie  atropella  a  lo  que  ama,  ni  insulta  o  menosprecia  lo  que  admira  y  respeta. 

He  nombrado  a  la  patria  y  deseo  que,  en  tan  solemne  ocasión,  sea  ésta  la  ul-- 
tima  palabra  de  mi  desaliñado  discurso.  Amemos  a  la  patria,  aunque  no  sea  mas¬ 
que  por  sus  inmerecidas  desgracias.  Porque  «el  dolor  une  más  que  la  alegría»,  ha< 
dicho  Renán.  Inculquemos  reiteradamente  a  la  juventud  que  la  cultura  superior,  la 
producción  artística  y  científica  originales  constituyen  labor  de  elevado  patriotis¬ 
mo.  Tan  digno  de  loa  es  quien  se  bate  con  el  fusil  como  ef  que  esgrime  la  pluma 
del  pensador,  la  retorta  o  el  microscopio.  Honremos  al  guerrero  que  nos  ha  con¬ 
servado  el  solar  fundado  por  nuestros  mayores.  Pero  enaltezcamos  también  aV 
filósofo,  al  literato,  al  jurista,  al  naturalista  y  al  médicorque  defienden  y  afirman 
enérgicamente  en  el  noble  palenque  de  la  cultura  internacional  el  sagrado  depó¬ 
sito  de  nuestra  tradición  intelectual,  de  nuestra  lengua  y  cultura,  en  fin,  de  nues^- 
tra  personalidad  histórica  y  moral,  tan  discutida  y  a  veces  tan  agraviada  por  Ios- 
extraños.» 

En  aquella  ocasión,  la  prensa,  siempre  bueiiísima  conmigo,  prestóme  servicio* 
inestimable.  En  sus  bondadosos  elogios,  exageró,  sin  duda,  la  penuria  de  mis  me¬ 
dios  instrumentales,  y  la  desproporción  entre  mis  recursos  económicos  y  los  re¬ 
sultados  obtenidos.  En  todo  caso,  sus  campañas,  tanto  más  agradecidás  cuanto* 
más  espontáneas,  qrearon  cierto  estado  de  opinión,  recogido  diligente  y  generosa¬ 
mente  por  el  Gobierno  de  D.  Francisco  Silvela,  quien  propuso  al  Consejo  de  Mi¬ 
nistros,  después  de  consulta  deferente  con  el  interesado, la  fundación  de  un  Institutff 
de  Investigaciones  científicas,  donde  el  humilde  laureado  de  París  pudiera  desarro¬ 
llar  ampliamente  y  sin  cortapisas  económicas  sus  trabajos  biológicos.  Singular¬ 
mente  entusiastas  del  pensamiento  mostráronse,  y  así  me  lo  manifestaron,  el  mi¬ 
nistro  de  Instrucción  pública.  García  Alix,  y  F.  Villaverde,  a  la  sazón  encargado- 
de  la  cartera  de  Hacienda. 

Decidido  el  Gobierno  a  realizar  prontamente  el  pensamiento,  tramitóse  inme¬ 
diatamente  la  indispensable  consulta  al  Consejo  de  Estado— las  Cortes  estabam 
cerradas — y  se  consignaron  para  la  compra  de  material  e  instalación  del  Laborato¬ 
rio  80.000  pesetas,  dejando  para  las  Cortes  la  legalización  del  proyecto,  así  como* 
la  aprobación  de  los  créditos  de  material  y  personal.  Con  verdadera  munificencia- 
fijó  el  Sr.  Silvela  la  gratificación  del  director  en  10.000  pesetas,  cifra  excesiva  que, 
a  mis  ruegos,  fué  rebajada  por  el  conde  de  Romanones,  sucesor  del  Sr.  García 
Alix,  cuando  en  1901  subió  al  Poder  la  situación  liberal.  Obtenida  la  sanción  de 
los  Cuerpos  Colegisladores,  el  nuevo  Centro  de  estudios,  designado  Laboratorio 
de  Investigaciones  biológicas,  instalóse  provisionalmente  en  un  hotel  de  la  calle 
de  Ventura  de  la  Vega.  Meses  después,  y  por  iniciativa  del  nuevo  ministro  dé- 
instrucción  pública,  trasladóse  definitivamente  al  Museo  del  Dr.  Velasco. 

Excusado  es  decir  que  la  creación  del  referido  Laboratorio  satisfizo  plenamen¬ 
te  mis  aspiraciones.  Sobre  proporcionarme  instrumental  copioso  y  modernísimo,, 
enjugó  el  déficit  que,  no  obstante  los  recursos  de  la  Facultad  y  la  generosidad 
del  Dr.  Busto,  me  ocasionábanla  compra  de  libros  y  Archivos  científicos,  y  sobre¬ 
todo  la  publicación  de  mi  Revista  trimestral,  de  que  vino  a  ser  continuación  el' 
nuevo  Anuario  titulado  Trabajos  del  Laboratorio  de  Invesfígaciones  biológicas.  Ex-- 
celente  papel,  grabados  y  litografías  sin  tasa,  extensión  flimitadk  del  texto  en  pro¬ 
porción  con  el  original  disponible,  fueron  las  ganancias  materiales  logradas,  y 
como  provechos  docentes  la  colaboración  de  cada  día  más  intensa  y  reiterada  de- 
algunos  ayudantes  y  discípulos.  Séame  lícito  notar  que  en  los  citados.  Trabajos,. 


recuerdos  de  mi  vida 


325 


/Creados  en -1902,  han  visto  la  luz  hasta  hoy  (1923)  más  de  350  monografías  origi- 
■nales,  lo  que  me  da  el  derecho  y  la  satisfacción  de  pensar  que  el  sacrificio  hecho 
por  el  Estado  no  ha  sido  estéril  para  el  progreso  de  la  Ciencia  y  el  crédito  de  Es- 
,paña  en  el  extranjero. 

Durante  el  bienio  de  1900  y  1901,  di  a  la  estampa  algunos  trabajos  dignos  de 
ser  notados,  además  de  las  ya  mentadas  comunicaciones  sobre  la  corteza  aciisti- 
xa  y  olfativa.  He  aquí  algunos  de  ellos: 

1. °  Disposición  terminal  de  las  fibras  acústicas  o  del  nervio  coclear  (1)  (figu- 
•  ra  97).— Se  demuestra  en  este  trabajo  que  las  fibras  del  coclear  exhiben  dos  cla¬ 
ses  de  arborizaciones:  las  terminales  o  conos  de  Held,  espesas  y  pobres  en  ramas, 
que  se  aplican  sobredas  células  del  foco  ventral;  y  las  colaterales,  representadas 
por  ramitas  finas,  que  constituyen  plexos  delicados,  situados  entre  Jas  células.  Se 
•señalan,  también,  diferencias  en  la  disposición  de  las  ramas  terminales,  según_  la 
profundidad  en  el  foco  ventral  (B  y  C),  y  se  consignan  álgunas  inducciones  fisio¬ 
lógicas  sacadas  de  los  nuevos  hechos  de  estructura  de  los  ganglios  acústicos. 
En  la  figura  97  puede  verse  el  conjunto  de  la  arborización  terminal  del  citado 
nervio. 

2. °  Contribución  al  estudio  de  la  via  sensitiva  central  y  de  la  estructura  del  tᬠ
lamo  óptico  (2).— Algunos  autores  (Monakoy,  Dejerine,  Mahaim,  etc.)  habían  sos¬ 
pechado  que  las  fibras  del  lemnisco  interno  o  vía  sensitiva  poseían  una  estación 
intermediaria  en  el  tálamo;  pero  la  existencia  de  semejante  interrupción  no  había 
podido  ser  anatómicamente  .demostrada. 

Nuestras  observaciones  en  ei  tálamo  de  ratas  y  ratones  probáron  definitiva- 
«mente  que  las  fibras  del  lemnisco  interno  se  terminan  todas,  a  favor  de  arboriza¬ 
ciones  libres  complicadas,  en  el  espesor  del /oco  talámico  ventral  (Nissl)  o  núcleo 
lateral  (Kolliker)  (A).  Dentro  de  cada  arborización  yace  un  islote  de  células,  cuyos 
axones  dirigense  hacia  el  cerebro^  engendrando  la  vía  sensitiva  superior  o  talámi- 
£0-cortical.  En  la  figura  98,  A,  B,  mostramos  estos  interesantes  hallazgos. 

Por  primera  vez  se  demuestra  también  en  este  trabajo  la  presencia  de  fibras 
centrífugas  o  córtico-talámicas,  que,  naciendo  en  la  corteza  cerebral  y  cruzando  el 
-cuerpo  estriado,  se  arborizan  en  los  susodichos  islotes  talámicos. 

Otro  hecho  nuevo  se  consigna  además:  La  mayoría  de  los  autores  que  se  han 
ocupado  del  cordón  de  Forel  lo  reputan  nacido  en  el  cuerpo  estriado  (Deje- 
■^rine,  etc.)  o  de  procedencia  óptica  (Kolliker).  Nuestras  investigaciones  probaron 
incontestablemente  que  sus  fibras  representan  colaterales  de  la  vía  piramidal,  na¬ 
cidas  detrás  del  cuerpo  de  Luys,  y  dirigidas,  por  encima  de  la  substancia  nigra  y 
xn  sentido  anteroposterior,  a  la  región  de  la  calata  (véase  la  fig.  98,  F). 

En  fin,  se  precisa  además  el  origen  y  la  terminación  de  las  fibras  exógenas  del 
.núcleo  de  Luys,  señaladas  por  Mirto  y  Kolliker  (E). 

Textura  del  lóbulo  olfativo  accesorio  (3J.— Gudden,  Cansen  y  Kolliker  descu¬ 
brieron  en  los  roedores  un  departamento  superior  del  bulbo  olfatorio  que  consi- 
ideraron  como  un  lóbulo  peculiar  de  este  centro,  pero  sin  asignarle  propiedades 
estructurales  específicas. 

Nuestras  investigaciones  probaron  que  dicho  foco  posee  una  estructura  propia 
distinta  de  la  del  resto  del  lóbulo  y  que  en  él  penetra  un  manojo  particular  de 
.fibras  olfativas.  Prescindiendo  de  pormenores  descriptivos,  nos  concretaremos  a 
decir  que  dicho  lóbulo,  por  lo  fino  y  delicado  de  su  organización,  podría  compa- 
jarse  con  la  foseta  central  de  la  retina;  es  decir,  que  representaría  el  lugar  de  la 
maxima  acuidad  olfativa  'de  los  roedores.  En  la  figura  99,  D,  reproducimos  un  cor¬ 
te  donde  se  ve  penetrar  el  fascículo  olfativo  especial. 


(1)  Cajal:  Disposición  terminal  de  las  fibras  del  nervio  coclear.  Revista  trimestral  micrográflca,  nú- 
^ero  2,  3  y  4.  Con  dos  figuras,  1900. 

(2)  Cajal:  Contribución  al  estudio  de  la  vía  sensitiva  central  y  de  la  estructura  del  . tálamo  óptico. 
(Con  cuatro  grabados.)  Revista  trimestral  micrográilca,  tomo  V,  1900. 

(3)  Cajal;  Textura  del  lóbulo  olfaüvo  accesorio.  (Con  cinto  figuras.)  Trab.  del  Lab  de  iv. 
^est.  biól.,  tomo  l,  1901, 


326 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Significación  probable  de  las  células  de  axon  corto  (1).— Después  de  revisar  la  ’ 
repartición  y  conexiones  de  tales  neuronas  en  los  diversos  focos  nerviosos,  se 
concluye  que  no  pueden  estimarse  como  anillos  intercalares  obligados  entre  las 
fibras  aferentes  y  las  neuronas  de  axon  largo,  sino  como  cadenas  laterales 
a  las  vías  principales,  a  quienes  proporcionarían  energía  nerviosa  almacenada,  tn 
suma,  tales  elementos  vendrían  a  ser  algo  así  como  condensadores  de  potencial 
destinado  a  aumentar  la  tensión  del  impulso  nervioso  en  las  vías  principales  afe¬ 
rentes  y  eferentes.  Trabajos  ulteriores  recaídos  sobre  la  retina  de  vertebrados  e 
invertebrados  (insectos,  cefalópodos,  etc.)  nos  confirman  en  tal  opinión. 

Estructura  del  tubérculo  cuadrigémino  posterior  (2).— Entre  los  hallazgos  comu¬ 
nicados  en  este  trabajo,  tengo  por  más  importantes  los  siguientes; 

1. °  La  demostración  de  que,  en  los  roedores,  una  buena  parte  de  las  fibras- 
del  lemnisco  externo  o  vía  acústica  central  se  bifurcan,  suministrando  una  rama 
posterior  arborizada  en  el  núcleo  del  tubérculo  distal  y  otra  anterior  ramificada  en 
el  cuerpo  geniculado  interno  o  posterior  (fig.  100,  A,  a,  b.) 

2. ®  Descubrimiento  de  que  la  via  acústica  central  descripta  por  diversos  auto-- 
res,  y  sobre  todo  por  Held,  no  marcha  directamente  al  cerebro,  sino  que  se  termi¬ 
na  en  el  cuerpo  geniculado  interno,  a  favor  de  arborizaciones  libres  en  contacto 
con  neuronas,  cuyos  axones  forman  la  vía  acústica  superior  o  tálamo  cortical 
(fig.  100,  C). 

3,0  Aportación  de  nuevos  datos  estructurales  acerca  del  cuerpo  geniculado^ 
interno  y  corteza  del  tubérculo  cuadrigémino  posterior  (núcleo,  corteza  lateral,  co¬ 
misuras,  etc.).  Imposible  dar  aquí  detalles  de  estas  aportaciones.  En  lá  figura  lOO’ 
reproducimos  cierto  esquema  donde  aparecen  las  vías  esenciales  del  cuerpo  geni¬ 
culado  interno,  tubérculo  cuadrigémino  posterior  y  otros  centros  del  tálamo. 

En  fin,  en  1901  di  ala  estampa  otras  comunicaciones  de  menor  envergaduras 
una  de  carácter  técnico  (3),  en  donde  se  describen  varios  métodos  destinados  a 
teñir  el  disco  de  cemento  de  los  tubos  nerviosos  centrales,  la  mielina  y  los  cilin¬ 
dros-ejes;  y  otra  de  asunto  fotográfico,  con  la  presentación  de  dos  aparatos  este» 
reoscópicos  imaginados  para  el  examen  de  grandes  pruebas  panorámicas  (4). 

Las  investigaciones  efectuadas  durante  el  bienio  1900-1901  tuvieron  ampliación 
y  complemento  en  las  emprendidas  en  1902  y  1903.  Preocupado  con  la  organización  ' 
de  los  ganglios  centrales  del  cerebro,  y  codicioso  de  aumentar  mi  haber  con  nue¬ 
vos  hallazgos  en  esta  térra  ignota,  proseguí  con  mi  habitual  ardor  la  tarea  analíti¬ 
ca,  que  recayó  muy  señaladamente  sobre  la  textura  del  septum  lucidum  (5),  la  fina 
anatomía  del  tálamo  óptico  (6),  con  particular  consideración  de  la  estructura  de 
los  cuerpos  de  Luys,  tubérculos  mamilares  y  tuber  cinereum,  y  en  fin  de  cierto  foca 
enigmático  anejo  de  la  cinta  óptica  (7). 

Corrió  mi  actividad  después  por  los  dominios  de  los  pedúnculos  cerebelosos^ 
dilucidando  algunos  puntos  obscuros  de  sus  conexiones  y  vías  secundarias  (8),- 
abordé,  mediante  los  métodos  de  Marchi  y  Golgi,  las  relaciones  entre  el  cerebro  y 


(1)  Cajal:  Significación  probable  de  las  células  de  axon  corto.  Trab.  del  Lab.  de  invest.  biol.,. 
tomo  I.  (Con  3  esquemas.)  1901. 

(2)  Cajal:  Estructura  del  tubérculo  cuadrigémino  posterior,  cuerpo  geniculado  interno  y  vías  acús¬ 
ticas  centrales.  2rab.  del  Lab.  de  invest.  biol.,  tomo  I.  (Con  6  grabados.)  1901 . 

(3)  Cajal:  Pequeñas  comunicaciones  técnicas.  Revista  trimestral  micrográfica,  tomo  V,  fase.  3, 1301’.- 

(4)  Cajal:  Recreaciones  estereoscópicas  y  binoculares.  La  Fotografía.  1901.  (Con  S  grabados.)’ 

(5)  Cajal:  Estructura  del  septum  luctdum .  Trab.  del  Lab.  de  invest.  biol.,  tomo  I  fCon  19  eraba- 

dos.)  1902.  ■  * 

(6)  Cajal:  Estudioá  talámicos.  Trab.  del  Lab.  de  invest.  biol.,  tomo  II.  (Con  20  grabados.)  1903. 

(7)  Cajal:  Sobre  un  foco  gris  especial  relacionado  con  la  cinta  óptica.  Trab.  del  Lab.  de  invest: 
biol.,  tomo  II.  (Con  2  grabados.)  1903. 

(8)  Cajal:  La  doble  vía  descendente  nacida  del  pedúnculo  cerebeloso  superior.  Trab.  del  Lab.  de- 
invest.  biol.,  tomo  II.  (Con  4  grabados.)  1903. 


becuehdos  de  mi  vida 


327 


el  tubérculo  cuadrigétnino  anterior  y  tálamo  óptico  (1)  (existencia  de  una  vía  espe¬ 
cial  llamada  córtico-bigeminal),  y  aporté,  finalmente,  algunas  menudas  contribu¬ 
ciones  metodológicas  tocantes  a  la  coloración  de  los  tubos  nerviosos  medula- 
dos  (2)  y  manipulación  de  los  cortes  (3). 

Haré  gracia  al  lector  del  contenido  de  estos  trabajos,  que  dada  su  aridez  des¬ 
criptiva,  ni  aun  en  resumen  me  atrevo  a  referir.  Baste,  por  ahora,  declarar  que  las 
citadas  comunicaciones  sobre  el  septo  lucido  y  regiones  básales  del  tálamo,  esto 
es,  los  cuerpos  mamilares,  el  tuber  cinereum,  etc.,  contienen  la  descripción  de  nu¬ 
merosos  focos  y  vías  nerviosas  inadvertidos  de  los  neurólogos,  amén  del  esclare¬ 
cimiento  de  bastantes  problemas  de  conexión  interfocal.  Uno  de  ellos  aparece  di¬ 
lucidado  en  la  figura  101,  B,  donde  mostramos  que  el  pedúnculo  del  cuerpo  ma¬ 
milar  (B)  no  nace,  sino  que  se  termina  mediante  arborizaciones  libres  en  ambos 
focos  mamilares. 

El  conjunto  de  las  conexiones  de  los  cuerpos  mamilares  (A)  con  los  demás  nú¬ 
cleos  del  tálamo  y  bulbo,  así  como  las  relaciones  del  núcleo  dorsal  del  tálamo  (B) 
con  el  cerebro  {m,n)  y  el  bulbo  olfativo  {b,  i)  han  sido  reproducidos  en  la  figu¬ 
ra  102. 

Con  el  análisis  de  los  focos  centrales  del  cerebro  puse  remate  a  lo  que  podría¬ 
mos  llamar  mi  programa  de  morfología  neuronal  y  de  roturación  de  las  tierras  en¬ 
cefálicas  y  medulares,  más  o  menos  cultivadas.  En  la  segunda  mitad  de  1903 
abrióse  para  mí  nuevo  ciclo  de  investigaciones.  En  adelante,  mi  atención  fué  atraí¬ 
da,  de  manera  predilecta,  por  el  seductor  problema  de  la  organización  íntima  de 
la  célula  nerviosa  y  del  cilindro-eje. 

(1)  Cajal;  Las  fibras  nerviosas  de  origen  cerebral  del  tubérculo  cuadrigémino  anterior  y  tálamo  óp¬ 
tico.  Tráb.  del  Lab.  de  invest.  biol.,  tomo  II.  (Con  10  grabados.)  1903. 

(2)  Cajai;  Método  para  colorear  la  mielina  en  las  preparaciones  del  método  de  Marchi.  Trab.  del 
Lab.  de  invesí.  biol.,  tomo  II,  1903. 

(3) '  Cajal;  Un  consejo  útil  para  evitar  los  inconvenientes  de  la  friabilidad  y  arrollamiento  de  los 
cortes  en  los  preparados  de  Golgi  y  Marchi.  Trab.  del  Lab.  de  invest.  biol.,  tomo  II,  1903. 


CAPITULO  XIX 


PARTICIPACIÓN  DE  LOS  HISTÓLOGOS  ESPAÑOLES  EN  EL  CONGRESO  MÉDICO  INTERNA¬ 
CIONAL  DE  1903  CELEBRADO  EN  MADRID.— COMUNICACIONES  DE  ALGUNOS  PRO¬ 
FESORES  EXTRANJEROS  Y  NACIONALES.— DEMOSTRACIÓN  HECHA  POR  SIMARRO  DE 
UN  MÉTODO  NUEVO  DE  COLORACIÓN  DE  LAS  NEUROFIBRILLAS.— PARTIENDO  DE 
ESTE  INTERESANTE  PROCEDER,  DOY  CASUALMENTE  COn  UNA  FÓRMULA  SENCILLͬ 
SIMA  Y  CONSTANTE  DE  LMPREGNACIÓN  DE  LAS  NEUROFIBRILLAS,  DE  LOS  AXONES 
Y  TERMINACIONES  NERVIOSAS  CENTRALES  Y  PERIFÉRICAS.  —  HISTORIA  DE  LAS 
TENTATIVAS  ENCAMINADAS  Au  HALLAZGO  DE  LA  NUEVA  FÓRMULA  Y  ULTERIORES 
PERFECCIONAMIENTOS  DE  LA  MISMA.— GRACIAS  AL  NUEVO  RECURSO  TÉCNICO, 
CONSIGO  CONFIRMAR  Y  CONSOLIDAR  DEFINITIVAMENTE  DESCUBRIMIENTOS  ANTE¬ 
RIORES  Y  COSECHAR  NUMEROSOS  HALLAZGOS 


FuÉ  el  año  1903  uno  de  los  de  mayor  actividad  del  recién  creado  Laboratorio 
de  Investigaciones  biológicas.  Una  fiebre  de  trabajo,  sólo  comparable  con  la 
sufrida  en  1889  y  1890,  se  apoderó  de  mí,  embargando  todas  mis  facultades. 
Nada  menos  que  14  comunicaciones,  algunas  equiparables  por  su  volumen  a 
libros,  di  a  la  estampa  en  dicho  año,  cuya  segunda  mitad  considero  como  la  cús¬ 
pide  de  mi  actividad  inquisitiva.  Y  todavía  pude,  durante  la  canícula,  disponer  de 
tiempo  bastante  para  emprender,  en  compañía  de  mí  mujer  y  hermanas,  un  viaje 
de  turista  por  la  encantadora  Italia,  con  acompañamiento  del  indispensable  apa¬ 
rato  fotográfico,  y  haciendo  escala  en  Génova,  Milán,  Turín,  Pavía,  Venecia,  Flo¬ 
rencia,  Roma,  Pisa,  Nápoies  y  otras  admirables  ciudades  de  la  patria  del  arte.  A 
tan  inusitado  alarde  de  energías  contribuyeron  poderosamente  dos  sucesos  afor¬ 
tunados:  primeramente,  las  sesiones  del  Congreso  Internacional  de  Medicina,  ce¬ 
lebrado.  en  Madrid  durante  ia  primavera  del  citado  año;  y  después,  allá  por  el  mes 
de  octubre,  el  encuentro  fortuito  de  cierta  fórmula  de  impregnación  de  las  células 
y  fibras  nerviosas,  singularmente  fecunda  en  nuevas  revelaciones. 

El  mencionado  Congreso  internacional  obligó,  naturalmente,  a  movilizar  todas 
las  fuerzas  de  los  aficionados  españoles  a  las  tareas  del  Laboratorio.  Importaba 
desempeñar  un  papel  lo  menos  desairado  posible  y  hubo  de  «echarse  el  resto» 
como  suele  decirse.  »  ’ 


A.  de  Madrid  concurrieron  numerosos  sabios  extranjeros  (Behring, 

Metchnikoñ,  Waldeyer,  Fmnk,  Veratti,  Van  Gehuchten,  Henschen,  Unna,  Do- 
naggio,  etc.)  y  no  pocos  médicos  nacionales  e  hispano-americanos. 

Encargado  de  la  presidencia  déla  Sección  de  Anatomia  y  AntropologiaAm^ 
harto  trabajo,  durante  aquellos  días  de  incesante  ajetreo,  con  organizar  y  dirigir 
as  sesiones,  ultimar  las  comunicaciones  de  los  discípulos  y  mías,  disponer  vela- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


32[> 

das  de  demostraciones  microscópicas,  concurrir  a  banquetes  y  otros  festejos  ofi¬ 
ciales,  etc.  Procuramos  todos,  en  fin,  hacer  grata  a  los  forasteros  ilustres  la  estan¬ 
cia  entre  nosotros. 

Entre  los  congresistas  eminentes  que  tomaron  parte  en  los  trabajos  de  mi  sec¬ 
ción,  merecen  mención  especial,  no  sólo  por  su  renombre^jnundial,  sino  por  el  in- 
i:erés  de  sus  comunicaciones,  Mr.  Henschen,  profesor  de  Estocolmo,  que  disertó 
en  una  de  las  cátedras  de  San  Carlos,  sobre  casos  clínicos  de  ceguera  mental  y  las 
íesiones  concomitantes  del  lóbulo  occipital  (tema  íntimamente  relacionado  con 
mis  estudios  histológicos  acerca  de  la  fisura  calcarina);  el  profesor  Unna,  de  Ham- 
burgo,  dermatólogo  insigne,  creador  de  notables  métodos  de  coloración  de  los  te¬ 
jidos  epitelial  y  conjuntivo,  el,cual  en  brillante  conferencia  pública  tuvo  la  galan¬ 
tería  de  atribuirme  la  prioridad  del  descubrimiento  de  las  células  del  plasma  (mis 
corpúsculos  cianófilos  hallados  en  los  sifilomas);  él  maestro  de  Lovaina  Mr.  A.  Van 
Gehuchten,  antiguo  amigo,  que  presentó  al  Congreso  las  primicias  de  cierto  pro¬ 
ceder  de  demostración  del  trayecto  de  las  raíces  motrices  (proceder  de  la  degene¬ 
ración  retrógrada  tardia);  el  Dr.  E.  Veratti,  joven  de  mucho  talento,  discípulo  y 
ayudante  de  Golgi,  de  cuyas  ideas  y  métodos  se  confesó  en  varias  notas  y  discu¬ 
siones  entusiasta  defensor;  el  joven  profesor  de  Módena  A.  Donaggio,  que  impre¬ 
sionó  agradablemente  en  las  sesiones  demostrativas,  exhibiendo  bellísimas  pre¬ 
paraciones  del  armazón  interior  de  las  neuronas  (las  neurofibrillas  de  Bethe)  colo¬ 
reado  mediante  técnica  de  su  invención,  que  no  creyó  oportuno  divulgar;  y,  en  fin, 
otros  varios  concurrentes  distinguidos  de  que  no  guardo  memoria. 

Entre  los  congresistas  españoles— aludo,  naturalmente,  a  la  Sección  anatómica 
y  antropológica— mtrecen  mención  especial;  el  profesor  Antón,  que  pronunció  elo¬ 
cuente  conferencia  acerca  de  algunos  problemas  antropológicos;  y  muy  señalada¬ 
mente  el-  Dr.  L.  Simarro,  quien  en  presencia  de  numerosos  sabios  extranjeros 
mostró,  én  el  Laboratorio  de  Investigaciones  biológicas,  excelentes  preparaciones 
de  la  red  neurofibrillar  impregnadas  con  un  método  original  de  que  trataremos  ul¬ 
teriormente.  De  menos  interés  fueron  las  comunicaciones  presentadas  por  otros 
congresistas,  incluyendo  las  mías,  una  de  las  cuales  (1),  de  índole  polémica,  versó 
sobre  las  aventuradas  teorias  reticularistas  de  A.  Bethe  (cuyo  método  acababa  yo 
de  ensayar).  Cbn  ella  me  propuse,  sobre  todo,  promover  y  animar  la  discusión  so¬ 
bre  el  importante  problema  de  las  conexiones  interneuronales  y  la  fina  estructura 
del  protoplasma  nervioso,  cuestiones  por  entonces  de  palpitante  actualidad. 

En  las  sesiones  de  demostración  exhibí  muchas  preparaciones  escogidas,  con¬ 
cernientes  a  la  estructura  de  la  médula  espinal,  cerebro  y  cerebelo;  preparaciones 
concordantes,  no  obstante  estar  teñidas  por  los  métodos  de  Golgi  y  Ehrlich  (cestas 
nerviosas  pericelulares,  colaterales  y  bifurcaciones  nerviosas,  etc.)  Con  ello  me  pro¬ 
puse  persuadir  a  los  congresistas  de  la  absoluta  objetividad  de  mis  interpretaciones 
referentes  al  modo  de  terminar  las  fibras  nerviosas  en  la  substancia  gris.  . 

En  fin,  para  ser  completo,  por  lo  que  hace  a  mi  personal  intervención  en  dicho 

(1)  Cajal;  Consideraciones  críticas  sobre  la  teoría  de  Bethe  acerca  de  la  estructura  y  conexiones  de 
las  células  nerviosas.  Trah.  del  Lab.  de  invest.  hiol.,  tomo  II,  1903.  (Con  ocho  figuras.) 

En  esta  comunicación  se  exponen  (y  los  trabajos  posteriores  de  numerosos  sabios  nos  han  dado  ia 
razón)  dos  asertos  críticos  de  cierto  interés,  a  saber: 

a)  Que,  dadas  las  conexiones  reales  y  la  morfología  de  las  neuronas,  las  neurofibrillas  no  pueden 
Ser  estimadas,  según  piensan  ■  Bethe  y  Apatby,  como  la  única  substancia  conductriz  del  protoplasma 
nervioso. 

b)  Que  el  método  de  Bethe,  por  no  colorear  las  arborizaciones  pericelulares  y  colaterales  nerviosas, 
¿esimprocedente  para  el  estudio  délas  conexiones  interneuronales. 


330 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


certamen,  mencionaré  todavía  mi  conferencia,  pronunciada  en  el  gran  anfiteatro^ 
de  San  Carlos  con  asistencia  de  numerosos  sabios  extranjeros,  y  honrada,  ademas,, 
con  la  presencia  del  Presidente  del  Consejo  de  Ministros,  Sr.  Fernandez  Villaver- 
de.  Versó  mi  lección  sobre  el  plan  estructural  del  tálamo  óptico  (1). 

El  segundo  acontecimiento  aludido  no  puede  referirse  sin  retroceder  algo  en  el 
curso  del  tiempo  y  exponer  algunos  antecedentes  técnicos. 

Notorio  es  que,  en  ciencia  como  en  arte,  cada  época  tiene  su  preocupación^ 
dominante,  a  la  cual  pocos  logran  sustraerse.  Ultimado,  o  al  menos  notablemente 
impulsado,  el  conocimiento  de  la  morfología  neuronal  y  del  comportamiento  gené¬ 
rico  de  los  apéndices  axónicos  y  dendríticos,  la  mirada  de  la  mayoría  de  los  neuró¬ 
logos  volvióse  hacia  la  íntima  estructura  del  protop^asma  nervioso.  Al  par  de  otros- 
observadores,  yo  fui  también  arrastrado  por  la  corriente. 

Ciertamente,  el  problema  estructural  y  la  solución  propuesta  por  los  años- 
de  1900  a  1903  eran  cosas  viejas.  Desde  hacía  muchos  lustros,  Max  Schultze, 
Schwalbe,  Ránvier,  y,  en  más  recientes  tiempos,  A.  Dogiel  (1898),  hubieron  de¬ 
percibir,  dentro  del  cuerpo  de  las  células  nerviosas,  cierta  enigmática  urdimbre 
compuesta  de  finas  y  granulosas  hebras,  prolongadas  hasta  las  expansiones  pro- 
toplásmicas.  Pero  los  métodos  de  la  época  eran  insuficientes  para  esclarecer  satis¬ 
factoriamente  el  comportamiento  de  dicho  esqueleto  intraprotoplásmico.  Seme¬ 
jantes  sutilísimos  filamentos,  ¿constituyen  red  o  marchan  independientes?  ¿Pro- 
lónganse  dentro  de  los  axones  hasta  las  arborizaciones  terminales  mismas?  En  fin, 
¿existen  motivos  para  estimarlos  como  vías  intracelulares,  especialmente  diferen¬ 
ciadas  para  la  propagación  del  impulso  nervioso? 

La  respuesta  definitiva  a  estas  preguntas  implicaba  inexcusablemente  el  en¬ 
cuentro  de  algún  proceder  de  teñido  intensamente  selectivo  del  referido  esqueleto. 
Con  relación  a  las  células  nerviosas  de  algunos  invertebrados  (hirudo,  pontob- 
della,  etc.),  un  sabio  húngaro,  Mr.  Apathy  (2),  de  Clausenburg,  tuvo  la  fortuna  de 
tropezar  (1897)  con  este  ansiado  recurso  analítico  (fórmula  especial  de  fijación 
asociada  al  cloruro  de  oro)  y  de  percibir,  y  demostrar  por  primera  vez,  intensa 
y  vigorosamente  teñidas  en  violado,  las  consabidas  neuroflbrillas  o  fibrillas  ele¬ 
mentales  conducir  ices. 

Desgraciadamente,  el  método  complicadísimo  imaginado  por  Apathy  no  era 
aplicable  a  los  vertebrados.  Su  inconstancia,  además,  dejaba  tamañitas  las  fórmu¬ 
las  más  azarosas  de  la  técnica  histológica.  Cuantos  neurólogos  lo  emplearon  fra¬ 
casaron  lamentablemente. 

Y  cuando  ya,  en  descenso  la  ola  del  entusiasmo,  pensábase  que  aquellas  ele¬ 
gantes  redes  intracelulares  eran  quizá  algo  privativo  de  los  vermes,  apareció  en  el 


(1)  Cajal:  Plan  de  estructura  del  tálamo  óptico.  Conferencia  dada  en  la  Facultad  de  Medicina  de 
Madrid  el  2Sde  abril  de  1903,  con  ocasión  del  Congreso  médico  internacional.  Madrid,  1903.  (Con  cinco 
esquemas,  copias  de  las  tablas  murales  dibujadas  ai  efecto.) 

Contiene  este  trabajo  una  síntesis  de  nuestros  estudios  sobre  el  tálamo  con  la  interpretación  fisioló¬ 
gica  general  de  los  nuevos  hallazgof. 

Entre  otros  conceptos,  se  afirma  que  el  tálamo  encierra  dos  órdenes  de  focos  nerviosos  o  estaciones 
intermediarias:  los  focos  «íoíoj-escewíHfüáros,  residentes,  por  lo  común,  en  el  plano  inferior  {cuerpo  de 
Lmjs,  substancia  nigra,  etc.),  que  reciben  colaterales  de  la  vía  piramidai  y  cuerpo  estriado;  y  los  focos 
sensoriales  centripetos,  situados  en  el  piso  superior  y  en  relación  con  las  vías  sensitivas  o  sensoriales 
aferentes,  etc. 

(2)  S.  Apathy:  Das  leitende  Elemeat  der  Nervensystems  und  seine  topographischen  Beziehungen  zu 
den  Zellen.  Mitfíietl.  a.  d.  Zool.  Station  su  Neapel.  Bd.  12.  H.  4,  1897. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


331 


palenque  otro  investigador  de  grandes  arrestos.  Fué  el  fisiólogo  A.  Betlie  (1),  a  la 
sazón  profesor  de  Strasburgo,  quien  puso  la  cuestión  nuevamente  a  la  orden  del 
día,  sorprendiéndonos  con  importante  Memoria,  donde,  auxiliado  por  un  método 
especial  (combinación  de  un  mordiente,  el  molibdato  amónico,  con  un  colorante, 
el  azul  de  tolaidina),  demostró  las  fibrillas  o  neurofibrillas  de  los  vertebrados,  se¬ 
ñaladamente  las  contenidas  en  las  voluminosas  células  de  la  médula,  ganglios, 
cerebelo,  etc.  Fascinados  por  la  importancia  y  novedad  de  las  revelaciones  de 
Bethe,  todos  quisimos  colaborar  en  la  empresa,  esperanzados  de  nuevas  y  estu-- 
pendas  conquistas. 

Mas  el  sino  adverso  continuaba  influyendo.  El  enrevesado  proceder  de  A.  Bethe 
no  estaba  al  alcance  de  todo  el  mundo.  Como  el  de  Apaíhy,  sólo  floreció  en  el  La¬ 
boratorio  de  su  autor  o  en  las  manos  de  poquísimos  iniciados.  En  cuanto  a  mí, 
logré  a  fuerza  de  paciencia  algunas  mediocres  e  insuficientes  coloraciones.  Y  atri¬ 
buyendo  el  fracaso  a  le  impericia  del  principiante,  deqiandé  cortésmente  al 
ingenioso  creador  del  método  alguna  preparación  típica  para  confrontarla  con¡ 
las  mías. 

Semanas  después  recibía,  cuidadosamente  embaladas,  cual  objetos  preciosos, 
dos  preparaciones:  una,  del  cerebelo;  otra,  de  la  médula  espinal  del  conejo. 

«Estos  preparados  son  excepcionalmente  buenos— escribíame  €l  profesor  de 
Strasburgo—.  Han  sido  ejecutados  por  el  más  aventajado  de  mis  discípulos.  Pon¬ 
ga  usted  cuidado  en  su  manejo  y  devuélvamelos  lo  antes  posible,  porque  no  dis¬ 
pongo  de  otros  por  ahora.» 

¡Oh  decepción!...  ¡Las  joyas  técnicas,  aquellos  preparados  inestimables  desem¬ 
balados  con  emoción  y  examinados  con  el  corazón  palpitante,  no  sobrepujaban  a 
los  míos!...  Ciertamente,  dentro  del  protoplasma  nervioso  advertíanse  las  neurofi- 
brillas  impregnadas  de  violado;  pero  tan  pálidas  en  el  seno  granuloso  de  la  ganga 
del  citoplasma,  que  resultaba  imposible  reconocer  netamente  su  disposición  real 
y  sus  conexiones  con  las  demás  texturas  extracelulares.  ¡Y  sobre  tales  imágenes 
había  construido  Bethe  formidable  edificio  teórico!  En  vano  me  afanaba  en  buscar 
el  trayecto  exterior  de  tan  sutiles  filamentos.  Sin  embargo  de  lo  cual,  el  sabio  de 
Strasburgo  nos  hablaba,  con  sorprendente  aplomo,  del  enlace  substancial  de 
aquéllos  con  la  red  pericelularde  Golgi  (en  realidad  descubierta  por  mí,  según  dejo 
apuntado  más  atrás),  red  a  su  vez  caprichosamente  interpretada  (con  olvido  o 
menosprecio  de  todas  las  terminantes  revelaciones  de  los  métodos  de  Golgi  y 
Ehrlich)  como  la  porción  terminal  de  las  fibras  nerviosas. 

Ardía  yo  en  deseos  de  contemplar  las  susodichas  neurofibrillas  en  preparacio¬ 
nes  irreprochables.  Desilusionado  de  las  técnicas  aleatorias  e  insuficientes  de 
Apathy  y  Bethe;  imposibilitado,  además,  de  ensayar  la  de  Donaggio,  conservada 
en  secreto,  y  persuadido,  en  fin,  de  que  para  la  coloración  vigorosa  de  tan  sutiles 
hebras  era  inexcusable  recurrir  a  las  reducciones  metálicas,  entreguéme  porfiada¬ 
mente,  desde  1901,  a  numerosos  ensayos  de  impregnación;  aprovechando  unas 
veces  la  reacción  del  óxido  de  plata  amoniacal,  descubierta  por  Fajersztajn  (1901); 
otras,  la  del  cloruro  de  oro  en  presencia  del  tanino  y  del  ácido  pirogálico;  algunas, 
en  fin,  las  sales  haloides  de  plata  y  los  reductores  fotográficos  introducidos  en  la 
técnica  por  Siraarro  (1900).  Fruto  inicial,  aunque  poco  importante,  de  aquella  obs¬ 
tinada  labor,  fueron  ciertas  fórmulas  de  coloración  de  los  cilindros-ejes  y  de  la 


Lf  Neurofibrillen  u.  der  Ganglienzellen  von  Wibelthieren  und  Beziehungen  zu 

lolginetzen.  Arch.  f.  míkros.  Anat.,  etc.  Bd.  55,  1900.  '  ^ 


332 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


-mielina  (1).  Pero  el  esqueleto  neurofibrillar  y  las  terminaciones  nerviosas  centra¬ 
les,  objetivo  principal  de  mis  afanes,  resistíanse  obstinadamente. 

A  tan  empeñadas  probaturas  incitábame,  no  tanto  la  esperanza  de  topar  con 
-un  proceder  fácil  de  demostración  de  la  urdimbre  intraneuronal,  cuanto  el  ansia 
de  descubrir  fórmula  de  impregnación  susceptible  de  provocar  coloraciones  inten¬ 
sas,  al  par  que  perfectamente  transparentes,  de  las  células  y  fibras  nerviosas. 
Anhelaba  contrastar  una  vez  más  las  bellas  revelaciones  del  cromato  de  plata 
.con  las  de  otro  recurso  al  que  no  pudiera  reprocharse  el  defecto  de  traducir  el 
soma  celular  y  sus  expansiones  en  siluetas  opacas,  sin  asomos  de  estructura, 
ín  fin,  me  ilusionaba  la  esperanza  de  procurarme  un  arma  poderosa  que  esgrimir 
contra  muchos  novadores  técnicos,  inclinados  irresistiblemente  al  vicio  anárquico 
de  negar,  en  nombre  de  una  nueva  verdad,  las  verdades  descubiertas  por  otros. 

Después  de  infructuosas  tentativas  con  las  técnicas  precedentes,  consagré 
^n  1903  particular  atención  al  método  del  Dr.  Simarro  (2),  primer  autor  que  logró 
teñir  las  neurofibrillas  mediante  las  sales  de  plata. 


Consta  la  técnica  del  ilustre  neurólogo  español  de  seis  operaciones  esenciales: 
,1.^  Envenenamiento  de  los  animales,  durante  varios  días,  con  dosis  crecientes  de 
bromuro  o  de  yoduro  de  potasio.  2.^  Inmersión  por  varios  días  (dos  a  diez)  de 
trozos  de  médula  espinal  en  solución  al  1  por  100  de  nitrato  de  plata,  al  objeto  de 
provocar  en  los  tejidos  la  formación  de  yoduro  o  bromuro  argénticos  u  otras  com¬ 
binaciones  argéntico-orgánicas.  Cuando  los  animales  no  son  envenenados,  el  ni- 
-trato  sólo  produce,  naturalmente,  cloruro  argéntico  y  combinaciones  argéntico- 
proteicas  de  naturaleza  enigmática.  3.^  Induración  rápida  de  las  piezas  en  alcohol 
e  inclusión  subsiguiente  en  celoidina  para  efectuar  secciones  microtómicas,  ope¬ 
raciones  que  se  practican  en  la  obscuridad.  4.^  Exposición  de  los  cortes  a  la  luz 
como  si  fueran  papeles  fotográficos.  5.^  Revelación  de  las  secciones  en  el  cuarto 
obscuro,  mediante  un  reductor  fotográfico,  por  ejemplo;  el  ácido  pirogálico,  la 
hidroquinona,  etc.,  adicionados  de  sulfito  sódico  y  de  un  álcali  enérgico.  En  fin, 
fijado  en  hiposulfito  de  sosa. 

El  haloide  argéntico  (bromuro,  yoduro  o  simplemente  el  cloruro),  formado  elec¬ 
tivamente  por  las  células  y  fibras  nerviosas,  conviértese  por  reducción  en  depósito 
metálico  finísimo,  de  matiz  pardo  o  rojo.  Según  el  aútor  del  método,  las  neurofibri¬ 
llas  aparecerían  solamente  en  las  piezas  bromuradas  o  yoduradas.  En  las  simple¬ 
mente  cloruradas  parece  no  haberlas  visto. 

Por  desgracia,  y  por  lo  que  toca  a  la  presentación  de  las  neurofibrillas,  el  inge¬ 
nioso  método  del  sabio  español  dista  mucho  de  ser  constante.  Y,  cuando  por  raro 
caso,  lógranse  resultados  excelentes,  el  depósito  argéntico  escoge  de  manera  casi 
exclusiva  el  armazón  de  las  grandes  y  medianas  células  de  la  médula  espinal  y 
bulbo  raquídeo.  Imposible  obtener  coloraciones  neurofibrillar  es  en  el  cerebro,  ce¬ 
rebelo,  ganglios  y  terminaciones  nerviosas.  Los  axones  mismos  ímprégnanse  frag¬ 
mentariamente  y  con  gran  irregularidad. 

Antes  de  abandonar  dicho  método,  resolví  analizarlo  escrupulosamente,  va¬ 
riando  sus  momentos  operatorios  y  determinando,  si  ello  era  posible,  las  causas 
de  su  desalentadora  inconstancia.  A  este  propósito,  comencé  por  modificar  una  de 
las  condiciones,  o  sea  el  envenenamiento  de  los  animales.  En  vez  de  yoduros  y 
-bromuros,  usé  diversas  sales  metálicas,  sólo  venenosas  a  dosis  casi  masivas  (fe- 
rrocianuro  de  potasio,  ferficianuro,  sulfato  de  cobre,  etc.);  varié  metódicamente  el 
tiempo  de  permanencia  de  las  piezas  en  la  estufa,  así  como  la  proporción  del  ni¬ 
trato  de  plata;  prescindí  de  la  acción  de  la  luz  y  de  los  reveladores  alcalinos, 
-usando  los  llamados  por  los  tratadistas  de  fotografía  reductores  físicos,  etc. 


(1)  Cajal;  Pequeñas  comunicaciones  técnicas,  etc.  Revista  trimestral  micrográfica.  Tomo  V,  1900. 

(2)  L.  Simarro;  Nuevo  método  histológico  de  impregnación  por  las  sales  fotográficas  de  plata.  Revis¬ 
ita  trimestral  micrográfica,  tomo  V,  1900. 


RECUERDOS  DE  MI  VEDA^ 


De  este  esmerado  análisis  experimental  obtuve  ya  dos  enseñanzas  valiosas^ 
1 «  Que  la  coloración  neurofibrillar  no  tiene  riada  que  ver  con  el  envenenamiento 
de  los  animales,  puesto  que  en  los  casos  rarísimos  en  que  se  logra,  se  da  lo  mi^o 
en  los  envenenados  con  sales  de  cobre  y  hierro  que  en  los  no  mtoxicados.  2.  Que 
se  precisa  el  concurso  del  calor,  no  bastando  la  inmersión  de  las  piezas  en  ^1 
trato  de  plata,  por  veinticuatro  o  cuarenta  y  ocho  horas,  sino  el  uso  de  la  estuta- 
a  37°  durante  cuatro  dias,  o  con  temperatura  del  verano  (22°  a  27°)  por  ocho  o 


Todos  estos  ensayos  e  inducciones  produjeron  un  solo  efecto:  simplificar  la- 
técnica  del  sabio  español,  descartando  la  enfadosa  operación  dél  envenenamiento 
de  los  animales  y  evitando  la  acción  perturbadora  de  la  luz.  Mas,  a  pesar  de  todo,, 
malográronse  mis  esperanzas  de  prestar  a  la  coloración  neurofibrillar  constancia,, 
vigor  y  generalidad.  Comparables  en  principio  con  las  de  Simarro,  mis  preparacio¬ 
nes  no  decían  nada  nuevo. 

Por  entonces  (agosto  de  1903)  y  a  guisa  de  sedante  del  cerebro  sobreexcitado,, 
emprendi  el  citado  viaje  de  placer  por  la  seductura  Italia.  Aquellas  nobles  y  ex¬ 
celsas  visiones  de  arte  causáronme  vivo  deleite;  pero,  de  vez  en  cuando  retorna¬ 
ban,  distrayéndome  de  mis  contemplaciones,  inquietudes  de  Laboratorio.  Ante  Ios- 
cuadros  de  un  Museo  o  al  pie  de  ruinas  gloriosas,  acometíanme  obsesionantes 
hipótesis  necesitadas  de  contraste  experimental,  proyectos  técnicos,  al  parecer,, 
henchidos  de  promesas. 

Cierto  día,  ya  iniciado  el  viaje  de  regreso  y  vibrante  el  cerebro  por  el  recio  tre¬ 
pidar  del  tren,  apoderóse  de  mi,  con  la  obsesión  de  idea  fija,  cierta  sencillisima 
hipótesis  que  explicaba  satisfactoriamente  los  fracasos  del  método  de  Simarro  y 
encerraba  en  germen,  caso  de  confirmarse,  un  recurso  analitico  tan  simple  como 
eficaz.  Hoy  no  acierto  a  comprender  cómo  tan  trivial  pensamiento  tardó  tanto  en 
ocurrirseme.  ¡Cuánta  verdad  es  que  las  más  sencillas  soluciones  acuden  siempre 
las  últimas  y  que  la  imaginación  constructiva,  antes  de  hallar  el  buen  camino,  la 
ansiada /dmu/a  económica  que  diria  Mach,.  comienza- por  perderse  en  lo  com¬ 
plicado!... 

He  aqui  la  idea  elemental  y  fecunda  que  tanto  coqueteó  antes  de  entregarse:: 
La  substancia  enigmática  generadora  de  la  reacción  neurofibrillar,  debe  de  ser  pura  > 
y  sencillamente  el  nitrato  de  plata  caliente  Ubre,  susceptible  de  precipitarse,  en  vir¬ 
tud  de  procesos  físicos,  sobre  el  esqueleto  neurofibrillar  modificado  por  la  acción  de 
/a /emperatorc.  Los  cloruros  y  bromuros  argénticos  no  sólo  no  toman  parte  en 
la  reacción,  sino  que  la  dificultan.  Si  el  depósito  metálico  proviene  del  nitrato  ar¬ 
géntico  incorporado  a  un  medio  coloidal^  resulta  evidente  que  sólo  una  revelación 
física  (pirogálico  o  hidroquinina  sin  álcali,  en  vez  dé  los  reveladores  químicos 
ricos  en  álcali  usados  por  Simarro),  puede  precipitar  dicho  nitrato  sobre  las  estruc¬ 
turas  protoplásmicas,  respetando  los  bromuros  y  cloruros  perturbadores  que,  con 
los  nuevos  reveladores  serán  incapaces  de  reducirse.  Pero  para  retener  el  nitrato 
de  plata  libre,  eliminado  en  el  método  de  Simarro  (1),  seria  necesario  sumergir,  no 
los  cortes,  sino  los  bloques  de  tejido  nervioso-  en  el  baño  argéntico  y  aumentar- 
notablemente  la  densidad  de  éste. 

(1)  Parecida  opinión,  con  desarrollos  y  puntos  de  vista  interesantes  que- no  puedo  detallar  aquí,  sos-- 
üene  Liesegang,  gran  autoridad  en  fotoquímica,  quien  ha  consagrado  dos  profúndcs  análisis  al  mecanis¬ 
mo  físico  de  accción  de  mi  formula  de  impregnación.  En  tales  estudios,  además  de  demostrar  palmaria¬ 
mente  que  el  principio  de  mi  proceder  nada  tiene  de  común  con  el  de  la  reacción  de  Simarro,  expone 
Cierta  luminosa  hipótesis  sobre  la  acción  de  los  que  él  llama  gérmen^  de  reducción.  Con  el  concurso  dg,. 


.334 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


Dejo,  dicho  que  el  precedente  proyecto  perseguíame  como  una  obsesión.  Devo¬ 
rábame  la  impaciencia.  Y  ansiaba  hallarme  en  el  Laboratorio  para  poner  en  prác¬ 
tica  mis  proyectos.  Génova,  Niza,  Mónaco,  Marsella,  todas  las  rientes  y  luminosas 
ciudades  de  la  prestigiosa  Cdte  d’azur  desfilaron  por  mi  retina  sin  dejar  huella 
apenas  en  mi  espíritu. 

A  mi  llegada  a  Madrid  caí  sobre  los  animales  de  experimentación  guardados 
.en  mi  Laboratorio  como  el  león  sobre  su  presa. 

Y  ensayé  la  fórmula  imaginada,  cuyos  resultados  fueron  admirables.  Esta  pri¬ 
mera  fórmula  se  resume  en  las  sencillas  operaciones  siguientes;  a,  inmersión 
directa  dé  los  trozos  nerviosos  en  nitrato  de  plata;  b,  estufa  cuatro  días;  c,  reduc¬ 
ción,  en  bloque  y  en  la  obscuridad,  de  la  sal  argéntica  mediante  baño  de  ácido 
pirogálico,  con  o  sin  adición  de  formol;  d,  lavad©;  e,  alcohol;  encastramienío  en 
celoidina  y,  en  fin,  secciones  microtómicas.  En  los  cortes  adicionados  de  nitrato 
de  plata  no  conseguí  ningún  resultado  (1).  (Recuérdese  que  en  el  método  de  Si- 
marro,  el  teñido  sólo  se  consigue  operando  sobre  secciones.)  • 

Grandes  fueron  mi  emoción  y  sorpresa.  Desde  los  primeros  ensayos,  las  neu- 
rofibrillas  de  casi  todas  las  células  nerviosas  de  la  médula,  bulbo,  ganglios,  cere¬ 
bro  y  cerebelo,  sin  contar  numerosos  tipos  de  arborizaciones  axónicas  'terminales, 
aparecieron  espléndidamente  impregnadas  con  matiz  pardo,  negro  o  rojo  ladrillo, 
perfectamente  transparente.  Muchas  dendritas  perseguíanse  a  placer  al  través  de 
la  enmarañada  urdimbre  de  la  substancia  gris,  gracias  al  intenso  tono  pardo  obs¬ 
curo  de  sus  hacecillos  neurofibrillares.  Según  era  de  prever,  la  inoportuna  reduc¬ 
ción  de  cloruros  y  albuminatos  argénticos  (estrías  de  Fromman,  estrangulacio¬ 
nes,  etc.)  brillaba  por  su  ausencia.  En  fin,  y  ésta  era  la  más  valiosa  ventaja,  dicha 
coloración,  además  de  lograrse  en  todos  los  centros  nerviosos,  resultaba  constan¬ 
te  a  condición  de  ajustarse  severamente  a  mi  formulario. 

Recuerdo  todavía  la  exclamación  admirativa  con  que,  semanas  después  del 
hallazgo,  recién  publicada  una  nota  explicativa  de  la  fórmula,  me  participaba  van 
Gehuchten  el  resultado  de  su  primer  ensayó  sobre  el  cerebro  del  conejo.  «Je  n’ai 
pas  dormí !»  Tampoco  yo  dormí  en  varios  días,  vibrante  el  cerebro  con  la  concep¬ 
ción  de  nuevos  planes  de  trabajo  y  afanado  además  con  la  ingrata  tarea  de  preci¬ 
sar,  a  fuerza  de  experimentos,  las  condiciones  óptimas  de  la  reacción. 

Cierta  nota  preventiva  precipitadamente  redactada  (2)  para  unos  Archi¬ 
vos  médicos,  recientemente  fundados  por  el  Dr.  Cortezo  y  el  Dr.  Pittaluga, 
completada  después  por  extensa  y  reposada  monografía  cuajada  de  grába¬ 
los  fijadores,  ciertas  substancias  reductrices  residentes  en  el  prctoplasma  nervioso,  formarían,  a  expensas 
dei  nitrato  de  plata  ambiente,  gérmenes  infinitesimales  de  plata  reducida,  ios  cuales  atraerían  vivamente 
el  metal  coloidal  producido  por  la  acción  del  revelador.  Debemos  también  a  dicho  sabio  la  demostración 
de  que  en  la  reacción  desempeñan  un  papel  importante  los  coloides  del  bloque  de  tejido  nervioso. 
Véanse  los  notables  trabajos  de  Liesegang,  singularmente  el  titulado:  Die  Kolloidchemie  der  Ifistologis- 
'chen  SilverfSrbungen.  Scynderabdruckder  KolloidchemiscTie  Beiheften.  Bd.  HI.  Dresden,  1911. 

(1)  Aún  hoy  (1917j,  no  obstante  reiterados  ensayos,  no  ha  conseguido  teñir  regularmente  las  neuro- 
fibrillss  en  las  secciones,  cualquiera  que  sea  el  fijador  empleado,  a  menos  de  recurrir  a  la  fórmula  de 
Eielschowsky.  Modernamente,  ha  indicado  Liesegang  un  medio— adición  de  un  coloide  (solución  espesa 
de  goma,  por  ejemplo)  al  reductor  físico— con  el  cual  se  obtienen  algunos  resultados,  aunque  de  ningún 
modo  comparables  a  los  conseguidos  según  el  modm  operandi  común.  Por  lo  demás,  el  proceder  de 
Liesegang,  aunque  basado  en  el  principio  del  mío,  debe  considerarse  como  un  método  nuevo,  ya  que  no 
usa  la  estufa  y  para  la  reducción  emplea,  además  de  la  goma,  una  mezcla  a  dosis  masivas  de  hidroqui¬ 
nona  y  nitrato  de  plata  que  prepara  en  el  acto  mismo  de  la  impregnación  de  los  cortes. 

(1)  Cajal:  Sobre  un  sencillo  procedimiento  de  impregnación  de  las  fibrillas  in  teiiores  del  protoplas- 
ma  nervioso.  Archivos  latinos  de  Medicina  y  Cirugía,  uúm.  20.  Octubre  de  1903. 


Ri'.Ct'ERDOS  DE  MI  VIDA 


333 


dos  (1),  divulgaron  rápidamente  los  resultados  obtenidos,  que  fueron  confirmados 
y  ampliados  notablemente  por  multitud  de  sabios  extranjeros.  Entre  los  confirma¬ 
dores  de  la  primera  hora,  a  quienes  el  método  rindió  pingüe  cosecha  de  hechos 
nuevos,  recordamos  a  van  der  Stricht,  van  Gehuchten,  Michotte,  Besta,  Azoulay^ 
Nageotte,  Lugaro,  Holmgrem,  Retzius,  v.  Lenhossék,  Schaffer,  Humberto  Rossi, 
Ottorino  Rossi,  Levi,  Pighini,  Legendre,  Medea,  Perroncito,  London,  G.  Sala,  et¬ 
cétera,  etc. 

Con  singular  fortuna  ap  licaron  en  España  la  nueva  fórmula  mi  hermano, 
R.  Hiera,  Dalmacio  García  y  muy  singularmente  mi  ayudante  el  Dr.  Tello  (2),  quien 
en  la  exploración  a  que  sometió  los  centros  de  los  vertebrados  inferiores,  a  más 
.de  recoger  copiosa  cosecha  de  hechos  nuevos,  descubrió  el  curioso  fenómeno  de 
Ja  alteración  neuroñbrillar  por  invernación  {transformación  fusiforme,  tic.).  Des¬ 
pués  la  han  usado  con  éxito  otros  muchos,  entre  los  que  destacan  Achúcarro, 
Lafora,  F.  de  Castro,  D.  Domingo  Sánchez  y  Sánchez,  Laura  Forster,  Lorente  de 
lió,  Muñoz  Urra,  etc.  De  la  susodicha  fórmula  han  surgido  multitud  de  variantes, 
algunas  de  las  cuales,  como  la  de  Levaditi,  han  servido  para  el  descubrimiento 
del  microbio  de  la  sífilis. 

No  obstante  sus  excelencias  y  su  capacidad  de  revelar  el  retículo  hasta  en  los 
más  pequeños  elementos  del  cerebro  y  cerebelo,  el  método  adolecía  aún  de  algu- 
,nas  lagunas.  El  nitrato  de  plata  posee  mediana  aptitud  fijadora,  y  el  modus  ope- 
randi  primeramente  adoptado  tiñe,  muy  a  menudo,  pálida  y  desigualmente  los  axo- 
nes.  Pero,  haciendo  pi?eceder  la  nitratación  argéntica  de  las  piezas  de  un  fijado, 
:por  veinticuatro  horas-,  en  alcohol  solo,  en  formol  y  mejor  aún  en  el  alcohol  adicio¬ 
nado  de  algunas  gotas  de  amoníaco,  corrígese  tan  grave  defecto,  lográndose  colo¬ 
raciones  enérgicas  y  regulares  de  los  cilindros-ejes  gruesos  y  finos,  así  como  de  la 
mayoría  de  las  arborizaciones  nerviosas  centrales  y  periféricas.  Esta  nueva  fórmu¬ 
la  tiene,  además,  la  ventaja  de  ser  aplicable  a  todos  los  vertebrados  y  de  producir 
imágenes  excelentes  en  los  animales  recién  nacidos  o  en  fase  embrionaria. 

He  aquí  una  de  las  mejores  fórmulas: 

1.0  Fijación  de  las  piezas  en  alcohol  amoniacal.  (Para  50  centímetros  cúbicos 
de  alcohol  de  40°  añadíanse  3  a  8  gotas  de  amoníaco.) 

2.0  Inmersión  de  las  mismas,  durante  cinco  a  seis  días,  en  nitrato  de  plata 
al  3  por  100  (o  al  1  */»,  según  los  casos)  conservado  en  estufa  a  37°  y  en  la  obscu¬ 
ridad  durante  cuatro  a  seis  días. 

3. °  Después  de  lavado  superficial  de  los  trozos  nerviosos,  reducción  por  vein¬ 
ticuatro  horas,  también  en  la  obscuridad  o  bajo,  luz  tenue,  en  el  siguiente  reductor 
.íísico^ (incapaz  de  desarrollarlos  cloruros):  ácido  pirogálico,  1;  agua,  90;  formol,  10. 

4. °  Lavado  rápido  de  las  piezas  que  se  induran  en  alcohol.  En  fin,  celoidina  y 
secciones  microtómicas. 

Más  adelante  aconsejamos  todavía  otras  fórmulas,  simples  variantes  de  la  an¬ 
terior,  con  aplicación  a  casos  especiales. 


(1)  CAjALcUn  sencillo  método  de  coloración  del  retículo  proloplásmico  y  sus  efectos  en  diverso 
centros  nerviosos.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  Mol.,  1903.  (Con  38  grabados.) 

.De  este  trabajo  salió  a  luz,  en  fomia  de  libro,  una  traducción  francesa  del  Dr.  Azoulay,  con  algunas 
adiciones  importantes. 

(2)  Tello;  Sóbrela  existencia  de  neurofibrillas  colosales  en  las  neuronas  de  los  reptiles.  2'rab.  del 
Lab.  de  Inveit.  Mol.,  tomo  II,  diciembre  de  1903. 

Tello;  Las  neurofibrillas  en  los  vertebrados  inferiores.  Trab.  delLab.  de  Invest.  Mol.,  tomo III,  1904. 

(3)  Cajal;  Algunos  méiodos  de  coloración  de  los  cilindros-ejes,  neurofibrillas  y  nidos  nerviosos. 
■Trab.  del  Lab.  de  Invest.  Mol.,  lomo  UI,  1904.  Los  trabajos  de  Achúcarro  y  de  otros  autores  españoles 
jserán  citados  al  final  de  este  libro. 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


Confío  en  que  perdonará  el  lector  los  prolijos  detalles  expuestos  sobre  las  in¬ 
dagaciones  metodológicas  de  1903.  Pero  el  asunto  justifica  la  extensión.  Sobre: 
que  la  nueva  técnica  fué  la  señal  de  larga  serie  de  trabajos  de  laboratorio  publica¬ 
dos  durante  veinte  años,  al  escribir  estos  recuerdos  no  puedo  olvidar  que  soy 
preferentemente  leído  por  aficionados  a  las  tareas  del  Laboratorio.  Ellos  sabrán 
disculparme  y  acaso  agradecerme  ciertas  minucias  descriptivas.  Creo,  además, 
que  nada  anima  tanto  al  novel  investigador  como  la  narración  sincera  de  las  ten¬ 
tativas  practicadas,  de  los  titubeos,  sinuosidades  y  extravíos  de  la  labor  experi¬ 
mental;  en  suma,  de  los  ardides  puestos  en  juego  durante  el  largo  proceso  inquisi¬ 
tivo  hasta  alcanzar  la  solución  anhelada.  El  novicio  observará,  en  fin,  que  el  éxito 
representa  casi  siempre  función  y  premio  de  la  atención  ahincada  y  del  trabajo^ 
perseverante.  Cuando  enardecido  por  el  fuego  sagrado  sepa  hasta  qué  punto  influ¬ 
ye  el  azar— el  azar  deliberadamente  buscado  y  bien  aprovechado,  naturalmente— 
en  los  venturosos  hallazgos,  repetirá  sin  duda,  lleno  de  orgullosa  confianza,  la  co¬ 
nocida  exclamación  de  Corregió  ante  un  cuadro  de  Rafael:  «Anc/z’/o  son’  pittore». 

Singular  coincidencia.  Poco  después  de  publicada  mi  fórmula,  obtenida,  según> 
dejo  dicho,  partiendo  del  análisis  del  método  de  Simarro,  el  alemán  Bielschows- 
ky  (1)  arribaba  a  parecidos  resultados,  sirviéndose  también  del  nitrato  de  plata, 
pero  tomando  como  punto  de  partida  el  método  de  Fajersztajn.  En  adelante,  la  téc¬ 
nica  neurológica  contó,  pues,  con  dos  recursos  analíticos,  igualmente  fáciles  y  fe" 
cundos:  el  de  Bielschowsky,  especialmente  aplicable  al  encéfalo  humano  (cortes 
por  congelación  de  piezas  induradas  con  formol)  y  señaladamente  a  sus  lesiones 
anatomo-patológicas,  y  el  mío,  singularmente  apropiado  para  la  exploración  es¬ 
tructural  de  los  centros  nerviosos  de  los  mamíferos  y  vertebrados  inferiores,  gan¬ 
glios  sensitivos  y  simpáticos,  terminaciones  nerviosas  y  desarrollo  embrionario. 

Años  después,  los  autores,  apoderándose  de  mi  proceder,  transformáronlo,  se¬ 
gún  dejo  apuntado,  para  adaptarlo  a  nuevos  objetos  de  estudio.  Hoy  se  conocen  lo 
menos  20  variantes  de  mi  fórmula  primitiva. 

(1)  Bielschowsky:  Die  Silberimprágnation  der  Neurofibrillen.  Neurol.  Centralbl.  H.  22,  l.°  no¬ 
viembre  1903. 


CAPITULO  XX 


¡MIS  HALLAZGOS  CON  LA  NUEVA  fórmula  DE  IMPREGNACIÓN  ARGÉNTICA  DURANTE, 
LOS  AÑOS  1903,  1904  Y  1905.— REAL  DISPOSICIÓN  DE  .  ESQUELETO  NEUROFIBRI-, 
LLAR  EN  EL  PROTOPlASMA  NERVIOSO  Y  EN  LAS  aRBORIZACíONES  PERICELULARES,. 
CON  LA  COLABORACIÓN  DE  TELLO,  SEÑALO  CURIOSAS  VaRI  -CI'  NES  FISIOLÓGICAS 
BEL  RETÍCULO  NEUROFIBRILLAR  BaJO  LA  ACCIÓN  DE  LA  TEMPERATURA;  Y  AYU¬ 
DADO  DE  D.  D.  García,  las  variaci  nes  neurofibrillares  de  la  rabia.— 
aplicación  DEL  MÉTODO  a  LOS  EMBRIONES  Y  FETOS,  Y  ESTUDIO  EN  LAS  AVES  Y 
MAMÍFEROS  DE  LA  ESTRUCTURA  DE  LOS  FOCOS  BULBAVES  Y  ORIGEN  DE  LOS  NER¬ 
VIOS  ACÚSTICOS,  MOTORES  Y  SENSITIVOS.— LAS  NEUROFIBRILLAS  DE  LOS  VERMES. 
-SINGULARMENTE  DEL  «LUMBRlCUS».— ANÁLISIS  ESTRUCTURAL  DE  Laí.  P  ACaS 
MOTklCES,  DE  LAS  NEURONAS  DELA  REUNA  Y  DE  OTROS  ÓRGaNOS  SENSORIA.  ES 
PERIFÉRICOS.— interesantes  R.-.Ví-LAHONES  MORFOLÓGICAS  CONSEGUIDAS  EN 
EOS  GANGLIOS  SENSITIVOS  Y  SIMPÁ  ricos  DEL  HOMBRE,  ETC. 


Lugar  común  es  que  ios  descubrimientos  cientificos  son  función  de  los  mé¬ 
todos.  Aparecida  una  técnica  rigurosamente  diferenciadora,  sígnense  inme¬ 
diatamente,  en  serie  lógica  y  casi  de  modo  automático,  impensados  escla- 
grecimientos  a  problemas  antes  inaccesibles,  o  insuficientemente  resueltos.  Y  si 
^sto  es  verdad  con  relación  a  todas  las  ciencias  naturales,  lo  es  de  señaladísima 
manera  en  los  dominios  de  la  histología  Para  el  histólogo  cada  progreso  de  la 
■técriica  tintorial  viene  a  ser  algo  así  como  la  adquisición  de  nuevo  sentido  abierto 
Siacia  lo  desconocido.  Como  si  la  naturaleza  hubiérase  propuesto  ocultar  a  nues- 
tr-as  miradas  el  maravilloso  artificio  de  la  organización,  la  célula,  el  misterioso 
^otagonista  de  la  vida,  se  recata  obstinado  en  la  doble  invisibilidad  de  lo  peque¬ 
ño  y  de  lo  homogéneo.  Texturas  formidablemente  complejas  pieséntanse  al  mi¬ 
croscopio  con  la  albura,  igualdad  de  índice  de  refracción  y  virginidad  estructural 
de  una  masa  gelatinosa.  Más  afortunadas,  las  demás  ciencias  naturales  trabajan 
con  objetos  de  estudio  directamente  accesibles  a  los  sentidos.  Sólo  la  histología 
y  bacteriología  deben  cumplir,  antes  de  lanzarse  a  la  labor  analítica,  la  previa  y 
ifícil  tarea  de  patentizar  su  objeto  propio.  Y  en  tan  rigurosa  eampaña  han  de 
¡luchar --lo  hemos  dicho  ya— con  dos  grandes  adversarios:  lo  pequeño  y  lo  diáfano. 
El  histól  'go  sólo  podrá  avanzaren  el  conocimiento  de  los  tejidos  incrustándolos 
oÁinéndoIos  selectivamente  con  matices  variados,  capaces  de  hacer  resaltar  lás 
células  con  p-an  energía  del  fondo  incoloro.  De  esta  suerte,  la  colmena  celular  se 
nos  ofrece  sin  velos;  diríase  que  el  enjambre  de  transparentes  e  invisibles  infuso¬ 
rios  se  transforma  en  bandada  de  pintadas  mariposas. 

Por  eso,  cuando  el  azar  permite  a  un  investigador  crear  un  nuevo  método  tin- 

22 


338 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


torial-selectivo,  o  perfeccionar  felizmente  alguno  de  los  conocidos,  la  histología 
ensancha  su  horizonte  sensible.  Y  la  cosecha  de  hechos  nuevos  y  significativos, 
la  catalogación  de  formas  y  estructuras,  efectúase  llana  y  descansadamente,  como 
quien  siega  a  placer  en  trigal  sembrado  por  otros. 

Algo  de  esto  me  ocurrió  al  explotar  sistemáticamente  la  fórmula  de  impreg¬ 
nación  del  nitrato  de  plata  reducido,  cuyas  principales  ventajas  son,  según  deja 
dicho:  la  generalidad  de  sus  efectos,  la  transparencia  de  la  coloración,  la  exqui¬ 
sita  selección  neuronal  y  su  extraordinaria  simplicidad.  Esta  sencillez  de  manipula¬ 
ciones  hizo  posible  concentrar  formidable  labor  en  brevísimo  tiempo;  con  que  lo¬ 
gré  adelantarme  a  Bielschowsky,  Donaggio  y  a  otros  ilustres  introductores  de  téc¬ 
nicas  valiosísimas,  pero  menos  expeditas  y  cómodas  para  la  colecta  de  hechos- 
nuevos.  Las  preparaciones  clarísimas  y  terminantes  logradas  a  tan  poca  costa,  so¬ 
bre  revelar  disposiciones  morfológicas  originales  en  diversas  provincias  nerviosas 
y  aun  en  tejidos  de  otra  estirpe,  me  consintieron  confirmar  datos  anatómicos  an¬ 
tes  inseguros,  y  fortalecer  y  consolidar  doctrinas  harto  contf overtidas.  Excusado 
es  decir  que  durante  los  últimos  meses  de  1903,  y  en  los  años  siguientes,  me  en¬ 
tregué  a  la  tarea,  no  ya  con  actividad,  sino  con  ese  celo  impetuoso,  acaparador  y 
absorbente,  que  me  ha  valido  más  de  una  antipatía  entre  mis  émulos. 

Ya  en  el  primer  trabajo  aparecido  en  mi  Revista  (1),  la  cosecha  de  hechos  nue¬ 
vos  o  de  consolidación  de  los  poco  conocidos,  fué  considerable.  Citemos  aquí,  lo. 
más  brevemente  posible,  las  más  salientes  coriquistas: 

1.  Atañe  la  primera  al  problema  general  de  la  arquitectura  neurofibrillar,  al 

que  hemos  aludido  ya  en  el  anterior  capítulo,  con  ocasión  de  extractar  las  ideas 
de  Apathy  y  Bethe.  Mi  fórmula  prestábase  ventajosamente  a  ello,  a  causa  de  im¬ 
pregnar  las  neurofibrillas,  sobre  todo  en  los  animales  jóvenes,  de  intenso  color 
negro  o  café  obscuro.  Y  con  efecto,  en  la  médula  espinal,  bulbo  raquídeo,  cerebro, 
cerebelo,  ganglios,  etc.,  lo  mismo  en  las  neuronas  voluminosas  que  en  las  pequen- 
ñas,  mostróse  claramente  la  real  configuración  del  esquCieto  del  protoplasma  ner¬ 
vioso.  ' 

Conforme,  mostramos  en  la  figura  103  y  siguientes,  dicho  armazón  se  compo¬ 
ne,  no  de  un  conjunto  de  hilos  independientes  que  pasarían  desde  el  soma  a  las 
expansiones,  según  pensaban  Apathy,  Bethe  y  Belschuwsky,  y,  en  parte,  también 
Donaggio,  sino  de  un  retículo  en  dunde  se  destacan  dos  clases  de  hebras:  las 
gruesas  o  primarias  (a),  intensamente  colureables  en  café  o  rojo  pardo,  y  las  finas, 
y  secundarias  (]b),  más  débilmente  teñid^ts  y  enlazadas  entre  sí  y  con  las  prece¬ 
dentes.  Los  detalles  de  las  figuras  '  03  y  104  B,  nos  dispensan  de  entrar  aquí  en 
proliiidades  descriptivas.  Por  lo  demás,  la  referida  disposición  reticular  fué  pron¬ 
tamente  confirmada  por  buen  número  de  autores,  que  emplearon  asiduamente  la 
nueva  fórmula  de  impregnación:  van  Gehucnten,  Michotte,  G.  Sala,  L.  Azoulay,. 
Nageotte,  Dogiel,  Marinesco,  Medea,,Lugarü,  Tello,  R.  Hiera,  v.  Lenhossék,  etc. 

Mis  estudios  mostraron,,  además,  que  el  ciiado  esqueleto  neurofibi  illar  exhibe,, 
según  los  tipos  celulares  estudiados,  algunas  variantes  dispositivas.  D-  nso  y  rico 
en  hebras  dispuestas  en  haces  apretados  entre  los  gi  unios  de  Nissl,  en  las  colo¬ 
sales  neuronas  de  la  médula,  buibo  y  ganglios,  consta  de  e.'Casas  hebras,  separa¬ 
das  por  amplios  espacios,  en  las  diminutas  células,  nerviosas.  En  fin,  en  algunos 
elementos  de  mediana  talla  se  contienen  dos  redes  intraprotoplásmicas:  pcrinu- 
clear  b  compacta,  formada  por  las  neurofibrillas  centrales  amibadas  de  las  expan¬ 
siones;  y  cortical  o  fioja,  generada  por  los  filamentos  supeificiales  del  axon  y  den¬ 
dritas  (fig.  103,  A). 

2.  Mis  observaciones  revelaron  luego  un  hecho  interesante  a  cuyo  encuentro- 
contribuyó  también  mi  ayudante  el  Dr.  Tello,  a  saber:  que  las  neurofibrillas  no 

(l)  Cajal:  Un  sancillo  método  di  coloración  del  retículo  protoplasmático  y  sus  efectos  en  diversos, 
centros  nerviosos.  Tmi.  deí  Lai.  de  Invest.  biol.,  1^03. 


recuerdos  de  mi  vida 


33Í 


forman  un  armazón  estable  y  rígido,  sino  que  representan  algo  vivo,  mudable  y 
susceptible  de  reaccionar,  cambiando  de  aspecto  en  presencia  de  estímulos  fisiológi¬ 
cos  y  patológicos 

Como  prueba  de  esta  transformación  mostramos  comparativamente  los  retícu¬ 
los  de  las  neuronas  espinales  del  lagarto  en  estado  de  entorpecimiento  invernal 
(acción  de  frío)  y  en  estado  de  actividad  (acción  del  calor  de  la  estufa),  ponién¬ 
dose  de  manifiesto  que  el  frío  produce  coalescencia  de  las  neurofibrillas,  que  se 
funden  en  gruesos  cordones,  y  aumento  de  la  materia  argentófila  (fig.  104). 

Más  adelante  apareció  una  extensa  monografía  (2),  describiendo  menudamente 
las  referidas  variaciones,  no  sólo  en  los  reptiles,  sino  muy  especialmente  en  los 
mamíferos  jóvenes  y  hasta  en  el  hirudo.  En  la  figura  105  podrá  notar  el  lector  las 
sorprendentes  mutaciones  que  sufre  el  retículo  en  los  mamíferos  jóvenes  (conejo) 
cuando  éstos  son  sometidos  a  la  acción  de  bajas  temperaturas. 

3.  Casi  contemporáneamente  descubrí  que  la  nueva  fórmula  suministra  tamr 
bién,  en  determinadas  condiciones,  imágenes  excelentes  del  llamado  aparato 
reticular  de  Golgi  dé  los  epitelios  (3).  Este  poder  revelador,  que  se  acreditó  más 
tarde  en  los  invertebrados,  me  permitió  discutir  con  datos  objetivos  terminantes 
las  teorías,  a  la  sazón  en  lucha,  de  Holmgren,  Golgi  y  otros  acerca  de  la  natura¬ 
leza  y  morfología  del  susodicho  retículo. 

4.  En  fin,  cosa  importante,  el  nuevo  recurso  técnico  mostróse  también  propi¬ 
cio,  impregnando  con  inesperado  vigor  las  neurofibrillas  de  muchas  arborizaciones 
terminales  de  los  centros  (nidos  de  las  células  motrices,  cestas  periculares  de  los 
corpúsculos  de  Purkinje,  fibras  musgosas  y  trepadoras  del  cerebelo,  etc.)  (fig.  106). 

Esta  propiedad  resultó  tanto  más  preciosa  cuanto  que  carecíamos  por  enton¬ 
ces  de  método  regular  susceptible  de  comprobar  y  contrastar  corrientemente  en 
el  cerebelo  y  médula  espinal  las  arborizaciones  nerviosas  pericelulares  reveladas 
por  el  cromato  de  plata.  En  presencia  de  las  elegantísimas  preparaciones  del  cere¬ 
belo,  donde  las  cestas,  las  fibras  musgosas  y  trepadoras  aparecían  nítidas,  trans¬ 
parentes,  con  matices  enérgicos  y  variados,  y  teñidas  por  completo  sin  la  menor 
laguna  tintorial,  mi  alegría  fué  inmensa.  Habían  quedado  para  siempre  pulveriza¬ 
das  las  objeciones  de  los  adustos  impugnadores  del  método  de  Golgi,  siempre 
recelosos  de  que  las  siluetas  del  cromato  de  plata  no  tradujeran  disposiciones 
preexistentes . 

Según  mostramos  en  la  figura  106,  la  plata  coloidal  no  sólo  reproduce  las  for¬ 
mas  clásicas  de  los  preparados  golgianos,  sino  que  aporta  por  añadidura  intere¬ 
santísimos  e  impensados  detalles  estructurales.  Repárense  los  anillos  terminales 
de  las  colaterales  recurrentes  de  los  axones  de  Purkinje  ( <);  la  estrangulación  ini¬ 
cial  del  axon  de  las  células  de  cesta  (a);  las  cestas  propiamente  dichas  (B;;  la  ar- 
borización  serpenteante  de  las  fibras  trepadoras  (D),  etc. 

Como  hallazgos  accesorios  mencionaré  todavía: 

5.  Confirmación,  con  nuevos  detalles,  del  sistema  neurofibrillar  hallado  en  los 
invertebrados  (hirudo)  por  Apathy,  y  refutación  de  la  teoría  de  las  redes  interce¬ 
lulares  de  este  autor. 

6.  Descripción  de  las  fases  evolutivas  del  retículo  neurofibrillar  en  los  em¬ 
briones  y  animales  recién  nacidos  (células  del  cerebro,  cerebelo,  ganglios,  etc.). 

7.  Encuentio  y  descripción  por  primera  vez  en  los  invertebrados  (lumbricus) 


(1)  Caj Ai:  Variaciones  morfológicas  normales  y  patológicas  del  retículo  neurofibrillar.  Trab.  del 
Lab.  áeJnvest.  biol..  tomo  III,  cuadernos  1  y  2.  (Con  4  grabados.) 

(2)  Cajal.  Variaciones  morfológicas  del  retículo  nervioso  de  vertebrados  e  invertebradí)s.  Trab.  de^ 
Z.o6,  í/e/«ücgf.  bíoí.,  tomo  III,  1904  (Gon  5  grabados.) 

De  este  principio  de  la  variación  del  retículo,  comprobado  en  diversos  estados  patológicos,  han  sacado 
mucho  pariido,  aunque  usando  técuicas  diferentes,  Alzheimer,  Bielschowshy,  Schaíer  y  sus  discípulos. 
(8)  Cajal:  El  aparato  tubuliforme  del  epitelio  intestinal  de  los  mamíferos.  Trab.  del  Lab.  de  ínvest- 
tno  lll,  cuadernos  1  y  2.  (Con  2  grabados.) 


340 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


de]  anarato  reticular  de  Golgi,  que  aparece,  tanto  en  las  células  nerviosas  como  en 
fas  efftelSerSza^^  en  un  polo  del  soma,  no  lejos  del  núcleo  (f  gs.  107  y  108). 

8^  Descubrimiento  en  las  células  epiteliales  del  intestino  del  hirudo  de  un 
sistema  de  fibras  libremente  terminadas  y  comunicantes  con  espacios  úntaticos 
subyacentes.  Estos  conductos  constituyen  una  disposición  aparte  del  aparato  tu¬ 
bular  de  Golgi,  Negri  y  Holmgren.  Confirmado  por  Holmgren  en  el  hjrudo,  por 
Sánchez  en  varios  crustáceos  y  recientemente  por  Río  Hortega,  que  anade  inte¬ 
resantes  detalles. 


9.  Mi  ansiosa  curiosidad  llevóme  después  a  ensayar  reiteradamente  el  nuevo 
recurso  analítico  en  los  embriones  y  animales  recién  nacidos;  y  advertí  que  la  co¬ 
loración  se  obtiene  en  los  elementos  y  fibras  nerviosas  en  vías  de  evolución  con 
más  constancia  e  intensidad  todavía  que  en  el  adulto.  Además,  la  relativa  simpli¬ 
cidad  estructural  y  brevedad  de  las  distancias  en  los  embriones  permite  resolver 
problemas  de  organización  casi  inabordables  en  los  animales  llegados  a  pleno 
desarrollo. 

Entre  los  hechos  recogidos  en  esta  indagación  (1)  citaré  los  siguientes,  refe¬ 
rentes  a  la  organización  fundamental  del  bálbo  raquídeo,  protuberancia,  etc.: 


a)  Descripción  exacta  del  foco  superior  o  descendente  del  trigémino,  en  el 
cual  distinguí  una  porción  superior  de  células  multipolares  y  otra  porción  inferior 
de  neuronas  piriformes  voluminosas.  (Confirmado  por  P.  Ramón  en  batracios,  rep¬ 
tiles  y  aves.) 

b)  Observación  precisa  de  los  núcleos  motores  oculares  y  singularmente  el  del 
motor  ocular  común  de  las  aves,  con  sus  diversos  subnúcleos,  y  la  marcha  de  sus 
axones. 

c)  Impregnación  de  los  ganglios  raquídeos  embrionarios.  En  ellos  se  analiza  la 
transformación  sufrida  por  el  retículo  protoplásmico  durante  el  tránsito  de  la  fase 
bipolar  a  la  monopolar.  (Confirmado  por  Besta,  que  trabajó  con  este  mismo 
método.) 

d)  Descripción  de  los  focos  del  coclear  y  vestibular  en  los  embriones,  donde  se 
manifiesta  que  la  primera  aparición  del  retículo  diferenciado  tiene  lugar  en  torno 
del  núcleo. 

e)  Reconocimiento  de  las  terminaciones  nerviosas  en  las  crestas  acústicas  de 
los  embriones  de  pollo  (existencia  de  fibras  colosales  y  fibras  finas,  terminaciones 
en  cabos  y  por  ramas  libres  horizontales,  etc.).  Confirmado  en  diversos  mamíferos, 
y  ampliado  con  la  adición  de  hechos  interesantes,  por  London,  Kolmer  y  Biels- 
chowsky. 

f)  Determinación  en  las  aves  del  foco  intersticial  del  fascículo  longitudinal 
posterior^  cuyos  axones  gigantes  son  descendentes,  ingresando  en  dicha  vía. 

g)  Localización  del  núcleo  rojo  de  las  aves,  así  como  señalamiento  del  origen 
y  decusación  del  haz  de  Monakow,  sólo  conocido  en  los  mamíferos. 

h)  Descripción  del  origen  de  la  vía  óptico-refleja  descendente  del  tubérculo 
cuadrigémino  anterior,  etc. 


10.  Con  la  esperanza  de  recolectar  nuevos  pormenores  estructurales,  abordé 
más  tarde  el  análisis  de  las  placas  motrices  de  los  mamíferos  y  aves,  y  publiqué 
cierta  nota  (2)  acompañada  de  expresivos  grabados. 


(1)  Cajal:  Asociación  del  mé‘odo  del  nitrato  de  plata  al  embrionario  para  el  estudio  de  los  focos 
motores  y  sensitivos-  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  hiol.,  tomo  III,  fascículos  2 y  3,  junio  y  septiembre.  (Con 
12  grabados.) 

Sobre  el  mismo  tema  se  exponen  algunas  consideraciones  en  una  Revista  estudiantil.  Revista  escolar 
de  Medicina,  15  diciembre  1903. 

(2)  Cajal:  Contribución  al  estudio  de  la  estructura  de  las  placas  motrices.  Trab.  del  Lab.  de  Invest. 
ol.,  tomo  III,  cuadernos  2  y  3,  1904.  (Con  3  grabados.) 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


341 


En  este  trabajo  se  señala  por  vez  primera  el  armazón  neurofibrillar  de  las  pla¬ 
cas  motrices  de  aves  y  mamíferos,  reconociéndose  la  estmctura  reticulada  de 
los  ensanchamientos  de  la  arborización  nerviosa  y  la  disposición  ansiforme  de  las 
neurofibrillas  de  las  más  finas  ramificaciones.  (Confirmado  y  ampliado  por  Dogiel, 
Botezat  (terminaciones  sensitivas),  y  sobre  todo  por  Tello  y  Boeke,  que  han  hecho 
un  buen  estudio  de  las  placas  motrices  de  los  mamíferos.) 

11.  El  descubrimiento  de  las  cariosas  transformaciones  experimentadas  por 
las  neurofibrillas  bajo  la  acción  de  los  estímulos  fisiológicos,  condújome  al  examen 
del  retículo  en  diversos  estados  patológicos.  Esperaba  hallar  alguna  variación 
más  o  menos  típica,  de  los  procesos  infecciosos  del  sistema  nervioso,,  susceptible 
de  ser  aprovechada  en  el  diagnóstico.  Estas  esperanzas  confirmáronse  plenamente 
por  lo  que  toca  a  los  centros  nerviosos  de  los  animales  rábicos  (perro,  conejo, 
hombre,  etc.),  exploración  en  que  fui  celosamente  ayudado  por  D.  Dalmacio  García, 
Jefe  de  la  Sección  de  Veterinaria  del  Instituto  Nacional  de  Higiene. 

En  la  extensa  monografía  (1)  consagrada  al  referido  argumento  hago  constar 
que  bajo  la  influencia  del  virus  rábico,  las  células  nerviosas  de  Iss  ganglios,  mé¬ 
dula,  bulbo,  cerebelo,  cerebro,  etc.,  del  conejo,  cavia,  perro,  etc  ,  pasan  por  las 
siguientes  fases:  a)  aproximación  de  las  neurofibrillas,  que  se  disponen  en  haces 
apretados,  dejando  libres  grandes  espacios;  b)  desaparición  de  los  filamentos 
secundarios  y  fusión  de  los  haces  en  cordones  macizos,  sucesivamente  más  grue¬ 
sos  y  menos  numerosos;  c)  en  fin,  vacuolización  del  protoplasma,  lateralización 
del  núcleo,  formación  de  nuevas  dendritas  (estado  irritativo  del  retículo),  multipli¬ 
cación  de  los  corpúsculos  satélites,  alteración  varicosa  y  destrucción  de  los  axo- 
nes,  transformación  de  los  nidos  nerviosos  (cerebelo,  medula,  etc.)  (fig.  109). 

Las  citadas  alteraciones  del  retículo  se  consideran  como  una  reacción  de  este 
órgano  celular  bajo  el  estimulo  de  las  toxinas  lísicas,  reacción  comparable  a  la 
desarrollada  por  el  retículo  de  los  reptiles  sometido  a  la  acción  del  frío. 

En  fin,  considerando  la  precocidad  de  dicha  alteración  neurofibrillar,  la  cons¬ 
tancia  absoluta  de  su  presentación  en  la  rabia  y  su  ausencia  en  otras  enfermeda¬ 
des  infecciosas,  se  estima  la  susodicha  hipertrofia  neurofibrillar  como  un  seguro 
signo  diagnóstico  de  la  hidrofobia  del  hombre  y  animales.  (Confirmado  por  Mari¬ 
nesco,  que  estimó  la  mencionada  lesión  como  excelente  medio  de  diagnosticar 
la  rabia  y  más  adelante  por  Achúcarro,  que  añadió  nuevos  detalles.) 

12.  En  fin,  citemos  aún,  para  completar  la  serie  de  los  trabajos  de  1904,  una 
investigación  sobre  las  neurofibrillas  de  la  retina  (2),  de  que  se  publicó  traducción 
alemana  (3),  y  otra  indagación,  de  igual  Carácter,  acerca  de  los  ganglios  de  la  lom¬ 
briz  de  tierra  (4). 

En  este  último  trabajo  se  exponen  dos  métodos  de  impregnación  aplicables  al 
estudio  de  los  ganglios  del  Lumbricus.  El  primero,  simple  modificación  del  proce¬ 
der  del  nitrato  de  plata  reducido  (fijación  en  formol  solo  o  con  amoníaco),  impreg¬ 
na  exclusivamente  la  trama  neuróglica  de  los  invertebrados,  de  que  se  da  sucinta 
descripción.  El  segundo  proceder,  combihación  de  la  impregnación  argéntica  y 

(1)  Cajal  y  D.  García:  Las  lesiones  del  retículo  de  las  células  nerviosas  en  la  rabia.  Trab.  del  Lab. 
de  Invest.  biol.,  cuaderno  4,  1904.  (Con  2S grabados.) 

(2)  Cajal:  El  retículo  neurofibrillar  de  las  células  de  la  retina.  Tmb.  dél  Lab.  de  Invest.  biol., 
tomo  III,  fascículo  4,  1904.  (Con  1  grabado  y  1  lámina  litografiada.) 

(3)  Cajal:  Das  Neurofibrillennetz  der  Retina.  Inter.  Monatsch.  f.  Anat.  u.  Pysiol-,  Bd.  21,  H.  418. 
Número  extraordinario  destinado  a  conmemorar  el  50  aniversario  del  Doctorado  del  ilustre  histólogo 
W.  Krause. 

(4)  Cajal:  Neuroglia  y  neurofibrillas  del  Lumbriaus.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  III, 
cuaderno  4.  (Con  4  grabados.)  La  glia  del  Lumbricus  ha  sido  enriquecida  después  con  numerosos  hechos 
nuevos  por  Río  Hortega: 


342 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


átirica  tiñe  de  violeta  o  roio  las  neurofibrillas,  que  se  presentan  dispuestas  en 
redes  tupidas,  extendidas  por  todo  el  protoplasma,  reproduciendo  en  princip 
Hoi  ormíi-7ñn  npiirnfihrillar  de  los  Vertebrados,  etc. 


No  sería  completo  el  inventario  de  la  labor  de  1904  si  no  se  recordara  que,  en 
dicho  año,  di  feliz  acabamiento  a  mi  obra  magna  en  tres  volúmenes,  titulada  Hrs- 
tologia  del  sistema  nervioso  del  hombre  y  de  los  vertebrados  (Madrid,  1899  a 
1904)  (1).  De  la  cantidad  de  trabajo  puesto  en  ella,  durante  los  cinco  anos  que 
duró  la  impresión,  darán  idea  sus  1.800  páginas  de  texto  en  4.°  mayor  y  sus  887 
grabados  originales,  casi  todos  de  gran  tamaño.  Comprenderá  el  lector  que  al 
redactar  tan  voluminoso  libro,  donde  se  resumía  y  completaba  una  obstinada 
labor  de  quince  años,  antes  busqué  honra  que  provecho.  Y,  sin  pecar  de  inmodes¬ 
to  o  petulante,  puedo  decir  que  no  erraron  mis  cálculos.  Hay  trabajos  para  los 
cuales  no  existe  más  galardón  que  el  sentimiento  de  la  propia  estima  y  la  aproba¬ 
ción  de  los  doctos.  En  aquella  ocasión,  mis  esfuerzos  y  desvelos  alcanzaron  la 
única  recompensa  a  que  yo  aspiraba:  los  elogios  respetuosos  de  la  crítica  y  los 
lisonjeros  juicios  de  los  sabios  más  prestigiosos. 

Escrito  en  lengua  poco  conocida  de  los  sabios,  y  presupuesto  el  carácter  ori¬ 
ginal  y  abundancia  de  pormenores  descriptivos,  mi  libro  fué  honrado  con  varias 
solicitudes  de  traducción.  Entre  ellas,  recuerdo  la  que  fuéme  dirigida  por  1.a  casa 
J.  A.  Barth,  de  Leipzig,  y  la  formulada  por  la  casa  A.  Maloine,  de  París.  Al  fin, 
accedí  a  una  versión  francesa,  a  cargo  de  mi  amigo  el  Dr.  León  Azoulay,  versión 
que,  por  haber  visto  la  luz  en  1911,  debe  estimarse  cual  obra  nueva  (2),  ya  que  en 
ella  incluí  todo  el  fruto  de  las  investigaciones  realizadas  hasta  dicha  fecha. 

Lo  he  dicho  en  otra  parte  y  me  complazco  en  repetirlo,  seguro  de  que  el  lector 
benévolo  disculpará  mis  debilidades.  El  objeto  de  mi  obra  fué,  desde  luego,  crear¬ 
me  permanente  estímulo  para  el  trabajo  intensivo;  en  previsión  de  posibles  horas 
de  desaliento  y  de  fatiga,  quise  enajenar  deliberadamente  mi  libertad  mediante 
formal  compromiso  de  honor  contraído  con  el  público.  Respondió,  además,  el  citado 
libro  a  un  egoísmo  harto  humano  para  no  ser  excusable;  temeroso  del  olvido  y 
poco  seguro  de  dejar  continuadores  capaces  de  afirmar  y  defender  ante  los  extra¬ 
ños  mis  modestas  adquisiciones  científicas,  tuve  empeño  en  reunir  en  un  todo 
orgánico  las  monografías  neurológicas  publicadas  durante  tres  lustros  en  Revistas 
nacionales  y  extranjeras,  amén  de  rellenar,  con  nuevas  indagaciones,  los  puntos 
antes  no  tratados.  Pero,  ante  todo  y  sobre  todo,  deseaba  que  mi  libro  fuera— y 
perdónese  la  pretensión — el  trofeo  puesto  a  los  pies  de  la  decaída  ciencia  nacional 
y  la  ofrenda  de  fervoroso  amor  rendida  por  un  español  a  su  menospreciado  país!... 

Durante  el  año  1905,  mi  actividad  tuvo  por  cauce  principal  la  arquitectura  de 
los  ganglios  sensitivos  y  simpáticos  del  hombre  adulto  y  de  algunos  mamíferos  de 
gran  talla.  Hasta  entonces,  los  dos  métodos  reveladores  de  la  morfología  de  las 
neuronas  gangliónicas,  es  decir,  el  de  Golgi  y  el  de  Ehrlich,  apenas  se  habían 
aplicado  al  hombre  plenamente  desarrollado.  Por  tanto,  las  descripciones  clásicas 
de  Golgi,  Ehrlich,  de  Retzius,  Dogiel,  etc.,  aludían  casi  exclusivamente  a  embrio- 


(1)  Para  animar  a  los  suscriptores,  fijóse  para  los  libreros  el  importe  de  los  tres  tomos  en  poco  más 
de  10  pesetas  (15  para  los  abonados).  Además,  teniendo  en  cuenta  el  carácter  esencialmente  monogrᬠ
fico  de  la  obra,  sólo  se  tiraron  800  ejemplares.  Al  liquidar,  y  vendida  la  edición,  hallé  que  mis  pérdidas 
excedían  de  3.000  pesetas. 

^  (2)  Cajal:  Histologie  du  Sysíeme  'nerveux  de  Vliomme  et  des  vertebrés.  Edition  fran^aise  revue  et 
misse  a  jour  par  l’auteur.  Traduite  de  l'espagnol  par  le  Dr.  L.  Azoulay,  1909  a  1911.  Esta  obra  apareció 
en  dos  gruesos  volúmenes  de  cerca  de  1.000  páginas  cada  uno. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


343 


nes  o  mamíferos  jóvenes  y  de  pequeño  volumen  (ratón,  conejo,  gato,  etc.,  entre 
los  mamíferos;  el  pollo,  entre  las  aves).  Y  al  considerar  las  grandes  mudanzas  su¬ 
fridas  por  todos  los  centros  nerviosos  en  su  tránsito  de  la  fase  fetal  al  estado  de 
plena  madurez,  preguntábase  uno  si  durante  el  desarrollo  post-fetal  no  habrían 
acaso  los  ganglios  sensitivos  y  simpáticos  humanos  experimentado  mutaciones 
estructurales  de  importancia.  Mas  para  esclarecer  este  punto,  la  técnica  histoló¬ 
gica  anterior  a  1903,  no  ofrecía  ningún  recurso  seguro  y  eficaz. 

Esta  laguna  metodológica  fué  felizmente  colmada  por  la  nueva  fórmula  de  im¬ 
pregnación,  la  cual  posee  la  inestimable  ventaja  de  colorear  intensamente  las  cé¬ 
lulas  sensitivas  y  simpáticas  del  hombre  adulto,  aun  en  cadáveres  poco,  frescos. 

Tamaña  excelencia,  amén  de  la  constancia  y  vigor  del  teñido,  me  permitieron, 
en  la  primera  tentativa  exploratoria  délos  ganglios  sensitivos  (1),  recolectarlos 
siguientes  datos  originales: 

a)  Existencia,  aparte  los  tipos  monopolares  conocidos,  de  neuronas  sensiti¬ 
vas  provistas  de  axon  y  de  dendritas  intracapsulares  rematadas  en  abultamientos 
libres  (fig.  lio,  6). 

b)  Hallazgo,  relativamente  frecuente  en  los  viejos  y  frecuentísimo  en  deter¬ 
minados  estados  patológicos,  de  corpúsculos  de  cuyo  soma  o  de  cuya  expansión 
principal  emanan  hebras  finísimas  sucesivamente  engruesadas  y  acabadas  por 
bolas  capsuladas  situadas  sobre  la  célula,  es  decir,  bajo  la  membrana  endotelial. 

c)  Encuentro  de  neuronas  análogas  a  las  anteriores,  pero  cuyos  filamentos, 
provistos  de  gruesas  esferas  finales,  se  terminan  fuera  de  la  cápsula,  entre  los 
manojos  de  tubos  nerviosos  intersticiales  (fig.  111). 

d)  Descubrimiento,  en  los  ganglios  craneales  (del  vago  sobre  todo)  del  hom¬ 
bre  y  grandes  mamíferos,  de  un  singular  tipo  celular  cuya  expansión  nerviosa,  en 
vez  de  poseer  un  glomérulo  inicial  intracapsular,  exhibe  cierto  curioso  sistema  de 
asas  anastomóticas  nacidas  en  diferentes  puntos  de  la  célula  y  con  espacios  o  ma¬ 
llas  rellenas  por  corpúsculos  satélites  (figuras  112  y  113).  (Confirmado  por  infini¬ 
dad  de  sabios.) 

e)  Se  demuestra  que  la  morfología  de  este  elemento  singular,  que  llamamos 
corpúsculo  f enestrado,  varía  mucho,  así  en  morfología  como  en  abundancia,  en  las 
diversas  especies  animales  estudiadas  (perro,  gato,  asno,  caballo,  buey,  cerdo, 
carnero,  etc.)  (Confirmado  por  Athias  en  el  raposo  y  más  tarde  por  Levi,  Dogiel 
Castro  y  muchísimos  sabios,  en  gran  número  de  vertebrados.) 

/)  Se  describen  las  colaterales  de  la  substancia  blanca  de  los  ganglios  y  los 
nidos  nerviosos  pericelulares  del  hombre  y  mamíferos  superiores. 

.  Se  descubre  en  los  ganglios  de  los  ancianos  un  tipo  especial  de  célula  ave¬ 
jentada,  la  célula  desgarrada,  cuya  superficie  está  erizada  de  apéndices  neurofibri- 
llares,  en  cuyos  intervalos  yacen  infinidad  de  corpúsculos  satélites  (fig.  114). 

J}).,  observan  ciertos  ovillos  nerviosos  situados  en  torno  de  células 

satélites,  reliquias  de  la  escolta  de  una  neurona  desaparecida.  (Estos  acúmulos 
fueron  confirmados  por  Nageotte  que  los  designó  nodulos  residuales.) 

^  Los  extraños  tipos  de  neuronas  y  los  curiosos  fenómenos  de  retoñamiento  des¬ 
critos  en  los  ganglios  humanos,  llamaron  poderosamente  la  atención  de  histólogos 
y  anatomopatólogos,  singularmente  de  J.  Nageotte,  quien,  merced  a  penetrantes 
exp  oraciones,  efectuadas  con  el  tantas  veces  aludido  método,  en  los  ganglios  de 
os  tabéticos,  advirtió,  además  de  notable  incremento  de  ciertas  disposiciones  se- 


Higtoria  Natural  sesión  del  1.°  de  marzo  de  1905.  Anales  de  la  Sociedad  española  de 

•del  hombre  y  mamífíos  TVab  rfTf  «‘“lado:  Tipos  celulares  de  los  ganglios  sensitivos 

Un  año  después  se  1  y  2-  (Con  20  grabados.) 

«nsiblen  Ganglien  di  M^scheu^  importantes  adiciones.  Véase;  Structur  der 


344 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


ñaladas  por  nosotros  en  personas  normales,  nuevas  formas  de  regeneración  pato - 
ógiea.  Abierto  el  camino,  avanzaron  después  por  él  con  gran  fortuna  multitud  de 
neurólogos,  entre  los  que  citaremos  a  Levi,  Marinesco,  H.  Rossi,  L.  Sala,  Pacheco, 
Besta-  SchSfer,  Dustin,  Ranson,  Minea,  Bieischowsky,  Achúcarro,  Castro,  etc.;  ani- 
mados  unos  del  deseo  de  encontrar  formas  normales  nuevas,  instigados  otros  pol¬ 
la  esperanza  de  sorprender  alteraciones  especificas  concomitantes  de  determina¬ 
dos  procesos  patológicos.  A  la  hora  actual  la  bibliografía  suscitada  por  la  citada 
comunicación  alcanza  más  de  un  centenar  de  trabajos  extranjeros. 

13.  No  menos  insólitos  y  desconcertantes  fueron  los  hechos  observados  al 
explorar  los  ganglios  simpáticos  humanos,  según  dan  testimonio  algunas  de  las 
adjuntas  figuras. 

Resumiendo  esta  indagación,  una  de  la  más  importantes  de  aquel  año,  recor¬ 
daremos  aquí; 

a)  El  descubrimiento,  en  las  células  simpáticas  del  homtore,  de  una  categoría 
especial  de  dendritas  hasta  entonces  no  vistas:  las  dendritas  cortas  o  mbcapsula- 
res,  que  proceden  de  todo  el  contorno  celular  y  se  terminan  libremente  entre  los 
corpúsculos  satélites  pericelulares.  Estos  singulares  elementos  se  han  llamado 
después  neuronas  en  corone.  Garacterízanse,  sobre  todo,  por  carecer  u  ofrecer  ex¬ 
cepcionalmente  dendritas  largas  o  extracapsulares.  En  cuanto  al  axon,  responde  a 
los  rasgos  conocidos  en  las  neuronas  simpáticas  de  los  mamíferos. 

b)  La  presencia  de  corpúsculos  que,  a  más  de  la  corona  de  finas  dendritas  se¬ 
ñalada,  ofrecen  recias  expansiones  protoplásmicas  descompuestas  en  un  plexo  di¬ 
fuso  terminal.  En  la  figura  115  presentamos  dos  de  estos  tipos  simpáticos,  que  son 
bastante  abundantes.  Algunas  de  estas  células  exhiben  una  moiíología  especial 
en  zurrón  o  cometa  sumamente  característica.  (Véase  tan  curioso  tipo  cometario 
en  la  figura  116.) 

c)  ,  Descripción  de  glcmérulos  de  conexión,  es  decir,  de  plexos  dendriticos 
apretadísimos,  perfectamente  limitados,  donde  se  entrelazan  y  convergen  expan¬ 
siones  1  egadas  de  varias  neuronas. 

d)  Reconocimiento  en  el  hombre  de  nidos  nerviosos  pericelulares,  extremada¬ 
mente  complicados  y  en  conexión  quizás  con  las  dendritas  cortas  o  subcapsula¬ 
res.  Las  ramas  finas  de  que  tales  nidos  se  engendran  son  continuación  de  tubos 
mielinicos  llegados  de  la  médula  espinal  (fig.  1 16,  6). 

e)  Descripción  de  nidos  nerviosos  peridendríticosy  etc.,  etc. 

f)  En  fin,  existencia  en  el  hombre  de  la  célala  simpática  común  (1),  es  decir, 
provista  de  axon  y  un  solo  sistema  de  largas  y  ramificadas  dendritas. 

Estos  trabajos  sobre  la  morfología  de  las  células  simpáticas  fueron  comproba¬ 
dos  y  ampliados  por  numerosos  sabios  que  aplicaron  nuestra  técnica  a  gran  nú¬ 
mero  de  vertebrados  (Marinesco,  Lenhossék,  Biondi,  Guido  Sala,  Müller,  Pitzorno, 
Riquier,  Achúcarro,  Arcante,  Castro,  etc.).  Actualmente  reseñar  las  investigacio- 
nes  a  que  ^ó  lugar  mi  indagación  sobre  el  simpático  humano  llenaría  muchas  pᬠ
ginas.  Sin  jactancia,  puedo  afirmar  que  mis  investigaciones  sobre  los  ganglios  soo 
de  lo  mas  afortunado  de  mi  labor  científica  del  decenio  de  1903  a  1913. 

14.  Por  último,  para  cerrar  esta  lista  harto  pesada  de  afortunados  hallazgos, 
mencionemos  aún  cierto  trabajo  sobre  las  neuroflbrillas  del  cerebelo  (2)  y  un  en¬ 
sayo  sobre  los  efectos  del  nuevo  método  sobre  la  estructura  de  la  fibra  muscular 
estriada  (3). 


,  simpático  del  hombre  adulto.  Trab.del  Lab.  delnvest.  biol 

tomo  IV,  fascículos  1  y  2.  (Con  14  grabados.) 

(2)  Cajal;  Las  células  estrelladas  de  la  capa  molecular  del  cerebelo  y  algunos  hechos  con'rarios  a 
la  función  exclusivamente  conductriz  de  las  neuroflbrillas.  Trab.  delLab.de  Ittvest.  biol.  tomo  IV 
fascículos  1  y  2, 1905.  (Con  2 grabados.)  ’  ' 

0)  Cajal:  Coloración  de  la  fibra  muscular  por  el  proceder  del  nitrato  de  plata  reducido.  Trab  del 
Lab»  de  Invest.  biol.,  tomo  IV,  fascículos  1  y  2,  1905. 


recuerdos  de  mi  vida 


345. 


En  el  primer  trabajo,  harto  más  interesante  que  el  segundo,  se  da  cuenta  de: 
las  observaciones  recolectadas  con  e.  nuevo  método  §obre  las  células  estrelladas: 
de  la  capa  plexíforme  cerebelosa,  cuyo  axon  y  conocidas  colaterales  terminadas  en 
cesta  pericelular,  tíñense  espléndidamente.  Entre  los  datos  más  salientes  cuén- 
tanse  los  siguientes: 

a)  Que  el  axon  de  dichas  células,  compuesto  en  su  cono  de  origen  de  algu¬ 
nas  neurofibrillas,  se  condensa  en  una  sola  sumamente  delgada,  que  ulteriormente 
se  multiplica  hasta  engendrar  un  robusto  fascículo,  repartido  en  las  enlátenles  de: 
los  nidos  nerviosos.  Semejante  hecho  milita  en  contra  de  la  hipótesis  de  Bethe  y 
Bielschowsky,  para  quienes  las  neurofibrillas  no  se  ramificarían  nunca,  mante¬ 
niéndose  independientes.  (Véase  la  fig.  103,  a.) 

b)  Se  descubren  ciertas  fibras  horizontales  de  la  capa  molecular  acabadas  en 
maza  (fibras  atascadas). 

c)  Se  confirma  con  los  nuevos  métodos  la  existencia  de  determinadas  fibras 
ansiformes  del  cerebelo  joven,  hace  tiempo  descriptas  por  mí,  y  mal  designadas. 
fibras  de  Smirnow,  que  las  vió  muchos  años  después. 

d)  En  fin,  abordando  el  estudio  del  bulbo,  se  ponen  de  manifiesto  errores  de 
itinerario  de  los  nervios  motores,  incongruencias  evolutivas  especialmente  signi¬ 
ficativas  para  la  teoría  del  crecimiento  de  los  axones  (fibras  radiculares  extravia¬ 
das  del  patético  en  el  conejo,  etc.). 

Estos  errores  evolutivos,  no  escasos  en  los  centros  nerviosos,  pudieran  tener 
mayor  alcance  del  que  yo  les  atribuí.  Parece  probable  que  la  singular  idiosincra¬ 
sia  de  ciertos  cerebros,  obedece  no  sólo  al  aumento  fortuito  o  al  perfecciona¬ 
miento  por  el  uso  de  ciertas  células  y  vías,  sino  también  a  fracasos  locales  del* 
crecimiento  neuronal,  merced  a  los  cuales  determinados  sistemas  de  asociación» 
aparecerían  singularmente  debilitados  y  aun  abolidos. 


CAPITULO  XXI 


=HSS====="“ 

relativamente  autónomas 


Coinciden  los  años  de  1905  y  1906  con  el  cénit  de  mi  carrera  científica. 

Durante  ellos  sonrióme  la  fortuna  hasta  el  punto  de  alcanzar  "las 
altos  galardones  a  que  un  hombre  de  ciencia  puede  aspirar;  y,  en  dic  o 
periodo,  aparte  comunicaciones  de  menor  cuantía,  efectué  observaciones  decisi¬ 
vas  para  la  consolidación  de  la  concepción  neuronal,  a  la  sazón  muy  discutí  . 
Comencemos  por  referir  sucintamente  lo  más  granado  de  mi  labor  de  Labora¬ 


torio  durante  el  citado  bienio.  '  .  ^ 

Cediendo  a  estímulos  de  que  luego  hablaré,  consagré  primeramente  mi  aten¬ 
ción  a  dilucidar  el  siempre  controvertido  problema  del  mecanismo  regenerativo  de 
los  nervios  y  vías  nerviosas  -  centrales  interrumpidas;  y  después  (y  ésta  fue  area 
ejecutada  en  la  segunda  mitad  de  1906)  a  explorar  con  la  nueva  técnica  la  génesis 
de  las  fibras  nerviosas  del  embrión,  tema  íntimamente  relacionado  con  el  pre¬ 


cedente.  ,  .  ..  ry, 

Ambos  estudios  respondieron  a  cierto  estado  circunstancial  de  opinión.  Tras 
largo  período  de  plácido  y  casi  indisputado  señorío  de  la  doctrina  neuronal,  cuyas 
principales  pruebas  objetivas  tuve,  según  recordará  el  lector,  la  fortuna  de  apor¬ 
tar,  renació  con  increíble  pujanza,  en  determinadas  escuelas,  el  viejo  y  casi  olvi¬ 
dado  error  del  reticularismo  y  otras  similares  extravagancias  especulativas  {teoría 
catenaria,  etc.).  Diríase  que  ciertos  espíritus,  propensos  al  misticismo,  son  moles¬ 
tados  por  las  verdades  sencillas  y  patentes.  Temperamentos  exageradamente  alti¬ 
vos,  parecen  obstinados  en  conquistar  la  fama,  no  por  el  honroso  y  difícil  camino 
del  hallazgo  de  nuevos  hechos,  sino  por  el  harto  más  cómodo  y  expedito  de  ne¬ 
gar  o  desconceptuar,  en  nombre  de  prejuicios  aventuradísimos,  los  hechos  más 
rigurosamente  demostrados.  Tan  anárquica  y  desdichada  pasión,  nunca  del  todo 
desterrada  de  los  dominios  biológicos,  tuvo,  según  acabo  de  decir,  su  más  eleva¬ 
da  culminación  allá  por  los  años  de  1900  a  1904.  Pero  entonces  los  fanáticos  del 
reticularismo  adoptaron  nueva  táctica.  Confiando  poco,  sin  duda,  en  alcanzar  la 
victoria  en  el  terreno  franco  de  la  morfología  neuronal  adulta,  escogieron  para  im- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


34.r 


ípugnar  el  neuronismo  el  campo,  al  parecer  más  propicio,  de  \d.  regeneración  de  los 
.nervios  y  de  la  neurogénesis  embrionaria. 

Muchos  fueron  los  arriscados  aventureros  deseosos  de  combatir  a  la  sombra 
.déla  vieja  bandera  desplegada  ya  en  1867  por  Gerlach  y  Meynert.  Discordes,  y 
hasta  antagónicos  en  muchas  de  sus  afirmaciones,  coincidían  solamente  en  un 
extraño  y  unánime  sentimiento  de  aversión  contra  la  doctrina  del  contacto  y  de  la 
= independencia  de  los  corpúsculos  nerviosos;  doctrina  demostrada  hasta  la  sacie¬ 
dad,  según  es  sabido,  hacía  lustros,  por  His,  Forel,  nosotros,  Lenhossék,  Retzius, 

.  Kolliker,  van  Gehuchten,  Lugaro,  Waldeyer,  Harrison,  etc.,  en  el  terreno  de  la 
histología  ehistogenia  normales;  y  por  Waller,  Miinzer,  Ranvier,  Vanlair,  Ziegler, 
Stroebe,  Forssmann,  Marinesco,  Langley,  Mott,  Halliburton,  Segale,  Purpura  y 
otros  muchos,  en  la  esfera  de  la  degeneración  y  regeneración  délos  nervios.  Ex¬ 
ceptuado  el  prestigioso  profesor  Nissl  y  algún  otro,  en  las  filas  del  reticularismo 
figuraban  jóvenes  entusiastas,  tan  ansiosos  de  reputación  como  candorosos  obser¬ 
vadores.  Recordemos,  entre  ellos,  a  Büngner,  Joris,  Huber,  Sedgwig,  Ballance, 
Wietting,  Marchand,  Galeotti  y  Levi,  Monckeberg,  Durante,  O.  Schültze,  etc.,  al- 
;_gunos  de  los  cuales  trabajaron  en  épocas  anteriores  a  IVOO. 

Caudillo  y  estrátega,  por  el  doble  derecho  del  talento  y  de  la  gallardía  crítica, 
de  esta  lucida  hueste,  vino  a  ser  Alfredo  Bethe,  docente  de  la  Universidad  de  Es- 
^trasburgo,  a  quien  hicieron  justamente  famoso  sus  impresionantes  estudios  sobre 
las  neurofibrillas  de  los  vertebrados. 

Tan  fulminante  y  difusivo  llegó  a  ser  en  1903  el  contagio  del  reticularismo, 
gracias,  sobre  todo,  a  los  fascinadores  alegatos  de  A.  Bethe,  que  titubeó  en  su  fe 
neuronista  el  ilustre  Waldeyer,  se  pasó  temporalmente  al  bando  contrario  el  pro¬ 
fesor  Marinesco,  y  flaqueó,  ¡quién  lo  dijera!,  hasta  el  ilustre  van  Gehuchten,  una 
de  las  columnas  del  neuronismo;  el  cual,  sin  renunciar  enteramente  a  la  doctrina 
ortodoxa,  hizo  a  los  disidentes  la  siguiente  humillante  concesión:  «En  el  adulto 
la  célula  nerviosa  representa  individualidad  perfecta,  producto  de  un  solo  neu- 
roblasto;  mas  en  el  estado  patológico,  por  ejemplo  durante  el  proceso  de  la  rege¬ 
neración  nerviosa,  los  nuevos  cilindros-ejes  resultan  de  la  fusión  y  diferenciación 
-de  una  cadena  de  neuroblastos  periféricos»... 

Lo  expuesto  hará  ver  al  lector  hasta  qué  punto  arreciaba  el  peligro.  Autor 
hubo  que  dió  por  definitivamente  enterrada  la  genial  concepción  de  His  y  Forel. 
En  fin,  la  quimera  reticularista  mostróse  tan  invasora  y  empleó  en  sus  objeciones  ' 
inconsistentes  lenguaje  tan  arrogante  y  descomedido,  que  la  paciencia  de  los  neu- 
ronistas  tocó  a  su  límite.  Era  preciso  poner  un  correctivo  a  la  general  aberración. 
Algunos  sabios,  extrañados  de  mi  silencio  y  considerándome  acaso  como  el  más 
■  obligado  a  volver  por  los  fueros  de  la  verdad,  escribíanme  en  son  de  reproche: 
«¿Qué  hace  usted?  ¿Cómo  no  se  defiende?» 

He  sentido  siempre  invencible  repugnancia  hacia  las  polémicas.  Con  ello  piér¬ 
dese  un  tiempo  precioso  que  podría  emplearse  mejor  en  allegar  hechos  nuevos. 
¿Quién  ignora,  además,  que  la  verdad,  aun  indefensa,  acaba  por  prevalecer?  Mas 
ante  la  arrolladora  marea  del  error  y  ante  los  reiterados  requerimientos  de  mis 
.amigos,  vime  obligado  a  hacer  alto  en  mi  camino  y  descender  a  la  palestra,  do- 
■liéndome  mucho  tener  que  gastar  quizá  dos  o  tres  años  en  investigaciones  anato- 
.mo-patológicas,  cuyo  fruto  no  podía  ser  otro  que  confirmar  verdades  demostradas 
-hacía  tiempo  por  Waller,  Ranvier,  Vanlair,  Stroebe  y  otros  muchos  sabios.  Al  final 
.de  la  campaña  tuve,  sin  embargo,  el  consuelo  de  ver  que  no  se  había  perdido  en¬ 
teramente  el  tiempo.  Sobre  fortalecer  varias  conclusiones  clásicas,  algo  inseguras 


S48 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


a  causa  de  insuficiencias  metodológicas,  conseguí  recoger  bastantes  observaciones 
originales  no  desprovistas  de  valor.  ^  . 

Fuera  injusto  olvidar  que  en  esta  ruda  batalla  en  pro  de  la  verdad  no  fui  un  so¬ 
litario:  acompañáronme  también  varios  prestigiosos  investigadores  a  quienes, 
como  a  mí,  soliviantaron  las  jactancias  y  temeridades  de  los  reticul aristas.  Men¬ 
cionemos  en  primer  término  a  Perroncito,  discípulo  favorito  de  Golgi,  que  aplicó 
también  al  tema  el  nuevo  método;  a  Lugaro,  neurólogo  y  psicólogo  de  gran  talen¬ 
to;  a  Medea^  Marinesco  y  Minea,  Tello,  Nageotte,  Krassin,  etc.,  etc.  Excusado  es 
decir  que  al  triunfo  de  la  buena  causa  contribuyó  decisivamente  el  proceder  del 
nitrato  de  plata  reducido,  el  cual,  con  relación  al  tema  debatido,  posee  la  inesti¬ 
mable  ventaja  de  teñir  total  y  vigorosamente  los  brotes  o  renuevos  de  los  axoiies 
mutilados  (cabo  central),  brotes  que  es  dable  perseguir  cómodamente  en  seccio¬ 
nes  espesas  al  través  de  la  cicatriz  y  dentro  del  cabo  periférico  hasta  los  mismos 
aparatos  terminales. 

Recordemos  ahora  algunos  antecedentes  del  problema  de  la  regeneración  de 
los  nervios. 

Los  patólogos  y  fisiólogos  de  la  primera  mitad  del  siglo  pasado  (Waller,  Vul- 
pian,  Ranvier,  Brown-Sequard,  Münzer,  etc.),  pusieron  de  manifiesto  el  siguiente 
hecho;  cuando  en  un  mamífero  joven  se  corta  un  cordón  nervioso,  la  porción  de 
éste  situada  más  allá  de  la  sección  (el  cabo  periférico)  degenera  y  muere  rápida¬ 
mente,  reabsorbiéndose  progresivamente  las  reliquias  del  axon  y  míelina;  mientras 
que,  meses  después,  tanto  la  cicatriz  intermediaria  o  internerviosa,  como  el  cabo 
periférico,  ofrecen  numerosas  fibras  neoformadas  que  restabl  ecen  total  o  parcial¬ 
mente  la  sensibilidad  y  motilidad  del  miembro  paralizado. 

¿En  virtud  de  qué  mecanismo  histológico  se  restaura  el  cabo  periférico  destrui¬ 
do  y  se  regeneran  las  terminaciones  nerviosas  en  músculos  y  superficies  sensibles? 

Las  soluciones  propuestas  giraban  todas  en  torno  de  estas  dos:  la  teoria  de  la 
continuidad  o  monogenisfa,  sostenida  por  Waller,  Münzer,  Ziegler,  Ranvier,  Ván- 
lair,  Stroebe,  Kolliker,  Mott,  Halliburton,  Harrison,  Lugaro,  etc.;  y  la  teoria  de  ta 
discontinuidad  o  potígenista,  proclamada  por  algunos  fisiólogos  (Vulpian,  Brown- 
Sequard,  Bethe)  y  por  buen  golpe  de  anatomo-patólogos  y  patólogos  (Büng- 
ner,  Wietting,  Ballance,  Stewart,  Marchand,  Medea,  etc.). 

Los  mantenedores  de  la  primera  solución  sostenían  que  las  fibras  neoforma¬ 
das  del  cabo  periférico  representan  simplemente  la  prolongación,  por  vía  de  brote 
y  crecimiento  progresivo,  de  los  cilindros-ejes  del  cabo  central,  los  cuales  con¬ 
servarían  plena  vitalidad  gracias  a  su  continuidad  con  la  neurona  de  origen  o  cen¬ 
tro  trófico;  mientras  que  los  adeptos  del  poligenismo,  o  de  la  segunda  teoría,  afir¬ 
maban  resueltamente  que  las  fibras  regeneradas  resultan  de  la  diferenciación  y 
sucesiva  transformación  de  las  células  de  revestimiento  de  los  tubos  nerviosos 
viejos  (núcleo  y  protoplasma  en  vías  de  división  de  los  corpúsculos  de  Schwann). 
Estas  células  dispondríanse  al  principio  en  cadena  o  cordón  protoplásmico  maci¬ 
zo,  dentro  de  cuyos  anillos  surgirían  progresivamente,  por  un  acto  de  diferencia¬ 
ción,  sendos  trozos  axónicos  ulteriormente  fundidos  en  filamento  continuo  y,  al 
fin,  reunidos  con  los  extremos  axónicos  libres  del  cabo  central. 

Entremos  ahora  en  algunos  desarrollos  acerca  de  las  pretendidas  pruebas  pre¬ 
sentadas  por  Bethe  y  sus  principales  corifeos. 


mn„+oo  D»,  ,•  iitvcaugaciunes  reproaucienrío  íntegramente  los  experi- 

ntos  de  Phyhppeaux  y  Vulpian,  esto  es,  resecando  en  mamíferos  de  pocos  días 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


349 


trozos  de  nervio  ciático  y  apartando  y  ocultando  los  cabos  de  suerte  que  toda 
reunión  y,  por  tanto,  todo  restablecimiento  de  la  continuidad  fisiológica,  fuera 

imposüile.ando  referidas  condiciones,  declaró  dicho  sabio  que  en  un  cierto 

número  de  casos  (no  en  todos,  limitación  muy  significativa),  el  examen  macromi- 
croscópico  de  la  cicatriz  reveló  interrupción  absoluta  de  los  segnientos,  al  mismo 
tiempo  que  una  regeneración  más  o  menos  avanzada  del  peiiíéiicp,  como  lo  de¬ 
notó  el  hecho  de  sn  excitabilidad  fisiológica.  Estas  observaciones,  así  como  la 
comprobación  de  todas  las  fases  intermedias  entre  las  células  de  Schwann  y  los 
tubos  nerviosos  jóvenes,  fases  ya  señaladas  por  Büngner,  condujéronle  a  suponer, 
a  semejanza  de  éste,  que  los  nervios  separados  radical  y  definitivamente  de  su 
centro  trófico  son  capaces  de  autorregenerarse.  Cada  axon,  pues,  representaría  la 
obra  común  de  muchas  células  de  Schwann,  en  cuyo  protopíasma,  arribado  a  ma¬ 
durez,  se  diferenciarían  ulteiiormente  las  neurofibnllas,  signo  positivo  de  la  apa¬ 
rición  de  la  conductibilidad  nerviosa.  . 

Fundaba  Bethe  tan  radical  poligenismo,  más  que  sobre  observaciones  histológi¬ 
cas  precisas,  en  los  resultados  de  los  experimentos  fisiológicos.  Así,  cuando  en 
cualquiera  de  los  casos  de  sección  nerviosa  citados  se  excita  eléctricamente  el 
cabo  periférico  autorregenerado,  el  animal,  insensible  al  dolor  (indicio  de  incomu¬ 
nicación  sensitiva),  mueve  los  músculos  de  la  pierna  y  pie;  mientras  que  no  se 
obtienen  contracciones  musculares  si  el  segmento  estimulado  es  el  central.  Las 
excepciones  de  esta  regla  interprétalas  Bethe  suponiendo  que,  a  pesar  de  sus  pre¬ 
cauciones,  hanse  creado  comunicaciones  eventuales  entre  los  dos  cabos. 

Comprobaciones  más  o  menos  completas  de  estas  conclusiones  fueron  publi¬ 
cadas  no  sólo  por  los  afiliados  al  reticuiarismo,  sino,  según  dejo  apuntado,  hasta 
por  neuronistas  tan  convencidos  como  Marinesco  y  van  Gehuchten.  Como  se  ve, 
la  epidemia  cundía  y  amenazaba  con  infestar  todos  los  espíritus. 

En  esta  situación  del  ambiente  moral  emprendimos  en  1905  nuestras  investi- 
,gaciones  sobre  la  regeneración  de  los  nervios  (1).  Duraron  cerca  de  dos  años,  y  re¬ 
cayeron  sobre  gran  número  de  animales  (conejo,  gato,  perro,  etc.).  Las  principales 
conclusiones  de  estos  estudios  van  condensadas  en  las  siguientes  proposiciones: 

1.  Cuando  se  corta  el  nervio  ciático  de  un  mamífero  joven  y  se  sacrifica  el 
animal  varios  días  después  de  la  operación,  adviértese  en  los  preparados  efectua¬ 
dos  según  el  citado  proceder  de  impregnación,  que  gran  número  de  los  cilindros- 
ejes  del  cabo  central  son  asiento  de  un  fenómeno  muy  activo  de  retoñamiento. 
Este  retoñamiento  se  efectúa  de  dos  maneras:  a,  la  fibra  o  fibras  nuevas  poseen 
carácter  de  terminales  y  brotan  del  cabo  ensanchado  del  axon  viejo;  b,  los  nuevos 
conductores  representan  ramas  colaterales  nacidas  en  ángulo  recto  o  agudo  del 
antiguo  cilindro-eje.  En  qmbos  casos,  las  ramas  neoformadas  afectan  aspecto  se¬ 
mejante  a  las  fibras  de  Remak,  es  decir,  que  carecen  de  vaina  medular,  invaden 
el  exudado  interpuesto  entre  los  cabos  nerviosos,,  se  ramifican  a  m.nudo  en  su 
camino,  y,  en  fin,  acaban  libremente  a  favor  de  una  maza  o  botón  terminal,  espe- 


(1)  Una  extensa  relación  da  nuestras  observaciones,  ilustrada  con  profusión  de  grabados,  fué  publi. 
•cada,  bajo  el  título  de  Mecanismo  de  la  degeneración  y  regeneración  de  los  nervios,  en  Trabajos  del 
í,ab.  de  Investig.  biol.,  tomo  IV,  1905.  Bajo  la  forma  de  resumen,  aparecieron  también  estos  trabajos  en 
.«1  Boletín  del  Instituto  de  Alfonso  XIII,  números  2  y  3  de  1905.  En  fin,  oirá  comunicación  complemen¬ 
taria  cierra  nuestra  investigación  sobre  el  argumento,  a  saber:  Les  metamorphoses  précoces  des  neurofl- 
■brilles dans  la  régénération  et  la  dégénéraiion  des  nerfs.  Trab.  del  Lab.  de  Investig.  biol,,  tomo  V 
dase  2, 1907.  ’ 

Añadamos  aún  que  de  los  referidos  estudios  salió  a  luz  una  traducción  alemana,  bajo  la  forma  de 
libro;  y  que,  en  fia,  acerca  del  tema  de  la  Regeneración  de  los  nervios  versó  también  nuestro  discurso 
-de  ingreso  en  la  Academ  a  de  Medicina  de  Madrid.  Esta  o  ación,'  leída  en  30  de  junio  de  1907,  fué  hon¬ 
dada  y  enaltecida  con  un  bellísimo  discurso  de  contestación  de  D.  Federico  Olóriz,  el  ilustie  anatómico 
ale  San  Carlos. 


350 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Cié  de  ariete,  destinado  a  empujar  las  cédulas  mesodérmicas  y  a  fraguar  una  ruta. 

'”t''I?íll^rev'iSe  ciertf parala  resolución  del  problema  debatido,  pues- 

cilindfos-ejes  neolormados.  Esta  tumefacción  representa  nuestro  cono  de  creci- 

las  fibras  nerviosas  neoformadas.  asi  como  sus- 
bolones  terminales,  carecen  de  núcleos  o  de  células  de  Schwann;  pro  desde  el 
terceOfo  cumto  día  en  adelante,  los  corpúsculos  conptivos  embrionarip  son 
atraídos  v  aparecen  en  torno  de  los  axones  desnudos  núcleos  marginalp.  Esta  pre¬ 
cedencia  formativa  de  los  axones  regenerados  sobre  los  corpúsculos  de  Schwann,. 
SSromete  singularmente  la  teoría  catenaria,  pues  demuestra  que  durante  as 

primeras  fases  de  la  evolución  de  las  fibras,  faltan  por  completo  las  cadenas  celu- 
la.e^  (véa^e_  las  figs  ^  fibras  neoformadas  durante  los  seis  días  si¬ 

guientes  a  la  interrupción  nerviosa,  reconócese  fácilmente  que  los  conos  termina¬ 
les  crecen  al  azar  en  el  sentido  de  la  menor  resistencia:  un  gran  numero  de  el  os 
retro^^rada,  tanto  dentro  del  cabo  central,  donde  se  remontan  mucho,  como  en  los 
territorios  perinerviosos;  otra  parte  de  estos  conductores,  desorientados  y  erran¬ 
tes,  detiénense  ante  los  obstáculos,  trazan  revueltas  complicadas  y  se  pierden,  en 
definitiva,  para  los  efectos  de  la  neurotización  del  cabo  periférico.  Tales  axones- 
extraviados,  muy  abundantes  en  los  casos  de  resección  de  nervios  o  de  aparta¬ 
miento  intencional  de  los  cabos  nerviosos,  caracterízanse  por  exhibir  una  maza  o 
esfera  terminal  gigantesca  capsulada,  frecuentemente  en  vías  de  degeneración.. 
Estas  ^bolas  finales  enormes  pertenecen  a  fibras  detenidas  en  su  crecimiento 
(fig.  12u,  c). 

4.  Transcurridos  diez  o  doce  días  en  los  animales  adultos,  y  seis  o  siete  en; 
los  de  pocas  semanas,  las  fibras  jóvenes  no  extraviadas,  errantes  por  el  tejido 
cicatricial  intercalar,  asaltan  los  estuches  del  cabo  periférico,  dentro  de  los  cuales - 
caminan,  apartando  a  su  paso  los  detritus  de  mielina  todavía  no  reabsorbidos.  Al 
nivel  de  los  obstáculos,  las  nuevas  fibras  se  dividen  a  menudo,  y  las  ramas  mai- 
chan  flexuosas,  caminando  indiferentemente,  tanto  por  las  bandas  de  Büngner,. 
como  por  sus  intersticios  (fig.  119,  é,  c). 

5.  Cuando,  repitiendo  el  experimento  de  Vulpian,  Brown-Sequard,  Bethe,. 


etcétera,  tras  la  interrupción  traumática  de  un  nervio  se  interponen  obstáculos  a 
la  reunión  inmediata  de  los  cabos  nerviosos,  obsérvase  frecuentemente,  dos  o  tres 
meses  después  de  la  operación,  una  regeneración  muy  avanzada  del  segmento- 
periférico.  Examinado  éste  con  ayuda  de  nuestro  proceder  de  teñido,  percíbense 
en  su  interior  numerosos  axones  jóvenes  que  se  terminan  constantemente,  y  3l 
niveles  diferentes,  dentro  del  cordón  nervioso  periférico,  a  favor  de  un  menudo- 
botón  de  crecimiento  o  de  un  espesamiento  fusiforme  tfig.  lly, /). 

La  exploración  de  la  extensa  y  accidentada  cicatriz  que  junta  los  cabos  ner¬ 
viosos  distantes,  revela,  no  la  ausencia  de  fibras  nerviosas  unitivas,  según  admi¬ 
tían  arbitrariamente  los  partidarios  de  la  teoría  catenaria,  sino  un  plexo  nervioso 
complicado,  formado  por  hacecillos  de  fibras  am.eduladas,  y  extendido  sin  inte¬ 
rrupción  desde  el  cabo  central  al  periférico. 

6.  Las  fibras  nerviosas  neoformadas  dividense  repetidamente  en  la  cicatriz,, 
y  muy  especialmente  en  la  frontera  del  cabo  periférico,  donde,  frecuentemente, 
cada  axon  grueso  se  resuelve  en  un  bouqaet  de  finas  ramillas  terminales.  Las  ramas- 
generadas  por  cada  axon  no  van  consignadas  a  un  solo  tubo  viejo,  antes  bien,  se 
reparten  en  varios  de  los  vacíos  estuches;  de  donde  resulta  que,  un  grupo  relati¬ 
vamente  pobre  de  axones  aferentes,  puede  inervar  buena  parte  del  nervio  dege¬ 
nerado  (fig.  119,  6,  d),  Notemos  que  las  consabidas  ramas,  siempre  orientadas 
hacia  la  periferia,  así  como  sus  mazas  libres,  son  hechos  absolutamente  inconci¬ 
liables  con  la  teoría  catenaria. 


-  proceso  de  la  multiplicación  de  las  células  de  Schwann  del  cabo  perifé¬ 

rico  obedece,  verosímilmente,  no  al  fin  de  producir  cadenas  de  elementos  trans¬ 
formables  por  autorregeneración,  según  afirman  Büngner  y  Bethe,  en  cilindros- ejes,. 


recuerdos  de  mi  vida 


351 


Salas  «»«=  i»''*' 

nes  errantes  por  la  cicatriz. 

Deio  dicho  va  que  un  joven  investigador  italiano,  Aldo  Perroncito  (1),  discípulo 

del  ilustre  histólogo  de  Pavía,  sirvióse  también  del  método  de  nitrato  de  plata 
reducido  (cuya  utilidad  para  las  investigaciones  anatomopatologicas  fué  ya  anun¬ 
ciada  por  mí  en  1904),  para  el  estudio  de  la  regeneración  de  los  nervios.  Las 
conclusiones  a  que  llegó  este  sabio  coincidieron  casi  exactamente  con  las  mías, 
salvo  haber  logrado  sorprender  la  existencia  de  divisiones  y  de  ramas  neoforma- 
das  en  el  cabo  central  en  fecha  más  temprana  que  yo,  es  decir,  desde  el  segundo 
día  de  la  sección,  y  haber  descrito  perfectamente  las  formas  iniciales  de  los  haces 
y  ovillos  nerviosos,  señalados  por  diversos  autores  y  detalladamente  descritos 
por  nosotros  (figs.  120  y  121,  C). 

Mi  aludido  trabajo  sobre  la  Regeneración  de  los  nervios  tuvo  por  objetivo  esen¬ 
cial  conseguir  la  prueba  objetiva  de  que  las  nuevas  fibras  aparecidas  en  el  cabo 
periférico  de  un  nervio  cortado  representan  incontestablemente  brotes  axónicos 
del  cabo  central.  En  cambio,  descuidamos  algo  el  examen  de  los  actos  iniciales  de 
la  regeneración  misma  (comportamiento  de  los  axones  del  cabo  central  durante 
los  dos  primeros  días),  tema  muy  ilustrado,  según  dejamos  dicho,  por  Perroncito. 
A  subsanar  esta  falta  se  encaminó  cierta  comunicación  publicada  en  1907  (2).  En 
ella,  además  de  comprobar  algunos  hechos  interesantes  señalados  por  el  joven 
discípulo  de  Golgi,  pusimos  de  manifiesto: 


1.  Que  los  primeros  retoños  del  cabo  central  brotan  de  preferencia  al  nivel 
de  los  espesamientos  axónicos  vecinos  del  disco  de  soldadura  (tubos  medulados). 

2.  Que  los  cilindros-ejes  del  cabo  periférico  no  mueren  instantáneamente  al; 
ser  bruscamente  interrumpidos  de  su  centro  trófico;  antes  bien,  pasan,  señalada¬ 
mente  en  la  vecindad  de  la  cicatriz,  por  cierto  proceso  agónico,  durante  el  cual 
ensayan  la  formación  de  mazas  de  crecimiento,  botones  y  ramificaciones,  produc¬ 
ciones  efímeras  y  frustradas  por  no  ser  influidas  por  efluvios  vivificantes  emana¬ 
dos  del  centro  trófico  (neurona  con  su  núcleo). 

3.  Que  cuando  el  axon  muere  súbitamente  por  aplastamiento  u  otras  injurias^ 
traumáticas,  el  protoplasma  necrosado,  de  aspecto  pálido  y  granuloso,  es  frecuen¬ 
temente  invadido  por  neurofibrillas  aisladas,  de  reciente  formación,  las  cuales 
acaban  mediante  anillos,  asas  y  otras  figuras  (véanse  en  la  figura  123,  a,  c,  d,  los 
curiosos  retoñamientos  intra-axónicos  de  las  neurofibrillas  nacidas  en  la  porción 
viva  del  axon).  Semejantes  fenómenos  se  desarrollan  también  en  el  cabo  periférico^ 
de  los  nervios  cortados  (fig.  1 12,  a). 

4.  En  fin,  que  estos  y  otros  actos  vegetativos  de  neurofibrillas  aisladas,  así 
como  los  fenómenos  más  atrás  señalados  de  metamorfosis  del  esqueleto  neurofi- 
brillar  del  soma  neuronal  (rabia,  acción  del  frío,  etc.),  implican  la  idea  de  que  las 
hebras  del  axon  coloreables  por  la  plata  se  componen  de  unidades  vivientes  infi¬ 
nitesimales,  las  neurobionas,  capaces  de  crecer  y  multiplicarse  con  relativa  auto¬ 
nomía  en  el  seno  del  neuroplasma,  y  susceptibles  de  disponerse,  según  las  cir¬ 
cunstancias,  en  colonias  intra-axónicas  de  variable  arquitectura.  La  mencionada 
hipótesis  de  las  neurobionas,  explicativa  de  muchos  cambios  estructurales  de  las 
neuronas,  fué  acogida  simpáticamente  por  los  autores. 


(1)  A.  Perroncito:  Sulla  qnestione  della  rigenerazione  autógena  delle  übre  nervose.  Nota  preven¬ 
tiva.  Boll.^  della  Societá  Medico  chirurgica  di  Pavía.  Seduta  19  Maggio,  1905  (Publicado  en  Septiem- 

de  190d.)  Un  trabajo  extenso  y  con  grabados  apareció  en  1906.  del  cual  se  publicó  traducción  en-. 
Bettrage  zur  pathol.  Anat.  u.  zur  Allgem.  Pathologie  v.  Ziegler,  Bd.  XLII,  1907. 

(2)  Cajal:  Les  metamorphoses  précoces  des  neuroflbrilles,  &.  Trab.  del  Lab.,  tomo  V,  1907. 


:352; 


S.  RAMQIi  y  CAJAL 


A  causa  de  estos  trabajos,  buen  número  de  autores  regresaron  al  neuronismo. 
Entre  los  arrepentidos  recordamos  a  Dorhn,  Levi,  Marinesco  y  van  Gehuchten. 
Siguieron  luego  los  trabajos  de  confirmación  de  Guido  Sala,  Nageotte,  Minea,  Lu- 
garo,  Dustin,  Sala  y  Córtese,  Modena,  y  sobre  todo  de  Tello,  a  quien  debemos  un 
brillante  estudio  sobre  la  regeneración  de  las  placas  motrices  y  terminaciones  sen¬ 
sitivas  (1).  Ni  hay  que  olvidar  aquellos  que,  sirviéndose  de  otros  métodos,  apoya¬ 
ron  el  monogenismo:  Krassin,  Mott  y  Halliburton,  Stewart,  Poscharisky,  Edmont, 
Etuart,  etc.  La  opinión  reaccionó,  al  fin,  vigorosamente  en  favor  de  la  doctrina  clᬠ
sica  del  desarrollo  continuo  o  monogenista. 

Hasta  Alfredo  Bethe,  el  batallador  campeón  del  catenarismo,  en  sus  réplicas, 
no  exentas  de  vivacidad  y  acrimonia,  y  señaladamente  en  cierto  trabajo  poléinico 
aparecido  en  1907,  mostróse  bastante  conciliador,  pues  no  negaba  ya  la  capacidad 
regenerativa  de  las  fibras  del  cabo  central  ni  la  llegada  de  sus  brotes  hasta  las  fron¬ 
teras  del  cabo  periférico;  limitábase  solamente  a  defender  la  necesidad  del  con¬ 
curso  de  las  células  de  Schwann  de  este  último  segmento  para  hacer  efectiva  la 
restauración  nerviosa.  Algún  tiempo  después,  apremiado  quizá  por  los  argumentos 
¡irrebatibles  aducidos  por  Perroncito,  Lugaro,  Marinesco  y  nosotros,  el  inquieto 
fisiólogo  de  Estrasburgo  tomó  el  partido  de  abandonar  el  campo  (2).  ¡Victis  honos! 

Añadamos  aún  que  autoridades  tan  prestigiosas  como  Retzius,  v.  Lenhossék, 
Echiefferdecker,  Edinger,  Heidenhain,  VerAvorn,  Harrison,  etc.,  que  asistieron  de 
lejos,  aunque  con  simpática  atención,  a  los  incidentes  del  debate,  adoptaron  explí¬ 
cita  o  implícitamente  en  sus  escritos  la  doctrina  monogenista  o  de  la  continuidad. 

Huelga  decir  que  la  maltratada  concepción  neuronal  salió  de  la  prueba  fortale¬ 
cida  y  subyugante.  Lejos  de  hallar,  según  esperaban  sus  adversarios,  en  el  tema 
de  la  regeneración  nerviosa  insuperables  dificultades,  encontró,  por  el  contrario, 
nuevos  argumentos,  a  cuya  luz  no  pocos  fenómenos  enigmáticos  de  la  estructura 
y  mecanismo  vegetativo  del  protoplasma  nervioso  recibierori  inesperados  esclare¬ 
cimientos. 


El  otro  trabajo  aludido  al  principio  del  presente  capítulo  versó  sobre  la  Géne¬ 
sis  de  los  nervios  y  expansiones  neuronales  en  el  embrión  (3).  Según  era  de  presu¬ 
mir,  conseguí  corroborar,  con  ayuda  del  nuevo  método,  todas  las  interesantes  re¬ 
velaciones  hechas  de  1890  con  auxilio  de  la  reacción  cromo-argéntica.  Y  después 
'^e  señalar  e  impugnar  errores  de  interpretación  en  que,  engañados  por  técnicas 
imperfectas,  cayeron  Balfour,  Beard,  Dorhn,  Patón,  Capobianco,  Fragnito,  Besta, 
J^ighini,  O.  Schulze,  etc.,  logré  sentar  las  siguientes  conclusiones: 

representa  constantemente  una  prolongación  primaria  del 
neuroblasto  o  célula  nerviosa  embrionaria,  según  descubrió  His  y  confirmamos 
nosotros,  Lenhossék,  Kólliker,  Harrison,  etc.  (fig,  124,  A,  a). 

(1)  F.  Tello:  Dégénérationetrégéttération  des  plaques  motrices  aprés  la  sectíon  des  nerfs.  Trdb. 
•del  Lab.  de  Invest.  biol.,tomoV,  1^7. 

F.  Tello;  La  régénéraüón  dans  les  fuseaux  de  Kühne.  Trab.  del  Lab.de  Invest.  biol.,  fase.  4,  vo^ 
lumen  V,  1907. 

(2)  Así  me  lo  anunció  varios  años  después,  no  sin  algún  dejo  de  melancolía,  al  acusar  amablemente 
recibo  de  mi  obra  en  dos  volúmenes  Begeneración  y  regeneración  del  sistema  nervioso.  Recientemente, 

-con  una  nobleza  de  carácter  que  le  honra,  afirma  ya  que  en  la  mayoría  de  los  casos  por  lo  menos  las 
-fibras  del  cabo  periférico  proceden  del  central.  Vease:  Libro  en  honor  de  S.  R.  Cajal.  1923. 

(3)  Cajal;  Génesis  de  las  fibras  nerviosas  del  embrión  y  observáciones  contrarias  a  la  teoría  catena* 
^a.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  IV,  1906. 


RECI^í-RDOS  de  mi  vida 


353 


Ai  Oiip  todas  las  vías  nerviosa.  -  primeramente  aparecidas,  desde  el  tercer  día 
<le  liinXctón  en  ISo.  e"  el  eje'^  cerebro-raquídeo  constan  exclusivamente 
<ie  axones  continuos  sin  el  menor  rastro  de  núcleos  ni  de  cadenas  celulares. 

c)  Oue  asimismo  faltan  dichas  cadenas  celulares  en  los  nervios  o  vías  nervio¬ 
sas  extScentrales,  siendo  escasísimos  al  principio  los  núcleos  de  origen  mesodér- 
raico  (del  tercero  al  cuarto  día  de  la  incubación)  intercalados  en  ellas. 

d)  Que  el  nervio  óptico  carece  al  prinapio  de  todo  núcleo  intercalar.^ 

í)  Oue  las  dendritas  se  forman  posteriormente  al  axon,  resultando  del  estira¬ 
miento  en  direcciones  múltiples  del  protoplasma  neuroblástico,  y  no  por  oposición 
<le  materia  diferenciada  ni  por  fusión  de  senes  celulares. 

f)  Que  las  neurofíbrillas  se  diferencian  primeramente  en  la  porción  del  neuro- 

blasto  donde  surge  el  cono  de  crecimiento,  extendiéndose  después  a  lo  largo  del 
-axon  rudimentario  y  modelando  dentro  del  cono  mismo  una  especie  de  pincel  o 
-paquete  fusiforme.  .  ,  ^  -j  u-u 

g)  Que  algunos  axones,  durante  su  marcha  al  través  de  los  tejidos,  .exhiben 

nina  maza  terminal  o  hinchazón  olivar  libre,  semejante  a  la  peculiar  de  las  fibras 
aierviosas  en  vías  de  regeneración  (más  adelante  interpretamos  estas  tumefacciones 
finales  corno  conos  de  crecimiento  de  axones  extraviados  e  hinchados  por  deten¬ 
ción  en  su  marcha)  (fig.  125,  a).  ,  ^  t  • 

Omitimos  aquí  la  enumeración  de  muchos  datos  referentes  a  las  metamorfosis 
del  armazón  neurofibrillár  de  las  neuronas,  al  crecimiento  y  complicación  estruc¬ 
tural  de  los  nervios,  a  la  aparición  de  las  terminaciones  nerviosas  sensoriales  (re¬ 
tina  y  aparato  acústico),  a  la  diferenciación  de  las  neuronas  de  los  ganglios  raquí¬ 
deos,  etc.,  etc. 


Un  resumen  de  estas  investigaciones  (confirmadas  en  principio  por  Held,  se- 
•gún  veremos  más  adelante)  fué  comunicado  a  la  Sección  anatómica  del  Congreso 
internacional  de  Medicina  celebrado  en  Lisboa  en  abril  de  1906. 

Ardía  yo  en  deseos  de  ensayar  la  nueva  fórmula  en  el  análisis  de  las  degenera- 
idones  y  regeneraciones  de  las  vias  centrales,  tema  sobre  el  cual  habíanse  publicado 
infinidad  de  monografías  (Eichorst,  Stroebe,  Schiefferdecker,  Kahler,  Homen,  Lo- 
wenthal,  Zieglér,  Coén,  Barbacci,  Lugaro,  Nageotte,  etc.). 

Aunque  con  algunas  vaiiantes  de  apreciación,  casi  todos  los  autores  conve¬ 
nían  en  que  es  imposible  la  regeneración  de  la  substancia  blanca  de  la  médula  es¬ 
pinal,  cerebro,  cerebelo,  etc.,  acaso  por  ausencia  de  elementos  orientadores  o  cé¬ 
lulas  de  Schwann.  Mis  observaciones,  recaídas  en  el  nervio  óptico  y  médula  espinal, 
<;onfirmaron  en  principio  la  precedente  conclusión;  pero  demostraron  también  que 
la  irreg  -nerabilidad  no  es  ley  fatahe  ineluctable,  sino  resultado  secundario  del  am¬ 
biente  físico  o  químico  desfavorable  al  crecimiento  de  los  retoños.  En  el  cabo  cen- 
-tral  de  los  axones  cortados  prodúcense  también  mazas  y  botones  de  crecimiento 
•que  penetran  en  la  cicatriz;  de  estos  conos  emanan  aveces  proyecciones  secun¬ 
darias  prolijamente  subdivididas.  Mas,  en  virtud  de  causas  desconocidas,  días  des¬ 
pués  de  la  lesión,  los  brotes  axónicos  recién  formados  se  marchitan  sin  cruzarla 
•cicatriz,  acabando  por  reabsorberse. 

Durante  el  año  de  1907  di  también  a  la  estampa  otras  monografías,  sobre  cuyo 
contenido  no  puedo  insistir  aquí.  Citemos  un  trabajo  efectuado  con  la  colabora¬ 
ción  de  Rodríguez  Hiera  (1)  sobre  lo  estructura  comparada  del  cerebelo-  otro  con¬ 
cerniente  al  aparato  reticular  interno  de  Golgí-Holmgrem  (2).  teñido  mediante  cier¬ 
ta  vanante  especial  del  método  del  nitrato  de  plata  reducido;  algunas  notas  ml- 


l’écorce  cérébelleuse. 


sur  la  structure  de  ] 

^  m  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  V,  1907 


23 


35-^ 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


en,/»»  O,  con 

matográficade  copias  de  las 

exploración  sobre  la  *  reírncctón  del  cabo  central  del  axon 

belo  (2)  (descubniniento  de  tórrantos  */iynddn  (3)  destinadas 

y  de  otros  curiosos  fenómenos),  alguna  «n  dos  artículos  de  carácter 

iTa.iécnica  de  las  impregnaciones  argénticas;^  dos 

polémico  publicados  en  el  ^.^^cep- 

Constituye  el  primero  (,)  ardoros  y  .  ^  rnasa  de  pruebas  corcor- 

ción  neuronal  de  His  y  Forel,  ^gis  y  ¿el  mecanismo  de  la  regene- 

dantes  deducidas  del  proceso  de  .a  n  §  publicado  simultáneamente  ea 

ración  dé  los  nervios.  En  el  f  *“"f  H.  Held,  defensor  de 

Alemania  y  España  se  responde^  aer  c  significativas  y  convln- 

lavieia  y  abandonada  teoría  de  Hen^  „s„„i,tostos  y  la  dlferendacoir 

diremos  algo  más  adelante. 

(1)  Cajae:  Notes  „slcrophotographi,ues.  (Avec  6  gravares.)  T.ab.  Xa..  Xn.ea.  Mol.,. 

'°“(2)^cÍ!!L:Notesurladégénéresceacetraumatiquedesfibres  nerveuses  du  cervelet  et  du  cerveau. 
boratorio  de  Invest.  biol.,totnoV,  1907 .  His  iind  Forel  Mit.  24  abbiíd.  .d.í2aí.^ 

(4)  Cajal:  Die  histogenetische  Beweise  der  Neurontheone.von  Hi.s  und  Forel.  mu. 

«volrt»  ”“7;'’““  “"Tm‘ “ 

l’hipothtseneurogéiiéiiquedeHenseii-Held.(Avecl6graviires.)  Ti-afi,  e  a  .  e  ne  .  , 

y  A'iiat.  Ameiger.Bá. ‘¿7,IQ0^. 


CAPITULO  XXII 


DURANTE  EL  BIENIO  DE  1905-1906,  SOY  FAVORECIDO  POR  HONORES  Y  RECOMPENSAS 
INE  PERADAS— LA  MEDALLA  DE  ORO  DE  HEL^HOLTZ  Y  EL  PREMIO  NOBEL.— FElI- 
CIT  CIONES  Y  AGASAJOS  A  GRANEL.— INCONVENIENTES  DE  LA  CELEBRIDAD.— MI 
VIaJE  a  ESTOCoLMO:  CEREMONIAS,  FESTEJOS  Y  DISCURSOS.  MISERIA  DE  NUESTRA 
REPRESEN  rACIÓN  DIPLOMÁTICA.— MO^ET,  QUE  ME  DISPENSÓ  SIEMPRE  ATENCIO¬ 
NES  INMERECIDAS,  PRETENDE  HACERME  MINISTRO.— ASOMBRO  DE  ALGUNOS  PO¬ 
LITICASTROS  AL  SABER  QUE  RECHAZABA  TAN  CODICIADA  PREBENDA 


En  febrero  de  1905  recibí  gratísima  nueva.  En  recompensa  de  mis  modestos 
trabajos  científicos,  una  de  las  Corporaciones  científicas  más  prestigiosas 
del  mundo,  la  Real  Academia  de  Ciencias  de  Berlín,  por  acuerdo  tomado  a 
fines  de  1904,  tuvo  la  bondad  de  adjudicarme  la  medalla  de  oro  deHelmholtz.  Lle¬ 
góme  tan  lisonjera  noticia  por  comunicación  del  Ministro  de  Estado,  acompañada 
de  la  comunicación  oficial  de  la  Embajada  alemana  en  Madrid  (1).  Pocos  días 
después  transmitíame  esta  Embajada,  además  del  Reglamento  de  la  Institución 
del  premio  Helmholtz,  dos  enormes  medallas:  una  de  oro,  de  peso  de  620  gramos^ 
y  otra  de  cobre,  copia  de  la  anterior.  Según  nmestra  el  grabado  adjunto,  en  el 
anverso  aparece  la  efigie  del  genial  físico  alemán,  y  en  el  reverso  la  inscripción: 
Ramón  y  Cajal.  Año  1904. 


Al  pronto  no  me  di  cuenta  cabal  de  la  importancia  y  alcance  de  tan  honorífica 
distinción.  Adquiridos  antecedentes  por  la  lectura  del  citado  Reglamento,  quedé 
pasmado  al  saber  que  la  susodicha  medalla  se  otorgaba  cada  dos  años  al  autor 
que  hubiere  dado  cima  a  más  importantes  descubrimientos  en  cualquiera  rama 
del  saber  humano.  Con  asombro,  y  rubor  leí  la  lista  de  los  laureados. 

Instituida  la  medalla  en  1892,  en  vida  del  ilustre  físico  alemán,  fué  adjudicada 
nada  menos  que  a  E.  du  Bois  Reimond,  Weierstrass,  Robert  Bunsen  y  Lord  Kel- 
Tq"  o  Helmholtz,  siguió  otorgándose  a  sabios  del  tenor  siguiente:  en 

18.8,  a  R  Virchow;  en  1900,  a  Sir  C.  G.  Stockes;  en  1906,  a  H.  Becquerel;  en  1938, 
a  .  Fischer;  en  1910,  a  J.  H.  van  Hoff;  en  1912,  a  Schevendener,  etc...;  todos  lum- 
investigadores  y  creadores  geniales.  Sonrojado  estaba  al  figu¬ 
rar  en  la  lista  de  tan  gloriosos  iniciadores  científicos. 

modestia  hasta  considerarme  exento  de  merecimientos-lo  que 
®  doctísima  Academia  berlinesa-séame  licito  sospechar 
q  a  propuesta  de  1904  entró  por  mucho  el  cordial  afecto  y  sincera  estima- 


di  La  comunicación  oficial  de  la  Academia  lleva  la  fecha  de  26  de  enero  de  1905, 


356 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


ción  con  que  me  distinguía  el  ilustre  Dr.  Waldeyer,  firmante,  a  título  de  Secretario 
de  la  Presidencia,  de  la  mencionada  comunicación  académica. 

Divulgada  la  noticia  por  la  Preiisa,  que  la  aderezó  con  generosos  y  entusiastas 
elogios  tuve  que  hacer  frente  al  inevitable  alud  de  felicitaciones  y  mensajes  con¬ 
gratulatorios,  d:sde  el  enviado  en  nombre  de  S.  M.  el  Rey  por  su  Secretario  señor 
Merry  del  Val,  hasta  los  recibidos  de  las  más  modestas  Corporaciones  populares. 
Todos  fueron  fervorosa  y  cordialmente  agradecidos  (1). 

Transcurridos  algunos  meses,  y  cuando  el  ánimo  reposado  y  tranquilo  volvia  a 
saborear  las  cautivadoras  sorpresas  del  trabajo  concentrado  y  lácim,  cierta  ma¬ 
ñana  de  octubre  de  1906  sorprendióme,  casi  de  noche,  cierto  lacónico  telegrama 
expedido  de  Estocolmo  y  redactado  en  alemán.  El  texto  decía  solamente: 

Caiolinische  Instituí  verliehen  Sie  Nobelpreiss. 

Firmaba  mi  simpático  colega  Emilio  Holmgren,  Profesor  de  la  Facultad  de  Me¬ 
dicina.  Poco  después  recibí  otro  telegrama  de  felicitación  de  mi  entrañable  amigo 
el  profesor  G.  Retzius.  En  fin,  transcurridos  algunos  dias,  llegó  a  mi  poder  la  co¬ 
municación  oficial  i  2)  del  Real  Instituto  Carolino  de  Estocolmo,  Corporación  a  cuyo 
cargo  corría  la  adjudicación  del  premio  Nobel  para  la  Sección  de  Fisiología  y  Me¬ 
dicina.  Aparte  la  honra  inestimable  que  se  me  dispensaba,  el  citado  premio  tenía 
expresión  económica  nada  despreciable.  Al  cambio  de  entonces,  equivalía  en  es¬ 
pecies  sonantes  a  uno?  23.000  duros.  La  otra  mitad  fué  muy  justamente  adjudica¬ 
da  al  ilustre  Profesor  de  Pavía  Camilo  Golgi,  creador  del  método  con  el  cual  di  yo 
cima  a  mis  descubrimientos  más  resonantes. 

Si  la  medalla  de  Helmholtz,  galardón  puramente  honorífico,  causóme  halagüeña 
impresión,  el  piemio  Nubel,  tan  universalmente  conocido  como  generalmente  co¬ 
diciado,  prodújome  un  sentimiento  de  contrariedad  y  casi  de  pavor.  Tentado  estu¬ 
ve  de  rechazar  el  premio  por  inmerecido,  antirreglamentario,  y,  sobre  todo,  por 
peligrosísimo  para  mi  salud  física  y  mental.  Interpretando  a  la  letra  el  Reglamento 
de  la  institución  Nobel,  parecía  imposible  otorgarlo  por  la  Sección  de  Medicina  y 
Fisiología  a  los  histólogos,  embriólogos  y  naturalistas.  Por  eso,  hasta  entonces 
habíanse  solamente  adjudicado  a  bacteriólogos,  patólogos  y  fisiólogos. 

Ante  la  perspectiva  de  felicitaciones,  mensajes,  homenajes,  banquetes  y  demás 
sobaduras  tan  honrosas  como  molestas,  hice  ios  primeros  días  heroicos  esfuerzos 
por  ocultar  el  suceso.  Vanas  fueron  mis  cautelas.  Poco  después,  la  Prensa  vocin¬ 
glera  lo  divulgó  a  los  cuatro  vientos.  Y  no  hubo  más  remedio  que  subirse  en  pea¬ 
na  y  convertirse  en  foco  de  las  miradas  de  todos. 

Metódica  e  inexorablemente  se  desarrolló  el  temido  programa  de  agasajos: 

(11  Mención  especial  merecen,  entre  otros  obsequios.  la  artística  placa  conmemoraUva,  ofrendada 
por  los  alumnos  de  la  Facultad  de  Medicina  de  Madrid  (26  de  enero  de  1905),  distinción  que  vino  a  ha- 
car  pendant  en  mi  despacho  con  otra  preciosa  joya  de  la  orfebrería  catalana  con  que  me  agasajó  en  1904 
la  Academia  Médico-farmacéutica  de  Barcelona. 

(2)  He  aquí  el  texto  del  documento,  redactado,  por  cierro,  en  limpio  castellano;  «El  Instituto  Caro- 
lino  de  Medicina  y  Cirugía,  que  en  virtud  del  testamento  otorgado  el  día  27  de  noviembre  de  1894  por 
D.  Alfredo  Nobel,  está  facultado  para  recompensar,  con  el  premio  fundado  por  el  citado  señor  el  descu¬ 
brimiento  científico  más  importante  que  durante  los  últimos  tiempos  haya  venido  a  enriquecer  la. Fisio¬ 
logía  y  la  Medi  ina,  ha  acordado  ei  día  de  la  fecha  conceder  a  D.  Santiago  Ramón  y  Cajal  la  mitad  del 
premio  correspondiente  al  año  de  19(16,  en  a>ención  a  sus  meritorios  trabajos  sobre  la  estructura  del  siste 
ma  nervioso.  Estocolmo,  25  de  octubre  de  1906.  El  Claustro  de  Profesores  del  Imtituto  Carolino  de  Medi. 
May  Cirugía^. 


recuerdos  de  mi  vida 


367 


Telegramas  de  felicitación;  cartas  y  mensajes  congratulatorios;  homenajes  de 
alumLs  y  profesores;  diplomas  conmemorativos;  nombramientos 
SrooracLLs  científicas  y  literarias;  calles  bautizadas  con  mi  nombre  en  c  uda- 
des  V  hasta  en  villorrios;  chocolates,  anisetes  y  otras  pócimas,  dudosamente  hi¬ 
giénicas,  rotuladas  con  mi  apellido;  ofertas  de  pingüe  ""  3"/"" 

arriesgadas  o  quiméricas;demanda  apremiante  de  pensamientos  P^^  I 

colecciones  de  autógrafos;  petición  de  destinos  y  sinecuras...;  de  todo  hubo  y  a 
todo  debi  resignarme,  agradeciéndolo  y  deplorándolo  a  un  tiempo,  con  la  sonrisa 
en  los  labios  y  la  tristeza  en  el  alma  (1).  En  resolución,  cuatro  largos  meses  gasta¬ 
dos  en  contestar  a  felicitaciones,  apretar  manos  amigas  o  indiferentes,  hilvanar 
brindis  vulgares,  convalecer  de  indigestiones  y  hacer  muecas  de  simulada  satis¬ 
facción.  ¡Y  pensar  que  yo,  para  garantizar  la  paz  del  espíritu  y  huir  de  toda  posi¬ 
ble  popularidad,  escogí  deliberadamente  la  más  obscura,  recóndita  y  antipopular 


de  las  ciencias!...  .  ,  j- 

No  incurramos,  sin  embargo,  en  exageraciones  que  en  el  caso  actual  pudieran 
sonar  a  ingratitudes.  Ni  es  licito  extremar  los  fueros  del  egoísmo.  Fuerza  es  reco¬ 
nocer  que  los  honores  rendidos  a  los  hombres  que  por  algún  concepto  persiguie¬ 
ron  el  enaltecimiento  de  su  patria,  son  éticamente  bellos  y  eficazmente  ejemplares: 
brotan  de  sentimientos  de  solidaridad  y  veneración  harto  nobles  pa^a  ser  vitupe¬ 
rables.  Toda  alma  bien  nacida  debe  agradecerlos  y  rememorarlos.  Pero  las  gentes 
latinas  somos  extremosas  en  todo.  En  contraste  con  la  moderación  y  frialdad  de 
los  pueblos  del  Norte,  carecemos  del  sentido  del  límite  y  de  la  medida.  Y  lo  que 
comenzó  por  ser  ofrenda  halagadora,  acaba  por  resultar  importunidad  mortifican¬ 
te.  En  España— y  díganlo  si  no  los  Echegaray,  los  Qaldós,  los  Benavente  (2),  los 
Cávia  y  otros  muchos  ¡nsiamente  homenajeados — ,  para  salir  con  bien  de  los  ob¬ 
sequios  y  agasajos  de  amigos  y  admiradores,  hay  que  tener  corazón  de  acero,  piel 
de  elefante  y  estómago  de  buitre.  Al  dulzor  de  los  primeros  momentos  síguese 
cierta  apacible  amargura.  Al  modo  de  la  amistad  vehemente  y  ruda,  entre  nosotros 
la  fama  estruja  al  acariciar:  besa,  pero  oprime.  Nos  arrebata  las  suavidades  del 
hábito;  turba  la  paz  del  espíritu;  coarta  el  sacrosanto  albedrío,  convirtiéndonos  en 
blanco  de  impertinentes  curiosidades;  pone  en  riesgo  la  humildad,  obligándonos 


(1)  No  todos  los  agasajos  se  redujeron  a  corteses  enhorabuenas  y  a  efímeras  efusiones  de  banquetes 
conmemorativos.  Algunos  homenajes  tuvieron  valor  material  positivo,  aparte  su  alta  significación  espi¬ 
ritual.  Eecordemos  la  gran  medalía  de  oro,  esculpida  por  ei  genial  artista  Mariano  Benlliure,  costeada 
por  suscripción  entre  los  alumnos,  profesores  de  San  Carlos  y  muchos  médicos  de  Madrid;  el  magnífico 
Album,  verdadera  joya  de  arle,  avalorado  con  primorosas  acuarelas,  ofrecido  por  todas  las  Corporacio¬ 
nes  y  fuerzas  vivas  de  la  cultísima  Valencia;  el  diploma  honorífico,  admirablemente  decorado,  remitido 
por  los  médicos  españoles  de  Buenos  Aires,  los  cuales,  deseosos  además  de  colaborar  materialmente  en 
algunas  de  mis  investigacianes  lientíficas,  abrieron  suscripción  pública  para  costearla  publicación  de 
uno  de  mis  libros  (de  esta  obra,  publicada  en  1910,  trataremos  más  adelante),  etc. 

Excusado  es  decir  cuán  vivo  agradecimiento  guardo  de  todos  esos  y  otros  generosos  regalos,  que  con¬ 
servo  orgulloso,  no  sólo  como  testigos  de  mi  buena  estrella,  sino  del  fervoroso  patriotismo  de  muchos 
excelentes  españoles  de  aquende  y  allende  el  mar,  ios  cuales,  inspirados  en  nobilísima  solidaridad  espi¬ 
ritual,  estiman  como  propia  toda  honra  rendida  en  el  extranjero  a  uno  de  sus  hermanos. 

(2)  Cuando  esto  escribo  he  sabido  que  ha  sido  adjudicado  a  Benavente  el  premio  Nobel  de  Literatura. 
No  es  cosa  de  dar  el  pésame  al  ingeniosísimo  dramaturgo,  pero  sí  de  rogar  a  Dios  le  otorgue  la  fortaleza 
indispensable  para  resistir  las  caricias  de  sus  entrañables  cofrades,  como  se  la  concedió  a  Echegaray— 
otro  prernio  Nobel— para  soportar  durante  su  melancólico  atardecer  la  creciente  marea  de  una  crítica 
apasionada,  que  se  ensañaba  con  los  defectos  de  la  obra  del  maestro— en  gran  parte  imputables  a  las 
en  encías  románticas  de  la  época— y  callaba  pérfidamente  las  incomparables  bellezas  de  pensamiento 

y  de  estdo  que  la  esmaltan. 


S.  RAMÓN  X  CAJAL 


3® 

de  continuo  a  pensar  y  hablar  de  nosotros;  y,  en  fin,  altera  la  trayectoria  de  nues¬ 
tra  vida,  torciéndola  en  caprichosos  e  inútiles  meandros. 

A  fuer  de  sincero,  debo  confesar  algo  que  acaso  haga  sonreír  irónicamente  al 
lector.  Como  insinué  hace  poco,  el  premio  Nobel  prodújome  más  miedo  que  ale¬ 
gría.  Medallas,  títulos,  condecoraciones,  son  distinciones  relativamente  toleradas 
por  émulos  y  adversarios.  Pero  un  gran  premio  pecuniario!...  La  honra  opulenta  es 
algo  irritante  y  difícilmente  soportable. 

Hay,  por  otra  parte,  un  gran  fondo  de  verdad  en  el  dicho  vulgarísimo  de  que  la 
adversidad  sigue  a  la  ventura  como  la  sombra  al  cuerpo.  Ambas  parecen,  en  efec¬ 
to,  constituir  fases  alternativas  déla  irremediable  ondulación  del  humano  destino. 
Y  no  por  la  influencia  de  los  quiméricos  hados,  sino  porque  la  fortuna  excesiva 
tiene  la  nefasta  virtud  de  cambiar  los  sentimientos  de  los  hombres.  Ya  lo  dijo  Sé¬ 
neca— y  perdóneseme  la  pedantería—  en  forma  insuperable:  «Conforme  crece  el 
número  de  los  que  admiran,  crece  el  de  los  que  envidian.  Puse  todo  mi  empeño  en 
levantarme  sobre  el  vulgo,  haciéndome  notable  por  alguna  particular  cualidad,  y 
no  conseguí  sino  exponerme  a  los  tiros  de  la  envidia  y  descubrir  al  odio  la  parte 
en  que  podía  morderme». 

¿Cómo  tomarán— me  decía — mis  contradictores  extranjeros  los  dones  de  mi 
buena  estrella?  ¿Qué  dirán  de  mí  todos  esos  sabios  cuyos  errores  tuve  la  desgra¬ 
cia  de  poner  en  evidencia?  ¿Cómo  justificar  a  los  ojos  de  tantos  preclaros  investi¬ 
gadores  preteridos,  cuyos  superiores  merecimientos  me  complazco  en  reconocer, 
las  preferencias  del  Instituto  Carolino?  En  fin,  y  volviendo  los  ojos  a  nuestra  que¬ 
rida  España,  ¿qué  haría  yo  para  consolar  a  ciertos  profesores— algunos  paisanos 
míos—,  para  quienes  fui  siempre  uná  medianía  pretenciosa,  cuando  no  un  mente¬ 
cato  trabajador?  Porque— ¡doloroso  es  reconocerlo!~los  mayores  enemigos  délos 
españoles  son  los  españoles  mismos.  ; 

Luego  vetemos  que  mis  recelos  estaban  justificados  y  que  los  disgustos  co¬ 
menzaron  ya  durante  mi  estancia  en  la  capital  de  Suecia.  Y  no  ciertamente  a  causa 
de  los  sabios  suecos,  modelo  de  cortesía  y  buen  sentido,  sino  del  extraño  carác¬ 
ter  del  copartícipe  del  premio,  uno  de  los  talentos  más  engreídos  y  endiosados 
que  he  conocido. 

Pero,  descartando  comentarios  prematuros,  digamos  algo  de  mi  viaje.  Ordenan 
los  Estatutos  de  la  Institución  Nobel  que  los  laureados  concurran  personalmente 
a  la  solemne  ceremonia  del  reparto  de  los  premios,  que  se  celebra  todos  los  años 
el  10  de  diciembre,  aniversario  de  la  muerte  de  Alfredo  Nobel,  y  que,  además,  ex¬ 
pliquen  y  demuestren,  en  conferencia  pública,  lo  más  esencial  de  sus  descubri¬ 
mientos  científicos.  Si  a  nuestro  ilustre  Echegaray  y  al  altísimo  poeta  italiano  Car- 
ducci  fuéles  dispensado  el  viaje, en  atención  a  su  avanzada  edad,  yo  no  pude  ni  debí 
sustraerme  a  la  costumbre,  que  significa  además  obligado  y  cortés  testimonio  de 
gratitud  al  Patronato  de  la  Institución  Nobel  y  a  la  generosidad  del  pueblo  escan¬ 
dinavo. 

Púseme,  pues,  en  marcha,  y  llegué  a  Estocolmo  el  6  de  diciembre,  días  antes 
del  comienzo  de  las  fiestas.  Después  de  abrazar  efusivamente  a  mis  buenísimos 
amigos  y  colegas  del  Instituto  Carolino,  doctor  Retzius,  G.  Holmgrém  y  H.  Hens- 
chen,  fui  presentado  al  célebre  C.  Golgi,  mi  compañero  de  premio,  y  a  los  demás 
profesores  laureados  arribados  de  Francia  e  Inglaterra.  Eran  éstos  J.  G.  Thomson» 
a  quien  se  adjudicó  el  premio  de  Fislcá,  por  sus  penetrantes  investigaciones  acer¬ 
ca  de  la  naturaleza  de  la  electricidad,  y  H.  Moissan,  que  recibió  el  premio  de  Quí¬ 
mica,  en  consideración  a  su  invención  del  horno  eléctrico  y  a  sus  trabajos  sobre  eí 


recuerdos  DE  MI  VIDA 


'859 


íuor.  Délo  apuntado  ya  que  el  famoso  O.  Carduce!, 

Poesía,  excusó  su  ausencia  por  enfermo.  En  fin,  el  premio  de  la  Paz  fué  otorgado 
ai  americano  Teodoro  Roosevelt.  Esta  decisión  produjo  asombro,  sobre  todo  en 

España.  .  j  r 

¿No  es  el  colmo  de  la  ironía  y  del  buen  humor  convertir  en  campeón  del  paci¬ 
fismo  al  temperamento  más  impetuosamente  guerrero  y  más  irreductiblemente 
imperialista  que  ha  producido  la  raza  yanqui?  _ 

Importa  consignar,  en  descargo  del  circunspecto  pueblo  sueco,  que  tan  extraña 
decisión  fué  tomada  por  el  Storthing  noruego^  a  quien,  según  cláusula  del  testa¬ 
mento  Nobel,  incumbe  conferir  el  premio  de  la  Paz.  ■  \ 

La  ceremonia  de  la  adjudicación  de  los  premios  fúé  una  fiesta  pomposa  y  de 
altísima  idealidad.  Celebróse,  según  costumbre,  en  el  gran  salón  Real  Acade¬ 
mia  de  Música,  adornado  al  efecto  con  el  busto  de  Nobel,  aureolado  de  flores.  Sobre 
-el  estrado  presidencial  flameaban  las  banderas  y  emblemas  de  Suecia  y  de  las 
naciones  a  que  pertenecían  los  laureados.  Presidió  S.  M.  el  Rey,  acompañado  de 
•4os  Príncipes  y  Princesas,  con  su  brillante  séquito,  y  asistieron  el  Gobierno,  el 
Cuerpo  diplomático,  los  descendientes  de  la  familia  Nobel,  altos  funcionarios  pa¬ 
latinos  y  militares,  representación  de  las  Cámaras  suecas  y  del  Ayuntamiento,  pro¬ 
fesores  y  alumnos  de  la  Universidad  y,  en  fin,  numerosas  y  elegantísimas  damas. 

Inició  la  fiesta  el  profesor  Tórnebladh,  miembro  del  Patronato  Nobel,  con  un 
«oble  discurso,  en  el  cual,  después  de  trazar  la  historia  de  la  fundación  del  pre¬ 
mio,  hizo  un  elogio  caluroso  de  la  ciencia,  que  coronó  repitiendo  la  conocida  má- 
-xima  de  Pastear:  La  ignorancia  separa  a  los  hombres,  mientras  que  la  ciencia  los 
-aproxima.  (Lástima  que  esta  bella  máxima  haya  sido  desmentida  por  la  monstruo¬ 
sa  guerra  de  1914.) 

Los  diplomas  y  medallas  fueron  entregados  personalmente  por  S.  M.  el  Rey, 
-que  proclamó  los  candidatos-  En  cada  caso,  el  presidente  de  la  Academia  promo¬ 
tora  de  la  propuesta  elogió  en  breve  y  sentida  oración  los  méritos  del  recipienda¬ 
rio.  Según  era  de  presumir,  el  discurso  encomiástico  de  los  laureados  de  Fisiolo- 
-gia  y  Medicina  corrió  a  cargo  del  ilustre  conde  de  Mórner,  presidente  del  Instituto 
Carolino. 

Días  después,  celebráronse  las  conferencias  de  los  candidatos  premiados.  En 
-el  día  prefijado  para  la  mía,  y  ante  público  selecto  e  imponente,  expuse  lo  más 
esencial  de  mi  labor  de  investigador,  ateniéndome  estrictamente  a  los  hechos  y  a 
las  inducciones  naturalmente  surgidas  de  los  mismos.  Conforme  a  mi  costumbre, 
y  a  fin  de  hacerme  entender  hasta  de  los  profanos,  hice  uso  de  gran  número  de 
cuadros  policromados  de  grandes  dimensiones.  Mi  lección  fué,  según  creo,  del 
agrado  del  público.  En  todo  caso,  mereció  benévolos  elogios  de  los  periódicos  de 
4a  localidad. 

De  acuerdo  con  los  precedentes,  el  texto  de  todas  las  conferencias  fué  publi¬ 
cado  semanas  después  en  lujosísimo  volumen,  adornado  con  bellísimos  emblemas 
en  colores,  con  la  copia  de  las  medallas,  los  retratos  de  los  laureados,  y  enrique¬ 
cido  además  con  los  sendos  discursos  de  presentacíóh  de  los  padrinos  v  del  re¬ 
presentante  oficial  del  Pafronc/o //oñe/ (1). 

Impórtame  hacer  constar  que  en  la  susodicha  conferencia  hice  de  mi  compa- 

ma¿ficafcLtTrt“‘r  «0^.  Una  tirada  aparte  de  mi  discurso,  con 

-tifias  reprodujeron  mi  Z  regalada  por  el.Patronato  Nobel.  Diversas  Revistas  cien- 

fase.  I,  pLnze,  1907  *  singularmente  los  ArcMmo  di  Fisiología,  del  Dr.  Q.  Fano,  vol.  V, 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


ñero  el  profesor  C.  Golgi  el  elogio  cordial  imperiosamente  exigido  por  la  justicia 
y  la  cortesía.  Siempre  le  rendí  el  tributo  de  mi  admiración,  y  en  todos  mis  libros 
pueden  leerse  entusiastas  encomios  de  las  iniciativas  del  sabio  de  Pavía.  Tenía, 
pues,  derecho  a  esperar  de  él  un  tratamiento  igualmente  amistoso  con  ocasión  de 
su  discurso  sobre  La  doctrine  de  neurones.  Contra  lo  que  todos  esperábamos,  tratO' 
en  ella,  más  que  de  puntualizar  los  valiosos  hechos  descubiertos  por  él,  de  sacar 
a  flote  su  casi  olvidada  teoría  de  las  redes  intersticiales  nerviosas. 

Estaba  en  su  derecho  al  escoger  el  tema  de  su  lección.  Lo  malo  fué  que  al  de¬ 
fender  su  estrafalaria  lucubración — que  pudo  disculparse  en  1886,  cuando  los  da¬ 
tos  básicos  de  la  conexión  interneuronal  no  habían  sido  señalados — ,  hizo  gala  de 
una  altivez  y  egolatria  tan  inmoderadas,  que  produjeron  deplorable  efecto  en  la 
concurrencia.  Ni  por  incidencia  siquiera  aludió  a  los  casi  innumerables  trabajos 
neurológicos  aparecidos  fuera  de  Italia,  y  aun  en  Italia  misma,  desde  la  remota 
fecha  de  su  obra  magna  sobre  la  fina  estructura  del  sistema  nervioso.  Para  el  ana¬ 
tómico  de  Pavía,  ni  Forel,  ni  His,  ni  yo,  ni  Retzius,  ni  Waldeyer,  ni  Kolliker,  ni  van 
Gehuchten,  ni  v.  Lenhossék,  ni  Edinger,  ni  mi  hermano,  ni  Tello,  ni  Athias,  ni  si¬ 
quiera  su  compatriota  Lugaro,  habíamos  añadido  nada  interesante  a  sus  hallaz¬ 
gos  de  antaño.  Por  lo  mismo,  se  creyó  dispensado  de  rectificar  ninguno  de  sus 
viejos  errores  teóricos  y  de  sus  lapsus  de  observador.  Huelga  decir  que  en  sus  di¬ 
bujos  y  descripciones  del  cerebro,  cerebelo,  médula,  asta  de  Ammon,  etc.,  no  apa¬ 
recía  ninguna  de  las  disposiciones  señaladas  por  mí  y  confirmadas  por  todosTos 
autores;  y  cuando  se  columbraba  alguna  era  artificiosamente  disfrazada  y  falsea¬ 
da,  a  fin  de  adaptarla,  velis  nolis,  a  sus  caprichosas  concepciones.  El  noble  y  dis¬ 
cretísimo  Retzius  estaba  consternado;  Holmgren,  Henschen  y  todos  los  neurólo¬ 
gos  e  histólogos  suecos  contemplaban  al  orador  con  estupor.  Y  yo  temblaba  de 
impaciencia  al  ver  que  el  más  elemental  respeto  a  las  conveniencias  me  impedía 
poner  oportuna  y  rotunda  corrección  a  tantos  vitandos  errores  y  a  tantos  inten¬ 
cionados  olvidos. 

No  he  comprendido  jamás  a  esos  extraños  temperamentos  mentales,  consa¬ 
grados  de  por  vida  al  culto  del  propio  yo,  herméticos  a  toda  novación  e  im¬ 
permeables  a  los  incesantes  cambios  sobrevenidos  en  el  medio  intelectual.  Es 
más:  no  acierto  a  concebir  tampoco  la  utilidad  positiva  de  semejante  egocentris¬ 
mo.  Porque  todos  están  en  el  secreto  y  saben  a  qué  atenerse.  Para  que,  dentro  de 
lo  humano,  semejante  actitud  fuera  personalmente  provechosa,  fuera  preciso  que 
el  progreso  se  paralizara,  que  los  sabios  renunciaran  al  privilegio  de  la  crítica  y 
que  el  nivel  mental  de  los  investigadores  descendiera  tan  bajo,  que  el  talento  en¬ 
soberbecido,  en  virtud  de  sugestión  irresistible,  impusiera  dogmáticamente  a  todo 
el  mundo  sus  visiones  personales.  Mas  como  imaginar  todo  esto  es  desposarse 
con.  el  absurdo,  no  concibo,  repito,  a  menos  de  apelar  a  la  psiquiatría  en  busca  de 
expresiones  adecuadas,  la  psicología  de  los  susodichos  temperamentos.  ¡Cruel 
ironía  de  la  suerte,  emparejar,  a  modo  de  hermanos  siameses  unidos  por  la  espal¬ 
da,  a  adversarios  científicos  de  tan  antitético  carácter! 

La  misma  olímpica  altivez  y  pretencioso  empaque  mostró  mi  compañero  en  su 
brindis  del  banquete  oficial.  Esta  fiesta  solemne  fué  ofrecida  por  los  miembros  de 
la  Institución  Nobel,  y  a  ella  asistieron  los  Príncipes  y  magnates,  el  Cuerpo  di¬ 
plomático  y  distinguidas  representaciones  de  las  Corporaciones  populares  y  aca¬ 
démicas.  (Por  cierto  que  S.  M.,  muy  amable  conmigo,  me  recordó  sus  viajes  por 
Andalucía,  e  hizo  gentiles  elogios  de  las  bellezas  de  España  y  del  carácter  de  sus 
naturales.) 


recxjerdos  de  mi  vida 


361. 


A  la  hora  de  los  brindis  hablaron  muy  discreta  y  elocuentemente  algunos  Mi- 
nistros,  los  ilustres  Presidentes  de  las  Academias  y  de  la  Institución  Nobel  y  los. 
representantes  de  los  países  a  que  pertenecían  los  pensionados  (menos  el  encar¬ 
gado  de  la  Legación  de  España,  que  excusó  su  asistencia).  En  mi  honor,  el  pro¬ 
fesor  Sundberg  pronunció  en  francés  un  toast  amabilísimo.  Y  después,  en  sendos 
discursos  de  gracias,  brindamos  cortésmente  todos  los  laureados. 

Creo  que  no  desentoné  en  aquel  concierto  de  afable  cortesanía  y  gentil  con¬ 
fraternidad.  En  mi  breve  discurso,  pronunciado  en  francés,  puse  especial  empeno- 
en  consagrar  sentido  recuerdo  a  investigadores  preclaros,  tan  merecedores  o  más. 
que  Golgi  y  yo  del  honroso  galardón.  He  aquí  el  texto,  que  reproduzco  para  los 
aficionados  a  la  oratoria  oficial,  por  necesidad  ceremoniosa  y  ritualista: 


Mesdames  et  Messieurs:  Ces  moments  de  profunde  émotion  ne  sont  pas  les. 
plus  favorables  pour  extérioriser  les  sentiments  que  j’éprouve  devant  une  aussi 
brillante  assemblée  et  dans  une  aüssi  solennelle  occasion.  Je  me  bornerai  done 
tout  simplement  á  exprimer  á  CInstitat  Carolin  ma  profunde  gratitude  pour  l’hon- 
neur  extraordinaire  qu’il  m’a  fait  en  me  décernant,  conjointement  ávec  l’illustre 
Golgi,  le  prix  Nobel  de  Physiologie  et  de  Médecine.  Je  dois  aussi  remercier  de  tout 
mon  cceur  les  bienveillantes  et  généreuses  paroles  que  le  savant  président  de 
cette  C<'rporation  vient  de  m’adresser  en  son  tres  eloquent  toast. 

Les  découvertes  scientifiques  sont  presque  toujours  le  résultat  de  l’ambiance 
intelectuelle.  C’est  un  labeur  collectif  dans  lequel  il  est  souvent  difficile  d’attri- 
buer  le  mérite  á  un  savant  déterminé.  L'Institut  Carolin,  s’inspirant  d’un  grand, 
sentiment  de  justice  et  d’équité,  a  bien  voulu  qu’un  des  copartageants  du  prix 
Nobel  pour  la  Physiologie  et  la  Médecine  soit  Tillustre  Golgi,  le  prestigieux  maitre 
italien,  qui  par  Tinvention  de  tres  importantes  méthodes  de  recherche  et  par  l’es- 
prit  d’observation  scrupuleuse  et  exacte,  a  le  plus  contribué  á  la  connaissance 
de  la  fine  structure  et  du  mécanisme  fonctionnel  des  centres  nerveux.  Néanraoins, 
d’autres  savants  ont  aussi  collaboré  tres  activement  á  l’ceuvre  commune,  et  si 
vous  trouvez  dans  le  réglement  de  l’Institution  Nobel  utíe  borne  infranchissable  a. 
votre  génerosité  et  á  vos  sentiments  d’équité,  je  croirais,  moi,  Commettre  une 
grave  injustice  si  je  ne  rappellais  pas  á  cette  heure,  les  noms  glorieux  de  His,  le 
génial  et  regretté  embryologue  de  Leipzig;  de  Fore!,  le  savant  naturaliste  et  neuro- 
logue  suisse;  de  v.  Kolliker,  le  vénérable  maitre,  le  Néstor  de  la  micrographie  á. 
qui  la  rnort  seule  pút  faire  cesser  le  combat  qu’il  livrait  á  la  nature  vivante  á  la- 
quelle  il  a  arraché  tant  de  secrets;  de  Ehrlich,  Marchi  et  de  Weigert,  createurs  des 
importantes  méthodes  de  recherches  neurologiques.  Je  n’oublie  pas  non  plus  la 
légion  de  jeunes  et  brillants  professeurs  tels  que  v.  Lenhossék,  Dogiel,  Lugaro, 
V.  Gehuchten,  Held,  Edinger,  Fusari,  L.  Sala,  Holmgrem,  etc.,  etc.;  enfin,  l’un  de- 
vos  chercheurs  des  plus  feconds  et  infatigables,  l’illustre  anthropologue,  histolo- 

systéme  nerveux  est  rede- 

vable  de  grandes  et  positives  conquétes:  j’ai  nommé— vous  l’avez  tous  devine 
sans  doute-le  Professeur  de  Stockholm,  G.  Retzius. 

Tous  ces  savants,  rnéritent  également  le  grand  honneur  que  je  suis  heureux. 
de  partager  aujourd’hui  avec  le  maitre  de  Pavie,  parce  que,  outre  leurs  recher¬ 
ches  original^,  tous  ont  contribué  á  suggérer,  préparer  et  developper  plusieurs 
points  irnportants  de  mes  modestes  décoiivertes. 

ísvant  mon  verre  pour  proposer  un  toast  á  la  confraternité  des  hom- 
tí+¿  íaisant  des  voeux  pour  qu’en  dépit  des  préjugés  de  nationa- 

^  j  s’inspirant  tous  du  haut  et  géné'-eux  exemple  du  grand 
scandinave,  ils  se  reconnaissent  comme  des  fidéles- 
voues  a  une  oeuvre  commune,  qui  ne  peut  s’affirmer  et  progresser 
que  dans  un  esprit  collectif  de  justice  et  d’affection  réciproque. 


Aparte  las  magníficas  fiestas  oficiales,  debemos  mencionar  todavía,  para  ser 
completos,  otras  atenciones  y  finezas  con  que  algunos  sabios  insignes  y,  en  gene¬ 
ra  ,  el  cultísimo  y  hospitalário  pueblo  sueco,  procuró  amenizar  nuestra  estada  eá 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Estocolmo.  Recordemos  el' banquete  ofrecido  a  los  laureados  por  el  Gonde  de 
JVLorner,  Presidente  del  Instituto  CaroUno,  y  cuya  esposa  e  hijas,  prototipos  de  la 
espléndida  belleza  escandinava,  hicieron  a  maravilla  los  honores  de  la  casa;  la 
comida  íntima  con  que  me  obsequió  el  Dr.  Retzius,  en  cuyo  hotel  tuve  ocasión  de 
conversar  con  su  admirable  compañera  y  de  conocer  la  suave  y  elegante  comodi¬ 
dad  del  hogar  sueco;  la  iunción  de  gala  ofrecida  a  los  forasteros  en  el  Teatro  de  la 
Opera;  la  jira  ala  antiquísima  Universidad  de  Upsala— el  Oxford  de  Suecia—;  la 
visita  al  Skating-Ring,  donde  se  cultiva  el  favorito  deporte  de  los  países  hiperbó¬ 
reos;  el  paseo  por  la  bahía,  y,  en  fin,  la  jira  al  interesante  Parque  zoológico,  donde, 
entre  otras  curiosidades,  se  admira  cierta  colección  de  viviendas  rústicas,  con  las 
ingeniosas  labores  caseras  a  que,  durante  los  larguísimos  inviernos  norteños,  se 
entrega  la  familia  del  campesino. 

Para  terminar  el  relato  de  mi  viaje  a  Suecia,  de  cuyos  habitantes  guardo  re¬ 
cuerdos  gratísimos,  referiré  una  anécdota  y  una  observación. 

Reciente  la  separación  de  Noruega,  osé  manifestar  a  un  alto  dignatario,  a  quien 
tuve  el  honor  de  ser  presentado,  la  extrañeza  con  que  habíamos  sabido  en  España 
la  impasibilidad  de  Suecia  ante  el  desgarramiento  de  la  patria  común.  Y  el  amable 
-interlocutor,  en  vez  de  deplorar  amargamente  el  hecho,  según  yo  presumía,  limi¬ 
tóse  a  contestarme,  con  la  sonrisa  en  los  labios;  «Tontos  de  remate  hubiéramos 
-sido  si,  por  mantener  por  la  fuerza  nuestra  unión  con  el  vecino  país,  hubiéramos 
desnivelado  nuestro  presupuesto  en  superávit,  y  suspendido  la  triunfadora  cam-  ' 
paña  emprendida  en  pro  de  la  cultura  general  y  en  contra  del  alcoholismo». 

La  observación  concierne  a  la  sórdida  miseria  con  que  España  costea  los  gas¬ 
tos  de  su  representación  en  el  extranjero.  Mientras  el  Ministro  de  Suecia  en  Ma¬ 
drid  y  los  representantes  diplomáticos  de  Francia,  Inglaterra,  Italia,  etc.,  en  Esto¬ 
colmo  se  albergan  en  magníficos  hoteles,  con  el  decoro  correspondiente  a  su  rango, 
el  encargado  de  Negocios  de  España  en  dicha  nación  vegeta  precariamente  en  un 
piso  segundo  de  modestísima  casa  de  vecindad.  Tan  bochornoso  contraste  trajo 
consigo  cierta  omisión,  notada  por  muchos  y  poco  halagadora  para  nuestra  patria. 
Rindiendo  culto  a  la  cortesía  y  a  la  costumbre,  cada  Ministro  extranjero  acredita¬ 
do  en  la  corte  sueca,  festeja  al  compatriota  laureado  con  un  banquete  íntimo,  al 
cual  asiste  lo  más  escogido  ¿e  colonia  de  la  nación  correspondiente.  Todos 
tributaron  esta  prueba  de  consideración  al  paisano  honrado  con  el  premio  Nobel, 
todos...,  menos  nuestro  Ministro,  que  deplorando  sin  duda  la  falta  de  local  deco¬ 
roso  y  de  recursos  suficientes,  soslayó  el  consabido  acto  de  cortesía.  A  bien  que 
la  falta  fué  gentil  y  gallardamente  compensada — no  obstante  la  modestia  de  sus 
medios  -por  el  cultísimo  Secretario  de  la  Legación,  Sr.  R.  Mitjana,  quien,  dicho 
sea  de  pasada,  me  acompañó  amablemente  en  mis  paseos  por  la  ciudad  y  en 
mi  visita  a  Upsala  (hablaba  el  sueco)  y  se  condujo  conmigo  como  el  más  campe¬ 
chano  y  fraternal  de  los  amigos. 

Y  el  citado  caso  no  es  único,  por  desgracia.  En  todas  las  capitales  visitadas 
por  mí  (salvo  París)  he  observado  con  pena  que  la  Legación  española  es  la  más 
lamentable  y  mezquina.  Por  decoro  nacional,  ¿no  habría  manera  de  remediar  algo 
i:an  desairada  situación? 


El  tercer  suceso  próspero — o  que  pudo  serlo  para  mí — ,  anunciado  en  el  suma- 
■jio  del  presente  capítulo,  fué  el  empeño  del  ilustre  Moret,  a  la  sazón  jefe  del  par- 
4ido  liberal,  en  hacerme  Ministróle  Instrucción  pública.  Ya  en  1905,  en  alguna  de 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


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muestras  conversaciones  del  Ateneo,  me  anunció  sus  deseos.  Yo  me  limité  a  dar¬ 
le  las  gracias,  esquivando  mi  respuesta  con  evasivas  corteses.  La  verdad  es  que 
ni  yo  me  sentia  político,  ni  estaba  preparado  para  el  arduo  oficio  de  Ministro,  ni 
acertaba  a  descubrir  en  mí,  al  hacer  examen  de  conciencia,  las  dotes  en  nuestro 
'país  indispensables  para  desempeñar  dignamente  una  cartera. 

Recordará  el  lector  que  cuando,  en  1905,  D.  Antonio  Maura  derribó  la  situación 
conservadora  dirigida  por  Villaverde,  subió  al  poder  el  partido  liberal,  bajo  la  pre¬ 
sidencia  de  D,  Eugenio  Montero  Ríos.  Desgraciadamente,  la  poderosa  fuerza  polí- 
■tica  acaudillada  antaño  por  Sagasta,  había  perdido  su  cohesión,  dividida  en  grupos 
:atómicos.  Y  a  la  cabeza  de  cada  fracción  figuraba  un  prohombre  aspirante  a  la  su¬ 
prema  jefatura. 

Mientras  tanto,  ocurrían  los  vergonzosos  sucesos  de  Barcelona  (procacidad  de 
los  catalanistas  del  Cut-cut  e  indignación  patriótica,  aunque  inoportuna,  del  ejér¬ 
cito).  Montero  Ríos  hubo  de  dimitir,  y  la  jefatura  fué  transferida  a  D.  Segismundo 
Moret,  leader  de  la  más  importante  agrupación  liberal.  Preciso  es  reconocer  que, 
no  obstante  sus  altos  prestigios,  el  ilustre  orador  demócrata  no  dispuso  nunca  de 
una  mayoría  disciplinada.  Resuelto  a  restaurar  a  todo  trance  la  unidad  del  partido, 
concibió  el  plan,  una  vez  terminados  los  festejos  de  la  boda  real,  de  disolver  los 
Cuerpos  colegisladores  y  hacer  nuevas  elecciones.  Deseaba  acometer  resuel¬ 
tamente  la  reforma  constitucional  y  votar  leyes  de  tendencia  francamente  demo¬ 
crática. 

Fué  por  marzo  de  1906  cuando,  en  una  conferencia  celebrada  en  su  casa,  me 
comunicó  el  insigne  político  su  pensamiento  y  me  expresó  el  deseo  de  que  le  pres¬ 
tara  mi  insignificante  concurso.  Excusóme,  como  otras  veces,  escudado  en  mi 
anexperiencia  parlamentaria.  Pero  la  elocuencia  de  D.  Segismundo  era  terrible. 
Con  frase  inflamada  en  s  incero  patriotismo,  expuso  las  grandes  reformas  de  que 
estaba  necesitada  la  enseñanza,  encareciendo  el  honor  reservado  al  Ministro  que 
las  convirtiera  en  leyes;  añadió  que  también  los  hombres  de  ciencia  se  deben  a  la 
política  de  su  país,  en  aras  del  cual  es  fuerza  sacrificar  la  paz  del  hogar,  cuanto 
más  las  satisfacciones  egoístas  del  laboratorio;  y  citóme,  en  fin,  para  acabar  de 
seducirme,  el  ejemplo  de  M.  Berthelot  y  de  otros  grandes  sabios,  que  no  desde- 
marón,  para  elevar  el  nivel  cultural  de  su  nación,  la  cartera  de  Instrucción  pública. 

Su  cálidas  exhortaciones  hicieron  mella  en  mi  flaca  voluntad.  Y  excitado  a  mi 
vez  por  aquel  verbo  cautivador,  tuve  la  debilidad  de  apuntarle  algunas  reformas 
encaminadas  a  desperezar  la  Universidad  española  de  su  secular  letargo:  la  contra¬ 
ta,  por  varios  años,  de  eminentes  investigadores  extranjeros;  el  pensionado,  en  los 
grandes  focos  científicos  de  Europa,  de  lo  más  lucido  de  nuestra  juventud  intelec¬ 
tual,  al  objeto  de  formar  el  vivero  del  futuro  magisterio;  la  creación  de  grandes 
Colegios,  adscritos  a  Institutos  y  Universidades,  con  decoroso  internado,  jue¬ 
gos  higiénicos,  celosos  instructores  y  demás  excelencias  de  los  similares  estable- 
'Cimientos  ingleses;  la  fundación,  en  pequeño  y  por  vía  de  ensayo,  de  una  especie 
de  Colegio  de  Francia,  o  centro  de  alta  investigación,  donde  trabajara  holgadamen¬ 
te  lo  más  eminente  de  nuestro  profes  orado  y  lo  más  aventajado  de  los  pensionados 
regresados  del  extranjero;  la  c  reación  de  premios  pecuniarios  en  favor  de  los  cate- 
'dráticos  celosos  de  la  enseñanza  o  autores  de  importantes  descubrimientos  cien¬ 
tíficos,  a  fin  de  contrarrestar  los  efectos  sedantes  y  desalentadores  del  escalafón 
etcétera.  > 

Y  cuando  esperaba  yo  que  Moret  se  mostrara  asustado  ante  un  plan  de  refor¬ 
anas  que  implicaba  la  demanda  a  las  Cortes  de  créditos  cuantiosos,  contestóme 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


jubiloso:  —Estamos  perfectamente  de  acuerdo.  En  cuanto  se  plantee  la  próxima 
crisis,  usted  será  mi  Ministro  de  Instrucción  pública.-  Y  embobado  por  la  magia 
de  su  palabra  y  por  el  ascendiente  de  su  talento,  me  abstuve  de  contradecirle. 

Semanas  después  (abril  de  1906)  asistí  al  Congreso  médico  internacional  de 
Lisboa.  Allí,  lejos  de  la  fascinadora  sirena  presidencial,  recapacité  seriamente 
acerca  del  arduo  compromiso  en  que  me  había  metido.  Y  acabé  por  advertir  que, 
desorganizado  el  partido  liberal,  era  quimera  esperar  el  logro  del  decreto  de  diso-^ 
lución  e  imposible,  por  tanto,  acometer  la  magna  obra  de  nuestra  elevación  peda¬ 
gógica  y  cultural.  Ante  mis  compañeros  de  profesión,  y,  sobre  todo,  a  los  ojos  de 
los  políticos  de  oficio,  iba  yo  a  resultar,  no  un  hombre  de  buena  voluntad  vencido 
por  las  circunstancias,  sino  un  vulgar  ambicioso  más.  Y  esto  repugnaba  a  mi  con¬ 
ciencia  de  ciudadano  y  de  patriota. 

Y,  bajo  el  peso  de  tales  reflexiones,  escribí  a  Moret  retirándole  mi  promesa  y 
excusando  lo  mejor  posible  mi  informalidad.  El  Presidente  se  enfadó  mucho  con¬ 
migo.  Tuvo,  sin  embargo,  la  magnanimidad  de  perdonar  mis  veleidades;  y  meses 
después  llevó  su  benevolencia  hasta  el  punto  de  elevar  al  Gobierno  a  uno  de  mis 
amigos,  D.  Alejandro  San  Martín.  El  cultísimo  profesor  de  San  Carlos,  con  quien 
había  yo  cambiado  impresiones  acerca  de  las  reformas  universitarias  más  urgen¬ 
tes,  asumió  el  delicado  encargo  de  defenderlas,  sin  abandonar,  naturalmente,  per¬ 
sonales  iniciativas,  algunas  acaso  demasiado  atrevidas  (aludo,  sobre  todo,  a  la  su¬ 
presión  indirecta  de  la  bochornosa  enseñanza  libre,  desconocida  en  el  extran¬ 
jero). 

Mis  fáciles  vaticinios  cumpliéronse  de  todo  en  todo.  La  discordia  que  minaba 
al  partido  esterilizó  los  patrióticos  anhelos  de  Moret,  quien  no  obtuvo  el  ansiado 
decreto  de  disolución.  Y  conforme  era  de  esperar,  el  Ministerio  de  que  yo  debía 
formar  parte  (crisis  de  junio  de  1906),  vivió  angustiosa  y  precariamente,  entre  intri¬ 
gas  menudas  y  luchas  intestinas.  En  fin,  dos  meses  después  cayó  D.  Segismundo- 
con  la  amargura  de  no  haber  logrado  la  fusión  del  partido  ni  dado  cima  a  ningunas, 
de  las  grandes  reformas  democráticas  que  meditaba. 


CAPITULO  XXIII 


JWIS  POLÉMiCAS  CON  HELO  Y  APAXrY. -NUEVOS  ESTUDIOS  NEUROGENÉTICOS  EN  EL 
BUuBO,  MEDULA  ESPINAL,  RETINA,  ETC. 


SEGÚN  recordará  el  lector,  dejo  apuntado  más  atrás  que  el  premio  Nobel,  conce¬ 
dido  por  primera  vez  en  1906  a  histólogos,  causóme  más  miedo  que  satisfac¬ 
ción.  ¿Cómo  reaccionarán— pensaba— aquellos  pocos  sabios,  no  exentos  de 
mérito  positivo,  cuyos  errores  de  hecho  y  de  doctrina  tuve  la  desgracia  de  poner 
en  evidencia? 

Poco  tardaron  en  darme  una  respuesta.  En  significativo  contraste  con  las  gran¬ 
des  figuras  de  la  neurología  que,  inspiradas  en  noble  generosidad,  se  apresuraron 
a  felicitarme,  algunos  histólogos  y  naturalistas  que  me  distinguieron  siempre  con 
su  desdén  o  su  hosquedad,  se  exaltaron  desaforadamente  contra  mi  modesta  per¬ 
sona.  Era  ya  tiempo,  según  mis  piadosos  cofrades,  de  aplastar  definitivamente  el 
neuronismo,  soterrando  de  paso  a  su  más  fervoroso  mantenedor.  Había  en  sus  in¬ 
vectivas  tanta  injusticia,  acompañábanse  de  tan  virulentas  personalidades,  resul¬ 
taban,  en  fin,  tan  desproporcionadas  con  la  insignificancia  de  mis  corteses  reparos 
de  otro  tiempo,  que  fuera  candoroso  excluir  cierto  vínculo  etiológico  entre  ellas 
y  la  concesión  del  premio  Nobel. 

No  deja,  en  efecto,  de  ser  significativo  el  que  mí  antiguo  amigo  H.  Held,  uno 
de  los  detractores  de  entonces,  a  quien  por  cierto  había  yo  tratado  siempre  con  la 
consideración  debida  a  su  incansable  laboriosidad  y  relevantes  méritos  (había 
sido  fervoroso  adepto  del  neuronismo  y  hasta  traductor  en  1894  de  un  libro 
mío)  (I),  se  indignara  precisamente  en  1907  (2),  a  pretexto  de  que  en  cierta  comu¬ 
nicación  de  mi  cosecha,  relativa  a  la  génesis  de  las  neurofibrillas,  no  estimé  perti¬ 
nente  discutir  ni  aceptar  la  vetusta  teoría  neurogenética  de  Hensen,  concepción 
definitivamente  rechazada,  hacía  la  friolera  ¿e  diez  y  siete  años,  por  eminencias 
neurológicas  del  fuste  de  Kupffer,  Ranvier,  His,  Golgi,  Kolliker,  Lenhossék,  Retzius 
Lugaro,  Athias,  etc.  En  cuanto  a  S.  Apathy,  el  fogoso  naturalista  de  Klausenburg, 
esperó  también  hasta  dicho  año  de  1907,  para  sentirse  agraviado  por  las  amistosas 
objeciones  que,  de  pasada,  me  sugiriera  en  1903  su  aventuradísima  lucubración 
acerca  de  la  continuidad  de  las  neurofibrillas  en  los  vermes  (3) . 

(1)  H.  Held:  Kritische  Bemerkungen  zu  der  Verteidigung  der  Neuroblasten  und  der  Neurontheorie 
durch  R.  Cajal.  Anat..  Anseiger.  Bd.  XXX.  1907. 

(2)  S.  Apathy:  Bemeikungen  zudtn  Ergebnissen  R.  y  Cajals  hinsichtlich  derfeineren  Beschaffen- 
heit  des  Nervensystems.  Anat.  Anzeiger.  Bd.  XXXI,  1907. 

(3)  Cajal;  Un  sencillo  método  de  coloración  colectiva  del  reUculo  protoplásmico,  etc.  Trab  del 
Lab.  de  Inveat.  biol.,  tomo  U,  1903. 


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S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Penetrado  harto  bien  de  la  psicología  de  ciertos  sabios  y  de  la  intención  de  la- 
nueva  campaña,  procuré  conducirme  en  mis  réplicas  con  perfecta  ecuanimidad  y 
justicia,  persuadido  de  que,  en  esta  clase  de  lides,  pasión  y  razón  suelen  estar 
siempre  en  proporción  inversa.  Desentendíme,  pues,  de  todos  los  ataques  perso¬ 
nales  y  fuíme  derechamente  al  terreno  de  la  observación. 

La  tesis  central  de  H.  Held— simple  modificación,  por  otra  parte,  de  la  vieja, 
concepción  de  Hensen— consistía  en  admitir  que  el  cono  de  crecimiento  délos, 
axones  embrionarios  no  crece  librernente  hacia  su  destino  por  entre  los  elementos 
extraños,  según  creíamos  haber  demostrado,  entre  otros,  Lenhossék,  Harrison, 
yo,  etc.,  sino  que  corre  encauzado  por  el  interior  de  un  sistema  de  tubos  comu¬ 
nicantes  preestablecidos.  En  la  medula  primordial,  tales  conductos  orientadores, 
hallaríanse  representados  por  las  células  ependimales  o  epitélicas;  fuera  de  la  me¬ 
dula,  es  decir,  para  los  conos  y  axones  aventurados  en  pleno  mesodermo,  los  cita¬ 
dos  estuches  estarían  constituidos  por  cadenas  radiadas  de  corpúsculos  conecti¬ 
vos  primordiales.  Notemos  que,  en  su  nueva  investigación,  Held  hizo  uso  de  mi. 
proceder  del  nitrato  de  plata  reducido,  salvo  que  en  lugar  de  fijar  las  piezas  en. 
alcohol,  con  o  sin  amoniaco,  según  hacía  .yo,  aplicó  de  preferencia  la  piridina,  el 
fijador  del  método  de  Donaggio.  , 

Fácil  fué  para  mí,  después  de  estudiar  nueva  y  esmeradamente  el  tema,  de¬ 
mostrar  en  preparaciones  irreprochables  la  sinrazón  de  mi  colega  de  Leipzig  (1)- 
Entre  otras  observaciones  incontestables,  resueltamente  favorables  a  la  concep¬ 
ción  de  His,  expuse  las  siguientes: 

a)  Los  conos  de  crecimiento  recién  formados  (embrión  de  pollo  de  dos  días)- 
crecen  y  marchan  en  la  médula  primitiva,  no  por  dentro  de  las  células  epiteliales. 
(que  forman,  según  es  sabido,  un  sistema  de  fibras  radiadas  a  partir  del  epéndimo),. 
sino  entre  dichas  células,  conforme  lo  persuade  perentoriamente  tanto  la  absoluta, 
falta  de  forro  exógeno  en  los  axones  cortados  de  través,  como  los  frecuentes  retro¬ 
cesos,  revueltas  y  extravíos  de  los  mismos  antes  de  encontrar  su  camino  (fig.  131,. 
a,  b,  d).  - 

b)  Los  conos  cruzan  el  espacio  plasmático  perimedular  sin  ayuda  de  ningún. 
corpúsculo  orientador  (fig.  131,  e,  F). 

c)  En  el  seno  del  mesodermo  resulta  facilísimo  reconocer  axones  absoluta¬ 
mente  libres,  es  decir,  alejados  de  toda  célula  conjuntiva  embrionaria,  los  cuales 
se  orientan  perfectamente  al  través  de  las  lagunas  intercelulares  (fig.  131,  D, /)v, 

d)  En  ocasiones  descúbrense  en  el  bulbo  conos  de  crecimiento  caídos  por 
azar  en  el  líquido  ventricular,  los  cuales,  después  de  una  revuelta,  vuelven  a  la 
substancia  gris,  orientándose  definitivamente  (.fig.  132,  A,  E),  sin  ayuda  de  estu¬ 
ches  celulares. 

e)  Con  frecuencia  se  descubren  en  muchos  nervios,,  tales  como  el  paté¬ 
tico,  etc.,  revueltas  iniciales  incongruentes,  denotadoras  de  extravíos  que  al  fia. 
son  rectificados. 

f)  La  sección  transversal  de  las  raíces  nerviosas  en  sus  más  tempranas  fases;. 
no  revela  ningún  forro  celular,  ni  siquiera  la  presencia  de  núcleos  marginales. 

0  Los  neuroblastos  simpáticos  y  muchos  elementos  nerviosos  de  los  centros, 
emigran,  en  el  curso  del  desarrollo,  de  su  yacimiento  originario,  circulando  libre¬ 
mente  por  entre  otros  corpúsculos  hasta  alcanzar  su  destino.  Fuera  absurdo  supo¬ 
ner  que  un  robusto  neuroblasto  Simpático  es  capaz  de  alojarse  y  correr  por  dentrá 
de  un  corpúsculo  mesodérmico,  mucho  más  delgado  que  él. 

h)  En  la  regeneración  patológica  es  comunísimo  sorprender  axones  que  cami¬ 
nan  y  se  orientan  al  través  de  exudados  serosos  y  hasta  de  coágulos  sanguíneos 
lejos,  por  tanto,  del  concurso  de  las  supuestas  Leitzellen  de  Held. 

(l)  Cajal;  Nouvelles  observations  sur  l'evolution  des  neuroblastes  avec  quelques  remarques  suc 
l’hypothése  ueurogénétique  de  Hensen-Held.  Avec  18  figures.  Anal.  Anzeiger .  Bd.  XXXII,  1908. 


recuerdos  de  mi  vida 


367 


T  os  experimentos  de  Tello  demostraron  que,  cuando  se  secciona  el  nervio^ 
óntico  una  pa^te  de  los  brotes  siguen  dirección  retrógrada,  invad  -n  la  retina  y,  a 
iraoulso<í  de^su  potencia  de  crecimiento,  barrenan  las  capas  de  esta  membrana  siu. 
n^?esitar  para  ello  de  la  preformación  de  estuches  orientadores  (fig.  134  A). 

i)  En  fin  los  experimentos  de  cultivo  artificial  de  los  nervios  embrionarios 
íexíerimeXs  de  Harrison  y  de  los  s<.bios  de  su  escuela  efectuados  en  larvas  de 
SacS)  deSiestran  perentoriamente  que  los  axones  y  conos  de  crecimiento  soa 
suSpt^les  de  crece^^^  marchar  al  través  del  plasma  nutritivo,  y  cuando  por  azar 
tropiezan  en  hih;s  de  fibrina  o  con  elementos  mesodérmicos,  se  deslizan  sobre 

eZs  como  una  planta  joven  sob^  Loeb  y  Harnson, 

los  datos  de  alcance  polémico,  el  citado  trabajo  encierraj también  algu¬ 
nos  hechos  nuevos,  en  cuya  reseña  detallada  es  imposible  entrar  aquí.  Mencione¬ 
mos  solamente  un  estudio  sobre  la  evolución  de  las  células  nerviosas  de  la  retina;, 
otro  sobre  la  marcha  de  los  neuroblastos  en  la  médula  espinal  primitiva;  y  otro,, 
en  fin,  sobre  la  génesis  del  gran  simpático. 


Particularmente  interesantes  son,  con  relación  a  la  retina  y  a  la  médula  espi-  ■ 
nal,  estos  dos  hechos;  a,  que  el  neuroblasto  unipolar  de  His  va  precedido,  según 
señalé  ya  en  1890  (el  hecho  fué  negado  por  His  y  otros),  de  una  fase  bipolar 
(fig.  133,  C,  D,  B),  y  b,  que  los  conos  trazan  a  menudo  revueltas  antes  de  orien¬ 
tarse,  chocando  con  lá  basal  (fig.  133,  a,  b),  por  entre  cuyos  pilares  se  deslizan. 


El  escrito,  o  más  bien  diatriba,  de  Apathy,  virulenta  en  el  fóndo  y  descortés  en 
la  forma,  y  reveladora,  además,  de  una  ignorancia  casi  absoluta  de  toda  mi  obra 
cieritifica,  encaminóse  principalmente  a  refutar,  en  provecho  de  cierta  singular 
concepción  tocante  al  origen  y  significación  fisiológica  de  las  neurofibrillas  de  los 
vermes  (hirudo,  pontobdella,  líimbricus,  etc.},  mis  ioeas  sobre  la  disposición  y  co¬ 
nexiones  de  estos  filamentos,  ideas  compartidas  en  principio  por  casi  todos  los. 
histólogos  investigadores  del  asunto  (Donaggio,  Lugaro,  Michotte,  van  Gehurhten,. 
Marinesco,  Nageotte,  Tello,  Azouiay,  H.  Rossi,  Levi,  Perroncito  y,  en  parte,  hasta 
el  mismo  Held,  mi  contradictor  en  otros  respectes). 

El  punto  sobre  que  Apathy  hizo  particular  hincapié,  fué  su  conocida  teoría  de 
la  cotiiinuidad  neurofibriLlar.  En  sentir  del  sabio  húngaro,  las  neurofibrillas  y  sus, 
filamentos  elementales  representan  el  factor  exclusivamente  conductor  del  sistema 
nervioso.  Dispersas  unas  veces,  reunidas  otras  en  hacecillos  compactos,  las  cita¬ 
das  hebras  cruzarían  sartas  de  neuronas  sin  anast»  mosarse  entre  sí,  por  lo  menos 
en  los  centros.  Durante  la  época  embrionaria,  las  neurofibrillas  surgirían  primera¬ 
mente  en  la  extremidad  de  los  nervios,  para  invadir  secundariamente  lus  cor¬ 
púsculos  gangliói líeos,  verdaderas  encrucijadas  de  aquellos  conductores.  En  con¬ 
secuencia,  el  protoplasma  neuronal  gozaría  exclusivamente  de  actividad  trófica.. 
En  fin,  al  nivel  de  las  terminaciones  nerviosas  sensitivas,  sensoriales  o  motrices, 
las  consabidas  hebras  elementales  dispondríanse  en  asas  de  retorno  o  en  redes 
difusas  perfectamente  continuas.  Tanto  el  remate  como  ti  origen  de  las  neurofi- 
briilas  constituiría,  por  tanto,  pura  ilusión.  Todo  comunica  con  todo. 

^  Para  sostener  tan  airiesga<ií-ima  tesis  y  combatir  el  neuronismo,  él  sabio 
húngaro  apoyábase  en  sus  excelentes  y  rarísimas  preparaciones  oe  los  ganglios 
de  la  sanguijuela  y  de  otros  vermes  A  este  mismo  teireno  acudí  yo  para  refutar¬ 
le,  abundantemente  pertrechado  de  bien  logradas  preparaciones,  cosa  fácil,  por¬ 
que  precisamente  ciertas  fórmulas  del  nitrato  de  plata  reducido  colorean  esplén¬ 
didamente  las  neurotibrillas  del  Hirudo  y  Alauston.um. 

Para  dar  cima  a  mi  empresa,  sometí  a  severo  análisis  y  escrupulosa  revisión 
todos  los  hechos  de  observación  aducidos  por  Apathy.  Y  la  confrontación  de  sus. 
dibuios,  harto  esquemáticos  y  tendenciosos,  con  los  míos,  escrupulosamentf  co¬ 
piados  del  natural,  mostró  bien  a  las  claras  que  mi  virulento  contradictor  había 
contemplado  la  naturaleza  a  través  de  un  prejuicio  teórico.  En  efecto,  ni  en  las 
células  de  la  retina,  ni  en  los  corpúsculos  simpático^,  ni  en  los  sensitivos  del  hiru- 
do.es  dable  percibir  el  menor  indicio  de  que  las  neurofibrillas  pasen  de  una  célula 
a  otra.  Ademas,  mis  preparados  demostraron  en  el  esófago  y  faringe  de  la  sanguir 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


iuela  la  existencia  indiscutible  de  neurofíbrillas  sensitivas  terminadas  libremente 
4)ajo  la  cutícula  epitelial.  Y,  en  fin,  por  lo  que  hace  ai  comportamiento  de  las 
hebras  elementales  dentro  del  soma  neurona!,  mostré,  con  absoluta  evidencia,  que 
al  encontrarse  en  el  protoplasma  pierden  su  individualidad,  generando  redes  per¬ 
fectas,  Semejantes  retículos  aparecen  claramente  ¡quién  lo  creyera!  hasta  en  los 
dibujos  de  Apathy,  ¿Qué  más  prueba  de  que  su  concepción  de  la  independencia 
meurofibrillar  representa  pura  visión  de  un  espíritu  sediento  de  originalidad  y 
preocupado  por  una  concepción  apriorística? 

Creo  sinceramente,  sin  temor  de  incurrir  en  la  nota  de  presuntuoso,  que  los 
-argumentos  de  hecho  esgrimidos  por  mí  contra  las  teorías  harto  discordantes  de 
Held  y  de  Apatliy,  son  en  el  estado  actual  de  la  ciencia  irrebatibles.  Al  menos 
hasta  ahora  nadie  ha  conseguido  refutarlos.  Por  lo  demás,  en  la  reflexiva  Alema¬ 
nia  la  teoría  neurogenética  del  profesor  de  Leipzig  tuvo  muy  escaso  eco.  Desapro¬ 
báronla  resueltamente,  o  se  mostraron  esquivos  hacia  ella,  los  grandes  maestros, 
como  Edinger,  Waldeyer,  .Heidenhain,  Schiefferdecker,  etc.  Contra  ella  alzóse 
también  briosamente  en  América,  sobre  abrumadora  masa  de  pruebas  experimen¬ 
tales,  el  célebre  Harrison  y  su  escuela.  En  fin,  en  Italia  y  Francia,  Holanda,  Aus¬ 
tria,  Suecia,  etc.,  no  granjeó,  que  yo  sepa,  un  solo  adepto  (1). 

En  cuanto  al  violento  Apathy,  que  me  amenazaba  al  principio  con  no  sé  cuán¬ 
tos  libros  y  folletos  aplastantes,  guardó  en  lo  sucesivo  un  silencio  que  semeja  a  un 
acto  de  contrición  (2). 


He  aquí  otra  ruda  batalla  librada  en  favor  del  neuronismo.  ¿Será  la  última? 

Mucho  lo  dudo.  El  morboso  afán  de  afirmar  y  destacar  la  propia  personalidad, 
de  ser  original  a  ultranza,  hace  estragos  en  nuestra  época.  Cediendo  la  juventud 
a  la  ley  del  mínimo  esfuerzo,  gusta  de  revisar  valores  que  reputa  dudosos.  Y  pre¬ 
fiere,  en  el  orden  científico,  en  vez  de  descubrir  nuevas  verdades,  destruir  el  pa¬ 
trimonio  ideal  del  pasado.  ¡Es  tan  cómodo  edificar  con  materiales  ajenos  una 
teoría  personal  aunque  sea  quimérica!... 

¡Qué  pena  da  luchar  de  continuo  con  los  hombres  para  defender  la  verdad,  en 
~vez  de  combatir  contra  la  naturalezá  para  arrancarle  nuevas  verdades!...  ¿Pero 
cómo  evitarlo?  ¿Quién  ignora  que  cada  conquista  científica  desaloja  un  error  arrai¬ 
gado,  y  que  detrás  de  él  suele  esconderse  la  soberbia  irritada,  cuando  no  el  inte¬ 
rés  exasperado?... 


(p  A  H®''!  solo  le  siguea  hoy  sus  discípulos  inmediatos.  Porque  en  ciertas  escuelas  del  extranjero 
4a  disciplina  es  tan  terrea,  que  en  las  interpretaciones  teóricas  el  discípulo  no  puede  hacer  más  que  una 
de  estas  dos  cosas:  coincidir  con  el  maestro  o  abandonar  el  laboratorio . 

Según  me  informa  v.  Lenhossék  el  violento  Apathy  ha  fallecido,  sin  que  en  estos  últimos  quince 
-años  haya  dado  muestras,  que  yo  sepa,  de  la  menor  actividad  científica. 


CAPITULO  XXIV 


RELACIÓN  ABREVIADA  DE  LOS  TRABAJOS  EFECTUADOS  EN  EL  DECENIO  (1907 
A  1917).— ESTUDIOS  DE  ANATOMU  COMPARADA  SOBRE  EL  CEREBELO,  BULBO 
RAQUÍDEO  Y  ORIGEN  DE  LOS  NERVIOS  MOTORES  Y»  SE>«1S0RIALES  DE  PECES, 
AVES  Y  MAMÍFEROS.  ESTRUCTURA  Dt-L  NÚCLEO  NEURONAL.— SUPERVIVENCIA 
DE  LAS  NEURONAS  FUERA  DEL  ORGANISMO.— NUEVAS  INVESTIGACIONES  SOBRE 
LA  DEGENERACIÓN  Y  REGENERACIÓN  EN  LA  MÉDULA,  CEREBRO  Y  CEREBELO.— 
EXPERIMENT  >S  DE  TRANSPLANTACIÓN  DE  NERVIO^.— HEcHOS  FAVORABLES  A  LA 
TEDRÍA  NEUROTRÓPICA.— PRODUCCIÓN  DE  NERVIOS  ARTIFICIALES  EN  LOS  GAN¬ 
GLIOS  TRANSPLANTADOS 


VOY  en  el  presente  capítulo  a  dar  cuenta  sumaria  de  la  labor  desarrollada 
durante  los  años  posteriores  a  1907.  Esta  labor  fué  casi  tan  intensa  y  va¬ 
riada  como  en  las  épocas  de  mayor  acometividad  inquisitiva.  Trabajar 
de  conformidad  con  las  adaptaciones  del  espíritu  constituye  placer  y  solaz 
incomparables.  Además,  abomino  del  egoísmo  antipatriótico  de  quienes,  llegados  a 
la  cima,  no  piensan  sino  en  tumbarse  a  la  bartola.  Permítaseme  la  vanagloria  de 
decir  que  ni  me  enervan  los  triunfos  ni  me  abaten  injusticias;  antes  bien,  después 
de  recibir  un  galardón,  redoblo  mi  laboriosidad  para  merecerlo  y,  cuando  incurro 
ea  error,  me  esfuerzo  para  hacérmelo  perdonar.  Y,  por  encima  de  todo,  los  aje¬ 
treos,  revelaciones  y  emociones  del  laboratorio  me  cautivan  y  deleitan. 

Referir  en  extracto  el  contenido  de  todas  las  monografías  y  libros  publicados 
en  el  referido- decenio,  exigiría,  no  dos  capítulos,  sino  otro  tomo  de  regular  dimen¬ 
sión.  Empero  me  doy  cuenta  del  cansancio  del  lector,  que  debe  estar  mareado  si 
ha  tenido  la  paciencia  de  asistir  al  fastidioso  desfile  de  tantas  minucias  descrip¬ 
tivas.  Además— ¿por  qué  no  confesarlo?—,  los  progresivos  achaques  de  la  edad 
ponen  freno  a  mi  pluma,  de  cada  día  más  rebelde  al  pensamiento.  No  en  vano  se 
han  pasado  treinta  y  siete  años  arrebolado  sobre  las  cuartillas  o  palideciendo 
sobre  el  ocular.  La  emoción  de  lo  inesperado  fatiga  el  corazón  y  la  atención  ahin¬ 
cada  y  sin  tregua  labra  en  las  vías  cerebrales  hondas  rodadas;  por  ellas  marcha 
trompicando  el  pensamiento,  que,  al  chocar  con  los  obstáculos,  produce  menos 
luz  que  calor. 

En  estilo  casi  telegráfico  paso,  pues,  a  enumerar  la  tarea  experimental  de  los 
últimos  años.  Propóngome,  para  restar  prolijidad  a  mi  relato,  prescindir  del  índice 
o  suma  io  que  vengo  haciendo  de  las  materias  tratadas  en  cada  monografía.  De 
algunas  no  diré  nada.  Mi  plan  consiste  en  escoger  los  hechos  de  que  guardo 
más  agradable  impresión  o  que  prometen  mayor  rendimiento  teórico. 


24 


370 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


Y  para  proceder  con  algún  orden,  comenzaré  por  agrupar  mis  escritos  en  tres 
<;lases:  monografías  descriptivas,  comunicaciones  técnicas  y  libros  de  conjunto. 

Monografías  histológicas.— Desarrollan  diversidad  de  asuntos,  dominando^ 
•empero,  los  temas  de  Anatomía  comparada  y  de  Anatomía  patológica  del  sistema 
nervioso. 

1.  La  primera  serie  de  comunicaciones,  aparecida  durante  los  años  1908 
y  1909,  enfoca  la  Histología  comparada  del  cerebelo,  át\  bulbo  raquídeo,  délos 
ganglios  acústicos  y  el  modo  de  origen  y  terminación  de  los  nervios  sensoriales  y 
motores  de  mamíferos,  aves  y  peces,  etc.  Semejantes  preferencias  obedecen  a 
mera  razón  de  comodidad.  Dejamos  apuntado  ya  que,  en  los  animales  jóvenes  y 
■en  los  fetos  avanzados,  el  método  argéntico  introducido  por  nosotros  en  la  técnica 
neutológica  (fijación  en  piridina,  en  hidrato  de  doral  o  en  alcohol  amoniacal), 
muéstrase  superiormente  expresivo.  Con  admirable  limpieza  y  variedad  de  mati¬ 
ces  revela  tanto  las  neurbnas  voluminosas  como  sus  robustos  cilindros-ejes,  los 
cuales  cabe  perseguir  a  placer  al  través  de  las  masas  de  substancia  gris  retrasa¬ 
das  en  su  evolución  y,  por  tentó,  apenas  teñidas.  De  esta  preciosa  ventaja  se 
han  aprovechado  en  sus  investigaciones  de  anatomía  comparada  Tello,  Beccari. 
Mesdag,  Lenhossék,  Wincker,  Castro,  Dórente  y  otros  muchos. 

Prescindiré,  conforme  anuncié  antes,  de  la  mayoría  de  los,  datos  estructurales 
recogidos  en  dos  años  de  porfiada  labor  y  mencionaré  tan  sólo  los  siguientes; 

a)  Encuentro  en  los  peces,  aves  y  reptiles  de  varios  focos  de  terminación 
riel  nervio  vestibular,  singularmente  uno  situado  lateralmente  en  el  bulbo  y  suma¬ 
mente  curioso,  por  ofrecer  cierto  modo  de  conexión  por  contacto,  hasta  entonces 
inadvertido  (1).  Según  mostramos  en  la  fig.  135,  las  fibras  de  dicho  nervio  se  ter¬ 
minan  mediante  recios  conos  o  placas,  íntimamente  aplicados  sobre  la  superficie 
de  los  robustos  elementos  del  foco  generador  de  las  vías  secundarias  del  nervio 
vestibular.  Este  hecho  fué  confirmado  por  Tello  y  por  Beccari.  También  Lenhos¬ 
sék  observó,  tiempos  después,  placas  análogas  en  ciertos  ganglios  simpáticos.  Ex¬ 
cusado  es  decir  que  semejante  disposición  representa  otra  brillante  confirmación 
de  la  doctrina  del  contacto. 

b)  Demostración  en  los  embriones  humanos,  de  mamíferos  y  de  ave  de  la  po¬ 

sición  y  conexiones  del /oco  descendente  {foco  intersticial),  ád  fascículo  longitudi¬ 
nal  posterior,  c(m  numerosos  detalles  de  los  núcleos  de  origen  de  los  nervios  mo¬ 
tores  oculares.  Consta  este  núcleo  de  voluminosas  neuronas  esparcidas  por  de- 
lante  y  encirna  del  nác/eo  royo;  sus  axones  de  gran  diámetro  sígucnse  a  placer 
hasta  el  fascículo  longitudinal  (fig  136).  s  e 

Determinación  en  las  aves  de  la  posición  y  conexiones  de  los  ganglios  cen- 

(1)  í-a  serie  de  trabajos  a  que  aludimos  en  el  texto  son  los  siguientes- 

bMog,.. 

Cajal:  El  ganglio  intersticial  del  fascículo  longitudinal  oosterior  en 
dos.  Con  5  grabados.  Idem,  1908.  ^  posterior  en  el  hombre  y  diversos  vertebra- 

Cajal:  Los  ganglios  centrales  del  cerebelo  de  las  aves.  Con  6  grabados.  Idem  IQoS 

Cajal.  Lesganglions  terminaux  du  nerf  acoustique  des  oiseaux  Avpí-  7  ’  '  * 

Jáem.  1908.  ^  -^vec  7  gravures  et  une  planche. 


recuerdos  de  mi  vida 


371 


trales  del  cerebelo  (foco  del  lecho  y  núcleos  olivares),  con  la  indiscutible  prueba  de. 
que  el  pedúnculo  cerebeloso  superior  nace  en  la  oUva  cerebelosa. 

d)  Descubrimiento  en  la  capa  de  los  granos  del  cerebelo  de  los  mamíferos,  de 
ciertos  nidos  pericelulares  no  descritos  por  los  autores  (1).  Estos  nidos,  de  que 

damos  copia  en  la  fig.  137,  están  formados  por  colaterales  de  los  axones  de  Pur- 
kinie  (principalmente).  Las  neuronas  envueltas  por  ellos  son  fusiformes  o  estrella¬ 
das  V  probablemente  envían  un  axon  a  la  substancia  blanca. 

e)  Análisis  en  las  aves  de  las  arborizaciones  periféricas  del  nervio  coclear  y  del 
nervio  veslibular.  Comunícanse  interesantes  detalles  sobre  el  modo  de  conexión 
de  la  fibras  acústicas  con  los  corpúsculos  ciliados  del  ganglio  basilar,  papila  lage- 
na/,  etc.,  y  las  del  nerño  vestibular  con  las  células  de  igual  nombre  de  las  crestas 
acústicas  (nidos  nerviosos  pericelulares  en  forma  de  cáliz,  etc.)  (fig.  138,  E,  F).  Re¬ 
párese  en  que  las  crestas  acústicas  poseen  fibras  finas  y  gruesas  y  en  que  las 
gruesas,  además  de  formar  con  sus  ramas  un  plexo  horizontal,  constituyen  nidos 
apretadísimos  simples  o  múltiples  para  las  células  ciliadas. 

f)  Determinación  en  el  bulbo  de  las  aves  de  la  posición  y  conexiones  de  los 
ganglios  acústicos  primarios  (homólogcfs  del  ventral  y  láteral  de  los  mamíferos), 
así  como  de  sus  vías  de  unión,  cruzadas  y  directas,  con  oitxio  foco  laminar,  qno. 
representa  verosímilmente  la  oliva  superior  accesoria  de  los  vertebrados  superio- 
ues.  Descríbese  además  el  origen,  posición  y  marcha  del  cuerpo  trapezoide  o  vía 
acústica  secundaria  (2). 

En  la  imposibilidad  de  exponer  detalladamente  estas  complejísimas  conexiones, 
damos  en  la  fig.  139  un  esquema  de  los  ganglios  acústicos  primarios  y  de  las  vías 
auditivas  centrale.s  de  las  aves.  En  dicha  figura  adviértese  que  el  nervio  coclear  (C) 
se  divide  en  dos  ramas:  una  superior,  terminada  en  el  núcleo  angular  [A), y  otra  infe¬ 
rior,  acabada  mediante  elegantes  cálices  en  contacto  con  los  elementos  del  foco  de 
gruesas  células  (B),  que  coresponde,  según  dejamos  dicho,  al  núcleo  ventral  acús¬ 
tico  de  los  mamíferos.  De  esta  última  estación  acústica  primaria  brota  importantí¬ 
sima  vía  secundaria  transversal  que,  después  de  cruzar  la  línea  media  por  detrás 
úolf asácalo  longitudinal  posfmor,  se  termina  mediante  arborizaciones  difusas 
sobre  las  células  fusiformes  áolfoco  laminar  á&l  opuesto  lado  (D),  en  donde  tiene 
su  origen  el  cuerpo  trapezoide  (E).  Hago  gracia  al  lector  de  multitud  de  focos  y 
de  haces  de  fibras  diferenciados  en  el  espesor  del  cerebelo  de  las  aves.  El  espe¬ 
cialista  neurólogo  consultará  con  provecho  la  Memoria  publicada  en  el  Journal 
f.  Psychol.  u.  Neurol.  Bd.  XIII,  1908. 

g)  Señalamiento  en  el  bulbo  de  aves  y  mamíferos  del  origen  y  marcha  de  las 
vías  nacidas  en  los  corpúsculos  gigantes  de  la  llamada  substancia  reticular. 

h)  Revelación  de  la  presencia,  en  el  bulbo  de  los  mamíferos  y  aves,  de  cierta 
importante  vía  sensitiva  cruzada,  perteneciente  al  dominio  de  las  radiculares  del 

y  glosofaringeo.  Conforme  mostramos  en  la  fig.  140,  E,  esta  vía  transversal, 
nacida  en  los  correspondientes  ganglios  sensitivos,  pasa  por  detrás  del  fascículo 
longitudinal  posterior,  cercana  al  suelo  del  ventrículo,  para  tornarse,  vertical  y 
descendente,  en  el  fascículo  solitario  (fig.  140,  F,  G). 

Las  investigaciones  emprendidas  durante  el  trienio  de  1910, 1911  y  1912,  fueron 
hastante  heteróclitas,  dispersándose  por  muchos  y  variados  asuntos.  Citemos:  la 
■estructura  del  núcleo,  la  autolisis  y  supervivencia  de  las  neuronas,  el  problema  del 
■neurotropismo,  la  transplantación  de  nervios  y  ganglios,  la  técnica  de  la  coloración 
de  las  plaquetas  de  la  sangre,  comunicaciones  metodológicas  acerca  de  la  demos¬ 
tración  del  aparato  endocelular  de  Golgi  y  de  la  neuroglia  del  hombre,  estructura 
del  cerebelo,  etc.  Pero  el  tema  principal,  al  que  consagré  años  de  porfiada  labor  y 
en  donde  recogí  datos  más  valiosos  y  de  superior  alcance  teórico,  fué  el  concer- 
aiiente  a  la  degeneración  y  regeneración  de  las  neuronas  y  axones  de  los  ganglios, 

InvZ.  SX'tfmJxriTi?  P«¡=e>ulares  de  la  capa  de  los  graaos  del  cerebelo.  Trab.  del  Lai.  de 

con^ámfna^lLÍfí^  las  terminaciones  acústicas  en  las  aves,  publicóse  una  traducción  alemana, 
<on  .amina,  litografiadas,  en  el  Joum.  f.  Psychol.  u.  Neurol.  Bd.  XIII.  1908. 


372 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


cerebelo,  cerebro  y  médula  espinal.  Como  luego  veremos,  estos  últimos  estudios,, 
que  descorren  un  poco  el  velo  déla  íntima  fisiología  del  retículo  neurofibríllar,  vi- 
nieron  a  corroborar  la  vieja  hipótesis  neurotrópica  formulada  por  mí  en  1892  y 
benévolamente  acogida  por  numerosos  autores. 

Al  pie  de  estas  páginas  daremos  sucesivamente  la  lista  de  los  principales  tra¬ 
bajos  aludidos.  Aquí  expondremos  por  orden  cronológico  las  conquistas  objetivas 
o  inducciones  teóricas  más  valiosas. 

2.  Por  lo  que  toca  a  la  estructura  íntima  del  núcleo  de  los  corpúsculos  nervio¬ 
sos  (1),  nuestros  insistentes  análisis  revelaron  (aparte  la  comprobación  de  muchos 
datos  referentes  al  núcleo,  casquete  cromático  de  Levi,  granulaciones  basiófilas  y 
neutrófilas  del  jugo  nuclear,  etc.)  estas  tres  cosas: 

a)  La  presencia  de  un  corpúsculo  especial  de  pequeña  talla,  yacente  a  cieita- 
distancia  del  nucléolo  (nuestro  cuerpo  accesorio)  y  cuyas  afinidades  tintoriaies  le 
separan  abiertamente  del  nucléolo  principal  y  nucléolos  accesorios  de  los  autores^ 
(figs.  14?,  a,  y  141,  d). 

h)  La  coloración  mediante  él  método  argéntico  de  determinadas  redes  inte¬ 
riores,  que  recuerdan  el  aparato  de  Golgi  del  protoplasma. 

c)  La  determinación  anatómica  y  microquímica  de  ciertos  grumos  recios,  dis¬ 
persos  por  el  jugo  nuclear  (fig.  142,  c).  En  la  figura  141  damos  un  esquema  com¬ 
prensivo  de  todos  los  factores  integrantes  de  la  organización  nuclear. 

3.  Interesante  fué  el  resultado  de  mis  experimentos  de  autolisis  del 'tejido- 
iiervioso  y  de  los  ensayos  de  supervivencia  de  los  ganglios  mantenidos  fuera  del. 
organismo  (2).  Creemos  haber  sido  los  primeros  en  demostrar  que  el  corpúsculo 
nervioso,  a  despecho  de  sus  exageradas  exigencias  de  oxígeno  y  de  ambiente  ali¬ 
menticio  renovado,  es  capaz  de  sobrevivir  hasta  dos  días  por  lo  menos  fuera  deh 
cuerpo  de  los  animales. 

Nuestras  observaciones  recayeron  en  los  ganglios  sensitivos  jóvenes  (gato  de 
pocos  días).  Gomo  terreno  de  cultivo  hubimos  de  servirnos  del  líquido  cejalorra- 
quldeo  mantenido  en  estufa  a  38°.  Desde  las  diez  y  seis  horas  de  su  separación  las- 
células  sensitivas  son  asiento  de  un  fenómeno  de  excitación  formativa,  traducido 
por  la  proyección  de  largos  apéndices  ramificados  y  terminados  a  favor  de  mazas- 
0  esferas  voluminosas.  Estas  producciones  nuevas,  a  veces  muy  complicadas, 
constituyen  excelente  criterio  de  la  supervivencia  neuronal  (fig.  143). 

Después  de  nosotros,  análogas  y  todavía  más  interesantes  neoformaciones- 
(provocadas  con  ayuda  de  métodos  de  cultivo  mucho  más  perfectos),  fueron, 
observadas  por  Legendre  y  Minot  y  por  Marinesco  y  Minea. 

4.  Copiosísima  y  altamente  interesante  fué  la  cosecha  de  adquisiciones  en  el 
terreno  de  la  degeneración  y  regeneración  de  la  médula  espinal  (3 1.  Algunos  de  los 

(1):  Cajal:  El  núcleo  délas  célulaa  piramidales  del  cerebro  humano  y  de  algunos  mamíferos.  Con. 
Ugrabados.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  Mol.,  tomo  Vlil,  IblO. 

<2)  Cajal;  Algunos  experimentos  de  conservación  y  autolisis  del  tejido  nervioso.  Nota  preventiva. 
Con  3  grabados.  Trab.  del  Lab.  de  Inest.  Mol.,  tomo  VlIl,  1910. 

Véase  también  el  rfíscarso  inaMfirtímí  pronunciado  en  Madrid  con  ocasión  dél  IV  Congreso  dt  la 
Asociación  Española  para  el  progreso  de  las  ciencias  (1913),  donde,  aparte  otros  temas,  se  toca  este- 
punto  interesante. 

(3).  Cajal:  Algunas  observaciones  favorables  a  la  hipótesis  neurotrópica.  Con  13  grabados.  Trab.  del' 
Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  Vlll,  1910. 

Cajal;  Obsérváciones  sóbrela  regeneración  de  la  porción  intramedular  de  las  raíces  sensiUvas.  Con 
grabados.  Idem,  1910. 

Cajal;  Algunos  hechos  de  regeneración  parcial  de  ia  substancia  gris  de  los  centros  nerviosos.  Con  11 
grabados.  Idem,  tomo  VIH,  1910. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


373 


hechos  de  que  brevemente  vamos  a  dar  cuenta  representan,  según  dejamos  apun¬ 
tado,  argumentos  de  inestimable  valor  en  pro  de  la  doctrina  neurotrópica.  Ellos 
prueban  que  la  creación  de  retoños  y  su  orientación  al  través  de  los.  diversos  teji¬ 
dos,  hállase  condicionada  por  la  liberación,  en  torno  de  las  fibras  y  células,  de 
fermentos  activadores  de  la  asimilación  protoplásmica.  Estos  agentes  catalíticos 
.(substancias  neurotrópicasj  son  fabricados  por  el  tejido  conectivo  embrionario;  pero 
muy  señaladamente  por  las  células  de  Schwann  de  los  tubos  nerviosos  ordinarios 
en  trance  de  regeneración. 

En  condiciones  normales,  los  citados  reclamos  faltan  en  los  centros,  frustrán¬ 
dose  por  consiguiente  la  regeneración  de  las  fibras  de  la  substancia  blanca  inte¬ 
rrumpida.  Mas  en  cuanto  concurren  circunstancias  experimentales  favorables,  la 
tendencia  regenerativa,  latente  en  las  fibras  de  los  centros,  se  despierta  y  alcanza 
extraordinaria  pujanza. 

En  la  médula  espinal,  dichas  condiciones  favorables  se  establecen,  a  menudo, 
•consecutivarnente  a  la  sección  simultánea  de  la  substancia  blanca  y  raíces  sensi¬ 
tivas  y  motoras.  Iniciada  en  estos  conductores,  con  la  degeneración  de  las  células 
de  Schwann,  la  liberación  de  substancias  neurotrópicas  que  se  difunden  hasta  el 
territorio  de  los  cordones  medulares  mismos,  los  axones,  antes  morosos  y  como 
inertes,  crecen  activamente;  no  es  raro  verlos  invadir  el  espesor  de  las  raíces, 
progresando  por  ellas  durante  largas  distancias.  Esta  paradójica  invasión  de  las 
rraíces  anteriores  por  las  fibras  de  los  cordones  sobreexcitadas  por  traumatismos 
aparece  en  la  fig.  145.  Adviértase  frecuentemente  que  la  fibra  atraída  por  algo  di¬ 
fundido  desde  las  raíces  representa  una  colateral  de  nueva  creación.  En  virtud 
lie  este  hecho  insólito,  los  axones  cordonales  se  transforman  provisionalmente  en 
axones  motores. 

Lq  mismo  ocurre  en  el  cerebro.  Si,  conforme  ha  probado  Tello  (1)  en  sus  bri¬ 
llantes  experimentos,  se  introduce  en  una  herida  cerebral  un  segmento  de  nervio 
(degenerado,  los  axones  pertenecientes  a  las  pirámides,  conductores  los  más  apᬠ
ticos  y  rebeldes  a  todo  proceso  neoformador,  sacuden  su  inercia,  entran  en  tur- 
.gescencia  productiva  y  proyectan  larguísimos  retoños,  que  asaltan  el  secuestro 
nervioso  con  la  misma  acometividad  y  potencia  de  crecimiento  características  de 
4os  renuevos  del  nervio  ciático  interrumpido. 

En  menor  escala,  gozan  también  de  la  propiedad  de  elaborar  materias  neuro¬ 
trópicas  las  células  conectivas  de  las  cicatrices  durante  sus  fases  iniciales  (figu- 
ías  144  y  146),  según  veremos  luego. 

Tales  hechos,  de  gran  transcendencia  biológica,  refutan  definitivamente  el  dog¬ 
ma,  generalmente  admitido,  de  la  irregenerabilidad  esencial  de  las  vías  centrales, 
amana  incapacidad  productiva  constituye  propiedad  contingente  y  adventicia, 
motivada,  según  dejamos  dicho,  por  la  ausencia  irremediable,  dentro  de  la  subs- 
^  ^^®*^tes  secretoras  de  agentes  catalíticos  o  materias  orien- 


nerviosos.  Con  8  graba 

se  plrerin^Tcalión  neurotrópica,  con  exposición  de  todos  los  argumentos  en  que 

■en  la  reunión  de  la  Asociación  na  ^  sesiones  de  la  Sección  de  Ciencias  Naturale- 

tienden  los  sabios  a  complicar  la  accióÍa^ímT^"  celebrada  en  Zaragoza  (1911).  Hoy 

la  que  sea  la  hipótesis  escogida  sieraore  influencias  eléctricas.  De  todos  modos,  y  cualquie- 

cimiento  y  orientación  de  los  réioñ  ^  iacuesüonable  el  postulado  fundamental  de  que  el  cre- 

cron  de  los  retoños  nerviosos  es  función  de  las  condiciones  físico-químicas  del  medios 


374 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


Entre  las  pruebas  de  tan  importante  doctrina  son  singularmente  expesivas 
las  siguientes,  extraídas  de.mis  trabajos  sobre  la  degeneración  y  regeneración  de 
la  medula  espinal  y  ralees  nerviosas. 

a)  Cuando,  por  azar  del  manual  operatorio,  se  hiere  en  cierta  extensión  la 
p/a  mcíery  se  crea,  por  tanto,  cierta  masa  cicatricial  perimedular,  sorpréndense 
muchas  veces  retoños  colaterales  brotados  de  conductores  del  cordón  posterior, 
y  aun  verdaderas  fibras  terminales  que  eme*-gen  del  territorio  medular  y  se  rami 
fican  prolijamente  én  el  seno  del  tejido  conectivo.  Este  se  muestra,  pues,  capaz 
de  despertar,  en  cierta  medida,  la  actividad  neoformativa  de  los  axones  y  . de  atraer 
los  conos  de  crecimiento  (fig.  144,  B). 

b)  Cuando,  consecutivamente  a  una  herida  de  la  medula  y  raíces,  o  por  la 
propagación  a  éstas  de  la  inflamación  traumática  medular,  degeneran  las  células, 
de  Schwann  radiculares,  éstas  inducen  la  formación  de  brotes  en  la  substancia- 
blanca  y  ejercen  violenta  atracción  de  los  mismos  hacia  sí. 

En  la  fig.  145,  e,  c,  que  reproduce  un  corte  longitudinal  del  cordón  anterior,, 
puede  verse  cómo  los  axones  funiculares  cercanos  a  la  herida  medular,  influidos 
por  los  reclamos  llegados  de  las  raíces  anteriores  degeneradas,  emiten  ramas  que, 
después  de  crecer  pujantemente,  penetran  en  dichas  raíces,  marchando  ora  por  ef 
interior  de  las  células  de  Schwann,  ora  por  sus  intervalos,  convertidas  en  conduc¬ 
tores  motores  aberrantes  (B,  C). 

Instructivo  es  también  el  caso  reproducido  en  la  fig.  147,  A,  donde  vemos 
varios  axones,  recién  formados,  perdidos  en  la  cicatriz  (verosímilmente  nacidos 
del  cabo  periférico  de  una  raíz  sensitiva  cortada),  penetrar  equivocadamente  en 
cierta  raíz  motriz  degenerada  (la  cual  es  recorrida  en  sentido  centrífugo),  irresis¬ 
tiblemente  atraídos  por  las  substancias  neurotrópicas  elaboradas  por  las  células 
de  Schwann.  Lo  mismo  ocurre  cuando  las  raíces,  separadas  y  degeneradas,  soa 
las  posteriores  o  sensitivas. 

5.  No  todos  los  extravíos  dé  las  fibras  cordonales  o  de  los  retoños  brotados- 
en  las  raíces  motoras  y  sensitivas  lesionadas  (cabo  central,  es  decir,  porción  de 
axon  unido  a  la  célula  de  origen)  responden  a  procesos  neurotrópicos .  En  las  dis¬ 
locaciones  de  los  retoños  influyen  también  la  ausencia  de  obstáculos  en  determi¬ 
nado  sentido  (la  dirección  de  la  menor  resistencia)  y  cierto  impulso  de  crecimiento 
desbordante  adquirido  por  las  fibras  neoformadas  cuando  se  han  nutrido  algún- 

'  tiempo,  o  han  nacido  en  terreno  henchido  de  materias  neurotrópicas. 

a)  Por  ejemplo,  conforme  mostramos  en  la  figura  148,  B,  G,  renuevos  exube¬ 
rantes,  brotados  colateralmente  de  los  axones  de  raíces  motrices  lesionadas,  inva¬ 
den  retrógradámente  la  médula  espinal  para  constituir  fibras  funiculares  aberran¬ 
tes.  El  choque  eventual  con  obstáculos  invencibles  tuerce  a  veces  el  curso  de  Ios- 
retoños  durante  su  trayecto  intramedular,  provocando  su  división  en  rama  ascen¬ 
dente  y  descendente  (fig.  148,  A). 

b)  En  este  orden  de  fenómenos  mecánicos  entra,  sin  duda,  el  mostrado  en  la- 
figura  149,  A,  B,  que  reproduce  varias  raíces  sensitivas  degeneradas  juntamente 
con  un  segmento  de  cordón  posterior  completamente  necrosado.  Adviértase  cómo 
los  retoños  surgidos  en  el  cabo  periférico  de  dichas  raíces  (lado  del  ganglio)  pe¬ 
netran  en  la  médula  espinal  en  virtud  del  impulso  inicial  (vis  a  tergo)  y  organizan^ 
a  modo  de  rudimento  de  cordón  posterior.  Las  letras  K,  H,  etc.,  señalan  conos  de 
crecimiento,  avanzando  a  guisa  de  ariete,  a  lo  largo  de  las  raíces  y  por  el  interior, 
del  cordón  posterior. 

6.  Mis  estudios  en  los  centros  traumatizados  (médula,  cerebro  y  cerebeIo> 
revelaron  además  la  existencia  de  notables  fenómenos  de  compensación  o,  si  se 
quiere,  de  adaptación  morfológica  de  las  neuronas  a  las  condiciones  fisiológicas 
artificiales  provocadas  por  la  mutilación.  Cuando  a  una  célula  nerviosa  se  le 
amputa  un  trozo  axónico,  no  muere  por  ello  necesariamente,  como  no  sucumbe  ua 


eectjerdos  de  mi  vida 


375 


individuo  privado  de  un  miembro;  antes  bien,  procura  sacar  el  mejor  partido  posi- 
ble  de  su  nueva  situación,  eliminando  el  segmento  inútil  del  conductor  (el  calle]on 
sin  salida,  como  si  dijéramos)  y  manteniendo  y  reforzando  sus  colaterales,  la 
última  de  las  cuales  se  convierte  en  rama  terminal.  ^  . 

He  aqui  algunos  ejemplos  instructivos  de  tan  interesante  y  fundamental  fenó¬ 
meno,  ilustrados  con  dibujos  semiesquemáticos; 

a)  Seccionadas  las  fibras  de  la  substancia  blanca  medular  Y  ausentes  los  ca¬ 

talizadores  neurocládicos,  la  porción  axomca  situada  mas  alia  de  la  ultima  colate¬ 
ral  se  atrofia  y  reabsorbe,  después  de  constituir  una  maza  de  retracción  (fig.  150, 
b  k).  Repárese  en  la  figura  150  A,  cómo  dicha  colateral  se  hipertrofia,  transfor¬ 
mándose  en  rama  terminal,,  a  causa  quizás  de  absorber  ahora  ella  sola  toda  la 
energía  de  la  corriente  antes  diluida  por  dilatada  arborizacion.  .  , ,  . 

b)  Casos  todavía  más  sorprendentes  de  la  citada  adaptación  morfológica  en- 

cuéntranse  en  el  cerebelo  y  cerebro  traumatizados,  según  comunicamos  en  vanas 
extensas  monografías  (1).  A,  causa  de  este  singular  modas  vivendi,  es  dable  trans¬ 
formar  experimentalmente  una  célala  de  axon  largo  en  una  célula  de  axon  corto, 
He  aquí  otro  hecho  que  parecerá  paradójico  a  cuantos  suponen  inmutable  y  pre¬ 
establecida  hasta  en  sus  menores  detalles  la  arquitectura  de  los  centros  nerviosos. 
Valgan  los  dos  ejemplos  siguientes:  \ 

En  la  figura  151,  E,  G,  perteneciente  al  cerebelo,  mostramos  como,  rnerced  a 
la  desaparición  de  la  porción  periférica  del  axon  de  Purkinje,  la  arborización  ner¬ 
viosa  ha  quedado  reducida  a  una  o  dos  colaterales  iniciales  notablemente  hiper¬ 
trofiadas.  En  adelante,  pues,  la  neurona  cerebelosa  no  podrá  mantener  comercio 
dinámico  sino  con  sus  elementos  congéneres  vecinos,  con  cuyos  tallos  dendríticos 
entran  en  contacto  las  referidas  ramas  (2). 

La  figura  152,  A,  D,  C,  copia  el  mismo  fenómeno  metamórfico  con  relación  a 
las  pirámides  cerebrales,  cuyo  axon  fué  interrumpido  cerca  de  la  substancia  blan¬ 
ca.  Adviértase  cómo  algunas  colaterales  próximas  a  la  herida  se  han  reabsorbido, 
atacadas  sin  duda  de  degeneración  traumática;  en  cambio,  las  indemnes,  brota¬ 
das  de  la  porción  inicial  del  axon,  han  conservado  su  vitalidad,  hipertrofiándose 
notablemente  y  adoptando  configuración  arciforme  (/).  Las  fases  iniciales  del 
proceso  adaptativo  ofrécense  en  las  células  A  y  B,  donde  todavía  subsiste  cierto 
segmento  axónico  (o,  6)  en  vías  de  atrofia. 

Cuando  la  lesión  interesa  la  región  axónica  de  donde  parten  las  colaterales 
iniciales,  éstas  desaparecen  del  todo  y  el  axon  exhibe  un  cabo  apuntado  (figu¬ 
ra  152,  e),  que  nosotros  hubimos  de  designar  punta  de  corrosión.  Estas  neuronas, 
gravemente  mutiladas,  no  tardan  en  degenerar  y  morir. 

Los  precedentes  hechos  enseñan  que  la  morfología  de  las  células  nerviosas 
no  obedece  a  causa  [inmanente  y  fatal,  mantenida  por  herencia^  como  ciertos  auto¬ 
res  han  -  defendido,  sino  que  depende  enteramente  de  las  circunstancias  actuales 
físicas  y  químicas  del  ambiente. 

7.  Desde  el  punto  de  vista  de  la  regeneración,  el  cerebro  y  cerebelo  son  in¬ 
comparablemente  menos  activos  que  los  ganglios  y  médula  espinal.  Ningún  his¬ 
tólogo  consiguió  demostrar  con  absoluta  certeza  la  realidad  de  fenómenos  rege- 


(1)  Cajal;  Los  fenómenos  precoces  de  la  degeneración  neuronal  en  el  cerebelo.  Con  18  grabados 
Trdb  del  Lab  de  Invest.  Hol.,  tomo  IX,  1911. 

Cajal:  Los  fenómenos  precoces  de  la  Degeneración  traumática  de  los  cilindros-ejes  del  cerebro.  Con 
20  grabados.  Idem,  tomo  IX,  1911. 

(2)  El  primer  autor  que  encontró  en  el  hombre  células  de  Purkinje  reducidas  a  sus  colaterales  ini¬ 
ciales,  fué  H.  Rossi.  Sus  estudios,  verificados  con  mi  técnica,  recayeron  en  el  cerebelo  de  un  alcoholi¬ 
zado  y  sifilítico.  Merced  a  mis  investigaciones,  quedó  patente  que  dichas  disposiciones  pueden  produ 
cirse  experimentalmente  en  los  animales.  El  trabajo  de  Rossi,  publicado  en  los  Trah.  del  Lab.  de 
Invest.  btol.,  tomo  VI,  1908,  lleva  por  título:  Per  la  rigenerazione  dei  neuroni.  Hechos  semejantes  fue. 

on  comprobados  después  en  el  hombre  por  Marinesco  y  otros  varios  sabios. 


376 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


nerativos  en  la  substancia  blanca  de  dichos  centros.  Por  nuestra  parte,  sólo  a 
fuerza  de  porfiadas  exploraciones  logramos,  al  fin,  descubrir  actos  indiscutibles  de 
producción  de  fibras  nuevas,  bien  que  efimeras  y,  por  consiguiente,  frustradas. 
Semejante  precario  retoñamiento  obsérvase  exclusivamente  en  animales  jóvenes 
(gato  y  perro  de  diez  a  veinte  dias)  y  al  nivel  de  las  varicosidades  de  trayecto  y 
mazas  finales  de  los  cilindros-ejes  interrumpidos  dentro  de  la  substancia  blanca 
(cabos  centrales).  Dos  variedades  principales  se  presentan: 

a)  De  gruesa  varicosidad  terminal  (bola  de  retracción)  o  de  trayecto  surgen 
varias  radiaciones,  finas  y  pálidas,  que  se  pierden  en  los  territorios  limitrofes, 
donde  se  ramifican  y  acaban  en  punta  pálida.  Por  evocar  la  figura  de  la  tortuga, 
designé  tan  singular  disposición  aparato  testudoide  (fig.  153,  E,  F,  H). 

b)  En  las  fronteras  de  un  segmento  axónico  necrosado,  las  neurofibrillas  su¬ 
pervivientes  de  la  vecina  varicosidad  entran  en  activa  proliferación,  generando 
cierto  penacho  de  ramúsculos  que  invaden  el  protoplasma  muerto  (fig  154,  a), 
donde  acaban  mediante  botones  o  anillos.  Por  su  figura,  que  recuerda  algo  la  de 
la  sepia,  bauticé  tan  insólita  disposición  con  el  nombre  de  aparato  cefalopódico. 

Las  figuras  153  y  '54  nos  dispensan  de  entrar  en  más  pormenores  acerca  de 
estas  neoformaciones  fracasadas. 

Actos  eventuales  de  regeneración  incipiente  son  rarísimos  en  el  cerebelo.  Con 
todo  eso,  a  fuerza  de  insistentes  experimentos  de  irritación  traumática  de  los  cor¬ 
púsculos  de  Purkinje,  y  escogiendo  al  efecto  mamíferos  de  pocos  días  (gato  y  pe¬ 
rro),  conseguí  percibir  en  dichos  elementos  indubitables  señales  de  retoñamiento. 
Séame  permitido  señalar,  entre  otras  disposiciones  de  índole  neoformativa  frus¬ 
trada,  estas  dos: 

a)  Transformación  (con  creación  de  ramas  abortivas)  del  ramaje  protoplás- 
mico  de  los  elementos  de  Purkinje,  en  elegante  bouquet,  compuesto  de  finos  pe¬ 
dículos  coronados  por  botones  reticulados  (fig.  455,  c).  Para  distinguirla  de  otras, 
califiquemos  pta  singular  modificación  metamorfosis  rosaliforme. 

b)  Emisión,  al  nivel  del  soma,  de  apéndices  delgados  laterales  o  descenden¬ 
tes  terminados  a  corta  distancia  (fig.  155,  a)  níediante  anillo,  grumo  o  varicosidad. 
Ciertas  proyecciones  parecen  encerrar  una  sola  neurof ibrilla. 

8.  Por  lo  que  toca  al  proceso  degenerativo  de  las  fibras  y  células  del  cerebro  y 
cerebelo,  provocado  ora  por  sección,  ora  por  contusión,  bien  por  intromisión  de 
cuerpos  extraños,  la  cosecha  de  disposiciones  morfológicas  recogidas  fué  tan  co¬ 
piosa  y  variada  que.  sobrepujó  a  todas  mis  esperanzas.  Relatarlas  todas,  aun  con¬ 
cisamente,  exigiría  muchas  páginas.  Para  no  torturar  demasiado  al  lector  con  in¬ 
terminables  listas  de  cominerías  descriptivas,  me  contraeré  a  exponer  algunos 
datos  sobresalientes: 

a)  Corroborando  y  ampliando  resultados,  ya  señalados  en  1907  (1),  pusimos 
en  evidencia  que  todo  axon  cerebral  o  cerebeloso,  interrumpido  a  regular  distan¬ 
cia  de  la  célula  de  origen,  reacciona  vivamente,  formando  al  nivel  de  su  segmento 
o  cabo  central,  cierta  bola  o  maza  final,  precedida  de  otras  esferas  o  varicosida¬ 
des  extendidas  en  forma  de  rosario  hasta  la  última  colateral  inicial  (fig.  156).  Casi 
todas  estas  bolas  se  separan  del  axon  durante  los  días  siguientes  a  la  lesión 
atrofiándose  sucesivamente  en  el  seno  de  la  substancia  gris,  donde  constituyen 
colonias  neurofibrillares  agónicas.  Transcurrida  una  o  dos  semanas  del  trauma¬ 
tismo,  permanece  solamente  la  varicosidad  más  próxima  a  la  porción  indemne  del 

(1)  Cajal:  Note  sur  la  dégénérescence  tranmatique  des  Abres  nerveuses  du  cervelet  et  du  cerveau.' 
Avec4grab.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  V.  1907.  Véase  también:  Los  fenómenos  precoces  de  la 
degeneración  neuronal  en  el  cerebelo.  Con  10  grabados.  Idem,  tomo  IX,  1911. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


377 


axon  afectando  forma  de  maza  o  de  botón  terminal.  Tal  es  la  bola  de  retracción, 
nue  marca  claramente  en  una  preparación  del  cerebro  y  cerebelo  la  dirección  en 
que  se  encuentra  la  neurona  de  origen.  Las  precedentes  mutaciones  del  axon,  con 
la  susodicha  autotomia  o  acto  de  eliminación  en  las  esferas,  corresponden  genéri¬ 
camente  al  proceso  comúnmente  designado  por  los  autores  degeneración  traumᬠ
tica  del  cabo  central  y  estudiado  mediante  técnicas  insuficientes.  En  la  figura  158,  B, 
mostramos  varias  mazas  de  retracción,  pertenecientes  a  las  células  de  Purkinje, 

•  ocho  días  después  dé  la  sección;  y  en  la  figura  156  reproducimos  el  proceso  de  arro- . 
rsariamiento  y  autotomia  de  los  cilindros-ejes  de  las  pirámides  gigantes  del  cerebro. 

b)  Las  grandes  bolas  desprendidas  por  auto  iomia  de  robustos  cilindros-ejes 
conservan,  durante  mucho  tiempo,  cierta  colonia  central  neurofibrillar,  la  cual  en 
citrtos  casos  excepcionales,  de  que  damos  copia  en  la  figura  157,  E,J,  F,  ofrece 
señales  evidentes  de  supervivencia  y  de  retoñamiento  intraprotoplásmico.  Son  las 
.neurobionas,  que,  antes  de  perecer,  intentan  durante  su  agonía  esfuerzos  desespe- 
¡rados  por  restablecer  la  ¡perdida  continuidad  con  sus  hermanas. 

c)  Mis  observaciones  revelaron  también  que  las  neuronas  comprometidas 
por  presiones,  conmociones  o  traumatismos,  recaídos  en  la  vecindad,  no  sucum¬ 
ben  siempre  súbitamente,  presa  de  la  desintegración  granulosa,  sino  que  se  ne- 
crosan  por  grados,  propagándose  el  proceso  (1)  destructivo  desde  las  capas  pro- 
toplásmicas  superficiales  hasta  las  profundas.  En  las  figuras  159,  A,  E,  y  160,  A,  E, 
aportamos  patentes  ejemplos  de  esta  gradual  mortificación  de  las  células  de  Pur¬ 
kinje  del  cerebelo.  Adviértase  en  la  figura  160  A,  E  correspondiente  al  cerebro 
contusionádo,  un  fenómeno  semejante  dé  persistencia  de  las  neurofibrillas  peri- 
nucleares.  Repárese  cómo  en  torno  del  núcleo  y  en  el  eje  de  las  dendritas  sobre¬ 
vive  tenazmente  el  armazón  protoplásmico  que,  entrando  en  excitación  formativa, 
hipertrofia,  a  veces,  sus  neurofibrillas  y  afecta  configuraciones  sorprendentes  y 
variadísimas  (fig.  159,  D,  E). 

d)  Entre  las  modalidades  metamórficas  del  armazón  neurofibrillar  lesionado 
por  conmociones  y  presiones,  obsérvase  a  menudo  cierta  alteración,  en  un  todo 
■comparable  con  la  característica  de  los  animales  invernantes  o  délos  atacados  de 
rabia  (2).  Muchas  neurofibrillas  han  experimentado  la  hipertrofia  fusiforme,  mien¬ 
tras  que  otras  han  desaparecido  enteramente.  Transiciones  variadas  entre  el  mero 
proceso  hipertrófico  y  la  producción  de  husos  hallará  el  lector  en  la  fig.  160,  J,  G, 
que  copia  algunas  pirámides  cerebrales  tomadas  de  la  vecindad  de  una  herida 
-complicada  con  los  efectos  de  enérgica  contusión. 

e)  Los  aludidos  trabajos  revelaron,  asimismo,  un  hecho  de  cierto  interés  cri- 
leriológico  (,1),  pues  permite  discernir  fácilmente  los  axones  muertos  de  los  vil  os. 
Aludo  a  las  llamadas /róras  conservadas  (fig.  161,  d),  segmentos  de  cilindros-ejes 
bruscamente  destruidos  por  el  traumatismo,  y  como  embalsamados  por  la  acción 
del  exudado.  Aparecen  cerca  de  las  heridas,  afectando  todos  los  atributos  de  los 
axones  normales,  a  quienes  se  asemejan  por  su  perfecta  colorabilidad,  forma  ci¬ 
lindrica,  aspecto  estriado  y  ausencia  de  bolas  y  varicosidades.  A  primera  vista 
contundense  con  los  axones  vivos.  De  ellos  discrepan,  sin  embargo,  por  terminarse 
en  los  bordes  de  la  herida,  y  a  veces  en  pleno  exudado,  mediante  un  gancho  (c)  o 
algunas  vueltas  de  espira,  exhibir  trayecto  más  o  menos  serpenteante,  y,  en  fin, 
uematar  hacia  lo  profundo  de  la  substancia  gris  a  favor  de  punta  de  corrosión  pro¬ 
gresivamente  pálida  (ó). 

En  la  fig.  16  L  D,  presentamos  los  bordes  de  una  herida  cerebral  donde  apare¬ 
cen  numerosas  fibras  conservadas.  Repárese  cómo  ninguna  de  ellas  ofrece  bola  de 
retracción;  al  revés  de  los  axones  vivaces,  los  cuales,  situados  a  mayor  profundi- 
•aaa,  van  todos  provistos  de  varicosidades  de  trayecto  y  maza  terminal  (a). 

9.  Por  lo  que  hace  a  las  metamorfosis  patológicas  y  actos  regenerativrs  sobre¬ 
venidos  en  los  ganglios  sensitivos,  di  a  luz  dos  trabajos  de  investigación:  uno  refe-- 

(1)  Cajal:  Alteraciones  déla  substancia  gris  provocadas  por  conmoción  y  aplastamiento.  Con  0 
grabados.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  IX,  1911. 

(2)  Cajal;  Loe.  cit.  Tfab.  del  Lab,  de  Invest.  biol.',  tomo  III,  1904. 

(3)  Cajal:  Fibras  nerviosas  conservadas  y  fibras  nerviosas  degeneradas.  Con  9  grabados.  Trab.  del 

Lab.  de  Invest.biol. 


378 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


rente  a  los  ganglios  transplantados  (1)  y  otro  (en  1913)  tocante  a  los  fenómenos 
reaccionales  en  ellos  sobrevenidos  consecutivamente  al  arrancamiento  a  distancia 
de  los  nervios  correspondientes. 

Nuestros  estudios  sobre  el  fecundo  tema  de  la  injertación  de  los  ganglios  sen¬ 
sitivos,  confirmaron,  desde  luego,  los  bellísimos  y  transcendentales  experimentos 
de  Nageotte  acerca  de  la  metamorfosis  de  las  neuronas  neuropolares  en  multipo- 
lares,  amén  de  la  aparición  de  nidos  nerviosos,  la  necrosis  celular  del  centro  gan- 
gliónico  seguida  de  la  formación  de  nódulos  residuales,  etc.,  añadiendo  las  siguien¬ 
tes  observaciones: 

a)  Si  en  vez  de  transplantar  ganglios  grandes  jóvenes  bajo  la  piel  de  un  ani¬ 
mal  adulto,  según  hacían  Nageotte,  Marinesco,  Rossi,  Dustin,  etc.  (homotrans- 
plantación),  sé  injertan  pequeñísimos  ganglios  (los  terminales  déla  cola  de  caba¬ 
llo)  de  mamíferos  recién  nacidos  bajo  la  piel  de  animales  hermanos  (homoctono- 
transplantación)  el  número  de  células  nerviosas  supervivientes  es  mucho  mayor^ 
salvándose  hasta  las  habitantes  en  el  centro  ganglionar,  incluyendo  sus  axones. 
De  ordinario,  en  los  experimentos  de  Nageotte  estas  prolongaciones  aparecen  ne- 
crosadas.  Adviértese  también  que  los  fenómenos  de  creación  y  proyección  de  nue¬ 
vos  apéndices  alcanzan  inusitada  energía  (fig.  162). 

b)  Según  notamos  en  la  figura  162,  A,  la  pujanza  de  crecimiento  y  progresión 
de  los  citados  brotes  es  tal,  que  a  menudo  barrenan  la  cápsula  fibrosa  del  ganglin 
injertado.  Re  inidos  en  manojos,  que  son  verdaderos  nerviecitos,  y  traspasada  la 

•  barrera  capsular,  los  citados  retoños,  solicitados  sin  duda  por  las  substancias; 
neurotrópicas  del  tejido  cicatricial  circunvecino,  se  derraman  en  la  trama  conec¬ 
tiva  del  huésped,  marchando  en  desorden,  como  en  busca  de  los  desaparecidos 
territorios  terminales  (fig.  162,  D). 

c)  De  parecida  manera  se  conducen  los  axones  subsistentes  de  las  raíces 
gangliónicas.  Gracias  a  la  pequeñez  del  injerto  consérvanse  vivaces  casi  todos 
ellos  y  generan,  principalmente  del  lado  de  la  rama  periférica,  nerviecitos  abe¬ 
rrantes  que  se  pierden  en  los  territorios  vecinos  del  animal  receptor. 

10.  Mis  experimentos  de  arrancamiento  de  los  nervios  (2)  por  fuera  y  a  dis¬ 
tancia  dé  los  ganglios  sensitivos,  revelaron  un  hecho  de  cierto  interés,  a  saber: 
que  es  posible  provocar  en  las  neuronas  gangliónicas,  por  simple  conmoción  o 
vibración  mecánica,  todos  los  curiosos  fenómenos  de  metamorfosis  del  soma  y 
producción  de  retoños  observados  por  Nageotte  en  los  ganglios  injertados  (crea¬ 
ción  dé  apéndices,  formación  de  nidos  pericelulares  y  de  células  desgarradas  y 
lobuladas,  aparición  de  nódulos  residuales,  etc.) . 

Cuando  el  arrancamiento  recae  en  las  raíces  motrices,  en  paraje  alejado  de  la 
médula  espinal,  promuévese,  entre  otros  efectos,  ya  señalados  por  Sala  y  Cortesse 
(que  trabajaron  también  con  mi  técnica),  la  formación  de  numerosos  retoños,  mu¬ 
chos  de  los  cuales,  retrogradando  en  el  interior  de  la  raíz,  penetran  en  la  médula 
espinal,  inundando  de  ramas  nerviosas  el  territorio  del  cordón  anterolateral. 

Asimismo  pusimos  de  manifiesto  que  las  heridas  de  los  ganglios  o  el  aplasta- 
rnientode  sus  raíces  dan  ocasión  a  fenómenos  activos  de  retoñamiento  en  las 
fibras  y  células  sensitivas,  con  formación  exuberante  de  nidos  de  extraordinaria 
complicación. 

11.  Singularmente  expresivos  en  favor  de  la  teoría  neurotrópica,  fueron  los 

(1)  Caial;  Algunas  observaciones  favorables  a  la  hipótesis  neurotrópica.  Trab.  del  Lab.  de  Jnveat. 
btol.,  tomo  VIII,  1910. 

(2)  Cajal:  Fenómenos  de  excitación  neurocládica  en  los  ganglios  y  raíces  nerviosas  consecutiva¬ 
mente  al  arrancamiento  del  ciático.  (Con  4  'grabados.)  Trab,  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  XI,  1913. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


37& 


resultados  de  mis  experimentos  de  transplantación  y  reimplantación  de  los  cordo¬ 
nes  nerviosos  (1)  en  el  intervalo  de  los  segmentos  del  ciático  interrumpido.  De 
estos  estudios,  confirmatorios,  en  principio,  de  los  efectuados  por  Lugaro,  Mari¬ 
nesco  y  Dustin,  despréndese  una  conclusión  importante;  que  la  acción  trópica 
atrayente  de  las  células  de  Schwann  del  injerto  hállase  íntimamente  vinculada 
con  la  vitalidad  de  las  mismas.  Injertos  muertos  (descompuestos  o  alterados  me¬ 
diante  líquidos  coagulantes,  etc.)  no  ejercen  influjo  neurotrópico  sobre  los  retoños 
del  cabo  central  del  ciático  cortado;  gruesos  y  frescos  injertos  sólo  atraen  las  fibras 
por  su  capa  cortical  o  subneurilemática,  territorio  donde  las  células  de  Schwann 
se  mantienen  vivaces  y  activas;  en  fin,  delgadísimos  y  fresquísimos  injertos 
(reimplantación),  cuya  trama  conserva  íntegramente  sus  propiedades  fisiológicas, 
son  invadidos  casi  enteramente  por  los  retoños  circulantes  por  el  ambiente.  En 
la  figura  163  reproducimos  el  resultado  de  uno  de  nuestros  experim.entos.  Adviér¬ 
tase  cómo  los  axones  neoformados  en  el  cabo  central  de  un  nervio  seccionado 
concéntranse  en  el  extremo  proximal  del  injerto  (e),  que  recorren  en  toda  su  lon¬ 
gitud  para  emerger,  en  fin,  por  el  opuesto  lado  e  insinuarse  en  el  cabo  periférico 
del  ciático  {d).  Nótese,  además,  la  preferencia  de  los  retoños  por  las  capas  super¬ 
ficiales  del  nervio  injertado,  que  son  naturalmente  las  más  vivaces-y  las  más  acti¬ 
vas,  por  tanto,  para  la' elaboración  de  fermentos  atrayentes.  La  citada  convergen¬ 
cia  axónica,  denotadora  de  la  sensibilidad  exquisita  de  los  retoños  hacia. las  subs¬ 
tancias  liberadas  por  el  injerto,  resulta  un  hecho  singularmente  favorable  para 
teoría  neurotrópica. 

12.  En  diversos  estudios  sobre  la  regeneración  habíamos  anunciado  el  pen¬ 
samiento  de  que  las  bolas  gigantes,  observadas  en  el  extremo  libre  de  ciertos  re¬ 
toños,  tenían  por  causa  el  atasco  o  detención  eventual  de  las  mazas;  que  los  re¬ 
trocesos  se  debían  al  choque  contra  obstáculos  insuperables  y,  en  fin,  que  las  di¬ 
visiones,  aparte  la  posible  intervención  de  fuentes  neurotrópicas  múltiples,  obe¬ 
decían  también  al  topetazo  del  cono  contra  células  o  conglomerados  celulares. 
Tales  interpretaciones  parecían  probables,  pero  no  indiscutibles:  faltábales  la 
prueba  experimental  decisiva. 

A  fin  de  aportarla,  efectuamos  en  1912  (2)  algunos  experimentos  encaminados 
a  angostar  gradualmente  las  rutas  destinadas  a  recibir  a  los  jóvenes  axones  y 
establecer  en  ellas  obstáculos  invencibles.  Bajo  este  aspecto,  diónos  plena  satis¬ 
facción  el  conocido  proceder  de  las  ligaduras  nerviosas,  combinado  con  la  sec¬ 
ción  (fig.  164). 

De  nuestro  trabajo,  notablemente  ampliado  en  el  libro  sobre  la  degeneración  y 
regeneración,  extraemos  dos  figuras,  altamente  significativas: 

a)  La  164,  que  reproduce- esquemáticamente  los  efectos  de  una  ligadura  mo¬ 
deradamente  apretada,  prueba  perentoriamente  que  toda  detención  del  cono  de 
crecimiento  da  por  resultado  el  modelamiento  de  una  bola  o  maza  de  variable 
espesor  (o).  A  veces,  cerca  de  la  región  de  la  ligadura,  o  sea  de  la  máxima  angos- 
mra,  las  mazas  emiten  fibras  finas  exploradoras,  a  su  vez  prontamente  atascadas. 
En  la  misma  figura  se  observa  que,  después  de  chocar  con  el  obstáculo,  unos 
pocos  apnes  retroceden  bruscamente,  trazando  asas,  cuya  convexidad  señala  la 
presencia  de  aquél  (a). 

(1)  Cajíl;  Estudios  sobre  la  degeneración  y  regeneración  del  sistema  nervioso,  tomo  I,  páginas  537 
y  siguientes,  1913. 

(2)  Cajal;  Influencia  de  las  condiciones  mecánicas  «obre  la  regeneración  de  los  nervios.  (Con  3  bií- 
hados.)  Trab.  del  Lab.  de  Inveat.biol.,  tomo  X,  1912. 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


h\  Fn  fin  la  fisura  165,  donde  se  copia  un  cabo  periférico  varias  veces  sec¬ 
cionado  deníuestr^  que  las  divisiones  de  los  axones  asaltantes 
vainas  de  Schwann  (B)  ocurren  precisamente  al  nivel  de  las  cicatrices  interme- 
Sfs  es  decir  en  territorios  rellenos  de  células  conectivas  irregularmente  dis¬ 
tribuidas  aunque  ricos  en  materias  neurótrópicas.  Abundancia  de  fermentos  esti¬ 
mulantes  del  crecimiento  axónico  y  presencia  de  obstáculos  múltiples  constitu¬ 
yen,  pues,  las  condiciones  determinantes  de  las  ramificaciones  axonicas. 

La  mayoría  de  las  precedentes  investigaciones  sobre  la  regeneración  y  dege¬ 
neración  fueron,  segün  hemos  insinuado,  réunidas  en  obra  extensa  en  dos  volú¬ 
menes,  uno  de  los  más  importantes  y  minuciosos^ trabajos  que  nos  ha  sido  dable 
acometer.  Pecaríamos  de  ingratos  si  no  recordáramos  que  la  impresión  de  esta 
obra  fué  costeada  por  la  generosidad  de  los  médicos  españoles  de  la  República 
Argentina,  que  tuvieron  la  gentileza  de  escribir  un  prólogo.  Por  hiperbólica¬ 
mente  encomiástico  para  mi  modesta  persona,  no  lo  reproducimos  aquí. 

¡Oh  Jos  nobles,  los  nostálgicos,  los  fervorosos  compatriotas  emigrados,  flor  de 
ía  raza  y  espejo  de  laboriosidad  callada,  perseverante  y  heroica! 

En  medio  de  vuestras  tribulaciones,  soñáis  cón  una  España  grande,  redimi¬ 
da  por  la  cultura  y  la  tolerancia.  Por  decir  estoy  que  sois  los  únicos  grandes 
y  buenos  españoles  que  nos  quedan.  La  distancia,  mitigadora  del  sentimiento,  ha 
exaltado  en  vuestro  espíritu  el  santo  amor  de  la  patria.  Apartada  en  el  espacio, 
cuanto  cercana  en  vuestro  corazón,  España» aparece  en  vuestras  retinas  como  una 
estrella  de  primera  magnitud;  no  como  es,  sino  como  anheláis  que  sea.  He  aquí, 
una  noble  pasión  al  par  que  un  magnífico  programa;  porque  en  cuanto  todos  lo 
queramos  con  emoción  cordial  y  profunda,  España  volverá  a  ocupar  en  el  mundo 
el  rango  que  perdió. 


CAPITULO  XXV 

OBTENIDOS  EN  LOS  NERVIuS  YXENTR06  CON  ESTAS  NUEVAS  FÓRMULAS.-INVES- 

TIGACIONES  SOBRE  EL  OJO  Y  REI  INADE  LOS  INSECTOS.- LA  RET.NA  DE  LOS  CE- 

FALÓPODOS.-TRES  LIBROS  PUBLICADOS  DURANTE  LOS  CITADOS  ANOS.- ALGUNAS- 
^  distinciones  honoríficas  recibidas  de  las  CORPORACIONES  EXTRANJERAS 


INVESTIGACIONES  TÉCNiCAS.-Sin  olvidar  mis  favoritos  estudios  sobreseí  impor¬ 
tante  problema  de  la  regeneración  del  sistema  nervioso,  fueron  los  años  1912  y 
1913  preferentemente  consagrados  a  investigaciones  metodológicas.  Estas, 
exigen  atención,  paciencia  y  laboriosidad  extraordinarias.  Cuando  aplicamos  una 
fórmula  de  teñido  selectivo  imaginada  por  cualquier  sabio,  no  sospechamos  si¬ 
quiera  la  cantidad  formidable  de  labor  experimental,  los  interminables  tanteos  y 
.probaturas  que  exigió,  primeramente,  el  encuentro  fortuito  de  la  reacción,  nueva  y 
útil,  y,  después,  la  empresa  de  fijar  exactamente  las  condiciones  óptimas  del  éxito 
favór^le.  Compasión  cordial,  más  que  envidia  ruin,  debieran  inspirarnos  los  raros 
triunfadores  en  este  orden  de  pesquisas.  ¡Oh,  las  febriles  e  impacientes  horas  en 
que  se  espera  ansiosamente  la  reacción  afortunada  que  coquetea  sin  entregarse!... 
Porque  lo  más  grave  en  esta  clase  de  trabajos  es  que  se  pueden  consumir  en  ellos, 
años  enteros  sin  tropezar  con  nada  que  valga  la  pena.  Y  nada  digo  de  la  decep¬ 
ción  causada  por  el  hallazgo  eventual  de  reacciones  interesantes  que  después,  a 
despecho  de  obstinadas  probaturas,  no  se  dignan  reaparecer  (11. 

Sirvan  esto.s  comentarios  de  excusa  a  la  escasez  de  comunicaciones  de  los 
años  1913  y  1914,  época  del  recrudecimiento  de  mis  indagaciones  técnicas,  escasez. 

(1)  Como  ejemplo  de  estas  reacciones  fugitivas,  indicadoras  de  la  variabilidad  y  delicadeza  det 
quimismo  nervioso,  refeiiré  al  lector  una  de  mis  más  deploradas  decepciones.  Allá  por  los  años  de  1891 
o  1892,  se  me  ocurrió  sumergir  trozos  de  cerebro  de  conejo  joven  en  cierta  mezcla,  a  partes  iguales,  de 
bicromato  potásico  al  3  por  100  y  de  solución  de  cloruio  áurico  al  1  por  100.  Varios  días  después,  los 
cortes  de  las  piezas  mostraron  espléndida  reducción  selectiva  de  la  sal  áurica,  al  nivel  de!  aparato  dei 
Golgi  (entonces  tío  conocido)  de  las  pirámides  cerebrales.  Admirado  del  peregrino  resultado,  entreguéme 
ardorosamente  a  reiteradas  probaturas  encaminadas  a  fijar  las  conciciones  de)  éxito.  Pues  bien;  la  dichosa 
eacción  ¡no  volvió  a  comparecer  jamás!...  Peq  ué  yo  en  aquel  a  ocasión  de  excesivamente  escrupuloso  y 
timorato,  pues  no  osé  publicar  mi  raro  hallazgo;  parecióme  abusivo  dar  cuenta  de  un  hecho  cuya  con¬ 
firmación  resultaba  por  entonces  imposible.  Sin  tales  miramientos,  el  llamado  aparato  reticular  áe.  Golgi, 
que  el  neurólogo  de  Pavía  descubrió  en  1898  (por  cierto  mediante  fórmula  notablemente  azarosa),  figu- 
taría  hoy  en  mi  .activo  y  a  mi  nombre. 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


debida  también,  según  relataré  después,  al  hecho  de  hallarme  a  la  sazón  ocupado 
en  la  redacción  de  dos  libros  de  conjunto  sobre  materias  muy  diferentes. 

Mi  primera  preocupación  metodológica  se  enderezó  al  hallazgo  de  algún  proce¬ 
der  fácil  y  constante  de  impregnación  argéntica  del  aparato  reticular  de  Golgi,  del 
cual  había  yo  encontrado  en  la  fibra  muscular  de  los  insectos  (1890)  un  probable 
antecedente  (1).  Recordará  el  lector  que  dicho  retículo  intracelular  fué  señalado 
por  Golgi  en  las  células  nerviosas  (1898)  y  observado  después  en  otros  tejidos  por 
sus  discípulos  Negri,  Veratti,  Pensa,  Marcora,  Vechi,  etc.  (y  fuera  de  Italia  por 
Holmgrem,  Retzius,  Kopsch,  Misch,  Bergen,  Weigl,  etc.). 

Pero  la  fórmula  imaginada  por  Golgi  y  modificada  por  su  discípulo  Veratti  era 
Sumamente  azarosa  y  difícil.  Tampoco  la  de  Kopsch  (ácido  ósmico  al  2  por  100) 
daba  plena  satisfacción.  Algo  más  constante,  aunque  inaplicable  a  muchos  tejidos, 
se  mostraba  cierta  variante  del  método  del  nitrato  de  plata  reducido,  con  la  cual 
conseguí  desde  1903  impregnar  el  citado  retículo  de  los  invertebrados  y  el  de  al¬ 
gunas  células  epiteliales  de  los  mamíferos  jóvenes.  Animado,  sin  duda,  por  estos 
relativos  éxitos  míos,  Golgi,  que  laboraba  en  la  misma  dirección,  modificó  felizmen¬ 
te  mi  fórmula  argéntica  con  la  adición  de  un  fijador:  el  ácido  arsenioso.  La  reacción 
parda  recaída  en  las  trabéculas  de  dicho  aparato,  resultó  más  rápida  y  constante 
que  en  las  fórmulas  anteriores.  Gracias  a  ella,  la  escuela  de  Pavía  (Perroncito, 
Verson,  Riquier,  etc.)  y  en  el  extranjero  Deineka,  Legendre  y  otros,  ensancha'ron 
nuestro  concepto  del  comportamiento  y  significación  del  susodicho  organito  intra- 
protoplásmico,  permitiendo  además  abordar  el. tema  interesante  de  sus  metamor¬ 
fosis  durante  la  multiplicación  celular  (Perroncito  y  Deineka). 

La  nueva  fórmula  del  sabio  de  Pavía  adolecía  aún  de  algunos  inconvenientes. 
Uno  de  ellos  consistía  en  el  depósito  difuso  de  plata  reducida,  que  enmascaraba 
la  reacción  útil,  obligando  (Veratti)  al  empleo  de  reactivos  aclaradores  de  acción 
oxidante  y  de  difícil  manejo.  En  fin,  el  método  fracasaba  todavía  en  algunos  órga¬ 
nos  difíciles. 

A  fuerza  de  tanteos  y  exploraciones,  vine  a  caer  casualmente  sobre  un  fijador 
excelente:  el  nitrato  de  mano.  Merced  al  empleo  de  este  reactivo,  la  coloración 
consíguese  corrientemente  en  todos  los  tejidos,  singularmente  cuando  se  ensaya 
en  mamíferos  jóvenes.  En  el  nervioso,  por  ejemplo,  lógranse  espléndidas  colora¬ 
ciones,  donde  el  retículo  destaca  perfectamente,  en  color  café  o  pardo  negro,  sobre 
fondo  amarillo  limpio  y  transparente. 

,  La  fórmula  aludida  es  la  siguiente: 


1.  Piezas  de2  a  3  milímetros  de  espesor  son  fijadas  de  diez  a  doce  horas  en 
este  líquido; 

Nitrato  de  Urano . .  1  gramo.» 

Formol . .  15  cent.  cúb. 

Agua  destilada. . . .  100  — 

La  adición  al  fijador  de  un  20  por  100  de  alcohol  puede  convenir  en  algunos 
casos  para  mejorar  la  fijación  y  af  nar  el  precipitado  metálico. 

2.  Previo  rapidísimo  lavado  de  las  piezas,  se  sumergen  por  veinticuatro  a 
cuarenta  y  ocho  hnras  en  nitrato  de  plata  al  1,5  por  100. 

3.  Descartado  el  nitrato  superficial  mediante  rápida  enjuagadura,  opérase  la 
reducción  en  este  baño,  que  debe  obrar  de  doce  a  veinticuatro  horas: 


(1)  Véase  la  página  227.  Estas  redes,  primero  vistas  por  mí  en  los,  insectos,  confirmadas  des  >ués  por 
Fusari  en  los  vertebrados,  han  sido  estimadas  por  Veratti,  ayudante  de  Golgi,  como  el  aparato  reticu^ 
lar  interno  de  la  célula  contráctil.  Igual  opinión  profesan  otros  autores. 


recuerdos  Í)E  mi  vida 


383 


_  1  a  2  gramos. 

Hidroquinona .  j5  ^úb. 

Forraol .  Iqq  _ 

sSd; so¿á knh¡dr¿: : : : : : '• '•  ■  •  ■  • : •  •  ■  •  <>.20  a  0.»  gramos. 

4,  Alcohol,  celoidina,  etc. 

En  ciertas  condiciones,  la  citada  fórmula  impregna  también  la  neuroglia  (dos 
días  de  fijación)  y  las  mitocondrias  o  gmnos  intraprotoplásmicos  de  Benda,  Meves 

V  Duesberg  (de  seis  a  ocho  horas  de  fijación).  ,  . 

Aprovechando  el  impensado  hallazgo,  emprendí  varios  trabajos  (1),  cuyos  re¬ 
sultados  más  interesantes  paso  a  consignar: 

a)  Demostración,  por  primera  vez,  del  retículo  endocelular  en  todos  los  ele- 
inentos  nerviosos  de  la  retina,  en  cada  uno  de  los  cuales  afecta  aquel  configura- 

ción  y  citado  aparato  en  la  célula  de  Schwann,  donde,  conforme 

aparece  en  la  figura  166,  ó,  reside  en  la  vecindad  del  núcleo,  al  cual  rod^ea,  cons¬ 
tituyéndole  una  especie  de  corona  trabecular  con  predominio  de  los  cordones  lon- 

¿itudinge^ostración,  por  primera  vez,  del  susodicho  aparato  en  las  fibras  de  Re- 
mak,  osteoblastos,  odontoblastos,  corpúsculos  neuróglicos  y  ependimales,  adipo- 
•blastos,  fibras  del  cristalino,  eritroblastos  y  leucoblastos,  etc.  ,  . .  , 

d)  Reconocimiento  y  estudio  del  mismo  en  todas  lás  células  del  embrión  de 
pollo  (endotelios,  piel  e  intestino,  células  mesodérmicas,  glandulares  primordia¬ 
les,  neuroblastos  motores,  sensitivos  y  simpáticos). 

e)  Análisis  de  las  fases  evolutivas  por  que  atraviesa  el  retículo  de  Golgi  en 
das  neuronas,  desde  el  estado  de  elemento  germinal  ala  fase  de  célula  nerviosa 
adulta.  En  la  figura  167  mostramos  esquemáticamente  estas  curiosas  mudanzas. 
Reaparece,  cómo  la  red,  primeramente  localizada  en  el  cono  de  origen  del  axon  (C); 
se  enriquece  progresivamente,  extendiéndose  en  torno  del  núcleo,  invadiendo  gran 
parte  del  protoplasma  (E,  F). 

f)  Exploración  escrupulosa  de  las  variaciones  fisiológicas  sufridas  por  el  re¬ 
tículo  de  las  células  glandulares  (páncreas,  salivales,  corpúsculos  caliciformes  del 
intestino,  etc.),  en  los  tejidos  en  vías  de  regresión  (cartílago  osificante,  osteoblas¬ 
tos,  células  adiposas,  etc.)  y  en  las  neuronas  de  los  ganglios,  médula  espinal,  cere¬ 
ro  y  cerebelo  (fig.  168).  Imposible  dar  cuenta  de  estas  variaciones,  cuya  descrip¬ 
ción  ocupa  muchas  páginas  de  extensa  monografía  (2)  ilustrada  con  abundantes 
•grabados. 

g)  Análisis  de  las  conexiones  del  retículo  con  los  grumos  de  Nissl,  las  neuro- 
Jibrillas  y  los  conductos  de  Holmgrem.  Se  demuestra,  según  aparece  en  el  esquema 

déla  figura  169,  que  la  materia  granulosa  constitutiva  de  las  trabéculas  del  apa¬ 
rato  en  cuestión  reside  en  el  interior  de  los  conductos  de  Holmgrem,  entre  mano¬ 
jos  de  neurofibrillas,  siendo  completamente  extraña  a  los  grumos  de  Nissl. 

h)  Exploración  de  las  metamorfosis  regresivas  y  progresivas  experimentadas 
•por  el  retículo  en  los  tubos  nerviosos  degenerados  (cabo  central  y  periférico  de  los 
•nervios  cortados)  y  en  1  is  neuronas  cerebrales  vecinas  de  las  heridas.  Durante  la 
-degeneración,  la  proliferación  de  la  célula  de  Schwann  del  cabo  periférico  de  un 
nervio  cortado,  asóciase  al  aumento  de  la  materia  argentófila  de  su  aparato  reti¬ 
cular,  cuyos  trabéculos  se  estiran  en  sentido  longitudinal  para  distribuirse  al  fin 

(1)  Cajal:  Fórmula  de  fijación  para  la  demostración  fácil  del  aparato  reticular  de  Golgi  y  apuntes 
-so  re  la  disposición  de  este  aparato  en  la  retina,  en  los  nervios  y  algunos  es'ados  patológicos.  Con  tres 
grabados.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  X,  1912. 

Cajal:  El  aparato  endocelul -ir  de  Golgi  de  la  célula  de  Schwann  y  algunas  observacfones  sobre  ía 
.estructura  de  los  tubos  nerviosos.  Con  lo  grabados.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  X,  1912. 

T  A  variaciones  fisiológicas  y  patológicas  del  aparato  re.icular  de  Golgi.  Con  55  grabados. 

ra  .  e  La  de  Invest.  biol.,  tomo  Xll,  (Esta  monografía,  sumamente  extensa,  es  sin  duda  ti 
trabajo  de  investigación  de  mayor  envergadura  publicado  hasta  hoy  sobre  el  argumento.) 

Cajal:  Loe.  cit.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  XII,  1914. 


384 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


en  dos  acúmulos,  uno  correspondiente  a  cada  célula  hija.  En  la  figura  170  mostra¬ 
mos  la  disposición  de  dicho  retículo  de  Golgi  en  las  células  del  cabo  central  y  en 
las  del  periférico. 

i)  En  fin,  se  formula  cierta  hipótesis  sobre  el  significado  y  alcance  de  la  posi¬ 
ción  casi  constante  del  retículo  de  Golgi  en  el  polo  mundial  (el  que  mira  o  miró, 
ontogénica  y  filogénicamente,  al  mundo  exterior)  de  las  células  de  abolengo  ecto~ 
dérmico  (piel,  células  nerviosas,  glándulas  cutáneas,  etc.)  y  en  las  oriundas  deíl 
entodermo.  Esta  concepción  puede  formularse  así:  En  el  curso  de  la  evolución  on¬ 
togénica  y  filogénica,  el  retículo  y  la  esfera  atractiva  de  todas  las  células  epitelia¬ 
les  (ecto  y  entodérmicas)  ocupan  el  polo  orientado  hacia  el  mundo  exterior,  es  de¬ 
cir,  el  segmento  protoplásmico  intercalado  entre  el  núcleo  y  el  cabo  celular  libre;, 
mientras  que  en  las  células  de  origen  mesodérmico  (glóbulos  de  la  sangre,  cor¬ 
púsculos  conectivos,  musculares,  cartilaginosos,  etc.),  a  causa  sin  duda  de  las  fre¬ 
cuentes  emigraciones,  perdióse  la  orientación  espacial  primitiva  de  los  citados, 
organitos  intracelulares,  ocupando,  de  ordinario,  el  centro  de  la  masa  principal  deh 
protoplasma  (1). 

Interesantes  investigaciones  acerca  del  aparato  de  Golgi,  de  diversos  tejidos,, 
fueron  efectuadas  también,  aplicando  la  técnica  del  nitrato  de  uranp,  por  Tello  (cé¬ 
lulas  de  los  íümores  y  elementos  glandulares  de  la  hipófisis),  Del  Río-Hortega 
(ovario  y  fibras  musculares  lisas),  Ramón  Fañanás  (células  gigantes  del  tubérculo,, 
mucosa  y  bulbo  olfativos  y  diversos  tejidos  del  embrión  de  pollo),  Domingo  Sán¬ 
chez  (epitelios  y  neuronas  de  invertebrados),  Sánchez  y  Sánchez  {neuronas  del  ce¬ 
rebelo),  Castro  (botones  gustativos),  etc. 

Dejo  dicho  ya  que  el  proceder  del  nitrato  de  urano  colorea  también,  modifican¬ 
do  el  tiempo  de  fijación  o  introduciendo  variantes  en  la  composición  de  la  fórmula,, 
ciertos  factores  extraños  al  retículo  de  Golgi.  Merced  a  esta  profusión  de  efectos 
selectivos,  conseguí  los  resultados  siguientes: 

a)  Impregnación  de  la  neuroglia  de  la  substancia  gris  y  blanca  de  los  centros..  . 
El  depósito  argéntico  colorea  no  sólo  el  protoplasma  de  los  apéndices  radiados  y 
sus  pies  perivasculares,  sino  los  gliosomas  de  Fieandt,  que  se  presentan  intensa¬ 
mente  teñidos  de  negro  o  pardo,  sobre  fondo  ocre  claro.  En  cuanto  a  la  configura¬ 
ción  general  del  astrocito  de  la  substancia  gris,  coincide  exactamente  con  la  hace 
tiempo  revelada  mediante  el  método  del  cromato  argéntico  (fig.  171,  A). 

b)  Cuando  se  ensaya  el  método  en  los  tubos  nerviosos  modulados,  la  reacción 
selectiva  recae  a  menudo  en  los  anillos  de  Segall,  el  aparato  espiral  de  Rezzonico 
y,  sobre  todo,  en  una  especie  dé  esqueleto  o  armazón  de  fibras  longitudinales, 
contenido  en  el  espesor  de  las  células  de  Schwann.  Acerca  de  la  disposición  de 
este  curioso  armazón,  señalado  brevemente  por  mí  en  los  nervios  de  los  mamífe¬ 
ros,  ha  efectuado  en  los  peces  Sánchez  y  Sánchez  (1917)  interesantes  investi¬ 
gaciones. 

c)  En  fin,  modificaciones  especiales  de  la  citada  fórmula,  en  cuyo  detalle  no 
podemos  entretenernos,  permiten  impregnar  a  veces  ciertos  factores  integrantes- 
del  tubo  nervioso  (cisuras  de  Lantermann,  protoplasma  del  corpúsculo  de 
Schwann,  doble  brazalete  de  Nageotte,  etc.). 

Mis  reiteradas  inquisiciones  técnicas  sobre  la  coloración  selectiva  de  la  neuro¬ 
glia,  estimuladas  en  buena  parte  por  Jos  interesantes  trabajos  de  Achúcarro  (2> 

■  (efectuados  en  mi  laboratorio)  acerca  de  la  estructura  y  conexiones  de  la  glia  hu- 

(1)  Esta  hipótesis  hállase  expuesta  y  profusamente  desarrollada  en  un  trabajo  intitulado:  Considera¬ 
ciones  generales  sobre  la  polarización  ontogénica  y  filogénica  del  aparato  de  Golgi.  Boletín  de  la,  Socie¬ 
dad  española  de  Historia  Natural,  núm.  30, 1915. 

(2)  Sabido  es  que  el  método  de  este  sabio  y  malogrado  investigador  español,  consiste  en  someter  los. 
cortes  efectuados  por  congelación  a  la  influencia  del  lanino  caliente.  La  impregnación  de  la  glia  se  ob¬ 
tiene  después,  lavando  los  cortes  y  tratándolos  con  el  óxido  de  plata  amoniacal  de  Bielschowsky  y,  final- 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


385 


mana,  rae  condujeron  en  1913  (1)  al  hallazgo  del  método  del  oro-sublimado,  pro¬ 
ceder  sencillísimo  que  permite  impregnar  específicamente  en  violado  purpureo  los 
dos  tipos  neuróglicos  de  la  corteza  cerebral,  y  muy  especialmente  la  modalidad 
protoplásmica  o  de  cortas  radiaciones,  tan  rebelde,  según  es  notorio,  a  las  labo¬ 
riosas  coloraciones  de  Weigert,  Fano,  Alzheimer  y  otras  corrientemente  usadas 
por  los  anatomo-patólogos. 

De  su  utilidad  para  el  estudio  de  las  alteraciones  patológicas  de  la  glia  huma¬ 
na,  dan  testimonio  los  interesantes  trabajos  de  Achücarro  y  Gayarre  sobre  la  de¬ 
mencia  paralítica  y  senil;  los  de  Lafora,  sobre  la  neuroglia  del  perro  viejo;  los  de 
Achúcarro,  sobre  el  asta  de  Ammon  y  acerca  de  la  histología  comparada  de  la 
neuroglia;  los  de  Río  Hortega,  recaídos  en  el  reblandecimiento  cerebral,  etc. 

El  método  es  aplicable  no  sólo  al  hombre,  sino,  en  cierta  medida,  a  todos  los 
vertebrados.  El  Dr.  Achúcarro  logró  en  sus  últimos  años  colorear  satisfactoria¬ 
mente  la  neuroglia  y  células  ependimales  de  los  peces,  reptiles,  aves  y  pequeños 
mamíferos,  recogiendo  copiosa  cosecha  de  hechos  nuevos.  Ramón  Fañauás  ha  te¬ 
ñido  \a  neuroglia  cerebelosa  del  perro,  gato  y  conejo.  En  fin,  en  nuestro  Laborato¬ 
rio,  el  Dr.  Havet,  de  Lovaina,  ha  logrado  también  estimables  impregnaciones  de 
la.  glia  ganglionar  áe.  los  invertebrados,  singularmente  del  lumbricus,  habiendo 
conseguido  demostrar  la  existencia  constante  de  astrocitos  protoplásmicos,  ade¬ 
más  de  los  astrocitos  fibrosos. 

A  juzgar  por  los  dibujos,  descripciones  y  microfotografías  publicados,  en  el  ex“ 
tranjero  el  éxito  ha  sido  también  satisfactorio.  Consúltense  las  com  unicaciones 
recientes  de  Scháffer  (Hungría),  Ziveri  y  Rossi  (Italia),  Marinesco  y  Minea  (Ru¬ 
mania),  etc. 

He  aquí  la  fórmula  del  sublimado-oro: 


1. ^  Trozos  de  centros  nerviosos,  lo  más  frescos  posible,  son  sometidos,  entre 
dos  y  diez  días,  a  la  acción  del  fijador  siguiente: 

Formol . .  15  cent.  cúb. 

Bromuro  de  amonio .  . . . . .  1 ,5  a  2  gramos. 

Agua  destilada . . . .  85  — 

2. ^  Mediante  el  microtomo  de  congelación,  efectúanse  secc  iones  que  se  reco¬ 
gerán  en  agua  formólica.  Estos  cortes  deben  ser  relativamente  gruesos,  por  ejem- 

mente,  con  el  formol.  Este  método,  modificado  ligeramente  por  su  autor  y  después  por  Ranke  en  Ale¬ 
mania  y  Río  Hortega  en  España,  fué  el  primero  con  el  cual  se  consiguió  teñir  regularmente  la  glia  de 
la  substancia  gris  del  cerebro  humano.  Desgraciadamente,  aun  con  todos  los  perfeccionamientos  aporta¬ 
dos,  el  proceder  del  sabio  español,  constante  cuando  se  trata  de  colorear  la  neuro  glia  de  la  substancia 
blanca,  resulta  algo  azaroso  aplicado  a  la  substancia  gris.  Por  esta  razón,  Achúcarro.  en  sus  últimos  años, 
se  sirvió  con  gran  provecho  de  mi  fórmula  al  sublimado-oro,  que  resulta,  cuando  las  piezas  son  frescas 

singularmente  expeditiva  y  constante.  ’ 

(1)  Cajal:  Sobre  ün  nuevo  proceder  de  iinpregnación  de  la  itóuroglia  y  sus  resultados  en  el  cerebro 

del  hombre  y  animales.  rrob.  flfeZ  iaó.  iáe /«ütfsí.  6ÍOÍ.,  temo  VI,  1913.^ 

Véase  también:  :  :  r 

f  omo”^!^”  al  conocimiento  de  lá  neuroglia  dél  cerebro  humano.  Z>aó.  del  Láb.  de  Irivest.  biol. 

R^XXxTÍaÍ  publicados  también  en  Efeifseftr.  /-.  TEÍaaemcA.  Mi. 

íhod';  zu^  Fñrtung  áeÍlSro^f  y  Ceñir óiUat.WiA  ;(Eine  nep  Me- 

En  fln.  íasmpfflficacionés  de  pura  comodidad  operatoria  introducidas  redénte'mente  en  él  métorfá 


25 


386 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


olo  de  20  a  25  U..  Semejante  espesor,  además  de  favorecer  la  reacción,  tiene  la 
ventaja  de  mostrar  más  completamente  las  expansiones  de  los  astrocitos. 

3  a  Previo  rápido  lavado  en  agua  destilada  para  extraer  el  formol,  son  lleva¬ 
das  ías  secciones  al  líquido  colorante  siguiente  que  debe  conservarse  en  la  obs¬ 
curidad: 

Agua  destilada .  cent.  cúb. 

Sublimado  cristalizado .  0,5  gramos. 

Solución  de  cloruro  de  oro  pardo  al  1  por  100. . .  10  cent.  cub. 

4. a  Al  cabo  de  cuatro  o  más  horas,  tíñense  los  cortes  en  tono  purpúreo  intenso 
y  se  trasladan  (manipulándolos  con  varillas  de  cristal)  al  fijador  siguiente: 

Hiposulfito  de  sosa . 

Agua . . . . . . 

Alcohol  ordinario . . . 

Solución  concentrada  de  bisulfito  sódico 

En  este  baño  permanecerán  de  seis  a  diez  minutos. 

5. a  Lavado  de  los  cortes  en  agua  alcohólica  ai  50  por  100;  montaje  en  porta¬ 
objetos,  donde  se  enjugará  el  líquido  con  papel  chupón;  en  fin,  alcohol  absoluto, 
esencia  de  orégano,  xilol  y  bálsamo. 

Gracias  a  la  comodidad  de  manipulación  y  especificidad  de  resultados  del 
-nuevo  recurso  de  impregnación,  conseguí  recoger  algunos  hechos  nuevos  y,  sobre 
todo,  fijar  y  consolidar  ciertas  nociones  fluctuantes  y  harto  discutidas  sobre  la 
estructura,  evolución  y  comportamiento  expansional  de  los  dos  tipos  neuróglicos 
del  hombre  y  mamíferos.  Mencionemos'rápidamente  algunas  aportaciones: 

a)  La  demostración  de  que  las  expansiones  neuróglicas  del  tipo  llamado 

prof oplásmico  se  ramifican  prolijamente  en  el  seno  de  la  substancia  gris,  recorrien¬ 
do  grandes  distancias  y  generando  cierto  olexo  difuso  y  denso,  pero  en  todo  caso 
exento  de  esas  redes  admitidas,  sin  pruebas  suficientes,  por  (muchos  autores.  Las 
últimas  ramillas  neuróglicas  acaban  libremente,  según  puede  advertirse  en  la 
figura  171.  ,  . 

b)  La  prueba  objetiva  de  que  todo  astrocito  de  la  substancia  blanca  o  gris 
hállase  provisto  constantemente  de  uno  o- varios  pies  insertos  sobre  los  vasos  ca¬ 
pilares  (aparato  chupador).  Delicadísimos  y  aveces  difíciles  de  sorprender  en  la 
glia  protoplásmica,  afectan  tales  apéndices  vasculares  gran  robustez  en  la  fibro¬ 
sa  (figura  172).  En  realidad  estos  pies  perivasculares  se  conocían  ya  desde  la 
época  de  Golgi;  pero  sólo  el  método  del  oro  permite  observarlos  con  absoluta 
constancia  y  reconocer  la  cantidad  prodigiosa  de  los  mismos  (fig.  172). 

c)  El  astrocito  protoplásmico  posee  una  estructura  que  recuerda  mucho  la  de 
las  células  glandulares.  En  el  seno  de  cierto  estroma  tupido  y  como  esponjoso 
aparecen  numerosas  vacuolas  claras  donde  sé  alojan  los  gliosomas  bien  descriptos 
por  Fieandt,  Eisath,  Nageotte,  Mawas  y  Achúcarro  (fig.  173). 

d)  Conforme  señalamos  ya  hace  muchos  años,  es  frecuente,  encontrar  en  torno 
de  las  neuronas  cierta  pléyade  de  astrocitos  protoplásmicos,  cuyos  apéndices, 
ricos  en  gliosomas,  se  apoyan  sobre  la  membrana  neuronal.  Una  disposición  fre¬ 
cuente  de  la  glia  satélite  reproducimos  en  la  figura  176,  A,  C,  tomada  del  cerebro 
del  perro  adulto. 

e)  Ciertos  autores  habían  sospechado,  aunque  sin  aportar  demostración  pe¬ 

rentoria  del  hecho,  la  presencia  en  los  centros  nerviosos  de  cierto  corpúsculo  pe- 
-queño,  sin  expansiones,  quizá,  de  origen  mesodérmico  y  tan  extraño  a  las  neuronas 
como  a  la  glia.  Este  íercer  elemento- de  los  centros  clarísimamente  en  nues¬ 

tros  preparados,  a  causa  de  su  absoluta  incolorabilidad  por  el  método  áurico.  Tes¬ 
timonio  de  este  notable  contraste  es  la.figura  175,  donde  presentadlos,  a  un  tiempo 
los  aspectos  que  en  los  cortes  dorados  ofrecen. los.astrocitosneüróglLcos  y  el  su¬ 
sodicho /cree/- e/emento. 


5  gramos. 

70  cent.  cúb. 
30  — 

5  — 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


387 


Por  lo  demás,  la  verdadera  morfología  de  este  singular  corpúsculo  eyidénciase 
-solamente  en  los  preparados  teñidos  por  el  método  del  urano-formol.  Adviértase 
(figura  174,  a,  b,  c)  su  forma  poliédrica,  a  veces  irregularizada  por  excreencias 
mfrginales,  su  proximidad  a  los  vasos,  la  presentación  de  diminuto  aparato  de 

gj  tercer  elemento,  o  corpúsculo  enano  adendrítico,  congrégase  también  en 
torno  de  las  células  nerviosas,  singularmente  por  debajo  de  la  base  de  las  pirᬠ
mides  viniendo  a  constituir  otra  variedad  de  elementos  satélites  (fig.  173  aj.  A 
ella  oertenecen  casi  todos  esos  diminutos  corpúsculos  que  Nissl,  nosotros,  Luga- 
ro  Alzheimer,  Marinesco  y  otros  muchos  autores,  sorprendidos  hace  tiempo  en 
derredor  de  las  neuronas,  sin  acertar  por  entonces  a  resolver  si  se  trataba  de  célu¬ 
las  de  glia  legítima,  de  leucocitos  transmigrados  o  de  corpúsculos  de  naturaleza 
-especial.  (Sobre  las  especies  del  tercer  elemento  véase  más  adelante.) 

Con  relación  a  la  evolución  ontogénica  de  las  células  de  neuroglia,  nuestras 
Dbservaciories,  efectuadas  tanto  en  los  fetos  como  en  los  mamíferos  recién  naci- 


,dos,  permiten  afirmar: 

a)  Lo  mismo  las  células  epiteliales  dislocadas  (célula  neuróglica  primordial), 
-que  el  astrocito  joven,  y  aun  el  adulto,  son  capaces  de  proliferar  en  condiciones 
normales  (fig.  177,  B).  Es  frecuente  observar,  aun  en  el  cerebro  adulto,  parejas  y 
hasta  tetradas  de  elementos  neuróglicos. 

,  b)  Astrocitos  fibrosos  y  prDtoplásmicos  representan  la  descendencia  directa 
de  corpúsculos  epiteliales  primitivos  del  conducto  medular  del  embrión;  su  diver¬ 
sidad  morfológica  y  estructural  prodúcese  por  adaptación  del  tipo  primitivo  a  am¬ 
bientes  diferentes.  Estimamos,  por  tanto,  inadmisible  la  hipótesis  de  la  doble  es¬ 
tirpe  (ectodérmica  y  mesodérmica)  de  los,  astrocitos,  defendida  por  algunos  histó¬ 
logos  y  anatomo-patólogos. 

c)  Durante  la  época  enibriónaria,  las  células  de  neuroglia  realizan  actos  de 
emigración  y  de  transformación  que  implican  capacidad  amiboide.  Merced  a  los 
efectos  de  lento  amiboidismo,  fórmase  el  pie  perivascular  o  aparato  chupador,  el 
cual,  si  representa  a  veces  una  proyección  protoplásmica  nueva,  deriva  otras  de 
la  dislocación  e  hipertrofia  deí  apéndice  radial  o  primordial  (externo  casi  siempre) 
del  corpúsculo  epitélico  dislocado  (fig.-177,  a,  b).  Sin  embargo.  Castro,  eh  recien¬ 
tes  trabajos  efectuados  sobre  el  bulbo  olfatorio,  ha  probado  que  el  pie  perivascu¬ 
lar  suele  ser  en  la  mayoría  de  los  casos  una  colateral  del  tallo  radial. 

d)  En  armonía  con  los  trabajos  de  varios  autores,  singularmente  de  Fano  y 
Achúcarro,  las  fibras  de  Ranvier-Weigert  de  los  astrocitos  de  la  substancia  blan¬ 
dea  representan  el  producto  de  una  diferenciación  intraprotoplásmica.  En  ningún 

caso  dichas  fibras  se  emancipan,  según  creía  Weigert,  del  cuerpo  celular.  Poco 
después  Del  Río-Hortega  (1917)  ilustró  esta  doctrina  con  interesantes  ejemplos 
;de  diferenciación  fibrillar,  tomados  de  la  neuroglia  de  los  vertebrados  e  inverte- 
,  brados. 

e)  La  substancia  gris  del  cerebro  humano  discrepa  de  la  de  los  demás  verte¬ 
brados  superiores,  no  sólo  por  la  cuantía  considerable  délas  células  neuróglicas 
dedipo  protoplásraico  o  glandular  que  contiene,  sino  por  la  relativa  pequeñez  de 

.  éstas,  la  imponente  complejidad  del  plexo  gliomatoso  intersticial  y  la  ninguna 
-tendencia  (en  estado  normal)  a  producir  fibras  protoplásmicas. 

Algunos  LIBROS  PUBLICADOS. — Vaya  por  delante  mi  obra  de  conjunto  sobre  la 
.Degeneración  y  regeneración  del  sistema  nervioso  (1).  Esta  voluminosa  obra  en  dos 
-volúmenes  e  ilustrada  con  317  grabados,  copia  de  mis  preparaciones,  constituyó 
la  pnncipql  empresa  acometida  duránte  los  años  1912,  1913  y  1914.  (A  ella  hemos 
^udido  mas  a^as.)  Tan  considerable  esfuerzo  dejóme  profundamente  fatigado. 
Porciue  no  se  trataba  solamente  de  compilar  sintéticamente  todas  mis  investiga- 

rfoioll  mu'  degeneración  y  regeneración  del  sistema  nervioso,  lomo  I.  1913; 


388; 


S-  RAMÓN  Y  CAJAL 


dones  sobre  el  tenia,  sino  de  hacer,  ante  todo,  una  obra  nueva.  Así  lo  expresé  em 
el  prólogo,  donde  procuré  justificar  mi  labor  con  los  siguientes  términos: 

«El  premio  Nobel  con  que  el  Instituto  Carolina  de  Estocolmo  se  dignó  recom¬ 
pensar  mis  escasos  méritos  científicos,  fué,  entre  los  médicos  de  raza  españolav 
ocasión  de  patrióticos  y  entusiastas  testimonios  de  afecto  y  consideración.  Pero,, 
entre  los  homenajes  recibidos,  ninguno  más  honroso,  por  su  forma  delicada  y  es¬ 
piritual,  que  el  tributado  al  humilde  hombre  de  ciencia  por  los  compatriotas  mé¬ 
dicos  de  la  República  Argentina.  No  creyeron  suficiente,  para  exteriorizar  su  fer¬ 
vor,  agasajarnos  con  artístico  diploma  avalorado  con  sus  firmas  autógrafas;  sino 
que,  resueltos  a  que  sus  nobles  sentimientos  cristalizaran  en  algo  útil  y  per¬ 
manente,  acordaron  imprimir  a  su  costa  un  libro  nuestro  necesitado  de  publi¬ 
cación.  ,  ,  .  . 

Tal  fué  el  origen  de  la  obra  actual.  Al  emprenderla,  pense  que  podría  ser  de¬ 
provecho  resumir  en  un  Tratado  general  los  numerosos  trabajos  que  mis  discípu¬ 
los  y  yo  (.sin  olvidar  los  Valiosísimos  aportados  por  ilustres  sabios  extranjeros) 
hemos  consagrado  durante  estos  últimos  años  al  arduo  problema  de  la  degenera¬ 
ción  y  regeneración  del  sistema  nervioso.  Pero,  en  cuanto  puse  manos  a  la  obra-,- 
eché  de  ver  que  si  la  empresa  había  de  corresponder  a  la  magnitud  y  nobleza  del 
homenaje,  no  podía  consistir  en  mera  compilación  de  datos  publicados.  Para  hon¬ 
rar  en  lo  posible  la  desinteresada  iniciativa  de  mis  compañeros  ultramarinos,  me 
impuse,  pues,  la  tarea  de  revisar,  mediante  pesquisas  de  .laboratorio,  todos  los 
tenias  anteriormente  tratados  y,  además,  la  de  investigar  ex  profeso  muchos  pun¬ 
tos  obscuros  o  dudosos.  El  libro  constituye,  por  tanto,  extensa  monografía,  en- 
•buena  parte  original.» 

Los  capítulos  más  enriquecidos  con  nuevas  aportaciones  son  los  que  tratan  d© 
las /oses  de  la  degeneración  valleriana  en  nervios  y  vías  centrales  (mielina  y 
axon);  los  fenómenos  de  multiplicación  y  transformación  de  los  corpúsculos  de 
Schwann;  las  alteraciones  degenerativas  de  los  d/scos  de  so/dodürc,  embudos  de' 
Laniermann  y  anillos  de  Segall;  la  suerte  corrida  por  las  viejas  vainas  de  Schwann 
no  neuro tizadas,  del  cabo  periférico;  la  morfología  y  estructura  del  cono  de  creci¬ 
miento  dentro  de  las  bandas  de  Büngner  del  citado  cabo;  la  medida  de  la  velocidad:' 
de  crecimiento  del  axon  en  los  diversos  terrenos;  las  gradaciones  de  la  atrofia  de 
los  cilindros-ejes  del  cabo  central,  por  debajo  de  los  retoñ.js  viables;  el  análisis 
del  paraje  y  forma  precisas  del  nac/m/enío  de  /os  renuevos;  los  experimentos  to¬ 
cantes  a  los  injertos  nerviosos  y  gangliónicos;  la  prueba  de  que  los  ganglios  sint- 
páticos  transplantados  ofrecen  también  retoños  invasores  y  nódulos  residuales;,, 
los  efectos  de  la  intercalación  de  obstáculos  en  las  heridas  nerviosas,  al  objeto  de 
-sorprenderlos  cambios  de  dirección  de  las  fibras  neoformadas;  los  fenómenos  de 
proliferación  de  la  neuroglia  en  las  heridas  cerebrales;  metamorfosis  del  retícu¬ 

lo  de  Qolgi  en  las  zonas  degenerativas  de  la  médula  y  cerebro,  y,  en  fin,  la  expo¬ 
sición  y  discusión  detenidas  dé  1^  hipótesis  imaginadas  para  explicarla  génesis^ 
y  orientación  de  las  fibras  nerviosas  en  el  embrión  y  los  brotes  aberrantes  áe  las- 
células  gangliónicas  sensitivas  normales  y  transplantadas. 

.  Al  texto  precede  entusiasta  y  sentida  dedicatoria  (probablemente  escrita  poir 
el  sabio  médico  y  ardoroso  patriota  Dr.  D.  AVelino  Gutiérréz'  ^ofésór  de  la  Uni- 
"versidádide  Buenos  Aires),  jñlrmada  pór  4t  simpátícbs  compañei^^ esparcidos  pon 
‘todo  ,el  térfítorió  de  ia  R^ública  Argentina.  E}femsadó  és  decir  que  a  éada  SuS- 
crií)t0r  fué'  oportün^thente  tepartido  "(tn  '  ejemplar,  impreso  en  paper  especiálSr 
'afeétüósáínente  dedicado."  :  ..... 

¡Qüémehorpodiarlracér  yo;  para  pagar  Tátí  líobíe’  y teSpiritum  agasajo, "qüe 
ofrecer  a  mis  compatriotas  de  allende  el  mar  una  obra  original,  seriamente  medi— 

tada'y'í^idídbsatneñteitusttádáy  ésiáltá.;' 


RECUEBDOS  DE  MI  VIDA 


El  segundo  libro  (por  tal  lo  tengo  aunque  se  publicó  en  los  Trabajos  del  La¬ 
boratorio)  enfocó  el  tema  interesante  de  la  retina  y  centros  ópticos  de  losinsec- 
dos  (1).  En  esta  obra  colaboró  mi  ayudante  D.  Domingo  Sánchez,-  contribuyendo, 
^obre  todo,  con  muerosas  y  admirablemente  ejecutadas  preparaciones. 

Según  recordará  el  lector,  mis  aficiones  a  la  retina  son  historia  antigua.  El  temq 
me  cautivó  siempre,  porque,  en  mi  sentir,  la  vida  no  alcanzó  jamás  a  forjar  mᬠ
quina  de  tan  sutil  artificio  y  tan  perfectamente  adecuada  a  un  fin  como  el  aparato 
visual.  Por  raro  caso,  además,  la  naturaleza  se  há  dignado  emplear  aquí  resortes 
físicos  accesibles  a  nuestro  saber  actual.  No  debo  ocultar  que  en  el  estudio  de 
üicha  membrana  sentí  por  primera  vez  flaquear  mi  fe  darwinista  (hipótesis  de  la 
selección  natural),  abrnmaáo  y  confundido  por  el  soberano  ingenio  constructor 
jque  campea,  no  sólo  en  la  retina  y  aparato  dióptrico  de  los  vertebrados,  sino 
hasta  en  el  ojo  más  ruin  de  los  insectos  (2).  Allí,  en  fin,  sentí  más  profundamente 
ijue  en  ningún  otro  tema  de  estudio,  la  sensación  escalofriante  del  insondable 
misterio  de  la  vida. 

Para  contribuir  siquiera  con  tenuísimo  rayo  de  luz  a  iluminar  el  tenebroso 
abismo,  y  al  objeto,  además,  de  completar  mi  antiguo  libro  sobre  la  retina  de  los 
vertebrados  con  otro  estudio  de  conjunto  relativo  a  la  retina  y  ojo  de  los  inverte¬ 
brados,  emprendí  en  19;15  esta  difícil  investigación,  que,  con  permiso  de  mis 
achaques  y  decadencias,  durará  todavía  muchos  años. 

La  complicación  de  Ja  retina  de  los  insectos  es  algo  estupendo,  desconcertan- 
wte,  sin  precedentes  en  los  demás  animales.  Cuando  se  considera  la  inextricable 
urdimbre  de  los  qjos  xompuestos  o  en  facetas;  cuando  se  interna  uno  en  el  labe- 
.rinto  de  neuronas  y  fibras  integrantes  de  los  fres  grandes  segmentos  retiñíanos 
(capa  de  las  ommatidias,  retina  intermediaria  o pendpfíco,  retina  internao  epióp- 
Jico,  etc.);  cuando  se  sorprenden,  no  un  kiasma,  como  en  los  vertebrados,  sino 
tres  kiasmas  sucesivos  de  significación  enigmática,  amén  del  inagotable  caudal 
.-de  células  amacrinas  y  de  fibras  centrifugas;  cuando  se  medita,  en  fin,  acerca  del 
.infinito  número  y  primoroso  ajuste  de  todos  estos  factores  histológico?,  tan  suti¬ 
les,  que  los  más  potentes  objetivos  consienten  apenas  su  percepción,  queda  uno 
anonadado.  ¡Y.  yo  que,  engañado  por  el  malhadado  prejuicio  de  la  seriación  pro¬ 
gresiva  de  las  estructuras  zoológicas  de  función  similar,  esperaba  encontrarme 
xon  un  plan  estructural  sencillísimo  y  fácilmente  abordable!  Sin  duda  que  zoólo- 
.gos,  anatómicos  y  psicólogos  han  calumniado  á  los  insectos.  Qomparada  con  ía 
retina  de  estos  al  parecer  humildes  representantes  de  la  vida  (hímenópteros,  lepi^ 
jdópteros  y  neurópteros),  la  retina  del  ave  o  del  mamífero  superior  se  nos  apa¬ 
rece  como  algo  grosero,  basto  y  deplorablemente  elemental.  La  comparación  del 
.rudo  reloj  de  pared,  con  exquisita  y  diminuta  saboneta  no  da  exacta  idea  del  con¬ 
traste.  Porque  él  ojo-saboneta  del  insecto  superior  no  consta  solamente  de  más 

,  .:(!)  S.  R.  Cajal  y  D.  SáSchez:  Coatribución  al  conocimiento  de,  los  centros  nerviosos  de  los  insec¬ 
tos.  Primera  parte:  Retina  y  centros  ópticos.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  XIII, ,1915.  (Con  S5 
.grabados  y  2  láminas  qromplitográfieas,)  Véase  también  cierta  nota  publicada  años  antes:  Nota  sobre  la 
retina  de  la  mosca.  Trab.  del  Lab.  de  Investig.  biol.,  tomo  Vil,  1909. 

*°®““°‘^*'*°®.l’*í“<:ipios  de  la  variación  lenta  y  selección  ^de  la  modificación  útil,  no  es 
posible  explicar  saUsfactoriamente  muchísimas  disposiciones,  a  saber:  el  paso  en  los  mamíferos  de  la 
^J^onpa^amica&X^  visión  de  campo  común,  con  súbita  creación  del  corrfdw  óptico  homolateral,  a. 

1  abandono  en  los  mamíferos  inferiores  de  las  excelencias  de  la  fósela  central 

cin  ^  las  singulares  coincidencias!  estructurales  del  ojo  y  retina  en  animales 

!  filog^nico  ípor  ejemplo:  cefalópodos.y  mamíferos);  y  en  general,  todas  las.bruscas  y  sor- 
vine  aciones  de  los  centros  nerviosos  sobrevenidas  a,  cada  nueva  adaptación,  al  medio  de 

Uos  Organos  sensoriales  y.motores- 


390 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


tenues  rodajes,  sino  que  entraña  además  varios  órganos  complícadísíraós,  sin  re-- 
presentación  en  los  vertebrados.  Las  figuras  adjuntas  son  esquemáticas;  sólo- 
muestran  tal  cual  elemento  de  cada  capa,  es  decir,  de  los  tres  segmentos  o  retinas 
superpuestas,  que  nosotros  hemos  designado:  retina  externa,  retina  intermediaria 
Y  retina  interna.  El  órgáno  ovoide  más  profundo  debe  estimarse  homólogo  del 
lóbulo  óptico  de  lós  vertebrados  (fig.  173).  Este  ovoide  aparece  segmentado  en  la 
retina  de  la  mosca. 

Con  arreglo  a  los  mismos  principios  está  organizado  el  cerebro— el  cual,  dicho 
sea  de  pasada,  si  nuestra  salud  lo  permite,  pensamos  escrutar  prolijamente—, 
asombro  a  la  par  de  ingeniosa  sutileza  y  maravillosa  adaptación.  Nunca  mejor' 
aplicado  el  conocido  adagio  latino:  in  teñáis  labor.  Penetrando  con  el  microscopio 
en  esas  liliputienses  y,  sin  embargo,  frondosísimas  selvas  neuronales  del  gánglio 
cerebroide  de  la  abeja,  se  siente  la  tentación  de  creer  que  lo  desdeñosamente  lla¬ 
mado  por  los  psicólogos  ciego  instinto  (la  intuición  de  Bergson),  es  soberana  ma¬ 
nifestación  del  genio,  como  afirmaba  Fabre.  Genio  del  conocer  profundo  e  instan¬ 
táneo,  surgido  por  primera  vez  en  estos  pequeños  y  antiguos  seres,  para  apagarse; 
después,  durante  miríadas  de  siglos,  en  las  groseras  construcciones  cerebrales  del 
verme,  del  pez,  del  batracio  y  del  reptil. 

Renuncio  al  empeño  de  dar  aquí  idea  del  contenido  objetivo  del  aludido  libro. 
Es  preciso  leerlo.  Declaro  confidencialmente  para  aquellos  naturalistas  o  histólo¬ 
gos  que  no  desdeñen  el  estudio  anatómico  de  los  más  humildes  seres,  que  los 
hechos  originales  se  cuentan  por  docenas  y  que  muchos  problemas  de  morfologíá- 
y  conexión  neuronales  son  satisfactoria  y— quiero  creerío-definitivamente  escla¬ 
recidos.  Y  esto  no  es  sino  empezar.  En  mi  programa  y  en  el  de  mi  ayudante  Sán¬ 
chez,  late  el  empeño  de  no  cejar  hasta  sorprender  la  característica  anatómica  deF 
instinto.  ¿Triunfaremos?...  En  la  imposibilidad  de  reproducirlos  cientos  de  graba¬ 
dos  que  ilustran  las  monografías  de  Sánchez  y  mías,  doy  aquí  dos  simples- 
esquemas  para  que  el  lector  juzgue  de  la  sutileza  y  complicación  de  los  animales- 
cuya  psicología,  con  un  poco  de  desdén  aristocrático,  calificamos  de  instintiva.  El 
mismo  Fabre,  poco  sospechoso  en  la  materia,  atribuía  a  los  insectos,  aparte  el 
instinto,  que  es  como  Un  entendimiento  innata,  cierta  dosis  de  discernimiento,  a; 
fin  de  triunfar  de  los  accidentes  imprevistos. 

Vivo  contraste  con  los  anteriores  libros  forma  otro  publicado  en  1912  sobre 
La  fotografía  de  los  colores  (1).  Harto  conoce  el  lector  mis  viejas  aficiones  al  arte 
de  Daguerré.  Y  ahora  confesaré,  en  el  seno  de  la  intimidad,  que,  a  título  de  recreos 
o  descansos  de  más  severa  labor,  me  entregué  de  vez  en  cuando  a  algunas  modes¬ 
tas  investigaciones  sobre  la  teoría  y  práctica  del  arte  fotográfico  (2). 

Dos  motivos,  docente  y  patriótico  el  uno,  y  sentimental  el  otro,  me  inspiraron- 
la  redacción  del  citado  libro  fotográfico. 

(1)  Cajal:  La  fotografía  de  los  colores.  Fundamentos  cientfacos  y  reglas  prácticas.  (Con  55  grabados.)’ 
Madrid,  1912. 

(2)  Citemosi  entre  otras,  Cajal:  Recreaciones  estereoscópica  y  binoculares.  La  Fotoqrafia.  Ma¬ 
drid,  19D1.  ^  ' 

Cajal;  La  fotografía  cromática  de  puntos  coloreados.  La  Fotografía,  1914. 

Cajal;  Una  modificación  al  proceder  fotocrómico  de  LuraiSre  a  la  fécula.  La  Fotografía,  1916. 

y  el  ProWema  de  las  copias- múltiples.  La  Fotografía,  Ma-' 

Cajal;  Anatomía  de  la  placa  fotográfica.  Madrid,  1903. 

Cajal;  Estructura  de  las  imágenes  fotocrómicas  de  Lippmann.  Éevisía  de  la  Real  Academia  de  Cien¬ 
cias,  etcétera.  (Con  17  grabados.)  Abril  1906. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


ÍK)! 

El  primer  motivo  fué  contribuir,  con  mi  modesta  iniciativa,  a  divulgar  entre  los 
aficionados  a  la  heliocromía  los  principios  físicos  fundamentales  de  esta  maravi¬ 
llosa  aplicación  de  la  ciencia.  Así  lo  expresaba  en  el  prólogo  que  encabeza  la  obra. 
«Privarse  de  la  teoría -decíamos— es  desdeñar  la  mitad  del  placer  fotocrómico, 
que  consiste  en  comprobar  experimentalmente  la  exactitud  de  los  principios  cien¬ 
tíficos.  El  devoto  de  la  fotografía  del  color  no  debe  ser  rutinario  practicón,  atenido 
meramente  a  recetas  y  formularios,  al  modo  del  carpintero,  que,  aguijado  por  lá 
necesidad,  abandona  la  garlopa  por  el  objetivo.  Sólo  acierta  quien  sabe.  La  inter¬ 
pretación  dejos  resultados  obtenidos  y  el  remedio  de  los  accidentes  y  fracasos, 
encuéntrase  exclusivamente  en  la  clara  comprensión  del  mecanismo  físico-quími¬ 
co  de  cada  operación  fotográfica.»  A  la  verdad,  mi  sentimiento  patriótico  irritábase 
sobremanera  al  oir  cómo  desbarraban  muchos  aficionados  de  cierta  cultura  (abo¬ 
gados,  médicos  e  ingenieros,  etc.),  en  cuanto  discurrían  sobre  las  probables  causas 
de  un  tono  falso  en  las  autocromas,  o  sobre  los  hechos  físicos  en  que  se  fundan 
los  diversos  métodos  tricrómicos.  Bajo  este  aspecto  de  la  difusión  en  nuestro 
país  de  los  principios  rectores  de  los  procederes  fotocrómicos  más  usuales,  creo 
sinceramente  que  mi  libro,  redactado  en  lenguaje  llano  y  sencillo,  e  ilustrado  con 
numerosos  esquemas  originales,  satisfizo  una  verdadera  necesidad  (1). 

El  segundo  motivo  pertenece  al  dominio  del  corazón.  Mentarlo  renueva  en  mí 
torturantes  recuerdos.  El  mayor  de  mis  hijos,  precisamente  el  que  más  se  parecía 
a  mí,  así  en  lo  intelectual  como  en  lo  físico,  contrajo  desde  muy  joven  gravísima 
enfermedad  cardíaca.  Desahuciado  de  los  médicos  e  imposibilitado  para  seguir 
carrera,  pásele  al  frente  de  una  librería,  al  objeto  de  entretenerle  y  de  disipar  en 
lo  posible  su  negra  melancolía.  Y  para  estimular  iniciativas  editoriales,  base  quizás 
de  futuros  negocios,  escribí  los  primeros  capítulos  del  libro.  Por  desgracia,  el 
inexorable  pronóstico  médico  se  cumplió,  y  el  autor  tuvo  a  fortiori  que  convertirse 
en  editor.  Mas  no  hablemos  de  cosas  tristes.  ¡A  qué  rememorar  dolores  cuyo  leni¬ 
tivo  sólo  está  en  el  olvido!,... 

Para  ser  completo,  debiera  todavía  mencionar  aquí  cierto  librito,  de  sabor  lite¬ 
rario,  aparecido  en  190-5  con  el  título  de  Cuentos  de  vacaciones,  y  firmado  con  el 
pseudónimo  Dr.  Bacteria.  Trátase  de  cinco  narraciones,  a  modo  de  causeries 
pseudo-filosóficas,  donde  con  poca  novedad  y  desmañado  estilo  se  plantean  y  re¬ 
suelven  algunos  problemas  de  ética  social.  Conocedor  de  los  defectos  de  la  citada 
obiita,  no  osé  ponerla  a  la  venta.  Me  limité  a  regalar  algunos  ejemplares  a  los 
amigos  de  cuya  bondadosa  indulgencia  estaba  bien  seguro.  Si  dispongo  alguna 
vez  del  vagar  indispensable,  quizás  reimprima  y  ofrezca  al  público  el  citado  libro, 
previamente  expurgado  de  empalagosos  lirismos  y  de  no  pocas  máculas  de  pen¬ 
samiento  y  de  estilo. 


Una  traduccióa  alemana,  con  nuevos  experimentos  y  ri  prácticas,  vió  la  luz  en  el  Zsilschrift  If. 
wissenchaflicTie  Photographie.  Bd.  V,  H.  7,  1907. 

Cajal;  -Reglas  prácticas  sobre  la  fotografía  interferencia!  de  Lippmann.  Ciencia,  popular.  Barcelona 
noviembre  1916. 

Cajal;  Obtención  de  estereofotografías  (proceder  de  Berthier-Ives)  con  un  solo  objetivo.  Revista  dp 
Física  y  química.  \%\0.  ® 

Cajal:  Proceder  heliocrómico  por  decoloración.  A  lales  de  la  Sociedad  Española  de  Física  y 
Química,  tomo  IX. 

(1)  Uno  de  los  capítulos  mejor  trabajados  del  libro  es  el  relativo  a  los  principios  y  reglas  prácticas 
e  proce  er  e  Lipmann,  donde  se  analiza  mediante  el  microscopio  la  estructura  de  las  láminas  de 
Zenker  generadoras  de  los  colores  mezclados  y  singularmente  del  blanco. 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


Durante  los  últimos  diez  años  fui  favorecido  con  numerosas  distinciones.  Ca¬ 
llarlas  en  una  autobiografía,  pudiera  achacarse  a  orgullo  o  ingratitud;  complacerse 
morosamente  en  su  puntual  enumeración,  parecería  pueril  vanidad.  Adopto  un 
término  medio  recordando  las  más  importantes.  En  1906  fui  designado  Miembro 
corresponsal  de  la  famosa  Academia  de  Roma  {Regia  Lynceotum  Academia);  en 
1909,  Fellow  de  la  Real  Sociedad  de  Londres;  en  1910,  Socio  corresponsal  de  \a.  Real 
Academia  de  Ciencias  de  T urin;  en  1912,  Socio  corresponsal  de  la  Sociedad  Italiana 
de  Neurología;  en  1911,  Doctor  honorario  de  Medicina  por  la  Universidad  de  Cris' 
tiania;&al9l2,  Miembro  extranjero  dtldL  Real  Academia  de  7 urin;  en  el  mismo 
año,  Miembro  honorario  de  la  Sociedad  Real  de  Ciencias  médicas  y  naturales  de 
Bruselas,  y  Profesor  honorario  de  la  Universidad  de  Dublin;  en  1913,  Asociado  ex¬ 
tranjero  de  la  Academia  de  Medicina  de  París;  en  1916,  Miembro  corresponsal  del 
instituto  de  Francia,  etc.,  etc.  Añadamos  que  en  1914  el  Gobierno  francés  me 
honró  otorgándome  la  condecoración  de  la  Legión  de  honor  ( Commandeur),  y  que 
en  1915  el  Emperador  alemán  me  favoreció  con  la  cruz  de  la  Orden  «pour  le 
merite».  En  fin,  la  Academia  Española  de  la  Lengua,  necesitada  de  un  técnico  de 
las  voces  y  expresiones  médicas  y  biológicas,  tuvo  la  bondad  de  llamarme  a  su 
seno,  y  años  después  (1910),  el  ilustre  y  malogrado  Canalejas,  a  la  sazón  jefe  del 
partido  liberal,  me  nombró  Senador  vitalicio.  A  todos  la  expresión  de  mi  profundo 
agradecimiento. 


CAPITULO  XXVI 


EFECTOS  DEPRIMENTES  DE  LA  GUERRA  MUNDIAL.— DESAPARICIÓN  DURANTE  LA  GUE¬ 
RRA  Y  LA  POSTGUERRA  DE  CASI  TODOS  LOS  POCOS  SABIOS  EXTRANJEROS  QUE 
LEÍAN  EL  ESPAÑOL.— TRABAJOS  DE  LOS  ÚLTIMOS  AÑOS  ACERCA  DE  LA  RETINA  DE 
LOS  CEFALÓPODOS  Y  LOS  OCELOS  DE  LOS  INSECTOS.— CONTRIBUCIÓN  AL  CONO¬ 
CIMIENTO  DE  LOS  ERRORES  EVOLUTIVOS  INICIALES  EN  LA  RE  UNA  DE  LOS  MAMͬ 
FEROS.— OBSERVACIÓN  DE  LAS  EPITELIOFIBRILLAS  DEL  EPÉNDIMO,  ETC. 


La  perturbación  producida  en  los  espíritus  por  la  horrenda  guerra  europea 
de  1914,  fué  para  mi  actividad  científica  un  golpe  rudísimo  (1).  Alteré 
mi  salud,  ya  bastante  quebrantada,  y  enfrió,  por  primera  vez,  mis  entusias¬ 
mos  por  la  investigación.  Durante  seis  años  quedé  incomunicado  con  los  labora¬ 
torios  extranjeros  y  reducido  a  un  monólogo  donde  la  desgana,y  el  desaliento  fue- 
¡ron  la  tónica  fundamental.  Claro  es  que  en  mi  laboratorio  continuamos  laborando. 
Mis  discípulos,  sobre  todo,  realizaron  descubrimientos  importantes.  Pero  en  mi 
voluntad,  sacudida  por  la  catástrofe,  surgió  por  vez  primera  ese  terrible  ¿paia 
qué?,  enervador  de  las  voluntades  mejor  templadas.  ¿Habrá-me  decía— en  estos 
años  monstruosamente  trágicos,  alguien  que  nos  lea?  Ante  la  formidable  lucha 
europea  por  la  hegemonía  mundial,  ¿qué  puede  significar  la  porfiada  labor  de  un 
grupo  de  modestos  biólogos  españoles? 

En  estas  cruentas  crisis  de  la  civilización  sólo  son  apreciadas  aquellas  cien- 
mas  puestas,  con  vengonzósa  sumisión,  al  servicio  de  los  grandes  aniquiladores 

e  pueblos.  Ayer  eran  los  aeroplanos,  los  descomunales  cañones,  los  gases  asfi¬ 
xiantes  y  lacrimógenos;  mañana  serán  los  microbios  patógenos,  las  epidemias 
inoculadas  desde  las  nubes,  el  envenenamiento  de  los  alimentos  y  de  las  aguas. 
Aun  desde  el  punto  de  vista  económico,  dificultóse  enormemente  el  cultivo  de 

daSlcamnTh;  ^  importados  del  extranjero 

lief  nan.i  ^ precios.  El  de  la  impresión,  asi  como  el  importe 
nacSe  Tn  inabordables  para  la  pequeña  conslg- 

S^SalvatSla  rlf  '’23,  un  ministro,  el  si 

ción  tan  ana„cf  penuria  de  nuestros  medios,  ha  puesto  fin  a  sitúa- 

Zta  He  '  “r  bancarrota,  si  de  ves  en  cuando  la 

Junta  de  Pensiones  e  Investigaciones  cientfflcas  no  hubiera  acudido  a  remediar 


394 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


las  más  apremiantes  necesidades  materiales.  Reciba  el  culto  ministro  el  tributo  de 
mi  cordial  reconocimiento. 

Para  colmo  de  desgracia,  iniciada  la  postguerra  y  reanudadas  las  comunicacio¬ 
nes  internacionales,  supimos  con  amargura  que  casi  todos  los  sabios  conocedores 
del  español  y  divulgadores  de  nuestros  trabajos  habían  sucumbido.  He  referido 
ya  cómo  Van  Gehuchten  falleció  en  Inglaterra  durante  la  horrenda  lucha  interna¬ 
cional.  Casi  al  mismo  tiempo,  desaparecieron  el  venerable  Waldeyer,  Ehrlich, 
Nissl,  W.  Krause,  Obersteiner,  Dejerine,  Brodmann,  Alzheimer,  Edinger  y  Retzius.^ 
Siguieron  después  Dogiel  (acaso  muerto  de  miseria  en  la  ignominiosa  Rusia  de  los 
Soviets),  Obersteiner,  Holmgren  (el  sucesor  de  Retzius),  Humberto  Rossi,  etc. 
¿A  qué  seguir?...  El  cortejo  de  muertos  ilustres  sería  interminable. 

Rindo  a  todos  ellos  un  sentido  homenaje  de  admiración  y  de  justicia;  pero  de¬ 
seo  rememorar  especialmente  dos  figuras  ciéfitíficas  cuyo  recuerdo  humedece  to¬ 
davía  mis  párpados  enrojecidos  por  la  emoción:  el  laboriosísimo,  el  ecuánime,  el 
imparcial  L.  Edinger,  famoso  neurólogo  de  Frankfort,  que  con  tanta  diligencia  y 
buena  voluntad  propagó  en  Aleinánia,  en  libros  y  resúmenes,  los  trabajos  de  mis 
discípulos  y  míos;  y  el  eximio  e  infatigable  investigador  G.  Retzius,  alma  antigua 
en  cerebro  moderno,  extralúcidamente  abierto  de  par  en  par  a  todas  las  verda¬ 
des  descubiertas  por  sus  émulos  y  colegas,  sin  excepción  de  nacionalidad,  de  raza 
ni  de  lengua.  Descendía  de  Gustavo  Wasa  y,  aparte  dones  intelectuales  peregri¬ 
nos— de  que  ya  hice  mérito  en  otro  lugar^,  había  heredado  la  nobleza  y  férrea 
voluntad  de  su  prosapia. 

Quedan,  por  fortuna,  en  Europa  y  América  algunas,  aunque  escasas,  grandes- 
capacidades  entregadas  al  cultivo  de  la  Histología  y,  singularmente,  de  la  Neuro¬ 
logía;  no  las  nombro,  receloso  de  ser  injusto  al  omitir  nombres  gloriosos.  Mas  para 
España,  la  pérdida  de  algunos  de  los  sabios  precitados  constituyó  verdadero 
duelo  nacional;  porque  eran  precisamente  los  que  se  tomaban  la  molestia  de  es¬ 
tudiar  el  español  y  se  interesáron  benévola  y  a  veces  ardorosamente  por  los  des¬ 
cubrimientos  surgidos  en  nuestro  laboratorio.  Los  biólogos  actuales  desconocen,, 
en  su  inmensa  mayoría,  el  idioma  de  Cervantes.  No  es,  pues,  de  extrañar  que,  al 
consultar  las  obras  más  recientes  de  Neurología,  reconozcamos,  con  pena,  que  las- 
dos  terceras  partes  de  las  aportaciones  modernas  de  los  españoles  sean  absoluta¬ 
mente  desconocidas  (1).  Por  donde  una  de  las  más  urgentes  tareas  de  nuestros- 
jóvenes  investigadores  deberá  consistir  en  traducir  al  inglés,  francés  o  alemán  lo 
más  esencial  de  los  hechos  descubiertos  en  nuestro  país,  muchos  de  los  cuales 
han  sido  redescubíertos,  por  autores  exóticos  desconocedores  de  nuestro  idioma,, 
diez,  quince  y  hasta  veinte  años  después  de  aparecidos  en  España. 

A  esta  apremiante  tarea  responden  las  traducciones  recientemente  insertas  por 
mí  en  Revistas  alemanas  y  el  propósito,  que  cumpliremos  en  este  mismo  año,  de 
publicar  en  francés  o  inglés,  a  imitación  de  muchos  sabios  escandinavos,  holan¬ 
deses,  japoneses,  húngaros  y  polacos,  etc.,  los,  Trabajos  de  nuestro  laboratorio.  Eff 

(1)  No  estampo  estas  amargas  consideraciones  en  son  de  crítica.  Apresúreme  a  declarar  que  los  ex¬ 
tranjeros  tienen  razón.  Sólo  hay  tres  pueblos  que  gozan  del  envidiable  privilegio  de  usar,  en  sus  comuni¬ 
caciones  científicas,  el  náUvo  idioma:  el  inglés,  el  francés  y  el  alemán.  Los  hombres  cultos  de  las  demás 
naciones  no  tienen  más  recurso,  si  desean  de  veras  divulgar  sus  ideas,  que  traducir  estas  tres  lenguas  y 
escribir  en  una  de  ellas.  ¿Coa  qué  derecho,  España,  país  de  menguada  producción  intelectual,  pretende¬ 
ría  imponer  al  japonés,  al  sueco,  al  polaco,  al  ruso,  al  eslovaco,  al  húngaro,  al  holandés,  al  rumano,  etc. 
(que  ya  gastan  lo  mejor  de  su  juventud  en  dominar  los  tres  o  cuatro  idiomas  sabios,  y  escriben  en  ellos),, 
el  estudio  del  castellano? 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


33S 


muy  significativo  el  hecho  de  que  lo  más  conocido  de  mi  labor  personal  corres¬ 
ponda  precisamente  a  los  años  en  que  publicaba  mis  investigaciones  en  Revistas 
francesas  o  alemanas.  Un  patriotismo  más  ardoroso  que  avisado,  y  la  creencia 
ilusoria  de  que  el  conocimiento  del  francés  y  del  italiano— general  en  los  sabios- 
daría  facilidades  para  leer  el  español  científico,  fueron  la  causa  de  este  fundamen¬ 
tal  error  de  táctica.  A  ello  se  añadió  otra  torpeza:  la  de  resumir  mis  antiguas  in¬ 
vestigaciones  en  un  tratado  francés  enorme  (Histologie  da  systéme  nerveax  de 
rhotnme  et  des  vertebrés)  que,  por  su  alto  f  recio— 60  a  70  francos— ,  sólo  podía  ser 
adquirido  por  escasas  blbliotécas  extranjeras  y  poquísimos  particulares. 

Como  un  ejemplo  típico  de  la  ignorancia  general  de  la  copiosa  bibliografía  es¬ 
pañola,  me  limitaré  a  copiar  este  párrafo  de  la  obra  de  Poirier  traducida  al  espa¬ 
ñol  y  de  texto  en  nuestras  Facultades  de  Medicina,  en  donde— triste  es  confesar¬ 
lo— se  conoce  también  muy  poco  la  obra  de  los  histólogos  españoles.  «Fundándose 
en  los  resultados  obtenidos  por  los  métodos  de  Golgi  y  Ehrlich  que  coloran  en 
masa  los  elementos  nerviosos  hasta  en  sus  más  finas  ramificaciones,  Waldeyer,. 
en  1891,  fué  conducido  a  considerar  el  sistema  nervioso  como  formado  en  su  totali¬ 
dad  de  unidades  celulares  independientes  qne  designó  nenronas». Notemos:  1.°,  que 
no  se  noraibra  a  Hís  y  Forel,  primeros  autores  que,  a  título  de  posibilidad  plausible, 
admitieron  la  independencia  de  las  ramificaciones  nerviosas,  aunque  sin  conocer 
su  modo  de  terminar;  2.°,  que  tampoco  se  me  nombra  a  pesar  de  ser  el  primero  que,, 
con  independencia  de  las  lucubraciones  teóricas  de  los  citados  sabios,  aduje  las 
pruebas  objetivas  indiscutibles  del  modo  de  terminación  de  las  fibras  nerviosas  en 
los  centros,  es  decir:  la  formación  á&  nidos  pericelulares,  de  excrecencias  de  engra¬ 
naje,  de  contactos  por  ramas  trepadoras,  etc.;  y  esto  no  sólo  en  una  comunicación,, 
sino  en  más  de  doscientas  monografías  que  abarcan  casi  todos  los  vertebrados  y 
algunos  invertebrados;  3.°,  que  son  olvidados,  asimismo,  Kolliker,  Van  Gehuchten 
Lugaro,  Retzius,  Lenhossék,  Havet,  P.  Ramón,  Athias,  Edinger  y  otros  innúmeros 
sabios  que  confirmaron  y  ampliaron  mis  descubrimientos;  4.°,  que  Waldeyer,  a 
quien  la  histología  debe  en  otros  dominios  cardinales  revelaciones,  no  investiga . 
personalmente  el  problema  de  las  conexiones  interneuro nales,  limitándose  a  hacer 
en  un  semanario  alemán  un  resumen  popular  de  mis  trabajos,  y  a  inventar  la  pa¬ 
labra  neurona,  etc.,  etc.  (!!!). 

Pero  abándonando  digresiones  enojosas,  paso  a  exponer  sumariamente  mi  la¬ 
bor  de  los  últimos  años.  Y  para  ser  más  breve,  me  contraeré  a  copiar,  salvo  alguna 
ampliación  necesaria,  los  resúmenes  contenidos  en  el  discurso  del  eximio  natura¬ 
lista  D.  Ignacio  Bolívar,  con  ocasión  de  la  adjudicación  de  la  medalla  Eche- 
garay(l). 

Uno  de  los  primeros  trabajos  del  año  1915  se  refiere  al  plan  fundamental  de  la 
retina  de  los  insectos  (2).  Es  un  resumen,  con  algunas  inducciones  teóricas,  de  la 
extensa  memoria  mencionada  más  atrás. 

(1)  La  Real  Academia  de  Ciencias  acordó,  con  una  generos’dad  que  nunca  le  agradeceré  bastante, 
discernirme  la  medalla  Echegaray,  instituida  para  honrar  tan  eminente  sabio  y  escritor.  Las  oraciones 
cambiadas  con  este  motivo  pueden  leerse  en  los  «Discursos  leídos  en  la  solemne  sesión  celebrada- bajo  la 
presidencia  de  S.  M.  Dpn  Alfonso  XUI,  para  hacer  entrega  de  la  medalla  Echegaray  al  Señor  don- 
S.  Ramón  Cajal  el  día  7  de  mayo  de  1922».  Al  aficionado  a  los  estudios  histológicos  acaso  pueda  intere¬ 
sarle  la  bibliografía  muy  completa,  decorada  con  breves  resúmenes,  por  que  terminan  los  mencionados 
discursos. 

(2)  Rían  fundamental  de  la  retina  de  los,  insectos.  (Bol.  de  la  Soc.  Esp.  de  Biología,  sesión  del  19- 
de  noviembre  de  1915.) 


.-396 


S.  RAMÓN  Y  CATAL 


En  él  se  enumeran  los  estratos  o  zonas  que  componen  cada  una  de  las  tres  ca¬ 
pas  fundamentales  en  que  se  considera  dividida  la  formación  retiniana,  denomi¬ 
nadas,  respectivamente,  retinas  externa,  intermediaria  y  profunda,  según  su  situa¬ 
ción,  señalando  a  grandes  rasgos  sus  problables  homologías  con  las  zonas  respec¬ 
tivas  de  los  ojos  de  los  vertebrados.  Se  hacen  también  algunas  consideraciones 
de  orden  comparativo  sobre  analogías  y  diferencias  entre  las  formas  neuronales 
de  los  insectos,  gusanos,  moluscos  y  crustáceos. 

Aceptada  la  teoría  de  la  polarización  axípeta,  por  nosotros  expuesta  en  1897, 
fácil  es  explicarnos  la  marcha  de  las  corrientes  nerviosas  en  la  retina  de  los  insec'- 
tos;  pero  quedaba  pendiente  el  problema  de  la  significación  del  mango  o  pedículo 
finísimo  que  une  el  cuerpo  celular  al  sistema  conductor  (axon  y  dendritas)  (1). 

Apoyándonos  en  multitud  de  consideraciones  sugeridas  por  el  examen  de  la 
morfología  celular  en  la  serie  animal,  llegamos  a  la  conclusión  de  que: 

En  los  insectos,  las  dos  funciones  (trófica  y  de  conducción)  del  cuerpo  neuro- 
nal  se  han  separado;  la  primera  queda  localizada  en  el  cuerpo,  que  aloja  en  su 
interior  el  núcleo;  mientras  que  las  dendritas  y  axon  conservan  la  segunda.  A 
causa  de  esta  diversidad  de  funciones,  ambas  partes  celulares  ocupan  lugares  di¬ 
versos:  él  cuerpo  está  próximo  a  las  cavidades  nutricias;  el  sistema  dendritas-axon 
yace  intercalado  entre  las  fibras  conductoras,  y  con  objeto  de  transmitir  el  influjo 
trófico,  se  ha  creado  el  mango,  refractario  a  la  conducción  del  impulso  nervioso. 
Loque  justifica  esta  interpretación  es  el  hecho  interesante  de  que  mientras  la 
región  de  las  dendritas  y  arborización  nerviosa  terminal  exhiben  un  desarrollo  hi¬ 
pertrófico,  la  porción  intercalada  entre  las  dendritas  y  el  soma  (mango)  muestra 
una  atrofia  extremada  según  puede  verse  en  la  adjunta  figura,  donde  presentamos 
de  pasada  diversos  tipos  de  neuronas  de  los  insectos.  Excusado  es  decir  que  la 
ley  del  contacto  cúmplese  en  estos  invertebrados  lo  mismo  que  en  los  mamíferos. 

Con  análogas  inducciones  como  base,  se  emite  la  hipótesis  de  que  la  monopo- 
laridad  de  las  neuronas  de  los  ganglios  raquídeos  (aparte  del  ahorro  de  tiempo 
que  representa,  para  la  conducción  del  impulso  nervioso,  el  sortear  el  cuerpo  ce¬ 
lular)  se  debe,  principalmente,  a  la  emigración,  durante  la  fase  embrionaria,  antes 
de  la  aparición  de  los  vasos  intraganglionares,  de  los  cuerpos  celulares  hacia  la 
periferia  del  ganglio  en  busca  de  oxígeno  y  materias  nutrivas;  tal  dislocación  del 
cuerpo  no  seguida  por  las  dendritas,  acarrearía  el  paso  de  la  forma  bipolar  o  pri¬ 
mitiva  a  la  monopolar  o  secundaria  (íig.  180). 

El  proceder  del  oro-sublimado  para  la  coloración  de  la  neuroglia  (con  3  mi- 
crofotografías).  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  biol,  t.  XIV,  fascículos  3  y  4.  Di¬ 
ciembre  de  1916. 

Se  añaden  nuevas  reglas  para  la  ejecución  del  método  citado,  precisando  las 
óptimas  condiciones  del  baño  colorante,  temperatura,  etc.  En  este  artículo  se 
incluyen  tres  microfotografías  de  preparaciones  teñidas  con  este  proceder,  hacien-^ 
do  notar  que  para  conseguir  pruebas  estimables  se  precisa  el  uso  de  placas  pan- 
cromáticas  y  la  interposición  de  un  filtro  monocromático  verde.  En  ulterior  tra¬ 
bajo  se  preconiza  el  uso  del  sublimado  absolutamente  puro  y  cristalizado  y  la  so¬ 
lución  del  oro  en  caliente  en  el  precedente  reactivo. 

(If  Significación  probable  de  ía  morfología  de  ias  neuronas  de  los  invertebrados.  (Con  10  grabados.) 
/Bol.  de  la  Soc.  Esp.  de  Biología,  sesión  del  17  de  diciembre  de  1915.) 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


397 


Contribución  at  conocimiento  de  la  retina  y  centros  ópticos  de  los  cefaló-- 
podos.  Con  numerosos  grabados  y  microfotografías.  Jrab.  del  Lab.  de 
Jnvest.  biol.  de  la  Universidad  de  Madrid,  t.  XV,  1917. 

Existe  en  los  invertebrados  un  ojo  que  posee  singular  parecido  con  el  de  los 
mamíferos.  Consta  de  córnea,  cámara  ocular,  cristalino  y  una  retina  que  exhibe^, 
examinada  con  los  métodos  comunes,  soprendente  semejanza  con  la  de  los  ver¬ 
tebrados.  Aguijado  por  irresistible  curiosidad,  jme .  propuse  inquirir  hasta  qué 
punto  llegaba  esta  similitud  estructural  entre  animales  tan  alejados  en  la  serie 
zoológica,  y  que,  sin  embargo,  parecen  haber  resuelto  el  problema  de  la  visión, 
conforme  a  los  mismos  principios  de  óptica  fisiológica. 

En  la  monografía  aludida,  sumamente  extensa  y  prolija  en  detalles  descripti¬ 
vos,  que  no  podemos  exponer  aquí,  se  comunican  las  investigaciones  realizadas 
sobre  ejemplares  jóvenes  y  adultos  de  la  sep/a  (Sepia  offlcinalis),  \a  sepiola  y  el 
calamar  (Loligo  valgaris),  durante  dos  campañas  llevadas  a  cabo  en  los  Laborato¬ 
rios  de  Biología  marítima  de  las  estaciones  de  Palma  (Baleares)  y  Santander. 

Mediante  el  empleo  del  método  del  cromato  de  plata,  se  logró  comprobar  gram 
parte  de  los  hechos  consignados  en  los  trabajos  clásicos  de  los  autores,  especial¬ 
mente  los  de  Kopsch  y  Lenhossék,  si  bien,  acaso  por  la  diferencia  de  especies 
sobre  que  han  versado  unos  y  otros  trabajos,  se  hacen  notar  ciertas  variaciones 
estructurales  y  se  completan  las  relaciones  de  algunos  elementos  retiñíanos.  Se 
efectúa  un  estudio  minucioso  de  los  pies  terminales  de  los  bastones,  y  por  primera*, 
vez  se  trata  de  los  diversos  tipos  de  la  glía  retiniana,  tanto  de  la  situada  en  la 
capa  de  los  granos  externos  como  de  la  residente  en  el  lóbulo  óptico  o  retina  pro¬ 
funda.  Se  descúbrela  existencia  de  unkiasma  intracerebral  con  manojos  directos 
y  cruzados,  y  se  interpreta  racionalmente  el  cruce  de  las  prolongaciones  profun¬ 
das  de  los  bastones  señalado  por  Kopsch.  (Este  cruce  tendría  por  objeto  hacer 
continuas  y  congruentes  en  un  panorama  las  imágenes  dé  ambos  ojos.) 

El  método  del  nitrato  de  plata  reducido  suministró  buen  número  de  hechos^ 
interesantes  que  completan  detalles  de  estructura  de  innegable  interés.  Mas  a* 
pesar  de  los  esfuerzos  realizados,  el  estudio  de  esta  cuestión  reclama  nuevas  y 
minuciosas  investigaciones. 

Sin  embargo,  con  los  hechos  consignados,  se  hace  al  final  del  trabajo  un  in¬ 
tento,  bastante  razonado  al  parecer,  de  interpretación  fisiológica  general  de  la 
-estructura  de  la  retina  de  los  cefalópodos,  de  la  que  se  dedUce  que  la  retina  de* 
esos  animales  acaso  tiene  mayores  analogías  con  la  de  los  insectos  que  con  la  de 
los  vertebrados.  ^ 

Las  figuras  adjuntas  darán  alguna  idea  de  la  disposición  de  los  bastones  y  de* 
otros  detalles  estructurales  de  la  retina  y  centros  ópticos. 

La  microfotografía  estereoscópica  y  biplanar  del  tejido  nervioso  (con  5  grá- 
*  bados  y  22  fototipias).  Trab.  del  Lab.  de  Invesí.  bioL,  t.  XVI,  1918. 

®xp®tten:y  critican  los  diversos. métodos  dq  obtención  de  miQrofptografia^ 
estereoscópicas  y;  de;  pruebas  coloreadas  supeipuestas  correspondientes  q  varios 
planos  focales.  Y  se  demuestra,  mediante  pruebas  de  diversos  tejidos,  las.  venta¬ 
jas  *9?e,  ^  casosdeterminados,  .ofrece  la  percepción  precisa,  del  plano  ¡donde,  se 
termina  cada  fibra  nervi.i^a,  para,  la  determinación^de  .las-conexiones  intetneu- 


5-98 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


roñales.  En  fin,  por  primera  vez  se  fotografían  con  claridad  las  neurofibrillas  in- 
toneuronales  y  diversas  disposiciones  histológicas  rebeldes  a  la  placa  foto¬ 
gráfica.  Añadamos  aún  la  exposición  de  reglas  prácticas  para  la  pancromatiza- 
ción  y  ortocromatización  de  las  placas,  los  procederes  para  obtener  copias  colo¬ 
readas  transparentes  para  su  proyección,  etc. 

.Observaciones  sobre  la  estructura  de  los  ocelos  y  vías  nerviosas  ocelares  de 
algunos  insectos.  Irab.  del  Lab.  de  Invest.  bioL,  de  la  Universidad  de 
.Vadr/d,  t.  XVI,  1918. 

Los  temas  que  principalmente  forman  el  objeto  de  este  trabajo  son:  la  estrac-r 
tara  de  la  retina  ocular,  la  disposición  de  los  bastones  y  plexos  subretinianos,  los 
nervios  ocelares  y  vías  ópticas  centrales,  haciéndose,  por  último,  breves  considera¬ 
ciones  sobre  la  probable  significación  fisiológica  de  los  ocelos  en  los  insectos. 

Hállanse  en  él  confirmadas  las  descripciones  clásicas  de  Grenacher,  Hesse  y 
JRedikorzew  relativas  a  la  estructura  de  la  retina.  Pero  se  añaden  interesantes  he¬ 
chos  nuevos  sobre  la  neuroglia  y  la  conformación  de  los  bastones,  cuyo  modo  de 
terminación  y  conexión  con  neuronas  profundas  se  determina  por  primera  vez. 
En  cuanto  a  los  caracteres  y  disposición  general  de  los  nervios  ocelares  y  sus  ter- 
jninaciones,  los  resultados  que  se  consignan  revisten  más  novedad  y  alcanzan 
mayor  fuerza  expresiva.  Se  descubre,  además,  en  las  vías  profundas  iutracerebra- 
les  de  la  segunda  neurona  visual  un  cruzamiento  parcial,  susceptible  de  esclare¬ 
cer  el  problema  planteado  por  Lubbok,  acerca  de  la  incongruencia  entre  las  imᬠ
genes  ocelares  y  las  del  ojo  de  facetas.  Porque  mientras  en  éstos  la  representación 
visiva  es  directa,  en  aquél,  a  causa  del  diverso  principio  en  que  se  basan  (los 
ocelos  poseen  un  cristalino,  y  dan  imagen  única)  proyéctase  una  imagen  invertida. 
_  Por  último,  se  procura  sintetizar  la  significación  fisiológica  de  los  ocelos  en 
una  hipótesis,  expuesta  todavía  con  carácter  provisional,  que  puede  resumirse  en 
los  términos  siguientes: 

El  ojo  de  facetas  es  el  órgano  de  la  percepción  del  color  y  de  la  visión  diurna 
precisa  (relativa,  naturalmente),  tanto  a  pequeñas  como  a  grandes  distancias, 
mientras  que  los  ocelos  representan  aparatos  hiperfotosensibles,  destinados  a  tra¬ 
ducir  los  objetos  en  impresiones  acromáticas  imprecisas,  solamente  eficaces  para 
.orientar  al  animal  durante  la  noche  o  en  la  penumbra  de  sus  nidos  o  madrigueras. 
Vienen  a  constituir  algo  así  como  un  complemento  de  la  información  antenal,  a  cuyo 
■campo  de  acción  se  refieren  principalmente  las  imágenes  (figs.  185,  186, 187  y  188). 

Se  recordará  que  en  diferentes  ocasiones  hemos  defendido  la  hipótesis  quimio- 
-táctica— o  sus  análogas— para  imaginar  en  lo  posible,  y  dado  el  estado  actual  de 
^nuestros  conocimientos,  la  orientación  congruente  de  axones  durante  la  fase  em¬ 
brionaria  y  fetal,  y  su  conexión  invariable  con  determinadas  células.  Es  este  uno 
de  los  más  profundos  arcanos  del  proceso  evolutivo  ontogénico  y  neurogénico. 

Pero  en  nuestras  antiguas  investigaciones  sobre,  el  embrión,  confirmadas  y  per¬ 
feccionadas  admirablemente  por  Tello,  enfocábamos  casi  exclusivamente  las  cé¬ 
lulas  de  axon  largo.  Se  recordará  también  que  en  dichas  pesquisas  se  demostraba 
que  antes  de  que  el  axon  camine  derechamente  hacia  su  destino,  se  da  un  período 
.caótico  de  desorientación,  y  como  de  tanteo,  durante  el  cual,  el  cono  de  creci¬ 
miento  parece  esperar  impaciente  los  estímulos  físico-químicos  indispensables. 

Ahora  bien;  gracias  al  método  del  nitrato  de  plata  reducido,  es  posible  reco- 


P.ECUERDOS  DE  MI  VIDA 


39J 


tiocer  en  la  retina  del  ratón  esta  fase  de  titubeo,  durante  la  cual  el  axon  en  vías 
de  crecimiento  puede  hasta  extraviarse  defioitiyamente.  Mostrar  estas  extrañas 
perplejidades,  y  el  momento  en  que  las  influencias  físico-químicas  orientadoras 
-entran  en  juego,  constituye  el  objetivo  del  siguiente  trabajo,  cuyos  detalles  no 
podemos  reproducir  aquí: 

La  desorientación  inicial  de  las  neuronas  retinianas  de  axon.  corto  (Algunos 
hechos  favorables  a  favor  de  la  concepción  neurotrópica.)  (Con  9  graba¬ 
dos.)  Irab.  del  Lab.  de  Invest.  bioL,  t.  XVII,  fase.  1  y  2.  Junio  de  1919. 

Contiene  la  descripción  de  las  fases  evolutivas  de  las  células  horizontales  de  la 
íetina  del  ratón;  estudio  hecho  a  favor  de  la  propiedad  que  posee  el  método  del 
nitrato  de  plata  reducido  de  teñir,  en  la  retina  embrionaria,  casi  exclusivamente 
las  células  del  orden  citado  (neuronas  de  axon  corto). 

Las  células  horizontales,  a  partir  de  los  últimos  días  de  la  vida  fetal,  empiezan 
a  teñirse  con  regularidad  y  constancia,  siendo  fácil  su  reconocimiento.  Desde  esta 
•época  hasta  los  diez  y  ocho  días  de  vida  extrauterina,  en  que  pueden  considerarse 
totalmente  evolucionadas,  pasan  por  las  siguientes  fases  de  desarrollo:  1.^  Fase 
inicial  o  de  bipolaridad  vertical.  2.^  Fase  de  células  estrelladas,  con  dendritas  di¬ 
vergentes  y  axon  extraviado.- 3.^  Fase  de  orientación  horizontal  de  las  dendritas  y 
axon.  4.a  Fase  del  modelamiento  definitivo  de  la  célula. 

En  la  primera  fase  posee  la  célula  dos  expansiones:  ascendente  y  descendente 
(forma  tal  vez  condicionada  por  la  presión  transversal  de  las  células  de  Müller), 
nacidas  del  polo  mundial  del  protoplasma;  es  decir,  de  la  región  ocupada  por  el 
aparato  de  Golgi. 

En  un  segundo  estadio  crea  la  célula  expansiones  numerosas,  en  su  mayoría 
.aberrantes,  que  crecen  adaptándose  tan  sólo  a  las  condiciones  mecánicas  del 
medio;  pero,  a  no  tardar,  la  aparición  de  fuentes  neurotrópicas  (seguramente  los 
cabos  inferiores  de  conos  y  bastones,  cuya  modelación  ocurre  en  esta  época) 
obliga  al  axon  y  dendritas  a  rectificar  sus  direcciones  y  a  reunirse  en  la  capa  ple- 
xiforme  externa. 

Según  esto,  las  células,  en  sus  primeros  períodos  de  crecimiento,  no  están  su¬ 
jetas  a  influjos  neurotrópicos,  que  sólo  tardíamente  aparecen. 

Se  comprueban  además  dos  hechos  de  alguna  importancia,  ya  indicados  en  an¬ 
teriores  trabajos:  uno  es  la  capacidad  emigratoria  del  cuerpo  y  expansiones  (las 
-éélulas  horizontales  inicialmente  ocupan  planos  diversos  de  la  retina,  reuniéndose 
más  tarde  en  un  solo  estrato  (nuestra  subzona  de  células  horizontales  de  la  capa 
5.3),  y  otro  la  reabsorción  de  las  prolongaciones  que,  excesivamente  extraviadas, 
no  pueden  ya  adquirir  conexiones  normales.  En  las  figuras  189,  190,  191  y  192, 
pueden  verse  estas  curiosas  evoluciones  de  las  células  horizontales. 

Nota  sobre  las  epiteliofibrillas  del  epéndimo  (con  2  grabados).  Tro6.  del  Labo¬ 
ratorio  de  Invest.  bioL,  t.  XVII,  fase.  I  y  2.  Junio  de  1919.  , 

Se  señala  la  existencia  de  un  retículo  argentófilo  en  las  células  del  murp  epen- 
dimario  medular;  las  células  plurifla^eladas  poseen  un  nido  o  red  perinuclpar, 
compuesto  de  fibrillas  argentófilas  anastomosadas,  mientras  que  las  células  uni- 
Págeladas  parecen  privadas  de  este  retículo,  exhibiendo,  en  cambio,  un  cordal 


400 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


fibrilar  lateral  característico.  Las  figuras  adjuntas  193  y  194  darán  idea  de  estos  . 
contrastes  estructurales.  Adviértase  cómo  del  retículo  perinuclear  parte  un  fila¬ 
mento  que  se  pierde  en  la  expansión  radial. 

Acción  neurotfópica  de  los  epitelios.  (Algunos  detalles  sobre  el  mecanismo  ge¬ 
nético  de  las  ramificaciones  nerviosas  intraepiteliales,  sensitivas  y  sen¬ 
soriales.)  Con  35  figuras.  Trab.  del  Lab.  de  invest  biol.,  t.  XVII,  1919. 

Se  analizan  las  formas  evolutivas  de  las  terminaciones  nerviosas  sensitivas 
sensoriales  (intraepiteliales)  en  multitud  de  órganos  (córnea,  piel,  pelos  táctiles 
cocleares,  vestibulares,  de  la  lengua,  gustativos,  etc.),  añadiendo  un  copioso 
caudal  de  hechos  nuevos  que  no  podemos  puntualizar  aquí. 

El  mecanismo  genético,  a  poca  diferencia,  es  el  mismo  para  todas  las  termina¬ 
ciones  estudiadas;  desde  que  los  nervios  alcanzan  el  órgano  a  que  van  destinados, 
hasta  que  queda  definitivamente  establecida  la  arborización  terminal,  se  encuen¬ 
tran  las  disposiciones  siguientes:  a)  fase  de  hacecillos  aislados  o  poco  anasto- 
mosados,  terminados  por  pinceles  más  o  menos  puntiagudos;  b)  fase  de  plexos 
tangenciales  primarios  difusos;  c)  fase  de  hacecillos  secundarios  ascendentes  y 
fibras  errantes  exploradoras;  d)  fase  del  asalto  de  las  formaciones  epidérmicas* 
Algunas  de  estas  fases  fueron  ya  notadas  por  Tello  en  su  trabajo  sobre  la  génesis 
de  las  terminaciones  nerviosas  en  los  músculos. 

Estas  diversas  fases  parecen  estar  subordinadas  a  la  influencia  neurotrópica  de 
los  epitelios;  la  forma  de  plexo  expectante  corresponde  a  una  acción  neurotrópica 
global  y  difusa,  propia  de  todo  el  epitelio,  o  acaso  de  los  elementos  de  sostén;, 
más  tarde,  una  acción  individual,  radicante  en  determinados  elementos  (periféricos 
del  pelo  táctil,  corpúsculos  ciliados  del  caracol,  máculas  y  crestas  acústicas,, 
elementos  bipolares  de  los  elementos  gustativos,  etc.),  provoca  la  emisión  de 
finas  ramas  que  penetran  en  el  epitelio  y  modelan  su  aparato  terminal  (cáli¬ 
ces,  etc.). 

En  este  trabajo  se  describen  por  primera  vez  las  formas  embrionarias  de  mu¬ 
chas  terminaciones  sensoriales  y  sensitivas. 

Para  no  ser  difusos  y  dar  idea  de  algunosde  los  hechos  evolutivos  descubier¬ 
tos,  reproducimos  en  las  figuras  195,  196,  197,  198,  199,  200,  201  y  202,  algunas- 
copias  de  muestras  preparaciones. 


Una  modificación  del  método  de  Bielchowsky  para  la  impregnación  de  1^ 
neuroglia  común  y  mesoglia  y  algunos  consejos  acerca  de  la  técnica- 
á&A  oto-svhlimsLáo.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  bioU,  t.  XVIII,  fase.  2  y  3^ 
Diciembre  1920. 

Contiene,  la  descripción  dé  la  técnica  dél  método  de  Bielchowsky,  modificado^* 
al  objeto  de  obtener  tinciones  selectivas  de  la  glia  protoplásmica,  fibrosa  y  me¬ 
soglia. 

La  modificación  estriba  en  sustituir  el  fijador  formóIico  corriente  por  élformQl- 
bromtno  atónsejado  para  él  método  déí  oro-sublimado  (v.  226),  y  en  pasar  ios; 
cortes  por  el  óxidb'  de  plata  ámpñiacalj  apqué  se  añaden  unas  gotas  de  piridina. 
Este  óxido  debe  actuar  a  la  lámpára  y  en  calienta  durante  algunos  minútOs‘ líasta» 


RECUERDOS  DE  MI  VIDa 


401 


«que  las  secciones  adquieran  color  de  tabaco.  Lavado  rápido  y  formol  al  5  por  100, 
donde  se  opera  la  reducción.  Este  proceder  impregna  muy  bien  todas  las  varieda¬ 
des  de  la  neuroglia,  sobre  todo  si  antes  de  la  acción  del  óxido  de  plata  se  sumer- 
-^en  las  secciones  durante  algunas  horas  en  un  mordiente  formado  por  bromuro  de 
amonio,  3;  formol,  30,  y  agua,  70.  Antes  de  sumergirlos  en  la  plata  se  lavarán  los 
.cortes  rápidamente  en  agua  destilada. 


Algunas  consideraciones  sobre  la  mesoglia  de  Robettson  (?)  y  Río-Hortega 
(con  7  grabados).  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  bioL,  t.  XVIII,  fase.  2  y  3.  Di¬ 
ciembre  de  1920. 


Al  estudiar  las  condiciones  de  éxito  del  método  descrito  en  el  trabajo  anterior, 
-se  recolectó  cierto  caudal  de  hechos’ nuevos  que  quedaron  resumidos  en  este 
artículo.  A  continuación  consignamos  lo  más  interesante: 

a)  Se  completa  la  descripción  de  la  neuroglia  de  la  médula  espinal,  hecha 
en  1913,  con  la  adición  de  las  satélites  perineuronales,  glia  de  la  substancia  blan¬ 
ca  y  mesoglia. 

b)  Se  hace  ver  que  nuestro  «tercer  elemento»  dé  los  centros  nerviosos,  des¬ 
crito  en  Í913,  corresponde  en  parte  solamente  a  las  células  mesogliáles,  puesto  que 
muchos  de  los  elementos  designados  con  tal  nombre,  situados  en  la  vecindad  de 
-los  vasos  y,  sobre  todo,  alrededor  de  las  neuronas,  son  incolorábles  y  forman  una 
•categoría  celular  dotada  de  actividades  enigmáticas:  a  dichos  corpúsculos  damos 
■el  ncriibre,  para  no  prejuzgar  su  significación,  át  satélites  enanos  o  globulosos. 

c)  Se  describen  por  primera  vez  las  células  mesogliáles  del  cerebelo. 

La  niesqglia  o  microglia  de  los  centros  nerviosos  constituye  una  de  las  adqui- 
isiciones  más  valiosas  de  la  escuela  española.  (Véase  la  figura  adjunta.)  De  ellá  no 
'  se  tenía  la  menor  idea  hasta  que  Achúcarro  la  descubrió  en  la  substancia  gris, 
presentándola  bajo  la  forma  de  células'fusiformes  o  estrelladas,  de  escasas  y  poco 
Tamificadas  expansiones.  Aunque  el  malogrado  sabio  español  sólo  las  vió  en  cier¬ 
tos  estados  patológicos,  anunció  ya  la  posibilidád  de  que  se  tratara  de  un  factor 
normal  de  la  constitución  de  los  centros.  Por  nuestra  parte,  hace  años  (1903)  topa¬ 
mos  también  en  la  substancia  blanca  del  cerebro  con  un  elemento  especial,  que 
designamos  neüróglico  heterotípico,  fusiforme,  y  con  escasas  expansiones.  Pero  es 
preciso  reconocer  que  la  revelación  de  la  generalidad  de  este  corpúsculo  microglial 
y  la  descripción  de  las  diversas  formas  que  adopta  en  el  cerebro,  se  debe  a  Río 
Hortega,  el  cual  ha  puesto  también  de  manifiesto  sus  fases  evolutivas  y  su  origen 
leucocítico.  Para  ello  se  ha  valido  de  su  método  especial  del  carbonato  de  plata. 
Acaso  algún  autor  extranjero,  quizás  Roberston,  vislumbró,  en  preparaciones  im- 
‘perfectas,  tan  interesantes  elementos;  mas  como  ni  los  describió  con  precisión  ni 
lY  ^  imposible  decidirla  ciencia  cierta  qué  cosa  sea  lo  que  ca- 


Algunas  observaciones  contrarias  a  la  hipótesis  «syncytial»  de  la  regenera¬ 
ción  nerviosa  y  neurogénesis  normal  (con  11  grabados).  Trab.  del 
Lq6.  de /nvesí.  6/0/;,  t.  XVIII,  fase.  4.  Marzo  1921. 


-V  tí  !  opinión  modernamente  defendida  por  Nageotte 

y,  en  parte,  también  por  Marinesco,  del  crecimiento  de  los  retoños  nerviosos  por 
€l  interior  de  vainas  neuroglicas  suministradas  por  las  células  de  Schwann  del 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


402 

eábo  central  y  periférico,  añadiéndose  cuantioso  caudal  de  pruebas  en  favor  -dej 
crecimiento  libre  de  los  axones  jóvenes  (1). 

Cito  entre  ellas  la  invasión,  por  los  retoños  de  la  médula  espinal  seccionada,  de 
las  masas  del  tejido  cicatricial  vecinas  (en  la  médula  espinal  no  existen  células, 
de  Schwann);  la  penetración  en  la  médula  de  fibras  neoformadas  de  las  raíces  an¬ 
teriores  y  posteriores  (previa  sección  de  éstas),  sin  escolta  de  ningún  elemento- 
envolvente  ni  orientador;  el  hecho  descubierto  por  Tello  y  confirmado  por  Ortin 
y  Arcante  de  la  dispersión  y  crecimiento  al  través  de  la  retina  de  retoños  nacidos 
de  la  capa  de  las  fibras  del  nervio  óptico  heridas;  la  indudable  existencia  en  el 
embrión  (fase  de  la  formación  de  los  nervios)  de  axones  independientes  circulan¬ 
tes  lejos  de  todo  corpúsculo  satélite;  los  experimentos  de  las  escuelas  de  Harrison 
y  de  Levi,  Marinesco,  etc.,  acerca  del  cultivo  de  los  nervios  en  plasma  donde  crecens 
desnudos  o  costeando  hilos  de  fibrina  o  tal  cual  elemento  mesodérmico,  etc. 


Una  fórmula  de  impregnación  argéntica  especialmente  aplicable  a  los  cortes 
del  cerebelo  y  algunas  consideraciones  sobre  la  teoría  de  Liesegang 
acerca  del  principio  del  método  de  nitrato  de  plata  reducido.  Traba¬ 
jos  del  Lab.  de  Invesf.  bioL,  t  XIX,  fases.  1,  2  y  3.  Octubre  1921. 

Se  expone  una  nueva  técnica  de  coloración  de  las  fibras  amielínicas  y  termina¬ 
ciones  nerviosas,  basada  en  la  producción,  en  el  seno  de  cortes  de  tejido  nervioso,, 
de  un  depósito  coloidal  de  plata,  mediante  la  acción  de  una  disolución  diluidísima 
de  hidroquinona,  sobre  el  nitrato  argéntico  (solución)  en  que  previamente  se  ba¬ 
ñan  los  cortes. 

Se  añaden  numerosos  experimentos  destinados  a  esclafecer  el  proceso  en  vir¬ 
tud  del  cual  se  verifica  la  impregnación  de  los  elementos  nerviosos,  con  nuestra 
método  al  nitrato  de  plata  reducido,  discutiéndose  la  teoría  de  Liesegang.  Expon¬ 
gamos  algunos  detalles  sobre  la  fórmula. 

Es  sabido  que  el  proceder  del  nitrato  de  plata  reducido  es  inaplicable  a  los  cor¬ 
tes,  a  menos  de  emplear  como  vehículo  de  la  reacción  una  solución  de  nitrato  de 
plata  adicionado  de  hidroquinona  y  de  gran  cantidad  de  un  coloide  orgánico  (va¬ 
riante  de  Liesegang);  pero  si  los  cortes  calentados  a  la  lámpara  en  nitrato  de  pla¬ 
ta  piridinado,  se  tratan  con  una  solución  de  formol  al  30  por  100  y  0,30  gramos  de 
hidroquinona,  entonces  la  reacción,  en  lugar  de  efectuarse  brusca  y  tumultuosa¬ 
mente,  se  efectúa  con  lentitud,  colorando  enérgicamente  las  fibras  nerviosas  de 
las  secciones  hechas  por  congelación.  Condición  indispensable  para  afinar  el  de¬ 
pósito  argéntico  es  sumergir  los  cortes,  durante  dos  o  tres  segundos,  antes  de 
llevarlos  al  reductor,  en  un  baño  de  alcohol  a  96“.  El  órgano  en  que  más  brillantes 
resultados  da  esta  fórmula  es  el  cerebelo  (tiñe  las  células  de  Purkinje,  las  fibras 
musgosas,  las  trepadoras,  las  cestas,  etc.). 

(1)  Marinesco,  en  reciente  Monografía,  ha  aceptado  nuestra  manera  de  ver  expuesta  en  dicho  artículo, 
y  ha  abandonado  la  hipótesis  “syncytial”.  (Véase  Marinesco:  “Le  róle  des  fermeiits  oxidants  pendant  la 
croissance  et  la  régénérescence  des  nerfs”.  Hev.  gen.  dea  Sciencea,  XXXII  année.  N.“  17-18,  Sep- 
tembre  1921.) 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


403 


Textura  de  la  corteza  visual  del  gato  (con  14  figuras).  Trab.  del  Lab.  de  Inves¬ 
tigaciones  bibl.,  t.  XIX,  fases.  1,  2  y  3.  Octubre  1921. 

Se  analízala  textura  de  la  corteza  visual  del  gato,  en  la  que  se  encuentran  las 
siguientes  capas: 

1.  Zona  plexiforme  o  molecular. 

2.  Zona  de  las  pequeñas  pirámides. 

3.  Zona  de  las  medianas  y  grandes  pirámides. 

4.  Zona  de  las  células  estrelladas  grandes. 

5.  Zona  de  las  pequeñas  pirámides  de  axon  arciforme.  . 

6.  Zona  de  las  grandes  pirámides  internas  o  corpúsculos  solitarios  de 
Meynert. 

7.  Zona  de  los  corpúsculos  polimorfos. 

8.  Zona  de  la  substancia  blanca.  • 

Esto  es,  las  mismas  capas,  mutatis  mutandis,  diferenciadas  en  la  corteza  visual 
humana  (1899).  Son  de  notar  las  células  estrelladas  de  la  capa  4.^,  cuyo  axon  se 
persigue  hasta  la  substancia  blanca  y  los  numerosos  corpúsculos  de  axon  arcifor¬ 
me  ascendente,  de  cuyo  arco  brota  una  colateral  continuada  a  veces  con' un  tubo 
de  aquella  substancia.  En  la  figura  adjunta  mostramos  algunos  de  estos  elementos 
característicos  de  la  corteza  visual  hace  muchos  años  descubiertos  por  nosotros 
en  la  figura  calcarina  del  hombre. 

En  fin,  se  considera  probable  que  la  llamada  estria  de  Gennari  no  sea  más  que 
el  plexo,  en  gran  parte  amielínico,  constituido  por  la  acumulación,  en  las  capas 
4  y  5,  de  las  ramificaciones  terminales  de  los  gruesos  axones  prcoedentes  del 
cuerpo  geniculado  externo. 

Las  sensaciones  de  las  hormigas.  Real  Sociedad  Española  de  Historia  Natural. 
Tomo  extraordinario  publicado  con  motivo  del  50.°  aniversario  de  su  fun¬ 
dación,  1921,  páginas  555-572.  Publicado  además  en  Archivos  de  Neuro- 
biologla,  t.  II,  núm.  4.  Diciembre  1921. 

En  este  trabajo  se  estima  como  manifestación  de  la  memoria  de  la  direc¬ 
ción  lo  que  Cornetz  y  Pieron  llamaron  sentido  muscular  y  sentido  de  la  dirección, 
haciendo  notar  que  si  aun  en  el  ftombre,  donde  la  memoria  muscular,  si  así 
puede  llamarse,  está  servida  por  aparatos  receptores  complicados,  como  los 
husos  de  Kühne  y  los  órganos  musculo-tendinosos  de  Golgi,  alcanza  tan  escasa 
eficacia,  ¿cómo  ha  de  admitirse  que  en  las  hormigas,  en  donde  faltan  esos 
órganos,  pueda  dicho  sentido  utilizarse  para  la  retentiva  de  lugares  y  rutas  y  el 
retorno  al  nido,  problema  a  que  el  segundo  de  los  autores  citados  atribuye  tan 
grande  importancia?  Se  hacen  experimentos  numerosos  para. deducir  que  en 
las  hormigas  se  da  en  pequeño  algo  de  lo  que  ocurre  con  ciertos  sordomudos, 
compensándose  la  miseria  sepsorial  con  una  rica  y  finísima  organización  del  ór¬ 
gano  encefálico.  En  fin,  se  citan  numerosos  hechos  demostrativos  de  la  diversa 
acuidad  visual  de  las  hormigas,  que  se  clasifican  en  visuales,  oligovisuales  y  olfa¬ 
tivas.  Los  datos  del  sentido  predominante  son  decisivos  para  explicar  el  problema 
tan  debatido  de  la  vuelta  al  nido;  pero  como  este  retorno  se  efectúa  también  en 
las  hormigas  ciegas  y  en  las  que  apenas  ven  (por  ejemplo:  en  la  Aphenogaster  bár- 


404 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


bata)  es  necesario  invocar,  además,  como  factores  de  orientación,  las  sensaciones 
táctiles  y  la  memoria  de  la  dirección  inicial  intencionada.  En  realidad,  la  hormip, 
como  cualquier  animal  superior,  combina  para  guiarse  todos  los  datos  sensoria¬ 
les  de  que  dispone,  sin  contar  los  impulsos  internos  de  apariencia  espontanea,  aso¬ 
ciados  a  impresiones  anteriores  conservadas  por  la  memoria. 

Desde  el  punto  de  vista  histológico,  se  pone  de  manifiesto  la  escasez  de  om- 
matidias;  la  falta  de  una  retina  intermediaria  (o  su  notable  atrofia)  y  la  existen¬ 
cia  exclusiva  de  los  bastones  largos,  quizás  afectos  a  la  impresión  imprecisa  del 
claro  obscuro.  La  hormiga,  pues,  sería  incapaz  de  percibir  los  colores.  En  cambio, 
posee,  un  lóbulo  olfati^vo  robustísiipo  de  complicada  textura. 

Estudios  sobre  la  fina  estructura  de  la  corteza  regional  de  los  roedores.  Cor¬ 
teza  suboccipital  (retroespteniat  de  Brodmann).  Trab.  del  Lab., Mar¬ 
zo  de  1922, fase. 1. 

Después  de  reclamar  la  prioridad  del  descubrimiento  de  este  tipo  muy  origina 
de  corteza,  ya  dado  a  conocer  por  nosotros  en  1893,  en  una  Memoria  desconocida 
de  los  sabios  (1),  se  añaden  numerosos  detalles  relativos  a  la  morfología  de  las 
neuronas  de  cada  capa,  a  la  marcha  de  sus  axones  y  a  las  conexiones  establecidas 
entre  los  citados  elementos  y  las  fibras  endógenas  y  exógenas.  Ilustran  este  tra¬ 
bajo,  que  por  su  carácter  excesivamente  analítico  no  podemos  resumir  aquí,  diez 
láminas  y  un  grabado  intercalado  en  el  texto . 

Lo  más  típico  de  esta  corteza  cerebral  es,  aparte  una  zona  plexiforme  intra- 
gris  muy  rica  en  fibras,  la  existencia,  en  vez  de  la  zona  de  pequeñas  pirámides  de 
ciertos  corpúsculos  fusiformes,  bipenachados,  que  ofrecen  la  singularidad  de  emitir 
el  axon,  no  del  soma,  sino  del  penacho  dendrítico  inferior.  La  adjunta  figura  dará 
alguna  idea  de  la  extraña  morfología  de  estos  elementos. 

Como  muchos  de  mis  trabajos  sobre  la  textura  regional  de  la  corteza,  esta  Me¬ 
moria,  en  su  redacción  de  1893,  pasó  inadvertida,  por  no  haber  sido  publicada  en 
una  Revista  neurológica  conocida  de  los  especialistas.  ^ 

(1)  Publicóse  no  sólo  en  espaffol  sino  en  alemán.  El  célebre  Kólliker  nos  honró  haciendo  personal 
mente  la  traducción.  Véase  Oajal:  Beitrage  zur  feinaren  Anatomie  des  grossen  Hirn.  II  Ueber  den  Bau  der 
Rinde  des  unieren  Hinterhauptslappens.  ifeífecA.  f.  wissensch.  Zool.,LVlBd.  1893.  (Traducción  de  A. 
von  KolIiker). 


CAPITULO  XXVII 


MI  ACTIVIDAD  DOCENTE  Y  LA  MULTIPLICACIÓN  ESPIRITUAL— DISCÍPULOS  AVENTAJA¬ 
DOS.— LA  ESCUELA  HISTOLÓGICA  ESPAÑOLA.— REALIZACIÓN  PARCIAL  DE  MI 
IDEAL  PATRIÓTICO-CIENTÍFICO.— APTITUD  DE  LOS  ESPAÑOLES  PARA  LA  INVESTI¬ 
GACIÓN  CIENTÍFICA.— SENTIMIENTO  DEL  DEBER  CUMPLIDO.— LISTA  DE  TRABAJOS 
DEL  AUTOR  Y  DE  SUS  DISCÍPULOS  E  INMEDIATOS  CONTINUADORES 


Tocamos  al  fin  del  presente  libro.  Con  la  mayor  claridad  compatible  con  la 
brevedad,  dejo  expuesto  lo  fundamental  de  mi  modesta  labor  y  las  condi-  . 
ciones  que  la  motivaron. 

Conforme  he  avanzado  en  la  narración,  mi  autobiografía  se  ha  despersonaliza¬ 
do.  El  trabajo  regular  y  el  espíritu  de  aventuras  son  cosas  incompatibles.  De  cada 
vez  más  pobre  en  episodios  amenos,  mi  vida  ha  sido  gradualmente  absorbida  por 
mi  obra.  La  abeja  há  sido  olvidada  durante  la  elaboración  del  panal. 

Incompleta  fuera  la  actividad  del  científico  si  se  contrajera  exclusivamente  a 
actuar  sobre  las  cosas;  opera  también  sobre  las  almas.  Ello  es  deber  primordial  si 
el  investigador  pertenece  al  magisterio.  Todos  tienen  el  derecho  de  esperar  que 
buena  parte  de  la  labor  del  maestro  sea  empleada  en  forjar  discípulos  que  le  suce¬ 
dan  y  le  superen.  El  cumplimiento  de  tan  capital  función  constituye  la  más  noble 
ejecutoria  del  investigador  y  el  más  preeminente  título  a  la  gratitud  de  sus  her¬ 
manos  de  raza. 

Conforme  dejamos  expresado  en  otro  libro  (1),  importa  mucho  al  cultivador  de 
la  ciencia  proceder  a  su  multiplicación  espiritual.  De  esta  suerte  la  vida  del  maes¬ 
tro  se  hace  plena  y  fecunda,  ya  que  entraña  en  potencia  nuevas  existencias.  «La 
tarea  es  sin  duda  penosa- decíamos-.  La  actividad  del  profesor  bíf árcase  en  las 
comentes  paralelas  del  laboratorio  y  de  la  enseñanza.  Crecen  así  sus  desvelos, 

^  elevadas  tendencias, 
l  paternidad  ideal,  y  sentirá  el  noble  orgullo  de  haber  cum- 
?a  no  Sr/r  T  investigador,  de  maestro  y  de  patriota, 

de  un  séaiitn  melancólica  soledad;  antes  bien,  verá  su  ocaso  rodeado 

ceda,  en  lo  posible,  píomcayTerrn'ní.  «^a  y  de  ha 

Excusado  es  decir  que  procuré,  aunque  sin  la  seguridad  del  éxito,  inspirar  mi 

(1)  Caja.:  Reglas  y  consejos  sobre  la  investigación  biológica,  4.a  edición,  1916. 


406 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


conducta  en  este  supremo  ideal.  Claro  es  que  al  alborear  mi  carrera  hube  de  con¬ 
finarme,  por  imperio  del  hábito  y  la  necesidad,  en  la  categoría  de  los  trabajadores 
solitarios;  mas  siempre  me  preocupé,  sobre  todo  después  que  el  Estado  puso  en 
mis  manos  decoroso  y  bien  provisto  laboratorio,  de  fundar  una  escuela  genuina- 
mente  española  de  histólogos  y  biólogos.  Y  pese  a  los  lúgubres  voceros  nacionales 
y  extranjeros  de  nuestra  decadencia  y  a  los  aguafiestas  para  quienes  la  ciencia, 
como  la  aurora  boreal,  sólo  embellece  el  cielo  de  las  regiones  hiperbóreas,  el  ideal 
soñado  está  en  gran  parte  conseguido.  La  ansiada  es'cuela  de  Histología  y  Neuro¬ 
logía  españolas  existe  y  es  foco  de  actividad  permanente.  Sus  descubrimientos 
(excluyo  los  modestos  míos)  han  traspasado  las  fronteras,  y  sus  métodos  e  inven- 
■  ciones  aplícanse  en  los  laboratorios  extranjeros.  Y  se  aplicarían  más  si,  conscientes 
de  la  casi  total  ignorancia  del  idioma  español  entre  los  sabios,  publicáramos  todos 
nuestros  trabajos  en  las  Revistas  exóticas.  Porque  hay  que  declararlo,  aunque 
esto  pregone  nuestra  incurable  desidia:  Escasamente  es  conocida  en  el  extranjero 
la  tercera  parte  de  los  trabajos  histológicos  españoles: 

La  pretendida  incapacidad  de  los  españoles  para  todo  lo  que  no  sea  producto 
de  la  fantasía  o  de  la  creación  artística,  ha  quedado  reducida  a  tópico  ramplón. 
Cuando  durante  la  noche  el  tenebroso  mar  aparece  tranquilo,  basta  agitar  las 
aguas  para  que  nubes  de  noctilucos  apagados  enciendan  su  luz  y  brillen  como  es¬ 
trellas.  De  igual  modo  ocurre  en  el  océano  social.  Es  preciso  sacudir  enérgicamen¬ 
te  el  bosque  de  las  neuronas  cerebrales  adormecidas;  es  menester  hacerlas  vibrad 
con  la  emoción  de  lo  nuevo  e  infundirles  nobles  y  elevadas  inquietudes.  Ha  sido 
suficiente  que  dos  o  tres  personas  (una  de  ellas  el  ilustre  Dr.  Simarro)  sacudiéra¬ 
mos  la  modorra  de  la  juventud,  para  que  surgiera  entre  nosotros  una  pléyade  de 
eméritos  investigadores.  Por  afirmar  estoy,  sin  temor  a  la  nota  de  optimista,  que 
en  orden  a  ciertos  estudios,  que  exigen  ingeniosidad,  paciencia  y  obstinación, 
nuestros  compatriotas  compiten  si  no  superan  a  los  más  cachazudos  e  infatiga¬ 
bles  hijos  del  Norte.  Todo  consiste  en  despertar  el  espíritu  de  curiosidad  científica 
adormecido  durante  cuatro  siglos  de  servidumbre  mental,  y  en  inocular  con  el 
ejemplo  el  fuego  sagrado  de  la  indagación  personal.  Vivimos  en  un  país  en  que  el 
talento  científico  se  desconoce  a  sí  mismo.  Deber  del  maestro  es  revelarlo  y  orien¬ 
tarlo. 

Los  jóvenes  laboriosos  a  quienes  aludo  son  ya  legión,  sobre  todo  si  juntamos 
los  pretéritos  con  los  presentes.  Entre  los  antiguos  (algunos  fallecidos  en  plena 
juventud  y  otros  perdidos  por  desgracia  para  la  ciencia  patria  en  el  desierto  de  la 
clínica)  citaré  a  Cl.  Sala,  Terrazas,  C.  Calleja,  Olóriz  Aguilera,  Blanes  Víale, 
J.  Bartual,  1.  Lavilla,  E.  del  Río  Lara,  Márquez,  etc. 

Y,  entre  los  modernos,  me  es  muy  grato  nombrar  a  mi  hermano,  P.  Ramón  Ca- 
jal,  a  F.  Tello,  a  N.  Achúcarro,  a  Domingo  Sánchez,  a  Rodríguez  Lafora,  a  Del  Río- 
Hortega,  a  Federico  de  Castro  y  a  Lorente  de  Nó.  Este  grupo  de  entusiastas  traba¬ 
jadores  acabaron  ya  su  formación  y  saben  caminar  solos  y  triunfar  en  el  terreno  de 
la  investipción.  Muchas  de  las  indagaciones  que  luego  citaré  son  fruto  de  su  ex¬ 
clusiva  iniciativa.  En  vías  de  formación,  y  con  promesas  de  ópimos  frutos,  figuran 
Arcante,  Fortún,  Sacristán,  Calandre,  Sánchez  y  Sánchez,  Ramón  Fañanás,  Gil  y 
Gil,  Luna,  Gorriz  y  otros  (1). 

(1)  En  los  últimos  años  l^sabundancia  de  aficionados  y  la  angostura  del  local  ha  obligado  a  crear 
nuevos  laboratorios  de  Histología.  La  más  activa  de  estas  hijuelas  del  Laboratorio  de  Investigaciones 
'o  ógicas  es  la  d.rigida  por  Rio  Hortega.  En  ella  se  han  ilustrado  ya  algunos  discípulos  sobresalientes, 
tales  como  Giménez  Asúa,  Collado,  etc. 


recuerdos  de  mi  vida 


La  lista  abrumadora  de  monografías  (y  sólo  incluyo  las  efectuadas  en  mi  Labo¬ 
ratorio)  de  los  citados  investigadores,  registrada  al  final  de  este  libro,  dará,  idea  de 
la  magnitud  e  intensidad  relativa  de  la  obra  de  cada  uno.  Se  verá,  además,  que 
■dentro  del  común  fervor  hacía  la  religión  del  Microscopio,  cada  iniciativa  ha  co¬ 
rrido  por  diferente  camino. 

Los  arriba  nombrados  han  sido  mis  discípulos,  en  el  amplio  sentido  de  la  pa¬ 
labra.  Todos  han  vivido  algo  mi  vida  y  participado  de  mis  emociones.-  todos  me 
han  oído  pensar,  con  palabra  entrecortada,  durante  el  ensimismamiento  de  .la 
:atención  y  en  los  breves  paréntesis  del  trabajo  febril. 

Fuera,  sin  embargo,  pueril  vanidad  e  injusta  pretensión  atribuirme  por  entero 
la  paternidad  espiritual  de  los  actuales  cultivadores  de  la  histología  española 
Varios  de  ellos,  singularmente  Achúcarro  (1),  Tello,  Rodríguez  Lafora  y  Río  Horte 
ga  han  perfeccionado  notablemente  en  el  extranjero  su  educación  técnica  y  su 
formación  intelectual.  Y  de  los  Laboratorios  alemanes,  franceses  e  ingleses,  ha  n 
aportado  a  España,  amén  del  dominio  de  los  idiomas  y  de  la  bibliografía,  novísi  - . 
mos  métodos  de  investigación,  y  lo  que  vale  más,  la  costumbre  de  la  autocrítica 
y  la  severa  disciplina  del  trabajo  metódico. 

Mi  papel  principal  ha  consistido  en  fomentar  el  entusiasmo.  Fué  siempre  mi 
lema  confortar  e  ilustrar  la  voluntad  con  pleno  respeto  a  las  iniciativas  indivi¬ 
duales.  Siempre  procuré— y  de  ello  me  felicito — pesar  lo  menos  posible  sobre  el 
cerebro  de  mis  discípulos.  Toda  opinión  fruto  de  esfuerzo  honrado  de  pensamien¬ 
to,  sobre  todo  si  ha  surgido  de  hechos  recién  descubiertos,  infúndeme  simpatía  y 
respeto,  aunque  contradiga  concepciones  personales  largamente  acariciadas. 
¿Cómo  había  de  caer  yo  en  la  tentación  de  imponer  mis  teorías,  cuando  he  dado 
sobrados  ejemplos  de  abandonarlas  ante  la  menor  contrariedad  objetiva?  Lejos  de 
mí  ese  prurito  egolático,  nuncio  de  senilidad  irremediable. 

Profundamente  penetrado  de  estas  ideas;  deseoso  de  evitar  que  mis  continua¬ 
dores  vengan  a  ser  lectores  de  un  solo  libro  y  oyentes  de  un  solo  maestro;  resuelto 
además,  a  descartar  en  lo  posible  deplorables  polarizaciones  ideológicas  y  meto¬ 
dológicas,  puse  especial  empeño  en  que  mis  discípulos  gozasen  del  beneficio  de 
una  pensión  en  los  Laboratorios  más  prestigiosos  del  extranjero.  Injusto  fuera 
olvidar  que,  en  esta  obra  de  sano  patriotismo  y  de  confortador  oreo  doctrinal 
ayudáronme  solícitos  mis  dignos  compañeros  de  la  Junta  de  pensiones,  de  qué 
soy  indigno  Presidente. 

Y  los  resultados  de  semejante  táctica  han  sido  excelentes.  A  su  vuelta,  los 
pensionados  más  sobresalientes  no  sólo  han  efectuado  conquistas  valiosas  en  los 
dominios  predilectamente  explorados  por  mí,  sino  en  otros  terrenos  apenas  des¬ 
florados  en  mi  Laboratorio,  por  ejemplo:  en  el  de  la  Neurologia  patológica  del 
hombre,  donde  Achúcarro,  Lafora  y  Río-Hortega,  han  recogido  datos  de  subido 
valor.  Excusado  es  advertir  que  los  citados  pensionados  han  desarrollado  sus 
trabajos  en  mi  propio  Laboratorio  y  que  mi  Revista  se  ha  visto  enriquecida  y  hon- 


(1)^  La  ciencia  española  ha  sufrido  pérdida  irreparable  con  la  prematura  muerte  de  N.  Achúcarro. 
Trabajador  infatigable,  juntábanse  en  él  el  talento  y  la  modestia,  y  lo  que  es  más  raro,  un  sentimiento 
hidalgo  de  justicia  hacia  el  ajeno-mérito.  Tenía  conciencia  de  padecer  dolencia  mortal  y,  sin  embargo, 
laboraba  con  el  entusiasmo  de  quien  tiene  delante  de  sí  perspectiva  vital  inacabable.  Su  última  carta, 
impregnada  de  viril,  estoicismo,  fué  para  mí  dolor  angustiosísimo.  Amarrado  a  un  sillón  por  la 
parálisis,  solo  se  lamentaba  de  no  poder  continuar  sus  investigaciones  sobre  la  neuroglia.  ¡Tortura  in- 
imapna  e.  enür  en  el  alma  el  susurro  de  un  enjambre  de  ideas  y  proyectos  y  ver  sólo  delante  de  sí  las 
tinieblas  eternas  de  la  muerte!  Empero  lo  mejor  de  su  obra  persistirá;  transfigurada  y  mejorada,  conti¬ 
nuará  inspirando  la  mente  de  sus  amigos  y  discípulos. 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


rada  con  comunicaciones  interesantes  y  variadas.  Mención  especial  merece  el 
malogrado  Achúcarro,  quien,  gracias  al  hallazgo  de  nuevo  y  fecundo  método  de 
investigación  (proceder  del  tanino-plata  amoniacal)  y  a  sus  envidiables  dotes  do¬ 
centes,  creó  a  su  vez  importante  escuela  anatomo-patológicá.  A  sus  discípulos 
inmediatos,  Fortún,  Gayarre,  Sacristán,  Del  Río-Hortega,  Calandre,  etc.,  contém¬ 
plelos  con  orgullo  de  abuelo.  La  eclosión  inesperada  de  esta  segunda  y  tercera 
generación  intelectual  demuestra  que  la  semilla  cayó  en  buen  terreno.  Todo  ase¬ 
gura  que  la  cosecha-de  investigadores  no  se  interrumpirá  en  adelante.  En  sus  ma¬ 
nos  está,  y  ellos  lo  saben,  el  porvenir  de  la  histología  española. 


Debo  ahora  terminar.  Lo  exige  la  impaciencia  del  lector;  lo  impone  mi  fatiga. 

He  procurado  que  mi  vida  sea  en  lo  posible,  de  ac  uerdo  con  consejo  del  filósofo' 
poema  vivo  de  acción  intensa  y  de  heroísmo  tácito,  en  pro  de  la  cultura  científica. 
•Pobre  es  mi  obra,  pero  ha  sido  todo  lo  intensa  y  original  que  mis  escasos  talen¬ 
tos  consintieron.  Para  juzgarla  con  algún  conocimiento  de  causa,  bastará  recordar 
lo  que  era  la  histología  hispana  cuando  yo  empecé  tímidamente  en  1880  y  lo  que- 
representa  en  la  actualidad.  Lejos  estóy— lo  he  dicho  ya  —  de  excluir  otras  va¬ 
liosas  colaboraciones:  séame  empero  permitido  pensar  que  mi  obstinada  labor  ha 
entrado  por  algo  en  el  actual  renacimiento  biológico  de  mi  país. 

.  Doy  por  seguro  y  hasta  por  conveniente  que  en  el  fluir  del  tiempo,  mi  insigni¬ 
ficante  personalidad  será  olvidada;  con  ella  naufragarán,  sin  duda,  muchas  de  mis 
ideas.  Nada  puede  substraerse  a  esta  inexorable  ley  de  la  vida.  Contra  todas  las^ 
alegaciones  del  amor  propio,  los  hechos  vinculados  inicialmente  a  un  hombre 
acabarán  por  ser  anónimos,  perdiéndose  para  siempre  en  el  océano  de  la  Ciencia 
Universal.  Por  consiguiente,  la  monografía,  impregnada  todavía  del  aroma  huma¬ 
no,  se  incorporará,  depurada  de  sentimentalismos,  en  la  doctrina  abstracta  del 
libro  de  conjunto.  Al  sol  caliente  de  la  actualidad  sucederá— si  sucede— la  fría- 
claror  de  la  historia  erudita... 

Mas  no  tengo  el  derecho  de  afligir  al  lector  con  reflexiones  melancólicas.  Re¬ 
chacemos  la  tristeza,  madre  de  la  inacción.  Preocupémonos  de  la  vida,  que  es- 
energía,  renovación  y  progreso.  Y  continuemos  trabajando.  Sólo  la  acción  tenaz, 
en  pro  de  la  verdad  justifica  el  vivir  y  consuela  del  dolor  y  de  la  injusticia.  Sólo 
ella  posee  la  peregrina  virtud  de  convertir  al  obscuro  parásito  social  en  héroe  de 
leyenda. 

Y  cultivemos,  repito,  nuestro  jardín— según  decía  Voltaire— ,  cumpliendo  en 
lo  posible  el  doble  y  austero  deber  de  hombres  y  patriotas.  Para  el  biólogo  el 
Ideal  supremo  consiste  en  resolver  el  enigma  del  propio  yo,  contribuyendo 
a  esclarecer  al  mismo  tiempo  el  formidable  misterio  que  nos  rodea.  No  importa 
que  nuestra  labor  sea  prematura  e  incompleta;  de  pasada,  y  en  tanto  alborea  el 
ansiado  ideal,  el  mundo  se  dulcificará  gradualmente  para  el  hombre.  La  naturale¬ 
za  nos  es  hostil  porque  no  la  conocemos:  sus  crueldades  representan  la  venganza 
contra  nuestra  indiferencia.  Escuchar  sus  latidos  íntimos  con  el  fervor  de  apasio¬ 
nada  curiosidad,  equivale  a  descifrar  sus  secretos:  es  convertir  la  iracunda  ma¬ 
drastra  en  tiernísima  madre. 

¿En  qué  más  noble  y  humanitaria  empresa  cabe  emplear  la  inteligencia?... 


POST  SCRIPTUM 

CAPITULO  XXVIII 

MI  JUBILACIÓN  DE  CATEDRÁTICO.-CON  TAL  MOTIVO  CAE  SOBRE  MÍ  UN  CHAPARRÓN 
DE  DISTINCIONES  Y  AGASAJOS. — LOS  ESPAÑOLES  DE  AMÉRICA.— CONCESIÓN  DE 
LA  MEDALLA  ECHEGARAY.— EL  LIBRO  HOMENAJE.— LA  GENEROSIDAD  HIPERBÓLICA 
DE  ESPAÑA:  CREACIÓN  DEL  INSTITUTO  CAJAL  Y  REIMPRESIÓN  DE  MIS  OBRAS  AGO- 
TAADS. 


He  vacilado  algo  antes  de  escribir  este  capítulo.  Enemigo  de  vanas  exhibi¬ 
ciones  y  modesto  y  obscuro  por  naturaleza,  me  avergüenzo  de  toda  honra 
desmedida  o  inmerecida.  Pero  caigo  en  la  cuenta  de  que  escribo  para  la 
juventud  y  de  que  no  tengo  el  derecho  de  ocultarle  homenajes  y  distinciones  que, 
por  ejemplares,  pueden  servirla  de  acicate.  Además  quien  escribe  una  vida  está 
obligado  a  llegar  hasta  el  fin  para  no  defraudar  al  lector. 

Animado  por  estas  reflexiones,  paso  a  relatar  sucesos  recientísimos. 

Cumplidos  los  setenta  años,  la  ley  inexorable,  pero, previsora,  nos  expulsa  del 
aula,  cortando  para  siempre  el  diario  coloquio  con  nuestros  discípulos.  Ello  no  me 
pesa;  encuéntrelo  acertado  y  razonable.  La  fría  vejez,  con  sus  desilusiones  y 
achaques,  es,  salvo  raras  excepciones,  incompatible  con  la  buena  enseñanza  oral, 
que  pide  expedición  y  agudeza  de  sentidos,  palabra  fácil,  cálida  y  briosa,  voz  vi¬ 
brante  y  robusta,  agilidad  de  memoria  y  de  pensamiento  y  flexibilidad  de  atención 
capaz  de  saltar  instantáneamente  desde  la  serena  y  elevada  región  de  las  ideas 
hasta  los  vulgares  y  enojosos  menesteres  del  mantenimiento  del  orden;  empresa 
esta  nada  fácil  en  clases  donde  concurren  400  mozalbetes  cuya  mayoría  mira  el 
estudio  cual  enfadosa  vejación  y  ansia  impaciente  calentarse  antes  que  en  la  luz 
del  saber,  en  la  luz  del  sol  glorificadora  de  calles  y  jardines. 

No  puedo  quejarme,  sin  embargo,  de  mis  discípulos.  Dentro  y  fuera  del  aula 
me  honraron  siempre  con  inequívocas  muestras  de  respeto  y  veneración,  aun 
acuciados  por  la  loca  de  la  casa  y  por  el  deseo  de  acción  de  músculos  entumeci¬ 
dos  e  inquietos  sobre  los  duros  bancos  escolares. 

Menos  puedo  quejarme  aún  de  los  Gobiernos,  de  los  amigos  y  de  los  compa¬ 
ñeros  de  profesión.  Aiite  mis  anticipados  achaques  de  viejo  mostraron  siempre  un 
ademán  de  generosa  solicitud.  Ultimamente  y  con  ocasión  de  la  cesación  de  mi 
labor  docente,  estas  simpatías,  siempre  gratísimas,  han  adquirido  el  carácter  de 
honrosísimos  e  hiperbólicos  homenajes.  Callar  los  sentimientos  de  cordial  estima 


410 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


-que  los  inspiraron,  fuera,  so  color  de  discreción  o  de  modestia,  antipático  despego 
y  negra  ingratitud.  De  ellos  hablaré  después. 

Vaya  por  delante  un  rasgo  generoso  de  Gobierno:  Estimulado  por  algunos 
amigos  presentó  el  Ministro  de  Instrusción  pública,  y  aprobaron  las  Cortes,  cuan¬ 
tioso  crédito  para  la  construcción  de  un  Instituto  biológico  que,  por  la  benevolen¬ 
cia  de  S.  M.  el  Rey,  fué  bautizado  Instituto  Cajat.  Las  obras,  bastante  adelanta¬ 
das,  álzanse  ya  en  el  cerro  de  San  Blas,  junto  al  Observatorio  Astronómico.  Cuando 
56  inaugure  el  edificio,  serán  instalados  en  él,  además  del  Laboratorio  de  Investiga¬ 
ciones  biológicas,  que  desde  hace  veintidós  años  dirijo,  todos  los  demás 
Laboratorios  biológicos  costeados  por  la  Junta  de  Pensiones  e  Investigaciones  cien¬ 
tíficas.  En  vez,  pues,  del  sórdido  y  angostísimo  local  donde  mis  discípulos  trabajan, 
dispondremos  en  lo  porvenir  de  un  magnífico  palacio  no  inferior  a  los  fastuosos 
Institutos  científicos  extranjeros.  Allí  convivirán,  comerciando  espiritualmente 
entre  sí,  cuantos  entre  nosotros  se  consagran  a  estudios  similares.  Espero  que  la 
comunidad  del  local  convidará  a  la  solidaridad  de  aspiraciones  y  sentimientos,  y 
que  al  sentirse  colaboradores  del  renacimiento  intelectual  de  nuestra  patria,  todos 
sabrán  sacrificar  nuestro  funesto  pandillismo  y  particularismo,  gérmenes  de  ren¬ 
cillas,  y  enojos  interminables.  Este  individualismo  pertinaz  representa— triste  es 
reconocerlo— una  de  las  más  graves  lacras  de  la  gente  hispana. 

Ignoro  si  lo  precario  de  mi  salud  me  consentirá  asistir  a  la  inauguración  del 
suntuoso  Instituto.  Acaso  el  flamante  edificio  sea  para  mí  noble  epitafio.  Téngolo 
descontado.  Con  resignación  contemplo  el  negro  túnel  tras  el  cual  nadie  sabe  si  nos 
espera  floresta  perenne  y  vivificante  o  trágico  e  interminable  desierto. 

He  hablado  antes  de  un  chaparrón  inacabable  de  homenajes,  todos  entusiastas, 
cariñosos  y  reverentes,  procedentes  de  España  y  de  América.  Con  más  razón  que 
Goethe,  el  sublime  anciano  que  conservó  sus  envidiables  dotes  hasta  el  fin  -de  su 
vida,  podría  yo  preguntarme:  ¿cómo  hallar  expresiones  agradecidas  para  contestar 
eon  variedad  y  oportunidad  a  cientos  de  cartas,  oficios  y  mensajes?  ¡Es  tan  pobre 
y  monótono  el  lenguaje  sentimental  por  comparación  con  el  lenguaje  de  la  inteli¬ 
gencia! 

Poco  importa,  empero,  la  desmaña  en  fabricar  retórica  sentimental  individuali¬ 
zada  y  como  a  la  medida;  lo  que  importa  es  mostrar  el  corazón  sincero,  vibrante  de 
simpatía,  aunque  esta  vibración  sea  monorrítmica  y  se  exteriorice  bajo  frases  vul¬ 
gares  y  formas  protocolarias. 

Acaso  los  más  fervorosos  y  exorbitantes  plácemes  llegados  con  ocasión  de  mi 
jubileo  universitario  vinieron  de  esa  América  hispánica  que  no  olvida  nunca  el 
rancio  solar  de  sus  mayores  y  se  apresura  a  honrar  los  prestigios,  por  modestos 
^ue  sean,  surgidos  en  la  raza.  Pecaría  de  prolijo  puntualizando  aquí  todos  los  aga¬ 
sajos  inmerecidos  tributados  por  nuestra  América.  Me  limitaré  a  mencionar  global¬ 
mente  los  casi  incontables  diplomas  y  mensajes  anibados  de  México,  cuyo  inspi¬ 
rador  principal  ha  sido,  sin  disputa,  mi  entrañable  amigo  el  Dr.  Perrín,  catedrálico 
de  la  Universidad  mejicana;  los  bustos  artísticos  erigidos  en  la  República  Argen¬ 
tina;  los  admirables  y  prlicromados  diplomas  recibidos  de  todas  partes,  y,  sobre 
todo,  la  subscripción  pública,  inspirada  en  móviles  altamente  educadores,  iniciada 
por  españoles  y  argentinos,  para  solemnizar  mi  jubilación,  pensionando  anualmen¬ 
te  en  el  Extranjero  y  en  España  a  varios  alumnos  y  profesores  sobresalientes.  Ci¬ 
temos  aún  las  casi  incontables  cartas  de  plácemes,  noticias  de  sesiones  honoríficas, 
erección  de  bustos  conmemorativos,  etc.,ofrendados  no  sólo  por  muchas  universi- 


RECUERDOS  DE  Mi  VIDA 


411 


dades  americanas,  sino  por  casinos  y  centros  culturales  y  comerciales,  totalmente 
^’enos  a  la  función  docente  (1).  He  aquí  un  síntoma  altamente  consolador.  Porque 
existe  en  la  América  ibérica  tan  precioso  tesoro  de  veneración  y  amor  hacia  las 
Daciones  peninsulares;  alienta  un  afán  tan  ardoroso  y  casi  exasperado  de  mostrar 
-ante  el  mundo  la  capacidad  de  progreso  de  la  gente  hispana;  se  siente,  en  fin,  un 
Dnsia  tan  viva  de  promover,  descubrir  y  celebrar  los  sólidos  valores  intelectuales 
de  aquélla,  que  hay  momentos  en  que  se  disipa  mi  relativo  pesimismo  sobre  el 
destino  de  España  y  de  sus  pueblos  hermanos.  Estos  bellos  rasgos  abren  el  cora¬ 
zón  a  la  esperanza.  Ellos  presagian  una  posible  aproximación  espiritual  hispano¬ 
americana  basada,  huelga  decirlo— y  en  esto  coincido  completamente  con  el 
alustre  escritor  americano  Blanco-Fombona— ,  en  la  absoluta  reciprocidad  de 
derechos  e  intereses,  y  ajena  a  toda  antipática  y  anacrónica  pretensión  de  hege¬ 
monía.  Semejante  acercamiento,  que  podría  revestir  la  forma  de  una  alianza  (in¬ 
cluyo  también  a  Portugal  y  al  Brasil),  representa,  a  la  hora  presente,  más  que  con¬ 
veniencia  común,  exigencia  vital,  cuestión  de  vida  o  muerte  para  nuestra  estirpe. 

Si  algún  día,  deponiendo  recelos  y  desdenes,  denunciadores  de  recíproca  incom¬ 
prensión,  se  plantea  seriamente  la  mencionada  alianza,  dispondriamos,  aparte  de 
na  inestimable  instrumento  de  paz  y  de  prosperidad,  de  un  dique  acaso  infran¬ 
queable  contra  las  codicias  insaciables  y  el  imperialismo  arrollador  de  ciertos  pue¬ 
blos  del  Norte.  Pero  ¡ay!,  temo  que  lleguemos  demasiado  tarde  y  que  la  concordia  y 
compenetración  espiritual  entre  España  y  sus  hijas  surja  solamente  en  Hispano- 
América  cuando  se  vea  vejada,  fraccionada,  invadida  y  expoliada  por  sus  formida¬ 
bles  y  previsores  adversarios. 

Mas  pidiendo  perdón  al  lector  por  estos  desahogos  digresivos,  proseguiré  mi 
celato  expresando  que  iguales  y  sentidas  pruebas  de  consideración  y  estima  he 
recibido  en  la  propia  España  de  multitud  de  Academias  (2),  Universidades,  Insti¬ 
tutos,  Escuelas  normales  y  de  primera  enseñanza.  Diputaciones,  Ayuntamientos, 
Uaboratorios,  Casinos,  etc.  La  lista  de  tales  distinciones  inmerecidas  llenaría  varias 
páginas  de  este  libro.  Algunas,  sobre  todo  las  rendidas  por  los  niños  de  las  es“ 
•cuelas,  son  tiernamente  conmovedoras. 

Detenerme  morosa  y  complacientemente  en  la  enumeración  de  todos  los  hon¬ 
rosísimos  homenajes,  fuera  pueril  alarde  de  vanidad  presuntuosa.  Aun  a  riesgo  de 
parecer  hosco,  despegado  o  negligente,  debo,  paes,  pasarlos  por  alto,  sin  perjuicio 
■de  enviar  a  sus  iniciadores  la  expresión  de  mi  profundo  reconocimiento,  con  un 
abrazo  impregnado  en  cordial  emoción. 

No  me  es  lícito,  sin  embargo,  omitir  entre  tantas  demostraciones  extremosas  e 
Tiiperbólicas,  el  homenaje  extraordinario  ofrendado  por  muchos  compañeros  de  Ma¬ 
drid.  Reunidos  en  Junta,  acordaron  abrir  una  subscripción  nacional  encaminada  a 
•costear  la  impresión  de  un  libro  honorífico  redactado  por  mis  discípulos  y  amigos 
de  España  y  del  Extranjero;  reimprimir  además  mis  memorias  agotadas,  y,  en  fin. 


t  Férvido  campeón,  y  acaso  iniciador  de  este  espiritual  proyecto,  ha  sido  probablemente  el  doc- 

pL  :  ^  de  la  Universidad  de  Buenos  Aires  y  Presidente  de  la  Asociación 

a,  a  quien  nuestro  país  debe  agradecer  otros  muchos  testimonios  morales  y  mate- 
fas  rrge“nSnas  Universidades  españolas  y  de  su  conjugación  espiritual  con 

Echíarav  “a^dTudSfi  v'f  °  mi  ¡ubilación,  pero  coincidente  con  ella,  recordaré  aqui  la  medalla 
-f  M  eÍ  Re'v  f  en  ,  f  de  Ciencias,  en  sesión  presidida  por 

-te  de  la  CofoLaciór,  n'  f  ®®“dos  y  elocuentes  discursos  D.  Alfonso  XIII,  el  ilustre  Presiden- 

Bolívar  ’  "  ^  ^  querido  y  venerado  amigo  el  sabio  naturalista  D.  Ignacio 


412 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


dispensarme  otras  atenciones  y  agasajos  que,  por  excesivos  y  sonrojantes,  no 
acierto  a  referir.  De  todas  estas  gratisimas  manifestaciones  de  afecto  hacia  el 
profesor  jubilado,  ninguna  supera,  desde  el  doble  punto  de  vista  espiritual  y  utili¬ 
tario,  al  libro  antes  citado  (1),  en  el  cual  han  tenido  la  benevolencia  y  la  generosi¬ 
dad  de  colaborar,  con  excelentes  y  originales  comunicaciones,  sabios  extranjeros 
tan  prestigiosos  como  M.  V.  Lenhossék,  Cecile  y  Oskar  Vogt,  Jaques  Loeb, 
Albrecht  Bethe,  P.  Sherrington,  A.  P.  Dustin,  J.  Boeke,  Umberto  Rossi,  Ernesto 
Lugaro,M.  G.  Marinesco,  V.  Babes,  Max  Bielschowsky  y  Richard  Henneberg, 
Karl  Schaffer,  Emil  Holmgren,  J.  B.  Johnston,  I.  Havet,  M.  Athias,  C.  V.  Monakow, 
Celestino  da  Costa,  Pierre  Marie,  E.  Veratti,  A.  Prenant,  Cl.  Regaud  y  A.  La- 
cassagne,  B.  A.  Houssay,  J.  T.  Lewis,  R.  Kraus,  Chr.  Jacob. 

Entre  los  españoles  figuran:  P.  Ramón,  A.  Pi  y  Suñer,  R.  Turró,  G.  R.  Lafora, 
P.  del  Rio  Hortega,  G.  Pittaluga,  J.  Negrin,  E  Hernández  Pacheco,  G.  Marañóri, 
F.  Giménez  de  Asúa,  Domingo  Sánchez  y  Sánchez,  M.  Sánchez  y  Sánchez,  J.  No- 
nidez,  A.  de  Gregorio  Rocasolano,  Fernando  de  Castro,  Lorente  de  Nó,  Manuel 
Bordas,  O.  Fernández  y  T.  Garmendia,  J.  Mouriz,  J.  Ramón  Fañanás,  G.  Leoz 
Ortin,  Sadi  de  Buen  y  Miguel  Fernández. 

Huelga  decir  que  he  contraído  deuda  impagable  con  los  iniciadores  y  gestores 
de  la  subscripción  para  el  citado  libro  homenaje,  entre  los  cuales  destacan  el 
Conde  de  Romanones,  Dr.  C.  M.  Cortezo,  Dr.  Amafio  Gimeno,  D.  F.  R.  Carracido, 
Dr.  Recassens,  Dr.  Francos  Rodríguez,  D.  M.  Sotomayor,  D.  G.  Marañón,  D.  Blas 
Cabrera,  Dr.  G.  Pittaluga, -y,  singularmente,  el  Dr.  Tello,  sobre  quien  ha  pesado  el 
abrumador  trabajo  de  compilar  las  comunicaciones  recibidas,  corregir  las  pruebas 
y  redactar  resúmenes  en  castellano  de  las  monografías  inglesas  y  alemanas. 

Algunos  de  los  veteranos  colaboradores  extranjeros  han  fallecido  recientemente 
antes  de  recibir  los  dos  volúmenes  del  libro  homenaje.  Gran  pérdida  para  la  cien¬ 
cia.  Aludo  a  los  ilustres  profesores  E.  Holmgren  y  a  Humberto  Rossi.  Otros  mucho 
adelantados  en  una  etapa,  como  Waldeyer,  Edinger,  V.  Gehuchten,  Retzius,  etc. 
me  hubieran,  sin  duda,  ofrecido  un  nuevo  testimonio  de  su  inquebrantable  amis¬ 
tad  si  la  Parca  inexorable  no  les  hubiera  cerrado  el  paso  durante  la  guerra  o  la 
postguerra.  ¡Gloria  y  honor  a  los  caídos  y  albricias  a  los  que  viven  aún,  esforzán¬ 
dose,  durante  su  gloriosa  vejez,  en  pro  del  progreso  de  la  ciencia  y  el  enaltecimien¬ 
to  intelectual  de  sus  sendas  naciones!... 

Estos  homenajes,  casi  póstumos,  hacia  un  modesto  obrero  de  la  biología 
tienen  para  el  anciano  un  sabor  agridulce.  Nos  dicen  hidalga,  suave  y  discreta¬ 
mente,  que  hemos  terminado  virtualmente  nuestra  carrera  científica;  que  fran¬ 
queada  la  cima  de  la  montaña,  hay  que  rodár  cuesta  abajo  arrastrados  con  veloci¬ 
dad  vertiginosa  por  el  huracán  del  tiempo  en  complicidad  con  las  limitaciones  y 
dolores  de  la  decrepitud.  Faltos  o  premiosos  en  lo  tocante  al  quid  divinum  creador, 
surge  en  nosotros,  henchida  de  melancólicas  remembranzas,  la  conciencia  de  so¬ 
brevivimos.  Hemos  cometido  el  pecado  de  persistir  demasiado,  burlando  las  ase¬ 
chanzas  de  la  enfermedad  y  los  avisos  del  sobretrabajo.  La  flaqueza  de  la  memoria, 
cavando  un  abismo  entre  el  presente  y  el  pasado,  nos  obliga  a  objetivarnos,  a  con¬ 
templar  nuestra  madurez  como  la  de  un  ser  extraño  casi  incomprensible  ’y  her¬ 
mético.  Perdido  o  atenuado  el  sentimiento  de  la  continuidad,  al  leernos  extraña¬ 
mos  nuestros  ingenuas  y  viejas  ideas,  orgullo  y  vanagloria  de  inexperta  juventud. 

(1)  Libro  en  honor  de  D.  Santiago  Ramón  y  Oajal.  Trabajos  originales  de  sus  admiradores  y  discí¬ 
pulos  extranjeros  y  nacionales.  2  volúmenes  publicados  por  la  Junta  para  el  homenaje  a  Cajal.  1922. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


413 


“Somos  otros  y  acaso  peores,  porque  lo  ganado  en  experiencia  lo  hemos  perdido  en 
'entusiasmo  y  fe. 

Como  todo  anciano,  siento  yo  también  todas  esas  envenenadas  mordeduras 
del  corazón  y  del  cerebro.  Son  aldabonazos  del  tiempo,  devorador  implacable  de 
la  vida.  Pero  ni  quiero  ni  debo  cejar  en  mis  empeños.  Y  para  no  caer  en  la  inercia 
mental — especie  de  muerte  anticipada — continúo  laborando,  aunque  deba  con¬ 
traerme  modestamente  al  perfeccionamiento  de  antiguas  investigaciones,  que  re- 
ípresentan  para  el  viejo  la  dirección  de  la  menor  resistencia.  Tengo  además  el  in¬ 
declinable  deber  de  guiar  a  mis  discípulos,  infundiéndoles  inquebrantable  confian¬ 
za  en  sus  propias  fuerzas  y  fe  robusta  en  el  progreso  indefinido.  Que  la  ciencia, 
como  la  vida,  crece  incesantemente,  renovándose  de  continuo  sin  chocar,  en 
sü  ímpetu  creador,  con  el  muro  de  la  decrepitud.  ¡Gran  estímulo  para  los  jóvenes 
-el  saber  que  el  tajo  es  inagotable  y  que  todos  pueden,  si  lo  desean  firmemente, 
transmitir  su  nombre  a  la  posteridad  y  añadir  un  blasón  al  escudo  de  la  raza. 
A  todos  cuantos  embelesa  el  hechizo  de  lo  infinitamente  pequeño,  aguardan 
en'elsenode  los  seres  vivos  millones  de  células  palpitantes  que  sólo  exigen, 
■para  entregar  su  secreto,  y  con  él  la  aureola  de  la  fama,  una  inteligencia  lúcida  y 
4)bstinada  que  las  contemple,  las  admire  y  las  comprenda. 


FÍN 


TRABAJOS  DEL  AUTOR 


LIBROS  PUBLICADOS 


1  Manual  de  Histología  normal  y  técnica  micrográflca.  Obra  ilustrada  con 

205  grabados  óriginales,  1.^  edición,  Valencia;  1889, 2.^  edición,  1893. 

2  Manual  de  Anatomía  patológica  general,  seguido  de  un  resumen  de  Mi¬ 

croscopía  aplicada  a  la  Histología  y  Bacteriología  patológicas  (con 
numerosos  grabados  originales,  en  negro  y  color),  1.^  edición,  Bar¬ 
celona,  1890;  2.a  edición,  Madrid,  1896;  3.a  edición,  Madrid,  1900;. 

4. a  edición,  1905;  5.a  edición,  Madrid,  1909;  6.a  edición,  1918;  7.a  edi¬ 
ción,  1922. 

3  Elementos  de  Histología  normal  y  de  técnica  micrográflca.  Madrid,  1897. 

(Resumen  con  importantes  mejoras  y  adiciones  del  Manual  de  His¬ 
tología.)  Van  publicadas  siete  ediciones  ilustradas  con  numerosos 
grabados  originales:  7.a  edición,  1921. 

4  Les  nouvelles  idées  sur  la  flne  anatomie  des  centres  nerveux.  Con  nu¬ 

merosos  grabados  y  un  prólogo  del  Dr.  Mathias  Duval.  París,  1894.. 

5  Textura  del  sistema  nervioso  del  hombre  y  de  los  vertebrados.  Obra 

extensa  (3  volúmenes)  donde  se  contiene  un  resumen  de  todos 
nuestros  trabajos  sobre  la  estructura  de  los  centros  nerviosos.. 
Tomo  1,  de  567  páginas  y  206  grabados  originales,  en  negro  y  color. 
Madrid,  1897, 1899  a  1904. 

5®  Studien  über  die  Hirnrinde  des  Menschen.  Leipzig,  J.  Barth,  1906. 

6  Die  Retine  der  Wirbelthiere.  Traducción  alemana,  con  muchas  adiciones 

de  mi  extensa  Monografía  publicada  en  La  cellule  y  titulada:  La  ré- 
tine  des  vertebrés,  1892.  Versión  y  prólogo  del  Dr.  Greeff.  Ber¬ 
lín,  1894. 

7  Studien  über  Nervenregeneration.  Leipzig,  1908.  Ilustrada  con  60  gra¬ 

bados. 

8  Histologie  du  sistéme  nerveux  de  l’homme  et  des  vertebrés.  (Traducción 

del  Dr.  L.  Azoulay),  2  vol.  en  4.°  mayor.  París,  1909-1911. 

Traducción  de  la  edición  española  (núm.  3),  ampliada  en  numerosos  pun¬ 
tos,  en  especial  en  lo  tocante  a  histogénesis  medular,  textura  del  tálamo 
óptico,  cerebro  medio,  corteza  cerebral,  etc.  En  realidad,  es  una  obra  nueva 
con  925  grabados  originales  en  negro  y  en  color. 

9  La  fotografía  de  los  colores:  Fundamentos  científicos  y  reglas’prácticas.. 

Madrid,  1912. 

Mediante  esquemas  originales  y  dascripciones  sencillas,  se  exponen  en 
este  libro  las  bases  científicas  de  todos  los  procederes  cromofotográficos. 

10  Reglas  y  consejos  sobre  la  investigación  biológica.  Discurso  leído  con 

ocasión  de  la  recepción  del  autor  en  la  Real  Academia  de  Ciencias- 
Exactas,  Físicas  y  Naturales,  en  la  sesión  del  5  de  diciembre  de  1897; 

5. ^  edición,  notablemente  aumentada. 

11  Estudios  sobre  la  degeneración  y  regeneración  del  sistema  nervioso,. 

Obra  costeada  por  la  generosidad  de  los  médicos  españoles  de  la 


RECXJERDOS  DE  MI  VIDA 


415. 


República  Argentina.  Madrid,  1913-14,  2  vol.  en  4°,  con  más  de  400 
páginas  cada  uno,  y  300  grabados.  . 

12  Recuerdos  de  mi  vida.  Tomo  I.  Mi  infancia  y  juventud.  Tomo  II.  Historia 

de  mi  labor  científica,  2  vol.  en  4.°  con  numerosos  grabados.  Ma¬ 
drid,  1901-1917.  ^  TT 

13  Charlas  de  café  (pensamientos,  anécdotas,  confidencias).  Un  vol.  en  8. 

Madrid,  3.^  edición,  1323. 

14  Manual  técnico  de  Anatomía  patológica.  (En  colaboración  del  Dr.  Tello,  a 

quien  se  debe  lo  más  importante  del  libro.)  1918.  Con  40  grabados- 


MONOGRAFIAS  CIENTIFICAS. 


1880 


15  Investigaciones  experimentales  sobre  la  génesis  inflamatoria.  Zaragoza^ 
Con  dos  láminas  litografiadas,  1880. 


1881 

16  Observaciones  microscópicas  sobre  las  terminaciones  nerviosas  en  los 
músculos  voluntarios  de  la  rana.  Zaragoza,  1881.  Con  dos  lámi¬ 
nas  litografiadas  por  el  autor. 

1885 


17  Estudios  sobre  el  microbio  vírgula  del  cólera.  Zaragoza.  Septiembre 

de  1885.  Con  ocho  grabados. 

18  Contribución  al  estudio  de  las  formas  involutivas  y  monstruosas  del. 

comabacilo  de  Koch.  La  Crónica  Médica.  Valencia,  20  de  diciembre 
de  1885.  Con  un  grabado. 


1886 


19  Contribution  a  l’étude  des  cellules  anastomosées  des  épithéliums  pavi- 

menteux  stratiflés.  Internationae  Monatsschrift  f.  Anat  u  Histol 
Bd.  III.  Heft.  7.  Con  una  plancha  litográfica  (primer  trabajo  publica¬ 
do  en  el  extranjero).  ^ 

20  Estructura  de  las  fibras  del  cristalino.  Notas  de  laboratorio  La  Crónica 

Medica  Revista  quincenal  de  Medicina  y  Cirugía  prácticas.  Valen¬ 
cia,  2U  de  marzo  de  1886. 


21 


Tejido  óseo  ^ycolor^tón^e  los  cortes  de  hueso.  Boletín  Midko  Valen- 

Notas  * I.  Textura  de  la  fibra  muscular  de  los  mamíferos. 

„  tsolehn  Medico  Valenciano.  Jumo  de  1887. 

II.  ala  de  los  insectos.  Boleíin  Médico  Valenciano. 

III.  insectos.  Boletin  Médico  Valenciano.. 

25  Crdn/cuMéd/ca- 


24 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


'ál6 


1888 


26  Observations  sur  la  textura  des  Abres  musculaires  des  pattes  et  des 

alies  des  insectes.  Internationale  Monatsschrift  f.  Anat.  u.  Physiol. 
Bd.  V.  Heft  6  u.  7.  Con  cuatro  planchas  litograñadas  que  contienen 
77  figuras  originales. 

27  Estructura  de  los  centros  nerviosos  de  las  aves.  Con  dos  láminas  litográ- 

ficas.  Revista  trimestral  de  Histología  normal  y  patológica.  Barcelo¬ 
na,  l.“  de  mayo  de  1888.  (Primer  número  de  una  Revista  costeada 
por  el  autor  y  creada  especialmente  para  publicar  los  trabajos  del 
laboratorio  de  Histología  de  la  Universidad  de  Barcelona.) 

28  Morfología  y  conexiones  de  los  elementos  de  la  retina  de  las  aves.  Re¬ 

vista  trimestral  de  Histología  normal  y  patológica,  número  1.®  mayo 
de  1888.  Con  dos  láminas  litográñcas  ejecutadas  por  el  autor. 

29  Terminaciones  nerviosas  en  los  husos  musculares  de  la  rana.  Revista 

trimestral  de  Histología  normal  y  patológica.  Mayo  de  1888. 

30  Textura  de  la  fibra  muscular  del  corazón.  Revista  trimestral  de  Histología 

normal  y  patológica.  1°  de  mayo  de  1888.  Con  una  lámina  litográfica. 

31  Sobre  las  fibras  nerviosas  de  la  capa  molecular  del  cerebelo.  Revista 

trimestral  de  Histología  normal  y  patológica.  1  °  agosto  de  1888, 
Barcelona.  Con  una  lámina  litográfica. 

-32  Estructura  de  la  retina  de  las  aves  (continuación  del  trabajo  publicado  en 
el  núm.  l.°  de  la  Revista  trimestral  de  Histología  normal  y  patoló¬ 
gica),  agosto  Con  unalámínaVitográUca.. 

33  Nota  sobre  la  estructura  de  los  tubos  nerviosos  del  órgano  cerebral 

eléctrico  del  torpedo.  Revista  trimestral  de  Histología  normal  y  pa¬ 
tológica.  Agosto  1888. 

34  Estructura  del  cerebelo.  Gaceta  Médica  Catalana,  15  de  agosto  de  1888. 


1889 

35  Coloración  por  el  método  de  Golgi  de  los  centros  nerviosos  de  los  em¬ 

briones  de  pollo.  Gnceta  Médica  Catalana,  1.°  de  enero  de  1889. 

36  Nota  preventiva  sobre  la  estructura  de  la  médula  embrionaria.  Gaceta 

Médica  Catalana,  15  de  marzo  de  1889. 

37  Nota  preventiva  sobre  la  estructura  de  la  médula  embrionaria.  Caceta 

Médica  Catalana,  3!  de  marzo  de  1889. 

38  Dolores  del  parto  considerablemente  atenuados  por  la  sugestión  hip¬ 

nótica.  Gaceta  Médica  Catalana,  31  agosto  1889. 

39  Estructura  del  lóbulo  óptico  de  las  aves  y  origen  de  los  nervios  ópticos. 

Revista  trimestral  de  Histología  normal  y  patológica,  1.®  marzo  1889 
(números  3  y  4).  Barcelona.  Con  dos  litografías. 

-40  Contribución  al  estudio  de  la  estructura  de  la  médula  espinal.  Revista 
trimestral  de  Histología  normal  y  patológica,  marzo  1889.  Con  4  cin¬ 
cografías  y  dos  láminas  litográficas . 

41  Sobre  las  fibras  nerviosas  de  la  capa  granulosa  del  cerebelo.  Revista 

trimestral  de  Histología  normal  y  patológica,  marzo  1889.  Con  una 
lámina  litográfica. 

42  Conservación  de  las  preparaciones  de  microbios  por  desecación.  Revis¬ 

ta  trimestral  de  Histología  normal  y  patológica,  marzo  1889  * 

-43  Sur  l’origine  et  la  direction  des  prolongations  nerveuses  de  la  couche 
moléculaire  du  cervelet.  Intern.  Monatsschrift.  f.  Anat.  u.  Phys., 
1889.  Bd.  VI,  Heft.  4  u.  5.  Con  tres  láminas  litografiadas,  que  con¬ 
tienen  muchas  figuras. 

-44  Sur  la  morphologie  et  les  conexions  des  éléments  de  la  rétine  des 
oiseaux.  Anatomischer  Anzeiger,  número  4,  1889.  Con  cuatro  figuras. 
45  Nuevas  aplicaciones  del  método  de  coloración  de  Golgi.  Gaceta  Médica 
Catalana,  1889.  Con  cuatro  grabados. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


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64 

65 


Conexión  general  de  ios  elementos  nerviosos.  La  Medicina  Práctica.  Ma¬ 
drid,  2  de  üctuore  de  1-89. 

1890 


Sur  l’origine  eí  les  ramifications  des  ñbres  nerveuses  de  la  moeíle  eni- 
bryonaire.  Anaiomischer  Anzeiger,  núinero  3,  1890.  Con  ocho 
figuras. 

Traducción  francesa,  con  algunas  adiciones  y  retoques,  de  la  Monografía 

número  38. 

Sobre  ciertos  elementos  bipolares  de!  cerebelo  y  algunos  detalles  más 
sobre  el  crecimiento  y  evolución  de  las  fibras  cerebelosas.  Ga¬ 
ceta  Sanitaria  de  barceluna,  10  de  febrero  de  lb9u.  Con  seis  gra¬ 
bados. 

Sur  les  Abres  nerveuses  de  la  coucbe  granúlense  du  cerveleí  eí  sur 
revolution  des  éiéments  cérébeíieux.  Internationale  Monatschrift 
für  Anal,  u  Physíol.  Bd.  Vií,  H.  I,  1890.  Con  dos  liíog  afías. 

Traducción  francesa,  con  algunas  pocas  adiciones,  del  trabaja  número  39, 

Nuevas  observaciones  sobre  la  estructura  de  la  médula  espinal  de  los 
mamíferos.  Barct  lona,  1  o  de  abril  de  1890.  Con  siete  granados. 

Sobre  la  terminación  de  ios  nervios  y  tráqueas  en  los  músculos  de  las 
alas  de  ios  insectos.  Barcelona,  l.°  de  abril  de  1890.  Con  dos  gra¬ 
bados. 

Sobre  las  células  gigantes  de  la  lepra  y  sus  relaciones  con  las  colonias 
del  bacilo  leproso.  Gaceta  Sanitaria  de  Barcelona,  10  de  julio 
de  1.S9.),  núm. Tu  1 1  Con  tres  grabados. 

Sobre  la  aparición  de  las  expansiones  celulares  en  !a  médula  embrio¬ 
naria.  Gaceta  'sanitaria  de  Barcelona,  lo  de  agosto  de  1890. 

Sobre  las  terinlnaciones  nerviosas  del  corazón  en  los  batracios  y  rep¬ 
tiles  Gaceta  ¿>anitaria  de  Barcelona,  agosto  1  ^yr). 

Sobre  las  finas  redes  termínales  de  las  tráqueas  en  los  músculos  de  las 
patas  y  alas  de  los  Insectos.  Gaceta  Sanitaria  de  Barcelona,  10  de 
octubre  de  1890.  Con  cuatro  figuras. 

Sobre  un  proceder  de  coloración  de  las  células  y  fibras  nerviosas  por 
el  azul  de  Turnbull.  Gaceta  Sanitaria  de  Barcelona,  del  10  de  oe- 
tui>rcd<' 1890 

Reponse  a  M.  Golgl  h.  propos  des  fíbrilles  collaíérales  de  la  moeíle  épl- 
niére  et  .a  structare  genérale  de  la  subsíance  grise.  Anaiomischer 
Anzeiger,  n  ¡m-ro  /( ',  r 90. 

Á  quelle  époque.  apparaissení  les  expanslons  des  cellules  nerveuses  de 
la  moeíle  épiniére  du  poulet.  Anaiomischer  Anzeieen  núme¬ 
ros  21  y  22,  !89\  ^  ' 

Sobre  la  existencia  de  células  nerviosas  especiales  en  la  primera  capa 
de  las  circunvoluciones  cerebrales.  Gaceta  Médica  Catalana  15 
de  diciembre  de  890. 

A  propos  de  ceríains  éiéments  bipolalres  du  cerveleí  avec  quelques  de- 
taiis  nouveaux  sur  Fevolution  des  Abres  cérévelleuses.  journal 
International  d’Anatomie  et  de  Physiologie.  Bd.  Vil.  H  11  1890 
Con  seis  figuras. 


Origen  y  terminación  de  las  fibras  nerviosas  olfatorias.  Barcelona,  11  de 
octubre  de  18m  Con  seis  g-ab  idos 

Textura  de  las  circunvoluciones  cerebrales  de  los  mamíferos  inferiores. 

1  Barcelona,  octubre  de  890.  Con  d.-s  grabados. 

Sobre  ía  existencia  de  terminaciones  nerviosas  pericelulares  en  los 
refnna  comu/ncflc/ones  anatómicas.  Bar- 

°  2qde  dici-mbre  de  1819.  Cun  dos  grabados. 

Sobre  la  existencia  de  colaterales  y  bifurcaciones  en  las  fibras  de  la 
di  1890  corteza  del  cerebro.  Barcelona,  diciembre 


Coloration  par  la  méthode  de  Golgi  des  terminaissons  des  trachées  et 


27 


418 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


des  nerfs  dans  les  máseles  des  ailes  des  insectes.  Zeischrift  f. 
wissenschaftliche  Micro^copie,  etc.  Bd.  Vil,  1890.  Con  una  lámina 
litográfica  y  tres  grabados. 

Traducción  francesa,  con  algunos  retoques  y  adición  de  figuras,  de  los 
opúsculos  números  5 1  y  55. 

1891 

€6  Sobre  la  existencia  de  bifurcaciones  y  colaterales  en  los  nervios  sen¬ 
sitivos  craneales  y  substancia  blanca  del  cerebro.  Oaceta  Sani¬ 
taria  de  Barcelona,  lO  de  abril  de  1891. 

Terminaciones  nerviosas  en  el  corazón  de  los  mamíferos.  Gaceta  Sani- 
ta:  ia  de  Barcelona,  10  de  abril  de  1891 . 

€8  Significación  fisiológica  de  las  expansiones  protoplásmicas  y  nerviosas 
de  las  células  de  la  substancia  gris.  Mem*  ria  leída  en  el  Congreso 
Médico  de  Valencia.  Sesión  de  24  de  junio  de  189'.  Con  cinco  gra¬ 
bados. 

89  Sur  la  fine  strucíure  du  lobe  optique  des  oiseaux  eí  sur  l’origine  réelle 
des  nerfs  optiques.  yoürn.  internat.  d’r-natomie  et  de  Physiol., 
tomo  Vlíí.  fase.  9,  1891  Con  dos  láminas  litografiadas. 

70  Pequeñas  contribuciones  al  conocimiento  del  sistema  nervioso  (Varias 

investigaciones  sobre  el  gran  sin. pático,  retina,  médula  espinal  y 
Cürte7a  cerebral).  20  de  agos.o  de  1891.  Con  12  grabados. 

/  parte:  E'Truct  r*  y  conexiones  de  los  ganglios  simpa  i  icos. 

II  parte:  ESTRUCTURA  fundamental  de  la  co  .teza  cerebral  de  los.ba- 
TRACIOS.  reptiles  Y  AVES. 

ni  parte:  Estructu  a  de  la  retina  de  los  reptiles  y  batr  cios. 

IV  parte:  Estructura  de  la  médula  espinal  de  los  reptiles. 

V  parte:  La  substanci=^  gelatinosa  de  Rolando. 

71  Notas  preventivas  sobre  la  retina  y  gran  simpático  de  los  mamíferos. 

Caceta  Sanitaria  de  Barcelona,  10  de  diciembre  de  1891.  Con  siete 
grabad'  s. 

72  Terminación  de  los  nervios  y  tubos  glandulares  del  páncreas  de  los  ver¬ 

tebrados  (en  unión  de  Cl.  Sala),  28  de  diciembre  de  1891.  Barce¬ 
lona.  Con  finco  grabados. 

73  Sur  la  síructure  de  l’écorce  cérébrale  de  queíques  mammiféres.  La  Ce- 

llule.  Tomo  Vil,  1  fascicuie,  1891.  Con  tres  grandes  láminas  litogra¬ 
fiadas. 

1892 

74  Nota  sobre  el  plexo  de  Auerbach  de  la  rana.  Barcelona,  13  de  febrero 

de  1892.  Con  di>s  g  abados. 

75  Observaciones  anatómicas  sobre  la  corteza  cerebral  y  asta  de  Ammon. 

Actas  de  la  Sociedad  tspañ  h  de  Historia  Naturai.  Segiinda  serie* 
tomo  I.  Sesión  de  diciembre  de  189'L 

76  La  retina  de  los  los  teleósteos  y  algunas  observaciones  sobre  la  de  los 

vertebrados  superiores.  Trabajo  leído  ante  la  Sociedad  de  Histo¬ 
ria  Natural  en  1  ®  de  ionio  de  1892.  Con  cinco  cincografías. 

77  Larétine  des  vertebrés  fo  CeZ/u/e.  Tomo  IX,  !  «  fase.  Con  siete  grandes 

láminas  litografiadas,  que  comprenden  más  de  60  figuras. 


1893 

78  Estructura  del  asta  de  Ammon  y  fascia  dentada.  Anales  de  la  Sociedad 

h.spañola  de  Historia  Nutural.Tnmo 1893  Con  22  grabados 

79  Estructura  de  la  corteza  occipital  de  los  pequeños  mamíferos.  Anules  de 

la  Sociedad  de  Historia  Natural.  Tomo  XXII,  18y3.  Con  cuatro  gra¬ 
bados. 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


419 


í80  Adenoma  primitivo  del  hígado.  Revista  de  Ciencias  Médicas  de  Barcelona, 
IQ  de  mayo  de  1^93.  Con  2  figuras.  _  ... 

;81  Beitrage  zur  feineren  Anatomie  des  grossen  Hirns.  Traducción  alemana, 
dirigida  por  KoUiker,  de  nuestra  extensa  Memoria  ya  citada  sobre 
el  asta  de  Ammon  y  fascia  dentata 

.82  Los  ganglios  y  plexos  nerviosos  del  intestino  de  los  mamíferos,  y  peque¬ 
ñas  adiciones  a  nuestros  trabajos  sobre  la  médula  y  gran  sim¬ 
pático  general,  23  de  noviembre  de  l.b93  Madrid.  Con  13  grabados. 

.83  Sur  les  ganglions  nerveux  de  l’intestin.  Resumen  y  traducción  del  trabajo 
anterior,  hecho  por  el  Dr.  Azouiay,  y  leído  en  la  Sociedad  de  Biolo¬ 
gía  de  París  (sesión  del  30  de  diciembre  de  lí‘93). 

.84  Pequeñas  adiciones  a  nuestros  trabajos  sobre  la  médula  y  gran  simpᬠ
tico  general.  Noviembre  de  l893,  Madrid. 


1894 

;.85  La  fine  structure  des  centres  nerveux.  T/ie  Croon/an  léctme.  Conferencia 
pronunciada  ante  la  Sociedad  Real  de  Londres  el  F  de  marzo  de  1894, 
y  publicada  en  los  Proceedings  ( f  the  Royal  Society.  Vol.  55,  1894. 
Con  figuras  copiadas  de  los  esquemas  que  sirvieron  para  la  confe¬ 
rencia.. 

,86  Notas  preventivas  sobre  la  estructura  del  encéfalo  de  los  teleósteos. 

Anales  de  la  Sociedad  bspañola  de  historia  natural.  Tomo  23,  894. 
.87  Algunas  contribuciones  al  conocimiento  de  los  ganglios  del  encéfalo. 

Anales  de  la  Sociedad  Española  de  Histoiia  natural.  Tomo  23,  L  94. 
Con  12  grabados. 

:88  Le  Pont  de  Varóle  bibliographie  anatomique,  núm.  6, 1894.  Resumen  fran¬ 
cés  del  artículo  1  de  la  Monografía  núm.  87. 

89  Estructura  del  ganglio  de  la  habénula  de  los  mamíferos.  Trabajo  leido  en 
la  Sociedad  tspañola  de  Historia  natural.  Sesión  del  4  de  julio 
de  189 1.  Con  4  grabados  Publicado  en  los  Anales  de  la  Sociedad  Es¬ 
pañola  de  Historia  natural.  Toino  2  ',  1894. 

;90  Consideraciones  generales  sobre  la  morfología  de.  la  célula  nerviosa. 

Texto  de  la  Conferencia  enviada  al  Congreso  médico  internacional 
de  Roma  de  1894.  Publicada  en  La  Veterinaria  tspañola,  números 
5  y  20  de  junio  de  1894 


1895 

91  Ganglions  cérévelleux.  Bibliographie  anatomique,  núm.  1.  Enero  de  1895. 

Resumen  francés  del  artículo  11  de  nuestra  Memoria  núm.  87. 

92  Corps  strié.  Bibliographie  anatomique,  núm.  2.  18'!5.  Con  dos  grabados. 

93  Algunas  conjeturas  sobre  el  mecanismo  anatómico  de  la  asociación, 

ideación  y  atención.  Revista  de  Medicina  y  Cirugia  prácticas.  Ma¬ 
drid,  1895. 

:94  L’anatomie  fíne  de  la  moelle  épiniére.  Atlas  der  pathologischen  Histologie 
des  Nervensystems.  (Con  8  grandes  láminas  cromolitográficas.)  Ber¬ 
lín.  1H9S.  ^  ’ 

95  Apuntes  para  el  estudio  del  bulbo  raquídeo,  cerebelo  y  origen  de  los 

nervios  encefálicos.  Trabajo  leído  ante  la  Sociedad  tspañola  de 
Historia  natural  en  la  sesión  de  6  de  febrero  de  1895,  publicado  en 
los  Anales  de  la  Sociedad  Española  de  Historia  natural.  (Con  31 
grabados).  ^ 

1896 

96  Beitrag  zur  Studium  der  medula  oblongata,  des  Kleinhirns  und  des 

Ursprung  des  Gehirnnernem  Iraducción  alemana,  con  un  prólogo 


420 


S.  RAMÓN  Y  CATAL. 


97 


100 

101 

102 

103 

104 

105 

108 


del  Dr.  Mendel,  de  nuestro  anterior  trabajo-  sobre  el  bulbo,  Leipzig., 
Librería  de  Anibrosius  Barth.  1896. 

Nouvelles  contributions  a  l’étude  histologique  de  la  r étine  et  á  la  ques- 
tion  des  anastomoses  des  prolongements  protoplasmiques.your- 
nal  de  l" Anato  mié  et  de  la  Ptiysiologie.  i3  de  noviembre  de  1896. 
Avec  4  planches  litographiques. 

Las  defensas  orgánicas  en  el  epiteíioma  y  carcinoma,  fio/ei/n  oficial  det 
Co.egio  de  Médicos  de  Madrid,  núni.  1896. 

Las  colaterales  y  bifurcaciones  de  las  raíces  posteriores  de  la  médula 
espinal  demostradas  por  el  azul  de  metileno.  kevista  de  Clínica^ 
de  terapéutica  y  Farmacia,  lU  octubre  1896.  i  orno  X.  Con  1  figura. 

Métodos  de  coloración  de  las  neoplasias.  Revista  de  Ciencias  Médicas  de 
Barcelona.  10  marzo  1896 

Estructura  del  protoplasma  nervioso.  Revista  trimestral  micrográfica,  nú¬ 
mero  1,  marzo  1896.  Con  6  figuras.  (Leido  arde  la  Sociedad  españo¬ 
la  de  tiisiuria  natural,  el  8  de  enero  de  1896  ) 

La  fagocitosis  de  las  plaquetas,  kevista  trimestral  micrográfica,  núm.  4^. 
1  marzo  de  1896.  Con  2  figuras. 

Sobre  las  relaciones  de  las  eéluías  nerviosas  con  las  neurógllcas.  Revis¬ 
ta  trin-estrol  micrográfica,  núm.  1,  marzo  l’^9( .  Con  8  figuras. 

Estudios  histológicos  sobre  los  tumores  epiteliales.  Revista  trimestral  mí¬ 
en  grafic  ,  núm.  2,  junio  dt-  1896.  Con  3  figuras. 

Las  espinas  colaterales  de  las  células  del  cerebro  teñidas  con  el  azul  de, 
metileno.  Revista  trimestral  micrográfica,  núm.  2,  junio  1896.  Con 
3  grabados. 

E!  azul  de  metileno  en  los  centros  nerviosos.  Revista  trimestral  microgrᬠ
fica,  números  3  y  4,  íS96.  Con  4  láminas  litografiadas  y  15  grabados- 
intercalados  en  el  texto. 


1897 


107  Leyes  de  la  morfología  y  dinamismo  de  las  células  nerviosas.  Revista  tri-^ 

mestral  micrográfica.  núm.  1,  marzo  de  1897.  Con  ¡4  grabados. 

108  Algo  sobre  la  significación  fisiológica  de  la  neuroglia.  Revista  trimestral 

micrográfica.  Con  9  figuras.  Núm.  1,  marzo  de  1897. 

109  Nueva  contribución  al  estudio  del  bulbo  raquídeo.  Revista  trimestral  mi- 

C'Ográfica,  núm.  2,  1897.  Con  12  grabados. 

110  Las  células  de  cilindro-eje  corto  de  la  capa  molecular  del  cerebro.  Re¬ 

vista  trimestnl  rnicrográfiea.  junio  1897.  Con  7  figuras. 

111  Los  ganglios  sensitivos  craneales  de  los  mamíferos  (en  unión  de  D.  Fede¬ 

rico  Olóriz  Oitega).  Revista  trimestral  micrográfica  Con  9  figuras. 

112  Terminaciones  nerviosas  en  los  husos  musculares  de  la  rana,  kevista  tri¬ 

mestral  micrográfica,  diciembre  1897.  Con  1  grabado. 


113  Estructura  del  quiasma  óptico  y  teoría  general  de  los  entrecruzamientor 

nerviosos.  Re  Asta  trimestral  micrográfica,  núm.  1,  marzo  1898.  Con 
ISg'-abados. 

114  Algunos  detalles  más  sobre  la  anatomía  del  puente  de  Varolio  y  consi¬ 

deraciones  acerca  de  la  doble  vía  motriz.  Revista  trimestral  micro- 
gráfica,  núm.  2.  junio  18^8.  Con  1  figura. 

115  Estructura  fina  del  cono  terminal  de  la  médula  espinal.  Revista  trime.sírar 

mi<r agráfica,  septiembre  1898.  Con  3  grabados. 

116  La  red  superficial  de  las  células  nerviosas  centrales.  Revista  irimestraP 

micrográfica.  Con  1  grabado. 


•RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


421 


1899 


^17  Apuntes  para  el  estudio  experimental  de  la  corteza  visual  deí  cerebro 
humano.  Revista  ibero-americana  de  Liencias  médicas,  núm.  1,  mar¬ 
zo  1»99.  Con  7  grabados. 

118  Estudios  sobre  la  corteza  cerebral  humana.—!.  Región  visual.  Revista  tri¬ 

mestral  micrográfica,  núm.  1. 1  -'99.  Con  23  grdbados. 

119  Estudios  sobre  la  corteza  cerebral  humana.  -  II.  Zona  motriz  deí  hombre 

y  mamíferos  superiores.  Revista  trimestral  micrugráfica.  Con  31 
figuras. 

120  Comparative  study  of  sensory  areas  of  the  human  cortex.  Con  31  figuras 

y  ei  retrato  de!  autor.  Worcester.  Mass.  (listados  Unidos),  1899. 


ISOO 


121  Estudios  sobre  la  corteza  cerebral  humana.— líl.  Corteza  motriz.  Revista 

trimestral  micrográfica,  tonio  V,  nú.M.  1,  marzo  de  1900. 

122  Estructura  de  la  corteza  acústica  y  circunvoluciones  de  la  ínsula.  Revista 

trimestral  micrográfica,  tomo  V,  números  2, 3  y  4.  Diciembie  de  1900. 
Con  12  figuras. 

123  Disposición  terminal  de  las  fibras  deí  nervio  coclear.  Revista  trimestral 

mict ográfica,  torno  V,  números  2, 3  y  4.  Con  2  figuras. 

124  La  corteza  olfativa  del  hombre  y  de  los  mamíferos.  Revista  trimest/al  mi- 

crográfica,  núm.  4.  Diciembre  de  1900. 

125  Contribución  al  estudio  de  la  vía  sensitiva  central  y  de  la  estructura  del 

tálamo  óptico.  (Con  4  grabados.)  Revista  trimestral  micrográfica, 
tomo  V. 

128  Pequeñas  comunicaciones  técnicas.  Revista  trimestral  micrográfica,  tomo  V, 
fascículo  3.° 

1901 


127  Estructura  de  la  corteza  olfativa  de!  hombre  y  mamíferos.  (Con  72  gra¬ 
bados  )  Trao.  del  ¡  ab.  de  Invest.  bial,  torno  I. 

Í2S  Textura  del  lóbulo  olfativo  accesorio.  (Con  5  figuras.)  Trab.  del  Lab.  de 
¡nvest.  bioL,  tomo  I. 

129  Significación  probable  de  las  células  de  axon  corto.  Trab.  del  Lab.  de 
Invest.  bioL,  tomo  í.  (Con  3  esquemas.) 


1902 


130  Estructura  del  Septum  lucidum.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  bioL,  tomo  I.(Con 
19  grab-ados.) 

431  Sobre  un  ganglio  especial  de  la  corteza  esfeno-occipital.  Trab.  del  lab.  de 
Invcst.  biol..  tumo  !.  (Con  12  grabados.) 

132  Recreaciones  estereoscópicas  y  binoculares.  La  Fologrofia:  Año  1901. 

(Con  5  grabados.) 

133  Estructura  del  tubérculo  cuadrigémino  posterior,  cuerpo  geniculado  in¬ 

terno  y  vías  ácústicas  centrales,  y  rab.  del  Lab.  de  Invest.  bioL, 
tomo  I.  (Con  6  grabados.) 

134  Die  Endigung  des  ausseren  Lemriiscus,  &.  Ehrenñummer  des  Deutsch.  med. 

Woch.  zum  70  geburtstage  Leyderís.  Aprill902. 


422 


S.  RAMÓN  y  GAJAI,. 


1903 


135  Sobre  un  foco  gris  especial  relacionado  con  la  cinta  óptica.  T¡ab.  rlet 

Lab.  de  invest  bioL,  tomo  II.  (Con  2  grabados.) 

136  Anatomía  de  las  placas  fotográficas.  La  Potogiajía,  núm.  17,  febrero- 

de  )90  .(Con  3  grabados.) 

137  Las  fibras  nerviosas  de  origen  cerebral  del  tubérculo  cuadrigemino  an¬ 

terior  y  tálamo  óptico.  Trab.  del  Lab.  de  invest.  biol.,  tomo  II.  (Con 
10  grabados.) 

138  La  doble  vía  descendente  nacida  del  pedúnculo  cerebeloso  superior. 

Trab.  del  Lab.  ae  Invest.  biol.,  tomo  íl.  (Con  4  grabados.) 

139  Estudios  talámicos..  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  bioL,  tomo  II.  (Con  20  gra¬ 

bados.) 

140  Plan  de  estructura  del  tálamo  óptico.  Conferencia  dada  en  la  Facultad  de 

Medicina  de  Madrid  el  28  de  abril  de  1903,  con  ocasión  del  Congre¬ 
so  médico  imernacional.  Madrid,  1903.  (Con  5  esquemas,  copias  de- 
las  tablas  murales  dibujadas  al  efecto.) 

141  Método  para  colorear  la  mielina  en  las  preparaciones  del  método  de 

Marchi.  Irab.  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  II. 

142  Un  consejo  útil  para  evitar  los  inconvenientes  de  la  friabilidad  y  arro¬ 

llamiento  de  los  cortes  en  los  preparados  de  Golgi  y  Marchi. 

1  rab.  dei  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  II. 

143  Consideraciones  críticas  sobre  la  teoría  de  Bethe,  acerca  de  la  estruc¬ 

tura  y  conexiones  de  las  células  nerviosas.  Irab.  del  Lab.  de 
Invest.  biol.,  tomo  II.  (Con  8  figuras.) 

144  Sobre  un  sencillo  método  de  impregnación  de  las  fibrillas  interiores  del 

protoplasma  nervioso.  Archivos  latinos  de  Medicina  y  Biología, 
núm.  20  de  octubre  de  1903. 

145  Sobre  la  existencia  de  un  aparato  tubuliforme  en  el  protoplasma  de  las 

células  nerviosas  y  epiteliales  de  la  lombriz  de  tierra.  Boletín  de' 
la  Sociedad  Española  de  Historia  Natural.  (Sesión  de  diciembre 
de  1903.) 

146  Algunas  adiciones  a  nuestro  artículo  anterior  sobre  la  estructura  del 

protoplasma  nervioso.  Revista  escolar  de  Medicina,  etc.,  15  diciem¬ 
bre  1903 

147  Un  sencillo  método  de  coloración  selectiva  del  retículo  protoplásmico  y' 

sus  efectos  en  los  diversos  órganos  nerviosos.  Trab.  del  Lab.  de 
Invest.  biol.,  tomo  II.  (Con  38  figuras.) 

148  Sobre  la  estructura  del  protoplasma  nerviosoi  Reí  isla  escolar  de  Medici¬ 

na  y  Cirugía,  1  noviembre  1903. —Nota  preventiva  donde  se  coiisigr 
nan  los  principales  resultados  expuestos  en  la  anterior  Memoria. 


1904 


149  Algunos  métodos  de  coloración  de  los  cilindros-ejes,  neur ofibrillas  y 

nidos  nerviosos.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  III,  fascículos 
1  y  2.  Marzo. 

150  Ueber  einige  Methoden  der  Silberinprágnirung  zur  Untersuchung  der 

Neurofibrilíen  der  Achsencylinder  und  der  Endverzweigungen. 
Zeitsch.  f.  wissensch.  Mikroskopie.  u.  mikrosk.  T echnik.  Bd.  XX.  1904.- 

151  Variaciones  morfológicas  normales  y  patológicas  del  retículo  neurofi- 

brillar.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  Tomo  III,  cuadernos  1  y  2. 
Con  4  grabados. 

152  El  aparato  tubuliforme  (red  de  Golgi)  del  epitelio  intestinal  de  los  ma¬ 

míferos.  Trabajos  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  III,  cuadernos  1  y  2.. 
Con  2  grabados. 


HECUí.RDOS  DE  MI  VIDA 


423 


153  Un  método  de  coloración  de  los  cilindro-ejes  y  de  las  células  nerviosas. 

Revista  de  la  Real  Academia  de  Ciencias  de  Madrid,  tomo  I,,nurae- 
ro  1,  abril  de  190^.  ^  , 

154  Asociación  del  método  del  nitrato  de  plata  al  embrionario  para  el  estu¬ 

dio  de  los  focos  motores  y  sensitivos.  Trab.  del  Lab.  de  Investiga¬ 
ciones  biol.,  tomo  III,  fasciculus  2  y  3.  Junio  y  septiembre.  Con  12 
grabados.  ■  .  .  on 

155  La  fotografía  cromática  de  puntos  coloreados.  La  Fotografía,  numero  37 

octubre  1904.  • 

156  Contribución  al  estudio  de  la  estructura  de  las  placas  motrices.  Traba¬ 

jos  del  Lab.  de  Jnvest.  biol.,  tomo  III,  cuadernos  2  y  3.  Con  3  gra¬ 
bados. 

157  El  retículo  neuroñbrillar  en  la  retina.  (Ccn  un  grabado  y  una  lámina  lito¬ 

grafiada.)  I raí.  del  Lab  rfe /«vcsí.  firo/.,  tomo  Ilí,  fascículo  4, 

158  Das  Neuroflbrillennetz  der  Retina.  Inter.  Monatsch  f.  Anat.  u.  Physiol. 

Bd.  2!,  H  418  Número  extraordinario  destinado  a  conmemorar  el  50 
aniversario  del  Doctorado  del  ilustre  histólogo  W.  Krause. 

158  Las  lesiones  del  retículo  de  las  células  nerviosas  en  la  rabia.  (Trabajo 
‘  hecho  en  colaboración  con  D.  Dalmacio  García.)  'Irab.  del  Lab.  de 

//zye?t.  ó/o/,  cuaderno  4.  C<-n  28  grabados. 

160  Neuroglia  y  neurofibriilas  del  Lumbricus.  Trab.  del  Lab.  de  Jnvest.  biológi¬ 

cas.  t-mo  Ilí,  cuaderno  4.  (Cim  4  grabados.) 

161  Variaciones  morfológicas  del  retículo  nervioso  de  invertebrados  y  ver¬ 

tebrados.  Trab.  del  Lab.  de  invest.  biol,  tomo  íil,  cuaderno  4.  (Con 
5  grabados.) 

1905 


162  Tipos  celulares  de  los  ganglios  sensitivos  del  hombre  y  mamíferos.  Tra¬ 

bajos  del  Lüb.  de  Invest.  biol,  tomo  IV,  fascículos  1  y  A  (Con  20 
.grabados.) 

163  Tipos  celulares  de  los  ganglios  raquídeos  del  hombre  y  mamíferos.  Nota 

leída  en  la  sesión  dd  l.°  de  marzo  de  1905.  Anales  de  la  Sociedad 
Española  de  Histona  natural,  ]Q0S. 

164  Las  células  estrelladas  de  la  capa  molecular  del  cerebelo  y  algunos  he¬ 

chos  contrarióla  la  función  exclusivamente  conductriz  de  las 
neufofíbrillas.  i  rab.  del  Lab.  de  Invest.  biol,  tomo  iV,  fascículos  1 
y  2.  (Con  2  grabados.) 

165  Las  células  de!  gran  simpático  del  hombre  adulto.  Tr^b.  del  Lab.  de  In- 

vesúgaciones  biol ,  tomo  VI,  fascículos  1  y  2.  (Con  14  g'^abados.) 

166  Coloración  de  la  fibra  muscular  por  el  proceder  del  nitrato  de  plata  re¬ 

ducido  7  rab.  del  Lab.  de  invest.  biol,  cuadernos  1  y  2,  tomo  IV. 
(Con  una  finura.) 

167  Diagnóstico  histológico  de  la  rabia.  Boletín  del  Instituto  de  Sueroterapia, 

Vacunación,  etc.,  de  Alfonso  Xlil,  núm.  1,  marzo. 

168  Sobre  la  degeneración  y  regeneración  de  los  nervios.  Boletín  del  Insti¬ 

tuto  de  tiueroterapia,  etc.,  1.a  parte,  núm.  2,  julio;  2.^  parte,  núm.  3, 
septiembre. 

169  Mecanisme  de  la  régénération  des  nerfs.  Compt.  rend.  de  la  Société 

de  Biol.  de  París,  Séance  1 1  noviembre  1905. 


Mecanismo  de  la  regeneración  de  los  nervios.  Discurso  leído  en  la  solem- 
iie  recepción  de  la  Academia  de  Medicina,  en  marzo  de  19C6.  (Con 
29  figuras.)  Una  copia  de  este  extenso  trabajo  fué  publicada  tam- 
bien  en  Tr.b.  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  IV,  cuaderno  3.® 
Estructura  de  las  imágenes  foíocrómicas  de  G.  Lippmann.  Revista  de  la 


424 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


Real  Acad.  de  Cien.  Exactas,  Físicas  y  Naturales,  tomo  IV,  núm.  4, 

abril  906.  ,  ,  rs»  n  a  * 

172  OueiQues  aníécédenís  historiques  ignores  sur  Ies  Plasmazellen.  Anato- 

.  mischer  Anzeiser,há.XX\X.\%m._  .  ,  .  .  ,  . 

173  Sobre  ía  policromía  de  los  gránulos  metálicos  microscópicos.  Anales  de 

la  Sociedad  Española  de  Física  y  Química,  tomo  IV,  24  de  noviem¬ 
bre  de  1906.  ,  ,  X  . 

174  Génesis  de  las  fibras  nerviosas  del  embrión  y  observaciones  contrarias 

a  la  teoría  catenaria.  Irab.  del  Lab.  de  Invest-  bioL,  tomo  IV,  fas¬ 
cículo  4.”  1906.  (Con  8  g-abad-'S.)  . 

175  Relación  de  méritos  y  trabajos  científicos  del  autor.  Resumen  de  mis  inves¬ 

tigaciones  hasta  V  06.  (Co:'  un  retrato.i  ÍVladrid,  1906. 

176  Síructure  et  connexions  des  neurones.  Conference  de  Nobel  faite  a 

Stockholm  le  1  déccmhre  J906.  (Esta  conferencia  fué  publicada 
después  en  los  Archivos  de  Fisiología,  volumen  V,  fascículo  1.®,  no¬ 
viembre  1907.)  ,  r 

177  Una  modificación  del  proceder  fotocrómico  de  Lumiére  a  la  fécula.  La 

Fotografía,  1906.  Se  propone  la  obtención  de  la  pantalla  microscópi¬ 
ca  tricró  nica  mediante  ía  sección  microtómica  de  filamentos  de  seda 
coloreados,  previa  inmersión  en  una  solución  de  gelatina  enne¬ 
grecida. 

178  Regías  prácticas  sobre  la  fotografía  ínterferenciaí  de  LIppmann.  Ciencia 

popular  Barcelona.  N"viembre  de  1906. 

179  Notas  preventivas  sobre  la  degeneración  y  regeneración  de  las  vías  ner¬ 

viosas  centrales.  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  biol,  tomo  IV,  fascícu¬ 
lo  4.“,  1906. 


180  Discurso  leído  ante  la  Real '‘Academia  de  Medicina,  en  ía  recepción  públi¬ 

ca  de  S.  R.  Caja!,  el  día  30  de  junio  de  1907. 

181  Notes  microphotograpbiques  (avec  6  gravures).  Trab.  Lab.  Recherches  bio- 

lOgiques,  tomo  V,  fase.  .°  y  2.°,  abril  1907. 

182  Les  raetamorphoses  précoces  des  neuroflbrilles  dans  la  régénération  et 

la  dégénération  des  nerfs.  Trab.  Lab.  Rech.  bioL,  t.  V,  fase.  l.°  y  2F, 
abril  1907. 

183  Note  sur  la  dégénerescence  traumatique  des  fibres  nerveuses  du  cerve- 

let  et  du  cerveau.  (Avec  4  gravures.)  Trab.  Lab.  Rech.  bioL,  t.  V, 
fascículo  S.'’,  juiilet  1907. 

184  Die  Histogenetische'Beweise  der  Neurontheorie  von  His  und  Forel  (mit 

2  •  Mbb )  Anatomischer  Anzeiger.  Bd.  3’,  1908. 

185  Nouvelíes  observations  sur  Fevoluííon  des  neuroblastes  avec  quelques 

remarques  sur  l’hypothése  de  Hensen-Heíd  (avec  16  gravures.) 
Trab.  Lab.  Rech.  biol.,  t.  V,  1907. 

186  Quelques  formules  de  flxation  destinées  h  ía  méthode  au  nitrate 

d’argent.  Trab.  Lab.  inv.  biol.,  t.  V,  fase,  t.'^,  decembre  1907. 

187  L'apparei!  reticulaire  de  Golgi-Holmgren  coloré  par  le  nitrate  d’argent. 

__  r-.  ’  giavure.)  Trab.  lab.  htch.  biol.,  t  V,  fase.  3.°,  juiilet  1907 

188  El  renacimiento  de  la  doctrina  neurona!.  Gaceta  Médica  Catalana,  t.  XXXI, ' 

núm.  724.  Barcelona,  31  de  agosto  de  1'  07. 

189  Una  hipótesis  sobre  la  constitución  del  retículo  de  la  célula  nerviosa. 

Revista  escolar  «Cq/o/»,  año  II,  núm.  8.  Abril  de  1907. 

190  Las  placas  auíocromas  Lumiére  y  el  problema  de  las  copias  múltiples. 

La  Fotografía,  Madrid,  1907. 


1908 

ino  teorías  sobre  el  ensueño.  Revista  escolar  «Cajal»,  año  II,  1908. 

192  L.hypothése  de  la  continuité  d’Apathy;  reponse  aux  objetions  de  cet 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


425 


auteur  coníre  la  doctrine  neuronal.  Trab.  Lab.  Rech.  biol,  t.  VI, 
fascículos  1  °  y  2.°,  juin  1908.  ¡Avec  12  gravures.) 

193  Sur  un  noyau  special  du  nerf  vestibulaire  des  poissons  et  des  oiseaux. 

(Avec  o  gravures.)  Trab.  Lab.  Rech.  bivl.,  t.  VI,  fase.  l.°  y  2.°, 
junio  1008. 

194  Les  conduits  de  Golgi-Holmgren  du  protoplasma  nerveux  eí  íe  reseau 

périceliulaire  de  la  membrane.  (Avec  6  gravures.)  Trab.  Labora- 
toire,  Hech.  t  ioL,  t.  VI,  fase.  3.^  aoút  1908. 

195  Sur  la  significatlon  des  celluíes  vasoformatives  de  Ranvier.  (Quelques 

aiitecedents  bibliographiques  ignorés  des  auíeurs  )  Irav.  du  Labora- 
toire  de  Rech.  biol  ,  t.  VI,  fase,  r,  19n8  (Avec  1  gravure.) 

196  Ei  ganglio  intersticial  del  fascículo  longitudinal  posterior  en  el  hombre 

y  diversos  vertebrados  (con  5  grabados.)  i  rab.  Lab.  Inv.  biol., 
t.  VI,  lfa08. 

197  Terminación  periférica  del  nervio  acústico  de  las  aves.  (Con  8  grabados. 

Trab.  ¡  ab.  inv.  biol.,  t.  VI,  19(  8. 

198  Los  ganglios  centrales  deí  cerebelo  de  las  aves.  (Con  6  grabados.)  Traba¬ 

jos  Lab.  inv.  biol,  t.  Vi,  1908. 

199  Les  gangíions  terminaux  du  nerf  acoustique  des  oiseaux.  (Avec  7  gravu¬ 

res  et  une  planche.)  Trab.  Lab.  J  v.  btoL,  t.  VI,  1908. 

200  Iniluencia  de  la  quimiotaxis  en  la  génesis  y  evolución  del  sistema  ner¬ 

vioso.  Discurso  inaugural  de  ia  Sección  de  Ciencins  Naturales  de  la 
Asociación  Española  para  el  progreso  de  las  Ciencias.  Congreso  de 
Zaragoza,  1908. 

1S09 


201  Contribución  al  estudio  de  los  ganglios  de  la  substancia  reticular  del 

bulbo  (con  algunos  detalles  concernientes  a  b  s  focos  motores  y 
ví«s  reflejas  bulbares  y  mesoceíáücas.)  Trab.  del  Lab.  Inv.  biol, 
t  VH,  19*  9  (Con  1 1  grabados.) 

202  Nota  sobre  la  retina  de  la  mosca.  (M.  vomitori  L.)  Trab.  del  Lab.  de 

Inv.  biológ.  de  la  Univers.  de  Madrid,  t.  VII,  fase.  4.°,  diciembre 
de  1909.  (Con  12  grabados.) 


1910 

203  Obtención  de  estereofotografías  (proceder  de  Berthier-íves)  con  un  solo 

objetivo.  Con  3  grabados.  Re  isla  de  Física  y  Química.  1910. 

204  Las  fórmulas  del  proceder  deí  nitrato  de  plata  reducido  y  sus  efectos 

sobre  los  factores  integrantes  de  las  neuronas,  ¡rab.  Laborato¬ 
rio  Inv.  biol.,  t.  VIII  fase.  l.°  y  2.°,  s^  ptiembre  1910. 

205  El  núcleo  de  las  células  piramidales  del  cerebro  humano  y  de  algunos 

mamíferos.  Trab.  Lab.  inv  biol,  t.  VIH,  fase.  l.“  y  2.°,  septiem¬ 
bre  1910.  (Con  11  grabados.) 

.206  Algunas  observaciones  favorables  a  la  hipótesis  neuroírópica.  Trabajos 
Lab.  inv.  biol,  t.  VIH,  fase.  l.°  y  2.°,  septiembre  1910.  (Con  13  gra- 
bad"S.) 

207  Algunos  experimentos  de  conservación  y  autolisis  del  tejido  nervioso. 

(Nota  preventiva),  con  3  grabados.  Trab.  del  Lab.  de  Invest  biológi¬ 
cas,  iomo  V  til,  1910. 

208  Algunos  hechos  de  regeneración  parcial  de  la  substancia  gris  de  los 

centros  nerviosos.  i  Con  1 1  grabados).  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  bio¬ 
lógicas,  tomo  VIH,  fase.  2.°  y  3.°,  diciembre  1910. 

209  Observaciones  sobre  ía  regeneración  de  la  porción  intramedular  de  las 

raíces  sensitivas.  -  Con  5  grabados.)  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  bioló¬ 
gicas,  tomo  VIH,  fase.  2  °  y  3.°,  diciembre  1910. 

210  Las  plaquetas  de  la  sangre  impregnadas  dentro  de  los  vasos  por  el  pro¬ 

ceder  del  nitrato  de  plata  reducido.  (Con  1  grabado.)  Trnb.  del 
Lab.  de  Invest.  biol,  tomo  VIH,  fase.  2.°,  3.°  y  4.°,  diciembre  1910. 


426 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


191Í 


211 

212 

213 

214 

215 

216 

217 


Los  fenómenos  precoces  de  la  degeneración  traumática  de  las  vías  cen¬ 
trales.  Bol.  de  la  Soc.  tsp.  de  BioL  Sesión  del  24  de  febrero  de  1911. 


(Con  0  grabados.) 

Reacciones  degenerativas  de  las  células  de  Purkinje  del  cerebelo  bajo  la 
acción  del  traumatismo.  Bol.  de  la  Soc.  Esp.  de  Biol.  Sesión  del  21 
de  abril  de  1911.  .  .  ^  ^ 

Transformación,  por  efecto  traumático,  de  las  células  del  cerebro  en 
corpúsculos  nerviosos  de  axon  corto.  Bol.  de  ¡a  Soc.  tsp.  de  Bio¬ 
logía.  Sesión  del  16  de  junio  de  19)  1. 

Los  fenómenos  precoces  de  la  degeneración  neuronal  en  el  cereoelo. 
(Con  .8  grabados.)  Trab.  del  Lab.  de  mvest.  biol,  tumo  IX,  fascícu¬ 
los  1 2  °  y  3.°,  julio  1911. 

Los  fenómenos  precoces  de  la  degeneración  traumática  de  los  cilindro- 
ejes  del  cerebro.  (Con  20  grabados.)  Trab.  del  Lab.  de  Invest  bio¬ 
lógicas,  tomo  íX,  fase.  ).°,  2.°  y  3.°,  julio  1911 

Fibras  nerviosas  conservadas  y  fibras  nerviosas  degeneradas.  rCon  9  gra- 
bado<!.)  Trab.  dei  Lab.  de  invest.  biol.,  tomo  IX,  fase.  4.°,'  diciem¬ 
bre  de  191). 

Alteraciones  de  la  substancia  gris  provocadas  por  conmoción  y  aplasta¬ 
miento.  (Con  16  grabados.)  Trab.  del  Lab.  de  Invest.  biol.,  tomo  IX, 
fascículo  4.°,  diciembre  1911. 


1912 


21S  Proceder  helicrómico  por  decoloración.  Obtención  de  pruebas  positivas 
estables  con  el  azul  de  meíileno.  Anales  de  la  Soc.  Esp.  de  Física 
y  Química,  año  X,  febrero  de  19)2. 

219  Fórmula  de  la  fijación  para  la  demostración  fácil  del  aparato  reticular 

de  Golgi.  (Con  1  grabado.)  Bol.  de  la  Soc.  Esp.  de  Biol.  Sesión  del 
21  de  junio  de  1912. 

220  Fórmula  de  fijación  para  la  demostración  fácil  del  aparato  reticular  de 

Golgi  y  apuntes  sobre  la  disposición  de  dicho  aparato  en  la  re¬ 
tina,  en  los  nervios  y  en  algunos  estados  patológicos  (con  3  gra¬ 
bados*.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol ,  t.  X,  junio  de  912. 

221  El  aparato  endocelular  de  Golgi  en  la  célula  de  Schwann  y  algunas  ob¬ 

servaciones  sobre  la  estructura  de  los  tubos  nerviosos  (con  10  gra- 
badus)  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  X,  fase.  4  agosto  de  1912. 

222  Soore  ciertos  plexos  pericelulares  de  la  capa  de  los  granos  del  cerebelo 

(con  1  grabado).  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  X,  fase.  4.o  agosto 
de  1912.  >  >  .  s 

223  Influencia  de  las  condiciones  mecánica,s  sobre  la  regeneración  de  los 

nervios  (nota  preliminar).  Trab  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  X,  fase.  4,»- 
agosto  de  1912.  (Con  3  grabados.) 

1913 

224  Fenómenos  de  excitación  neurocíádica  en  los  ganglios  y  raíces  nerviosas 

consecutivamente  al  arrancamiento  del  ciático  (con  4  grabados). 
Trab.^  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  XI,  fase.  2.°,  julio  de  1913. 

225  El  neurotfopismo  y  la  transplantación  de  los  nervios  (con  12  grabados). 

Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t  XI,  fose.  2.°,  \u\u*  de  ÍQ13. 

226  Sobre  un  nuevo  proceder  de  impregnación  de  la  neuroglia  y  sus  resul¬ 

tados  en  los  centros  nerviosos  de!  hombre  y  animales.  Trab.  del 
no-,  n  ^  t-  XI,  fase.  3.",  diciembre  de  1913. 

227  Contribución  al  conocimiento  de  la  neuroglia  del  cerebro  humano  (con  27 

grabados).  Trab.  del  Lab.  de  inv.  biol.,  t.  XI,  fase.  4.“ 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


427 


228  Asociación  española  para  el  Congreso  de  las  ciencias.  Congreso  de  Ma¬ 
drid.  Discurso  inaugural.  (Se  dt-muestra  que  se  contienen  en  el  pro- 
toplasma  nervioso,  singularmente  en  el  reiiculo,  unidades  ultrami- 
croscópicas  susceptibles  de  crecer  y  multiplicarse.  (Con  10  gra¬ 
bados.) 


1914 


229  Algunas  variaciones  fisiológicas  y  patológicas  del  aparato  reticular  de 
Golgi  (Trabajo  muy  extenso  ilustrado  con  55  grabados).  Trab.  del 
Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  XII,  1914. 


1915 


230  Variaciones  fisiológicas  del  retículo  de  Golgi  en  algunos  elementos  epi¬ 

teliales  y  mesodérmicos.  Bul.  de  la  Soc.  tsp.  de  Biol.  Núm.  30,. 
marzo  de  1915. 

231  Consideraciones  generales  sobre  la  polarización  ontogénica  y  fílogénica 

del  aparato  de  Golgi.  Bol.  de  la  Soc.  hsp.  üe  Biol.  Núm.  30,  marzo 
de  1915. 

232  Contribución  al  conocimiento  de  los  centros  nerviosos  de  ios  insectos. 

Parte  I,  Retina  y  centros  ópticos  (con  ia  colaboración  de  don 
D.  Sánchez).  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,t.  XIII,  19i5.  (Trabajo  muy 
ext<-nso  ilustrada  con  85  grabados  y  dos  cromolitografías). 

233  Pían  fundamental  de  la  retina  de  los  insectos,  (bol.  de  la  Soc.  tsp.  de  Bio¬ 

logía,  ses.  del  19  de  noviembre  de  1915.) 

234  Significación  probable  de  ia  morfología  de  las  neuronas  de  los  inverte¬ 

brados  (con  10  giabudosj.  (Bol.  de  la  Soc.  tsp.  de  Biol.,  ses.  del  17 
de  diciembre  de  1915.) 

Í916 


235  El  proceder  del  oro-subíimado  para  la  coloración  de  la  neuroglia  (con  3 
microfotografias).  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  XIV,  fascículos  3  y  4.- 
Diciembre  de  1916. 

1917 


236  Contribución  al  conocimiento  de  la  retina  y  centros  ópticos  de  los  cefa¬ 
lópodos.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.  de  la  Universidad  de  Madrid,. 
t.  Xv,  1917.  (Memoria  muy  extensa  ilustrada  con  42  grabados  y 
microfotografias.) 

1918 


237  La  microfotografía  estereoscópica  y  biplanar  del  tejido  nervioso  (con  5 

grabados  y  22  fototipias).  Trab.  del  Lab.  de  In-.  biol.,  t.  XVT,  1918. 

238  Observaciones  sobre  la  estructura  de  los  ocelos  y  vías  nerviosas  ocela¬ 

res  de  algunos  insectos.  (Con  24  grabados  y  microf*'ti>grafias.) 
7  rab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.  de  la  Unv  ersidad  de  Madrid,  t.  XVI,  1918. 


1919 


239  La  desorientación  inicial  de  las  neuronas  retinianas  de  axon  corto.  (Algu 
nos  hechos  favorables  a  la  concepción  neurotrópca  )  (Con  9  gra¬ 
bados.)  Trab.  del  I  ab.  de  Inv.  biol.,  t.  XVII,  fase.  i  y  2.  Junio  de  1919. 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


240  Nota  sobre  las  epiteliofibriílas  del  epéndimo  (con  2  grabados).  Trab.  del 
L  ab.  de  mv.  bioL,  t.  XVII,  fase.  í  y  2  Junio  de  1919. 

24Í  Acción  neurotrópica  de  los  epitelios.  (Algunos  detalles  sobre  el  mecanis¬ 
mo  genético  de  las  ramificaciones  nerviosas  intraepiteliales,  sensi¬ 
tivas  V  sensoiiales.  Con  35  grabados.)  Trab.  del  Lab.  de  Jnv.  bioló¬ 
gica  \.XV\\,\m. 

1920 

242  Una  modificación  del  método  de  Bielchowsky  para  la  impregnación  de 

la  neuroglia  común  y  mesogíia  y  algunos  consejos  acerca  de  la 
técnica  del  oro-sublimado.  (Trab.  ael  Lab.  ae  ínv.  biol.,  t.  XVIIl,  fas¬ 
cículos  2  y  diciembre  19i0.) 

243  Algunas  consideraciones  sobre  la  mesogíia  de  Robertson  y  Río-Hortega 

(con  7  g'abadnsi.  Irab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  XVIII,  fase.  2  y  3. 
Diciembre  de  1920. 


244  Algunas  observaciones  contrarias  a  la  hipótesis  «syncytial»  de  la  rege¬ 

neración  nerviosa  y  neurogénesis  normal  icón  11  grabados). 
7rí  b.  del  i  ab-  de  iny  tiol.,  t.  XVIII,  fase.  4.  Marzo  1921. 

245  Una  fórmula  de  impregnación  argéntica  especialmente  aplicable  a  los 

cortes  del  cerebelo  y  algunas  consideraciones  sobre  la'teoría  de 
Liesegang  acerca  del  principio  del  método  de  nitrato  de  plata 
reducido,  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  XIX,  fases.  1,  2  y  3.  Oc¬ 
tubre  1921. 

.246  Textura  de  la  corteza  visual  del  gato  feon  14  figuras).  Trab.  del  Lab.  de 
//?v.  6ío/.,  t.  XIX,  ffíses.  1,  2  V  3  Octubre  1921.  Publicado  también 
enjontnal  f.  Neuroloyie  el  Pchairie,  1923. 

247  Las  sensaciones  de  las  hormigas.  Real  Sociedad  Española  de  Historia  Na- 

íu'al.  Tumo  extraordm.irio.  publicado  con  motivo  del  50  aniversario 
de  su  fundación,  !9'1,  páginas  555-572.  Publicado  además  en 
Archivos  de  Neurobiologia,  t.  íí,  núm.  4.  Diciembre  19'21. 

248  Estudios  sobre  la  fina  estructura  de  la  corteza  regional  de  los  roedores. 

Corteza  suboccipital  (retroesplenial  de  Brodmann).  Irab.  del  Lab,, 
t.  XX,  marzo  d  1922,  fase.  1.  Publicado  también  en  Journal  f.  Psy- 
choLgie  und  Neurologie:  Berlín,  1923. 


1922 


249  Discurso  leído  con  ocasión  de  la  entrega  de  la  medalla  Echegaray, 
adjudicada  por  la  Real  Academia  de  Ciencias  de  Madrid.  Abril 
de  1922.  (Contiene  una  extensa  bibliografía  de  los  trabajos  del 
autor,  con  resúmenes  de  cada  uno  de  ellos.) 


1923 


250  Algunos  métodos  sencillos  para  la  coloración  de  la  neuroglia.  Trabajo 

en  hf'nor  del  Dr  Monakow  con  ocasión  de  su  Jubileo  Universitario. 

251  Discurso  leído  con  ocasión  de  la  recepción  del  Dr.  Tello  en  la  Academia 

de  Medicina.  (La  quimiotaxis  y  las  limitaciones  y  ventajas  del  cri- 
A  i.-  9uimico  en  las  ciencias  biológicas.)  Enero  dé  19‘¿3. 

252  Autobiografía.  Tercera  edición,  con  adición  de  varios  capítulos  y  nume¬ 

rosos  grabados.  Mayo  de  1923. 


TRABAJOS  DE  MIS  DISCIPULOS,  INSPIRADOS  O  DIRIGIDOS^ 
POR  MI  O  QUE  AMPLIAN,  COMPLETAN  O  PERFECCIONAN  MIS 
INVESTIGACIONES 


Pedro  Ramón  Cajai  (Profesor  de  Histología  y  Anatomía  patológica  en  la  Univer- 
dad  de  Cádiz).  Investigaciones  micrográficas  en  el  encéfalo  de  los  batra¬ 
cios  y  reptiles.  Zaragoza,  1894. 

—  El  encéfalo  de  los  reptiu  s  (con  8  grabados).  Zaragoza.  1891. 

—  Estructura  dei  encéfalo  del  camaleón  (con  14  grabados).  Rev.  trun,  microg.^, 

1. 1,1896. 

—  Los  corpúsculos  nerviosos  de  axon  corto  en  los  vertebrados  inferiores  (con  un 

grabado).  Rev.  trim.  microg.,  1. 11, 

—  El  fascículo  longitudinal  posterior  en  los  reptiles  (con  2  grabados).  Rev.  trim.^ 

mi  rog.,  1897. 

—  Centros  ópticos  de  las  aves  (con  13  grabados).  Rev.  trim.  microg.,  t.  III,  1898,- 

—  La  célula  piramidal  del  cerebro  de  los  reptiles  (con  un  grabado).  Rev.  ¡rim. 

microg.,  1899. 

—  Adiciones  a  nuestros  trabajos  sobre  los  centros  ópticos  de  las  aves  (con  4  gra-^ 

bados).  Rev.  trim.  microg.,  1899. 

—  El  lóbulo  óptico  de  los  peces  (teleósteos)  (con  4  grabados).  Rev.  trim.  mi¬ 

crog  ,  !  89  . 

—  Ganglio  basal  de  los  batracios  y  fascículo  basal  (con  3  grabados).  Rev.  trim. 

microg., 

—  Origen  del  nervio  masbcador  en  las  aves,  reptiles  y  batracios  (con  6  grabados),. 

itab.  del  Lab.  de  Inv.  bioL,  t.  Ili,  ItOL 

—  Las  fibras  colaterí*les  de  la  substancia  blanca  de  la  médula  de  larvas  de  batra¬ 

cio.  Gaceta  Sanitaria  de  Barcelona,  octubre  iB90. 

—  Algunas  reflexiones  sobre  la  evolución  de  los  corpúsculos  piramidales  del  ce¬ 

rebro.  La  Clinica  Moderna,  año  1,  Zaragoza,  1 902. 

—  Algunos  datos  morfológicos  sobre  el  epitelio  folicular  del  ovario.  Trab.  del  Lab.. 

de  Inv.  bioL,  t.  XVI,  1918. 

—  Nuevo  estudio  del  encéfalo  de  los  reptiles.  Primera  parte,  Trab.  del  Lab.  de 

//2V.  ó/cZ.,  t.  XV,  19;7.  Segunda  paite,  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  bioL,  t  XVI, 
1918. 

—  El  cerebro  de  los  batracios  (con  10  figuras).  Libro  en  honor  del  Dr.  Cajal. 


Claudio  Sala  Pons.— La  médula  espinal  de  los  batracios  (con  7  grabados).  Bar¬ 
celona,  189  . 

—  La  corteza  cerel'-al  de  las  aves  (con  7  grabados).  Barcelona.  1893. 

—  La  neuroglia  de  ios  vertebrados.  Tesis  del  Doctorado.  Barcelona,  1894. 


C.  Calleja  (Catedrático  de  Histología  de  la  Universidad  de  Barcelona). — La  región 
olfatoria  del  cereb  o  (con  13  grabadi  s).  Madrid,  19  3. 

—  Histogénesis  de  ios  centros  nerviosos  (con  ll  grabados).  Tesis  del  Doctorado. 

Madrid,  ¡896. 

—  Método  de  triple  coloración  con  el  carmín  litinado  y  el  picrocarraín  de  índigo, 

Rev.  trim.  microg.,  t.  II,  1897. 


I.  Lavilla  (Ayudante  del  Laboratorio  de  Histología). — Estructura  de  los  ganglios^ 
intestinales  (con  4  grabados).  Rev.  trim.  microg.,  tomos  II  y  III,  1887. 


-430 


S.  RAMÓN  y  CAJAL 


I  LavilIa.--Algunos  deta'les  concernientes  a  la  oliva  superior  y  focos  acústicos 
(con  3  grabados).  Rev.  triin.  microg,,  t.  III,  1898, 

R.  Terrazas  —  Métodos  de  coloración  de  la  substancia  fundamental  del  cartílago. 
Rev.  trim.  m  crog.,  t.  il,  1896 . 

—  Notas  sobre  la  neuroglia  deUerebelo  y  crecimiento  de  los  elementos  nervio¬ 

sos  (con  6  grabados).  Rev.  trim.  microg.,  t.  II,  1897, 

T.  Blanes.— Sobre  algunos  puntos  dudosos  de  la  estructura  del  bulbo  olfatorio 
(con  8  grabados).  Rev.  trim.  microg.,  t.  III,  1898. 

F  Olóriz  Ortega.— La  placa  fotográfica  como  reactivo  quimico.  Rev.  trim.  mi¬ 
crog ,  t.  IW,  \891 . 

—  En  unión  de  Cajal,  el  ya  citado  trabajo  sobre  los  ganglios  nerviosos  craneales. 

Rev.  trim.  microg.,  t.  II,  1897. 

J.  Havet.— La  structure  du  chiasma  optique  et  des  masses  ganglionnaires  de 
l’Astacus  fiüviatilis  (avec  3  dessins).  Rev.  trim.  microg.,  18t.'8. 

—  Contribution  á  l’étude  de  la  névroglie  des  invertebrés.  1  rab.  del.  Lab.  de  Inv. 

bioL,  t.  XiV,  1916. 

Eduardo  del  Río.— Un  caso  de  neoplasia  sarcomatosa  humana  provocada  por 
coccidias  (con  2  grabadns).  Rev.  trim.  microg.,  1900. 

—  Algunas  datos  concernientf'S  a  la  anatomía  patológica  del  leproma.  'Lrab.  del 

Lab.  de  Inv.  bioL,  t.  VIH,  1910. 

Forns.— Terminaciones  nerviosas  en  la  membrana  timpánica,  lrab.  del  Lab.  de 
Inv.  bioL,  t.  II,  1903. 

Tello.— Sobre  la  existencia  de  neurofibrillas  gigantes  én  la  médula  espinal  délos 
reptiles,  'lrab.  del  Lab.  de  inv.  bioL,  t.  II,  i903. 

—  Disposición  macroscópica  y  estructura  del  cuerpo  geniculado  externo  (con  7 

grabados),  lrab.  del  Lab.  ae  Inv.  biol.,  t.  III,  1904. 

- —  Las  neurofibrillas  en  los  vertebrados  inferiores  (con  20  grabados),  lrab.  del 
Lab.  'le  Inv.  biol,  t.  III,  1904. 

—  Terminaciones  sensitivas  de  los  pelos,  etc.  (con  10  grabados),  Lrab.  del  Lab. 

de  y/zv.  6/0/.,  t.  IV,  905. 

—  Terminaciones  en  los  músculos  estriados,  lrab.  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  IV,  1905. 

(Con  8  figuras.) 

—  Dégénération  et  régénération  des  plaques  motrices  aprés  la  section  des  nerfs 

(avec  16  gravures).  lrab.  del  Lab  de  Inv  biol ,  t.  V,  1907. 

—  La  régénération  dans  les  fuseaux  de  Kühn  (avec  2  gravures).  Trab.  del  Lab.  de 

inv.  hioL,  t.  V,  1907. 

—  La  régénéraHon  dans  les  voies  optiques  (avec  5  gravures).  Trab.  del  Lab.  de 

in  .  biol.,  t  V,  1907. 

—  Contribución  al  conocimiento  del  encéfalo  de  los  teleósteos  (con  1 1  grabados). 

Trnb.  del  Lab.  de  Inv.  biol ,  t.  V  I,  19  '9. 

—  La  influt^ncia  dc-1  neurotropismo  en  la  regeneración  de  los  centros  nerviosos 

(con  8  grabados).  lrab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  IX,  19  1. 

—  Algunas  observaciones  con  los  rayos  ultraviolados  (con  8  grabados).  Trab  del 

Lab.  de  Inv.  biol,  t.  IX,  19i  l 

—  Algunas  observaciones  sobre  la  histología  de  la  hipófisis  humana  (con  14  gra¬ 

bados).  lrab  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  X,  ’912. 

—  Un  curioso  retículo  de  las  células  del  lóbulo  anterior  de  la  hipófisis.'  Boletín  de 

la  Sociedad  Española  de  Biología,  1. 1,  1912 

—  El  retículo  intracelular  de  Golg'  en  las  células  del  lóbulo  anterior  de  la  hipófi¬ 

sis  humana.  Boletín  de  la  Sociedad  Española  de  Biología,  1. 1.  1912. 

—  El  retículo  de  Gi>lgi  en  las  células  de  algunos  tumores  y  en  las  del  granuloma 

experimental  producido  por  el  Kieselgur  (con  4  grabados),  Trab.  del  Lab.  de 
Inv.  biol,  t.  Xí,  1913. 

~  Algunas  experiencias  de  injertos  nerviosos  con  nervios  conservados  in  vitro 
(con  2  grabados).  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  XII  1914. 


REC-ULUDOS  DE  MI  VIDA 


431 


'Tello.— Una  variación  más  de  los  métodos  de  la  plata  para  la  rápida  impregnación 
del  tejido  conectivn.  Irab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  Xll,  1914. 

—  Génesis  de  las  terminaciones  nerviosas  motrices  y  sensitivas.  Trab.  del  Lab. 

de  Inv.  biol.,  t.  XV,  1917. 

—  El  retículo  argentófilo  de  las  células  conectivas.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol., 

t.  XIX,  1921. 

—  Ideas  actuales  sobre  el  neurotropismo.  (Con  varios  grabados  )  Discurso  de 

ingreso  en  la  Real  Acadtmia  de  Medicina  .  Enero  de  1923. 

_ Las  diferenciaciones  funcionales  en  el  embrión  de  pollo  durante  los  cuatro  pri¬ 
meros  dias  de  incubación  (con  37  figuras).  Libro  homenaje  al  Dr.  Lajal. 

;D.  Sánchez.— Un  sistema  de  finísimos  conductos  intraprotoplásmicos  bailado  en 
las  células  del  intestino  de  algunos  isópodos  (Con  6  §f  oh2.i.05).  I rab.  del 
Lab.  de  Inv.  biol,  t.  II 1,  i904. 

—  El  método  de  Cajal  en  el  sistema  nervioso  de  los  invertebrados.  Asociación 

Española  para  el  Progreso  délas  Ciencias.  Congreso  de  Zaragoya,  1908. 

—  L’appareil  reticulaire  de  Cajal-Fnsari  des  muscules  striés  (avec  3  gravures). 

Trab.  del  Lab.  de  inv.  biol.,  t.  V,  1907. 

—  El  sistema  nervio-^o  de  los  hirudineos  (con  51  grabados  y  7  láminas).  l rab.  del 

Lab.de  Inv  ó/o/,  t.  VII,  1909,  parte  1.^  Véase  también  parte  2.^  (con  44 
grabados).  Itab  del  Lab.  de  Inv.  biol,t.X,  1912. 

: —  Sobre  la  estructura  íntima  de  la  fibra  muscular  de  los  invertebrados  (con  2  gra¬ 
bados).  Trab.  del  Lab.  ríe  Inv.  biol.,  t.  Xi,  19  3. 

—  Sobre  las  terminaciones  nerviosas  en  los  insectos  (con  2  grabados).  Trab.  del 

Lab.  de  inv.  biol,  t.  XI.  1  13 

—  Contribución  al  conocimiento  de  los  centros  nerviosos  en  los  insectos.  Trab. 

del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  Xill,  ¡91''  (en  colaboración  con, Cajal). 

—  Datos  para  el  conocimiento  histogénico  de  los  centros  ópticos  de  ios  insectos. 

Evolución  de  algunos  elementos  retiñíanos  del  «Pieris  brassicae,  L»  Irab. 
dtl  Lab.de  Inv.  biol ,  i. 

—  Sobre  ciertos  elementos  aisladores  de  la  retina  del  «Pieris  brassicae,  L».  Trab. 

del  Lab.  de  inv.  biol.,  t.  XVI,  1918 

—  Sobre  el  desarrollo  de  los  elementos  nerviosos  en  la  retina  del  «Pieris  brassi¬ 

cae.  L.»  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  XVII,  1919. 

—  Sobre  la  existencia  de  un  aparato  táct.l  en  los  ojos  compuestos  de  las  abejas. 

Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  XVIII,  1920. 

—  Sobre  la  evolución  de  las  neuronas  retinianas  en  los  lepidópteros  (con  7  gra¬ 

bados).  Real  Soc.  F.sp  de  Hist.  Nat  ,  tomo  extraordinario,  publicado  con 
motivo  del  cincuentena  io  de  su  fundación.  Madrid,  1921. 

—  Sobre  la  estructura  de  los  centros  ópticos  de  los  insectos  (con  2  láminas). 

Revista  Chilena  de  Historia  Natural  t.  XXV.  Número  conmemorativo  del  25 
aniversario  de  su  fundación.  Santiago  de  Chile,  1921  (en  colaboración  con 
Cajal). 

—  Investigaciones  sobre  la  histolisis  de  los  centros  nerviosos  de  algunos  insec¬ 

tos  (con  14  grabados).  Libro  en  honor  del  Dr.  ojal  Madrid.  i922. 

—  Las  dos  clases  de  neur  ñas  bdosensibies  de  I-s  ojos  compuestos  de  los  insec¬ 

tos  y  sus  probables  funciones  (Con  4  grabados).  Atchivos  de  Aeurolosia, 
tomo  IV,  1923.  &  > 

—  Histolisis  e  histogénesis  de  los  centros  nerviosos  de  los  insectos  (con  14  era- 

hados).  Trab  -  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  XXI,  1923. 

Influencia  de  la  histolisis  de  los  centros  nerviosos  de  los  insectos  en  las  meta- 
rnorfosis.  Trab.  del  Lab  de  Inv.  biol,  t.  XXI,  i9¿3. 

~  Laó  ^  t*°X)a^lp23^‘^^  retiñíanos  de  los  insectos.  Trab.  del 


~  -o*»- 

?900.  “'‘ro-Americana 


432 


S.  RAMÓN  Y  CAJAL 


G.  Lafora.— Nuevas  investigaciones  sobre  los  cuerpos  amiláceos  del  interior  de 
las  células  nerviosas  (con  3  grabados).  Irab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  XI,, 
1913. 

—  Neoformaciones  dendríticas  en  las  neuronas  y  alteraciones  neuróglicas  del 

perro  senil.  Irab.  del  Lab.  de  inv  biol,  t.  XII,  19  4. 

—  Sur  la  Karyorhexis  neuroglique  (avec  2  figures),  7ra6.  del  Lab.de  Inv.  biol. y 

t.  VII!,  1910. 

—  Sobre  .algunas  degeneraciones  de  las  células  nerviosas  nuevamente  conocidas. 

Boletín  de  la  Sociedad  Española  de  Biología,  í.  1, 1912. 

—  Sobre  la  anatomía  patológica  de  la  parálisis  agitante.  de  la  Sociedad 

Española  de  Biología,  1. 1, 1912. 

—  Lesiones  peculiares  en  un  cerebro  con  encefalitis  palúdica.  Boletín  de  la  So¬ 

ciedad  Españoia  de  biología,  t  II,  1913. 

—  Nota  para  la  histopatología  de  la  poliomielitis  endémica.  Boletín  de  la  Sociedad 

Española  de  Biología,  t.  II,  19  3. 

—  Modifications  des  cellules  néurogliques  et  des  cellules  nerveuses  dans  un, 

gliome  (avec  4  gravures).  Trab.  del  Lab.  de  inv.  biol.,  t.  XIV.  1916  (1). 

—  Corea  y  atetosis  experimental.  Libro  homenaje  al  Dr.  Cajal,  1922. 

Sánchez  y  Sánchez.— El  esqueleto  protoplásmico  o  aparato  de  sostén  de  las  cé¬ 
lulas  de  S'  hwann  (c^n  6  grabados).  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  XIV,  1916. 

—  Recherciies  sur  le  réseau  endocellulaire  de  Golgi  dans  les  cellules  de  l’écorce 

du  cervelet.  Trab.  del  ¡..ab.  de  Inv.  biol,  t.  XiV,  Í9i6w 

—  Estudios  sobre  la  Histología  de  las  actinias.  Trab.  del  Lab.  de  Iny.  biol, 

t.  XVI,  1918. 

—  Sobre  la  estructura  del  coriura  de  «Locusta  visidissima».  7  rab.  del  Lab.  de 

Inv.  biol,  t.  XVÍÍ,  1919. 

Fernando  de  Castro.— Nota  sobre  la  disposición  del  aparato  reticular  de  Golgt 
en  los  botones  gustativos.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  XIV,  1916. 

—  Estudios  sobre  la  neuroglia  de  la  corteza  cerebral  del  hombre  y  de  los  anima¬ 

les.  Trab.  del  Lab.  de  Inv  biol ,  t.  XVIU,  19.¿0. 

—  Algunas  observaciones  sobre  la  histogénesis  de  la  neuroglia  en  el  bulbo  olfa¬ 

tivo.  Irab.  del  Lab.  de  inv.  biol,  t.  XVílI,  1920. 

—  Nota  sobre  algunas  terminaciones  aberrantes  de  fibras  trepadoras  estudiadaa- 

en  el  cerebelo  de  perro  joven.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  XVIIÍ,  i920. 

—  Estud'O  sobre  los  ganglios  sensitivos  humanos Trnú.  del  Lab.  de  Inv.  biol, 

t.  XIX,  1921. 

—  Contribución  ai  conocimiento  de  la  inervación  del  páncreas.  Libro  en  honor  al 

Dr.  Cajal,  1. 1, 1922. 

—  Estudio  sobre  los  ganglios  sensitivos  del  hombre  en  estado  normal  y  patoló¬ 

gico.  Formas  celulares  típicas  y  atípicas.  Irab.  del  Lab.  de  Inv  biol.,. 
tomo  XIX,  1921. 

—  Evolución  de  los  ganglios  simpáticos  vertebrales  y  prevertebrales.  Conexiones 

y  citoarcpitectónica  de  algunos  grupos  de  ganglios  en  el  niño  y  hombre 
adulto.  Trab  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  XX,  1923. 

—  Estructura  de  los  ganglios  simpáticos  de  los  mamíferos  de  gran  talla.  Boletín 

Süc.  Esp.  de  Biol ,  1 923. 

—  Estructura  de  los  ganglios  simpáticos  de  los  primates.  Bol  Soc.  Esp.  de 

Liol ,  1923.  ^  ^ 

—  Estronm  y  neuroglia  de  los  ganglios  simpáticos.  Irab.  del  Lab.  de'  Inv.  bioU 

t .  aX.1j  1 923. 


Textura  de  la  corteza  suboccipital  de  los  roedores  (foco  angular,  de  Cajal: 
a:ea  28  de  Brodmann).  Trab.  Lab.  Inv.  biol,  t.  XXI,  1923. 


N.  Achucarro  — Neuroglia  y  elementos  intersticiales  patológicos  del  cerebro  im¬ 
pregnados  por  los  métodos  de  reducción  de  la  plata  o  por  sus  modificacio¬ 
nes  (con  12  grabados).  Irab.  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  IX,  1911. 


(1)  El  Dr.  Rodríguez  Lafora  ha  dado  a  luz  en  mis  «Trabajos»  y  algunas  Revistas  nacionales  y  ex_- 
ranjeras  otras  i  «vestigaciones  interesantes,  que  no  se  citan  aquí  por  haber  sido  efectuadas  en  Labora- - 
torios  exóticos . 


RECUERDOS  DE  iVÍI  VIDA 


433 


N.  Achucarro.'— Algunos  datos  histopatológicos  obtenidos  con  el  procedimiento 
del  tanino  y  plata  amoniacal.  Trníi  del  Lab  de /nv.  mo/.,  t.  IX,  19H. 

—  Histbpathologisches  über  Gefásverddung  und  über  Ervikung  m  der  Hirnrmde. 

Trab.  del  Lab.  de  Inv.  bioL,  t.  Vil,  1911. 

-r-  Alteraciones  nucleares  de  las  pirámides  cerebrales  en  la  rabia  y  en  las  esporo- 
tiicosis  experimentales.  7rod  del  Lab.  de  Inv.  biol.,tlX,  ÍQ\1 

—  Las  células  araiboides  de  la  neuroglia  teñidas  con  el  método  de  la  plata  redu¬ 

cida.  fioZe///z  de /a  Sodedad  £spoño/a  de  5/o/o^m,  t.  1, 1912. 

—  Sobre  los  núcleos  de  las  células  gigantes  en  un  glioma  (con  6  grabados).  Trab. 

delLab.deJnv.bioL,tX,m2.  .  _  ^  , 

- —  La  membrana  de  la  célula  nerviosa.  Boletín  de  la  Sociedad  Española  de  Biolo¬ 
gía.  1. 1,  1912. 

—  Nuevo  método  para  el  estudio  de  la  neuroglia  y  tejido  conectivo.  Boletín  de  la 

Sociedad  Española  de  Biología,  1. 1, 19  2. 

—  Sur  la  formation  des  celluies  á  batonnet.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  bioL,  1908. 
Cellules  allongées  et  Stábchenzellen.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  bioL,  19u9. 

■—  Notas  sobre  la  estructura  de  la  neuroglia.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  bioL,  1913. 
Alteraciones  del  ganglio  cervical  superior  simpático  en  algunas  enfermedades 
mentales  (con.  10  grabados).  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  bioL,  t.  Xll,  1914. 

—  Nota  sobre  la  estructura  y  funciones  de  la  neuroglia  y  en  particular  de  la  neu¬ 

roglia  de  la  corteza  cerebral  humana  (con  9  grabados).  Trab.  delLab.de 
/nv.  ú/o/.,  t.  XI,  1913. 

—  Contribución  al  estudio  gliotectónico  de  la  corteza  cerebral.  El  asta  de  Ammon 

y  lafascia  dentata  (con  23  grabados  en  negro  y  color).  Trab.  del  Lab  de 
Inv.  bioL,  t.  XII,  1914. 

—  De  Tevolution  de  la  néuroglie  et  spécialement  de  ses  rélations  avec  l’appareil 

vasculaire  (avec  24  gravures).  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  bioL,  t.  XIII,  1915  (1). 

JN.  Achúcarro  y  Sacristán.— Zur  Kenntniss  der  Ganglienzellen  der  menschlichen 
Zirbt^drüse  (con  4  grabados).  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  bioL,  t.  XI,  1913. 

—  Investigaciones  histológicas  sobre  la  glándula  pineal  humana.  Trab.  del  Lab. 

deInv,biol.,X.X,l'é\2. 

N.  Achúcarro  y  Calandre. — El  método  del  tanino  y  la  plata  amoniacal  aplicado  al 
estudio  del  tejido  muscular  cardiaco  del  hombre  y  del  carnero  (con  6  gra¬ 
bados).  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  bioL,  t.  XI,  1913. 

N.  Achúcarro  y  M.  Gayarre.— La  corteza  cerebral  en  la  demencia  paralítica  con 
el  nuevo  método  dél  oro  y  sublimado  de  Cajal  (con  15  grabados).  Trab.  del 
Lab.de  Inv.  biol.,t.X\\,\9V2. 

—  Contribución  al  estudio  de  la  neuroglia  en  la  corteza  de  la  demencia  senil  y  su 

participación  en  la  alteración  celular  de  Alzheimer  (con  9  grabados).  Trab. 
del  Lab.  de  Inv.  bioL,  t.  XII,  1914.  ' 

Kío-Hortega.— Details  nouveaux  sur  la  structure  de  l’ovaire  (avec  8  gravures). 
Trab.  del  Lab.  de  Inv.  bioL,  t.  XI,  1913. 

—  Investigations  sur  le  tissu  musculaire  lisse  (avec  5  gravures).  Trab.  del  Lab.  de 

Inv.  biol.,  t.  XI,  1913. 

—  Alteraciones  del  sistema  nervioso  central  en  un  caso  de  moquillo  (con  18  gra¬ 

bados).  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  XII,  1915. 

—  Contribución  al  estudio  de  la  tina  textura  de  las  células  cancerosas.  Las  epite- 

liofibrillas  (con  7  grabados).  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol ,  t.  XII,  1915. 

- —  Contribution-á  l’étude  de  l’histopathologie  de  la  névroglie.  Ses  variations  dans 
le  ramollisement  cérébral.  Trab.  del  Lab.  dé  Inv.  biol.,  t.  XI  V,  1916. 

Nuevas  reglas  para  la  coloración  constante  de  las  formaciones  conectivas,  por 
el  método  de  Achúcarro.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  XIV,  1916. 

—  Estudios  sobre  el  centrosoma  de  las  células  nerviosas  y  neuróglicas  délos 

.(I)  ElDr.  Achúcarro  ha  publicado  otros  muchos  e  importantes  trabajos  que  no  se  citan  aquí  por 
áiaber  sido  efectuados  en  Laboratorios  extranjeros. 


28 


434 


S.  RAMÓN  Y  CAJAE. 


vertebrados,  eii  sus  formas  normales  y  anormales.  Trab.  deli  Lab.,  de  Inw.- 
Río-Hortega.  -  Sobre  la  banda  de  cierre  de  los  epitelios.  Boletín  de  la  Sociedad 

Española  de  Biología,  ry  ,  ^  ,  o 

Alteraciones  renales  en  un  caso  de  enfermedad  bronceada.  Bolelin  de  la  5o- 
ciedad  Española  de  Biología, 

El  conectivo  inlerepitelial.  Irab.  del  Lab.  de  Inv.  biol ,  t.  XIV,  191d. 

—  Estructura  fibrilar  del  protoplasraa  neurógiico  y  origen  de  las  gliofibrillas.- 

Trab.  del  Lab.  de  Inv.  bicL,  t.  XIV,  1916.  ^  .  r- 

—  Sobre  la  naturaleza  de  las  células  epifisarias.  Boletín  de  la  Sociedad  Española 

de  Biología,  t.  IV,  1916.  ^  , 

—  Sobre  la  fina  textura  del  cartílago  de  los  cefalópodos.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.- 

biol.,  t.  XVI,  1918.  ^  ^ 

—  Particularidades  histológicas  de  la  fascia  dentata  en  algunos  mamíferos.  Trab.^ 

del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  XVI,  1918. 

—  Sobre  las  variaciones  morfológicas  del  centrosoma.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.y 

t.  XV  J,  1919.  . 

—  La  microglia  y  su  transformación  en  células  en  bastoncito  y  cuerpos  granulo- 

adiposos.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,t  XVIII,  1920  (1), 

—  Constitución  histológica  de  la  glándula  pineal.  Libro  homenaje  al  Dr.  Cajal,  1922.- 

J.  Ramón  Faflanás.— El  aparato  reticular  de  Golgi  en  la  mucosa  y  bulbo  olfativo' 
(con  4  grabados).  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  X,  1912. 

—  El  aparato  endocelular  de  Golgi  del  embrión  de  pollo.  Trab.  del  Lab.  de  Inv. 

ó/o/.,  t.  X,  1922. 

—  Alteraciones  del  aparato  reticular  de  Golgi  en  las  células  gigantes  y  otros  ele¬ 

mentos  del  tubérculo.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.XI,  1913. 

Contribución  al  estudio  de ‘la  neuroglia  del  cerebelo  (con  3  grabados).  7roó. 
delLab.deInv.biol.,tX\N,\%\6.  ‘ 

—  Alteraciones  de  la  neuroglia  en  la  rabia.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  XVI, 

año  1918.  • 

—  Alteraciones  del  retículo  de  Golgi  en  la  rabia.  Libro  homenaje  al  Dr.  Cajal,  1922.. 

Leoz  Ortín  y  Arcante.— Procesos  generativos  del  nervio  óptico  y  retina  con  ocasión 
de  injertos  nerviosos  (con  4  grabados).  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.  XI,  1913. 

Acaute.— Sobre  algunas  alteraciones  de  la  células  de  Purkinje  del  cerebelo  en  um 
caso  de  sífilis  hereditaria.  Boletín  de  la  Sociedad  Española  de  Biología, 
t.  I,  19i2.  ' 

—  Alteraciones  del  cerebelo  en  la  parálisis  general.  Boletín  de  la  Sociedad  Espa¬ 

ñola  de  Biología,  t.  1, 1912. 

Laura  Forster.— La  degeneración  traumática  en  la  médula  espinal  de  las  aves- 
(con  6  grabados),  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  IX,  1911. 


Lorente  de  ,Nó.— Nota  acerca  de  las  alteraciones  de  los  centros  nerviosos  en  la 
coccidiósis  hepática  del  conejo.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol.,  t.,  XViII,  1920.^ 

—  La  regeneración  de  la  médula  espinal  en  las  larvas  de  batracio.  Trab.  del  Lab 

de /nv.  ó/oó,  t.  XIX,  1921. 

—  La  corteza  acústica  del  ratón.  Trab.  del  Lab.  de  inv.  bíoL,  t.  XX,  1922. 

—  Contribución  al  conocimiento  del  nervio  trigémino.  Libro  en  honor  de  D.  S.  Ra¬ 

món  y  Cajal,  i.  l\,\Q22. 

—  SÓbré  un  nuevo  sistema  secundario  del  nervio  acústico  (ramo  coclear)  de  Ios- 

mamíferos  inferiores.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  XX,  1922, 

—  Sobre  uñ  htrévo  núcleo  de  células  de  axon  centrífugo,  del  nervio  cocleár,  al* 

parecer^desconocido.  Idem,  t.  XX,  1922. 

—  Las  conéxibnes  bulbocerebelosas  y  cerebelobulbares.  Idem,  t.  XXI,  1923. 

—  Distribuéión  central  y  conexiones  de  las  ramas  amputares  y  maculares  de 

nervio  vestibular.  Idem,  t.  XXI,  1923. 


■  <1)'  .El  Dr.  Río-Horíega  ha  publicado  otras  muchas  interesantes  Comunicaciones  que  no  se  citan  por 
haber  sido  efectuadas  en  un  Laboratorio  especial  dirigido  pbr  él  y  sostenido  por  la  Junta  de  Pensiones/: 


RECUERDOS  DE  MI  VIDA 


435 


Lorente  de  No.— La  vía  piramidal  eii  el  bulbo  raquídeo  (en  especial  en  sus  rela¬ 
ciones  con  los  núcleos  de  grandes  células  de  la  substancia  reticular). 
Idem,  t.  XXI,  1923.  - 

—  Sobre  la  existencia  de  fibras  centrífugas  en  los  ganglios  primarios  (núcleo  ven¬ 

tral  y  tubérculo  acústico)  del  nervio  coclear.  Idem,  t  XXI,  1923. 

—  A  propósito  de  la  homología  entre  la  glía  de  escasas  radiaciones  y  la  célula  de 

Schwann  y  endocapsulares.  Bol.  Soc.  Esp.  Biol.  Año  X,  fase.  H,  1923  (en 
colaboración  con  Castro).  . 

Manuela  Serra.— Nota  sobre  las  gliofibrillas  de  la  neuroglia  de  la  rana.  Trab.  del 
Lab.  de/nv.  óío/.,  t.  XIX,  1921. 

M.  Górriz.— Sobre  un  filamento  espiral  perinuclear  de  las  fibras  musculares  es¬ 
triadas.  Trab.  de  l  Lab.  de  Inv.  Mol,  t.  XIX,  1921. 

—  La  aplicación  del  método  de  Bielchowsky-Cajal  al  estudio  de  las  neoplasias. 

Bol  Soc.  Esp.  Biol.  Año  X,  1923. 

L  M.  Vilíáverde.— Las  degeneraciones  secundarias  consecutivas  a  lesiones  expe¬ 
rimentales  del  cerebelo.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  XVIII,  1920. 

—  Contribución  al  estudio  de  la  siringomielia  y  otros  procesos  patológicos  afines. 

Trab.delLab.de  Inv.  biol, 

—  Estudios  anatómico-experimentales  sobre  el  curso  y' terminación  de  las  fibras 

callosas.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biül.,  t  XIX,  1921. 

—  Sobre  el  origen  de  las  fibras  callosas  en  el  «Area  giganto-pyramidalis»  del  co¬ 

nejo.  Trab.  del  Lab.  de  Inv.  biol,  t.  XIX,  1921. 

—  Las  conexiones  córtico-talámicas  de  algunas  áreas  del  cerebro  del  conejo. 

Libro  homenaje  a  Don  Santiago  Ramón  y  Cajal. 

—  Conexiones  de  la  zona  motora  del  conejo  con  los  ganglios  centrales  (en  alemán). 

Libro  homenaje  con  motivo  -del  Jubileo  del  Profesor  C.  von  Monakow. 

—  Las  conexiones  comisurales  de  las  regiones  posteriores  del  cerebro  del  conejo. 

Trab.  Lab.  Inv.  biol  i.  XX\. 

—  Contribución  al  conocimiento  del  sistema  comisural  del  área  motora  del  conejo. 

Trab.  Lab.  Inv.  biol.  t  XXll. 

J.  Gtttérrez  Vadillo.— Las  terminaciones  nerviosas  en  las  meninges.  Trab.  Lab.  de 
/nv.  ó/o/.,  t.  XXI,  1923. 

Abelló  Pascual.— Algunos  detalles  sobre  el  aparato  de  Golgí  del  hígado.  Boletín 
déla  Soc.  Esp.  Biol  Año  X,  1923. 

C.  Estable.— Anotaciones  sobre  la  estructura  comparada  de  la  corteza  cerebe- 
losa.  Troó.  Lcó. /nv.  ó/o/.,  t.  XXI,  1923. 

C.  Gil  y  Gil.— El  aparato  reticular  de  Golgi  en  el  tejido  fibroso  (su  disposición 
en  los  tendones  y  en  los  órganos  de  Paccini).  Trab.  Lab.  Inv.  Mol,  tomo 

VTY  1090  .  ’ 


TITULOS  CONDECORACIONES,  PREMIOS  Y  CARGOS 
HONORIFICOS  DEL  AUTOR 


I.— Distinciones  obtenidas  en  España 


Académico  de  número  de  la  Real  Academia  de  Ciencias  Exactas,  Físicas  y  Natu¬ 
rales  de  Madrid  (ll  de  diciembre  de  1895). 

Acaaémico  electo  de  la  Real  Academia  de  Medicina  de  Madrid  (sesión  del  13  de 
noviembre  de  1897). 

Académico  electo  de  la  Real  Academia  Española  (22  de  junio  de  1905). 

Individuo  de  la  Sociedad  Española  de  Historia  Natural,  de  la  que  fué  presidente 
(1896),  y  Socio  honorario  úe.  la  misma  desde  1898. 

Socio  de  mérito  del  Ateneo  de  Madrid. 

Miembro  honorario  de  la  Academia  Médico -Quirúrgica  Española  (18  de  abril 
de  1897). 

Socio  de  mérito  del  Colegio  de  Médicos  de  Madrid  (l.°  de  enero  de  1897). 

Consejero  de  Instrucción  pública  (Real  orden  de  18  de  mayo  de  1900). 

Gran  Cruz  de  Isabel  la  Católica  (Real  orden  de  29  de  octubre  de  l900). 

Catedrático  de  término  {Rtdl  orden  de  2  de  noviembre  de  1900).  Titulo  fechado 
en  3  de  abril  de  19  i5. 

Gran  Cruz  de  Alfonso  XII  (20  de  junio  de  1900). 

Socio  de  mérito  de  la  Real  Sociedad  Aragonesa  de  Amigos  del  País  (9  de  no- 
■  viembrt-  de  1906). 

Presidente  honorario  de  la  Academia  de  Ciencias  médicas  de  Bilbao  (noviembre 
de  1906). 

Hijo  ilustre  y  predilecto  de  ,1a  provincia  de  Zaragoza  (20  de  agosto  de  1900). 

Socio  correspondiente  de  la  Real  Academia  de  Ciencias  y  Artes  de.  Barcelona  (19 
de  febrero  de  1914). 

Socio  honorario  de  la  Sociedad  Española  de  Física  y  Química. 

Académico  de  número  de  la  Real  Academia  de  Medicina  y  Cirugía  de  Madrid  (30 
de  junio  de  1907). 

Senador  electivo  por  la  Universidad  Central. 

Senador  vitalicio. 

Consejero  de  Sanidad,  etc.,  etc. 

Director  del  Instituto  Nacional  de  Higiene  de  Alfonso  XIIl  (1903). 

Director  honorario  de!  Instituto  de  Alfonso  XIII  (Nacional  de  Higiene,  1920). 

Catedrático  honorario  de  la  Universidad  de  Valladoiid  (febrero  1922). 


PREMIOS  Y  DISTINCIONES  HONORÍFICAS  NACIONALES  Y  EXTRANJERAS 

Premiado  por  la  Diputación  Provincial  de  Zaragoza  por  los  estudios  publicados 
sobre  la  etiología  del  cólera  (17  de  septiembre  de  1885). 

Premiado  con  medalla  de  oro  como  expositor  de  preparaciones  micrográficas  en  la 
Exposición  universal  de  Barcelona. 

Placa  ofrecida  por  la  Academia  médico-farmacéutica  de  Roma  en  1894. 


RECUKRDOS  DE  MI  VIDA 


437 


Premiado  con  medalla  de  igual  clase  por  el  Congreso  internacional  de  Higiene 
de  1879. 

Agraciado  con  el  premio  Rubio  (1.000  pesetas)  por  la  publicación  del  libro  Elemen¬ 
tos  de  Histologia  ....  o 

Agraciado  con  el  premio  F amelle  (1.500  francos),  que  le  adjudicó  la  Societe  de 
Biologie  de  París 

Designado  pur  la  Sociedad  Real  de  Londres  para  pronunciar  la  Croonian  Leclure 
o  conferencia  honorífica  instituida  por  Croon  y  subvencionada  con  60  libras 
esterlinas  (marzo  de  1894). 

Invitado  (en  unión  de  cuatro  ilustres  profesores  extranjeros)  por  la  Universidad 
de  Clark  (Instituto  de  Estudios  superiores  fundado  en  Worcester,  Massa- 
chussets,  Estados  Unidos)  para  dar  tres  conferencias  (subvencionadas 
con  6o0  dollars)  en  conmemoración  del  decenario  de  la  fundación  de  la 
misma. 

Agraciado  en  agosto  de  1900  con  e\ premio  de  Moscou,  de  5X00  francos,  que  el 
Comité  directivo  del  Congreso  niédico  internacional  de  París  debía  adju¬ 
dicar  al  trabajo  médico  más  importante  publicado  en  los  últimos  tres  anos. 

Agraciado  en  25  de  enero  de  190¿  con  el  premio  de  Martinez  y  Molina  (de  4.000 
pesetas)  por  un  trabajo  Sobre-Ios  centros  cerebrales  sensoriales  en  el  hombre 
y  animales,  escrito  en  colaboración  del  Dr,  Pedro  Ramón. 

Premiado  eii  1905  con  la  medalla  de  oro  de  Helmholíz,  adjudicada  pov  la  Academia 
Imperial  de  Ciencias  de  Berlín. 

Placa  ofrecida  por  los  estudiantes  de  Medicina  de  Madrid  para  conmemorar  la 
concesión  de  la  medalla  Helmholtz. 

Premio  ¡sobel  de  Medicina,  para  el  año  19)30. 

Medalla  de  oro  ofrecida  por  los  estudiantes  de  Medicina  de  Zaragoza,  en  conme¬ 
moración  del  premio  Nobel. 

Medalla  de  oro  ofrecida  por  los  españoles  amantes  del  progreso,  en  conmemora¬ 
ción  del  premio  Nobel,  etc.,  etc. 

Comendador  de  la  Legión  de  Honor.  Paiís,  1914. 

Cruz  de  la  orden  «^Pour  le  mérite».  Berlín,  1915. 

Medalla  Echegaray,  otorgada  por  la  Real  Academia  de  Ciencias,  en  abril  de  1922 


TÍTULOS  HONORARIOS  EXTRANJEROS 


Doctor  en  Medicina ,  honoris  causa,  por  la  Universidad  de  Cambridge  (14  de 
marzo  de  894). 

Doctor  en  Medicina,  honoris  causa,  por  la  Universidad  de  Würzburgo  (28  de 
octubre  de  1896). 

Doctor  en  Leyes,  honoris  causa,  por  la  Universidad  de  Clark  (Worcester,  Mass.), 
con  ocasión  de  las  conferencias  dadas  en  esta  Corporación  (15  de  julio 
de  1899i.  . 

Doctor  en  Medicina,  honoris  causa,  por  la  Universidad  de  Cristianía  (1911). 

Doctor  en  Medicina,  ñonons  cáüsa,  por  la  Universidad  de  Lovaina  (10  de  mayo 
de  1909). 

Miembro  corresponsal  de  la  Sociedad  Médico-física  de  Würzburgo  (Physikalische, 
medizinische  Geselischaft  in  Würzburg  (26  de  enero  de  1895). 

Soc/o  corresponda/ de  la  Sociedad  de  Medicina  de  Berlín  (Der  Verein  für  innerd 
Medicin  in  Berlín)  (25  de  septiembre  de  1895). 

Socio  corresponsal  de  la  Sociedad  de  Ciencias  Médicas  de  Lisboa  (1 1  de  julio 
de  1896).  ^ 

Miembro  corresponsal  de  la  Sociedad  de  Psiquiatría  y  Neurología  de  Viena  (Verein 
í-  Psychiatrie  und  Neurologie  in  Wien)  (3  de  junio  de  1896). 

Miembro  honorario  de  la  Sociedad  Freniátrica  Italiana,  título  otorgado  con  ocasión 
del  Congreso  celebrado  en  Florencia  en  9  de  octubre  de  1896. 

Socio  corresponsal  de  la  Sociedad  de  Biología  de  París  (13  de  febrero  de  1897). 

Miembro  corresponsal  de  la  Academia  nacional  médica  de  Roma  (mayo  de  1897). 

Socio  conesponsal  dé  la  Conimbricensis  Instituti  Socieías.  Coimbrá  (junio  de  1898). 

Académico  honorario  de  la  Academiae  Scientiarium  Ulisiponensis  [marzo  de  1897). 


438 


S.  RAMÓN  Y  CATAL 


Miembro  honorario  de  la  Sociedad  de  alienistas  y  neurólogos  de  Kazan  (Rusia')  (9 

Miembro  honorario  de  la  Sociedad  de  Medicina  de  Gante  (Bélgica)  (3  de  abril 

Miembro  fw^orario  de  la  Academia  de  Medicina  de  Budapest  (14  de  diciembre 

Miembro  hon^orario  de  la  Academia  de  Medicina  de  Yourief  (Universidad  de  Dor- 
part)  (diciembre  de  1902),  , 

Socio  honorario  de  la  Academia  de  Medicina  de  Nueva  York  (4  de  febrero  de  1904). 
Miembro  honorario  de  la  Imperial  y  Real  Academia  de  Medicina  de  Viena  (18  de 

MiembTo^o^orario  de  la  Real  Academia  de  Ciencias  de  Lisboa  (4  de  marzo  de  1897) 
Miembro  honorario  de  la  Real  Academia  de  Medicina  de  Roma  (abril  de  1905). 
Miembro  corresponsal  extranjero  de  la  Academia  de  Medicina  de  Turin  (mayo 
de  1903). 

Associé  étranger  de  la  Academia  de  Medicina  de  París  (23  de  mayo  de  1905). 
Miembro  honorario  de  la  Sociedad  Médico-Quirúrgica  de  Londres  (1905). 

Membre  associé  de  la  Sociedad  de  Biología  de  París  (16  de  diciembre  de  1905). 
Miembro  correspondiente  extranjero  de  la  Academia  Nacional  de  Medicina  de 
Venezuela  (4  de  enero  de  1906). 

Miembro  corresponsal  extranjero  de  la  Sociedad  de  Neurología  de  París  (6  de 
diciembre  de  1906). 

Miembro  corresponsal  de  la  Academia  de  Roma  (Regia Lynceorum  Academia)  (1906). . 
Socio  honorario  de  la  Conimbricensis  Instituti  Societas.  Coimbra  (1913). 

Miembro  honorario  de  la  Royal  Irish  Academy  de  Dublin  (16  de  marzo  de  1907). 
Corresponsal  extranjero  de  la  Academie  Royale  de  Medecine  de  Belgique  (20  de 
julio  de  1907)  . 

Académico  honorario  del  Museo  de  Ciencias  (sección  de  Ciencias  biológicas)  de 
la  Universidad  de  La  Plata  (14  de  diciembre  de  1907). 

Miembro  correspondiente  extranjero  de  la  Academia  Nacional  de  Medicina  de  Ve¬ 
nezuela  (4  de  enero  de  1906). 

Fellow  de  la  Real  Sociedad  de  Londres  (1^09). 

Socio  corresponsal  de  la  Real  Academia  de  Ciencias  de  Turin  (1910) . 

Socio  corresponsal  de  la  Sociedad  Italiana  de  Neurología  (1911). 

Miembro  extranjero  de  la  Real  Academia  de  Turin  (1^12) 

Miembro  honorario  de  la  Sociedad  Real  de  Ciencias  médicas  y  naturales  de  Bru¬ 
selas  (1912). 

Profesor  honorario  de  la  Universidad  de  Dublín  (1912). 

Asociado  extranjero  de  la  Academia  de  Medicina  de  París  (1913). 

Miembro  honorario  de  la  Universidad  Imperial  de  St.  Petersbourg  (julio  1914), 
Socio  corresponsal  de  la  Societas  Regia  Edinensis  (1913). 

Miembro  honorario  extranjero  de  la  Academie  Royale  de  Medecine  de  Belgique 
(20  de  enero  de  1911). 

Académico  honorario  de  la  Academia  de  Medicina  de  la  Universidad  Nacional  de 
Buenos  Aires  (14  de  agosto  de  1919). 

Miembro  corresponsal  del  Instituto  de  Francia  (1916)  . 

Miembro  de  la  Regia  Taurinensis  Academie  (mayo  de  1910). 

Miembro  honorario  de  la  Sociedad  Médica  de  Berlín  (Berliner  Medizinische. 
Gesellschaft)  (26  de  octubre  de  1910). 

Miembro  extranjero  de  la  National  Academie  of  Sciences  of  the  United  States  of 
America  (abril  de  1920). 

Miembro  extraordinario  de  la  Academia  Regia  Scientiarium  Neerlandica  (Holanda) 
(19  de  mayo  de  1920). 

Miembro  extranjero  de  la  Regia  Academia  Scientiarium  Suecica  (abril  de  1916), 
etcétera,  etc. 

Doctor -honor is  causa  de  la  Universidad  de  México  (1922), 

Miembro  honorario  de  la  Academia  .de  Ciencias  de  Santiago  (Chile),  1922. 

Nota. — Omitimos,  en  gracia  de  la  brevedad,  otros  muchos  títulos  extranjeros  y 
nacionales  que  conservamos  en  nuestro  Archivo, 


ÍNDICE 


íPRÓLOGO 

«GEÓLOGO 


páginas. 


LA  SEGUNDA  EDICIÓN . . 

LA  TERCERA  EDICION.. . . 

PARTE  PRIMERA 

MI 'INFANCIA  Y  JUVENTUD 


I.— Mis  padres,  el  lugar  de  mi  uaeimienio  y  mi  primera  infancia.  . 

IL — Excursión  tardía  a  mi  pueolo  natal. — La  pobreza  de  mis  pai¬ 
sanos. — Un  pueblo  pobre  y  aislado  que  parece  símbolo  de 

España . . . — ;••• 

.  III.— Mi  primera  Infancia.— Vocación  docente  de  mi  padre.— Mi  ca¬ 
rácter  y.tendencias. — ^Admiración  por  la  naturaleza  y  pasión 

por  los  pájaros .  .  •  . . 

;IV.— Mi  estancia  en  Valpalmas. — Los  tres  acontecimientos  decisi¬ 
vos  de  mi  niñez. — Los  festejos  destinados  a  celebrar  nues¬ 
tras  victorias  de  África^  la  caída  de  un  rayó  en  la  escuela  y 

el  eclipse  de  sol  del  año  60 . . . 

.V.— Ay erbe.^ Juegos  y  trav  suras  de  la  infancia. — Instintos  gue- 
rreros^y  artísticos, — Mis  primeras  nociones  experimentales 

sobre  óptica,  balística  y  el  arte  de  la  guerra . . 

VI. — Desarrollo  de  mis  instintos  artísticos. — ^^Dict'men  de  un  revo¬ 
cador  sobre  mis  aptitudes.— ¡Adiós  mis  sueños  de  artista! 
Uiilitarismo.e  idealismo. — Decide  mi  padre  hacerme  estu¬ 
diar  para  médico  y  enviarme  a  Jaca . . . 

WII.— Mi  traslación  a  Jaca. — Las  pintorescas  orillas  del  Gállego.— Mi 
lío  Juan  y  el  régimen  vegetariano  — El  latín  y  los  dómines. 
Empeño  vano  de  los  frailes  en  domarme.— Retorno  a  los  de¬ 
vaneos  artísticos . . 

,  VIII.— El  padre  Jacinto,  mi  dómine  de  latín. — ^Cartagineses  y  roma¬ 
nos  .  —  El  régimen  del  terror .  —  Mi  aversión  al  estudio. 
Exaltación  .de  mi  ñebre  aitística  y  románica. — El  rio  Ara¬ 
gón,  símbolo  de  un  pueblo . . 

JX.-  Contitúan  mis  distracciones. — Los  encierros  y  ayunos. — Ex- 
.  ,  pedientes  usados  para  escaparme.— Mis  exámenes.— Retor¬ 
no  a  Ayer  be  y  vuelta  a  las  andadas . 

X. — Mi  regreso  a  Ayerbe.— Nuevas  hazañas  bélicas. — El  cañón  de 

madera.— Tres  días  de  cárcel.— El  mosquete  simbólico . 

^I* — Dispone  mi  padre  llevarme  a  Huesca  a  coi  tinuar  mis  estu¬ 
dios. — Exploración  de  la  ciudad. — La  Catfdral,  San  Pedro, 

San  Jorge  y  Monte  Aragón. — Nuestros  xjrofesores _ ...... 

XII.— Mis  nuevos  compañeros  de  algaradas.— Reyertas  estudianti¬ 
les. — Graves  consecuencias  de  llevar  gabán  largo.  —  Acci¬ 
dente  en  un  estanque. — La  fascinación  del  color  y  el  diccio¬ 
nario  cromático. — No  hay  rosas  sin  espinas . 

'NUI.  Las  vacaciones. — Pinturas  fúnebres. — Descubrimiento  de  una 
biblioteca  de  novelas  — Se  recrudece  mi  furor  romántico. 

El  Robinsóny  el  Quijote . . . 

JÍIV,— En  crescendo  mis  distracciones  y  calaveradas,  mi  padre  itié 
acomoda  de  aprendiz  en  una  barbería.- Mi  hermano  Pedro. 


9 

12 

16 


19 

23 


29 


40 

45 


52 


67 

65 


440 


fNDlCE 


Capítulo  XV.- 

XVí.- 

,  XYII.- 

XVIII.- 

XIX.- 

XX.- 

XXL- 

xxn.- 

XXIII.- 

XXIV.- 

XXV.- 

XXVI.- 

XXVII.- 


Páginas.- 

El  señor  Acisclo.-Matones  y  conspiradores.— Las  pedreas. 
Escaramuza  con  la  fuerza  púbhca.--El  placer  de  los  dioses. 

Alarma  del  público  con  ocasión  de  las  pedreas  . . .  .u 

-Inquina  de  mi  catedrático  de  griego.— Decide  mi  padre  escar¬ 
mentarme  convirtiéndome  en  aprendiz  de  zapatero.  Mis 
proezas  en  obra  prima.— EL  ataque  de  Linas.— Considera- 

ci  nes  en  torno  de  la  muerte . -.•••••. . ; .  ‘‘ 

-Retorno  al  estudio.- Matricúlome  en  dibujo.— Mis  profesores 
deretóiica  y  psicología. — Impre.'-ión  caüsada  por  las  ense¬ 
ñanzas  filosóficas.- Una  travesura  desdichada.— En  busca 

de  locas  aventuras . . . .  . . .  •  •  — 

-Dos  inventos  que  me  causaron  indecible  asombro:  el  ierro- 
carril  y  la  fotografía.- Mi  iniciación  en  los  estudios  ana¬ 
tómicos.- — Saqueo  macabro. — La  memoria  de  las  cosas  y  la 

de  los  libros.— La  aurora  del  amcr . ; '  ‘  ‘ 

-Revolución  de  septiembre  en  Ayerbe.— Ruptura  de  las  cam¬ 
panas.  1 1  odio  riel  pueblo  a  los  guardas  rurales.— Mis  pro¬ 
fesores  de  física,  matemáticas,  etc.—  Ulteriormente,  me  re¬ 
concilio  con  la  geometría  y  el  álgebra,  aunque  demasiado 

tarde.— Concluyo  el  bachili  erato . . .  96- 

-Comienzo  en  Zaragoza  la  cañera  médica.— El  Ebro  y  sus  ala¬ 
medas.— Mis  profesores  del  preparatorio:  Bailarín,  Guallart 
y  Solano.-  Cobro  afición  a  la  disección  bajo  la  dirección 

docente  de  mi  padre . v . . - . .  •  103- 

-Mis  catedráticos  de  medicina.— Don  Manuel  Daina  y  el  premio 
de  anatomía  topográfica. — Un  singular  procedimiento  de 
examen  — Nuestro  decano  Don  Genaro  Casas. — Mis  petulan¬ 
cias  polémicas.— Notas  breves  acerca  de  algunos  profesores 

y  ciertos  incidentes  ocurridos  en  sus  clases- . . .  108^ 

-Continúo  mis  estudios  sin  grandes  tropiezos. — Mis  manías 
literaria,  gimnástica  y  filosófica. — Proezas  musculares. — La 
Venus  de  Mi¡o. — Un  desafío  a  trompada  limpia. — Competi¬ 
ciones  de  faquín. — Incomprensible  capricho  de  una  mujer. .  11^ 

-Recién  licenciado  en  medicina,  ingreso  en  el  Cuerpo  de  Sani¬ 
dad  Militar. — Mi  incorporación  al  ejército  de  operaciones 
contra  los  carlistas.— El  españolismo  de  los  catalanes. — Mi 
traslación  al  ejército  expedicionario  de  Cuba. — Coloquio  en¬ 
tre  dos  camaradas  ávidos  de  aventuras  exóticas.— Mi  embar¬ 
que  en  Cádiz  con  rumbo  a  la  Habana. . .  123- 

-Llegada  a  la  Habana.— Soy  destinado  al  hospital  de  campaña 
de  «Vista  Hermosa».— Enfermo,  al  poco  tiempo,  de  paludis¬ 
mo. — Aprovecho  mi  forzada  quietud  para  aprender  el  in- 
glés.— Mi  dolencia  se  agrava  y  se  me  concede  licencia  para 
convalecer  en  Puerto  Príncipe — Iniciada  mi  mejoría,  soy 
destinado  a  la  enfermería  de  San  Isidro  en  la  «trocha  del 
Este». — La  vida  en  la  trocha.— Mis  cándidos  quijotismos  me 
impulsan  a  corregir  abusos  adminisirativos,  y  sólo  consigo 

que  me  empapele  el  jefe  de  la  fuerza . . . .  I3í 

—Mis  distracciones  en  San  Isidro. — La  danza  de  negros  y  el 
arpa  del  saboyano.—  Se  agrava  mi  .enfermedad  y  se  denega 
mi  solicitud  de  abandonar  temporalmente  la  trocha.— Pido 
mi  licencia  absoluta. — Gracias  a  la  supresión  de  la  trocha 
losro  abandonar  mi  desrino.— Un  mes  en  ei  hospijal  de  San 

Miguel . .  145. 

—Me  traslado  a  la  Habana,  donde  recaigo  de  mi  dolencia. — Mi 
regreso  en  el  vapor  España.— Cadáveres  de  soldados  arro¬ 
jados  al  mar.— Tahúres  trasat'ánticos.— El  amor  y  el  palu¬ 
dismo. — Vuelta  al  estudio  de  la  anatomía .  149’ 

-Decidido  a  seguir  la  carrera  del  t)rofesorado,- me  gradúo  dé 
doctor  y  me  preparo  para  oposiciones  a  cátedras.— Inicia¬ 
ción  en  los  es'udios  micrográficos . -Fracaso  previsto  de 
mis  primeras  oposiciones.— Los  vicios  de  mi  educación  inte¬ 
lectual  y  social . —Corregidos  en  parte,  triunfo  alfln,obte- 
niendo  la  cátedra  de  anatomía  descriptiva  de  la  Universidad 

de  Valencia .  1541 

—Caigo  enfermo  con  una  afección  pulmonar  grave. — Abatimien¬ 
to  y  desesperanza  durante  mi  cura  en  Tantico^ a.— Restable¬ 
cimiento  de  mi  salud  en  San  Juan  de  la  Peñai — La  fotogra- 


ÍNDICE 


4413- 


Páginas. 

fía  como  alimento  de  mis  gustos  artísticos  contrariados. 
Contraigo  matrimonio  y  comienzan  las  preocupaciones  de  la 
familia,  que  en  nada  menoscaban  el  progreso  de  mis  estu¬ 
dios. — Vaticinios  fallidos  de  mis  padres  y  amigos  con  oca¬ 
sión  de  mi  boda.— Mis  primeros  ensayos  científicos. . . . 


PARTE  SEGUNDA 


MI  LABOR  CIENTÍFICA 


Capítulo  I. — Mis  ensayos  de  investigación. — Monografías  sobre  la  infiama 

ción  y  las  terminaciones  nerviosas.— Conocimiento  de  ml- 
mismo  y  de  los  sabios.- Cobro  confianza  en  mis  modestas 
aptitudes . . .  169^' 

II.  -Mi  traslación  a  Valencia.— Mis  jiras  por  la  ciudad  y  sus  alre¬ 

dedores. — Los  oradores  del  Aten^-o  Valenciano. — Epidemia 
colérica  de  1885  e  inoculaciones  profilácticas  del  doctor  Fe- 
rrán. — Encargado  por  la  Diputación  de  Zaragoza  del  estudio 
de  la  vacunación  anticolérica,  doy  una  confeiencia  en  la  ca¬ 
pital  aragonesa  y  la  Diputación  recompensa  mi  labor  publi¬ 
cando  mis  estudios  y  rega  ándome  magnífico  microscopio. 
Resultados  de  mPs  investigaciones  sobre  el  cólera.— Publico 
un  libro  de  histología —Las  maravillas  dé  esta  ciencia  y 
mis  transportes  de  lirismo  científico . . .  YV 

III. — Decido  publicar  mis  trabajos  en  el  extranjero. — Invitación  del 

.  profesor  R.  Krause,  de  Gotinga,  de  colaborar  en  su  revis¬ 
ta. — ^Trabajos  sobre  los  epitélios  y  fibrá  muscular.— Mis  pri¬ 
meras  exploraciones  sobre  el  s  stema  nervioso  — Dificulta¬ 
des  encontradas. — Excelencias  del  método  de  Golgiy  exce¬ 
sivo  nacionalismo  de  los  sabios. — Mis  distracciones  en  Va¬ 
lencia:  Las  excursiones  del  Gaster-Club  y  las  maravillas  de 
la  sugestión  y  del  hipnotismo . . . .  186 

IV.  — Mi  traslación  a  la  cátedra  de  histología  de  Barcelona. — Los 

nuevos  compañeros  de  facultad — La  peña  delcafé  de  Pelayo. 

Mis  investigaciones  sobre  el  sistema  nervioso  conducen  a 
resultadosinteresantes.— Mi  excesiva  fecundidad  científica 
durante  1888  me  obliga  a  publicar  una  revista  micfográfica. 

Las  leyes  de  la  morfología  y  conexión  de  las  células  nervio¬ 
sas. — Me  curo  definitivamente  del  vicio  del  ajedrez .  195- 

V. — Algunos  detalles  tocantes  a  mis  trabajos  de  1888. — Las  «cestas» 
del  cerebelo,  el  axon  de  los  «granos»  y  las -e-fibras  musgo¬ 
sas»  y  «trepadoras». — Valor  decisivo  de  estos  encuentros 
para  la  resolución  del  problema  de  la  conexión  intercelular. 

«Teoría  reticular»  de  Geriach  y  de  Golgi. — Los  astisbos  ge¬ 
niales  de  His  y  Forel.- Confirmación  en  la. retina  y  lóbulo 
óptico  de  las  «leyes  conectivas»  inducidas  del  análisis  del 
cerebelo.— Plan  estructural  de  la  médula  espinal.— Averi¬ 
guación  del  modo  de  terminar  en  los  centros  los  nervios 
sensitivos  y  sensoriales.—  Otros  trabajos  menos  importantes.  205- 

VI. -Excesiva  reserva  dé  los  sabios  acerca  de  mis  trabajos.— Para 
prevenir  desconfianzas  decido  mostrar  mis  preparaciones 
■  ante  la  Sociedad  anatómica  alemana  .— En  Berlín  con¬ 
traigo  relaciones  personales  con  los  célebres  histólogos 
Alberto  Kolliker,  His,  Waldeyer  y  otros  sabios  tudescos. 

Mi  visita  al  laboratorio  de  histología  de  R.  Krause  en 
Gottingen.— Breve  jira  por  el  norte  de  Italia.— Impresión 
personal  acerca  de  los  sabios  alemanes .  215>- 

VIL — Mi  actividad  continúa  en  aumento. — Algunos  estudios  sobre 
el  desarrollo  del  sistema  nervioso  (médula  y  cerebelo). — Cu¬ 
riosa  disposición  en  las  fibras  musculares  de  los  insectos. 

Mis  exploraciones  en  el  bulbo  olfatorio  justifican  plenamen¬ 
te  la  doctrina  del  contacto.— Hallazgos  interesantes  en  Ja 
corteza  cerebral  de  los  mamíferos.' — Movimiento  bibliogrᬠ
fico  suscitado  por  mis  investigaciones.— Sabeos  insignes  que 
aprueban,  confirman  o  divulgan  mis  ideas  — Algunos  con¬ 
tratiempos  y  pesadumbres . . .  222: 


442 


ÍNDICE 


«Capítulo  VIIL— Trabajos  de  1891.— Con  la  colaboración  de  Van  Gehuchten, 
formulo  el  principio  de  la  polarización  dinámica  de  las  neu- 
roñas. — Completo  mis  anteriores  observaciones  sobre  el 
cerebro  y  la  retina  y  acometo  el  análisis  de  los  ganglios  sim¬ 
páticos. — Inesperada  fortuna  de  mis  conferencias  populares 
acerca  de  la  estructura  fundamental  del  sistema  nervioso . 
Oposiciones  a  la  cátedra  de  histología,  de  Madrid. — Mi  tras¬ 
lación  a  la  corte  en  1892 . . . 

IX.— Mi  traslación  a  la  corte. — Me  domicilio  en  la  calle  de  Atocha, 
cerca  de  San  Carlos  — Semblanzas  de  algunos  -de  mis  ami¬ 
gos  y  colegas  de  facultad,  hoy  desaparecidos:  Calleja,  Oló- 

riz,  Hernando,  Letamendi,  San  Martín,  etc . 

X. — Peligros  de  Madrid  para  el  hombre  de  laboratorio. — Tentacio¬ 
nes  del  diietanttismo  científico,  literario  y  artístico.- Wis 
oreos  espirituales;  paseos  por  los  alrededores  de  Madrid  y 
la  peña  del  café  Suizo.— Nuevas  investigaciones  sobre  la  es¬ 
tructura  del  cerebro. — Comienzo  la  publica<  ión  de  mi  obra 
de  conjunto  sobre  la  Histología  del  sistema  nervioso  de  los 

tebradüs...., .  . 

XI.  -La  «Sociedad  Real»  de  Londres  me  encarga  la  «Cioonian  Lec¬ 
tura»  .  —Mi  conferencia  ante  dicha  Sociedad. — Banquetes  ofi¬ 
ciales  y  otros  agasajos. — Visita  a  los  institutos  científicos  de 
Londres  y  jira  a  las  Universidades  de  Cambridge  y  Oxford. 
Se  me  nombra  doctor  en  ciencias,  «honoris  causa». — Impre¬ 
sión  personal  acerca  de  la  ciencia  inglesa  y  la  organización 

de  sus  centros  docentes.. . . . 

XII. — Mis  trabajos  durante  los  años  1894,  1895  y  1896. — Disposicio¬ 
nes  nuevas  obsérvadas  en  la  est-uctura  del  «bulbo  raquídeo, 
protuberancia,  tálamo  óptico,  cuerpo  estriado,  glándula  pi¬ 
neal,  cuerpo  pituitario,  retina,  ganglios»,  etc. — Algunas  ob- 
■  servaciones  sobre  la  textura  del  «protoplasma  y  núcleo». 
Para  eliminar  posibles  objeciones,  consigo  comprobar,  con 
el  método  de  Ehrlich,  al  azul  de  metileno,  los  hechos  más 

importantes  recogidos  con  ayuda  del  cromato  de  plata . 

rXlIL— Semblanza  de  Jgunas  notabiúdades  nacionales:  Castelar,  Sal¬ 
merón,  Giner  de  los  Ríos,  Morayta,  etc . 

.XIV.  Las  teorías  y  los  hechos.— Firmeza  y  constancia  de  los  hechos 

histológicos.— Carácter  instrumental  de  las  hipótesis.— Con- 

cuando  en  cuando  cultivarlas,  pero  sin  fiarse  mu¬ 
cho  de  ellas. — Inducciones  fisiológicas  sacadas  de  la  morfo¬ 
logía  neuronal.— Explicación  histológica  del  hábito,  del  pro¬ 
greso  mental  en  la  escala  zoológica,  del  talento  y  del  genio. 
OoDjéturassobre  el  mecanismo  del  sueño,  atención  y  aso¬ 
ciación.— Exquisita  economía  reinante  en  las  creaciones  de 
de^onáueefóu*^^  ahorro,  de  espacio,  de  materia  y  de  tiempo 
-XV.  -Mi  PjQ|£Sn  189¿  y'  ‘ibgg  '  A^afido"  ;pór‘eí  desaVti-e'  coló‘- 
■SptZ®  cf T  productiva.  Literatura  de  la  rege- 

'  Saíes  corrección  de  los  vicios  na- 

^  entrecruzamientos  nerviosos  y  es- 
«hiasma  optico»  en  la  serie  animal  —Otros 
vnr  menos  importantes .  utros 

y  19M.-N„eyo;'e¿tuaioV8o'- 
?S±  «"'■«nal  de  Hlgleoe,  de  aue  ,ov  nombrado 


ÍJIrSo.  .  «Maoynoiibrado 

'XTII.-COT™a,ló,,deco'nm'emór¿reÍ'deó^^^^^^^  300 

sunlrioi-M  Unidos),  centro  de  estudios 

euroneos  ’a  l’^^^^mente  con  otros  profesores 

Nueva  York  fjg.'mas  conferencias. -Tórrido  calor  de 
se  cIlel^Th; viaje  a  Boston  y  Worcester  <Mass.),  donde 
fin  i  A.:' loe  universitaria. -El  patriotismo  anglosa- 

los  Estart^^  morales  de  la  guerra  suscitada  entre 

d°e‘lo1?ory"d°ctfJ,vSr;V^  -SOS 


ÍNDICE 


443 


•Capítulo  X VIII.— Aquejado  de  una  crisis  cardíaca,  resuelvo  vivir  eu  el  campo, 
donde  organizo  mi  laboratorio. — En_mi  casita  de  Arnaniel 
sorpréndeme  la  noticia  de  la  concesión  del  «premio  inter- 
-  nacional»  llamado  «de  Moscou». — Felicitaciones  calurosas 
de  los  amigos  y  compañeros,  homenajes  entusiastas  de  los 
discípulos  y  fiesta  conmemorativa  en  la  Universidad.— Mi 
discurso  a  la  juventud  en  la  solemnidad  académica.— -Por 
iniciativas  de  la  prensa,  el  gobierno  acuerda  crear  un  labo¬ 
ratorio  de  investigaciones  biológicas.— Algunos  trabajos  em¬ 
prendidos  durante  el  bienio  de  1900  y  1901 . •••• 

XIX.— Participación  de  los  histólogos  españoles  en  el  Congreso  Mé¬ 
dico  Internacional  de  1903  celebrado  en  Madrid.  Comuni¬ 
caciones  de  algunos  profesores  extranjeros  y  nacionales. 
Demostración  hecha  por  Simarro  de  un  método  nuevo  de 
coloración  de  las  neurofibrillas. — Partiendo  de  este  intere¬ 
sante  proceder,  doy  casualmente  con  una  fórmula  sencillísi¬ 
ma  y  constante  de  impregnación  de  las  neurofibrillas,  de  los 
axones  y  terminaciones  nerviosas  centrales  y  periféricas. 
Historia  de  las  tentativas  encaminadas^  al  hallazgo  de  la 
nueva  fórmula  y  ulteriores  perfeccionamientos  de  la  misma. 
Gracias  al  nuevo  recurso  técnico,  consigo  confirmar  y  con¬ 
solidar  definitivamente  descubrimientos  anteriores  y  cose¬ 
char  numerosos  hallazgos . . . .  • 

XX. — Mis  hallazgos  con  la  nueva  fórmula  de  impregnación  argénti¬ 

ca  durante  los  años  1903,  1904  y  1905.— Real  disposición  del 
esqueleto  neurofibrillar  en  el  protoplasma  nervioso  y  en  las 
arboñzaciones  pericelulares.  Con  la  colaboración  de  Tello, 
señalo  curiosas  variaciones  fisiológicas  del  retículo  neuro¬ 
fibrillar  bajo  la  acción  de  la  temperatura;  y  ayudado  de  Don 
D.  García,  las  variaciones  neuroflbrillares  de  la  rabia. — Apli¬ 
cación  del  método  a  los  embriones  y  fetos,  y  estudio  en  las 
aves  y  mamíferos  de  la  estructura  de  los  focos  bulbares  y 
origen  de  los  nervios  acústicos,  motores  y  sensitivos. — Las 
neurofibrillas  de  los  vermes,  singularmente  del  «lumbri- 
cu8».— Análisis  estructural  de  las  placas  motrices,  de  las 
neuronas  de  la  retina  y  de  otros  órganos  sensoriales  peri¬ 
féricos. — Interesantes  revelaciones  morfológicas  consegui¬ 
das  en  los  ganglios  sensitivos  y  simpáticos  del  hombre,  etc. 

XXI. — Trabajos  del  trienio  1905,-^06  y  190-7.— Investigaciones  sobre 

la  regeneración  d^fe^tí^^os  y  las  vías  centrales. — Con¬ 
troversia  entre  Ifi^fonogeni&tas  y  poligenistas . — El  neuro- 
nismo  sale  triuE^mte  de  la  p^eba  a  que  fué  sometido  por 
los  adeptos  de 
la  génesis  de  lal*^^^s:^n 
talecedores  de 
tivos  de  que  la^^urqr 
de  uáidádes  viví 

XXII. — Durante  el  bienio 


La.— Nuevos  estudios  sobre 
¡n  el  embrión,  también  for- 
ironal  -Hechos  demostra- 
la  célula  nerviosa  constan 

fíente  autónomas .  . 

^soy  favorecido  por  honores 
,  La  medalla  de  oro  de  Hel- 
■Felicitaciones  y  agasajos  a  gra- 
-luconvenientes  de  la  celebridad. — Mi  viaje  a  Estocol- 
mo:  ceremonias,  festejos  y  discursos. — Miseria  de  nuestra 
representación  diplomática. — Moret,  que  me  dispensó  siem¬ 
pre  atenciones  inmerecidas,  pretende  hacerme  ministro. 
Asombro  de  algunos  politicastros  al  saber  que  rechazaba 

tan  codiciada  prebenda . 

XXIII.— Mis  polémicas  con  Held  y  Appaty. — Nuevos  estudios  neuro- 

genéticos  en  el  bulbo,  médula  espinal,  retina,  etc . . 

XXIV. -Relación  abreviada  de  los  trabajos  efectuados  en  el  decenio 
(1907  a  1917). — Estudios  de  anatomía  comparada  sobre  el 
cer  jbelo,  bulbo  raquídeo  y  origen  de  los  nervios  motores  v 
sensoriales  de  peces,  aves  y  mamíferos . —Estructura  del 
núcleo  neuronal. — Supervivencia  de  las  neurona»  fuera  del 
organismo.— Nuevas  investigaciones  sobre  la  degeneración 
y  regene  ación  en  la  médula,  cerebro  y  cerebelo  — Experi¬ 
mentos  de  transplantación  de  nervios.— Hechos  favorables 
a  la  teoría  neurotrópica. — Producción  de’nervios  artificiales 
en  los  ganglios  Iranspiantadosj . " . 


444 


ÍNDICE 


Capítulo  XXV.— Continúa  la  exposición  de  los  tralaajos  de  191.2  a  1917.  Algu¬ 
nos  métodos  nuevos  de  investigación:  el  del  formol-urano 
para  la  coloración  del  aparato  endocelular  de  Golgi  y  el  del 
sublimado-oro  para  la  impregnación  de  la  neuroglia  de  tipo 
protoplásmico.  -Principales  resultados  obtenidos  en  los 
nervios  y  centros  con  estas  nuevas  fórmulas.— Investiga¬ 
ciones  sobre  el  ojo  y  retina  de  los  insectoo.  — La  retina  de 
los  cefalópodos.— Tres  libros  publicados  durante  los  cita¬ 
dos  años. -r  Algunas  distinciones  honoríficas  recibidas  de  las 

corporaciones  extranjeras . . . 

XXVI. — Efectos  deprimentes  de  la  guerra  mundial. — Desaparición  du¬ 
rante  la  guerra  y  la  postguerra  de  casi  todos  los  pocos  sa¬ 
bios  extranjeros  que  leían  el  español  — Trabajos  de  los  úl¬ 
timos  años  acerca  de  la  retina  de  los  cefalópodos  y  los  oce¬ 
los  de  los  insecto^.  — Contribución  al  conocimiento  de  los 
errores  evolutivos  iniciales  en  la  retina  de  los  mamíferos. 

Observación  de  las  epiteliofibrillas  del  epéndimo,  etc. .  393 

XXVII.— Epílogo.-Mí  actividad  docente  y  la  multiplicación  espiritual. 

Discípulos  aventajados.— La  escuela  histológica  española. 
Eealización  parcial  de  mi  ideal  patriótico-científico. — Apti¬ 
tud  de  los  españoles  para  la  investigación  científica.— Senti¬ 
miento  del  deber  cumplido. — Lista  de  trabajos  del  autor  y 

de  sus  discípulos  e  inmediatos  continuadores .  40á 

XXVIII.— PosT  scRiPTUM.— Mi  jubilación  de  catedráiico.— Con  tal  motivo 
cae  sobre  mí  un  chaparrón  de  distinciones  y  agasajos. — Los 
españoles  de  América. — Concesión  de  la  medalla  Echega- 
ray. — El  libro  homenaje.— La  generosidad  hiperbólica  de 
España:  Creación  del  Instituto  Cajal  y  reimpresión  de  mis 

obras  agotídas . . .  409 

Trabajos  del  autor  y  de  sus  discípulos  y  continuadores  españoles .  414 

Títulos,  condecoraciones,  premios  y  cargos  honoríficos  del  autor .  436 

Fe  de  erratas . .  445 


FE  DE  ERRÍlTaS 


^Bastantes  descuidos  y  erratas  se  han  deslizado  en  el  texto,  cuya  enmien¬ 
da  QUEDA  AL  BUEN  JUICIO  DEL  LECTOR.  HE  AQUÍ  ALGUNOS; 


Páginas. 

Línea. 

Dice. 

Debe  decir. 

13 

47 

adjunto 

adjunta 

26 

47 

^aun 

ni  aun 

26 

49 

casada 

casados 

30 

44 

pretensiosos 

pretenciosos 

31 

46 

oso  mi  padre  replicar 

Mi  padre  osó  replicar 

32 

48 

Reus  pormenores 

Reus.  Pormenores 

41 

23 

Scipion 

Escipion 

50 

3 

Jungando 

Juzgando 

53 

46 

franquea 

flanquea 

80 

31 

Mrillo 

Murillo 

.221 

26 

Halgremd 

Holmgren 

380 

25 

eaccióii  -* 

reacción 

387 

10 

sorprendidos.'  '  ■ 

sorprendimos 

401 

29 

1903  " 

1913.